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Archive for 31 julio 2012

OCTUBRE

Thader sacaba su último número en junio de 1996, un número en el que se podía leer el grito contra las instituciones murcianas que dejaban, otro año más (y no fue el último), sin convocar el Murciajoven de literatura.

En febrero aparecía en las calles otra revista, con tamaño de octavillas, que revolucionaría las ganas de publicar en Murcia. La revista en cuestión se llamaba Octubre y en ella aparecieron escritores como José Luis Martínez Valero, Vicente Muñoz Álvarez, José Luis Aguilera, Francisco Domene, Luis García Montero, Luis Muñoz, Andrés Neuman, Antonio Soler, Ferran Fernández, Dionisia García, Antonio Marín Albalate, Juan Carlos Mestre, Cristina Morano, Andrés Salom, Luis Leante, Aureliano Cañadas, Javier Egea o Ernesto Pérez Zúñiga.

Durante los próximos días voy a publicar algunos de los textos que aparecieron en aquellas, como afirmaba su director –J. Bellón– octavas de poemas (o narrativa, según el número).

 

 

 

CARLOS ENRÍQUEZ

 

No es lo mismo
sobrevivir a toda costa
que
a cualquier precio.

 

 

JOSÉ LUIS MARTÍNEZ VALERO

 

El mar, miedo de niño,
infinito que acecha ola tras ola,
suma de temores en la memoria,
no es esta mancha azul,
oscuro impacto contra el horizonte,
sino ese hondo abismo,
donde siempre la duda, pez de plata,
se mueve entre las algas.

 

 

JOSÉ ANTONIO MARTÍNEZ

 

DEL OLVIDO

Como los viejos troncos que la tierra envía
para que sus hijos no se extravíen en la mar,
como los restos del naufragio el olvido
fue un trozo de muerte flotando a la deriva.

 

 

JOSÉ LUIS AGUILERA

 

de ‘CALLE ALQUILADA

12
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx‘Cíclope, ¿me preguntas mi célebre nombre? Te lo
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxvoy a decir (…) Nadie es mi nombre, y Nadie me lla
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxman mi padre y mi madre y todos mis compañeros.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxOdisea, IX.

Desde siempre,
xxxxxo desde casi siempre,
no hay metáfora
ni árbol de la ciencia
xxxxxo de la vida.

Sólo tiempo y saber
xxxxxque has de morirte.

 

 

JOSÉ BELMONTE SERRANO

 

SU PROPIA HISTORIA
Fundador de una bien avenida familia.
Esposo fiel, padre modélico
y honrado trabajador por cuenta ajena.
Cumplidor de los preceptos
de una vieja Iglesia heredada.
Él, que pidió los auxilios espirituales
en la hora extrema,
quedó al fin en paz con Dios,
pero no con su propia historia.

 

THADER 4

julio 30, 2012 3 comentarios

Ésta revista de la que les hablo publicó cinco números, con separatas en cuatro de ellos. Los autores de aquellas separatas fueron Josefa Murcia Cascales, Ángel Paniagua, David Galindo y Cristina Morano. De la separata de Cristina Morano, que llevaba por título ‘Las rutas del nómada‘ (título que tomó para su primer libro, publicado por el Aula de Poesía de la universidad de Murcia), hoy dejo aquí un poema cuyo título es

 

 

ENERO

Hace frío y el mar está muy lejos,
el mar está allá, en Junio ¡y faltan
tantos años para llegar a Junio…!
En mi pecho encuentro sólo un nómada
cruzando regiones en ruinas,
sin agua, cigarrillos, y el mar… tan lejos…

Parece que los fríos de este Enero
hubieran acabado con la vida
o que el helor del corazón arrasado
hubiera avanzado por los labios
y las manos hasta contagiar al tiempo,
la lluvia y también al amigo
que se acerca con agua a socorrerme.

Quiero ir a una playa nueva para
recoger conchas y fletar un barco,

Quiero ir a morir con las ballenas.

 

THADER 1

julio 27, 2012 2 comentarios

Es cierto, como pueden comprobar, que muchos de los textos de David Galindo han envejecido demasiado y mal, pero fue él el que me puso en contacto con el mundo de las letras. Sin él no hubiera conocido aquella maravillosa revista que llevaba por nombre Thader y en el que aparecían poetas que ahora son de reconocido prestigio. Hoy voy a dejar del número 1 de Thader (publicado en el invierno de 1995) dos poemas, uno de Andrés García Cerdán y otro de Ángel Paniagua.

 

El de Andrés García Cerdán lleva por título GENERACIÓN

 
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx“Und sieh! aus Freude sagen wir von Sorgen.”
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxF. Hölderlin
Aunque sea cierto que no vas a ser feliz,
comienza el cáncer y te sigo, y no es necesario
que desatemos las palabras que hay en las nubes
para olvidar el color de estas nueces enfermas.
Tampoco fue hermoso -acuérdate- parecer fáciles
e incluirnos en las antologías del pájaro
que nunca bebió vodka con naranja. Tampoco
nos clavaron los últimos precios del dolor,
ni amaneció la tristeza de un odio moderno
con los pulmones llenos de azúcares y chicle.
Sólo hemos perdido la juventud y la sangre.
Sólo se prohíben las maneras de encontrar
para siempre la ternura y el miedo de una equis
alimentada en la moda del alma, en el tramo
smile-desencanto que nos dan los bonobuses.
Por eso, comienza el gris y te sigo a la sombra,
hasta que aparezca el futuro a punto de bala
y de llorar sobre el presente de subjuntivo
del verbo “sentir frío”. Ni siquiera hacen falta
las ventanas que se abren a tu lado, en la lluvia,
aquí. Porque vienen las primaveras del sueño
y será mejor tener hambre y comer bombones
o pegarnos un tiro de mierda entre los ojos
irremediablemente. Aunque no seas feliz.

 

 

Y aquel número 1 de la revista Thader llevaba una separata especial con poemas de Ángel Paniagua con poemas que acabarían formando parte del libro ‘El legado de Hamlet‘ que años más tarde le publicaría la editorial Renacimiento. La versión que vio la luz del poema II es ésta:

 

Muy tarde he comprendido
que este mundo no va a ninguna parte,
que esta vida es un lago sin reflejos
de luz, y nos angustia
mantenernos a flote o sumergirnos
y encontrar en el fondo oscuro el cieno
final de los ahogados; que no hay nada
detrás de esas cadenas de montañas,
que el sol no pertenece a este orden
y sigue su camino sin mirarnos
siquiera; muy tarde he comprendido
que estuvimos a punto de ser otros,
que estamos en peligro cada día
de ser otros, deformes, de no ser.

Porque amé este mundo y su desorden,
me entusiasmó este lago y cada noche
me sumergí para gozar del fondo,
para verme muy cerca del peligro
y obligarme a pensar en ese cieno
que habré de alimentar como los otros.

No quise traspasar esas montañas
persiguiendo la luz del sol ajeno,
ni anhelaba vivir siempre al abrigo
de la orilla; quería estar aquí,
en el centro de este pequeño mundo,
donde sólo mi propia voluntad
me hurtaba a los hechizos abisales,
donde sólo es azul la superficie…

 

ALERGIA

julio 25, 2012 3 comentarios

Otra de las cosas que le agradezco a David Galindo es que me presentara a varios de los componentes de un revista esencial en el desarrollo de la literatura hecha en Murcia. La revista se llamaba Thader y en ella, algunos pudimos leer por primera vez textos del propio David Galindo, Matías Tárraga, Antonio Llorente, Andrés García Cerdán, Ángel Paniagua, Cristina Morano o Manuel Moyano.

 

 

Hoy voy a dejar aquí un relato que Thader le publicó a David en el número 1 y que lleva por título el de la entrada.

 

Es una verdadera lástima que ella y yo nos tengamos que amar a distancia. A veces es muy cansado no poder ver sus ojos más de cerca, casi como lo único que abarca la vista de tan cerca, ni poder jugar con el tamaño de sus dedos o pechos o cejas, alejándote y acercándote a placer y sin impedimentos. Es una lástima, pero a pesar de haber visitado a los mejores dermatólogos del país, mi alergia por ella no tiene cura. Cuando me acerco tímido o lloroso o sabio o lleno de rencor me hierve la piel y florecen grandes zepelines anaranjados por mis brazos, por mi torso, por mis párpados arrugados. Pero a pesar de las barreras epidérmicas, nos amamos, y sobre todo nos deseamos. Y eso que nunca hemos podido susurrarnos, ni besarnos, ni ovillar nuestros cuerpos como una sola madeja multicolor. Eso que no podemos tocar nuestras caras ni hundir las cabezas en el vientre del otro, ni jugar a deformar los cartílagos de las orejas. Eso que no he podido lamer, como perro en celo, la preciosa hendidura de su columna, ni caer como insecto imbécil en la trampa de su cabello al viento.

A pesar de todo, no lo llevamos tan mal y los tres metros que estamos obligados a dejar vacíos entre nosotros los llenamos de palabras o guiños, de miradas y miradas y miradas. Y hace ya bastante tiempo que desistimos de cruzar esa frontera que me hincha la nariz desmesurada y ridículamente y hacía que pisara cientos de minas que estallaban como estornudos. Y lo peor de todo es que yo la quiero y ella me jura desde la mecedora o desde la terraza que no puede vivir sin mí. Y es todo tan absurdo. Y yo no podría tener una alergia más vulgar, como al polen o a los políticos, tiene que ser precisamente a la mujer que amo. Y lo hemos probado todo, hasta espiritualizar nuestra relación, pero todo es inútil, cuando la veo balanceándose en la mecedora, la erección es inevitable y todo yo soy un gran falo esperando ser aliviado. lo jodido es que como tengo ese raro y arcaico sentido de la fidelidad tan incrustado, no puedo retozar para aliviarme con sensuales damas o madres de familia, a las que no amo.

No se puede ni imaginar, doctor, lo ridículo que es pasear por la playa un Abril gris y ventoso a tres metros el uno del otro y sentarnos en rocas distintas para admirar el océano visiblemente excitado y tener que cambiarme de lugar cada vez que el viento varía su recorrido. Y tendría que ver nuestras peleas, tenemos que recurrir a algo tan manido como lo de lanzarse discos y porcelanas. Una pena. Y, claro, nadie nos comprende, mis amigotes andan todo el día con eso de que soy alérgico al polvo y ja ja ja, y nuestros padres están encantados de que no podamos tener relaciones prematrimoniales, por mucho que digan qué lástima y todo eso.

Y a mí, eso de haber salido en las más prestigiosas revistas científicas como un caso extrañísimo, pues no me sirve de nada, lo que yo quiero es esculpirla milímetro a milímetro, sólo eso.

A pesar de todo, hemos depurado con el tiempo una técnica un poco guarra para aliviar nuestra líbido. Confío en su discrección. Normalmente, ella se pone en la mecedora y yo en el sofá y empezamos a decirnos cosas que, como comprenderá no voy a reproducir. Entonces ella se empieza a acariciar los hombros y a retirarse, muy lentamente, una túnica blanca que le regalé hace tiempo. Para cuando ella ha descubierto su primer seno yo ya he desnudado mi peludo torso. Luego empieza a insultarme con creciente dulzura y se sigue acariciando como un pulpo agonizante fuera del agua. Le tiro mis últimas prendas y las muerde como ensañada contra mí y desaparecen bajo la túnica en un juego erótico eterno. Cuando mi excitación es ya implacable, le pido que se quite el resto de la túnica y, en súbitos cambios de humor, pasa de la sumisión más absoluta al rencor y viceversa.

Entonces nos escupimos, después de tanto tiempo hemos aprendido a hacerlo perfectamente, y extendemos ese precioso botín por nuestros rostros y muslos y vientres, para después perdernos en masturbaciones brutales y descaradas, sin perder detalle el uno del otro. Luego, ya sabe, el cigarrillo y el no poder acariciarla cuando le digo que ha sido maravilloso.

 

MALDITOIDES

Hace ya de esto casi veinte años, pero es que las cosas son así. David Galindo tuvo la oportunidad de participar en el fanzine que editaba el Komando Leproso (aquí pueden leer una pequeña explicación de uno de sus colaboradores): Vulvovaginitis Pustulosa. El poema en cuestión le da título a este post y decía:

 

 
Ahora que ya me lavo solito,
que fumo negro,
que he llorado por otras cosas
que no son hambre o sueño,
que ya leo
los editoriales de los periódicos,
que estoy cubierto de pelo,
que ya he probado mi fuerza nabal (con be),
que he dejado de escribir
graffittis en las iglesias
y versos en los lavabos,
ahora que ya,
permítanme tutearles.

Tuvisteis
que sisar del monedero de Cronos
vuestra paga temporal por adelantado,
que robarle los tapacubos al carro alado
y los ricitos aúreos a los querubines
y el tridente
a vuestro demonio de la guarda
para que os diera algo con que huir.
Y volvisteis clamando
que llevabais costras
de camino y humedad
de mierda y estupro
de ocasos y fugas
con las que pasabais las páginas:
Byron, Kavafis, Poe, Baudelaire.
Y tuvisteis que esconder la Olivetti
y escribir con semen
el verso sublime
sobre el coño de una puta portuaria
con restos de saliva de marino mercante
o en el esfínter anal de un boxeador sonado
por tres vinos peleones.
Que cortaros las uñas de los pies
a bocados en las embajadas
y pellizcar colegiales
y vomitar en las tabernas
entre eructo y bostezo
y chupársela a vuestros mecenas
con la lengua pastosa
que os habría de hacer libres.
Y ahora,
después de tantos años,
publicáis concienzudos estudios críticos
y cobráis de las Universidades y Ayuntamientos
y estudiáis a los artistas,
cuando se acerca algún aniversario,
y sodomizáis efebos
y decís a los jóvenes poetas:
¡Oh, Rilke, oh Cioran, oh Cernuda!
y, con esto de la igualdad de sexos,
también habéis aprendido
a lamer clítoris mecénicos.
Y un día, ¡oh fatal sino!,
vosotros os levantáis
pero ya no se os levanta
y, claro, ya no es lo mismo
ni ir a los congresos
ni escribir los prólogos
ni mirar los cuadros
ni escuchar a Bach.
Y os dedicáis a jodernos
a nosotros, los neopoetoides,
hasta que nos convertimos
en funcionarios del MEC,
y dejamos de emborronar árboles,
nos jodéis
para que se os recuerde
como la última gran generación.
Amén.

 

…INICIOS

…y tres poemas más de David Galindo.

 

HALITOSIS

Seis cortos vellos púbicos te transportan
por la lisa tundra de mi mesa de mármol.
Aturdidita como estás, rodeas rauda
el plato-basamento de mi café.
Y las dos alitas transparentosas
que no quieres usar
por tu deseo de mí.
Y creo ser basura,
soy los restos de arroz que te alimentan,
el escombro donde te sientes segura;
y mis ojos son garbanzos pútridos,
mis pies, dos zapatos sin suela,
mi voz, el ronroneo del camión municipal.
Y qué sabrosas están las costras
de mis manos estatuizadas para ti,
y las capas de grasa y caspa de mi cabello.
Y a mí también me asquean los jabones y dentífricos,
los perfumes y ambientadores;
la pureza está en mis axilas,
vírgenes de aromas ruinosos,
y en los restos de comida prehistórica
de mi barba
y en tus patas aglutinadoras de inmundicia
y en los escrotos octogenarios
de los líderes mundiales.
Pero sigue paseando por mi piel pegajosa,
se está bien,
no escapes como todos a otro cubo de mierda,
qué más te da un vómito que otro,
un tetra-brick de leche cortada
que mi flaco cuerpo pestilente.

 

 

AUNQUE SEA MENTIRA

Ningún mal podrían hacerte
mis labios mercenarios,
ni estos deditos que han escarbado
los muslos más curtidos,
las lenguas más repugnantes,
los cuellos más seniles.
Tú sigue hablando,
di que no soy molestia,
un encanto,
y que no peso nada.
Que tus rodillas sean mis peldaños
y tus risotadas
mi parque dominical;
y no seas boba,
si yo sé de ésto,
déjame jugar con tus pechitos
a pesar de esa tela tonta
que esconde el olor tan sabido.
Deja que agarre tu boca
y tus ojos verdes
y tu pelo limpio;
tú sigue hablando.
engáñalas a todas,
di que no soy molestia,
y mira sus rostros pútridos,
sus carantoñas manidas,
sus arrugas pesadas.
No dejes que me cojan,
aunque sea mentira
que soy un encanto
y que no pese nada,
aunque huela mal.

 

 

ÉGIRA

Siempre mancho de café mis poemas,
debe ser algo inconsciente,
mi verdadera firma,
la humanización de la tinta.
Cae siempre en el mejor verso
y el pulgar absorbe la humedad
y repaso las letras tontamente,
pero el mal ya está hecho.
Mi mirada detergente no basta
y no está la cosa para derrochar,
así que me resigno
y escribo mis pobres poemas
y no los firmo.
Luego, los días de viento,
cojo varios y los lanzo lejos,
y me ha pasado
que en algún viaje
he encontrado uno
con marcas de ruedas,
de zapatos de rico
o huellas de pobre,
con gotas de lluvia ácida
o agujeros de cigarrillos,
firmas de poetas anónimos
que lo leyeron en su viaje.
Después, una vez en casa,
enyeso con ellos
a mis muertos favoritos
para que vean mundo y no digan
que los trato mal.
Yo siempre ganándome el cielo.

 

(David Galindo –inéditos–)

 

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…INICIOS…

Sigo con varios de los poemas de David Galindo que me enseñaron que la literatura no es (sólo) eso que se enseña en los colegios e institutos.

 

…COMO SEPULCROS BLANQUEADOS

Estamos rodeados
y no precisamente de feroces sioux,
ni de caníbales danzando,
ni de tropas napoleónicas,
ni siquiera de lava reptante.
Y no nos protejemos
con carretas de madera y tela.
Caemos uno tras otro,
no desfigurados por balas,
ni atravesados por lanzas,
ni descuartizados por granadas,
no,
nuestras muertes son mucho más sutiles,
más ridículas,
puede que no sean ni muertes
porque, de hecho,
yo ahora mismo estoy escribiendo.
Nuestros cuerpos deshilachados
no yacen en ninguna pradera,
ni trinchera,
ni azotea,
no flotan en ninguna orilla,
ni estanque,
ni bañera;
y es una pena,
sobre todo por los buitres y los peces.
Nuestras muertes tienen los ojos abiertos,
y eso es lo peor,
ver los edificios
y las calles
y los balnearios
plagados de cadáveres andarines y parlantes.
Y puede que yo sea el próximo
o que fuera el primero.
Quiero que una gaviota,
o una piraña,
o una hiena
me coman los ojos.

 

 

ESTAR (O NO)

Nada.
He dicho que nada.
Solo, claro. Solo, solo, solo.
No pasa nada,
ni los pájaros, ni el tiempo;
sobre todo, el tiempo.
Demasiado ruido, quizás,
coches, gritos. Gritos, coches. Nada.
Ya no hay ruido,
calla la calle (¡ja!).
Odio esta habitación,
odio la calma,
el brillo de esta puta luz,
odio esta tarde
y la mierda y el tiempo;
sobre todo, el tiempo.
Y odio la nada
y estoy solo, claro.
Y nada vale la pena,
ni emborracharse,
ni llorar,
ni odiar,
ni nada.
Estoy harto de todo ésto
y sigo solo, claro.
Y pongo los dedos así,
como para pegarme un tiro,
y no hay nada
que haga que me salten los sesos,
y no hay nada en mis manos
y nada en mi alma
y nada en el mundo. Nada.
Estoy solo, claro.
Estoy a medio aplastar
entre cuatro paredes
horrorosamente bellas
y entre papeles en blanco
y entre botellas vacías
y entre luces y mierda
y entre tiempo,
sobre todo, entre tiempo.
Y pongo las manos así,
como para clavarme un puñal,
y nada me atraviesa. Nada.
Es horroroso que las heridas
no sangren por su agujero,
sino más dentro.
Es horroroso no poder
ponerte las manos así,
para frenar la catarata.
Entonces dijiste: entonces…
Y nada.
Y clavar la mirada en nada
y escupir sobre nada
y haber sido una nube gigante
y ahora nada.
Y andar y correr y escapar
y vaciarse, desinflarse.
Y ahora es de noche
y odio la quietud, el silencio,
y odio la oscuridad
y ésta cama,
y ésta calma,
porque no estás tú.
No estás y estoy solo, claro.
Estar. No estar. ¿Qué más?
Morir. No morir.
Ser nube. Ser nada.
Ser Dios. Ser mierda.
Ser todo. Ser lodo.
Y clavo la noche en ti
y esculpo una figura de agua,
intocable, incolora, inodora, lejana,
y se escurre
y me deja
las manos frías.
Y ¿qué más?
Las llamas que me rodean,
nada más. El humo.
Yo fui nube, ahora nada.
¿Y qué?
Puede que haya sido el cigarro
a medio apagar,
o todos los recuerdos
tuyos que quemé
y no se apagaron.
Quizás no sea nada.
Las paredes se van cerrando.
No oigo nada.
Estoy solo, claro. Solo, solo, solo.
Y llamas y humo.
Nada.
He dicho que nada.

 

 

MICROBIO EN CELO

Pululando de aquí para allá,
de tu cabellera a tus cejas,
del vello de tus brazos
al de tu pubis,
amanezco y anochezco
en ti.
Serpeando por tus rasgos
duros y tibios,
desde los pómulos a los tobillos,
sigo una senda
casi imperceptible al ojo humano
y maldito
de pelusa clara
que recubre tu precioso y eterno
envase no retornable.
Y evitando aburguesarme
en tu dedo gordo
o en el saliente de tu muñeca
o en tu modesto canal intercontinental,
organizo fines de semana
en tus fosas nasales o inestino,
esperando apaciguar mis ansias de mundo,
tan limitadas
por mi condición microscópica.
Y esas semanas
en las que las cruzadas descansan,
cuando hay tregua con los infieles
y se reanudan conversaciones de paz,
emigro al norte
y anudo los extremos de mi hamaca
en dos pestañas cualesquiera
sólo por mirar
al acantilado de tus ojos.

 

(David Galindo  –inéditos–)

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