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ASÍ ME QUEDÉ SIN CONVERSACIÓN

 

LA FRASE

Se me había ocurrido una frase fantástica. La puse en las redes sociales y en algunos foros de Internet. Mi éxito fue instantáneo, ¡nunca nada dicho por mí había gustado tanto, ni fue tan celebrado ni citado o compartido por extraños! La cosa no terminó ahí, poco más tarde me reuní con los compañeros de trabajo durante el almuerzo y aguardé el mejor momento para decir mi frase. Como si se tratase de algo que se me acababa de ocurrir, y tratando de no darle mayor importancia. ¡Menuda sensación la que provoqué! Todos me miraban impresionados y celebraban mi ocurrencia. De vuelta a los despachos, caminaba por los pasillos que forman las mesas envuelto en un silencio augusto, muy solemne, mientras mi frase se repetía junto al nombre de su autor, es decir yo, como un eco en boca del resto del personal.
xxxEsa tarde llamé a mis amigos, uno tras otro, por teléfono. Después de preparar el terreno con menudencias, soltaba mi frase. Luego llamé a mi familia, ¡ay, qué poco les llamo! También en la cola del supermercado, con aire distraído y para que me oyeran bien cajeras y clientes; en las ventanillas de los funcionarios, como broma casual; mientras el autobús nos llevaba a todos aquellos desconocidos y a mí a alguna parte mucho menos lustrosa que mi frase… Fueron tres o cuatro días de inaudita alegría, acaso la cumbre de mi vida social.
xxxMi inteligencia nunca me había llevado tan lejos, pensé. Pero pensé también: ¿volverá a hacerlo en el futuro? ¿Será capaz de brindarme otra frase así? Porque todos conocen ya mi frase, mi famosa frase. ¿No debería poner manos a la obra, para encontrar otra y prolongar, así, mi éxito?
xxxY lo intenté.
xxxPero no se me ocurría nada.
xxxSigue sin ocurrírseme. Y mira que lo intento, todavía.
xxxTodos, de cualquier forma, parecen haber olvidado el alborozo que mi frase les causó. ¿Es posible que se haya apagado, junto con su alegría y su admiración, el recuerdo de mi frase? Acaso, de forma periódica, pudiese repetirla y regresar al éxito y la consideración de los demás, de vez en cuando. Pero no ha funcionado: algunas sonrisas forzadas y un progresivo, un creciente aire de hastío es todo lo que consigo generar a mi alrededor.
xxxAsí que desisto de repetirla. Lo conseguí una vez, pienso tratando de animarme para seguir nadando en medio de este océano de días repetidos, toda esta indiferencia. Insisto: he desistido de ella, trato de olvidarla. He vuelto a mis frases banales, tan corrientes. Y he regresado, sobre todo, a mi silencio. Réplicas anodinas, en el mejor de los casos, para las conversaciones en que logro deslizarme y en las que, a duras penas, me dejan participar.

 

 

 

 

UN GORRIÓN EN MI CARTERA

Tengo un gorrión en la cartera. Lo cuido, lo alimento, y él jamás se va aunque siempre dejo la cremallera abierta. Hay espacio suficiente, hace tiempo que no llevo otra cosa, en mi cartera, más que mi gorrión. Cuando salgo de casa meto al pájaro dentro de la bolsa, la cuelgo de mi hombro y voy con ella a todas partes.
xxxMiro a menudo en su interior y el ave me devuelve la mirada. Solo sufro en las aglomeraciones, con cualquier empellón que alguien me propine en la cola de alguna caja o en los bares, en el metro, camino del trabajo…; en toda circunstancia donde pueda sufrir daño mi pequeño gorrión.
xxxSé que resulta extraño. Me cuesta, aquí y ahora, confesarlo. Hubo un tiempo en que creí que era normal, que todos ocultaban y llevaban encima alguna clase de animal, un diminuto ser en sus mochilas o en sus bolsos, sus maletas, incluso en sus bolsillos. Por eso alojé a mi pequeño gorrión en mi cartera. Cuando me di cuenta de que nadie, en realidad, llevaba ningún animal encima, era tarde: le había tomado cariño, no podía deshacerme de él. Solo le rogaba que fuese silencioso para que mantuviéramos en secreto su presencia constante, junto a mí; que por ejemplo no cantase —odio que me evidencien y llamar la atención— y que aguardara a que estuviésemos solos para salir, cantar y aletear sin obstáculos.
xxxPero tardé, como digo, en saber la verdad. Porque creía que los otros manejaban este asunto con gran discreción, yo los imitaba. Trataba de conducirme con sigilo, o así lo intenté, al menos, hasta aquel día. Pero ese día hubo un imprevisto. Me cazaron. Siento gran repugnancia al relatarlo, pero quizás sirva a alguien y a un futuro, espero que mejor, esta tragedia. Alguien se me acercó en el andén del metro, dispuesto a resolver de manera directa la sospecha que a todas luces y por su expresión le corroía. «Qué lleva usted en esa bolsa», me espetó. Negué con la cabeza. Dije no, oh no, ¡no llevo nada!
xxx—¡Usted está mintiendo! —proclamó asiendo mi cartera de repente. Traté de liberarme de su presa, mientras el resto de gente nos observaba. ¡Todos provistos de carteras y bolsas, de mochilas, maletas! ¡Y los asían muy cerca de sí, yo aún creía que con ánimo protector!
xxx—Por favor, no lo haga —rogué inútilmente, porque aquel hombre seguía forcejeando con gran violencia para arrebatarme la cartera—, ¡es solo un pajarillo inofensivo, una bestia inocente como aquella que ustedes esconden para sí!
xxxY mientras me revolvía y lloraba, todos pudieron escucharlo. ¡Ponían cara de estar en presencia de un loco! ¡Incluso muchos se reían!
xxxAh, ja, ja, ja, qué pobre loco, pensaban ¡Podía oírlos! ¡Oír sus pensamientos!
xxx¡Es solo un animal!, repito entre sollozos mientras el tipo estruja mi cartera sin ningún miramiento. ¡Y mi gorrión pía desesperado! ¡Este señor lo está matando con sus empujones! ¿Pero es que no lo oye?, me lamento tratando de hacerle comprender.
xxxEs demasiado tarde. Todo ha sucedido rápido. Mi pájaro debe de estar muerto. La cinta para el hombro de mi cartera se ha roto, y el señor la arroja con furia al suelo. Porque la llevo abierta, todos esperan con sorna a que mi pajarillo salga volando o, más probablemente, que emerja moribundo.
xxxMi pequeño gorrión.
xxxNada de eso sucede. Y el desprecio burlón con el que me miraban se ha transformado en lástima y en incomodidad, después de que hayan comprobado el alcance de mi desconsuelo. ¡Lo han matado! ¡Ustedes lo han matado!, rujo, y ellos palpan, por una absurda inercia, sus carteras y bolsos, sus maletas, sus mochilas; incluso el agresor.
xxxLa incredulidad de todos es absoluta, cuando comprueban que hay sangre en sus manos. La misma sangre que gotea de sus bolsos y forma charcos en el suelo.
xxxHay sangre en sus manos y en el suelo y hay horror en sus rostros, mientras yo continúo sollozando sin consuelo posible.

 

 

 

 

IMAGINABA UN LAGO

Imaginaba un lago y le faltaba oxígeno.
xxxSus familiares subían la escalera a toda prisa y corrían hacia su dormitorio, alertados por sus gritos y por un ruido extraño, inexplicable allí dentro, como de chapoteo.

 

 

 

 

NO, NO ERA DIVERTIDO EN ABSOLUTO

Puso un estado en Facebook muy gracioso, o al menos a mí me lo parecía, no podía parar de reír, tardé un rato en dejar de hacerlo. Fui a darle al emoticono de medivierte, pero vi que nadie lo había hecho antes que yo: decenas de megusta, muchos, muchos meencanta, pero ningún medivierte. Y esto, claro, me hizo dudar. Pero, ¿por qué había de dudar? ¿No me había reído muchísimo? ¿Qué podían tener de malo todas esas risas mías, tan reparadoras y llenas de una sana franqueza? ¿Por qué, sin embargo, a nadie le pareció gracioso antes que a mí? Me retiré de la pantalla del ordenador, desorientado, y le di vueltas a todo aquello. Básicamente, volví a considerar aquel estado, era tan… Sí, lo era: gracioso, muy gracioso. Traté de recordar las palabras exactas y acabé regresando al ordenador. Lo releí y, antes de darme cuenta, ya estaba otra vez riendo, riendo sin parar. Me limpié las lágrimas que bañaban mis ojos de tanto reír y le di al medivierte sin pensarlo más. Después actualicé la página y traté de leer los nuevos estados de la gente, las nuevas noticias que los demás enlazaban y comentaban, las nuevas bromas y ocurrencias, las nuevas reflexiones al hilo de la actualidad o del azar en las vidas de mis contactos. Pero no podía dejar de pensar en ese estado. ¿Y si a los demás no les parecía gracioso? Una pregunta fuera de lugar, nadie había indicado que le divirtiese. Pero, ¿por qué? Busqué de nuevo aquel estado, quizás mi medivierte había animado a alguien más a secundarme. No, nadie lo había hecho. Algún nuevo megusta, creo, se había añadido al marcador inferior. Tampoco puedo estar seguro. ¿A qué se debía esa tensión que, de pronto, parecía formarse en torno al estado? Pero se trataba de otra pregunta ociosa, pues ¿trataba de considerar que mi medivierte era responsable de alguna clase de tensión? Estaba llevando demasiado lejos mi imaginación, a todas luces delirante. Cerré definitivamente la página de facebook y me levanté de la mesa dispuesto a enfrentar algunas de mis responsabilidades para el resto de la tarde. Las hice como pude. Sí, las hice. Pero sin dejar de pensar en aquel estado, en mi respuesta, probablemente inadecuada, a aquel estado. Más que inadecuada, fuera de lugar. Irresponsable, inaceptable, acaso monstruosa.
xxxSon ya más de las tres de la mañana y sigo aquí delante del ordenador. Con la página de Facebook abierta por aquel estado en cuyo marcador mi mirada vidriosa sigue fija, esperando inútilmente la llegada de otro medivierte, siquiera de alguna otra reacción más ajustada a su verdadera intención, más normal, que reanude la actividad de unas palabras que solo yo debo de haber malentendido y, por lo tanto, arruinado. Pero sigue pasando el tiempo y nada de esto sucede. Pasan ya de las cuatro de la mañana. De hecho, queda muy poco para que el reloj marque las cinco. Tal y como ha ido desarrollándose la madrugada, sé que pronto serán las seis, las siete de la mañana. Y llegará así el momento de marcharme al trabajo, y no habré dormido nada. ¿Cómo podré explicar allí el motivo de mi desazón, que me haya presentado hoy en estas condiciones lamentables? Seguramente llevaré marcados en la cara los motivos de mi vergüenza y mi ignominia, aquella a la que he arrastrado al inocente autor de ese estado y también al resto de sus contactos que, inadvertidos, reaccionaron ante él con despreocupación, según el verdadero sentido de aquellas palabras, antes de que yo haya destruido para siempre, como en un juego de fichas de dominó terrorífico, su crédito y sus vidas. Dudo que nadie vaya a perdonar la monstruosidad en la que voy a vivir sumido a partir de ahora, después de haberle dado de forma tan irresponsable, tan irreparable, a ese estúpido y lamentable, sonriente y demoníaco emoticono.

 

 

 

 

LOS SILENCIOSOS

Los vemos acercarse y sentimos un odio natural y consecuente contra ellos, los silenciosos. Con su conducta incomprensible no hacen más que evidenciar el ruido constante y desagradable en que vivimos envueltos y que imponemos de manera abusiva a quienes nos rodean.
xxxPedantes del demonio, malditos pretenciosos. ¿Qué buscan con todo ese silencio, hacerse los interesantes?
xxxPrimero se trató de una modalidad igualmente siniestra, aunque algo atenuada todavía, de una falta absoluta de locuacidad. Pero pronto ingresaron en el silencio hermético que les caracteriza.
xxxHemos de suponer que hablan con cierta prodigalidad en la más estricta intimidad, para resolver de esta forma sus asuntos. Son parcos al manifestarse en público, cuando lo hacen. Hemos de suponer que entre los suyos, en privado, se extienden en largas conversaciones que a los demás quedan vedadas; reservan sus asuntos más íntimos para los pocos próximos, ¿por qué los sienten tan decisivos, tan importantes se consideran? Qué poco natural tendencia es esa, qué siniestra conspiración, ¿acaso no tienen futilidades para compartir con los desconocidos, equivocadas opiniones —por vergonzosas que resulten— que los expongan a ser, simplemente, humanos y falibles?
xxx¿Por qué solo nosotros debemos ser ridículos?
xxx¿Y ellos van a hacernos creer de esa manera cobarde y silenciosa que les caracteriza que son mejores que nosotros?
xxxUno de estos nuevos pretendidos aristócratas del estar ahí callados, tan callados, se atrevió no hace mucho a rogar a sus compañeros de viaje en un autobús, con desfachatez indecente, más inaudita aún en su infame mascarada de cortesía exquisita, que moderaran el volumen de sus voces y sus móviles. Y una señora, muy acertadamente, le recordó aquel viejo dicho italiano de la maldad de los que hablan bajito.
xxxFue así puesto en su sitio ese silencioso entrometido, que volvió a cerrar la boca derrotado.
xxxHubo un tiempo en que fueron mayoría y esos estúpidos cantamañanas que sacan conclusiones con palabras altisonantes para dárselas de sabios y filósofos decían que por fin había llegado el momento en que nuestro país, tradicionalmente atrasado e incluso intratable, empezaba —siempre según ellos— a civilizarse. La entropía social, que difumina, cuando se dan, sus estiradas formas; la que nivela de una forma deseable tales formas y nos constituye en sana y vulgar, coloradota y muy ruidosa fraternidad, ha mermado mucho sus filas. Pero todavía quedan muchos, demasiados.
xxxAvanzan por las calles ufanos, con esa tranquila, pretendidamente santa falta de estropicio. Y no hay cacofonía que los manche. Como Jesucristo sobre las aguas, ellos caminan sobre la superficie de cualesquier coprolalias. No, noli se tangere. Y a nosotros nos gustaría arrastrarlos hasta el fondo de nuestra cháchara para restregarles sus rostros impolutos, por no decir inexpresivos, en el fango de la palabra que no cesa de decir lo que quiere decir, que no es más que cualquier cosa: nuestras ganas de que se nos oiga en cualquier momento o lugar, nuestra inacabable estupidez.
xxxAfortunadamente, todo regresa al lugar que le corresponde. Nuestro futuro, dijo alguna vez un sabio muy antiguo, reside en nuestro origen. Esa es la esencia de las cosas y emerge aún más terca cuando más trate uno de ahogarla, de ocultarla. Y nuestra esencia es el ruido, el ruido, un incesante ruido. Una civilización de puro ruido. Voces que se elevan y gritan sin porqué, jamás para escucharse entre ellas, que en todo caso solo lo hacen soliviantarse y encender la excitación bronca que nos constituye y nos gusta.
xxxNosotros ocupamos los vagones de tenes y de metros charlando de forma estentórea a dos, tres, cinco, siete bandas; proclamamos nuestros asuntos, nuestras opiniones y nuestras fobias, nuestras preocupaciones y también nuestras intimidades, con la sana franqueza de quien no tiene nada de lo que avergonzarse.
xxxNo, no tenemos nada, absolutamente nada que esconder.
xxxHablamos a gritos por nuestros móviles en las salas de espera de hospitales o despachos de la administración; nuestros móviles que nos avisan de nuestra constante hermandad con otros semejantes mediante músicas estruendosas y a todo volumen, que no se avergüenzan de la sagrada misión que llevan a cabo: permitir que estemos conectados todo el tiempo para contarnos nuestras cosas, hasta las más nimias —sobre todo las nimias, las banales, y también las ofensivas, las gratuitamente ofensivas—, con la pasión de quien dirime el destino del mundo.

 

 

 

 

UN NUEVO Y REVOLUCIONARIO MÉTODO PARA LA ENSEÑANZA DE IDIOMAS

Pertinaz se ha mostrado nuestra amada nación a lo largo de su historia, siempre que hubo que aprender el idioma extranjero. Pero, ¿acaso no aprendemos todos nuestras lenguas respectivas sin aparente dificultad, en nuestros primeros meses y años, de manera natural y de nuestros padres? ¿No habrá mejor forma para que todos nosotros, tercos torpes en el jardín global babélico, reticentes al idioma extraño pero necesario, lo aprendamos más que siendo reducidos de vuelta a nuestra infancia primerísima?
xxxYo pienso dar fe porque fui partícipe del experimento pionero que habrá de terminar con esta maldición, nuestra torpeza idiosincrática. Al principio me resistí, pero pronto me sorprendí sintiéndome muy cómodo en mis nuevas circunstancias. Hace ya dos o tres horas que hemos sido abandonados a nuestra suerte, en el jardín de juegos, yo y mis nuevos compañeros: un calvo y muy grueso jefe de ventas de una empresa de gazpacho envasado; una antipática y muy estirada directora de una red nacional de gabinetes psicopedagógicos; un prematuramente envejecido profesor de economía de universidad; un sociable y también muy gordo tornero fresador… Vale, solo he empezado a fijarme en los más gordos, quizás porque yo soy muy flaco. Llega hasta la sala infantil otra remesa de estudiantes del idioma y ya parecen todos ser flacos, como yo. No hablamos entre nosotros más que con balbuceos y muy infantiles empellones, tal y como hemos sido conminados.
xxxEl tiempo comienza a pasar de manera distinta, supongo que como debe de transcurrir para la percepción inmediata, cuasi animal, de los bebés. Los gorjeos dan paso a algún llanto aquí y allá, entre mis compañeros. Se trata de parejas jóvenes, o al menos jóvenes según nuestros nuevos estándares en los que la juventud dura hasta la repentina ancianidad: cuerpos esbeltos, muy delgados, que confunden la elegancia con la malnutrición deliberada, y que a continuación harán un gran contraste cuando la cabeza se gire y ese cuerpo de apariencia adolescente se muestre monstruoso con su rostro cuarentón o cincuentón.
xxx—¿Cómo pudimos empezar de manera tan torpe nuestra casa por el tejado? —preguntó de repente uno de aquellos flacos envejecidos, de cuerpo pseudoadolescente, señalando su ajada testa. Ha contravenido las reglas al hablar, y alguien propina un collejón en su cabeza; es una de las madres, que empiezan ya a entrar y ocupan su lugar en la sala.
xxxNuestros papás y mamás impostados acarician nuestras cabezas con amor y nos persiguen de la misma forma que nosotros los perseguimos a ellos: a cuatro patas, muy ronroneantes y amorosos.Uno de los papás comienza a hablar y su locuacidad parece tímida y forzada, un defecto inherente al carácter primerizo, inédito del método. También debe tratarse de su incredulidad, contemplando a todos esos adultos que se comportan como bebés. Pero nuestro progenitor supuesto se sobrepone pronto y nos canta hermosas nanas en la perseguida lengua, aderezadas con más rudimentarias frases dotadas ya del acento extranjero, a pesar de ser primigenias: nos suenan a maná en el idioma deseado que pronto será nuestro desde su misma y secreta raíz:
xxx—Mamá, mamá, mamá me mima. Amo a mamá, ama a mamá, mamá y papá. Papá, papá. Gu-gu, gu-gú, gu-gúuuuu…
xxxPorque yo me resistía, la amable pareja que iba a encargarse de mí tuvo que servirse de recursos un poco más extremos; ella, en concreto, extrajo de su blusa uno de sus pechos y, sosteniéndolo con dos dedos cual pinzas alrededor del pezón, me lo ofreció para que me sirviese de él.
xxxY yo enrosqué como pude mi desmañada estatura sobre su regazo, y así mamé, gozoso e infantil, propiamente un bebé, de su pecho.
xxxNo sé si puedo calificar de agradable tal experiencia, pero sí supe entonces que el idioma que siempre se me había resistido iba a manar feraz y nutritivo muy pronto, igual que aquella leche, hacia mi boca.

 

 

 

 

SOLDADITO DE PLÁSTICO

Un muñequito soldado permanece en pie, prácticamente imperceptible por sus dimensiones, en medio de la calle. Solo, lejos del regimiento de plástico al que pertenece, se siente al fin salvado. No pueden acusarle de desertor, ha sido el enemigo quien lo ha arrojado aquí, en medio de la acera. La guerra que mantienen es inútil, hace tiempo que lo sospecha: acechar cada noche, siempre muy lentos, demasiado, al enemigo mientras duerme, ¿de qué les ha servido? Jamás lograron sorprenderlo, siempre se les adelantó el amanecer. Ha visto cómo han caído, uno a uno, tantos compañeros… Fundidos por el fuego de una estufa o de un mechero, deformados a mordiscos, decapitados por los dedos gordezuelos de ese niño cruel y sus amigos… ¿No debiera él, ahora, dar gracias por haber sido olvidado lejos del campo de batalla? Pero había oído hablar de otros muñecos y juguetes abandonados a su suerte, sujetos al desgaste y otras tragedias azarosas, más terribles, causadas por ese otro enemigo no menos fabuloso: la intemperie.
xxxAsió su fusil como, de hecho, ya lo estaba haciendo, como siempre lo hizo. Permaneció en su posición, altivo, rígido, con el orgullo que nunca le abandonó. Dispuesto, sí, a librar aquella nueva guerra.

 

 

 

López, José Óscar. Fragmentos de un mundo acelerado. Cartagena; Ed. Balduque, 2017.

 

EL ORO CELESTE

 

MONÓLOGO DEL TÍTERE

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxSólo me interesa la estimación de unos
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxcuantos espíritus excepcionales.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxAndré Gide

Soy una marioneta. A primera vista, parecerá cosa increíble a todos que un ser como yo, hecho de trapo, madera e hilos, pueda dirigirle la palabra a alguien; pero —¿será preciso recordarlo?— no soy el primero de mi especie. Una larga nómina de antecesores me precede, de entre los que no hará falta citar a Pinocchio, o Pinocho, ese italiano tan afamado como algo bobalicón, ni a Kásperle, aquel polichinela insomne disfrazado siempre de arlequín.
xxxFui creado por las cariñosas manos del señor Dimas, quien en cierto modo es mi dios, pues no sólo me dio forma, sino que además me insufla vida cada día cuando me saca al proscenio para representar esa obrilla —un tanto ñoña, todo hay que decirlo—  en la que debo moler a palos al brujo Picahuevos, besar a la princesa Brunilda, y ser nombrado Gran Maestre de la Orden del Higo por su padre, el Emperador de Transilvania.
xxxEn vano he tratado de hacerme oír por mi amo y señor, a quien hubiera querido proponer una serie de cambios sustanciales en la obra. Por ejemplo, que dotara de mayor complejidad psicológica al taimado Picahuevos, o que restara algo de candor a Brunilda, pues en qué cabeza cabe que pueda caer una y otra vez en las trampas absolutamente previsibles del brujo.
xxxSé que es utópico pretender esto, como es estéril pretender que Dimas represente de una vez por todas una obra de Shakespeare en la que yo, pudiendo dar al fin la justa medida de mi capacidad interpretativa, prestara vida a Hamlet o a cualquiera de los personajes inmortales creados por el egregio escritor, despertando así el fervor del público… Aunque no ignoro que la voz impostada de que hace uso Dimas, sacrificando la obligada severidad del Arte en aras de satisfacer —servilmente— a una audiencia de mocosos, tal vez no sea la más adecuada para declamar los profundos y arrebatados monólogos del dramaturgo.
xxxPero qué puedo decir del buen Dimas. Sus carencias son tan innumerables como insoportable resulta su empalagosa ternura. Este pobre hombre, transido de una melancolía espesa, no puede siquiera imaginar que yo acecho sus vigilias alcohólicas desde mi estante, que lo escucho con más asco que pena cuando le oigo decir “mis pobres muñequitos” ante el crepitar de la hoguera. Qué puedo esperar de un amo como éste, entregado a la autocompasión y esclavo de la botella y de una sensiblería tontorrona y barata. Qué puedo esperar de compañeros como los que me han tocado en suerte.
xxxMirad si no a Brunilda, con esas trenzas de lana amarilla y esos desmesurados labios rojos de papel de charol, que le hacen parecer una ramera. Mirad al Emperador: el pobre desgraciado a llegado a asumir su papel hasta el punto de creer que esa corona de papel de aluminio es, en realidad, de plata, o que su manto de fieltro blanco es de piel de armiño. Tanta ingenuidad resulta patética.
xxxY qué decir de los otros comparsas de la obra. De ese ladrón Tragapavos, un rufián de mirada abyecta, tumultuosa de cuchillos y de sangre, tan pródigo en maldades como en torpezas. O de aquel petimetre afeminado que se hace llamar, ridículamente, Marqués de Foie Grase, incansable pretendiente de la princesa Brunilda.
xxxVed sin embargo al viejo Picahuevos, tuerto, tullido, desdentado, obligado por Dimas a llevar un ridículo sombrero en forma de cucurucho. No despierta en mí aprensión, sino un sincero afecto. De esta troupe carnavalesca, él es el único al que aprecio, y cada golpe que Dimas me obliga a infligirle, alentado por un público vociferante y ahíto de sangre, me duele como si me lo diera a mí mismo.
xxxY, en cuanto a mí, el héroe insípido armado de una vana espada de madera, el pomposo caballerete vestido con un uniforme infestado de galones y charreteras, qué puedo decir sino que, vestido de tal guisa, me sé indigno de representar obras de mayor altura.
xxxSe encienden los focos. Oigo el aplauso febril de la chiquillería: pronto va a empezar la mascarada. Ya Dimas me coge de los hilos y me veo obligado a representar una vez más, infinitamente, un odio visceral por Picahuevos que no siento, un amor eterno hacia Brunilda que no he sentido ni sentiré nunca.

 

 

 

 

SIXTO Y EL SPITFIRE

En primavera, trabajando en secreto y a deshoras bajo la luz moribunda del taller, su padre le había construido una hermosa cometa de color rojo que imitaba un avión modelo Spitfire, de la Segunda Guerra Mundial. Medía más de un metro y medio de largo desde la hélice hasta la cola, y se la regaló en mayo por su séptimo cumpleaños. Sixto se presentó con ella al concurso comarcal, muy orgulloso, diez días más tarde. Sobre un prado de alfalfa recién cortada había más de treinta niños con sus cometas de colores ondeando al viento, y no pocos miraron con envidia el majestuoso Spitfire, remontándose en el cielo como si lo impulsara un motor mágico y secreto.
xxxAlgo pasó. El viento que llegaba aullando desde las colinas del Norte empezó a arreciar, y Sixto anudó el cordel de la cometa a su muñeca por temor a perderla. El viento siguió creciendo en fiereza, y pronto pareció que el Spitfire quería liberarse de sus ataduras en la tierra y seguir volando hacia el sol. Su padre se encontraba a unos cien metros, apoyado en una cerca pintada de color verde, y cuando los talones de Sixto comenzaron a despegarse del suelo, se miraron a los ojos por última vez.
xxxSixto se elevó a gran velocidad sobre las antiguas casas coloniales coronadas de buganvillas y sobre los edificios de ladrillo rojo; sobrevoló las azoteas donde había sábanas tendidas al sol, los campos ya atardecidos, los grandes meandros del río flanqueados por sauces. Se cruzó con una bandada de pájaros oscuros y atravesó la columna de humo de un incendio. Finalmente, el Spitfire siguió la estela blanquecina de un reactor hasta que ambos desaparecieron de la vista de todos los presentes.
xxxEl Spitfire pudo ser hallado seis días después, en un estanque de otra ciudad en el que nadaban carpas centenarias, pero la búsqueda de Sixto se prolongó en vano a lo largo de los años. Los cadáveres de niños encontrados en ese tiempo resultaron ser falsas alarmas, víctimas de degenerados que habían comenzado a abundar por el país en aquella época extraña. El padre de Sixto nunca había dejado de sentirse culpable por su desaparición, casi dejó de hablar y de alimentarse, y una mañana, cuatro o cinco años después del suceso, amaneció muerto en la cama con las manos enfrentadas entre sí por las palmas, como si rezara.
xxxLa madre, en cambio, pudo vivir lo bastante como para saber que el cuerpo de su hijo había sido hallado. A los veinticinco años de haberse celebrado el concurso de cometas, una pareja de campesinos escuchó a media noche cómo algo golpeaba violentamente el tejado de chapa del granero. Al salir afuera temblorosos, bajo una lluvia abrileña de estrellas fugaces, descubrieron un cadáver sonriente sobre el tejado.
xxxLos análisis forenses no dejaron lugar a dudas sobre la identidad del desconocido que había caído del cielo. Era Sixto, pero su cuerpo parecía el de un hombre de treinta años.

 

 

 

 

LA DOBLE VIDA DE MEDARDO

Medardo Requena tenía el poder de transformarse en caballo a voluntad. Ya bajo su apariencia humana llamaba la atención su largo y morrudo perfil, similar al de los équidos, y su corpachón desgarbado. No menos su forma de caminar, como si trotara. Estaba compinchado con un tal Mouriño, gallego de Orense, quien había practicado sin fortuna la emigración a América. Juntos recorrían las ferias de ganado y Requena, transmutado en brioso corcel, era vendido por Mouriño al mejor postor. De noche, una vez en el establo, recuperaba su forma humana y salía de allí andando tan campante. Si lo sorprendían dentro de la cuadra, desnudo, hacía como que se había perdido, y su aspecto era tan extraño e inquietante —especialmente si aún no se había completado la transformación— que enseguida lo dejaban marchar sin pedirla más explicaciones.
xxxMedardo Requena se confesaba harto de aquel tipo de vida, de ir de aquí para allá, sin tener un hogar, esposa ni hijos, estafando a la gente honrada. Pero las ganancias eran tan sustanciosas que Mouriño lo convencía siempre de dar un nuevo golpe antes de retirarse. Llevaban ya un decenio trabajando juntos, cuando un año, en Medina del Campo, tras haber cerrado trato con un ganadero de Osuna, Mouriño esperó en vano a que Requena apareciera en el lugar convenido. Fue a los establos, temiendo que hubiera ocurrido cualquier contrariedad, y comprobó con estupor que su socio seguía allí, pero aún bajo la apariencia de un caballo. Cuando le preguntó qué diablos pasaba, Requena agitó las crines, piafó alegremente y, con un movimiento brusco de cabeza, señaló a una yegua que com´´ia heno a sólo diez metros de donde se encontraban. Como Mouriño pareciera no entender, Requena dibujó en el albero, con su casco aún sin herrar, la torpe forma de un corazón.

 

 

 

 

EL ORO CELESTE

Anselmo Verdejo tenía trato con los ángeles. Era un hombre forzudo y cejijunto que trabajaba en el alquitranado de carreteras, y a quien un buen día, en la comarcal de Estriégana a Sigüenza, atropelló un turismo de matrícula suiza que se dio a la fuga. Lo último que vio Anselmo Verdejo en su vida fue la cruz blanca sobre fondo escarlata de la Confederación Helvética. Después cayó en un coma profundo del que no regresaría sino seis meses más tarde: paralítico, castrado y ciego. Si sus ojos materiales dejaron de ver, no así los de su corazón. Anselmo Verdejo les contó a las enfermeras que durante su larga convalecencia había viajado hasta el cielo, y que allí, vestido con ropa de faena, había paseado por calles amplísimas cuyos adoquines eran todos de oro. También contó que había estado platicando con un arcángel llamado Ismael, rubio y de espléndidas alas blancas, quien le había prometido revelarle algún día el secreto de la Pureza. Cuando la señora de Verdejo y sus tres hijos oyeron la historia, se miraron a los ojos largamente, lloraron en silencio, y dieron a Anselmo por un caso perdido. El bueno de Verdejo, de hecho, ni siquiera se acordaba de ellos. Se lo llevaron a casa y lo tenían todo el tiempo en el salón, como a un mueble, y el turno de limpiarle las heces creaba siempre agrias discusiones entre ellos. Anselmo iba a lo suyo. No le preocupaba el mundo exterior, con el que casi se encontraba incomunicado, y en cambio realizaba con su mente frecuentes travesías al cielo, y ampliaba el número de sus conocidos por aquellas latitudes. A Ismael se sumaron Samal, Anael, Gabriel y Sabaoc, y Anselmo decía que pasaba frecuentes apuros porque los confundía entre sí, tan rubios todos, y tan altos, y con los ojos de un azul tan puro. Como una vez, harta de oírle, su mujer le mandara no contar más gilipolleces, Anselmo Verdejo se enfadó mucho y le dijo: verá señora como yo nunca miento; y al día siguiente, cuando despertaron, vieron que Anselmo tenía una pluma muy grande y muy blanca en la mano, y él dijo: ésta me la prestó Gabriel (él pronunciaba “Grabiel”), y contó que al arcángel le había dolido mucho al arrancársela. Imaginaron que pudiera ser la pluma de un cisne, que el viento hubiera arrastrado hasta la ventana, y la esposa dijo esto no prueba nada en absoluto. Al día siguiente amaneció Anselmo con una corona trenzada de flores, regalo de Sabaoc, y ya era difícil imaginar que aquello hubiera venido volando por la ventana. Pero nadie le creía, y el hijo mayor le dijo: papá, por qué no traes uno de esos adoquines de oro de los que hablas; y Anselmo le contestó: no sé si podré, caballero, porque son muy pesados para hacer el viaje. Con todo, apareció al día siguiente con un ladrillo entre las manos. El ladrillo pesaba una barbaridad y era dorado y brillante, y lo llevaron a un joyero que certificó esto es oro puro, vale una fortuna. No le dijeron de dónde lo habían sacado, pero le pidieron a Anselmo que se trajera del cielo un capazo lleno de adoquines, y que entonces le creerían para siempre, y que no volverían a poner nunca en duda nada de cuanto dijera. Anselmo dijo bueno, veremos si no me lisio al arrancarlos, porque el cemento que usan allí es muy fuerte, pero lo intentaré. Ninguno de ellos durmió esa noche, haciéndose cábalas sobre el número de adoquines que cabría en el capazo, imaginando las casas, las fincas, los coches, las joyas, las ropas de lujo que comprarían con aquel dineral. Amaneció, y hasta bien avanzado el día no se aventuraron a entrar en el salón, por miedo a interrumpir el sueño o viaje astral de Anselmo. Cuando por fin lo hicieron, encontraron allí al señor Verdejo, sentado como siempre en su silla de ruedas, pero ahora el pobre hombre estaba muerto: muerto del todo. Un hilo de baba le colgaba desde el labio inferior hasta el pecho, y sus manos, desolladas, estaban cubiertas por un polvillo muy fino que brillaba como oro bajo el sol de la mañana.

 

 

 

 

EL CENTINELA

Fue Otero quien les hizo reparar en la marquesina iluminada de la calle Ibarra. Algún vivales había tenido la idea de organizar el cotillón de Nochevieja en el viejo almacén de cerveza. De las calles colindantes, sucias y oscuras, llegaba un enjambre de hombres de etiqueta fumando cigarros puros, de mujeres vestidas con abrigos de piel. Al llegar bajo la marquesina, le enseñaban una cartulina al portero quien, con gesto displicente, les dejaba pasar.
xxxAl cancerbero había que echarle de comer aparte, como dijo Valle, quien ya estaba maquinando la forma de entrar de matute en la fiesta. Aquel hombre era una mole informe de carne, derramada sobre una sillita de la que no se levantaba en ningún momento, por mucha que pareciese la calidad del recién llegado. Tenía una expresión bovina en el rostro, y los dedos de sus manos parecían morcillas. Iba vestido como un militar de opereta, con gorra de plato y un uniforme de color púrpura que le iba dos tallas más pequeño. Valle tiró el cigarrillo al suelo y lo aplastó con la suela del zapato.
xxx—Yo me cuelo delante de esa vaca. Miradlo. Parece un besugo.
xxxValle era siempre el que escupía más lejos, el que driblaba mejor con el balón y el que tumbaba más mozas. Se tenía por bravo. Si una cosa se le metía entre ceja y ceja, no paraba hasta conseguirla. Propuso a Yepes y a Otero que simularan una pelea junto a la puerta, para colarse a una distracción del portero; pero, por más encarnizamento que mostraron en la riña, Mole de Carne no se inmutó.
xxx—Ese tío es como una estatua.
xxxSeguía el desfile de hombres elegantes, de señoritas con manguitos de piel de marta cibelina, y Valle se daba al diablo por no poder entrar allí. Por fin propuso que arrojaran una moneda a los pies del portero, y esta vez Mole de Carne sí que reaccionó. Se incorporó pesadamente y caminó seis pasos hasta alcanzar el lugar en que la moneda había caído. Mientras se agachaba, Valle se precipitó hacia la puerta como un delantero que burla la defensa. Antes de penetrar en el almacén, tuvo tiempo para volver la cabeza y guiñarles un ojo.
xxxCuando entró, la luz era escasa, y un perfume acre, como de sustancias químicas, lo invadía todo. Había grupos de personas en pie, sosteniendo copas de champán vacías, pero ni siquiera hablaban entre ellos. No le gustó la forma en que lo miraban. Sus rostros estaban distorsionados, como si hubieran sufrido una extraña metamorfosis al entrar en el local. Valle se preguntó si a él no le habría ocurrido algo parecido, o si no se trataría de un efecto óptico producido por la luz mortecina del interior.
xxxUn camarero de gesto patibulario le ofreció una bandeja de licores y, cuando Valle retiró una copa, el tipo emitió un barboteo indescifrable. En el centro de la sala, elevada sobre una tarima de tres escalones, se hallaba una gran mesa de piedra, una suerte de altar flanqueado por cirios encendidos. A su lado, una mujer ataviada con un quimono dorado bailaba en estado de trance. Valle pensó que debía de estar loca de atar. Bruscamente, la mujer abrió los ojos y señaló hacia el lugar donde él se encontraba.
xxx—¡Cogedlo! —gritó con un berrido.
xxxValle corrió hacia afuera con el corazón en un puño, pero, antes de que franqueara la puerta, Mole de Carne atajó su carrera de un palmetazo en la sien. Cayó al suelo como un edifico dinamitado. El corazón le palpitaba a un ritmo frenético; las siluetas de sus perseguidores no tardaron en rodearle. En un instante de clarividencia comprendió, ya demasiado tarde, que la misión del portero en aquella fiesta no era impedir la entrada en el almacén, sino evitar que cualquier intruso pudiera escapar de allí con vida.

 

 

 

 

UN PINTOR DE VIENA

Venido de provincias, huérfano de un inspector de aduanas, el joven llega a Viena y se deja maravillar por la maginificencia de los grandes palacios y de los vastos jardines imperiales.
xxxEs alto, escuálido y triste. Viste abrigo oscuro, usa sombrero negro, y lleva un bastón con empuñadura de marfil. No trabaja. Se aloja en un cuartucho pobre, oloroso a humedad y a parafina, del 31 de Stumpergasse. Le ha confiado a su madre que quiere ser pintor, un artista.
xxxTiene el rostro inexpresivo, como de cera. Pasa el tiempo a solas, en su cuarto o en los parques desiertos, y dedica las horas muertas a dibujar sobre las páginas de un cuaderno rectangular. Toma apuntes del natural o de una enciclopedia.
xxxLee mucho. Gasta su poco dinero en acudir a la ópera y apenas come: pan de nueces con mantequilla y, en las grandes ocasiones, un vaso de leche. No fuma ni bebe. Empieza a escribir obras de teatro, pero no tarda en desanimarse y romperlas. Dibuje innumerables bocetos de edificios colosales, grandiosos. Su propósito es ingresar en la Academia de Bellas Artes, alcanzar renombre, ser alguien.
xxxA veces visita un cafetín antiguo, en el que hay divanes de terciopelo y estatuas neoclásicas. Pasa la tarde entera apurando un vaso de seltz, pero no se atreve a hablar con ninguno de los artistas —consagrados o bohemios— que por allí pululan.
xxxLejana ya la pubertad, no ha conocido mujer. Se siente alejado del festín de la vida, como un eunuco en una orgía. Piensa en pintar un cuadro magistral que lo redima de su insignificancia: un paisaje bañado por la luz bajo la atmósfera pulida del verano en Viena.
xxxEn el día de la prueba de ingreso, dibuja palacios, caballos, bosques. Cree haber dado lo mejor de sí mismo, pero, tras dos días de tortuosa espera, busca en vano su nombre en la lista de aprobados. Pide ver su examen y un profesor de cara rancia, vestido de gris, le hace ver que ha dibujado “pocas cabezas”.
xxxSu madre acaba de morir. Habla con su tutor, Joseph Mayrhofer, y le promete que aprobará al curso siguiente. Durante un año se afana en captar con su lápiz la figura humana: una anciana vendiendo castañas, un mendigo en un banco, el rostro de Kubizck (su único amigo). Se siente acechado por el fracaso pero, al llegar la fecha, se presenta al examen y, contra todo pronóstico, lo supera.
xxxVeinte años después es un modesto y respetado artista que vive de sus pinceles, que huele a alcanfor y a casa limpia. Imparte clases particulares y realiza algunos trabajos por encargo, como esa Anunciación —no demasiado brillante— que cuelga en un lateral de la iglesia de Sta. Maria am Gestade.
xxxLos años le han dejado como gravamen un vientre ligeramente abultado y unos ojos fatigados y dóciles. Se ha casado con una mujer frágil y honrada, quien le ha dado un hijo al que han bautizado como él: Adolf.
xxxEs un hombre de bien, honesto, cabal, que a veces finge ser feliz. Liba el vino de la vida en vasos pequeños, y tal vez no le importa. Acepta que nunca ocupará el podio de la fama, que nunca levantará en las mujeres pasiones desatadas, ni despertará en los otros hombres la admiración o el asombro.
xxxPero, en las largas noches de invierno, lo asalta desde hace ya mucho tiempo una pesadilla recurrente y atroz. En ese sueño, él no aprueba su examen de dibujo y no consigue ingresar en la academia: durante años vive como un paria, un mendigo. La gente lo desprecia. El rencor anida en su pecho y apenas le deja respirar.
xxxEn ese mismo sueño se alista en el ejército imperial, acaba por fundar un partido político, arenga a muchedumbres enfervorecidas desde un púlpito improvisado, conoce la prisión y escribe un libro, gana las elecciones al parlamento alemán.
xxxEn ese mismo sueño declara la guerra a los demás países de Occidente, dirige divisiones acorazadas desde su despacho, manda la exterminio a miles de hebreos, conquista el amor de una mujer llamada Eva Braun.
xxxEn ese mismo sueño, él es un dios terrible y pavoroso que gobierna un imperio de hierro y de sangre. Bajo su mando se decide el destino de millones de hombres; las naciones pronuncian su nombre con un terror reverencial, sagrado.
xxxEn ese mismo sueño, en la extraña e intrincada tramoya de ese sueño, hay dolor, pólvora, desembarcos, trincheras, muñones, sepulcros, lodo, rencor y lágrimas.
xxxInvariablemente, el pintor vienés despierta, sobresaltado. Se asoma a la ventana y contempla las calles silenciosas, el rostro angelical de su esposa apoyado sobre la almohada. La realidad, razona con alivio, no admite sucesos tan atroces.
xxxY, sin embargo, sabe que en él anida el germen de ese otro, del monstruo que habita en el sueño: el que pudo ser y no fue. Siente miedo de sí mismo, pero también una cierta envidia. Porque al otro, al monstruo, al caudillo que nutre millones de tumbas, nunca hubiera podido borrarlo el olvido de la memoria de los hombres.

 

 

 

Moyano, Manuel. El oro celeste. Zaragoza; Xordica editorial, 2003.

 

ESCUELA DE ARTISTAS

 

ÚLTIMA VOLUNTAD

No contenta con otorgarle un talento desmesurado para la música, la naturaleza también le había dotado de una intransigencia feroz hacia los gustos del que debía ser su público. Que el silencio de este hacia su producción se prolongara a lo largo de su vida y su carrera no hizo más que aumentar su singular empeño sobre sus partituras. Desde el amanecer, y hasta altas horas de la noche, tocaba su piano y escribía hileras incesantes de notas, prácticamente sin salir de su estudio. De forma que, cuando murió, los pocos que lo habían visto en los últimos años de su vida —el servicio de la casa, un par de médicos— atestiguaron que su continua inclinación hacia el trabajo lo había dejado encorvado, incluso jorobado.
xxxUno de los criados sabía leer música y había curioseado entre sus papeles, y una tarde silbó alguna tonadilla de su señor fallecido camino de las tabernas del puerto. Hasta las bestias más broncas de esos tugurios quedaron fascinadas con aquella melodía. Pocos días más tarde, nuevas y maravillosas canciones se multiplicaron por la ciudad. Los mismos empresarios que dieron la espalda al maestro en los inicios de su carrera no tardaron en disputarse el acceso a su estudio. En apenas dos meses se estrenarían tres sinfonías y dos óperas en los mejores escenarios del país.
xxxEn medio de la expectación, un periodista dedicó una tarde y una noche a escribir una larga crónica sobre el artista, que publicó al día siguiente y tuvo un gran éxito, aunque el autor no llegó a saberlo: había aparecido muy temprano en las afueras de la ciudad, tras entregar el texto a la rotativa no durmió en toda la noche, y ahora profería un discurso inconexo, presa de una demencia súbita y fulminante: se suicidaría a los dos días en su celda, en un hospital psiquiátrico. Más tarde, se sabría que el impresor que compuso el texto salió justo después a la calle y se arrojó a las ruedas de un carromato de gran tonelaje.
xxxLlegaron las distintas noches de los ansiados estrenos: en el mismo momento en que comenzaban a ejecutarse las piezas maestras, terribles incendios fortuitos fueron prendiendo uno tras otro en los edificios hasta asolarlos. Los supervivientes hablaron de risas terribles que procedían de todas partes, así como de sombras entre las llamas donde había podido distinguirse la silueta jorobada del músico.
xxxQue muriesen en circunstancias igualmente terribles los pocos empresarios, orquestas y cantantes que, a pesar del miedo que ya se propagaba, aún se aprestaron a ensayar otras piezas de aquel ingente legado —accidentes horripilantes, determinados por inexplicables coincidencias, siempre con algún testigo que refería las mismas risas y la misma sombra encorvada— terminó de convencer al país de que la cabezonería del maestro, su determinación a dar la espalda a su público, lo había acompañado más allá del umbral de la muerte.
xxxCientos de manuscritos de papel pautado fueron entregados a las llamas; idéntico destino corrieron los pocos dibujos que, con más imaginación que otra cosa, habían publicado los periódicos para dar rostro a aquel mito que debía desaparecer tan pronto como empezaba a ser forjado.
xxxAños después, aún se daba el caso de algún infeliz que, por conservar en la memoria alguna de las melodías del maestro maldito, cometía la imprudencia de silbarlas en público, siquiera de tararearlas a media voz. Se le degollaba sin miramientos.

 

 

 

 

YO ME QUEDÉ A VIVIR EN EL LENGUAJE

Yo me quedé a vivir un tiempo en el lenguaje. Sentí de esa manera, en mis paseos y bajo mis pies, los sólidos cimientos de la etimología: la rara exactitud de las raíces griegas, la ubicuidad un poco prepotente de la vieja Roma; la música enmarañada y perturbadora de las músicas árabes y hebreas. Arañaba mi cuerpo, cuando yo pasaba, el enramado exótico de la lejana Persia y la violenta sequedad de la cercana África; divisaba también, aquí y allá, de vez en cuando, místicos faros indios, la gravedad primera del sánscrito, y pude oír en la lejanía voces más viejas que Europa.
xxxDespués sentí cómo la flecha del tiempo que me impulsaba cambiaba su curso.
xxxAl fin, los ecos del pasado se van terminando y hay un silencio ahí delante que yo identifico con el futuro. Si en el pasado ha habido las voces discordantes, ruidosas y babélicas, en el futuro no logro oír nada. Y no sé si lo debe interpretar como la página en blanco de lo que debe ser dicho todavía en formas aún inconcebibles, acaso una telepatía que confirma ese silencio, un silencio preñado de ideas y sentimientos proyectados a la velocidad de la luz, la luz del pensamiento, la luz del corazón; o acaso es el silencio de una especie que por fin ha logrado su vieja aspiración de aniquilarse a sí misma.
xxxNo, no estaba equivocado.
xxx¿Había llegado la hora de la telepatía, allí en el demorado calendario futuro?
xxxNo, no, me equivocaba. Yo no podía oír ningún futuro.
xxxEstaba en el pasado como siempre. Y traté de servirme de la ciencia para escapar de allí.
xxxHay quienes creen que la telepatía prescinde del lenguaje y no es así, tal sistema crece y se extiende por los mismos vasos y ramas, desde las mismas raíces del lenguaje. El dolor y la distancia, el órgano y el impulso nervioso. Pero huyo al pensamiento tratando de explicármelo y dejo de oír también hablar a todas aquellas voces antiguas, ya solo me oía a mí mismo. ¿No era ya la hora de salir al presente y escuchar la voz de los otros? Oí el balbuceo de un mono y comprendí que era yo otra vez, que había regresado a la casilla de salida.

 

 

 

 

ILUSTRACIÓN, ROMANTICISMO

Todo el ruido del mundo confluye en una sinfonía, escribió el ilustrado en su último delirio. Y más tarde el romántico, ya sordo, compuso la última, definitiva sinfonía.

 

 

 

 

EL LIBRO QUE ALGUIEN SUBRAYÓ

Tomo prestado un libro de la biblioteca pública y compruebo con fastidio que algún lector previo ha ido subrayando, en casi cada página, sus muchas frases sentenciosas, ciertamente ingeniosas y con indudables atisbos de sensibilidad, de inteligencia o de verdad, pero que acaban pareciéndome, en su acumulación, un exceso de fuegos de artificio. Bueno, no me gusta demasiado, pero tampoco me disgusta lo suficiente como para abandonarlo y sigo navegando sin demasiada curiosidad por su chisporroteante, inocua trama.
xxxA mitad de novela me sorprende descubrir que aquel lector previo dejó de repente de subrayar, lo que me sorprende y me fastidia, y me sorprende ahora, sobre todo, mi fastidio. ¿Por qué dejó de hacerlo? Sigo encontrándome prácticamente en cada página todas aquellas sentencias y frases que, estoy convencido, aquel lector había subrayado si no hubiera sido víctima de su pereza súbita.
xxxAntes de darme cuenta, tengo un lápiz en la mano y sigo leyendo el libro subrayando aquí y allá todo aquello que ese lector que me precedió debía haber subrayado. Y esta también te habría gustado, ¿no es así?, me digo. Y esta, y esta, y esta. Procuro terminar pronto la lectura de aquella novela intrascendente, acelero el pasar de sus páginas conforme me acerco a su final: cuarenta páginas, veinte, diez, cinco, sin dejar de hacer todos aquellos subrayados hasta llegar a la última página, su última palabra, momento en que corro a la biblioteca para devolver aquel libro fastidioso, ya terminado de subrayar, y olvidarme, librarme de una vez de él.

 

 

 

 

ILUSIONISTA

Un mago y su prodigio: hacer que aparezcan o desaparezcan del escenario objetos, animales, un ayudante, algún que otro miembro de su público. Él tenía un talento diferente, pues solo podía hacer que fuese él mismo quien desapareciera; de una forma tan absoluta que sus espectadores jamás se hartaban de su número: también lograba desparecer de la memoria de todos.
xxxPor eso, solo cambiaba de ciudad si se aburría. Nadie lo conocía nunca. Noche tras noche, de teatro en teatro, su vida se repetía como una eterna novedad para los otros mientras él soñaba con su desaparición definitiva.

 

 

 

 

EL METÓDICO LECTOR

Era un lector metódico, de los que ya no quedan; incapaz, por ejemplo, de dejarse a medias una novela, cualquiera de ellas, por mediocre que resultase. Pero su talón de Aquiles lo constituían los periódicos: podía prescindir de la ficción, mas ¿cómo iba a procesar la realidad de ahí afuera sin devorar la prensa diaria de cabo a rabo, cada uno de sus artículos y reportajes, sus columnas y editoriales, hasta la más mínima nota?
xxxPoco a poco, la variedad y la extensión de los tabloides existentes en el mercado lo fueron sobrepasando y debió dejar para el día siguiente los ejemplares del día de hoy. Durante varias semanas se esforzó por recuperar ese día perdido, un hoy que huía sin remedio, pero sus trabajos y obligaciones ampliaron la demora: dos, tres, cinco días, una semana… Su actualidad fue atrasándose despacio, de forma irrevocable; se hacía más y más grande, insalvable, la grieta que separaba el día del que trataba de informarse, hasta el más mínimo detalle, del día en que su cuerpo, que no su mente, habitó sin remedio, con una inconsciencia y una ignorancia que le producían un vértigo irresistible.
xxxTerminó arrojándose al vacío desde el séptimo piso de su casa. Las hojas de un periódico con fecha de cinco o seis años atrás revoloteaban alrededor de su cuerpo destrozado, todas ellas con noticias de un mundo extinto hace mucho salvo aquella, inexplicable para quienes encontraron su cadáver, que daba la noticia exacta de su caso y su suicidio.

 

 

 

López, José Óscar. Fragmentos de un mundo acelerado. Cartagena; Ed. Balduque, 2017.

 

UN SOPLO DE TODOS NOSOTROS BASTARÍA

 

xxAgasajando el cuerpo, con la durmiente tarea de olvidarlo casi todo, me dejo caer entre las sábanas mientras arde parte de una región de este país. Las secuencias que me llegan tratando de acomodarme al silencio interior son de una luminosidad destructora. Un feo hombre, que da órdenes sin saber cómo coordinar tanta desgracia, se fuma un cigarrillo mirando por el ventanal de su bien amueblada oficina. Ayer cenó parrillada de mariscos y sangría. Baja la mano para buscar algo en el cajón, unos papeles que le comprometen. Más allá unas familias salen corriendo mientras giran la cabeza como la mujer de Lot, temiendo que todo cuanto poseen lo arrasen las llamas. La naturaleza se ceba de nuevo donde la sal cayó hace tiempo, la que vertieron “ellos”. Comienzo a sentir una profunda tristeza por los pinos que no volverán a crecer, ni las orugas que se arrastraban sobre sus rasposos troncos. Miro de cerca las mariposas que ayer volaban y ya no están. Siento la brisa de un intenso revolar de pájaros a lo lejos. Los hombres que custodian la ciudad se precipitan para apagar las llamas, pero el incendio camina hacia nuestros corazones. Un soplo de todos nosotros bastaría para alejarlos, para que las llamas se inclinasen del otro lado y ardiesen del revés. (Ante el televisor)

 

 

 

García, Concha. Los antiguos domicilios. Sevilla; Ed. La Isla de Siltolá, 2015.

 

UNA TEMPORADA EN EL INFIERNO, SEGÚN JOSÉ ÓSCAR LÓPEZ

 

SALA DE ESPERA

Están en una sala de espera y son siete. Uno de ellos sufre un repentino ataque al corazón, que termina con su vida en menos de tres minutos. Cuando comprenden que nada pueden hacer por él, buscan la puerta de salida. No la encuentran. Es entonces cuando cae el siguiente al suelo, entre espasmos y ojos inyectados en sangre hasta que los cierra y deja de respirar. Saben que el siguiente en morir puede ser cualquiera de ellos, que puede llegarles la muerte igual de repentina que a los otros, en los próximos diez minutos o dentro de unos años, quizás de muchos años, pero siempre allí dentro, encerrados en esa sala de espera; solo entonces reflexionan con gravedad, cada uno de ellos para sí y sin hablarlo con los demás, sobre el verdadero significado, el alcance devastador, del término que designa el lugar en que se encuentran.

 

 

 

 

EL BOSQUE

Perseguido por la justicia de los hombres, me refugié en el bosque. El invierno ese año no fue duro, y pensé que podría sobrevivir allí durante un tiempo. Oía el rumor de las ramas que se agitaban día y noche y, en mi soledad, llegué a creer que los árboles parlamentaban entre sí. Que comentaban mi caso y se apiadaban. Llegué a creer muy pronto que el bosque era mi amigo.
xxxFue evidente el prodigio cuando escuché cómo convocaban a las bestias salvajes y les pedían que me ayudaran: estas me dieron su calor y su alimento. Cuando una partida de mis enemigos se adentró en el bosque buscándome, los árboles y la maleza crearon una tupida red para que me ocultase.
xxxMe arrullaron y tranquilizaron aves de sonoros cantos. Cayó el día y llegó la noche, pero las aves no cesaron de cantar. «¿De qué te han acusado?», me preguntaron las lechuzas. No quise recordarlo, pero estaba relajado, en paz y relajado. Empezaba a dormirme. Los ciervos y los lobos me miraban fijamente, mientras me embargaba el sueño, y las hojas me susurraban: «dínoslo, pero no con palabras si no quieres. Tan solo ábrenos tus pensamientos y tu corazón».
xxxTratando de esforzarme en despertar, y adormilado todavía, comprobé que todas las bestias habían huido y que la maleza y las ramas de los árboles se habían retirado: ya no me protegían. Traté de hablarles, pero no me escucharon. El viento acariciaba las hojas y las ramas, pero sin arrancarles ya palabra alguna. La luz de los hachones de aquellos que me habían juzgado y condenado me alcanzó.
xxxRisas malévolas se desataron, pero ¿eran mis captores o los árboles quienes reían? Mientras los lugareños me escoltaban armados con palos y con piedras, con sus antorchas y cuchillos, se levantó un viento terrible que arrastró la hojarasca e hizo temblar con fiereza las copas de todos los árboles.
xxxSentí el miedo a mi alrededor, mas yo sabía la verdad: todo el bosque estallaba en carcajadas.

 

 

 

 

LOS QUE NOS SUICIDAMOS

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxLos tejados ignoran que existen las ciudades.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxMicharmut

Paseo caviloso por estas azoteas: son mi hogar. Me asalta, a veces, el deseo de mirar ahí debajo y ver lo que sucede en esas calles. Vigilar a toda esa gente y ver qué hace, cómo son, adónde van.
xxxSi es que queda alguien, todavía, ahí abajo.
xxxLos que nos suicidamos arrojándonos desde los edificios, al vacío, estamos condenados a residir aquí, post mortem: en un mundo de tejados continuos. Paseo todo el día y, por la noche, sueño con traspasar esta cárcel de tejas, pizarras y uralitas. E ir abajo al fin, y ver de nuevo el mundo.
xxxAbajo, al fin.
xxxAbajo.

 

 

 

 

DIGAMOS QUE UN RELATO DE TERROR

Pruebas a combinar un montón de palabras, lo haces al azar. Dejas que se relacionen entre sí y, sin tu ayuda, hagan sus conexiones. palabras ordinarias, en ningún caso extrañas, técnicas o demasiado cultas: crees que no lo necesita aquello que resulte, finalmente. Sea lo que sea. Te retiras, lo miras a distancia y es como esperar que vaya a emerger algún tentáculo de allí. te acercas otra vez, intentas releer el texto por encima, solo un breve vistazo. Te d la sensación de que hay varias historias latiendo como posibilidades: senderos de sentido que van multiplicándose, abriendo abismos de duda que corroen toda la realidad.
xxxBueno, empieza a darte miedo. Era el efecto que buscabas, digamos que un relato de terror: una muy breve narración. Abstracta y sin ningún significado cierto. Pero ahora te resulta insoportable.
xxxCierra el cuaderno, haz otra cosa. Es ya muy tarde, duérmete. Pero todas esas palabras permanecen ahí, extendiendo su sombra de sentido, haciendo nuevas conexiones. ¿Qué decían? Tratas de imaginarlo, no lo logras. ¿Cómo poder dormir? Te levantas y buscas el cuaderno, arrancas el pequeño texto, lo destruyes. Pero es tarde. En un lugar de tu memoria, sus tentáculos se siguen extendiendo. Van poseyendo lentamente todo lo bueno que podía haber en ti. Pasan las horas. La posibilidad del nuevo día yace ahí, en el final de toda esa oscuridad: posibilidades aterradoras. Escribes este otro breve texto, donde lo explicas todo, lo confiesas. Quizás alguien lo lea y le sirva como aviso para que nadie vuelva a hacerlo. Y me perdonen por todo lo que vendrá.

 

 

 

 

EXTRAÑOS EN UN TREN

Lo conocí en un tren. Porque yo leía en un periódico sobre el estreno de una ópera, él me habló con devoción de su voz protagonista. Hasta ese momento había realizado todo mi viaje solo, un viaje de varias horas; así que acepté su invitación de acompañarlo a cenar: terminé mi café y fuimos hasta el vagón restaurante. Allí me comentó su descabellada idea.
xxxNo recordaba si la había leído en alguna novela o la había oído en una película. Se trataba de un plan para un crimen perfecto. Dos absolutos desconocidos, residentes en ciudades lejanas, pactan para asesinar a dos personas de su entorno. Cada uno de ellos se encarga de la persona que odia el otro: la distancia y la falta de móvil, me explicó, preservan del deber de pagar por el crimen. Llenó mi copa con más vino y alzó la suya para un brindis. Yo dudé.
xxx«¿No tiene usted a nadie del que desee librarse?», me espetó. Yo traté de pensar en alguien próximo y fastidioso, el viaje había sido muy aburrido, hasta ese momento, y el vino y su compañía me embriagaban. La idea terminó seduciéndome, y levanté mi copa. La luz del vagón desapareció. Sonaba el viento como si todas las ventanillas hubiesen sido abiertas. Con un escalofrío, dejé la copa sobre la mesa; noté que aquel vino tenía un regusto demasiado amargo.
xxx«Quizás alguien ya lo ha elegido a usted, lo ha hecho por mí, y es usted la víctima», me dijo. Sus ojos brillaban. El resto de ocupantes del vagón se volvió hacia nosotros en un silencio sobrenatural. Todos aquellos ojos brillaban como ascuas del infierno.
xxx«O acaso usted ha cometido ya su crimen, y se encamina hacia el infierno», afirmó. El ruido del viento se fundía con el de las risas de quienes nos rodeaban. Miré con pavor los rostros que nos miraban, desfigurándose como máscaras de cera sobre el fuego. La luz había vuelto, pero era la luz de unas llamas. Todo, a nuestro alrededor, ardía. Las risas eran ya carcajadas, y el rictus de sus bocas grotescas se agigantaba hasta tornarlas monstruosas. «Cada noche», continuó, «usted debe recordar una y otra vez el crimen que su conciencia insiste en olvidar. Y lo recuerda aquí, en el tren donde todo comenzó. El tren que lo lleva de vuelta, a cada instante, al infierno».

 

 

 

 

EL DILUVIO

En esta región, los diluvios son habituales. Nos hemos acostumbrado desde siempre a una lluvia furiosa que vuelve una y otra vez, y a una perpetua inundación.
xxxHay quien dice que morimos ahogados hace tiempo, que las calles de nuestra ciudad son las calles de nuestro cementerio y que nuestras casas son nuestras tumbas. «Solo cuando vemos cómo el sol sale», añade este insensato, «recordamos la verdad, una verdad tan horrible que, al instante, huimos de ella y soñamos, en nuestro sueño eterno, con la luz de una superficie imposible ya para nosotros».
xxx¿Crees, le respondemos, que a un montón de muertos les puede resultar grato que les recuerden que están muertos? Es lo que le decimos antes de que, furiosos, acabemos con su vida una vez más. Con palos y con piedras, lo matamos. El sol vuelve a brillar mientras las nubes se disipan y lo enterramos junto a una dehesa. Vemos el sol y lo admiramos: es tan extraño, aquí. Es extraño y hermoso. Sabemos que debemos disfrutarlo lo poco que vaya a durar. Pronto regresará la lluvia, una lluvia terrible: el diluvio. Es el castigo a nuestro crimen. Moriremos ahogados y olvidaremos nuestra muerte, y vagaremos otra vez por estas calles sumergidas escuchando a aquel sombrío, enfermo agorero: nuestro ejecutor.

 

 

 

 

BRUJERÍA

Es sabido que las brujas, hace siglos, para ejercer sus siniestras artes sobre las comunidades, se servían de sus escobas. ¿Por qué entonces nadie recela de los barrenderos, que tejen durante la noche, por toda la ciudad, la misteriosa red de trayectorias que nos atrapará durante el día, todas esas rutas absurdas que seguiremos como sonámbulos, preocupados e infelices para siempre a causa de sus maleficios?

 

 

 

 

EL AFILADOR DE CUCHILLOS

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxLo peor son las noches
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxafilando cuchillos.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxJosé Daniel Espejo

Durante toda la mañana, oigo cómo mi vecino, el afilador de cuchillos, afila sus cuchillos. Al comienzo de la tarde, sale con su carromato repleto de cuchillos, centenares de ellos, para devolvérselos a sus propietarios perfectamente afilados y recoger a su vez otros tantos cuchillos por afilar.
xxxSe explica ante el cliente, lo puedo imaginar, lo hago en mis largas noches de insomnio: los afilaría en el momento, pero le gusta tomar su trabajo con esmero y paciencia, en la tranquilidad de su taller, ese taller que colinda con mi casa. Sale y regresa al caer el sol, para seguir trabajando durante buena parte de la noche, haciendo ese ruido metálico y mortal que me desvela y me pone nervioso. Es su trabajo y se muestra muy amable siempre que nos encontramos, ¿cómo quejarme? Pero lo imagino allí recluido, en su casa, cuando no puedo verlo, afilando sin cesar todos esos cuchillos, y siento miedo.
xxxA veces llama a mi puerta para pedirme sal o harina, huevos, algún condimento o especia. Yo trato de ocultar el miedo que me inspira, me tiemblan las manos mientras recojo de mi cocina todo lo que me pide, salgo con todo ello y se lo doy tratando de sonreír, correspondiendo a la amabilidad de la que, en verdad, hace gala siempre en nuestro trato, aunque también me mira serio, con sospecha, cuando le deseo buenas noches, como si intuyese que no soy del todo sincero. Regresa a su casa y, muy pronto, vuelvo a oír el ruido de sus cuchillos restallando en la noche mientras los afila, ese ruido incesante que me impide pegar ojo.
xxxCuando consigo dormir, mi sueño me sume en pesadillas con cuchillos que él afila con una paciencia que tiene algo de maníaca y mortal. Es un miedo constante el que me inspira el afilar de sus cuchillos, miedo que se prolonga desde el día y la noche, en mi vigilia, hasta el lugar fantástico al que me conducen mi sueño deteriorado y mis deseos de descansar.
xxxDespierto y sigue ahí el ruido de todos esos cuchillos, la actividad de mi vecino, que no cesa, devolviendo a los instrumentos de nuestros paisanos el filo que les da toda su razón de ser. Confesaré que, harto de no poder dormir y de este sobresalto continuo que me está volviendo loco, imagino que lo asesino. Con sus mismos cuchillos.
xxxPuedo oír el ruido de esos cuchillos, mientras los afilo antes de hundirlos en su cuerpo. Los oigo ahora, en mi imaginación, de la misma forma que, sí, lo sé, lo sé, y por eso no lo cometeré nunca, los oiría mucho después de mi crimen, de nuevo sin poder dormir, presa de mis remordimientos.

 

 

 

López, José Óscar. Fragmentos de un mundo acelerado. Cartagena; Ed. Balduque, 2017.

 

DE METÁFORAS Y DE POLÍTICOS

 

No son los poetas quienes hacen la historia, sino la capacidad poética colectiva, escribe Emanuel Lizcano. Para que una metáfora nueva, o una constelación de metáforas, exprese o impulse un cambio en el imaginario son necesarias al menos tres condiciones: la primera es que la metáfora sea imaginable o verosímil; en segundo lugar, hace falta también que la metáfora viva, una vez concebida, encuentre un caldo de cultivo adecuado para crecer y consolidarse en un medio social, integrado al menos por algunos grupos para los que la nueva percepción tenga sentido y valga la pena; y por último, no es menos necesario que esa metáfora desbanque a otras que se le oponen y consiga ocupar su lugar, al menos en amplios espacios sociales. Así debe ser también la sucesión de los políticos. (En el autobús)

 

 

 

García, Concha. Los antiguos domicilios. Sevilla; Ed. La Isla de Siltolá, 2015.

 

PRINCIPIOS DE ASTRONOMÍA

 

LA DESAPARICIÓN DE KELLERMAN

El cosmólogo Thomas Kellermann recibió una visita inesperada la noche del tres de diciembre de 1974. Su sirvienta habló de unos bisbiseos demorados, que ella pudo oír desde su dormitorio, muy cerca de la entrada. Tras media hora oyó también que la puerta de casa se cerraba y no le dio más importancia, entendiendo que el viejo profesor regresaba a su dormitorio. Así les explicó a los investigadores del caso. Dos semanas después, el anciano seguía sin aparecer. Solo entonces, los medios empezaron a prestar atención a una carrera menor, y muchas de sus teorías empezaron a discutirse por primera vez en las universidades y en los medios.
xxxCuanto más lo hacían, más conspiraba el cosmos por adecuarse a ellas. Ahora que todos leían sus principios y teorías, por fin se entendían muchos movimientos misteriosos de la materia que no habían logrado ser explicados hasta entonces. Todo encajaba en los papeles del desaparecido Kellermann. Las estrellas y todo el universo se movían en homenaje a él.
xxxPero el investigador apareció una buena noche en un descampado a las afueras de su ciudad, sin guardar recuerdo de los meses que había sido dado por desaparecido. Parecía con buena salud. Los distintos patrones y sistematizaciones que poblaban sus libros y apuntes dejaron de encontrar reflejo en el funcionamiento de la realidad. Nuevas apreciaciones y consideraciones devolvieron sus diagramas, ecuaciones y concepciones a su diminuta condición previa.
xxxTodos abandonaron y olvidaron sus teorías. Ignorante de que durante un breve espacio de tiempo sus estudios habían determinado la gran sinfonía del universo, Kellermann vivió bastantes años más en su modesta laboriosidad y la felicidad de su vida solitaria y tranquila, inofensiva, perfectamente anónima e irrelevante.

 

 

 

 

UN SUPERHOMBRE

Cayó desde el espacio, siendo un niño. Venía de un planeta moribundo. Fue acogido por una amable pareja de granjeros. En la pubertad, y como efecto de las radiaciones de nuestro sol sobre su cuerpo alienígena, manifestó unos poderes extraordinarios. De forma que, cuando llegó a la vida adulta, se transformó en el formidable guardián de nuestro mundo.
xxxTodos lo amaban, hasta que fue descubierto su terrible secreto: no había sido el único superviviente del colapso de su planeta, sino que otros muchos niños fueron cayendo detrás de él, a lo largo de los años, en la Tierra; para continuar erigiéndose en nuestro único guardián fue buscando uno a uno a todos esos otros seres formidables y, en sus pequeños cráteres, los fue estrangulando.

 

 

 

 

LA TORRE

Querían construir una torre, la torre más alta jamás construida, una que llegara hasta el cielo. Pero apenas empezamos a trabajar en ella, comenzaron los problemas económicos. Nos pagaban cada vez menos y había meses que ni siquiera nos pagaban. No paramos de trabajar, pues hacerlo estaba castigado con la muerte; pero perdimos el miedo a desentendernos de quienes nos dirigían: no solo fingíamos no entender, sino que respondíamos al azar, frases cualesquiera y sin relación alguna con las preguntas o las órdenes de nuestros patrones.
xxxLa verdad es que empezó a parecernos divertido, tanto que jugamos a hacerlo entre nosotros. Pronto probamos a inventar palabras, y de ahí a tratar de crear idiomas nuevos había un paso. Imposible el acuerdo para un proyecto tan fenomenal, y antes de que ese monstruo de piedra crezca amorfo y en todas direcciones, hemos sido todos devueltos a nuestras casas. Un ejército de albañiles y obreros, decenas de miles, volvemos al hogar con una sola idea: enseñar a nuestras familias cada una de nuestras nuevas lenguas, únicas e intransferibles, y seguir con esta broma magnífica que supera, sin duda, en fantasía y en fenomenal al proyecto de esa torre insensata.

 

 

 

 

OTRA CREACIÓN DEL MUNDO

xxxxx1

Hubo un tiempo en el que los seres de aquel universo evolucionaron lo suficiente como para vivir en paz. Pero fue un tiempo breve, y todo regresó pronto a como estaba al principio. Muy cerca del final, un ser aficionado a las ciencias y las preguntas se preguntaba por qué el creador de todo, si lo hubo, permitió que el mal germinase de forma insistente y siempre regresara.
xxxMás que preguntarlo, lo imprecó de forma rabiosa e insultante. Fue muy cerca del fin, pronto la guerra perpetua de los otros seres llamó a su puerta para acabar con él.
xxxPero él logró acabar con ellos. Con todos ellos. Los destruyó con su ciencia. Contaba con el conocimiento y con la técnica, una derivación sofisticada de la quijada de asno con la que Abel cayera a manos de Caín; la sofisticación que le permitió a un individuo defenderse, de forma final, del resto de individuos.
xxxY así, se encontró solo. Lo estaba para siempre.
xxxEso mismo le dijo la instancia superiora y creadora, cuando se le apareció un instante. Una aparición, acaso, producto de su delirio.
xxx—Bienvenido a la soledad eterna.
xxxLe dijo. Y para que su soledad fuese aún más definitiva, dicha instancia le cedió el poder de crear nuevamente el universo.
xxx—Es tu turno, yo también debo ahora desaparecer para siempre. Quizás tu tengas más suerte —añadió con sorna antes de despedirse.

 

xxxxx2

El universo comenzaba, una vez más. Vio seres devorarse los unos a los otros, en ese mar primigenio que se agitaba, pequeñito, allí debajo de sus manos: recién creado a sus dictados.
xxxLe llevaría mucho tiempo observar cómo evolucionaba todo aquello.
xxxPero tenía tiempo, mucho tiempo, pensó con aprensión.
xxxPensó también en quien le había precedido, y sospechó que a él no le iría mucho mejor.

 

 

 

 

BIG BANG

¿Fue con un estallido, que comenzó el universo, o terminó con él y nosotros tan solo somos su demorado eco?

 

 

 

López, José Óscar. Fragmentos de un mundo acelerado. Cartagena; Ed. Balduque, 2017.

 

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