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‘TRABAJO SUCIO’, DE EVA VAZ

noviembre 12, 2017 Deja un comentario

 

Antes de ayer, mientras esperaba con M a que comenzara la presentación del nuevo libro de Javier Moreno, estuvimos echando un vistazo por la sección de poesía de la librería en la que se llevaría a cabo la presentación, cogí el último libro de Eva Vaz, ‘Trabajo sucio’, publicado por La Isla de Siltolá, y con leer un solo poema decidí llevármelo.
El poema en cuestión era éste:

 

 

BRUXISMO

Vivir apretando y rechinando
los dientes
es como cargar con 90 kgs. de peso
sobre mis mandíbulas.

Mis dientes son pequeñas astillas,
gastadas como piedras de arena.
Menudos y devastados.

Tengo que llevar una férula dental,
una brida,
un bozal,
un trozo de plástico
que te escupiría ahora mismo
como un reproche inaudito.

Trituraría tus paabras
como bolas de cristal
rompiendo mis dientes planos
como lijas de carne.

Te escupiría con los maxilares de piedra
porque no tengo dientes
pero sí veneno y calcio.

Me duelen las encías
por no sangrar de pasado:
cada diente es una miseria,
una piedra más en la maleta,
dentro de mi boca.

Bruxismo: parafunción mandibuar
del comportamiento bruxópata.

El recuerdo y el asco
de tus dientes perfectos.
Mi forma de sacarle los dientes
al mundo, así,
como un potaje cálcico.

Sé que me estoy quedando sin dientes,
pero nunca, oídme, nunca,
me quedaré
sin voz.

 

TODO LO Q YO EXISTO NO EXISTE

 

HE SALIDO A MANCHAR mi espacio en el mundo.

acércate a un sueño despierto, idormido ien iel itiempo ino lle-
garás ia iningún isitio, iel imundo ise estira hacia ningún lugar,
los párpados vuelan a ningún lugar isobre ilos rescoldos de tus
caricias.

quiero q te des cuenta de cuando no estoy cerca, de cuando no
estoy protestando, de cuando no estoy empezando de cero.

quiero q te des cuenta ide iq iel iParaíso ino iestá iperdido, isino
olvidado iy iescondido ibajo ialguna serpiente enrollada; trataré
de dejar el espejo a un lado y idejar ide ilado iel miedo q he he-
redado.

he isalido ia imanchar ilo iq ies mío en este mundo y me han de-
tenido, iy ime ida iigual, ipq ihasta q no te oiga ipronunciar esas
palabras, no tendré la certeza de q te las crees.

y no, no puedo vivir sin dolor, páginas ien iblanco q me reflejan
un ivacío iintroductor ia ila inovela ide iAllan Poe en la q yo soy
uno de los muchos icuervos iprodigiosos iq imueren en el inten-
to de avisar a Odín de sus hazañas, ientre iel ipensamiento y la
memoria, la cabeza de la guerra y su poesía.

 

 

 

 

EFECTO MARIPOSA de las piscinas al abrirse.

desangrado cadáver debajo de la moqueta, la ilucha ide una cu-
caracha dada la vuelta para ponerse en pie.

y ives ia iUlrike iMeinhof imirando isentada idesde isu sillón, su-
surrándome ial ioído iq ino ihay inada iq iperder, iq ila lucha por
las libertades está ganada ipor encima de legalidades e indicios
morales.

la acción posterior a la reacción, ila paradoja del espontaneísmo
revolucionario, iel iefecto icuaternario idel isusurro ide iMeinhof,
un caos q se ordena solo, irestos de una supernova q se convier-
ten en un sistema solar.

 

 

 

 

MIENTRAS EN MI CAMA YAZCO, ilos ilibros icaen isobre iicomo
murciélagos a la noche.

a imi ilado ila ieterna idurmiente itocada ipor la santa negra, q se
divorció de Cupido no hace tanto.

trampa del destino q hace q un poeta se vuelva asesino.

marcado como las reses, isuplicado ichopo, ileve irisa del amor q
nunca es cierto, típico como nieve en invierno.

todo iclaro iya, ibuscaba iel icielo ien la boca, pechos, coño de las
mujeres.

ahora ime itengo q iconformar icon iacariciar ilibros isobre iDafne
y Apolo.

ahora me destroza la vida sus sueños de malicia.

pero ahí sigue a mi lado, pudriéndose poco a poco.

el olor envuelve la habitación pero yo no quiero salir de ella.

brisa iprecisa, xinsumisa, xuna iespecie ide idiosa iexpulsada idel
Paraíso por culpa de su tristeza maquillada en sonrisa.

un beso q ha matado despacio.

 

 

 

 

OLVIDO.

olvido las tartas de mis cumpleaños.

olvido cada instante de paz q hubo entre nosotros dos.

casi tengo q inventármelo.

como los alemanes olvidan la guerra y el nazismo, icomo olvi-
dan 40 años de comunismo i(mientras ahora son los reyes del
banco central europeo)

pues yo también olvido.

olvido mi condición, olvido mis verdades.

olvido quien soy y me meto en el papel de santo.

olvido la miseria a ratos, olvido a los refugiados.

olvido ila iluz ien itus iojos ial idifuminarse entre la muerte de
animales inocentes en una ibarbarie ide sufrimiento económi-
camente barato.

olvido la programación televisiva para poder dormir.

olvido las serpientes de colas ruidosas q me han picado la sen-
tencia de muerte.

olvido tus penas para poder convivir con ellas.

olvido para callar, para silenciar.

pero también recuerdo, y cuando recuerdo todo se complica.

 

 

 

 

¿Q ES LO Q SOY? alma entre hayedos, estanque con musgo verde
sobre un mar de hojas marrones.

cándido ibeso iescondido ien iun iportal io icandidiasis vaginal mo-
lesta.

«¿q es lo q soy?», ime ipregunto imientras iclavo imis ipupilas ien
el iespejo, ipirata ide aguas bravas y barquitos de papel, héroe de
capa caída.

q soy yo sino esperanza negra, un guiño al futuro incierto.

q soy yo sino el aura impura de los hombres mentirosos.

merezco imis ipenas imás iprofundas, ilos icortes icon imis sueños
rotos ide icristal, isus heridas abiertas, en las q supongo q puedes
entrar a ojear.

 

 

 

 

ME ENFRIÉ debajo de tus sábanas y ahora te imploro.

oh Nagasaki, en tu silencio te añoramos; los hijos de la des-
trucción esperamos tu doctrina con avidez.

 

 

 

 

QUIERO LEER TU PIEL en braille, escuchar lo q me cuenta en el
amparo de la oscuridad, pq eres ese tipo de persona q al fondo
de la niebla le esperan machos cabríos a dos patas.

tú, q llevaste el mal a tu familia, q te cortaste la ceja un día de
verano en una noche de sudores fríos, q comiste cerebro y q
mataste al dios de tu abuela.

tú, q has llevado la desgracia a tu casa, con excusas revolucio-
narias para poder agarrar la enfermedad de la rabia y conver-
tirla en tu forma de vida sana, fitness.

quiero follarte lento, mirándote a la cara, y q me devores el
alma.

 

 

 

 

ASPIRANTE A PRINCESA, memento mori, el universo cae sobre ti
en forma de cintarazos.

la iestatua ide ila ilibertad isujetando iun ihelado q se va derritien-
do, niños q piden el fin del sarcasmo negro en las aulas.

carne fresca y pálida, manzanas.

 

 

 

Martínez Rodríguez, Víctor. Todo lo q yo existo no existe. Madrid; Ed. El sastre de Apollinaire, 2017.

 

NOVIEMBRE

 

LOS SERES QUERIDOS

Noviembre, otra vez tú
con temblores de muerte,
con escarchas de sombra,
con presagios de nieve,
con anchos cementerios
para volver a verte.

Padre de los inviernos,
oscuro dios que viene
a recordar que un día
todo será noviembre.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxx1 de noviembre

 

 

 

 

UN PÁJARO

Su cuerpo helado, sucio,
—arena de zapatos, vómito de hojas—
pesa menos que el aire que hasta hace casi nadda
lo sostuvo en el cielo con sus gigantes manos.
Ahora vive en las tuyas —asustadas, pequeñas—,
y aunque está casi muerto,
tú no dejas de hablarle.

Por si acaso te oye,
por si acaso tu aliento encendiera sus alas,
por si fuese posible más azul en sus ojos.

Perdido en tu memoria vuela un torpe gorrión,
y con su muerte, tu primera muerte.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxx3 de noviembre

 

 

 

 

DEUDAS

Manos rotas de tanto suplicar
una brizna de suerte. Viento muerto.
El miedo que no deja de sonar,
su voz de perro sin razón: el miedo.

Olor a luz podrida, días sin pan,
deudas sin corazón, mal de dinero.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxx7 de noviembre

 

 

 

 

LOS CUMPLEAÑOS

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxy en guerra con mis entrañas.
xxxxxxxxxxxxxxxxxixxxxxxxxxxxxAntonio Machado

Llegaban siempre igual que una frontera
más allá de la cual todo sería distinto.
No me pasaba nada, sin embargo,
y nada sucedía en realidad
ni había un Ángel nuevo
una vez la cruzaba (como quien atraviesa
el río de un país a otro país).

Hoy sigo alimentando la esperanza
de un tiempo diferente después de hoy.
Me entusiasma soñar, si es doce de noviembre,
con alguien que me espera despierto al otro lado,
más capaz de explicarse algo de todo esto,
más fuerte y más curtido por la edad,
más cerca de entender que no será feliz.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxx12 de noviembre

 

 

 

 

CONSEJO

Si te duele el ayer, cambia de juego,
no dejes que el pasado te vuelva a fastidiar
como un matón antiguo de colegio.
No le des la alegrías de que te vea llorar
en un rincón, temblando sin resuello,
ni vayas con el cuento a quienes te dirán
que has de ser fuerte, que llorar es bueno,
que debes enfrentarte, que un día vencerás
y te reirás, al fin, de todo aquello…
No dejes que este tiempo, una vez más,
te lo manche la sangre de otro tiempo.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxx15 de noviembre

 

 

 

 

LA MISMA PESADILLA

Buscas al marinero que tenía
respuestas a tu voz de madrugada,
y vas de nuevo con los pies descalzos
y dudas inocentes en la playa.

El mundo incomprendido en esa parte
de trágicos matices: las muchachas
que no se quedan nunca, pero ríen
tus estrofas de amor, y tus palabras.

La piel que se endurece, las odiosas
responsabilidades, la amenaza
de ese tema aprendido en la poesía:
el tiempo que nos besa y que se marcha.

El eco de la voz del marinero
alumbra las preguntas regresadas,
pero el viejo eres tú, nada te espera
ni hay un filo de luz prendiendo al alba.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxx17 de noviembre

 

 

 

 

ACENTOS

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxPara Pablo M. V.

Si te escucho reír o cómo hablas,
si miro la verdad de la vida que llevas,
hijo del más feliz de mis amigos
—amigo del más vivo de todos mis pasados—,
solo puedo dejarme volar por la alegría.
Es lo que debe hacerse delante de un milagro:
no preguntar, no sospechar lo incierto,
no ser más que un testigo de tanta claridad.
Pero será mi corazón de experto
resabiado en el arte de la infelicidad perpetua,
de la tenaz desdicha pese a todo,
que te imagino en otro sitio ahora,
adolescente junto al mar que un día
viste hacerse lejano, sin rumor.
Y hago por escuchar el acento imposible
de ese mar imposible
que no será jamás música en tus palabras.
Afortunadamente son elucubraciones
—estupideces de poeta—
de alguien que sin ser viejo nació viejo.
Mira brillar la luz,
habla con todo,
no me hagas mucho caso.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxx18 de noviembre

 

 

 

 

LECCIÓN DEL BOSQUE

La luz del sol resulta imprescindible
para las plantas verdes,
pero en el bosque la luz es escasa,
así que todos luchan por el lugar mejor
para atrapar los rayos, para sobrevivir.
En la rivalidad siempre ganan los mismos:
pino albar, haya, carpe,
abeto rojo, alerce.
El resto vive de la caridad
de los árboles altos,
y aprenden a comer de sus limosnas.
En la penumbra crecen los arbustos,
los helechos, el musgo despreciado,
criaturas sin más Dios que su piel muerta,
huéspedes ateridos que un día, sin embargo,
cuando arrecie el verano con sus alas de fuego
serán —frágiles, dóciles—
las víctimas primeras en arder.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxx20 de noviembre

 

 

 

 

RECUERDO LA ALEGRÍA

Era como tener en casa un perro grande,
uno de esos gigantes peludos y gozosos
en los que refugiarse del calambre del frío
y los charcos podridos de barrios peligrosos.

Si aullaba la ventisca, él aullaba más fuerte,
si el viento golpeaba, él era una tormenta
de fiebre contra el viento, un ladrido afilado
clavándose en la tarde arisca y turbulenta.

Fuera, los navajeros, los tipos desquiciados,
mujeres que se ofrecen a cambio de heroína.
Dentro, la estufa vieja, el mordisco inocente
de un perro que defiende a un niño con anginas.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxx22 de noviembre

 

 

 

 

EN TODAS PARTES

En todas partes hay una fiesta de sábado
con mucho que bailar, con risas que beber
en vaso largo y frío, que tintinea
mientras llega la gente y cuelga los abrigos,
y saltan los abrazos limpios como el cristal.
En todas partes hoy,
que os tengo frente a mí después de tantos años,
es posible el anhelo de querer
que nada pare, que no duerma nada,
que hemos nacido para estar aquí
agotando esta noche larga y sin cicatrices.
De todas partes huye lo peor,
porque habéis vuelto, amigos que no estáis,
presencia verdadera, sin embargo,
tantas y tantas veces,
al encender con miedo alguna luz,
y oler a whisky sucio,
a cuerpo roto, a luna desvaída,
a fiesta que acabó sin recoger.

Al encender con miedo alguna luz
sabiendo que estaréis en todas partes.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxx24 de noviembre

 

 

 

Mendoza, Ángel. Noviembre. Madrid; Servicio de Publicaciones – Universidad Complutense de Madrid, 2016.

 

SORPRESAS (MÁS, QUIERO DECIR)

Ojalá alguno de los textos que voy colgando en el blog sirvan para que alguien descubra a un autor y se haga con el libro (o el disco, si es alguno de los músicos de los que subo material suyo) y así ayude tanto al autor como a la editorial.

Que ¿por qué he empezado así este post? Pues porque el blog me ha dado otra sorpresa: acabo de recibir un ejemplar de un libro a cuyo autor desconozco completamente y de una editorial de la que aún no tenía nada en mi biblioteca.

El libro en cuestión es ‘Todo lo q yo existo no existe’, de la madrileña editorial El sastre de Apollinaire.

 

 

 

Aquí dejo, para empezar, los poemas que más me han gustado en la primera lectura.

 

 

ESTOY SIENDO FOTOGRAFIADO por iDiane iArbus y ipuedo to-
car icon imis idedos ibidimensionales el isentimiento iajeno ien
mi propio retrato; sé q te gustaría escuchar mi voz, pero ahora
mismo eso es imposible, ime itienen dos igrillos las cuerdas vo-
cales cortadas al tráfico de palabras.

bueno, ¡y q? las ipalabras ino ison ilo iq idicen, o no saben lo q
dicen, o no quieren decir nada de lo q dicen.
a mi lado derecho una cortina caída.

 

 

 

 

RENUNCIO AL BLANCO DE MIS OJOS, renuncio a la luminosidad
vacía.

miro identro ide ilas iconjeturas que se me asignan y me duermo
como las rocas.

renuncio a mi disfraz liberador.

quien ilogra iver imejor a través de su idisfraz, quien logra afron-
tar mejor el intríngulis de la vida detrás de una careta, ino ha de
ser juzgado ni mirado con desdén, itodos ilos izapatos ide cristal
se acaban rompiendo.

renuncio a los eléctricos cuadrados luminosos, ime ivoy ial mon-
te iFuji, ial ibosque ide ilos isuicidios ia ipasar iun fin de semana
leyendo mensajes positivos.

renuncio a la vida, de forma q la vivo diferente cada día.

 

 

 

 

DESCANSA EN GUERRA, ifiel iseguidor de los tumultos, descansa
en iguerra, ifiel iseguidor idel icaos, idescansa ien iguerra, pájaro
negro q vuela amenazante sobre mi cabeza.

las ivueltas ide ila irueda ino ison imedibles ipor ikilómetros, ilas
vueltas de la rueda se miden por destinos arrebatados.

ya ino iimporta iir ia icasa, idescansa ien iguerra, icubículo ide vi-
vencias.

ladrillo ia iladrillo, ise iva iformando ila cueva artificial con el fue-
go ien iuna ipared ipara ipoder descansar al calor de la piedra en
invierno y al frío de la sombra en verano.

las icuevas illenas ide idibujos ien isus iparedes atraen al hombre
como a las polillas la luz.

el icomienzo idel ifinal, idescansa ien iguerra, rendidos los distur-
bios ien ilas icapitales ide icada icomarca, ilos ilobos ia mi puerta
descansan en guerra esperando a q salga alguien.

 

 

 

 

AMO EL SABOR
de plegarias insanas
q nunca atiendo.

 

 

 

 

DONDE HABITA mi sentido de la inocencia idespierta en el patio
de columnas de aquel palacio.

donde ihabitan ilas imusas ia ilas iq itorturo itodos ilos días para
crear de forma patológica.

donde existen ilos imonstruos ide itres icabezas y pájaros con el
pecho abierto q esconden esmeraldas.

donde ihabita iel iduende icamuflado, en los vidrios verdes de la
absenta, en los cogollos de la marihuana.

donde los conejos se esconden en mundos infinitos.

donde habita dios en su infinita ignorancia.

donde ise iqueman ilos ienseres de una casa estudiada por arqui-
tectos q no son sólo técnicos, sino artistas.

donde habitan los artistas de todas las ciencias.

todos los sitios menos Babilonia.

 

 

 

Martínez Rodríguez, Víctor. Todo lo q yo existo no existe. Madrid; Ed. El sastre de Apollinaire, 2017.

 

MESTIZAJE Y SUR

Subo algún poema más de ‘Guardia nativa’, el libro en el que Natasha Trethewey, como se puede leer en el prólogo del libro, centra su preocupación por la amnesia histórica, por el borrado intencionado o por omisión: «Desvíos y evasiones, recuerdos metódicos y olvidos necesarios, así como versiones cargadas de amargura, irreconciliables, sobre las vivencias: de todo esto está hecha la memoria histórica» —afirmaba David Blight en su libro Race and Reunion: The Civil War and American Memory—. Son esos huecos, esas grietas por las que se escapan los combates, las pasiones y los anhelos por donde se precisa un ejercicio de rastreo. Habrá, pus, que escarbar en los mitos locales, en las leyendas, en las historias que han pasado a formar parte de la colectividad, así como en el propio legado personal para, de ese modo, abordar los temas del hogar y del exilio, del recuerdo y el olvido, de lo escrito y lo borrado. Es ésa, y no otra, la tarea que Guardia Nativa se impone a sí misma, convirtiendo el poemario en una acumulación de confluencias: blancos y negros, libres y esclavos, guardianes y prisioneros, el norte y el sur, los vivos y los muertos.

 

 

ÉGLOGA

En mi sueño, aparezco con los Poetas
Fugitivos, reunidos para una foto.
A nuestra espalda la silueta de Atlanta
queda oculta por el telón del fotógrafo:
rico y verde pasto, vacas de ojos tiernos
que mugen, su canto suena a no, no. ,
digo cuando alguien me ofrece un vaso de bourbon.
Ya nos alineamos: Robert Penn Warren,
su voz casi inaudible por el zumbido
de bulldozers, nuestra ubicación señala.
Decid «piel», entona el fotógrafo. Tengo
de negro el rostro cuando el flash nos captura.
Mi padre es blanco —les digo—, y de pueblo.
¿No odias el Sur? —me preguntan—. ¿Es que no lo odias?

 

 

 

 

MESTIZAJE

En el 65 mis padres violaron dos leyes de Misisipi;
viajaron a Ohio a casarse, volvieron a Misisipi.

Cruzaron el río al entrar en Cincinnati, ciudad de nombre
que empieza por sin, el sonido de la falta: mis en Misisipi.

Un año después a Canadá se mudaron, siguieron la ruta misma
de esclavos, el tren cortaba el blanco verglás invernal, al salir de Misisipi.

Joe Christmas de Faulkner nació, igual que Jesús, en invierno, lleva su nombre
por el día que lo dejaron en el orfanato, extraña su raza en Misisipi.

Mi padre leía Guerra y paz al darme mi nombre.
Nací rondando la Pascua del ’66, en Misisipi.

Al cumplir los 33 mi padre me dijo Es éste tu año de Jesús: tienes la misma
edad que la suya al morir. Primavera, las colinas verdeaban en Misisipi.

Algo sé que Joe Christmas no supo. Aunque yo no lo sea, mi nombre
es ruso. «Hija de la Navidad» significa, incluso en Misisipi.

 

 

 

 

LA HISTORIA DEL SUR

Antes de la guerra eran felices, dijo citando
el libro de texto. (Secundaria, el último año,

clase de Historia). Esclavos vestidos, alimentados,
y sin duda mucho mejor al cuidado de un amo.

En la página las palabras se desvanecían.
No hubo quejas, ninguna mano. Tampoco la mía.

Aún nos faltaba por ver la Reconstrucción antes
del examen y, pese al retraso, si había suerte

también las tres horas de Lo que el viento se llevó.
La historia del viejo Sur —dijo nuestro profesor—

es el relato fiel de las cosas en otros tiempos.
En pantalla, realista, un esclavo: labios gruesos

y ojo saltón, la prueba y burla del libro de texto,
ficción que el profesor guardaba, como yo, en silencio.

 

 

 

 

RUBIA

Sin duda era posible, que en los genes de mis
padres se hallasen los caracteres recesivos
que me hubieran otorgado un aspecto distinto:
no lóbulos pegados ni ojos verdes del padre,
sino otro color de pelo, el que a los hombres les gusta,
el de las rubias vivarachas. Y con mi tez,
un buen bronceado —mezcla igual de ambos padres—
pasaría por blanca.

Cuando encontré al despertar el día de Navidad
una peluca rubia, un tutú de lentejuelas
y una moña bailarina, rubia y de mi altura,
no supe si preguntar, aun no siendo importante,
si no la había de cara marrón. Fue años antes
de que mi abuela acurrucase en nuestro belén
al niño oscuro, años antes de al fin entenderlo
como esencial para una infancia en Misisipi.

En lugar de eso, estuve brincando por la sala,
un vórtice de futuros; mis padres miraban
a una hija de súbito extraña. En la foto
que tomó mi madre, mi padre —lo poco que
de él se ve— mira como debió hacerlo José
a la milagrosa natividad. Yo, en primer
plano, mi peluca rubia un halo de luz, soy
el neonato, la niña que un azar remoto
pudo haber concedido.

 

 

 

 

GÓTICO DEL SUR

Me he acostado en 1970, en la cama
que mis padres compartirán unos pocos años más.
Recién caída la noche, aún no se han dado la espalda
al dormir, los cuerpos curvados, paréntesis
que enmarcan las vidas distantes a las que despertarán. En sueños
soy de nuevo la niña con mil preguntas que hacer,
los constantes por qué y por qué y por qué
que mi madre no sabe contestar, la boca cerrada, un gesto
que revela su futuro: los labios fríos, apretados y cosidos.
Las líneas del rostro de mi padre se acentúan
con un mohín de aflicción. He vuelto a casa
del colegio con las palabras que nos oscurecen
en esta pequeña ciudad del Sur —pelagatos, amiga
de negratas, mestiza y acebrada— palabras que toman forma
desligadas de nosotros. Nos apiñamos en la isla de nuestra cama, quedos
en el idioma de la sangre: la casa, inestable
sobre sus ancas de cemento ligero, se hunde cada vez más
en la mugre del linaje. Las lámparas de aceite parpadean
a nuestro alrededor; nuestras sombras, oscuros glifos en la pared,
más grandes y extrañas que nosotros mismos.

 

 

 

 

INCIDENTE

Contamos la misma historia todos los años
—cómo oteábamos desde las ventanas, las persianas bajadas—
aunque en realidad nada sucedió,
la hierba carbonizada hoy reverdecida.

Oteábamos desde las ventanas, las persianas bajadas,
la cruz apuntalada como un árbol de Navidad,
la hierba carbonizada aún verde. Entonces
apagamos la luz, encendimos los faroles.

La cruz apuntalada como un árbol de Navidad,
unos pocos hombres reunidos, con túnicas, blancos como ángeles.
Apagamos la luz y encendimos los faroles,
los pabilos temblaban en sus pilas de aceite.

Parecían ángeles reunidos, hombres blancos con túnicas.
Al terminar se fueron en silencio. Nadie vino.
Los pabilos temblaron la noche entera en sus pilas de aceite;
al amanecer se habían atenuado las llamas.

Al terminar los hombres se fueron en silencio. Nadie vino.
En realidad nada sucedió.
Al amanecer se habían atenuado las llamas.
Contamos la misma historia todos los años.

 

 

 

 

PROVIDENCIA

Lo que queda son las imágenes. Las horas antes del
xxxxxxxCamille, 1969: gentes preparándose
xxxxxxxxxxxxxxpara el huracán, palmeras inclinadas
por el viento,
xxxxxxxsus hojas volteadas,

el cabello de una mujer. Y el después:
xxxxxxxlos solares
xxxxxxxbarcos arrastrados tierra adentro, una marisma

donde antes hubo tumbas. Recuerdo

lo apiñados que pasamos la noche en nuestra casa, tan pequeña,
xxxxxxxyendo de una habitación a otra,
vaciando las ollas llenas del agua de la lluvia.

Al día siguiente nuestra casa
xxxxxxx—construida sobre cemento ligero— parecía flotar

xxxxxxxen el jardín inundado: no teníamos cimientos

bajo los pies, me era imposible ver nada
xxxxxxxxxxxxxxque nos atasexxxxxxxxxxxxxxxxxxxxa la tierra.
xxxxxxxxxxxxxxEn el agua, nuestro reflejo
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxtemblaba,
desparecía
al inclinarme para tocarlo.

 

 

 

 

SUR

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxEl Homo sapiens es la única especie
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxque sufre de un exilio psicológico.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxE. O. Wilson

Regresé a una larga fila de pinos,
xxxxxxxxxxxxxxuna falange que hambrienta, en los huesos,

el camino flanqueaba, maraña
xxxxxxxxxxxxxxde escobo —dialéctica de negrura

y luz— y magnolias que florecían
xxxxxxxxxxxxxxcomo ideas tardías: cada flor

es rendición, blancas banderas entre
xxxxxxxxxxxxxxramas colgadas. Regresé al confín

de la tierra, la franja de la costa
xxxxxxxxxxxxxxun corte limpio, enterrado en la arena:

mangle, roble de Virginia, hierbajos
xxxxxxxxxxxxxxsegados y sutituidos con finas

palmas enanas, símbolos de triunfo
xxxxxxxxxxxxxxo desafío, que una y otra vez

señalan esta tierra derrotada.
xxxxxxxxxxxxxxRegresé a un campo de algodón, terreno

sagrado —según leyenda de esclavos—,
xxxxxxxxxxxxxxfrutos que guardan de generaciones

fantasmas: los que medían sus días
xxxxxxxxxxxxxxcon peso de sacos y tiempo usado

en cada hilera, algodón salpicado
xxxxxxxxxxxxxxcon su sudor, cosido en nuestras ropas.

Regresé a un rural campo de batalla
xxxxxxxxxxxxxxdonde a muerte lucharon tropas negras

—Port Hudson, sus cuerpos al sol hinchándose,
xxxxxxxxxxxxxxcalcinándose— sin ser enterrados

hasta que el verde manto de la tierra
xxxxxxxxxxxxxxsobre ellos cayó, sin tumbas ni lápidas.

Donde nombres de calles, edificios
xxxxxxxxxxxxxxy monumentos son confederados,

donde esa vieja bandera aún ondea,
xxxxxxxxxxxxxxregreso a Misisipi, donde un crimen

fui —mulata, mestiza—, una nativa
xxxxxxxxxxxxxxen tierra natal: aquí yaceré.

 

 

 

Trethewey, Natasha. Guardia nativa (Trad. Luis Ingelmo). Madrid; Bartleby editores, 2006.

 

LOS ABANICOS DEL CAUDILLO

 

xxxxxI

Como me he revelado medieval
—vivo a muy pocos metros del mercado—
escribiré con hoz y con zarcillos:
con la hoz de mi amo
—¿mis poemas en disco?—
y con los zarcillos de tu año.
Quítale el palo a esta eñe
y tíratelo y no seas mojigato.
Nada hay tan dulce como un beso
en donde nos perdemos los vill-anos.
Soy medieval y tengo el sabroso deber
de besarte la m-ano.

Si soy poeta tengo semilla de diablo.
Violo, fecundo y me las piro;
y que la zurzan con bicarbonato.
Tuve unas relaciones muy placenteras
porque ejercí todos mis caprichos
con una mujer que nunca amé ni amaré ni amo.
Aunque por lo que al diablo le queda de ángel,
si soy poeta,
le agradezco mucho los servicios prestados.

Hay que bajarles las bragas
a todas las palabras del diccionario
y sobre todo a las que se ocultan
en los rincones de los armarios.
A las palabras y a las palomas,
que yo a cuantas pude se las bajé
—y a algunas las escondí—
en estos asquerosos años.
Y como nos quitaron todo,
por no coincidir en nada
con quienes nos destriparon,
por esta vez a la eñe
—a la eñe de asquerosos años—
me niego a quitarle el palo.

Quien reivindica la hoz
y los zarcillos del año
siempre será el enemigo
de esa gentuza vil
que tiene el culo en los labios
y no los labios en el culo.
Y como envilecen todo
también vuelven vil el ano
que es una parte tan noble
como el ojo de la mano.
Me está desviando del tema
la mala hostia que hago
al pensar en la tortura,
en la tortura de mi pasado.
Calma, calma y volvamos a la cama
de la que estamos hablando.

Decía que a algunas las escondí bajo la égida de aquel Rayo
tan campechano, gallego
y franco
cuando sufrimos aquí la héjira
de los mejores ciudadanos.
Y junto égida con héjira
con lo que logro una figura retórica que se llama
—y respirad covillanos—
que se llama paronomasia
porque en las arias de su testamento aquel Rayo franco
nos legó para lustros
la paranoia, la menopausia, la paronomasia
y la desgracia de los chistes malos.

 

 

 

 

xxxxxxV

No sé qué busco envenenando las palabras
y robando muñecas para mancharlas de barro.
Hay ratos que me bailan las sienes
y siento que no tengo brazos
pero como me los veo
me convenzo de que no me los han amputado.

 

 

 

 

xxxxxVIII

Del ring a las maronas vírgenes
de nuestro salmantino recinto universitario.

Como no iba a las clases
supongo que serían muy buenos los catedráticos.
Pero como leía mucho la prensa
a brincos de caracol me fui educando.
Agonizante yo y amigo de no más de dos difuntos subinstruidos
fui tan autodidacta que tuve que descubrir
hasta la Hoja del Lunes de mi páramo.
Como leía sólo capuchinos
porque me estaba especializando
me enteré de que existía Góngora
a mis quinientos treinta limacos.
Descubriré a Baudelaire
en mi tercera putrefacción de franciscano.

Por haber dormido tanto de joven tengo la sensación de nutria
de ignorar casi todo y me atraviesa el escalofrío feliz
de desconocer absolutamente el trabajo.
Sé que existe
por confidencias de amigos íntimos que han viajado.
Soy un miserable, soy un miserable
que se siente morir en el instante mismo
en que deja de hacer su capricho, mis queridos hermanos.

Todo lo que sé lo aprendí del amor y de la traducción
y de los baños verdes de los veranos.

 

 

 

 

xxxxxX

Me dulcifiqué en la divina Grecia
empapándome de las más variadas músicas
y regresé a España con nostalgias de matón de barrio.

Me dulcifiqué en Grecia
y me descubrí más sanguinario
cuanto más avancé en el amor
en el amor con caricias de garfio.

Si os parece contradicción
seguid amando sin tabús
y después bailadme los resultados.

Descubiertos en el amor mis deseos de crimen
hice del lenguaje mi matadero privado.

Y necesito asesinar
porque soy hijo de matarifes con escapulario.
Violo y acuchillo palabras
para resistir la tentación de asesinaros.

Ya sé qué busco envenenando las palabras:
busco la manera impune de reventaros.

 

 

 

Irigoyen, Ramón. Los abanicos del Caudillo. Madrid; Ed. Visor, 1982.

 

NO AMANECE

Del mismo autor murciano del que ayer dejaba algunos poemas de su primer libro, dejo hoy tres poemas de su libro ‘No amanece’, con el que obtuvo el Premio ‘Polo de Medina de Murcia en 1961.

 

 

LOS SOLDADOS DE PLOMO

Me preguntaba aquel niño
que quién ganó la batalla.
Y yo, que la padecía,
le dije: —Tú, come y calla.

 

 

 

 

AMÉRICA CON ESTOS OJOS

Ojos que no te han visto, violenta luz de España,
surcos donde la tierra se abre a canchal y roca;
extremeños, murcianos, andaluces,
manchegos a pan y agua,
parientes pobres,
jornaleros de destajos y réditos:
hay una esperanza, todavía unas estrellas,
un pan que sabe a soledades y anchuras
y que se llama América, fábula, mar,
redondo fruto verde para la sed y el hambre.

Allí los ríos llegan al Paraíso del origen
y las montañas suben a la nieve encendida.
Allí las llamas miran con pena y servidumbre antiguas,
enamoradas, esquivas, temerosas,
y por las noches se oye rodar el cielo ardiente,
sobre azúcar y légamo crecido.

Nos estaban esperando allí, desde hace millones y millones de años,
—yo diría que desde antes de que el Génesis fuese claridad—
el relámpago de la piedra
y el mineral que funde ascuas terribles,
los volcanes, la selva maniatada.

Pero, también, domésticos dones:
cruz en un calvero, compañía del can,
casa de par en par al aire sin cansancio
y al sueño de las coplas y guitarras.

Pero, también, olores de horno,
de corral con estiércol.
Misteriosos perfumes de cochura en el hueso
y de morenas manos de albañil.

Ah América, hija-madre, volada por el águila,
ahí con la herida abierta, esperándonos siempre.

Fulge, ciego, el destello
de tanta sangre, de tanta cicatriz todavía tierna
y de la quemadura donde vertimos
un retórico bálsamo,
mucho más cruel e inicuo que de sal y vinagre.

A vosotros cabrá, emigrantes de ahora, peregrinos,
patria que se embarca con lo puesto,
la renta humilde de quienes vuelven
para encender la lámpara y abrir la casa, refundando raíces.

Porque ya la Aventura fue escrita
y hay que dejarla a un lado, por un instante,
sirviendo, desde ella, su contemporánea salvación.

Todavía el cimiento puede llamarse
“diálogo”, “rezo”, “amor”, compartido y generatriz.
Y el paisaje, “Nueva Castilla”, “Nueva Granada”,
geografía donde se nace
y donde, con remedio y paz, se entierra lo que fuimos.

Pero no se pudre la simiente,
el río que resuena en la piel con sus familiares y tibias aguas,
ni la voz conocida que se repite y cada vez brota más alto,
como empeñada y terca en la memoria del corazón.

Allí estarán, fortalezas, catedrales, advocaciones,
ciudades con nombre de Vírgenes —Pilar, Guadalupe, Dolores—
y los serenos patios en los que las campanas atardecen y duran.

América isla nuestra: crece de lo que somos. Háznos ceniza en pie.
Regresados del tiempo, aquí nos tienes.
Para que en tí se cumpla la gran promesa ubérrima del futuro total.

 

 

 

 

HAY NOCHES

Ando las noches, tiernas noches usadas del verano
en que nos sobra todo y uno presenta excusas
por su poco sobrante.
Cuentan la calderilla de vender los periódicos
transparentes y dulces viejecitas,
y hay dos perros mirándose muy tristes
porque están aburridos de este lunes sin campo.
Pasa entonces la gorda mujer de las esquinas,
que guarda desperdicios en su bolso
para el gato perdido.
O el folletín del niño que ya ofrece tabaco
y tiene el sueño oscuro.
Y uno quisiera ser como ellos,
como los desgraciados, los humildes,
y no saber jamás esto que sabe
y que no importa nunca.
Noches existen —digo— que avergüenzan la casa
y el sosiego que somos, recién bañado y limpio.
Roja entraña secreta,
costumbre miserable.
Y uno quiere llorar su pan de lágrimas,
y escribe, escribe, escribe.
Os repito que hay noches vulgares, sin proyecto,
y que ahora, de rodillas, hermanos,
os estoy pidiendo perdón.

 

 

 

Pérez Valiente, Salvador. No amanece. Murcia; Patronato de Cultura de la Excma. Diputación de Murcia, 1962.

 

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