Archivo

Archive for the ‘Relato’ Category

LOS ANTIGUOS DOMICILIOS

 

xxSentimos el presente por melancolía de un pasado que en su esencia no era tampoco tiempo feliz. Este presente que se colma al proyectarlo de nuevo en el objeto que miro y me devuelve la analogía del ayer. (En la pescadería)

 

 

 

 

xx“Tomen el pensamiento más simple —decía Henri Bergson— supónganlo constante, absorban en él la personalidad entera. La conciencia que acompañará dicho sentimiento no podrá permanecer idéntica a sí misma durante dos momentos consecutivos, puesto que el momento siguiente contiene siempre, además del precedente, el recuerdo que éste le ha dejado.”

 

xxUna conciencia que tuviera dos momentos idénticos sería una conciencia sin memoria. Borges escribió Funes el memorioso bajo los efectos de su insomnio y dolor de muelas nocturno. Cada figuración literaria nace generalmente de un dolor o de un aburrimiento. La poesía no nace siempre del dolor ni de momentos baldíos; no existen esos momentos, son solo figuraciones. La poesía es precisamente ese tiempo que habiéndose ido siempre permanece en constante presencia. No es un recuerdo, ni la memoria evocadora. Tampoco se trata de algo que se aprendió y no se olvida. Como si una cortina se abriese de pronto y mostrase algo de lo real, no de la realidad. Hay escrituras poéticas que se trazan a través de la herida. Escribir desde la herida es lo que han hecho poetas como Ana Cristina César, Silvia Plath, Anne Sexton, Cesare Pavese o Delmira Agustini. (Ante un café)

 

 

 

 

xxPuede que retomemos viejos conceptos que tengan en cuenta, sobre todo, lo colectivo. Un retorno al humanismo y a la solidaridad más allá de las estrechas paredes familiares. Situarse ante la invasión de lo que se llama globalización que entra por todas partes, desde el cierre de bares regentados por gente sencilla y reabierto bajo el dominio de familias chinas en casi todas las ciudades españolas, a comercios que llevaban más de cien años en el mismo lugar y por no poder afrontar el alquiler deben cerrar; hasta la compra compulsiva en telefonía de sofisticados aparatos que en manos de cualquiera pueden llegar a ser nefastos. La división cada vez será mayor. Intensidades de conciencia.
xxA menos cultura, menor capacidad de elección, por lo tanto, todo cuanto sirvan en los medios servirá también para dotar a la gente de menos tiempo para ellos mismos, pues su tiempo está constantemente ocupado en las redes de una sofisticada trama que cada vez inventa las maneras de llegar más fáciles, menos complejas. Intuitivo, le llaman a un sistema de búsqueda en Internet. Un niño de dos años tiene más intuición que alguien de setenta en ese territorio. Mientras la brecha se dibuje así, casi todos estaremos en medio de la fractura. La fractura se extiende en varias direcciones. Ya no estamos encerrados en territorios con fronteras; la tierra entera es el territorio. (En la oficina)

 

 

 

 

xxUna bella imagen: colibríes en los respaldos de las sillas. Estoy echada en el sofá. Veo una uve de pájaros que pasan como una ráfaga. Me acabo de despertar de un sueño donde yo no estaba presente. Dicen que no se puede dar lo que no se tiene a quien no es. Por ende, ¿se puede dar lo que se tiene a quien es? (En el sofá)

 

 

 

 

xxEl peor dolor: que no quede espacio alguno. Todo lleno, rebosante de la mierda del yo.

 

 

 

 

xxEl amor entre mujeres no es un tema que me interese especialmente, porque me parece exactamente igual que el amor entre dos personas de cualquier sexo. Se ha castigado y prohibido durante demasiados años la relación entre dos mujeres que, para protegerse, debía estar a salvo de las miradas de los demás; por lo que, acostumbradas a esconderse, los gestos de ambas se encogían transformándose en nuevos códigos que no podían interpretar quienes no estuvieran dentro del mismo campo de signos. Muchas jóvenes no tienen ni idea de lo que padecieron mujeres que podrían ser sus abuelas. Actúan con mayor libertad y no les importa no contar con imágenes especulares ni en la calle, ni en los medios de comunicación, ni en la moda, ni en las revistas del corazón. El escondite es todavía un lugar donde habitar. Me interesa más el proceso de conocimiento que se acentúa cuando se ama a través de un cuerpo. La identidad que quiere el yo no está relacionada con el cuerpo del otro; el cuerpo es capaz de proporcionar placer. La diferencia consiste en olvidarte del yo estando con otra. La otredad no es lo femenino, es una huella que no se contrapone a lo masculino.

 

 

 

 

xxEn el bar de mujeres suele haber menos ruido producido por las conversaciones que en un bar común. Entras y te miran; es una mirada que dura un instante. Miran con curiosidad, pareciendo preguntarse: ¿quién es?, ¿qué hace aquí?, ¿me gusta? Existe cierto rubor, sobre todo entre las mujeres de más edad, en la mirada. En la mirada se pone el cuerpo también, pero hay algo apenas perceptible, una cruda sensación de intemperie. (En el bar)

 

 

 

 

xxLa pareja tradicional hombre/mujer solo tiene en común una serie de intereses y descendencia, una vez ha pasado el tiempo de la pasión. Dice la educación judeo-cristiana que el varón necesita follar más veces; la mujer quiere una pareja que le otorgue seguridad; el varón casi nunca habla de sí mismo, rodea el asunto envolviéndolo de política, fútbol, negocios, recuerdos infantiles… La mujer quiere saber más del otro, es cotilla y curiosa, le importa ser mirada y gustar. En la cama no se avienen siempre, cada uno quiere una cosa y sin embargo ese es el modelo que hasta ahora ha sostenido lo que llamamos sociedad. Es mucho más enigmático en el Islam. Recuerdo que cuando pregunté, en un festival de poesía en Ashilá, a una poeta marroquí, ésta me sugirió que de ese tema mejor no hablásemos y me quedé con el silencio como respuesta.

 

 

 

 

xxHace sol y nos refugiamos bajo un toldo. Pasan las poetas ante el micrófono. Casi todas dicen algo parecido sobre el amor. El amor como una promesa, como algo que es en sí mismo, como un presagio, como un mazazo de dolor, como un anhelo. Ellos, los poetas, son más narrativos, te cuentan la historia de un poeta de una generación anterior y le dedican el poema, no se preocupan tanto del amor. Me maravillo pensando en la fuerza de nuestra mente para seguir creando complejos estados de ánimo mediante palabras que apenas alcanzan a expresarlo. (En una lectura poética)

 

 

 

 

xxPasaron siglos en veinte años. Jóvenes poetas se preocupan de su atuendo, de su pelo, de su boca, son como actrices que no han encontrado su escenario y la escena no logra seducir. Han asimilado lecturas de filósofos, de mujeres famosas a principios del siglo XX por su apuesta vital. Rescatan del olvido voces de heroínas codificadas en el envoltorio consumista. Pasan de un relato a otro como si ya lo hubiesen visto todo. No hay el menor gesto de inseguridad, un atisbo de duda, un mínimo titubeo. ¿Qué será de ellas dentro de dos décadas; habrá pasado otro siglo también? (En otra lectura poética)

 

 

 

 

xxLa poesía escrita por jóvenes siempre se ha dejado influir por las modas. Tengo la sensación de que el tiempo se quedó más detenido en la poesía que en la música o en la pintura. Siento un gran estupor cuando leo poemas que se escriben con la misma horma barroca o neoclásica, como si el castellano no hubiese evolucionado. He llegado a escuchar a algún poeta joven, al hablar de poesía latinoamericana, decir orgulloso: “Al fin y al cabo nosotros llevamos el castellano a América.” No se puede ser más españocéntrico. Olvidan que la evolución de la lengua dio vida al argentino, uruguayo o colombiano utilizando palabras como placard, friser, nona, azúcar impalpable, de raíces italianas y francesas; o chancho y chacra, que vienen del guaraní y del mapuche incorporándolas al mismo idioma. El castellano de Lezama Lima, con tantas apretaduras y claros, es un ejemplo de respiración en la densidad, así como el de Leónidas Lamborghini, que inventó una lengua para expresar su deseo. ¿Y el aura de las palabras de Juan L. Ortiz? O los breves y certeros aforismos de Antonio Porchia:
xxEl hombre habla de todo y habla de todo como si el conocimiento de todo estuviese todo en él.” (En el bar)

 

 

 

 

xxCuando todo está hecho, las mañanas son tristes, escribió Antonio Porchia. El joven quiere triunfar pronto, y es natural, forma parte de la fuerza de la juventud, pero se equivoca cuando se mira en el espejo, dejándose acompañar solamente por quienes piensa que no le hacen sombra, coetáneos que en el fondo desprecia. Y se sirve de ellos para que expresen epigonalmente la línea poética que dice haber inventado. La experiencia nos dice repetidas veces que la gloria es efímera y en su búsqueda se afilan verdaderos puñales. No es lo mismo ser un ególatra gracioso que un solitario impostado. Los jurados de los premios de poesía se repiten y repiten hasta la saciedad. Hay gente de 30 años que tiene un currículum de catedrático. Siempre fue así, por eso no hay temor a que la poesía desparezca. (En una lectura poética)

 

 

 

 

xxTe atraviesa como un fantasma. Es, de cierta manera, un virus que aparece en el momento más inesperado porque está latente. El virus no tiene efectos letales, pero es molesto. L. me decía, mientras tomábamos un té, que lo importante es conocer la razón por la que a mí me afecta, e indagar en la vulnerabilidad que me provoca esa persona. No hay día en que no me encuentre con rastros de ella. No sé si lo que más me fastidia es que durante mucho tiempo llegué a creer que era “la mejor”, pero las creencias no las tienes tú, son ellas las que se apoderan de una. Quizás sea mejor decir que estaba convencida de sus cualidades. ¿O cantidades?

 

xxNo, en realidad no es el cuerpo, es la palabra. Nombrar también se acaba, decía Paul Celan. Te nombro con mi destino. Se suicidó transido de dolor. (En la oficina)

 

 

 

 

xxLa imagen de la naturaleza como un circuito equilibrado no es más que una proyección retroactiva de los seres humanos. Ésa es la lección de las recientes teorías del caos: la naturaleza es ya, en sí misma, turbulenta, desequilibrada; su regla no es una oscilación estable en torno a algún punto de atracción constante, sino una dispersión caótica dentro de los límites de lo que la teoría del caos denomina el “atractor extraño”, una regularidad que dirige el caos. Deleuze y Guattari conocían bien la “naturaleza humana” y se adelantaron dejando en sus escritos, con una gran complejidad, muchos acontecimientos políticos que retornan cíclicamente. Del caos nacen los medios y los ritmos, el caos no es lo contrario del ritmo, es el medio de todos los medios, sin caos no hay ritmo. Todo está estrechamente imbricado: el tejido adiposo de la musculatura y la intangible conciencia, el deseo que pusiste en un cuerpo y la manera de cruzar la calle. No habría fisuras sin caos. Es en ellas donde se produce casi todo acontecimiento. Este capitalismo que nos tritura como una máquina hace que todo tienda al caos, a la disolución; por lo tanto más ritmo, más movimiento, ir a la velocidad del caos, sumergirse en su intensidad, darle la vuelta al azar, todo es posible si lo nombras. (Leyendo)

 

 

 

 

xxLos gatos, ¿son el mismo gato? (En el semáforo)

 

 

 

García, Concha. Los antiguos domicilios. Sevilla; Ed. La Isla de Siltolá, 2015.

 

LOS REGALOS DE LOS AMIGOS (LV)

febrero 15, 2018 1 comentario

Hace unos meses me regalaron el número uno de la revista el vuelo del flamenco. Aunque siempre es una alegría el nacimiento de una revista de poesía, quizá el equipo editor debería aspirar a que la revista se defendiera con la calidad de los textos que aparecen en ella.

 

 

Si hay algo destacable por encima de todo lo demás, son los relatos pertenecientes a Francisco Cenamor. Estos.

 

[yonkis]

He tenido un sueño. Me sentaba a contemplar el lugar donde viven los negros, con sus lavadoras, sus televisores, su libertad. Soy un orgulloso negro americano con la sangre agujereada. La saliva comenzó a salir de mi boca empapando la ropa nueva recién sacada del contenedor. El edificio empezó a empequeñecerse, ocupé todo el espacio. Al fondo del pasillo pude ver el espejo. Traté de tocarlo. Bubbles, dijo un cuerpo a mi lado, esta mierda es grande. Soy un negro orgulloso, me llamo Martin Luther King y soy un yonki. Ahora el policía es un negro, el camello es un negro, el que hace las tablas de la Ley es un negro, el que mueve las figuras sobre el tablero es un negro. He tenido un sueño.

 

 

[policías]

Tienes miedo. La primera vez que empuñas un arma en la soledad del barrio, la oscuridad riéndose de ti, tienes miedo. Nunca habías pensado que tu sudor oliese tan fuerte. Retrocedes un paso y algo salta a tu derecha. Te tiemblan las manos pero debes continuar. ¡Hey tú, sal de ahí!, dices. Descubres algo varonil en tu voz y crees tontamente que eso te dará fuerzas, las manos donde pueda verlas. Click, escucha, ¡bang! Es tu respuesta, asombrada observas el humo, el cristal destrozado, el tipo descompuesto que se arrodilla, se tumba en el suelo, pies y manos abiertas, él ya sabe. No dispare agente. Esta vez
has fallado. ACAB,
lees en el muro
de enfrente

 

 

[soldados negros]

Yo también soy un soldado en las calles de Baltimore. Me mueve el verde. Aunque tengo buenas ideas, no salgo de este maldito agujero. Inventé la delación sin palabras, el disparo que retrocede en el tiempo, las huellas dactilares de los ojos del testigo presencial, el miedo a mi propio bando, el tráfico de drogas dulces, la inmortalidad de los peones, las lágrimas de la cucaracha que da la mano al cadáver,
el desayuno de nuggets de pollo,
los colchones vacíos

 

EL MAYOR DESTIERRO

 

La soledad no deseada es el mayor destierro al que estamos condenados en el instante de nacer. Nos olvidamos de ella cuando estamos (entre)tenidos, cuando creamos lazos afectivos o familiares, cuando comenzamos trabajos y terminamos una obra. La soledad está ahí, latiendo, presente, con aspecto cadavérico; a veces un gesto de alguien que te arranque de cuajo de este sitio vale lo suficiente como para continuar en “este mundo”. (Un recuerdo)

 

CUESTIÓN DE PIEL

 

Hace tiempo que nos conocemos, sin embargo nunca nos aproximamos más de lo que se pueden aproximar dos seres que no pueden ofrecerse afecto. Lo afectivo es una cuestión de piel y no de voluntad.

 

NUEVAS VIDAS EJEMPLARES

diciembre 11, 2017 Deja un comentario

Hace unos años cayó en mis manos ‘En Babia’, un libro en el que Julio Llamazares recopilaba algunos artículos suyos aparecidos en prensa. A punto de terminar las últimas cincuenta páginas del libro dejo aquí uno de los que me han parecido magníficos y que en su momento fue publicado por El País el 15 de mayo de 1988.

 

 

NUEVAS VIDAS EJEMPLARES

xxLatón y Whisky eran dos perros vagabundos que consumieron el ciclo de sus perras existencias por las callejas y portales del turbulento barrio de Chueca, en el centro de Madrid. Al parecer, Latón y Whisky habían trabajado años atrás como guardas de un garaje de la calle Augusto Figueroa; pero su falta de ambición y de profesionalidad, unida a sus continuas e injustificadas escapadas tras las perras en celo y los repartidores a domicilio de las carnicerías del barrio, determinaron al dueño del garaje a ponerles de patitas en la calle, sin indemnización por despido y sin paro.
xxDesde entonces, Latón y Whisky —pajizo y pinto, respectivamente, y llenos de mataduras ambos— se dedicaron a vagar por las calles del barrio hasta acabar formando parte inseparable de su paisaje urbano cotidiano. En la calle vivían y en la calle dormían, lo mismo en los rigores del invierno que en las plácidas noches madrileñas del verano, entre los corrillos de camellos de la plaza, los improvisados desfiles de modelos de los gays y los travestis de la calle Pelayo, los cubos de la basura, el brillo de las navajas y las redadas policiales. Pero con Latón y con Whisky nunca se metió nadie. Serviciales y cautos, amigos de sus amigos y discretos como pocos cuando la ocasión así lo demandaba, los dos ex guardas de garaje habían sabido granjearse la amistad y el cariño de la gente del barrio y todos, vecinos y foráneos, honorables ciudadanos con horario de oficina y matrimonio honrado y traficantes de heroína con varios crímenes de sangre a sus espaldas, contribuían a su supervivencia comprándoles comida y realizando, incluso, colectas solidarias para pagar la fianza del rescate en las dos o tres ocasiones en que a Latón y a Whisky se los llevaron detenidos los laceros municipales.
xxLas pasadas Navidades, sin embargo, Latón y Whisky fueron nuevamente detenidos sin que sus valedores en el barrio, de vacaciones fuera de Madrid o demasiado atareados con las celebraciones familiares de esas fechas, se enteraran. Cuando quisieron darse cuenta, para Latón y Whisky era ya tarde. En alguna anónima perrera, los dos ex guardas de garaje habían sido ejecutados, sin que ninguno de sus amigos hubiese podido acompañarlos en sus últimos instantes y sin haber visto quizá jamás el campo, y ahora ladraban y corrían por las praderas infinitas del cielo de los perros, lejos de la ciudad en la que habían pasado sus mejores y, también, sus peores años.
xxEn las praderas infinitas del cielo de los perros, Latón y Whisky seguramente habrán ya conocido a otro gran personaje del barrio: el perro invisible de la plaza de la Villa de París. Al perro invisible, como su propio nombre indica, nunca lo ha visto nadie. Su dueño, un hombre ya mayor, con abrigo impecable y larga correa de cuero siempre pendiente de la mano, le saca a pasear todas las tardes, junto con los restantes perros que pasean y retozan por los setos de la plaza de la Villa de París, hasta la que Latón y Whisky se acercaban a veces tras el rastro de alguna perra en celo cuyos aromas amorosos hubieran detectado desde el portal en que, por turnos, estuvieran durmiendo y montando vigilancia.
xxEl dueño del perro invisible es particularmente temido por todos los asiduos y habitantes de la plaza. Yo lo conocí cuando llegué a Madrid, hace ya varios años, y durante dos o tres, aguanté estoicamente sus continuos monólogos sobre las habilidades, 144 hazañas y gracias de su perro. Tardes enteras he pasado conociendo al detalle su horario de comidas, su régimen dietético, su estado de salud y hasta sus cambios de carácter, sin haber tenido nunca la precaución ni la curiosidad de preguntar cuál era, de entre todos los perros que corrían y jugaban por la plaza, tan ilustre y mimado personaje.
xxUn día, al cabo de dos o tres años, otro dueño de perro se encargó de aclarármelo. El perro no existía. El tan mentado can, cuyo horario de comidas y hazañas más notables conocía de memoria, como si fuera ya uno más de mi familia o de mis compañeros de trabajo, nunca lo había visto nadie, pese a que su dueño lo sacase a pasear todas las tardes. Reconozco que, ante tal revelación, me quedé desconcertado. Por un instante, a mi memoria acudieron historias truculentas y episodios románticos de palabras que llegan de ultratumba y de madres que acunan a sus hijos después de varios años muertos y enterrados. Pero, en seguida, mi acompañante se encargó de rescatarme de la literatura y de devolverme a la realidad: «No, hombre, no. Éste no es ningún romántico. Éste lo que es es el más listo de la plaza. Mira: tiene todas las satisfacciones que a nosotros nos dan los perros (la lealtad, la protección, la compañía) y, en cambio, no tiene que vacunarlo, ni que darlo de comer, ni que preocuparse siquiera de ver a quién lo deja cuando se va de vacaciones o de viaje».
xxPero el perro invisible no es, pese a su particular e inaprensible identidad, el verdadero personaje de la plaza. El verdadero personaje de la plaza de la Villa de París —y, por extensión, de todo el barrio—, el auténtico jefe, el decano, es Bernardo.
xxBernardo nació en Arenas de Cabrales, en la patria del queso picón, hace cuarenta y ocho años y estudió —dice él— en la Universidad Laboral de Gijón hasta los dieciocho. Cierto o no, el caso es que Bernardo lleva varios ya en la plaza de la Villa de París, sentado en un banco, con la botella al lado, viendo pasar la vida y a los procuradores y magistrados del Tribunal Supremo por delante. Bernardo es un vagabundo vocacional. Y constante. Se define como un hombre que se siente «conforme con su conformidad» y, en todo caso, si alguna vez culpabiliza a alguien de su situación económica y social es a las mujeres: «Mira, Julio, yo tengo un defecto, y es que a mí gústanme mucho las mujeres. Y, evidentemente, un hombre como yo, que le gustan tanto las mujeres, como comprenderás no puede tener un horario».
xxUno podrá estar de acuerdo o no con él, uno podrá compartir o no la intensidad en la afición y en el desvelo, pero lo que nadie podrá negar nunca a Bernardo es la incontestabilidad de su argumento y su constancia indesmayable a la hora de ponerlo en práctica. Y ello pese a que, en realidad, a Bernardo, aun con dedicación exclusiva y sin horario, apenas le quede tiempo para dedicárselo a las mujeres. El rellenado y vaciado alternativo de la botella de vino —que, a veces pienso, bebe por cosechas adelantadas— y la conversación distendida y pacífica con los dueños de los perros y los restantes vagabundos de la plaza ocupan prácticamente su jornada laboral diaria.
xxBernardo, aunque vagabundo, no pide nunca nada a nadie (salvo en las bodas de la iglesia de Las Salesas, cuya productividad calcula antes, a tenor de los trajes de los invitados) ni falta que le hace. Bernardo es amigo de todo el mundo —sobre todo, de los perros— y, como, por otra parte, conoce como nadie el nutrido rosario de conventos, casas de caridad, comedores benéficos y asilos municipales que jalonan la ciudad para alivio y socorro de los desheredados, se pasa el día en su banco, contemplando el paisaje y tocando la armónica, cuya música alterna cada dos o tres minutos con un solo de trompeta, que es como él mismo le llama al gesto de empinar y sujetar con tino la botella cara el cielo para beber más rápido. Mientras tanto, cada poco, una mujer se acerca para traerle un bocadillo o una fiambrera con comida, otro le da diez duros, otro tabaco y otro, en fin, una chaqueta vieja o una revista de automóviles —Bernardo, al parecer, como Latón y Whisky, trabajó años atrás en un garaje y conserva de ese tiempo la afición a la mecánica—, que él agradece siempre con grandes reverencias, pero sin rebajarse. Bernardo es un vagabundo, pero no pide a nadie.
xxPor lo demás, Bernardo es un vagabundo muy sociable. Sin apenas moverse de su banco, salvo para reponer combustible o hacer algún recado, recibe continuas visitas de personas muy distintas y dispares. Vagabundos, arrenderos, dueños de perros, policías, drogadictos, magistrados, itodos ien ila iplaza ison iamigos ide iBernardo. iBernardo ies itan iconocido —y tan querido— que incluso recibe cartas de su banco. No hace mucho, yo mismo le envié una postal desde Galicia a la siguiente dirección: «Bernardo. Plaza de la Villa de París, s/n (en cualquier banco). Madrid». Y le llegó. Un conserje del Palacio de Justicia, de uniforme, se la fue a entregar en mano.
xxPese a todo, Bernardo, como todos los vagabundos, es un gran solitario. Desde que la Canaria, su última novia, le dejó —a él no le gusta hablar de ella, pero todavía se le humedece la voz cuando lo hace—, Bernardo arrastra su soledad por los bancos de la plaza. Todo el mundo le quiere, todo el mundo le invita, todo el mundo le habla. Pero, cuando cae la noche, en la plaza de la Villa de París, Bernardo se queda solo, con su botella de vino y su armónica, sentado en su banco. En cierta ocasión, sufrió una crisis epiléptica y, al volver en sí después de un rato y ver cómo tres o cuatro perros, sus verdaderos amigos, le miraban preocupados, alineados en corrillo en torno suyo, comentó sin dirigirse a la historia de la literatura y sin saber siquiera que nadie le escuchaba: «¿Qué tendré yo, que me quieren más los perros que las personas?». Y la pasada Nochebuena, al encontrarme con él hacia la media tarde y preguntarle yo dónde iba a cenar aquella noche, Bernardo me respondió, no sé si irónico o nostálgico: «No sé. Me han invitado a cenar en varias casas. Pero hoy es un día tan íntimo, que casi prefiero cenar solo aquí, en mi banco».
xxBernardo es el decano, pero no el único vagabundo de la plaza. Por la plaza de la Villa de París, y por las plazas y calles aledañas, deambula, vive, duerme y sueña un rosario interminable de personas cuya conformidad es sólo comparable a su pasividad, y su pasión por la ciudad y por la vida al desapego que demuestran por cuanto éstas les puedan ofrecer. Locos, heterodoxos, vagabundos, mártires, todos tienen en común la misma falta de ambición, el mismo individualismo visceral y exacerbado y la misma marginalidad existencial, muchas veces elegida de manera voluntaria. Ellos no se consideran economía sumergida ni parásitos sociales. No piden cuentas a la sociedad, pero tampoco admiten que ésta se las pida a ellos. Viven en los márgenes de la ciudad y de la vida, arrastran tras de sí pasados turbulentos y, a veces, puramente novelescos y, como tampoco esperan nada del futuro, se sientan en un banco a ver pasar el tiempo, su único enemigo. Son, como diría Bernardo, gentes conformes con su conformidad, gentes conformes con sus vidas, o al menos no enojadas.
xxGermán, ipor iejemplo, iera iun iclaro iexponente ide icuanto iqueda idicho. iDe ipasado ibrumoso —sólo se sabía de él que había sido legionario, y eso por los tatuajes—, se pasó los dos o tres últimos años de su vida en los bancos de la plaza, permanente y brutalmente borracho. Cuando le preguntaban por qué estaba en la plaza, Germán decía que para controlar los movimientos que hacía por el Palacio de Justicia el abogado encargado de la tramitación de una pensión que había solicitado hacía ya diez años. Germán murió una noche de un infarto sin ver su pretensión cumplida y me temo que, también, sin llegar a conocer nunca a su abogado.
xxManolo el Sparring vive todavía y comparte muchas veces su banco con Bernardo. Manolo fue sparring de Folledo y de Durán y, ahora, con el boxeo en horas bajas y sin que nadie le agradezca los golpes recibidos ni los servicios prestados, duerme en una caja de cartón, envuelto en varias mantas, en una esquina de la plaza, recordando sus momentos estelares y soñando sin duda muchas noches con el combate por el título del mundo que nunca pudo realizar.
xxCarlitos vive en una casa de la calle San Gregorio, pero se pasa el día en el portal, contemplando el paisaje y saludando uno por uno a todos los viandantes. Carlitos, cabeza al cero y afeitada y luengas barbas venerables, tiene dos tocados peculiares para cubrir su calva, según la temporada. El del otoño-invierno es el de caza: un sombrero hecho con el plumaje íntegro de un águila. El de primavera-verano es el de pesca: un cascarón de centollo del que penden largas ristras de conchas y calabazas y que le confieren el aspecto de un extraño peregrino que nunca se decidiera a ir a Santiago.
xxHay más. Bastantes más. Está el ciclista que llega en bicicleta todos los días a la plaza, la desmonta pieza a pieza —la bicicleta está realmente preparada: tiene dos timbres, dos bocinas, una bomba, una caja de herramientas, un sinfín de reflectores y accesorios secundarios y dos banderines con el escudo de Castilla-La Mancha— para, luego, en sentido inverso, volver a montarla y alejarse orgulloso pedaleando sobre su máquina. Y, eso, todos los días del año. Está también el pintor portugués, un genio desconocido por galerías y marchantes al que Bernardo, muchas noches, tiene que dar parte de su cena y dejarle su colchón y sus mantas. Está el anarquista asturiano, un insigne jubilado sin cotización bastante para cobrar la pensión o el paro —por supuesto, por culpa del Estado— que cada vez que ve pasar un cura por la plaza se pone malo. Y está, en fin, el barbero gallego que, por la voluntad —que, aunque sea mucha, nunca puede ir muy bien acompañada—, les corta el pelo a todos los demás en los mismos bancos de la plaza.
xxPero el oficio de vagabundo no es privativo de los hombres. Hay también, aunque menos, vagabundas, misteriosas mujeres que deambulan por las calles recogiendo cartones y hablando solas en voz alta. En territorio de Bernardo hay, al menos, cuatro o cinco reseñables. Una, anciana ya y alcoholizada, recorre las calles por las noches anunciando el fin del mundo con un grito apocalíptico y ciertamente espeluznante: «¡Follad, follad, hijos de puta, que el mundo va a acabarse!». Otra canta villancicos y boleros y tiene como especialidad una versión apócrifa del Cara al sol para uso exclusivo de republicanos. Otra ríe día y noche, sin descanso, desde hace muchos años y otra, mucho menos optimista y sin duda más violenta, insulta a todo el que se cruza en su camino y asegura que el Gobierno tiene a todos sus hijos metidos en barras de hielo, congelados.
xxPero, sin duda, la que Bernardo más recuerda es Rosa, la Canaria, una mujer todavía joven —no pasará de los treinta y cinco años— que compartió con él la botella y el banco durante dos o tres años. Rosa, de quien Bernardo asegura que era licenciada en Filosofía y Letras, desapareció un buen día de la plaza sin dejar rastro, igual que había llegado. Bernardo la echa de menos y, en el fondo, todavía mantiene la esperanza: el guisante, dice, siempre acaba viniendo al palo.
xxEl camarada Lorenzo Anguso Arribas no es propiamente un vagabundo. El camarada Lorenzo Anguso Arribas es todo un caballero, aunque su economía no sea muy boyante, y tiene a gala el haber sido el único español que atentó contra Franco.
xxPor los años cincuenta, el camarada Arribas —entonces camarada del sector contestatario de Falange— preparó en la pensión de la calle del Pez en que vivía una bomba casera con pólvora prensada en un bote vacío de tomate. El artefacto hizo explosión en la explanada del Valle de los Caídos, un día de concentración plenaria, a casi dos kilómetros del palco presidencial y media hora después de que Franco hubiera ya marchado. Pero a Lorenzo aquello le costó ser detenido —del consejo de guerra le salvó su condición de militante de Falange— y, desde entonces, sostiene con orgullo la vitola de haber sido el único español que se atrevió a atentar contra Franco.
xxCon el camarada Lorenzo Anguso Arribas, ahora camarada del Partido Comunista de los Pueblos de España (sector crítico, claro), tomo café en un bar de la calle Campoamor algunas tardes. Lorenzo, que une a su pasión por la política pasada y a su culto verbo arcaizante un singular parecido con Azaña —parecido que le sirvió para encarnar físicamente el personaje en la aún inédita película Casas Viejas, cuyo papel ensayaba en el bar, subido en una silla, y del que, en el rodaje, se comió un día las verrugas postizas al caérsele éstas en el plato—, tiene, al margen del atentado contra Franco, un turbulento y atrabiliario pasado a sus espaldas.
xxEn los años cuarenta, por ejemplo, el camarada Arribas se vistió de obispo plenipotenciario y dio un sermón a las beatas que habían acudido a la misa de nueve a la catedral de Zamora, su ciudad natal, de donde, a raíz de ese suceso, fue extrañado, siendo acompañado por la guardia civil hasta la raya de Salamanca. Lorenzo jamás volvió a Zamora. Atrás dejaba, según propia confesión, una ciudad pacata y reaccionaria y una familia de latifundistas burgueses y provincianos que no sólo se contentó con desheredarle, sino que nunca más volvió ya a mirarle a la cara.
xxEn Madrid, el camarada Arribas se hizo falangista, luego espía nasserista (entre sus servicios cuenta su intervención en el fallido golpe de Muñoz Grandes y en el desmantelamiento de un atentado preparado para matar a Fidel Castro), más tarde comunista y, finalmente, miembro de la Asociación «Ambrosio Morales», sector crítico (que quede esto bien claro), dedicada a la conservación del patrimonio artístico de España. Entre la conservación del patrimonio y la política, el camarada Arribas —cuya vida privada ni siquiera conocemos los que con él tomamos café todas las tardes— pasa sus días, feliz y ensimismado. Al mediodía, después de comer (o antes, que eso tampoco lo sabe nadie), recala por el bar para seguir, incansable, teorizando. En el bar, ante una taza de café, que acostumbra a endulzar con dos y hasta tres sobres de azúcar y al que casi siempre está invitado, Lorenzo habla y habla, sin escuchar a nadie, siempre de política y siempre del pasado, interrumpiendo sólo su verbo torrencial para llamar de tarde en tarde por teléfono a la familia de algún viejo camarada fallecido o a la Embajada de la URSS o de Polonia con el fin, dice él, de advertir a sus agentes de que Solana —a quien finalmente acabará teniendo que pagar esa llamada— es un agente descarado del imperialismo americano.
xxPero Lorenzo no está solo en su lucha contra el imperialismo contrarrevolucionario. A veces, se hace acompañar hasta el café de un joven e hipotético ayudante, que, más que secundarle, tiene la rara virtud, bien que por exceso, de exasperarle. Aquilino, que ése es el nombre de tan curioso personaje, vuelca tanto sus fuerzas en la política y en el espionaje —para él, todos somos espías mientras no se demuestre lo contrario— que ha olvidado por completo sus deberes ciudadanos y sus siempre ominosas servidumbres materiales: a la fecha de hoy, Aquilino debe ya siete meses de pensión y algunas cuentas más por restaurantes y bares de toda la ciudad. Aquilino pretende que esas deudas se las cancele la Embajada libia (se supone que por los servicios prestados). Lorenzo dice que a Aquilino, como siempre está hablando de política y de espías y no tiene vida sentimental ninguna, el esperma se le acumula en el cerebro y se está volviendo loco.
xxHacia las cuatro de la tarde, el camarada Arribas, solo o en compañía de Aquilino, sale del bar y se pierde en la ciudad, decidido a seguir alimentando en solitario las viejas llamas del patrimonio artístico y del espíritu revolucionario. En alguna ocasión, sin embargo, antes de perderse por la esquina de la calle, desde la cristalera del bar, le he visto cruzarse con Bernardo. Cuando eso sucede, los dos se miran un instante —yo mismo les he presentado—, se saludan ceremoniosamente y siguen caminando, cada uno por su lado. Pienso entonces qué pensarán uno de otro, qué camino les guía, a dónde van cuando se separan. Y, sobre todo, de dónde vienen, qué camino han recorrido hasta este punto, qué fuerza o qué recuerdos hasta aquí les ha arrastrado. O, por decirlo con palabras de Los Beatles, ¿de dónde viene toda esta gente solitaria?

 

 

 

Llamazares, Julio. En Babia. Barcelona; Ed. Seix-Barral, 1991.

 

BOCA ABAJO

noviembre 18, 2017 Deja un comentario

 

El relato con el que se abre el nuevo libro de Javier Moreno, ‘Un paseo por la desgracia ajena’, publicado por la editorial Salto de página, es esta maravilla:

 

BOCA ABAJO

—Una vez di una vuelta de campana —pronunció sin desviar la mirada de la carretera.
xxApreció en el tono de sus palabras el desprendimiento de quien ha visto pasar muchos años y siente los acontecimientos de su juventud como si perteneciesen a alguien distante pero que alguna vez estuvo próximo, un familiar al que le perdimos la pista, un viejo amigo.
xxAl otro lado del parabrisas las nubes blancas contrastaban con el fondo azul, artísticamente dispuestas por alguien que hubiese estudiado en profundidad la obra de los maestros flamencos. La naturaleza se complacía en imitar a veces el arte y eso causaba en quien la contemplaba una plácida sensación de reconocimiento y de conformidad con la creación.
xxRetrepándose un poco en su asiento se preguntó por qué su padre se había animado a hacer aquella confesión precisamente en aquel momento, después de tantos años. Hizo un repaso mental del hilo de la reciente conversación por si algo en ella pudiese motivar el desvío, el recuerdo de aquel accidente. Pero no encontró nada, ninguna asociación. Sólo las típicas observaciones acerca del tiempo y del paisaje. Tal vez su padre había materializado una metáfora a partir de algún suceso intrascendente, una ligera pérdida de atención, un giro desmesurado del volante… Pero así era la poesía, indistinguible en ocasiones del puro azar.
xx—¿Y eso cuándo fue?
xx—Cuando era joven. Mucho.
xx—¿Como yo?
xx—No tanto.
xx—¿Ibas con alguien?
xx—Sí. Con un amigo.
xx—Pero no eras tú quien conducía.
xxSu madre había decidido abandonar su mutismo, salir de uno de esos intervalos durante los cuales se remitía a ser testigo de un espectáculo que sucedía en su interior y al que nadie más lograba tener acceso. A veces imaginaba que ese espectáculo tenía algo de terrible a pesar de su presumible banalidad, o precisamente debido a ello.
xx—No, no era yo quien conducía.
xxEl paisaje al otro lado de la ventanilla era un conglomerado de árboles, no lo suficientemente espeso como para catalogarlo como bosque. Tal vez cuando alcanzasen mayor altura, pensó, la vegetación se adensase, o quizás ocurriese todo lo contrario, de acuerdo a una de esas inexplicables leyes de la naturaleza.
xx—No deberías hablar de eso ahora. No cuando vas conduciendo.
xxNo estaba dispuesta a dejar que su madre atajase aquel momento de confidencia paterna, por otro lado tan infrecuente. Fuese cual fuese el motivo, su padre había decidido hablar de aquel accidente. Un pez maravilloso había asomado sus brillantes escamas y no deseaba dejar que se perdiese de nuevo en la profundidad de las aguas.
xx—Qué sucedió.
xx—Habíamos bebido. Llovía y mi amigo conducía demasiado rápido. El coche derrapó.
xx—Deberías centrarte en la conducción.
xx—Olvidarme del paisaje y pegarme a la raya del centro. Quieres decir eso. Ser como una pelota de golf cuyo único objetivo es caer en un oscuro agujero.
xx—Mamá, me gustaría que papá terminase su historia, si no te importa.
xxLo que ocurrió fue que el silencio se impuso en el interior del coche, como una tregua o un alto el fuego que los contendientes respetasen a regañadientes. Regresó la mirada al exterior buscando algo, un pájaro remontando el vuelo, el tronco resquebrajado de un árbol, cualquier cosa que restase monotonía al paisaje.
xx—Puede decirse que durante un par de minutos contemplé el mundo boca abajo. Fueron dos minutos solamente. Los dos minutos más intensos de mi vida.
xxTodavía quedaban un par de horas para llegar al destino previsto, una cabaña en la montaña, la misma desde hacía años. Recordaba el tacto de los nudos de madera de las paredes, el olor  humedad del baño y la vista desde la ventana de su habitación, un manto de fresca hierba que conducía hasta un lago donde se reflejaba invertida una cordillera de montañas nevadas; una imagen que a veces acudía a su cabeza en la facultad, en el metro, aburrida delante de un libro, como una suerte de defensa que su imaginación esgrimía contra la rutina y el estrés cotidiano.
xxLa calefacción evitaba que el frío exterior se colara dentro del coche. Pensó en la última frase que había pronunciado su padre. De algún modo se sentía ofendida. Le habría gustado que su padre reservara esos dos minutos de intensidad para el instante de su nacimiento, o el de su boda, o para algún instante todavía futuro, algo más romántico que estar boca abajo buscando un cinturón de seguridad.
xx—Y conseguisteis salir por vuestro propio pie.
xx—Nunca lo habríamos hecho. Resulta difícil orientarse cuando uno está boca abajo, y más aún después de un golpe.
xx—Te estás acercando mucho al arcén.
xxEra de nuevo su madre la que había interrumpido la charla, empeñada en que el recuerdo no estropease la acuciante realidad. Una familia viajando a cien por hora en una carretera poblada de curvas. la ley de inercia. la gravedad. Se visualizó a sí misma como ese elefante que podía aplastar a su familia en caso de un frenazo repentino. El alquimista Newton y sus zafios divulgadores.
xx—El arcén.
xx—Estábamos a punto de pisar el arcén.
xx—Estar a punto…
xxSu madre había girado la cabeza y lo miraba con una mezcla de interés e irritación. Él, sin embargo, seguía con la mirada concentrada en la carretera. Se le cruzó por la cabeza, fugaz, la imagen de un saltador a punto de lanzarse desde un trampolín.
xx—¿Crees que estábamos a punto de pisar el arcén, Elena?
xxGuardó silencio, sin ánimo para terciar en una discusión que la alejaba del hilo original, para tomar partido por ninguno de los dos contendientes.
xx—Elena no puede ver la línea desde atrás.
xx—Tal vez la rama de un árbol estuvo a punto de rozarla. ¿Confías en tu padre? —preguntó, y vio sus ojos reflejados en el retrovisor. Unos ojos que la requerían, colmados de un irrepetible deseo de constatación de bondad.
xx—Confío en la probabilidad.
xx—¿La probabilidad?
xx—En que la probabilidad de que un hombre acabe dando dos vueltas de campana a lo largo de su vida es prácticamente nula.
xx—Ésa es buena.
xx—Os habéis puesto de acuerdo para amargarme el viaje. ¿Echaste la bufanda roja a la maleta?
xxNo estaba segura de haberlo hecho. Era una ley que uno no recordase lo que había metido en la maleta. Todo viaje implicaba cierta imprevisión. Como si todo desplazamiento entrañase una parte, siquiera infinitesimal, de aventura. Como si el ser humano estuviese abocado a un tanto de intemperie para, a partir de ella, tratar de hallar algo nuevo, otros modos —tal vez mejores— de supervivencia.
xx—No lo recuerdo.
xx—Lo hice yo. La dejabas sobre la cama. Pareces olvidar que el pueblo más cercano está a quince kilómetros de la cabaña.
xx—Déjala tranquila. Es probable que yo también haya olvidado algo. Incluso tú misma.
xxEra su padre quien intervenía a su favor. Su padre, tan estricto en otras ocasiones, estaba dispuesto a disculparla. Intuía un halo de irresponsabilidad alrededor de su figura, la de un niño al que estorban las reglas de los adultos, la de un hombre temporalmente fuera de la ley.
xx—¿Cómo sigue la historia? Si no pudiste desprenderte por ti mismo del cinturón, ¿quién te ayudó?
xx—Basta ya.
xxEra su madre de nuevo la que intervenía.
xx—Una mujer. Una desconocida. Apenas unos minutos después de salir del coche otro vehículo colisionó con el nuestro. Salvamos la vida de milagro.
xxPudo escuchar una leve risa. Una especie de gorgoteo humorístico, como si en lugar de narrar una escena terrible acabase de contar un chiste. Un mal chiste que no hace reír a nadie sino que más bien produce un efecto trágico de soledad e incomprensión.
xx—No estoy dispuesta a seguir escuchándolo.
xx—Ya vale, mamá. La historia se ha acabado.
xx—Te equivocas, no ha hecho más que comenzar.
xxSu padre seguía riendo, con más fuerza. Parecía estar divirtiéndose de verdad. Tal vez fue la risa lo que hizo que perdiese la atención en la carretera. El volantazo hizo que el coche derrapase. Salió despedida hacia el lado contrario. Sintió el impacto de su hombro contra la puerta, la inercia del frenazo arrastrando su cuerpo como un muñeco en manos de un niño furibundo. Entonces vino el dolor, la inquietud por sus padres.
xxVio la cabeza de su madre asomando junto al reposacabezas, una expresión de horror tan perfecta en su rostro que sólo podía corresponder a alguien que no estuviese herido. Supo de inmediato que su madre estaba bien. Al incorporarse pudo ver a su padre fuera del coche, de pie en el arcén, doblado sobre sí mismo. A través de la puerta abierta escuchaba el sonido de las carcajadas. El coche había girado ciento ochenta grados. Los automóviles los rebasaban, circulando en dirección contraria. Pensó en la extraña estampa que ofrecerían a los viajeros. Dos mujeres en el interior y un hombre en el arcén, partiéndose de risa. Abrió la puerta. Una ráfaga de aire limpio y frío golpeó su rostro. Debían de ser pinos aquellos árboles. Se acercó a su padre y depositó una mano en su espalda. Poco a poco sintió cómo la agitación de su pecho decrecía al contacto con la palma de su mano abierta.
xx—Papá.
xxGiró su cabeza y le costó reconocer el rostro de su padre. Sus ojos estaban enrojecidos y sus labios parecían soldados en un rictus de amargura.
xx—Papá.
xxInsistía en llamarlo así, como si aquella elemental palabra pudiera hacerlo regresar a su condición, al hombre que llea conocía, con la vaga esperanza de quien pronuncia un sortilegio.
xx—Era tu madre —dijo.
xx—Quién.
xx—La mujer que me salvó la vida.
xxGiró la cabeza para mirar el asiento donde seguía sentada su madre. Ocultaba su rostro con sus manos. No quería ver lo que ocurría o tal vez lloraba.
xx—A veces ocurre, Elena.
xx—A qué te refieres.
xx—Que todo se pone boca abajo.
xx—¿Boca abajo?
xxUn pájaro salió volando de la rama de un árbol cercano. Les sobresaltó el batir de sus alas, aquella intrusión animal e inesperada. En silencio lo vieron planear por encima de los árboles y desaparecer de nuevo en la espesura.

 

 

 

Moreno, Javier. Un paseo por la desgracia ajena. Madrid; Ed. Salto de página, 2017.

 

‘ÓRBITA’, DE MIGUEL SERRANO LARRAZ

noviembre 15, 2017 Deja un comentario

 

No sé por qué no había hablado antes de esta joya en el blog.
Hace unas semanas fuimos a la presentación en Murcia del nuevo libro de Miguel Serrano Larraz, ‘Réplica’. Yo, que aún no había leído nada suyo, pero había oído hablar tan bien de él, no tenía la más mínima duda de que tenía que ir a verlo. Además, la editorial que lo publicaba, la catalana editorial Candaya, es una de esas editoriales que todo lo que publica es auténtica literatura.

Total, que cuando terminó la presentación, decidí comenzar por el principio, que es por donde se empiezan las cosas, y me compré su primer libro, ‘Órbita’.
Y nada más empezar a leérmelo cayeron uno tras otro los relatos que componen ‘Órbita’. Hasta tuve que dejarme el último relato, porque quería saborear el libro un poco más y no terminármelo de una sentada.

Uno tras otro, los relatos de ‘Órbita’ muestran de manera magistral los problemas que conllevan fiar el resultado de nuestras acciones a eso tan débil que es el lenguaje.

 

Aquí dejo el relato con el que se abre el libro y que le da título al conjunto.

 

 

ÓRBITA

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxPara B.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxTras la ventana está lo peor.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxixxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxFranz Kafka, Diarios.

En junio de 1991 Samuel Soriano terminó la Educación General Básica, el octavo curso, lo que entonces todavía se conocía como “el colegio”. Acababa de cumplir catorce años. Sus padres discutieron con él diversas posibilidades para su futuro inmediato, posibilidades que incluían el acceso directo a la universidad, desde luego, pero también escuelas privadas en Estados Unidos o en Holanda, un centro de investigación en Barcelona, colegios especiales para niños superdotados. Durante tres semanas, durante cada una de las noches de las tres semanas siguientes a la conclusión de la E.G.B., Samuel no fue capaz de dormir, o sí, pero cuando dormía sus sueños se poblaban de sensaciones líquidas y Samuel se despertaba en mitad de la noche mareado y atónito, como si acabara de sobrevivir a un naufragio. Pensaba: no quiero ser diferente. Pensaba: no quiero madurar, no quiero crecer, no quiero que mi situación se modifique. Pensaba: no quiero dejar el colegio. Pensaba: ojalá fuera un mal estudiante y hubiera repetido este curso, para no tener que decidir, para no tener que decidir ahora. Pensaba: me gustaría ir a un instituto público con el resto de los chicos y chicas de mi edad, y que no hubiera ninguna otra posibilidad. Pensaba: no quiero morirme nunca, no quiero que nadie muera nunca, no quiero saber qué cosa es la muerte. Pensaba: todavía no he hecho en mi vida nada que merezca la pena.
xxSus padres hablaron con él una mañana, la misma mañana en que los tres salían de viaje hacia Tarragona a pasar una semana de vacaciones. Le comunicaron que habían decidido que tenía que ser él mismo quien eligiera su futuro, o su destino, que él era el único que podía enfrentarse a esa decisión, o soportar esa decisión, pero que no iba a estar solo para tomarla, porque lo asesorarían, o aconsejarían, además de sus padres, una cierta cantidad de profesores, una cierta cantidad de psicólogos, una cierta cantidad de pedagogos. Durante esos siete días de vacaciones en Tarragona, pero también las tres semanas siguientes de vuelta a Zaragoza, Samuel, que acababa de cumplir catorce años, leyó a Bakunin, pero también leyó a Platón, y leyó a Marx, y leyó a Bertrand Russell y a Piaget, y leyó, con entusiasmo e incredulidad, las experiencias utópicas de educación libre de A. S. Neill, y además escuchó con atención  los dictámenes y los consejos, titubeantes o contradictorios, de al menos una docena de “doctores” que lo examinaban y entrevistaban siempre con una delicadeza distante que podía interpretarse como sorpresa o como interés, pero también como prudencia o incluso como desconfianza.
xxUn día de finales de julio, por casualidad, o por lo que él entonces entendió como una casualidad, cayó en manos de Samuel Soriano un artículo de un tal Bernardo R. que llevaba por título “Comunicación y cables”. El artículo, que aparecía en el suplemento dominical de un periódico madrileño, llenaba diez páginas con fotografías en color y letra apretada, pero sin titulares ni párrafos subrayados. Una fotografía, la primera fotografía del artículo, mostraba una cabina telefónica con un chimpancé en su interior, un chimpancé ensimismado que observaba el teléfono con expresión de incertidumbre, como si dudara sobre si valía la pena o no hacer cierta llamada telefónica internacional. En otra fotografía, una de las últimas (había siete u ocho en total) se distinguía apenas la silueta oscura y encorvada de un anciano, que sin embargo podía ser también la silueta de un niño subido a una silla, o incluso la de otro chimpancé (¿el mismo de la cabina?) camuflado bajo una máscara de apariencia humana. Al principio, durante unos segundos, antes incluso de comenzar a leerlo, antes de empezar a comprenderlo, Samuel creyó que ese artículo era un artículo divulgativo, que mostraba y explicaba hasta el más mínimo detalle la función de los satélites, o el modo en que se diseñaban y construían los satélites, o la localización de todos y cada uno de los satélites que pululan por las infinitas órbitas de nuestro planeta. Después, sin embargo, descubrió, o razonó, que no podía ser eso, creyó que tenía que ser, sin ninguna duda, otra cosa, tal vez un breve ensayo sobre los medios de comunicación y el poder de los medios de comunicación y las negligencias de los medios de comunicación y las miserias de los medios de comunicación, y después (pero todo fue en un momento, no pasó más de un minuto), después intuyó, o supo, que en realidad el artículo, ese artículo, “Comunicación y cables”, que aparecía en el suplemento de un periódico de tirada y distribución nacionales, hablaba de él, de Samuel Soriano, el niño superdotado, hablaba de él y de sus padres y del colegio que acababa de abandonar y de la ciudad de Zaragoza donde él vivía, y supo también que Bernardo R. le estaba mandando a través de ese artículo, voluntaria o involuntariamente, una señal, o una orden, o un comentario, o una sugerencia, y esa señal, o esa sugerencia, o esa orden, decía: “matricúlate en un instituto público, no te dejes convencer, lucha, mézclate, resiste, comunícate“.
xxSamuel Soriano, que tenía catorce años, habló tranquilamente con sus padres aquella misma tarde, en el salón de su casa, dialogó con sus padres y convenció a sus padres, y les hizo saber que él era ya un adulto, que era un adulto o podía ser considerado un adulto desde algún punto de vista, desde al menos un punto de vista, pero que no por eso debía dejar de probar y diversificar la experiencia de la vida, porque sus recursos, sus conocimientos, sus vivencias, no eran los de un adulto, no eran los de un adulto en absoluto, sino los de un niño de catorce años que apenas se introduce en los enigmas de las relaciones personales, así que sus padres asintieron en silencio, impasibles, y dijeron que sí, que cómo no, y prepararon los trámites para que su hijo superdotado (que a los dos años sabía escribir, que leyó Rojo y negro a los nueve, que a los trece años demostró sin ayuda el teorema fundamental del álgebra) ingresara en un instituto público cercano al domicilio familiar.
xxLo que sigue es previsible: Samuel Soriano buscó información sobre Bernardo R., sobre el autor de aquel artículo que había modificado su vida, o su manera de ver la vida, y le envió (por medio del periódico que había publicado aquel artículo) una carta, le envió una carta en la que explicaba, con una prosa diáfana, aunque no exenta de metáforas indescifrables, quién era, y cuántos años tenía, y qué esperaba de la vida. “Tengo catorce años y no quiero morirme jamás”, decía la carta de Samuel Soriano, “mis padres no podrán comprenderme nunca, ni ninguna mujer podrá comprenderme nunca, aunque todavía no conozco el sexo, aunque todavía no sé siquiera si me gustará el sexo, si el sexo será suficiente motivo para que yo me confiese y me exponga. Sin embargo, ya he encontrado en usted un alma gemela, que me motiva y me justifica. Usted escribió ese artículo para mí, y yo he escuchado lo que usted me decía y lo he interpretado y le he hecho caso”.
xxLa respuesta llegó diez días después. El remite no era una calle de Madrid, de cualquier calle de Madrid, como Samuel había previsto, sino de Barcelona, de una calle cualquiera de Barcelona, o al menos de una calle de Barcelona que Samuel no había oído nombrar jamás y que por lo tanto le pareció una calle cualquiera. En la carta, en los dos folios de letra apretada que llenaba el sobre, Bernardo R., o la letra de Bernardo R., reconocía el estupor y el desasosiego y la sensación de responsabilidad que le habían provocado las palabras de Samuel Soriano. Después, sin motivo aparente, Bernardo R. parecía olvidarse de que el origen de la correspondencia había sido un artículo en una revista, en el suplemento dominical de un periódico, y parecía olvidarse además de que le estaba escribiendo a un niño de catorce años recién cumplidos, y la carta se perdía en una rememorización confusa de un viaje a París que había realizado en su primera juventud, y que había durado demasiado tiempo (al leer aquello, Samuel no pudo entender si Bernardo R. había ido a París en viaje de novios, o si por el contrario había viajado a París huyendo de algún peligro que no se mencionaba; tampoco pudo entender si la estancia en parís se había prolongado durante dos meses o durante treinta años). La carta, el autor de aquella carta, recordaba también, con multitud de detalles innecesarios, la imagen borrosa de una muchacha, “azulada y fumadora”, de la que había estado enamorado a los quince años. “Te deseo lo mejor, Samuel”, concluía, “y que tu decisión haya sido la acertada, y que no sufras, o que sufras lo suficiente para entender cuánto vale la vida, o que sufras tanto como para enseñar a los demás la lucidez de sufrir sin quejarse”. Estas últimas líneas concluyentes hicieron pensar a Samuel que no existía la posibilidad de una respuesta, que Bernardo R. le había comunicado ya todo lo que tenía que comunicarle, o todo lo que quería comunicarle o, en términos más abstractos, todo lo que un hombre podía llegar a comunicar a otro hombre.
xxLlegó septiembre y Samuel comenzó sus clases en el instituto, no precisamente desconcertado, pero sí, en todo caso, alerta, preparado contra el previsible rechazo y contra el previsible sufrimiento de los que le había hablado Bernardo, aunque también receptivo ante todos los estímulos exteriores, que eran estímulos que él todavía no era capaz de reconocer ni discriminar, la continuada novedad de los libros, el tabaco, los pupitres, los profesores, las camisetas ajustadas. Samuel hizo amigos muy pronto, antes del primer mes, casi todos varones, muy diferentes de él, pero también distintos entre ellos: el hijo de su profesor de matemáticas, por ejemplo, o Víctor, un chico rubio y miope con el que Samuel desperdiciaba los recreos jugando al ordenador (a un juego de ordenador que se llamaba Italia 90, y que era por lo tanto un juego de fútbol). Esos amigos, que eran amigos normales, amigos que no se apartaban de la media nacional, le hicieron sentir, en algunos momentos concretos, una dicha inmotivada y misteriosa, que lo llevó a pensar que había acertado al elegir un instituto de bachillerato, porque esas sensaciones de desconcierto y autoafirmación adolescentes no podían experimentarse en ningún caso fuera de las paredes de un centro de enseñanza público. Los profesores, a quienes no se había prevenido de que tenían un niño superdotado en clase (a pesar de que el jefe de estudios lo sabía, a pesar de que el psicólogo del centro lo sabía), lo trataron al principio con precaución, acaso con temor, pero después se impuso en todos ellos (en casi todos, en realidad) la idea de que Samuel iba a ser el salvador de la enseñanza pública, el ideólogo posible de la enseñanza pública y acaso la prueba futura de la validez de la enseñanza pública. Comenzaron a dirigirse a él con respeto y admiración, casi con entusiasmo, con una actitud y unas formas serviles que ayudaron a Samuel a establecer una jerarquía docente en la que él ocupaba un escalafón superior al de los profesores y superior al del jefe de estudios y superior al del director, y sin embargo al mismo nivel del resto de los alumnos, de todos y cada uno de los demás alumnos, los de los primeros cursos y los de los últimos cursos, lo que contribuyó, por una parte, a una democratización invisible pero tangible de los modos docentes y, por otra parte, a que Samuel se convirtiera, contra todo pronóstico, en el alumno más popular del centro.
xxEn diciembre apareció el primer libro de Bernardo R., Gravedad, un libro de astronomía divulgativa que Samuel leyó en una sola noche, en un delirio agarrotado que se parecía mucho a la devoción. El libro trataba sobre el big-bang, sobre las enanas blancas, sobre los agujeros negros, sobre el paso del tiempo, y describía todos ellos como “flores que se abren y se cierran al ritmo de la respiración del caos”. El libro trataba también sobre la formación de los planetas, sobre los neutrinos, sobre la radiación de fondo del universo, sobre la imposibilidad de la existencia de Dios, y lo explicaba todo con palabras y conceptos sencillos e intuitivos, de modo que a nadie extrañó que tuviera una enorme repercusión en los medios de comunicación, especialmente en ese submundo informativo que constituyen los suplementos dominicales de los periódicos. Había al menos otro motivo para el éxito o la difusión del libro: en uno de los capítulos, “Constelaciones posibles”, que en la primera edición apareció como un apéndice, Bernardo R. se separaba de todo rigor científico y se lanzaba con pasión a la tarea exhaustiva de inventar y describir planetas inexistentes de los que, a pesar de su inexistencia, proporcionaba una cantidad vertiginosa de datos físicos y fenomenológicos. El planeta “Benedetto”, por ejemplo, situado entre Venus y Marte, se caracteriza por una atmósfera densísima de nitrógeno y metales pesados que impide la aparición de cualquier sonido, y también por su órbita helicoidal, notoriamente inestable, que provocará su desaparición, o un alejamiento infinito, en menos de cien mil años. Algunos de los datos eran tan precisos, tan sumamente inverosímiles, tan absolutamente tangenciales, que el lector tenía la sensación de que podrían ser ciertos, o de que eran sin ninguna duda ciertos, o de que el autor de aquel libro se había vuelto loco. Algunos periodistas, aturdidos, probaron un acercamiento literario al libro, mencionando figuras de la talla de Jorge Luis Borges y Diego de Torres Villarroel. Un crítico avezado o temerario del periódico El País invocó incluso, desde las páginas de “Babelia”, los nombres de los argentinos César Aira y Ricardo Piglia, que todavía eran completamente desconocidos en España. En cualquier caso, el libro era ameno e informativo y no demasiado caro, y además apareció en diciembre, así que se vendieron más de veinte mil ejemplares, y el nombre de Bernardo R., así como su rostro y sus circunstancias biográficas, empezaron a ser de dominio público. Samuel Soriano supo así que Bernardo R. había emigrado a Francia con sólo diecisiete años y que no había regresado (que no había querido regresar, o que no había podido regresar, o que no había sido capaz de regresar) hasta después de la muerte de Franco, o hasta la reinstauración simultánea de la democracia y la monarquía. Samuel supo también que Bernardo R. había estudiado las carreras de Ciencias Matemáticas y Ciencias Físicas en la Sorbona, que había pasado hambre, que había pasado frío, que había trabajado en el instituto Curie (donde coincidió con Ernesto Sabato), y que había sido amigo, entre otros, de Enrico Fermi y de Samuel Beckett, o tal vez era sólo que había conocido (las biografías siempre exageran) a Enrico Fermi y a Samuel Beckett. Varios de sus artículos de la dilatada etapa parisina, publicados en revistas especializadas, habían gozado de una reputación más que moderada en el mundo científico, y había quien aseguraba que él había sido el verdadero precursor, veinte años antes, del grupo de renormalización de Wilson (por el que a Wilson le concedieron el premio Nobel en 1982). Desde su regreso a España, sin embargo, Bernardo R. había abandonado por completo la investigación seria y el mundo académico en general. Vivía, a sus casi setenta años, de redactar artículos de divulgación, mientras trabajaba sin descanso en una reformulación completa del álgebra (una reformulación en la que ningún científico creía, y que tendría como rasgo más destacable la desaparición TOTAL de los sistemas de coordenadas, y por lo tanto de los números, y de todos los objetos matemáticos convencionales).
xxDurante todo el año siguiente, Samuel Soriano tuvo que contenerse para no volver a escribirle a Bernardo R., o para no tratar de llamar por teléfono a Bernardo R., o para no viajar a Barcelona a conocer a Bernardo R. Le habría gustado decirle: “Yo he entendido tu libro, yo he entendido los motivos de tu libro”, y hacerle además algunas preguntas (cientos de preguntas, en realidad). En lugar de eso, en lugar de escribir esa carta, se dedicó a profundizar en la astrofísica. Estudió Gravedad, desde luego, pero también leyó a Kepler, a Galileo, a Claude Cohen-Tannoudji. Pensaba: si algún día llego a encontrarme con Bernardo R., si logro conocerlo antes de que muera, tengo que estar preparado. No puedo decepcionarlo.
xxSamuel se despertaba cada día a las siete y media de la mañana, se duchaba, iba andando hasta el instituto. Dedicaba las tardes, como cualquier adolescente de su edad, a hacer los deberes, y también a jugar al baloncesto o a jugar al tenis o a jugar al ordenador, pero por las noches, después de cenar, estudiaba durante horas manuales universitarios de álgebra y de mecánica celeste. Los sábados salía a dar una vuelta, o al cine, con los amigos del instituto, o con los antiguos compañeros del colegio. A pesar de las múltiples evidencias, no se sentía especial, no se sentía distinto, no se sentía para nada mejor que sus amigos, ni siquiera más listo. Los domingos por la mañana se quedaba hasta tarde en la cama leyendo novelas de ciencia-ficción (sobre todo de Phillip K. Dick), y de misterio (sobre todo de Patricia Highsmith). Alguna vez trató de leer a los llamados “clásicos de la literatura universal del siglo XX”, pero todos lo aburrían profundamente.
xxAlgo después apareció el segundo libro de Bernardo R., que era un libro de texto, o que parecía un libro de texto, y que provocó un minúsculo escándalo en la comunidad docente, y también en la comunidad política, e incluso en la comunidad civil. El libro, decimos, parecía un libro de texto, y de hecho su título, Matematica C.O.U., no dejaba lugar a dudas, como tampoco dejaba lugar a dudas el formato, o el modo en que estaban organizados los capítulos. Y sin embargo no era un libro formativo, que provocara certezas, sino más bien al contrario, un libro que sembraba las incertidumbres en todos los ámbitos. Cada capítulo constaba, sin excepciones, de seis partes:

xx1) Una breve introducción.
xx2) Dieciséis teoremas.
xx3) Dieciséis ejemplos (uno por cada teorema).
xx4) Una nota histórica.
xx5) Cuarenta problemas o ejercicios.
xx6) Un acertijo en el que el alumno debía desenmascarar a un asesino basándose tan sólo en igualdades matemáticas relacionadas con la teoría expuesta en el capítulo correspondiente.

El libro, de hecho, incluía, o contenía, todo el programa oficial del Ministerio de Educación para el Curso de Orientación Universitaria, pero en sus 900 páginas había mucho más: teoremas indemostrables o falsos o contradictorios, ejercicios en los que faltaban o sobraban datos para llegar a una conclusión, innumerables incitaciones a la desobediencia civil. Las notas históricas, en concreto, provocaron la ira de varios historiadores y políticos. La ley de la relatividad, por ejemplo, en palabras de Bernardo R. había sido descubierta “por casualidad, un día en que un judío con bigote estaba transportando una bombona de butano para gasear a su esposa y a varios de sus primos”. Acto seguido, en ese mismo capítulo, en esa misma “nota histórica”, se decía de Albert Einstin que era “el más grande científico que ha dado el siglo XX, el más genial, el más intuitivo, el más humilde, el más conmovedor”. En cuanto a los problemas, algunos carecían de datos suficientes para ser resueltos, y en otros los datos se contradecían, y en otros no había ningún dato en absoluto. Había varios ejercicios (al menos uno por capítulo) en los que el alumno debía inventar un enunciado para un problema a partir de su resultado, que muchas veces era ambiguo. En otros, la geometría se sustituía por simbología, y las preguntas no eran de orden matemático, sino meramente cotidianas. El dibujo de tres círculos concéntricos representaba “un huevo frito en una sartén sin mango”, mientras que un rectángulo se convertía en “la imagen de una ventana en un día despejado”.
xxEl libro provocó un minúsculo escándalo, y sin embargo, o tal vez precisamente por eso, se vendió casi tanto como el anterior, y recibió incluso un premio a la divulgación científica concedido por una caja de ahorros. Quién pudo comprar 15.000 ejemplares de aquel libro, y para qué, es algo que tal vez no se sabrá nunca. Bernardo R. comenzó a dar conferencias por todos los países de habla hispana, o al menos por los países de habla hispana que podían permitírselo, que es como decir que empezó a dar conferencias por medio mundo. El libro se tradujo, antes de un año, al francés y al inglés y al italiano y al portugués, y en cada caso Bernardo R. trabajó con el traductor del idioma respectivo para introducir ciertas modificaciones o ciertas mejoras que hicieran el libro más comprensible para los alumnos, o para los lectores, o para los críticos, de los diferentes países. El libro conservó sin embargo, en todas sus versiones, la dedicatoria del original español, que decía “Para S. S., mi único alumno”. Las interpretaciones, como se comprenderá, fueron muchas, la mayoría inverosímiles, casi todas disparatadas. Hubo quien sugirió, como no podía ser de otra forma, que S. S. eran “Las SS”, y que todo el libro era una convocatoria en clave para un cuarto Reich internacional, una suerte de cábala antisemita. Samuel Soriano, sin embargo, supo desde el primer momento que aquel libro de texto SÍ era un libro de texto, y que Bernardo R. lo había escrito para él, para instruirlo o para enseñarle o para formarlo, o para conseguir que aprendiera algunas cosas de la vida. Al principio eso lo sorprendió, que alguien fuera capaz de escribir un libro para una sola persona, y más aún que esa persona fuera él, pero después razonó que Bernardo R. era un hombre solo, y que él, Samuel Soriano, era después de todo un adolescente superdotado, y que las relaciones entre genios adultos y genios incipientes tomaban siempre caminos complicados o extravagantes. Después empezó a aterrorizarlo la idea de que debía estar a la altura, de que no podía defraudar las esperanzas de Bernardo R. Así que estudió el libro de principio a fin. Lo aprendió de memoria. Dio solución a todos los problemas y a todos los ejercicios y demostró los teoremas que habían quedado sin demostrar, y resolvió también todos los ejercicios. En el acertijo del primer capítulo, el asesino era el cartero. En el acertijo del segundo capítulo, el asesino no era una persona, sino el mero azar. Poco a poco, las soluciones se complicaban. En el capítulo octavo, por ejemplo, había que descubrir que el asesino era el herrero, pero también que la culpa de todo la tenía Dios, o que la culpa de todo la tenía una mala interpretación de los designios de Dios. En el décimo, la supuesta víctima había cometido a su vez un crimen, cuyas causas y circunstancias no podían llegar a conocerse. En los cinco últimos temas o capítulos, el asesinato lo habían cometido diversos entes monstruosos: la Guardia Civil, una multinacional dedicada a la fabricación de electrodomésticos, el Ministerio de Agricultura y Pesca, la O.M.S., el Rey de España. Cuando tuvo todos los enigmas, o acertijos, resueltos, Samuel escribió las soluciones en un folio y se las envió a Bernardo R. Después de haber puesto el sobre en el buzón, pensó: no debería haberlo hecho, no tengo ningún motivo para hacerlo. Esperó una semana, y otra semana, y varios meses, pero no recibió ninguna respuesta. Samuel creyó que se había equivocado, que él no podía ser el S.S. de la dedicatoria, o tal vez creyó que se había confundido en la respuesta a alguno de los acertijos, y Bernardo R. había descubierto por lo tanto que era un impostor, o tal vez creyó que aquellos acertijos eran sólo un juego o una broma y no tenían solución y ahora Bernardo R. lo despreciaba y se reía de él y de sus respuestas y de sus aires de grandeza.
xxPasó un año sin grandes novedades en la vida de Samuel. Tuvo su primera novia, una chica de su clase que se llamaba Rebeca (la relación terminó por un malentendido, se enfadaron sin ningún motivo real y ninguno de los dos se atrevió después a pedir perdón). Por lo demás, iba cada día al instituto, trató de aprender a tocar la guitarra, fue por primera y única vez en su vida a Venecia (una ciudad que le dejó la impresión desoladora de una dicha decadente, eterna e irremediable).
xxAlgo después de este viaje a Venecia, el nombre de Bernardo R. volvió a infiltrarse en las páginas de la sección de cultura de varios periódicos. Se publicaron diferentes versiones de los acontecimientos, plagadas de dudas y de rasgos circunstanciales, y que por lo tanto (pensó Samuel) no podían ser falsas. Además, los relatos de los distintos periódicos no se contradecían, sino que se complementaban, y aquello constituía una prueba definitiva de la veracidad de los hechos. Por lo que se ve, Bernardo R. había escrito un nuevo libro divulgativo de matemáticas. Cierto profesor del departamento de Física Teórica de la Universidad Complutense, que tuvo acceso al manuscrito original antes de su destrucción, no dudó en asegurar que aquel texto, de haber salido a la luz, habría cambiado el rumbo de las matemáticas, pero también el rumbo de la literatura, y tal vez el rumbo de la historia. El libro se iba a llamar Santiago Chopin, por motivos que posiblemente nunca se conocerán. El editor, que era el mismo de los dos libros anteriores de Bernardo, comenzó a preparar, enardecido por la perspectiva de un best-seller, una campaña publicitaria masiva que incluía, además de anuncios en prensa y radio, una entrevista a Bernardo R. en un prestigioso programa televisivo de madrugada. Pero la entrevista no se realizó jamás, porque el libro no llegó a publicarse. En el último momento, antes de firmar el contrato definitivo, antes de empezar a imprimir las pruebas, Bernardo R. comunicó a su editor que quería cambiar el título (según el propio editor, un hombre poco dado a las declaraciones públicas, Bernardo lo llamó por teléfono a su casa un martes a las dos y media de la mañana sólo para decirle que quería cambiar el título, que era necesario cambiar el título). Bernardo R. decidió, había decidido, que quería que su libro saliera a la venta como Matemáticas, Mierda y el Presidente del Gobierno, en vez de como Santiago Chopin. El editor, como puede imaginarse, se negó. Aquella noche discutieron durante horas en el teléfono, hasta que el editor, exhausto, le dijo que era mejor que “lo hablaran cara a cara”, o que “lo resolvieran cara a cara”, o que “solventaran este asunto absurdo cara a cara”. Fijaron una cita para la mañana siguiente, en una cafetería de la calle Tallers. El editor, asustado por el tono con el que Bernardo se había dirigido a él, y asustado también por el tono con que Bernardo se había despedido de él, decidió asistir al encuentro acompañado, o escoltado, por tres conocidos, o por tres amigos, o tal vez por tres empleados de una empresa de seguridad, el caso es que asistió escoltado por tres hombre jóvenes y fornidos, convocados de urgencia y vestidos con traje oscuro y corbata, que simularon en la mesa de al lado hablar de mujeres o de fútbol, o que simplemente contemplaron la escena sin pudor, a la espera de un ataque inminente y violento que no llegó a producirse. Bernardo R. llegó a la cafetería veinte minutos después de lo convenido, con un maletín que contenía, íntegros, los dos millones de pesetas que la editorial le había pagado como adelanto de los derechos de autor. El gesto fue, además de teatral, efectivo. El editor había preparado un discurso disuasorio para con las intenciones de su autor más rentable: el ver el maletín, al ver el contenido del maletín, pidió dos cafés con leche (Bernardo bebía siempre café con leche, a cualquier hora del día) y prefirió no pronunciar ni una palabra, renunciar por completo al libro y a la idea del libro y a los beneficios que ese libro podría haber llegado a producir. Durante las horas anteriores al encuentro había imaginado infinitas escenas de violencia, había agotado el repertorio de las posibles escenas de violencia. Creía que, una vez imaginadas, perdían toda posibilidad de convertirse en ciertas, pero no se le había pasado por la cabeza, no había previsto, la opción del dinero, y por tanto la opción del dinero, la opción “devolución del dinero por parte de Bernardo R.” se produjo, precisamente porque no la había previsto (eso fue lo que pensó el editor en ese momento de desconcierto: debemos recordar que apenas había podido dormir, y que tenía miedo). El dinero concluía y minaba y desestabilizaba cualquier posible solución al problema. Bernardo R. exigió a su editor, a cambio de la devolución del adelanto, que le enviara a su casa de Barcelona todos los ejemplares del libro, antes de dos días (“antes de 48 horas”, dijo en realidad). Amenazó con acciones legales. Estaba nervioso y sucio, y uno de los acompañantes del editor aseguró después que tenía “toda la pinta de no haber dormido en varias noches”. Pasaron unos minutos, en los que ninguno de los presentes dijo nada, y tras los cuales Bernardo R. se levantó (e café con leche intacto sobre la mesa), cogió uno de los billetes de cinco mil pesetas del maletín y lo dejó sobre la barra. Sonrió a la camarera (una argentina guapísima que había estado mirando toda la escena sin disimulo) y se alejó caminando lentamente. Cuatro días después, la editorial envió, por correo certificado, las tres únicas copias existentes del libro. Bernardo R. las quemó, junto con todos los apuntes y borradores previos, en presencia de varios testigos (dos vecinos homosexuales con los que quedaba a veces para conversar en francés, la mujer del portero, un profesor de instituto que lo había ayudado a conseguir cierta información sobre la infancia de Gauss y a mecanografiar el libro). Esa misma tarde, la misma tarde de la incineración simbólica de todos sus papeles, Bernardo R. juró a un periodista, en una entrevista por teléfono, que jamás escribiría otro libro, que jamás aceptaría que nadie le impusiera el título de una obra, que jamás le volvería a dirigir la palabra a un editor, a ningún editor.
xxSamuel Soriano leyó y comprendió y confeccionó esta historia, esta versión de los hechos, reuniendo o amontonando las distintas versiones de los periódicos Creyó que todo eso había sucedido de verdad, y no le sorprendió lo más mínimo. Bernardo sólo escribe ya para mí, pensó, es absurdo que trate de publicar sus libros. Debería enviármelos a mí, sólo a mí, directamente, sin intermediarios que dificulten la comunicación.
xxDurante los meses siguientes no se volvió a hablar de Bernardo R. Incluso sus breves ensayos o reportajes científicos en la prensa dominical dejaron de aparecer. La editorial que había estado a punto de publicar el libro de matemáticas pertenecía al mismo grupo de empresas que controlaba el periódico madrileño en el que solían aparecer los artículos de Bernardo R. La explicación de ese silencio era por lo tanto sencilla, o al menos parecía sencilla, desde un punto de vista empresarial, y a pesar de eso Samuel pensó que podía haber otros motivos, motivos más profundos. Tal vez Bernardo R. había dejado realmente de escribir. Tal vez Bernardo R. había muerto. Tal vez Bernardo R. se había marchado de Barcelona y de España para siempre.
xxEn 1995, Samuel se enfrentó otra vez con la necesidad de una decisión. Iba a terminar el bachillerato con calificaciones brillantes, pero no sabía qué iba a hacer después, qué carrera universitaria. Su adolescencia había empezado y había avanzado y se había desarrollado sin que él, que después de todo era el protagonista, hubiera sido capaz de percibir los cambios y las modificaciones y los avances. De alguna manera, tenía la impresión de que su adolescencia, y toda su vida, transcurrían al margen de él, sin que él interviniera. Ahora debía elegir otra vez, y no le gustaba elegir. No quiero elegir, pensó. No quiero cambios en mi vida, pensó. Había logrado que le permitieran examinarse de todas las asignaturas posibles de C.O.U. (incluido el Dibujo Técnico), para no cerrarse ninguna puerta. Dudaba. Llegó a considerar la opción de abandonar los estudios (de abandonar los estudios oficiales y restrictivos) para dedicarse a la pintura, o a la cocina, o a la fontanería. Quería vivir, desde luego, pero sólo quería vivir, o existir, pasivamente. No quería involucrarse, no quería contaminarse del mundo. El mundo no le interesaba, fuera de unas pocas cuestiones que incluían su relación con Bernardo y la idea recurrente de la muerte. Samuel tenía miedo, sobre todas las cosas, a morirse sin haber hecho algo que valiera la pena, sin haber ejecutado un acto (siquiera simbólico) que justificara su existencia. Entonces, en mayo de 1995, en medio de todas estas reflexiones, Samuel Soriano recibió la invitación. Recibió un sobre sin remite que contenía una cartulina azul que era una invitación para un ciclo de conferencias de Bernardo R. en Barcelona. Las conferencias iban a durar cuatro días, del 3 al 6 de junio. La primera trataría sobre espacios no lineales, la segunda sobre la métrica de Minkowsky, la tercera sobre el cardinal de los espacios de Heger (que el propio Bernardo R. había definido cuando trabajaba para el instituto Curie), la cuarta sobre hipersuperficies no conexas. Al leerla por primera vez, al leer por primera vez la invitación (y el programa) Samuel Soriano no sintió nada, y aquel día continuó sin modificación su vida normal (fue al parque a jugar un partido de baloncesto, fue al cine a ver una película de Clint Eastwood, actividades después de todo de un joven de diecisiete años), pero al llegar a casa por la noche, después de la cena, mientras veía una película en la televisión (una película japonesa, en blanco y negro, sobre un niño huérfano que trabajaba con su tío en un taller de zapatería), sintió un mareo rápido y extraño que lo arrastró casi al desmayo. Dejó la comida en el plato. Se tumbó en el sofá con ayuda de su madre, boca arriba, con los ojos muy abiertos, y lo asaltó una sensación de irrealidad que era también una sensación de cansancio y una sensación de asco. No voy a ir a Barcelona, pensó, no debo ir a Barcelona. No le seguiré el juego, pensó después. Cree que yo tengo la culpa de todo, pero yo no tengo la culpa de nada. ¿Qué podría haber hecho yo?, pensó. ¿Cómo podría haberlo ayudado? Después, de pronto, lo tuvo claro: todo era una emboscada, o una trampa. Bernardo R. estaba enfermo y lleno de rencor, y quería que él fuera a Barcelona para asesinarlo, para matarlo, para acabar con él, que era el testigo de su fracaso, el único testigo cualificado de su fracaso. Bernardo R. quería arrastrarlo con él a la muerte, quería que murieran juntos. Bernardo R. no soportaba la idea de que él, Samuel Soriano, le sobreviviera para triunfar, y había decidido asesinarlo. Quiere matarme, pensaba una y otra vez, Bernardo R. quiere matarme. Todo es una trampa para matarme. Se arrastró hasta la cama y durmió una noche sin sueños.
xxAl día siguiente no fue al instituto. Su madre, preocupada, pidió el día libre y se quedó con él. Llamaron al médico, un hombre alto de unos cuarenta años que le tomó el pulso,o fingió tomarle el pulso, sin dejar de hacerle a Samuel preguntas absurdas. Le preguntó que si tenía novia. Le preguntó que si escuchaba la radio. Le preguntó qué estudiaba. Estas preguntas parecieron animar a Samuel. También hablaron sobre fútbol. Decidieron que el Real Madrid tenía pocas opciones de acabar ganando la liga. Antes de marcharse, el médico prescribió un antipirético de nombre impronunciable, a pesar de que no había comprobado si tenía fiebre o no, o cuánta fiebre tenía (apenas colocó el dorso de su mano sobre la frente de Samuel, por insistencia de su madre, y concluyó que “no percibía indicios de pirexia”). Después de que el médico se hubo marchado, Samuel se levantó y tomó un café con leche y galletas. Estuvo viendo un rato la televisión y volvió a la cama, porque se sentía otra vez mareado. Su madre le puso entonces el termómetro y esperó un par de minutos, cada vez más nerviosa (Samuel había empezado a temblar). Cuando miró la temperatura que marcaba el termómetro, no pudo evitar un escalofrío: superaba los cuarenta grados. Le colocó algunos paños con agua fría sobre la frente, y no se separó de él más de un minuto. Trató de hacer que bebiera un poco de agua, bajó la persiana y le puso otra manta. Empezó a hablarle. En algún momento se dio cuenta de que Samuel ya no la escuchaba, de que había perdido la consciencia, de que estaba muy grave. Marcó el teléfono de urgencias y pidió una ambulancia.
xxEn su delirio, Samuel soñó que se encontraba con Bernardo R., o que conocía a Bernardo R., o que iba a Barcelona a ver a Bernardo R., a escuchar las conferencias de Bernardo R.
xxEn Barcelona, después de una de las conferencias, que no trataba sobre ninguno de los temas del programa, sino sobre los infinitos (“uno puede añadirle más infinito a un infinito, y sigue siendo infinito”, dijo Bernardo R., entre otras cosas) Samuel se acercó a Bernardo R. y le dijo: “Soy Samuel Soriano”. Al principio Bernardo no lo reconoció, o fingió no reconocerlo, fingió desconocer el nombre, o tal vez fingió no haber oído bien el nombre que aquel joven pronunciaba, pero un segundo después se inclinó hacia él y levantó los brazos. Durante un instante Samuel pensó que Bernardo R. iba a golpearlo, o que iba a tratar de golpearlo, pero, en lugar de eso, lo abrazó con un abrazo firme que Samuel apenas sostuvo. “Por fin”, dijo Bernardo R. “Por fin”, repitió Samuel. Bernardo R. comenzó a moverse hacia la puerta. Samuel caminó a su lado, y salieron juntos de la sala. Bajaron unas escaleras. Al pie de las escaleras, Bernardo R. se detuvo a conversar con una joven. A pesar de que la conferencia había sido multitudinaria (había acudido un centenar de personas, y una docena de periodistas), al salir a la calle se encontraron solos. Samuel entendió que nada de todo aquello era extraño, en general, y que tampoco era extraño, más en concreto, que se hubieran quedado solos. Bernardo R. era la única persona que podía entenderlo a él, y él era la única persona que podía entender a Bernardo R. Resultaba lógico que al fin estuvieran juntos. Había empezado a llover, caminaron hacia la Plaza de Cataluña, sin decir nada. En algún momento, sin embargo, comenzaron a hablar de Newton, y en algún momento Samuel le preguntó a Bernardo sobre la reformulación del álgebra en la que llevaba tantos años trabajando, y Bernardo le dijo que aún le faltaba un poco, que aún tenía algún detalle por determinar, y entonces Samuel le preguntó que si veía el final, y Bernardo R. contestó que el final lo había tenido claro desde el principio, que el final era lo único que siempre había tenido claro, que el final era siempre lo primero que consideraba al enfrentase a cualquier proyecto.
xxNo hablaron más. Llovía poco. Cruzaron una calle de cuatro carriles que Samuel no recordaba haber visto nunca, pero no cruzaron por el paso de cebra, no cruzaron por el semáforo, sino por el centro, y desde uno de los pocos coches que pasaban alguien les gritó un insulto en catalán. Entonces, en ese justo momento (Bernardo R. se quedó un poco atrás, desconcertado por el grito, y Samuel tuvo que detenerse a esperarlo), en ese momento Samuel supo, al verlo en mitad de la calzada, perdido, que Bernardo R. estaba viejo o enfermo, o tal vez viejo y enfermo, y supo también que en algún momento de la noche, en algún momento de las tres o cuatro horas siguientes, tendrían que despedirse, y que esa despedida sería tal vez para siempre, y que jamás ya iba a poder hacerle ninguna de las preguntas que llevaba años preparando. Samuel Soriano, mientras esperaba que Bernardo lo alcanzara, miró hacia el cielo, hacia las gotas de lluvia que se abalanzaban hacia él, y pensó: “Ya puedo morirme tranquilo, mi vida tiene una justificación, he paseado bajo la lluvia con Bernardo R. que es la única persona que podría entender mi vida, y no hemos hablado porque no era necesario, porque no es necesario decir nada más. Este paseo me justifica y me define. Ya no me queda nada por hacer aquí”.
xxCuando Bernardo lo alcanzó por fin, Samuel volvió a caminar a su lado, sin mirarlo.

 

 

 

Serrano Larraz, Miguel. Órbita. Barcelona; Ed. Candaya, 2009.

 

Vocación de Perdedor

Literatura, música y algún vicio más

Hankover (Resaca)

Literatura, música y algún vicio más

PlanetaImaginario

Literatura, música y algún vicio más

El blog tardío de Elena Román

Literatura, música y algún vicio más

Del verso y lo adverso 9.0

Literatura, música y algún vicio más

DiazPimienta.com

Literatura, música y algún vicio más

El alma disponible

Literatura, música y algún vicio más

Vicente Luis Mora. Diario de Lecturas

Literatura, música y algún vicio más

Las ocasiones

Literatura, música y algún vicio más

AJUSTES Y OTRAS CUENTAS

Literatura, música y algún vicio más

RUA DOS ANJOS PRETOS

Blog de Ángel Gómez Espada

PERIFERIA ÜBER ALLES

Literatura, música y algún vicio más

PERROS EN LA PLAYA

Literatura, música y algún vicio más

Funámbulo Ciego

Literatura, música y algún vicio más

pequeña caja de tormentas

Literatura, música y algún vicio más

salón de los pasos perdidos

Literatura, música y algún vicio más

el interior del vértigo

Literatura, música y algún vicio más

Luna Miguel

Literatura, música y algún vicio más

VIA SOLE

Literatura, música y algún vicio más

El transbordador

Literatura, música y algún vicio más

Como no iba diciendo

Literatura, música y algún vicio más

SOLIPSISTAS DEL MUNDO

Literatura, música y algún vicio más

MANUEL VILAS

Literatura, música y algún vicio más

El fin de las siestas

Literatura, música y algún vicio más

Escrito en el viento

Literatura, música y algún vicio más

un cántico cuántico

Literatura, música y algún vicio más

Peripatetismos2.0

Literatura, música y algún vicio más

Daftar Harga Mobil Bekas

Literatura, música y algún vicio más

Hache

Literatura, música y algún vicio más