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ESA BELLEZA

septiembre 15, 2019 Deja un comentario

Es este uno de esos libros que uno no sabe por qué no se ha detenido antes a leerlo, a disfrutarlo. La mezcla de escultura, fotografía, filosofía y escritura lo convierte en uno de esos libros que hace que la propia biblioteca aumente unos cuantos enteros de calidad.

En el prólogo del libro, escrito por Jaime Priede -autor también de la traducción-, podemos leer:
xxxxx“A partir de las fotos de las esculturas de Giacometti, Berger reordena su apariencia basándose en un principio de colaboración, el mismo que persigue Trivier. La cámara de Trivier quiere encontrar la cara de lo que busca, persigue su expresión, que la escultura le devuelva la mirada. Berger considera que el artista no es un creador, sino más bien un receptor. “La creación no es sino el acto de dar forma a lo que se ha recibido”. Es uno de los principios que rigen el devenir de este libro, en el que la vista llega antes que las palabras.
xxxxx“La escritura, tal como yo la concibo, no tiene un territorio propio. El acto de escribir no es más que el acto de aproximarse a la experiencia sobre la que se escribe; del mismo modo, se espera que el acto de leer el texto escrito sea otro acto de aproximación”.
xxxxx(…) Trivier se plantea fotografiar las esculturas de Giacometti con la paciencia de un pintor. Cuando Trivier tenía seis años, Berger miraba la foto de Paris Match y anotaba: “Pensemos en una de sus esculturas. Delgada, irreductible, inmóvil, aunque no rígida; imposible de pasar por alto pero, al mismo tiempo, sólo es posible observarla, mirarla. Al hacerlo, la figura nos devuelve la mirada”.

 

 

Y aquí dejo algunos textos del libro.

 

 

xxxxxEscribe Gilles Deleuze a propósito de los filósofos estoicos: “Entre la profundidad de las cosas físicas y la superficie de los fenómenos metafísicos hay una estricta complementariedad”.

xxxxxDamos un salto desde los estoicos a los que se refiere Gilles hasta la piscina municipal. No la de Eastbourne sino otra en el suburbio parisino de Fresnes, donde se encuentra la célebre Maison d’Arret.

xxxxxViene a la piscina gente de todas las edades. Los padres traen a sus hijos. Muchos de los habituales vienen solos. Puede que se saluden con un gesto. A veces hay siete nadadores, a veces setenta. Depende del día de la semana, de la hora, de la estación. Los niños se dirigen a sus padres. Cualquier otra voz se considera innecesaria.

xxxxxLa mayoría de los nadadores llevan gafas oscuras para protegerse del cloro. El gorro es obligatorio, incluso para los calvos. Todo el mundo se concentra en el acto de nadar. Algunos se sumergen, otros descienden lentamente por la escalera. Nadan para mantenerse en forma, para perder peso, para fortalecer el corazón, por el placer de sentirse en el agua o por el íntimo y singular placer de llevar a cabo algo privado y solitario en compañía. De vez en cuando, hay un nadador que sueña con llegar a ser campeón local. Todo el mundo nada de lado a lado, largo tras largo, cada cual siguiendo su propia calle no señalada.

xxxxxCuando sales del agua, si has nadado sin gafas como yo, percibes un ligero halo alrededor de los que aún nadan o salen del agua para ducharse antes de vestirse y secar el pelo. El halo es fruto de la irritación de los ojos pero me gusta creer que sea también obra de la mente. Nunca he aceptado la idea de que el pensamiento clarifica sin más; llena un vacío también. El pensamiento tiene su propia opacidad.

xxxxxCuando las observo, las figuras que están quietas o moviéndose en la piscina de Fresnes son tan difusas como las figuras quietas y en movimiento de Giacometti en una de las fotos de Marc.

xxxxxUn hombre joven y alto enjabona bajo la ducha sus largas piernas. Una mujer madura se agarra al borde y mira atentamente el agua que le llega hasta la clavícula, como si fuera un libro que está leyendo. Un hombre de mi edad nada en estilo crol lentamente hacia su pasado. Una adolescente de once años camina por el borde de la piscina gozando del tesoro de sus caderas.

xxxxxNo hay cabida para el sexo aquí, el lugar no lo permite. Es un sitio con mucho deseo, gran cantidad de deseos, pero el sexo está de más.

xxxxxImagino al hombre joven, la mujer corpulenta, el septuagenario, la adolescente de once años que acabo de describir, volviendo a sus vidas privadas, reconocidos, recibidos por alguien con quien comparten la intimidad.

xxxxxEsa belleza.

 

 

 

 

xxxxxEl deseo sexual, si es recíproco, origina un complot de dos personas que hacen frente al resto de complots que hay en el mundo. Es una conspiración de dos.

xxxxxEl plan establecido es ofrecer al otro un respiro ante el dolor del mundo. No la felicidad sino un descanso físico ante la enorme responsabilidad de los cuerpos hacia el dolor.

xxxxxEn todo deseo hay tanta compasión como apetito. Sea cual sea la proporción, las dos cosas se ensartan juntas. El deseo es inconcebible sin una herida.

xxxxxSi hubiera alguien sin heridas en este mundo, viviría sin deseo.

xxxxxEl cuerpo humano realiza proezas, posee gracia, picardía, dignidad y otras muchas capacidades, pero también resulta intrínsecamente trágico como no lo es ningún cuerpo de animal (ningún animal está desnudo). El deseo anhelaproteger al cuerpo amado de la tragedia que encarna y, lo que es más, se cree capaz.

xxxxxLa conspiración consiste en crear juntos un espacio, un lugar de exención, necesariamente temporal, de la herida incurable de la que es depositaria la carne. Ese lugar es el interior del otro cuerpo. La conspiración consiste en deslizarse al interior del otro, allí donde no se les pueda encontrar. El deseo es un intercambio de escondites (hablar de “volver al útero” es una vulgar simplificación).

xxxxxTocar una pierna con mano de amante. Que sea para excitar o para relajar no supone diferencia alguna. El tacto aspira a alcanzar, más allá del fémur, la tibia o el peroné, el propio corazón de la pierna, y el amante al completo espera acompañar ese gesto y habitar en él. La pierna de Giacometti, la de la piscina de Eastbourne, tiene que ver (entre otras cosas) con el deseo.

xxxxxNo hay altruismo en el deseo. Al principio están implicados dos cuerpos y la exención, siempre y cuando se logre, les protege a ambos. La exención es inevitablemente breve y, sin embargo, lo promete todo. La exención suprime la brevedad y con ella las penas asociadas a la angustia de lo efímero.

xxxxxAnte la mirada de una tercera persona, el deseo es un breve paréntesis. Desde dentro, una inmanencia y una entrada en la plenitud. Normalmente la plenitud se considera una acumulación. El deseo revela que es un despojamiento: la plenitud de un silencio, de la oscuridad.

 

 

 

 

xxxxxUna vez hice un retrato de Andrei Platonov a partir de una fotografía en un periódico. Puede que surgiera también de alguna de sus palabras. Palabras que tuvieron que traducirme porque escribía en ruso, una lengua parecida al murmullo de las primeras horas del día. Nació en Voronez en 1899 y murió en Moscú en 1951. Al fondo del dibujo pegué un billete de tren y anoté una frase de uno de sus relatos: “Se marchaba lejos por mucho tiempo, quizá para siempre”.

xxxxxAhora Andrrei se ha unido a la fila india y Katrin se vuelve para escucharle.

xxxxxEn un libro titulado “Djann”, cuenta la historia de un grupo de nómadas varado en un desierto de sal (de desolación) en alguna parte cerca del mar de Aral en Uzbekistán. Lo han perdido todo: instinto de supervivencia, pertenencias, ganado, cualquier noción de futuro y toda ilusión.

xxxxxEscribió ese libro en 1935 y fue el primero en publicarse tras su muerte, en los sesenta. Andrei Platonov era un caballero andante del compromiso y de la miseria. Compartir, dijo una vez, te devuelve el sentido de la realidad. No puedo oír lo que le dice a Katrin. Él creía que los perdedores eran amados sin saberlo y que en esa ignorancia había algo más sagrado que en cualquier otra cosa sobre la tierra.

xxxxxHacia el medio del relato, una de las noches previas a la llegada del crudo invierno, el protagonista oye por casualidad el susurro de un hombre y una mujer en su desvalida choza.

xxxxx“Ya no servimos para nada, dice la mujer, tú estás delgado y débil, en cuanto a mí, me languidecen los pechos y siento dolor en la médula de los huesos.
xxxxxNo dejaré de amar lo que queda de ti, dice él.
xxxxxNo se dijeron más. Sin duda se tendieron abrazados en el lecho para tener en las manos su única dicha”.

xxxxxNo dejaré de amar lo que queda de ti.

xxxxxLo extremo de esas ocho palabras se aproxima a la pose extrema de Annette.

 

 

 

 

xxxxxNo hace mucho estuve en Florencia. La nieve caía sobre el Duomo y el Arno fluía bajo los puentes con el color de una vieja calavera. La ciudad estaba tan fría como una fortaleza en invierno. Normalmente el tiempo y las colinas sembradas de Toscana encubren el hecho de que Florencia haya sido (es) la más afilada y menos complaciente de todas las grandes ciudades italianas.

xxxxxEn un momento dado, me refugié de las calles heladas en el Museo del Bargello y allí me topé con la cabeza de porcelana de un joven santo —¿o sería un ángel?— de Luca della Robbia. Andaba por los sesenta cuando la hizo. Utilizó solamente tres colores. Un ocre pajizo para el cabello, un verde de acedera para el cuello de la túnica y el inimitable azul de Della Robbia para la propia túnica y la capa. La piel, el blanco de la porcelana. ¿Cómo describir el azul de Della Robbia? Combinar el mar Egeo con el vestido de la Madonna, atrae a la memoria; es el azul de la música. Los colores no tienen vida pero el ángel parecía estar vivo.

xxxxxCuando Luca era joven, antes de ponerse en marcha el negocio familiar de producción de bustos coloreados, relieves y medallones para que la ciudad pareciera más inocente de lo que en realidad era, le consideraban un escultor del bronce a la altura de Donatello. Su tribuna de la Cantoría, una serie de altorrelieves que representan a músicos, cantores y danzarines haciendo música, es asombrosa. No conozco otra obra que muestre con tanta precisión el poder de la música para arrebatar a los músicos y a quienes les escuchan. Observándoles, llegas a pensar que Elvis, Morrison, The Bird, Ferré o Piotr ya han sido anunciados en bronce a principios del quattrocento.

xxxxxLuca se ha unido a la fila y Andrei le explica que su padre trabajaba en el ferrocarril como maquinista y que él mismo, antes de convertirse en ingeniero, realizó sus estudios en la Escuela Politécnica.

xxxxxLuca della Robbia fue contemporáneo del pintor Masaccio. Éste murió a los 29 y él vivió 82 años. El fresco de Masaccio sobre Adán y Eva en la iglesia de Santa María del Carmine, a diez minutos andando del Museo del Bargello, es uno de las más bellas evocaciones de la tragedia inherente al cuerpo humano.

xxxxxAhora Luca está hablando con Katrin. Ella tiene los ojos verdes.

xxxxxEl ángel era bello. Me refiero a su presencia, no al resultado como obra de arte. Hice un dibujo para intentar entender la expresión de su rostro. Y mientras dibujaba esa expresión, me di cuenta de algo muy distinto.

xxxxxSu rostro afirma que es él quien te está mirando. La belleza no procede aquí del placer de mirarle, sino de la necesidad de que te mire. La belleza procede de la esperanza de que te reconozca, y te incluya, la existencia de lo que estás mirando.

xxxxxEsa esperanza de ser mirado y reconocido no se da solamente ante los retratos de los florentinos con su erotismo. El trazo de un león sobre la oscura pared de una cueva hace treinta mil años ofrece, además de la elegancia de su silueta, una inclusión en su propio mundo. Y quizá sea válido igualmente para la belleza que no es obra del hombre, la belleza presente en una puesta de sol, una planta, un animal o una montaña. Todas estas cosas son bellas cuando responden a la misma esperanza que el rostro del ángel parece colmar.

xxxxxEstamos esperando que Annette nos mire.

xxxxxDeja de leer. Busca la foto. Su cuerpo nos mira directamente a los ojos.

 

 

 

Berger, John; Trivier, Marc. Esa belleza (Trad. Jaime Priede). Madrid; Bartleby editores, 2005.

 

PANTALONES LARGOS

 

PANTALONES LARGOS

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxCaía la niebla sobre París […]
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxEl Sena se asfixiaba en el amarradero […]
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxLa niebla entraba en la boca, en los pulmones,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxcomo si el aire llorara.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxAdam Zagajewski

xxxAl abrir la puerta, una nubecilla de humo me esperaba en la escalera. Detrás, el gesto torcido de Ray antes de salir a escena.
xxxLos actores necesitan trabajar con un conflicto. Si no hay conflicto, no hay nada. Ni guion. Ni personajes. Ni escena. Nada. Eso lo sabe Ray aunque no es actor. O tal vez sí lo sea. Tal vez en la medida en que lo somos todos. Tal vez más. A mí me recuerda a Johnny Depp o a Skeet Ulrich. ¿No? Sí. Es clavado a Skeet Ulrich. Al menos en aquella época. También os puede recordar a una estrella del rock. O a un artista serbio. O a un fotógrafo de modelos. O a un modelo de fotografías. Al menos en aquella época. Me temo que Ray podría haber sido todo eso y más. Pero decidió ser escritor. Y guionista. Y director. Y venir a mi casa a aquellas horas de la noche porque, por lo visto, no estaba dispuesto a pasar por alto aquel agravio.
xxx—No has venido a la presentación.
xxxShhhh. Lo agarré del antebrazo con tal fuerza que —pensé— le iba a arrancar los tatuajes y le tapé la boca. Por nada del mundo quería que el renacuajo se despertara. Después tiré de él hacia el salón y lo empujé dentro con rotundidad. Se me antojó poca cosa. Cayó de rodillas y se golpeó la cabeza contra el sofá. Cerré la puerta de una patada y corrí las cortinas. Parecía bebido.
xxx—No has venido a la presentación —repitió.
xxxClaro que no, Ray. No he ido a tu maldita presentación. Ya sé que eres una leyenda viva y todo eso. Maldita sea. Esos pantalones negros tan ceñidos dicen que eres una leyenda. Y esos jodidos botines. ¿Son de color vino? Joder, Ray, ellos también dicen que eres una leyenda. Mis amigos dicen que eres una leyenda. De hecho, muchos te seguían como verdaderos fanáticos. Les molaban tus novelas y tu rollo. No sé si por ese orden. Lo de Christina lo entendían menos pero les encantaba el apellido. Venga, tío. No me mires así. Qué esperabas que hiciese. Tengo al crío enfermo y no podía dejarlo con nadie. Además, no te voy a mentir. Hoy echaban en la tele un reportaje que me interesaba mucho. ¿Sabías que en Tokio combaten la soledad con cafés en los que uno puede alquilar gatos por horas y jugar con ellos allí mismo? ¿O que tienen un nombre para la muerte por excceso de trabajo?
xxx—Karoshi.
xxxSí, Karoshi. Ya sé que te fascina Tokio y toda esa mierda, Ray. A mí también, joder. No te sientas tan especial. ¿Sabes cuántas novelas o películas llevan la palabra «Tokio» en su título? Leí ese libro, por cierto. No te voy a mentir. Me dejó tibio. Y luego, leí Héroes. Y luego, Caídos del cielo. Y luego, Ya solo habla de amor. Y luego, casi me suicido. Y, con todo, luego leí El hombre que inventó Manhattan. Y entre tanto vi La pistola de mi hermano, Teresa, el cuerpo de Cristo y La mujer del anarquista. Si hasta me vi la puta Master Class esa sobre improvisación que diste. ¿No la recuerdas? Sí, hombre, en aquel programa de televisión modernito de la 2. Joder, Ray, pero en qué estabas pensando. Me da igual que fuese por hacerle (o devolverle) el favor a algún amigo. Fue como ver agonizar una trucha en el suelo de un tiovivo. Por Dios. A mí también me flipa el patinaje sobre hielo y William Carlos Williams pero… Quién es de Algete ¿En serio? Bah. Bah.
xxx—Ésta te va a gustar.
xxxMira, Ray, no te lo tomes a mal. Me la suda el New York Times. Escribes bien y todo eso. Pero te he dado muchas oportunidades y no te perdono que me hayas aburrido tanto. Estamos en época de pantalones largos, ¿recuerdas? La vida es corta y tengo un millón de problemas encima. Y debajo. Y en la habitación del fondo. Especialmente en la habitación del fondo.
xxx—Hazme caso. Parece que no esté escrita por mí. Te gustará —repitió.
xxx¿No me estás escuchando? Te digo que tengo una vida muy jodida y poco tiempo para leer. Tengo una mujer enfermiza, un perro epiléptico y un niño que vomita cada quince minutos. Y lo peor es que no saben lo que tiene. ¿Me explico? Así que cuando me pongo a leer quiero que sea bueno. Quiero que sea cojonudo. No espero que lo entiendas.
xxx—Te entiendo.
xxxQué vas a entender tú. Estoy hasta la polla de ti y de los tuyos, joder. Que si leo seis periódicos. En inglés. Que si no tengo móvil. Que si ahora voy a traducir un escrito prepúber de Thomas Bernhard. Que si ahora me obligan a hacer el chimpancé. Oh. Qué putada. Oh. Pobrecito. Oh. Que estoy de promoción. Que si me van a traducir al hebreo. Que si cómo has podido vivir ignorando a Walter Benjamin. Que si tienes que leer a este. Que si tienes que leer a aquel. Harto. Me tenéis harto. Además, ¿por qué carajo escribís libros de trescientas, cuatrocientas y seiscientas páginas? ¿Tan importantes os creéis? ¿No sabéis contar una puta buena historia en doscientas? ¿Qué ha sido del Ray que prefería hablar de otros escritores antes que de él?
xxx—Sigue aquí.
xxxPues eso, Ray, qué cojones haces aquí. ¿No ha ido bien? Lo dudo mucho. Habrá ido mucha gente con ganas de aprender la diferencia entre rendición y derrota. Ya sabes, gente interesante. Gente del tipo que, cito, está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas. Ya me entiendes.
xxx—Ahora es diferente. Lo que quiero es volver al hotel y descansar.
xxxShhhh. Calla. ¿Oyes eso? Es mi hígado retorciéndose. ¿Tú estás cansado? No me jodas, Ray. ¿Cuántas horas has dormido en esta última semana, eh? ¿Cuántos kilómetros llevan tus piernas? ¿Y tus brazos, cuánto peso han cargado? ¿Tu jefe te humilla? ¿Te ha rechazado tu mujer? ¿Cuántas veces? ¿Has ido a urgencias, quizás? ¿Has temido por la vida de tu hijo? ¿Él también vomita y tienes que inyectarle metoclopramida? No me jodas, tío. Descansar.
xxx—No voy a pedir perdón por mi suerte. ¿Lo haces tú por tus desgracias? Solo creo que te gustaría. La novela, digo. Te oigo y cada vez lo tengo más claro. ¿Puedo fumar?
xxxNo, no puedes fumar, Ray. En esta casa antes se fumaba. Y se follaba. Y se bailaba al ritmo de la Hot 8 Brass Band. Pero ahora mi mujer tiene los bronquios delicados y un sueño muy ligero. No te costará visualizar mi día a día. Me gustaría decirte que siento no haber podido asistir a la presentación de tu maldito libro. Me gustaría decirte que me encanta tu obra. Pero no puedo, Ray. No puedo. No digo que no seas bueno, solo que no eres mi tacita de té. ¿Recuerdas?
xxx—Podré vivir con eso.
xxxApuesto a que sí, Ray. De verdad. No es nada personal. Pero no puedo con los autores cuyas vidas intuyo más interesantes que sus novelas. Una biografía tuya sí que me leía, ¿ves?
xxx—Pero no si la escribo yo.
xxxExacto. Biografía. No autobiografía. Venga, Ray. Qué es lo que quieres saber realmente. Se está haciendo tarde. ¿Quieres saber los gustos literarios de este insignificante escritor? ¿El libro que tengo en la mesilla de noche? Pues la verdad es que ninguno. No puedo leer en la cama porque despierto a mi mujer y no quiero molestarla. Y durante el resto del día me es totalmente imposible. Así que me meto en el baño en torno a las cinco de la madrugada y no salgo hasta las seis y media. Me gustan los rusos y Roque Dalton. Me gustan Lorca, Luis Rosales, Cheever, Flanney O’Connor, Fitzgerald, Pound. Me gustan Whitman, Emily Dickinson, Cernuda y Gil de Biedma. Hemingway, Houellebecq, Nothomb, Rimbaud. No sé, me gustan Rilke, Dylan Thomas, Fante, Conrad, Wilde, Shakespeare. Me gustan Idea Vilariño y Ángel González, Cavafis y esa poeta polaca de nombre impronunciable. Luego están Olivier Adam, Stendhal, Pavese, Kobayashi, algunas cosas de MUrakami, Alberto Olmos y casi todo lo de Iván Onia y José Pedro García Parejo. Estos te digo ahora. Dentro de un rato pueden ser otros.
xxx—No conozco a los dos últimos.
xxxSon autores locales, Ray. Si es que eso existe. Y no van por ahí lamiendo culos. Ya los conocerás, espero. Es cuestión de tiempo. Muchas gracias por la visita pero a menos que me quieras contar un cuento mientras me duermo, ha llegado la hora de que te vayas.
xxxVenga, pero qué hostias haces. Lo decía de broma. ¿Vas a contarme el cuento de verdad? Bueno, si insistes, toma, léeme alguno de Cheever. Deja que me ponga el pijama y me tumbe en el sofá. Es agradable que te lean a media voz. Mi padre lo hacía. No solo antes de ir a dormir. También por las tardes, al volver del colegio. En fin, Ray, no te voy a mentir. En aquellos tiempos ya prefería la voz de una mujer caliente. Y ahora también.
xxx—Cierra los ojos de una puta vez y déjate llevar.
xxxDe acuerdo, Ray. Ya voy. Léeme El tren de las cinco cuarenta y ocho.
xxxOkey, amigo. Dice así:
xxxNuestro optimismo no está justificado, no hay señales que nos animen a pensar que algo pueda mejorar. Crece solo, nuestro optimismo, como la mala hierba, después de un beso, de una charla, de un buen vino, aunque de eso ya casi no nos queda.

 

 

 

Torrero, Carlos. Lejos del champagne. Palma de Mallorca; Ed. Sloper, 2019.

 

CÁLCULO DEL FRÍO

 

CÁLCULO DEL FRÍO

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxY ahora, cuando estamos a punto de acabar,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxtal vez usted pueda decirme
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxpor qué se queda a oscuras la ciudad
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxcuando el sol cae oblicuo
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxcomo una lanza,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxy es verano.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxChantal Maillard

xxx«¿Quiere respuestas antes de que pregunte?», dijo Google.
xxxPues sí. Odio los perros y los perros me odian. Dígame por qué. Dígame, también, por qué hay tanto
cretino por metro cuadrado en esta ciudad. Por qué tienen hijos que a su vez tienen hijos igual de cretinos. Dígame por qué sueño con mulatas francesas de ojos verdes y pechos como zepelines que huelen a champú. Dígame por qué nos ha tocado a nosotros. Dígame —por el mismo precio— por qué nadie lo vio venir. O por qué hay tantos silencios. O por qué un poema se abandona. Sí, dígame por qué.
xxxDe repente el ordenador hiperventiló por última vez. Y murió. Me quedé con la mirada raptada durante unos minutos. La pantalla en negro. Puro vacío. Ceros y unos, qué se puede esperar.
xxxDespués recogí los restos de tarta y confeti. Y decidí echar un vistazo a las habitaciones. Bajé por las escaleras sorteando los globos que aún habían sobrevivido al culo de tía Angelines y me asomé, primero, a la que una vez fue nuestra habitación de matrimonio. Se diría que Sara dormía profundamente gracias al Diazepam. Sin embargo, me pareció que balbuceaba algo. Algo que al principio me pareció imposible descifrar. Lo repetía como un mantra.
xxx—La minano niee
xxx—Naa minna no nnenea
xxx—Lamina no niee
xxx—Naaminna nonnenea
xxxMe acerqué más. Casi tenía mi oreja en sus labios.
xxx—La niña no sonríe
xxx—La niña no pestañea
xxx—La niña no sonríe
xxx—La niña no pestañea
xxxUna y otra vez. Y, en efecto, fue así como comenzó el infierno.
xxxRetrocedí unos metros hasta sentarme en la mecedora que una vez fue mi armario. Y no pude evitar recordar la noche en que Sara y yo nos conocimos. Nuestra historia no es la típica historia de chico conoce chica mayor que él. Chica se deja palpar las tetas por encima del bañador mojado. Chico se enamora de chica. Chica dice «yo te esperaré». Chica no espera. Chica se casa con el amor de su vida que es higienista dental, habla cinco idiomas, practica artes marciales y toca el piano. Chica se divorcia. Chica es moderna y ya no necesita un hombre. Chica empieza a votar a partido animalista. Chica accidentalmente se descubre canas en los bajos y dice «Oh». Y dice «Oh, Dios». Y dice «Oh, Dios mío». Chica vuelve en verano a la playa de su infancia. Chico está allí, contra todo pronóstico, esperando como el jodido Noah, diario de. Chico también peina canas pero ahora tiene bigote, gafas Persol de cristal ahumado y mandíbula modelo Viggo Mortensen. Chica sonríe. Chico va a casa de su futura esposa. Chico conoce a suegro. Suegro lo recibe con una mano en la Biblia y —en la otra— una escopeta. Y una cabeza de ciervo boquea sobre la chimenea. Y suegra no habla. Y cuñados no hablan. Y chico sale corriendo a los quince minutos.
xxxYo me quedé.
xxx—Soy abogada —me dijo. Y normalmente, eso me hubiera hecho perder el interés. Pero continuó con un «no soy de esa clase de mujeres». «No de las que cambia el rumbo para ver flores, atardeceres y caballos». «No de las que te untan la tostada de mantequilla y te acarician el pelo». «No de las que sale con escritores perdedores que se llaman a sí mismos escritores perdedores». «En definitiva, no de las que se dejan dar por culo».
xxxY, claro, me enamoré.
xxxOnce años más tarde Sara dice que es una mala madre. Sara dice que se quiere morir. Sara dice que si pudiera volver atrás… Sara dice que quiere escapar. Yo digo lo mismo, solo que lo vuelco en poemas de mierda y eso me ayuda.
xxxSalí de la habitación y entré en la de Carlota. la arropé, le limpié las babas, hundí mi nariz en su pijama y recé para que el día siguiente fuese mejor. Mejor para todos.
xxxSubí a la cocina y me eché un trago de ron miel con un par de hielos que olían a pescado. Mientras paladeaba aquel veneno, reparé en la puerta del frigorífico.
xxxBajo un panfleto de comida para llevar, justo entre el imán de Nueva York y el de Kiev, asomaba un trozo de papel. Lo cogí y fui hacia el salón. Me senté en el sofá, que a la vez es mi cama, y me puse las gafas.
xxxQuerida hija, tal vez lo ignores o —más probablemente— jamás lo recuerdes, pero a tu corta edad ya has cumplido muchos de los sueños que obsesionan a gran parte de los hombres que conozco. Esto es: te pasas las mañanas asustando gaviotas, vuelves de la playa en volandas a casa con el delicioso traje de la desnudez. He visto cómo te abandonabas al tintineo de los mástiles y a tomar el pecho. A demanda. 
xxxCréeme. Muchos matarían.
xxxJoder, pensé. Es como sumergir la cabeza en una palangana con jarabe de azúcar invertido. Debo escribir más. tal vez mañana. Siempre mañana.
xxxCogí el ordenador portátil, lo enchufé a la pared para evitar disgustos y segundos después ya estaba navegando por la red. Se hacía tarde y debía, como cada noche, seguir indagando en el síndrome de Moebius y sus malditos silencios. Sara me lo agradecería. Sin embargo, decidí que un paseo por http://www.chocoylatinas.com me vendría mejor. Por la mañana, nos esperaba otro maratón de pruebas y hospitales inútiles.
xxxCon el trabajo hecho, miré a mi alrededor. Había restos de papel regalo por todas partes y colgando del techo —en letras mayúsculas de colores—: FELIZ CUMPLEAÑOS CARLOTA.
xxx«Confirme que es usted humano», dijo Google.
xxxPues sí. Pero dígame por qué.

 

 

 

Torrero, Carlos. Lejos del champagne. Palma de Mallorca; Ed. Sloper, 2019.

 

EPÍLOGO PARA PUPITRES

 

EPÍLOGO PARA PUPITRES

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxSomeday my pain
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxSomeday my pain will mark you
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxHarness your blame
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxHarness your blame, walk through

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxBon Iver – The Wolves

xxxAnne Mendiburu ha aceptado tu solicitud de amistad. Ahora eres amigo de Anne Mendiburu. ¡Envía un mensaje para saludarla!
xxxLa primera vez que te vi fue a la salida de misa de doce. La última, a cuatro patas, arañando el suelo con los dientes. Y jadeabas. Y tu espalda se retorcía como el cuello de un cisne. Y resoplabas. Y tus uñas, de polvo acrílico, se destruían. Y decías: «Ah». Y decías: «Uff». Y decías, naturalmente: «Dime cosas sucias».
xxxDetrás, Gonzalo Montelongo, ¿recuerdas?, el puto Dinamito y su sonrisa de hereje, mecha en tu culo, con los ojos en blanco.
xxxVeo, por tu foto de perfil, que no has cambiado nada. Muy elegante lo del plátano. Bonito juego óptico. Me preocupa lo que queda fuera de campo, dentro de la garganta. ¿De verdad es el plátano entero?
xxxTal vez me recuerdes, me sentaba a tu lado en Historia del Arte, cuando intercambiábamos el aula con los de Ciencias Mixtas. ¿No? Es cierto. En C.O.U. Teníamos de profesor al Pumuki y el tipo de las arregló para que todos acabásemos el curso queriendo ser profesores de Arte. Aquella voz tan envolvente, el sonido metálico de las diapositivas al pasar, la penumbra, Botticelli, tus manos, Gauguin, Bernini, tus piernas, Franz Marc y sus caballos azules… en fin, no creo que olvide, jamás, aquellas clases. Ni yo, ni el puto Dinamito, claro, que desde el otro lado se ponía las botas bajo tu falda, sin prisas. Cómo pudisteis hacerme algo así. A quemarropa. No creo que ignorases lo que me hacías sentir.
xxx¿Acaso no recibiste aquella nota con esa canción que te escribí?
xxxDe tanto morderme la palabra
xxxpara no besarte
xxxme quedé mudo.
xxxPara después seguir tu boca como un mapa
xxxdeseando que mi lengua
xxxgeográfica
xxxy la Historia de tus labios,
xxxfueran una misma asignatura.
xxxClaro que la recibiste, te la dejé en la mochila, mientras tú preguntabas las dimensiones de aquel cuadro, el Matrimonio Arnolfini. «¿Tan pequeño?», dijiste, y te echaste a reír.
xxxAhora creo que tiene varios críos, un lémur de cola anillada como mascota, una foca por mujer, está gordo, calvo y trabaja en una inmobiliaria. Gonzalo, digo. Y te aseguro que yo no he sido.
xxxReconozco que durante años coqueteé con la idea de querer ser yo el último que lo viese con vida. Robarle los cordones a sus J’hayber Olympo —esos jodidos cordones extra largos, que se ataba a la pantorrilla como una sandalia romana. Y ahorcarle. Especialmente, cuando fanfarroneaba. «No sabes cómo la come Anne», decía. «Cualquiera diría que es vasca», decía. «No me imagino ninguna situación, por buena que sea, que no mejore con una mamada de Anne», decía.
xxxEn fin, te escribo para pedirte perdón por lo que voy a hacer. El caso es que tengo fotos. Fotos de aquella noche. Fotos de la fiesta en casa de los Montelongo. Fotos de la habitación. Fotos de tus rodillas, juntas, sobre el parqué. Fotos de cómo te atragantabas. Y las voy a publicar. Os etiquetaré a los dos y a todo el que fue a nuestro instituto, familiares, amigos, uno por uno, sin prisas. Y arruinaré vuestras vidas. Acaso por unos días. Pero así estaremos en paz. Espero que lo entiendas. Por mí no te preocupes, no me puede ir peor.

xxxEnviar xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxNo enviar

 

 

 

Torrero, Carlos. Lejos del champagne. Palma de Mallorca; Ed. Sloper, 2019.

 

RED HOT & BLUE

 

TERROR NOCTURNO

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxx«Lo que niegas te somete, lo que aceptas te transforma»
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxC. G. Jung

xxxTodos somos como un puzle de carencias: quien sepa darnos lo que necesitamos conseguirá tenernos.
xxxTony tenía 37 años y desde los 15 dormía de la misma forma. Ya fuera en casa de sus padres, en la suya, una vez que se independizó, en habitaciones de hoteles, en habitaciones de invitados, con pareja, sin pareja… Siempre, siempre dormía de la misma forma. Si no, no podía conciliar el sueño, le apresaba el terror. Aquella coyuntura le causó muchos problemas y noches de soledad. ¿Cómo iban a ir sus amigos del cole a dormir a su casa? Y, ya de mayor, ¿cómo le iban a durar las parejas durmiendo de esa forma?
xxxToni dormía con las puertas del armario abiertas de par en par, las luces encendidas y tumbado en el suelo. Tenía cama, además era de matrimonio y bien cómoda, pero dormía en el suelo. No podía dormir de otro modo. Sus padres le habían llevado a varios especialistas, pero no lograron cambiar su peculiar necesidad ni descubrir el origen de su miedo. Su padre, al principio, enfadado por la factura de la luz, iba a mitad de la noche y se la apagaba, pero Toni se ponía a llorar y a gritar de pánico y su madre iba más tarde a encenderla de nuevo. Así hasta el día de hoy.
xxxNo resultaba difícil imaginar las situaciones por las que pasaba cada vez que conocía a una chica y dormían juntos. Toni era un tipo normal hasta que llegaba la hora de dormir. La primera vez que se acostaba con su pareja de turno hacían el amor sin problemas, sin ninguna peculiaridad ni excentricidad. Pero en el momento en que la chica y Toni estaban a punto de caer en el placentero sueño después del polvo, abrazados, relajados, él se levantaba de la cama, encendía todas las luces del cuarto, abría las puertas del armario, cogía una manta y su almohada y se tiraba al suelo. La chica (todas las chicas), sorprendida y algo enfadada, preguntaba: «¿pero qué haces, Toni?». «Yo duermo así, cariño, lo siento, no puedo hacerlo de otra manera», se limitaba a responder Toni.
xxxAlgunas no le duraban más de una noche, pensaban que estaba loco o que era un gilipollas. Otras, en cambio, trataron de comprenderle, de descubrir qué le pasaba para poder ayudarle, pero era muy difícil mantener una vida de pareja durmiendo de ese modo y abandonaban a las primeras de cambio. Por lo tanto, Toni no había dormido nunca, cuerpo a cuerpo, junto a una chica, no sabía lo que era eso. Ignoraba que dormir con alguien nos aporta miles de datos sobre la otra persona, que podemos conocer sus manías y peculiaridades al mismo tiempo que se fomenta la confianza y la conciencia sobre el otro.
xxxNo sabía nada de eso hasta que conoció a Amanda. Amanda era psicóloga y le ayudó a enfocar y esclarecer el problema del sueño.
xxxSe conocieron en un bar de copas, se gustaron y se dieron los números de teléfono. Quedaron a solas un par de veces hasta que se enrollaron. Luego vino el sexo en casa de ella; Toni se marchaba a su casa de madrugada, por lo que no se descubrió su peculiaridad. Pero llegó el momento de la verdad. Toni la llevó a cenar a su casa y, tras el sexo en el sofá, ella le insinuó que podrían pasar la noche juntos. Toni no se pudo negar. La llevó en brazos desnuda a la cama, donde se entregaron al placer y a la pasión un rato más. Luego se quedaron mirando al techo cogidos de la mano sin decir nada. Ella se giró hacia él para acurrucarse en su pecho con la intención de quedarse dormida, pero Toni pegó un brusco salto y salió de la cama destrozando el encanto del momento. Después encendió todas las luces, abrió las dos puertas del armario, cogió la manta que solía tener preparada, su almohada y se acurrucó en el suelo. «Amanda, me gustas mucho, pero has de saber que yo necesito dormir así, no hay nada que hacer respecto a esto», le dijo Toni con un sincero pesar. Amanda, con su analítica mente —deformación profesional—, vio que aquello iba en serio, y que tal vez se debía a alguna especie de trauma u obsesión. Se tumbó en el suelo al lado de Toni.
xxx—¿Te sientes a salvo en el suelo, con las luces y el armario abierto?
xxx—Sí, así es. Si no hago esto no puedo dormir —dijo Toni.
xxx—¿Te molesta que me ponga a tu lado y durmamos un poco? —maniobró ella.
xxx—¿Por qué no?
xxxSe apretó a él y descansaron. Ella no le quiso presionar y pasaron así un buen rato, en silencio, cada uno haciendo ver que trataba de dormir. Pero, en el fondo, estaban intranquilos, meditando qué decir o hacer. Era una situación nueva para los dos. Un reto para ella y una oportunidad para él.
xxxFinalmente la noche pasó. Amanda no juzgó a Toni ni se asustó por su actitud, y este se sintió por primera vez comprendido. Aquello les unió aún más. Pero un día Amanda pasó a la acción. Hasta entonces le había dado a Toni un tiempo para poder observar su comportamiento, pero no pensaba permitirle seguir durmiendo de aquella forma, era un problema, complejo, síndrome o manía que había que solucionar, pues estaba claro que le impediría tener una vida normal.
xxxAmanda, movida a partes iguales por el amor y por el oficio, entró en la obsesión de Toni, se sumergió en su mundo, en su miedo. Después de hacer el amor él debería dormir plácidamente a su lado, pensaba, pero el miedo, un miedo, no le deja cerrar los ojos. Y él actúa de esa manera —enciende las luces, abre las puertas de los armarios y se acuesta en el suelo— para espantarlo: es su manera de luchar contra el terror.
xxxUna noche, cuando Toni se disponía a comenzar su habitual ceremonia de luces y puertas, Amanda le preguntó:
xxx—¿Qué es lo que sientes ahora mismo, cuando haces todo esto?
xxx—No lo sé… Seguridad, me prevengo, me pongo a salvo.
xxxAmanda no dijo nada y se acostó a su lado en el suelo.
xxx—¿Qué has sentido toda tu vida antes de ir a dormir? —preguntó mientras le abrazaba.
xxx—La hora de ir a dormir —respondió Toni— es como una tortura. Cuando se acerca la hora de ir a la cama es un martirio.
xxx—Verás, Toni, no puedes cambiar lo que temes, pero puedes cambiar lo que haces —le dijo Amanda—. La causa siempre estará ahí, en el pasado, pero el efecto se puede moldear o relativizar en el presente. ¿Qué te pasó, Toni? ¿Qué viste de pequeño?
xxxAmanda se zambulló en la memoria atormentada de Toni. Se hizo un largo silencio. Toni habló:
xxx—Que te acaricien el cabello es hermoso… a menos que sean las tres de la mañana, estés dormido con todas las luces apagadas y estés solo en casa.
xxxMientras decía eso, Toni se puso a temblar.
xxx—¡Yo tenía 5 años, era un crío!
xxx—¿Y el armario por qué, Toni?
xxx—Mi padre, mi padre… me castigaba encerrándome en el armario, me dejaba ahí mucho tiempo —balbuceaba Toni como en estado de hipnosis.
xxx—¿Por qué en el suelo? ¿Por qué Toni?
xxx—El suelo… el suelo es seguro… en el suelo podemos ver lo que hay debajo de la cama, desde el suelo podemos ver que él no se esconde, si duermo en el suelo, el que vive debajo de la cama, no viene a verme —jadeaba Toni, inundado de sudor.
xxx—Él… ¿Quién Toni?
xxx—Él es el que mora en mi habitación cuando llega la noche, él es el que me acarició el pelo aquella vez y el que vi varias veces a través de la rendija de la puerta del armario cuando mi padre me encerraba allí dentro… No es de este mundo, quiere apoderarse de mi alma, por eso he de estar siempre alerta… Yo solo quiero dormir en paz y descansar, estoy agotado…
xxxLa voz de Toni se fue apagando hasta fundirse con el silencio.
xxxAmanda no quiso presionar más, había sido suficiente por aquella vez. Dejó a Toni durmiendo en el suelo, cogió un bloc de notas y un bolígrafo de su bolso y volvió a la cama.
xxxLe fascinó la facilidad subconsciente con la que le habló Toni de sus miedos y traumas, sin esconderlos, sin exagerarlos. «Forma parte de lo que es y lo ha compartido abiertamente», pensó. Anotó en su bloc:
xxxPunto uno: experiencia traumática de terror nocturno a raíz de que alguien le acariciara el pelo no habiendo nadie en casa. Necesidad de luz por seguridad.
xxxPunto dos: episodios de malos tratos y castigos. Su padre le encerraba en el armario. Necesidad de abrir el armario.
xxxPunto tres: fobia disociativa hacia un elemento que él cree que hay debajo de la cama. Si no comprueba in-situ que no hay nada, no está tranquilo. Posible caso de obsesión compulsiva. Personificación en su mente de un personaje inexistente.
xxxConclusión: fobia post traumática por malos tratos y autosugestión continuada a partir de terrores nocturnos en etapa adolescente.
xxxAmanda dejó de escribir. Tenía todo un cuadro psiquiátrico durmiendo a su lado, en el suelo. Estaba decidida a ayudarle, sabía que tenía solución. Sabía que con terapia, psicoanálisis e hipnosis regresiva podría ayudar a Toni a volver a dormir en una cama. Amanda se encajó el antifaz negro en los ojos y se fue durmiendo poco a poco mientras recordaba la historia de Ingrid Bergman y Gregory Peck en Recuerda, de Alfred Hitchcock.
xxxPero hacia las tres de la madrugada Amanda notó cómo alguien le acariciaba el pelo de la raíz a la punta, unos dedos largos y fríos se recrearon en su cuero cabelludo, masajeándolo. Ella se desveló, se giró hacia Toni y comprobó que él seguía ahí, durmiendo en el suelo, mientras ella notaba aún la mano en su cabeza y veía sus largos mechones de pelo levantarse y moverse, de forma ingrávida, en espiral.
xxxSonó un grito en la noche.
x

*****

x
xxxCinco años después, Amanda y Toni son un matrimonio feliz, padres de dos niñas.
xxxEn el suelo de su habitación de matrimonio hay un futón japonés, un tipo de cama sin patas, sin huecos, directa al suelo. En las paredes hay todo un despliegue de apliques, repisas y barras para perchas. No hay cajones ni puertas. Tampoco armario. Las luces de la habitación son de un agradable tono azul suave, bombillas de bajo consumo que aportan un ambiente relajante e invitan a un apacible sueño. ¿Superaron aquel terror? No, pero combatieron con efectividad el mal que les amenazaba, le coartaron toda posible vía para manifestarse.
xxxPorque no podemos cambiar lo que tememos, pero sí el modo de enfrentarnos a ello.

 

 

 

 

CLASISMO

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxx«La resignación es un suicidio diario»
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxBalzac

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxx«Cada clase social tiene su patología»
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxMarcel Proust

xxxLas instrucciones de la dueña de la casa eran precisas: la casa debía estar siempre reluciente y ordenada, la señora no toleraba nada fuera de su sitio ni una mota de polvo. Tenía fama de ser muy estricta y no pensárselo dos veces para despedir a una empleada. Eso fue lo que Cecilia trató de explicar cuando le tomaron declaración, pero no encontró las palabras adecuadas.
xxxNo creyeron que pudiera esmerarse hasta ese extremo en su trabajo, que se apurara a limpiar la sangre de la alfombra y del sofá recién tapizado y a sacar la basura con los papeles, rotos previamente por Cecilia, de aquella nota despedazada por el suelo como si fuera confeti, junto a algún resto de hueso de cráneo y trocitos esponjosos de cerebro. Que sacara el revólver de la mano a la señora, ya muerta, y lo pusiera en el cajón de la mesita de mármol, donde debía estar. Y que, ya con el salón limpio y ordenado, llamara al señor porque a la señora no le hubiera gustado que la encontraran así, sucia, tirada en el suelo en medio de aquel desorden, de esa sangría con trozos de lóbulo por todos lados.
xxxLos policías hablaron de una escena del crimen alterada a posteriori, de huellas dactilares en el arma homicida. De una escenificación preparada. De un homicidio simulando un suicidio.
xxxEl marido dijo que no existían motivos para que su esposa hiciera algo semejante, que el suicidio tenía que quedar totalmente descartado. La señora, la ama de la casa, era feliz, era rica, no había lugar para el suicidio, eso era imposible.
xxxEl abogado aseguró que Cecilia, la interina, sí los tenía.
xxxPor eso ahora Cecilia está presa. Treinta años, dictaminó el juez, que pueden ser menos por buena conducta y horas de trabajo limpiando la cocina y los baños.
xxxElla, que siempre se portaba bien; ella, que lo limpiaba y ordenaba todo, que tenía la casa siempre impecable como siempre le ordenaba su señora, la ama de la casa.
xxxOjalá hubiera leído aquella nota antes de hacerla trocitos y tirarla. Claro está que su situación sería la misma: no habría nota alguna porque todo tenía que estar limpio y la basura sacada, pero al menos sabría qué llevó a la señora a acabar con la vida de ambas.

 

 

 

 

¡ALELUYA!

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxx«La maldad no es algo sobrehumano, es algo menos que humano»
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxAgatha Christie

xxxMi mujer y yo vamos de vacaciones a la Costa Blanca. En la radio del coche llevo puesto un cd de saetas de cantaores de Huelva. La imagen de la Virgen de a Macarena que cuelga del retrovisor se ladea ligeramente siguiendo la fuerza de la prolongada curva en la que acabamos de entrar. Desde nuestro coche observamos cómo el autobús que tenemos delante toma la curva temerariamente, se sale de la vía y da varias vueltas de campana hasta estrellarse contra la ladera del monte. Detengo el coche y vamos corriendo hacia el lugar del accidente. Allí está el autobús desparramado de lado. La escena es dantesca, un escalofrío recorre mi espalda. Hay cuerpos mutilados, sangre, esquirlas de cristal, trozos de piel, miembros amputados, fuego y humo. Al ver el cuerpo sin vida de una mujer en la calzada nos arrodillamos y nos santiguamos: que el señor la tenga en su gloria.
xxx¡Hay que hacer algo con toda esta gente! ¡Deprisa, por Dios! me grita mi mujer. Es cierto, toda esta gente aquí herida, medio muerta o muerta, ¡hay que actuar ya! Asiento con la cabeza y le digo que vaya cogiendo las maletas que han salido despedidas del autocar y las meta en nuestro coche. Yo, mientras, entro en lo que hasta hace poco era un autobús y voy rebuscando entre los cuerpos, ya sean cadáveres o gente inconsciente, anillos, relojes, cadenas de oro, alhajas o carteras. ¡Socorro, ayuda!, grita un superviviente atrapado entre el amasijo de hierros. No alcanzo a verlo. Mejor, él no nos ha visto a nosotros tampoco, nunca sabrá que pudo sobrevivir. No cuentes tus penas, hermano, los buitres se abalanzan sobre los animales heridos.
xxxA lo lejos se escuchan las sirenas. Mi mujer ha llenado el maletero y la parte de atrás del coche con las bolsas de mano y maletas que mejor pinta tenían: si son Loewe, Cartier o Blueberry hay más posibilidades de que contengan cosas de valor. Yo llevo los bolsillos llenos de carteras, joyas y relojes. No ha ido mal, tampoco nos lo esperábamos. Hay que agradecer las oportunidades que el buen Dios nos pone en el camino.
xxxArrancamos y salimos disparados. La cortina de humo va quedando cada vez más lejos a nuestra espalda. Por el camino hacia Peñíscola, mi mujer y yo vamos rezándole al Señor, dándole las gracias. Él, que siempre nos provee y nos cuida… ¡Alabado sea Dios! Cambio el cd de saetas por uno de salmos e himnos. Alabado sea Dios, Jesucristo y la Virgen María.

 

 

 

 

EL ESCONDITE

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxx«La confianza se gana con mil actos
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxy se pierde con tan solo uno»
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxSéneca

xxx—Perdona, ¿te molesto? —me preguntó con la gorra en las manos—. Es que no puedo dormir.
xxxLe hice un gesto invitándolo y se sentó en un lado de mi cama.
xxxEntonces empezó a hablarme de lo deprimido que se sentía. Me confesó que no entendía lo que estaba haciendo allí, ni a sus superiores, ni las órdenes que le daban. Que nunca las había entendido, pero ahora menos, porque cada vez le gritaban más.
xxxTenía miedo de perder su puesto de trabajo.
xxxLuego siguió hablando, esta vez de su infancia y de cómo le gustaba jugar al escondite con sus amigos. Acabó desmoronándose, poniéndose a llorar como un niño, y yo también acabé llorando con él, así que le di un fuerte abrazo y le propuse jugar al escondite un rato, para distraernos y recordar nuestra infancia.
xxxLe dije que a mí también me encantaba jugar al escondite con mis amigos, y le hizo tanta ilusión que tras su risa adiviné el rostro de un niño complacido.
xxxLe propuse que saliéramos al bosque para aprovechar la espesura. Se le iluminó la cara: había una espesa niebla entre los árboles, era una noche perfecta para jugar.
xxxLe dije que contara. Estuvo de acuerdo en que yo fuera el primero en esconderme.
xxx—Buena suerte —le dije.
xxxMientras él contaba hasta cincuenta de cara a un abeto, aproveché para quitarle su pistola Mausser, pegarle un tiro en la nuca, cogerle el uniforme de la SS y ponerle el mío de rayas azules y blancas. Apenas lo sentí por él. Es más, si he de ser totalmente sincero, no lo sentí en absoluto. Ya no sentía nada.
xxxJamás volví a Auschwitz.

 

 

 

 

BÚSQUEDA INTERIOR

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxx«El valor es hijo de la prudencia, no de la temeridad»
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxCalderón de la Barca

xxxLos seres más pequeños e insignificantes pueden darnos grandes problemas que ignoramos.
xxxUn buen día Carlos decidió tomarse un tiempo para encontrarse a sí mismo y, como vio que otros lo hacían, se fue a la India para buscar en su interior. ¿Acaso Carlos se había perdido y no se encontraba? ¿Acaso había perdido algo en su interior? Quería encontrar la paz y, fuera como fuera, el caso es que Carlos fue para allá.
xxxQuiso ir a la India de la forma menos occidental y menos turista posible. Pretendía ser lo más auténtico que pudiera. Deseaba mezclarse con la gente del país, no ser el típico europeo con estatus, dinero, recelo y prevenciones. Le advirtieron de los peligros que corría si no se vacunaba para prevenir la hepatitis A, el tétanos, las fiebres tifoideas, el cólera, la difteria, una encefalitis o la rabia, pero a él le dio igual, quería solidarizarse con las gentes de allí y vivir como ellos. ¿Acaso se vacuna esa pobre gente de todo eso?, decía.estaba seguro de que todas las personas de todos los rincones del mundo son iguales por fuera y por dentro.
xxxUna vez en la India viajaba en plan mochilero, en trenes y buses abarrotados, a pie o en auto-stop compartiendo viejas furgonetas. Pensaba que a través de esa especie de calvario, privándose de toda comodidad (que se podía permitir), alcanzaría antes la iluminación. O algo así. ¿Agua embotellada? Eso es para turistas, capitalistas de occidente, yo beberé la misma agua que beben ellos, depuraré mi cuerpo y espíritu en el Ganges. ¿Comida con especias y picante? Eso es para estómagos europeos. Yo comeré como ellos, me alimentaré de lo que sea, sin caprichos ni lujos; comeré insectos, serpientes, monos o murciélagos, comeré con las manos en platos hechos con hojas si hace falta, afirmaba el bueno de Carlos.
xxxY así pasó Carlos tres meses con su mochila por toda la India, conociendo a sus gentes, sus templos y cultura, alcanzando una extraña calma y una forma de revelación interior. Algo se le comenzó a mover por dentro.
xxxCuando ya se dio por satisfecho decidió regresar, pero hacia el final de su trayecto de vuelta se comenzó a encontrar mal. Sufrió fiebres, vómitos y diarreas, su tensión bajó y no podía comer. Fue a un centro médico.
xxxEl sistema sanitario de la India es un desastre, de hecho la gente se muere, literalmente, en la calle. Sin dudarlo acudió a la embajada de su país ante la imposibilidad de encontrar buenos médicos que le dijeran qué sucedía. Carlos casi no tenía dinero, empeoraba y pidió ayuda a su gente en occidente, familiares y amigos que movieron su petición por redes sociales y algún medio de comunicación. Se organizó una campaña de ayudas y donaciones para sacar al chaval de allí. Con el dinero de la familia, de la recaudación, la colaboración de una aerolínea y la ayuda del gobierno se pudo hacer regresar al chico a casa. A punto de ser repatriado de vuelta a su país, hacia la vieja Europa, en un vuelo fletado con personal sanitario para su atención prioritaria, fue cuando se dio cuenta de todo. En efecto, Carlos buscó en su interior, pero no se encontró a sí mismo, sino a quinientos parásitos intestinales, también conocidos como esquistosomiasis intestinal de la especie Schistosoma Mekongi, muy habitual en Asia.
xxxLuego encontró la fiebre alta, halló infecciones, halló el dolor extremo, el colapso en órganos vitales y finalmente halló la muerte.
xxxSí, todo eso encontró, su búsqueda interior dio resultado: al final halló la paz que tanto deseó.

 

 

 

Romero Mas, Danny. Red Hot & Blue. 70 relatos de lo insólito. Murcia; Boria ediciones, 2019.

 

EL ARTE, LAS DROGAS

 

La tecnología es historia acelerada. Una sociedad tecnológica es por definición una sociedad en la que las mutaciones ocurren cada vez en períodos más cortos. Ya no siglos ni generaciones sino años, meses. Resulta imposible ser un hombre de nuestro tiempo, simplemente porque nuestro tiempo muta demasiado rápido. La obsolescencia nos sobreviene a cada instante, mientras esperamos el autobús o contemplamos un cuadro. La velocidad a la que transcurre nuestra existencia hace que el frágil hilo que le da continuidad y con el que nos identificamos se tense y acabe por romperse. Resulta difícil reconocerse en quienes éramos hace no una década sino anteayer mismo. Sólo los niños y los adolescentes parecen estar en sintonía con este mundo, precisamente porque ellos viven sometidos a la tiranía y la maravilla del perpetuo cambio. No existe antídoto. La única posibilidad consiste en bajarse en marcha de este bólido. Los mismos que manejan el volante son los que mantienen el pie firme sobre el acelerador. Aunque existen ventanas todavía desde las que asomarse al paisaje, conjuros para dilatar el tiempo. El arte, las drogas.

 

 

 

Moreno, Javier. Acontecimiento. Madrid; Ed. Salto de página, 2015.

 

LOS REGALOS DE LOS AMIGOS (LXXVII)

 

Acaba de llegarme a casa ‘Red hot & blue. 70 relatos de lo insólito’, de Danny Romero Mas y publicado por Boria ediciones.

Ya saben, en cuanto pueda les muestro algo del libro. Y gracias siempre a la editorial por hacerme llegar sus publicaciones.

 

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