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LOS SERES EFÍMEROS

 

LOS SERES EFÍMEROS

Cuando Scott regresó a Inglaterra no entendió la ausencia de vítores. ¿Es que sus compatriotas habían olvidado cómo se recibe a los héroes? Nadie había ido a esperarle. Así que tomó un coche y, de camino a casa, empezó a preocuparse.
xxEl inmenso silencio de su hogar hizo madurar esa semilla inicial de preocupación. Vagó por la salita y, súbitamente, dio con la portada del periódico vespertino. En ella aparecía una fotografía que ilustraba la hazaña que él mismo había consumado. Se acercó, contempló la imagen y parpadeó repetidas veces. El titular estaba equivocado. Todo aquello era un terrible error… Leyó: “El noruego Amundsen regresa a casa sano y salvo. La Historia le reserva ya el inmenso honor de ser el primer hombre en llegar al Polo Sur”.
xxScott cerró los ojos y se dejó caer en una silla.

 

*  *  *

xxSegundos más tarde volvía a abrirlos. El frío extremo no había disminuido. Y tampoco su agotamiento. Nevaba. Scott recordó que Evans y Oates habían muerto, y ahora sabía que tampoco él regresaría jamás a Inglaterra. Buscó su diario y, en el interior de su tienda, escribió: “Si hubiéramos sobrevivido, habría podido narrar la historia de la audacia, la resistencia y el valor de mis compañeros; una historia que habría conmovido el corazón de cualquier inglés…”.

 

 

 

Adón, Pilar, El mes más cruel. Madrid; Ed. Impedimenta, 2010.

 

CLARA

 

CLARA

A veces, sin decir ninguna palabra, me abre la puerta de la habitación y yo, que suelo estar sentada en el pasillo cazando mariposas al vuelo, con algún libro en la mano de los que ella me dejó hace tanto, o contando las baldosas grises y blancas que me acercan a su puerta mientras pienso qué podría yo contarle esa noche antes del paseo, entonces, me levanto y voy tanteando la penumbra hacia el hueco que ha quedado abierto entre madera y pared. Y acerco tanto mi cara a la tan estrecha rendija que nos separa que puedo sentir el vaho del vacío oscuro que hay en su habitación y el aliento de su soledad no forzada, aunque mucho menos querida de lo que las dos creímos al principio. Respiro de su mismo aislamiento y le pregunto entonces que si hoy tampoco. Le digo: “Clara, Clara, ¿hoy tampoco?”, y ella me susurra que no, que hoy tampoco. “¿Y el paseo?”, le digo casi sin voz. Y ella primero calla y luego me dice que caminará al llegar a la página ciento ochenta y tres de su libro, el que ahora lee o escribe. No sé. No sé qué hace. Pero entonces le pregunto si me dejará pasear con ella y, a veces, después de años de espera, me dice que sí. Y a veces me dice que no. Y vuelve a cerrar la puerta. Y entonces, cuando se encierra de nuevo, me ahogo de ansiedad y me sorprendo tendida de cuerpo entero sobre las heladas baldosas grises y blancas del pasillo. Porque, ¿qué sé yo cuándo va a volver a abrir? Y porque, ¿qué sé yo si ella querrá verme en su próximo paseo o no?
xxVoy a la cocina y preparo una taza de leche. No la bebo porque es para ella, que tampoco la bebe.
xxNo sé qué hace en la habitación. Al principio se lo preguntaba: “Clara, Clara, ¿qué haces?”, y no me contestaba. Y yo pensaba que estaría dormida y la dejaba dormir. También al principio, otros amigos —los afables amigos que antes solían venir a casa— se acercaban lentamente a su puerta y se interesaban con voz festiva por ella. “Vamos, Clara, Clarita”, decían, “Sal de ahí, que queremos verte y hablarte. Queremos hablar contigo, Clara. Pero así no podemos. Anda, sal de ahí.” Y ella no contestaba ni tampoco salía. Yo a veces le oía susurrar a kilómetros de distancia un sonido triste, perdido, que se iba transformando en la palabra mentira. Y nuestros amigos, los amigos tan amables que antes venían a casa, me comentaban durante la cena fría que qué pena, con lo deliciosa que era Clara. Y lo inteligente. Y también a veces decían que con un futuro tan brillante, y que con lo bien que hablaba. Y yo me confundía y pensaba: “Pero si nunca la escuchabais, si nunca creísteis lo que decía, si nunca mirabais sus ojos, si nunca prestabais atención”.
xx“De todos modos, yo creo que Clara sigue siendo una dulce y triste damita…”
xx“Encantadora y lángida..”
xxY a veces, entonces, podía caerse la lámpara de arriba o llegar hasta nosotros el estruendo de un vidrio al quebrarse contra algún muro.
xx“¿Es Clara, Clarita?”, preguntaban.
xx“No. Será el gato.”
xxNuestros buenos amigos ya no vienen tanto a casa. Yo no sé si era el gato, pero tampoco sé si era Clara. Ella ya no salía de la habitación y el gato apareció muerto en la despensa una mañana de invierno hace ya dos años. Lo encontramos al amanecer. Hacía tanto frío y el pobre gato estaba tan tieso y con los ojos tan abiertos, mirándonos fijamente, rogándonos que lo sacáramos de allí. Clara lo recogió del suelo, lo miró y se lo acercó un poco. Lo mantuvo junto a su pecho durante un breve instante y dijo “ha muerto”. A continuación lo tiró al contenedor de basura y cerró la ventana. “Te preparé el desayuno y luego podemos ir a pasear hasta el lago.”
xx—Pero si llueve —dije yo.
xxElla me miró y se fue hacia el armario de las tazas.
xx—Si no quieres venir, puedes quedarte leyendo o también puedes empezar a buscar el espíritu del gato. Seguramente estará por el piso de arriba. Si no lo haces tú ahora, tendremos que hacerlo las dos esta tarde o mañana. No podemos dejar que vagabundee solo por ahí, sin saber en qué parte de la casa va a querer quedarse. Tendremos que poner su comida allí donde él esté, y supongo que se decidirá por el piso de arriba. Siempre le ha gustado más.
xxDesayunamos y fui con ella hasta el lago. No quería buscar el espíritu del gato yo sola por las habitaciones oscuras de escaleras arriba.

x
A veces Clara se quedaba toda la noche sentada ante su mesa sin dormir, pero a la mañana siguiente seguía siendo ella quien venía temprano a mi habitación para despertarme y para contarme: “Hoy pasearemos hasta el lago”. “Hoy dormiremos hasta la hora de comer.” “Hoy contaremos los libros de las estanterías y leeremos primero los que tengamos dos veces, porque eso quiere decir que nos gustaron mucho en dos momentos distintos.” “Hoy escribiremos sentadas en las escaleras, yo arriba y tú abajo.” “Hoy iremos a la ciudad a comprar un perro.” “Hoy no nos vestiremos y saldremos así, en camisón.” Y yo solía decir: “Pero si llueve”. Entonces ella me miraba: “Hoy bailaremos danzas turcas”, “Hoy daremos ración doble al gato.” Y una mañana dijo: “Hoy no hablaremos”. Y otra mañana dijo que hoy se encerraría en su habitación para siempre y que no saldría jamás. Y yo pensé: “Pero si hoy no llueve”.
xxY se encerró.
xxYo imaginaba lo que podía estar haciendo. Estaría sentada en el suelo con un libro delante, o en la silla mirando una hoja blanca de papel que nunca empezaba a escribir, o frente a la ventana cerrada, atontada con las nubes grises, y pensé que saldría por la noche a la hora de la cena porque venía gente.
xxPero no salió. Y la gente llegó, cenó y se marchó.
xx—Qué pena que Clara esté indispuesta.
xx—Sí —decía yo.
xxY miraba hacia arriba, con la esperanza de verla aparecer en cualquier momento.

x
Cuando desapareció el último de sus amigos, supe que Clara se había encerrado. Y el espíritu del gato atravesó velozmente la casa ante mis ojos.
xxEntonces me dejé caer al suelo y me deshice el pelo.

 

 

 

Adón, Pilar, El mes más cruel. Madrid; Ed. Impedimenta, 2010.

 

EL VIENTO DEL SOL

 

EL VIENTO DEL SOL

Las rutas de Anne-Marie en busca del lugar perfecto podían coincidir en algún momento, pero eso no era lo normal. Lo normal era que tomara caminos muy diferentes para llegar hasta el rincón que reuniera las mejores condiciones para sacar el violín de su caja y empezar a tocar con un pequeño recipiente delante —podía ser un sombrero—, en el que recoger las monedas.
xxNunca se situaba en el mismo sitio porque había estado a punto de perder su violín para siempre en el país del que había salido sólo tres días antes para, desde allí, llegar a Portugal. Con un tono no demasiado amable y en un inglés bastante malo, le dijeron que hiciera el favor de largarse a tocar a otra calle o, mejor aún, a otra ciudad, y eso fue exactamente lo que hizo. Dejó atrás casas salpicadas a ambos lados de la carretera, con las luces encendidas y las persianas medio bajadas. Hombres y mujeres viendo la televisión, cenando, dejando pasar el tiempo hasta quedarse dormidos en el sofá… Y ahora se perdía por las estrechas y húmedas calles de Oporto, en busca de cualquier lugar apropiado en el que poder apostarse y, después de un breve instante, empezar a tocar. Recorría los jardines, subía y bajaba las escalinatas, y atravesaba las plazas con la mirada siempre puesta en la localización de algún rasgo peculiar que le sirviera para identificar con cierta exactitud las tiendas, los restaurantes o los monumentos que iba dejando atrás. Aquélla era la mejor manera de evitar futuras confusiones. Debía reconocer los lugares en los que ya había estado y en los que no debía volver a tocar jamás.
xxAl principio todos los barrios parecían el mismo, todos los edificios resultaban similares, y cada sombra era idéntica a la anterior. Pero, con el tiempo, se iría acostumbrando a definir las características particulares de cada zona, las diferencias de cada ángulo y la inclinación de cada cuesta.
xxEstornudó. Era verano, pero Oporto es una ciudad húmeda. El río la inunda y la enmohece. Anne-Marie recordaba en la piel el frío de Polonia, seco, completo, que también, muy a menudo, hacía que estornudara. Se pasó un dedo por el borde de la nariz y razonó de nuevo, una vez más, que aquel verano por el sur de Europa, la Europa cálida, con su violín bajo el brazo, no era lo que había imaginado. No estaba resultando ni didáctico ni interesante. En ocasiones ni siquiera parecía auténtico. A veces la realidad no se le presentaba de forma muy coherente y no veía mucha relación entre los comportamientos y los ambientes… En cualquier caso, no regresaría a Polonia hasta mediados de septiembre y entonces, a la vuelta, seguramente todo aquello, con la distancia, le parecería irrepetible, tierno y entrañable. En septiembre regresaría a casa y volvería a la rutina. A las conversaciones con su madre, que se acercaría a ella e, invariablemente, preguntaría:
xx—¿Qué tal hoy en la universidad, cariño?
xx—Igual que ayer, mamá.
xx—¿Todo bien? —insistiría su madre, intentando mirar a su hija a los ojos.
xxY ella apartaría la cabeza.
xx—Perfectamente.
xx—Hija… Te pasa algo. Lo sé. ¿Por qué no me lo cuentas? Sé que te pasa algo y no me gusta. No quiero verte así.
xx—Mejor hablamos de otra cosa, ¿de acuerdo?
xxSería entonces cuando la nostalgia, con todas sus armas, atacara el conjunto de lo pasado, y las líneas defensivas de Anne-Marie resultarían inútiles, debilitadas desde la raíz. Los recuerdos del verano nómada serían tan implacables como destructores, arrancarían toda certeza de lo vivido para dejarlo limpio, puro, y eliminarían cualquier aspecto desagradable o peligroso, presentando una imagen de completa armonía y de un entorno perfecto. Sería en ese momento cuando apareciera la inevitable sensación de no haber sabido aprovechar los placeres que el viaje pudo haber ofrecido, y cuando cierto desconsuelo se asentara, durante algún tiempo, en sus actos y en su ánimo.
xxPero eso sería en septiembre. Hasta entonces seguiría acordándose de las notas múltiples que repercutían por los callejones de la ciudad de Polonia que había dejado hacía dos meses, en junio, a principios del verano europeo, cuando creyó que había llegado el momento de viajar, observar y permitir que esas notas sonaran por callejones distintos, más lejanos. Hasta entonces tendría ante sí una perspectiva tan imponente como, en ocasiones,indeseable: Oporto, Lisboa, Roma, tal vez… Cuando todo hubiera terminado, Polonia sería, una vez más, el lugar monótono y hasta aborrecido de siempre. Y Oporto, desde la distancia, con todos sus puentes y todas sus torres, la cima del arte.
xxVolvió a estornudar. Algunas parejas se tomaban de la mano al pasear por delante de ella o al sentarse debajo de alguna sombrilla en las terrazas que los dueños de los bares colocaban a la orilla del río. Caminaba sin rumbo, mirando cómo una mujer bajaba los escalones de una casa encalada y cómo otra saludaba con la cabeza desde un banco de piedra. Ambas iban vestidas de negro. Ambas tenían el rostro arrugado y la piel oscura. Ambas sentirían la humedad del Duero en los huesos. Se cambió el violín de brazo y se acercó a una fuente. Bebió. El agua refrescó su cara y sus manos al instante, y, al erguirse de nuevo, reparó en que, de repente, no reconocía el paisaje que se abría a su alrededor. Cerró los puños con fuerza y supo que estaba demasiado cansada. De albergar deseos mediocres; de la intensidad de su propio desfallecimiento; de su sonrisa, que no era la sonrisa de la felicidad espontánea. ¿Alguien iba a dedicarse alguna vez a escuchar lo que ella pudiera interpretar? ¿Esperaba que alguien real fuese a hablar con ella, en voz baja, pronunciando sólo frases inteligentes? ¿Hasta qué punto podía desear que la gente se fijase en ella y escuchase con atención lo que tenía que contar con su violín?
xxHabía llegado a la puerta de una iglesia. Pocos lugares eran tan buenos como aquel para ponerse a tocar. Estaba en la iglesia de San Antonio y, por el momento, allí sólo había un hombre sentado en el umbral, con la mano extendida. Pero sabía que pronto llegaría alguien más. Asomó la cabeza, y al principio no pudo ver nada a causa de la profunda oscuridad del interior. Vaciló un instante, pero finalmente se decidió a entrar. Lo primero que sintió fue el repentino frescor de las piedras, la autoridad del fuerte olor y el silencio ancestral y eterno. Con sólo sacar el violín y comenzar a hacer vibrar sus cuerdas, ella podría romper ese silencio perpetuo. Podría hacer que en aquel lugar donde sólo se oían rezos, murmullos y expresiones lentas, de repente, sonara la melodía osada, casi irreverente, de su violín. Pero, por supuesto, no lo haría. Había una mujer en el primer banco, arrodillada y reclinada sobre las dos manos unidas para la oración.
xxAnne-Marie permaneció un segundo de pie, observándola. Luego se acercó, se arrodilló como ella, con la misma postración, en el banco posterior, y, dejando el violín sobre el asiento, a su lado, se echó a llorar.

 

 

 

Adón, Pilar, El mes más cruel. Madrid; Ed. Impedimenta, 2010.

 

DOMINGO DE REFLEXIÓN

 

Me gustaría saber quién se encargar de expurgar las bibliotecas. Es una duda que me corroe desde hace unos días. Las montañas de best-sellers arrinconan a esos pequeños diamantes en bruto que algunos creemos que es la literatura. ¿Cómo se puede exhibir orgullosamente a la entrada de un biblioteca uno de esos libros que no alcanza el mínimo de calidad literaria y deshacerse de algunos clásicos o de algunas joyas de coleccionista? ¿Qué tipo de lectores quiere crear una biblioteca comportándose así? En serio ¿una biblioteca puede deshacerse de ‘The Pearl & The Red Pony’ de Steinbeck (en inglés), del ‘Castilla’ de Azorín, del ‘América’ de Franz Kafka, del ‘Nueva Etiopía’ de Bernardo Atxaga, de la ‘Autobiografía de Alice B. Toklas’ de Gertrude Stein (!!), de los ‘Cuentos completos’ de Alfredo Bryce Echenique, del ‘Paradiso’ de José Lezama Lima, del ‘Hau da ene ondasun guzia’ de Joseba Sarrionandia o de ‘El mes más cruel’ de Pilar Adón, entre otros, y seguir llamándose así?

No sé. Quizá el que esté equivocado sea yo…

ANÁMNESIS

 

ANÁMNESIS

…solo de vez en cuando soñaría con su conmovedora sonrisa.
Anton P. Chéjov

xxTiene el sonido del frigorífico a sus espaldas. Le hace compañía y bebe un zumo. Habitualmente considera que el rumor del frigorífico es una metáfora de la desolación o la soledad. Muy contemporáneo, se dice. El hombre vive solo. Unos 120 metros cuadrados para él que habita de forma errática e, incluso, sonámbula. Acaba de despertar de la siesta después de una pesadilla en la que sentía que se asfixiaba. Aún tiene sueño y bosteza. Una y otra vez. Duerme por las tardes porque recientemente el insomnio no le deja pegar ojo por la noche. No sabe si es el calor o si son nervios, cierta inquietud o la soledad. Desde la cama, todos los días, comprueba como el cielo se aclara por las mañanas sin haber conseguido cerrar los párpados. Ahora se asoma a la galería. Mira hacia fuera, a la calle. Busca alguna persona a la que observar pero no hay nadie. Una calle desértica sobre la que caen los rayos del sol y donde puede escucharse el sonido atontado de un trombón. Las notas solitarias y desacompasadas vienen del edificio de enfrente.
xxEs domingo por la tarde y parece que la gente no haya vuelto aún de la playa. Mientras, acaricia con la punta del pie la puerta circular de la lavadora que está abierta y el sudor deja húmeda su frente. Su cabeza parece un manantial que transpira todo el día. Piensa en una montaña tropical. En monos en los árboles. La montaña es, en realidad, un volcán. Por qué no. Recién despierto de la siesta, sudaba aún más. Tenía el recuerdo de la asfixia y una sensación de sueño profundo dentro del propio sueño que se mezclaba con esa impresión de ahogo, un ahogo muy parecido a como debe sentirse alguien cuando es estrangulado. Le resulta difícil pensar y sigue bostezando. Ahora mismo solo puede formar una idea en su cabeza y se dice: Solo estoy vivo en verano. Solo recuerdo veranos. Personas en verano. Cosas así. Cuando no es invierno le da la impresión de que las cosas siempre han sido de igual manera. Con calor e invitaciones para ir a la playa que él desecha. Con paseos interminables cuando se pone el sol, paseos en los que busca ojos, bocas, cuerpos que avanzan por la ciudad. Siempre prefiere observar a las personas que van solas.
xxPasa los días de vacaciones en casa y no se va a ningún sitio. Le gusta quedarse aquí y no pensar en comprar billetes de avión a lugares que no conoce y donde tendría que pasar unos días para aclimatarse tanto física como mentalmente. Por eso prefiere también decir no a las invitaciones de baño en la playa. Mejor este calor que roza los cuarenta grados y hacer las mismas cosas todos los días, meterse por las mismas calles, girar en esquinas que se parecen entre sí, observar las tiendas de siempre y los cafés cerrados, personas que pasan junto a esos cafés cerrados y que buscan en los cristales sus propios reflejos. Prefiere hacer todo eso aunque, a veces, pueda resultar claustrofóbico, igual que el sueño de antes y del que solo recuerda la asfixia y tener mucho sueño dentro del sueño, incluso el tacto de algo como seda en su cuello y que visualiza con un color negro transparente.

xxEstá en la calle. Camina buscando sombra y desabrocha el segundo botón de su camisa cuando se detiene en un semáforo en rojo. Siente el sudor que desciende desde el cuello hacia el pecho. Cerca de él solo hay una muchacha que saca a pasear su caniche y que se para junto a él pero mira hacia otro lado, le da la espalda. La espalda de la muchacha es lo que le hace pensar que es más joven. Mira el culo de la chica, su falda vaquera y una camisa roja entallada, de manga larga pero subida hasta los codos. La chica se agacha a recoger la caca de su perro. Acaba de hacerlo allí mismo, delante de él. Él enciende un cigarro mientras la chica, en cuclillas, recoge con una bolsa la mierda. Observa sus pies que se arquean en el puente, las uñas pintadas de rojo, a juego con la camisa. El semáforo se pone en verde para los peatones y los dos escuchan el sonido que indica a los ciegos que pueden cruzar. El perro quiere jugar con la bolsa de plástico y la caca que está dentro. La muchacha dice no y estate quieto al perro. En voz alta, como si no hubiera nadie. Él todavía no le ha podido ver la cara. Ella se levanta y parece buscar una papelera. Después sus ojos coinciden cuando mete la bolsa de plástico con deposición canina en el interior de una papelera. Ella parece que se ruboriza y desvía la mirada y cruza la calle. Él piensa en tréboles, en ojos como tréboles. Ella debe tener su edad o algo más. Así que no es tan joven como pensaba. En cambio, el pelo está cortado como si fuera un adolescente. Él chupa del cigarro y, de forma inconsciente, deja que ella se marche y solo piensa en cruzar cuando el semáforo está ya en rojo. De todos modos, decide atravesar la calle y no mira a los lados. Un coche pasa pitándole y escucha que le insultan. La mujer sigue caminando por delante y él se detiene en la acera. Observa el final de la calle, más allá de donde camina la mujer. La calle refulge dorada por el sol que ahora empieza a esconderse. Empieza a caminar y la mujer se gira hacia atrás. Sus ojos coinciden y ella dobla la esquina. Él acelera el paso y dobla la esquina también. El hombre puede escuchar los pasos cada vez más rápidos de la muchacha, las sandalias negras que vuelan sobre las baldosas de la acera hasta que llega a un portal donde se detiene y entra. Ya está, ya no la puede ver más.

xxSigue caminando. Busca avenidas amplias donde haya algo de brisa. Las calles del centro, más estrechas, siguen calientes. El hombre vuelve a pensar en el sueño y no sabe diferenciar del todo el placer que sentía de la sensación de asfixia. Parece que la una seguía a la otra. O que se daban a la vez. Recuerda olor a perfume. Algo muy delicado, como a fruta y alcohol de quemar mezclados. Llega a Ronda de Levante y la cruza en dirección al hospital. Atraviesa el recinto para acortar y se mete en un pequeño parque donde hay unos jóvenes con monopatín y adolescentes que fuman porros y beben litros de cerveza. No le apetece quedarse allí y sigue caminando. Han pasado menos de diez minutos desde que perdió de vista a la mujer. Siente una vibración extraña en la barriga. Mezcla de dolor y placer o falta de aire. Piensa que el placer y la falta de aire son cosas que se parecen. Apenas puede fijarse en las personas con las que se cruza porque los pensamientos le tienen completamente cautivado, secuestrado de la realidad. Finalmente llega hasta una terraza en la que apenas hay gente. Una pareja que se besa se levanta cuando él se sienta y una mujer gorda y con aspecto de repensar el vacío fuma un cigarrillo y bebe agua mineral de una botella de vidrio. Cuando deja de beber, y mientras fuma, se dedica a arrancar metódicamente el papel con la marca que cubre el envase de vidrio. Ahora el hombre decide sacar un cigarrillo del paquete que lleva en el bolsillo y le pide fuego a la gorda. La gorda contesta que no tiene y pide disculpas. Pasan un par de minutos y del interior de la cafetería sale una camarera. La camarera también está gorda y lleva una camisa negra con una corbata dibujada. La corbata es blanca. La camarera pregunta al hombre qué desea. El hombre responde una cerveza, por favor. Pregunta si tiene fuego y ella le pasa un encendedor. Vuelve al interior del bar y el hombre sigue sus movimientos, el culo grande que se desplaza como un paquidermo en miniatura. Los minutos pasan con la repetición cíclica de una serie de acciones: la mujer gorda que pide agua, bebe y fuma y arranca el papel de las botellas, parejas de jóvenes adolescentes que llegan a la terraza y piden refrescos y se besan y se van para ser sustituidos por otros adolescentes clónicos que ejecutan las mismas acciones de besos y manos que tocan el cuerpo del otro y el hombre que vuelve a pedir una cerveza a la camarera y que observa el culo de mamífero gigante que se dirige nuevamente hacia el interior en busca de su bebida. El hombre calcula que ya ha habido cuatro ciclos exactos. Es decir: 4 botellines de agua para la gorda, 4 parejas de adolescentes enrollándose, 4 culos de paquidermo entrando y saliendo y 4 cervezas pasando a su estómago desde la boca. En el último ciclo el hombre ha querido introducir una variación en la serie y ha preguntado a la camarera si es la corbata la que es de mentira o si, por el contrario, lo es la camiseta. La camarera ha sonreído y el hombre no sabe si ella no entiende apenas el idioma o si, simplemente, piensa que es imbécil. Probablemente sea lo segundo. En todo este tiempo el hombre se ha dedicado a observar a las personas que, según se ha hecho de noche, son cada vez más y pasean en diferentes direcciones. En todo este tiempo busca rostros que le parezcan atractivos, ya sean hombres o mujeres. Observa también zapatos y sandalias y zapatillas de deporte y mentalmente les da puntuaciones, elabora una lista en su cabeza a partir de los diferentes modelos que ha memorizado desde que está en la terraza dejando pasar el tiempo. Hay momentos en que solamente se fija en los pies y en el calzado y no mira las caras. Enumera zapatos cerrados y sandalias abiertas, chanclas de playa, algún zapato de tacón, también náuticos. Ninguna mujer lleva medias debido al calor y es algo que, a decir verdad, echa en falta. Parece que al mirar las caras pierda el hilo de sus pensamientos y que, por el contrario, al observar hacia abajo pudiera estar más concentrado en sí mismo. Eso es lo que le pasa ahora y decide quedarse con la vista fija en el suelo. Está quieto desde hace varios minutos mirando hacia allá. Hacia abajo. Incluso los pies pasan rápido y apenas se fija en el calzado de la gente. Solamente existen las baldosas que son de un color fucsia apagado y que parecen haberle hipnotizado. Hay chicles cadáveres adheridos a la superficie de las baldosas, ennegrecidos por el paso del tiempo o el polvo y la suciedad que cae sobre ellos. La gente los tira y motean las aceras. Eso piensa. A veces mueve la cabeza hacia algún lado y no mira el pavimento por donde camina la gente, sino que se queda observando el entramado de metal que componen las patas de las mesas y sillas que hay en la terraza de la cafetería. En uno de esos momentos de suspensión absoluta de la realidad, el hombre se queda observando un perro que se mueve de forma nerviosa entre las sillas. Es un caniche. Otro. Mira los pies que están cerca y descubre unas zapatillas de hombre hechas en tela y con toda la superficie agujereada para asegurar la ventilación del pie. Adivina pelos que salen del pantalón largo de color blanco. Al lado están unos zapatos de tacón. Son de color crema y llevan hebilla metálica. Se corresponden con los pies de una mujer que estará cerca de los sesenta años. Observa su rostro. El hombre imagina lo de la edad por las arrugas en la cara, las durezas en los dedos y talón y por el aspecto general de las uñas que, pintadas, presentan desconchones y hacen de la coloración de estas algo irregular. Al lado de estos pies hay otros con uñas rojas y sandalias negras. Son pies más jóvenes. Imagina que esta última persona es la hija de un matrimonio mayor. Es decir: la pareja que comparte mesa con ella. Plantea esta posibilidad sin detenerse en sus rostros, solo mirando su calzado. Se dice que la mujer joven está sola o divorciada y que no tiene nada mejor que hacer esta tarde de domingo. Por eso está con sus padres. Él no mira su cara, no levanta la vista del suelo. Se queda observando las uñas rojas y comprueba que hay un poco de color rojo en la punta de los dedos. También hay un tatuaje en uno de los pies. Es un rectángulo negro que disimula el tobillo y se adapta al relieve del hueso. Sigue el curso de las piernas de esta mujer y observa como los músculos se marcan delicadamente en los muslos. Luego hay una falda vaquera y una camisa roja entallada. Levanta los ojos hacia la cara de ese cuerpo y descubre a la mujer de antes. La del caniche y la mierda junto al semáforo. Ella le está mirando. Él se pone a mirar hacia otro sitio y busca a la camarera, los movimientos de paquidermo de su culo.

xxPasa un rato. La mujer sigue ahí. Es decir, sus ojos siguen ahí. En la misma posición. Observándolo. Ojos que parece que lo miran pero que, en realidad, parece que están perdidos mirando el infinito. Ojos verdes como tréboles. Antes pensó que le miraban a él. Ahora no sabe qué pensar. Los ojos siguen inmóviles. Como si estuvieran muertos o como si observaran a un muerto. A él. Ahora parecen encontrarse con los suyos y da la impresión de que salen de un letargo, algo pesado e inconsciente. Ella parece sonreírle. De repente su perro se acerca hasta los pies de él. El perro se queda pegado a sus zapatos. Se tumba. Solamente mueve la cola y abre la boca jadeante. Después de un rato y tras despedirse de la pareja con quien comparte la mesa, ella se acerca y le dice:
xx—Parece que te conoce.
xx—No lo creo —responde él.
xx—Pues el perro parece bastante convencido.
xx—Lo dudo.
xxLa mujer se sienta junto a él y pide algo de beber. Él no presta atención a sus palabras. Mira alrededor y siente la ciudad como si fuera la escenografía de una película en la que no ha decidido participar pero en la que está metido. Después observa a una mujer mulata vestida de color rosa. Un vestido de color rosa que dibuja las formas redondeadas de su cuerpo. Los dos la observan. Ella. Él. La mujer mulata vestida de rosa pasea con su perro. Les observa mientras camina y parece reírse. El perro de la mulata es diminuto, como el de la mujer de pelo corto y flequillo adolescente que, a veces, termina por caer sobre sus ojos. De vez en cuando, esos ojos se quedan petrificados como si estuvieran muertos. Él no sabe por qué pero es así.
xxElla pide la cuenta y los dos se levantan y se marchan de la terraza como si hubiesen llegado juntos, como si se conociesen de antes. Van caminando y él siente que deshace un camino que ya ha hecho anteriormente. Alguna vez. Muchas veces. No está seguro. Es una tontería y el caniche se mueve de un lado a otro. Ella lo coge de la mano y siente algo así como calor húmedo en la palma de la mano de la mujer. Sudor. Siguen caminando y cruzan calles con semáforos en verde para los peatones mientras escuchan la señal que dice pasar para los ciegos. El perro levanta la cabeza y les mira desde abajo. Observa con detenimiento al hombre.
xx—Parece que te conoce —dice ella, de veras que lo parece.
xxDejan atrás parques donde jóvenes beben litros de cerveza y fuman porros y cantan bajo la noche de verano, en domingo, cuando la gente debe estar volviendo ya de la playa. Ahora el perro no hace sus necesidades como por la tarde. No. Simplemente va por delante de ellos, correteando y girándose hacia los dos, como si les sonriera. A veces parece que ella también le sonríe. Entonces le aprieta la mano hasta hacerle daño. Él no se queja y se deja hacer. Somos seres extraños que caminan por las calles y a veces nos cogemos de la mano sin decir nada. Piensa eso.

xxPasa el rato y pasan coches, parejas en bicicleta que sonríen y personas que salen de sus automóviles después de haberlos aparcado lo más cerca posible de sus casas. Ahora abren los maleteros de sus coches y sacan sombrillas de playa y bolsas de deporte por donde cuelgan las toallas. Se puede oler a cuerpos impregnados de sal marina y crema solar que se ha secado después de dos o tres horas, crema bronceadora mezclada con el perfume ácido del sudor en la piel, esa combinación de olores que parece inflar las fosas nasales de la mujer que le sigue mirando de vez en cuando como si lo conociera de antes y que le aprieta la mano hasta provocarle algo parecido al dolor.

xxCuando llegan a la casa de la mujer, ella enciende la televisión y deja el caniche en el balcón. Cierra la puerta y el perro se le queda mirando.
xx—Ya está bien —dice.
xxAquí también se escucha el rumor del frigorífico que vuelve a ser una metáfora de la soledad o la desolación. Después la mujer conecta el aire acondicionado y, a los pocos minutos, mientras él espera a que ella regrese de algún lugar del interior de la casa por donde ha desaparecido, la sala de estar ya está más fresca que cuando llegaron.
xxÉl está sentado en el sofá. El sofá es amarillo. No sabe por qué razón ese color le mantiene en un estado de excitación que no sabe controlar. No obstante, esa sensación le parece familiar. Al menos siente que ha sucedido antes. Al menos ha tenido que suceder en un sueño, se dice. Quizás en el que tuvo en la siesta. La mujer entra en la sala de estar, deja una botella de absenta y un par de vasos sobre la mesa y se sienta junto a él. La botella y los dos vasos están al alcance de sus manos. Ella pregunta si quiere. Él responde que sí. Ella se levanta y le da la espalda. En ese momento él puede observar sus piernas, la parte de atrás. Comprueba nuevamente los músculos de sus muslos. No muy grandes pero fibrosos. Adivina los tendones que se estiran al intentar acercar un cenicero que está al otro extremo de la mesa. Intenta observar qué hay debajo de la pequeña falda vaquera. Consigue ver un segmento de piel en curva y tejido de color rojo en su ropa interior. Después vuelve a observar sus piernas. Entonces recuerda el sueño que tenía antes de despertar. Siente nuevamente esa sensación mezcla de asfixia y placer. Recuerda el tacto de seda en el cuello. Algo que le hace pensar en medias de seda. Lo recuerda al mirar las piernas de la mujer. Recuerda un vago olor a perfume e intenta inspirar ese olor en su memoria. Ella sirve la absenta en los dos vasos. Le pasa uno y toma otro para ella.. Dan un trago. Beben de golpe el líquido que está en el vaso. Después ella sirve otro vaso y dice:
xx—Me gusta la absenta, puedes dejar de ser tú mismo, aunque sea por un rato… Ausentarte.
xxLo dice y se ríe. Después beben de nuevo. De golpe. Hacen gestos raros con la cara y se dejan caer sobre el sofá amarillo. Él observa los cojines y ella enciende la tele con el mando a distancia y apaga el aire acondicionado y se levanta. Vuelve con un blister que contiene unas cápsulas. Él la sigue en todos y cada uno de sus movimientos. Ella saca una pastilla y se la mete en la boca. Se sirve más absenta y traga la pastilla.
xx—A veces —dice ella— me cuesta recordar. Creo que son estas pastillas. Mi pensamiento se hace lento con estas pastillas.
xxEntonces se ríe otra vez. Después le sirve más absenta a él y saca otra pastilla del blister y se la pone en la boca. No cierra la boca. La pastilla parece flotar sobre su lengua y ella se acerca a la boca de él. Él la abre. Ella le mete la píldora en la boca y mueve su lengua dentro. Él apenas mueve la lengua y siente una vibración en todo el cuerpo. Después la mujer se aparta y se levanta. Sale por la puerta de la sala de estar y él escucha el clic de un interruptor. Luego observa el reflejo de alguna luz que se proyecta sobre la pared del pasillo. La luz le recuerda su infancia. O un sueño. A continuación se queda mirando la tele y siente que le entran ganas de dormir. Es algo profundo y pesado.
xxAusentarse. Desaparecer. No recordar. Pensar lento.
xxEso es lo que se dice mentalmente el hombre.
xxDesaparecer.
xxPasan los minutos y ella no regresa a la sala de estar. Entonces él decide levantarse del sofá y nota que el cuerpo le responde con debilidad Al acercarse a la puerta de la salita tiene que apoyarse en el marco y dirige su mirada hacia el pasillo. Eructa. Se tapa la boca. Consigue ver una habitación con la luz encendida. El cuarto parece que está lejos y cerca al mismo tiempo. Piensa otra vez en un sueño o en la infancia y camina por elpasillo rozando las paredes, llega hasta la puerta del cuarto que hace un momento le ha llamado la atención. La luz parpadea y hay algunos segundos en los que se siente a oscuras. O tal vez son sus ojos los que parpadean y es su cabeza la que se queda a oscuras. Piensa eso. Debe ser la absenta. La pastilla de antes. Llega hasta la puerta de la habitación y pasa a su interior. El escenario parece que tiembla y observa una cama con sábanas amarillas igual que el sofá de la sala de estar. Siente que el temblor de la habitación le pasa al ojo izquierdo. Las sábanas están deshechas. Las paredes son blancas y la combinación de colores hace del cuarto un espacio extraño pero que le invita a quedarse. Como se siente un tanto agotado se acomoda en la cama y observa un cuadro de un conejo en la pared. El conejo parece sonreír y es de color blanco. De fondo, un prado, balas de heno también, el cielo azul. Junto a las patas del animal se pueden ver tréboles de cuatro hojas que el viento mueve. Él quiere llamar a la mujer por su nombre pero se da cuenta de que no lo sabe, no se lo ha dicho. Ahora imagina el cuerpo caliente de ella y siente que se duerme, los músculos absolutamente relajados, siente que se deja deslizar hacia el suelo de moqueta blanca y que, ahora mismo, al entrar en contacto con su cuerpo y su ropa le da calor. La moqueta es blanda, casi esponjosa, y piensa en la textura de una nube sobre la que se deja caer. No obstante, disfruta con esa sensación de desmoronarse y, a continuación, tiene la impresión de disolverse en un fluido, un fluido de color amarillo y blanco, como un sorbete de limón o un batido de nata y vainilla. Acaba en el suelo y a los pocos segundos consigue ver junto a su rostro los pies de la mujer que se mueven de un lado a otro, unos movimientos que juzga totalmente diferentes a los suyos que son lentos y apenas visibles porque, en realidad, casi no se mueve y todo se reduce al ritmo de la respiración que infla y desinfla su pecho. Los pies de la mujer siguen moviéndose y en algún momento parecen saltar y quedarse suspendidos en el aire. En esa imagen falsamente estática el hombre consigue ver el rectángulo negro que cubre uno de sus tobillos. La figura geométrica parece contener diminutas larvas que vibran. El rectángulo negro le hipnotiza y los pies parece que flotan como una medusa en medio del aire. También se da cuenta de que la piel de sus piernas está cubierta por un tejido transparente y oscuro. Son unas medias. Tal vez de seda, se dice. Ahora huele algo así como fruta y alcohol de quemar mezclados y mueve la boca pero no consigue producir ningún sonido. O, simplemente, no es capaz de escucharlo. No se oye nada. Eso es. Se ha detenido el sonido. Piensa eso. Ahora el hombre parpadea y siente saliva que se agolpa en el interior de su boca. El sabor es dulce. Vuelve a parpadear y al abrir los ojos comprueba que los dedos de la mujer están a escasos centímetros de su cara. Después aparece la cara de la mujer en su ángulo de visión. Se ha agachado. Él quiere sonreír y no sabe si lo hace. Ella sí lo hace y le pregunta:
xx—¿Cómo estás?
xxDespués la cara desaparece y escucha una risa. A continuación ve como las medias se deslizan y asoman los pies desnudos, el rectángulo negro en uno de los tobillos es perfectamente visible aunque, por momentos, se vuelve borroso e incluso parece desaparecer. Escucha la voz de la mujer pero no llega a comprender sus palabras. Él sigue observando los pies que están a escasos centímetros de su cara. Al ver la punta redondeada de los dedos piensa en cerezas o en alguna otra fruta de tamaño pequeño y esférica. Ahora cierra los ojos y nota algo parecido al tacto de la seda en su cuello, algo dulce, siente la saliva primero caliente y después fría y que se derrama a través de sus labios, una sensación de asfixia que se confunde con el placer. Desea despertarse. Piensa eso.

 

 

 

García-Villalba, Alfonso. Esquizorrealismo. Málaga; Ed. e.d.a. libros, 2014.

 

TEORÍA Y MAMBO DEL AMOR BRUTAL

 

TEORÍA Y MAMBO DEL AMOR BRUTAL

Otro rodeo en nuestro viaje camino de ninguna parte.
Barry Gifford

xxNo entra la luz. Hay cortinas, pero no entra la luz. Cerca de las cortinas está el hombre. De pie. Detrás de las cortinas no hay ventanas, sino una pared de ladrillos sin enlucir. Solamente hay una tenue iluminación artificial que, más que alumbrar, produce sombra. Dicha iluminación consiste en una lámpara de pie que está casi siempre encendida. Solamente unas pocas veces no hay luz eléctrica en la habitación. Este hecho termina por ser agotador para el hombre que, por mucho que quiera imaginar, no sabe por qué sucede, por qué se apaga caprichosamente esa lámpara. Sobre todo se siente así porque, cuando no hay luz, no pasa nada y las cosas no cambian, no son peores. Solo esa oscuridad. No más.

xxLa primera vez que no hubo luz pensó que iba a suceder algo extraño. Sí, entonces imaginó cosas terribles. Entre otras, su muerte. Sintió ganas de cagar pero, al final, no se lo hizo encima aunque pensó sinceramente que no conseguiría aguantarse. En cambio, sí que se meó en los pantalones. Esa fue su reacción al miedo. Para entonces ya había perdido la noción del tiempo que llevaba encerrado en la habitación desde que en algún momento, un día no sabe cuándo ya, se despertó por primera vez aquí. Entonces no tuvo la idea de hacer muescas en la pared con el fin de contar los días que iban pasando. Cuando pensó hacerlo ya estaba totalmente confundido en relación con el paso del tiempo. No obstante, habría sido inútil porque no sabía, a ciencia cierta, cuándo terminaba un día o empezaba otro.

xxDentro de la habitación el hombre no tiene nombre. No le hace falta porque no hay nadie. Cuando le hablan por los altavoces que están situados en las cuatro esquinas de la habitación, lo hacen de usted. Cuando no le hablan y simplemente suenan canciones, los altavoces se convierten en hilo musical. Cuando le hablan, le preguntan cómo está. Él responde o no. A veces la voz, que es siempre la misma, recita poemas incomprensibles. Nada blanca, red subacuática, la pared es un decorado, la ventana, horizonte blanco igual que la nada, bucear actrices, bucear, isla para mujeres o teoría del amor brutal: un hombre se enamora despacio, un hombre se pierde despacio, muere despacio, un, dos tres, mambo, cuatro, cinco seis, cómo puedo verte del revés.
xxEl hombre piensa que la rima final es ridícula.
xxTambién cree que esa voz no desea nada. Solo recita versos incomprensibles, estúpidos. Un, dos, tres. Cuatro, cinco, seis.
xxEl hombre piensa que no quieren nada de él.
xxEllos.
xxSolo que esté aquí, en esta habitación con cortinas detrás de las cuales no hay ventana, sino ladrillos. Le da por pensar que es una broma de mal gusto y se siente como un pollo con la luz encendida que únicamente se dedica a comer, digerir y defecar alimentos. Un día se lo comerán.
xxSí.
xxCome tres veces al día porque le ponen comida tres veces al día. Galletas, sopa de verduras, arroz blanco. En ese orden. A veces, carne, poco hecha. Si le pusieran comida cuatro veces al día, comería cuatro veces al día. No hay duda. Incluso defecaría más.

xxCon frecuencia, sin que él lo haga, se enciende la tele (hay una tele en la habitación) y salen imágenes. Un día apareció un payaso que caminaba por una carretera tenuemente iluminada por farolas. Eso fue el primer día. Luego salió un travesti gordo con voz de niña. El hombre pensó que la película estaba doblada. Sobre todo la voz del travesti gordo. El travesti gordo se daba una paja cuando pasaba el payaso. El payaso se detuvo y miró al travesti. Escuchó sus gemidos de niña y un sonido de explosión. Después la oscuridad nocturna se iluminó y la luz de las farolas fue intermitente. A continuación hubo algo como un amanecer naranja. La cara del payaso, la cara del travesti con voz de niña, el asfalto, el cielo. El payaso tuvo convulsiones. El hombre que observaba el televisor se escondió dentro de un armario y observó las múltiples fotografías de su rostro que hay pegadas con cola en su interior. Luego cerró los ojos y siguió escuchando los gemidos de niña del travesti gordo. Entonces se apagó la tele y, después, se encendió la luz y el hilo musical reprodujo una canción mambo, sin letra, instrumental. Nara-naní-nara-naná. Nara-naní-nara-nanó.

xxLa habitación en la que se encuentra el hombre es de cuatro metros por cuatro. Sería más que suficiente para un pollo que fuera alimentado tres veces al día. Tal vez no sea el caso. En esos cuatro metros por cuatro hay también una ducha y un retrete. La ducha está junto al retrete. Cuando el hombre al que no le hace falta tener nombre se ducha, moja con agua el retrete que no tiene tapadera. Moja también la moqueta negra que cubre el suelo. A consecuencia de ello, la habitación tiene un cierto tufo a humedad. Además: el hombre no dispone de papel higiénico y tiene que limpiarse con el agua de la ducha. Igualmente solo puede beber el agua que sale de allí. Hay humedad y la ventilación de la habitación se soluciona con un extractor de aire que funciona día sí y día no. De este modo el hombre ha segmentado el tiempo. En días con extracción y días sin extracción. No obstante, no está seguro de que el extractor funcione en ciclos de veinticuatro horas.

xxCada cierto tiempo el hombre recibe un paquete de cigarrillos. Fuma cuando el extractor está en funcionamiento y procura que el paquete de cigarrillos le dure un ciclo que incluya extracción y no extracción. Fumar le saca del tedio. El tedio es un sentimiento habitual dentro de la habitación y solamente desaparece cuando fuma o se enciende la televisión. A veces se conecta la tele y aparece una mujer que le habla. La mujer también puede escucharle. La mujer le dice cosas, le pregunta cómo está, qué desea hacer, qué quiere ver. Él responde.

xxLa primera vez que la mujer apareció estaba desnuda. El hombre se acercó a la tele como un rinoceronte hambriento y olisqueó la pantalla. Cuando sucedió aquello, el hombre ya había perdido la cuenta de días sin extracción y días con extracción de aire. Había olvidado el número de paquetes de cigarrillos también. Ya era inútil hacer muescas en la pared contando días, semanas. Lo sabía desde hacía tiempo. Ese día era un rinoceronte delante de la tele porque la mujer estaba desnuda, tumbada sobre una cama. El dormitorio donde se encontraba la mujer era igual al suyo. Paredes forradas con papel que imita la piel de un leopardo y moqueta negra. También estaba el mismo armario con dibujos de flores y enredaderas que hay en su habitación. El interior del armario que está en la habitación del hombre se encuentra cubierto con fotografías de su rostro que él mira con frecuencia, igual que cuando en la tele hubo explosiones y se cobijó allí dentro. Abundan los primeros planos y los planos detalle, algunas imágenes borrosas que desconoce cuándo fueron tomadas. Casi que se queda tonto al mirarlas. La cama que vio el hombre en la habitación de la mujer que aparecía en la tele era de color rosa. La suya es negra. Como la moqueta.

xxHoy el hombre puede ver que la cama de la mujer cuenta con un surtido de cojines del mismo color. Cojines rosa, sin dibujos. Otra semejanza con respecto a la habitación de la mujer es que en la habitación de ésta hay cortinas. Sin embargo, detrás de las cortinas, hay una ventana. Aquí sí. Hoy se puede ver el cielo, un poco, un retazo de nube que se mueve. El hombre le pide a la mujer que le enseñe la ventana pero ella dice que no. Dice que no puede hacerlo por el momento.
xxNo le dejan.
xxEllos.
xxLa mujer dice que está muy caliente y se toca la entrepierna. El hombre se olvida de la ventana y observa el pelo negro de la mujer, el pelo de su entrepierna. Lo compara con el pelo de su cabeza también negro. La mujer no habla más. El hombre se esconde debajo de la cama y escucha los gemidos de la mujer. Se siente como un rinoceronte ahí abajo pero piensa que es mejor así. Recuerda los gemidos de niña del travesti gordo.
xxDespués se apaga la tele, también la luz artificial de la habitación.
xxEl hombre piensa que va a suceder algo extraño, ahora sí, y tiene miedo. Esta vez, por alguna extraña razón, se caga encima y siente la mierda caliente, ahí, abajo.
xxPasan los minutos y no sucede nada.
xxEntonces tiene que hacer el ritual de la ducha y va hacia ella. Sale de debajo de la cama, se mueve a tientas en la oscuridad de la habitación y se quita los pantalones, abre el grifo y el agua salpica la moqueta negra, el retrete. Huele a humedad. Empieza a sonar a través del hilo musical una canción mambo, sin letra, instrumental. Tatarará-tín. Tatarará-dán. Después se va a la cama, se tumba mojado, se masturba para quitarse los nervios, se duerme.

xxAhora el hombre se despierta y la tele está encendida. Solamente se ve el rostro de la mujer. Sus ojos verdes como tréboles. La mujer le dice que le ha visto dormir. Dice que ha sido muy tierno observarlo. Después de estas palabras, el extractor empieza a funcionar y la mujer enciende un cigarro. El hombre enciende otro. La mujer exhala el humo y la tele se apaga. El hombre se queda solo, se levanta y descorre las cortinas mientras fuma. Observa los ladrillos sin enlucir que están detrás de las cortinas. Los acaricia. Pasan los minutos y se enciende la tele. De nuevo. Hay una iguana grande que se come a otra más pequeña. El hombre se pega a la pantalla y mira como la iguana se traga a la otra. Huele la pantalla. La tele se apaga una vez más y el hombre se duerme hasta que el aparato de televisión vuelve a encenderse. Aparecen imágenes de pollos que comen dentro de un criadero, lo hacen nerviosamente, de forma compulsiva. Aparecen también peleas de gallos. Luego un conejo blanco que corre por un paisaje verde, un prado, balas de heno, cielo azul. Después se observan tréboles de cuatro hojas que el viento mueve. Planos detalle. El hombre se acerca a la tele hasta que le entra sueño.

xxCon frecuencia, el hombre escucha ruidos por el pasillo. Se acercan, pasan por delante, se alejan finalmente. En la puerta de la habitación hay una mirilla. A veces, pasan personas vestidas de blanco con mascarilla como de pintor o cirujano.
xxEllos.
xxUn día le pareció ver al travesti gordo. Pasó fugazmente y el hombre pudo escuchar sus gemidos de niña que se alejaban.
xxLos cuerpos que ve a través de la mirilla, por lo general, nunca se detienen. Es poco habitual que se paren y se dejen observar aunque, ocasionalmente, sucede y lo hacen: se quedan quietos y parece que le escrutan, a la vez que se dejan mirar, a través de la puerta cerrada. El hombre supone que estas personas con mascarilla son las personas que le proporcionan la comida y los cigarrillos a través de una pequeña gatera con cerrojo que está en la parte de debajo de la puerta. Siempre que le dejan comida está durmiendo. Cuando se desierta, ve la comida y se lanza sobre ella. Si la comida le da sed o se atraganta, corre a la ducha, abre el grifo y bebe. En ese momento, a veces, puede escuchar la voz que recita poemas: Teoría del amor brutal: un hombre se enamora despacio, un hombre se pierde despacio, muere despacio, un, dos tres, mambo, cuatro, cinco seis, cómo puedo verte del revés.
xxLa rima estúpida otra vez.

xxMuchas veces el hombre pasa horas observando a través de la mirilla. Frente a su puerta hay otra puerta también con mirilla. A veces la de enfrente está iluminada. Otras veces no lo está. Eso quiere decir que, cuando no está iluminada, hay otra persona al otro lado de la puerta, detrás de la mirilla, otra persona que observa lo que sucede en el pasillo. Igual que él. A veces el hombre piensa que la cama rosa está al otro lado de la puerta. La imaginación, cuando el tedio lo permite, es lo único que le queda al hombre que de pie, sobre la moqueta negra, intenta atisbar imágenes fugaces a través de la mirilla.

xxHoy se enciende la tele. Otra vez. Y ahí está la mujer. La mujer que dice hola y el hombre que responde hola. El hombre que, por el momento, solo ve la cara de la mujer. Como cuando estaba fumando. El hombre se detiene en sus ojos verdes como tréboles. Le fascinan. Después la mujer se aparta y el hombre comprueba que se ha teñido el pelo de rubio. La mujer se aleja un poco más. Lleva un vestido negro y empieza a desnudarse. Se baja los tirantes del vestido y se ven sus pechos. Color leche. La mujer pone música y baila. Es un mambo. Dubadubadín-dubadubadá. Otro diferente al de días anteriores. El hombre se acerca a la pantalla de la tele. Como un rinoceronte. Igual. Toca la pantalla y se le eriza el pelo. El vestido de la mujer va cayendo poco a poco mientras baila. Dubadubadín-dubadubadá. Después la mujer se tumba en el suelo y se termina de quitar el vestido y aparece un conejo de colo blanco sobre la moqueta negra. El hombre recuerda el paisaje verde. Un prado, balas de heno, cielo azul y tréboles de cuatro hojas que vio en la televisión. Entonces el conejito se mueve de un lado a otro. La mujer se tumba y se baja las bragas que se quedan en sus tobillos. Tobillos color leche, pies color leche, uñas rojas en los pies. Las bragas son blancas con tréboles de cuatro hojas de color verde. Plano detalle. La mujer le dice al hombre que tiene un regalo para él y le enseña su sexo afeitado. También le dice que le va a enseñar la ventana. La mujer pone al conejito en la ventana, en la repisa. El hombre puede ver el cielo azul, nubes que se mueven por el viento, las ramas de un árbol que se agitan. La mujer está junto a la ventana, junto al conejo. El hombre observa con detenimiento el culo de la mujer y deja de mirar hacia el cielo.
xxEl culo, solo el culo.
xxSolo ve eso.
xxEntonces la puerta de la habitación del hombre se abre y el cuarto se ilumina con una luz que procede del pasillo que tantas veces observa a través de la mirilla. El hombre reparte su atención entre la puerta abierta y la televisión que es una ventana donde se ve el cielo, donde se ve a la mujer, el culo de esa mujer que ahora es una rubia artificial, el conejo que mueve la nariz olisqueándolo todo… La mujer dice que los conejos son animales que siempre van hacia la luz. Incluso cuando por la noche cruzan una carretera y se tropiezan con los faros de un coche que se dirige a toda velocidad hacia ellos. Incluso entonces, dice la mujer, van hacia la luz. Siempre hacia la luz, vuelve a decir. Lo único que este conejo quiere es pasar al otro lado, cruzar la ventana, dice. Se cree que todo es mejor al otro lado, añade la mujer. Entonces parece que el conejo franquea la ventana y se dirige hacia el paisaje de cielo azul, nubes y ramas de árbol.
xxSe cree que allí hay luz, dice ella.
xxMientras escucha sus palabras, la puerta sigue abierta y el hombre decide dejar la habitación y salir al pasillo que está iluminado como si fuera una nada blanca, láctea. La pared es un decorado, la ventana, horizonte blanco igual que la nada, bucear actrices, bucear… Pared, horizonte, bucear actrices… El hombre escucha las palabras que brotan desde los altavoces de la habitación. Al mismo tiempo comprueba como la luz de afuera casi borra las formas del pasillo, las puertas. El hombre camina por el corredor. Al principio es una línea recta y después se convierte en una innumerable sucesión de giros a derecha e izquierda con diferentes bifurcaciones.
xxFinalmente, encuentra una puerta entreabierta y la empuja. El hombre penetra en otra habitación donde siente olor a miel y excrementos. Aquí también hay un conejo que se pega a la pared como asustado y una cama rosa con cojines del mismo color que los que veía en la tele. Sin embargo, no encuentra a la mujer y descorre las cortinas que dan a la ventana. A través de esta, dentro de una superficie que recuerda una pantalla de proyección, observa un cielo inmóvil y azul, nubes paralizadas, ramas de árboles quietas como si alguien hubiera pulsado la tecla de pausa en un reproductor de vídeo. No obstante, el hombre abre la ventana y sale por ella y toca el cielo azul, ese cielo pasivo e inerte como una fotografía muerta. Ahora acaricia las nubes y el panel de madera donde se proyecta cede y se abre ante él. Después se cierra tras sus pasos y el hombre se queda a oscuras y camina a tientas por una especie de corredor que parece que no termina. Llega al final del pasillo y empuja otro panel o una puerta que le impide pasar y que no se abre. Entonces echa todo su peso sobre ella y accede a otro espacio, más pequeño. Una luz tenue que se filtra por algún hueco le permite reconocer las fotografías de su rostro, primeros planos, planos detalle e imágenes borrosas dentro de lo que parece el guardarropa de su habitación. Ahora abre la puerta de doble hoja del armario, mira fijamente sus fotos y entra en el cuarto donde la tele sigue encendida. El aparato emite una imagen que palpita y es blanca. Después de un rato, esa imagen se diluye y deja ver, paulatinamente, el cuerpo blanco del conejo que vio en la otra habitación y que ahora, junto a las braguitas con tréboles de cuatro hojas en plano detalle, tiene manchas de sangre en su boca abierta, una boca petrificada, dura e inmóvil como solamente la tiene un conejo sin vida.

 

 

 

García-Villalba, Alfonso. Esquizorrealismo. Málaga; Ed. e.d.a. libros, 2014.

 

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