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HOY SE PRESENTA ‘MAMÍFEROS QUE ESCRIBEN’, DE MANUEL MOYANO, EN EL MUSEO RAMÓN GAYA

 

Esta tarde, a las 19:30h, se presenta el nuevo libro de Manuel Moyano, ‘Mamíferos que escriben’, en el Museo Ramón Gaya. El libro, que ha sido editado por Newcastle ediciones, estará presentado Miguel Ángel Hernández Navarro.

 

LIPUNUSCHKA

 

LIPUNUSCHKA

xxÉranse un anciano y una anciana que no tenían hijos.
xxÉl iba a trabajar al campo, y ella pasaba el día en casa, donde hacía cuerdas de cáñamo. Mientras tejía sus cuerdas, aquella vieja pensaba:
xx«Si yo tuviera un hijo, llevaría éste las cuerdas a su padre; pero, ¿con quién se las enviaré?»
xxSúbitamente, de un montón de estopa, surgió un diminuto niño que la dijo:
xx—Buenos días, mamá.
xxLa anciana le preguntó:
xx—¿De dónde vienes, hijo mío, y cómo te llamas?
xxEl niño respondió:
xx—Tú, madrecita, peinaste la estopa, y dentro de ella me he formado; se me llama Lipunuschka; dame las cuerdas, madrecita; se las llevaré a papá.
xxLa anciana replicó:
xx—Pero, ¿tendrás tú fuerzas para llevarlas, Lipunuschka?
xx—Sí; las llevaré muy bien, madrecita.
xxLa vieja hizo un paquete de cuerdas y se lo dio al rapazuelo.
xxLipunuschka tomó el paquete y echó a correr hacia el campo.
xxEn el camino encontró un montecillo y empezó a gritar:
xx—¡Padrecito!, ¡padrecito!, ayúdame a pasar este montecito, que te traigo cuerdas!
xxEl viejo oyó desde el campo que alguien le llamaba, fue al encuentro del niño, le ayudó a franquear el montecito y le preguntó:
xx—¿De dónde vienes, hijo mío?
xxEl niño respondió:
xx—Me he formado en la estopa, padrecito.
xxY alargó las cuerdas al padre.
xxPúsose a comer el viejo, y el niño le dijo:
xx—¡Déjame labrar, padrecito!
xxEl viejo respondió:
xx— No te alcanzarán las fuerzas.
xxLipunuschka toma el arado y se pone a labrar; trabaja y canta.
xxUn señor pasó por el campo y  vio al viejo que desayunaba mientras el caballo labraba solo.
xxEl señor descendió de su coche y dijo al anciano:
xx—¿En qué consiste, viejo, que tu caballo labra solo?
xxEl viejo, respondió:
xx—Tengo allí un niñito que le conduce; es el que oís cantar.
xxAcercose el señor y vio a Lipunuschka.
xxEntonces dijo:
xx—Anciano, véndeme ese chiquillo.
xxEl viejo contestó:
xx—No puedo venderle, porque no tengo más que éste.
xxLipunuschka dijo entonces al anciano:
xx—Véndeme, padrecito, que me escaparé y volveré aquí.
xxEn cien rublos vendió el campesino al niño.
xxPagó el señor, cogió al niño, lo envolvió en un pañuelo de seda y se lo guardó en el bolsillo. Cuando regresó a su casa, la dijo a su esposa:
xx—Voy a hacerte un regalo que te causará gran alegría.
xxContestó ella:
xx—Enséñamelo.
xxSacó el pañuelo de su bolsillo, lo desdobló y no encontró ya nada.
xxHacía mucho tiempo que Lipunuschka había huido para reunirse con su padre.

 

 

 

Tolstoi, León. Cuentos. Madrid; S.A. de Promoción y Ediciones Club Internacional del Libro, 1993.

 

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TRECE

 

xxx—(…) Si dedicara a mis novelas esas energías, me saldría muy bien.
xxx—¿A qué novelas se refiere?
xxx—Si esa pregunta no la hiciera usted, parecería una ironía. Me refiero a las novelas que no he escrito, naturalmente. Para mí, sin embargo, poseen un cierto grado de existencia, como si, una vez pensadas, comenzaran a desarrollarse a espaldas de mi voluntad, o como si alguien estuviera escribiéndolas por indicación mía en ese otro lugar que yace oculto bajo los sucesos de la vida diaria. Vivimos una vida demasiado pegada a lo aparente, a lo manifiesto, a lo que sucede o parece suceder. Usted, por ejemplo, se cree que es mi psicoanalista y yo me creo que soy su jefe y yo me creo que ella es mi secretaria. Laura se cree que para mí es Laura, cuando en realidad es Teresa; ignoro a quién se dirije cuando me habla a mí, pero seguro que no es a Julio Orgaz. Así, con estas convenciones universalmente aceptadas, vamos viviendo. Y yo no digo que tales convenciones universalmente aceptadas, vamos viviendo. Y yo no digo que tales convenciones no tengan su utilidad: gracias a ellas se construyen ciudades y autopistas, se levantan imperios, se crean jerarquías y las cosas, en general, funcionan y funcionan de tal manera que todos acabamos por creer que suceden unas después de otras y que las primeras son causa de las segundas. Pero no es así. Lo cierto es que su lugar y el mío, por poner un ejemplo, son perfectamente intercambiables. ¿Qué es lo que hace que usted sea el psicoanalista y yo el paciente, excepto sus títulos y mi necesidad? Usted acepta la posibilidad de curarme y yo la de ser curado, aunque no sé de qué. De ese modo, el dinero circula de unas manos a otras y la convención progresa a toda marcha. Pero esta relación suya y mía puede modificarse en un instante y de forma tan gratuita como surgió. Hay veces en que todo está bien, que yo me encuentro de acuerdo con las cosas, incluidos los semáforos y el sistema político;voy y vengo, resulto eficaz, me ascienden, mi hijo quiere que lo lleve al cine, etcétera. Y, sin embargo, en cuestión de segundos, me pongo sombrío, me convierto en otro, aunque los demás —gracias a lo que entre todos hemos convenido— me sigan viendo como el anterior. ¿Qué ha ocurrido? Pues que he entrado en contacto con el otro lado de las cosas.
xxxEn un cuento de Orlando Azcárate, el sujeto del informe al que me refería antes, aparece un escritor cuyas novelas sólo triunfan cuando las firma su mujer. Hay otro cuento mío —también sin escribir, aparentemente al menos— en el que dos escritores que coinciden en un tren, de camino a un importante congreso internacional, deciden, tras tomar unas copas, intercambiar sus conferencias. Uno de ellos alcanza un éxito sin precedentes en este tipo de actos; su foto y su discurso aparecen en la primera página de todos los suplementos literarios y el sujeto, en fin, acaba por alcanzar la gloria, mientras que el verdadero autor de la ponencia se va hundiendo paulatinamente en el fracaso. Visto esto, parece absurdo que los hombres nos empeñemos en la búsqueda de un destino propio o de una identidad definida. Si de verdad tuviésemos identidad, no necesitaríamos tantos papeles (certificados, carnés, pasaportes, etcétera) para mostrarla. En fin.
xxxJulio se calló y levantando un poco la cabeza comenzó a mirarse la punta de los zapatos. (…)

 

 

 

Millás, Juan José. El desorden de tu nombre. Madrid; Suma de Letras, 2001.

 

A PROPÓSITO DE LOS CUERPOS

 

TENGO MANOS

xxxSoy la mujer sin manos. La que en vez de limarse las uñas se abrillanta los muñones. Porque nací sin manos he tenido que salir a buscarlas y luchar por ellas. Todas las noches cavo con los dientes la negra tierra de los cementerios. Porque no tenía manos, tengo ahora no dos ni cuatro sino tantas como he necesitado. Abro un cajón del armario, introduzco los brazos hasta los codos, tengo manos; unas manos blancas de finísimos dedos, suaves, manos para un piano. Abro otro cajón y me pruebo las manos marrones, llenas de callos y heridas, sin uñas o rotas; son las manos de trabajar. En ese cajón guardo las manos anchas y rosas, calientes, que huelen a caricias y a postres, manos de madre, madre… Pero si hay unas manos con las que me identifico plenamente y con las que quisiera morir, son éstas que llevo puestas: manos sin dedos, palmas estériles, cinco vacíos. La posibilidad de coger algo (tengo manos). La imposibilidad de retenerlo (no tengo dedos).

 

 

 

 

ÉRASE UN PELO

xxxÉrase un pelo en un lavabo público.
xxxÉrase un calvo preguntándose de quién sería ese pelo.
xxxSe trataba de un pelo negro, largo y rizado. Podría pertenecer a una hermosa mujer con una cabellera cayéndole en cascada petrolífera sobre los hombros. O a un joven con coleta, poco amigo de las tijeras y mucho de las selvas. Podría pertenecer a alguien que sólo tuviera un pelo, alguien que en estos momentos estaría llorando desconsolado su recién contraída viudez capilar. Podría ser el pelo de una eminencia, o el de un psicópata, o el de una peluca. Podría ser un pelo de pubis de una criatura inmensa: un dragón hermafrodita, una diosa, una guerra.
xxxÉrase un alambre humano observado por un humano inalámbrico.
xxxÉrase un pelo en un lavabo público. El grifo le llovió a cántaros y el desagüe se lo tragó. Con él, todas las historias. Sin él, un calvo.

 

 

 

 

SEXO Y SEXO

xxxAl otro lado del mar hay una playa donde se pasean los sexos de lunes —oscuros e impersonales, comedores de escarabajos, ungidos con salitre—, sexos con labios y sexos con uñas, sexos imberbes y sexos náufragos. No hay nada entre ellos y el sol (y el agua, y el aire, y una toalla raída y descolorida…).
xxxCuentan que una vez llegó a la playa un sexo de hombre sin hombre y se quedó a vivir en una enorme vagina de arena. Afirmaba que, pegado a su clítoris, podía escuchar palabras de caracola recitadas por la muy aguardentosa voz del mar.

xxxAl otro lado del otro lado del mar hay un camping donde reposan los sexos de viernes —erectos y/o hinchados, amorosos o funcionarios, juntos e internos, masturbados desde siempre—, sexos hartos de orinar veleros, sexos brillantes tan brillantes, sexos que tras pasear desnudos bajo el sol se acuestan vestidos sobre la luna.
xxxCuentan que una vez llegó al camping un sexo de mujer sin mujer y se quedó a morir en un inmenso falo de sal. Aseguraba que su glande emanaba una luz blanca y espesa que podía verse desde el otro lado del camping del otro lado del mar.

 

 

 

 

PECAS CON LUNARES

xxxTodo lo que rozaba lo llenaba de pecas y lunares. Intentaba recordarlo siempre, pero a veces se le olvidaba y cogía el teléfono para llamar a Tokio, debiendo desistir del intento al contagiarse las teclas, el auricular, el cable,  incluso la voz de la operadora, de un sarpullido hermoso, sí, pero difícil de manejar por la carnosidad o el tumulto. No podía arrancar una flor, tocar la flauta, abrazar; aquello que acariciaba se confundía con la varicela. El día de su fusilamiento nacieron cien jaguares. Al extender las palmas contra el muro a cuyos pies debía deteriorarse del todo, la cal se vio invadida por una flota de galaxias. Las balas no supieron dónde incrustarse, desaparecido el objetivo detrás de una tupida acumulación de pigmentos, y se invirtieron por el efecto boomerang; y por herir, ya que habían sido disparadas. Se fue a vivir a una barca y se pasaba las noches palpando el cielo.

 

 

 

 

LA BOCA

xxx…se abre, a la espera de recibir la hostia consagrada, y se cierra para que no entren moscas. Se sorprende por algo y por todo y se oiza o se ocea o se oece o se convierte en vocal autóctona de labios. Suspira. Bebe agua de la fuente. Da una calada a un cigarro y regala al aire anillos para un gigante. Eructa. Escupe. Vomita. Tiembla de dientes. Palidece de encías. Calla. Miente. Besa y muerde creyendo que besa. Imprime susurro en nuca. Retiene en caricia de lengua el glorioso pene o el jugoso clítoris e ingiere su calor en salsa. Jura, conjura y perjura. Enarbola un flemón. Malcría herpes y piorreas. Hace maquetas de dirigible con pompas de chicle rosa. Salivea o salivifica o salivunta o derrama saliva cuando el resto del rostro y el cuerpo sestean y la mente vuela. Silba y sorbe y sirve de soporte al grito. Es una y son todas. Todas las bocas son la boca que es la Boca. Y dice amén. Y dice amén. Y dice amén.

 

 

 

 

PECHO NUESTRO

xxxTu pecho izquierdo sabe de la existencia de tu pecho derecho. Tu pecho derecho sabe a gloria. Entre tus pechos caben los míos, acoplados perfectamente como piezas de Lego blandas, rosas, más redondas, más obvias. Mi pecho izquierdo no quiere separarse de tu pecho derecho, el que sabe a gloria. Mi pecho derecho confunde tu pecho izquierdo con el derecho, y sabe que le sabe a gloria. Me gusta ver tu sujetador y el mío juntos, tirados por el suelo o en una silla, henchidos de este amor de Wonderbra, manchados de pezón y nimbo, acoplados perfectamente como vidas de Lego suaves, blancas, más bordadas, más novias.

 

 

 

 

POR NARICES

xxxMañana amanecerá nariz. Aparecerán brumas matinales en forma de mucosidad variable a lo largo y ancho del tabique, que se irán despejando hasta desaparecer por completo tras el segundo café. En el norte y noroeste nasal, las temperaturas irán en ascenso ligero a moderado, y ligero en el resto del bulbo olfativo. Soplará un viento del W moderado de coana a coana, con intensidad fuerte en la pituitaria. Se esperan precipitaciones débiles a mitad del día, chubascos y estornudos en el área del Estrecho. [Manojitos de fibras, venillas, ventanas que son herraduras, caballete sin cuadro, esponjoso hueso, vómer nuestro de cada día, bendita pilosidad que evita la penetración de los cuerpos extraños]. Los chubascos se extenderán al tercio sur de las narinas, acompañados de tormentas de intensidad variable, según la cantidad de cocaína que haya sobrevivido a la última fiesta, oculta entre cartílagos, produciéndose intervalos de amargura. Habrá una apertura de claros en la vertiente este a última hora de la tarde. Temperatura máxima prevista a 1.500 metros: 13º. Temperatura mínima prevista a 1.500 metros: 7º. El ambiente será agradable.

 

 

 

 

A HINCAR LOS CODOS

xxxA ese niño le han insistido tanto en la importancia de hincar los codos que, hoy por hoy, lleva un pupitre incrustado del que no logra despegarse, y a causa del cual no puede estirar los brazos, manteniéndolos siempre doblados hacia dentro. Y le duelen ya. Y le pesa el mueble. Y no puede tocar las palmas. Ese niño sabe de reyes, de logaritmos y de madera taladrada, de reyes de madera, de logaritmos taladrados, de tener madera entre los taladros. Y sufre. Y se siente aislado. Y se aburre porque no es admitido en los parques acuáticos ni en los cines ni en los juegos de los otros niños, ni mucho menos en el del escondite, ya que es muy fácil descubrirle: le delata el pupitre. Le delata el derrame de astillas al hablar por los codos. Le delata la maderería.

 

 

 

 

PORQUE LOS CUERPOS

xxxPorque los cuerpos seguirán vistiendo a la mente por los siglos de los siglos. Porque son lo primero y lo último que recordamos de los seres que nos habitaron. Porque gracias a ellos las almas se pueden tocar y los álbumes de fotos tienen sentido. Porque son nuestras herramientas de vivir. Porque es blandísima su belleza y durísima su impiedad. Porque son los nuestros.

 

 

 

Román, Elena. A propósito de los cuerpos. Béjar; Littera Libros, 2008.

 

LA MUERTE NO ES EL FIN

 

UN BOSQUE

Revuelvo entre mis libros más viejos, estos días, para llevar a mis alumnos de bachiller ejemplos de procedimientos narrativos. Después de años, sacarlos de sus estantes, hojearlos en el tren, llevarlos hasta el centro, mostrarlos ante los chicos… Es como devolverlos a la luz que no ven salvo aquella que tímidamente reciben en el encierro de casa, para que yo los relea de vez en cuando o, en muchos casos, que al fin los lea.
xxxPero algo me llama la atención en todos ellos, y es la forma en que el papel ha envejecido. Haciéndose más oscuro, regresan a su origen; como quiso de todas las cosas Anaximandro. Vuelven a la madera de la que una vez partieron. Pienso en mi casa, cuyas paredes van forrándose de libros desde hace años, desde que mi padre me inoculara, cuando yo era niño, el respeto y el amor por los libros, y pienso que todos estos años he estado construyendo un bosque muerto a mi alrededor, una tumba en la que yo acabaré poco a poco, espero que lo suficientemente despacio.
xxxMadera vieja, una cobertura. Como una barrica en la que el vino de la imaginación y el pensamiento ajeno envejece despacio para uno; para que uno lo deguste, y enmiende en parte, en lo posible, la insuficiencia de la imaginación y el pensamiento de uno.
xxxNo seré enterrado aquí. Pero, con suerte, sí lo hará mi inteligencia: irá desvaneciéndose, espero —poco a poco, ojalá— en esta tumba de madera que va siendo mi casa desde siempre, en esos libros que van siendo mi hogar. En esta tumba que es también un bosque, senderos abiertos, caminos de madera. El bosque multiplicado en el que quiero seguir perdiéndome, y envejeciendo.

 

 

 

 

REENCARNACIÓN

Quizás el rigor en mis ideas y en mis métodos es algo exagerado. Hace un tiempo, tuve la mala fortuna de dar con mis huesos en una pequeña ciudad donde todo el mundo creía que la muerte no era el fin: paraísos etéreos como estaciones de paso a reencarnaciones sin fin animaban sus fantasías y sus conversaciones. Mi rigor argumentativo me llevó a tratar de hacerles entrar en razón, pero el encono de estas gentes en su error no conocía límites. Pues bien, iban a disipar por sí mismos las neblinas de sus absurdas fantasías: decidí asesinar de una manera ejemplar a los oradores más exaltados.
xxxSupe entonces que aquí todos eran, además, fervientes defensores de la idea de que no existía el crimen perfecto: aguardaban que el asesino fuera pronto descubierto. Un nuevo error de todos ellos, pensé: en una suerte de reencarnación negativa, seguí asesinando impunemente, con mi rigor acostumbrado. Nunca fui descubierto.
xxxEl problema es que ahora estoy solo, he acabado con todos los habitantes de la ciudad que me acoge. Ya no me queda nadie con quien discutir. Me planteo si mudarme de ciudad, para seguir tratando de hacer entrar en razón a nuevas almas descarriadas. Pero ya soy viejo y apenas tengo fuerzas; me sobrecoge, entonces, el anhelo que halla asiento en mí: necesitaría, para ello, de una segunda vida.

 

 

 

 

LA FECHA EN LA PIZARRA

Cuando escribo la fecha en la pizarra, a principio de clase, a veces dudo con el año y pregunto a mis alumnos, más que nada por hacerlos reír. Pero hoy me ha asaltado cierto pánico al considerar que, un día, mis alumnos puedan decirme una fecha cuarenta años en el futuro y yo sea ya un anciano; o aún peor, que los chicos pronuncien una fecha sesenta o cien años en el futuro y yo lleve de repente mucho tiempo muerto, y sea solo un espectro encerrado en todos estos días repetidos tantas veces, alguna vez, de mi vida; en esta aula, entre estas viejas paredes, tiza en mano, para la eternidad.

 

 

 

 

LA MONTAÑA

Me dormí en los aledaños de la pendiente que daba comienzo a la montaña, y allí soñé que coronaba su cima. Al despertar sentí una felicidad que me duró hasta comprender que no puedes culminar una ascensión sin ascender. Caído en la cuenta empecé a subir, mas la ilusión me faltaba: ya estuve ahí hacia donde iba.
xxxTuve que dejar otra vez la cumbre a mis espaldas, regresar sin su secreto.

 

 

 

López, José Óscar. Fragmentos de un mundo acelerado. Cartagena; Ed. Balduque, 2017.

 

REYES CANSADOS

 

EL REY DEL CANSANCIO

Soy el rey del cansancio, mis súbditos caminan por aquí: cerca, lejos, dan vueltas, creo, alrededor de mi palacio y de mis torres, mi corte del cansancio y el agotamiento, o a veces creo oírlos, hace tiempo que no les veo, los llamo y nadie viene, les ordeno que se acerquen pero nadie responde, ¿quién se detendría a escuchar una voz tan cansada?

 

 

 

 

PEQUEÑOS REINOS, GRANDES REINOS

El rey está perdido en su palacio gigantesco. Las presencias se multiplican.
xxxSu reino es tan enorme como el mundo, y su salón igual de grande que su reino. Y él, tan educado, saluda a todas las personas con quienes se cruza como si se tratase de reyes misteriosos y lejanos. ¡Lo que son!
xxxLo que siempre quiso ser él.

 

 

 

 

LOS VENCEDORES

Nuestros ejércitos desfilan por campos desolados y por reinos vacíos, por ciudades fantasma: hemos ganado. Pero detrás de este silencio, sospechamos que se mueve todavía algo invisible y gigantesco. Y es la realidad.
xxxInconfesables miedos nos asaltan de noche. Vemos sombras, fantasmas. Nos impiden dormir. Y son ellos los triunfadores.

 

 

 

 

AL FIN CABALLERO

¿Qué mal he hecho al rey, después de todos estos años de leal servicio a su corona? ¿Acaso no he defendido con esfuerzo, con todo mi empeño, nuestro pequeño castillo en el corazón del bosque? ¿Por qué entonces justo hoy, que esperaba mi ordenación como caballero, en vez de apoyar sobre mi hombro su real espada ha atravesado con ella, de parte a parte, mi cuerpo arrodillado frente a él?
xxxToda la corte ha prorrumpido en una larga ovación celebratoria. Aún me han quedado fuerzas para tratar de protestar, pero mi señor ha limpiado su espada con un paño ceremonial y me ha ayudado a levantarme entre los aplausos de su ejército. Todos nos han acompañado hasta la puerta.
xxxDejando atrás el reguero de mi sangre, hemos atravesado el foso exterior. Extraños y delgados castillos de cristal se levantaban hasta perderse entre las nubes, y cientos de caballos metálicos se deslizaban a una velocidad imposible por el aire y sobre la tierra, allí donde antes había un bosque, nuestro bosque. «Por fin has conocido la verdad», me dijo mi señor. Y añadió: «Todos estamos muertos hace mucho, bienvenido».

 

 

 

 

EL CANSANCIO

Todo lo que se interponía entre mi cansancio y yo, la resma de hojas en blanco de mi trabajo académico y las decenas de márgenes de libros anotados a lápiz, con una letra que era la mía pero que me estaba costando un infierno entender, aunque mayor infierno era la desgana, solo la gana de no hacer absolutamente nada, aunque eso tampoco resultase en absoluto satisfactorio: mirar aburrido hacia la hilera de luces en la noche, como la celebración de un nuevo año chino para una China mental y en blanco, el camino de hojas blancas como esperma de pájaro por el camino de los abedules, camino de la pizzería donde cenaría con ella, y no debería haberla llamado, no debería arruinar todo lo que ella también debe hacer, y que estaba haciendo. Ella me mordía la oreja y se reía. «Qué», le dije yo. «Qué», le decía. Y estaba todo oscuro, todo en silencio, regresaba el invierno, el invierno de pronto: todo el frío, y la lluvia. El cansancio, ¿lo ves?

 

 

 

 

LOS SIMPÁTICOS

No puede saberse de qué confín del mundo procedían, ni en qué momento exacto se instalaron entre nosotros. Quizás se trataba de algún país vecino, pero también podía ser alguno lejano, muy lejano, que estuviese inconcebiblemente lejos. Se habían ido introduciendo en nuestras fronteras, acaso sorteando distancias inimaginables, de forma paulatina. No, no, es imposible. ¿Por qué hablan, si no, perfectamente nuestro idioma? Tienen el mismo blando acento que nosotros y comparten nuestra apariencia, así como la forma de vestir. ¿Qué extraña burla es esta?
xxxDe cualquier forma, un día ya estaban ahí. Y eran simpáticos, mucho. Gente encantadora. Traían ideas nuevas, un mundo complejo y fascinante consigo, aunque también necesitaban considerar los puntos de vista de los demás, se notaba que resultaba vital para ellos. Escuchaban a todo el mundo con gran atención y uno se sentía bien porque parecían interesarse de verdad por quien tenían delante, así como por todo aquello que tú pudieses aportarles, tu diferencia.
xxxHubo una época de transición y desconcierto en la que nadie supo a qué atenerse. Si hoy preguntas por aquellos días, todos se encogerán de hombros y te preguntarán de qué estás hablando. Lo harán sin acritud, con una sonrisa franca y amable, y se esforzarán por escucharte aunque acabarán haciéndote ver de forma sutil, como quien elude una amenaza simplemente ignorándola, que no tienes razón. Y que si la tuvieras tampoco importaría gran cosa, que qué más da todo eso ahora porque ellos, los simpáticos, están para quedarse y eso es lo que importa.
xxxMe había demorado en salir de mi propio estado de miedo y confusión, de desconcierto: tardé en darme cuenta. Fue una mañana, de repente; ejerciendo cualquier gesto mecánico y cotidiano, desayunando o afeitándome, no sé, no lo recuerdo, pero sí recuerdo que me asaltó la idea, una intuición.
xxxUna intuición que ha resultado cierta, y es una certeza devastadora.
xxxLa de que aquella simpatía se contagiaba.
xxxY lo sigue haciendo, si no se ha consumado ya el contagio.
xxxCómo no iba a ser así, con ese carácter natural suyo, toda esa simpatía. A quienes no les son afines, les respetan tanto como si lo fueran y ni siquiera les evitan; les escuchan siempre que estos, venciendo sus primeras reticencias, se hacen escuchar. Hasta el individuo más tosco y brutal, sobre todo alguien así, tan solitario, gusta de que lo escuchen.
xxxPuede que no estén de acuerdo en muchas cosas, puede que no lo estén en nada. Pero los simpáticos no van a dejar nunca de escuchar a todo el mundo. Y hacerle ver que, aunque sus distancias parezcan irreconciliables, ellos no van a perder la esperanza que para el futuro supone sentarse los unos frente a los otros y escucharse con gran, gran atención.
xxxEscuchar, sopesar y valorar sus razones.
xxxHuelga decir que hasta la secta de los no afines, bastante numerosa en un principio, ha acabado asumiendo, acaso sin percatarse del todo, pero de forma irrevocable, el saber escuchar de sus contrincantes; un maldito, insensato respeto que ponen luego en práctica con cualquiera que se les cruce en su camino.
xxxY así esta larga cadena de mimetismo se perpetúa en nuestras calles, nuestras tiendas, nuestros trabajos y nuestros hogares, y yo regreso a casa después de días que me resultan largos, muy largos, pero las noches son aún peores pues son noches de miedo y agarrotamiento, noches de pura pesadilla.
xxxSé que no estoy solo, que ahí afuera hay más individuos que, como yo, se sienten al margen de este nuevo mundo de felicidad, esta epidemia laboriosa. No nos cuesta trabajo reconocernos, no se nos puede escapar ese mutuo recelo en las miradas, la manera en que evitamos la luz directa o las avenidas principales. Nos delatamos entre nosotros con los gestos sincopados e inseguros de quien teme, en cualquier momento, ser reconocido. Pero hace tiempo que no hablamos, no nos decimos nada: bajamos la cabeza y seguimos nuestro camino, para qué profundizar, y hundirnos, más allá de esa superficie, de la constatación de que todavía resistimos. Sí sabemos que, tarde o temprano, también nosotros vamos a caer; de poco nos servirá atrincherarnos juntos, relacionarnos entre nosotros conduciría inexorablemente a acabar adoptando las formas de ellos, su saber estar, esa seguridad en el hacer y su admirable asunción del mundo y de su compleja constelación de diferencias.
xxxSu simpatía.
xxxLos últimos que quedan se van transformando también y yo aguardo encerrado en mi pequeño ático mi caída. Al menos, sé que consistirá en una batalla rápida, limpia y sin dolor.
xxxCuando termine, voy a ser alguien bastante mejor.
xxxLlaman a la puerta y mi momento ha llegado, me llaman por mi nombre, no respondo. Frente a mis previsiones, no insisten y se marchan. A los dos días, suena el teléfono y no lo cojo. Tras cinco o seis timbrazos, el aparato enmudece.
xxxY no me vuelven a llamar. ¿Por qué no insisten? ¿Cuánto tiempo llevo encerrado aquí sin que nadie se preocupe por ganarme para la causa? Los días siguen transcurriendo. Y las semanas. Miro a través de la ventana para constatar que afuera hay todo un mundo nuevo que funciona a las mil maravillas prescindiendo de mí. Y siguen sucediéndose sin mí los días, las semanas, hasta que dejo de contarlas. Una mañana salgo a la calle con la misma naturalidad con la que lo hice alguna vez, hace ya tanto que pareciera una vida anterior; abro la puerta de afuera como un gesto que hubiera estado repitiendo hasta ayer mismo, como desayunar, como afeitarme.
xxxNo tardan en aparecer conocidos que me saludan sin sorprenderse, aunque me preguntan que qué he estado haciendo todo este tiempo, que dónde he estado. Y yo, entre lágrimas, mareado y confundido por la luz del sol, por todo ese espacio abierto al fin para mí, abrazo a unos y a otros.
xxxLos abrazo a todos.
xxx—Siempre he estado aquí —confieso—, entre vosotros, con vosotros, ¡siempre he estado aquí!
xxxDigo y río con emoción porque comprendo que ya soy uno de ellos, que estoy al fin salvado.

 

 

 

López, José Óscar. Fragmentos de un mundo acelerado. Cartagena; Ed. Balduque, 2017.

 

LOS ANTIGUOS DOMICILIOS. DIARIO. -Fragmentos-

 

xxxSábado. Si bajo el ritmo, bajo el estrés y me tranquilizo. Para ello es necesario dormir mucho y bien, no tener resaca por un mal vino, y que lo último que hayas vivido la noche anterior no perturbe demasiado. Ayer no me alteró ver en un escaparate del Paseo de Gracia que una gabardina costaba 2.550 euros, y una camisa 2800 euros, solo me impresionó. Que la amenaza nos cubre, es un hecho, pertenece al orden del cosmos y de lo colectivo. Lo único que podemos hacer personalmente es desobedecer los estímulos que nos proporcionan para consumir sin sentido, gozar de buenas amistades y de nuestra inteligencia intuitiva, así como aprender a compartir el saber. Conozco a muchas personas que se lo guardan, como si la tea que no pasa de mano en mano pudiera guardar el fuego. También conozco quienes parece que, al ocultarla, la tienen, pero no la tienen. El taxista me decía que ganaba 2.500 euros brutos, al final se quedaba con unos 800 porque debía descontar en carburantes e impuestos. Algo va a pasar, me decía. Pasábamos por Gran de Gràcia, muchos jóvenes alegres, compartiendo el espacio de la calle a las doce de la madrugada, en el momento en que el viernes se convertía en sábado. Yo pensaba que si todos esos jóvenes pusieran toda su energía durante un tiempo en no disolverla, probablemente los precios de las camisas del Paseo de Gracia no solo bajarían de precio, sino que no serían expuestas. Cuestión de multitudes. Como un gran enjambre de seres, re-territorializando las calles de Barcelona sin necesidad de portar bandera alguna. Agenciándose las aceras, ocupando el espacio rítmico con ritornelos que cambiarían de código en cada calle; al final un ritmo nuevo, una danza diferente. El monstruo retrocedería. (En el Paseo de Gracia, Barcelona)

 

 

 

 

xxxEl grito y la literatura, fue el título de la conferencia que impartió Hélène Cixous en Barcelona. Lo primero que hizo, después de sentarse escrutando el lugar, observando al público, fue dar un grito ante el micrófono. Después habló de su nacionalidad, una nacionalidad literaria: Lispector, Joyce, Bachmann, Shakespeare, Kafka… No hay otra nacionalidad para la escritura —decía—, solo maestros y maestras de la conciencia. La herida se coloca en el grito y escribir desde la herida es la escritura. De cada 100 libros que se editan, 99 no son literatura, aseguraba. Hablaba como pensaba, sin ordenar el discurso desde un logos, desde donde se supone que fluye el saber, como si fuese una fuente y el caño central ocupara la posición principal para que surtan los saberes hechos de palabras. Ella hablaba del recuerdo, del tiempo pasado y focalizaba en el año 1948. Sin saber muy bien cuáles eran los recuerdos certeros o exactos, solo sabía que ella formaba parte de los mismos. Después derivó a hablar del yo, no sabía si el yo era ella, si eran otros escritores, si la infancia era parte de la literatura que también es muerte. O landa, franja, frontera. Resurrección mágica, el libro es un sueño que viene de lejos como el personaje del cuento. ¡Ay, ay, ay! ¿Quién me arranca el grito? Lo vuelvo a tomar. La comunidad nos prohíbe gritar. El diario de Kafka era un grito, un grito al círculo familiar, una salida a su miedo. Miedos, y mientras tanto ella le daba tono, un tono-todo a lo que iba diciendo, como si cosiese hilvanando los pensamientos, daba vueltas hacia atrás, hacia adelante. ¿Quién escribe? ¿Lo hace yo? La literatura es resistente, como nosotros, pero los textos son más fuertes que nosotros. ¡Ay, Ay, Ay! fue el primer motivo de la literatura. Un hombre le preguntó a la filósofa francesa si era igual un grito en francés que en catalán. Si el grito catalán o en otra lengua debería ser distinto. “No, no —le dijo—. Desde Homero a Sófocles ese ¡Ay Ay Ay! es la catástrofe, no se puede escapar de ella. En Alemán es ¡Aggg!, suena distnto, pero en casi todas laas lenguas es ¡Ay, Ay!, en catalán también”. El primer grito es el de separación con la madre, el bebé y la madre gritan, es un grito compartido de dolor. En Sófocles resuena la fatalidad de Homero. El grito es antes que el habla. Rilke decía que la voz es una dirección con la cual nosotros gritamos. El logos viene después, cuando intentamos explicar nuestra soledad. (En el CCCB, Barcelona)

 

 

 

 

xxxRecuerdo los zapatos de mi vecina octogenaria. Me enseñaba siempre la misma habitación mostrándome el armario y toda la ropa que tenía dentro. Llevaba años sin tirar nada, la ropa formaba siluetas ventrudas con michelines. Luego me enseñaba el sofá y la foto de su marido cuando era joven. Abría el zapatero y allí estaban todos sus pares de zapatos. Objetos fetiches que me producían un regusto de muerte. La muerte anticipándose en las suelas desgastadas de los zapatos. Me imaginaba a la vecina en su juventud con unos zapatos de tacón altos, instantes después en zapatillas, yendo hacia la cocina para hacerse un café, casi simultáneamente la veía probándose otros zapatos en una zapatería. Se multiplicaban en mi mente los pares de zapatos chocando unos con otros, desangrándose.

xxxElijo este par de zapatos, me los pongo y estoy cómoda mientras doy una vuelta en la zapatería con ellos para probarlos. Salgo a la calle con los que llevaba puestos. Un día estreno los nuevos zapatos y comienzo a caminar. Me duelen los pies. Me lamento pero no me culpo, ya que el trasunto se desarrolla entre un objeto material y yo misma, que estoy hecha de varias hebras y ninguna es un objeto. ¿Qué es equivocarse? Poner el pie donde pensabas que iba a estar la huella; se trata de una lógica donde no puede haber ni un acto fallido. No existe por lo tanto el equívoco, sino el cambio de situación. De un momento a otro suelen suceder: lo que tenías dejas de tenerlo. Acostumbrarse a estos venires.

xxxNo se venden apenas libros, dicen las estadísticas. Cuando las estadísticas dicen algo, están dibujando una situación cambiante e incierta. Puede que el gremio de libreros esté interesado en subrayar que las estadísticas digan que no se lee. ¿Qué saben las estadísticas del libro que dejas sobre la mesilla de noche, o pones en la mochila esperando un momento de calma para entrar en su lectura? Sobran producciones. A quienes nos gusta leer no nos atrae la mayoría de libros que se editan. Una de las profesiones remuneradas que también desaparecerá será la de editor de poesía. En las estadísticas yo también diría que no leo para guardar el secreto.

xxxMás mala, ser peor, la peor de todas, es la fantasía más elevada. Sé que lo que escribo no tiene sentido si no se van descifrando las metáforas: mala, elevada, peor… dada la indeterminación de la realidad puedo decir lo que me dé la gana. (Ante el espejo)

 

 

 

 

xxxLa cuestión del falo como símbolo de poder y fuerza nace ya en la tragedia griega. Freud y Lacan perfeccionarán la trama y dibujarán, para la posteridad, un pasado basado en no asignar a la mujer lugar alguno. El lugar vacío es la mujer como significante. La niña tiene envidia del pene, el niño no tiene envidia de la vagina. Hay que retrotraerse muchos años y llegar a las primeras impresiones de la infancia para cerciorarse, si esa verdad es cierta. En el nombre del padre el lenguaje, la castración, el deseo, la herencia… Si hay un hombre en casa la casa está habitada. “En esta casa no hay hombre”, “En aquella casa murió el hombre”, “La casa de tal se quedó sin varón”, como si ese hecho contuviese una fatalidad cuyo origen provenga de los personajes de la tragedia griega. Incluso el teatro de Shakespeare está atravesado por un exceso de “hombres” que juegan el papel fundamental. (En el bar)

 

 

 

 

xxxHa muerto una —¿antigua?, ¿vieja?— amiga. Desaparecemos del recuerdo de alguien, o simplemente nos vamos borrando. L. tenía una página en el Facebook, una editorial, una gran admiración por Clara Janés y un rincón que era su casa, al que llamaba “en cuevas”, sinécdoque de la calle donde vivió desde que la conocí, allá por los lejanos ochenta. Cuevas de Almanzora, situada cerca del barrio de Chamartín, en Manoteras, aal norte de Madrid. Abro la página del face y veo un anuncio de unos grandes almacenes donde dice que a mi amiga le gusta esa página. Siento un escalofrío por la potencia que la virtual noticia me provoca. La página de ella todavía guarda la siniestra despedida horas antes de morir: Qué timo, pero qué timo. Ni estampitas han faltado. Algunos comentarios y varios clics en “me gusta”. Hasta siempre. Buen viaje. Eso mismo. Te voy a echar mucho en falta… Un vídeo de Gianna Nannini, y alguien que dice: ¿Cómo hasta siempre? ¿Adónde se va? (En la oficina)

 

 

 

 

xxxCuando nos lo van robando todo, queda la lengua, el lenguaje, patrimonio in-vendible, en constante movimiento. El lenguaje es un elemento mediador (Lacan) que le permite al sujeto obtener reconocimiento del otro. Estructura las leyes sociales y es necesario para el intercambio en el plano imaginario. La lengua puede ser amada o no; la política emplea el lenguaje común porque resulta ser un significante aglutinador de identidades. Sin tener en cuenta el cuerpo, amar la lengua es amar una quimera.

xxxEsta mañana amaba los pájaros que caminaban con sus dos patitas sobre el jardín de los vecinos. De repente se pusieron a volar, eran dos, negroazulados. Sentir amor así, súbitamente, como si el amor formase parte del proceso de una cadena y no pudiera manifestarse hasta la finalización del producto. La cadena se interrumpe si salta un elemento o si falla una pieza. Algo que no estaba previsto ocurrió y me vi envuelta en la perfecta armonía que de tanto en tanto recorre el ser. Ante las sucesivas fallas del sistema, el amor cuenta cada vez cuenta con menos referentes visibles o invisibles para ser notado. Hay que acostumbrarse a mirar fijamente sin esperar nada o esperar algo sin mirar lugar alguno. La rareza que no sucumbe palidece ante mi ventana cuando observo al pajarraco de turno espantar las aves. (En el balcón)

 

 

 

 

xxxLos géneros no hacen que un texto sea mejor o peor, simplemente clasifican, como todo el mundo sabe. En música, por ejemplo, podemos distinguir la ópera del jazz, la balada del mambo, la sinfonía del rock, nadie confundirá un tango con una canción napolitana, ni una sesión de jazz con una zarzuela. Si nos acercamos al mundo de la pintura también distinguiremos el cuadro por su estilo: desde el expresionismo abstracto hasta el surrealismo, la pintura veneciana del siglo XVI, o las hieráticas figuras de DeChirico; nuestra mente prepara un escenario en el momento de pensar en tal pintura u otra, no hay confusión posible a no ser que lo desconozcas. Así no sucede con el poema. Podemos distinguir entre la poesía del siglo de Oro —Góngora, Sor Juana Inés— una jarcha o un romance, un poema arábigo andaluz de un fragmento de la Canción de Rolando. Si nos vamos acercando al siglo XX, la poesía lo es todo. Tanto vale el poema que nos cuenta el desengaño amoroso de un joven narcisista como el padecimiento de una madura mujer cuyo pasado le provoca malestar. El tema, casi siempre, se mueve alrededor del yo. Vale tanto decir que esta fuente se secó y pasan los pájaros sobre las alamedas que un oscuro enigma irrumpiendo en el sueño del poeta. Pero no todo es poesía. Cuando vas a una librería, en la sección de poesía están todos los libros expuestos recién editados, raras veces encuentro secciones dedicadas a los autores, allí es menos difícil perderse. Pero para el profano que no sabe distinguir un mal poema, aunque sí distinguiría un bolero de una samba, y que no tiene herramientas para discernir ante la exposición de poemarios dónde se halla la buena poesía, le recomiendo que se guíe por su olfato y que vaya acostumbrándose a pocos hallazgos.

 

 

 

 

xxx“Paseemos cerca del mar”, le digo a M. “Disfrutemos del azul intenso y de las nubes chocantes.” Llegamos en coche hasta la zona de restaurantes de la Avenida Icaria y vemos que no podemos aparcar si no dejamos unas monedas en el tragadero que pone el Ayuntamiento, señalizando la zona en color azul. Si quieres pasear debes pagar. Han alargado la zona hasta los confines. Continuamos avanzando y buscando un hueco libre de pago; por suerte hoy se juega un partido entre dos equipos rivales y la gente ha dejado algunos huecos, así que cerca del Paseo de Poble Nou dejamos aparcado el coche. Estamos cerca del cementerio. Del viejo barrio apenas quedan cuatro paredes tapiadas de las que todavía se lee que hacían “bocatas” hace unos años. Nos adentramos en una cervecería vacía y consumimos un par de cervezas a precio de oro. Mientras tanto, comienza a llover. Es un placer pasear por el barrio casi vacío. Advertimos que han vuelto a cambiar los antiguos chiringuitos y en su lugar hay dos uniformados locales exactamente iguales regulados a unos metros, según la normativa. El césped de los alrededores está tan verde y recortado que parece irreal. La normativa dice que aquí debe estar el banco donde sentarse y allí la escultura que forma una vieja popa oxidada, tan bien colocada que hace daño. A lo lejos los hoteles muy caros. Durante el paseo me he sentido atropellada por una horda de patinadores rubios que gritaban histéricos. Un poco más de caminata y decenas de ciclistas se cruzaban con nosotras a menos de cuarenta centímetros, sin duda su habilidad me ha causado cierto estupor. Han desaparecido los ciudadanos para dar paso a los turistas. Ya no hay hombres maduros mirando furtivamente los cuerpos de jóvenes, ni viejas prostitutas solitarias ensimismadas en sus pensamientos, tampoco nos hemos cruzado con quienes residen en el barrio. Ni olor a pescado frito, ni familias modestas buscando donde sentarse para tomar un vino sin pagar un precio por estar frente a su mar. Ésta es la ciudad, éste es el territorio. Una mujer, calles adentro, hurgaba en la basura del supermercado masticando alimentos hallados en los cubos abandonados. La ciudad adquiere un perfil siniestro. Evoco la lejanía y recitamos un verso de Alejandra Pizarnik: Cómo decir en palabras de este mundo que partió un barco de mí llevándome. (En Poble Nou, Barcelona)

 

 

 

 

xxxParece que hay edades para la tristeza y una edad para la toma de conciencia de que la tristeza no depende siempre del sujeto que la padece: nos llega del ambiente, de un aire que sopla sobre nuestras almas desestabilizando la armonía. Las calles del barrio de Gracia están sucias. Las persianas de los comercios pintarrajeadas con feos trazos dibujados por despechados adolescentes. La proliferación de comercios chinos o hindús donde puedes encontrar todo tipo de mercancía, casi siempre vacíos, ante la mirada vigilante de quienes los regentan, invaden las calles. También ellos están tristes. Los restaurantes, que antes eran alegres puntos de reunión entre los vecinos, ahora son frías salas salpicadas de algunos comensales que no se han visto nunca. Los más de siete mil visitantes diarios al parque Güell suben perezosamente la calle Larrard, flanqueada por tiendas abarrotadas de souvenirs; todas son iguales vendiendo lo mismo. La entrada principal del parque, que proyectó Gaudí para el disfrute de las clases altas barcelonesas a principios del siglo XX, siempre está abarrotada de gente que nunca se volverá a encontrar. Haciéndose fotografías, todos sonríen cuando posan. Los quioscos de prensa están desapareciendo porque la crisis está arrasando un estilo de vida que nadie puede sostener. La crisis no es más que el nombre que se le ha puesto a este despedazamiento de nuestra sociedad. La imagen de un líder político, con el brazo alzado y los dedos posicionados de tal manera que pretende indicar el camino a seguir, entristece todavía más la calle. (En Gracia, Barcelona)

 

 

 

 

xxxOye sin escuchar. Se sitúa tras la pequeña barra que cada tarde convierte en un púlpito, sin dejar de mirar la hoja de papel donde anota los asientos contables correspondientes a la consumición de cada parroquiano. Ayer hablaba del fin del mundo, y sentenciaba el inmediato final de varias relaciones amorosas porque Júpiter iba a poner el ojo en todo lo que se puede destruir para provocar la desaparición de lo estable. El otro día vaticinaba sobre la caducidad del amor y se reía de quienes andaban emparejados. Sin dejar de contar las monedas, miraba de soslayo a quienes entraban en el local con aspecto apesadumbrado. Habla del amor sin conocer ese sentimiento y la carencia le ha dibujado un rictus de bebé insatisfecho, como si la madre le hubiese retirado el pezón de golpe y ahora, décadas después, conserva el signo de esa ausencia en una boca amarga donde las sentencias caen en cascada formando un montículo de desagradables emociones alrededor de sí mismas. Estos nuevos agoreros del mal agüero confunden codicia y deseo; lealtad con fidelidad; monedas con amor; el futuro con el presente; toman el tiempo por rígidos instantes de vacío; trocan la amistad en intercambio; la conversación en monólogo; y las relaciones las confunden, asimismo, con un impenetrable solipsismo. (En el bar)

 

 

 

 

xxxNos da la sensación de que “este” presente es todo el tiempo que tenemos y este espacio ocupa todos los lugares posibles, porque el miedo nos acoge con sus brazos protectores. Si no tuviésemos miedo abriríamos la puerta con un gesto nuevo, saldríamos a la calle con ganas de vivir, tendríamos entre la lista de emociones aquellas que nuestra naturaleza, en los momentos felices, tiende a desarrollar; pero el miedo es poderoso, no es ficción, da paso a estados de ánimo enfermizos, contagia a nuestros semejantes, y nos olvidamos que somos, fundamentalmente, tiempo. Adquirimos conciencia de nuestro valor cuando el cuerpo no responde, o la vida se convierte en un sinfín de compromisos absurdos porque no sabemos estar solos, no sabemos gozarnos. Recordar que todo es movimiento, como el viejo haiku que dibuja perfectamente la simultaneidad: Mientras cae la nieve/ la falda de la montaña apenas puede verse/ ¡Ya atardece! (En el autobús)

 

 

 

 

xxxEl amor es preciso; ni se queda, ni se cuida, ni exige la voluntad de nadie. El amor requiere la absoluta libertad de amar, pero tenemos demasiados modelos, ideas, pensamientos que bloquean el amor. El amor: esencia incapturable. Lo encerramos en las cajas de las casas en pareja y, sin embargo, choco, me doy de bruces, aun sabiéndolo buscamos esa casa.

xxxAlgo así, algo así, mueve el mundo.

xxxCuando te enamoras, en el tiempo de la duración, el Ser se completa. Se completa porque su sed de completud se ha calmado. Pero la sed es persistente y regresa.

xxxRegresa cuando no lo esperas porque no eres nadie en medio de esas sensaciones.

xxxRegresa después de un tiempo.

xxxEs un ciclo. Quien sepa vivir en el curso de ese ciclo y conozca las desventuras de la caída sin moverse del sitio, probablemente aprenda a ser ágil para ocasiones verdaderas.

 

 

 

 

xxxDe pronto me dejaron de interesar. Cada día me cruzaba en el pasillo con la desagradable X. Me saludaba haciendo un gesto con la cabeza y sonreía exhibiendo el aparato dental que tanto afeaba su expresión facial. Después se introducía en su despacho y cerraba la puerta de golpe. Yo seguía caminando por el largo pasillo hasta llegar a mi oficina. Tres administrativas con buen aspecto también se cruzaban conmigo en mi camino hacia la sede de la Administración. Una de ellas era alta y tenía una extraña fealdad que dejaba escapar mientras te miraba; no es que fuesen sus rasgos desproporcionados, todo lo contrario, sin embargo carecían de la armonía necesaria para considerar que un rostro resulte especialmente interesante. Su cara me provocaba un vivo rechazo y por eso evitaba mirarla. Pero era aún peor la presencia en mi propio despacho de la subjefa, quien se encargaba de que el presupuesto encajara en aquel organismo oficial construido hacía más de cien años. Era muy delgada, parecía poseída por un mal que dejaba sus ojos sin brillo si la mirabas atentamente; no es que estuviese enferma, pero al parecerlo su semblante adquiría una extraordinaria palidez de aspecto cadavérico. Su máxima preocupación, durante todas las mañanas, consistía en que encajasen los números en el presupuesto, y aturdía a los demás para que semejante tarea se realizase con diligencia y presteza. Una mañana me quedé mirando hacia las nubes que dejaba ver el marco del ventanal. Pasó la hora del desayuno y yo no había terminado la lista de gastos que se había generado durante el último semestre en material de oficina. La vida se me hizo pequeña. El bolígrafo se escapó de mis dedos. La subjefa se acercó para decirme con sequedad que no era posible la suma que le había proporcionado dos días antes. Me señaló con el dedo el error y lo repitió en voz alta. Me desasosegué. Las miré a todas. Adquirí una conciencia que me desveló la inutilidad de aquel vacío que se llenaba de una ira paciente, una ira desentrañante de tantos años inútiles. Sentí rencor. Alcé la vista y la miré. Aquellos ojos carecían de los mínimos destellos de vida. La ausencia de rocío en el lacrimal, la opacidad del blanco de aquellas retinas, el iris ligeramente visible marcando una doble circunferencia oscura que contrastaba con el también oscuro fondo del cristalino. Pensé en las pinturas de Malévich. Blanco sobre blanco. Negro sobre negro. Un pozo oscuro que me conducía al pasillo donde me cruzaba cada mañana con todas ellas, en lo negro de cada vida que se empeñan en sostener, no sé por qué. Recuerdo que lo último que hice fue levantarme, ir al baño para lavarme las manos; un gesto absurdo, sin duda. Me giré y pasé de largo todas las puertas. Al llegar a la calle me quedé mirando el edificio. Durante mucho rato lo estuve mirando. (En la oficina)

 

 

 

 

xxxNadie puede forzarme a amar a otro. Mucho menos amar un país. Ah, pero Montevideo… (Tomando un vermut)

 

 

 

 

xxxMe dormí y a la una volvía a despertar, tengo prisa porque pasen los días, sé que algo me empuja a que sea así, como si este tiempo fuese el envés de otro y, mientras tanto, la existencia forma otra ola en el arrastre de la anterior y, en el comienzo de esta nueva, estoy.

xxxSe van personas, llegan otras, se van intereses, me vacío de ellos, conquista de la libertad a fuerza de no desear casi nada. El horizonte no es brumoso sino que está cambiando su lejanía y diviso algo y aún no sé qué es.

xxxEs razonable que muchos poemas escritos hace un siglo ahora no se sostengan. Hay demasiado del ambiente del afuera, de las modas, de la retórica impuesta. Cuanta menos subjetividad del autor, más impreciso en el tiempo y más lejano.

xxxUna se ha vuelto como todo el mundo, pero precisamente estoy haciendo de ese todo-el-mundo un devenir; me quiero volver imperceptible, clandestina.

 

 

 

García, Concha. Los antiguos domicilios. Sevilla; Ed. La Isla de Siltolá, 2015.

 

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