Archivo

Archive for 28 febrero 2018

BREVIARIO DE LA MAR

 

¿Qué me ha traído aquí,
donde el mar sabe?

Cuanto se alcanza a ver
se está hundiendo en la luz,
va a tocar fondo.

Ya fregué mi cuchara,
que arda el día.

La única palmera
está plantada allí,
muy ojo adentro
de alguna ensoñación.

Eso que ahora crepita,
lo sonámbulo,
eso sé que hablará.

 

 

 

 

Caminos, qué secretos,
cómo sabéis guardaros
del llegar y el partir,
cuánta quietud traéis
a quien os sigue.

Las acequias, los huertos,
huyendo de la mar,
se han quedado dormidos
entre cañas.

También yo he sido niño,
os velaré,
aguas dulces y frutos.

 

 

 

 

Camino de la playa
se empeñan en oler
estos naranjos.

La uña de león
hace lo suyo
por fijarme a la tierra,
y allí vivo,
plantado a pie de página
del cielo.

Están desordenando
los vuelos de los pájaros el aire,
no sé qué hacen del sol,
lo multiplican.

He pisado unas cañas,
y cantaron.

 

 

 

 

Este gesto
de hindir
las manos
en la arena
caliente de la playa,
cuántos antes,
cuántos después
supieron
lo que aquí
se hace tacto,
cómo sopla
el viento en las falanges
que tanto codiciaban,
y entra ardiendo
en la fiesta del polvo
todo el brazo hasta el hombro
y no dolía.

 

 

 

 

Después del gran derroche,
con esa calderilla
que guardaba,
el sol compra el océano,
lo cubre de monedas.

Este abandono, ahora,
es justo lo que el mar
está teniendo a bien.

Corre el viento, esos granos
de arena que dejó
crujiendo entre los dientes
son también
a su manera pan.

Tibieza de las plantas,
mis pasos a la orilla,
¿quién los ve dibujarse?

¿O es que está floreciendo
la soledad aquí?

 

 

 

Gallego, Vicente. Breviario de la mar. Valencia; Ed. Banda legendaria, 2016.

 

DESPUÉS DE LA VISITA DE CANDAYA Y BANDA LEGENDARIA A MURCIA

Qué auténtico gustazo la tarde/noche de ayer.

Siempre es un auténtico placer recibir la visita de los responsables de la editorial Candaya en Murcia. Su saber hacer, el trabajo que dedican a cada uno de los libros que editan y el amor hacia la palabra, consigue que quererlos sea sencillísimo. Aunque la excesiva exposición de teoría filosófica, literaria y de la imaginería que utiliza el autor hizo que la presentación se me hiciera algo pesada, no es menos cierto que tanto el planteamiento como algunas de las pinceladas que contó Álex Chico sobre cómo la había llevado a cabo, consiguió que me picara la curiosidad, así que en cuanto pueda intentaré hacerme con la novela.

 

 

 

 

 

La presentación de la revista 21veintiúnversos, así como de las ediciones que lleva a cabo la editorial Banda Legendaria, fueron de las que hacen uno vuelva a casa con las baterías cargadas para varios días.
La revista 21veintiúnversos es, sencillamente, genial; la mezcla de nombres y diseño es absolutamente maravillosa. Pero es que las otras dos colecciones que tienen, además de la revista, es para hacerse con ellas sin pensárselo.
Ojalá se les pudiera ver por Murcia con más asiduidad.

 

 

Y luego, ya saben: unas cervezas, que estas cosas dan mucha sed, y hablar de amigos comunes. Y, lo repito: ojalá se repitieran estas noches con algo más de frecuencia.

 

 

CANDAYA Y BANDA LEGENDARIA EN MURCIA

Esta tarde, como ocurre pocas veces en Murcia, hay dos oportunidades de lujo de sentir cómo la literatura con mayúsculas pasa por esta ciudad orgullosa de ser tan paleta la mayoría de los días.

 

A las 7 y media de la tarde se presenta la nueva novela publicada por la catalana editorial Candaya, ‘Un final para Benjamin Walter’, de Álex Chico. La presentación correrá a cargo del autor, que estará acompañado de Miguel Ángel Hernández Navarro.

 

 

 

Y a las 9 y media se presentará la revista 21veintiúnversos, presentada por Juan Pablo Zapater y Víctor Segrelles.

 

 

CUANDO VOLAMOS POR ENCIMA DE LAS NUBES

 

CUANDO VOLAMOS POR ENCIMA DE LAS NUBES,
pienso: lo mejor sería volar para siempre. Aquí hace sol. Todo
tan tranquilo aunque el avión pueda estrellarse y adiós vida.
Tanteo una voluminosa antología de la poesía gay americana
contemporánea. No me decido a abrirla. No podría figurar en
ella, claro. En la otra mano sujeto un ensayo sobre las nuevas
tendencias de la poesía eslovena actual. Me parece
que aquí tampoco me encuentro. Finjo la normalidad aunque
nada sea normal. Los poetas americanos me envidian el hecho
de que no soy uno de muchos. Los eslovenos sienten pudor,
se traban, prefieren callar. Sospecho que tienen miedo.
A veces tiene que ver con la envidia. De ninguna forma
logran reunir centenares de personas en la calle. Ni siquiera por
ideas que acabarían muriendo. Así que no participan, y eso ya
lo dice todo. Y sin embargo esos dilemas resultan tan inútiles.
Es absurda su lucha por la mención en la historia. No tengo
ganas de leer, como si fuera una lengua extranjera. Observo
las nubes que se acumulan, amasan y rozan, las blancas
forman un suelo suave e invitan a salir fuera
y acostarse en ellas. Así se inventaron los ángeles.

 

 

 

Mozetič, Brane. Banalidades (Trad. Marjeta Drobnič)Madrid; Ed. Visor, 2013.

 

TRILCE

 

xxxxxIII

Las personas mayores
¿a qué hora volverán?
Da las seis y el ciego Santiago,
y ya está muy oscuro.

Madre dijo que no demoraría.

Aguedita, Nativa, Miguel,
cuidado con ir por ahí, por donde
acaban de pasar gangueando sus memorias
dobladoras penas,
hacia el silencioso corral, y por donde
las gallinas que se están acostando todavía,
se han espantado tanto.
Mejor estamos aquí no más.
Madre dijo que no demoraría.

Ya no tengamos pena. Vamos viendo
los barcos ¡el mío es el más bonito de todos!
con los cuales jugamos todo el santo día,
sin pelearnos, como debe ser:
han quedado en el pozo de agua, listos,
fletados de dulces para mañana.

Aguardemos así, obedientes y sin más
remedio, la vuelta, el desagravio
de los mayores siempre delanteros
dejándonos en casa a los pequeños,
como si también nosotros
xxxxxxxxxxxxxxxxxxno pudiésemos partir.

Aguedita, Nativa, Miguel?
Llamo, busco al tanteo en la oscuridad.
No me vayan a ver dejado solo,
y el único recluso sea yo.

 

 

 

 

xxxxxV

Grupo dicotiledón. Oberturan
desde él petreles, propensiones de trinidad
finales que comienzan, ohs de ayes
creyérase avaloriados de heterogeneidad.
¡Grupo de los dos cotiledones!

A ver. Aquello sea sin ser más.
A ver. No trascienda hacia afuera
y piense en son de no ser escuchado
y crome y no sea visto.
Y no glise en el gran colapso.

xxLa creada voz rebélase y no quiere
ser malla, ni amor.
Los novios sean novios en eternidad.
Pues no deis 1, que resonará al infinito.
Y no deis 0, que callará tanto,
hasta despertar y poner de pie al 1.

Ah grupo bicardiaco.

 

 

 

 

xxxxxVI

El traje que vestí mañana
no lo ha lavado mi lavandera;
lo lavaba en sus venas otilinas,
en el chorro de su corazón, y hoy no he
de preguntarme si yo dejaba
el traje turbio de injusticia.

A hora que no hay quien vaya a las aguas,
en mis falsillas encañona
el lienzo para emplumar, y todas las cosas
del velador de tanto qué será de mí,
todas no están mías
a mi lado.

xxxxxxxxxxxxxQuedaron de su propiedad,
fratesadas, selladas con su trigueña bondad

Y si supiera si ha de volver;
y si supiera qué mañana entrará
a entregarme las ropas lavadas, mi aquella
lavandera del alma. Qué mañana entrará
satisfecha, capulí de obrería, dichosa
de probar que sí sabe, que sí puede
xxxxxxxxxxxxxxxxxx¡cómo no va a poder!
azular y planchar todos los caos.

 

 

 

 

xxxxxIX

Vusco volvvver de golpe el golpe.
Sus dos hojas anchas, su válvula
que se abre en suculenta recepción
de multiplicando a multiplicador,
su condición excelente para el placer,
todo avía verdad.

Busco volvver de golpe el golpe.
A su halago, enveto bolivarianas fragosidades
a treintidós cables y sus múltiples
se arrequintan pelo por pelo
soberanos belfos, los dos tomos de la Obra,
y no vivo entonces ausencia,
xxxxixxxxni al tacto.

Fallo bolver de golpe el golpe.
No ensillaremos jamás el toroso Vaveo
de egoísmo y de aquel ludir mortal
de sábana,
desque la mujer esta
xxxxixxx¡cuánto pesa de general!

Y hembra es el alma de la ausente.
Y hembra es el alma mía.

 

 

 

 

xxxxxXI

He encontrado a una niña
en la calle, y me ha abrazado.
Equis, disertada, quien la halló y la hallé,
no la va a recordar.

Esta niña es mi prima. Hoy, al tocarle
el talle, mis manos han entrado en su edad
como en par de mal rebocados sepulcros.
Y por la misma desolación marchóse,
xxxxxdelta al sol tenebroso,
xxxxxtrina entre los dos.

xxxxxxxx“Me he casado”,
me dice. Cuando lo que hicimos de niños
en casa de la tía difunta.
xxxxxxxxSe ha casado.
xxxxxxxxSe ha casado.

Tardes años latitudinales,
qué verdaderas ganas nos ha dado
de jugar a los toros, a las yuntas,
pero todo de engaños, de candor, como fue.

 

 

 

 

xxxxxXIII

Pienso en tu sexo.
Simplificado el corazón, pienso en tu sexo,
ante el hijar maduro del día.
Palpo el botón d dicha, está en sazón.
Y muere un sentimiento antiguo
degenerado en seso.

Pienso en tu sexo, surco más prolífico
y armonioso que el vientre de la Sombra,
aunque la Muerte concive y pare
de Dios mismo.

Oh Conciencia,
pienso, sí, en el bruto libre
que goza donde quiere, donde puede.

Oh, escándalo de miel de los crepúsculos.
Oh estruendo mudo.

¡Odumodneurtse!

 

 

 

 

xxxxxXIV

Cual mi explicación.
Esto me lacera de tempranía.

Esa manera de caminar por los trapecios.

Esos corajosos brutos como postizos.

Esa goma que pega el azogue al adentro.

Esas posaderas sentadas para arriba.

Ese no puede ser, sido.

Absurdo.

Demencia.

Pero he venido de Trujillo a Lima.
Pero gano un sueldo de cinco soles.

 

 

 

 

xxxxxXV

En el rincón aquel, donde dormimos juntos
tantas noches, ahora me he sentado
a caminar. La cuja de los novios difuntos
fue sacada, o tal vez qué habrá pasado.

Has venido temprano a otros asuntos
y ya no estás. Es el rincón
donde a tu lado, leí una noche,
entre tus tiernos puntos,
un cuento de Daudet. Es el rincón
amado. No lo equivoques.

Me he puesto a recordar los días
de verano idos, tu entrar y salir,
poca y harta pálida por los cuartos.

En esta noche pluviosa,
ya lejos de ambos dos, salto de pronto…
Son dos puertas, abriéndose cerrándose,
dos puertas que al viento van y vienen
sombraxxxxxxxxxxxaxxxxxxxxxxsombra.

 

 

 

 

xxxxxXVIII

Oh las cuatro paredes de la celda.
Ah las cuatro paredes albicantes
que sin remedio dan al mismo número.

Criadero de nervios, mala brecha,
por sus cuatro rincones cómo arranca
las diarias aherrojadas extremidades.

Amorosa llavera de innumerables llaves,
si estuvieras aquí, si vieras hasta
qué hora son cuatro estas paredes.
Contra ellas seríamos contigo, los dos,
mas dos que nunca. Y ni lloraras,
di, libertadora!

Ah las paredes de la celda.
De ellas me duele entretanto más
las dos largas que tienen esta noche
algo de madres que ya muertas
llevan por bromurados declives
a un niño de la mano cada una.

Y sólo yo me voy quedando,
con la diestra, que hace por ambas manos,
en alto, en busca de terciario brazo
que ha de pupilar, entre mi donde y mi cuando,
esta mayoría inválida de hombre.

 

 

 

 

xxxxxXXXIV

Se acabó el extraño, con quien, tarde
la noche, regresabas parla y parla.
Ya no habrá quien me aguarde,
dispuesto mi lugar, bueno lo malo.

Se acabó la calurosa tarde;
tu gran bahía y tu clamor; la charla
con tu madre acabada
que nos brindaba un té lleno de tarde.
Se acabó todo al fin: las vacaciones,
tu obediencia de pechos, tu manera
de pedirme que no me vaya fuera.

Y se acabó el diminutivo, para
mi mayoría en el dolor sin fin
y nuestro haber nacido así sin causa.

 

 

 

 

xxxxxXXXV

El encuentro con la amada
tanto alguna vez, es un simple detalle,
casi un programa hípico en violado,
que de tan largo no se puede doblar bien.

El almuerzo con ella que estaría
poniendo el plato que nos gustara ayer
y se repite ahora,
pero con algo más de mostaza;
el tenedor absorto, su doneo radiante
de pistilo en mayo, y en verecundia
de a centavito, por quítame allá esa paja.
Y la cerveza lírica y nerviosa
a la que celan sus dos pezones sin lúpulo,
y que no se debe tomar mucho!

Y los demás encantos de la mesa
que aquella núbil campaña borda
con sus propias baterías germinales
que han operado toda la mañana,
según me consta, a mí,
amoroso notario de sus intimidades,
y con las diez varillas mágicas
de sus dedos pancreáticos.

Mujer que, sin pensar en nada más allá,
suelta el mirlo y se pone a conversarnos
sus palabras tiernas
como lancinantes lechugas recién cortadas.
Otro vaso y me voy. Y nos marchamos,
ahora, sí, a trabajar.

Entre tanto, ella se interna
entre los cortinajes y ¡oh aguja de mis días
desgarrados! se sienta a la orilla
de una costura, a coserme el costado
a su costado,
a pegar el botón de esa camisa,
que se ha vuelto a caer. Pero hase visto!

 

 

 

 

xxxxxXLIII

Quién sabe se va a ti. No lo ocultes.
Quién sabe madrugada.
Acaríciale. No le digas nada. Está
duro de lo que se ahuyenta.
Acaríciale. Anda! Cómo le tendrías pena.

Narra que no es posible
todos digan que bueno
cuando ves que se vuelve y revuelve,
animal que ha aprendido a irse… No?
Sí! Acaríciale. No le arguyas.

Quién sabe se va a ti madrugada.
¿Has contado qué poros dan salida solamente,
y cuáles dan entrada?
Acaríciale. Anda! Pero no vaya a saber
que lo haces porque yo te lo ruego.
Anda!

 

 

 

 

xxxxxXLVI

La tarde cocinera se detiene
ante la mesa donde tú comiste;
y muerta de hambre tu memoria viene
sin probar ni agua, de lo puro triste.

Mas como siempre, tu humildad se aviene
a que le brinden la bondad más triste.
Y no quieres gustar, que ves quien viene
filialmente a la mesa en que comiste.

La tarde cocinera te suplica
y te llora su delantal que aún sórdido
nos empieza a querer de oírnos tanto.

Yo hago esfuerzos también; porque no hay
valor para servirse de estas aves.
Ah¡ qué nos vamos a servir ya nada.

 

 

 

 

xxxxxXLIX

Murmurando en inquietud, cruzo,
el traje de sentir, los lunes
xxxxixxxxde la verdad.
Nadie me busca ni me reconoce,
y hasta yo he olvidado
xxxxixxxxde quién seré.

Cierta guardarropía, sólo ella, nos sabrá
a todos en las blancas hojas
xxxxixxxxde las partidas.
Esa guardarropía, ella sola,
al volver de cada facción,
xxxxixxxxde cada candelabro
xxxxixxxxciego de nacimiento.

Tampoco yo descubro a nadie, bajo
este mantillo que iridice los lunes
xxxxixxxxde la razón;
y no hago más que sonreír a cada púa
de las verjas, en la loca búsqueda
xxxxixxxxdel conocido.

Buena guardarropía, ábreme
xxxxixxxxtus blancas hojas;
quiero reconocer siquiera al 1,
quiero el punto de apoyo, quiero
xxxxixxxxsaber de estar siquiera.

En los bastidores donde nos vestimos,
no hay, no Hay nadie: hojas tan sólo
xxxxixxxxde par en par.

Y siempre los trajes descolgándose
por sí propios, de perchas
como ductores índices grotescos,
y partiendo sin cuerpos, vacantes,
xxxxixxxxhasta el matiz prudente
de un gran caldo de alas con causas
y lindes fritas.
Y hasta el hueso!

 

 

 

 

xxxxxLVII

Craterizados los puntos más altos, los puntos
del amor de ser mayúsculo, bebo, ayuno,
absorbo heroína para la pena, para el latido
lacio y contra toda corrección.

¿Puedo decir que nos han traicionado? No.
¿Que todos fueron buenos? Tampoco. Pero
allí está una buena voluntad, sin duda,
y sobre todo, el ser así.

Y qué quien se ame mucho! Yo me busco
en mi propio designio que debió ser obra
mía, en vano: nada alcanzó a ser libre.

Y sin embargo, quién me empuja.
A que no me atrevo a cerrar la quinta ventana.
Y el papel de amarse y persistir, junto a las
horas y a lo indebido.

Y el éste y el aquél.

 

 

 

 

xxxxxLXI

Esta noche desciendo del caballo,
ante la puerta de la casa, donde
me despedí con el cantar del gallo.
Está cerrada y nadie responde.

El poyo en que mamá alumbró
al hermano mayor, para que ensille
lomos que había yo montado en pelo,
por rúas y por cercas, niño aldeano;
el poyo en que dejé que se amarille al sol
mi adolorida infancia… ¿Y este duelo
que enmarca la portada?

Dios en la paz foránea,
estornuda, cual llamando también, el bruto:
husmea, golpeando el empedrado. Luego duda,
relincha,
orejea a viva oreja.

Ha de velar papá rezando, y quizás
pensará se me hizo tarde.
Las hermanas, canturreando sus ilusiones
sencillas, bullosas,
en la labor para la fiesta que se acerca,
y ya no falta casi nada.
Espero, espero, el corazón
un huevo en su momento, que se obstruye.

Numerosa familia que dejamos
no ha mucho, hoy nadie en vela, y ni auna cera
puso en el ara para que volviéramos.

Llamo de nuevo, y nada.
Callamos y nos ponemos a sollozar, y el animal
relincha, relincha más todavía.

Todos están durmiendo para siempre,
y tan de lo más bien, que por fin
mi caballo acaba fatigado por cabecear
a su vez, y entre sueños, a cada venia, dice
que está bien, que todo está muy bien.

 

 

 

 

xxxxxLXXVII

Graniza tanto, como para que yo recuerde
y acreciente las perlas
que he recogido del hocico mismo
de cada tempestad.

No se vaya a secar esta lluvia.
A menos que me fuese dado
caer ahora para ella o que me enterrasen
mojado en el agua
que surtiera de todos los fuegos.

¿Hasta dónde me alcanzará esta lluvia?
Temo me quede con algún flanco seco;
temo que ella se vaya, sin haberme probado
en las sequías de increíbles cuerdas vocales,
por las que
para dar armonía,
hay siempre que subir ¡nunca bajar!
¿No subimos acaso para abajo?

Canta, lluvia, en la costa aún sin mar!

 

 

 

Vallejo, César. Poesía completa. México D. F.; Premià editora, 1978.

 

Categorías:Poesía Etiquetas: ,

LEYENDO A JAMES SCHUYLER

 

ME HA PILLADO LEYENDO A JAMES SCHUYLER.
Aunque el poema no tiene nada de raro, me sobresalto.
Estoy esperando un vuelo a Suecia y ella se sienta a mi lado.
La noto inquieta. No tarda en preguntarme qué leo. No es
remolona, no. Doy la vuelta al libro para que le choque
el crudo título de poesía gay. No me queda otra.
Oooh, canta ella. Interrumpo su exclamación con un par de
preguntas que no tienen que ver. Sí, es americana y viaja
para casarse, este mismo fin de semana. Desvío los ojos
hacia el libro. He estado leyéndolo sin leer. Ella espera
un poco para que no resulte tan obvio, se pone de pie y
se va. Estoy enfadado conmigo mismo. Porque he sentido
esa conocida incomodidad dentro de mí. Llevo décadas sin
poder librarme de ella. Arrancaría las tapas del libro.
¿Y por qué he dicho: pillado? El sonado autor de literatura
gay ha vuelto a ser un niño que, oculto bajo una manta,
iluminaba con una linterna los dibujos de una novela juvenil.
Los chicos jugaban sin camiseta en la playa. Sobre todo
me gustaba el personaje principal, su cuerpo esbelto y terso.
Fue estúpida mi tensión, mi corazón acelerado, pues quién
iba a darse cuenta de que no las miraba a ellas, sino a ellos.
Es difícil deshacerse de ello, del sonrojo y del temblor.
Cierro el libro y entro en los aseos. Al estar de pie delante
del urinario, con la polla en la mano, me estremezco otra vez.
Miro la oscuridad en frente y no me atrevo a mirar
ni a la derecha ni a la izquierda. Siento que hay tíos
a ambos lados, oigo sus chorros, seguro que miran
a los demás, como siempre. Comparan. Y yo todo tieso,
petrificado ante el riesgo de que me pillen. ¡Con qué peso
más grande me cargaron! Los muchachos se las enseñan
y yo estoy excluido de ese juego. ¿Porque voy en serio?
¿Porque leo literatura gay? Ya hace siglos que lo supieron
y no me invitaban a jugar a sus juegos de exhibirse.
Y ahora también sienten una especie de vergüenza. Yo,
vergüenza ajena. Por lo cual casi prescindo de leer en público
y me privo de estar en compañía. Como si me diera
vergüenza existir.

 

 

 

 

SÓLO DOS OJOS QUE BRILLAN EN
la oscuridad y me atraen sin remedio. Como si tuviesen
prisa, mis dedos investigan el cuerpo, la piel y por debajo
de la cintura, mi boca succiona sus labios carnosos que
me llenan por completo. En Christopher Street
o en la calle Metelkova, él desaparece, así que me
voy yendo, me pierdo entre los cuerpos sudados, y allí
lo pillo acariciando la mano de un tipo blandengue.
Que su amigo tiene problemas. Oye, puto negro,
esloveno, francés, bosnio, ¡que te jodan!, ¡vete
a tomar por culo! O cuando pasa por delante con otro
como si no pasara nada o como si yo no fuera nadie,
difícilmente lo tomaría por normal. Los días
pasan, y los años, y demasiadas palabras que carecen
de sentido. Leo que, en el ayuntamiento, un político
le pegó un tiro a otro. Ahora los dos están muertos.
La descabellada historia continúa con foto del guapo
asesino desnudo, de su cuerpo perfecto, de cuando aún
iba de bares y follaba en los aseos, de cuando se perdía,
como tú, durante horas enteras entre la exagerada
multitud de gente bailando. Menos mal
que mantuve la sangre fría y no te maté. Lo que
podrían haber sacado en los periódicos… y tal vez hubiese
aumentado la venta de mis libros. En ellos te mataba
despacio, a pedazos, a ti y a otras innumerables
víctimas del asesino en serie que hay de mí.

 

 

 

 

MIRO A TODOS ESOS CHICOS ESBELTOS POR
las esquinas —chinos, árabes, negros, latinos, bosnios—
cómo sonríen, escupen y se agarran la entrepierna.
Los desnudo con la mirada, la paso por sus pechos,
sus vientres planos, sus músculos morenos, por sus cuerpos
enteros. O persiguen la pelota por las canchas,
quitándose las camisetas por el calor, y brillan las gotas
de sudor, les silban a las chicas y me imagino
cómo se me echarían encima si supieran que los
observo. Sus ojos se disparan curiosos por el mundo,
y está claro que lo peor ya ha pasado para mí, que puedo
contemplarlos así, con tranquilidad, pues
qué harían en mi dormitorio, donde todo está
en orden, donde no hace falta temer a la policía, ni
exaltarse con las peleas, ni huir de los disparos.
¿Qué podrían contar a sus amigos?, ¿de qué podrían
vanagloriarse?, ¿Qué lucirían esos héroes de la calle
de al lado? En la sala de fitness, donde se exhiben músculos,
encuentro la comodidad. O en los bares, en las playas,
donde miles de gays hacen esfuerzos para ganar
la carrera contra el tiempo. ¿Cómo podrían entrenar
en mi dormitorio?, ¿cómo competir?, si allí el tiempo
se ha parado, ¿cómo entender mis besos menudos?,
¿cómo disfrutar del silencio o sólo del susurro?
Todo eso, lo desconocido, les espantaría, como a ti,
que entraste orgulloso y sonriente por la puerta y,
después, empezaste a menguar hasta que,
al amanecer, se te llevó la niebla.

 

 

 

 

NO ENTIENDO POR QUÉ TODO ESTÁ TAN MAL.
Digamos que vuelvo en coche a las siete de la mañana
después de una noche de juerga y me paran dos
policías mocosos de formación incompleta. Se acercan
como vaqueros, me acusan de todo lo posible y
yo me pregunto perplejo que qué hago en este país,
piso el pedal y pongo el coche en marcha. Me llama
mi ex mujer e insiste histérica en que llevo años molestándola,
acosándola, controlándola, que me busque a otra, que
hay muchas por allí, en fin, que deje de hacerlo, que pare
de una vez. Mi chico me ruega que lo odie,
se da la vuelta, me rechaza, me hace escuchar sólo
canciones como Depresión en los ojos y Qué día más bonito
para morir. No entiendo qué quiere decirme. Cuando
me alejo y me meto entre la gente, su mezcla de tranquilizantes,
estimulantes y alcohol me arrastra como un remolino
hacia abajo, donde siempre me pongo nervioso y
no puedo calmarme. Diría que vivo en la ciudad
más estresante del mundo. Trato de concentrarme,
pero mis manos tiemblan. Me asusto y se ponen a
temblar aún más. Intento averiguar adónde huir otra vez, en
qué ciudad esconderme. Aumenta mi certeza de que
mi vida no es más que una sarta de sueños sobre huir.

 

 

 

 

PASÉ POR MI MÉDICA Y LE CONFESÉ CON
pudor que no tenía ganas de vivir. No sé cómo
llegué a esa conclusión, pero era como si nunca
las hubiese tenido o como si no supiese lo que eran.
Observaba a mi familia, a todos ellos, y a mis amigos
o conocidos o compañeros o a todos los que
veía, y en absoluto me parecía que tuviesen la ilusión
de vivir. Me dijo que me buscara alguna afición,
pero le respondí en seguida preguntándole si ella
tenía ganas de vivir. Sonrió con acritud, fijando
los ojos en mi ficha: «No hablamos de mí, sino de
usted, seguro que hay mil cosas que le gustan».
Eso no quiere decir nada y ¿me gustan de verdad?
«Cálmese», concluyó, «no le pasa nada en absoluto,
es algo normal, se le pasará tan pronto como
ha aparecido». Y yo no podía recordar cuándo había aparecido,
pero que al final se me pasaría, de eso no tenía
dudas. Exhausto por el tratamiento volví
a casa. Me fijé en tus ojos. No vi nada, ya no
había nada. Sólo mi perro daba señales inquívocas
de que la ilusión de vivir no se le había pasado aún.

 

 

 

 

OLVIDAR CÓMO UNA CORZA HERIDA SE REFUGIÓ
en nuestro maizal y mi abuelo llamó a los cazadores
para que se la llevaran, tan pequeña, indefensa.
Olvidar a los muchachos que tenía sus secretos
y me los ocultaban. Si les preguntaba algo,
me decían: «Eres muy pequeño todavía». Siempre era
muy pequeño y nunca llegué a saber qué me ocultaban.
Olvidar al niño que, en la guardería, se enamoró
de mí y me besaba todo el tiempo y las maestras
reían: «¡Pero si no es una niña!»
Olvidar el vago temblor, el calor que anegaba
mi cuerpo cuando mis compañeros, uno tras otro,
iban llegando a mi casa. Les daba clase porque sacaban
malas notas, y en la escuela se había decidido que yo
podría ayudarles. Tuve que encargarme de
los chicos y, una compañera, de las chicas.
Olvidar cómo se me iban los ojos a su vello
incipiente, cómo fingía sentirme mal en clase
de gimnasia para poder sentarme en el banquillo
y observarlos mientras perseguían la pelota.
Olvidar mis primeros escritos para esos muchachos.
Olvidar mis borracheras desesperadas porque sólo
así, sólo así me atrevía a tocar a mi primer amor.
Olvidar todo lo que siguió después.
Olvidar a mi primera novia que nunca me dejó hacérselo
aunque no dejaba de presionarla. ¡Increíble lo
necesitado que estaba entonces!
Olvidar al hombre que, confundido por mi pelo largo
y mi figura delgada, gritó detrás de mí y, cuando
me di la vuelta —ocurrió en las escaleras del colegio—
abrió su anticuado abrigo y me enseñó su
polla roja, fea.
Olvidar la náusea que sentí, y la ternura con la que
yo miraba los ojos azules de mi compañero de clase.
Olvidar la época en la que rehusé el mundo de los hombres,
y a mi mujer que tanto me ayudó a ello. Nuestras
hermosas temporadas junto al mar, cuando parecía
que la vida se reducía al vaivén de las olas.
Olvidar el empalago, siempre amenazador, de
mi padrastro, al que esquivaba porque temía que
sus caricias tuvieran una intención distinta.
Olvidar que no puedo destrabar la lengua, que hay
tanto que no puedo decir, y que prefiero esconderme,
callar, olvidar. Ah, Joe Brainard, mejor olvidar,
olvidar todo lo que sigue removiendo heridas dolorosas
y no descansará hasta la muerte. Olvidar, olvidar.
En mi habitación hay a veces un silencio que espanta
y una oscuridad que espanta más aún.

 

 

 

Mozetič, Brane. Banalidades (Trad. Marjeta Drobnič)Madrid; Ed. Visor, 2013.

 

LOS HERALDOS NEGROS

 

LOS HERALDOS NEGROS

Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma… Yo no sé!

Son pocos, pero son… Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

Son las caídas hondas de los Cristos del alma,
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

Y el hombre… Pobre… pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombre nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como un charco de culpa, en la mirada.

Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé!

 

 

 

 

SETIEMBRE

Aquella noche de setiembre, fuiste
tan buena para mí… hasta dolerme!
Yo no sé lo demás; y para eso,
no debiste ser buena, no debiste.

Aquella noche sollozaste al verme
hermético y tirano, enfermo y triste.
Yo no sé lo demás… y para eso
yo no sé por qué fui triste… tan triste…!

Sólo esa noche de setiembre dulce,
tuve a tus ojos de Magdala, toda
la distancia de Dios… y te fui dulce!

Y también una tarde de setiembre
cuando sembré en tus brasas, desde un auto,
los charcos de esta noche de diciembre.

 

 

 

 

HECES

Esta tarde llueve como nunca; y no
tengo ganas de vivir, corazón.

Esta tarde es dulce. Por qué no ha de ser?
Viste gracia y pena; viste de mujer.

Esta tarde en Lima llueve. Y yo recuerdo
las cavernas crueles de mi ingratitud;
mi bloque de hielo sobre su amapola,
más fuerte que su “No seas así!”

Mis violentas flores negras; y la bárbara
y enorme pedrada; y el trecho glacial.
Y pondrá el silencio de su dignidad
con óleos quemantes el punto final.

Por eso esta tarde, como nunca, voy
con este buho, con este corazón.

Y otras pasan; y viéndome tan triste,
toman un poquito de ti
en la abrupta arruga de mi hondo dolor.

Esta tarde llueve, llueve mucho. ¡Y no
tengo ganas de vivir, corazón!

 

 

 

 

AGAPE

Hoy no ha venido nadie a preguntar;
ni me han pedido en esta tarde nada.

No he visto ni una flor de cementerio
en tan alegre procesión de luces.
Perdóname, Señor: qué poco he muerto!

En esta tarde todos, todos pasan
sin preguntarme ni pedirme nada.

Y no sé qué se olvidan y se queda
mal en mis manos, como cosa ajena.

He salido a la puerta,
y me dan ganas de gritar a todos:
Si echan de menos algo, aquí se queda!

Porque en todas las tardes de esta vida,
yo no sé con qué puertas dan a un rostro,
y algo ajeno se toma el alma mía.

Hoy no ha venido nadie;
y hoy he muerto qué poco en esta tarde!

 

 

 

 

DESNUDO EN BARRO

Como horribles batracios a la atmósfera,
suben visajes lúgubres al labio.
Por el Sahara azul de la Substancia
camina un verso gris, un dromedario.

Fosforece un mohín de sueños crueles.
Y el ciego que murió lleno de voces
de nieve. Y madrugar, poeta, nómada,
al crudísimo día de ser hombre.

Las Horas van febriles, y en los ángulos
abortan rubios siglos de ventura.
Quién tira tanto del hilo; quién descuelga
sin piedad nuestros nervios,
cordeles ya gastados, a la tumba?

Amor! Y tú también. Pedradas negras
se engendran en tu máscara y la rompen.
La tumba es todavía
un sexo de mujer que atrae al hombre!

 

 

 

 

LA CENA MISERABLE

Hasta cuándo estaremos esperando lo que
no se nos debe… Y en qué recodo estiraremos
nuestra pobre rodilla para siempre! Hasta cuándo
la cruz que nos alienta no detendrá sus remos!

Hasta cuándo la Duda nos brindará blasones
por haber padecido!…
xxxxxxxxxxxxYa nos hemos sentado
mucho a la mesa, con la amargura de un niño
que a media noche, llora de hambre, desvelado…

Y cuándo nos veremos con los demás, al borde
de una mañana eterna, desayunados todos!
Hasta cuándo este valle de lágrimas, a donde
yo nunca dije que me trajeran.
xxxxxxxxxxxxDe codos
todo bañado en llanto, repito cabizbajo
y vencido: hasta cuándo la cena durará!

Hay alguien que ha bebido mucho, y se burla,
y acerca y aleja de nosotros, como negra cuchara
de amarga esencia humana, la tumba…
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxY menos sabe
ese oscuro hasta cuándo la cena durará!

 

 

 

 

EL TALAMO ETERNO

Sólo al dejar de ser, Amor es fuerte!
Y la tumba será una gran pupila
en cuyo fondo supervive y llora
la angustia del amor como en un cáliz
de dulce eternidad y negra aurora.

Y los labios se encrespan para el beso,
como algo lleno que desborda y muere;
y, en conjunción crispante,
cada boca renuncia para la otra
una vida de vida agonizante.

Y cuando pienso así, dulce es la tumba
donde todos al fin se compenetran
en un mismo fragor;
dulce es la sombra, donde todos se unen
en una cita universal de amor.

 

 

 

 

LOS DADOS ETERNOS

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxPara Manuel González Prada, esta emoción
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxbravía y selecta, una de las que, con más en-
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxtusiasmo, me ha aplaudido el gran maestro.

Dios mío, estoy llorando el ser que vivo;
me pesa haber tomádote tu pan;
pero este pobre barro pensativo
no es costra fermentada en tu costado:
tú no tienes Marías que se van!

Dios míos, si tú hubieras sido hombre,
hoy supieras ser Dios;
pero tú, que estuviste siempre bien,
no sientes nada de tu creación.
Y el hombre sí te sufre: el Dios es él!

Hoy que en mis ojos brujos hay candelas,
como en un condenado,
Dios mío, prenderás todas tus velas,
y jugaremos con el viejo dado…
Tal vez ¡oh jugador! al dar la suerte
del universo todo,
surgirán las ojeras de la Muerte,
como dos ases fúnebres de lodo.

Dios mío, y esta noche sorda, oscura,
ya no podrás jugar, porque la Tierra
es un dado roído y ya redondo
a fuerza de rodar a la aventura,
que no puede parar sino en un hueco,
en el hueco de inmensa sepultura.

 

 

 

 

LOS ANILLOS FATIGADOS

Hay ganas de volver, de amar, de no ausentarse,
y hay ganas de morir, combatido por dos
aguas encontradas que jamás han de istmarse.

Hay ganas de un gran beso que amortaje a la Vida,
que acaba en el áfrica de una agonía ardiente,
suicida!

Hay ganas de… no tener ganas. Señor:
a ti yo te señalo con el dedo deicida:
hay ganas de no haber tenido corazón.

La primavera vuelve, vuelve y se irá. Y Dios,
curvado en tiempo, se repite, y pasa, pasa
a cuestas con la espina dorsal del Universo.

Cuando las sienes tocan su lúgubre tambor,
cuando me duele el sueño grabado en un puñal,
¡hay ganas de quedarse plantado en este verso!

 

 

 

 

LLUVIA

En Lima… En Lima está lloviendo
el agua sucia de un dolor
qué mortífero! Está lloviendo
de la gotera de tu amor.

No te hagas la que está durmiendo,
recuerda de tu trovador;
que yo ya comprendo… comprendo
la humana ecuación de tu amor.

Truena en la mística dulzaina
la gema tempestuosa y zaina,
la brujería de tu “sí”.

Mas, cae, cae el aguacero
al ataúd, de mi sendero,
donde me ahueso para ti…

 

 

 

 

ESPERGESIA

Yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.

Todos saben que vivo,
que soy malo; y no saben
del diciembre de ese enero.
Pues yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.

Hay un vacío
en mi aire metafísico
que nadie ha de palpar:
el claustro de un silencio
que habló a flor de fuego.

Yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.

Hermano, escucha, escucha…
Bueno. Y que no me vaya
sin llevar diciembres,
sin dejar eneros.
Pues yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.

Todos saben que vivo,
por qué en mi verso chirrían,
que mastico… Y no saben
oscuro sinsabor de féretro,
luyidos vientos
desenroscados de la Esfinge
preguntona del Desierto.

Todos saben… Y no saben
que la Luz es tísica,
y la Sombra gorda…
Y no saben que el Misterio sintetiza…
que él es la joroba
musical y triste que a distancia denuncia
el paso meridiano de las lindes a las Lindes.

Yo nací un día
que Dios estuvo enfermo,
grave.

 

 

 

Vallejo, César. Poesía completa. México D. F.; Premià editora, 1978.

 

Categorías:Poesía Etiquetas: ,
Daftar Harga Mobil Bekas

Literatura, música y algún vicio más

El lenguaje de los puños

Literatura, música y algún vicio más

Hankover (Resaca)

Literatura, música y algún vicio más

PlanetaImaginario

Literatura, música y algún vicio más

El blog tardío de Elena Román

Literatura, música y algún vicio más

Del verso y lo adverso 9.0

Literatura, música y algún vicio más

DiazPimienta.com

Literatura, música y algún vicio más

El alma disponible

Literatura, música y algún vicio más

Vicente Luis Mora. Diario de Lecturas

Literatura, música y algún vicio más

Las ocasiones

Literatura, música y algún vicio más

AJUSTES Y OTRAS CUENTAS

Literatura, música y algún vicio más

RUA DOS ANJOS PRETOS

Blog de Ángel Gómez Espada

PERIFERIA ÜBER ALLES

Literatura, música y algún vicio más

PERROS EN LA PLAYA

Literatura, música y algún vicio más

Funámbulo Ciego

Literatura, música y algún vicio más

pequeña caja de tormentas

Literatura, música y algún vicio más

salón de los pasos perdidos

Literatura, música y algún vicio más

el interior del vértigo

Literatura, música y algún vicio más

Luna Miguel

Literatura, música y algún vicio más

VIA SOLE

Literatura, música y algún vicio más

El transbordador

Literatura, música y algún vicio más

Como no iba diciendo

Literatura, música y algún vicio más

SOLIPSISTAS DEL MUNDO

Literatura, música y algún vicio más

MANUEL VILAS

Literatura, música y algún vicio más

El fin de las siestas

Literatura, música y algún vicio más

Escrito en el viento

Literatura, música y algún vicio más

un cántico cuántico

Literatura, música y algún vicio más

Peripatetismos2.0

Literatura, música y algún vicio más

Hache

Literatura, música y algún vicio más