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ESTA NOCHE: JOSÉ ÓSCAR LÓPEZ EN ‘LOS LUNES LITERARIOS’

 

Esta noche presenta José Óscar López su nuevo libro ‘Fragmentos de un mundo acelerado’ en Los lunes literarios. Y además lo hará acompañado de Miguel Ángel Hernández Navarro, con quien conversará sobre este libro lleno de historias lúcidas y desasosegantes.

 

 

Y, por supuesto, aquí tienen una selección.

 

 

LA MÁQUINA

Al final del verano, empezamos a construir una máquina. Nos sentíamos muy inspirados, quizás por el buen tiempo; tanto, que trabajamos febriles y con gran aplicación, pero sin plantearnos en ningún momento para qué podía servir. La terminamos pronto, a finales de septiembre, y una gran alegría nos embargó. Solo entonces nos preguntamos, perplejos, para qué demonios serviría. Dudamos antes de encenderla, pero había sido un trabajo apasionante y sentíamos urgencia por comprobar el resultado.
Encendimos la máquina. Funcionaba a la perfección. Nos felicitamos, estábamos exultantes. Creo que con ningún otro de nuestros trabajos habíamos obtenido una satisfacción así. Pero quedaba sin resolver el problema de su finalidad. Le dimos muchas vueltas, pero nos esperaban más trabajos. Casi todos nosotros debíamos colaborar con otros equipos, cambiar de compañeros, y no sabíamos cuándo iríamos a coincidir todos de nuevo en otro proyecto. Así que decidimos guardarla —¿esconderla, olvidarla?— bajo tierra.
Yo aún trabajo aquí, muy cerca del lugar que elegimos para enterrarla. A veces paso sobre ella, caminando, y la sé ahí abajo: perfectamente operativa, aunque la tierra no deje escapar de su vientre su ruido, su pequeña música repetitiva y mecánica. Me basta con saber que sus motores y engranajes insisten dando vueltas, y arrastrando sus correas y los émbolos. Me basta con saber que van a hacerlo siempre. Ya no me proporciona solamente alegría, al pensarlo, sino también seguridad. De hecho, saber que esa máquina funciona todavía es lo único que me hace sentir seguro, la única garantía de que la realidad va estar ahí cuando despierte, cada mañana.
Sé que los otros constructores, desde sus rincones respectivos del planeta, también piensan en ella en estos términos. Sospecho que, como yo, tienen miedo. Miedo de que, alguna vez, la máquina se pare. Que deje de funcionar. Y que el resultado sea impredecible, desastroso.

 

 

 

 

LOS MALOGRADOS

Entré en la enorme sala y vi a esos seres terribles y perfectos, observándome en silencio. Tuve miedo. Me di la vuelta hacia unos ventanales por los que pude contemplar las montañas que yo había atravesado para llegar aquí, a este lugar que había confundido con el pajar de la granja de al lado. Y vi a alguien, normal en apariencia, saliendo de la granja y acercándose.
—Seres igual a dioses —dijo cuando entró—, es lo que he estado construyendo desde el albor de las eras.
Traté de enfrentarme a él sin enfrentarme a esos seres. Notó mi pánico. Seguía acercándose.
—Comprendo tu temor —continuó—. Son lo que tú jamás podrás llegar a ser. He logrado tan solo dos decenas, a lo largo de milenios. En cuanto a los seres fallidos…, debo contarlos por millones. Por miles de millones.
—¿Y qué hace con ellos?
—Los he ido soltando. Se han extendido por la Tierra —respondió mientras recogía una pala del suelo, ya junto a mí—. Al principio, los enterraba tras sacrificarlos. Pero sentía lástima y decidí dejarlos que escaparan, que se reprodujeran lejos. Son los que tú llamas tus semejantes, ni más menos que la raza humana.
Había alzado la pala sobre su cabeza, tensando sus ancianos músculos.
—Es extraño, ninguno supo hasta ahora desandar el camino de vuelta —añadió antes de golpearme.

 

 

 

 

 

AMBICIÓN
xxxxxxxxxxxxxA Manuel Moyano

—Todos nuestros esfuerzos son inútiles —dijo a su ayudante, y ambos dejaron de pedalear a lomos del nuevo ingenio que habían terminado de construir esa misma tarde; efectivamente, el Sol y la Tierra continuaban su marcha sin apartarse un ápice de sus senderos prefijados: el astro se escabullía bajo una de las lindes del planeta, y él y su ayudante contemplaron impotentes cómo retornaban alrededor de ellos las sombras.

 

 

 

 

 

LA DESAPARICIÓN DE KELLERMANN

El cosmólogo Thomas Kellermann recibió una visita inesperada la noche del tres de diciembre de 1974. Su sirvienta habló de unos bisbiseos demorados, que ella pudo oír desde su dormitorio, muy cerca de la entrada. Tras media hora oyó también que la puerta de casa se cerraba y no le dio más importancia, entendiendo que el viejo profesor regresaba a su dormitorio. Así les explicó a los investigadores del caso. Dos semanas después, el anciano seguía sin aparecer. Solo entonces, los medios empezaron a prestar atención a una carrera menor, y muchas de sus teorías empezaron a discutirse por primera vez en las universidades y en los medios.
Cuanto más lo hacían, más conspiraba el cosmos por adecuarse a ellas. Ahora que todos leían sus principios y teorías, por fin se entendían muchos movimientos misteriosos de la materia que no habían logrado ser explicados hasta entonces. Todo encajaba en los papeles del desaparecido Kellermann. Las estrellas y todo el universo se movían en homenaje a él.
Pero el investigador apareció una buena noche en un descampado a las afueras de su ciudad, sin guardar recuerdo de los meses que había sido dado por desaparecido. Parecía con buena salud. Los distintos patrones y sistematizaciones que poblaban sus libros y apuntes dejaron de encontrar reflejo en el funcionamiento de la realidad. Nuevas apreciaciones y consideraciones devolvieron sus diagramas, ecuaciones y concepciones a su diminuta condición previa.
Todos abandonaron y olvidaron sus teorías. Ignorante de que durante un breve espacio de tiempo sus estudios habían determinado la gran sinfonía del universo, Kellermann vivió bastantes años más en su modesta laboriosidad y la felicidad de su vida solitaria y tranquila, inofensiva, perfectamente anónima e irrelevante.

 

 

 

 

POLICÍACO

El hombre que inventará el futuro sigue en busca y captura en el pasado.

 

 

 

 

BIG BANG

¿Fue con un estallido, que comenzó el universo, o terminó con él y nosotros tan solo somos su demorado eco?

 

 

 

 

 

LA TORRE

Querían construir una torre, la torre más alta jamás construida, una que llegara hasta el cielo. Pero apenas empezamos a trabajar en ella, comenzaron los problemas económicos. Nos pagaban cada vez menos y había meses que ni siquiera nos pagaban. No paramos de trabajar, pues hacerlo estaba castigado con la muerte; pero perdimos el miedo a desentendernos de quienes nos dirigían: no solo fingíamos no entender, sino que respondíamos al azar, frases cualesquiera y sin relación alguna con las preguntas o las órdenes de nuestros patrones.
La verdad es que empezó a parecernos divertido, tanto que jugamos a hacerlo entre nosotros. Pronto probamos a inventar palabras, y de ahí a tratar de crear idiomas nuevos había un paso. Imposible el acuerdo para un proyecto tan fenomenal, y antes de que ese monstruo de piedra crezca amorfo y en todas direcciones, hemos sido todos devueltos a nuestras casas. Un ejército de albañiles y obreros, decenas de miles, volvemos al hogar con una sola idea: enseñar a nuestras familias cada una de nuestras nuevas lenguas, únicas e intransferibles, y seguir con esta broma magnífica que supera, sin duda, en fantasía y en fenomenal al proyecto de esa torre insensata.

 

 

 

López, José Óscar. Fragmentos de un mundo acelerado. Cartagena; Ed. Balduque, 2017.

 

EL DESTINO

 

Durante siglos los hombres y los dioses fueron representados con una ausencia total de expresión, como si el trasvase de la carne o la energía hacia la dura piedra no pudiera contemplar la inclusión de emociones o gestos propios de la materia viva. Esto pasó en Egipto o en la Alta Edad Media, por ejemplo. Las formas se geometrizan y se busca una pátina de hielo que induzca a la veneración y al terror, a la certeza de que no vemos un objeto animado sino un receptáculo de piedra para una idea que transita fuera. Más allá de nuestro horizonte. Esa expresión vacía de expresión recibe el nombre de hieratismo. El hombre o dios representado es al mismo tiempo todos los hombres o todos los dioses. Imposible penetrar en sus adentros: su rostro es un muro infranqueable. De igual modo ese muro dimana hacia el exterior, quien mira uno de estos rostros hieráticos en busca de signos de lo humano, de un camino hacia lo vivo, acaba perdiéndose en un laberinto helado.
xxxUn paso intermedio entre la carne viva y la matemática. La cabeza del apóstol en la talla bizantina. El rictus del jugador de póquer durante la mano decisiva.
xxxExactamente. El jugador de póquer tiende a abolir su condición de carne y busca volverse abstracto, geométrico. Cualquier señal que denote sus emociones puede ser fatal para sus intereses en la partida. La cara de póquer actúa bajo el mismo mecanismo que los rostros esculpidos babilónicos, busca construir un muro que oculte el interior y que provoque desconcierto laberíntico en el que observa. Por eso el buen jugador de póquer anhela la hibridación de su carne con la pura matemática. Ganar o perder depende en gran medida de lo alto y profundo que sea ese muro. De lo perfectos que sean los ángulos y las líneas. Entendemos entonces que el mejor jugador es aquel cuyo cuerpo más se acerca a un maniquí construido a base de módulos poligonales: su cabeza es una esfera, sus brazos varios cilindros articulados, su torso una pirámide truncada, etc. Como los jugadores de cartas que pintó Cezanne, pero vivos.
xxxPodríamos decir que el rostro del jugador es un reflejo de la naturaleza misma del juego. Es de carne, con todas las limitaciones humanas que ello conlleva, pero al mismo tiempo tiende irremisiblemente a la cifra abstracta. Oscuro polinomio que respira. El jugador, como el póquer en sí, se debate constantemente en el umbral entra lo incontrolable y lo exacto. El azar y la estadística. El vaivén emocional y la máscara de piedra.
xxxObservemos una partida. La mesa es un óvalo, los naipes son pequeños rectángulos y las fichas circulares están marcadas con números múltiplos de diez. Los jugadores son de carne, seis cabezas, doce manos, sesenta dedos. Un crupier, dos manos, diez dedos, cincuenta y dos cartas. Si entornamos los ojos no podremos distinguir un rostro de otro. Lo humano apenas insinuado, como una máscara bajo la máscara. A esa inmutabilidad se le llama disciplina: que ni tu expresión ni tus movimientos delaten tu jugada.
xxxEl crupier es un autómata, un médium. Poco menos que una sombra o un susurro. Reparte dos cartas a cada uno tras haber quemado la primera del montón. Quemar: ceniza sin retorno: arden los vasos sanguíneos que alimentan el ojo que mira las dos cartas en la mano. Procesa y calcula. Observa y espera. Apuestan. Cien. Doscientos. Sube. Iguala. Abandona. Estás en el reino de las estatuas, el blanco nuclear de los naipes es el blanco del mármol que cbre tu rostro.
xxxTus cartas: K♥ y 10♥.
xxxLas leyes de la probabilidad auguran muchas opciones de ganar. Pareja, trío, póquer, doble pareja y ful bastante altos. Proyecto de escalera. Proyecto de color. Doblas tu apuesta y esperas reacciones. Tres abandonan, dos igualan sin inmutarse. Lees en sus gestos un laberinto confuso de hielo. No han dudado ni un instante. Procesas: por lógica los tres que se han tirado no deben poseer ninguna figura, como mucho una J. Aumentan tus posibilidades. El crupier recoge las fichas, quema otra carta y muestra tres cartas boca arriba.
xxxThe flop: 7♥ 7♦ 4♥
xxxEl primer jugador pasa. El segundo eleva tu apuesta anterior cinco veces. Va fuerte. Quiere intimidar. Dos posibles lecturas: va de farol y quiere que todos abandonen ante tal agresividad, o bien, lleva uno o dos 7, pareja de 4 o una pareja alta y quiere que alguien muerda el anzuelo para arrancarle una buena suma. Es nuestro turno. No llevamos nada. Sólo humo, pilares de agua para un futuro castillo de nieve. Nada. La matemática ahora empieza a servir de poco, la carne va agrietando el velo de escarcha que la cubría. La duda corroe desde la punta de los dedos hasta el centro del cerebro. Nada de esto debe transparentarse, si antes se tardó diez segundos en subir la apuesta ese es el tiempo que se tiene para actuar. El pensamiento es una dinamo enloquecida. Por dentro. Fuera debemos seguir siendo una figura de Cezanne, un faraón de alabastro. Decidimos comprobar hasta dónde nuestro rival puede llevar su supuesto farol. Doblamos su apuesta. El tercero en discordia abandona abrumado por nuestra escalada febril. Quedamos dos. Ahora el nudo gordiano se estrecha en el corazón del otro. Las mismas dudas y ansiedades que antes nos atenazaban son ahora el ejército que puebla su cuerpo. Sin embargo: disciplina, ni un gesto trasluce su lucha. Decide igualar la apuesta. Disciplina: que no note que nuestra jugada era un farol. Hieratismo. El crupier recoge las fichas. Quema otra. Muestra una nueva carta boca arriba.
xxxThe turn: A♠.
xxxSeguimos sin tener nada. El As añade más incertidumbre y posibilidades de perder. Esperamos el movimiento del contrario. Un par de suaves golpes con la palma de su mano sobre el tapete. El As lo ha amedrentado, seguramente contempla la posibilidad de que tú hayas ido subiendo las apuestas con una pareja de ases que sería difícil de batir. Él debe tener alguna combinación ganadora con las cartas del flop. Estamos perdidos. Sólo nos queda encomendarnos a la lotería, al puro azar de la última carta en juego. Nuestro destino está en las manos del crupier. Pasamos. Enfermo terminal, moribundo, cadáver. Nos agarramos con fuerza a ese mínimo aliento que nos regalan. El crupier quema una carta y coloca boca arriba la última y definitiva.
xxxThe river: J♥.
xxxLa fortuna sonríe en tu espejo con sus dientes de oro. Color a la K. Pocas jugadas mejores. La disciplina te obliga a que no note tu alivio. Estatua griega arcaica, casi un ídolo cicládico, así debes ser. Su turno. Apuesta un triple. Ni mucho ni poco, como una leve tentación. Esa apuesta no dice nada. De repente un brillo desconocido en sus ojos, como una grieta en la porcelana. Algo hay. Tienes diez segundos para descifrarlo. Nueve. Ocho. Nuestra jugada es brillante e inesperada, casi nadie habría aguantado un proyecto de color hasta la última carta, subiendo tanto la apuesta. Siete. Seis. Pareja alta pierde. Doble pareja pierde. Trío pierde. Cinco. Cuatro. Ful gana. Póquer gana. Tres. Subamos la apuesta hasta el límite y que la cuerda de su jugada se rompa de tanta tensión. Llevémoslo a la frontera donde el hielo se derrite ante el miedo. Dos. uno. Apuesto todo. Doble o nada. Pronuncias esas palabras y entonces es cuando consigues traducir el brillo extraño de su mirada. Has caído en la trampa. Eres una estatua rota.
xxxSus cartas: 7♣ y 7♠.
xxxPóquer de 7. Tu cuenta a cero. El azar y la matemática, las leyes de la carne. Has sido derrotado en todos los ámbitos. Kurós griego mutilado, bajo la arena del desierto. Algo así, bajo la rígida máscara del dios no había nada, sólo humo, proyectos de lodo bajo la lluvia. Las leyes divinas son papel mojado. Nada. La ley no escrita de la sangre acaba definiendo el lugar que ocupa nuestro cuerpo en el espacio. Lo dijo Mallarmé: una tirada de dados nunca abolirá el azar.

 

 

 

Quinto, Raúl. Idioteca. Almería; El Gaviero ediciones, 2010.

 

‘IDIOTECA’, DE RAÚL QUINTO

Le tenía muchas ganas a este libro de Raúl Quinto. Recuerdo hace unos años una visita a casa del escritor Javier Moreno y lo enganchado que me decía que estaba al libro, que era magnífico. Así que en cuanto he tenido la oportunidad, esta ‘Idioteca’ ha entrado a formar parte de mi biblioteca.

Y lo primero que se agradece del libro es que uno tenga que masticar mentalmente todos y cada uno de los textos, lejos de esos libros facilones y simplistas que llenan las librerías. Es magnífico ver cómo Raúl Quinto va uniendo ideas y la mayoría de las veces acaba noqueándote con los finales.

 

 

El libro se abre con un prólogo de Alberto Santamaría que, bajo el título de ‘Fantasmas idiotas -doce maneras de decir idioteca-‘, abre algunas puertas por las que asomarse al libro. Aquí dejo cinco de ellas:

“SIETE. Imágenes y lenguaje. Imágenes, lenguaje y su forma de establecer un vínculo con la realidad, con el “original”. Pero, ¿dónde está el original? ¿Importa tanto lo real? La écfrasis. El modo de relatar una imagen que se perdió en el tiempo, una imagen que sólo existe como lenguaje. De eso también nos habla Raúl Quinto. Nos recuerda el intento de El Greco de hacer una copia de un original perdido de Antífilo, para acto seguido volver a plantear el tema: ¿son un lenguaje las imágenes? ¿Y la representación? Es simple y maravilloso el modo de Raúl Quinto de atacar el tema: un limón. Sólo le hace falta un limón. Un simple limón puede introducirnos en las entrañas de la representación. Me explico. Itten les da a probar el limón a sus alumnos y ahora les pide otro ejercicio de representación desde la nueva perspectiva adquirida. […] Lo que pintan ahora es la vastedad del campo a través, lo desaprendido.

OCHO. Esta Idioteca es una suerte de recorrido por el presente. Pero todo presente es móvil, variable, un terreno movedizo. Ya no se trata simplemente del ansia culturalista de mezclar alta y baja cultura sino de algo más complejo: contemplar las imágenes de nuestro mundo todas situadas en un mismo plano —más allá de la historia, más allá de academicismos— para establecer un orden dentro de un plano de tiempos sin orden. La historia del arte como ficción. Ése es otro regalo que incluye este libro. Imágenes que se independizan de su historia. Esta Idioteca podría tener algo del Baudelaire pintor de la vida moderna, tal vez, pero va más allá de un espacio temporal. La imagen de Eleusis junto a la atmósfera psicotrópica de Timothy Leary lo dice todo. Ahora el chamán es el camello que abastece la fiesta rave, nos dice.

DIEZ. Queremos volver a la realidad, grita uno de los fantasmas creados por Raúl Quinto. Lo pregunta, lo exige, pero de antemano sabemos que de la realidad sólo tenemos el imaginario que hemos creado a su alrededor como una gruesa capa de grasa. En realidad todo retorno no sería más que un volver sobre sí mismo y sobre sus imágenes y eso es, claro, una Idioteca. Idiôtés significa simple, incapaz de ser más de lo que es, incapaz de ser otro. Por eso decimos que la realidad es idiota, porque no es más que lo que fenoménicamente es y aparece. Por ello necesitamos unas Idioteca, un espacio donde las imágenes desdoblen libremente la estupidez de lo real. Por eso necesitamos el arte y todo el imaginario literario y visual que nos rodea y que nos ha rodeado a lo largo de los siglos. Los habitantes de las cuevas de Altamira, por ejemplo, pintaron bisontes porque necesitaban recrearse con algo más que con el simple objeto real (y estúpido) al que trataban de dar caza, su objeto de deseo. O tal vez no.

ONCE. Introducirse en esta Idioteca, que ahora tiene el lector en sus manos, es como entrar en un viaje alucinado, en una fascinante conjunción de tiempos, en un museo sin paredes, en una furgoneta llena de pasado y presente, en un cine donde el Coyote protagoniza junto Brueghel una película gore, en donde alguien manda un mensaje en una botella, en donde Newton y William Blake son apariciones perfectamente trenzadas sobre un estadio de fútbol, en donde Nick Cave espera en alguna frontera, en donde Fuseli dibuja su pesadilla sobre la camilla en la que una mujer intenta dormir rodeada de electrodos, en donde… Podría leerse de múltiples formas este libro, y regresarse una y otra vez a él como quien regresa a un museo para ver de nuevo el mismo cuadro, aquel que ha visto tantas veces, y darse cuenta de que nunca es el mismo, o como el que ve de nuevo una vieja película —esa que ha visto ya varias veces—, pero ante la cual siempre tiene la sensación de estar viendo otra cosa. Y sin embargo, no muta el objeto —el mismo siempre: el cuadro, la película, la imagen—, sino el relato que nosotros creamos y en el cual nosotros nos miramos. Esto es la Idioteca: un relato entendido como una forma de mirar y habitar las imágenes.

DOCE. No lo duden. Entren en este museo. Habítenlo. Rasguen sus paredes. Recórranlo. Nada hay en él que nos deje indiferentes. Pero no lo olviden: nadie sale ileso de su propia Idioteca.”

 

Y aquí tienen algunos de los textos que forman parte de esta Idioteca de Raúl Quinto.

 

 

04. ARENA Y DISTORSIÓN

Uno. Goya es sin lugar a dudas uno de los pintores clave en el desarrollo de la plástica occidental. Su obra trascurre, como un pequeño universo, por los diferentes estilos y épocas que le tocó vivir o inventar; desde sus tapices de barroco helado a las primeras formas del romanticismo. Pintor extraño, anticipó más que convenció, e igual que los cañonazos de los ejércitos napoleónicos despertaron a Europa a una nueva época, con él se inicia de manera traumática lo que conocemos como arte moderno. No deja de sorprender que, efectivamente, ya esté en Goya todo lo que vendrá después, todo el arte moderno.
xxxLo vemos en sus pinturas negras, tal vez la serie más paradigmática de cuantas realizara, la más moderna, la más oculta también. De entre todas esas paredes pintadas me quedo con un rincón, otro pequeño universo donde está todo Goya, y donde seguramente estamos todos nosotros: Perro ahogándose en la arena. En esta obra ya está Turner, la paleta de Paul Klee, el Colour Field Painting de los años 50. La pintura más radical de todo el siglo XIX se gestó en sus albores, a solas, en la oscuridad de la Quinta del Sordo. Un campo de color, absoluto, y en un ángulo, casi desapareciendo, la cabeza de un perro, la arena que es el símbolo de lo temporal, de la furia del desierto que a todos nos persigue, intenta ahogar al animal que apenas respira. Escojo unas palabras: angustia, desesperación. El absoluto intenta acabar con la individualidad, las fuerzas de la naturaleza o de la mente intentan arrasar la finitud de un cuerpo. En esa pintura está todo el hombre moderno.
xxxEl perro y la arena, de noche, iluminados por la inestable luz de un candil acometerían una danza terrible. Pienso en Goya preso de su sordera observando el movimiento de la luz sobre esta pintura, por momentos parece que el perro se hunde más, que la arena desborda su marco. Es la danza del desespero. En la cabeza de Goya retumba el sonido de la arena cayendo, alimentándose.
xxxDos. Sonic Youth aparece en Nueva York a principios de los años 80, al amparo de lo que se llamó NoWave, corriente que desde postulados netamente punk y experimentales buscaba oponerse a la llamada Nueva Ola. Era un movimiento pseudoartístico, sin concesiones al aspecto comercial de la industria. Sonic Youth explotaron sin complejos las posibilidades del ruido como módulo constructor de música; en ese sentido no sólo desarrollan la herencia punk o las semillas de terciopelo del grupo de Lou Reed, sino que se abastecen de los hallazgos de la música concreta y del arte conceptual, de John Cage a algunas de las obras del Nuevo Realismo, pudiéndonos remontar incluso a las vanguardias clásicas y las óperas del ruido compuestas por el futurista Luigi Russollo.
xxxSonic Youth recoge una cosecha extrema y le da forma, adaptándola, a media que avanza su discografía, a patrones más reconocibles de la música rock. Al mismo tiempo anticipa el sonido que durante la década de los 90 definirá gran parte de la mal llamada música indie. No podemos entender a superventas como Radiohead o Nirvana si antes Sonic Youth no hubiera actuado como quitanieves.
xxxEvol es el título de su tercer disco, love escrito al revés, homofonías con la palabra maldad, y entre sus cortes una canción: shadow of a doubt. Propongo escucharla sin atender al significado real de su letra, como solo sonido, como puro acontecimiento, sin otro referente que el que se genere en el momento exacto de su escucha.
xxxTres. Existe una posibilidad remota, imposible, a la que me aferro con todas mis fuerzas: mientras Goya pinta su perro en la arena lo que escucha en su cabeza es shadow of a doubt, de hecho lo que hace Goya con su pintura es glosar la canción de Sonic Youth.
xxxEl tiempo no es un impedimento. Si el tiempo es curvo, si pueden existir los agujeros de gusano, por qué no va a atravesar una aguja, como quien cose una tela doblada, dos instantes creativos similares aunque separados por casi doscientos años. Las dos obras son lo mismo, una está hecha a base de color, la otra a base de sonido, las dos son formas de la desesperación. Goya y Sonic Youth son intercambiables, al menos durante un instante. Si radiografiamos la arena que ahoga al perro escuchamos el punteo monótono de Lee Ranaldo, si nos dejamos arrastrar por la cadencia de la voz de Kim Gordon vemos la mirada abismal del perro.
xxxPropongo un experimento: sentarse en el Museo del Prado frente a la pintura de Goya durante todo el horario que la pinacoteca permanezca abierta, mirarla fijamente, mientras en unos auriculares escuchamos como un bucle interminable la canción de Sonic Youth. El resultado no es previsible: puede que nos convirtamos en el perro, o tal vez en la arena.
xxxEl efecto inmediato es la desaparición de todo lo que no sea pintura y sonido. De esta manera es imposible percibir ciertos cambios, pero éstos suceden. Sucede, por ejemplo, que las agujas de nuestro reloj comienzan a girar hacia atrás, a la velocidad del vértigo; y que el tiempo, por un instante, deja de existir, como si se hubieran descosido sus costuras. Al final de la experiencia, podemos intuir que la sombra que el sujeto proyecte sobre la pintura al levantarse será, literalmente, la sombra de una duda.

 

 

 

 

10. EL COYOTE

Niños catódicos, oídme. Lo que ahora contempláis no sería sin un pasado. Anotad los nombres de Tex Avery y de Chuck Jones. Quiero hablaros de su revolución, de la última frontera, de un arte que llegó más allá de Dadá o del Surrealismo, de una realidad que dinamitó las convenciones físicas y mentales de nuestro pequeño mundo. No es Einstein, ni es Lacan. Son los dibujos animados. Un par de brochazos de pintura negra que en un muro generaban un túnel del que salían trenes y autobuses, un cuerpo que podía caer al vacío mientras sus dos globos oculares permanecían un instante flotando en el aire. De todo eso se trata.
xxxDe Tex Avery, el verdadero padre de toda esta locura. Tex Avery, que tenía un solo ojo, como Odín o las tres Parcas, porque un día un clip metálico salió volando inexplicablemente hasta dejarlo tuerto. Tex Avery, que creó dioses de la calamidad y el caos desde un estudio devorado por las termitas. Porky el cerdo, Lucas el pato, Bugs Bunny el conejo. Las nuevas formas físicas, la arbitrariedad e intermitencia de la ley de la gravedad, las múltiples formas de tortura reversible, los gags y la lógica desquiciada de este universo cromático e infinito. Tex Avery al que la Warner Bros no tardó en poner de patitas en la calle.
xxxPero dejó su mala semilla en esos estudios, en Chuck Jones, sin ir más lejos.
xxxImaginaos a este dibujante que venía del estilizado infantilismo de Disney, qué tuvo que sucederle para que de su pincel naciera la más brutal cacería simbólica de la Historia de la creación. En 1949, cuando Mao tomó el poder en China, mientras se iba desperezando la guerra Fría, Chuck Jones dio vida al Coyote y al Correcaminos. Ese es su legado. Los arquetipos universales de la eterna persecución, de los deseos que se escapan irremisiblemente, de la piedra de Sísifo que nos aplasta una y otra vez cuando estamos a punto de rozar nuestro sueño.
xxxEl inmenso océano bajo la línea esquemática del horizonte. La profundidad insondable bajo lo bidimensional del logotipo. Dos símbolos.
xxxUno. El Correcaminos, animal mitológico insirado en el Geococcyx californianus, cuya velocidad es proverbial. No hay mayor aceleración posible. Su inercia desafía el continuo espacio-tiempo. El movimiento hiperbólico de sus patas las vuelve invisibles, incluso puede que dejen de existir en este plano durante la carrera. Un reto para el ojo. Una estela de polvo, como la cola de un cometa, es la única señal de su paso. Corre y corre, quién sabe hacia dónde. No habla, nadie dice nada en ese planeta, tan sólo hace bip bip, como un teléfono móvil al recibir un sms, como un viejo Chrysler apartando el ganado de la carretera. Bip bip quiere decir que se acerca, que viene, que pronto nos habrá dejado atrás. Una velocidad no cuantificable en términos newtonianos, algo más parecido al descenso de las estrellas o al parpadeo irresistible de los dioses. Eso es el Correcaminos, lo inalcanzable, lo sumamente fugaz.
xxxAunque no sería nada sin el Coyote.
xxxDos. De nombre Wyle, animal basado en el Canis latrans, es decir, perro que ladra, perro que aúlla en el desierto americano. Animal tótem para los indios navajo, prohibido lastimarlo so pena de maldición. Pero Chuck Jones no era navajo ni su coyote un espíritu tribal. El Coyote es un siervo del hambre, un esclavo encadenado a la obsesión. como el capitán Ahab, y el Correcaminos es su ballena blanca. Wyle E. Coyote. Hambre y tecnología punta. El cánido de la era post-industrial, de la era de la venta por catálogo, de la teletienda e Internet. El perro que anticipó en 1949 el perro que somos hoy. Mirad, niños y niñas, el Coyote se sirve de los avances de la ciencia práctica para cazar a su presa, pero la ciencia siempre acaba volviéndose contra él. La quimera no debe ser alcanzada y los medios para llegar a ella siempre serán medios para la propia destrucción. Eso fue así con Prometeo, y con Fausto, y con el doctor Frankenstein. El Coyote es sólo uno más. ACME es el fuego, la criatura monstruosa que se pierde en los desiertos polares. ¿Me seguís? El Correcaminos no es sin el Coyote y el Coyote no es sin ACME.
xxxEl Coyote y ACME son también las dos caras de la pesadilla americana, lo que va del exterminio indio a los satélites de la NASA. Eso lo leyó perfectamente Joseph Beuys, un artista alemán con sombrero y chaleco, que en 1974 se encerró tres días en los sótanos del World Trade Center de Nueva York con un coyote. Un Canis latrans. Un perro que ladra en las entrañas del capitalismo. Veintisiete años y cinco meses antes de que dos aviones echaran abajo los cimientos de la edad contemporánea, digno de un corto de Tex Avery. En fin. Niños y niñas. ACME fabrica corazones, cucharas, pequeñas bombas teledirigidas; pero ACME no concede forma a los deseos. Mirad al viejo Wyle E. Coyote desenvolviendo el último paquete que la compañía ha dejado en su buzón, extiende el manual de instrucciones como si fuera el mapa de un tesoro, cada pieza en su sitio, tornillos, muelles, engranajes, un mecano asesino para congelar el tiempo. Un antídoto contra lo sobrenatural. Ahí lo tenéis. Oímos el bip bip. Se acerca lo imposible. El coyote de Paulov comienza a salivar, a entornar los ojos anticipando el dolor que vendrá. Porque el dolor viene siempre. El fracaso y la esperanza. La humillación. Siempre, un episodio tras otro. Hasta el fin de los días.

 

 

 

 

14. LA ÚLTIMA CENA

Hasta las narices del arte abstracto, defecamos sobre su lírica endiablada. Hasta las narices también del arte figurativo, nido de estalinistas y pequeño burgueses pagados de sí mismos. Queremos volver a la realidad. Dilapidar herencias. A principios de siglo hubo un terremoto y la ciudad del arte se hundió, todo roto, escombro y polvo; para salir de la ruina entre la mano blanca de Malevitch y la mano sucia de Duchamp nosotros preferimos la sucia. Entre el absurdo dadá y el hiperpensamiento preferimos lo primero. Pero ojo, tenemos la cabeza sobre los hombros, hemos vivido dos posguerras, visto el crecimiento de la serpiente capitalista, contado las monedas. Hemos sido la ciudad. Entonces lo nuestro es un ejercicio espiritual de reciclaje urbano, las sombras de la industria, los ecos de la publicidad, la ciudad y sus sonidos son la materia real sobre la que actuamos. Hartos de abstracciones y representaciones estúpidas de lo real. Queremos la realidad.
xxx27 de octubre de 1960. Algo así pudo haber dicho Pierre Restany, crítico y principal teórico del Nuevo Realismo.
xxxPasamos lista y ahí están todos: Christo, que pasó de empaquetar maniquíes a hacer lo propio con el Reichstag alemán, con playas vírgenes de Australia. Más grande, más monedas. Jacques Villeglé y Mimmo Rotella, rasgando, pegando, mezclando, las imágenes de los carteles de cine y la publicidad callejera. César, que lo comprimía todo, como la chatarra en los desguaces, cubos irregulares de algo que en tiempos fue útil, una lavadora, un bote de aceite para coches, esas cosas. Pura realidad comprimida. Arman, acumulando basura y ensamblándola en pequeñas piezas, los restos, los ecos de la ciudad, dijimos, como Gerard Deschamps, fanatizado por los tejidos industriales, ropas, sábanas, toldos para tiendas de campaña, todo ensamblado, pintado de rosa, expuesto en composición inverosímil. Ahí está, la realidad. En los almuerzos congelados, casi totemizados, de Daniel Spoerri. En las máquinas construidas con desechos de Jean Tinqueley. Máquinas que no sirven para nada. Solamente hechas con pedazos de la realidad, funcionando, inútiles. Niké de Saint Phalle exorcizando su género. Françoise Dufrêne recitando poemas sin palabras, no hay más lenguaje que el ruido de la calle, que el corazón ebrio de las ciudades. Uno tras otro. Míralos. Menuda tropa, los nuevos realistas. Y al frente de todos Yves Klein.
xxxHagamos un paréntesis. Yves Klein lo vale. Al fin y al cabo éste era la musa del crítico Restany, o fue al revés. Ni idea. El caso es que el Nuevo Realismo nunca habría tenido la fuerza que tuvo si entre sus fundadores no hubiera estado él. Azul Klein. Ya me entienden. En sus primeros tiempos de éxito patentó un azul extremo, mezcla de un relámpago y un océano glacial. Hay gente que asegura que realmente mezcló ambas cosas en su paleta. Todo es posible, Klein era aficionado a la brujería, miembro de los herméticos rosacruces. Un día sobrevolaron el cielo de París cientos de globos de ese color inaudito. Otro día organizó una exposición en la Galería Clert con el ilustrativo título de Vacío. En la galería no había nada. Klein vendió casi toda la obra expuesta. Un éxito. Al día siguiente arrojó al Sena el oro que le habían pagado por sus fragmentos de la nada. Así era Yves Klein. Cuerpos desnudos de mujeres embadurnadas de pintura como pinceles de carne sobre el lienzo. Azul del infierno, de las entrañas de algún animal extraterrestre. El cuerpo humano y el azul Klein son la medida de todas las cosas. El cuerpo, los lanzallamas, la caligrafía del fuego. Esas cosas por las que el amigo Yves se convirtió en una estrella.
xxxDigamos que, un año después de la fundación del grupo, Klein se desmarcó de ellos. 1961. Y entonces su estrella ardió con más ímpetu, entró en supernova, luz cegadora. Tanto que en 1962 fallece de un ataque al coraón. Ha muerto el padre y la madre del arte después del arte.
xxxPero el show debe continuar.
xxxFama, focos, aplausos. Todo el mundo habla del Nuevo Realismo. Pero. La llama se va apagando. Es tan difícil mantener cohesionado a un grupo tan grande, cuando cada uno de sus miembros ya ha conseguido el objetivo de la visibilidad, de que suene más su nombre que el nombre de la tribu. Ir viéndolo. Constatar la descomposición. Entonces hay dos opciones: 1) dejarlo correr y que la degradación paulatina arrastre al olvido todo fruto del pasado. 2) matarlo con nuestras propias manos y ofrendarle un funeral como se merece.
xxxMatemos a nuestra propia criatura, y démosle al mundo un espectáculo inolvidable.
xxx1970. Diez años después. En Milán. La fiesta del fin.
xxxEstán todos los que pueden, son legión.
xxxChristo quiere empaquetarnla estatua ecuestre del rey Víctor Manuel II, pero una turba de mutilados de guerra se lo impide. De acuerdo. Si no puede ser el rey, que sea Leonardo da Vinci, ahí lo tienes, empaquetado. Cuando llega la noche un grupo neofascista le prende fuego al papel de estraza. una escultura de fuego, piensa Christo, el mejor homenaje a su amigo muerto. Arde como un espectro en mitad de la plaza. Lentamente.
xxxLa única mujer del grupo, Niké de Saint Phalle, tiene en el corazón un templo pagano, durante años ha construido agresivos ídolos de fertilidad, ahora ubica una llama en un altar, tan simple, en ausencia del dios reclamando su aliento. Un funeral es una ceremonia. Un rito. Un grito. Mimmo Rotella no puede declamar sus poemas sonoros a base de aullidos, su oración estridente y sucia, por culpa de los empujones y los insultos de los indignados milaneses. Para otro día Mimmo, la gente está cabreada. Para arreglarlo o terminar de llevar al límite al público, Arman reparte pequeñas acumulaciones entre los asistentes: basura ensamblada. Como en las comuniones o bautizos, nadie se va sin su presente. Un funeral también es una celebración.
xxxLlega el momento de los discursos. Françoise Dufrêne da un recital de poesía sonora, versos compuestos por ruido, pedorretas, susurros, gárgaras. Poesía elegíaca, coplas a la muerte del arte. Todo huele a ritual. Una bomba que estalla poco a poco. Declama el último verso. Silencio sumo. El impresionante catafalco del fondo se desmorona, y, como una chica sorpresa del interior de una tarta, emerge Vittoria, la última obra del constructor de máquinas imposibles Jean Tingueley: un gigantesco falo de oro, decorado con parras y relleno de petardos y explosivos. Que arda. Que explote. Es el último día de los nuevos realistas, el último día sobre la faz alelada de la tierra. La última noche para el arte posible.
xxxLa última cena.
xxxEn el restaurante BIFFI, sito en Filodramatici, número 2. Están todos, falta Klein. Comen, charlan, ríen, conscientes de que el acto de cenar es en sí mismo un fúnebre tributo a su arte, una obra más en su escalada hacia el cero absoluto. Pierre Restany lleva una tiara papal sobre la cabeza, es lógico, sobre su piedra se edificó la iglesia del Nuevo Realismo, él fue quien se inventó el artilugio, le dio nombre, sustancia, lo sacó a pasear por las páginas de periódicos y simposios. Su santidad Pierre Restany. No hay arte moderno sin crítica. La crítica es otro tipo de arte, arte metaconceptual tal vez. Si el arte es nada, la crítica erige estructuras, esqueletos, armazones para sostener el aire. Y entonces el aire pesa. Su santidad Pierre Restany, bendice la mesa.
xxxLa última cena, a unas manzanas de la de Leonardo. Ayer, hoy, siempre, todo mezclado.
xxxUn solo instante posa sus ojos en cada uno de los comensales. Son diez años empaquetando, acumulando, extendiendo el azul eléctrico por el universo. Diez años recitando poemas sin lenguaje, fabricando máquinas inverosímiles, pegando prendas a tablas de madera, esculpiendo vaginas monstruosas. Fijando, monumentalizando el instante cotidiano. Diez años, que son la mitad que nada. En fin. Acaba la cena. Que nadie mueva un plato. Daniel Spoerri lleva todo el funeral aguardando esto. Inmortalizar el instante. Que sea esto la gran pirámide que permanezca cuando el olvido haya arrastrado las razones de la vida. Que permanezca así. La disposición de los cubiertos, los vasos, ceniceros, migas de pan, el desorden meticuloso de la realidad, ahora es una obra de arte. La mesa exacta, los restos de comida, expuestos para siempre en galerías y museos. Haced esto en conmemoración mía. Ha muerto el Nuevo Realismo. Viva la cruda realidad.

 

 

 

 

16. LA MELODÍA

A vueltas con el tópico romántico. Ahí está. Al borde de un precipicio, un tipo asomado a un océano de niebla. Si da un paso más será devorado por el abismo. Está de espaldas a ti y a mí, de espaldas al mundo entero, viste de forma elegante y el viento de las alturas lo despeina. Míralo, lo puedes encontrar en cada libro de texto. Es el romántico que adora los desastres naturales y la pequeñez del ser humano en el naufragio helado. El hombre como materialización carnal de los sentimientos desatados. El romántico que ama la muerte, y la busca, y la besa. Un viajero ante la inmensidad de un mar de niebla. A un solo paso del abismo. Ahí está. Y si el abismo es la locura y también es la misma muerte, sus imanes; si resulta que sólo la música es comparable al sentimiento en sí, a la pasión como forma. Si todo eso es el romanticismo, entonces está claro que nuestro hombre es Robert Schumann.
xxxSchumann. Compositor alemán que ha pasado a la posteridad como uno de los padres de la crítica musical moderna, dicen que descubrió a Brahms y a Chopin. Muy bien. Abandonó una carrera mediocre como concertista para dedicarse a escribir música. Acertó. Convenimos en que es uno de los grandes. De acuerdo, Robert Schumann merece un busto en el paseo de la fama, pero también en el parnaso de los agrandes trastornos. El abismo, ya sabes. Crisis nerviosas y alucinaciones, durante años, minando su cuerpo poco a poco como el veneno de una viuda negra. Así pasó su vida: cuando la esquizofrenia amainaba surgía el genio demoledor de su talento y el universo se achicaba para cederle espacio. Construía un mundo paralelo de belleza y sudor. También se sumergía en los libros para encontrar respuestas, libros de ciencia y ocultismo que fueran capaces de decirle algo. Schumann el romántico, el loco, el espiritista.
xxxRecuerda que a mediados del siglo XIX hacían furor en los círculos burgueses de medio mundo las teorías de Allan Kardec: los espíritus se comunican y tienen cosas que enseñarnos, decía, y la música estimula el contacto. De hecho Schumann aseguraba que su música era el idioma que le permitía conversar con el más allá. Además gustaba de frecuentar las llamadas mesas parlantes, algo así como la ouija. Algo para hablar con los muertos. Al parecer un día un espíritu le marcó el primer compás para el primer movimiento de la Quinta de Beethoven, la ejecución posterior fue maravillosa. En otra ocasión estuvo charlando con su difunto colega Franz Schubert, el resto de la mesa no entendió una palabra de su jerga. Demasiados tecnicismos y chistes del oficio. Otro día pasó lo mismo con Mendelssohn. Anécdotas fantasmales para aburrir, sin duda.
xxxPero centrémonos en el final de la historia, acerquemos ahí la lupa.
xxxVayamos a febrero de 1854, cuando Robert Schumann da el pequeño paso hacia el mar de niebla. De noche. Decenas de ángeles planean sobre su cama y en sus oídos trona la música perfecta, la banda sonora del paraíso. A la mañana siguiente no son ángeles sino demonios, y su música es terrible y dolorosa. Hienas y tigres salivan y gruñen a los pies de la cama. Tan pronto el horror enseña sus fauces como vuelven los ángeles armónicos. Así durante tres días. Cuando cesa la tormenta Schumann coge papel y pluma, y comienza a escribir la música que los espíritus le dictan. Consigue terminar un concierto para violín entre continuas recaídas. Será lo última que escriba. Esa misma tarde desaparece entre la lluvia de Dresde, un pescador halla su cuerpo en las frías aguas del Rin. no estaba muerto, pero el abismo se lo había tragado para siempre. Un par de años después murió de sífilis en una institución psiquiátrica a las afueras de Bonn. Shumann el romántico, el poeta, el suicida.
xxxFue autor de centenares de obras, para piano, para violoncello, para pequeñas orquestas… aunque a nosotros nos interesa aquel concierto para violín que escribió en los días de la fiebre. Dicen que el albacea de sus últimos trabajos, el violinista Josef Joachim, tras echarle un vistazo al concierto, entendió que aquello era un delirio imposible, un galimatías sin ton ni son que lo único que podía hacer era manchar el prestigio del maestro. Nada, esa partitura permanecerá bajo llave al menos cien años. Y poco a poco se irá convirtiendo en un rumor, en un sabes que dicen que Schumann escribió algo con la tinta de un muerto o bajo la hipnosis de un brujo, o en un conoces la historia del concierto que compuso en sueños…, polvo sobre el pentagrama, óxido en el atril. Durante tanto tiempo.
xxxHasta que un día.
xxxCasi un siglo después. La violinista judía Yeli Aranyi, a la postre sobrina nieta de Josef Joachim, convoca a la prensa y comunica que Robert Schumann se le ha aparecido en una sesión de es`piritismo para pedirle que toque su concierto maldito. El mundo debe conocer la melodía del abismo. Es absolutamente necesario. Al momento se genera una gran expectación, tanta que hasta el III Reich quiere ser protagonista. Claro está. El gobierno nazi prohíbe a Yuli Aranyi tocar el concierto, una perra judía no puede estrenar la obra perdida de un gran maestro alemán. No hay más que discutir. Yehudi Menuhim también será vetado. Debe caer en las manos idóneas. Nada de pusilánimes y bolcheviques. la partitura acabará llegando a un director de orquesta adicto al régimen, alguien que inicia y acaba sus conciertos con el brazo en alto, George Kulenkampff.
xxxEstamos en 1937. Kulenkampff opina que es imposible tocar algo así, parece escrita por el mismo demonio, fíjate, necesita un par de arreglos aquí, otro un poco más allá, y aquí y en esta escala y en cuarenta sitios distintos si queremos ofrecer algo inteligible. Se pone manos a la obra con un par de amigos músicos y nazis como él. Cirujanos plásticos del sonido. Creen que ya está lista. La sala está abarrotada la noche del estreno, es una premiere mundial de un descubrimiento asombroso. Yeli Aranyi mientras tanto se exilia en Londres. El concierto de Kulenkampff es otro éxito de propaganda nazi, hasta Goebbels le felicita personalmente.
xxxPero esa no era la música que los espíritus dictaron a Robert Schumann.
xxxEra otra cosa. Muy mala a tenor de las críticas demoledoras. Ese Schumann estaba loco, su concierto es intraducible, bastante hemos hecho con maquillar sus defectos más evidentes, se dicen los tres cirujanos. Otra cosa. Todavía nadie ha conseguido tocar la partitura original, sin cambios. Yeli Aranyi lo intentó la nochevieja de 1937 en Londres, y su impericia logró que fuera un espanto. A grandes rasgos aquí acaba la historia del concierto maldito de Schumann. El romántico, el misterioso, el ininteligible.
xxxO no.
xxxSe habla de otra sesión de espiritismo en la que Josef Joachim se le apareció a un músico sin nombre, o tal vez fue el mismo Schumann, el caso es que el espíritu volvió a hablar del concierto. De lo que allí se dijo sólo tenemos versiones encontradas, seguramente distorsionados relatos de una verdad que únicamente conocen sus protagonistas. Sea como sea podemos intentar hilar alguna que otra conclusión provisional, a la espera de que un día se puedan contrastar por nuevas fuentes o nuevas sesiones de ouija.
xxxÉstas son las conclusiones:
xxxPrimera posibilidad. El concierto que conocemos fue escrito en realidad por Yeli Aranyi para buscar la celebridad que su mediocre virtud como intérprete le negaba, mientras que el original o bien nunca existió o a día de hoy todavía sigue guardado bajo siete llaves.
xxxSegunda posibilidad. El concierto no fue dictado por los ángeles de aquellos días febriles, y por tanto no era la notación de su música perfecta, al contrario, fueron los demonios: la partitura refleja fielmente esa música torturada y dañina.
xxxTercera posibilidad. El concierto necesita de instrumentos angélicos o, en su defecto, infernales para ser interpretado con rigor, de no ser así el resultado es una pobre y cacofónica aproximación.
xxxCuarta posibilidad. En sus momentos de escalada febril Schumann no estuvo acosado por visiones del mundo espiritual, sino que abrió una brecha en el espacio-tiempo hacia el más allá temporal. Lo que en verdad vio fueron conciertos de música orquestal contemporánea. No entendió nada de lo que escuchó. Como si secuestras a Velázquez y lo dejas en el MOMA. De esa confusión nació la partitura.
xxxQuinta posibilidad. Que siendo conscientes de su leyenda, su mujer, sus amigos y él mismo quisieron adornarla con un poco de amor prohibido, algo de locura, un intento de suicidio, el ingreso en un psiquiátrico y una obra maldita. Tópicos sobre más tópicos. Ahí está. El viajero ante el mar de niebla se da la vuelta y nos guiña un ojo.

 

 

 

 

22. IDIOTECA.

Uno. Usted está leyendo un libro. Fuera de estas páginas el mundo también está escrito, hilado en sutiles correspondencias. Ahora mismo poco importa eso. Hace sol ahí fuera. Es de noche. Un ligero olor a café, el susurro mate de los coches en la calle. Tal vez un pájaro o un niño. Eso está ahí, pero usted lee. Las razones por las que ha decidido ocupar su tiempo con este libro son un misterio. Esas razones son el motor oculto que mueve el corazón de la literatura.
xxxTodo eso puede.
xxxUn libro es sólo un objeto manchado de palabras. El objeto que ahora tiene entre las manos, el que marca el leve sudor de sus huellas dactilares: la segregación de su cuerpo se filtra por la página y la oscurece levemente. y también ocurre al revés, si el libro es bueno su tinta le emborronará los ojos como el rímel tras el llanto. Algo parecido a un espejo.
xxxTodo eso puede estar ocurriendo.
xxxLo típico. Usted lee el libro y el  libro lo lee a usted, mientras el mundo los lee a ambos. Piensa: el movimiento de mis ojos en la página es como el de las olas yendo y viniendo de la orilla, su trazo de espuma desaparece como la línea escrita al final de la página. También aquí crece la marea casi sin percibirlo. Arde, sí, pero también es agua. Habrá quien diga que esa tensión es lo que produce el arte. Que el arte es una mancha de petróleo ardiendo en el fondo del océano. Vale. Lo que sea. El movimiento de los ojos de izquierda a derecha, como un gusano de seda que devora palabras, y el siguiente renglón, y el espacio en blanco, y el punto. El punto genera una pausa, reacomoda el ojo, el pensamiento. Así. Usted está leyendo este libro, usted lee la palabra libro escrita en este libro. La palabra palabra. Siente la reverberación. Fuera de estas páginas todo es más confuso, aquí al menos sabe que el camino es de izquierda a derecha, frase tras frase.
xxxUsted también cree que cualquier amenaza dentro del libro se acaba al cerrarlo. Pero en el fondo reconoce su error: lo que hemos leído nunca nos abandona. Este texto ya es un parásito alojado en su cerebro, del mismo modo en que usted es un parásito dentro de estas palabras. Un parásito dentro de la palabra parásito. Ahora sabe que ya no va a cerrar el libro, no puede. Porque todo esto le incumbe. O quién sabe, lo mismo esta porquería no es para tanto, lo mismo no es más que un cúmulo de idioteces medianamente ordenadas. Claro. Por supuesto. Como la vida.
xxxDos. Jeremy Bentham fue un filósofo inglés del XVIII. El siglo de las luces es también el siglo de los umbrales, a todas partes. Y precisamente ahí estaba Bentham. Un niño prodigio insoportable con una sola idea entre ceja y ceja: cambiar el mundo. Sí. Veía el universo social como un esqueje al que convertir en un bonsái. Suyas son muchas de las certezas morales que hoy nadie discute. Certezas o cortezas, tan arraigadas y tan superficiales. Decía Jeremy: lo que es útil es aquello que proporciona mayor felicidad a mayor número de individuos. El progreso. La absurda cadena del bien común. El capitalismo. Esas cosas. Bentham tenía instrumentos para medir la felicidad. No iba de farol. En su testamento especificó que deseaba que embalsamaran su cuerpo y lo dejaran expuesto en su colegio universitario de Londres. Ahí está su esqueleto vestido, con una cabeza de cera y un sombrero horrible. En su cráneo se golpea el siglo XXI, como dentro de una celda acolchada. Jeremy Bentham ahora es un objeto al que podemos mirar y que seguramente, desde su nada, también nos vigila a nosotros.
xxxEl filósofo disecado.
xxxSobre el año 1791 el rey Jorge III le encargó el diseño de un nuevo tipo de centro penitenciario, algo que estuviera de acuerdo a los nuevos tiempos. Las nuevas libertades, los nuevos crímenes. Él concibió una cárcel perfecta donde los presos acabarían vigilándose ellos mismos. Habría un solo guardián en el centro, o nadie, tras las persianas venecianas de una torreta. Desde allí las celdas como en una colmena circular, un anillo, o una órbita alrededor de un ojo. Nunca verían al guardián, y el guardián podría verlos a todos a la vez. Incluso, ya lo hemos dicho, podría no estar, y el invento seguiría funcionando. O eso pensaba su creador. Esta era la idea del panóptico. Intuimos que una idioteca deberá por fuerza imitar este modelo. Jeremy Bentham sería un idiota más dentro de nuestra cárcel-museo.
xxxTres. Una idioteca. Una cárcel-museo. Una colección de idioteces, o de idiotas. Un museo o un sanatorio en forma de panóptico. Y en cada celda un idiota. Algo así como Arkham Asylum, ya saben, la famosa cárcel manicomio donde están encerrados los enemigos psicópatas de Batman. Allí hay una celda especial para el Joker, otra para Dos Caras, una sin espejos para el Espantapájaros y así sucesivamente. Bien. En nuestra idioteca hay sitio para mucha gente. Así a primera vista me ha parecido ver a Goya y a Lovecraft, un par de celdas más arriba Tex Avery se pinta el ojo que le falta y en la de al lado Robert Schumann intenta resolver un crucigrama sin sentido. En la torreta está usted. Yves Klein lleva un lanzallamas e incendia una y otra vez su colchón. Fuseli interpreta a tres voces una escena de Macbeth. Euronymus hace punto y Andrés Iniesta da vueltas dentro de un balón invisible. Celda a celda. Herschell Gordon Lewis baila un vals con una muñeca de trapo. Y en la torreta estoy yo. Nick Cave juega al póker con su sombra y seis celdas más abajo David Belle rebota contra el muro como una bola de pinball. Fíjate en Bruegel desenroscándose la cabeza, a sus pies tiene otra sin boca ni ojos. Luis Buñuel duerme y probablemente sueña con Luis Buñuel. Timothy Leary escribe en el suelo un nueva evangelio apócrifo. Itten descubre que su sangre es amarilla e incandescente. Y Zeuxis es el único que mira fiamente la torreta.
xxxAunque allí no haya nadie.
xxxDijimos idiotas, idioteces, pero no es tan sencillo. El análisis etimológico de la raíz griega de la palabra idioteca nos dice que idios significa uno mismo. Entonces una idioteca es una cárcel-museo de uno mismo. Es un espejo roto en mil pedazos recompuesto en la bóveda del cerebro. El que está dentro de la torreta es el mismo que aquellos que están en las celdas. Usted. Yo. Nadie. Por eso Zeuxis mira a la torreta y ríe, porque sabe que esto no es más que un autorretrato. Ridículo. Idiota. Veraz.
xxxCuatro. Tema: Idiotheque. Intérprete: Radiohead. Álbum: Kid-A. Traducción: alguien.
xxx¿Quién está en un búnker? Las mujeres y los niños primero, y los niños primero, y los niños. Me río hasta que mi cabeza se desmonta. Trago hasta explotar. ¿Quién está en un búnker? He visto demasiado ya, tú no has visto lo suficiente, no lo has visto. Yo voy a reírme hasta que mi cabeza se desmonte. Las mujeres y los niños primero, y los niños primero, los niños. Aquí se me permite todo lo que quiera todo el tiempo. Aquí se me permite todo lo que quiera todo el tiempo. Viene la era glacial, viene la era glacial. Déjame escuchar a ambas partes. Déjame escuchar a los dos. Viene la era glacial. Arrojadlos al fuego, arrojadlos a. No somos alarmistas. No somos alarmistas. Esto está ocurriendo de verdad. Está ocurriendo. No somos alarmistas. Está ocurriendo de verdad. Los teléfonos móviles chirrían. Cojamos la pasta y huyamos. Cojamos la pasta. Aquí sigo con vida. Todo lo que quiera. Todo el tiempo. El primero de los niños.
xxxCinco. Extractos de una (la única) reseña sobre este libro aparecida en un blog creado ex profeso para ello. La página no permite dejar comentarios. Nadie firma la crítica.
xxx“…la letra de Thom Yorke que fue compuesta, como las demás del disco, siguiendo el método dadaísta de recortar frases y juntarlas al azar puede recordarnos la propia estructura fragmentaria y por momentos caótica del libro. Como si el autor, igual que los pupilos de Tzara o que el mismo Thom Yorke, hubiese mezclado los temas sin ton ni son y los hubiera sacado como un conejo absurdo y roto de una chistera […] se autodenomina el primero de los niños, su libro sólo es un juego, un entretenimiento cuyo único fin es el juego mismo […] un libro que pareciera escrito por un maniquí drogado […] este Borges de gominola que sólo se parece al maestro en dar palos de ciego […] lo nefando de […] lo atroz […] cualquier lector inteligente se daría cuenta de que todo es una gran mentira, un fraude. Leer este libro es lo mismo que bajarse de internet una película clásica y al abrir el archivo descubrir que es un fake, que en vez de John Ford tenemos una porno de bajo presupuesto…”
xxxSeis. Llegados a este punto no hay excusas. Usted sigue leyendo. Siente que este libro estaba en blanco y que son sus pupilas las que escriben cada una de las páginas. Que volverán a estar en blanco si usted decide cerrarlo. Las pupilas, las páginas. No es un libro escrito para usted, es un libro escrito por usted, en este instante. Alguien lee por encima de su hombro y no es esta la frase que asimila su cerebro. Usted lee la palabra FIN y él no ve los créditos ascendiendo en la pantalla negra, no escucha la música desenredándose el pelo en sus oídos, no lee las palabras de agradecimiento del autor a los que confiaron o le apoyaron, los lugares donde fueron escritos cada uno de los textos, las referencias reales y las inventadas. No ve las tomas falsas. O sí. Podría ser que el otro lea todo al revés y que donde decía final él lea comienzo, y donde pone nunca él vea siempre. Y que usted no sea más que un personaje de este libro, el que lee por encima de su propio hombro.
xxxSiete. La chica del tarot ha dejado de repartir cartas. Nada de lo que ha dicho puede tomarse en serio, sus respuestas han sido un interrogante mayor. Éste es el momento de apagar la televisión. Que no haya nada más que oscuridad, sin asideros. Así. Ya está. Contemos hasta tres y tomemos aire. Es hora de cerrar el libro.

 

 

 

Quinto, Raúl. Idioteca. Almería; El Gaviero ediciones, 2010.

 

‘MEMORIAS DEL SUBSUELO’ (de FIÓDOR M. DOSTOIEVSKI) -extracto-

 

Hasta tal punto estamos desligados de la vida, que hasta sentimos aversión hacia la auténtica ‘vida viva’ y no soportamos que nadie nos la recuerde. Hemos llegado al extremo de tomarla por un trabajo, como si de un servicio se tratara, y en nuestro fuero interno nos persuadimos de que es mucho mejor vivir conforme a los libros. ¿Y qué andamos escarbando frecuentemente por ahí, de qué nos encaprichamos, y qué es lo que pedimos? No lo sabemos ni nosotros mismos. Y todavía sería peor para nosotros si se cumplieran todos nuestros deseos y caprichos más remotos. ¡Inténtelo!, ofrézcanos más autonomía, desaten las manos a cualquiera de nosotros, amplíen el campo de nuestras actividades, debiliten la influencia de la tutela, y… les aseguro, que al instante pediríamos ser protegidos nuevamente por la tutela. Sé que ustedes probablemente se enfaden conmigo y griten dando patadas al suelo: ‘¡Hable usted de sí mismo y de sus miserias del subsuelo, pero no ose decir todos nosotros!’ Permítanme señores pero no me estoy disculpando con esta generalización. Respecto de mí, he de decir, que he llevado hasta el último extremo lo que ustedes no se han atrevido a llevar ni a mitad del camino, y por si fuera poco, toman por cordura su propia cobardía y se tranquilizan engañándose a sí mismos. ¡Hasta posiblemente resulte que esté yo más ‘vivo’ que todos ustedes! ¡Vayan con más cuidado! ¡Ni siquiera sabemos en qué consisten las cosas vivas, ni qué es lo vivo, ni qué nombre tiene! ¡Déjenos solos y sin libros, y al momento nos extraviaremos, nos perderemos, no sabremos qué hacer, ni dónde dirigirnos; qué amar y qué odiar, qué respetar y qué despreciar! Nos pesa ser hombres, hombres auténticos de carne y hueso. Nos avergonzamos de ello, lo tomamos por algo deshonroso y nos esforzamos en convertirnos en una nueva especie de seres omnihumanos. Hemos nacido muertos y hace tiempo que ya no procedemos de padres vivos, cosa que nos agrada cada vez más. Le estamos cogiendo gusto. Pronto inventaremos la manera de nacer de las ideas…

 

LOS SERES EFÍMEROS

 

LOS SERES EFÍMEROS

Cuando Scott regresó a Inglaterra no entendió la ausencia de vítores. ¿Es que sus compatriotas habían olvidado cómo se recibe a los héroes? Nadie había ido a esperarle. Así que tomó un coche y, de camino a casa, empezó a preocuparse.
xxEl inmenso silencio de su hogar hizo madurar esa semilla inicial de preocupación. Vagó por la salita y, súbitamente, dio con la portada del periódico vespertino. En ella aparecía una fotografía que ilustraba la hazaña que él mismo había consumado. Se acercó, contempló la imagen y parpadeó repetidas veces. El titular estaba equivocado. Todo aquello era un terrible error… Leyó: “El noruego Amundsen regresa a casa sano y salvo. La Historia le reserva ya el inmenso honor de ser el primer hombre en llegar al Polo Sur”.
xxScott cerró los ojos y se dejó caer en una silla.

 

*  *  *

xxSegundos más tarde volvía a abrirlos. El frío extremo no había disminuido. Y tampoco su agotamiento. Nevaba. Scott recordó que Evans y Oates habían muerto, y ahora sabía que tampoco él regresaría jamás a Inglaterra. Buscó su diario y, en el interior de su tienda, escribió: “Si hubiéramos sobrevivido, habría podido narrar la historia de la audacia, la resistencia y el valor de mis compañeros; una historia que habría conmovido el corazón de cualquier inglés…”.

 

 

 

Adón, Pilar, El mes más cruel. Madrid; Ed. Impedimenta, 2010.

 

CLARA

 

CLARA

A veces, sin decir ninguna palabra, me abre la puerta de la habitación y yo, que suelo estar sentada en el pasillo cazando mariposas al vuelo, con algún libro en la mano de los que ella me dejó hace tanto, o contando las baldosas grises y blancas que me acercan a su puerta mientras pienso qué podría yo contarle esa noche antes del paseo, entonces, me levanto y voy tanteando la penumbra hacia el hueco que ha quedado abierto entre madera y pared. Y acerco tanto mi cara a la tan estrecha rendija que nos separa que puedo sentir el vaho del vacío oscuro que hay en su habitación y el aliento de su soledad no forzada, aunque mucho menos querida de lo que las dos creímos al principio. Respiro de su mismo aislamiento y le pregunto entonces que si hoy tampoco. Le digo: “Clara, Clara, ¿hoy tampoco?”, y ella me susurra que no, que hoy tampoco. “¿Y el paseo?”, le digo casi sin voz. Y ella primero calla y luego me dice que caminará al llegar a la página ciento ochenta y tres de su libro, el que ahora lee o escribe. No sé. No sé qué hace. Pero entonces le pregunto si me dejará pasear con ella y, a veces, después de años de espera, me dice que sí. Y a veces me dice que no. Y vuelve a cerrar la puerta. Y entonces, cuando se encierra de nuevo, me ahogo de ansiedad y me sorprendo tendida de cuerpo entero sobre las heladas baldosas grises y blancas del pasillo. Porque, ¿qué sé yo cuándo va a volver a abrir? Y porque, ¿qué sé yo si ella querrá verme en su próximo paseo o no?
xxVoy a la cocina y preparo una taza de leche. No la bebo porque es para ella, que tampoco la bebe.
xxNo sé qué hace en la habitación. Al principio se lo preguntaba: “Clara, Clara, ¿qué haces?”, y no me contestaba. Y yo pensaba que estaría dormida y la dejaba dormir. También al principio, otros amigos —los afables amigos que antes solían venir a casa— se acercaban lentamente a su puerta y se interesaban con voz festiva por ella. “Vamos, Clara, Clarita”, decían, “Sal de ahí, que queremos verte y hablarte. Queremos hablar contigo, Clara. Pero así no podemos. Anda, sal de ahí.” Y ella no contestaba ni tampoco salía. Yo a veces le oía susurrar a kilómetros de distancia un sonido triste, perdido, que se iba transformando en la palabra mentira. Y nuestros amigos, los amigos tan amables que antes venían a casa, me comentaban durante la cena fría que qué pena, con lo deliciosa que era Clara. Y lo inteligente. Y también a veces decían que con un futuro tan brillante, y que con lo bien que hablaba. Y yo me confundía y pensaba: “Pero si nunca la escuchabais, si nunca creísteis lo que decía, si nunca mirabais sus ojos, si nunca prestabais atención”.
xx“De todos modos, yo creo que Clara sigue siendo una dulce y triste damita…”
xx“Encantadora y lángida..”
xxY a veces, entonces, podía caerse la lámpara de arriba o llegar hasta nosotros el estruendo de un vidrio al quebrarse contra algún muro.
xx“¿Es Clara, Clarita?”, preguntaban.
xx“No. Será el gato.”
xxNuestros buenos amigos ya no vienen tanto a casa. Yo no sé si era el gato, pero tampoco sé si era Clara. Ella ya no salía de la habitación y el gato apareció muerto en la despensa una mañana de invierno hace ya dos años. Lo encontramos al amanecer. Hacía tanto frío y el pobre gato estaba tan tieso y con los ojos tan abiertos, mirándonos fijamente, rogándonos que lo sacáramos de allí. Clara lo recogió del suelo, lo miró y se lo acercó un poco. Lo mantuvo junto a su pecho durante un breve instante y dijo “ha muerto”. A continuación lo tiró al contenedor de basura y cerró la ventana. “Te preparé el desayuno y luego podemos ir a pasear hasta el lago.”
xx—Pero si llueve —dije yo.
xxElla me miró y se fue hacia el armario de las tazas.
xx—Si no quieres venir, puedes quedarte leyendo o también puedes empezar a buscar el espíritu del gato. Seguramente estará por el piso de arriba. Si no lo haces tú ahora, tendremos que hacerlo las dos esta tarde o mañana. No podemos dejar que vagabundee solo por ahí, sin saber en qué parte de la casa va a querer quedarse. Tendremos que poner su comida allí donde él esté, y supongo que se decidirá por el piso de arriba. Siempre le ha gustado más.
xxDesayunamos y fui con ella hasta el lago. No quería buscar el espíritu del gato yo sola por las habitaciones oscuras de escaleras arriba.

x
A veces Clara se quedaba toda la noche sentada ante su mesa sin dormir, pero a la mañana siguiente seguía siendo ella quien venía temprano a mi habitación para despertarme y para contarme: “Hoy pasearemos hasta el lago”. “Hoy dormiremos hasta la hora de comer.” “Hoy contaremos los libros de las estanterías y leeremos primero los que tengamos dos veces, porque eso quiere decir que nos gustaron mucho en dos momentos distintos.” “Hoy escribiremos sentadas en las escaleras, yo arriba y tú abajo.” “Hoy iremos a la ciudad a comprar un perro.” “Hoy no nos vestiremos y saldremos así, en camisón.” Y yo solía decir: “Pero si llueve”. Entonces ella me miraba: “Hoy bailaremos danzas turcas”, “Hoy daremos ración doble al gato.” Y una mañana dijo: “Hoy no hablaremos”. Y otra mañana dijo que hoy se encerraría en su habitación para siempre y que no saldría jamás. Y yo pensé: “Pero si hoy no llueve”.
xxY se encerró.
xxYo imaginaba lo que podía estar haciendo. Estaría sentada en el suelo con un libro delante, o en la silla mirando una hoja blanca de papel que nunca empezaba a escribir, o frente a la ventana cerrada, atontada con las nubes grises, y pensé que saldría por la noche a la hora de la cena porque venía gente.
xxPero no salió. Y la gente llegó, cenó y se marchó.
xx—Qué pena que Clara esté indispuesta.
xx—Sí —decía yo.
xxY miraba hacia arriba, con la esperanza de verla aparecer en cualquier momento.

x
Cuando desapareció el último de sus amigos, supe que Clara se había encerrado. Y el espíritu del gato atravesó velozmente la casa ante mis ojos.
xxEntonces me dejé caer al suelo y me deshice el pelo.

 

 

 

Adón, Pilar, El mes más cruel. Madrid; Ed. Impedimenta, 2010.

 

EL VIENTO DEL SOL

 

EL VIENTO DEL SOL

Las rutas de Anne-Marie en busca del lugar perfecto podían coincidir en algún momento, pero eso no era lo normal. Lo normal era que tomara caminos muy diferentes para llegar hasta el rincón que reuniera las mejores condiciones para sacar el violín de su caja y empezar a tocar con un pequeño recipiente delante —podía ser un sombrero—, en el que recoger las monedas.
xxNunca se situaba en el mismo sitio porque había estado a punto de perder su violín para siempre en el país del que había salido sólo tres días antes para, desde allí, llegar a Portugal. Con un tono no demasiado amable y en un inglés bastante malo, le dijeron que hiciera el favor de largarse a tocar a otra calle o, mejor aún, a otra ciudad, y eso fue exactamente lo que hizo. Dejó atrás casas salpicadas a ambos lados de la carretera, con las luces encendidas y las persianas medio bajadas. Hombres y mujeres viendo la televisión, cenando, dejando pasar el tiempo hasta quedarse dormidos en el sofá… Y ahora se perdía por las estrechas y húmedas calles de Oporto, en busca de cualquier lugar apropiado en el que poder apostarse y, después de un breve instante, empezar a tocar. Recorría los jardines, subía y bajaba las escalinatas, y atravesaba las plazas con la mirada siempre puesta en la localización de algún rasgo peculiar que le sirviera para identificar con cierta exactitud las tiendas, los restaurantes o los monumentos que iba dejando atrás. Aquélla era la mejor manera de evitar futuras confusiones. Debía reconocer los lugares en los que ya había estado y en los que no debía volver a tocar jamás.
xxAl principio todos los barrios parecían el mismo, todos los edificios resultaban similares, y cada sombra era idéntica a la anterior. Pero, con el tiempo, se iría acostumbrando a definir las características particulares de cada zona, las diferencias de cada ángulo y la inclinación de cada cuesta.
xxEstornudó. Era verano, pero Oporto es una ciudad húmeda. El río la inunda y la enmohece. Anne-Marie recordaba en la piel el frío de Polonia, seco, completo, que también, muy a menudo, hacía que estornudara. Se pasó un dedo por el borde de la nariz y razonó de nuevo, una vez más, que aquel verano por el sur de Europa, la Europa cálida, con su violín bajo el brazo, no era lo que había imaginado. No estaba resultando ni didáctico ni interesante. En ocasiones ni siquiera parecía auténtico. A veces la realidad no se le presentaba de forma muy coherente y no veía mucha relación entre los comportamientos y los ambientes… En cualquier caso, no regresaría a Polonia hasta mediados de septiembre y entonces, a la vuelta, seguramente todo aquello, con la distancia, le parecería irrepetible, tierno y entrañable. En septiembre regresaría a casa y volvería a la rutina. A las conversaciones con su madre, que se acercaría a ella e, invariablemente, preguntaría:
xx—¿Qué tal hoy en la universidad, cariño?
xx—Igual que ayer, mamá.
xx—¿Todo bien? —insistiría su madre, intentando mirar a su hija a los ojos.
xxY ella apartaría la cabeza.
xx—Perfectamente.
xx—Hija… Te pasa algo. Lo sé. ¿Por qué no me lo cuentas? Sé que te pasa algo y no me gusta. No quiero verte así.
xx—Mejor hablamos de otra cosa, ¿de acuerdo?
xxSería entonces cuando la nostalgia, con todas sus armas, atacara el conjunto de lo pasado, y las líneas defensivas de Anne-Marie resultarían inútiles, debilitadas desde la raíz. Los recuerdos del verano nómada serían tan implacables como destructores, arrancarían toda certeza de lo vivido para dejarlo limpio, puro, y eliminarían cualquier aspecto desagradable o peligroso, presentando una imagen de completa armonía y de un entorno perfecto. Sería en ese momento cuando apareciera la inevitable sensación de no haber sabido aprovechar los placeres que el viaje pudo haber ofrecido, y cuando cierto desconsuelo se asentara, durante algún tiempo, en sus actos y en su ánimo.
xxPero eso sería en septiembre. Hasta entonces seguiría acordándose de las notas múltiples que repercutían por los callejones de la ciudad de Polonia que había dejado hacía dos meses, en junio, a principios del verano europeo, cuando creyó que había llegado el momento de viajar, observar y permitir que esas notas sonaran por callejones distintos, más lejanos. Hasta entonces tendría ante sí una perspectiva tan imponente como, en ocasiones,indeseable: Oporto, Lisboa, Roma, tal vez… Cuando todo hubiera terminado, Polonia sería, una vez más, el lugar monótono y hasta aborrecido de siempre. Y Oporto, desde la distancia, con todos sus puentes y todas sus torres, la cima del arte.
xxVolvió a estornudar. Algunas parejas se tomaban de la mano al pasear por delante de ella o al sentarse debajo de alguna sombrilla en las terrazas que los dueños de los bares colocaban a la orilla del río. Caminaba sin rumbo, mirando cómo una mujer bajaba los escalones de una casa encalada y cómo otra saludaba con la cabeza desde un banco de piedra. Ambas iban vestidas de negro. Ambas tenían el rostro arrugado y la piel oscura. Ambas sentirían la humedad del Duero en los huesos. Se cambió el violín de brazo y se acercó a una fuente. Bebió. El agua refrescó su cara y sus manos al instante, y, al erguirse de nuevo, reparó en que, de repente, no reconocía el paisaje que se abría a su alrededor. Cerró los puños con fuerza y supo que estaba demasiado cansada. De albergar deseos mediocres; de la intensidad de su propio desfallecimiento; de su sonrisa, que no era la sonrisa de la felicidad espontánea. ¿Alguien iba a dedicarse alguna vez a escuchar lo que ella pudiera interpretar? ¿Esperaba que alguien real fuese a hablar con ella, en voz baja, pronunciando sólo frases inteligentes? ¿Hasta qué punto podía desear que la gente se fijase en ella y escuchase con atención lo que tenía que contar con su violín?
xxHabía llegado a la puerta de una iglesia. Pocos lugares eran tan buenos como aquel para ponerse a tocar. Estaba en la iglesia de San Antonio y, por el momento, allí sólo había un hombre sentado en el umbral, con la mano extendida. Pero sabía que pronto llegaría alguien más. Asomó la cabeza, y al principio no pudo ver nada a causa de la profunda oscuridad del interior. Vaciló un instante, pero finalmente se decidió a entrar. Lo primero que sintió fue el repentino frescor de las piedras, la autoridad del fuerte olor y el silencio ancestral y eterno. Con sólo sacar el violín y comenzar a hacer vibrar sus cuerdas, ella podría romper ese silencio perpetuo. Podría hacer que en aquel lugar donde sólo se oían rezos, murmullos y expresiones lentas, de repente, sonara la melodía osada, casi irreverente, de su violín. Pero, por supuesto, no lo haría. Había una mujer en el primer banco, arrodillada y reclinada sobre las dos manos unidas para la oración.
xxAnne-Marie permaneció un segundo de pie, observándola. Luego se acercó, se arrodilló como ella, con la misma postración, en el banco posterior, y, dejando el violín sobre el asiento, a su lado, se echó a llorar.

 

 

 

Adón, Pilar, El mes más cruel. Madrid; Ed. Impedimenta, 2010.

 

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