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Archive for the ‘Relato’ Category

GRANADA BLUES

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GRANADA BLUES

xxxA todo el mundo le gusta que escuchen su historia. A Izan le hubiera gustado que hicieran una canción con la suya. Un blues. Y que lo tocara Ben Harper. Y que lo cantara, ¿por qué no?, Evaristo Páramos. Granada blues le parecía un buen título.
xxxPorque había decidido volver a aquella ciudad un día que la saliva le supo demasiado a ceniza. Porque todo el mundo tiene un sitio al que volver, pero pocos se atreven, por miedo a que las cosas hayan cambiado. O a que no cambien nunca.
xxxA los treinta y seis, nadie es bienvenido en este lugar. A los treinta y seis ya no están los amigos. Y si tienes la mala suerte de encontrarte a algún conocido, será a los aborrecidos de antaño. A la mala hierba. La que nunca se extirpa del todo y forma parte del lugar de una manera tan arraigada que, al final, se acaba deduciendo que son un apéndice más, parte del mobiliario urbano.
xxxA todo el mundo le gusta que escuchen su historia. Pero a Izan no le apetece escuchar la supuesta historia de éxito de aquel viejo desconocido que se encuentra en calle Elvira. ¿Todo bien? Sí, sí, por supuesto. Sin más que añadir. Porque no hay más que añadir. Nuestro antihéroe lleva unos meses sin trabajo y ha vuelto a la ciudad en octubre, a arañar la pared de los recuerdos con las uñas mal cortadas, a base de mordiscos.
xxxPero resulta que sí, que es octubre y está viendo caer el sol desde la Plaza del Aljibe y las calles aún calientan, o mejor dicho, mantienen el calor como si fueran una especie de termo.
xxxLa ciudad es una antigua conocida con la que mantuvo una relación intensa. Aún conserva su olor en la ropa. Y Granada huele a cuero, a piedra mojada, a incienso, a quejío jondo, a ilusiones diluidas en té, a contaminación atmosférica y a marihuana por oleadas.
xxxIzan, tumbado en la cama, se recrea en recuerdos que tienen nombre de ciudad: Praga, Madrid, Belfast, Amsterdam, Bilbao, Nantes, Rosario… En todas y cada una se dejó centímetros de suela, algunas escamas de piel en las sábanas de sus albergues, y una porción considerable de hígado en sus bares. De todas guarda un aroma en algún pliegue de su cerebro y algún tipo de regusto a chocolate y cerveza, o a cualquier otro mix de dulce y licor que quizá sirvió de aperitivo, o de preámbulo, a torpes bailes de cortejo con mujeres que andaban tan perdidas como él.
xxxRápido, más rápido.
xxxA Izan le hubiera gustado vivir toda su vida alternando ciudades a un ritmo de una por año. Pertenecer a ninguna parte y tener un bar de costumbre en cada rincón del mundo. Regresar y que te inviten a la primera ronda. Qué bueno que aún sigues vivo y dando vueltas. ¿Tú me has visto? Pues dame un abrazo de bienvenida y dame otro, que me despido ya.
xxxRápido, más rápido. El mundo gira a una velocidad demasiado alta y, como no mantengamos el ritmo, nos podemos caer.
xxxPero por esta ciudad, como por las viejas glorias del cine, no pasa el tiempo. Mientras, tú envejeces sin remedio. Ése era su mayor temor, antes de su vuelta. La distancia que ella pone entre vosotros.
xxxGra-na-da. Paladea su nombre como Humbert Humbert hacía con el de Lolita. Pero la ciudad no es ninguna nínfula, ni una pixie girl. Ni es la luz de su vida, ni su pecado. Esta ciudad no te necesita. No está pensando en casarse. Todos están de paso en ella. Juntos, podéis cometer algunos excesos. Pero ya está. A ella eso le va. A Granada la conocen todos los camareros y todos los agentes de la ley. No puede esconderse. No tiene dónde.
xxxPasa algo de tiempo y a Granada ya se le han cicatrizado todos tus rasguños, tus arañazos, tus juramentos y el descosido emocional que le hiciste.
xxxDe hecho, ella sigue con las pupilas dilatadas y ya no se acuerda ni de tu nombre. Ella sólo sabe que esta noche hay una rave en alguna parte, y que le apetece enamorarse químicamente, y que puede que se ponga mallas, o puede que se quede en casa fumando hidropónica en pijama con las compañeras de piso, y acabe masturbándose en la cama porque no puede conciliar el sueño.
xxxLento, más lento.
xxxO sea, que ha sido llegar a Granada y tener que hacer descender las revoluciones. Frente a un escaparate, Izan advierte que su piel ha perdido brillo, es más mate. Le ha crecido la barriga. le han salido canas. Ha perdido el norte en algún cruce de caminos, y no hay ningún demonio suelto por allí para orientarle.
xxxEn ningún lugar te cala mejor la lluvia que en ese maldito Paseo de los Tristes.
xxxY, para triste, él. Aunque ahora esté facturando volutas de humo sentado a solas en un banco y se sienta estúpidamente feliz.
xxxMás feliz que otra cosa.
xxxPasa su primera tarde recorriendo aquellas calles como a la búsqueda de los mendrugos de pan emocionales que fue arrojando años atrás, convencido de que nuestros actos se quedan impresos en estos suelos, en esas paredes, en aquellos callejones.
xxxRecorre de Puerta Elvira a Plaza Nueva dejándose seducir por los relaciones públicas de los bares y las teterías, para luego negarse con una sonrisa amable. La luz dorada del ocaso le da una pátina de decadencia a todo lo que está a la vista.
xxxConoce de sobra a esta vieja sirena. A la ciudad. Sabe que puede encandilarlo y machacarlo antes de que él pueda mover un maldito dedo en la dirección adecuada.
xxxEntra en una pequeña tasca y saca un folio doblado del archivador de plástico que no ha soltado en todo el día. Extiende el currículum al brazo que asoma al otro lado de la barra.
xxx«¿Qué experiencia tienes, compadre?»
xxx«La suficiente para echar a correr y no volver a pisar este sitio», no dice.
xxx«La suficiente», dice, y nombra tres empleos que podrían ser el mismo y varias habilidades más propias de un aprendiz que de un maestro.
xxx«Ahora mismo no necesito a nadie. Pero, ¿quién no necesita a alguien alguna vez?».
xxx«¿Significa eso que empiezo mañana?».
xxx«A las ocho en punto».

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Luna, Eric. El arte de mantenerse a flote. Murcia; Boria ediciones, 2021.

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LOS REGALOS DE LOS AMIGOS (126)

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La semana pasada llegaba a casa uno de los últimos libros que Boria ediciones publicará durante una temporada, ‘Teatro fantasma’, de Ismael Orcero Marín.
Vuelvo a agradecer a Luis Sánchez que cuente con este blog para dar a conocer los libros que va editando y ya saben que en cuanto pueda les cuento algo del libro.

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HASTA QUE LA MUERTE NOS SEPARE

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HASTA QUE LA MUERTE NOS SEPARE

xxxEl lo dijo así, suavemente, demorándose a propósito, creyendo en la inocencia de sus palabras. Como saboreando cierta intrepidez de andar por casa. Tal vez jugando a ser otro. De cualquier manera uno anda siempre persiguiendo sombras, queriéndose ver en un espejo que nunca refleja la pose imaginada. Queriendo, sin poder. Y ella, tan apegada a algunas cosas, no contestó. Ella, tan de buenos días por la mañana, exultante, me como el mundo, y qué cansada estoy en las noches celestes, por qué no nos acostamos, venga, no empieces con eso, no, no, ahí justo no, qué bruto eres, podías haber esperado, aguarda, yo lo hago, ya está.
xxxElla, con sus ojos envarados en la nada de ahora, de esta noche que parece ahogarlos con su corsé de cielos rasos y anaranjados, mirando muy lejos, ensimismada en otras tormentas, de repente reparando en sus palabras, dejando la cabeza frente a la suya al oír cómo decía aquello, los codos acomodados al abrazo del sofá, dispuesta la artillería pesada, barruntando el disparate, la voz un poco más alta, el grito que solo puede presagiar el llanto que al fin le dejará donde ya estaba, en tierra yerma, en ese no saber perpetuo que le persigue, sin la posibilidad al menos de aferrarse a los reproches que ella le lanzaría como dardos y buscar una defensa, una salida puede que honrosa para ambos, o solo la excusa para levantarse y abrazarla y pasarle los dedos por la melena, un gesto de consuelo no medido que le recuerda la mano de la madre en su cabeza en los momentos en que el vértigo del miedo podía con sus pequeñas certezas.

xxxÉl lo dijo así, sin intención de; ella lo miró, como quien espera que… Los dos observándose. Quizá en esta ocasión la cosa fuera distinta.

xxxPorque esta vez él había estado jugando con las palabras, seguro de no querer herirla, cómo iba a saberlo, se supone que eran pareja y los códigos tácitos del amor, esos que de niño se sellan con pactos de sangre, las muñecas tatuadas con débiles arañazos, o quedan atados a la más profunda lealtad por objetos mínimos que se atesoran durante meses arrugados en un bolsillo, los códigos decían que no entiende de vanas palabras; que el amor ama como la lluvia se funde con la tierra, inevitablemente, sin desmayo. Ninguno se veía de otra forma, hasta que la muerte nos separe. Puede que fuera la costumbre, ocho años de noviazgo y uno de matrimonio, un magma que, sin embargo, se enfriaba cada vez más aprisa. Pero, todavía, la confianza, las maneras conocidas, el intuir lo que el otro va a decir con unas décimas de segundo de antelación y, poniendo un dedo en los labios, conjurar las palabras.

xxxEl mismo juego que aquella noche lluviosa él había planteado, sin prever el silencio, su respuesta. Desde la ventana del apartamento las cúpulas de los edificios de la Gran Vía parecían rematadas por nubes de yeso compacto, y él soltó al fin ese deseo que le había relampagueado por un momento en la cabeza y que en otras circunstancias ella seguro habría recibido con unas carcajadas acogedoras. Habían ocupado el sofá como si fueran inquilinos de un nido colgado en las paredes de un cañón escarpado. Una pierna allá, «qué cómodo», «espera, me apoyo yo», «déjame, un momento», «así». Parecían una pareja de quinceañeros entregados al deslumbramiento de reconocerse en un banco de la Ciudad Lineal. Ellos y el sofá, de un lado. El mundo, el abismo, del otro. Ella estaba callada. «El trabajo», pensó él. Elegían aquel refugio siempre que necesitaban recurrir al amparo, al calor confidente, a la caricia que tranquiliza, a la voz dulce en el oído. Era su estado de comunión perfecta. Como si intercambiaran pensamientos al contacto de los cuerpos, sintiendo cada escalofrío del otro, el sobresalto del pequeño estiramiento muscular en la pierna, el ronroneo traidor de las tripas, la respiración, «esa tos», «a ver si dejas el tabaco», «no quiero».
xxxAunque aquella noche los cuerpos no comunicaban. La lluvia repiqueteaba en el vano de la ventana, inundando la habitación con un eco sordo, embriagador. El mando a distancia del aparato de música había caído sobre la alfombra. Y, en su pacto del sofá, el suelo era una profunda sima. Imposible alargar el brazo y buscar a ciegas su tacto inerme, se lo habría tragado el precipicio. Él jugaba a dibujar círculos con un dedo en la pierna de ella. Ella, quieta, lejana. «¿Y no quieres tener un niño?», dijo él de sopetón. Otra vez el silencio. «¿Por qué me miras así?, parece que estuviera loco, perdón, ya sabes que no era mi intención molestarte». «Ya hemos hablado de eso antes». «Sí, pero no sé por qué lo preguntas ahora». Ella dijo ese ahora arrastrando una amargura contenida en la voz. Él se desconcertó. El desconcierto de lo inesperado, el mismo que debe aparecer en los ojos del conductor que no imagina la muerte tras la curva siguiente. «Pensé que la maternidad era importante para ti». «Sí, pero». «¿Pero qué?» «Pues que tiene que venir de un deseo común». «Yo lo deseo». «¿Y yo?»

xxxLa cuestión comenzó a dar vueltas por la cabeza de él. El por qué de aquella pregunta. El por qué de la negativa. Y por qué justo aquella noche de aguas calladas que correteaban los bordillos. En el cristal las gotas se juntaban, jugando a dibujar caprichosos senderos antes de perderse en la oscuridad. Se justificó. Sabía que estaba saltándose las normas. Al principio, cuando el amor es totalidad, acordaron escucharse desde la confidencia, nunca desde la justificación. Sin embargo, ahora ya no importaba, situación de emergencia. «No sé, a veces me pasa», dijo él. «Últimamente más, fíjate que el otro día en la oficina le dije a un compañero una tontería que acababa de ocurrírseme. A los dos días le llamaron a un despacho y le propusieron esa misma tontada que yo parecía haber puesto en marcha con mis palabras». «¡Ay, el viejo ánimo zahorí!» «No te burles». «Estoy seria». «No es tu cara, es tu voz». «¿Y qué quieres que haga?» «Abrázame». «No es eso, quita, se me durmió la pierna».
xxx«Uno pregunta para saber», se decía él. El reverbero anaranjado de las nubes iluminaba ahora definitivamente la habitación y el sofá, y sus cuerpos parecían un animal agazapado, indefenso, respirando con lenta tensión. «Uno se pregunta para hallar respuestas cuanto menos», se repetía a sí mismo él, masajeando la pierna dormida de ella. «¿Por qué no buscas el mando a distancia?» «Déjalo», dijo ella, «me apetece este silencio». «Nuestro silencio», pensó él, «hasta aquí hemos llegado». «¿Te duele ahora?» «No, ya no, gracias». «Yo pregunto y ella no me da respuestas, seguro que tampoco las tiene, ella no es de las que callan, nunca lo ha sido, la conozco mejor que a mí, me la he aprendido de memoria», murmuraba para sí él. Un nuevo movimiento de acoplamiento siguió a los cuerpos.
xxxElla recordaba cada instante con la insistencia de una punzada de dolor en un costado. Él desbarató sus pensamientos. «Se está bien así», dijo él. «Sí, anda, calla, ven».

xxx«Hasta que la muerte nos separe», rumiaba dos días antes Marina frente a la puerta blanca de cristales traslúcidos de la consulta. «El ginecólogo dice que no es nada, una sencilla intervención y ya está», se decía para tranquilizarse. Tomó aire y lo fue expulsando despacio, los ojos cerrados, como queriendo que le fueran también por la nariz y la boca las angustias que le atormentaban desde hacía seis semanas.
xxxLa falta de un mes, el test comprado en la farmacia, el vértigo impaciente de la espera, la respuesta presentida y negada. «Hay un dos por ciento de posibilidades, siempre», las palabras del doctor repitiéndose en su cabeza, esgrimiendo razones científicas de la infalibilidad truncada en su cuerpo. «¿Y por qué a mí?» Tan solo esa pregunta sin respuesta, una y otra vez. «¿Por qué a mí y no a cualquier otra?, ¿por qué siempre me toca estar en el por ciento de los derrotados? Y justo ahora que la relación se está escabullendo como se filtra la arena entre los dedos de una mano».

xxxDespués, la decisión de hacerlo. Perder el feto. La doble audacia de hacerlo y no contárselo a él. No querría entenderlo. Ni tampoco podría. Una sencilla intervención y ya está. «Mi hermana vendrá conmigo. Un viernes, le digo que estoy con la familia». Sin complicaciones.
xxxAunque desde entonces le acompañe ese desamparo interior, el sentirse por vez primera sola, de una manera distinta, desconocida. No unas palabras explicando una sensación, sino la percepción dura de su soledad infinita. Sola y queriendo llorar. No le importa tenerle ahora acunándola, susurrándole que la quiere muy quedo. «La muerte ya ha empezado a separarnos», pensó ella mientras franqueaba, tumbada en la camilla, las puertas del quirófano. Al fin, el mundo era verde, verde. Y no vio más.

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Paz Saz, Pepo. Las demás muertes. Madrid; Ed. Demipage, 2018.

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LOS REGALOS DE LOS AMIGOS (122)

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Acaba de llegarme a casa el nuevo libro que ha publicado Boria ediciones, ‘El arte de mantenerse a flote’, de Eric Luna.
Gracias otra vez a Luis por tenerme siempre en cuenta y, ya saben, de aquí a nada les muestro algo.

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FINIS DESOLATRIX VERITAE

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FINIS DESOLATRIX VERITAE

Cuando me incorporé tuve la sensación de haber sido arrastrado por una corriente eléctrica. No puedo recordar cómo, cuándo o con exactitud dónde me enteré de que, al fin, todo estaba decidido. El sol, inmóvil y apagado, no alimenta rincón alguno del planeta. Todo lo que surgiera por el raro soplo del germen, los edificios, los árboles, los hombres, las aguas, el ruido del mar, todo parece concluido. Lejos de ser una sorpresa, la noticia confirmada representó para mí cierta liberación. Siempre vi cosas y gente donde otros apenas vieron nada. Estoy cansado, cansado de tener la razón.

xxxVine a Madrid porque me dijeron que aquí sería feliz. De esto ya hace mucho, no sabría decir cuándo, quizá más de una década.

xxxLa tormenta ha alcanzado el continente. Ninguna pestilencia o plaga ha sido antes tan mortal, tan terrible. Las cosas sucedieron como la caída de una casa de naipes, sin solución de continuidad. Lo que en otro lugar tardó quince días, aquí se destruyó en quince años. Sin embargo, en este último ataque, el avance y la culminación de la enfermedad fueron cuestiones de media hora. Nadie sabe quién ofrece estos juegos, quién va a la cabeza de esta procesión, aunque todos tiremos de su carro triunfal.

xxxNo estoy seguro de si hubo algo que se hubiese podido hacer al respecto (¿por qué persevera, entonces, este sentimiento inútil?). Los signos eran claros y los augurios los peores. Pude leer lo que engendraba el aire en las fuentes, en el movimiento de las copas de los árboles, en el fulgor de las entrañas de los peces. Intenté transmitir lo que mis sentidos, a su pesar, aceptaban. Me llené de datos y expuse alternativas en verbenas, corralas y bailes tan diversos como numerosos. Fui lo más exacto que permitían mis trazos, lo más reiterativo en mis colore. Pedí un nuevo inicio y fe en la actividad común: pinté un breve instante de amistad. Pero fue inútil, cierto furor los espantó, mis asociaciones no se comprendieron; me convertí en un hombre invisible. Pronto aquellos que creí cercanos me abandonaron, varios no tardaron en favorecerse de mi condición. Confundieron la urgencia con soberbia. De todas las traiciones, una fue la más inesperada. Su cuerpo prometía absoluto y su mente perplejidad, pero debo aceptarlo: tampoco ella tenía valor.

xxxEntonces tuve un trabajo y lo que cualquiera cree tener derecho a soñar. Pero no me cuelgo méritos, simplemente cumplí con lo acordado. A pesar de mi origen, con esfuerzo y honestidad, lo había conseguido. Animado por tales logros, intenté cierta proyección común. Me topé con ellos, los que finalmente me harían descubrir mis propias limitaciones. Pensaba que compartíamos algo, ideales elevados, el aprecio por las palabras y modos que llegaban desde lejos, la sensatez de proteger el presente, el intercambio de una conversación aguda… me siento tan ridículo al verme con una botella de vino para celebrar un fin de semana con aquellos que demostraron ser una horda de chacales. Pronto, a través de la intimidación y el control a distintos niveles, sin delegar nunca funciones y con falsas promesas, tomaron represalias. Su actitud fue la usual hacia quienes mostraban temor o rehusábamos reconocernos como inferiores: me hirieron con los medios de su círculo amplio y estrecho.

xxxLos relámpagos anunciaron la llegada a mi casa de cuatro caballeros: un abogado, un banquero, un psiquiatra y un policía. Fueron implacables. No representó mayor esfuerzo para ellos demostrarme que mi vida era miserable. Una vez que lo hicieron se entretuvieron un rato largo. Nadie me defendió. Numerosos testigos, bienintencionados, decidieron que abstenerse era el modo de conservar su integridad. Recuerdo que sus versiones fluctuaban de un ‘es su problema’ a un ‘esas agresiones nunca existieron’. Incluso fueron pródigos con el cinismo, lo indeterminado y las teorías intelectualmente prodigiosas. La realidad adelgazó con el lenguaje.

xxxLos dividendos para el día de hoy son húmeros, fémures, tibias y cráneos; hombres que buscaban retratarse con gente influyente, mujeres que simplemente querían ser madres y morir. Una nómina de huesos: por una deuda perpetua sepultados, encadenados a inversiones imaginarias.

xxxPese a mi apariencia poco conspicua, es hora de decirlo: yo soy el cordero del abismo. Fueron noches enteras en bares umbríos, a los que llegaba siguiendo ecos, susurros, silencios; confusos cantos de misticismo mundano. Algunos me recordarán como un monstruo por mi voracidad, pero en todo ese tiempo, una gran época, estuve malherido. Mis ojos antiguos me jugaron malas pasadas, con excesiva familiaridad transformé una fábrica de placer en una mezquita. Me hice experto en geografías extrañas, túneles sordos, feroces intercambios de lenguas. En cierto modo este fue un buen entrenamiento, comprobé que era factible tanto la duplicidad de la piel como su reversibilidad, y que mi cuerpo aún tenía peso y temperatura. Acepté que era imposible ser y practiqué lo inconfesable. Pero aún sentía mucha ternura en medio de la sordidez.

xxxEl tiempo se desintegra, la luz se oscurece, los niños ya no juegan en los parques. Más pronto que nunca, un río incesante de sangre hirviente y los contornos de la realidad definidos con un brochazo grueso, en contrastes insalvables de oro, ocre y negro. ¿Recordará alguien, cuando ya muchos estemos obligados a huir, aquellas lejanas ilusiones primeras o tendrán mejor suerte mis músicos, mis payasos tristes, mis muñecas monstruosas? Busco olvidarlos, tomar discretamente mi lugar en esta procesión. Al fin yacen inertes, para mí también, los viejos anhelos, la alegría, los sueños, el optimismo de cuando la fiebre de esta fiera era apenas un ser protoplasmático. Repitamos juntos, una vez más, la nómina de huesos: simulacros periodísticos y zares del ladrillo, editores millonarios y asignación de terrenos sin clasificar, aventuras transnacionales, chauvinismo, premios acordados, licitaciones dudosas, agentes literarios, concejales corruptos, escritorzuelos del populismo mediático, representantes y ciudadanos semianalfabetos, fotografías en ferias veraniegas con héroes deportivos y bailarinas… nuestro fin de siglo, su demagogia y clientelismo; las ruinas de lo ideológico y la especulación de lo simbólico, artífices de la transición política.

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Rodríguez-Gaona, Martín. Codex de los poderes y los encantos. Zaragoza; Ed. Olifante, 2011.

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EL MAL POETA QUE VA RECITANDO SUS VERSOS A TODOS

 

EL MAL POETA QUE VA RECITANDO SUS VERSOS A TODOS

xxxComo al que la asquerosa sarna le agobia, o la ictericia, o el delirio, o la irascible Diana, así rehúyen y temen tocar a un poeta loco los que están en su juicio. Le hostigan los niños y los imprudentes le siguen.
xxxEste, mientras vagabundea y eructa sublimes versos, si, como un cazador de pájaros atento a los mirlos, se cae en un pozo o en un hoyo, aunque «¡socorredme!» grite largo tiempo «¡io, ciudadanos!», no habrá quien se preocupe de sacarlo. Si alguien se molesta en ayudarlo y lanzarle una cuerda «¿cómo sabes?», le diré, «si se arrojó a propósito y no quiere ser salvado?»; y le contaré la muerte de aquel poeta de Sicilia, Empédocles, que, deseoso de ser tenido por un dios inmortal, se precipitó a sangre fría en el ardiente Etna. Que sea lícito y tengan derecho los poetas a matarse. El que salva a uno contra su voluntad hace lo mismo que el que le mata. Y aquello no lo intentó sólo una vez. Y si es salvado a la fuerza, no querrá ya volver a ser un hombre ni perderá su deseo de una muerte gloriosa.
xxxY no queda suficientemente claro por qué tiene que hacer versos: si es que se orinó en las cenizas de su padre, o si, impuro, profanó un lugar sagrado herido por el rayo. Ciertamente está loco furioso; e igual que un oso —si fue capaz de romper los barrotes puestos en su jaula—, pone en fuga, recitador insoportable, al culto y al inculto. Pero al que ha podido atrapar, le retiene y le mata leyéndole. Sanguijuela que, a no ser ahíta de sangre, no está dispuesta a soltar la piel.

 

 

 

Horacio. Odas-Epodos-Arte poética (Trad. Alfonso Cuatrecasas). Barcelona; Ed. Bruguera, 1984.

 

INTERMITENCIAS

enero 28, 2021 1 comentario

 

INTERMITENCIAS

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx«Están a nuestro alrededor, en las
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx grietas del espacio y del tiempo»
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxStephen Hawking

xxxI

xxxDespertó sobre la acera. Alguien la había recostado con los pies en alto. Delante de ella estaba Matías, su novio, quien le hizo saber que su padre la andaba buscando por el asunto de los doscientos euros que habían desaparecido de la caja. La chica de la catequesis parroquial había robado a su propio progenitor faltando como poco a dos de los diez mandamientos. Se incorporó y le pidió a Matías que no se preocupara: ella reservaría el pasaje y se verían de nuevo en la puerta de la estación. Era entonces o no sería nunca. No era una huida: era un viaje definitivo a sus sueños. Las palabras aparentaban solidez, pero se derretían como la nieve en agosto. No supo muy bien qué ocurrió al salir a los andenes de la estación de autobuses, con un billete para el Alsa a Madrid y su guitarra al hombro. Todo era un poco más raro y el día empezaba a vaciarse de gusanos. Contra el azul nevado de la Sierra los rayos del sol la forzaban a entrecerrar los ojos.

 

 

xxxII

xxxDespertó en el asiento trasero de un coche. Su padre conducía. Unos ojos acusadores la miraban desde el retrovisor. Le dolía la cabeza. Su padre rompió el silencio y le contó cómo el yonqui de Matías le había robado los doscientos euros y el pasaje a Madrid. Jamás llegaría para la prueba. A cada rato repetía cuánto lo sentía. Que era mejor así. Que ya vería. Su estómago era una bola de rabia. Gusanos. Pidió a su padre que la dejara apearse. Regresaban los mareos. Apenas tuvo tiempo de abrir la puerta del servicio de la gasolinera. Cerró los ojos: la acidez estallaba en la garganta.

 

 

xxxIII

xxxEl universo se rehízo. Se levantó a duras penas, todavía débil por el esfuerzo. La cabeza le explotaba. Ignoraba si aquel olor nauseabundo se correspondía con sus propios vómitos o con los de su predecesor. Para colmo, no salía agua de la cañería. El intenso calor reavivaba las náuseas. Sin saber muy bien qué hacer, caminó tambaleándose hasta un surtidor y encontró que en la acera de enfrente de la Avenida la esperaba Matías. Apesadumbrado, le contaba que había un autobús aguardándola en la dársena dieciséis que debía llevarla urgentemente a Madrid. Su padre estaba ingresado en el 12 de octubre por una grave enfermedad. Ella estaba confundida: después de todo, no sabía si fiarse de Matías. Caminaron de la mano hasta la siguiente marquesina. Matías sacó dos tickets en la máquina y se subieron al treinta y ocho. Hablaron poco. Se miraron. A ella le pareció raro que él, en todo el trayecto, no le preguntase por el olor. La despidió al bajar, a unos metros de la puerta acristalada de la estación, depositando doscientos euros en su mano, en gastados billetes de cincuenta. El beso que se dieron le supo a tabaco, aunque ella no recordaba que él hubiera fumado antes. «Te dejo acá: sabés que no me va eso de decir adiós con la manito como un pelotudo… ¡Corré! ¡Dale que no llegás!». Un sonido extraño en sus labios. «Te quiero mucho, Flaca». Ella ya se había internado en el edificio. Las últimas palabras de Matías se apagaron en la oscuridad.

 

 

xxxIV

xxxCuando logró abrir los ojos, el mundo tardó aún unos minutos. La oscuridad era cálida. Palpó las paredes de aquel útero: el espacio no era muy amplio. Los mareos habían desaparecido. De repente, se encendió una luz al fondo y alguien dijo: «Es tu turno, mucha mierda». Así, sin pensarlo demasiado, agarró la guitarra y cruzó las cortinas. Del otro lado, la megafonía de la Galileo ya había anunciado su actuación. Las emociones se agolpaban hasta que, sobre todas ellas, la alegría se impuso: su padre y Matías, superando viejas rencillas, se sentaban juntos en primera fila. Interpretó una de sus canciones más viejas, lenta, profunda, desgarradora. Y todo ese tiempo no se acordó de los gusanos. Con el eco del último acorde llegaron los aplausos, que caían como gotas de lluvia sobre sus ojos cerrados.

 

 

xxxV

xxxAl despertar, ya no había aplausos ni público. Se sintió regresar de un viaje interminable por agujeros de gusano. En la habitación del hospital, su padre agarraba su mano entre lágrimas de alivio. El niño iba a llamarse Matías, como su difunto padre. Los policías no esperaron más y se lo llevaron.

 

 

 

Montoya, Jesús. El tiempo real. Murcia; Boria ediciones, 2020.

 

RESUMEN DE NOTICIAS DE 2020

diciembre 31, 2020 Deja un comentario

 

Lo cierto es que no sé muy bien por dónde empezar. Me importa muy poco la pandemia como para hablar de ella aquí; hablaría en todo caso de ciertos comportamientos, pero eso me llevaría demasiado tiempo y sería inútil lo que alguien como yo pudiera comentar.
Este año no saben lo importante que es para mí dar las gracias a todos aquellos que de una u otra manera me han tenido en cuenta. Les contaré, muy por encima; no hay por qué entrar en detalles, al menos de momento: hace unas semanas, tomándome una cerveza con un amigo, me preguntaba por cuestiones laborales y al explicarle lo que necesitaría para poder hacer lo que quiero hacer terminamos hablando, cómo no, de dinero; al contarle lo que había cobrado el mes anterior y preguntarle si así había manera de ahorrar, me respondió que no sabía cómo se podía vivir así. No hay nada como dar números para que se entiendan ciertas cosas. Así que, por eso, quiero agradecer con mayor intensidad, si cabe, que otras veces, que Rubén Pozo y Lichis, Pedro Chillón, Alberto Alcalá, el Manin y Antonio de Pinto me hayan invitado a sus conciertos y/o regalado sus discos, ellos saben de mi devoción por la música. A Joan de la Vega, Luis Sánchez Martín, Joaquín Piqueras, Cristina Morano, Juan López-Carrillo, David Trashumante, Isabelle García Molina, Pepo Paz Saz, Vicente Velasco, Sandro Luna, Víctor Peña Dacosta, Alexis Díaz-Pimienta y David González Lago hayan tenido a bien aumentar la cantidad y la calidad de mi biblioteca particular.
Además, sería impensable este año sin haber tenido a mi disposición las bibliotecas particulares de josé antonio martínez muñoz, José Daniel Espejo y Cristina Morano.
De todo lo que ha caído en mis manos este año, me parece esencial haber descubierto a Marcial, a Hugo Mujica, a Jesús Aguado, a Harkaitz Cano, a Javier Salvago, haber leído a Cavafis traducido por Valente y el ‘Yosotros’ de Raúl Quinto. Léanlos si no lo han hecho (es solo una recomendación).
Gracias a todos.
Seguimos.

 

LOS REGALOS DE LOS AMIGOS (117)

diciembre 30, 2020 Deja un comentario

 

El responsable de Boria ediciones sigue teniendo a bien mandarme todo lo que va publicando. En la imagen pueden ver tres títulos más de Boria que en cuanto pueda les contaré qué tal.

 

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LOS REGALOS DE LOS AMIGOS (115)

diciembre 23, 2020 Deja un comentario

Alguien acaba de regalarme todo lo que pueden ver en la fotografía de (y sobre) Umbral.

 

 

¿Cómo se da las gracias por algo así?

 

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RONDA DE SOLOS -extractos-

noviembre 30, 2020 1 comentario

 

xxxApoyo la espalda en la pared de un negocio enrejado. Un cartel avisa tras el escaparate que se vende y muestra un número de teléfono; no me hubiera extrañado si hubiera sido el mío: yo también he cerrado el negocio, aunque sea de forma temporal. Creo que eso es lo que ocurre. Estoy distanciado de la música. Desafecto. Mi búsqueda de una tienda no es más que un movimiento de inercia.
xxxEntonces me da por pensar que, si esta separación de la música se prolonga demasiado, tal vez sea incapaz de volver a tocar como siempre. Que llegue a olvidar mis conocimientos musicales, que el solfeo se vuelva un idioma extranjero. Quizá tendría que ir a una tienda de discos y comprar los que pudiera, para aferrarme como sea a la música. Para hacer pie en algún sitio.
xxxPiensa en la última vez que fuiste ingenioso. En medio de la conversación, quizás a tres, cuatro o cinco bandas, un silencio de unos segundos se introdujo como una cuña, sin que nadie lo forzara, y tú recogiste el sedal de la última frase y lo devolviste al río con un comentario, una broma o una descripción, tan pertinente que cualquier testigo hubiera jurado que la charla no podía hilarse de otra manera. Eso son los solos de jazz, instantes encadenados de ingenio, concursos de matemáticos para televisión, ver el cronómetro correr mientras se anuncia que va a llegar tu turno. Pero no hablamos de una prueba de dos minutos, sino de dos horas en vivo, frente a una audiencia.

 

* * *

 

xxxHe explorado y vivido lo suficiente para darme cuenta de que aquí no encajo. No mientras ande sin propósito. Yo pertenezco a los lugares, como mi pecio del punto cero, no a los entornos sociales. Siento que me he vuelto un extraño, y la visión de este lugar me parece una especie de premio que no sé si merezco.
xxxSopeso la posibilidad de dar media vuelta y deshacer el camino, refugiarme en mi fonda de colores cambiantes, donde el mundo antiguo está congelado mientras fuera las Maruxas cargan con la responsabilidad del progreso.
xxxPero el pasaje me ha llevado hasta aquí —llevo un rato sin consultar mapas— y no quiero parecer descortés.
xxxLa plaza se extiende a dos niveles, unidos por unas escaleras de piedra. Desde el nivel superior, un pasillo que utiliza una terraza para extender sus sillas y mesas, se domina la zona en toda su extensión. transigiremos con lo que manda el destino.
xxxMe siento y escucho las conversaciones de los parroquianos con disimulo. Hay en la voz asturiana una combinación de suavidad e ironía, como si aquello que sucediera le estuviera pasando a otra persona. Las palabras de un castellano saben a tierra. Las de un andaluz a un vino que amplifica el sabor de los alimentos. Las asturianas calientan mis manos como castañas asadas.
xxxPienso que tal vez podría anotar sus diálogos, pero lo desestimo. Odio a los cotillas. Me conformo con seguir apuntando las citas de mis músicos favoritos. Que hablen ellos en vez de yo. No recordaré sus palabras pero sí la entonación con que se dijeron.
xxxTomo un café. Cambio de terraza y pido otro. La cafeína no me hace efecto. Me hago con un ejemplar de La Nueva España y otro de La Voz de Avilés. Desahucios, un Shakespeare en el Niemeyer, conflictos laborales que un juez debe resolver… ¿Esto ha sucedido ayer o hace diez años? Ninguna noticia parece remitir al presente.
xxxEs la tarde del sábado y al tiempo que el tiempo se esfuma, yo sigo tan perdido como ayer, cuando estaba plantado en el aeropuerto de Asturias frente a los carteles que me ofrecían escapadas a París, a Lisboa, a Londres. Viajar es un asunto comprometido: yo no quiero cambiar de escenario, quiero romper estas ataduras que me perseguirían ya estuviera en Avilés o en Dublín.

 

 

 

Carrasco, José Luis. Ronda de solos. Murcia; Ed. Boria, 2020.

 

MANUAL DE GUERRILLA TÁCTICA PARA TERMINAR UN NOVIAZGO

noviembre 11, 2020 Deja un comentario

 

LA NELSON MUNTZ INVERTIDA

– Imagina que soy tu papá, ¿ya? Voy a la tienda por unos cigarrillos, ahora regreso.

 

 

 

 

MIGUEL ROSALES, EX PRIMERA BASE DE LOS PADRES DE SAN DIEGO

El barrio donde crecí siempre ha sido pobre. Siempre lo será, a menos que ocurra un bombardeo que lo derribe.

Cuando era adolescente, no me gustaba la televisión. Creía que os personajes de los programas eran gente con dinero y por eso no se masturbaban viendo pornografía como yo. Mucho tiempo después conocí ricos que veían películas snuff y eran capaces de tener sexo con sus mascotas. Ahora me encanta la televisión, me gustaría ver los programas de aquella época.

En mi barrio éramos pobres y cínicos. Cada tanto alguno de mis vecinos abría un negocio en una racha de entusiasmo inusual. Tiendas de abarrotes, licorerías, estudios de tatuajes, veterinarias, peluquerías, talleres mecánicos. Nada duró más de seis meses. Solo uno continúa abierto, es un local de lectura de tarot. En esas calles, el futuro es el único negocio redituable.

Creo que tuve más de veinte novias en ese barrio. Era normal, nos aburríamos. terminé con la mayoría porque se acercaba un cumpleaños o aniversario y no tenía dinero para comprar un regalo. Por lo menos eso pensaba.

 

 

 

 

LIMPIEZA

Dos días antes de reunirse con el señor W. recopile los datos de su pareja en un sobre sellado: nombre y apellidos, domicilio, tipo de sangre y cuentas de banco. No omita historial académico y laboral, datos completos de familiares y amigos en común.

Incluya una descripción de su rutina diaria, actividades adicionales (gimnasio, vida nocturna, supermercado, etcétera) y una lista de eventos significativos entre usted y su pareja.

Llame al señor W. para confirmar la hora de su cita, que se llevará a cabo en el bar del hotel Hilton, donde usted entregará el archivo con los datos requeridos y será notificado de las fechas para las siguientes partes del proceso.

Conforme lo acordado, el señor W. hará una visita nocturna al domicilio de su pareja (previamente sedada) para tomar medidas de su torso, extremidades y cráneo, así como para identificar los objetos vinculados a la relación.

A las nueve de la mañana del día siguiente, el señor W. lo esperará en la entrada de su casa para transportarlo a las instalaciones escogidas para esta parte de la operación. Por su seguridad, vendará sus ojos durante el viaje y a partir de su llegada será aislado e incomunicado. Habrá personal a su servicio para que disponga de comida, atención médica o cualquier otra necesidad que tenga. Puede solicitar permanecer drogado durante su estancia en las instalaciones.

Despertará en un escenario a su elección, por ejemplo: accidente automovilístico, callejón después de un asalto, baño de un bar cerrado con llave por dentro. Al momento de elegir, tenga en mente que éste será el primer recuerdo del resto de su vida.

 

 

 

 

PIZZA

Anochece. Una pareja discute. Caminan hacia su casa. Él amenaza con empacar en cuanto abran la puerta. Ella lo reta a cumplir por fin su palabra. Antes de cruzar la calle, un motociclista frena delante de ellos, se quita el casco y les ofrece una caja blanca. En el interior, hay una pizza de pepperoni y queso extra. Voy tarde, dice el motociclista, si llego al domicilio tendré que darla gratis, prefiero sacar al menos unos pesos.

Él recuerda que no ha comido y ella piensa en la botella de vino que guardan bajo la cama. Podría ser el momento de descorcharla.

Cruzan la calle. Sonríen como niños. Él piensa que su rabia no tiene sentido, que quizá hoy pueda decirle que desea tener un hijo. Ella piensa que debería dejar salir con su amigo de la oficina.

Abren la puerta. Ella camina hacia la recámara para buscar la botella. Él pone la caja en la mesa y la contempla como si fuera un auto nuevo. Al destaparla, se da cuenta de que está fría, no tiene que probarla para saber que no es de hoy.

 

 

 

 

EL TERCER INVITADO

Cuando Mario salió de la habitación, Julia estaba sentada a la mesa con un desconocido. Conversaban y sonreían. Cuando vieron a Mario no se sorprendieron, Julia lo besó en la mejilla, el desconocido le estrechó la mano y se presentó como Santiago. Desayunaron juntos.

Mario se preparó para salir a la oficina, Santiago lo acompañó y le dio la chamarra negra que estaba en el perchero. Cerró la puerta hasta escucharlo bajar las escaleras.

En el camino, Mario supo que tendría que tomar una decisión. Imaginó lo que sucedería si no hiciera nada. Los tres, Julia, Santiago y él en una playa bebiendo cerveza. En una comida familiar. En una cama que le pareció demasiado pequeña. Esa tarde encontró un nuevo departamento. Concluyó que su portafolios y billetera era todo lo que necesitaba.

 

 

 

 

A LOS 30

Los hombres de mi familia se transforman en monstruos a los 30 años.
Se lo dije a Laura cuando nos hicimos novios.
Lo repetí cuando vino a vivir a casa.
Lo he dicho cada vez que sale con un nuevo amigo y cada vez que me hace sentir un pedazo de mierda.
Aun así, ella sigue aquí, acostada a mi lado.

 

 

 

Los KFGC. Manual de guerrilla táctica para terminar un noviazgo. Cáceres; Ed. Liliputienses, 2016.

 

SUEÑOS LÚCIDOS, MEMORIAS DEL OTRO LADO Y FUTUROS PASADOS

 

INSOMNIO

Después de varios años, volvió a dormir en casa de sus padres. A media noche, se despertó sobresaltado. Creyó que había alguien en la habitación. Encendió la luz y comprobó que eran imaginaciones suyas. No había allí nadie para asustarlo. Tampoco para consolarlo.

 

 

 

 

DESORIENTADO

No importa que sea Nochebuena y haya discutido con mi mujer durante la cena. No importa que haya bebido vermut, vino, cava, ginebra y ron y ahora sienta el estómago revuelto. Tampoco que me despierte en mitad de la noche con la boca pastosa y me levante a buscar un vaso de agua. Ni que decida dejar la luz apagada y camine hasta la cocina con los ojos cerrados. No. Lo único que en esta historia importa es lo que ocurre después, cuando, al regresar a tientas hacia la cama, mi brazo no alcanza a tocar la pared y, por un instante, me desoriento en la oscuridad.
xxxNo es la primera vez que me sucede algo así. Me ha pasado en hoteles y en casas ajenas. Pero jamás me había ocurrido en mi hogar. Después de más de veinte años aquí, lo conozco como mi rostro en un espejo, cada rincón, cada pequeño saliente de la pared, cada leve desconchón de la pintura. Si algún día perdiera la vista, podría moverme sin problema guiándome con esas referencias sutiles.
xxxSin embargo, por alguna extraña razón, esta noche ese mapa mínimo no me sirve. La mano yerra al intentar tocar la pared y yo siento un vértigo momentáneo. El espacio se expande y me encuentro perdido en la oscuridad. Apenas dura un segundo, quizá menos, un instante fugaz que se prolonga eternamente hasta que un pequeño movimiento del brazo logra al fin acariciar la pared y todo vuelve a su sitio.
xxxHe alargado el brazo unos centímetros menos de lo habitual. Un mínimo error de cálculo. Nada más. La pared sigue ahí. Dónde, si no. Eso, al menos, quiero pensar.
xxxConsigo llegar a la cama y, tras dejar el vaso a tientas en la mesita de noche, logro acostarme. Tapo mi cuerpo con el edredón nórdico y siento las sábanas algo más rasposas de la cuenta. Hundo la cabeza en la almohada y mi cuello no logra ajustarse del todo. Es mi cama, es mi edredón, son mis sábanas, pero algo imperceptible parece no ser igual del todo, como si ese milisegundo de pérdida de espacio me hubiera introducido en una dimensión extraña.
xxxNo sé por qué se inicia este pensamiento, pero rápidamente me hace imaginar que esta no es mi casa y que el cuerpo que tengo a mi lado no es el de mi mujer. Una idea ingenua, lo sé, pero no por eso puedo evitar que cruce mi mente. Intento poner la cabeza en otras cosas, cerrar los ojos y dormir. Pienso en las luces del árbol —deberías haberlas dejado encendidas—, en los textos que tengo que entregar esta semana, en el coche mal aparcado, pienso en las nochebuenas rutinarias y en que a veces se me hace imposible escapar al déjà vu, pienso en la discusión tonta de esta noche y en que claro que comprendo que después de diez años es normal que el deseo se desvanezca y el amor se transforme en algo diferente. Pienso en demasiadas cosas a la vez, pero no puedo evitar dejar de pensar en lo que ahora más me preocupa: ¿Y si el espacio que se ha abierto esta noche es un portal que me ha introducido en una dimensión extraña?
xxxLa habitación continúa en la más completa oscuridad, aunque los ojos, ya acostumbrados, comienzan a percibir siluetas. Levanto un poco la sábana para mirar a mi lado y observo un bulto inmóvil. Es ella, sin duda. Aunque no la vea con claridad, la reconozco. Como también reconozco todos los contornos que poco a poco empiezan a formarse en mi retina. La mesita de noche con los libros apilados, la silla con la ropa desordenada, la hebilla del cinturón como un punto de luz apuntando al suelo, la ventana entreabierta por la que penetra la mínima claridad que me hace percibir todo esto… Con esa minúscula penumbra, la sensación de extrañeza empieza a desaparecer. Y siento que la habitación vuelve a su sitio, como si el esbozo de los perfiles y las sombras lo hicieran regresar todo al presente. Incluso siento que mi cabeza por fin logra acomodarse a la almohada.
xxxEs entonces cuando la respiración de mi mujer me sobresalta. Más que una respiración parece un gruñido. Se levanta al aseo y contemplo su figura de espaldas. Enciende la luz del baño y puedo intuir su camisón blanco con flores. Es ella. No hay duda. Oigo en el aseo algo semejante a un gemido. ¿Qué te pasa?, pregunto. No me contesta y pienso que no me ha escuchado. Al poco, sale de allí y vuelve a la cama con las luces apagadas. Conoce la casa en la oscuridad. Igual que yo. Es ella. Sin duda.
xxxCuando se recuesta junto a mí, regresa el desconcierto. Y los pensamientos absurdos vuelven a mi cabeza. De nuevo, los intento apaciguar, pero no hay manera de hacerlo. ¿Y si mi mujer ya no es mi mujer?, vuelvo a pensar. Y mientras lo hago, noto cómo ella se gira hacia mí y comienza a palpar el pantalón de mi pijama. Mete su mano en mi calzoncillo y agarra con fuerza mi polla flácida. Yo me sorprendo al sentir cómo se endurece de repente. Hago el ademán de bajarme un poco el pijama y ella acaba la operación quitándomelo todo con violencia. Acerca su cabeza a mi sexo y lo introduce en su boca. Percibo la humedad de su lengua, pero también sus dientes afilados. Su respiración ronca cuando toma aire para seguir succionando.
xxxNo hablamos. Ninguno de los dos pronuncia una sola palabra. Ella deja de lengüetear y, con un movimiento rápido, se pone a horcajadas sobre mí. Húmeda como la primera vez. Es en ese momento cuando comienzo a percibir el hedor. Pienso al principio que se trata del cruce de sexos no aseados a esas horas de la noche. Pero el olor a podrido se hace cada vez más denso y yo apenas puedo contener el vómito.
xxxA pesar de ello, mi polla continúa erecta. Como cuando follábamos en el coche después de un concierto. Nos movemos en la penumbra y en ningún momento puedo siquiera intuir su rostro. El cabello largo cae sobre sus pechos y llega incluso a rozar mi vientre. Una maraña de cuerdas empapada en aceite. Me abraza con fuerza y sus uñas se clavan en mi espalda y en mi cuello. Me excito cada vez más, en el quicio sutil entre el dolor y el placer. Me gusta. Disfruto. Pero en todo momento soy consciente de que hay algo en ese cuerpo que no logro reconocer. Es mi mujer, pero no acaba de serlo del todo. Me cercioro por completo cuando soy yo quien toca su espalda y mis dedos comienzan a introducirse en su piel, como si estuvieran modelando arcilla mojada. En ese momento ella grazna con violencia y sus movimientos se vuelven aún bruscos. Y en ese instante también me posee el terror y pienso que es mejor permanecer en silencio. Obedecerla. Seguir allí, debajo de ella, sea lo que sea ella.
xxxEs lo que hago hasta el final. Hasta que exploto en su interior y, tras dejar por fin de estremecerse, se recuesta de nuevo a mi lado. Yo me quedo inmóvil, callado, en una esquina de la cama, sin coraje para moverme de allí, esperando a que amanezca y de una vez por todas se ilumine la habitación.
xxxConforme llega el día, la oscuridad se desvanece y la luz del sol comienza a entrar por la ventana. Miro temeroso hacia mi lado izquierdo y por fin puedo verla con claridad. Es ella. Mi mujer. No hay nada extraño en su rostro.
xxx—Feliz Navidad, amor —me dice al despertarse. Y me besa en la frente como si la noche no hubiera existido.
xxx—Feliz Navidad —le respondo.
xxxSe levanta al aseo y yo me quedo un momento en la cama.
xxxDesayunamos y abrimos los regalos. Unos guantes táctiles para usar el móvil en invierno. Una billetera nueva de las que no abultan en el bolsillo. Hemos sabido acertar como cada año.
xxxNos miramos a los ojos y sonreímos sin necesidad de hablarnos. Todo continúa igual, pienso. ¿Igual que cuándo?, no logro evitar preguntarme.

 

 

 

 

CORRER HACIA NINGÚN LUGAR

Paré de correr cuando oí el pitido del pulsómetro. «ASCI no puede encontrar su latido, vuelva a empezar.» Probablemente el dispositivo se había movido. Quizá el sudor había bajado un poco el cinturón del pecho.
xxxVolví a colocarlo sobre el esternón. Apreté el botón de comenzar y, de nuevo, el mismo mensaje: «no se encuentra latido.» Quizá sea el transmisor, razoné. Sí, seguro, el transmisor. Lo desconecté, abrí el compartimento de la pila, la recoloqué, cerré el dispositivo, lo volví a abrochar al cinturón y presioné de nuevo el botón. «No se encuentra latido.»
xxx¿Te imaginas que estoy muerto?, pensé. Y seguí corriendo antes de enfriarme y perder el ritmo. ¿Te imaginas que estoy muerto?, me repetí varias veces mientras reemprendía la carrera. Esto, consideré, como poco, da para un cuento. Y en ese momento se me empezó a ocurrir un relato sobre un corredor al que de repente le falla el pulsómetro, intenta arreglarlo por todos los medios, pero no puede. El pulsómetro no encuentra el pulso porque su corazón ha dejado de latir. Está muerto, pero sigue corriendo. Se da cuenta de que está muerto cuando se cruza con otros corredores por la carretera y nadie lo mira, cuando llega a casa, toca el timbre y nadie le abre, cuando espera en la acera a que salga su mujer, pero ella no lo ve, cuando poco a poco el mundo se va vaciando de gente y tan solo quedan las calles. Las calles y él, con su ropa de deportista, sus zapatillas y su pulsómetro que no marca el latido, pero sí el tiempo de ejercicio.
xxxNunca tiene sed y nunca se cansa. Así que sigue corriendo. Lo hace todos los días, en línea recta. No tiene la necesidad de parar. Cuando corre se siente vivo. El pulsómetro sigue sin marcar el ritmo cardiaco, pero él siente latir su corazón, o algo parecido. Es prodigioso. Lo único que le aflige es que ya nadie lo verá correr, ni jamás podrá contar sus hazañas. A nadie podrá decir que lleva ya más de doce años corriendo sin cesar, día y noche, que ha salido de España y ha recorrido toda Europa, que no le han frenado los vientos, el frío, la nieve, el desierto o las montañas, que ha cruzado incluso el océano y que hoy, solo hoy, ha llegado de nuevo al punto donde todo empezó y que ni siquiera se ha parado. Porque ya no hay meta. El mismo viento que antes acariciaba su rostro y aliviaba el sudor de su frente. El viento que lo propulsaba y lo hacía correr más deprisa. Eso ahora es él. Pero ya no hay nadie para verlo.
xxxEste es el cuento que escribí mentalmente mientras corría, o algo así, quizá era más largo, quizá más poético, quizá no acababa con el corredor convertido en el viento, pero el caso es que mientras yo corría los minutos que me faltaban y regresaba a casa tuve el cuento en la cabeza. Y también, durante todo el tiempo, el pulsómetro continuó sin poder encontrar mi ritmo cardiaco.
xxxJusto antes de llegar a casa, también yo noté que no estaba demasiado cansado y que podía seguir corriendo. Di tres vueltas más a la manzana y demoré la entrada al piso para no encontrarme con mi mujer y que me sacara de esa sensación de no estar en ninguna parte y pensar que ya todo se había acabado.
xxxAl final, sin embargo, la sed y el cansancio me vencieron y tuve que subir a casa. Abrí la puerta con sigilo y, sudado, antes de ducharme, me senté al ordenador para escribir el cuento. Lo hice directamente, sin pararme demasiado a pensar, sin detenerme mucho en las figuras y en la retórica. Quería escribirlo rápido. Por alguna razón, intuía que el pulsómetro estaba a punto de volver a funcionar. De nuevo iba a volver a la vida.
xxxFue entonces cuando mi mujer entró en la habitación y me dijo:
xxx—¿Qué mierda estás haciendo?
xxx—Cariño, estoy muerto —respondí irónicamente.
xxx—Desde luego. Para mí hace tiempo que lo estás.

 

 

 

 

DESTINO

Todas las noches la misma historia. El marido entra en la cocina, la tira al suelo y la acuchilla una y otra vez. Luego, como si nada hubiera sucedido, ella se levanta, ordena la casa y limpia los rastros de sangre. No sabe por qué sigue ocurriendo. Lo único que tiene claro es que debe limpiar con esmero. Los niños no deben enterarse de nada.

 

 

 

 

REFUGIO

Cuando vimos llegar a los hombres, propuse que nos escondiéramos en el sótano. Allí estaríamos a salvo. Aun así, lograron encontrarnos. Sin mostrar piedad alguna, nos amordazaron, nos violaron y seccionaron nuestros cuellos. Pasado el tiempo, sigo creyendo que el sótano era el lugar más seguro de la casa. Por eso me empeño en no dejarlas salir de aquí.

 

 

 

 

REENCUENTRO II

Siempre he tenido miedo de los espejos, sobre todo cuando aparece el señor calvo sin ojos que imita todos mis movimientos.

 

 

 

 

EFECTOS SECUNDARIOS

Con el lógico nerviosismo de la primera noche, el hijo del sepulturero ayudó a su padre a colocar la lápida de una tumba. Mientras sostenía el mármol, escuchó golpes y gritos en el interior del panteón. Miró a su padre con el rostro desencajado por el terror. Pero la voz de la experiencia logró tranquilizarlo:
xxx—No te preocupes. Es normal. Enseguida se les pasa.

 

 

 

 

FUTURO

Estamos llegando. Ya sabes lo que hay que hacer. Cierra los ojos y no hagas caso a nadie. Y, sobre todo, oigas lo que oigas, no pares de correr.

 

 

 

Hernández, Miguel Ángel. Demasiado tarde para volver. Barcelona; RIL editores, 2019.

 

POÉTICAS DEL FANGO

 

ESTA NOCHE ES DIFERENTE

Apenas logras tenerte en pie. Un regusto amargo recorre tu garganta y casi no puedes contener el vómito. Necesitas aire. Juras no volver a meterte esa mierda. Son las cuatro de la mañana y no hay un alma en las calles. Tampoco hay nada en tus bolsillos. La opción del taxi queda descartada. Pero no importa. Son cuarenta minutos. No es tanto. Además, te viene bien andar. Quizá así logres despejarte por el camino. Tan solo debes tener cuidado. Como siempre lo tienes. Como siempre lo has tenido. Cuidado y ya está. Evita el callejón. Y ya está. Evita el callejón y ya está. Hay que rodearlo. Es más largo así, es cierto. Se tarda más. Pero es mejor ser cuidadoso. Como siempre lo eres. Como siempre lo has sido.
xxxSin embargo, esta noche te sientes diferente. Esta noche no tienes miedo. Esta noche eres valiente. Qué puede pasar. Es solo un callejón. Oscuro y estrecho, sí. Pero un callejón, al fin y al cabo. Así que decides atravesarlo.
xxxNada más entrar escuchas un murmullo. Deberías alejarte. Pero esta noche eres valiente. Esta noche no tienes miedo. Y sigues caminando. Es entonces cuando ves la escena: cinco adolescentes acorralan a un mendigo al final del callejón, justo debajo de una farola. En silencio, observas cómo se ríen de él, lo tiran al suelo y comienzan a darle patadas en el abdomen. Todos a la vez, sin ningún tipo de orden. Percibes los golpes secos y se te revuelve el estómago. El vómito agrio casi vuelve a subir por tu garganta. Y entonces te quedas paralizado. No sabes qué hacer ni cómo actuar. Así que intentas pasar desapercibido y volver por donde has venido. En ese momento uno de los jóvenes se da cuenta de tu presencia y te grita algo en un idioma que no entiendes. Luego, todos te miran y comienzan a reírse de ti. No te persiguen, ni te vuelven a gritar, solo se ríen. Te hacen gestos y se ríen. Y es eso lo que te descoloca. Que se rían. Que se rían de ti. Sin saber exactamente por qué, comienzas a correr hacia los jóvenes con la cara desencajada —eso crees, aunque no te ves— y los puños en alto. Pero cuando llegas a su altura, en lugar de abalanzarte sobre alguno de ellos, gritas algo cuyo significado ni siquiera tú puedes entender y golpeas con toda tu fuerza al mendigo, que emite un alarido que se te clava en los oídos. Entonces, sin pensarlo demasiado, comienzas a darle patadas en la espalda y los jóvenes salen corriendo.
xxxEl hombre llora y pide clemencia. Tú quieres parar. Por supuesto que quieres parar. Pero hay algo dentro de ti que no te deja frenar. Esta noche eres valiente. Esta noche es diferente. El mendigo consigue evitar una patada y te mira fijamente a los ojos implorando piedad. Y es en ese instante cuando descubres que su rostro te es familiar. Demasiado familiar, piensas. Ves en él los ojos de tu padre. Tu padre anciano, que lleva varios años desaparecido. Te estremeces por completo. ¿Es posible que este indigente sea el hombre que tanto tiempo has estado buscando? ¿Es ese tu padre? Y la formulación de esta pregunta te hace golpearlo aún con más fuerza.
xxxLe pisoteas la cabeza una y otra vez hasta que consigues desfigurarle el rostro, hasta que la sangre salpica tus pantalones. Sin embargo, cuanto más le desfiguras el rostro, cuanto más fuerza ejerces con tus pies sobre su cráneo, más se parece a ti. Y su rostro se convierte en un espejo. Tal vez por so poco a poco comienzas a sentir un tremendo dolor en el costado y en la cabeza. Y entonces te detienes súbitamente. Pero el dolor, en lugar de aminorar, se hace más fuerte. Piensas en ese momento que la única solución es seguir pegándole, rompiéndote por dentro en cada patada, en cada pisotón en el estómago, sintiendo su dolor en todos los rincones de tu cuerpo. Hasta la extenuación. hasta extraviarte por completo. Hasta no saber dónde acaba él y comienzas tú. Hasta perder el sentido.
xxxNo sabes el tiempo que dura todo esto. Pero ahora, al salir el sol, te sorprendes dando puntapiés a una pared, con los zapatos rotos, los pies llenos de sangre, y una masa de personas mirando fijamente hacia el lugar en el que estás. Te vuelves hacia ellos y preguntas por el indigente. Nadie te contesta. Algunos dejan caer unas monedas cerca de ti.

 

 

 

 

INCÓGNITA

Decía que yo tenía respuestas para todas las preguntas. Por eso estaba conmigo. Hasta que un día me preguntó por qué estaba yo con ella. Y no supe qué responderle.

 

 

 

 

CUESTIÓN DE DINERO

Me dijo que por treinta euros no podía besarla en la boca. Por eso le compré un anillo, un vestido blanco y una casa.
xxxLo he intentado todo, pero no he encontrado el modo de acercarme a sus labios. Algunas noches, cuando la puerta de la habitación se queda entreabierta, observo cómo la besan una y otra vez.
xxxMientras escucho sus gemidos, siempre me tortura la misma pregunta: ¿Será solo cuestión de dinero?

 

 

 

 

GENTE VIL

El domador descorrió el velo y mostró la bestia a los asistentes. «Damas y caballeros, amigos y enemigos, he aquí un hombre malvado. Contémplenlo y absténganse de escupir en su rostro. No es digno de nuestra saliva.»

 

 

 

 

DUALIDAD

Resistió todo lo que pudo a los designios del Oráculo. Durante años se esforzó en ser un buen cristiano. Se desprendió de todas sus riquezas, fue misionero en Ruanda, construyó un colegio, curó a enfermos, incluso cumplió condena por un desconocido. Pero al final de su vida, no pudo escapar de su destino y tuvo que violar y matar a aquella niña de ocho años.
xxxAlgunos le guardan rencor.

 

 

 

 

VISITA INESPERADA

Dijeron que eran amigas de mi mujer y que habían quedado con ella en casa. Aunque no tenía noticias de eso y conocía a casi todas sus amigas, tuve la cortesía de invitarlas a entrar.
xxxCuando me ataron a la silla y comenzaron a golpearme sin piedad, supe que no mentían y que mi mujer no tardaría mucho en llegar.

 

 

 

Hernández, Miguel Ángel. Demasiado tarde para volver. Barcelona; RIL editores, 2019.

 

CAPÍTULO CUATRO

 

4.

(memoria)

Qué es la memoria. Aquello que le da densidad al tiempo, que avala su existencia. Sencillo: sin memoria no hay tiempo. Aquello que nos dice que fuimos o que vimos antes de ser o ver ahora. Sencillo: la vida es un fluir continuo, sin amarres, y los relojes sólo son herramientas que generan la ilusión de que tenemos el control, de que hay una dirección. Demasiada gente ha hablado ya sobre esa ficción del tiempo en los relojes, de esa opresión. Pasando. El tiempo sólo se explica por la memoria. Es más, lo que somos cada uno de nosotros sólo se explica por la memoria. Ser tú es recordar tus recuerdos. La memoria llena el recipiente del cuerpo y moldea la mente para que seamos. Somos tiempo. Por eso un enfermo de Alzheimer deja de ser, y se convierte en un cuerpo vacío de sí, en una nada de carne.
xxxEl olvido es nuestro espejo negro. El agujero.
xxxCómo se activa un recuerdo. Así, por ejemplo: caminas por la calle y llega un olor dulce a tu nariz, lo percibes y algo se conecta en tu cabeza: los labios de una mujer que usaba ese perfume hace diez años, una vida que creías perdida, agolpándose. El fantasma de su voz, de tu sangre entonces. Lo que eras, cómo eras. El recuerdo funciona así: un estímulo que navega de la superficie a la red neuronal dentro de tu cráneo hasta encontrar el archivo oscuro donde dormía la sensación original. Un código que tu cerebro traduce en tiempo, vida, signo de ti.
xxxAsí funciona. Igual que Internet.
xxxTu cabeza y la red de redes. Grande y pequeño. Dentro y fuera. Lo mismo. Tecleas la url en la pantalla y con un clic se despliega entre la maraña binaria de archivos escondidos justo aquel que tú has elegido. Una red neuronal de escala mundial, invisible, fuera de ti, conectada a ti, a partir de ti. Desde. En. Teclea Anaïs Anaïs de Cacharel en Google y sobre tus recuerdos se proyectará la posibilidad de miles. Lo tienes delante, la red como una extensión de nuestro cerebro, operando con las mismas reglas. Reproduciendo la estructura de nuestro pensamiento. Internet como memoria externa casi infinita. Nuestra. Compartida. Creciendo hacia dentro y hacia fuera, enredándose en la de tantos otros miles o millones.
xxxCómo ser tiempo si ahora disponemos a un solo parpadeo del tiempo de los todos. Cómo llamar a eso tiempo. memoria. Cómo. Si tú ahora eres también yo, porque compartimos la memoria y porque ambos tejemos el mismo telar e hilamos nuestra vida, y el tejido crece. Tú, yo, ese, miles. Tu memoria hecha píxel, ciento cuarenta caracteres, lo que sea que deje tu huella en la red, todo eso lo consumo yo, ese, miles. Y viceversa. El alimento es común y la construcción colectiva. Uno más uno más uno y ahora sí hasta el infinito.

 

 

 

 

9.

(banderas negras)

Se recorta contra el horizonte la silueta de unos jinetes, pareciera un ejército de sombras. Algunos aseguran que así es. Sombras vivas que contaminan el aire de su oscuridad brillante. Se acercan. El viento y el trote agitan la ropa y las banderas. Negras. Así es la bandera de nadie. Así es el color que niega los colores, las verdades viejas y las impuestas. Se acercan los hombres libres cabalgando al lado de Néstor Majno por las tierras de aquello que llaman Ucrania. La bandera negra es un cielo vacío de estrellas donde se han abolido las leyes de la astronomía y todo es posible. Dicen que cuando llega el ejército de las sombras vivas llega la libertad y el fin de lo antiguo. La libertad. Que cada uno decida y sea. Todos, sin caminos marcados por otros con tiza sobre el suelo. Sin dueños ni marionetistas. Eso dicen, es la libertad, y dicen que está al alcance de los dedos, escrita en el negro de la bandera, que es la ausencia y es el todo. Y se acerca.
xxxAntes llegaron ecos de Guliai-Polié. De cómo ahí cada hombre y cada mujer era su propio Lenin, y cómo se tejía la solidaridad en las fábricas y en los campos como la trama de una bandera negra. El amor propio trenzado en lo común. Eso nos traen los jinetes de Néstor Majno, pero no como una orden sino como un regalo que ya llevamos dentro. La autogestión, la propiedad de nuestras vidas y nuestro sudor, la fundición de las cadenas para fabricar cucharas y llaves que sólo abran, que nunca cierren. El ejército negro protegerá nuestro territorio libre de blancos, verdes y rojos. Porque la libertad no entiende de zares, terratenientes o bolcheviques. La libertad entiende de ti, de mí y la trama de voluntades que tejemos para generar un mundo a nuestra medida.
xxxSe acercan los jinetes, pero somos nosotros, cada uno, los que ejecutamos el cambio. Aquí, como en decenas de pueblos antes, estableceremos una comuna libertaria. Una comunidad de hombres y mujeres libres. Aquí mandará la asamblea de ti y de mí, de los ti y de los mí. Aquí cada cual tendrá lo que necesite y la acumulación se entenderá como una ofensa. Aquí los grilletes de la posesión y las leyes de oro yacerán rotos a los pies de estos caballos que ahora llegan. Pueblos, gente, tú, tejidos en red. Aquí la única frontera es el cielo y el relinchar de estos caballos que ahora llegan. Aquí se dirá libre y seremos libres. Cada uno y todos. Y construiremos el mundo a nuestra medida. Desde dentro de nosotros, con las manos, mano a mano contigo y conmigo, con los ti y con los mí.
xxxTen aquí el día de mañana hecho hoy.
xxxYa. Llegan los jinetes de Néstor Majno con sus banderas negras como un sueño por escribir, pero luego vendrán las traiciones, las matanzas y el olvido, igual que esas banderas rojinegras españolas de veinte años después. Puede ser. Pero hablábamos de las siluetas de los jinetes recortadas contra el horizonte. Pero hablábamos del horizonte.

 

 

 

 

11.

(mutación del ángel)

Recuerda: Mary Ann Bevan, la mujer más fea del mundo, padecía acromegalia y eso la salvó de la miseria. Maurice Tillet sufría del mismo mal y también tuvo que emigrar a Estados Unidos donde se hizo luchador profesional con el apodo del Ángel Francés. Hablaba quince idiomas y pasaba las tardes jugando al ajedrez, cuando cumplió los cincuenta y un años su corazón no dio ya más de sí. Poca víscera para tanto corpachón. Más de medio siglo después estrenaron en cine una película de dibujos animados sobre un ogro verde llamado Shrek, cuyos rasgos y gestos se inspiran directamente en Maurice Tillet. La película es un éxito de taquilla y tiene varias secuelas, videojuegos y un sinfín de productos asociados. El ogro verde se convierte en un icono del siglo XXI. Repetición tras repetición. La última mutación del ángel francés: la pandemia. Su rostro nuevo en las mochilas de los niños, en los avatares de las cuentas de Tuenti, en los dibujos que la niña de primaria colorea en su hora libre. Así, Maurice Tillet pasó del blanco y negro al verde de Dreamworks, y de ahí a cualquier lugar del planeta y en el mismo tiempo telaraña que lo envuelve todo. El ahora múltiple. Todo eso. Recuerda: entre Mary Ann Bevan y Maurice Tillet hay un foso por el que hace tiempo nos caímos tú y yo.

 

 

 

 

12.

(simplemente ajustando mi twitter)

Alguien tuvo que escribir el primer tuit. La soledad si es algo es esto: una red social vacía, sólo para ti. Y el eco constante. Y la nada. 21 de marzo de 2006. Jack Dorsey tecleando «Just setting up my twttr» y dándole a intro. Cero seguidores. Después las cosas se enredan y el ruido es a veces ensordecedor. Después el mundo se teje de palabras que somos. Vale. Pero al principio está la soledad absoluta, en el vacío sin forma de la red: un mensaje para nadie, como una botella lanzada al espacio infinito. Hablamos de Twitter, donde algún exagerado dijo que se construían las revoluciones del siglo XXI. Ago cuyo primer balbuceo es de 2006 y que puede que en el momento que estés leyendo esto ya haya prescrito, como prescribieron los chats de IRC, los fotologs o el Messenger. Volatilizados en la nada que hay al final y al principio de Internet. Las fotos, las conversaciones, la vida, en el limbo de la tecnología obsoleta. Así que puede que cualquier comentario acerca de esto no sea otra cosa que arqueología de lo efímero. Porque lo mismo el concepto de lo duradero es algo de otro tiempo. Porque lo mismo todas estas máquinas lo único que han conseguido es que nuestra comunicación sea la de la huella en la orilla, el espectáculo de la ola borrando nuestros pasos. Todo eso puede ser. La brevedad, y la intensidad: el ahora absoluto.
xxxPero también una raíz abierta, tentando al infinito en su monstruoso crecimiento.
xxxJack Dorsey escribió el primer tuit en 2006, y es posible que fuera el eco de tu voz y de la mía, de tu voz en la mía. Y que a pesar de todo el concepto de soledad sea también algo obsoleto, y se haga necesaria otra palabra para definir esta distancia rota.
xxxO que todos los tuits fueran como el primero y su nada. O que lo imposible sea precisamente estar solo ya. En este ahora.

 

 

 

Quinto, Raúl. Yosotros. Barcelona; Ed. Caballo de Troya, 2015.

 

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