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LOS REGALOS DE LOS AMIGOS (101)

 

Que alguien publique su primer libro y te envíe un ejemplar es un honor, sobre todo cuando espera que le hagas una crítica de los textos.
De aquí a nada les cuento.

 

EL PAYASO

 

EL PAYASO

Miguel escribe una novela cómica en la que cree que se burla de su vida de forma despiadada y bajo máscaras diversas (todos los personajes lo representan a él, de una u otra forma). Está convencido de que ha escrito un libro divertidísimo, él mismo se ríe mucho al revisar las pruebas que le envía la editorial. En un momento de la corrección, cuando llega al capítulo dieciséis, los ojos se le llenan de lágrimas, como si el cerebro, inundado, supurase. Siente que se le cierra la garganta. Tiene ganas de gritar, de revolcarse por el suelo. Por momentos no le queda más remedio que dejar los folios a un lado y respirar, porque tiene la sensación de que podría ahogarse, o vomitar. Se mete en el cuarto de baño y se lava la cara con agua fría. Inspira profundamente y exhala el aire poco a poco, frente al espejo. Le avergüenza que le hagan gracia sus propias bromas, sus juegos de palabras, las situaciones disparatadas que ha elaborado a lo largo de casi dos años, pero no lo puede evitar, y esa vergüenza contribuye en cierto modo a intensificar la risa, que se vuelve espasmódica, culpable, cuando regresa al escritorio. Le duele la mandíbula y el pensamiento le retumba. Se dice, para consolarse, que el autor de aquellos chistes no es él, sino el que fue hace unos meses, y acusa a su mala memoria. Qué tipo más divertido he sido hasta hace bien poco, se dice también, con cierta melancolía irónica con la que disimula los nervios ante la acogida que tendrá su libro (hasta ahora no se ha dado cuenta de que su publicación es inminente, inevitable, de que unos cuantos cientos de personas van a leerlo; sospecha que la risa histérica también tiene que ver con esa inminencia, a pesar de la indudable jocosidad de lo que lee, especialmente del capítulo dieciséis). Sin embargo, parece que no todo el mundo comparte su alborozo. A lo largo de la tarde, en varios correos electrónicos (su relación es siempre virtual, jamás habla por teléfono con ninguno de ellos ni los ve en persona, a pesar de que viven en la misma ciudad), sus editores le hacen saber que consideran que ha escrito una novela «valiente», «necesaria» y, sobre todo, «desoladora». Al principio esa interpretación le intriga, pero poco a poco empieza a notar cómo crece dentro de él un sentimiento impreciso que primero identifica con una forma de fragilidad y después con indignación. Repasa los cientos de miles de palabras impresas que se amontonan frente a él y trata de distanciarse de ellas, de leerlas con ojos ajenos, como si él no fuese el que las ha organizado en esa disposición, y no en otra, y le parece imposible que nadie pueda tomarse sus ocurrencias en serio. ¿Desoladora? Desoladora y una mierda. ¿Se trata, acaso, de un doble sentido, de una crítica soterrada a su escritura? ¿Y por qué no le han transmitido sus impresiones hasta ahora, en la última etapa del proceso de edición? Los mensajes de sus editores terminan de cuajo con su risa adolescente. Son los martillazos que lo clavan al suelo, que comprimen la liviandad de la tarde y le dan otra vez peso y consistencia. Aplacado y cohibido, les sigue la corriente, responde con ambigüedad (ya de madrugada), aunque no puede dejar de preguntarse si ellos están valorando el mismo texto que él les envió hace cuatro meses, la misma historia de iniciación de un joven grotesco, egoísta, maleducado, un auténtico gilipollas inmerso en una secuencia intrascendente y voluntariamente deslavazada de situaciones absurdas en las que siempre toma decisiones erróneas. ¿Es que no han leído la escena del paraguas con el dibujo estampado de unas gambas, la escena del bar del pueblo, el diálogo entre el protagonista y su madre-palillero (él mismo, otra vez) en el aparcamiento de un cine? ¿Cómo pueden no haberse dado cuenta de que son gags humorísticos, de que su único objetivo es hacer reír? Antes de dormir, llega a dudar del criterio de esos hermanos que han publicado sus dos libros anteriores, incluso sopesa la posibilidad de buscar otra editorial que entienda mejor sus propósitos, alguien que se capaz de valorar su irreverente (y trabajado) sentido del humor. Pero es un hombre pusilánime, que disfraza sus temores de integridad, y se inhibe. Se dice que está comprometido, que no puede dar marcha atrás a estas alturas (la novela ya aparece en el boletín en el que la editorial anuncia las novedades para la rentrée). Se duerme con la sensación de que debe todo a sus editores, de que la repercusión de su obra a lo largo de los últimos años, por escasa que sea, tiene una deuda inmensa con las personas que apostaron por ella cuando él era aún más desconocido que ahora.
xxxEl proceso de publicación no se detiene, y no comunica a nadie sus dudas. Siempre se muestra muy reservado con las cosas que escribe, por una mezcla de modestia audaz y de soberbia contenida. Se recuerda, en la adolescencia, fingiendo que estudiaba en lugar de escribir para que su madre no volviera a pedirle que le enseñara «esas historias tan bonitas que te inventas». Tres días después envía las pruebas con las correcciones por medio de una empresa de mensajería. En la última revisión no ha podido evitar subrayar algunos párrafos con un rotulador naranja y colocar decenas de notas al margen que entiende como aullidos desesperados («ESTO ES LA MONDA»). Al volver a casa escribe un correo electrónico en el que confirma a sus editores el envío de las pruebas y les comunica que ha decidido cambiar el título del libro. Ya no le gusta La tierra quemada, prefiere que salga a la luz con otro título, El payaso. Cree que el cambio puede servir como declaración de intenciones.
xxxLa novela llega a las librerías a comienzos de septiembre y los comentarios no tardan en aparecer. Los primeros lectores (en general amigos y familiares del autor o de los editores, o periodistas interesados en entrevistarlo o en escribir acerca del libro en algún medio) sustituyen «valiente» por «suicida», «necesaria» por «actual» («de una actualidad rabiosa»), «desoladora» por «despiadada». Pero el tono, y las conclusiones, son los mismos. El titular de la primera reseña, publicada en una pequeña revista local vinculada con un departamento universitario, pone el dedo en la llaga y fija la tendencia: «La ficción dolorosa». La firma un antiguo compañero de carrera del autor, al que lleva años sin ver (Miguel se entera de que ahora vive en Logroño, donde da clases en un instituto). Trata de recordar si en algún momento hizo algo a aquel antiguo amigo que pueda haber motivado un intento de venganza. A veces dañamos o humillamos o menospreciamos sin darnos cuenta, se dice. No encuentra nada en su memoria. Intenta recordar también si el antiguo compañero de la facultad de Filosofía y Letras mostró alguna vez alguna señal de tener sentido del humor. La verdad es que le cuesta incluso recordar su rostro. «La ficción dolorosa» abre la puerta a un nuevo concepto: la gravedad.
xxxPasan unos días y Miguel asiste atónito al despliegue crítico, lo que la apisonadora de la teoría literaria denomina recepción, que augura, al menos según sus editores, que El payaso se va a colocar bien en las librerías, puede que incluso con unas ventas razonables (sueña con agotar la primera tirada de alguna de sus obras, algo que no ha logrado con ninguna de las anteriores). El payaso se recibe, no se puede expresar de otra manera, con entusiasmo. Un entusiasmo íntimo, endogámico, pero también innegable, al menos en términos estadísticos. La opinión es unánime: ha escrito un libro profundo, oscuro, audaz. Mucha gente (bueno, no tanta, en realidad) lo felicita en las redes sociales por su valentía, por sacar a la luz (por «mostrar sin ninguna concesión al sentimentalismo») algunos aspectos de la vida contemporánea que nadie se había atrevido a narrar. Alguien (un bloguero literario al que no conoce) afirma en Twitter que por fin ha aparecido «la novela que retrata con toda su crudeza a nuestra generación». Tras leer una de esas felicitaciones, a todas luces exagerada, recuerda un libro en el que César Aira, un autor al que admira de forma intermitente, se lamentaba de que sus lectores le comunicasen siempre lo divertidas que les parecían sus ficciones (el título del libro de Aira era elocuente: Cómo me reí). Hace años, antes de empezar a publicar sus propias obras, Miguel escribió un artículo sobre ese libro, insistiendo en la contradicción implícita de su discurso hostil, porque el lector, según él, no podía evitar reírse ante la reprimenda del narrador, como esos adolescentes que intensifican los ataques de risa cuando el profesor les riñe delante de toda la clase. Se trata de un procedimiento retórico que él no ha visto nunca en ninguna otra obra de arte, y que ni siquiera sabe si es voluntario, lo cual lo hace aún más enigmático. La bronca liberadora, la regañina hilarante. Ahora lo recuerda con una puntada de desazón. ¿Es posible que a él le suceda lo mismo que a Aira? ¿Será posible recuperarse de eso, del éxito que surge de un malentendido? Aunque Miguel se encuentra en la posición inversa: todo el mundo cree que su libro es un libro serio, una especie de confesión descarnada. Por otra parte, recuerda unas declaraciones de Aira en las que afirmaba que en España sólo se leían sus libros por pedantería. Entonces, ¿también él es un pedante, a pesar de sus intentos desesperados por huir de todo tipo de pedantería? Después de todo, él no sólo oculta lo que escribe, también ha tratado de ocultar siempre lo que lee, y siente un cierto desánimo cuando piensa que es posible que otros escritores crean que no es un buen lector por el simple motivo de que no exhibe todas sus lecturas como si fueran galones. Considera que la lectura es un asunto íntimo, casi como el sexo, que sólo debe airearse en público en situaciones desesperadas.
xxxHace unos años, cuando Miguel publicó Los gatos escaldados, su primer volumen de relatos, se produjo un equívoco similar. Varias personas del mundo literario le dijeron que uno de los cuentos plagiaba de forma descarada los procedimientos narrativos de Roberto Bolaño. No supo cómo decirles que en realidad él había querido escribir una parodia de los relatos de Roberto Bolaño, que no habían entendido nada, así que no se defendió (pensó que la única forma de defenderse exigía un ataque feroz: no sabéis leer). Al parecer nadie detectó el elemento paródico, tal vez porque él, al redactar el cuento, y de forma sistemática, trató de que fuese una parodia sutil, poco evidente, que pareciese un homenaje. De hecho, un joven escritor (aún más joven que él, entonces) publicó en el efímero diario Público una reseña que consistía, básicamente, en una enumeración exhaustiva (y no exenta de mala baba) de los recursos técnicos que su relato copiaba de Bolaño (el presente de indicativo en tercera persona, una inicial para nombrar a los personajes, las oscuras referencias históricas, políticas y esotéricas, la matización constante del discurso, una vanguardia vacía identificada con una forma de locura o de desesperación, las vacilaciones, los largos incisos). En la conclusión, el efímero reseñista afirmaba: «Dado que no se trata de una parodia, esta apropiación flagrante parece a todas luces innecesaria, casi vergonzosa». ¿Y quién eres tú para decidir que no es una parodia, piltrafilla?, pensó entonces. ¿A qué viene ese juicio de intenciones? ¿Y por qué has hablado sólo de una parte del libro, de la que a ti te ha interesado descuartizar? Pero una amiga le comentó poco después, en privado, que el parecido de su relato con los cuentos de Bolaño le había producido también a ella una enorme incomodidad, y un lector, en un acto público en la biblioteca municipal de Alcañiz, alzó la voz durante el turno de preguntas, indignado, para dejar constancia de que le parecía obsceno apropiarse así de los logros de un autor muerto «que no puede defenderse de sus plagiarios». Dos días más tarde, durante la pausa del café, Miguel trató de defenderse ante un compañero de trabajo alegando que «la línea que separa el homenaje de la parodia es muy fina». El compañero de trabajo, cuyo interés por los temas literarios era más bien nulo (precisamente por eso Miguel lo había elegido como destinatario de su frustración, para poner a prueba sus argumentos ante un adversario desprevenido, sin prejuicios) le preguntó de qué línea estaba hablando. ¿A qué línea te refieres? ¿Me estás tomando el pelo? ¿Eso tiene que ver con el libro que has publicado o lo dices en general? (al día siguiente Miguel reprodujo la conversación, tal y como él la recordaba, en su muro de Facebook: veintiséis de sus contactos le dieron al «me gusta», pero no hubo ningún comentario). Por lo demás, el resto de los relatos no provocó la indignación ni la incomodidad de nadie, algo que Miguel entendió como un fracaso. Alguno de ellos apareció, incluso, en una de esas voluminosas antologías que pasan revista de forma periódica al estado famélico y entusiasta del género breve (y que despiertan más rencores que entusiasmos). Había temido que la acusación de plagio contaminase al resto de los cuentos, que empezasen a surgir otras referencias (Bernhard, por supuesto, pero también Beckett, y Borges), pero nadie se molestó en trazar más genealogías. Sus editores lo defendieron y lo animaron a seguir con su «proyecto», aunque a él no le quedó claro entonces si los hermanos estaban del lado de la parodia, del lado del homenaje o (oh, brutal hipocresía) del lado del plagio (no llegaron a manifestar su opinión al respecto). A pesar de todo, Miguel aprendió la lección, o eso creyó, y decidió desterrar la parodia de su obra posterior. No el humor, eso le habría resultado imposible, pero sí la parodia, al menos la parodia literaria. En su siguiente libro (que fue otro volumen de relatos) trató por todos los medios de crear historias lineales, con una prosa descriptiva y aséptica que fuese invulnerable a interpretaciones maliciosas. Dicho de otro modo: esquivó como pudo cualquier tentación de estilo. Cuando creía que un personaje hacía o decía algo ingenioso, otro de los personajes reía para que el lector supiera que había llegado el momento de reír. Como en las telecomedias de su infancia. El propio tejido dialógico del texto como coro, como risa enlatada, como señal. Adoptó un nuevo lema: sé transparente en la ambigüedad. Ese segundo libro, El aplauso del regidor, apareció tres años después del primero y recibió unas pocas críticas positivas en las que se valoraba que hubiera iniciado por fin «la búsqueda de una voz propia, sin el lastre de las influencias de sus relatos anteriores». A pesar de la condescencia bienintencionada de ese puñado de reseñistas, el libro apenas tuvo éxito. De hecho, se vendió algo menos que el primero. Miguel decidió regresar al humor abierto, loco y oculto al mismo tiempo, su hábitat natural, un género en el que se sentía cómodo, aunque decidió que trataría de seguir evitando, dentro de lo posible, la subversión de modelos externos. Por eso para su tercer libro, su primera novela, se centró en él, en su experiencia, en su infancia y su juventud patéticas, para construir la sátira distorsionada e inverosímil. El paso a la novela, por otra parte, le pareció parte de una evolución natural hacia la visibilidad y la exposición. Decidió que la novela, un género más maleable, más individual, desharía los nudos de las lecturas anquilosadas de la tradición cuentística. Es posible que, en el fondo, tuviera también la esperanza de vender más de trescientos ejemplares. Hizo, o cree haber hecho, una parodia, sí, pero una parodia de su vida, plagada de momentos de comicidad que, al parecer, nadie logra percibir. Por desgracia, no le ha contado a nadie su intención, y nadie le ha ayudado a revisar los sucesivos borradores. Ahora se pregunta si la confianza en una persona que no estuviera dentro de su cabeza habría cambiado en algo todo lo que le está sucediendo.
xxxLa editorial ha planificado una breve gira de presentaciones en público, siete actos en diversas ciudades españolas que Miguel decide aprovechar para liquidar el malentendido. Propone a los editores comenzar cada presentación con la lectura de un capítulo de la novela. Está seguro de que si elige el fragmento adecuado, y si lo escenifica de forma correcta, todos  los espectadores se darán cuenta de la confusión. Reirán con él, y el tiempo se ocupará del resto. El payaso quedará como lo que es, un eslabón de la gran tradición cómica española. Tiene la sensación de que la risa de quince o veinte personas (puede que incluso de una sola) será suficiente para desactivar la interpretación de la novela como una obra seria, y la llevará de la mano hasta el otro lado, a la orilla hilarante, la orilla aireada y soleada en la que se despliega la vida.
xxxLa primera presentación va a tener lugar en Zaragoza, su ciudad, y Miguel elige el capítulo siete, el capítulo del paraguas. Cuatro folios dignos, en opinión de su autor, de uno de esos antiguos cortos de los grandes cómicos del cine mudo: Chaplin, Buster Keaton, Harold Lloyd, tod la tradición del slapstick. Golpes, personajes que entran y salen del escenario a velocidad frenética, el rostro impasible del protagonista, una cierta belleza cinética, un objeto que focaliza la acción y baila entre los personajes. Por no hablar de las gambas del estampado del paraguas. Lo lee una y otra vez frente a un espejo. Se graba leyéndolo. Cuando se escucha, se muere de risa. Le rechinan los dientes, le tiemblan las manos, parpadea de forma incontrolada. Cree que en ese capítulo la comicidad resulta lo bastante corpórea y trepidante como para desbaratar cualquier tentación metafísica.
xxxDos días antes de la primera presentación, el tres de octubre, responde por correo electrónico a una entrevista para una revista digital. Él preferiría no responder a entrevistas (como preferiría no presentar sus libros), pero sus editores insisten en que es la única forma de dar visibilidad a la oferta de las pequeñas editoriales. El resto, confiesan, resulta imprevisible y queda a merced del boca a boca y del azar. ¿Cómo crees que comenzó el fenómeno de Apenas nunca nada?, le reprocha uno de ellos, el hermano mayor, en uno de sus mensajes colectivos. Pues porque Álvaro se recorrió media España, durmiendo en hostales, y presentó su libro en librerías vacías, y fue simpático y amable con los libreros, y nunca dijo que no a una entrevista, y siempre, en cada acto, en cada charla con un periodista, dio todo lo que tenía, fue a muerte, se lo jugó todo. Ahí tienes los resultados (Apenas nunca nada, de Álvaro Sanz, es el gran éxito de la editorial, o más bien su único éxito, al menos en cuanto a las cifras de ventas). Miguel, sobra decirlo, nunca ha entendido la literatura como una carrera, ni como un proyecto, menos aún como un sacrificio o una inversión. Piensa en Álvaro Sanz viajando de capital de provincias en capital de provincias con su Seat Málaga y le entran náuseas. Donde hay que darlo todo es en el texto, piensa, con rabia, no en una librería de Lugo.
xxxCondicionado por la reprimenda velada de sus editores, responde a las preguntas de la entrevista con un discurso político para el que crea un personaje resentido, furibundo. Afirma, por ejemplo, que «uno de los objetivos del sistema es acabar con la riqueza semántica de las obras de arte y obligar al artista a que tome posición en relación con su producción». Se lamenta de que, en el caso concreto de la literatura, «lectores y escritores acaban encerrados en un mismo gueto de sentido, cuando lo sano sería que los lectores fuesen los vigilantes del campo de concentración y los escritores sus perros de presa». También asegura que le dan «asco los escritores autoritarios que ordenan al lector dónde tiene que situarse, en qué rincón tiene que posar para la fotografía». En cuanto a su novela, se limita a responder que para él «El payaso es, ante todo, un canto a la rebeldía colectiva frente a la violencia institucional». Relee la entrevista y no sabe si está satisfecho con el resultado. Mientras respondía creía que se estaba burlando de todo, y que cualquier lector inteligente se daría cuenta enseguida, pero ya no lo tiene tan claro. A pesar de todo, la envía.
xxxEl cinco de octubre llega al centro comercial una hora antes de la presentación y entra en el espacio donde tienen lugar distintos tipos de actos: ruedas de prensa, proyecciones de películas, talleres tecnológicos, actividades infantiles. A la entrada han dispuesto una mesa con varias pilas de ejemplares de su novela. Los cuenta: cuarenta y nueve. ¿Dónde está el que falta?, piensa. ¿Ya se habrá vendido uno? ¿A quién? Le cuesta creer que hayan pedido cuarenta y nueve ejemplares, tienen que haber pedido cincuenta, falta uno. La sala también acoge exposiciones temporales. Mientras espera a que llegue el encargado de comunicación de la tienda (con el que ha concertado una cita para preparar el acto), recorre las paredes y trata de descifrar la intención de las fotografías expuestas. Se tarta de imágenes colocadas de dos en dos. En la de la izquierda siempre hay una chica muy joven que sonríe a la cámara, de pie, retratada de cuerpo entero, y en la derecha primeros planos de caras de mujeres con señales visibles de violencia: ojos morados, cicatrices, frentes recién cerradas con puntos de sutura o de aproximación, incluso deformaciones provocadas, imagina, por quemaduras o por ácido. Tarda en darse cuenta de que las camisetas de todas las adolescentes de la izquierda incluyen algún tipo de mensaje en inglés: «I will only marry a bad boy», «No pants are the best pants», «Trophey», «I need a hero», «Born to wear diamonds». Las fotografías de la izquierda, luminosas y llenas de color, parecen sacadas de un catálogo de moda o del suplemento de tendencias de un periódico; las de la izquierda, en blanco y negro, con mucho grano, parecen pruebas forenses destinadas a los archivos policiales. Cuando llega el encargado de la sala, Miguel ve que lleva en la mano un ejemplar de El payaso. Otro enigma descifrado, piensa.
xxxEl encargado de la sala se llama Alberto. Es eficiente y no pierde tiempo en preliminares absurdos. Le pregunta dónde va a leer, cuántas personas se van a sentar en torno a la mesa, si los editores querrán decir unas palabras (los editores no pueden venir, los tres son funcionarios pero trabajan por las tardes). Hacen una prueba de sonido, y Alberto coloca dos botellines de agua en la mesa, junto a dos vasos boca abajo. En cinco minutos está todo preparado. ¿Salimos un rato a la calle?, propone entonces. Queda más de media hora. Miguel dice que ha quedado con la persona que va a presentar el libro, un profesor de la facultad, pero que el profesor le ha enviado un mensaje para decirle que va a llegar un poco más tarde de lo previsto. Podemos salir, sí, si llega y no nos ve ya me llamará. Mientras toman una cerveza en un bar cercano, Alberto felicita a Miguel por el libro. Miguel le dice que prefiere no hablar de eso ahora, le dice que ya está cansado de hablar de su libro. ¡Aún no he empezado y ya estoy harto! Los dos ríen, y Miguel siente un alivio enorme ante esa carcajada compartida.
xxxCuando regresan a la sala, ya hay diez o quince personas sentadas. Otras, repartidas por la sala, hojean la novela en la entrada, observan las fotografías o dudan dónde sentarse. En medio del pasillo que separa los dos grupos de sillas, una mujer mira a ambos lados desconcertada, como si buscara a alguien. Ahí está mi madre, dice Miguel. Se acerca, le pasa una mano por la espalda y le da un beso en la mejilla. Alberto ha reservado un sitio en primera fila para la madre del autor. Se lo señala y la acompaña.
xxxAparece por fin el presentador del libro, que se disculpa por la demora. tenía tutorías, dice. Pensaba que no vendría nadie, pero ha aparecido una alumna que no estaba de acuerdo con la nota de un trabajo. Ya sabéis cómo es eso, dice, a veces es difícil hacerle entender a alguien que no tiene absolutamente ningún talento.
xxxLa sala se va llenando. Miguel saluda a algunos familiares, a compañeros de trabajo. No quedan sitios libres y la gente que entra se coloca al fondo, en torno a la mesa de mezclas. Miguel ya no puede acercarse a hablar con todo el mundo, se limita a saludar con la mano a los que entran y a sonreír encogiéndose de hombros, como si tantas muestras de cariño lo abrumasen. Se da cuenta de que no detecta ninguna señal de anticipación, de expectativa. La gente conversa, ajena a él. Él mismo se siente liviano, despreocupado, tal vez por efecto de la cerveza. Vaya éxito, le dice Alberto. Esto no es nada, responde Miguel. Ya verás en Soria. Los dos vuelven a reír.
xxxA las ocho en punto sube al estrado y empieza a leer sin ningún preámbulo. El murmullo de voces se apaga poco a poco. El encargado de comunicación ha preparado un atril con una copia impresa del texto (Miguel prefiere no leer directamente del libro, para no perderse, para tener las manos libres). Trata de no pensar, se limita a encarnar el deadpan, vestido de negro, lee sin levantar la vista de los folios, el texto fluye, se reconoce, consigue no reír, a pesar de la tentación y de la angustia, a pesar de las gambas. Cuando llega al final del primer folio respira, agobiado por el silencio. Levanta la vista para mirar al público, pero los focos lo deslumbran y sólo distingue bultos inmóviles. Los únicos rostros definidos son los de la primera fila. Mira a su madre. Petrificada, un poco encogida, con las manos juntas sobre el regazo, la mujer lo mira también a él. Miguel le sonríe y se da cuenta de que está llorando.

 

 

 

Serrano Larraz, Miguel. Réplica. Barcelona; Ed. Candaya, 2017.

 

NO QUEREMOS NADA

 

xxxEstaba soñando que hacía un calor de mil demonios y de repente me daba cuenta de que la casa ardía.
xxxLuego desperté y la habitación estaba llena de humo. Casi no me dio tiempo de percatarme del dolor que me partía en dos mitades la cabeza, porque el pánico era más fuerte que ninguna otra cosa, en ese momento.
xxxMe asomé por la puerta abierta de la habitación, que conducía directamente al salón/cocina de mi diminuto apartamento, y entonces fue cuando lo vi. Quiero decir, la vi. La sartén. Retorcida como un pedazo de chatarra encima del fuego abierto de la cocina de gas ciudad. Y el humo abrazándose al techo bajo del salón.
xxxSalí dando tumbos y, como podéis imaginar, lo primero que hice fue apagar el gas y abrir la única ventana del apartamento, que daba a un patio de luces. Es curioso lo que piensa uno en momentos así, y lo digo porque yo en ese momento pensé: «Qué extraño, toda la noche ardiendo y ningún vecino se ha enterado». Y menos mal. Sonreí, aunque más bien me salió una mueca. Podría estar muerto, gaseado, quemado, carbonizado vivo, y todo por unas patatas fritas que me había dejado en el fuego a las seis de la mañana. Allí estaban, perfectos volúmenes de ceniza intacta en la sartén, como cuando dejas un cigarrillo encendido en el cenicero y se quema lentamente hasta el final.
xxxTiré la sartén a tomar por culo en el fregadero, empuñándola con un trapo húmedo que echó vapor al entrar en contacto con el mango, me senté en el borde del sofá y encendí un pitillo. Estaba borracho todavía. Ya tendría tiempo de darme cuenta de la verdadera magnitud del desastre. Por ahora, el primer golpe de pánico se había extinguido, dejándome la cabeza tan vacía como una bolsa de plástico en una alcantarilla.
xxxMiré a mi alrededor. Una palabra: negro. Estaba todo negro. La máquina de escribir, los folios, apilados en la mesa camilla, yacían cubiertos por una leve capa de hollín, que recubría también el resto del apartamento, los muebles, las estanterías, todo. Fui al baño y me asomé al espejo. Tenía la cara como un deshollinador. Me soné con un pedazo de papel de wáter. Efluvios negros extraídos de las negras profundidades de mi alma chamuscada.
xxxDecidí que sería mejor hacer algo. El humo se había disipado. Examiné el techo de la cocina, el rincón donde se pudo haber originado un incendio que quemara la casa o una explosión que podría haber enviado al reino de Dios el edificio entero. El cable de la bombilla que colgaba del techo estaba retorcido como un muelle de caramelo fundido. Los azulejos que rodeaban la cocina, combados hacia fuera, agrietados, jodidos más allá de cualquier posibilidad de redención.
xxxFue al disponerme a salir de casa cuando me di cuenta de que estaba vestido. Bien. Me puse los zapatos, la chaqueta, que apestaba como un trapo sucio, y bajé a la calle.
xxxCreo que mi intención era remediar el desaguisado en la medida, como se suele decir, de lo posible.
xxxMe dirigí hacia el centro comercial; eran las dos y media de la tarde y todas las tiendas del barrio estaban cerradas.
xxxApenas había tráfico y el calor de agosto hacía superflua mi chaqueta, pero seguí caminando, un perro entre basuras, los ojos casi ciegos tras los turbios cristales de mis ridículas gafas de sol.

 

xxxLas escaleras mecánicas me izaron suavemente hasta la segunda planta del hipermercado. Aire enlatado, pestazo a embutido, a gofre caliente con chocolate, a electrodoméstico sin estrenar. Pero a pesar de esa angustiosa sensación de inminente apocalipsis que me suele asaltar en estos sitios, se estaba bien allí. Fresquito. Y la pestuza, aséptica, después de todo. Desde luego, algo mejor que en mi apartamento, aunque me sintiera perseguido por un fantasma que no acababa de localizar, por mucho que girara la cabeza por encima del hombro en mil inverosímiles direcciones.
xxxComo un jodido búho en la sala de un taxidermista.
xxxMe sumergí en la sección de artículos de limpieza.
xxxIba dando manotazos, echando cosas sin ton ni son en el carrito. Estropajos jabonosos. Un litro de Mistol. Dos botellas de lejía. Trapos. Bayetas.Paños de cocina. Pastillas de jabón Lagarto.
xxxSección de bricolaje. Dos sacos de temple. Dos espátulas. Rodillos. Brochas. Bandejas de plástico para los rodillos.
xxxMe dejé llevar. Pero iba a necesitar algo más, si quería resistir con los nervios más o menos bajo control el resto del día, y el siguiente. Pasé por la sección de bebidas antes de salir.
xxxDos tetrabriks de tinto, dos de blanco. Para hacer el completo.
xxxPagué con la tarjeta y saqué mi culo de allí.
xxxEl taxista me ayudó a cargarlo todo en el maletero; se abstuvo, cosa rara, de emitir comentario alguno. Supongo que mi cara no invitaba a la conversación.
xxxUna vez en casa, tras haber sudado y trajinado escaleras arriba y abajo, tres pisos con el ascensor averiado y los sacos de temple de 25 kilos cada uno, dejé toda aquella mierda en el suelo, en medio del salón y de la chamusquina, y me senté a fumarme un cigarro. No sabía qué hacer. Tras la primera reacción, instintiva, de salir corriendo, de intentar poner algo de orden en aquel agujero, se me habían agotado los recursos. Recursos que por otra parte nunca habían sido abundantes. El vino malo, la soledad, la lluvia, los caminos. Así que empecé, o mejor dicho seguí, sudando el morapio del día anterior y esperando a que el blanco que había comprado se enfriara un poco en el congelador, esperando el pánico, la ruina.
xxxEl sistema nervioso central es lo que tiene. Hay que darle más de lo mismo o echar el freno y morder el bocado, hasta que pase lo peor. Pero yo no estaba en condiciones de hacerle frente a nada, y menos a un bajón etílico.
xxx¿Qué hubierais hecho vosotros?
xxxYo abrí el litro de blanco y me serví una copa. Y otra. Y otra más. De trago. Luego me abrí paso hasta el teléfono. Eran las tres y media pasadas, pero podía haber suerte. Marqué un número de otra provincia y esperé.
xxx—¿Tito?
xxx—Hombre, hola, qué tal. ¿Cómo va eso?
xxxBajé la voz hasta casi susurrar.
xxx—Déjate de hostias… ¿Sabes lo que acaba de pasar? ¿Sabes lo que me ha pasado?
xxxLa hipérbole, el pánico.
xxx—No, tío. ¿Qué te ha pasado?
xxx—Pues que acabo de quemar mi apartamento. Abrasado. Carbonizado. Pasto de las llamas…
xxx—No jodas… Pero bueno…
xxx—Que sí, tío, que esta vez ha sido buena.
xxx—Pero, entonces, ¿dónde estás? ¿Qué ha pasado? ¿De dónde me llamas?
xxx—Bueno, de aquí, de casa. Estoy en mi casa, donde siempre. En realidad, más que quemado, está todo negro, chamuscado, hecho un Cristo…
xxx—¡Ah, hostia! Por un momento he pensado que estabas en un hospital, o sabe Dios dónde… Pero ¿han tenido que venir los bomberos o qué?
xxx—Bueno, hombre, no, no ha sido para tanto… Bueno, ya sabes, a lo mejor exagero un poco… el caso… es que la he armado buena, tío. Me dejé una jodida sartén puesta anoche, llena de patatas, y luego voy y me quedo frito con la ropa puesta, y las patatas friéndose en la sartén…
xxx—Hostia, tío, perdona que me ría, pero es que ya me lo estoy imaginando… Tú frito y las patatas friéndose… Lo has dicho de una forma que es que me parto… Ya te estoy imaginando, con tus típicos gestos de borracho —continuó, enfatizando las erres, con un deje de entrañable conocimiento de causa—, sincronizando perfectamente la jala, por aquí el cuchillo, las patatas, un par de salchichas, todo bien, todo en perfecto orden…
xxx—Sí, ya; sólo que esta vez no me dio tiempo de salchichas ni de hostias en vinagre… ¡Por qué tendría que meterme en la habitación! Me venció el sueño… Fue tocar la almohada y quedarme. Creo que me había sentado con la intención de quitarme las botas… El caso es que cuando me he despertado esta mañana ya sabía lo que me esperaba…; lo estaba hasta soñando. Abrir los ojos y recordarlo todo. Luego salgo a la cocina, y no veas. Bueno, en fin, supongo que no es para tanto. He ido a comprar un montón de cosas, pinturas, brochas, estropajo, para ver si arreglo esto…
xxx—Ya, me lo he imaginado nada más empezar a hablar contigo. Siempre has sido un poco exagerado.
xxxEstaba subiéndome otra vez la borrachera. No paraba de llenar el vaso. Tito seguía al teléfono. Hubo una pausa y de repente sonó el timbre. Di un salto. El teléfono estaba junto a la puerta.
xxx—Espera un momento. Creo que han llamado a la puerta…
xxxBajé el auricular y escuché, en silencio absoluto, la oreja pegada a la puerta.
xxxSonó el timbre otra vez.
xxxEstaba completamente desencajado.
xxx—¿…Q-q-qué quieren? —grité—. ¿Quién es? ¡No queremos nada!
xxxMe asomé por la mirilla. Un individuo bajito con lo que parecía un paquete bajo el brazo. Nadie conocido.
xxx¿Testigos de Jehová? ¿Asociación de Víctimas de la Salmonella? ¿Damnificados de la Colza? ¿Homosexuales en Lucha? ¿Alcohólicos Anónimos?
xxx—¡Identifíquese! —volvía a gritar, ridículamente, borracho, consciente de la ridiculez de la expresión. Pero divertido a la vez, el perfecto comediante, queriéndome quedar con todos—. ¿Quién es?
xxxLa puerta del apartamento era de ésas de seguridad. Bien gruesa. Lo único bueno de aquel agujero.
xxxAlguien respondió. Creí entender algo así como «Vengo de…», y el resto de la frase se perdía.
xxx—¿Cómo? ¿Qué dice? ¡No oigo nada!
xxxTito seguía al teléfono. El enano del otro lado de la puerta repitió algo que tampoco conseguí entender.
xxxExasperado, grité otra vez, desgañitándome:
xxx—¡¡Ya le he dicho que no queremos nada, me cago en Dios!!
xxxSilencio. Pisadas escaleras abajo. Me llevé el auricular al oído.
xxxTito se reía.
xxx—Te he estado oyendo.
xxx—Ya. Pues el de ahí fuera no parecía enterarse. No sé qué coño me contaba. Últimamente nos abrasan. Todos los días igual. Yo ya no abro, por sistema. No sabes la suerte que tienes de vivir en el campo. Nos asaltan legiones de yonquis, dándole al timbre todo el día. Cuando no son los de la liga de parapléjicos, vendiendo infames calendarios. Yo lo comprendo, sufro por la gente, pero ¿qué cojones vas a hacer? No puedo poner en orden mi puta casa, mucho menos el mundo. Y, además, ¿acaso somos nosotros los responsables? Que vuelen la Moncloa, joder.
xxx—De lo demás ya nos encargamos nosotros, ja, ja, ja.
xxx—Sí, y que lo digas.
xxx—…Bueno, ¿qué vas a hacer?
xxx—No sé, poner un poco de orden en esta pocilga, supongo. Aunque ya estoy borracho otra vez. No sé, no sé. Esto está jodido. Creo que voy a salir otra vez… Se me ha acabado el vino blanco… En fin, voy a por el tinto. Mañana ya veremos.
xxx—¿No ibas a pintar?
xxx—Yo lo único que me parece a mí que voy a pintar hoy es de rojo esta puta ciudad. Bueno, en fin…, ya te llamaré…
xxxY no pude evitarlo.
xxxColgué temblando el auricular.

 

 

 

Wolfe, Roger. Quién no necesita algo en que apoyarse. Alicante; Ed. Aguaclara, 1993.

 

CHAMPAGNE

 

Ella bebe champán y yo bebo whisky. El champán se bebe cuando no hace falta beber, sólo por lucir la mano dentro de un líquido, por beberse la propia mano, mientras que el whisky lo bebemos los hombres solitarios porque «es la sangre de los cobardes» y Bukowski no está aquí para mear en la nuca a todo este personal elegante que viene en busca de mi ingenio porque Sisita no me ama.
xxxEs malo que una mujer no te ame, pero hay algo peor: que te quiera como a un buen amigo. De modo que prefiero recordar nuestra juventud, cuando todos éramos más cínicos y ellas más folladoras, porque creían que la neogynona limpiaba los pecados. (…)
xxx—Seamos innobles en la zona noble —digo, y consigo que la gente se suelte un poco, la noche entre en nosotros como una droga y Madrid parezca la ciudad/acorazado que no es, aunque veo bahías de luz por todas partes y blancos yates amurados, balanceándose en el cielo como si fueran el Palace y el Ritz.

 

 

 

Umbral, Francisco. Un ser de lejanías. Barcelona; Ed. Planeta, 2001.

 

EL PROBLEMA ES MUY SIMPLE

 

(…) El problema es muy simple: hay un exceso de información absolutamente vacía de contenidos, y una alarmante falta de conocimiento. Comida rápida, polvos rápidos, noticias rápidas, muertes rápidas. ¿Sabéis cómo llama Gore Vidal a los Estados Unidos de América? «Los Estados Unidos de Amnesia». Pues eso es aplicable al mundo entero. Por lo menos, al supuestamente civilizado. Dos patadas en el culo, y a otra cosa. No se trata de que la gente ya no recuerde la última guerra. Se trata de que a la hora de comer ya no recuerdan a los muertos que les pusieron en el plato a la hora de desayunar. Totalmente insensibles. Pedazos de látex con dos ojos, una boca y un culo. Y el cerebro, prestado, envenenado, regurgitado. Somos una raza de antropófagos emocionales. De vampiros. Nos vampirizamos unos a otros porque no soportamos vernos nuestra propia cara en el espejo, revolvernos en nuestras propias heces. Siempre son más reconfortantes las del vecino. ¿Un hatajo de borrachos? ¿De politoxicómanos? Sí, ¿y qué? Todo el mundo está enganchado de algo, y la sociedad entera, esquizofrénica paranoide. ¿Con qué derecho juzga nadie nada? ¿Por qué cojones no es posible divertirse un poco en medio del infierno…?

 

 

 

Wolfe, Roger. Quién no necesita algo en que apoyarse. Alicante; Ed. Aguaclara, 1993.

 

QUIÉN NO NECESITA ALGO EN QUE APOYARSE

 

INSOMNIO

xxMe revolví en la cama y le di al botón de Sleep de la radio. Dormir, eso era lo que yo no conseguía hacer. El presentador hablaba de Berlioz. Que había nacido a principios del siglo XIX. Que se había enamorado de la primera actriz durante la representación de una obra de Shakespeare en inglés, idioma del que no entendía una palabra. Que se habían casado. Flechazo fulgurante, al parecer. Que había compuesto la obra que íbamos a tener el placer de escuchar, Romeo y Julieta, como una especie de homenaje a Paganini.
xxLa de cosas que aprende uno.
xxMe di la vuelta.
xxDio comienzo la función. Por un momento, creí adormilarme. De repente, un barbudo me perseguía blandiendo unas enormes tijeras de podar árboles en medio de una pesadilla de opio. Creí que era Berlioz hasta que me di cuenta de que el barbudo era Verdi, sombrero de copa y bufanda incluidos. Lo sé porque tengo un disco suyo con un retrato en la portada. y además, he visto la serie de televisión.
xxLuego me incorporé de un sobresalto. Verdi siguió corriendo por la pared en sombras de la habitación. La bufanda coleteaba como una estela tras él. Manoteé en la mesilla, localicé el tabaco, el mechero, encendí un cigarrillo en la oscuridad. La llama del mechero me iluminó la punta de la nariz, que me asomaba por el ojo derecho como un pegote que no me perteneciera.
xxMe acodé en la cama.
xxInhalé, exhalé.
xxContemplé cómo la tenue columna de humo se aplastaba contra los pliegues de la colcha, desapareciendo para volver a aparecer. Como esa broma, la de soplarle el humo de un cigarrillo a alguien por el pelo, desde atrás. Siguen andando sin enterarse, y parece que les arda la cabellera.
xxA mí lo que me ardía era el estómago. Demasiado café. Demasiados cigarrillos. Aplasté el que había encendido en el cenicero y me levanté de la cama. Busqué a tientas las zapatillas por el suelo alfombrado de la habitación, me puse la bata y bajé por el pasillo, palpando como un ciego la pared.
xxEl tubo fluorescente parpadeó con un crujido sucio y llenó de luz grasienta la cocina.
xxEntreabrí los ojos, los cerré.
xxEncendí mi otra radio. Tengo dos. Romeo y Julieta seguían dando voces.
xxNada interesante, así que por qué no tomar otro café.
xxY eso fue lo que hice.
xxMe senté a la mesa de la cocina, sorbí un trago de café y abrí el libro que estaba leyendo.
xxSuelo dejar los libros que estoy leyendo en la mesa de la cocina, porque me gusta leer un poco después de cenar.
xxAunque ya sé que la mayoría de la gente los deja en la mesita de noche.
xxYo no. Yo los dejo en la mesa de la cocina.
xxEl protagonista de la novela, porque se trataba de una novela, era un detective borracho que vivía en un hotel y leía tratados de hagiografía.
xxLa hagiografía es la historia de las vidas de los santos.
xxEl detective tenía que averiguar los motivos por los cuales la hija de un tío rico había aparecido cosida a navajazos en la bañera de su apartamento. El supuesto asesino había sido arrestado bailando en plena calle, empapado de sangre, con una navaja de afeitar en una mano. También llena de sangre, evidentemente. Como una especie de hare krisna de ésos, completamente salido de madre, bailando en plena calle. Y la navaja llena de sangre en una mano.
xxPero el tío luego va y se cuelga en el calabozo de la comisaría. Cómo lo hizo no está muy claro, porque la verdad es que yo he estado en comisaría más de una vez y más de dos, y te lo quitan todo de encima. Te quitan los cordones de los zapatos.
xxEso, lo primero.
xxPero bueno, el tío se colgó. Y la otra, cosida a puñaladas en la bañera. En pelota picada, por cierto.
xxPero la cosa no estaba clara. La cosa distaba mucho de estar clara.
xxEl caso es que el detective habla con el tío rico y lo somete a un interrogatorio inexorable y le dice que bien, que bueno, que está dispuesto a seguir adelante con el caso, pero que a lo mejor le va a resultar desagradable. No al detective, sino al tío rico.
xxEl tío rico le pregunta que por qué y el detective le mira fijamente a los ojos, enciende un cigarrillo, y le dice con una voz que me imagino que suena parecida a la de Humphrey Bogart que porque a lo mejor descubre cosas que es preferible dejar sin remover. Eso de cosas que es preferible dejar sin remover me pareció particularmente bueno.
xxEl tío rico le dice al detective que cuánto le va a cobrar, y el otro le dice que no cobra, que se limita a hacer favores a la gente a cambio de dinero. Un tipo duro, el tío. También le dice que podría empezar con tres de los grandes, para ir tirando y para gastos, y que más adelante ya la diría cuánto le iba a costar exactamente el favor. Cuando acabara de hacérselo, si es que decidía seguir adelante. Así que el tío rico le da un talón de tres mil y el detective le da la mano y se va.
xxSe va a uno de sus bares favoritos, y le pide a la camarera un café solo con bourbon y se sienta con ella en uno de los reservados y charlan un rato. La camarera es una de esas camareras típicas de mediana edad que salen en las películas, que llevan no sé cuántas separaciones y fracasos sentimentales a cuestas y que están de vuelta de todo. Suelen haber tenido hace años una aventura con el protagonista, y lo quieren mucho, aunque ahora se limitan a ser buenos amigos, y suelen sufrir mucho por el protagonista porque el protagonista suele estar pasándolo muy mal, y le aconsejan y se preocupan por él, y le preparan emparedados y café caliente cuando está borracho o deprimido o echando lágrimas en la cerveza. Bueno, pues la camarera esta del libro que estaba leyendo era como ésas de las películas que os digo, y charla un rato con el detective y acaba diciéndole que tiene que dejar de beber tanto bourbon, buscarse una buena mujer y empezar a cuidarse un poco.
xxY el detective le dice que las mujeres son lo que le ha arruinado en esta vida y que tiene que beber para olvidar que tiene un problema con el alcohol.
xxUn tipo duro, el menda.
xxY ya no sé qué más pasó porque en ese momento empecé a cansarme del libro, y había terminado el café, y a pesar del café, cosa curios, sentía un poco de sueño, así que cerré el libro, apagué la luz de la cocina y me volví a la habitación.
xxMe metí en la cama y las sábanas estaban un poco frías y eso me fastidió.
xxPero bueno. Me dormí en seguida, y creo que soñé que el de las tijeras de podar, el Verdi, se estaba peleando con Berlioz en un bar de Nueva York (nunca he estado en Nueva York, pero ya sabéis cómo son los sueños; simplemente sabía que estaba en Nueva York) y que la camarera intentaba separarlos. Yo estaba en un rincón de la barra con un vaso de bourbon en la mano, y quería escaparme del bar pero cuando intentaba levantarme las piernas me fallaban y no podía. Era como si estuviera pegado al taburete o algo así. Luego entra un tipo gordo con gafas y una corbata a cuadros y aparta a la camarera y empieza a ofrecerles al Verdi y al Berlioz un talón de tres mil dólares, y no sé muy bien qué pasó, si dejaron de pelearse o si Verdi al final le clava las tijeras al otro, o si empiezan a discutir por el dinero o qué narices pasó.
xxLo que sí sé es que debieron de dejarme a mí tranquilo y que seguramente acabé pudiendo escapar del bar, porque esta mañana me he despertado a las once y media y me sentía realmente descansado.
xxFresco como una lechuga, sí señor.

 

 

 

Wolfe, Roger. Quién no necesita algo en que apoyarse. Alicante; Ed. Aguaclara, 1993.

 

DESORDENADA BIBLIOTECA

 

xxxNi el más ordenado ha puesto jamás orden en los libros, porque ya digo que si son buenos viven su vida por los anaqueles y si son malos se mueren solos, se can solos de la estantería, los huele un momento la gata, los aspira la aspiradora y desaparecen en el Panteón de Hombres ilustres de la Mediocridad.
(…)Siempre estoy leyendo un libro que no es el que debiera, pero el que debiera no lo encuentro y, además, resulta que me gusta más éste (…).
xxxA los libros, como a los gatos, hay que renunciar a domesticarlos.

 

 

 

Umbral, Francisco. Un ser de lejanías. Barcelona; Ed. Planeta, 2001.

 

TIGRES BLANCOS

 

Mi amigo el doctor Soberón me lleva a un circo de Ventas (él ha sido médico de circo toda su vida) a ver 16 tigres blancos, cosa que no existía, o eso creía yo. Amo los tigres como Borges, pero no los exploto tanto. Efectivamente, son unos deslumbrantes ejemplares blancos con rayas negras. Sin duda proceden de Alaska o, al menos, del norte de Canadá. Son como reyes bárbaros y armónicos o como esclavos bellísimos, criaturas de furia y armiño. Se podría hacer un poema a cada uno de estos animales, como Rilke se lo hizo a una pantera de zoo (y era ella la que nos veía a nosotros entre rejas). No me gustan, empero, los grandes animales encerrados. Ni los pequeños. A mi gata no le pongo ni una cinta al cuello. Los bichos son naturaleza y hay que dejarles naturales. Lo que nos dan es un pedazo de universo vivo. ¿Por qué complicar eso?

 

 

 

Umbral, Francisco. Un ser de lejanías. Barcelona; Ed. Planeta, 2001.

 

ALMAS QUE ME HABITAN UNOS DÍAS

 

xxxCuerpos de mujer, cuerpos como almas que me habitan unos días, como si ellas los hubiesen enviado a hacerme compañía, mientras se quedan quizá en su verdadero cuerpo actual, ya ceniciento o desnivelado, ángel sin alas. Lámpara de un alto cuerpo, oro o nieve, que ilumina unas semanas de mi presente con luz que no tuvo nunca cuando real e inmediata. A esa luz vive uno, escribe uno, luz baja de la mujer íntima, soledad populosa de nadas, cada una con su nombre,cuerpo que voy haciendo realísimo a fuerza de recordar cicatrices, llagas, lozanías, pétalos, ligeras arrugas de flor o deslumbrantes muslos de materia pura. Una mujer desnudísima y mía ha cruzado esta página y nadie la hemos visto, y no digo su nombre porque no vuelva la cabeza y no sea ella, como en los sueños.

 

 

 

Umbral, Francisco. Un ser de lejanías. Barcelona; Ed. Planeta, 2001.

 

RESUMEN DE NOTICIAS DE 2019

diciembre 31, 2019 Deja un comentario

 

Acaba 2019 y tengo que dar las gracias a mucha gente. Tengo que agradecerle a Sebastián Mondéjar, a Miguel Sánchez Robles, a Javier Sánchez Menéndez, a Christian Nieto Tavira, Natxo Vidal, David Trashumante, Esteban Maldonado y Sergi Gros, a David Sarrión, al colectivo ‘Bálamo del arte’ y a Víctor Peña Dacosta, a Javier Gil Martín, Joaquín Juan Penalva, Antonio Aguilar, León Molina y José Antonio Martínez Muñoz, a Alberto Chessa, a Joaquín Calderón, a Paco Cifuentes y a Luis Sánchez Martín que hayan hecho aumentar mi biblioteca. Gracias de verdad.

También tengo que agradecerle a Álvaro Ruiz, a Patricia Lázaro, a Rubén Pozo y a Lichis, a Pedro Chillón y al Kanka, que hayan aumentado mi discoteca particular y que me hayan hecho partícipe de la fiesta que ha supuesto los conciertos en los que han estado.

Y por último, y no menos importante (ni muchísimo menos), tengo que agradecerle a José Antonio Martínez Muñoz y a Cristina Morano que siempre tengan abiertas para mí sus bibliotecas particulares.

 

El año que viene, más. Ya veremos si mejor.

Salud.

Categorías:Música, Poesía, Relato

ESA BELLEZA

septiembre 15, 2019 Deja un comentario

Es este uno de esos libros que uno no sabe por qué no se ha detenido antes a leerlo, a disfrutarlo. La mezcla de escultura, fotografía, filosofía y escritura lo convierte en uno de esos libros que hace que la propia biblioteca aumente unos cuantos enteros de calidad.

En el prólogo del libro, escrito por Jaime Priede -autor también de la traducción-, podemos leer:
xxxxx“A partir de las fotos de las esculturas de Giacometti, Berger reordena su apariencia basándose en un principio de colaboración, el mismo que persigue Trivier. La cámara de Trivier quiere encontrar la cara de lo que busca, persigue su expresión, que la escultura le devuelva la mirada. Berger considera que el artista no es un creador, sino más bien un receptor. “La creación no es sino el acto de dar forma a lo que se ha recibido”. Es uno de los principios que rigen el devenir de este libro, en el que la vista llega antes que las palabras.
xxxxx“La escritura, tal como yo la concibo, no tiene un territorio propio. El acto de escribir no es más que el acto de aproximarse a la experiencia sobre la que se escribe; del mismo modo, se espera que el acto de leer el texto escrito sea otro acto de aproximación”.
xxxxx(…) Trivier se plantea fotografiar las esculturas de Giacometti con la paciencia de un pintor. Cuando Trivier tenía seis años, Berger miraba la foto de Paris Match y anotaba: “Pensemos en una de sus esculturas. Delgada, irreductible, inmóvil, aunque no rígida; imposible de pasar por alto pero, al mismo tiempo, sólo es posible observarla, mirarla. Al hacerlo, la figura nos devuelve la mirada”.

 

 

Y aquí dejo algunos textos del libro.

 

 

xxxxxEscribe Gilles Deleuze a propósito de los filósofos estoicos: “Entre la profundidad de las cosas físicas y la superficie de los fenómenos metafísicos hay una estricta complementariedad”.

xxxxxDamos un salto desde los estoicos a los que se refiere Gilles hasta la piscina municipal. No la de Eastbourne sino otra en el suburbio parisino de Fresnes, donde se encuentra la célebre Maison d’Arret.

xxxxxViene a la piscina gente de todas las edades. Los padres traen a sus hijos. Muchos de los habituales vienen solos. Puede que se saluden con un gesto. A veces hay siete nadadores, a veces setenta. Depende del día de la semana, de la hora, de la estación. Los niños se dirigen a sus padres. Cualquier otra voz se considera innecesaria.

xxxxxLa mayoría de los nadadores llevan gafas oscuras para protegerse del cloro. El gorro es obligatorio, incluso para los calvos. Todo el mundo se concentra en el acto de nadar. Algunos se sumergen, otros descienden lentamente por la escalera. Nadan para mantenerse en forma, para perder peso, para fortalecer el corazón, por el placer de sentirse en el agua o por el íntimo y singular placer de llevar a cabo algo privado y solitario en compañía. De vez en cuando, hay un nadador que sueña con llegar a ser campeón local. Todo el mundo nada de lado a lado, largo tras largo, cada cual siguiendo su propia calle no señalada.

xxxxxCuando sales del agua, si has nadado sin gafas como yo, percibes un ligero halo alrededor de los que aún nadan o salen del agua para ducharse antes de vestirse y secar el pelo. El halo es fruto de la irritación de los ojos pero me gusta creer que sea también obra de la mente. Nunca he aceptado la idea de que el pensamiento clarifica sin más; llena un vacío también. El pensamiento tiene su propia opacidad.

xxxxxCuando las observo, las figuras que están quietas o moviéndose en la piscina de Fresnes son tan difusas como las figuras quietas y en movimiento de Giacometti en una de las fotos de Marc.

xxxxxUn hombre joven y alto enjabona bajo la ducha sus largas piernas. Una mujer madura se agarra al borde y mira atentamente el agua que le llega hasta la clavícula, como si fuera un libro que está leyendo. Un hombre de mi edad nada en estilo crol lentamente hacia su pasado. Una adolescente de once años camina por el borde de la piscina gozando del tesoro de sus caderas.

xxxxxNo hay cabida para el sexo aquí, el lugar no lo permite. Es un sitio con mucho deseo, gran cantidad de deseos, pero el sexo está de más.

xxxxxImagino al hombre joven, la mujer corpulenta, el septuagenario, la adolescente de once años que acabo de describir, volviendo a sus vidas privadas, reconocidos, recibidos por alguien con quien comparten la intimidad.

xxxxxEsa belleza.

 

 

 

 

xxxxxEl deseo sexual, si es recíproco, origina un complot de dos personas que hacen frente al resto de complots que hay en el mundo. Es una conspiración de dos.

xxxxxEl plan establecido es ofrecer al otro un respiro ante el dolor del mundo. No la felicidad sino un descanso físico ante la enorme responsabilidad de los cuerpos hacia el dolor.

xxxxxEn todo deseo hay tanta compasión como apetito. Sea cual sea la proporción, las dos cosas se ensartan juntas. El deseo es inconcebible sin una herida.

xxxxxSi hubiera alguien sin heridas en este mundo, viviría sin deseo.

xxxxxEl cuerpo humano realiza proezas, posee gracia, picardía, dignidad y otras muchas capacidades, pero también resulta intrínsecamente trágico como no lo es ningún cuerpo de animal (ningún animal está desnudo). El deseo anhelaproteger al cuerpo amado de la tragedia que encarna y, lo que es más, se cree capaz.

xxxxxLa conspiración consiste en crear juntos un espacio, un lugar de exención, necesariamente temporal, de la herida incurable de la que es depositaria la carne. Ese lugar es el interior del otro cuerpo. La conspiración consiste en deslizarse al interior del otro, allí donde no se les pueda encontrar. El deseo es un intercambio de escondites (hablar de “volver al útero” es una vulgar simplificación).

xxxxxTocar una pierna con mano de amante. Que sea para excitar o para relajar no supone diferencia alguna. El tacto aspira a alcanzar, más allá del fémur, la tibia o el peroné, el propio corazón de la pierna, y el amante al completo espera acompañar ese gesto y habitar en él. La pierna de Giacometti, la de la piscina de Eastbourne, tiene que ver (entre otras cosas) con el deseo.

xxxxxNo hay altruismo en el deseo. Al principio están implicados dos cuerpos y la exención, siempre y cuando se logre, les protege a ambos. La exención es inevitablemente breve y, sin embargo, lo promete todo. La exención suprime la brevedad y con ella las penas asociadas a la angustia de lo efímero.

xxxxxAnte la mirada de una tercera persona, el deseo es un breve paréntesis. Desde dentro, una inmanencia y una entrada en la plenitud. Normalmente la plenitud se considera una acumulación. El deseo revela que es un despojamiento: la plenitud de un silencio, de la oscuridad.

 

 

 

 

xxxxxUna vez hice un retrato de Andrei Platonov a partir de una fotografía en un periódico. Puede que surgiera también de alguna de sus palabras. Palabras que tuvieron que traducirme porque escribía en ruso, una lengua parecida al murmullo de las primeras horas del día. Nació en Voronez en 1899 y murió en Moscú en 1951. Al fondo del dibujo pegué un billete de tren y anoté una frase de uno de sus relatos: “Se marchaba lejos por mucho tiempo, quizá para siempre”.

xxxxxAhora Andrrei se ha unido a la fila india y Katrin se vuelve para escucharle.

xxxxxEn un libro titulado “Djann”, cuenta la historia de un grupo de nómadas varado en un desierto de sal (de desolación) en alguna parte cerca del mar de Aral en Uzbekistán. Lo han perdido todo: instinto de supervivencia, pertenencias, ganado, cualquier noción de futuro y toda ilusión.

xxxxxEscribió ese libro en 1935 y fue el primero en publicarse tras su muerte, en los sesenta. Andrei Platonov era un caballero andante del compromiso y de la miseria. Compartir, dijo una vez, te devuelve el sentido de la realidad. No puedo oír lo que le dice a Katrin. Él creía que los perdedores eran amados sin saberlo y que en esa ignorancia había algo más sagrado que en cualquier otra cosa sobre la tierra.

xxxxxHacia el medio del relato, una de las noches previas a la llegada del crudo invierno, el protagonista oye por casualidad el susurro de un hombre y una mujer en su desvalida choza.

xxxxx“Ya no servimos para nada, dice la mujer, tú estás delgado y débil, en cuanto a mí, me languidecen los pechos y siento dolor en la médula de los huesos.
xxxxxNo dejaré de amar lo que queda de ti, dice él.
xxxxxNo se dijeron más. Sin duda se tendieron abrazados en el lecho para tener en las manos su única dicha”.

xxxxxNo dejaré de amar lo que queda de ti.

xxxxxLo extremo de esas ocho palabras se aproxima a la pose extrema de Annette.

 

 

 

 

xxxxxNo hace mucho estuve en Florencia. La nieve caía sobre el Duomo y el Arno fluía bajo los puentes con el color de una vieja calavera. La ciudad estaba tan fría como una fortaleza en invierno. Normalmente el tiempo y las colinas sembradas de Toscana encubren el hecho de que Florencia haya sido (es) la más afilada y menos complaciente de todas las grandes ciudades italianas.

xxxxxEn un momento dado, me refugié de las calles heladas en el Museo del Bargello y allí me topé con la cabeza de porcelana de un joven santo —¿o sería un ángel?— de Luca della Robbia. Andaba por los sesenta cuando la hizo. Utilizó solamente tres colores. Un ocre pajizo para el cabello, un verde de acedera para el cuello de la túnica y el inimitable azul de Della Robbia para la propia túnica y la capa. La piel, el blanco de la porcelana. ¿Cómo describir el azul de Della Robbia? Combinar el mar Egeo con el vestido de la Madonna, atrae a la memoria; es el azul de la música. Los colores no tienen vida pero el ángel parecía estar vivo.

xxxxxCuando Luca era joven, antes de ponerse en marcha el negocio familiar de producción de bustos coloreados, relieves y medallones para que la ciudad pareciera más inocente de lo que en realidad era, le consideraban un escultor del bronce a la altura de Donatello. Su tribuna de la Cantoría, una serie de altorrelieves que representan a músicos, cantores y danzarines haciendo música, es asombrosa. No conozco otra obra que muestre con tanta precisión el poder de la música para arrebatar a los músicos y a quienes les escuchan. Observándoles, llegas a pensar que Elvis, Morrison, The Bird, Ferré o Piotr ya han sido anunciados en bronce a principios del quattrocento.

xxxxxLuca se ha unido a la fila y Andrei le explica que su padre trabajaba en el ferrocarril como maquinista y que él mismo, antes de convertirse en ingeniero, realizó sus estudios en la Escuela Politécnica.

xxxxxLuca della Robbia fue contemporáneo del pintor Masaccio. Éste murió a los 29 y él vivió 82 años. El fresco de Masaccio sobre Adán y Eva en la iglesia de Santa María del Carmine, a diez minutos andando del Museo del Bargello, es uno de las más bellas evocaciones de la tragedia inherente al cuerpo humano.

xxxxxAhora Luca está hablando con Katrin. Ella tiene los ojos verdes.

xxxxxEl ángel era bello. Me refiero a su presencia, no al resultado como obra de arte. Hice un dibujo para intentar entender la expresión de su rostro. Y mientras dibujaba esa expresión, me di cuenta de algo muy distinto.

xxxxxSu rostro afirma que es él quien te está mirando. La belleza no procede aquí del placer de mirarle, sino de la necesidad de que te mire. La belleza procede de la esperanza de que te reconozca, y te incluya, la existencia de lo que estás mirando.

xxxxxEsa esperanza de ser mirado y reconocido no se da solamente ante los retratos de los florentinos con su erotismo. El trazo de un león sobre la oscura pared de una cueva hace treinta mil años ofrece, además de la elegancia de su silueta, una inclusión en su propio mundo. Y quizá sea válido igualmente para la belleza que no es obra del hombre, la belleza presente en una puesta de sol, una planta, un animal o una montaña. Todas estas cosas son bellas cuando responden a la misma esperanza que el rostro del ángel parece colmar.

xxxxxEstamos esperando que Annette nos mire.

xxxxxDeja de leer. Busca la foto. Su cuerpo nos mira directamente a los ojos.

 

 

 

Berger, John; Trivier, Marc. Esa belleza (Trad. Jaime Priede). Madrid; Bartleby editores, 2005.

 

PANTALONES LARGOS

 

PANTALONES LARGOS

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxCaía la niebla sobre París […]
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxEl Sena se asfixiaba en el amarradero […]
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxLa niebla entraba en la boca, en los pulmones,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxcomo si el aire llorara.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxAdam Zagajewski

xxxAl abrir la puerta, una nubecilla de humo me esperaba en la escalera. Detrás, el gesto torcido de Ray antes de salir a escena.
xxxLos actores necesitan trabajar con un conflicto. Si no hay conflicto, no hay nada. Ni guion. Ni personajes. Ni escena. Nada. Eso lo sabe Ray aunque no es actor. O tal vez sí lo sea. Tal vez en la medida en que lo somos todos. Tal vez más. A mí me recuerda a Johnny Depp o a Skeet Ulrich. ¿No? Sí. Es clavado a Skeet Ulrich. Al menos en aquella época. También os puede recordar a una estrella del rock. O a un artista serbio. O a un fotógrafo de modelos. O a un modelo de fotografías. Al menos en aquella época. Me temo que Ray podría haber sido todo eso y más. Pero decidió ser escritor. Y guionista. Y director. Y venir a mi casa a aquellas horas de la noche porque, por lo visto, no estaba dispuesto a pasar por alto aquel agravio.
xxx—No has venido a la presentación.
xxxShhhh. Lo agarré del antebrazo con tal fuerza que —pensé— le iba a arrancar los tatuajes y le tapé la boca. Por nada del mundo quería que el renacuajo se despertara. Después tiré de él hacia el salón y lo empujé dentro con rotundidad. Se me antojó poca cosa. Cayó de rodillas y se golpeó la cabeza contra el sofá. Cerré la puerta de una patada y corrí las cortinas. Parecía bebido.
xxx—No has venido a la presentación —repitió.
xxxClaro que no, Ray. No he ido a tu maldita presentación. Ya sé que eres una leyenda viva y todo eso. Maldita sea. Esos pantalones negros tan ceñidos dicen que eres una leyenda. Y esos jodidos botines. ¿Son de color vino? Joder, Ray, ellos también dicen que eres una leyenda. Mis amigos dicen que eres una leyenda. De hecho, muchos te seguían como verdaderos fanáticos. Les molaban tus novelas y tu rollo. No sé si por ese orden. Lo de Christina lo entendían menos pero les encantaba el apellido. Venga, tío. No me mires así. Qué esperabas que hiciese. Tengo al crío enfermo y no podía dejarlo con nadie. Además, no te voy a mentir. Hoy echaban en la tele un reportaje que me interesaba mucho. ¿Sabías que en Tokio combaten la soledad con cafés en los que uno puede alquilar gatos por horas y jugar con ellos allí mismo? ¿O que tienen un nombre para la muerte por excceso de trabajo?
xxx—Karoshi.
xxxSí, Karoshi. Ya sé que te fascina Tokio y toda esa mierda, Ray. A mí también, joder. No te sientas tan especial. ¿Sabes cuántas novelas o películas llevan la palabra «Tokio» en su título? Leí ese libro, por cierto. No te voy a mentir. Me dejó tibio. Y luego, leí Héroes. Y luego, Caídos del cielo. Y luego, Ya solo habla de amor. Y luego, casi me suicido. Y, con todo, luego leí El hombre que inventó Manhattan. Y entre tanto vi La pistola de mi hermano, Teresa, el cuerpo de Cristo y La mujer del anarquista. Si hasta me vi la puta Master Class esa sobre improvisación que diste. ¿No la recuerdas? Sí, hombre, en aquel programa de televisión modernito de la 2. Joder, Ray, pero en qué estabas pensando. Me da igual que fuese por hacerle (o devolverle) el favor a algún amigo. Fue como ver agonizar una trucha en el suelo de un tiovivo. Por Dios. A mí también me flipa el patinaje sobre hielo y William Carlos Williams pero… Quién es de Algete ¿En serio? Bah. Bah.
xxx—Ésta te va a gustar.
xxxMira, Ray, no te lo tomes a mal. Me la suda el New York Times. Escribes bien y todo eso. Pero te he dado muchas oportunidades y no te perdono que me hayas aburrido tanto. Estamos en época de pantalones largos, ¿recuerdas? La vida es corta y tengo un millón de problemas encima. Y debajo. Y en la habitación del fondo. Especialmente en la habitación del fondo.
xxx—Hazme caso. Parece que no esté escrita por mí. Te gustará —repitió.
xxx¿No me estás escuchando? Te digo que tengo una vida muy jodida y poco tiempo para leer. Tengo una mujer enfermiza, un perro epiléptico y un niño que vomita cada quince minutos. Y lo peor es que no saben lo que tiene. ¿Me explico? Así que cuando me pongo a leer quiero que sea bueno. Quiero que sea cojonudo. No espero que lo entiendas.
xxx—Te entiendo.
xxxQué vas a entender tú. Estoy hasta la polla de ti y de los tuyos, joder. Que si leo seis periódicos. En inglés. Que si no tengo móvil. Que si ahora voy a traducir un escrito prepúber de Thomas Bernhard. Que si ahora me obligan a hacer el chimpancé. Oh. Qué putada. Oh. Pobrecito. Oh. Que estoy de promoción. Que si me van a traducir al hebreo. Que si cómo has podido vivir ignorando a Walter Benjamin. Que si tienes que leer a este. Que si tienes que leer a aquel. Harto. Me tenéis harto. Además, ¿por qué carajo escribís libros de trescientas, cuatrocientas y seiscientas páginas? ¿Tan importantes os creéis? ¿No sabéis contar una puta buena historia en doscientas? ¿Qué ha sido del Ray que prefería hablar de otros escritores antes que de él?
xxx—Sigue aquí.
xxxPues eso, Ray, qué cojones haces aquí. ¿No ha ido bien? Lo dudo mucho. Habrá ido mucha gente con ganas de aprender la diferencia entre rendición y derrota. Ya sabes, gente interesante. Gente del tipo que, cito, está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas. Ya me entiendes.
xxx—Ahora es diferente. Lo que quiero es volver al hotel y descansar.
xxxShhhh. Calla. ¿Oyes eso? Es mi hígado retorciéndose. ¿Tú estás cansado? No me jodas, Ray. ¿Cuántas horas has dormido en esta última semana, eh? ¿Cuántos kilómetros llevan tus piernas? ¿Y tus brazos, cuánto peso han cargado? ¿Tu jefe te humilla? ¿Te ha rechazado tu mujer? ¿Cuántas veces? ¿Has ido a urgencias, quizás? ¿Has temido por la vida de tu hijo? ¿Él también vomita y tienes que inyectarle metoclopramida? No me jodas, tío. Descansar.
xxx—No voy a pedir perdón por mi suerte. ¿Lo haces tú por tus desgracias? Solo creo que te gustaría. La novela, digo. Te oigo y cada vez lo tengo más claro. ¿Puedo fumar?
xxxNo, no puedes fumar, Ray. En esta casa antes se fumaba. Y se follaba. Y se bailaba al ritmo de la Hot 8 Brass Band. Pero ahora mi mujer tiene los bronquios delicados y un sueño muy ligero. No te costará visualizar mi día a día. Me gustaría decirte que siento no haber podido asistir a la presentación de tu maldito libro. Me gustaría decirte que me encanta tu obra. Pero no puedo, Ray. No puedo. No digo que no seas bueno, solo que no eres mi tacita de té. ¿Recuerdas?
xxx—Podré vivir con eso.
xxxApuesto a que sí, Ray. De verdad. No es nada personal. Pero no puedo con los autores cuyas vidas intuyo más interesantes que sus novelas. Una biografía tuya sí que me leía, ¿ves?
xxx—Pero no si la escribo yo.
xxxExacto. Biografía. No autobiografía. Venga, Ray. Qué es lo que quieres saber realmente. Se está haciendo tarde. ¿Quieres saber los gustos literarios de este insignificante escritor? ¿El libro que tengo en la mesilla de noche? Pues la verdad es que ninguno. No puedo leer en la cama porque despierto a mi mujer y no quiero molestarla. Y durante el resto del día me es totalmente imposible. Así que me meto en el baño en torno a las cinco de la madrugada y no salgo hasta las seis y media. Me gustan los rusos y Roque Dalton. Me gustan Lorca, Luis Rosales, Cheever, Flanney O’Connor, Fitzgerald, Pound. Me gustan Whitman, Emily Dickinson, Cernuda y Gil de Biedma. Hemingway, Houellebecq, Nothomb, Rimbaud. No sé, me gustan Rilke, Dylan Thomas, Fante, Conrad, Wilde, Shakespeare. Me gustan Idea Vilariño y Ángel González, Cavafis y esa poeta polaca de nombre impronunciable. Luego están Olivier Adam, Stendhal, Pavese, Kobayashi, algunas cosas de MUrakami, Alberto Olmos y casi todo lo de Iván Onia y José Pedro García Parejo. Estos te digo ahora. Dentro de un rato pueden ser otros.
xxx—No conozco a los dos últimos.
xxxSon autores locales, Ray. Si es que eso existe. Y no van por ahí lamiendo culos. Ya los conocerás, espero. Es cuestión de tiempo. Muchas gracias por la visita pero a menos que me quieras contar un cuento mientras me duermo, ha llegado la hora de que te vayas.
xxxVenga, pero qué hostias haces. Lo decía de broma. ¿Vas a contarme el cuento de verdad? Bueno, si insistes, toma, léeme alguno de Cheever. Deja que me ponga el pijama y me tumbe en el sofá. Es agradable que te lean a media voz. Mi padre lo hacía. No solo antes de ir a dormir. También por las tardes, al volver del colegio. En fin, Ray, no te voy a mentir. En aquellos tiempos ya prefería la voz de una mujer caliente. Y ahora también.
xxx—Cierra los ojos de una puta vez y déjate llevar.
xxxDe acuerdo, Ray. Ya voy. Léeme El tren de las cinco cuarenta y ocho.
xxxOkey, amigo. Dice así:
xxxNuestro optimismo no está justificado, no hay señales que nos animen a pensar que algo pueda mejorar. Crece solo, nuestro optimismo, como la mala hierba, después de un beso, de una charla, de un buen vino, aunque de eso ya casi no nos queda.

 

 

 

Torrero, Carlos. Lejos del champagne. Palma de Mallorca; Ed. Sloper, 2019.

 

CÁLCULO DEL FRÍO

 

CÁLCULO DEL FRÍO

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxY ahora, cuando estamos a punto de acabar,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxtal vez usted pueda decirme
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxpor qué se queda a oscuras la ciudad
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxcuando el sol cae oblicuo
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxcomo una lanza,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxy es verano.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxChantal Maillard

xxx«¿Quiere respuestas antes de que pregunte?», dijo Google.
xxxPues sí. Odio los perros y los perros me odian. Dígame por qué. Dígame, también, por qué hay tanto
cretino por metro cuadrado en esta ciudad. Por qué tienen hijos que a su vez tienen hijos igual de cretinos. Dígame por qué sueño con mulatas francesas de ojos verdes y pechos como zepelines que huelen a champú. Dígame por qué nos ha tocado a nosotros. Dígame —por el mismo precio— por qué nadie lo vio venir. O por qué hay tantos silencios. O por qué un poema se abandona. Sí, dígame por qué.
xxxDe repente el ordenador hiperventiló por última vez. Y murió. Me quedé con la mirada raptada durante unos minutos. La pantalla en negro. Puro vacío. Ceros y unos, qué se puede esperar.
xxxDespués recogí los restos de tarta y confeti. Y decidí echar un vistazo a las habitaciones. Bajé por las escaleras sorteando los globos que aún habían sobrevivido al culo de tía Angelines y me asomé, primero, a la que una vez fue nuestra habitación de matrimonio. Se diría que Sara dormía profundamente gracias al Diazepam. Sin embargo, me pareció que balbuceaba algo. Algo que al principio me pareció imposible descifrar. Lo repetía como un mantra.
xxx—La minano niee
xxx—Naa minna no nnenea
xxx—Lamina no niee
xxx—Naaminna nonnenea
xxxMe acerqué más. Casi tenía mi oreja en sus labios.
xxx—La niña no sonríe
xxx—La niña no pestañea
xxx—La niña no sonríe
xxx—La niña no pestañea
xxxUna y otra vez. Y, en efecto, fue así como comenzó el infierno.
xxxRetrocedí unos metros hasta sentarme en la mecedora que una vez fue mi armario. Y no pude evitar recordar la noche en que Sara y yo nos conocimos. Nuestra historia no es la típica historia de chico conoce chica mayor que él. Chica se deja palpar las tetas por encima del bañador mojado. Chico se enamora de chica. Chica dice «yo te esperaré». Chica no espera. Chica se casa con el amor de su vida que es higienista dental, habla cinco idiomas, practica artes marciales y toca el piano. Chica se divorcia. Chica es moderna y ya no necesita un hombre. Chica empieza a votar a partido animalista. Chica accidentalmente se descubre canas en los bajos y dice «Oh». Y dice «Oh, Dios». Y dice «Oh, Dios mío». Chica vuelve en verano a la playa de su infancia. Chico está allí, contra todo pronóstico, esperando como el jodido Noah, diario de. Chico también peina canas pero ahora tiene bigote, gafas Persol de cristal ahumado y mandíbula modelo Viggo Mortensen. Chica sonríe. Chico va a casa de su futura esposa. Chico conoce a suegro. Suegro lo recibe con una mano en la Biblia y —en la otra— una escopeta. Y una cabeza de ciervo boquea sobre la chimenea. Y suegra no habla. Y cuñados no hablan. Y chico sale corriendo a los quince minutos.
xxxYo me quedé.
xxx—Soy abogada —me dijo. Y normalmente, eso me hubiera hecho perder el interés. Pero continuó con un «no soy de esa clase de mujeres». «No de las que cambia el rumbo para ver flores, atardeceres y caballos». «No de las que te untan la tostada de mantequilla y te acarician el pelo». «No de las que sale con escritores perdedores que se llaman a sí mismos escritores perdedores». «En definitiva, no de las que se dejan dar por culo».
xxxY, claro, me enamoré.
xxxOnce años más tarde Sara dice que es una mala madre. Sara dice que se quiere morir. Sara dice que si pudiera volver atrás… Sara dice que quiere escapar. Yo digo lo mismo, solo que lo vuelco en poemas de mierda y eso me ayuda.
xxxSalí de la habitación y entré en la de Carlota. la arropé, le limpié las babas, hundí mi nariz en su pijama y recé para que el día siguiente fuese mejor. Mejor para todos.
xxxSubí a la cocina y me eché un trago de ron miel con un par de hielos que olían a pescado. Mientras paladeaba aquel veneno, reparé en la puerta del frigorífico.
xxxBajo un panfleto de comida para llevar, justo entre el imán de Nueva York y el de Kiev, asomaba un trozo de papel. Lo cogí y fui hacia el salón. Me senté en el sofá, que a la vez es mi cama, y me puse las gafas.
xxxQuerida hija, tal vez lo ignores o —más probablemente— jamás lo recuerdes, pero a tu corta edad ya has cumplido muchos de los sueños que obsesionan a gran parte de los hombres que conozco. Esto es: te pasas las mañanas asustando gaviotas, vuelves de la playa en volandas a casa con el delicioso traje de la desnudez. He visto cómo te abandonabas al tintineo de los mástiles y a tomar el pecho. A demanda. 
xxxCréeme. Muchos matarían.
xxxJoder, pensé. Es como sumergir la cabeza en una palangana con jarabe de azúcar invertido. Debo escribir más. tal vez mañana. Siempre mañana.
xxxCogí el ordenador portátil, lo enchufé a la pared para evitar disgustos y segundos después ya estaba navegando por la red. Se hacía tarde y debía, como cada noche, seguir indagando en el síndrome de Moebius y sus malditos silencios. Sara me lo agradecería. Sin embargo, decidí que un paseo por http://www.chocoylatinas.com me vendría mejor. Por la mañana, nos esperaba otro maratón de pruebas y hospitales inútiles.
xxxCon el trabajo hecho, miré a mi alrededor. Había restos de papel regalo por todas partes y colgando del techo —en letras mayúsculas de colores—: FELIZ CUMPLEAÑOS CARLOTA.
xxx«Confirme que es usted humano», dijo Google.
xxxPues sí. Pero dígame por qué.

 

 

 

Torrero, Carlos. Lejos del champagne. Palma de Mallorca; Ed. Sloper, 2019.

 

EPÍLOGO PARA PUPITRES

 

EPÍLOGO PARA PUPITRES

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxSomeday my pain
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxSomeday my pain will mark you
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxHarness your blame
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxHarness your blame, walk through

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxBon Iver – The Wolves

xxxAnne Mendiburu ha aceptado tu solicitud de amistad. Ahora eres amigo de Anne Mendiburu. ¡Envía un mensaje para saludarla!
xxxLa primera vez que te vi fue a la salida de misa de doce. La última, a cuatro patas, arañando el suelo con los dientes. Y jadeabas. Y tu espalda se retorcía como el cuello de un cisne. Y resoplabas. Y tus uñas, de polvo acrílico, se destruían. Y decías: «Ah». Y decías: «Uff». Y decías, naturalmente: «Dime cosas sucias».
xxxDetrás, Gonzalo Montelongo, ¿recuerdas?, el puto Dinamito y su sonrisa de hereje, mecha en tu culo, con los ojos en blanco.
xxxVeo, por tu foto de perfil, que no has cambiado nada. Muy elegante lo del plátano. Bonito juego óptico. Me preocupa lo que queda fuera de campo, dentro de la garganta. ¿De verdad es el plátano entero?
xxxTal vez me recuerdes, me sentaba a tu lado en Historia del Arte, cuando intercambiábamos el aula con los de Ciencias Mixtas. ¿No? Es cierto. En C.O.U. Teníamos de profesor al Pumuki y el tipo de las arregló para que todos acabásemos el curso queriendo ser profesores de Arte. Aquella voz tan envolvente, el sonido metálico de las diapositivas al pasar, la penumbra, Botticelli, tus manos, Gauguin, Bernini, tus piernas, Franz Marc y sus caballos azules… en fin, no creo que olvide, jamás, aquellas clases. Ni yo, ni el puto Dinamito, claro, que desde el otro lado se ponía las botas bajo tu falda, sin prisas. Cómo pudisteis hacerme algo así. A quemarropa. No creo que ignorases lo que me hacías sentir.
xxx¿Acaso no recibiste aquella nota con esa canción que te escribí?
xxxDe tanto morderme la palabra
xxxpara no besarte
xxxme quedé mudo.
xxxPara después seguir tu boca como un mapa
xxxdeseando que mi lengua
xxxgeográfica
xxxy la Historia de tus labios,
xxxfueran una misma asignatura.
xxxClaro que la recibiste, te la dejé en la mochila, mientras tú preguntabas las dimensiones de aquel cuadro, el Matrimonio Arnolfini. «¿Tan pequeño?», dijiste, y te echaste a reír.
xxxAhora creo que tiene varios críos, un lémur de cola anillada como mascota, una foca por mujer, está gordo, calvo y trabaja en una inmobiliaria. Gonzalo, digo. Y te aseguro que yo no he sido.
xxxReconozco que durante años coqueteé con la idea de querer ser yo el último que lo viese con vida. Robarle los cordones a sus J’hayber Olympo —esos jodidos cordones extra largos, que se ataba a la pantorrilla como una sandalia romana. Y ahorcarle. Especialmente, cuando fanfarroneaba. «No sabes cómo la come Anne», decía. «Cualquiera diría que es vasca», decía. «No me imagino ninguna situación, por buena que sea, que no mejore con una mamada de Anne», decía.
xxxEn fin, te escribo para pedirte perdón por lo que voy a hacer. El caso es que tengo fotos. Fotos de aquella noche. Fotos de la fiesta en casa de los Montelongo. Fotos de la habitación. Fotos de tus rodillas, juntas, sobre el parqué. Fotos de cómo te atragantabas. Y las voy a publicar. Os etiquetaré a los dos y a todo el que fue a nuestro instituto, familiares, amigos, uno por uno, sin prisas. Y arruinaré vuestras vidas. Acaso por unos días. Pero así estaremos en paz. Espero que lo entiendas. Por mí no te preocupes, no me puede ir peor.

xxxEnviar xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxNo enviar

 

 

 

Torrero, Carlos. Lejos del champagne. Palma de Mallorca; Ed. Sloper, 2019.

 

RED HOT & BLUE

 

TERROR NOCTURNO

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxx«Lo que niegas te somete, lo que aceptas te transforma»
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxC. G. Jung

xxxTodos somos como un puzle de carencias: quien sepa darnos lo que necesitamos conseguirá tenernos.
xxxTony tenía 37 años y desde los 15 dormía de la misma forma. Ya fuera en casa de sus padres, en la suya, una vez que se independizó, en habitaciones de hoteles, en habitaciones de invitados, con pareja, sin pareja… Siempre, siempre dormía de la misma forma. Si no, no podía conciliar el sueño, le apresaba el terror. Aquella coyuntura le causó muchos problemas y noches de soledad. ¿Cómo iban a ir sus amigos del cole a dormir a su casa? Y, ya de mayor, ¿cómo le iban a durar las parejas durmiendo de esa forma?
xxxToni dormía con las puertas del armario abiertas de par en par, las luces encendidas y tumbado en el suelo. Tenía cama, además era de matrimonio y bien cómoda, pero dormía en el suelo. No podía dormir de otro modo. Sus padres le habían llevado a varios especialistas, pero no lograron cambiar su peculiar necesidad ni descubrir el origen de su miedo. Su padre, al principio, enfadado por la factura de la luz, iba a mitad de la noche y se la apagaba, pero Toni se ponía a llorar y a gritar de pánico y su madre iba más tarde a encenderla de nuevo. Así hasta el día de hoy.
xxxNo resultaba difícil imaginar las situaciones por las que pasaba cada vez que conocía a una chica y dormían juntos. Toni era un tipo normal hasta que llegaba la hora de dormir. La primera vez que se acostaba con su pareja de turno hacían el amor sin problemas, sin ninguna peculiaridad ni excentricidad. Pero en el momento en que la chica y Toni estaban a punto de caer en el placentero sueño después del polvo, abrazados, relajados, él se levantaba de la cama, encendía todas las luces del cuarto, abría las puertas del armario, cogía una manta y su almohada y se tiraba al suelo. La chica (todas las chicas), sorprendida y algo enfadada, preguntaba: «¿pero qué haces, Toni?». «Yo duermo así, cariño, lo siento, no puedo hacerlo de otra manera», se limitaba a responder Toni.
xxxAlgunas no le duraban más de una noche, pensaban que estaba loco o que era un gilipollas. Otras, en cambio, trataron de comprenderle, de descubrir qué le pasaba para poder ayudarle, pero era muy difícil mantener una vida de pareja durmiendo de ese modo y abandonaban a las primeras de cambio. Por lo tanto, Toni no había dormido nunca, cuerpo a cuerpo, junto a una chica, no sabía lo que era eso. Ignoraba que dormir con alguien nos aporta miles de datos sobre la otra persona, que podemos conocer sus manías y peculiaridades al mismo tiempo que se fomenta la confianza y la conciencia sobre el otro.
xxxNo sabía nada de eso hasta que conoció a Amanda. Amanda era psicóloga y le ayudó a enfocar y esclarecer el problema del sueño.
xxxSe conocieron en un bar de copas, se gustaron y se dieron los números de teléfono. Quedaron a solas un par de veces hasta que se enrollaron. Luego vino el sexo en casa de ella; Toni se marchaba a su casa de madrugada, por lo que no se descubrió su peculiaridad. Pero llegó el momento de la verdad. Toni la llevó a cenar a su casa y, tras el sexo en el sofá, ella le insinuó que podrían pasar la noche juntos. Toni no se pudo negar. La llevó en brazos desnuda a la cama, donde se entregaron al placer y a la pasión un rato más. Luego se quedaron mirando al techo cogidos de la mano sin decir nada. Ella se giró hacia él para acurrucarse en su pecho con la intención de quedarse dormida, pero Toni pegó un brusco salto y salió de la cama destrozando el encanto del momento. Después encendió todas las luces, abrió las dos puertas del armario, cogió la manta que solía tener preparada, su almohada y se acurrucó en el suelo. «Amanda, me gustas mucho, pero has de saber que yo necesito dormir así, no hay nada que hacer respecto a esto», le dijo Toni con un sincero pesar. Amanda, con su analítica mente —deformación profesional—, vio que aquello iba en serio, y que tal vez se debía a alguna especie de trauma u obsesión. Se tumbó en el suelo al lado de Toni.
xxx—¿Te sientes a salvo en el suelo, con las luces y el armario abierto?
xxx—Sí, así es. Si no hago esto no puedo dormir —dijo Toni.
xxx—¿Te molesta que me ponga a tu lado y durmamos un poco? —maniobró ella.
xxx—¿Por qué no?
xxxSe apretó a él y descansaron. Ella no le quiso presionar y pasaron así un buen rato, en silencio, cada uno haciendo ver que trataba de dormir. Pero, en el fondo, estaban intranquilos, meditando qué decir o hacer. Era una situación nueva para los dos. Un reto para ella y una oportunidad para él.
xxxFinalmente la noche pasó. Amanda no juzgó a Toni ni se asustó por su actitud, y este se sintió por primera vez comprendido. Aquello les unió aún más. Pero un día Amanda pasó a la acción. Hasta entonces le había dado a Toni un tiempo para poder observar su comportamiento, pero no pensaba permitirle seguir durmiendo de aquella forma, era un problema, complejo, síndrome o manía que había que solucionar, pues estaba claro que le impediría tener una vida normal.
xxxAmanda, movida a partes iguales por el amor y por el oficio, entró en la obsesión de Toni, se sumergió en su mundo, en su miedo. Después de hacer el amor él debería dormir plácidamente a su lado, pensaba, pero el miedo, un miedo, no le deja cerrar los ojos. Y él actúa de esa manera —enciende las luces, abre las puertas de los armarios y se acuesta en el suelo— para espantarlo: es su manera de luchar contra el terror.
xxxUna noche, cuando Toni se disponía a comenzar su habitual ceremonia de luces y puertas, Amanda le preguntó:
xxx—¿Qué es lo que sientes ahora mismo, cuando haces todo esto?
xxx—No lo sé… Seguridad, me prevengo, me pongo a salvo.
xxxAmanda no dijo nada y se acostó a su lado en el suelo.
xxx—¿Qué has sentido toda tu vida antes de ir a dormir? —preguntó mientras le abrazaba.
xxx—La hora de ir a dormir —respondió Toni— es como una tortura. Cuando se acerca la hora de ir a la cama es un martirio.
xxx—Verás, Toni, no puedes cambiar lo que temes, pero puedes cambiar lo que haces —le dijo Amanda—. La causa siempre estará ahí, en el pasado, pero el efecto se puede moldear o relativizar en el presente. ¿Qué te pasó, Toni? ¿Qué viste de pequeño?
xxxAmanda se zambulló en la memoria atormentada de Toni. Se hizo un largo silencio. Toni habló:
xxx—Que te acaricien el cabello es hermoso… a menos que sean las tres de la mañana, estés dormido con todas las luces apagadas y estés solo en casa.
xxxMientras decía eso, Toni se puso a temblar.
xxx—¡Yo tenía 5 años, era un crío!
xxx—¿Y el armario por qué, Toni?
xxx—Mi padre, mi padre… me castigaba encerrándome en el armario, me dejaba ahí mucho tiempo —balbuceaba Toni como en estado de hipnosis.
xxx—¿Por qué en el suelo? ¿Por qué Toni?
xxx—El suelo… el suelo es seguro… en el suelo podemos ver lo que hay debajo de la cama, desde el suelo podemos ver que él no se esconde, si duermo en el suelo, el que vive debajo de la cama, no viene a verme —jadeaba Toni, inundado de sudor.
xxx—Él… ¿Quién Toni?
xxx—Él es el que mora en mi habitación cuando llega la noche, él es el que me acarició el pelo aquella vez y el que vi varias veces a través de la rendija de la puerta del armario cuando mi padre me encerraba allí dentro… No es de este mundo, quiere apoderarse de mi alma, por eso he de estar siempre alerta… Yo solo quiero dormir en paz y descansar, estoy agotado…
xxxLa voz de Toni se fue apagando hasta fundirse con el silencio.
xxxAmanda no quiso presionar más, había sido suficiente por aquella vez. Dejó a Toni durmiendo en el suelo, cogió un bloc de notas y un bolígrafo de su bolso y volvió a la cama.
xxxLe fascinó la facilidad subconsciente con la que le habló Toni de sus miedos y traumas, sin esconderlos, sin exagerarlos. «Forma parte de lo que es y lo ha compartido abiertamente», pensó. Anotó en su bloc:
xxxPunto uno: experiencia traumática de terror nocturno a raíz de que alguien le acariciara el pelo no habiendo nadie en casa. Necesidad de luz por seguridad.
xxxPunto dos: episodios de malos tratos y castigos. Su padre le encerraba en el armario. Necesidad de abrir el armario.
xxxPunto tres: fobia disociativa hacia un elemento que él cree que hay debajo de la cama. Si no comprueba in-situ que no hay nada, no está tranquilo. Posible caso de obsesión compulsiva. Personificación en su mente de un personaje inexistente.
xxxConclusión: fobia post traumática por malos tratos y autosugestión continuada a partir de terrores nocturnos en etapa adolescente.
xxxAmanda dejó de escribir. Tenía todo un cuadro psiquiátrico durmiendo a su lado, en el suelo. Estaba decidida a ayudarle, sabía que tenía solución. Sabía que con terapia, psicoanálisis e hipnosis regresiva podría ayudar a Toni a volver a dormir en una cama. Amanda se encajó el antifaz negro en los ojos y se fue durmiendo poco a poco mientras recordaba la historia de Ingrid Bergman y Gregory Peck en Recuerda, de Alfred Hitchcock.
xxxPero hacia las tres de la madrugada Amanda notó cómo alguien le acariciaba el pelo de la raíz a la punta, unos dedos largos y fríos se recrearon en su cuero cabelludo, masajeándolo. Ella se desveló, se giró hacia Toni y comprobó que él seguía ahí, durmiendo en el suelo, mientras ella notaba aún la mano en su cabeza y veía sus largos mechones de pelo levantarse y moverse, de forma ingrávida, en espiral.
xxxSonó un grito en la noche.
x

*****

x
xxxCinco años después, Amanda y Toni son un matrimonio feliz, padres de dos niñas.
xxxEn el suelo de su habitación de matrimonio hay un futón japonés, un tipo de cama sin patas, sin huecos, directa al suelo. En las paredes hay todo un despliegue de apliques, repisas y barras para perchas. No hay cajones ni puertas. Tampoco armario. Las luces de la habitación son de un agradable tono azul suave, bombillas de bajo consumo que aportan un ambiente relajante e invitan a un apacible sueño. ¿Superaron aquel terror? No, pero combatieron con efectividad el mal que les amenazaba, le coartaron toda posible vía para manifestarse.
xxxPorque no podemos cambiar lo que tememos, pero sí el modo de enfrentarnos a ello.

 

 

 

 

CLASISMO

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxx«La resignación es un suicidio diario»
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxBalzac

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxx«Cada clase social tiene su patología»
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxMarcel Proust

xxxLas instrucciones de la dueña de la casa eran precisas: la casa debía estar siempre reluciente y ordenada, la señora no toleraba nada fuera de su sitio ni una mota de polvo. Tenía fama de ser muy estricta y no pensárselo dos veces para despedir a una empleada. Eso fue lo que Cecilia trató de explicar cuando le tomaron declaración, pero no encontró las palabras adecuadas.
xxxNo creyeron que pudiera esmerarse hasta ese extremo en su trabajo, que se apurara a limpiar la sangre de la alfombra y del sofá recién tapizado y a sacar la basura con los papeles, rotos previamente por Cecilia, de aquella nota despedazada por el suelo como si fuera confeti, junto a algún resto de hueso de cráneo y trocitos esponjosos de cerebro. Que sacara el revólver de la mano a la señora, ya muerta, y lo pusiera en el cajón de la mesita de mármol, donde debía estar. Y que, ya con el salón limpio y ordenado, llamara al señor porque a la señora no le hubiera gustado que la encontraran así, sucia, tirada en el suelo en medio de aquel desorden, de esa sangría con trozos de lóbulo por todos lados.
xxxLos policías hablaron de una escena del crimen alterada a posteriori, de huellas dactilares en el arma homicida. De una escenificación preparada. De un homicidio simulando un suicidio.
xxxEl marido dijo que no existían motivos para que su esposa hiciera algo semejante, que el suicidio tenía que quedar totalmente descartado. La señora, la ama de la casa, era feliz, era rica, no había lugar para el suicidio, eso era imposible.
xxxEl abogado aseguró que Cecilia, la interina, sí los tenía.
xxxPor eso ahora Cecilia está presa. Treinta años, dictaminó el juez, que pueden ser menos por buena conducta y horas de trabajo limpiando la cocina y los baños.
xxxElla, que siempre se portaba bien; ella, que lo limpiaba y ordenaba todo, que tenía la casa siempre impecable como siempre le ordenaba su señora, la ama de la casa.
xxxOjalá hubiera leído aquella nota antes de hacerla trocitos y tirarla. Claro está que su situación sería la misma: no habría nota alguna porque todo tenía que estar limpio y la basura sacada, pero al menos sabría qué llevó a la señora a acabar con la vida de ambas.

 

 

 

 

¡ALELUYA!

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxx«La maldad no es algo sobrehumano, es algo menos que humano»
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxAgatha Christie

xxxMi mujer y yo vamos de vacaciones a la Costa Blanca. En la radio del coche llevo puesto un cd de saetas de cantaores de Huelva. La imagen de la Virgen de a Macarena que cuelga del retrovisor se ladea ligeramente siguiendo la fuerza de la prolongada curva en la que acabamos de entrar. Desde nuestro coche observamos cómo el autobús que tenemos delante toma la curva temerariamente, se sale de la vía y da varias vueltas de campana hasta estrellarse contra la ladera del monte. Detengo el coche y vamos corriendo hacia el lugar del accidente. Allí está el autobús desparramado de lado. La escena es dantesca, un escalofrío recorre mi espalda. Hay cuerpos mutilados, sangre, esquirlas de cristal, trozos de piel, miembros amputados, fuego y humo. Al ver el cuerpo sin vida de una mujer en la calzada nos arrodillamos y nos santiguamos: que el señor la tenga en su gloria.
xxx¡Hay que hacer algo con toda esta gente! ¡Deprisa, por Dios! me grita mi mujer. Es cierto, toda esta gente aquí herida, medio muerta o muerta, ¡hay que actuar ya! Asiento con la cabeza y le digo que vaya cogiendo las maletas que han salido despedidas del autocar y las meta en nuestro coche. Yo, mientras, entro en lo que hasta hace poco era un autobús y voy rebuscando entre los cuerpos, ya sean cadáveres o gente inconsciente, anillos, relojes, cadenas de oro, alhajas o carteras. ¡Socorro, ayuda!, grita un superviviente atrapado entre el amasijo de hierros. No alcanzo a verlo. Mejor, él no nos ha visto a nosotros tampoco, nunca sabrá que pudo sobrevivir. No cuentes tus penas, hermano, los buitres se abalanzan sobre los animales heridos.
xxxA lo lejos se escuchan las sirenas. Mi mujer ha llenado el maletero y la parte de atrás del coche con las bolsas de mano y maletas que mejor pinta tenían: si son Loewe, Cartier o Blueberry hay más posibilidades de que contengan cosas de valor. Yo llevo los bolsillos llenos de carteras, joyas y relojes. No ha ido mal, tampoco nos lo esperábamos. Hay que agradecer las oportunidades que el buen Dios nos pone en el camino.
xxxArrancamos y salimos disparados. La cortina de humo va quedando cada vez más lejos a nuestra espalda. Por el camino hacia Peñíscola, mi mujer y yo vamos rezándole al Señor, dándole las gracias. Él, que siempre nos provee y nos cuida… ¡Alabado sea Dios! Cambio el cd de saetas por uno de salmos e himnos. Alabado sea Dios, Jesucristo y la Virgen María.

 

 

 

 

EL ESCONDITE

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxx«La confianza se gana con mil actos
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxy se pierde con tan solo uno»
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxSéneca

xxx—Perdona, ¿te molesto? —me preguntó con la gorra en las manos—. Es que no puedo dormir.
xxxLe hice un gesto invitándolo y se sentó en un lado de mi cama.
xxxEntonces empezó a hablarme de lo deprimido que se sentía. Me confesó que no entendía lo que estaba haciendo allí, ni a sus superiores, ni las órdenes que le daban. Que nunca las había entendido, pero ahora menos, porque cada vez le gritaban más.
xxxTenía miedo de perder su puesto de trabajo.
xxxLuego siguió hablando, esta vez de su infancia y de cómo le gustaba jugar al escondite con sus amigos. Acabó desmoronándose, poniéndose a llorar como un niño, y yo también acabé llorando con él, así que le di un fuerte abrazo y le propuse jugar al escondite un rato, para distraernos y recordar nuestra infancia.
xxxLe dije que a mí también me encantaba jugar al escondite con mis amigos, y le hizo tanta ilusión que tras su risa adiviné el rostro de un niño complacido.
xxxLe propuse que saliéramos al bosque para aprovechar la espesura. Se le iluminó la cara: había una espesa niebla entre los árboles, era una noche perfecta para jugar.
xxxLe dije que contara. Estuvo de acuerdo en que yo fuera el primero en esconderme.
xxx—Buena suerte —le dije.
xxxMientras él contaba hasta cincuenta de cara a un abeto, aproveché para quitarle su pistola Mausser, pegarle un tiro en la nuca, cogerle el uniforme de la SS y ponerle el mío de rayas azules y blancas. Apenas lo sentí por él. Es más, si he de ser totalmente sincero, no lo sentí en absoluto. Ya no sentía nada.
xxxJamás volví a Auschwitz.

 

 

 

 

BÚSQUEDA INTERIOR

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxx«El valor es hijo de la prudencia, no de la temeridad»
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxCalderón de la Barca

xxxLos seres más pequeños e insignificantes pueden darnos grandes problemas que ignoramos.
xxxUn buen día Carlos decidió tomarse un tiempo para encontrarse a sí mismo y, como vio que otros lo hacían, se fue a la India para buscar en su interior. ¿Acaso Carlos se había perdido y no se encontraba? ¿Acaso había perdido algo en su interior? Quería encontrar la paz y, fuera como fuera, el caso es que Carlos fue para allá.
xxxQuiso ir a la India de la forma menos occidental y menos turista posible. Pretendía ser lo más auténtico que pudiera. Deseaba mezclarse con la gente del país, no ser el típico europeo con estatus, dinero, recelo y prevenciones. Le advirtieron de los peligros que corría si no se vacunaba para prevenir la hepatitis A, el tétanos, las fiebres tifoideas, el cólera, la difteria, una encefalitis o la rabia, pero a él le dio igual, quería solidarizarse con las gentes de allí y vivir como ellos. ¿Acaso se vacuna esa pobre gente de todo eso?, decía.estaba seguro de que todas las personas de todos los rincones del mundo son iguales por fuera y por dentro.
xxxUna vez en la India viajaba en plan mochilero, en trenes y buses abarrotados, a pie o en auto-stop compartiendo viejas furgonetas. Pensaba que a través de esa especie de calvario, privándose de toda comodidad (que se podía permitir), alcanzaría antes la iluminación. O algo así. ¿Agua embotellada? Eso es para turistas, capitalistas de occidente, yo beberé la misma agua que beben ellos, depuraré mi cuerpo y espíritu en el Ganges. ¿Comida con especias y picante? Eso es para estómagos europeos. Yo comeré como ellos, me alimentaré de lo que sea, sin caprichos ni lujos; comeré insectos, serpientes, monos o murciélagos, comeré con las manos en platos hechos con hojas si hace falta, afirmaba el bueno de Carlos.
xxxY así pasó Carlos tres meses con su mochila por toda la India, conociendo a sus gentes, sus templos y cultura, alcanzando una extraña calma y una forma de revelación interior. Algo se le comenzó a mover por dentro.
xxxCuando ya se dio por satisfecho decidió regresar, pero hacia el final de su trayecto de vuelta se comenzó a encontrar mal. Sufrió fiebres, vómitos y diarreas, su tensión bajó y no podía comer. Fue a un centro médico.
xxxEl sistema sanitario de la India es un desastre, de hecho la gente se muere, literalmente, en la calle. Sin dudarlo acudió a la embajada de su país ante la imposibilidad de encontrar buenos médicos que le dijeran qué sucedía. Carlos casi no tenía dinero, empeoraba y pidió ayuda a su gente en occidente, familiares y amigos que movieron su petición por redes sociales y algún medio de comunicación. Se organizó una campaña de ayudas y donaciones para sacar al chaval de allí. Con el dinero de la familia, de la recaudación, la colaboración de una aerolínea y la ayuda del gobierno se pudo hacer regresar al chico a casa. A punto de ser repatriado de vuelta a su país, hacia la vieja Europa, en un vuelo fletado con personal sanitario para su atención prioritaria, fue cuando se dio cuenta de todo. En efecto, Carlos buscó en su interior, pero no se encontró a sí mismo, sino a quinientos parásitos intestinales, también conocidos como esquistosomiasis intestinal de la especie Schistosoma Mekongi, muy habitual en Asia.
xxxLuego encontró la fiebre alta, halló infecciones, halló el dolor extremo, el colapso en órganos vitales y finalmente halló la muerte.
xxxSí, todo eso encontró, su búsqueda interior dio resultado: al final halló la paz que tanto deseó.

 

 

 

Romero Mas, Danny. Red Hot & Blue. 70 relatos de lo insólito. Murcia; Boria ediciones, 2019.

 

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