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ALERGIA

julio 25, 2012 3 comentarios

Otra de las cosas que le agradezco a David Galindo es que me presentara a varios de los componentes de un revista esencial en el desarrollo de la literatura hecha en Murcia. La revista se llamaba Thader y en ella, algunos pudimos leer por primera vez textos del propio David Galindo, Matías Tárraga, Antonio Llorente, Andrés García Cerdán, Ángel Paniagua, Cristina Morano o Manuel Moyano.

 

 

Hoy voy a dejar aquí un relato que Thader le publicó a David en el número 1 y que lleva por título el de la entrada.

 

Es una verdadera lástima que ella y yo nos tengamos que amar a distancia. A veces es muy cansado no poder ver sus ojos más de cerca, casi como lo único que abarca la vista de tan cerca, ni poder jugar con el tamaño de sus dedos o pechos o cejas, alejándote y acercándote a placer y sin impedimentos. Es una lástima, pero a pesar de haber visitado a los mejores dermatólogos del país, mi alergia por ella no tiene cura. Cuando me acerco tímido o lloroso o sabio o lleno de rencor me hierve la piel y florecen grandes zepelines anaranjados por mis brazos, por mi torso, por mis párpados arrugados. Pero a pesar de las barreras epidérmicas, nos amamos, y sobre todo nos deseamos. Y eso que nunca hemos podido susurrarnos, ni besarnos, ni ovillar nuestros cuerpos como una sola madeja multicolor. Eso que no podemos tocar nuestras caras ni hundir las cabezas en el vientre del otro, ni jugar a deformar los cartílagos de las orejas. Eso que no he podido lamer, como perro en celo, la preciosa hendidura de su columna, ni caer como insecto imbécil en la trampa de su cabello al viento.

A pesar de todo, no lo llevamos tan mal y los tres metros que estamos obligados a dejar vacíos entre nosotros los llenamos de palabras o guiños, de miradas y miradas y miradas. Y hace ya bastante tiempo que desistimos de cruzar esa frontera que me hincha la nariz desmesurada y ridículamente y hacía que pisara cientos de minas que estallaban como estornudos. Y lo peor de todo es que yo la quiero y ella me jura desde la mecedora o desde la terraza que no puede vivir sin mí. Y es todo tan absurdo. Y yo no podría tener una alergia más vulgar, como al polen o a los políticos, tiene que ser precisamente a la mujer que amo. Y lo hemos probado todo, hasta espiritualizar nuestra relación, pero todo es inútil, cuando la veo balanceándose en la mecedora, la erección es inevitable y todo yo soy un gran falo esperando ser aliviado. lo jodido es que como tengo ese raro y arcaico sentido de la fidelidad tan incrustado, no puedo retozar para aliviarme con sensuales damas o madres de familia, a las que no amo.

No se puede ni imaginar, doctor, lo ridículo que es pasear por la playa un Abril gris y ventoso a tres metros el uno del otro y sentarnos en rocas distintas para admirar el océano visiblemente excitado y tener que cambiarme de lugar cada vez que el viento varía su recorrido. Y tendría que ver nuestras peleas, tenemos que recurrir a algo tan manido como lo de lanzarse discos y porcelanas. Una pena. Y, claro, nadie nos comprende, mis amigotes andan todo el día con eso de que soy alérgico al polvo y ja ja ja, y nuestros padres están encantados de que no podamos tener relaciones prematrimoniales, por mucho que digan qué lástima y todo eso.

Y a mí, eso de haber salido en las más prestigiosas revistas científicas como un caso extrañísimo, pues no me sirve de nada, lo que yo quiero es esculpirla milímetro a milímetro, sólo eso.

A pesar de todo, hemos depurado con el tiempo una técnica un poco guarra para aliviar nuestra líbido. Confío en su discrección. Normalmente, ella se pone en la mecedora y yo en el sofá y empezamos a decirnos cosas que, como comprenderá no voy a reproducir. Entonces ella se empieza a acariciar los hombros y a retirarse, muy lentamente, una túnica blanca que le regalé hace tiempo. Para cuando ella ha descubierto su primer seno yo ya he desnudado mi peludo torso. Luego empieza a insultarme con creciente dulzura y se sigue acariciando como un pulpo agonizante fuera del agua. Le tiro mis últimas prendas y las muerde como ensañada contra mí y desaparecen bajo la túnica en un juego erótico eterno. Cuando mi excitación es ya implacable, le pido que se quite el resto de la túnica y, en súbitos cambios de humor, pasa de la sumisión más absoluta al rencor y viceversa.

Entonces nos escupimos, después de tanto tiempo hemos aprendido a hacerlo perfectamente, y extendemos ese precioso botín por nuestros rostros y muslos y vientres, para después perdernos en masturbaciones brutales y descaradas, sin perder detalle el uno del otro. Luego, ya sabe, el cigarrillo y el no poder acariciarla cuando le digo que ha sido maravilloso.

 

MALDITOIDES

Hace ya de esto casi veinte años, pero es que las cosas son así. David Galindo tuvo la oportunidad de participar en el fanzine que editaba el Komando Leproso (aquí pueden leer una pequeña explicación de uno de sus colaboradores): Vulvovaginitis Pustulosa. El poema en cuestión le da título a este post y decía:

 

 
Ahora que ya me lavo solito,
que fumo negro,
que he llorado por otras cosas
que no son hambre o sueño,
que ya leo
los editoriales de los periódicos,
que estoy cubierto de pelo,
que ya he probado mi fuerza nabal (con be),
que he dejado de escribir
graffittis en las iglesias
y versos en los lavabos,
ahora que ya,
permítanme tutearles.

Tuvisteis
que sisar del monedero de Cronos
vuestra paga temporal por adelantado,
que robarle los tapacubos al carro alado
y los ricitos aúreos a los querubines
y el tridente
a vuestro demonio de la guarda
para que os diera algo con que huir.
Y volvisteis clamando
que llevabais costras
de camino y humedad
de mierda y estupro
de ocasos y fugas
con las que pasabais las páginas:
Byron, Kavafis, Poe, Baudelaire.
Y tuvisteis que esconder la Olivetti
y escribir con semen
el verso sublime
sobre el coño de una puta portuaria
con restos de saliva de marino mercante
o en el esfínter anal de un boxeador sonado
por tres vinos peleones.
Que cortaros las uñas de los pies
a bocados en las embajadas
y pellizcar colegiales
y vomitar en las tabernas
entre eructo y bostezo
y chupársela a vuestros mecenas
con la lengua pastosa
que os habría de hacer libres.
Y ahora,
después de tantos años,
publicáis concienzudos estudios críticos
y cobráis de las Universidades y Ayuntamientos
y estudiáis a los artistas,
cuando se acerca algún aniversario,
y sodomizáis efebos
y decís a los jóvenes poetas:
¡Oh, Rilke, oh Cioran, oh Cernuda!
y, con esto de la igualdad de sexos,
también habéis aprendido
a lamer clítoris mecénicos.
Y un día, ¡oh fatal sino!,
vosotros os levantáis
pero ya no se os levanta
y, claro, ya no es lo mismo
ni ir a los congresos
ni escribir los prólogos
ni mirar los cuadros
ni escuchar a Bach.
Y os dedicáis a jodernos
a nosotros, los neopoetoides,
hasta que nos convertimos
en funcionarios del MEC,
y dejamos de emborronar árboles,
nos jodéis
para que se os recuerde
como la última gran generación.
Amén.

 

…INICIOS

…y tres poemas más de David Galindo.

 

HALITOSIS

Seis cortos vellos púbicos te transportan
por la lisa tundra de mi mesa de mármol.
Aturdidita como estás, rodeas rauda
el plato-basamento de mi café.
Y las dos alitas transparentosas
que no quieres usar
por tu deseo de mí.
Y creo ser basura,
soy los restos de arroz que te alimentan,
el escombro donde te sientes segura;
y mis ojos son garbanzos pútridos,
mis pies, dos zapatos sin suela,
mi voz, el ronroneo del camión municipal.
Y qué sabrosas están las costras
de mis manos estatuizadas para ti,
y las capas de grasa y caspa de mi cabello.
Y a mí también me asquean los jabones y dentífricos,
los perfumes y ambientadores;
la pureza está en mis axilas,
vírgenes de aromas ruinosos,
y en los restos de comida prehistórica
de mi barba
y en tus patas aglutinadoras de inmundicia
y en los escrotos octogenarios
de los líderes mundiales.
Pero sigue paseando por mi piel pegajosa,
se está bien,
no escapes como todos a otro cubo de mierda,
qué más te da un vómito que otro,
un tetra-brick de leche cortada
que mi flaco cuerpo pestilente.

 

 

AUNQUE SEA MENTIRA

Ningún mal podrían hacerte
mis labios mercenarios,
ni estos deditos que han escarbado
los muslos más curtidos,
las lenguas más repugnantes,
los cuellos más seniles.
Tú sigue hablando,
di que no soy molestia,
un encanto,
y que no peso nada.
Que tus rodillas sean mis peldaños
y tus risotadas
mi parque dominical;
y no seas boba,
si yo sé de ésto,
déjame jugar con tus pechitos
a pesar de esa tela tonta
que esconde el olor tan sabido.
Deja que agarre tu boca
y tus ojos verdes
y tu pelo limpio;
tú sigue hablando.
engáñalas a todas,
di que no soy molestia,
y mira sus rostros pútridos,
sus carantoñas manidas,
sus arrugas pesadas.
No dejes que me cojan,
aunque sea mentira
que soy un encanto
y que no pese nada,
aunque huela mal.

 

 

ÉGIRA

Siempre mancho de café mis poemas,
debe ser algo inconsciente,
mi verdadera firma,
la humanización de la tinta.
Cae siempre en el mejor verso
y el pulgar absorbe la humedad
y repaso las letras tontamente,
pero el mal ya está hecho.
Mi mirada detergente no basta
y no está la cosa para derrochar,
así que me resigno
y escribo mis pobres poemas
y no los firmo.
Luego, los días de viento,
cojo varios y los lanzo lejos,
y me ha pasado
que en algún viaje
he encontrado uno
con marcas de ruedas,
de zapatos de rico
o huellas de pobre,
con gotas de lluvia ácida
o agujeros de cigarrillos,
firmas de poetas anónimos
que lo leyeron en su viaje.
Después, una vez en casa,
enyeso con ellos
a mis muertos favoritos
para que vean mundo y no digan
que los trato mal.
Yo siempre ganándome el cielo.

 

(David Galindo –inéditos–)

 

Categorías:Poesía Etiquetas:

…INICIOS…

Sigo con varios de los poemas de David Galindo que me enseñaron que la literatura no es (sólo) eso que se enseña en los colegios e institutos.

 

…COMO SEPULCROS BLANQUEADOS

Estamos rodeados
y no precisamente de feroces sioux,
ni de caníbales danzando,
ni de tropas napoleónicas,
ni siquiera de lava reptante.
Y no nos protejemos
con carretas de madera y tela.
Caemos uno tras otro,
no desfigurados por balas,
ni atravesados por lanzas,
ni descuartizados por granadas,
no,
nuestras muertes son mucho más sutiles,
más ridículas,
puede que no sean ni muertes
porque, de hecho,
yo ahora mismo estoy escribiendo.
Nuestros cuerpos deshilachados
no yacen en ninguna pradera,
ni trinchera,
ni azotea,
no flotan en ninguna orilla,
ni estanque,
ni bañera;
y es una pena,
sobre todo por los buitres y los peces.
Nuestras muertes tienen los ojos abiertos,
y eso es lo peor,
ver los edificios
y las calles
y los balnearios
plagados de cadáveres andarines y parlantes.
Y puede que yo sea el próximo
o que fuera el primero.
Quiero que una gaviota,
o una piraña,
o una hiena
me coman los ojos.

 

 

ESTAR (O NO)

Nada.
He dicho que nada.
Solo, claro. Solo, solo, solo.
No pasa nada,
ni los pájaros, ni el tiempo;
sobre todo, el tiempo.
Demasiado ruido, quizás,
coches, gritos. Gritos, coches. Nada.
Ya no hay ruido,
calla la calle (¡ja!).
Odio esta habitación,
odio la calma,
el brillo de esta puta luz,
odio esta tarde
y la mierda y el tiempo;
sobre todo, el tiempo.
Y odio la nada
y estoy solo, claro.
Y nada vale la pena,
ni emborracharse,
ni llorar,
ni odiar,
ni nada.
Estoy harto de todo ésto
y sigo solo, claro.
Y pongo los dedos así,
como para pegarme un tiro,
y no hay nada
que haga que me salten los sesos,
y no hay nada en mis manos
y nada en mi alma
y nada en el mundo. Nada.
Estoy solo, claro.
Estoy a medio aplastar
entre cuatro paredes
horrorosamente bellas
y entre papeles en blanco
y entre botellas vacías
y entre luces y mierda
y entre tiempo,
sobre todo, entre tiempo.
Y pongo las manos así,
como para clavarme un puñal,
y nada me atraviesa. Nada.
Es horroroso que las heridas
no sangren por su agujero,
sino más dentro.
Es horroroso no poder
ponerte las manos así,
para frenar la catarata.
Entonces dijiste: entonces…
Y nada.
Y clavar la mirada en nada
y escupir sobre nada
y haber sido una nube gigante
y ahora nada.
Y andar y correr y escapar
y vaciarse, desinflarse.
Y ahora es de noche
y odio la quietud, el silencio,
y odio la oscuridad
y ésta cama,
y ésta calma,
porque no estás tú.
No estás y estoy solo, claro.
Estar. No estar. ¿Qué más?
Morir. No morir.
Ser nube. Ser nada.
Ser Dios. Ser mierda.
Ser todo. Ser lodo.
Y clavo la noche en ti
y esculpo una figura de agua,
intocable, incolora, inodora, lejana,
y se escurre
y me deja
las manos frías.
Y ¿qué más?
Las llamas que me rodean,
nada más. El humo.
Yo fui nube, ahora nada.
¿Y qué?
Puede que haya sido el cigarro
a medio apagar,
o todos los recuerdos
tuyos que quemé
y no se apagaron.
Quizás no sea nada.
Las paredes se van cerrando.
No oigo nada.
Estoy solo, claro. Solo, solo, solo.
Y llamas y humo.
Nada.
He dicho que nada.

 

 

MICROBIO EN CELO

Pululando de aquí para allá,
de tu cabellera a tus cejas,
del vello de tus brazos
al de tu pubis,
amanezco y anochezco
en ti.
Serpeando por tus rasgos
duros y tibios,
desde los pómulos a los tobillos,
sigo una senda
casi imperceptible al ojo humano
y maldito
de pelusa clara
que recubre tu precioso y eterno
envase no retornable.
Y evitando aburguesarme
en tu dedo gordo
o en el saliente de tu muñeca
o en tu modesto canal intercontinental,
organizo fines de semana
en tus fosas nasales o inestino,
esperando apaciguar mis ansias de mundo,
tan limitadas
por mi condición microscópica.
Y esas semanas
en las que las cruzadas descansan,
cuando hay tregua con los infieles
y se reanudan conversaciones de paz,
emigro al norte
y anudo los extremos de mi hamaca
en dos pestañas cualesquiera
sólo por mirar
al acantilado de tus ojos.

 

(David Galindo  –inéditos–)

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INICIOS

Si hay un evento concreto que sea esencial para que yo ahora esté dando el follón con libros y autores varios, ése es el encuentro con un antiguo escritor de esta región que soportamos. Y digo ‘antiguo’ por no decir ‘difunto’; y no porque el autor en cuestión haya fallecido sino porque su literatura falleció hace mucho tiempo. Ahora, sólo de vez en cuando, se sienta frente al papel para intentar ganar algún concurso regional.

El caso es que en su momento me enseñó algunos escritos que me hicieron vibrar como pocas cosas y parte de esos textos los voy a ir dejando aquí en los próximos días. Aquí tienen varios poemas del autor en cuestión.

 

MUSA FUGAZ

Desde mi cenciero hasta ti
hay como treinta botellas de distancia,
desde mi café hasta el tuyo,
unos tres taburetes vacíos.
Cuentas disimuladamente con los dedos,
creo que las personas que hay aquí
y coges un cigarro con los dos que te sobran.
No lo enciendes,
está en el centro de tu boca,
presidiendo tu rostro,
como si fuera un rasgo más,
como un lunar o una ceja,
y miras la triple fila de vasos
que hay enfrente y sonríes.
A lo mejor es que te mirabas al espejo
y has visto la mancha de ceniza en tu frente,
porque con el mismo dedo que me contaste
la has borrado tibiamente,
y giras la cabeza y me miras
justo cuando estoy
quitándome el café de los labios.
Me acuerdo de mi cigarro
pero ya no respira.
Vuelves a mirarte,
como si fueras un cuadro abstracto
o una botella vacía
o la espalda del camarero
y te digo que gracias
por posar para mi poema
y me voy sin pagar.

 

 

ANTICICLÓN

Para mí
es como si ya hubiera pasado
este momento de café oscuro,
porque sé que nadie
se va a sentar aquí,
que tendré que seguir escribiendo
en esta servilleta
y viendo cómo se apaga
el humo del café
si quiero aliviar la espera.
Porque espero algo,
el encuentro inaudito y tristón
con lo imprevisto,
que alguien se siente aquí
y me mire
y saque una cajita
con mil candados
y me ofrezca sus secretos
sólo porque hoy
tengo los ojos tristes
e intuye que necesito
miradas y confidencias.
Pero sé
que hoy va a ser uno
de esos días lánguidos
y ridículos
en el que nadie
va a reparar en mi figura flaca
sentada.
Lo sé,
porque cometí el error
de leer el libro de mi destino.

 

 

ARCILLA VIRGEN

Ojalá fueras
tan dócil,
tan maleable,
tan desnuda,
como para pintarte sin interferencias,
sin fronteras ni formas.
Porque embadurnaría mis manos
de caracolas y árboles,
de pétalos y acantilados,
de pintura y arenas,
para hacerte líneas
y soles
y versos
en la prometedora espalda.
Porque mojaría mis brazos
en lagos secos
y libros
y noches
y abrazaría tu silueta imprecisa
dejando el dibujo
en tus hombros,
en tu pecho,
como lunar improbable,
como collar perpetuo.
Porque me sumergiría entero
en ruinas de castillo,
en estelas de cometa,
en yescas prendidas,
en ecos de aullido,
como disco viejo, eternamente,
sobre ti,
para manchar tus párpados,
tus senos,
tus muslos,
con mi cuerpo tiznado.

 

(David Galindo -inéditos-)

 

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