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VEINTICUATRO

diciembre 21, 2018 Deja un comentario

 

XXIV

Es, ahora que la melodía de un crepúsculo incendiado en tormenta adormece mis sentidos, que la música de Quique González retorna a mis oídos como lo haría el hijo pródigo a la casa familiar (independientemente de las palizas del padre o la eterna melopea de la madre).

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxVer llover.

xxxxxxxSí, cegar la curvatura de las pupilas en el naufragio celeste de un temporal,  y comprender que has de regalarte, de alguna manera, el sentido del oído con músicas de aguacero, melodías de desagüe, armonías de naufragio. Escucho, una y otra vez, la voz de Quique González, recordándome que los olvidados fueron obligados a crecer desinformados.
xxxxxxxTarareábamos, hace ya años, esa canción del bardo madrileño, entre amigos, iguales, compañeros que compartíamos, además del gusto por la música, la dolorosa nostalgia de haber vivido de cerca la cruda realidad que relata su letra. Habíamos crecido en barrios periféricos. Habíamos sufrido la violencia del robo, el asalto, la paliza, la borrachera, el polvo a destiempo debajo del puente bajo el que hace años que no gritaba ningún río… cosas así: súbitas, veloces, sucias y urbanas: como las que relata la canción que hoy me susurra una y otra vez el citado músico. Porque habla en ella de yonquis, del pinchazo feroz/veloz, de la adicción/devoción eterna, de la muerte súbita y la redención inasequible. Así fue: eran nuestros amigos, o simplemente conocidos del barrio: amables, simpáticos, un pelín canallas, sí, pero buena gente. Hasta que arreció la tormenta de las drogas duras, la desastrosa cena de gala de la heroína, en la que muchos, tantos, demasiados, servirían de banquete a un tropel de torpes comensales que jamás fueron invitados. Cerca, siempre, estaban sus padres, sin más tiempo libre que el que los diversos empleos por obra y gracia de los cuales aparecía en la mesa del domingo el pan fragante les podían permitir. También los viandantes asustadizos que, con el ánimo de llegar un poco antes que el día anterior al hogar, decidían atravesar las calles de nuestro barrio, las vecinas de mandil cansado y chismorreo exacto como el gatillo de los cowboys de sobremesa, las chicas que inauguraban adolescencia jugando a pretender quemarse, teatralmente, en la hoguera de los despropósitos… y así, en el último extremo: los hermanos menores, los que sin comprender asistíamos al sacrificio entre aterrados y maravillados, con pupilas desmanteladas y abortos de exclamación ensuciándonos la garganta. Sabíamos que había que cuidarse mucho, al jugar en el terraplén, de las jeringas oxidadas, el óxido ensangrentado, la sangre coagulada y el coágulo de miedo que parecía haberse instalado en la mirada perdida de aquel yonqui al que todos conocíamos, con quien habíamos jugado fútbol repetidas veces en el descampado, de quien habíamos temido un bofetón pandillero e intempestivo… algo canalla pero buena gente, ya digo.
xxxxxxxY es algo de esto lo que narra Quique González en 73, esa canción que hoy acompaña con sus rabiosos acordes de niebla este aguacero cochabambino que amenaza inundar la terracita de mi recién estrenado hogar, como amenaza la citada melodía anegar el balcón de mis recuerdos. Así fue entonces. Así es hoy, de nuevo, me temo. Ayer por desinformación, hoy por necesidad de esquivar los abismos cotidianos, las calles de Madrid se oscurecen en algunas esquinas en que la jeringa y el hambre copulan a escondidas de los viandantes.
xxxxxxxPero ahora vivo en Cochabamba. Vivo Cochabamba. Y aquí la única heroína conocida es la madre que amamanta a sus retoños entre montones de desperdicio. O la niña que baila al son de músicas ancestrales para obtener la simpatía del paseante y, de paso, un puñado de lustrosas monedas o un caramelo usado. Hay otras drogas en Bolivia, además de la denostada cocaína, que aquí tan sólo sirve de laburo a un puñado de campesinos y de inocuo vicio a un menos grupo de ídem. Eso no es droga, salvo cuando cruza la frontera, a base de química y dólar, para apaciguar a los occidentales que la esperan al filo de una madrugada sin fin, al calor de los cuerpos sudorosos que se contonean al ritmo de la eterna juventud en cualquier discoteca de metrópoli que celebra la fiesta mentirosa del fin de semana. Aquí, ya digo, pensando en Quique González, en su canción 73, en los conocidos a quienes devoró la heroína en aquellos aciagos años 80, deduzco que la única droga de tal calibre es la clefa con que mutilan sus pulmones, su pobreza, su latido y su juventud tantos y tantos chavales que no, no tienen la edad de mi hermano, más bien la que debería tener el hijo que aún no decidió nacerme. Ignoro la composición de ese industrial pegamento de saldo que aspiran una y otra vez tantos niños que hacen de la calle hogar y de sus esquinas cementerio.
xxxxxxxNo vine aquí a hacer sociología de andar por casa. No pretendo desentrañar causas ni motivos. Sólo afirmo que la droga —como el cáncer o las fiestas de fin de curso— es universal, y los féretros en que viajan los cuerpos de quienes a ella toman por esposa en las lunas de hiel del abandono no son tallados por quienes la producen, siquiera por quienes la venden. Tal vez, quizás, quién sabe, sólo por quienes ignoran su todopoderosa capacidad para lograr que este mundo no alcance de inmediato la sobrepoblación y prefieren pasear su indolencia en el automóvil de lujo de la relevancia social. Puedo verlos aquí como los veía allá: pasean el carrito en que ronronean sus hijos gemelos, sorteando charcos y compradores de última hora, y apartan la mirada cuando amenaza encontrarse de frente con la de ese chiquillo que podía ser, mañana, en un par de años, cualquiera de los que ellos mismos han engendrado, en caso de fallecimiento de ambos progenitores o caída en desgracia laboral o abandono de puesto de trabajo o inminente pobreza o alcoholismo provocado por el recién descubierto fraude de una vida desechada o simplemente, en un pasado no muy remoto, en caso de haber nacido ellos al albur de la luna llena sin más techo que el aullido de dos perros que copulan al ritmo de un viento imprevisto, y en tal caso: niño, a la calle pues, ganate unos pesos, trae de comer a casa, ni modo, aunque tengas que esnifar clefa para soportar el frío, la necesidad, el hambre, la macana, la joda infecta de una niñez que nunca tendrás y un juego del que jamás llegarás siquiera a conocer las normas… todo igual, ya ven, quizás algo peor aquí, en el Planeta Sur, donde la edad de los adictos es sensiblemente inferior. hablo de niños de 6 años, o… menos.

xxxxxxx…y no, yo no nací en el 73, pero casi… podría tener la edad de mi hermano… o la de mi hijo…

 

 

 

Cerezal, Pablo. Breve historia del circo. Albacete; Chamán ediciones, 2017.

 

CATORCE

 

XIV

La dentellada del frío, como presagio de la fiebre y la enfermedad. Han descendido las temperaturas
sin darse cuenta de que yo no estaba preparado para romper este idilio que mantenía, desde que llegué a Cochabamba, con lo primaveral. La meteorología es así. Poco, o nada, le importan los pequeños desastres cotidianos de quienes nos sometemos, gustosos y sumisos, a sus dictaduras de termómetro y viento.
xxxxxxxY es que ya dejamos atrás, hace tiempo, la soberbia adolescente de la manga corta y el pecho descubierto. Ahora uno se abriga antes de salir de casa, incluso en días de sol pertinaz y nube ausente. Ya he aprendido que el sol de invierno es fraudulento, como ese beso al aire que ni roza la mejilla ni lo desea. Lo aprendí de los ancianos que poblaban mi vida cuando joven. Aprendí a descubrir mi propio reflejo en la certeza del tiempo y derrota de sus pupilas. Mi padre ya me lo advertía, no hace mucho: cuídate de las corrientes de aire, los pies fríos y el sol de invierno. Y, a pesar de todo, aún me veo sorprendido por el montaraz designio de una temperatura caprichosa. Y me resfrío, o al menos me recorren escalofríos gripales cuando menos me lo espero.
xxxxxxxPero ahora no, no me conviene enfermar. No puedo, en estos momentos, arriesgarme a implantar en casa la fraudulenta democracia de las bacterias.
xxxxxxxElla descansa en su ajetreo de mutaciones inexplicables, en la cama. La ciencia, que todo lo explica, aún no da razón al terremoto interior de la mujer embarazada. Bueno, sí, da explicaciones pero a uno, que es de letras, se le escapan o no las entiende. Ella tampoco comprende. Ella sólo se duele, sabiendo que su cuerpo moldea cavernas de pulpa en que pueda descansar su letargo de años por venir el niño que está por nacer. Y yo debería evitar la enfermedad, por no contagiarla, por no expandirla, cual bomba de racimo, bajo el techado yihadista del hogar en calma.
xxxxxxxAsí que me preparo un ron con limón. Como cuando adolescente, a la ribera del invierno, bajábamos hasta el parque desangelado para consumir alcohol, y nos animábamos unos a otros a beber más aprisa para combatir el frío. Estábamos equivocados. Es un argumento científico que, esta vez sí, comprendo: el alcohol provoca una sensación de calidez al inicio de su ingesta, producto de la dilatación de los vasos sanguíneos, que incita la huida hacia delante de la sangre (entiéndase, por hacia delante, hacia la superficie epidérmica). Pero, al poco tiempo, el cuerpo sufre, en su termostato interno, una brusca bajada de temperatura que puede acarrear dramáticas consecuencias: pensad en los numerosos indigentes que, enhebrados al sueño fatídico del alcohol para mejor desenmarañar la epopeya de sus decepciones, fallecen de frío… cada noche. La ingesta de alcohol, qué le vamos a hacer, porta todo un ramillete de tópicos y excusas con que decorar el jardín en que naufragan quienes, sin control ni límite, lo consumen. Y elijo yo, ahora, la excusa de la falsa calidez que provoca el ron con limón (por la vitamina C… la del limón, me digo).
xxxxxxxLa casa permanece joven, como las momias fosilizadas que no se han descubierto, aún, en los hielos de la Antártida. Y yo pretendo evadir su gélida juventud con otra copa de ron. Al menos así permaneceré más tiempo lejos de la cama, ahuyentando el acceso de tos que podría invadir su sistema inmunitario… y hacerla sufrir. Quiero que duerma. Que descanse, libre de las trampas de la pesadilla. Deseo que descanse. Que encuentre, bajo la primavera monocroma del edredón, ese pedazo de calma que merece la orografía rosa de su vientre. Así que, mejor, doy santa sepultura a esta botella de ron que me permitirá evadir el ansia por acomodarme en la matriz templada y crujiente de su respiración verde y oro, igual que lo hace el niño en la alcoba escarlata de su vientre.

 

 

 

Cerezal, Pablo. Breve historia del circo. Albacete; Chamán ediciones, 2017.

 

EL CUENTO DEL NIÑO MALO

 

Había una vez un niño malo cuyo nombre era Jim; aunque si se fijan, habrán observado que en los libros de la escuela dominical los niños malos casi siempre se llaman James. Era extraño, y no obstante cierto, que este se llamaba Jim.
xxxTampoco este niño tenía a la madre enferma: una madre piadosa y enferma con tisis, que con gusto yacería en su tumba y descansaría por fin, si no fuera por el mucho amor que prodigaba a su hijo y por la angustia de que el mundo fuera duro y cruel con él cuando ella faltase. La mayoría de los niños malos de los libros de las escuelas dominicales se llaman James y tienen madres enfermas que les enseñan a decir: «Ahora voy a acostarme…», etcétera, y les arrullan con voz dulce y plañidera, y les dan un beso de buenas noches, arrodilladas junto a la cama y llorando en silencio. Con este ocurría todo lo contrario. Se llamaba Jim y a su madre no le pasaba nada malo: ni tenía tisis ni nada por el estilo. Era más bien robusta, y no era piadosa; y lo que es más, no se preocupaba en absoluto por su hijo. Solía decir que si se rompía la cabeza no iba a perderse gran cosa. Le mandaba a la cama con un sopapo, y jamás le daba un beso de buenas noches; al contrario, antes de dejarlo acostado, le daba unos pescozones detrás de las orejas.
xxxEn cierta ocasión, este niño malo robó la llave de la despensa, se coló en ella y se comió un poco de mermelada, y luego rellenó el tarro con alquitrán para que su madre no notara la diferencia; pero no le asaltó de pronto un cruel remordimiento, ni tampoco escuchó ninguna voz que le susurrara: «Está bien que desobedezca así a mi madre? ¿No es pecaminoso hacer algo así? ¿Adónde van los niños malos que engullen glotonamente la mermelada de su buena madre?». Y luego no se arrodilló a solas, ni prometió nunca más volver a hacer una maldad así, ni se levantó con el corazón aliviado y feliz, ni se lo contó todo a su madre pidiéndole su perdón, ni fue bendecido por esta con lágrimas de orgullo y agradecimiento en sus ojos. No; así es como se comportan los otros niños malos de los libros; pero, por extraño que parezca, con este Jim sucedía todo lo contrario. Se comió aquella mermelada y, con su forma de hablar vulgar y pecaminosa, dijo que estaba estupenda; y luego rellenó el tarro con alquitrán, y dijo que aquello también era estupendo, y se echó a reír pensando que «cuando la vieja lo descubra va a poner el grito en el cielo»; y cuando la madre lo descubrió, él negó saber absolutamente nada del asunto, y ella le dio una fuerte paliza y él puso los lloros. Todo lo que ocurría con aquel chico era muy curioso: todo resultaba distinto a lo que les sucedía a los James malos de los libros.
xxxEn otra ocasión se subió a los manzanos del granjero Acorn para robar manzanas, y no se quebró ninguna rama, haciéndole caer y rompiéndose un brazo, ni tampoco fue atacado por el enorme perro del granjero y tuvo que permanecer en cama durante semanas, teniendo tiempo de arrepentirse y prometer enmendarse en lo sucesivo. Ah, no; robó tantas manzanas como le vino en gana y bajó de los árboles sin ningún percance; y también estuvo preparado para enfrentarse al perro, y en cuanto lo vio venir para echársele encima le arrojó un ladrillo que lo dejó malparado. Era muy extraño: jamás ocurría nada parecido en aquellos libritos de cubiertas veteadas como mármol, con dibujos de hombres con chaquetas de faldones, sombreros acampanados y pantalones hasta las rodillas, y mujeres con vestidos de talle justo por debajo de los brazos y sin miriñaques. No había nada parecido en ninguno de los libros de la escuela dominical.
xxxEn otra ocasión robó el cortaplumas del maestro, y cuando tuvo miedo de que lo descubrieran y le azotaran, lo deslizó dentro de la gorra de George Wilson: el hijo de la pobre viuda de Wilson, el chico intachable, el niño bueno del pueblo, que siempre obedecía a su madre, que nunca decía una mentira, que era muy estudioso y al que le encantaba asistir a la escuela dominical. Y cuando el cortaplumas cayó de la gorra y el pobre George agachó la cabeza y se ruborizó, como tomando conciencia de su culpa, y cuando el agraviado profesor le atribuyó el hurto y estaba a punto de dejar caer el puntero sobre sus hombros temblorosos, no apareció de repente ningún improbable juez de paz con el pelo blanco que se interpusiera y, con actitud ecuánime dijera: «No castiguéis a este noble muchacho… ¡ahí tenéis al infame culpable! Pasaba por casualidad por la puerta de la escuela y, sin ser visto, observé cómo cometía el hurto». Ni tampoco Jim fue expuesto a la vergüenza general, ni el venerable juez dirigió ningún sermón a toda la escuela bañada en lágrimas, ni tomó a George de la mano diciendo que aquel muchacho era digno de encomio, y luego le pidió que se fuera a vivir con él para barrer su despacho, encender el fuego, hacer recados, cortar leña, estudiar leyes y ayudar a su mujer en las labores domésticas, y tener todo el tiempo restante para jugar, ganando cuarenta centavos al mes y siendo feliz. No; así es como habría ocurrido en los libros, pero no pasó de ese modo con Jim. No hubo ningún juez vejete y entrometido que pasara por allí y montara ningún revuelo, y así George, el niño modélico, recibió una paliza, y Jim se alegró por ello porque, como saben, detestaba a los niños ejemplares. Jim solía decir de ellos: «¡Abajo con esas nenazas!». Tal era el lenguaje grosero de este niño malo y mal educado.
xxxPero lo más extraño que jamás le ocurrió a Jim fue aquella vez que salió en barca en domingo y no se ahogó, y aquella otra vez que se vio sorprendido por la tormenta mientras pescaba en domingo y no fue alcanzado por el rayo. Ya pueden ustedes consultar una y otra vez los libros de la escuela dominical de arriba abajo, desde este momento hasta las próximas navidades, que jamás verán en ellos una cosa parecida. Ah, no; encontrarán que todos los niños malos que salen en barca en domingo invariablemente se ahogan, y que todos los niños malos que son sorprendidos por la tormenta mientras pescan en domingo acaban infaliblemente alcanzados por un rayo. Los botes en que los niños malos salen en domingo acaban siempre naufragando, y siempre hay tormenta cuando los niños malos van a pescar ese día. Cómo logró escapar Jim a todo eso, es para mí un misterio.
xxxLa vida de Jim debía de estar protegida por algún encantamiento: esa tenía que ser la explicación. Nada podía dañarle. Incluso llegó a darle al elefante del zoológico una tableta de tabaco sin que le golpeara la cabeza con la trompa. Rebuscó en la alacena para echar un trago de peppermint, y no se equivocó y bebió aguarrás. Robó la escopeta de su padre para salir a cazar en día feriado, y no se arrancó tres o cuatro dedos de un disparo. Un día que estaba furioso golpeó a su hermanita con el puño en las sienes, y esta no pasó largos días de verano postrada en cama, sufriendo, ni murió con dulces palabras de perdón en sus labios que redoblaran la angustia del corazón destrozado de Jim. No, la niña lo soportó bien. Al final se escapó y se hizo a la mar, y al regresar no se encontró triste y solo en el mundo, con los seres queridos reposando en el silencioso cementerio y el emparrado hogar de su infancia desolado y en ruinas. Ah, no; regresó a casa borracho como una cuba, y lo primero que vio fue el puesto de policía al que lo llevaron.
xxxY creció y se casó, y fundó una familia numerosa, y una noche les partió a todos la cabeza con un hacha, y se enriqueció con toda clase de canalladas y fraudes; y ahora es el rufián más perverso y diabólico de su pueblo natal, es universalmente respetado y forma parte de la legislatura.
xxxAsí es que, como ven, nunca hubo uno de esos James malos de los libros de escuela dominical que tuviera una suerte tan prodigiosa como la de este pecador Jim con su encantadora vida.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx[1865]

 

 

 

Twain, Mark. Cuentos selectos. Barcelona; Random House Mondadori, 2010.

 

MUNAY – I

noviembre 30, 2018 Deja un comentario

 

MUNAY

xxxI

El maullido de la gata juega a ensordecer los goznes sorprendidos de la noche, mientras su pelaje invertebrado esconde estrellas a la luna. La gata entre los arbustos, perdida en el laberinto del jardín, descubriendo escondites que no existen o nada tienen que esconder.
xxxxxxxYo juego a enredar humedades de nube recién nacida en mi pecho. A falta de humedades de nimbos, cúmulos y estratos (no recuerdo bien qué nombres les otorgan a los falsos algodones que pasean el cielo esta noche), no han de considerarse despreciables las otras. Mientras la gata ensaya una coreografía de viento y crepúsculo, yo siento la piel de mi pecho enardecerse de ritmo procaz. Mis dedos simulan sorprenderse ante el vello que me equivoca los músculos pectorales, y acaricia los abruptos milímetros de gloria que sepultan mi latido. Mi pecho erizado, el cabello enredado en la brisa de la noche, la gata abandonando sus movimientos en la centrifugadora carnívora de la luna… todo incita a acariciarse, ya ven.
xxxxxxxEl fulgor inverso del verterse en la hierba.
xxxxxxxHay noches en que deberíamos cerrar la puerta a la gata como quien cicatriza una frontera, y dejarla afuera. Abandonaríamos el cuerpo al tierno abandono del tálamo conyugal. Olvidaríamos que tenemos una piel de animal superviviente moldeándonos el pecho, y que habitan erupciones de libido su geografía de corazón inverso. Pero en noches de luna llena es preferible abandonar las horas extra del hogareño laburar, y salir a pasear a la gata, aunque sea ella quien nos pasee a nosotros, guiándonos por los caminos irresolutos del crepúsculo. Llegados a algún jardín ausente ya de ninfas entregadas a la confidencia adolescente, evadiremos el juego de uñas como alfileres de la gata, y acariciaremos a esa otra gata frívola que nos ronronea el pecho.
xxxxxxxEl fulgor inverso del verterse en la hierba.
xxxxxxxDebería pedir disculpas. No es correcto utilizar la segunda persona del plural para aludir a mis inofensivos vicios de prematuro viejo verde (lo digo por el párrafo anterior, el largo). Yo me masturbo, aún, para sentirme vivo. Sí, pero también, sobre todo, para saber que aún conservo algún aprecio hacia lo que se supone debe ser mi persona. Después puedo excusarme de otra noche sin retomar la escritura de lo que debería ser mi tercera novela. Ese abandono de marioneta sin sonrisa que provoca el orgasmo egoísta de la masturbación. Pero es que hay días en que no apetece encerrarse en la cárcel argumental de la novela. Así, llegada la noche, he tomado la decisión de abandonar el bailoteo táctil de mis ideas a la carencia de ideas, de argumentos, cosas, no sé, simplemente abandonar la escritura al propio hecho de escribir. Sin planes, sin líneas que seguir. Tan sólo el placer de escribir para sentirme vivo… o menos muerto. Como la masturbación es el sexo por el sexo, yo ahora masturbo palabras por ver si humedecen de tinta fresca y loca esta página en blanco. El texto por el texto (claro está: metaforizo, ya que escribo en pantalla plana, no en papel, y la tinta vertida porta el exótico nombre de píxel). Inocuas consecuencias de un orgasmo insensato a la luz de la luna, mientras la gata me descubre un universo de reptiles opacos en su incansable danza nocturna.
xxxxxxxEl fulgor inverso del verterse en la hierba, que lo único que tiene de fulgor es la fantasía de imaginar hierba donde sólo hay rastrojo, escueto vertedero de pasto que la gata juega a ordenar con sus movimientos de diosa egipcia a la hora del amor.
xxxxxxxPero tal vez no deba considerarme viejo verde por acometer la batalla de latidos insurrectos y carne resurrecta de onanismo. Creo que fue Carlos Marx, quien afirmó que la filosofía es al estudio del mundo real lo que el onanismo al amor sexual. Lo afirmaba, el barbado revolucionario de la nada, para denigrar a sus coetáneos hegelianos. Ya ven, al fin toda revolución es sólo una contienda íntima contra aquellos que, pensamos, pretenden hacernos sombra. Defendía, el teórico del comunismo, que la masturbación no es más que patente muestra de la angustia juvenil que aún atenaza al mundo. Así que, por tanto, debo sentirme joven por entregarme a la placidez egoísta del roce de la propia piel. Al fin y al cabo, lo lamento por Carlos Marx, siempre he pensado que no hay revolución si esta pretende restituir a los hombres al yugo imbécil del trabajo. Angustia juvenil, por eso me masturbo.
xxxxxxxY es ese mínimo arrebato animal del onanismo lo que me conduce a la pantalla en blanco, con más oscuridades que las que deseaba imprimir a las páginas aún nonatas de una novela que deberá esperar mejor momento. Lo dicho: revolución fracasada esta que me retorna al trabajo. Nada de revolucionario tiene el trabajo, aunque se limite este a teclear palabras que nada pretenden decir y nadie deseará leer.
xxxxxxxEs por ello que escribo como poniendo grapas urgentes al silencio de la noche. Sólo por el placer de emborronar una ausencia de sonido sorprendida, por momentos, en la respiración entrecortada por las pesadillas que, ¡ay!, espero no esté sufriendo aquella que debería dormir a mi lado. Por eso es, imagino, que escribo: por continuar oxigenando la atmósfera de pensión barata de mi escritura. Pienso que podría dar inicio a otra novela, hoy, con la gata como argumento. O con los inocentes capítulos del sueño de mi amada sirviendo de pretexto a una trama que no existe. Tal vez con la masturbación como irreverente premisa. Al fin y al cabo, no son pocos los que, hoy, logran suculento rédito garrapateando frases procaces, con el ánimo exclusivo de epatar a un ejército de lectores que perdieron la batalla de la imaginación y el buen gusto ante las poderosas huestes del mercado. Pero descubro que solo quiero escribir por dar algunas puntadas al trapo descosido de los días. Escribir, hasta que venga el patrón ebrio del sueño a recomponerme las horas perdidas con un grito de tierra a la vista.
xxxxxxxNo fueron pocos los que escribieron, a la sombra inerte del sueño, gloriosas páginas que perdurarán en la memoria y la emoción de aquellos que aún podamos mantenerlas a salvo del naufragio de identidades en que estamos convirtiendo la vida. Sueño del hachís… y pienso en Baudelaire. Sueño del ego… y recuerdo a Dalí (el escritor, más valioso y menos valorado que el pintor). Sueño de la esquizofrenia… y alguien escupe puñales como versos tras la sombra de Leopoldo María Panero. Sueño de querer alcanzar el sueño para poder dar por terminada esta página… he aquí este contenedor de insatisfacciones en que me ha convertido la noche, sí, a pesar del clímax de gomaespuma del onanismo. La gata, que enrosca su osamenta de nube pasajera en mi regazo, me hace sentir culpable por encontrarlo aún húmedo, incómodo.
xxxxxxxEl fulgor inverso del verterse en la hierba recién podada de la página en blanco.
xxxxxxxDespués el beso. Un fugaz vuelo de labios que reprimen su deseo de abrevar en el regato fresco de tu piel. Un buenas noches susurrado hacia los adentros culpables del escritor frustrado. Y mis dedos enredándose en la celeridad mecánica del interruptor de la luz, como queriendo prolongar el instante en que te muestras desnuda y ausente ante mí, cautiva tu respiración tras los barrotes del sueño.
xxxxxxxBuenas noches, amor… o el fulgor inverso el verterse en la pesadilla del insomnio. Mientras tanto, me pregunto: ¿qué vine a hacer a Bolivia?

 

 

 

Cerezal, Pablo. Breve historia del circo. Albacete; Chamán ediciones, 2017.

 

LOS REGALOS DE LOS AMIGOS (LXV)

noviembre 20, 2018 Deja un comentario

 

Ayer, Luis Sánchez Martín tuvo a bien regalarme un ejemplar de su ‘Bebop Café’.
Gracias, compadre.

Hala, a leer.

 

TRAZOS EN FALSO

 

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxDormir con las botas puestas.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxSoñar entre canciones de cuna.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxBienvenido al club. Nadie te cura
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxEn la basura de las horas muertas.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxQuique González. La casa de mis padres.

SALDANDO DEUDAS

xxxNo hubo primavera en el noventa y cuatro. Al menos, yo no tengo constancia de ello. Sí del invierno. Duro. Frío. Áspero. Y del verano. Excesivo. Abrasador. Indecente. Fueron días difíciles, puedes jurarlo. Días sin nombre. Sin calendario. Duros de digerir. Imposibles de olvidar. Aquí siguen. A flor de piel. Como el roce de una ortiga. Como labios cuarteados por el viento. Una ventana abierta en noche de tormenta. El eco de unos tacones desmontando el silencio. En el noventa y cuatro hubo invierno. Y verano. De la primavera, ni rastro.
xxxEl hígado de Bukow hizo aguas. Los sesos de Kurt saltaron por los aires. Nixon cruzó la puerta. Johnny Temple se fue por donde había venido. Despedidas. Fin de emisión. No sé muy bien por qué pienso esto. Por qué ahora. Por qué no antes. Será que hace años que no piso las tablas. Que bajé del escenario. Abandoné el plano secuencia. Y empecé a mirar a través del visor. Sentado en tu silla. Con tu chaleco gastado. Observando la escena. Sujetando la red. Apuntando palabras olvidadas. Sí, probablemente ese sea el motivo. Los tiempos han cambiado, viejo. El enano me puso en tu lugar. Y he vuelto a bajar la ventanilla. Al camino de hierbas aplastadas. A la grava bajo los neumáticos. A los días de ruta. A las noches en guardia. A las tardes de menta. A la tierra batida. A todo lo que quedó pendiente. Al maldito tiempo perdido.
xxxEl noventa y cuatro se fue sin primavera. Nos la quitaron de cuajo. Sin anestesia. Ni previo aviso. Con alevosía. Y nocturnidad. No quisimos darnos cuenta. No pudimos, más bien. Costaba creer que todo aquello estuviera sucediendo. Mejor mirar para otro lado. Taponar la herida. Y huir hacia adelante. Más tarde llegaron las lluvias. Las brigadas de limpieza ocultaron el rastro. Lavaron la ropa. Pero no. No fue un sueño. Un mal sueño. Ocurrió de veras. Nos la quitaron. La primavera. Para no devolverla. Acto seguido, ardieron las nubes. Cincuenta grados. El cielo crujía. El asfalto sudaba. Todas las calles quedaron cuesta arriba. Miro el espejo tras la barra. Es cierto. He tomado alguna curva de más. Y bastantes rodeos. Pero aquí estamos. De nuevo. De siempre. En cierto modo, los pasos que no damos también nos enseñan el camino. Eso creo. Y, sí, lo sé. Te debo una. No me olvido, viejo. No pienso hacerlo. Nos ha costado. Pero nunca es tarde. Qué diablos.
xxxCuando el viejo Harvey cerró la puerta, ardieron cientos de mapas. Los del cofre escondido. Los de la isla encantada. Los del árbol que hablaba. Todo perdió sentido. El viejo se largó demasiado pronto. Se fue con lo puesto. Con la maleta vacía. Dejando las ganas en el cajón de abajo. Los sueños sobre la mesilla. Jurando que no era el final. Que, en realidad, no se estaba marchando. Que tarde o temprano regresaría. No sé. No sé muy bien lo que pretendo. Lo que quiero decir con esto. Supongo que le echo de menos. Que me resisto a aceptarlo. Que no acabo de acostumbrarme. Miro alrededor y pienso que sí. Que, en el fondo, el vaso está lleno. Que todo está en su sitio. Hank Rogers apura el trago. Golpea la copa en la barra. Baja del taburete. Se tambalea. Serpentea hasta la salida. Abre la puerta. El frío invade el local. Se diluye. Faltan un par de horas para la cena. Para la víspera de Navidad. Austin recoge botellas vacías. Alza la vista. Sonríe. Él sabe bien de qué va esto. A qué estamos jugando. Lisa sube el volumen. Suena Votolato. Estamos los tres solos. Solos en el bar. Solos en la calle. Solos en el mundo.

 

 

 

 

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxHey hey, my my
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxRock and roll can never die.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxThere’s more to the picture
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxThan meet the eye

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxNeil Young. Hey Hey, My My.

HONY TONK MAN

Viernes, tres de julio, seis treinta de la mañana. Justo hace un año que dejé a Eric. Acostado. Durmiendo como un niño. Borracho como una cuba. Fue necesario acompañarlo a casa. Hasta su habitación. Quitarle los zapatos. Meterlo en la cama. ¡Me lo has prometido!, le oí gritar desde el fondo del pasillo. ¡Hasta el verano que viene! ¡Hasta el próximo dos de julio!
xxxHe regresado al hotel rodeado de silencio. La calle desierta. El sonido de mis pisadas. El ruido de los bares retumbando en la sesera. Como un souvenir robado en el país de los canallas. Mañana todo será un enorme lago. Con algún pequeño islote asomando entre la bruma. Pero, ahora mismo, todavía conservo un pedazo de noche. Gran tipo Eric Becher. Coincidimos por primera vez una tarde de verano del noventa y cinco, en Boston. De pesca en una vieja tienda de discos. Los dos habíamos lanzado el sedal hacia un single imposible de Buddy Miller. Tuvimos que echarlo a suertes. A cara o cruz. Gané yo. Charlamos un rato. Y me invitó a acompañarle al antro donde solía tocar. Hoy es dos de julio, dijo. Día de celebrar. Con la perspectiva de los años, veo que le eché bastantes arrestos al entrar en aquel tugurio. Oscuridad. Cigarrillos. Cientos de luciérnagas. Los clientes se escondían tras un rictus de maniquí. Rostros congelados que sólo aspiraban a no tropezar con su sombra camino de la barra. Allí me emborraché con Eric por primera vez. Envueltos en una nube de humo tan densa que respirar se convertía en algo literalmente doloroso. Desde entonces, cada dos de julio, una llamada al alcohol. Una merluza. Siempre el mismo día. No podía ser coincidencia. Tengo que preguntárselo. Eso pensé. Y eso hice. Justo hace un año. Entre vahos de alquitrán y ginebra.
xxxEric era un perdedor. Se jactaba de serlo y aseguraba que ése era su mayor triunfo. Solitario. Aunque estuviera a tu lado, en realidad, nunca acababa de estar contigo.
xxx—Soy un tipo que, con el tiempo, ha aprendido a cometer errores de forma casi perfecta. Autodidacta. No me ha quedado otra, chico. Nada más nacer, tuve que apañármelas yo solo. Cuando llegué, no había nadie en el paritorio. A esa hora, mi madre estaba actuando como corista en un local vacío. No tengo tiempo para tonterías, respondió cuando la llamaron desde el hospital.
xxxVivía de noche. Era de esa clase de gente cuya relación con el sol se reduce a una foto de Hawai en su dormitorio. De los que compran el pan recién sacado del horno al volver a casa y lo comen la noche siguiente, justo después de levantarse. Nunca le conocí pareja.
xxx—Hay dos cosas que un hombre no debe olvidar bajo ningún concepto. Su revólver y el nombre de la mujer con la que intercambia fluidos. No recordar cualquiera de ellas aumenta de forma considerable tus opciones de funeral inminente. Yo nunca he visto dos cepillos juntos en mi cuarto de baño. Mis amantes permanecen el tiempo justo de fingir un orgasmo. La última se largó cuando todavía no había llegado al suelo su ropa interior.
xxxNuestra convención anual la pasábamos escuchando música. Divagando. Consumiendo lo que Martin, el barman, mezclaba con el hielo de nuestros vasos. Nunca me molesté en preguntarle qué era lo que bebíamos. No creo que a un suicida le importe mucho el calibre de la bala con la que piensa reventarse el cerebro. A fin de cuentas, eso era lo que allí hacía todo el mundo. Suicidarse a cámara lenta. Una de esas noches, Eric me habló de cuando pasaron por el club Mick y Keith:
xxx—El rock and roll rezumaba por las paredes, Harvey. Esos dos canallas eran capaces de rasurar el pubis de las muchachas sin necesidad de bajar del escenario. Durante unos minutos, pensé que la guitarra de Keith tenía siete cuerdas. Luego me di cuenta de que era Micky quien pululaba por allí.
xxxDos de julio. Dos del siete. Dos, siete. Un homenaje. Al club de los veintisiete. Unas estrellas que apagaron su luz antes de tiempo. O quizás no. Joplin, Hendrix, Morrison, Jones, Johnson, Cobain.
xxx—Yo ya he cumplido dos rondas de esas. No creo que me quede mucho tiempo extra. Entonces, alguien deberá continuar con todo esto. Martin piensa que estoy sonado. No es ninguna tontería. Tú lo entiendes, ¿verdad? Joder, no es ninguna tontería.
xxxAntes de acostarme, decido hacer un último brindis. Por él. Por ellos. A duras penas me mantengo sobre el taburete. Soy el único cliente en este bar que nunca cierra. Un local con alma en forma circular. Como dice Borroughs, aquí no hay pasado ni futuro. Más que un bar, esto es una sala de espera. Miro a April detrás de la barra y no me parece tan gorda como el año pasado. Me cuenta que fue Miss Camiseta Mojada del noventa y tres en alguna discoteca de costa. Me lo creo. ¿Y por qué no? La verdad es que luce una buena delantera. Estoy cansado. Apuro mi cerveza. Le pregunto (a April) si se viene conmigo al hotel. Se ríe. Tom Petty suena en la gramola y me acuerdo de Eric de nuevo. Claro que lo entiendo, pienso, claro que lo entiendo. Prometido.
xxxEric murió hace un par de semanas. Tenía cincuenta y cuatro. En realidad, lo mandó al otro barrio uno de los matones que frecuentaban el club. Y no es que tuviera excesivo mérito. Sus entrañas estaban tan castigadas que el forense fijó la hora de su muerte diez años antes. Los pulmones y el hígado pesaban bastante más que la caja de madera. Al tipo en cuestión le devolvieron sus dos balas y le pagaron un taxi a casa. Por lo visto, el juez no consideró que fuera delito disparar contra un cadáver.
xxxNadie reclamó su cuerpo. Estaba destinado a compartir lombrices con cientos de desgraciados sin nombre. Yo no podía permitirlo. Le compré una parcela en el cementerio del pueblo. Prometí al reverendo Clayton una donación para reparar el techo de la iglesia. Le di una buena propina a Howard Milton por cavar la fosa. Y Eric tuvo su simulacro de entierro. Unos días más tarde, quise rendirle tributo. Una especie de homenaje. Publiqué una esquela en el Daily City. We’ll always remember you, old rockers never die. En lugar de familiares, puse la alineación de los Pittsburgh Pirates, finalistas de las Series Mundiales en el cincuenta y cuatro.

 

 

 

Tortosa, Javier. Trazos en falso. Murcia; Boria ediciones, 2017.

 

CUENTOS GRISES

 

LA PLAZA

xxxEra tarde y aún quedaba luz. En cuestión de minutos llegaría la noche y se encenderían los artificios eléctricos. Los hombres jugaban al críquet en la plaza. Daba la impresión de que no era un deporte que exigiese un gran esfuerzo físico. Los jugadores sonreían descubriendo sus grandes dientes blancos. Una parte del espacio público estaba ocupada por callas y excavadoras. La pelota de piel giraba violentamente en el aire y su trayectoria era inesperada.
xxxMi amigo y yo estábamos sentados mirando el juego y elucubrábamos acerca de unas reglas que desconocíamos. Habíamos comprado cerveza, una botella de un litro, y una bolsa de patatas fritas. Lo recuerdo muy bien. Entramos en la pequeña tienda y cogimos lo que queríamos al vuelo, de memoria, pues eran muchos años repitiendo la misma escena. Los dos en la calle, bebiendo a morro, fumando y masticando alguna porquería grasienta. Así de jóvenes hemos sido. Nos permitíamos no hacer nada sin sentirnos culpables o angustiados.
xxxSe habían alumbrado las farolas programadas y de esa manera dejamos de ser unas sombras ociosas rellenando los huecos de la plaza. El murmullo de los jugadores que se retiraban a sus hogares daba paso al ambiente nocturno tan conocido y repetido. Abrimos la segunda botella. En poco tiempo tendríamos la necesidad de orinar y lo haríamos en la calle o dentro de un bar. Los protagonistas del juego inglés se iban juntos formando un grupo sonriente y acalorado. Algunos pasaban un brazo por encima de la espalda de su compañero.
xxxLa cerveza madrileña dejaba su sabor amargo en la boca y también algunos eructos. Nos levantamos agarrotados y por primera vez estuvimos de acuerdo en que ya habíamos tenido bastante por ese día. Por primera vez no fuimos a un bar y después a otro a insistir en la bebida y sus efectos. Los dos nos queríamos ir a casa o, en cualquier caso, ninguno deseaba más de lo mismo. Y así empezó todo. El inicio de una nueva etapa. El final de los viejos tiempos.

 

 

 

Argüelles, Hugo. Cuentos grises. Murcia; Boria ediciones, 2017

 

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