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Archive for the ‘Poesía’ Category

CUATRO POEMAS DE ‘SALIR RANA’

 

EL AGUJERO

Mamá lleva treinta y siete años
pagando una agujero para mí.
Con todo lo que lleva pagado
por ese agujero de dos metros
por setenta
podría yo haber visto Alejandría
con estos ojos que mamá
prometió un día a los gusanos,
hubiera podido yo
afrontar tan larga oscuridad
con el sol de Alejandría
en mis retinas muertas.
Su mayor preocupación, la de mamá,
para cuando ella faltara,
era que no olvidase en qué cajón
estaban los papeles
que nos confirmaban, a ella y a mí,
como dueños transitorios de dos agujeros
en un panal de insectos muertos.
Me aconsejaba mi madre que en su ausencia
no dejara de pagar mi agujero
y que solicitara otro para el hijo que no he tenido,
al que dejaré, como única certeza,
un agujero que no existe.

 

 

 

 

EVA

Caminamos sin mirar atrás.
Mi vientre ha comenzado a abultarse.
El resplandor incandescente de una espada
nos señala el sendero que lleva al dolor,
al desamparo, a la muerte.
Mi hijo nacerá libre.

 

 

 

 

LO QUE UN GATO A UN VERDUGO

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx«¡Pobre mono…! ¡Dame la pata…!
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxNo. La mano, he dicho.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx¡Salud! ¡Y sufre!»
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxCésar Vallejo

Como un aspirante a matarife
aprende en la íntima geografía de los gatos
qué nervio, qué tendón y qué recuerdo
desencadenan el alarido, sueltan el esfínter,
qué tenaza en qué cartílago recóndito
de puro pánico hace mendigar la muerte.
Del modo en que aprende el cadetito
hasta dónde ahogar, hasta dónde ensartar,
la penosa frontera entre pesadilla y locura.
Como un niño inocente en su crueldad
amputa ensimismado las alas a la mosca,
le arrebata el cielo,
pero también la trampa del cristal,
así Vallejo a la poesía. Entiéndaseme.

 

 

 

 

NOCHE DE REYES

Nunca hubo nada para mí
hasta aquel día:
un cuaderno y unos lápices.
Mi primera máquina
de hacer elegías.

 

 

 

Flores, Pedro. Salir rana. Sevilla; Ed. Renacimiento, 2016.

 

SALIR RANA

 

EL OMBLIGO DEL MUNDO

Mientras desde el minarete
derrame el almuédano su letanía
sobre las almas de los creyentes
y en las vastas estepas de Mongolia
jinetes invulnerables al tiempo
domen caballos nacidos para el aire.

Mientras por las calles de Ginebra
la lluvia haga correr
a los pocos paseantes
y los francotiradores y los leopardos,
cada uno en su jungla,
ausculten pisadas en la hojarasca.

Mientras el Índico prenda con sal
los ojos de los recolectores de perlas
y los hombres azules
rastreen el olor del agua
envueltos en el simún.

Mientras el crepúsculo sobre el Bósforo
apague las cúpulas de Estambul
y en la selva de Paria
una endémica bruma
haga perder el norte a los siglos.

Mientras todo esto ocurra,
uno tiene que ser
un prestidigitador fantástico,
o un mentiroso muy hábil,
para poder seguir creyéndose
el ombligo del mundo.

 

 

 

 

HISTORIA DEL MAL LADRÓN

Había robado oro
de las arcas del Templo.
El camello del prójimo.
O tal vez sólo arrebató
pan y naranjas
a los aromas del mercado.

Padeció y fue condenado
en tiempos de Poncio Pilatos.
Fue crucificado
a la siniestra del hijo
en el monte de la Calavera.

No tuvo corona,
ni siquiera de espinas.
No se arrepintió.
No resucitó con gloria
el día tercero.

Pero él,
que pidió ver
para creer,
ha llenado de apóstoles
la Tierra.

 

 

 

 

LA FLORISTA DE LA HABANA

Y dime,
¿nunca quisiste estar
al otro lado de la rosa?

Déjame esta noche que te traiga
a la otra ribera de la flor,
en la que existen su aroma y su nostalgia.
Que por una vez no pertenezca
a un amor ajeno,
que se marchiten de esperarte
los amantes del malecón
y las almohadas de los hoteles.

Pero ella se aleja,
y como una virgen sembrando pétalos
al paso solemne de un rey,
enseña el camino a la noche de La Habana.
Junto a la rosa empapada en cerveza
me ha dejado una pregunta:

¿Nunca quisiste estar
al otro lado del poema?

 

 

 

 

EL VIOLINISTA DEL TITANIC

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxPara Silvia

El vigía no vio el hielo.
El capitán no vio el peligro.
El armador no vio las prioridades.
La primera clase no vio a la tercera clase.
El radiotelegrafista no vio respuesta.
Lady Rothschild no vio su estola.
Los maquinistas no vieron el cielo.
Pero el violinista, ah, el violinista
lo entendió todo de repente;
reunió en la cubierta al resto
de la pequeña orquesta
mientras hombres y mujeres
que creyeron tenerlo todo comprendieron
lo desnudos que estaban ante la tragedia
y tocó,
tocó como nunca había tocado,
tocó para él,
tocó quizás para alguien que en vano
le esperaría entre las brumas
de un muelle apretando los puños,
y se ahogó con la muerte en el gélido mar
del cruel abril de mil novecientos doce.
De ese modo te quiero:
inmune al miedo y al frío,
mientras el mundo se desmorona en torno nuestro,
sin esperar que nadie me rescate,
dándote la música de mi alma
hasta que el agua me llegue al cuello.

 

 

 

 

YAHVÉ

En los ojos del primero
vio los imperios erigirse y desmoronarse,
San Juan de Acre ardiendo en su nombre.
El adiós para siempre a Sepharad.
Un edificio que se abrasa en Alejandría.
Vio los campos de Virginia tapizados de gris y azul.
La inscripción en un cinturón sin dueño
sobre la nieve de un lugar llamado Stalingrado
y que decía Gott mit uns entre manchas de sangre.
Una niña que corre eternamente bajo el napalm
por una carretera que no lleva a la conciencia.
Vio la salita de la silla en una prisión de Texas
y la lluvia de ceniza sobre los arrabales de Grozni.

Pero también vio a Homero
y a un viejo pescador
que en un remanso del Yang-Tsé
devolvía un pez a las aguas
y pensó
después de todo quizás
valga la pena.

 

 

 

 

CAER

Caer bien, con clase.
No desfallecer,
ni desmayarse,
ni derrumbarse,
ni trastabillar,
ni doblar la cerviz.
Caer como un roble en sus dominios
después de cien años mirando al Sol
frente a frente.

 

 

 

 

UNA HISTORIA ANTIGUA

Partieron a miles desde las costas de Acaya.
La historia no dice
si de verdad creían que iban a lavar
el honor de un monarca humillado,
pero la riqueza de Ilión es legendaria.
Agamenón (que posee una fábrica de flechas)
tomará una quinta parte del botín.
En el fragor de la batalla
nadie recordará, Helena, que fuiste hermosa.

 

 

 

 

ANTES SE MORÍA EN CASA

Sí, se moría a menudo en la misma cama
en que se había nacido,
que solía ser la misma cama
un que uno había sido concebido.
Se navegaba por la vida
sobre la misma carroza inmóvil
con la que se partiría hacia la muerte.
Se moría mirando las cuatro paredes
donde colgaban los retratos de aquellos
que habían menstruado y soñado antes
en aquella implacable máquina del tiempo.
Los que amaron haciendo crujir los muelles
con un rasguño negro de grillo metálico,
dando retratos de muertos a las paredes
y muertos para este poema escrito en casa,
sobre una cama que me arropa
y que me espera.

 

 

 

 

CARPE TERRAM

Nuestros ojos no mirarán las maravillas sobre la tierra.
Nuestras bocas no comerán manjares sobre la tierra.
Perteneceremos a legiones de animales sin nombre.
Ingresaremos en la quitinosa intimidad
de ciegas jaurías invertebradas,
de piaras microscópicas de hambre subterránea.
Comeremos tierra
con sus tractos digestivos transparentes.
Devoraremos la tierra desde dentro,
pues nada fue nuestro sobre ella.

 

 

 

 

EL CIELO SOBRE VILLA PERRO

Me mandaron a la calle;
que el niño no nos vea llorar,
que no levante una esquinita de la sábana
si nos despistamos un segundo.
Como si afuera la tarde no tuviera goteras.
Como si de cada nube no colgara
la rolliza manita de una niña helada.

 

 

 

 

TRASIEGO DE VILLA PERRO

Cuidamos los unos de los otros.
La que hace un guiso guarda un poco
y cruza la calle con un caldero verde.
El que fue obsequiado con un saco de cebollas
no llora solo a la hora de la cena.
El poeta se guarda sus versos.
Cuidamos los unos de los otros.

 

 

 

 

EL LECTOR Y LA POESÍA

Ella se reía al oírlos, me decía:
cómo va a salir una vieja en unos versos,
no tiene sentido,
deberías escribir sobre cosas importantes.
Yo a veces le contestaba
que no hay nada que entender,
que la poesía, aunque suene cursi,
es como una estrella;
tal vez hace años que no está
cuando su luz llega hasta nosotros.
Ahora ella se sigue riendo,
creo que por fin comprende
lo de la poesía y las estrellas.
Ahhh, me dice,
yo soy una muerta que escucha,
y tú también estás muerta.

 

 

 

Flores, Pedro. Salir rana. Sevilla; Ed. Renacimiento, 2016.

 

ESTA NOCHE: RECITAL DE ANDRÉS GARCÍA CERDÁN

 

Esta noche, a las 21:30 h, Andrés García Cerdán dará un recital en el bar ‘El Sur’, de la ciudad de Murcia.

De su último libro publicado, aquí tienen una selección. Y esperemos que esta noche adelante alguno de los poemas de su próximo libro, que algunos esperamos como agua de mayo, en la editorial Visor.

Allí nos vemos.

 

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ESTA NOCHE: RECITAL DE NATXO VIDAL GUARDIOLA EN MURCIA

 

Esta noche, a las 21:30, Natxo Vidal Guardiola leerá poemas de su último libro, ‘Mi parte de la pólvora’, publicado por la editorial Huerga & Fierro, en el café El Sur de la ciudad de Murcia. Además, promete contar alguno de los próximos proyectos que ya lleva entre manos.

Allí nos vemos.

 

P.D. Si quieren echarle un vistazo a algunos poemas de ese último libro,  pinchen aquí.

 

ADONAIS

 

xxxxxIII

Llorad por Adonais porque está muerto.
Despierta y llora, madre melancólica.
Pero ¿con qué propósito?
Apaga al borde de su ardiente lecho
tus encendidas lágrimas y deja
que guarde tu estruendoso corazón
un impasible sueño como el suyo.
Pues él ya ha descendido a donde todo
lo que es hermoso y sabio va a caer.
No sueñes, no, que el amoroso abismo
nos lo devuelva al aire que da vida.
La muerte se alimenta de su voz
apagada y se ríe de nuestro desconsuelo.

 

 

 

 

xxxxxV

¡Tú, la más musical de las llorosas,
llora otra vez! No todos se arriesgaron
a subir a ese sitio esplendoroso.
Y más felices son quienes conocen
una felicidad cuyas antorchas
todavía iluminan la noche de los tiempos,
cementerio de soles.
Algunos más sublimes, encendidos
por la rabia envidiosa
del dios y de los hombres, se extinguieron
apagada su clara primavera.
Y quedan otros vivos todavía
pisando las espinas del camino
que conduce a través de penas y de odios
a la calma morada de la Fama.

 

 

 

 

xxxxxXV

Perdida entre montañas silenciosas,
Eco reposa y nutre su dolor
con la memoria de sus cantos.
Ya no responderá nunca a las fuentes
ni al viento ni a las aves amorosas
posadas en la joven verde rama,
ni al cuerno del pastor ni a los tañidos
de la campana vespertina.
Ya no puede imitarle ella los labios,
más queridos que aquellos desdeñosos
por cuyos menosprecios se apagaba
en la sombra de todos los sonidos.
Un lúgubre murmullo, entre sus cantos,
es todo cuanto oyen los hombres de los bosques.

 

 

 

 

xxxxxXXII

¡Ya no despertará, oh, nunca más!
«Despierta, álzate tú del sueño, Madre
sin hijo» —grita la Miseria—
«y extingue en lo profundo de tu pecho una herida
más atroz todavía que la suya
con suspiros y lágrimas».
Y todos los ensueños que los ojos
de Urania contemplaron, y los Ecos
que el canto de su hermana había alimentado
en su silencio santo, le gritaron: «¡Levanta!».
Rápido como un pensamiento herido
por la serpiente del recuerdo,
el marchito Esplendor volvió a brotar
de su descanso de ambrosía.

 

 

 

 

xxxxxXXIX

«Nace el sol; numerosos reptiles ponen huevos.
Se muere y los efímeros insectos
entonces se congregan en la muerte
sin un amanecer;
de nuevo, despiertan las estrellas inmortales;
de este modo es el mundo de los hombres vivientes:
una mente divina se remonta, en su goce,
desnudando la tierra y velando los cielos,
y, cuando ella se hunde, los enjambres
que su luz empañaban o su luz repartían,
abandonan sus lámparas fraternas
en la noche espantosa de los tiempos.»

 

 

 

 

xxxxxXXXII

Un espíritu bello y ágil cual de leopardo,
un Amor disfrazado de tristeza;
una fuerza vestida de blandura
apenas puede alzar su último peso;
es lámpara que muere, chaparrón
que cae, ola rompiendo ¿o acaso cuando hablamos
no se nos despedazan las palabras?
Sobre la flor marchita se sonríe
el asesino sol brillantemente;
la vida puede arder en la mejilla
con su llama de sangre, incluso cuando
el corazón está a punto de romperse.

 

 

 

 

xxxxxXL

Se ha remontado sobre las sombras de la noche;
la envidia, la calumnia, el odio y el dolor
y esa angustia que el hombre impropiamente llama
gozo, no pueden ya torturarle de nuevo.
Del contagio del tizne paulatino del mundo
está inmune, ya no tendrá
que lamentar un corazón helado,
una cabeza inútilmente cana;
ni llenará una urna no llorada
con cenizas sin brillo cuando su propio espíritu
haya concluido de arder.

 

 

 

 

xxxxxXLV

Los herederos de un nombre malogrado
se elevan de sus tronos construidos
más allá del humano pensamiento,
lejos, en lo Invisible. Se alza Chatterton pálido.
Su solemne agonía no se ha desvanecido.
Sydney, de igual manera que luchó,
lo mismo que cayó, vivió y amaba,
sublimemente dulce, inmaculado Espíritu,
se levantó; y Lucano, por su muerte,
consistió en levantarse.
Y cuando ellos se alzaron, el Olvido
se encogió como cosa reprensible.

 

 

 

 

xxxxxXLVII

¿Quién por Adonais llora? ¡Oh, amante sin ventura!
Conócete a ti mismo y de verdad
conócelo a él. Con tu alma anhelante
abraza la oscilante tierra; y como desde un centro,
arroja la luz de tus espíritus
más allá de los mundos hasta
que su vasto poder sacie el vacío círculo:
Disminúyete luego hasta un único punto
dentro de nuestro día y nuestra noche;
y guarda tu ligero corazón
porque no se te hunda cuando alguna esperanza
encienda otra esperanza y te atraiga al abismo.

 

 

 

 

xxxxxLV

El soplo cuya fuerza he invocado
en este canto baja sobre mí;
la barca de mi espíritu es llevada
lejos de las riberas, lejos del tembloroso
tropel cuyas velas
jamás a la tormenta se entregaron.
¡Se quiebran la maciza tierra
y los cielos redondos!
Yo soy llevado oscuramente lejos,
temiblemente lejos,
entretanto que, encendida a través de los últimos
velos del firmamento,
el alma de Adonais, como una estrella,
alumbra desde arriba, donde los Inmortales.

 

 

 

Bysshe Shelley, Percy. Adonais (Trad. Lorenzo Peraile). Madrid; Ed. Huerga y Fierro, 2008.

 

NO DESPERTÉIS A LA SERPIENTE

 

FANNY GODWIN

Su voz tembló al separarnos,
mas no noté que provenía
de un corazón roto, y partí
sin atender a sus palabras.
Miseria, oh Miseria,
cuán vasto es este mundo para ti.

 

 

 

 

OZYMANDIAS

Topé con un viajero de un antiguo país
que me dijo: «Dos piernas de piedra colosales
se yerguen sin su tronco en medio del desierto.
Junto a ellas se encuentra, semihundido en la arena,
un rostro hecho pedazos cuyo ceño fruncido
y sonrisa de burla, de arrogante dominio
confirman que su autor comprendió esas pasiones
que, grabadas en piedras inertes, sobreviven
a la mano que supo copiarlas con desprecio
y al mismo corazón que las alimentara.
Y sobre el pedestal se leen estas palabras:
“Mi nombre es Ozymandias y soy el rey de reyes.
Considerad mis Obras; rabiad ¡oh Poderosos!”
Nada queda a su lado. Más allá de las ruinas
de este enorme naufragio, desnudas e infinitas,
solitarias y llanas se extienden las arenas.»

 

 

 

 

SONETO

No levantes el velo pintado que los vivos
llaman Vida, aunque formas irreales represente,
imagen engañosa de aquello en que creemos,
con colores dispersos. Detrás acechan Miedo
y Esperanza, Destinos gemelos que entretejen
sus sombras en la sima sombría y encubierta.
A un hombre conocí de corazón sensible
que levantó ese velo buscando algo que amar,
pero no encontró nada, ni tampoco las cosas
que contiene este mundo podían agradarle.
Ignorado vivía; era luz en las sombras,
una mancha brillante en esta escena turbia,
un Alma que luchaba por la verdad y nunca,
como el Predicador, la pudo hallar en nada.

 

 

 

 

A UNA VIOLETA MARCHITA

xxxxxI

La flor ha perdido el aroma
que alentaba igual que tus besos.
Su color ya se ha diluido
tras brillar solamente en ti.

 

 

xxxxxII

Su forma muerta, enjuta, hueca,
yace en mi pecho abandonado
burlando al corazón ardiente
con su quietud fría y callada.

 

 

xxxxxIII

Mis lágrimas no la reaniman.
Mis suspiros no la reviven.
Su suerte muda y resignada
debiera ser ahora la mía.

 

 

 

 

EXHORTACIÓN

Vive el camaleón de luz y de aire.
Amor y fama nutren al poeta.
Si en este vasto mundo de ansiedades,
con el esfuerzo mínimo de aquél,
pudiera hallar la misma recompensa,
¿cambiaría el poeta de color
igual que el camaleón ante la luz,
adecuándose a todos sus matices,
veinte veces al día?

Vive el poeta en esta tierra fría
como es más propio del camaleón:
oculto desde el mismo nacimiento
en una gruta oscura bajo el mar.
Cambia el camaleón ante la luz:
ante el desamor lo hacen los poetas.
La fama es sólo amor que se disfraza;
si unos pocos alcanzan una u otro,
no es extraño encontrar a los poetas
merodeando en torno.

No manchéis con poder y con riqueza
el alma del poeta, libre, angélica..
Si engullera el brillante camaleón
otra cosa que rayos y tormentas,
crecería de un modo tan mundano
como las lagartijas, sus hermanas.
¡Hijos de un astro mucho más radiante!
¡Espíritus allende de la luna!
¡Rechazad toda dádiva!

 

 

 

 

CANCIÓN A LOS INGLESES

¡Ingleses!, ¿por qué aráis la tierra
para los amos que os someten?
¿Por qué tejéis con arduo esmero
la ropa que ostenta el tirano?

¿Por que vestís y alimentáis
desde la cuna hasta la tumba
a esos zánganos tan ingratos
que os chupan sudores y sangre?

¿Por qué, Abejas de Inglaterra,
forjáis armas, fustas, cadenas
para que esos cobardes roben
el fruto de vuestro trabajo?

¿Acaso os sobran paz y ocio,
cobijo, amores y alimento?
O, ¿qué conseguís de valioso
con tanto sufrimiento y miedo?

Otros recogen vuestra siembra.
Otros guardan vuestra riqueza.
Otros visten lo que tejéis.
Otros empuñan vuestras armas.

Sembrad,  mas no para el tirano.
Cread vuestra propia riqueza.
Tejed, mas no para holgazanes.
Armáos en defensa vuestra.

Si no, ¡quedáos en vuestras celdas!
¡Que otros habiten los salones!
¿Para qué romper las cadenas
si os amenazan con la espada?

¡Con telar, azada y arado
trazad y cavad vuestra tumba!
¡Tejed vuestra propia mortaja
hasta que Inglaterra os sepulte!

 

 

 

 

EL TIEMPO

¡Océano insondable, cuyas olas son años!
¡Mar del Tiempo en cuyas aguas desconsoladas
va disuelta la sal de lágrimas humanas!
Tú, riada sin márgenes, que en tu flujo y reflujo
los límites encierras de la mortalidad,
y, saciado de víctimas, bramando aún por más,
vomitas tus naufragios sobre su playa inhóspita;
traicionero en la calma, terrible en la tormenta,
¿quién podrá navegarte, Océano insondable?

 

 

 

 

MUTABILIDAD

xxxxxI

La flor que hoy sonríe
mañana morirá.
Lo que ahora anhelamos
incita y luego escapa.
¿Y el gozo de este mundo?
El relámpago engaña
con su breve fulgor
a la noche sombría.

 

 

xxxxxII

¡Qué frágil la virtud!
¡Qué escasa la amistad!
Amor vende su dicha
a cambio de la angustia.
Y aunque pronto sucumben,
nosotros pervivimos
a su goce y a todo
lo que llamamos nuestro.

 

 

xxxxxIII

Mientras los cielos brillen,
mientras las flores rían,
mientras aquellos ojos
que cambian con la noche
alegren la mañana,
o se deslice el tiempo,
sueña y luego despierta
sólo para llorar.

 

 

 

Shelley, Percy Bysshe. No despertéis a la serpiente (Trad. Juan Abeleira y Alejandro Valero). Madrid; Ed. Hiperión, 1997.

 

LA LUCIDEZ DEL NÚMERO

septiembre 30, 2018 Deja un comentario

 

xxxxxVI

Vivir sin memoria
tiene grandes ventajas,
por ejemplo: salir una mañana de algún sitio
valiente, celebrante,
sumando nueve, o doce, o veinticuatro.

Acordarse del mundo
da siempre decimales.

Morir es inexacto.

 

 

 

 

xxxxxVIII

No es el sudor ni el mar
lo que resbala de unos labios.
Es otro cuerpo
que dando gritos
me roba la paz de los amaneceres,
cuando levanto la vista hacia paredes, valles, rostros
y la vida vivida me recorre
como un rayo impreciso.

Es un cuerpo
que me arranca del sueño,
me regresa al mañana me regresa a los límites.
Soy yo, mortal y herido, altamente improbable,
habitante carnal que me sume en las sombras.

 

 

 

 

SOÑADA DUREZA

A veces también llega una mujer
al borde de mi sueño.
Me mira y no lo entiende. Se desnuda.
No sabe que ha venido, no lo sabe
pero yace junto a mí en la desolación.
Ella duerme muy lejos, ajena a su delirio
y cuando se despierta al otro día
sólo recuerda piedras, grandes piedras
caídas en su sueño.

Ignora que vertió toda su piel en mis labios.
Que devoré su fruto hasta saciarme.
Tampoco sabe
que apenas nos amamos, como dioses sin rumbo.

 

 

 

 

PROFECÍA

Los libros que no he leído
me tiran piedras,
piedras como cuchillos piedras como hachas,
me tiran piedras porque nunca sabré
ni parece importarme
que en uno de ellos en páginas interminables
se cuenta el suceso de mi desaparición.

Los libros que no he leído son números larguísimos
donde no cabe ni la esperanza ni el error
y confirman la vibrante sospecha
de que los días últimos son también los más crueles.

Oh lejanía. No existes.
Las ciudades no nos verán llegar
y nos acompañará la demolición del cielo.

 

 

 

 

xxxxxXVI

El día siempre empieza
sumiso con las órbitas
pero siempre termina
hundido en el deseo y en las cifras.

Lo recuerdo todo.
No es cuestión de memoria:
es de principios.
Así era en el tiempo de la piedra
y las enumeraciones.

Esa es mi salvación
y mi condena:
yo soy la suma de todos mis días,
todas esas monedas tiradas en un pozo.

 

 

 

 

xxxxxXXIX

Fue el relato, no el mundo, lo que nos trajo hasta aquí.
Fueron los códigos.
Fue el orden de la piedra.
Fue la fundación de la palabra.

Si hubiera otro mundo posible
ya habríamos celebrado en él la mediocridad del metal;
ya habría sido perseguido por dioses infinitesimales
y por nuestro corazón ebrio y maltratado
y por la melancolía de los poderosos.

Mundo solo mundo impar, barco por el cielo.

Otro relato es posible,
pero el mundo
es un valle de alacranes y de arena
ignorado por nosotros y maldito por los desposeídos.

 

 

 

 

xxxxxXXXIII

Nosotros, que defendimos lo diverso,
el patio propio con higuera y fuente
hemos asistido con asombro
a la profusión de reses ofrecidas al dios de lo plural,
a la llegada chirriante de los cuchillos
que blanden
los que han encadenado a Prometeo por cometer pecado de soberbia,
por mantener relatos muy sesgados y poco contrastables
y haber hecho del fuego un episodio escaso.
La historia, nos dicen, la historia ha terminado
y sólo quedan luces encendidas.

No es cierto.
Ellos son la prueba del desastre.

 

 

 

 

DRAMA DEL NÚMERO

Sólo la guerra o el hastío
podían poner fin a los discursos,
y han llegado los dos.
Las imágenes
no son sino la condena de quien vive sin historia,
no son sino la ventana de la mudez eterna,
peces que no disuelven el agua en la que habitan.

Han llegado los vendedores de deseo.
Ignoran que lo tenemos todo, que el drama
es no poder nombrarlo.

 

 

 

 

FUTURO IMPERFECTO

Cuando seamos mayores,
más mayores,
no nos va a creer nadie.

No ya los de después,
los que suben a escena para contar la historia
y anuncian tiempos nuevos.

No nos va a creer nadie de los nuestros.

 

 

 

 

LA HOGUERA

Aquella tarde consiguieron que el fuego
durase hasta la noche
y el fantasma del frío
durmiera junto al agua.
Los animales
exhibían su muerte
como un reciente don, junto a la cueva
y los viejos contaban las primeras historias
—aún sin nombre sus hijos—
en torno a la madera y a la piedra
enfebrecidas por la llama.
Cien mil años después
la promesa no fue mantenida
y sus descendientes fueron devorados por la soledad.

Hay niños que no llegan nunca a adultos
porque nadie les enseña el secreto de los códigos
y hay dehesas, dehesas, eternos encinares
llenísimos de ahorcados.

 

 

 

Sánchez Gatell, Miguel. La lucidez del número. Madrid; Bartleby editores, 2014.

 

 

 

P.D. Si les apetece, aquí tienen la conversación que hace cuatro años mantenía el poeta y periodista José Antonio Martínez Muñoz con el autor de los versos de este post, con motivo de la salida del libro.

 

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