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Archive for the ‘Relato’ Category

NO PORQUE ESTUVIERA ALLÍ, SINO PORQUE HABÍA REGRESADO

 

xxxLlegaba mamá y Aurelia llamaba a Julia: Ya es hora de que te sientes a la mesa. Dios mío qué chica. Y Mamá, recién llegada de la calle, empezaba como de costumbre: Cómo está el tráfico, no se puede coger el coche en esta ciudad, si os digo que he bajado hasta… y encima me han puesto una multa. Y Papá, sin dejar el periódico: Pues no la pagues, al menos que se tomen la molestia de venir a cobrar. Hola, Julita. Hola, Papá. Y Mamá: Ah, ¿pero estás aquí?, yo diría algo a tu madre, ¿no? Qué facha, con esos pelos. No me digas que has salido así a la calle.
xxxEn el fondo, Papá le era indiferente. le despreciaba desde su regreso a casa después de nueve años de ausencia. Invariablemente le encontraba sentado en el sillón, leyendo el periódico que le duraba todo el día, o durmiendo frente al televisor. En cuanto Papá regresó a casa todo terminó entre él y Julia. Julia pensaba que tal vez su vida hubiese sido distinta si Papá no hubiera regresado, si no se hubiera vendido de nuevo a Mamá y a la abuela Lucía, si no la hubiera vendido también a ella para disfrutar de la asquerosa paz y tranquilidad que reclamaba a cada momento. Sentado en su sillón, despertaba o levantaba la cabeza del periódico: Haced cuanto os plazca, pero dejadme en paz; no quiero preocupaciones.
xxxElla, desde el regreso de Papá, desde la noche en que llegó a casa (después de continuas discusiones telefónicas entre mamá y varias personas) y se encerró en el salón con Mamá, la abuela Lucía y tío Ricardo hasta las tres de la madrugada (ella se mantuvo despierta, alerta. Ernesto entró en su dormitorio hacia la una y le dijo satisfecho: Papá se queda ¿no te alegras?), creyó que él, Papá, conocía su reproche. Y aún más: que Papá lo comprendía y, en el fondo, lo aprobaba.
xxxA la mañana siguiente cuando vio a Papá en el comedor, desayunando en compañía de toda la familia, sonriente, como si nada fuera de lo normal hubiera sucedido, tuvo que reprimirse para no echarse a llorar, para no insultarle y escupirle a la cara, para no reprocharle su enorme debilidad, su cobardía, su pobreza de espíritu y la falta de amor hacia ella. La había decepcionado. Julia, a raíz de las primeras miradas cruzadas con Papá, creyó que él conocía tal sentimiento de decepción, de vergüenza. Creyó entenderlo así por la torpes palabras de Papá durante aquel primer desayuno en casa, después de nueve años. Qué guapa estás, Julita. He visto a tu gato, está enorme. Ella tenía los ojos llenos de lágrimas, apretaba los labios con fuerza, la barbilla le temblaba. Papá sonrió ligeramente a Mamá y, luego, a Julia; fijó la mirada en el tazón de café con leche y miró de nuevo a Julia. Ella estuvo segura. No dudó ni por un momento. Recogió aquella mirada como una disculpa de Papá por estar en casa, desayunando con Mamá (indiferente, tranquila; al fin y al cabo aquel regreso nada significaba para ella, como tampoco nada significó la ausencia de Papá durante nueve años), con Ernesto, charlatán y sonriente (se había vestido con un traje nuevo y peinado con más esmero que nunca. Se le veía contento, satisfecho, no por que Papá estuviera allí, sino porque había regresado. Aquel regreso significaba el triunfo de Mamá y Ernesto lo celebraba íntimamente, escandalosamente, y con la abuela Lucía, erguida en la silla, alta, esquelética, ordenándole a Julia con voz ronca: Toma azúcar con la leche, fortalece.
xxxDurante mucho tiempo Julia jamás dudó de su complicidad con Papá. Creía palparla cada vez que Mamá arremetía contra ella y buscaba en Papá un refuerzo para sus sermoneos. Papá daba la razón a Mamá, pero con un simple: Sí, es cierto, ¿pero, qué importancia tiene?, déjame en paz. Acto seguido Papá suspiraba y movía la cabeza; sonreía y la acariciaba. Julia aceptaba aquella muestra de debilidad, de aparente engaño, como una de las muchas facetas del juego que se había establecido entre ellos desde la llegada de Papá. Bajo la aparente confabulación con Mamá, Julia creía encontrarla y significaba para ella la última esperanza de que Papá permanecía más ligado a ella por su pacto secreto que a ellos por la convivencia diaria.
xxxPor eso ahora, al verle derrotado, vencido en el sillón, reclamando paz y tranquilidad, lo despreciaba. Nada podía decirle, no le pertenecía absolutamente en nada, nunca Papá comprendió su alianza. Julia se preguntaba a menudo si el antiguo pacto con Papá no fue más que una fantasía, o si, por el contrario, cuando regresó a casa, Papá fue sincero y la traición no apareció en él hasta que transcurrieron los días y Mamá y la abuela Lucía le vencieron poco a poco en la diaria y absorbente lucha. Julia se planteaba el problema, pero nunca habló de ello con Papá. Sólo una vez rozó el tema, dolorosamente. Un año antes. Julia yacía en la cama del hospital. Le dolía todo el cuerpo y tenía una extraña sensación: como si se le hubiera agrandado la cabeza y agujereado el estómago. Tuvo la seguridad de que iba a morir. Tenía miedo, necesidad de que alguien estuviera a su lado. Alguien abrió la puerta. Papá entró. No tenía interés en verle, pero agradeció que fuera él en lugar de Mamá. Vagamente recordaba que cuando Mamá acudió a su lado (no tenía conciencia del tiempo transcurrido) la había echado a gritos de aquella habitación. No sentía deseos de ver a Papá, pero su presencia no la irritaba. Qué disgusto, Julia. Qué tontería… Entonces estuvo a punto de reprochárselo. Ya no le dolía. Le daba igual. Pero ahora Papá se permitía fingir comprensión e interés. Se permitía preguntar por qué. Mamá, seguramente, pasearía nerviosa por los pasillos, acompañada de Ernesto, la abuela Lucía y tío Ricardo. Ernesto consolaría a Mamá, nunca le faltaban palabras. Era un hijo encantador, como decía Mamá. No quería mirar a Papá. El sol entraba por la ventana y aumentaba la blancura de las baldosas de la habitación. Tanto resplandor hería los ojos. Fijó la mirada en las ropas de la cama blancas también. Le era imposible controlar el temblor de su cuerpo. Tenía miedo. Ni siquiera sabía si iba a morir, pero no quería preguntárselo a Papá. Se mordió los labios en un último intento de callarse, pero al final le dijo: ¿Por qué regresaste? ¿Qué dices, Julia? Tú volviste a casa. Papá le puso la mano en la frente. Julia oyó cómo él murmuraba: Dios mío, delira. Tuvo ganas de reír por la expresión trágica de Papá. Una enfermera entró en la habitación: Váyase, es mejor, le inyectar´´e un calmante. Julia se volvió hacia la ventana y empezó a llorar, muy despacio, silenciosamente. La alianza con Papá nunca existió.

 

 

 

Moix, Ana María. Julia. Barcelona; Ed. Lumen, 1991.

 

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DÉBILES Y ESTÚPIDOS

 

Seres estúpidos como Félix y mi hija merecen que les condenen a picar piedra, con un grillete de cien toneladas en cada pie. Él hace del amor un arma de posesión, ya que la pobreza de su espíritu no le permite saciar sus ansias de dominio, y ella justifica en él su debilidad y cobardía. Están hechos el uno para el otro; débiles y estúpidos se buscan y acaban siempre por encontrarse. Así va el mundo.

 

 

 

Moix, Ana María. Julia. Barcelona; Ed. Lumen, 1991.

 

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OTRA COSA QUE PERMANECE IGNORADA

 

xxxHabría que prevenir a la gente de esas cosas. Enseñarles que la inmortalidad es mortal, que puede morir, que ha ocurrido, que sigue ocurriendo. Que no se muestra como tal nunca, que es la duplicidad absoluta. Que no existe nunca en los pormenores sino en el principio. Que algunas personas pueden encubrir su presencia, a condición de que ignoren el hecho. Al igual que otras personas pueden detectar la presencia en esas gentes, también pueden ignorar que pueden hacerlo. Que la vida es inmortal mientras se vive, mientras está con vida. Que la inmortalidad no es una cuestión de más o menos tiempo, que no es una cuestión de inmortalidad, que es una cuestión de otra cosa que permanece ignorada. Que es tan falso decir que carece de principio y de fin como decir que empieza y termina en la vida del alma desde el momento en que participa del alma y de la prosecución del viento. Mirad las arenas muertas del desierto, el cuerpo muerto de los niños: la inmortalidad no pasa por ahí, se detiene y los esquiva.

 

 

 

Duras, Marguerite. El amante (Trad. Ana Mª Moix). Barcelona; Tusquets editores, 1985.

 

NO DEL JARDÍN

 

xxxMi madre sólo hizo fotografiar a sus hijos. Nada más, nunca. No tengo fotografías de Vinhlong, ninguna, ni del jardín, ni del río, ni de las rectas avenidas bordeadas de los tamarindos de la conquista francesa, ninguna, ni de la casa, ni de nuestras habitaciones de asilo blanqueadas con cal, con las grandes camas de hierro negras y doradas, iluminadas como las clases del colegio con las bombillas rojizas de las avenidas, los tragaluces, las pantallas de chapa verde, ninguna, ninguna imagen de los lugares increíbles, siempre provisionales, más allá de toda fealdad, para huir, en los que mi madre acampaba en espera, decía, de instalarse de verdad, pero en Francia, en esas regiones de las que habló durante toda su vida y que se situaban según su humor, su edad, su tristeza, entre el Paso de Calais y Entre-deux-Mers. Cuando se detenga, cuando se instale en el Loira, su habitación será la réplica de la de Sadec, terrible. Habrá olvidado.

 

 

 

Duras, Marguerite. El amante (Trad. Ana Mª Moix). Barcelona; Tusquets editores, 1985.

 

CÓMO LA INOCENCIA

 

Todos, dice la madre, todos la rondan, todos los hombres del puesto, casados o no, la rodean, requieren a esa niña, esa cosa, aún indefinida, miren, una niña aún. ¿Deshonrada, dice la gente? Y yo digo: ¿cómo se las arreglaría la inocencia para deshonrarse?

 

 

 

Duras, Marguerite. El amante (Trad. Ana Mª Moix). Barcelona; Tusquets editores, 1985.

 

LA TRAVESÍA ES EL MEDIO

 

xxxMi deseo de Hélène Lagonelle me extenúa.
xxxMi deseo me extenúa.
xxxQuiero llevarme a Hélène Lagonelle, allí donde cada tarde, con los ojos entrecerrados, me hago dar el placer que hace gritar. Me gustaría entregar Hélène Lagonelle a ese hombre que hace eso encima de mí para que, a su vez, lo haga encima de ella. En mi presencia, que ella lo haga según mis deseos, que se entregue allí donde yo me entrego. El rodeo del cuerpo de Hélène Lagonelle, la travesía de su cuerpo, es el medio por el que alcanzaría el placer de él, entonces definitivo.
xxxPara morirse.

 

 

 

Duras, Marguerite. El amante (Trad. Ana Mª Moix). Barcelona; Tusquets editores, 1985.

 

NADA MÁS EXTRAORDINARIO

 

Ese cuerpo es sublime, libre bajo el vestido, al alcance de la mano. Los senos son como jamás los he visto. Nunca los he tocado. Hélène Lagonelle es impúdica, no se da cuenta, se pasea completamente desnuda por los dormitorios. Entre las cosas más bellas creadas por Dios, está ese cuerpo de Hélène Lagonelle, incomparable, ese equilibrio entre la estatura y la manera en que el cuerpo sostiene los senos, fuera de él, como algo aparte. Nada más extraordinario que esa redondez exterior de los senos sostenidos, esa exterioridad dirigida hacia las manos.

 

 

 

Duras, Marguerite. El amante (Trad. Ana Mª Moix). Barcelona; Tusquets editores, 1985.

 

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