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Archive for 30 octubre 2015

ESTA NOCHE: ALBERTO LEAL & ÁLVARO RUIZ EN EL CAFÉ DE ALBA

Álvaro y Alberto Oct. 2015

 

Pues eso. Allí nos vemos si quieren.

 

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ESTA NOCHE: PATRICIA LÁZARO EN EL CAFÉ DE ALBA

Patricia en el Café de Alba -alta-

 

Esta noche, en el Café de Alba, a las 22:00 h., la granadina -aunque afincada en Madrid- Patricia Lázaro estará presentando su disco ‘Todo irá bien mamá’.
Patricia Lázaro, que ha obtenido premios en algunos de los mejores certámenes de canción de autor de este país (como cuando se convirtió en la primera persona en ganar el primer premio y el premio del público en el certamen de Elche), ha grabado un disco que ella misma define como un ‘Grandes Éxitos’ de todos sus años de trabajo. De esta mujer con letras lúcidas y viscerales, que se declara enamorada de Patti Smith y Fito Páez, dijo el propio Quique González tras la presentación de su disco en Madrid que pertenece a esa generación killer de chicas con canciones enormes.

Allí nos vemos.

 

 

 

DOS POEMAS DE AURORA SAURA

Leonor Watling albornoz

 

Repasando la colección de revistas de literatura que tengo, me tropiezo con el número 66 de la revista Monteagudo, publicada por la Universidad de Murcia y dirigida por Francisco Javier Díez de Revenga. El número en cuestión se publicó en 1979 y en él hay dos poemas de Aurora Saura que dejo hoy aquí. Por cierto, bajo el primero de ellos se puede leer en la revista: “2º premio de Literatura (poesía) de 1978. Ministerio de Educación y Ciencia.”

Aquí los tienen:

 

MUERTE DE LAS COSAS

xxxCuando yo muera,
las cosas que yo amaba
vendrán a lamentarse por sí mismas,
vendrán como a morir.
xxxHabrá un silencio de seres que no existen,
ecos que nadie oye,
algún color que nadie verá más:
serán muebles que no serán los mismos,
y jarros, libros, flores,
y llaves y vestidos…
xxxTodo lo que yo amaba,
perdido para siempre.
xxxPerdida ya del todo la vida que les dí.
xxxSabrán ellas, las cosas,
que llega ya la hora de su muerte,
pues su vida era yo.
xxxPues eran nadie, nada:
tenían peso y color. Tenían polvo y brillo.
xxxY alguien las llamó hermosas.
xxxPero eran solo nada.
xxxVivían, aquí estaban: pero sólo por mí.

 

 

 

 

OTRA HISTORIA DE CRETA

xxxY resolvió Teseo, cercado por los muros del turbio laberinto,
no ser héroe esperado:
olvidar la promesa que hizo a los de Atenas
y la fidelidad de los brazos de Ariadna,
romper el hilo frágil de vida que le diera.

xxxEntró en el laberinto con los ojos cerrados,
adivinando el sitio exacto de su muerte,
resuelto a no mirar las murallas de Creta
y a olvidar para siempre la casa de su padre.

xxxAriadna, en las entradas, sostendría esperanzas
en forma de hilos blancos.

xxxLoco y suicida, pero libre al fin,
libre de la promesa y el sueño de la patria,
y libre, finalmente,del poder de los héroes,
asimilado a todas las víctimas sin nombre,
dejó inmóvil su brazo cuando vio al enemigo,
y se enfrentó Teseo a su gloriosa historia.

xxxEn las manos de Ariadna esperando, los caminos
se volvían de sangre.

 

ANIMALES ENTRE ANIMALES

Animales entre animales

 

GUADALUPE GRANDE

GATAS PARIENDO

Así escuchas las cosas de tu vida como el maullido de un gato al fondo del jardín

Te despiertas de madrugada y oyes al fondo muy al fondo ese remoto maullido de gato recién nacido

Y un verano y luego otro y otro más hasta llegar a esta noche

xxal fondo del jardín al fondo

Así escuchas las cosas de tu vida así escuchas las cosas del mundo a oscuras de noche palpando el susto de no entender o el de no querer hacerlo

y ese gato no para de maullar y es una pequeña herida no sabes de qué no sabes de quién pero ahí está insistiendo clamando de hambre y noche al borde del peligro al borde del abismo al borde del jardín Un coche un faro
luego nada

Y continuarán los maullidos más obcecados que tú y si no al tiempo al próximo verano hasta la próxima canícula sonido desvalido como una onomatopeya tan poco lírica que no la puedes escribir

Qué pensaría nadie y quién es nadie al leer esa onomatopeya tan líricamente escrita tan ridículamente sonora tan de viñeta de posguerra

pero suena cada noche

y tú para bordear la herida dices que así empezó todo cono una onomatopeya con un sonido tan innombrable como ahora el insistente maullido del gato recién nacido convocándote a dónde pidiéndote qué

O quizá algo peor tal vez nada te convoque y tan solo te despiertas en medio de la noche para ser el precario testigo que no puede traducir una onomatopeya Eso te dices para bordear la herida

Escuchas el maullido del gato Has visto un hombre sin brazos al borde de la limosna has rozado la pierna perdida del animal en el pantalón doblado sobre el muslo has comprendido que la muerte es un ramo de rosas de plástico atado a un farol
y te has preguntado qué palabra no es una onomatopeya indescifrable, una persecución en la sombra

Un verano y otro al fondo de la vida al fondo del jardín al fondo del sonido

Y las gatas siguen pariendo sin parar y paren onomatopeyas que al fondo del jardín resuenan como las tablas de la ley

 

 

 

 

DIEGO SÁNCHEZ AGUILAR

PERRO, CADENA Y ESTACA (πr2)

El perro del almacén de palés
ladra cuando pasas frente a la valla.
Es un mastín que ladra desde el suelo,
tumbado bajo el sol,
muy cerca de su estaca.

No hay fiereza
en esa voz que lanza para nadie.
No hay alarma
en la profunda trinchera de sus ojos.
Hay campos en barbecho, y ráfagas de tierra.
Hay un calor de trigo y espejismo.
Hay noches, que no has visto ni verás,
donde a cada ladrido
responderá el inservible brillo de una estrella.

Que esto quede claro:
las estrellas no parecen ojos,
ni de divinos jueces son testigos.

Y también es inútil tu mirada.
Tú tienes una voz prestada, y él, un aullido sin respuesta.
Y estáis, los dos, muy dentro del silencio,
clavados en el centro de mil hectáreas de silencio y vallas.

Y sin embargo, calculas, como humano y racional,
la distancia entre el perro y la estaca.
Necesitas ese número que alguien dijo una vez
en el mostrador de una ferretería:
déme cuatro metros de cadena.

Recuerdas, porque eres descendiente de los griegos,
la fórmula del área de la circunferencia.
Pi por el radio al cuadrado.
Luego el perro, dada la longitud de la cadena, que es el radio,
tiene una superficie vital de 16pi metros cuadrados.

El perro del almacén de palés
ladra mientras calculas delante de esta valla.
Sigue ladrando sin rabia, sin voz,
desde una circunferencia real e imaginaria,
y tú quieres seguir inundando de números el desierto.
Calcular ahora los años, cuánto tiempo
lleva el perro ladrando desde 16pi metros cuadrados;
para multiplicar por 365 y por 24 y por 60,
y hallar la inabarcable cifra del dolor que va sumando ese ladrido,
y luego seguir multiplicando hasta dejar de ser humano,
hasta que los números se ovillen de cansancio.

Te gustaría saber, porque perteneces a la gran cadena humana,
que parcela, calcula y progresa,
si preferirá el mastín girar en el sentido de las agujas del reloj o en el contrario.
Pero también sabes que no importa:
El sentido de las agujas es siempre clavarse en el tiempo y la conciencia.

Lo que sabes, tras los números, es esto:
el ladrido del perro es una bóveda cansada
bajo la que se resuelven, con indiferencia,
viejas controversias de geometría, de alquimia,
del alma de los indios, las mujeres,
los perros, los ángeles y demonios,
así como la historia del hombre en estos campos.
Donde tú eres el eslabón,
e innecesario.

Te gustaría pensarte bajo el sol como una estaca.
Y que sean tus ojos la cadena,
y el perro el dios donde termina el mundo.
El alcance de tu mirada pi metros cuadrados
es el círculo de lo humano, antes de que empiecen
a tensarse en tu lengua los ladridos.

Y también hay cosas que no quieres imaginar.
Porque eres humano,
heredero de una larga estirpe de cobardes.

Me refiero
al mostrador de la ferretería,
al sonido de las monedas, de las cadenas,
y al eco de la estaca
mientras era clavada en una tierra
que no era todavía el centro de ninguna circunferencia.

Me refiero,
sobre todo,
a la incondicional alegría del mastín,
una vez cada dos semanas,
cuando se abre la puerta de la valla.

 

 

 

VV. AA. Animales entre animales. Murcia; Ed. Raspabook, 2015.

 

HAZ LO QUE TE DIGO

American beauty

 

Hay ceniza por todas partes:
en las sábanas
en mi ropa
por el suelo.

Mancha el humo
lo que la ceniza no alcanza.

Arden y arden los papeles que jugamos
dispuestos a pagar lo que sea
por conservar este calor.

 

 

 

 

LAS placas de la Tierra en sus bordes
chocan se empujan se deslizan
unas sobre otras.

Así nosotros.

Así uno es contra el otro
y a veces se rompe.

 

 

 

 

ALGO frío nos representa
planchas o barras de metal dobladas
raíles rieles vencidos
cuchillos a veces
pero cuchillos sin filo
algo frío y hermoso
que ya no funciona.

 

 

 

 

QUE todos los cuerpos sin impenetrables
no lo deducimos de la razón
sino de la experiencia.

Todos.

 

 

 

 

¿ES un juego de correr
un juego de cartas de mesa o un videojuego?
¿Necesito destreza física suerte o práctica?
¿He de seguir instrucciones o guiarme por mi instinto?
¿Sudaré me quedaré sin aire tensaré los músculos hasta el agotamiento
o repiquetearé con mis uñas sobre la mesa imitando
los cascos de los caballos que golpean mis costillas?
¿Moveré piezas de mí sobre el tablero?
¿Te como o me comes?
¿Se trata de aparentar que tienes lo que no tienes?
¿Seremos rivales adversarios compañeros?
¿Ganaremos dinero trofeos dignidad?
¿Qué perderemos?
¿La vida una oportunidad el honor la palabra el tiempo la fortuna?

¿Qué perderemos?

 

 

 

 

PARA lugares comunes
hablemos por ejemplo
del olor de la lluvia
en los días de verano.
Al menos es algo que
puede experimentarse
aunque tampoco sea exacto.

No es la lluvia lo que huele
es el asfalto mojado
los árboles plantados en las aceras
y la tierra bajo las aceras
el cemento de las fachadas
la madera barnizada de los bancos
y el nailon barato de nuestros paraguas.

No es la lluvia es lo mojado lo que huele:
nosotros a la intemperie.

 

 

 

 

NO debo serrar la rama en la que estoy sentada
ni morder la mano que me da de comer.
No debo serrar la rama en la que estoy sentada
ni morder la mano que me da de comer.
No debo serrar la rama en la que estoy sentada
ni morder la mano que me da de comer.
No debo serrar la rama en la que estoy sentada
ni morder la mano que me da de comer.
No debo serrar la rama en la que estoy sentada
ni morder la mano que me da de comer.
No debo serrar la rama en la que estoy sentada
ni morder la mano que me da de comer.
No debo serrar la rama en la que estoy sentada
ni morder la mano que me da de comer.

 

 

 

 

LA masa de ciertos hombres
ejerce una atracción gravitatoria
sobre mí
más fuerte que la de otros.

Ciertas partes de sus cuerpos
me arrastran especialmente:
sus antebrazos sus cuellos
sus minúsculos laberintos auditivos
donde residen
el equilibrio el ritmo y el vértigo.

En la colisión destacan:

sus caras contra la mía
ahora flácidas ahora tensas
como intermitentes que alertan
de ese próximo movimiento o piden
permiso para pasar

sus pelvis de hormigón armado
para cimentar sus vergas

sus vergas que se duermen mirando
el centro de la tierra
y despiertan apuntando el horizonte
músculo y materia oscura
firmes como farolas flexibles como juncos.

 

 

 

 

ADÓNDE mirar
dónde la piel y dónde la palabra
la carne la sangre y el espejo

o la diferencia.

Por la mañana la gente en la calle
parece seguir su propia dirección.

 

 

 

 

EL cuerpo que tanto me pedía que tanto me decía que
tanto tanto y tanto ahora todo apagado el pequeño pi-
loto la lucecita verde que brillaba en la noche el cuerpo
que tenía piernas con muslos rematados en nalgas por
un lado rodillas por el otro

y todavía continuaba

que tenía en el pecho dos timbres redondos de plata
que hacían ring ring al aplicar una leve presión el cuer-
po que tenía huesos de interés antropológico ilíacos cla-
vículas y otras pruebas del perfecto diseño de la evolu-
ción

el cuerpo todo

toda esa maravilla deselectrificada.

 

 

 

Reyes, Miriam. Haz lo que te digo. Madrid; Bartleby editores, 2015.

 

HARDCORE

Bailonga 1

 

Hay hombres en mi vida
que no son mi marido ni mi padre.
Que no son mis amantes ni mis novios.
Que están ahí
y que me hacen temblar cuando me cercan
con palabras
que no entiendo
y que a menudo
no sé
cuántas cosas
significan.

 

 

 

 

Hubo una vez
un hombre con gafas de sol
barbilampiño
que me escribía cartas y postales.
Ahora sé
que si le hubiese devuelto
las palabras que
quizá
él presentía,
hoy
yo tendría un tiznajo en la frente,
un hijo
y, casi con toda seguridad,
estaría muerta.

 

 

 

 

A veces
lo más inquietante
no es
lo que más importa.

A veces
aquél
que no me roza
‒ni con su pluma
ni con su caligrafía
ni con la punta ágrafa
de su lengua
o de su pene,‒
aquél
es quien me deja
un peso legendario
en el centro
de mi
gravedad.

Joroba de camello
y
palo roto
contra el espinazo.

 

 

 

 

Le echo un pulso.
No me gusta.
Le echo un pulso.
Le gano.
Me retiro.
Queda la marca
de haber sudado
más de la cuenta.

 

 

 

 

Estoy en casa
y, no,
tú y yo
no somos amigos.

 

 

 

 

Noto
cómo sus palabras
me van creando,
alrededor del cuerpo,
una corteza
que nunca
jamás
formará parte
de mi piel.

 

 

 

 

Cuando limpio,
persisto
en restregar
con mi trapo
más allá
de lo que mis ojos
pueden percibir.


que, por debajo,
está la mancha
y que mi trapo,
mi fuerza,
yo persisto,
nunca
alcanzarán
esa sombra
que me culpa
y hace
que todo
tenga
mal olor.

 

 

 

 

¿Quién es ése
que me habla
de la chica
que chupaba
un hielo
en el ángulo
más turbio
del bar
más tenebroso?

¿Qué pretende
contándole
esa historia,
tan caliente y tan fría,
a alguien
como yo?

 

 

 

 

Noto
cómo sus palabras
me sobrevuelan,
me dan sombra,
soplan
aire caliente
en una habitación
tan fría.

 

 

 

 

Contarle una historia a un niño,
hacer ruidos con la boca,
vestirse de Caperucita,
es correr el riesgo
de la depravación.
Cervatillo huérfano,
abandonado,
en medio del bosque.
Crecido asesino en masa.

Contarle una historia a un niño
es
correr un riesgo.

Mejor será
enseñarle
a contener la orina
y a apretar los muslitos,
uno contra el otro,
para derramarse
en un final feliz.

Y es que no todos los pubis
están depilados.

 

 

 

 

En los sueños
se me cuelan sombras
de hombres
con el pelo sucio
que están
ahí
probablemente
por alguna razón
que yo conozco.

 

 

 

 

Todo lo malo
que no he conocido
se me queda
en los labios
como una calentura.

 

 

 

 

Dentro de este abrazo,
que sólo él
es capaz de darme,
se me olvidan los poemas
y las demás tonterías.

 

 

 

Sanz, Marta. Perra mentirosa/Hardcore. Madrid; Ed. Bartleby, 2010.

 

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PERRA MENTIROSA

Perra mentirosa

 

De la ciencia me interesa más
el descubrimiento del endoscopio
que todos los viajes a la luna.

¿Me explico?

Estoy hablando del cuerpo.

 

 

 

 

No soy una escritora de quince años.
No soy una madre de quince años.
Ni una hija.

No soy una novia de quince años.
No soy una paciente de quince años.
Ni una enferma.

No soy una muchacha de quince años.
No soy una poeta de quince años.

En ninguno de los casos,
tengo ya ningún futuro.

 

 

 

 

Si mi vida interior no existe,
adquiero el derecho a hablar de mí misma
porque, en cada masturbación,
cuando el dedo busca
o, contra la corteza del árbol, la loba descubre;
en cada círculo vicioso;
en cada voluta y en cada fleco de mi vida interior,
que no existe,
cada vez que enredo con mi dedo índice,
que no es acusador,
cada vez que chupo o muerdo
esos mechones de pelo de mi vida interior,
cada vez que se la cuento al enemigo,
estoy fuera de mí,
hablando de vosotros.

 

 

 

 

Contra la luz
los ojos de mi gato
son dos amplísimas habitaciones
que no tienen
tabiques.

 

 

 

 

No quiero la palabra precisa.
Es pobre y es pequeña.
Quiero una palabra
llena de flecos.

Una lámpara con chupones morados.
Una excrecencia.
Gota que rezuma del canalón.
La estalactita rota.
El polvo de trabajar los brillantes.
Un hielo deshecho.
Y deshaciéndose.
La saliva que le escapa, por la comisura,
a la bella que duerme en el bosque.
La ganga del mineral.
El hilo que sobra detrás del cañamazo.

No quiero la palabra precisa,
sino una llena de flecos,
una lámpara y vuelta a empezar,
un laberinto,
la flor,
una palabra
que ni yo misma entienda
y sólo pueda poseer
cuando los otros,
los de buena voluntad,
me la traduzcan.

 

 

 

 

Flesh.
Ni políglota ni anglófila,
pero flesh es la palabra que prefiero
para nombrar a la carne.
Porque es blanda y es sensual
y salpica
al ser pronunciada
con un poco de entusiasmo.
Ola del mar.
Flesh.
Carne del labio.
Húmeda carne
que no se hace pasta
en el hueco del gañote.
Anuncio de chicle de menta.
Sin azúcar.

 

 

 

 

Nosotras también tenemos derecho a la vida.

Las perras que mienten.
Y las que llevan bozal.

Las niñas perpetuas
que son
viejas prematuras.
Bette Davis lleva un vestido de encaje,
calcetines cortos,
huele a chicle
y un lazo le recoge los tirabuzones.
Tiene ochocientos setenta y nueve años,
y canta una canción
con inflexiones vocales
de estrella juvenil.
No necesita doblaje.

Tenemos derecho a la vida.
También nosotras.
Las tejedoras tristes.
Las retrospectivas.
Las mujeres mimadas
que desatienden a los hijos.
Las lolitas caprichosas
que chupan el palo del polo de mango.

Nosotras también tenemos derecho a vivir.
Aunque todos los días
miremos al frente
y nos lancemos,
rudas e indomables,
sin consideración por la que limpia,
escaleras abajo, hacia el vacío.

 

 

 

 

Una mujer canta
en un vagón de metro
tristes canciones de Angola
que me aprietan el corazón.

Con un altavoz sobre la estructura metálica de un carrito de la compra.
A través de su micrófono, la mujer se disculpa.
Perdón, perdón, perdón.
La mujer entona y canta con su voz rasgada,
tan rugosa,
una bella canción de las costas de Angola.

La mujer tiene el pelo amarillo y la tez oscura.
Lleva un vestido de flores marrones
y, pidiendo perdón, nos canta
una melodía incluso muchísimo más triste
que la torpeza con la que mueve los pies
mientras se lleva el micrófono a la boca.

¿Quién eligió el maquillaje?

¿Y será cosa de la perra
que tenga yo el corazón tan apretado?

Pago una moneda
para curarme la angustia.

La angustia siempre nos cuesta
un montón de calderilla.

 

 

 

 

Éste
es el espacio
para recuperar
lo perdido.

Y lo por venir.

 

 

 

Sanz, Marta. Perra mentirosa/Hardcore. Madrid; Ed. Bartleby, 2010.

 

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