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Archive for the ‘Poesía’ Category

TRILCE

 

xxxxxIII

Las personas mayores
¿a qué hora volverán?
Da las seis y el ciego Santiago,
y ya está muy oscuro.

Madre dijo que no demoraría.

Aguedita, Nativa, Miguel,
cuidado con ir por ahí, por donde
acaban de pasar gangueando sus memorias
dobladoras penas,
hacia el silencioso corral, y por donde
las gallinas que se están acostando todavía,
se han espantado tanto.
Mejor estamos aquí no más.
Madre dijo que no demoraría.

Ya no tengamos pena. Vamos viendo
los barcos ¡el mío es el más bonito de todos!
con los cuales jugamos todo el santo día,
sin pelearnos, como debe ser:
han quedado en el pozo de agua, listos,
fletados de dulces para mañana.

Aguardemos así, obedientes y sin más
remedio, la vuelta, el desagravio
de los mayores siempre delanteros
dejándonos en casa a los pequeños,
como si también nosotros
xxxxxxxxxxxxxxxxxxno pudiésemos partir.

Aguedita, Nativa, Miguel?
Llamo, busco al tanteo en la oscuridad.
No me vayan a ver dejado solo,
y el único recluso sea yo.

 

 

 

 

xxxxxV

Grupo dicotiledón. Oberturan
desde él petreles, propensiones de trinidad
finales que comienzan, ohs de ayes
creyérase avaloriados de heterogeneidad.
¡Grupo de los dos cotiledones!

A ver. Aquello sea sin ser más.
A ver. No trascienda hacia afuera
y piense en son de no ser escuchado
y crome y no sea visto.
Y no glise en el gran colapso.

xxLa creada voz rebélase y no quiere
ser malla, ni amor.
Los novios sean novios en eternidad.
Pues no deis 1, que resonará al infinito.
Y no deis 0, que callará tanto,
hasta despertar y poner de pie al 1.

Ah grupo bicardiaco.

 

 

 

 

xxxxxVI

El traje que vestí mañana
no lo ha lavado mi lavandera;
lo lavaba en sus venas otilinas,
en el chorro de su corazón, y hoy no he
de preguntarme si yo dejaba
el traje turbio de injusticia.

A hora que no hay quien vaya a las aguas,
en mis falsillas encañona
el lienzo para emplumar, y todas las cosas
del velador de tanto qué será de mí,
todas no están mías
a mi lado.

xxxxxxxxxxxxxQuedaron de su propiedad,
fratesadas, selladas con su trigueña bondad

Y si supiera si ha de volver;
y si supiera qué mañana entrará
a entregarme las ropas lavadas, mi aquella
lavandera del alma. Qué mañana entrará
satisfecha, capulí de obrería, dichosa
de probar que sí sabe, que sí puede
xxxxxxxxxxxxxxxxxx¡cómo no va a poder!
azular y planchar todos los caos.

 

 

 

 

xxxxxIX

Vusco volvvver de golpe el golpe.
Sus dos hojas anchas, su válvula
que se abre en suculenta recepción
de multiplicando a multiplicador,
su condición excelente para el placer,
todo avía verdad.

Busco volvver de golpe el golpe.
A su halago, enveto bolivarianas fragosidades
a treintidós cables y sus múltiples
se arrequintan pelo por pelo
soberanos belfos, los dos tomos de la Obra,
y no vivo entonces ausencia,
xxxxixxxxni al tacto.

Fallo bolver de golpe el golpe.
No ensillaremos jamás el toroso Vaveo
de egoísmo y de aquel ludir mortal
de sábana,
desque la mujer esta
xxxxixxx¡cuánto pesa de general!

Y hembra es el alma de la ausente.
Y hembra es el alma mía.

 

 

 

 

xxxxxXI

He encontrado a una niña
en la calle, y me ha abrazado.
Equis, disertada, quien la halló y la hallé,
no la va a recordar.

Esta niña es mi prima. Hoy, al tocarle
el talle, mis manos han entrado en su edad
como en par de mal rebocados sepulcros.
Y por la misma desolación marchóse,
xxxxxdelta al sol tenebroso,
xxxxxtrina entre los dos.

xxxxxxxx“Me he casado”,
me dice. Cuando lo que hicimos de niños
en casa de la tía difunta.
xxxxxxxxSe ha casado.
xxxxxxxxSe ha casado.

Tardes años latitudinales,
qué verdaderas ganas nos ha dado
de jugar a los toros, a las yuntas,
pero todo de engaños, de candor, como fue.

 

 

 

 

xxxxxXIII

Pienso en tu sexo.
Simplificado el corazón, pienso en tu sexo,
ante el hijar maduro del día.
Palpo el botón d dicha, está en sazón.
Y muere un sentimiento antiguo
degenerado en seso.

Pienso en tu sexo, surco más prolífico
y armonioso que el vientre de la Sombra,
aunque la Muerte concive y pare
de Dios mismo.

Oh Conciencia,
pienso, sí, en el bruto libre
que goza donde quiere, donde puede.

Oh, escándalo de miel de los crepúsculos.
Oh estruendo mudo.

¡Odumodneurtse!

 

 

 

 

xxxxxXIV

Cual mi explicación.
Esto me lacera de tempranía.

Esa manera de caminar por los trapecios.

Esos corajosos brutos como postizos.

Esa goma que pega el azogue al adentro.

Esas posaderas sentadas para arriba.

Ese no puede ser, sido.

Absurdo.

Demencia.

Pero he venido de Trujillo a Lima.
Pero gano un sueldo de cinco soles.

 

 

 

 

xxxxxXV

En el rincón aquel, donde dormimos juntos
tantas noches, ahora me he sentado
a caminar. La cuja de los novios difuntos
fue sacada, o tal vez qué habrá pasado.

Has venido temprano a otros asuntos
y ya no estás. Es el rincón
donde a tu lado, leí una noche,
entre tus tiernos puntos,
un cuento de Daudet. Es el rincón
amado. No lo equivoques.

Me he puesto a recordar los días
de verano idos, tu entrar y salir,
poca y harta pálida por los cuartos.

En esta noche pluviosa,
ya lejos de ambos dos, salto de pronto…
Son dos puertas, abriéndose cerrándose,
dos puertas que al viento van y vienen
sombraxxxxxxxxxxxaxxxxxxxxxxsombra.

 

 

 

 

xxxxxXVIII

Oh las cuatro paredes de la celda.
Ah las cuatro paredes albicantes
que sin remedio dan al mismo número.

Criadero de nervios, mala brecha,
por sus cuatro rincones cómo arranca
las diarias aherrojadas extremidades.

Amorosa llavera de innumerables llaves,
si estuvieras aquí, si vieras hasta
qué hora son cuatro estas paredes.
Contra ellas seríamos contigo, los dos,
mas dos que nunca. Y ni lloraras,
di, libertadora!

Ah las paredes de la celda.
De ellas me duele entretanto más
las dos largas que tienen esta noche
algo de madres que ya muertas
llevan por bromurados declives
a un niño de la mano cada una.

Y sólo yo me voy quedando,
con la diestra, que hace por ambas manos,
en alto, en busca de terciario brazo
que ha de pupilar, entre mi donde y mi cuando,
esta mayoría inválida de hombre.

 

 

 

 

xxxxxXXXIV

Se acabó el extraño, con quien, tarde
la noche, regresabas parla y parla.
Ya no habrá quien me aguarde,
dispuesto mi lugar, bueno lo malo.

Se acabó la calurosa tarde;
tu gran bahía y tu clamor; la charla
con tu madre acabada
que nos brindaba un té lleno de tarde.
Se acabó todo al fin: las vacaciones,
tu obediencia de pechos, tu manera
de pedirme que no me vaya fuera.

Y se acabó el diminutivo, para
mi mayoría en el dolor sin fin
y nuestro haber nacido así sin causa.

 

 

 

 

xxxxxXXXV

El encuentro con la amada
tanto alguna vez, es un simple detalle,
casi un programa hípico en violado,
que de tan largo no se puede doblar bien.

El almuerzo con ella que estaría
poniendo el plato que nos gustara ayer
y se repite ahora,
pero con algo más de mostaza;
el tenedor absorto, su doneo radiante
de pistilo en mayo, y en verecundia
de a centavito, por quítame allá esa paja.
Y la cerveza lírica y nerviosa
a la que celan sus dos pezones sin lúpulo,
y que no se debe tomar mucho!

Y los demás encantos de la mesa
que aquella núbil campaña borda
con sus propias baterías germinales
que han operado toda la mañana,
según me consta, a mí,
amoroso notario de sus intimidades,
y con las diez varillas mágicas
de sus dedos pancreáticos.

Mujer que, sin pensar en nada más allá,
suelta el mirlo y se pone a conversarnos
sus palabras tiernas
como lancinantes lechugas recién cortadas.
Otro vaso y me voy. Y nos marchamos,
ahora, sí, a trabajar.

Entre tanto, ella se interna
entre los cortinajes y ¡oh aguja de mis días
desgarrados! se sienta a la orilla
de una costura, a coserme el costado
a su costado,
a pegar el botón de esa camisa,
que se ha vuelto a caer. Pero hase visto!

 

 

 

 

xxxxxXLIII

Quién sabe se va a ti. No lo ocultes.
Quién sabe madrugada.
Acaríciale. No le digas nada. Está
duro de lo que se ahuyenta.
Acaríciale. Anda! Cómo le tendrías pena.

Narra que no es posible
todos digan que bueno
cuando ves que se vuelve y revuelve,
animal que ha aprendido a irse… No?
Sí! Acaríciale. No le arguyas.

Quién sabe se va a ti madrugada.
¿Has contado qué poros dan salida solamente,
y cuáles dan entrada?
Acaríciale. Anda! Pero no vaya a saber
que lo haces porque yo te lo ruego.
Anda!

 

 

 

 

xxxxxXLVI

La tarde cocinera se detiene
ante la mesa donde tú comiste;
y muerta de hambre tu memoria viene
sin probar ni agua, de lo puro triste.

Mas como siempre, tu humildad se aviene
a que le brinden la bondad más triste.
Y no quieres gustar, que ves quien viene
filialmente a la mesa en que comiste.

La tarde cocinera te suplica
y te llora su delantal que aún sórdido
nos empieza a querer de oírnos tanto.

Yo hago esfuerzos también; porque no hay
valor para servirse de estas aves.
Ah¡ qué nos vamos a servir ya nada.

 

 

 

 

xxxxxXLIX

Murmurando en inquietud, cruzo,
el traje de sentir, los lunes
xxxxixxxxde la verdad.
Nadie me busca ni me reconoce,
y hasta yo he olvidado
xxxxixxxxde quién seré.

Cierta guardarropía, sólo ella, nos sabrá
a todos en las blancas hojas
xxxxixxxxde las partidas.
Esa guardarropía, ella sola,
al volver de cada facción,
xxxxixxxxde cada candelabro
xxxxixxxxciego de nacimiento.

Tampoco yo descubro a nadie, bajo
este mantillo que iridice los lunes
xxxxixxxxde la razón;
y no hago más que sonreír a cada púa
de las verjas, en la loca búsqueda
xxxxixxxxdel conocido.

Buena guardarropía, ábreme
xxxxixxxxtus blancas hojas;
quiero reconocer siquiera al 1,
quiero el punto de apoyo, quiero
xxxxixxxxsaber de estar siquiera.

En los bastidores donde nos vestimos,
no hay, no Hay nadie: hojas tan sólo
xxxxixxxxde par en par.

Y siempre los trajes descolgándose
por sí propios, de perchas
como ductores índices grotescos,
y partiendo sin cuerpos, vacantes,
xxxxixxxxhasta el matiz prudente
de un gran caldo de alas con causas
y lindes fritas.
Y hasta el hueso!

 

 

 

 

xxxxxLVII

Craterizados los puntos más altos, los puntos
del amor de ser mayúsculo, bebo, ayuno,
absorbo heroína para la pena, para el latido
lacio y contra toda corrección.

¿Puedo decir que nos han traicionado? No.
¿Que todos fueron buenos? Tampoco. Pero
allí está una buena voluntad, sin duda,
y sobre todo, el ser así.

Y qué quien se ame mucho! Yo me busco
en mi propio designio que debió ser obra
mía, en vano: nada alcanzó a ser libre.

Y sin embargo, quién me empuja.
A que no me atrevo a cerrar la quinta ventana.
Y el papel de amarse y persistir, junto a las
horas y a lo indebido.

Y el éste y el aquél.

 

 

 

 

xxxxxLXI

Esta noche desciendo del caballo,
ante la puerta de la casa, donde
me despedí con el cantar del gallo.
Está cerrada y nadie responde.

El poyo en que mamá alumbró
al hermano mayor, para que ensille
lomos que había yo montado en pelo,
por rúas y por cercas, niño aldeano;
el poyo en que dejé que se amarille al sol
mi adolorida infancia… ¿Y este duelo
que enmarca la portada?

Dios en la paz foránea,
estornuda, cual llamando también, el bruto:
husmea, golpeando el empedrado. Luego duda,
relincha,
orejea a viva oreja.

Ha de velar papá rezando, y quizás
pensará se me hizo tarde.
Las hermanas, canturreando sus ilusiones
sencillas, bullosas,
en la labor para la fiesta que se acerca,
y ya no falta casi nada.
Espero, espero, el corazón
un huevo en su momento, que se obstruye.

Numerosa familia que dejamos
no ha mucho, hoy nadie en vela, y ni auna cera
puso en el ara para que volviéramos.

Llamo de nuevo, y nada.
Callamos y nos ponemos a sollozar, y el animal
relincha, relincha más todavía.

Todos están durmiendo para siempre,
y tan de lo más bien, que por fin
mi caballo acaba fatigado por cabecear
a su vez, y entre sueños, a cada venia, dice
que está bien, que todo está muy bien.

 

 

 

 

xxxxxLXXVII

Graniza tanto, como para que yo recuerde
y acreciente las perlas
que he recogido del hocico mismo
de cada tempestad.

No se vaya a secar esta lluvia.
A menos que me fuese dado
caer ahora para ella o que me enterrasen
mojado en el agua
que surtiera de todos los fuegos.

¿Hasta dónde me alcanzará esta lluvia?
Temo me quede con algún flanco seco;
temo que ella se vaya, sin haberme probado
en las sequías de increíbles cuerdas vocales,
por las que
para dar armonía,
hay siempre que subir ¡nunca bajar!
¿No subimos acaso para abajo?

Canta, lluvia, en la costa aún sin mar!

 

 

 

Vallejo, César. Poesía completa. México D. F.; Premià editora, 1978.

 

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LEYENDO A JAMES SCHUYLER

 

ME HA PILLADO LEYENDO A JAMES SCHUYLER.
Aunque el poema no tiene nada de raro, me sobresalto.
Estoy esperando un vuelo a Suecia y ella se sienta a mi lado.
La noto inquieta. No tarda en preguntarme qué leo. No es
remolona, no. Doy la vuelta al libro para que le choque
el crudo título de poesía gay. No me queda otra.
Oooh, canta ella. Interrumpo su exclamación con un par de
preguntas que no tienen que ver. Sí, es americana y viaja
para casarse, este mismo fin de semana. Desvío los ojos
hacia el libro. He estado leyéndolo sin leer. Ella espera
un poco para que no resulte tan obvio, se pone de pie y
se va. Estoy enfadado conmigo mismo. Porque he sentido
esa conocida incomodidad dentro de mí. Llevo décadas sin
poder librarme de ella. Arrancaría las tapas del libro.
¿Y por qué he dicho: pillado? El sonado autor de literatura
gay ha vuelto a ser un niño que, oculto bajo una manta,
iluminaba con una linterna los dibujos de una novela juvenil.
Los chicos jugaban sin camiseta en la playa. Sobre todo
me gustaba el personaje principal, su cuerpo esbelto y terso.
Fue estúpida mi tensión, mi corazón acelerado, pues quién
iba a darse cuenta de que no las miraba a ellas, sino a ellos.
Es difícil deshacerse de ello, del sonrojo y del temblor.
Cierro el libro y entro en los aseos. Al estar de pie delante
del urinario, con la polla en la mano, me estremezco otra vez.
Miro la oscuridad en frente y no me atrevo a mirar
ni a la derecha ni a la izquierda. Siento que hay tíos
a ambos lados, oigo sus chorros, seguro que miran
a los demás, como siempre. Comparan. Y yo todo tieso,
petrificado ante el riesgo de que me pillen. ¡Con qué peso
más grande me cargaron! Los muchachos se las enseñan
y yo estoy excluido de ese juego. ¿Porque voy en serio?
¿Porque leo literatura gay? Ya hace siglos que lo supieron
y no me invitaban a jugar a sus juegos de exhibirse.
Y ahora también sienten una especie de vergüenza. Yo,
vergüenza ajena. Por lo cual casi prescindo de leer en público
y me privo de estar en compañía. Como si me diera
vergüenza existir.

 

 

 

 

SÓLO DOS OJOS QUE BRILLAN EN
la oscuridad y me atraen sin remedio. Como si tuviesen
prisa, mis dedos investigan el cuerpo, la piel y por debajo
de la cintura, mi boca succiona sus labios carnosos que
me llenan por completo. En Christopher Street
o en la calle Metelkova, él desaparece, así que me
voy yendo, me pierdo entre los cuerpos sudados, y allí
lo pillo acariciando la mano de un tipo blandengue.
Que su amigo tiene problemas. Oye, puto negro,
esloveno, francés, bosnio, ¡que te jodan!, ¡vete
a tomar por culo! O cuando pasa por delante con otro
como si no pasara nada o como si yo no fuera nadie,
difícilmente lo tomaría por normal. Los días
pasan, y los años, y demasiadas palabras que carecen
de sentido. Leo que, en el ayuntamiento, un político
le pegó un tiro a otro. Ahora los dos están muertos.
La descabellada historia continúa con foto del guapo
asesino desnudo, de su cuerpo perfecto, de cuando aún
iba de bares y follaba en los aseos, de cuando se perdía,
como tú, durante horas enteras entre la exagerada
multitud de gente bailando. Menos mal
que mantuve la sangre fría y no te maté. Lo que
podrían haber sacado en los periódicos… y tal vez hubiese
aumentado la venta de mis libros. En ellos te mataba
despacio, a pedazos, a ti y a otras innumerables
víctimas del asesino en serie que hay de mí.

 

 

 

 

MIRO A TODOS ESOS CHICOS ESBELTOS POR
las esquinas —chinos, árabes, negros, latinos, bosnios—
cómo sonríen, escupen y se agarran la entrepierna.
Los desnudo con la mirada, la paso por sus pechos,
sus vientres planos, sus músculos morenos, por sus cuerpos
enteros. O persiguen la pelota por las canchas,
quitándose las camisetas por el calor, y brillan las gotas
de sudor, les silban a las chicas y me imagino
cómo se me echarían encima si supieran que los
observo. Sus ojos se disparan curiosos por el mundo,
y está claro que lo peor ya ha pasado para mí, que puedo
contemplarlos así, con tranquilidad, pues
qué harían en mi dormitorio, donde todo está
en orden, donde no hace falta temer a la policía, ni
exaltarse con las peleas, ni huir de los disparos.
¿Qué podrían contar a sus amigos?, ¿de qué podrían
vanagloriarse?, ¿Qué lucirían esos héroes de la calle
de al lado? En la sala de fitness, donde se exhiben músculos,
encuentro la comodidad. O en los bares, en las playas,
donde miles de gays hacen esfuerzos para ganar
la carrera contra el tiempo. ¿Cómo podrían entrenar
en mi dormitorio?, ¿cómo competir?, si allí el tiempo
se ha parado, ¿cómo entender mis besos menudos?,
¿cómo disfrutar del silencio o sólo del susurro?
Todo eso, lo desconocido, les espantaría, como a ti,
que entraste orgulloso y sonriente por la puerta y,
después, empezaste a menguar hasta que,
al amanecer, se te llevó la niebla.

 

 

 

 

NO ENTIENDO POR QUÉ TODO ESTÁ TAN MAL.
Digamos que vuelvo en coche a las siete de la mañana
después de una noche de juerga y me paran dos
policías mocosos de formación incompleta. Se acercan
como vaqueros, me acusan de todo lo posible y
yo me pregunto perplejo que qué hago en este país,
piso el pedal y pongo el coche en marcha. Me llama
mi ex mujer e insiste histérica en que llevo años molestándola,
acosándola, controlándola, que me busque a otra, que
hay muchas por allí, en fin, que deje de hacerlo, que pare
de una vez. Mi chico me ruega que lo odie,
se da la vuelta, me rechaza, me hace escuchar sólo
canciones como Depresión en los ojos y Qué día más bonito
para morir. No entiendo qué quiere decirme. Cuando
me alejo y me meto entre la gente, su mezcla de tranquilizantes,
estimulantes y alcohol me arrastra como un remolino
hacia abajo, donde siempre me pongo nervioso y
no puedo calmarme. Diría que vivo en la ciudad
más estresante del mundo. Trato de concentrarme,
pero mis manos tiemblan. Me asusto y se ponen a
temblar aún más. Intento averiguar adónde huir otra vez, en
qué ciudad esconderme. Aumenta mi certeza de que
mi vida no es más que una sarta de sueños sobre huir.

 

 

 

 

PASÉ POR MI MÉDICA Y LE CONFESÉ CON
pudor que no tenía ganas de vivir. No sé cómo
llegué a esa conclusión, pero era como si nunca
las hubiese tenido o como si no supiese lo que eran.
Observaba a mi familia, a todos ellos, y a mis amigos
o conocidos o compañeros o a todos los que
veía, y en absoluto me parecía que tuviesen la ilusión
de vivir. Me dijo que me buscara alguna afición,
pero le respondí en seguida preguntándole si ella
tenía ganas de vivir. Sonrió con acritud, fijando
los ojos en mi ficha: «No hablamos de mí, sino de
usted, seguro que hay mil cosas que le gustan».
Eso no quiere decir nada y ¿me gustan de verdad?
«Cálmese», concluyó, «no le pasa nada en absoluto,
es algo normal, se le pasará tan pronto como
ha aparecido». Y yo no podía recordar cuándo había aparecido,
pero que al final se me pasaría, de eso no tenía
dudas. Exhausto por el tratamiento volví
a casa. Me fijé en tus ojos. No vi nada, ya no
había nada. Sólo mi perro daba señales inquívocas
de que la ilusión de vivir no se le había pasado aún.

 

 

 

 

OLVIDAR CÓMO UNA CORZA HERIDA SE REFUGIÓ
en nuestro maizal y mi abuelo llamó a los cazadores
para que se la llevaran, tan pequeña, indefensa.
Olvidar a los muchachos que tenía sus secretos
y me los ocultaban. Si les preguntaba algo,
me decían: «Eres muy pequeño todavía». Siempre era
muy pequeño y nunca llegué a saber qué me ocultaban.
Olvidar al niño que, en la guardería, se enamoró
de mí y me besaba todo el tiempo y las maestras
reían: «¡Pero si no es una niña!»
Olvidar el vago temblor, el calor que anegaba
mi cuerpo cuando mis compañeros, uno tras otro,
iban llegando a mi casa. Les daba clase porque sacaban
malas notas, y en la escuela se había decidido que yo
podría ayudarles. Tuve que encargarme de
los chicos y, una compañera, de las chicas.
Olvidar cómo se me iban los ojos a su vello
incipiente, cómo fingía sentirme mal en clase
de gimnasia para poder sentarme en el banquillo
y observarlos mientras perseguían la pelota.
Olvidar mis primeros escritos para esos muchachos.
Olvidar mis borracheras desesperadas porque sólo
así, sólo así me atrevía a tocar a mi primer amor.
Olvidar todo lo que siguió después.
Olvidar a mi primera novia que nunca me dejó hacérselo
aunque no dejaba de presionarla. ¡Increíble lo
necesitado que estaba entonces!
Olvidar al hombre que, confundido por mi pelo largo
y mi figura delgada, gritó detrás de mí y, cuando
me di la vuelta —ocurrió en las escaleras del colegio—
abrió su anticuado abrigo y me enseñó su
polla roja, fea.
Olvidar la náusea que sentí, y la ternura con la que
yo miraba los ojos azules de mi compañero de clase.
Olvidar la época en la que rehusé el mundo de los hombres,
y a mi mujer que tanto me ayudó a ello. Nuestras
hermosas temporadas junto al mar, cuando parecía
que la vida se reducía al vaivén de las olas.
Olvidar el empalago, siempre amenazador, de
mi padrastro, al que esquivaba porque temía que
sus caricias tuvieran una intención distinta.
Olvidar que no puedo destrabar la lengua, que hay
tanto que no puedo decir, y que prefiero esconderme,
callar, olvidar. Ah, Joe Brainard, mejor olvidar,
olvidar todo lo que sigue removiendo heridas dolorosas
y no descansará hasta la muerte. Olvidar, olvidar.
En mi habitación hay a veces un silencio que espanta
y una oscuridad que espanta más aún.

 

 

 

Mozetič, Brane. Banalidades (Trad. Marjeta Drobnič)Madrid; Ed. Visor, 2013.

 

LOS HERALDOS NEGROS

 

LOS HERALDOS NEGROS

Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma… Yo no sé!

Son pocos, pero son… Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

Son las caídas hondas de los Cristos del alma,
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

Y el hombre… Pobre… pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombre nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como un charco de culpa, en la mirada.

Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé!

 

 

 

 

SETIEMBRE

Aquella noche de setiembre, fuiste
tan buena para mí… hasta dolerme!
Yo no sé lo demás; y para eso,
no debiste ser buena, no debiste.

Aquella noche sollozaste al verme
hermético y tirano, enfermo y triste.
Yo no sé lo demás… y para eso
yo no sé por qué fui triste… tan triste…!

Sólo esa noche de setiembre dulce,
tuve a tus ojos de Magdala, toda
la distancia de Dios… y te fui dulce!

Y también una tarde de setiembre
cuando sembré en tus brasas, desde un auto,
los charcos de esta noche de diciembre.

 

 

 

 

HECES

Esta tarde llueve como nunca; y no
tengo ganas de vivir, corazón.

Esta tarde es dulce. Por qué no ha de ser?
Viste gracia y pena; viste de mujer.

Esta tarde en Lima llueve. Y yo recuerdo
las cavernas crueles de mi ingratitud;
mi bloque de hielo sobre su amapola,
más fuerte que su “No seas así!”

Mis violentas flores negras; y la bárbara
y enorme pedrada; y el trecho glacial.
Y pondrá el silencio de su dignidad
con óleos quemantes el punto final.

Por eso esta tarde, como nunca, voy
con este buho, con este corazón.

Y otras pasan; y viéndome tan triste,
toman un poquito de ti
en la abrupta arruga de mi hondo dolor.

Esta tarde llueve, llueve mucho. ¡Y no
tengo ganas de vivir, corazón!

 

 

 

 

AGAPE

Hoy no ha venido nadie a preguntar;
ni me han pedido en esta tarde nada.

No he visto ni una flor de cementerio
en tan alegre procesión de luces.
Perdóname, Señor: qué poco he muerto!

En esta tarde todos, todos pasan
sin preguntarme ni pedirme nada.

Y no sé qué se olvidan y se queda
mal en mis manos, como cosa ajena.

He salido a la puerta,
y me dan ganas de gritar a todos:
Si echan de menos algo, aquí se queda!

Porque en todas las tardes de esta vida,
yo no sé con qué puertas dan a un rostro,
y algo ajeno se toma el alma mía.

Hoy no ha venido nadie;
y hoy he muerto qué poco en esta tarde!

 

 

 

 

DESNUDO EN BARRO

Como horribles batracios a la atmósfera,
suben visajes lúgubres al labio.
Por el Sahara azul de la Substancia
camina un verso gris, un dromedario.

Fosforece un mohín de sueños crueles.
Y el ciego que murió lleno de voces
de nieve. Y madrugar, poeta, nómada,
al crudísimo día de ser hombre.

Las Horas van febriles, y en los ángulos
abortan rubios siglos de ventura.
Quién tira tanto del hilo; quién descuelga
sin piedad nuestros nervios,
cordeles ya gastados, a la tumba?

Amor! Y tú también. Pedradas negras
se engendran en tu máscara y la rompen.
La tumba es todavía
un sexo de mujer que atrae al hombre!

 

 

 

 

LA CENA MISERABLE

Hasta cuándo estaremos esperando lo que
no se nos debe… Y en qué recodo estiraremos
nuestra pobre rodilla para siempre! Hasta cuándo
la cruz que nos alienta no detendrá sus remos!

Hasta cuándo la Duda nos brindará blasones
por haber padecido!…
xxxxxxxxxxxxYa nos hemos sentado
mucho a la mesa, con la amargura de un niño
que a media noche, llora de hambre, desvelado…

Y cuándo nos veremos con los demás, al borde
de una mañana eterna, desayunados todos!
Hasta cuándo este valle de lágrimas, a donde
yo nunca dije que me trajeran.
xxxxxxxxxxxxDe codos
todo bañado en llanto, repito cabizbajo
y vencido: hasta cuándo la cena durará!

Hay alguien que ha bebido mucho, y se burla,
y acerca y aleja de nosotros, como negra cuchara
de amarga esencia humana, la tumba…
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxY menos sabe
ese oscuro hasta cuándo la cena durará!

 

 

 

 

EL TALAMO ETERNO

Sólo al dejar de ser, Amor es fuerte!
Y la tumba será una gran pupila
en cuyo fondo supervive y llora
la angustia del amor como en un cáliz
de dulce eternidad y negra aurora.

Y los labios se encrespan para el beso,
como algo lleno que desborda y muere;
y, en conjunción crispante,
cada boca renuncia para la otra
una vida de vida agonizante.

Y cuando pienso así, dulce es la tumba
donde todos al fin se compenetran
en un mismo fragor;
dulce es la sombra, donde todos se unen
en una cita universal de amor.

 

 

 

 

LOS DADOS ETERNOS

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxPara Manuel González Prada, esta emoción
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxbravía y selecta, una de las que, con más en-
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxtusiasmo, me ha aplaudido el gran maestro.

Dios mío, estoy llorando el ser que vivo;
me pesa haber tomádote tu pan;
pero este pobre barro pensativo
no es costra fermentada en tu costado:
tú no tienes Marías que se van!

Dios míos, si tú hubieras sido hombre,
hoy supieras ser Dios;
pero tú, que estuviste siempre bien,
no sientes nada de tu creación.
Y el hombre sí te sufre: el Dios es él!

Hoy que en mis ojos brujos hay candelas,
como en un condenado,
Dios mío, prenderás todas tus velas,
y jugaremos con el viejo dado…
Tal vez ¡oh jugador! al dar la suerte
del universo todo,
surgirán las ojeras de la Muerte,
como dos ases fúnebres de lodo.

Dios mío, y esta noche sorda, oscura,
ya no podrás jugar, porque la Tierra
es un dado roído y ya redondo
a fuerza de rodar a la aventura,
que no puede parar sino en un hueco,
en el hueco de inmensa sepultura.

 

 

 

 

LOS ANILLOS FATIGADOS

Hay ganas de volver, de amar, de no ausentarse,
y hay ganas de morir, combatido por dos
aguas encontradas que jamás han de istmarse.

Hay ganas de un gran beso que amortaje a la Vida,
que acaba en el áfrica de una agonía ardiente,
suicida!

Hay ganas de… no tener ganas. Señor:
a ti yo te señalo con el dedo deicida:
hay ganas de no haber tenido corazón.

La primavera vuelve, vuelve y se irá. Y Dios,
curvado en tiempo, se repite, y pasa, pasa
a cuestas con la espina dorsal del Universo.

Cuando las sienes tocan su lúgubre tambor,
cuando me duele el sueño grabado en un puñal,
¡hay ganas de quedarse plantado en este verso!

 

 

 

 

LLUVIA

En Lima… En Lima está lloviendo
el agua sucia de un dolor
qué mortífero! Está lloviendo
de la gotera de tu amor.

No te hagas la que está durmiendo,
recuerda de tu trovador;
que yo ya comprendo… comprendo
la humana ecuación de tu amor.

Truena en la mística dulzaina
la gema tempestuosa y zaina,
la brujería de tu “sí”.

Mas, cae, cae el aguacero
al ataúd, de mi sendero,
donde me ahueso para ti…

 

 

 

 

ESPERGESIA

Yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.

Todos saben que vivo,
que soy malo; y no saben
del diciembre de ese enero.
Pues yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.

Hay un vacío
en mi aire metafísico
que nadie ha de palpar:
el claustro de un silencio
que habló a flor de fuego.

Yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.

Hermano, escucha, escucha…
Bueno. Y que no me vaya
sin llevar diciembres,
sin dejar eneros.
Pues yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.

Todos saben que vivo,
por qué en mi verso chirrían,
que mastico… Y no saben
oscuro sinsabor de féretro,
luyidos vientos
desenroscados de la Esfinge
preguntona del Desierto.

Todos saben… Y no saben
que la Luz es tísica,
y la Sombra gorda…
Y no saben que el Misterio sintetiza…
que él es la joroba
musical y triste que a distancia denuncia
el paso meridiano de las lindes a las Lindes.

Yo nací un día
que Dios estuvo enfermo,
grave.

 

 

 

Vallejo, César. Poesía completa. México D. F.; Premià editora, 1978.

 

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EL ÁNGEL DE LA PESTE

 

LLUVIA DE HOMBRES

Te lanzan ascuas esas nubes torvas, negras, profusas.
Y no buscas refugio
porque deseas que la lluvia
te asalte rauda en plena cara:
nunca has visto una cascada de pavesas.
Quieres mirar de frente el manto que te acoge,
que te horada lento las entrañas.

En este día la lluvia es de cenizas,
y sabe a hombres.
Se asombra la ciudad con el prodigio.
Se echan a la calle los ancianos y los niños,
y guardan el polvillo en tarros de cristal.
Las nubes, interminables,
expelen con más fuerza las recientes cremaciones.

 

 

 

 

LA CARNE TE DERRUMBA

Oliendo la muerte bajas.
La calle desciendes.
Y se te van cayendo los brazos
y los hombros y la piel entera.
Olor intenso el olor a muerte.
A podrido. La carne te derrumba.
La calle entera con el eco de tus pasos
como toque de ánimas, de muerto, de infecto.
Y aún desciendes y desciendes,
y el hedor no se te va, y ya ni el cuerpo encuentras.
Tres faroles en la calle fúnebre,
en la oscura calle que no para y se abandona.
Tres luces que te arrojan, que te invitan.
Allí la muerte,
viéndote empezar.
También ahora,
aguardando en la penumbra
tu paso distraído.

 

 

 

 

EL ORIGEN

Tú eres la brasa que inflama
todas las entrañas,
la que aguarda con paciencia
a que acabe la función,
la que vigila
y cuyo rostro la gente
mira en tus ojos.
Eres quien se inclina
para comprender;
eres quien se busca
y desentraña los enigmas,
origen y final
de los trayectos.
Tú, que sientes que algo
fue de ti, que ya no está,
ni encuentras.
Tú, que habitas los cipreses
de tu propio cementerio
y aprendes por fin a no temerte,
a no inquietarte,
porque sabes que te tienes,
sin remedio.

 

 

 

 

QUE ALGUIEN SE LO DIGA

Decidle que la fiesta terminó;
que alguien se acerque y se lo diga.
Decidle que ya todo pasó,
que adiós, muy buenas y hasta mañana,
o que en la próxima nos vemos.
Acompañadle hasta la puerta
y dadle un gran abrazo,
habladle de las cosas de la vida…
Sacad de las botellas su tristeza y que se olvide,
decidle que las penas son una carga,
un lastre inútil, qué sé yo.
Mostradle otros paraísos, otras vidas,
que se distraiga con mil historias;
¡que salga a la noche y que llore!,
pero aclaradle que la fiesta ya terminó.
Que alguien se acerque y se lo diga, por favor.

 

 

 

 

RUINA

Reconstruirse o sucumbir.
Ser amado por las hiedras,
huésped de líquenes e insectos
ociosos, asomarse al tiempo,
pedestal de glorias anteriores a la edad.
Ser estatua, esfinge,
y contemplar el mundo
con la locura de los años.
Ser museo, fósil,
curiosa muestra de las hazañas,
lápida, tumba, inscripción.
Ruina,
o comenzar desde el principio.

 

 

 

 

EL DESTINO MÁS AMARGO

El destino más amargo es aquel que no escribí,
el que destruyó con su silencio
la posibilidad de lo vivido.
Su agrio sabor me deja
en la incertidumbre
de que las cosas pudieran ir mejor.
Pero sobra el tiempo aquí,
me digo,
para rehacer y llevar los pasos
que marca el corazón,
porque lo espantoso del destino,
lo terrible que tiene la fortuna,
es que casi siempre puedo
cambiar el color de mis apuestas.

 

 

 

 

MÁSCARAS DE ODIO

Las máscaras del odio
se asoman a todos los canales
para observarte.
Te miran. Te espían.
Están quietas desde la pantalla,
y aunque parezca que se han ido
permanecen,
siguen siendo ellas,
las mismas máscaras del horror
y de la envidia que te miran,
te miran.
Y lo peor es que de tanto vigilarte
acaban conociéndote y amoldándose
sobre tu rostro,
sin que lo notes.

 

 

 

 

HIJOS DEL AZAR

A nosotros, los hijos del azar,
han venido las aves y las aguas de los ríos,
los pantanos y las nieves,
las cordilleras, el insecto, la rosa
y los jardines, los parques naturales de África
y el Amazonas, el gato en el salón,
los tigres de Bengala
y el canguro, el azor, las ballenas
de las mesetas oceánicas,
el grillo, los arrecifes de coral,
a recordarnos, a nosotros,
los hijos predilectos del azar,
ellos desde Siberia
a Nueva Guinea y los Andes,
a recordarnos a voces
de lenguas infinitas,
en un susurro moribundo
que nosotros, los más irresponsables hijos,
llevamos demasiado tiempo
jugando con su azar.

 

 

 

Plata, Francisco. El ángel de la peste. Valencia; Ed. Germanía, 2002.

 

BRANE MOZETIČ O LA INTENSIDAD

Con el título del post de hoy titulaba Martín López-Vega su crítica de ‘Banalidades’, el libro de Brane Mozetič que pueden encontrar en el catálogo de la editorial Visor. Échenle un vistazo.

 

 

Y aquí tienen algunos poemas del libro.

 

 

SÓLO A MILES DE KILÓMETROS DE TI
me atrevo a reconocer que, entonces,
me enamoré de tu esperma, de la muerte que traía.
Lo miraba derramado por tu vientre,
y hundía mi cara en él. Su olor, convertido
en el olor de la muerte, me provocaba
orgasmos interminables. Como si me hubieses
servido para mi propia autodestrucción. La que
conoces tú también, sólo que de otra forma.
De tu esperma arranqué miles de palabras,
las compuse en una música que me mantenía
en el filo. Me figuraba que no me lo merecía
y que también tú me ibas a abandonar.
No pude deshacerme de mi padre, quien
no creía que valiese la pena estar a mi lado.
Así que no me extrañaba que me abandonases
miles de veces. Siempre regresaba
al borde de tu vientre, yacía allí con
las mejillas mojadas, esperando a que
te levantases y volvieses a marcharte.

 

 

 

 

NO ME GUSTA SUBIR A EDIFICIOS ALTOS. MIENTRAS
miro a lo lejos puedo aguantarlo, pero al mirar
hacia abajo, algo me agarra con una fuerza
tremenda. Que no me dejen al borde de un abismo,
me caería, seguro. Es lo que temo, temo
desaparecer. Cuando pienso en la muerte,
un remolino insoportable me devora apretando
mi cuello, ahogándome. Junto a ti esperaba
acostumbrarme a la muerte, a domarla.
Cuando nos acostábamos y me apretabas
el cuello, no sentía miedo. Podía verte aún,
no me desvanecía. Qué extraña fue
mi reacción de pánico al sentir cualquier
otra mano alrededor de mi cuello.
Tensaría la cuerda milímetro a milímetro.
Hasta el punto de no poder hablar. Quizá
deberías atarme y dejarme al borde del abismo.
Quizá debería tomar fuerzas y matarme
de una u otra forma. Estaría en paz.
En realidad, me perdería en la nada.

 

 

 

 

NO HICIMOS UN VIAJE SOLOS A
Londres, Nueva York, Tokio o Sao Paulo, todos
esos lugares nos resultaban poco salvajes. Viajamos
a las tierras de los negros, para poder tener allí
un miedo constante, sentir el suspense, vimos
cucarachas enormes, sangre de búfalos muertos y
fauces de leones despedazando carne. Cortes
de electricidad en Nairobi, apenas podíamos
encontrar nuestra destartalada habitación. Tenía
que ser así, sólo nos teníamos el uno al otro,
aferrados como dos monos asustados.
Ni siquiera recuerdo si cobrábamos fuerzas
para tener sexo. Aunque todo aquello era
sexo. Nacer y morir. Niños atolondrados que
vagaban agresivos por las calles, cuerpos
agotados que yacían en los montones de basura
y no se sabía si estaban vivos, soldados de todas
las clases, autobuses hundidos en el lodo
de una tierra salvaje, el sol que salía desde
el mar, una sala de cine derruida, en la que
las mujeres fumaban, horizontes vertiginosos sin fin.
Sería mejor habernos quedado allí, en una tienda,
en la oscuridad total, cuando me abrazabas,
con los animales alborotando en el tejado.

 

 

 

 

EN UNA SILLA DEL RINCÓN, CABECEA UN POCO
al compás de la música, aunque con fallos. La cabeza
se le cae hacia atrás, la levanta para mirarme,
estira el brazo, pero se le vuelve a caer.
cuerpos en movimiento me lo ocultan, pero
alguien me empuja más cerca y, de pronto,
lo tengo delante, abajo, él mira hacia
arriba y agarra mi mano como si
se estuviese ahogando. Casi me caigo, me
siento en su regazo, él atrapa mi cabeza
y se la acerca para adherirse a mi boca
como una ventosa. Duele. No cede.
Se aferra como loco, y, luego, todo
cesa de golpe, su cabeza resbala hacia atrás,
estoy libre. Unos segundos y se recupera,
trata de levantarse, mueve sus labios como
si quisiera decirme algo, pero no hay
voz, sólo sale su lengua con lametazos
y siseos. Me pongo de pie, lo levanto,
se marea, se tambalea, casi se cae, me lleva
de la mano, afuera, apenas me doy cuenta
del tiempo que pasa, de repente estoy
sentado en su coche y, él, quitándome
la camiseta. Lo veo encima, desnudo, es
todo boca, lengua y dientes que se incrustan
en mi carne. Susurra algo ininteligible, vuelve
los ojos adormecido, quieto, y después,
se anima otra vez, está por todas partes, me inunda.
Y, como si durmiese, yace en mi regazo,
paso mis dedos por su sudado pelo. Joder,
si le metiera otro chute, ¿moriría así?
¡Qué experiencia! ¡En mi mismísimo regazo!
¡O incluso durante mi beso mortal! Se
desvanecería de golpe, y yo acariciría
su piel morena, lisa y cada vez más
fría. ¿Hasta cuándo? ¿Hasta cuándo?

 

 

 

 

JIMMY, TE LO PIERDES TODO, CHAVAL. MIRA,
miles de cuerpos te esperan abajo. Retumba el techno,
músculos tensos, pezones hinchados, pieles tatuadas, cada
partícula te desea con ansia, manos te invitan, ¿a
qué esperas? En el cuarto oscuro hay laberintos, todo
huele a popper, el sudor por las paredes, te metes entre
el gentío, sus pollas cargadas te rozan, miran a ver
si tienes un culo apretado. Cabezas hirviendo
de cerveza y coca, lubrificantes que te hacen
resbalar, quién sabe qué pisas, lenguas se te meten
en la boca, bajo las axilas, en el ombligo, en el culo,
Jimmy, chaval, sólo has de abrirte de piernas y miles
de pollas te llenarán, un éxtasis total, y te parecerá
imbécil el que te pregunte: «¿Tienes novio?», porque aquí
se beben las proteínas, aquí salpican las caras, aquí,
más abajo, en la oscuridad, atan con cuerdas, aquí
jadean, lloran, se arrodillan, lamen las botas, aquí
está todo lo que te perdiste. Y pensabas que podías
vivir sin ello. Jimmy, chaval, ¿adónde vas a hora?,
¿por qué no te entregas al frenesí?, ¿por qué huyes
si todos te invitan a gozarla, a ser feliz?

 

 

 

Mozetič, Brane. Banalidades (Trad. Marjeta Drobnič)Madrid; Ed. Visor, 2013.

 

DESORDEN DEL AMANECER

 

FORTUNA

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxPara Rafael Fombellida

Sí y no. Sí y no de ahora en adelante.
El frío y el sopor a un mismo tiempo.
Sol y luna brillando en un latido.

En la terraza sangra claridad.

La sonrisa de un hombre estrafalario
que rinde su homenaje al mar sin noche.

Estás en los dos bandos, es muy fácil.

Cargado de respuestas y nadie te pregunta.

Caminas en lo alto de un tejado,
allí donde la lluvia se decide
por una u otra de las dos pendientes.

Puedo mirar atrás. La destrucción
de un mundo que perdura me hace fuerte.

Sigues feliz,
porque tarde o temprano saltarás
y en la aduana sin fin de las estrellas
sólo tú escribirás las instrucciones.

Por eso, porque el mar ya no es nocturno,
no importa tanto el frío del invierno.
Desde algún telescopio matinal
un niño desconvoca el oleaje.

La paradoja abierta en las varillas
de mi paraguas roto. Pensaré
que viven lluvias en las gotas rápidas,
tormentas en el puño de mi mano.

He de morir un día y no sé nada.

Por lo tanto, la luz,
su discusión con cada biografía,
el pulso que lo lleva todo al aire.

De regreso al revés de la intemperie,
en las habitaciones tomadas por lo estricto,
yo renuncio a cualquier indiferencia.

 

 

 

 

EN EL INSTANTE

Aquí en mi noche arcaica
sopeso ese poder de las expectativas.
Mi mañana presente y radical.

En el gueto destrozan
la sonrisa de un negro.

Para que el mal perviva.
Para que el frío duela a los que sueñan.

La madrugada entrega las arrugas del tedio.

¿No hay un triunfo al fondo del fracaso?
¿No escaparemos a la trampa un día,
por mucho que busquemos un exacto destino?

El alba se levanta con un límpido gesto.
La muerte acaece en un instante.

No sabemos el núcleo de ese instante.
Pero intuimos sus vértigos,
los mundos sin sentido, los campos exteriores.

No hay muerte en ese núcleo:
el color es el blanco.

La lucidez ofrece nuevos sueños.

 

 

 

 

LA PIEZA  I

Esta tarde en mi cuarto
imagino la última llamada,
igual que si rompiera con todo lo que soy.

Cuando pretendo alzarme frente al miedo
llevo todo mi ser a mis entrañas.

En un lugar minúsculo
—remanso tras el juicio y el orgasmo—
rompo ese hueco mínimo de euforia
y sostengo ante el sol cada palabra.

Dentro —en mi pecho— vibra el nudo intacto.

Toma esa pieza de infinito y nace
a lo que no es materia ni intelecto.

 

 

 

 

EN LO ALTO

“Muy pocos se alegraban de sus éxitos.”

Había secuestrado mi propia libertad,
había comprendido mal mi juego.

Me confiero el placer de mi desastre.
No puedo respetar lo que no se comprende.

Viajo mucho a mí mismo,
pero tampoco allí me esperan los abrazos.

No supe que no existe un lugar en lo alto.
A veces pienso: acaso hay formas de volver
a donde sólo importa compartir una tarde.

No supe que no existe un lugar en lo alto.

 

 

 

 

SOLO UN NIÑO

Ya sé que es sólo un niño.

Pero él ha aprendido a contemplarte.
Te desafía desde su indolencia
y muerde el labio de la certidumbre.

Ahora está sentado sobre el suelo
que dominan sus nervios de verdugo.

A menudo me he dicho que la vida
es un aprendizaje y un destino.

Pero ese niño es el diablo infame.

Mientras te alejas piensas que la infancia
puede volver en todo su esplendor.

 

 

 

 

EMILY BRONTË

La obsesión nos aleja de todos los demás.

Andamos por la calle sin mirar
a la opulencia firme de aquello que es más obvio.

Impronta de una noche de reptiles.

Estamos más allá del bien y el mal.
Casi hemos vuelto a aquella infancia intensa,
al capricho insolente de las ramas de hierro.

Es una dejadez que va a quedar
ensuciada por nadie, ensuciada por ellos.
Porque este incendio es nuestro.

¿Qué buscamos detrás de nuestra piel?
¿Qué buscamos tan cerca de nosotros?

En tu sonrisa el mundo se desguaza.

 

 

 

Plana, Lorenzo, Desorden del amanecer. Valencia; Ed. Pre-textos, 2008.

 

‘ANCLA’, DE LORENZO PLANA

 

TREINTA AÑOS

Cuando yo tenga quince años menos
me pasaré la vida comentando
todo lo que no sé.
Cuando tenga los quince de verdad,
envidiaré al creador;
de vez en cuando jugaremos juntos,
sin este lamentable tiempo rápido
que desdibuja todos los recuerdos.
El alba de creadores y personas
merece la amistad.
Y cuando todo acabe en nacimiento,
esa amistad creativa quedará
tan atrás que exclusivamente todos
nos diremos adiós,
qué lástima,
tan sólo conseguiremos conocernos,
hemos venido aquí para nacer.
Aquella chica que se suicidó
antes de regresar al nacimiento,
aquella chica eléctrica,
la más bonita sin mayor problema,
me habló de la ventaja de escaparse
hacia los clásicos y aventureros,
hacia las religiones y las drogas,
hacia la marejada del final.
Cuando yo tenga quince años menos,
porque es bonita, yo la besaré.
Ella tendrá cuarenta y cinco años.

 

 

 

 

SECRETO

Has aprendido que la vida duele.
Te has escondido, corazón de fuego.
Ya sólo los objetos te hacen daño.

Pero cuando una amiga te pregunta
por qué eres tan feliz,
y respondes que sólo lo pareces
—has aprendido que la vida duele—
te encuentras con un beso y un secreto.

Es un beso sincero
y renuncias con él a la mentira,
del mismo modo que la vida explica
lo distantes que están la dicha y el dolor.

Más tarde sigue siendo madrugada
y el camino que espera une dos puntos.
Geometrías y besos para un pobre
diablo agradecido.
Sobre la vida un río de promesas;
de las promesas todos han bebido.
Como un cajón de imanes,
día a día prosigue tu secreto.

 

 

 

 

EN EL EMBARCADERO

Aplazas el futuro, todas sus arrogancias,
del mismo modo que el pasado vuelve
en alguien que pudiste ser tú mismo.
Sin embargo atesoras las imágenes
en las que todavía crees sentir.
Has llegado a la edad
en la que se repite
—por los rostros y cuerpos— la belleza.
Y cada indecisión es añoranza.
Las determinaciones vagamente
amenazan con riesgos.
Es así lícito sentirse extraño
mientras las cosas no van mal del todo.

El mundo poco a poco se distancia
y lo retienes como a la barcaza
que pudiera lanzarse mar adentro.
Todavía ese cabo tú no vas a soltarlo.
O tal vez sí.

 

 

 

 

MIENTRAS TOMAMOS UN CAFÉ

Sólo los solitarios pueden llegar al odio.
Cuando la tarde crece dulcemente
hacia un azul más limpio
pero también más débil
—la historia de los hombres
es ver atardecer—,
cuando la tarde es fresca
después de una antipática mañana,
aunque estés solo en la terraza calma,
hay tres o cuatro amigos
—y entre ellos una chica—
que no por invisibles están lejos.
Y esos amigos miden tus palabras,
y sabes que perdonas
lo mismo al quieto gato
que a esos que convierten el ambiente
en tu sinceridad.

 

 

 

 

MADRUGADA AZUL

Desde el cansancio miro
una ciudad más cierta que el recuerdo.
Yo no he visto la huella de los años
en esta madrugada, en otras madrugadas.
Las primeras auténticas sonrisas
son aquellas de hace media hora,
y son aquellas que aprendí mostrando
mis heridas a un mundo incomprensible.

Hay luces de ciudad que retraen las miradas
del antro nuevo y viejo, uno de moda.
Hormiguean las brisas y lugares
en la terraza. Nada que explicar.

En el instante siguen las farolas
mientras se apaga el alba
en mis cansados párpados.
Las farolas contemplan brevemente
el azul vespertino que las cubre
hasta la densidad de sus pequeños fuegos.

Ya despegan las nubes.

Cuando voy a acostarme,
por un momento pienso en esas nubes,
en que quisiera entrar en mi descanso
con parecida calma.

 

 

 

Plana, Lorenzo. Ancla. Valencia; Ed. Pre-textos, 1995.

 

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