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Archive for the ‘Relato’ Category

LAS SOLUCIONES QUE ACEPTAMOS

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(…) en nuestra época, los valores del Siglo de las Luces triunfan en las instituciones públicas —por lo menos en el mundo occidental—, mientras que en la vida privada nos incordia una insaciabilidad romántica. Consentimos en ser racionales cuando se trata de decisiones públicas y sociales y de intereses colectivos, pero en casa, a solas, no dejamos de buscar el absoluto, y las soluciones que aceptamos en la esfera pública no nos parecen nada satisfactorias.

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Zagajewski, Adam. En defensa del fervor (Trad. J. Sławomirski y A. Rubió). Barcelona; Ed. El acantilado, 2005.

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RARAS VECES DUDAN DE SÍ MISMOS

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(…) la ironía, adoptando a menudo la forma de autoironía, por regla general se aplica a la persona que emite juicios o busca la verdad (…), pero no a la verdad o la ley en sí mismas, como suele ocurrir en los autores modernos, que raras veces dudan de sí mismos aunque les encanta hacerlo de todo lo demás.

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Zagajewski, Adam. En defensa del fervor (Trad. J. Sławomirski y A. Rubió). Barcelona; Ed. El acantilado, 2005.

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PELIGROS

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(…) uno puede «petrificarse» fácilmente en la ironía y en la cotidianidad vivida de forma vulgar, y creo que éste, y no la soberbia de los sacerdotes, es el verdadero peligro del momento histórico actual (a no ser que nos refiramos a los fundamentalistas religiosos).

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Zagajewski, Adam. En defensa del fervor (Trad. J. Sławomirski y A. Rubió). Barcelona; Ed. El acantilado, 2005.

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UN VAGÓN DE METRO Y LA CATEDRAL DE NOTRE-DAME

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Caminar por París como un abogado parisino con la toga ribeteada de verde en el hombro izquierdo o hacerlo como un emigrante son dos cosas distintas. El letrado parisino cruza su ciudad y esa ciudad está jerarquizada, saturada de orden: el presidente y los ministros residen en las nubes, más abajo se ajetrean los juristas y los ingenieros, y cada edificio lleva un letrero con el precio para que se sepa siempre si es mejor invertir en inmuebles o en oro. El emigrante ve otra ciudad, descoyuntada, desgarrada, no sometida a la presión de la jerarquía social. Los carritos de la estación de Saint-Lazare, un obrero junto a la mesa de un café, una mujer embarazada sentada en un banco: he aquí algunos objetos de la visión más interesantes que el palacio del presidente de la República. En la visión no hay ninguna jerarquía. Un vagón de metro reluciente a la luz del sol de primavera —acaba de llover— sobre el viaducto del bulevar Garibaldi vale lo mismo que la catedral de Notre-Dame.

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Zagajewski, Adam. En defensa del fervor (Trad. J. Sławomirski y A. Rubió). Barcelona; Ed. El acantilado, 2005.

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COMO UN HUEVO A OTRO HUEVO

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(…) basta con conocer por propia experiencia la gripe y las décimas que la acompañan para saber que los síntomas físicos, si no llegan al extremos de un dolor insoportable o a la pérdida de conciencia, son algo que no sólo padecemos, sino que también interpretamos en el escenario de la vida. Algo semejante —probablemente— pasa con la vejez. La mayoría de los ancianos se conforma con representar esta comedia, al igual que la mayoría de los estudiantes hace descaradamente el papel de estudiante, la gente de mediana edad se comporta como gente de mediana edad, las mujeres son mujeres, los hombres son hombres, y un político se parece a un político como un huevo a otro huevo.

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Zagajewski, Adam. En defensa del fervor (Trad. J. Sławomirski y A. Rubió). Barcelona; Ed. El acantilado, 2005.

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DESPUÉS, YA VEREMOS

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Hay autores que usan la ironía para azotar la sociedad de consumo, otros aún luchan contra la religión o contra la burguesía. A veces la ironía expresa algo más: la desorientación en medio de una realidad plural. A menudo simplemente encubre la pobreza de pensamiento. Porque si no se sabe qué hacer, lo mejor es volverse irónico. Después, ya veremos.

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Zagajewski, Adam. En defensa del fervor (Trad. J. Sławomirski y A. Rubió). Barcelona; Ed. El acantilado, 2005.

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LA MAÑANA DESCALZA

septiembre 2, 2022 Deja un comentario

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SIN CULPA

Nosotras, mujeres del siglo veintiuno
decimos que hasta aquí.

Cancelamos
ese jardín de espanto en nuestra sangre,
ese veneno milenario que nos muerde las entrañas.

Ser culpables se acabó.
Llevamos tiempo comprendiendo que ese estigma remotísimo
la cebado al animal más ciego, a la jauría.

El ritual perverso del dominio
perpetuado, tal vez, por las costumbre,
se acabó.

Hemos sido infractoras, madres de la culpa, responsables de las plagas del mundo,
criaturas de sed, fatales, embusteras, expertas en hechizar al hombre, apenas
jirones de su espuma, mujeres de labios resignados.

¿Hasta dónde se prolongará esa irracional mentira?

Mujeres del siglo veintiuno:
nuestra voz palpita en las cuerdas de la historia;
somos palabra en la palabra de una alondra calcinada en Auschwitz
y repetimos, hoy, con letras de sangre y de saliva:
«Por fin se acabó
el miedo.
Comienza la esperanza».

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LA COARTADA

xxxTengamos cuidado. El amor disfruta de tanto prestigio que puede convertirse en turbia coartada. Existe una oscura tradición que, en un oxímoron imposible, justifica los celos, la violencia o la humillación en aras del arrebato amoroso.
xxxLas pasiones avasalladoras esconden demasiadas veces historias que asfixian. Revisemos los viejos mitos, las viejas canciones, los cuentas que nos contaron. Dice la leyenda de Helena de Troya que fue la mujer más bella y más amada; en realidad, la más raptada. Cuando aún era niña, la secuestró el héroe Teseo. Sus hermanos la rescataron embarazada; dio a luz en secreto y el episodio fue silenciado. Años después, su padre eligió un marido rico para ella. Ya casada, su historia se repitió: el troyano Paris, perdidamente enamorado, la raptó. No sabemos si con su consentimiento o sin él, la llevó a Troya, donde Homero la describe triste y amarga. Un gran ejército griego asedió la ciudad durante diez años para recuperarla. Cuando Paris murió en la guerra, la casaron a la fuerza con Deífobo, uno de los hermanos del difunto. Tras la destrucción de Troya, Helena volvió a su palacio entre rumores e insultos susurrados. Con el tiempo, Innumerables poetas cantarían su hermosura, pero ahogaron el eco de su voz en primera persona. ¿Experimentó deseo o más bien miedo? ¿Se sintió amada o prisionera? ¿Bella o maldita?

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FEA

xxxEn el reino animal, los machos parecen gozar el privilegio del adorno. Los leones de la sabana agitan al viento sus melenas ante las calvas leonas. En muchas especies de aves, ellos exhiben un plumaje colorido frente a los tonos oscuros y opacos de las hembras. Los machos de pavo real poseen ese abanico prodigioso de plumas para pavonearse. Pero en los humanos la belleza incumbe sobre todo a las mujeres. Durante siglos, las chicas casaderas debían estar guapas para cotizar alto en el mercado matrimonial. Hoy las industrias de la cosmética, las dietas y las operaciones estéticas se aprovechan de esa antigua fragilidad: el miedo femenino a parecer fea y, por tanto, ser ignorada.
xxxEstas ansiedades se expresan en el mito de la joven Medusa, más hermosa que nadie. La diosa de la sabiduría, Atenea, cayó en la trampa de los celos y decidió afear a su rival humana. Transformó sus cabellos en serpientes, estropeó su dentadura y la condenó a convertir en piedra a cuantos mirase. La joven sembró el terror a su paso, hasta que fue eliminada por el héroe Perseo con la treta de mostrarle su propio reflejo, que la dejó petrificada. Medusa, primera víctima de la tiranía de la imagen, murió por mirarse en el espejo. Desde tiempos ancestrales, las mujeres crecemos con una obsesión aprendida: ni siquiera las diosas pueden desentenderse olímpicamente de la belleza.

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REFLEJO

Los espejos emiten un zumbido:
llevan la noche dentro.

Parpadean,
esquivos, su cruel asimetría.

Los mendrugos opacos de dos ojos
te miran
haciendo un ruido de palomas rotas.

Tú sonríes, entonces.

Tu reflejo levanta otro martillo.

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LA NIEVE DEL SILENCIO

xxxNunca sabremos cuántas veces sucede. Los abusos de poder son siempre difíciles de denunciar; por definición la víctima ocupa una posición vulnerable frente al agresor. Y a menudo la única prueba que ella tiene, en esas circunstancias, es la palabra propia. Para evitar el escándalo, las averiguaciones y la necesidad de desnudar de nuevo los recuerdos, muchas prefieren ocultarlo. Y así la nieve del silencio fabrica paisajes blancos, en apariencia limpios, escondiendo las zonas fangosas.
xxxRelata la leyenda griega que la jovencísima Casandra adivinaba el futuro en el templo troyano de Apolo. Desde su posición de dominio, el dios quiso yacer con su sacerdotisa, y ella tuvo la osadía de rechazarlo. El arrogante y poderoso Apolo, poco acostumbrado a las negativas, la maldijo escupiéndole en la boca. «Nadie creerá tus palabras», dijo a la adivina. «Nunca más». El castigo se convirtió en una fuente constante de dolor y frustración para Casandra. Cuando contó su historia, sus propios padres la acusaron de loca y la mantuvieron encerrada en casa. Mientras, el dios siguió recibiendo culto en sus altares. La maldición de Apolo, gravitando sobre tantas Casandras a través de los siglos, ha impedido conocer las verdaderas dimensiones del daño. Porque este delito tiende a quedar oculto bajo un alud de silencios: aquí hay que creer para ver.

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CASANDRA DESAFÍA A APOLO

Y ahora, ¿cómo llegarás a mí?
¿De qué manera intentarás hundirme?

¿Dónde está tu trono enmohecido?
¿Qué verbo
me niegas?

El ayer se oxida, irrevocable,
tensado sobre un péndulo de luz.
Ya no deshaces
cada huella mía que intentaba rozar
las fronteras de tu juramento.

«Nunca más», dijiste, y hoy le arranco las raíces
a ese vértigo,
desclavo de mi voz las palabras mordidas,
el pavor antiguo,
la extenuación de lo callado.

Ven y escúpeme, si quieres, en la mitad exacta de mi rebeldía.

¿Por qué tiembla tu alarido, se deshoja, se arranca la mirada?
¿Qué orines te devoran, poderoso?

El día está por hacerse
en mi palabra.

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DESPEDIDAS

Otra
vez

nombrar
lo
que
se
aleja
para
dejarlo
ir.

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LAS ÚLTIMAS GOTAS DEL SILENCIO

La noche sangra,
y llueve.

Cómo ruge la crueldad en el abismo
que devora tus entrañas.

Ven
y deja que respire el vértigo,
déjame anudar la voz
a la oquedad donde tu amor tirita: yo pronunciaré tu nombre otro
en el reflejo inacabado de la noche.

¿Ves cómo mi palabra
disuelve tus manos cegadas por el viento?
En círculos te llama mientras va borrándote las sombras
en una interminable desaparición que cifra
su misterio.

Ven
y olvídate, reposa. Mira este invisible lirio azul
que entra y sale de tus ojos:
aquello que tú odiabas ya no existe.

Ven
y advierte cómo suena la esperanza, su oleaje,
y descubre
cómo estalla la luz del mediodía.

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LA PRIMERA FIRMA

xxxLa literatura universal tiene un comienzo asombroso, del que apenas se habla: el primer escritor que firmó un texto con su propio nombre fue una mujer.
xxxHace más de cuatro mil años, en el país que inventó la escritura, hoy llamado Irak, Enheduanna, poeta y sacerdotisa, escribió un conjunto de himnos cuyos ecos resuenan todavía en los Salmos de la Biblia. Rubricó con orgullo las tablillas de barro: era hija del rey Sargón de Acad y tía del futuro rey Naram-Sim. Cuando los estudiosos descifraron los fragmentos de sus versos, perdidos durante milenios y recuperados solo en el siglo veinte, la apodaron «la Shakespeare de la literatura sumeria», impresionados por su escritura brillante y compleja. «Lo que yo he hecho, nadie lo hizo antes», escribe Enheduanna. También le pertenecen las más antiguas notaciones astronómicas. Poderosa y audaz, se atrevió a participar en la agitada lucha política de su tiempo, y sufrió por ello el castigo del exilio y la nostalgia. Sin embargo, nunca dejó de escribir cantos para Innana, su divinidad protectora. En su himno más íntimo y recordado, revela el secreto de su proceso creativo: la diosa lunar visita su hogar a medianoche y la ayuda a «concebir» nuevos poemas, «dando nacimiento» a versos que respiran. Enheduanna fue —que sepamos— la primera persona en describir el misterioso parto de las palabras poéticas.

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UNA VOZ EN LLAMAS

¿Tengo, entre mis manos, algo más que el rocío,
la fragilidad, un cuerpo de ardiente floración,
una punzada de ternura?

¿Algo más que mis dos ojos donde se posan los harapos diluidos,
la derrota transparente
del amor,
los gritos del mundo?

¿Algo más que el temblor encarnizado que palpa mis errores?

¿Algo, en mí, que supiera decir, entera, una palabra
y no se acostumbrara a ser silencio
ni a ser el cuerpo del olvido
o el objeto
apetecible?

¿Hay, habrá en mis manos un nombre de mujer que firme bajo un texto,
que estampe la dulzura adentro del relámpago,
y que se atreva a decir, después, yo hice
lo que no hizo nadie?

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Vallejo, Irene; Ramón, Inés. La mañana descalza. Zaragoza; Ed. Olifante, 2018.

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ESTA ATENCIÓN TARDÍA

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EL gato emite silencio. Miro la avispa, al mediodía, serrando un milímetro de carne con sus dos serruchos laboriosos. Se lleva una tajada minutísima, por el aire, hacia el sol secreto de las avispas, y vuelve a por más. Ya le he dado destino a su día. El gorrión se baña en su fuente, se refresca, y luego sale huyendo hacia lo azul. El gorrión es ladrón de agua, robador del frescor del día. La paloma es poesía y resorte. Abierta y volando es un ave modernista. Caminando, o parada en una rama, es un juguete mecánico. Los perros puntean el silencio y lo dejan cruzado de mensajes, que son sus ladridos correspondientes y correspondidos.
xxLa babosa viene a veces adherida al periódico que tiran sobre la hierba, por encima de la tapia. A la babosa la pongo en mi mano y se abre paso entre el vello con ilusión de manigua. Cuando le hablo, mínima, eriza sus dos cuernos blancos y finísimos, sus antenas/ojos, se orienta y sigue, hasta que la deposito en una hoja verde, que supongo es su hábitat, donde se hará caracol.
xxDe dónde esta atención tardía a los animales, a los bichos, este descubrimiento espléndido y pequeño de su lucidez, su afán de vivir, su presente redondo. El hombre ha levantado mitologías en el cielo, dioses grandes, de una musculatura retórica, o ha erigido a otros hombres en esfinges con magia y destino, pero raramente ha descubierto esta mitología breve y populosa de los animales, que cuando son grandes se combaten y cuando son pequeños se ignoran.
xxEn mi afán por huir de lo humano peor, de los destinos consabidos, he venido en descubrir que la verdadera y realísima mitología son los animales, del tigre de Borges a la babosa que transita mi mano, como un continente, mientras leo el periódico. Sí hay vida feliz en la tierra, sí hay una manera compartida de crear el presente duradero y es la de las fieras, los insectos, las aves, los peces, los felinos, los cánidos, esa hermosa y presentísima verdad hecha de fuerza egregia, minucia alfabética, gladiolo del cielo, ave, chispazo del mar, pez, musculatura de oro, pantera, humanidad cabizbaja y sentimental, perro.
xxTodos ellos siguen en el paraíso terrenal, que es el mar con la selva, y lo traen hasta nosotros en el hocico húmedo, en el mosconeo de oro, en las alas tendidas, —ah Virgen desplegada—, sacratísimas.

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Umbral, Francisco. Un ser de lejanías. Barcelona; Ed. Planeta, 2001.

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COMO UN JARDÍN

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EN la fiesta ciudadana, en la noche cortés, si hay muchas mujeres jóvenes, sólo percibo como un jardín de coños, una evidente floración de sexos femeninos que están ahí, al final de la seda y la piel, tras la gracia leve de una lencería, vivos o adormecidos, unánimes como las rosas, perfumando el pensamiento más que la carne.
xxNo puedo pensar en otra cosa. Hablo, bebo, río, juego, me comporto con «maneras delicadas» (de un cronista), pero la presencia de los sexos femeninos es fehaciente y amarga como la presencia de las estrellas o las joyas. ¿Sentimos todos lo mismo? No hay urgencia ni violencia en este sentimiento. Sólo una verdad poética y clínica que es el fondo o la superficie de la fiesta.
xxLa vida social es una congregación de coños que llegan a mi indiferencia por muy habituales o por muy incógnitos.
xxNuestra realidad siempre nos traiciona.

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Umbral, Francisco. Un ser de lejanías. Barcelona; Ed. Planeta, 2001.

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CIEN AÑOS. O LOS QUE SEAN.

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CIEN años de Borges, o los que sean. Borges nos fascina porque le resta toda utilidad a la cultura y la deja en juego, lo que realmente es. Se soportan las erudiciones de Borges porque no pretenden probarnos nada, sino resolverse en una sonrisa.
xxBorges ha escrito uno de los mejores castellanos del siglo, pero siempre en contra del castellano. Es una contradicción dandy que los opacos le rechazan. A uno le apasiona asistir a la lucha de Borges contra un tigre de palabras que pretende desbaratar, pero que le hechiza como todos los tigres. Su lirismo es tan intenso que hace pasar por narración lo que no son más que metáforas. Así cuando crea ciudades imaginarias: «Torres de sangre, tigres transparentes.» No ha construido nada sino dos hermosas metáforas, que yo prefiero, desde luego, a la épica de los constructores de ciudades y los constructores de novelas.
xxBorges es un escéptico irónico y dicen que el escepticismo es de derechas. Pero lo contrario del escepticismo, el fanatismo, es fascista. Borges es un genio absoluto porque es capaz de quemar un concepto en una sonrisa. Esto cabrea mucho a los filósofos de escalafón, pero es lo que el escritor —Voltaire, Montaigne, Cocteau, D’Ors, Borges— tiene sobre los demás hombres: la caligrafía de la sonrisa.

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Umbral, Francisco. Un ser de lejanías. Barcelona; Ed. Planeta, 2001.

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EL ROBO COMO ADORNO DE LA VIDA

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«EL robo es la contestación al trabajo», escribe Lefebvre. (Al trabajo alienante, se entiende.) Siempre me ha fascinado el robo, en el sentido de Lefebvre y en otros. Por ejemplo, el robo como acto gratuito, gideano. El robo innecesario (tampoco el robo cleptómano, enfermo). El robo como adorno de la vida, como voluta de la vida social.
xxDe pequeño robaba fruta, calderilla, libros, como todos los niños. Y hubiera seguido robando toda la vida, hasta que tomé conciencia de que eso era peligroso, delictivo, incómodo. Hace pocos años escribí una novela sobre el tema, La forja de un ladrón, para ganar un premio, para «robar» un premio. Y lo robé. Es uno de los premios profesionales que más quiero, no por razones literarias sino biográficas. Fue una modesta manera de dar forma a la fantasía infantil del robo.
xxEl robo, como acto gratuito, nos lleva al suicidio, que es el acto gratuito por excelencia. El suicidio inexplicado e inexplicable, no el suicidio por miedo, enfermedad o dolor, pues aquí la muerte se torna utilitaria como consuelo, remedio o punto final que se pone a lo que no lo tiene. He conocido escritores que robaban. En una sociedad más abierta, al escritor debiera permitírsele robar. Todo lo que hace el escritor es literario y el robo es literatura «concebida» o literatura vivida.
xxAmo el robo limpio, escueto, nocturno. La noche es la patria de los ladrones. No me interesa, ya digo, el robo vindicativo ni el robo por necesidad. El robo debe ser poesía en acto. Mejor que cantar una joya en un poema, robarla. Viene a ser lo mismo. El artista sólo sabe moverse por razones artísticas. No sé si esto lo entienden los jueces.
xxSuicidarse es robarse la propia vida. En el robo hay una suerte de dandismo. El robo, además de lo que dijo Lefebvre, es la contestación a la norma. A la Norma. Se roba por alterar la Norma, por contrariar la vida, por interrumpir la corriente tediosa de lo razonable.
xxRobar como roban los niños, sin hambre, ni gula ni avaricia. Ellos roban fruta y uno quisiera robar manzanas de oro y plata, ésas que veo todas las noches alumbrando una cena. El robo del niño es un acto lírico. Roba por inercia y por etnia. El hombre lleva quizá millones de años robando. El chimpancé, nuestro prólogo antropológico, toma las cosas directamente. Ignora lo tuyo y lo mío. Y el robo, hoy, tiene la poesía que le viene de la gratuidad del mono. Todo robo no utilitario es un poema que está entre el mono y el dandy.

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Umbral, Francisco. Un ser de lejanías. Barcelona; Ed. Planeta, 2001.

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CUCHILLADAS NOCTURNAS, SECRETOS MEDIOCRES, DELINCUENTES CON BUENA LETRA Y MERETRICES

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ELEGÍ la literatura como reino fuera de este mundo, como reducto de sosiego y silencio, al margen de la guerra y el crimen, pero no era verdad.
xxNo era verdad. La literatura está llena de cuchilladas nocturnas, secretos mediocres, delincuentes con buena letra y meretrices que han arruinado con su lepra sexual a los grandes poetas. La historia de la literatura es un vasto cementerio que todavía huele a la sangre derramada de los clásicos y al cadáver reciente del crimen erudito de anteayer.
xxSócrates y Séneca tuvieron que suicidarse por orden superior. Nuestros clásicos del XVI y el XVII se acuchillaban entre ellos y se clavaron insultos que ahí están, en las antologías, como testimonio de que uno escribe mejor cuando está dispuesto a matar. La mejor prosa sería una prosa criminal. Y el verso. A Oscar Wilde le tuvieron trenzando y destrenzando esparto, en Reading, destrozando sus manos de poeta y sutilísimo ensayista. Baudelaire es condenado por un libro inmortal e ignorado o traicionado por el gran crítico de la época, Saint-Beauve. Baroja calumnia a Valle Inclán, Sawa llama «negro» a Rubén, la Pardo Bazán dicen que mantiene relaciones esquineras con los grandes hombres de su época.
xxEn estos días, Vargas Llosa ha criticado a los críticos y los críticos han dicho al fin lo que pensaban: que el peruano es mejor ensayista que novelista. El lúcido Borges escribió cosas deliberadamente torpes contra García Lorca y tantos españoles. Eliot saquea a Joyce y a Pound, los surrealistas definen a Anatole France y a Barrès como «cadáveres exquisitos», Althusser asesina a su mujer, la asfixia, a Nerval lo cuelgan de una verja, Virginia Woolf se suicida, Byron se acuesta con su hermana…
xxTres puntos suspensivos como tres gotas de sangre. Cuando yo empecé a hacer literatura en los periódicos, me dijeron que era muy bueno, pero que era siempre igual. Unos críticos han consagrado mis libros y otros han deseado por escrito mi no existencia corporal, mi inexistencia no sólo literaria, sino física. Todos han elogiado mi estilo por ocultar mi pensamiento. Cuando algún filósofo ha reparado en mi pensamiento —Marina—, nadie se ha hecho eco. Una amante muy literaria me dijo: «Tus libros me parecen todos el mismo y con el mismo título». Un director de periódico, a mis cuarenta y tantos años, me dijo que yo estaba «muertecito». Pero en los veinte años siguientes el muertecito ha escrito sus mejores cosas y ganado sus más ásperas contiendas. Tengo en la memoria cicatrices de todos los que van armados por la literatura. El discípulo amado pronto trueca su discipulazgo en rencor. Tengo tajos en el alma de todos los jefes de grupo. La tribu literaria es la más salvaje e irritable de todas las tribus urbanas. A mi vez, conozco a mis damnificados y no me arrepiento.
xxHe sufrido condenas de silencio largo y conjuras de frivolización, incomprensión o estupidez. La única realidad, la gran paz dentro de esta tribu es la paz laboral de sentarse al sol, a la puerta de casa, a escribir sobre la belleza del mundo, de una mujer o de una palabra. Sin rencor, o purgado de todos los rencores por las enseñanzas de la edad, uno escribe su escritura, escribe la escritura, como la vieja que en cuclillas hace el guiso pobre para los perros, sin saber siquiera si pasarán los perros a comerlo. Basta con el placer de guisar.
xxEn el silencio vertiginoso de esta mañana de agosto, cuando la luz es todavía verde, cada perro literario se lame su cipote y yo me doy saliva en las heridas, en las viejas cicatrices, consciente de que la batalla de la cultura sigue por ahí fuera, con ruido y furia, cada vez más lejos de mí, que escribo el escribir como el pintor abstracto pinta el pintar, luz gloriosa que amo, inicial o final, de una prosa o un lienzo que ya no dicen nada sino que son. Que mi palabra sea y yo me coma el guiso de los perros.

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Umbral, Francisco. Un ser de lejanías. Barcelona; Ed. Planeta, 2001.

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CON ESE BRILLO DE POSIBLE AMISTAD

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HOY me ha mirado un perro como preguntándose por mí. Era un perro negro, grande, ya un poco viejo, sin otra nobleza que la edad. Un perro de alguien, sin duda, un perro de otro, que repentinamente se ha interesado por mi persona. Quizá es el perro de un amigo y eso basta para que él me considere continuación difusa e interesante de su amo.
xxQué dulce curiosidad en la mirada del perro, qué añosa gravedad, qué dignidad de persona que no tienen las personas. Nunca otro humano nos mira así. Entre los hombres sólo nos cruzamos miradas furtivas, o de momentánea alegría, miradas de superficie, más o menos mentidas. Miradas inquisitivas. Al perro, en cambio, se ve que le interesa todo de mí. Me mira a los ojos largo tiempo y espera que yo le corresponda con una mirada igualmente honesta, honrada, profunda, interesada, curiosa, digna. Con una mirada perruna.
xxNo hay entre las especies, y menos en la humana, un ser capaz de mirar así, con tan respetable interrogación, con ese brillo de posible amistad que hay al fondo de sus ojos negros. Quizá piensa el perro si soy digno de él, de su cariño o de una relación de hombre a hombre, de perro a perro.
xxMe ha conmovido la mirada del perro, su distante y profunda observación. Ahora comprendo que nadie me había mirado así jamás, y estoy al final de mi vida, como él, quizá, de la suya. Del fondo vil del hombre jamás puede nacer una mirada semejante. «Ya no se mira así», dirían los nostálgicos. Pero nunca se ha mirado así.
xxHace falta mucha humanidad dentro para mirar como un perro.

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Umbral, Francisco. Un ser de lejanías. Barcelona; Ed. Planeta, 2001.

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COMO LOS DESNUDOS URBANOS DE DELVAUX

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EL automóvil atraviesa el bosque, hacia la ciudad, a marcha moderada. Cientos de mulatas negrean entre los árboles. Van desnudas, con mínima lencería blanca sobre su piel ceniza. Sus pechos casi rozan los cristales del coche. Están ahí noche y día esperando al cliente, esperando el dinero de la droga, que las llevará a más droga y más prostitución. Son como ánimas de ese Purgatorio que ahora dice el Papa que no existe. Están entre los árboles, con bolsero y tacones altos, insólitas como los desnudos urbanos de Delvaux.
xxLa ciudad crece en medio de un bosque. La capital de la libertad crece dentro de un anillo oscuro de esclavitud y enfermedad. La libertad que el hombre otorga al hombre, y a la mujer, no pasa de las afueras. No va más allá del casco urbano. Somos ciudadanos de la libertad en nuestros altos pisos con moqueta. La moqueta crea un silencio igual a sí mismo que nos parece el clima perfecto y conseguido de la civilización y la cultura. Pero tres kilómetros más allá está la esclavitud, el infierno de la mujer en ridícula y patética de desnudo ciudadano. En plena libertad sexual la sexualidad busca estos aliviaderos. En la raíz profunda de los rascacielos hay un bosque —todo el bosque es raíz— de miseria, carne triste, droga sucia, prostitución y sangre.

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Umbral, Francisco. Un ser de lejanías. Barcelona; Ed. Planeta, 2001.

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HAGAMOS LA EXPERIENCIA UNA VEZ MÁS

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¿LLEGA el escritor a odiar la literatura? No lo sé, pero hay días de hastío, de cansancio, de sobresaturación. ¿Por qué no abandonar el pensamiento y las palabras, si ya has escrito tanto, para vivir la vida que te queda?
xxLa noche, las mujeres, el alcohol, las desnudez y la fiesta, el cuerpo, el cuerpo. Hagamos la experiencia una vez más. Así como hay un sobre/trabajo —plusvalía— que es denunciable, hay un sobre/pensamiento que es ya un estéril pensar el pensar. Parece fascinante arrojarse hacia fuera del cuerpo, arrojar el cuerpo hacia fuera de su sistema de costumbres, rutinas y compromisos. Todavía restan unos años de fuego y sexo, de velocidad y risa.
xxPero la gente exterior dice refranes, apiña las uñas para decir que la fiesta estaba así, ha resuelto con tópicos las cuestiones más apasionantes del pensamiento como juego. De pequeño, si querías merienda en la excursión, tenías que llevarla tú. Ahora, si quieres ingenio en la gran cena, tienes que ponerlo tú. El oro es aburrido, el lujo es letárgico, la abundancia sin gracia no es más que mercancía.
xxNo hay salida.
xxVa uno aguantando, pero antes o después tendrás que volver a los libros, a tus odiados intelectuales, a vivir la carne como una huida del texto y a gustar el texto como el verdadero reposo del guerrero. Aparte el episodio amoroso, la vida social es un carrousel vacío donde los muertos más populares giran inmóviles, envejecidos. Realmente, su muerte es vulgaridad, su vulgaridad viene de que siempre han estado muertos. La única autopista al futuro es una vagina joven. Y luego vuelta a las ideas, ya sin la esperanza de pensar nada nuevo, de escribir nada estupefaciente, sino como refugio, choza del intelectual en el bosque urbano de la vulgaridad bien educada.
xxDe momento, trabajo en este libro. Escribir un libro es una aventura interior. No importa el final ni la salida. Importan las maniguas recalentadas que uno va cruzando, el pensamiento selvático y la espera inconsciente de una llamada femenina de paso hacia el crepúsculo.

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Umbral, Francisco. Un ser de lejanías. Barcelona; Ed. Planeta, 2001.

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