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Archive for the ‘Relato’ Category

REGALOS DE CUMPLEAÑOS

noviembre 11, 2017 Deja un comentario

 

Siguen aumentando mi biblioteca y mi discoteca particulares. Parte del resultado de que ayer fuera mi cumpleaños.

 

Categorías:Música, Relato

ESTA NOCHE; ‘UN PASEO POR LA DESGRACIA AJENA’ EN MURCIA

noviembre 10, 2017 Deja un comentario

 

Esta tarde, a las 20:00 h, estará Javier Moreno presentando su nuevo libro en la Librería Educania de la ciudad de Murcia.
Cualquier libro de Javier Moreno es una fiesta así que, si les interesa, allí nos vemos.

 

INDEFINICIÓN

 

A veces, desde la ventana de mi cuarto, escondido tras los renglones de la persiana como un ladrón de imágenes, veía tender la ropa a una de ellas y no lograba, ya digo, averiguar si se trataba de la una o de la otra. Y en esa indefinición, pienso ahora, leía la falta de indefinición del mundo, del que no sabemos si es bueno o malo hasta que nos acaricia o nos destroza, en cualquier caso, siempre demasiado tarde. Así yo, cuando me encontraba con una de las dos hermanas, ignoraba quién era hasta que me pasaba la mano dulcemente por el pelo o me escupía alguna obscenidad. De no ser porque en más de una ocasión las había visto juntas, habría llegado a pensar que se trataba de un solo cuerpo con dos identidades diferentes. El horror, quizá, residía en aquella neutralidad aparente, que es también la neutralidad de que se disfraza la vida para asestarnos sus golpes más brutales.

 

 

 

Millás, Juan José. Tonto, muerto, bastardo e invisible. Madrid; Ed. Alfaguara, 1995.

 

DISIMULANDO LOS DOS

 

Olegario, siendo aún muy pequeño, fue un día a ver a los Reyes Magos a unos grandes almacenes. Había mucha gente, una multitud, y el niño se soltó un momento de la mano de su padre y lo perdió, perdió a su padre, y comenzó a buscarlo con el llanto agolpado en la garganta, pero no lo veía, de manera que cuando estaba calibrando las ventajas de entregarse a la desesperación, al llanto, vio a un señor con bigote tan angustiado como él porque había perdido a su hijo y también lo buscaba entre la multitud cargada de regalos.Entonces Olegario se acercó y le tendió la mano con naturalidad, como si aquel señor fuera su padre, y el señor del bigote, después de dudar unos instantes, se la cogió y salieron juntos de los grandes almacenes, disimulando los dos, como si de verdad se hubieran encontrado. Y al llegar a la casa, la esposa del señor del bigote también disimuló e hizo como si Olegario fuera su propio hijo, de manera que se quedó a vivir con ellos y Olegario se dio cuenta en seguida de que él era mejor hijo que el de verdad, porque el de verdad, por ejemplo, se meaba en la cama y él no, en fin, para aquellos padres resultó muy ventajoso el cambio, pero para Olegario también por el asunto del bigote (su padre verdadero no tenía y resultaba imposible disfrazarse de él), así que durante toda la vida mantuvieron la ficción de ser una familia, disimulando como yo había disimulado mi subnormalidad, esto no se lo dije, claro, y fueron muy felices, aunque nunca volvieron a visitar a los Reyes en unos grandes almacenes por miedo a que apareciera el verdadero padre, o el verdadero hijo, y tuvieran que restituirse mutuamente.

 

 

 

Millás, Juan José. Tonto, muerto, bastardo e invisible. Madrid; Ed. Alfaguara, 1995.

 

DIARIO DEL MANICOMIO MÁS ASQUEROSO DEL MUNDO. CIA 11 DE SEPTIEMBRE (YA CASI MUERTO) -extractos-

 

Y mañana estarán como siempre en la calle mis perseguidores reales, insultándome, toreándome, peleando como en un cuento mío, por un despojo de mujer, ¡por un traje raído de una mujer! Si fuera la CIA, si fuera algo con un trazo de razón, de conspiración concertada, pero no, no es eso, es una conspiración de unos pobres hombres, de unos fracasados, y no tiene otro sentido que la ruina, y la literatura combate contra el hombre: ese crimen moral al que sólo se llega por escrito, como decía el Marqués de Sade.

¡Quién soy, sino el más pobre de los pobres, menos que un paria, menos que un insecto, arrastrándome por las calles como algo que es todavía menos que una serpiente, comiendo mierda!

Sí, la vida es un cuento de brujas, y como dijera Hegel no hay otra conciencia de la vida que la conciencia del mal de la vida. ¡Que Dios nos perdone otra vez el pecado dela vida!¡Que Dios nos perdone arrastrarnos a lo largo de ella, pidiendo perdón por existir!

(…)

Y me miro vanamente en el espejo: un hombre viejo, con el pelo canoso, parecido más a un sapo que a un hombre, ¡luchando por la vida! Un hombre que resucita y resucita, cercado por la muerte, y que tiene sólo a la vida por estandarte, por orgullo: ¡que sólo se precia de no estar muerto!

 

 

 

Panero, Leopoldo María. Prueba de vida. Autobiografía de la muerte. Madrid; Huerga y Fierro editores, 2002.

 

PRUEBA DE VIDA. AUTOBIOGRAFÍA DE LA MUERTE. -extractos-

 

Desde hace tiempo tengo una mujer, llamada orujo, llamada cazalla. Los alcohólicos necesitamos compañía, pero la bebida nos deja solos. Solos con el amanecer, y con lo que yo he llamado en mis poemas «la jauría atroz de los recuerdos»: recuerdos de interminables torpezas, de desastres, de gestos que sólo el alcohol nos hace ejecutar.

Ahora bien, como mi único amigo era el orujo, tenía por único compañero, además de él, a una especie de profeta barbado que se llamó Francisco Monge: y a él le descubrí Signorelli, ese apocalipsis que se encierra en un vaso de whisky —Dios estaba en mi vaso de whisky, como dijera Pound.

También tenía otro amigo, una especie de santón que habitaba una librería, llamada Leteradura donde se aprendía fácilmente magia y ocultismo: allí aprendí los secretos del cuerpo, de la piedra, los misterios del sexo: «tanto da la tinta blanca como la tinta roja, la vía húmeda como la vía seca», adagio alquímico que con el nombre de tinta blanca alude al semen, al esperma de los filósofos, y con el de tinta roja al llamado menstruo de los filósofos: «nadie sabe lo que puede el cuerpo», decía Spinoza.

(…)

En cualquiera de los casos, aquel que se creía que yo era Jesucristo, que hizo llegar a mi vida a una mujer, a la que yo creía la virgen, es decir, María Magdalena. Con ella pasé dos años jodiendo, meando y bebiendo en vaso la cerveza de su menstruo.

La virgen: territorio del cuerpo y del deseo: besar suavemente su clítoris hiperdesarrollado.

Unas veces le pegaba yo a ella, y otras ella a mí: me hacía lamer su zapato, a veces, y otras yo la azotaba con deseo, no por ninguna penitencia. Veinte, treinta latigazos, mi niña, mi tesoro.

Cuando le pegaba, ella se miraba en el espejo la espalda y se corría viendo las marcas: ¡la virgen!

(…)

Y esto por cuanto la poesía, lo mismo que la literatura de terror a lo Poe, no pueden existir en abstracto: de otro modo sería «The phylosophy of composition» de Edgar Allan Poe: todo hombre es en sí un continente, no una isla:por ello no preguntes por quién doblan las campanas: ellas doblan por ti.

(…)

Y así empezó una larga historia que me condujo a Barcelona. Al parecer, para los fascistas, yo no podía matar pero ellos sí, y si yo mataba era por efecto de una tentación diabólica, no de la más miserable defensa propia.

(…)

En cualquier caso, yo quería deshacerme de la fe y pensé en largarme a Barcelona al JazzColon, como cuando me creía Jesucristo y era el rey del woodoo. Así que me fui con mi amigo Wilmore a Barcelona, con una superparanoia —porque entonces la colectividad de la calle y de los bares existía, y no era como sé hoy subconsciente.

Veía a la CIA por todas partes, y la CIA no cree en milagros —cree solamente en un asesino político molesto, tal como Andreas baader y Ulrike Meinhof—: porque la sangre no es ningún milagro.

Fue así por lo que decidí cargarme a Helmut Smith —asesino de Andreas Baader y de la banda Meinhof a 3.000 km de distancia— ¡más difícil todavía! Porque la política lo mismo que la verdadera fe, tienen por función poner fin a las injusticias de este mundo, y es así que para la teología de la liberación hemos de aplicar todos los medios, inclusive la muerte, para conseguir la liberación de los oprimidos.

En cualquiera de los casos, en Barcelona ardió la calle, y ello de una forma que yo aún no me explicaba.

(…)

Desde entonces estoy prendido de una letra infame, de un podium infamante: la letra, con sangre entra. Llevo desde aquel año de 1977 citando a Jesucristo, para probar que soy un hombre, un extraño torero.

(…)

Los camareros, las inmundicias más obscenas de la vida cotidiana, rodean mi canto y lo llenan de estiércol. La penitencia, el placer más insano que hallarse pueda, me hace escupir en mis piernas, y desear la muerte del mundo.

Y fuera de ello, fuera de Cristo y el Anticristo, ya ni estoy yo ni está nadie, «ninguna sombra de las que había allí al principio» como digo yo en uno de mis poemas, sino sólo los andrajos de mí mismo «As a complete unknown like a Rolling Stone».

(…)

En cualquier caso, la CIA no cree en Dios, y es precisamente por eso por lo que tuvo buena acogida en España: porque España en lo único que cree es en el dinero, y es un país sin ideales ni vergüenza: sórdido, por cuanto la vileza sin ideal es a lo que se llama sórdida.

(…)

Y más cruel aún que la psiquiatría es la pena de muerte que es, como he dicho alguna vez, el único asesinato a sangre fría, el único asesinato que existe sin móviles humanos, como no sean éstos el telar de la envidia y el fracaso, como también dije en otro texto. Encima lo mío fue crimen sacrílego por cuanto más que masón me creía Jesucristo, y al brillar el sol por mí, se lo creyeron. Los masones dijeron que eran los apóstoles, pero no se lo creyeron, porque en este mundo no existen dos locos. En cualquier caso, Rasputín no estaba loco, y resistía tarta de cianuro tras tarta de cianuro, hasta que al final se lo tuvieron que cargar a balazos, y ni a balazos podían.

(…)

Y me odian por el sexo, como si aquel no fuera la vida: mi mancha ya no es la bebida, sino calle, que es un lugar en donde uno está expuesto a los ojos de todos, es decir, como si estuviera desnudo: es así que la calle es sexual, lo mismo que el camarero.

(…)

A todo esto, en medio del «estado del no derecho», como llama Foucault a los manicomios, yo adoraba la locura, como una palabra dadá más.

¡Ah, Dios mío, cómo echo de menos la bebida, que Jesús Ferrero me quitaba prefiriendo el veneno, como echo de menos la vida salvaje de los bares, el honor de estar maldito!

Dime ahora, payo al que llaman España, si ha valido la pena destruirme, bañando con tu inmundo esperma los restos de mi figura. Tus ángeles orinan sobre mí: san Pedro y san Rafael en una esquina comentan mientras avanzo borracho, payo, por esa piedra a la que llaman España.

x
A pesar de todo mi vida continuó, inexplicablemente. Y ya con la marca de la Bestia en la frente, que era Jesucristo y/o el Anticristo. Y ello para luchar, con el arma suprema de la literatura, contra un país sin dioses pero con estatuas de dioses, contra un país donde la gente cree en Dios media hora, la media hora de ir a misa, para luego seguir pecando, esto es, haciendo daño.

(…)

Y de ahí a Mondragón, donde estuve cuatro años, como Justine o los infortunios de la virtud, inoculando veneno, y en plan pelea permanente con los locos pega-hostias como yo los llamaba, una pelea eterna, de la que me salvó el célebre adagio, ‘Dos no se pelean si uno no quiere’, humillándome así, y llamándome hijo puta, para que no me pegaran en la boca, ya que tan anticristo soy: de ahí me salvó el tristemente Claudio Rizzo, que me trajo aquí a Canarias para aprovecharse de mi nombre, y amparándose en mi firma, que valía, por muy destruido que estuviera, salir de una situación de ostracismo y ridículo y devenir él también una firma, como un jardinero sin rostro, que conoce a todo el mundo, con unos labios tan húmedos y babosos como mis labios, como mi frente que boquea en la página: pull down your vanity, I said pull down: pero haber puesto en juego toda la literatura y la vida, sobre la página, eso no es vanidad.

 

 

 

Panero, Leopoldo María. Prueba de vida. Autobiografía de la muerte. Madrid; Huerga y Fierro editores, 2002.

 

SU PRIMER GRITO DE VERDAD

septiembre 22, 2017 Deja un comentario

 

Lo que tengo que hacer esta noche es esconderme en el armario del dormitorio mientras la chica se da una ducha. Luego, cuando ella salga reluciente de sudor, en medio de la atmósfera impregnada de vapor, laca y colonia, saldrá desnuda salvo por un albornoz de encaje. Entonces yo salgo con una media tapándome la cara y unas gafas de sol puestas. La tiro encima de la cama. Le pongo un cuchillo en la garganta. Luego la violo.
xxAsí de simple. La espiral de vergüenza continúa.
xxSolamente hay que preguntarse todo el tiempo: ¿Qué NO haría Jesucristo?
xxLo que pasa es que no la puedo violar en la cama, me dice, porque la colcha es de seda rosa clarito y se puede manchar. En el suelo tampoco porque la alfombra le rasca la piel. Acordamos hacerlo en el suelo, pero sobre una toalla. No una toalla buena para los invitados, me ha dicho. Me ha dejado una toalla vieja en el tocador y yo tengo que extenderla en el suelo previamente para no romper la atmósfera.
xxMe deja la ventana del dormitorio abierta antes de meterse en la ducha.
xxAsí que me escondo en el armario, desnudo y con toda su ropa del tinte pegándose a mí, con la cabeza enfundada en la media, las gafas de sol y llevando en la mano el cuchillo menos afilado que he encontrado, esperando. la toalla extendida en el suelo. La media da tanto calor que se me llena la cara de sudor. El pelo pegado al cráneo me empieza a picar.
xxJunto a la ventana no, me ha dicho. Y tampoco cerca de la chimenea. Me ha dicho que la viole cerca del ropero, pero no demasiado cerca. Que intente extender la toalla en una zona de paso frecuente donde la alfombra no se vea tan gastada.
xxElla es una chica llamada Gwen que he conocido en la sección de autoayuda de una librería. Es difícil decir quién ligó con quién, pero ella estaba fingiendo que leía un libro de terapia de doce pasos sobre la adicción sexual y yo llevaba mis pantalones de camuflaje de la suerte, rondaba a su alrededor con un ejemplar del mismo libro y me estaba preguntando qué más daba otra relación peligrosa.
xxLos pájaros lo hacen. Las abejas lo hacen.
xxNecesito el subidón de endorfinas. Para tranquilizarme. Me muero por la péptido feniletilamina. Eso es lo que soy. Un adicto. Porque, a ver, ¿quién lleva la cuenta?
xxEn la cafetería de la librería, Gwen me dice que consiga una cuerda, pero no una cuerda de nailon porque hace daño. El cáñamo le produce sarpullido. La cinta aislante negra también sirve, pero no en la boca, y que no sea cinta de aluminio para tuberías.
xx—Que te arranquen cinta de aluminio —me explica— es tan erótico como que te depilen las piernas.
xxConsultamos nuestras agendas y el jueves queda descartado. El viernes tengo mi reunión de adictos al sexo. Esta semana nada de recibos. El sábado lo paso en Saint Anthony. Casi todos los domingos por la noche ella ayuda en el bingo de su parroquia, así que quedamos el lunes. El lunes a las nueve, no a las ocho porque ella trabaja hasta tarde y a las diez tampoco porque yo tengo que trabajar temprano por la mañana.
xxY llega el lunes. La cinta aislante está lista. La toalla extendida, pero cuando salto encima de ella con el cuchillo va y me dice:
xx—¿Esas medias que llevas son mías?
xxLe retuerzo un brazo detrás de la espalda y le pongo el filo helado en la garganta.
xx—¡Por el amor de Dios! —dice—. Esto es demasiado. Te dije que podías violarme. No te dije que pudieras estropearme las medias.
xxCon la mano del cuchillo le agarro la parte de delante del albornoz e intento desnudarle los hombros.
xx—Para, para, para —dice, y me da una palmada en la mano—. Déjame que lo haga yo. Te lo vas a cargar. —Se aparta.
xxLe pregunto si me puedo quitar las gafas de sol.
xx—No —dice, y se quita el albornoz. Luego va al armario abierto y lo cuelga de una percha acolchada.
xxPero es que casi no veo.
xx—No seas egoísta —me dice. Desnuda, me coge la mano y me la cierra en torno a una de sus muñecas. Luego se coloca el brazo detrás de la espalda y se gira para apretar la espalda desnuda contra mí. El rabo se me pone más y más duro y la raja cálida y resbaladiza de su culo se me pega. Y me dice—: Necesito que seas un atacante sin rostro.
xxLe digo que me da demasiada vergüenza comprar un par de medias. Un tío que compra medias es un criminal o un pervertido. En cualquiera de los dos casos, es difícil que la cajera te acepte el dinero.
xx—Joder, deja de quejarte —dice—. Todos los violadores con los que he estado se compraban sus medias.
xxAdemás, le digo, cuando miras la estantería de las medias resulta que las tienen de todos los tamaños y colores. Color carne, negro, beige, marrón, negro mate, cobalto, y ninguna es de la «Talla cabeza».
xxElla frunce la cara y gime:
xx—¿Te puedo decir algo? ¿Te puedo decir una sola cosa?
xxLe pregunto qué.
xxY ella dice.
xx—El aliento te huele fatal.
xxEn la cafetería de la librería, mientras elaborábamos el guión me dijo:
xx—Acuérdate de meter el cuchillo en la nevera antes. Necesito que esté realmente frío.
xxYo le pregunté si no podíamos usar un cuchillo de goma.
xxY ella me dijo:
xx—El cuchillo es muy importante para mi experiencia total.
xxY me dijo:
xx—Lo mejor es que me pongas el filo del cuchillo en la garganta antes de que esté a la temperatura ambiente.
xxY dijo:
xx—Pero ten cuidado, porque si me cortas por accidente —se inclinó hacia mí por encima de la mesa, adelantando la barbilla—, si se te ocurre hacerme un arañazo, te juro que estás en la cárcel antes de que te puedas poner otra vez los pantalones.
xxTomó un sorbo de su chai de hierbas, volvió a poner la taza en el platillo y dijo:
xx—Mis fosas nasales te agradecerían que no usaras ninguna clase de colonia, aftershave ni desodorante de olor muy fuerte. Soy muy sensible.
xxEstas adictas al sexo tan salidas tienen una tolerancia altísima. Todo les está bien con tal de que se las follen. No pueden parar, no importa lo degradante que se vuelva el rollo.
xxDios, cómo me gusta ser codependiente.
xxEn la cafetería, Gwen se puso el bolso sobre el regazo y buscó en el interior:
xx—Ten —me dijo, y desenrolló una lista fotocopiada de los detalles que quería incluir. Encima de la lista ponía:
xxLa violación es una cuestión de poder. No es algo romántico. No te enamores de mí. No me beses en la boca. No esperes quedarte después del acto. No uses mi cuarto de baño.
xxEl lunes por la noche en su dormitorio, desnuda y apretada contra mí, me dice:
xx—Quiero que me pegues —dice—. Pero ni demasiado fuerte ni demasiado flojo. Lo justo para que me corra.
xxCon una mano le sujeto el brazo detrás de la espalda. Ella frota el culo contra mí. Tiene un cuerpecillo superbronceado, pero su cara está pálida y tiene textura de cera por culpa del exceso de crema hidratante. En el espejo de la puerta del armario la veo por delante y veo mi cara asomando por encima de su hombro. El pelo y el sudor se le acumulan en el espacio donde están pegados mi pecho y su espalda. Su piel tiene ese olor a plástico caliente de las camas de rayos UVA. Con la otra mano sostengo el cuchillo, así que le pregunto si quiere que la golpee con el cuchillo.
xx—No —dice—. Eso sería apuñalamiento. Pegar a alguien con un cuchillo es apuñalamiento —dice—. Deja el cuchillo y usa la mano abierta.
xxY yo tiro el cuchillo.
xxY Gwen dice:
xx—En la cama no.
xxAsí que dejo el cuchillo en el cajón. Luego levanto la mano para pegarle. Me resulta muy raro desde atrás.
xxY ella dice:
xx—Pero en la cara no.
xxAsí que bajo un poco la mano.
xxY ella dice:
xx—Y no me des en los pechos, porque luego salen bultos.
xxVéase también: mastitis quística.
xxMe dice:
xx—¿Por qué no me abofeteas el culo?
xxY yo le digo que por qué no se calla y me deja violarla a mi modo.
xx—Si eso es lo que te apetece, ya puedes coger tu picha diminuta y largarte corriendo a casa.
xxComo acaba de salir de la ducha, tiene el vello púbico suave y tupido, no aplastado como cuando le quitas la ropa interior a una mujer. La mano libre se la meto entre las piernas y le noto un tacto falso, como de goma y plástico. Demasiado liso. Un poco grasiento.
xxLe digo:
xx—¿Qué le pasa a tu vagina?
xxGwen se mira y dice:
xx—¿Qué? —dice—. Ah, eso. Es un femidón, un condón femenino. Los bordes sobresalen así. No quiero que me contagies nada.
xxDebo equivocarme, le digo, pero yo pensaba que la violación era más espontánea, ya sabes, un crimen pasional.
xx—Eso demuestra que no sabes ni una palabra sobre violar a la gente —dice—. Un buen violador planea su crimen meticulosamente. Ritualiza hasta los pequeños detalles. Esto tendría que ser casi una experiencia religiosa.
xxLo que sucede aquí, dice Gwen, es sagrado.
xxEn la cafetería de la librería me pasó la hoja fotocopiada y me dijo:
xx—¿Puedes aceptar todas estas condiciones?
xxLa hoja decía: No me preguntes dónde trabajo.
xxNo me preguntes si me estás haciendo daño.
xxNo fumes en mi casa.
xxNo esperes quedarte a pasar la noche.
xxLa hoja decía: La palabra de seguridad es GARBEO.
xxLe pregunté qué quería decir «palabra de seguridad».
xx—Si la escena se vuelve demasiado fuerte o no funciona para alguno de los dos —dice—, uno dice «garbeo» y la acción se detiene.
xxLe pregunté si podía correrme.
xx—Si es tan importante para ti… —dijo ella.
xxEstas patéticas adictas al sexo. Todas hambrientas de polla.
xxSin ropa está un poco flaca. Tiene la piel caliente y húmeda y parece que al apretarla vaya a salir agua caliente con jabón. Tiene las piernas tan delgadas que no se tocan hasta llegar al culo. Sus pechos diminutos parecen adherirse a su caja torácica. Sujetándole todavía el brazo detrás de la espalda y viéndonos en el espejo de la puerta del armario, ella tiene el cuello largo y los hombros caídos, como una botella de vino.
xx—Para, por favor —dice—. Me haces daño. Por favor, te daré dinero.
xxLe pregunto cuánto.
xx—Para, por favor —dice—. O gritaré.
xxLe suelto el brazo y retrocedo.
xx—No grites —digo—. Haz el favor de no gritar.
xxGwen suspira, toma impulso y me da un puñetazo en el pecho.
xx—¡Imbécil! —dice—. No he dicho «garbeo».
xxEs el equivalente sexual de «Simón dice».
xxSe da la vuelta para que la agarre otra vez. Luego camina sin soltarse de mí hasta la toalla y dice:
xx—Espera. —Va al cajón y vuelve con un vibrador de plástico rosa.
xx—Eh —le digo—, no intentes usar eso conmigo.
xxGwen se estremece y dice:
xx—Claro que no. Es el mío.
xxY yo digo:
xx—¿Y qué pasa conmigo?
xxY ella dice:
xx—Lo siento, la próxima vez tráete un vibrador para ti.
xx—No —le digo—. ¿Qué pasa con mi pene?
xxY ella dice:
xx—¿Qué pasa con tu pene?
xxYo digo:
xx—¿Cómo encaja en todo esto?
xxSentándose en la toalla, Gwen niega con la cabeza y dice:
xx—¿Por qué hago esto? ¿Por qué siempre elijo a tíos que lo único que quieren es ser amables y convencionales? Lo siguiente que querrás hacer es casarte conmigo —dice—. Por una sola vez me gustaría tener una relación violenta. ¡Por una vez!
xxElla dice:
xx—Puedes masturbarte mientras me violas. Pero solo en la toalla y solo si no me salpicas.
xxElla extiende la toalla alrededor de su culo y da unas palmadas en una zona de toalla que tiene al lado:
xx—Cuando llegue el momento —dice—, puedes dejar tu orgasmo aquí.
xxSu mano da unas palmaditas.
xxAh, vale, le digo, ¿y ahora qué?
xxGwen suspira y me planta el vibrador en la cara:
xx—¡Úsame! —dice—. ¡Degrádame, estúpido! ¡Ultrájame, subnormal! ¡Humíllame!
xxNo tengo muy claro dónde está el interruptor, así que ella me tiene que enseñar cómo encenderlo. Luego vibra tan fuerte que lo suelto. Luego se pone a saltar por el suelo y tengo que atrapar el puto chisme.
xxGwen levanta las rodillas en el aire y las deja caer a los lados igual que se abre un libro. Yo me arrodillo en el borde de la toalla y meto la punta zumbante dentro de los bordes de plástico de su vagina. Con la otra mano me acaricio el rabo. Sus tobillos están afeitados y desembocan en unos pies curvados con pintaúñas azul. Está tumbada de espaldas con los ojos cerrados y las piernas abiertas. Con las manos unidas y extendidas por encima de la cabeza de forma que sus pechos forman cúpulas perfectas, dice:
xx—No, Dennis, no. No quiero esto, Dennis. No. No, no puedes tomarme.
xxYo le digo:
xx—Me llamo Víctor.
xxElla me dice que me calle y la deje concentrarse.
xxYo intento que los dos nos lo pasemos bien, pero ese es el equivalente sexual de frotarse el estómago y rascarse la cabeza. O me concentro en mí mismo o me concentro en ella. En cualquier caso el resultado es tan malo como un trío que no funciona: siempre hay uno que se queda fuera. Además, el vibrador resbala y es difícil sujetarlo. Se está recalentando y empieza a despedir un olor acre a humo como si algo se estuviera quemando dentro.
xxGwen abre un ojo solamente un poco, me ve cascarme el rabo y dice:
xx—¡Yo primero!
xxMe sacudo el rabo. Hurgo dentro de Gwen. Hurgo dentro de Gwen. Me siento menos un violador que un fontanero. Los bordes del femidón no paran de meterse dentro y tengo que pararme y sacarlos con los dedos.
xxGwen dice:
xx—Dennis, no. Dennis, para, Dennis. —La voz le sale de las profundidades de la garganta. Se tira del pelo y traga saliva. El femidón se vuelve a meter dentro y yo ya paso de él. El vibrador lo hunde más y más. Ella me dice que juegue con sus pezones con la otra mano.
xxLe digo que necesito la otra mano. Mis pelotas se tensan, listas para disparar y digo:
xx—Oh, sí. Sí. Oh, sí.
xxY Gwen dice:
xx—No te atrevas. —Y se chupa dos dedos. Clava su mirada en la mía y se mete los dedos húmedos entre las piernas, desafiándome.
xxLo único que tengo que hacer es imaginarme a Paige Marshall, mi arma secreta, y la carrera se termina.
xxUn segundo antes de correrme, en ese momento en que sientes que el ojete empieza a tensarse, justo entonces me vuelvo hacia el lugar de la toalla que me ha indicado Gwen. Sintiéndose estúpidos y tratados como perros amaestrados para hacer sus necesidades, mis soldaditos blancos salen despedidos y, tal vez por accidente, equivocan la trayectoria y aterrizan sobre la colcha rosa. Sobre su enorme y suave paisaje mullido de color rosa. Formando un arco después de otro, llueven goterones calientes de todos los tamaños sobre la colcha, los cubrealmohadas y los faldones de seda rosa de la cama.
xx¿Qué NO haría Jesucristo?
xxGrafitis de semen.
xx«Vandalismo» no es la palabra adecuada, pero es la primera palabra que viene a la mente.
xxGwen está tumbada en la toalla, jadeando con los ojos cerrados y el vibrador zumbando a su lado. Con los ojos en blanco, chorrea entre los dedos y murmura:
xx—Te he ganado…
xxMurmura:
xx—Hijo de puta, te he ganado…
xxMe pongo los pantalones y cojo la chaqueta. Hay soldaditos blancos por toda la cama, las cortinas y el papel de la pared, y Gwen está ahí tumbada, jadeando, con el vibrador sobresaliéndole en ángulo oblicuo entre las piernas. Un segundo más tarde, se le sale y cae en el suelo como un pescado mojado y gordezuelo. Es entonces cuando Gwen abre los ojos. Empieza a incorporarse apoyándose en los codos antes de ver los desperfectos.
xxYa tengo medio cuerpo fuera de la ventana cuando digo:
xx—Ah, por cierto…
xxDigo «garbeo» y oigo ami espalda su primer grito de verdad.

 

 

 

Palahniuk, Chuck. Asfixia (Trad. Javier Calvo Perales). Barcelona; Ed. Debolsillo, 2007.

 

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