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Archive for the ‘Poesía’ Category

EL PADRE

septiembre 15, 2017 Deja un comentario

 

LA FOTOGRAFÍA QUE QUIERO

En blanco y negro, cuadrada, barnizada
como la instantánea de una cámara antigua.
Él: sentado, sobre el gran sofá,
un hombre fuerte reducido por el cáncer.
En el cuello abierto de la camisa,
los nódulos más grandes
presionan hacia fuera
como un calcetín relleno de cosas.
Su cabeza inclinada
descansa en la mía que descansa en su hombro,
mi rostro tan cerca del primer tumor
como los labios de un bebé dormido
del pecho materno.
La luz es fuerte, las sombras marcadas,
la edad ha dejado huellas en nuestros rostros.
Descansamos con los ojos cerrados,
casi dormidos, uno en el otro.

 

 

 

 

QUERER

Esperé en el pasillo mientras su mujer
preparaba todo para la noche,
ajustaba el goteo, limpiaba la saliva
seca de las comisuras de sus labios,
comprobaba que la escupidera estuviera cerca,
el timbre prendido a la sábana,
como una chupador a la cuna.
Mientras, yo pensaba en el goteo,
en la manivela de acero de la cama,
en el timbre, la taza, la luz. Siempre lo supe
un objeto en un mundo de objetos.
Y es que no hablaba, a veces, por una semana,
se limitaba a hacer esas señas suyas:
si abría y cerraba los dedos como un pico,
mujeres parloteando; si se golpeaba la frente,
la estupidez de las mujeres te destruye.
Yo había dejado de esperar que me hablara
con sinceridad antes de morir. Aguardé
junto a la enfermería, donde las madres dejan
las flores cuando se llevan sus bebés a casa.

Cuando ella salió de su habitación estaba radiante:
él le había tomado las manos, le había agradecido
cuanto había hecho por él durante veinte años,
y después le había dicho, Quiero dedicarte
el resto de mi vida.

 

 

 

 

ASOMBRO

Cuando llama para decir que mi padre morirá hoy
o mañana, recorro el pasillo, la boca abierta,
los ojos fijos. Su cabeza era un planeta navegando
sobre mi cuna y yo no lo podía entender.
En el lago, se acercaba caminando sobre las ágatas,
el pelo de su pecho ascendía como raíces.
Yo lo veía y no entendía.
Yacía tras la puerta de vidrio biselado,
junto a la garrafa de cristal,
aún intactos esos haces verticales
que después él haría añicos.
Y cuando se sentaba junto a la piscina
evitaba nuestra mirada,
sus iris, una sustancia lustrosa,
volátil, desconocida.
Sólo empezó a buscarnos cuando enfermó,
brillaba al hundirse.
Acerqué mis labios a su rostro resplandeciente
y él se inclinó hacia mí, como un meteoro
de luz hundiéndose en la cuna.

Y ahora va a morir. Recorro el pasillo
cara a cara con esa verdad
como si fuera un gran calor.
Me siento como uno de los niños pastores
cuando la estrella se posó sobre el tejado.
Pero estoy acostumbrada, conozco este asombro.
Si me hubiera atrevido a imaginar un cambio
quizá hubiera deseado cambiar mi vida
por la de alguien criado con amor,
pero ¿cómo podría alguien criado con amor
soportar esta muerte?

 

 

 

 

CARRERA

Llego al aeropuerto, corro al mostrador,
compro un pasaje y diez minutos después
cancelan el vuelo: los médicos dicen
que mi padre no pasa de esta noche
y cancelan el vuelo. Un hombre
de bigote me habla de un vuelo sin escala:
sale en siete minutos. ¿Ve ese ascensor?
Baje un piso, doble a la derecha,
coja el autobús amarillo, baje en el segundo terminal,
dice. Y yo, que carezco de toda orinteación,
corro exactamente hacia donde debo, un pez
deslizándose contra la corriente del río,
hábilmente, como si supiera. Salto del autobús,
las maletas llenas de cualquier cosa
me sacuden de lado a lado
como si quisieran demostrar
que también yo sucumbo a las leyes de lo físico.
Y yo, que siempre voy al final de la fila,
corro hacia un hombre de flor blanca en el pecho,
y le digo, Ayúdeme. Mira mi pasaje, me mira a mí,
y dice: Doble a la izquierda, después a la derecha,
suba las escaleras mecánicas y, después,
corra. Vuelo escalera arriba y ahí, al final, veo el pasillo,
respiro profundo, le digo Adiós a mi cuerpo,
adiós a la comodidad y corro, corro
como si pudiera apostarlo todo,
gastar para siempre las piernas y el corazón que él me dio,
todo para tocarlo una vez más en esta vida.
He visto fotos de mujeres corriendo,
sus pertenencias atadas con bufandas
asidas a los puños. Bendigo
las piernas largas que él me dio y abandono mi corazón
a su único propósito: llegar a la Puerta 17.
Cerraban la del avión cuando llegué.
Entonces, como quien no es demasiado rico,
me deslicé a través del ojo de la aguja
y recorrí el pasillo que me llevaba hacia mi padre. El avión
iba repleto, el cabello de los pasajeros brillaba,
una bruma de endorfinas doradas llenaba la cabina.
Lloré como lloran quienes entran al cielo,
con un alivio colosal. Despegamos
de un lado del continente
y no paramos hasta posarnos
sobre la otra orilla. Entré a su habitación
y vi su pecho ascender despacio
y bajar de nuevo. Toda la noche
estuve mirándolo respirar.

 

 

 

 

LOS OJOS DE MI PADRE

El día antes de morir, permaneció echado
hora tras hora con los ojos abiertos
y la mirada terca, cansada.
En sus iris nacieron manchas doradas
como si hubiera cambiado su esencia,
trozos de agua o de cielo injertados
en su cuerpo mineral.
Cada vez que pestañeaba, la poderosa
onda de sus pestañas atravesaba mi cuerpo
como si fuera Dios quien pestañeaba,
todo un mundo deshecho en el salto de un párpado.
Dijeron que quizá no veía nada,
que la esfera material de su ojo
estaba simplemente abierta a las cosas del mundo.
Pero a medida que avanzaba la tarde
sus ojos parecían buscar mi voz o la de su mujer.
Y una vez, cuando se movió intentando
estirar el brazo, me agaché
y volvió su iris borroso hacia mí,
su pupila se contrajo por un instante
y me recibió: era mi padre mirándome.

Fue apenas un segundo, como la repentina chispa
del deseo que brilla de pronto entre dos personas.
Después, su vista se hundió de nuevo
y sólo dejó un globo ocular,
y al día siguiente el alma huyó
y ahí ya sólo dejó a mi padre.
Pensé en esa última mirada,
una mirada sin amor ni esperanza,
su mirada de reconocimiento.

 

 

 

 

EL CUERPO MUERTO

No soportaba dejarlo solo en la habitación
después de que murió. Durante meses
siempre hubo alguien con él, estuviera dormido,
despierto, en coma, siempre alguien, pero después
nos quedábamos fuera y él dentro,
solo: como si lo único importante fuera su conciencia,
ese hombre que tuvo tan poca conciencia, que fue
90% cuerpo. Yo no soportaba
esa forma de tratarlo como basura, íbamos a quemarlo,
como si sólo importara el alma. Quién era ése
si no él, tirado ahí, seco y abandonado.
Me enfrentaría a quienquiera
que no respetara ese cuerpo: que viniera
un estudiante de medicina y se atreviera a hacer un chiste sobre su hígado
y lo derribaría. Hubiera sido tan bueno tener a quien derribar.
Y si lo íbamos a quemar,
quería quemarlo entero, no ver
su brazo mañana en el cuerpo de alguien
en Redwood City, o que le arrancaran
la lengua para transplantarla, o ese ojo renuente.
Y qué si su alma ya no estaba,
yo lo conocí desalmado toda mi infancia, lo veía
acostado en el rincón más oscuro de la sala
con la boca abierta en el sofá
y ahí no había nada más que su cuerpo.
Así que en el hospital, me quedé a su lado,
acaricié sus brazos, su cabello,
no pensaba que estuviera ahí
pero igual ése era el hombre que yo había conocido,
un hombre hecho de sustancia espesa,
un hombre crudo, como esos seres primitivos
que poblaban el mundo antes de que Dios tomara
su peculiar arcilla y creara
a su propia gente.

 

 

 

 

DESPUÉS DE LA MUERTE

Lo último, en el hospital,
fue dejar en la habitación a su mujer sola
con él. La muerte había ocurrido,
pequeño, frágil, el último suspiro
había escapado de su boca,
y ella había hablado, oradora ardiente,
desde los pies de la cama. Yo los había dejado un momento
y me quedé en un rincón, presionando mi frente
en el ángulo correcto, el pastor había llegado
con su estola fúnebre, el estetoscopio había sido
guardado en el bolsillo del médico,
las mujeres se habían sentado una a cada lado y
acariciaban sus brazos, había uno para cada una.
Y el que estaba en la cama yacía, demacrado,
deseado como siempre,
pero no temido ya. Después salimos todos,
pastor, médico, enfermera, hija,
sólo quedó su mujer, y la puerta se cerró.
Era el centro del final. Nos quedamos
en el pasillo, protegiendo la entrada,
callados, como si Dios estuviera
deshaciendo un mundo ahí dentro. Mi mente estaba vacía.
Sólo semanas después me pregunté
si se habría acostado sobre él, quizá no,
tan frágil. ¿Se habrá arrodillado junto a la cama,
habrá sostenido su mano, abierto la sábana
para mirarlo una última vez,
habrá besado sus pezones, el ombligo, su pene
muerto y tibio? El hombre en sí estaba a salvo,
esto era lo que él había descartado.
Yacía entre ellos como fruto de su amor.
¿Volvería a cubrirlo con la sábana
como a un recién nacido
una noche de verano?
Abrió la puerta y salió, su rostro húmedo
resplandecía, nunca la había visto tan en paz.

 

 

 

Olds, Sharon. El padre (Trad. Mori Ponsowy). Madrid; Bartleby editores, 2004.

 

POEMA PARA MI PRIMER AMANTE

septiembre 14, 2017 Deja un comentario

 

POEMA PARA MI PRIMER AMANTE

Ahora que comprendo, me gusta
pensar en tu horror: te habían dado una joven
loca de amor, largo cuerpo
lozano y crudo, delgado como un jabón
gastado, pechos redondos y turgentes y
opalinos como pompas de jabón,
colocada entre tus piernas, dieciocho años,
intacta. Me gusta entender tu
horror, ahora, la forma en la que la tomaste,
desvirgándola como si destripases un pescado,
marchándote en la mañana hablando de una esposa.
Ahora que sé
algo del miedo al amor
me gusta pensar en su cuerpo incandescente
verduzco como un pez sacado a tierra, retorciéndose
a palmetazos contra una roca —caída en tu
regazo, hombre, estremeciéndose como tu polla,
una mujer enajenada de amor, recién
salidita, punzante como una herramienta a estrenar,
centelleante sobre tus muslos y todo lo que
podías hacer con tanto horror era arrancar su fruto como a un
caracol para sacarlo de su negra concha y después
deshacerte de ella. Me intimida que el horror
se cobre tanto, estoy enamorada de la chica que fue
a ofrecerse, vino a ti y
lo dispuso todo como un manjar en una bandeja, la
dulce carne —sí, sí,
acepto el regalo.

 

 

 

Olds, Sharon. Los muertos y los vivos (Trad. J. J. Almagro Iglesias y Carlos Jiménez Arribas). Madrid; Bartleby editores, 2006.

 

LOS MUERTOS Y LOS VIVOS

septiembre 13, 2017 Deja un comentario

 

FOTOGRAFÍA DE LA NIÑA

La niña está sentada en la tierra dura,
áspero molde de Rusia, en la sequía
de 1921, aturdida,
los ojos cerrados, la boca abierta,
un crudo viento abrasador le sopla
arena en la cara. Hambruna y pubertad
se apoderan de ella. Echada sobre un saco,
el calor descoloca todo lo que lleva puesto,
curvando el tierno radio de su brazo.
No puede no ser bella, pero
se muere de hambre. Adelgaza cada día, y sus huesos
se hacen largos, porosos. El pie de foto dice
que va a morir de hambre ese invierno
con miles de otros seres. En la sima de su cuerpo
los ovarios liberan sus primeros óvulos,
dorados como el grano.

 

 

 

 

NEVSKY PROSPEKT

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx(Julio 1917)

Es una foto antigua, muy negra y
muy blanca. Una mujer
se levanta la pesada falda mientras corre.
Un hombre con chaqueta blanca y manos
atadas a la espalda corre,
la barbilla prominente. Una mujer mayor
de luto riguroso se vuelve y mira atrás.
Un hombre se tira en el asfalto.
Un niño con botas pesadas va corriendo
pero mira hacia atrás por encima del hombro
a los cuerpos amontonados, negros y blancos.
La gran plaza de adoquín
queda salpicada de manchas de tinta por el suelo
y sombreros blancos olvidados. Todo lo demás
se aleja como un mar del ruido que escuchamos
en el silencio de la fotografía
igual que ven los sordos el sonido: la terrible
voz de los subfusiles cuando dicen
Esto es más importante que tu vida.

 

 

 

 

LA MUERTE DE MARILYN MONROE

Palparon los de la ambulancia el cuerpo,
frío, lo subieron, pesado como el hierro,
a la camilla, le intentaron cerrar
la boca, le cerraron los ojos, ataron
los brazos a los lados, apartaron un mechón
de pelo enredado, como si importara,
vieron la forma de sus pechos, aplastados por
la gravedad, bajo la sábana,
se la llevaron, como si se tratara de ella,
escaleras abajo.

Esos hombres nunca fueron los mismos. Salieron
después, igual que hacían siempre,
a tomar una copa o dos, pero no podían
mirarse a los ojos.
xxxxxxxxxixxxxxxxDieron sus vidas
un vuelco — uno sufría pesadillas, dolores
extraños, impotencia, depresión. A otro
no le gustaba su trabajo, su mujer le parecía
diferente, sus hijos. Incluso la muerte
se le antojaba distinta —un lugar donde ella
le estaría esperando,

y el otro se encontró a sí mismo por la noche
en el umbral de la habitación del sueño, escuchando
a una mujer respirar, tan sólo una mujer
normal
respirando.

 

 

 

 

CONFLICTOS

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx(Rodesia, 1978)

Deja ya de hablar de conflictos.
Veo la cabeza pálida como el vientre de una araña de la
recién nacida encima de la hierba, con la tela de araña de
venas visibles en su cráneo, la piel
gris y fulgente, el limpio corte de
la bayoneta en mitad del pecho.
Veo la cara de su madre, a golpes,
ha tomado la forma de una planta,
un cactus con espinas grises y carnosos
brotes de color granate oscuro.
Veo el largo de su brazo sobre la pequeña;
su muñeca descansa inmóvil con todo su peso, sobre las
diminutas costillas.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxNo me hables de
política, tío. Que tengo ojos.

 

 

 

 

EL GREMIO

Todas las noches, cuando mi abuelo se sentaba
frente al fuego en la penumbra,
flameante la copa en la mano, su ojo
brillando en la vana aureola
de la llama, el ojo de cristal siniestro y pétreo,
un joven se sentaba junto a él
en silencio y oscuridad, un universitario de
piel blanca, sin arrugas, una bella
cara enjuta, una frente
muy pronunciada y ojos de ámbar como la resina de
los árboles aún jóvenes para ser cortados.
Era su hijo, allí sentado, un aprendiz,
noche tras noche, su vaso de carbón
junto al vaso de carbón del anciano,
y bebía cuando él bebía, y aprendió
el arte del olvido —ese joven
todavía sin crueldad, el pelo oscuro como
la tierra que alimenta la raíz del árbol,
ese hijo que superaría
con creces al maestro, el aprendiz
que dejaría atrás a su patrón en crueldad y olvido,
bebiendo sin pausa junto a las llamas entre las tinieblas,
ese joven, mi padre.

 

 

 

 

LAS FORMAS

Siempre tuve la sensación de que mi madre
moriría por nosotros, se lanzaría a un fuego
para sacarnos, el pelo incandescente como
un halo, se zambulliría en el agua, su cuerpo
blanco sucumbiendo y girando lentamente,
ese astronauta cuyo cable se corta
para
xxxxxperderse
xxxxxxxxxixxxxen la nada. Nos habría
protegido con su cuerpo, habría interpuesto
sus senos entre nuestro pecho y el cuchillo,
nos habría metido en el bolsillo del abrigo
lejos de las tormentas. En la tragedia, el animal
hembra habría muerto por nosotros,

pero en la vida tal y como era
tuvo que mirar
por ella.
Tuvo que hacer a los niños
lo que él dijera, tenía que
protegerse. En la guerra, habría
dado la vida por nosotros, te aseguro que sí,
y lo sé: soy una estudiosa de la guerra,
de hornos de gas, de asfixia, de cuchillos,
de ahogamientos, quemaduras, de todas las formas
en las que sufrí su amor.

 

 

 

 

UNIDAD DE QUEMADOS

Cuando mi madre habla de la Unidad de Quemados
que ha donado al hospital de su ciudad,
mi pelo asciende y flamea como humo
en el aire que rodea mi cabeza. Menciona las
camas en su nombre, los baños en suspensión y
kilómetros cuadrados de venda, y pienso en los
años con ella, yo su hija, como
sin piel, dando vueltas en carne
viva, con quemaduras de primer grado en el noventa
por ciento del cuerpo. Solía quedarme pegada a las puertas
que intentaba cruzar, a las sillas de las que
intentaba levantarme, jirones
que se desprendían fácilmente como
carne de cerdo muy hecha, y nadie me daba
una gasa, o un corte de mantequilla para que
se fundiese en mi costado crujiente, pero cuando
gritaba, ella me arrimaba a su
plancha ardiendo, cuando la cabeza calcinada apestaba ella
me arrastraba más y más a la habitación
en llamas de su vida. Así que cuando habla de su
Unidad de Quemados imagino a una niña
que llegará allí, flotará en un agua
turbia como lágrimas, un colgajo suspendido en una
bañera de ungüento, chupando hielo mientras
apagan las diminutas llamas que quedan
en el pelo cercano al cerebro, y digo
Déjale dormir cuanto quiera, permítele salir
indemne, sin ninguna marca que
honre el poder del fuego.

 

 

 

 

LOS INVASORES

Hitler entró en París como mi
hermana entraba en mi habitación por la noche,
se sentaba a horcajadas sobre mí, me estrujaba con las rodillas,
clavaba las uñas de los pulgares en mis muñecas y
meaba encima de mí, sabiendo que nuestra madre nunca
creería mi versión. Todo muy
cauto, la cara borrosa sobre mí
refulgiendo en la sombra, el olor ocre
de su orina propagándose por el cuarto, el
calor hirviendo en mis piernas, mojada
mi estrecha pelvis. Cuando cesó el silbido, cuando un
agujero había sido marcado a fuego en mi cuerpo, tumbada
y calcinada de vergüenza, percibí el
relumbrar de su piel en el aire, el placer
acre que crecía cuando Hitler se asomaba a
la tumba de Napoleón y murmuraba Éste es el
mejor momento de mi vida.

 

 

 

 

EL SIGNO DE SATURNO

Algunas veces mi hija me mira con un
oscuro gesto de ámbar, como mi padre
a punto de desmayarse de indignación, y recuerdo
que ella nació bajo el signo de Saturno,
el padre que devoró a sus hijos. A veces
su oscura y muda nuca
me recuerda a él inconsciente en el sofá
cada noche, con la cara vuelta.
Algunas veces le oigo hablar con su hermano
con esa frialdad que en él pasaba por madurez,
esa rabia endurecida por la voluntad, y cuando ella se enfurece
en su habitación, y da un portazo,
puedo ver su espalda, vacía y vasta,
cuando él se desvanecía para escapar de nosotros,
y se tumbaba mientras el bourbon convertía su cerebro
en carbón. A veces veo ese carbón
ígneo en los ojos de mi hija. Al hablar con ella,
intentando persuadirla hacia lo humano, su carita
limpia se ladea como si no pudiera
oírme, como si estuviera atenta
a la sangre de su propio oído, en vez de a mí,
a la voz de su abuelo.

 

 

 

 

35 / 10

Mientras cepillo el pelo oscuro y
sedoso de mi hija ante el espejo
veo el canoso resplandor de mi cabeza,
la sirvienta llena de canas que está detrás. ¿Por qué será
que justo cuando comenzamos a marcharnos
ellos llegan, las dobleces del cuello
haciéndose evidentes mientras que los delicados huesos de sus
caderas se afilan? Mientras mi piel muestra
sus marcas resecas, ella se abre como una flor
pequeña y pálida en la punta de un cactus;
cuando mis últimas oportunidades de concebir un hijo
se me escapan por el cuerpo, restos inútiles,
su bolas llena de óvulos, redondos y
compactos como yemas de huevo duro, está a punto de
hacer saltar su broche. Le cepillo el pelo enredado
y fragante a la hora de acostarse. Es una vieja
historia —la más antigua que existe en la tierra—
la historia del testigo.

 

 

 

Olds, Sharon. Los muertos y los vivos (Trad. J. J. Almagro Iglesias y Carlos Jiménez Arribas). Madrid; Bartleby editores, 2006.

 

OLVIDOS Y JUEGOS ABSURDOS

septiembre 12, 2017 Deja un comentario

 

CASI UNA POÉTICA

Me asomo al pozo que es mi corazón
y sólo veo piedra, oscuridad
y una soga que pende, escandalosa,
y que pregunta qué es lo que se esconde
en su profundo, negro, ciego extremo.

Sin saber la respuesta, tiro fuerte
y, al extraer de un fondo así agua fresca,
la levanto y la vierto, ávido, en mí,
con angustiosa sed, con sed de vida,
con acuciante sed de seguir siendo.

 

 

 

 

OLVIDOS

Ya no recuerdo casi ni tu nombre,
mujer que fuiste el centro de mi vida.
Pero eso mismo me recuerda a veces
que a mí también, que soy centro de todo,
la vida acabará pronto olvidándome.

 

 

 

 

LA NIEBLA EN LA CIUDAD

La niebla cae
sobre la ciudad como
si cayese el espíritu
de alguna gran nevada del pasado.

 

 

 

 

JUEGO ABSURDO DE ESPEJOS

En mitad de una noche en la que consumiste
tu alegría, fugaz y artificial
igual que una bengala,
avanzas entre calles que parecen
escenarios de extrañas ciudades submarinas.

A cada nuevo paso
que das, escuchas, hueco,
el eco de otro igual.
Una réplica exacta que te hiela la sangre.

Hasta que se afianza
en ti la sensación del todo absurda
de que, a medida que andas
por las calles vacías,
ellas, a su vez, andan
por tu vacío, dentro.

 

 

 

 

ESTÍMULOS AL ALBA

A veces cuando un nuevo
día levanta, lento, el decorado
donde representar
su siguiente jornada,
acudo, soñoliento,
a un céntrico café muy concurrido
de esta ciudad en que no ocurre nada
y pido un café solo. Pocas cosas
habrá en la vida tan estimulantes
y que le sirvan a uno para estar
siquiera un poco
a la altura del alba
como poder oír ese ajetreo
tintineante de todas las tazas.

 

 

 

 

LA LLUVIA ENFURECIDA

El nuevo día está perdido entre
un laberinto que no tiene puertas
y que en mitad del viento va trazando
la enfurecida y huidiza lluvia.

Toda la realidad es ya un tapiz
deshilachado, en donde los perfiles
se deshacen en sombras imprecisas.

El único color que aún conservan
las cosas es el gris,
pero es un gris también
como en proceso de disolución.

El agua va buscando ansiosamente
los anónimos rostros de los hombres
para tacharlos con sus latigazos.

Esta mañana el mundo está esforzándose
en borrarse del mapa. Y en borrarnos.

 

 

 

 

ALTO EN EL CAMINO

Siéntate al borde
del precipicio, al borde
ya de caer. ¿No notas
más tenso el mundo, como
pendiente de ese gesto?

Decepciona al paisaje,
a su morbosa, insana
expectación.
xxxxxxxxxxxxLevántate
y sigue tu camino,
orgulloso —hoy que todo te aburría—
de no haber sido al menos
la distracción de nadie.

 

 

 

 

EXPUESTO EN UN MUSEO

El antiguo puña
de la vitrina sabe
que ha de llegar su turno.

¿O es que no lo extrajeron
de su tumba entre el polvo,
o es que no lo preservan contra el tiempo,
sólo para que se pueda cometer ese crimen
que todo visitante espera de él?

Tras el cristal, un brillo en el acero:
el rastro de una idea
siempre fija en un filo.

 

 

 

 

EL PAISAJE INTERIOR

La oscuridad te hace
mirar siempre hacia dentro,
hacia un dentro sin fondo
que se abre en uno mismo.

Quizás por eso sueñas
que caes y nunca acabas
de llegar al final
de tan hondo vacío.

 

 

 

Oliván, Lorenzo. Puntos de fuga. Madrid; Ed. Visor, 2001.

 

LA MEMORIA INVENTADA

septiembre 11, 2017 Deja un comentario

 

LA EDAD DE ORO

Querida mía: hoy
día en que ya somos conscientes
de que el futuro nos ha ganado la partida
de que somos escombros de aquel sueño
que humedecimos juntos
retorna tu sabor como el rastro perdido
de lo que imaginé era el mundo
prendido de tus labios

 

 

 

 

NADA IMPORTANTE

Carolina
xxxxxxxxno sé cómo decirte
ya ves lo complicado del lenguaje
en fin no es importante desearía
jugar una partida de parchís en tu pubis de fresa
regalarte gladiolos en las tardes de otoño
cultivar perejil en tu muela del juicio
comprarte un disco de Joao Gilberto
llenar mi soledad con tu saliva
ya ves nada importante
al fin y al cabo

 

 

 

 

PRIMER ENCUENTRO CON EUROPA

Se parecen tus pechos inevitablemente
a los de aquella revista pornográfica
era danesa creo no sé qué fue de ella
que cayera en mis manos teniendo trece años
y que Félix y yo temerosos
de un posible desliz en que nos fuera hallada
enterramos muy cuidadosamente envuelta en plástico
en un bancal junto a la carretera
para acudir a verla en nuestras bicicletas
y luego masturbarnos clandestinos y tiernos
en cuartos decorados de adolescente aroma

 

 

 

 

EL REINO DEL OLVIDO

Noveno hijo de borrachos
Ramón Reina x borracho también
Construyó su reino en el Olvido
Y así olvidaba cada día el día
Anterior

Compuso un único poema
Y vivió para añadir un verso cada noche
Y olvidarlo

Sus obras competas son por tanto
Bastante reducidas

Se limitan al inicio de tan vasto proyecto

«Ama las diez mil bidas que la Bida te ofrezca. Olvídalas»

 

 

 

 

LA MEMORIA INVENTADA

Lo mejor es creer que el tiempo pasa
Y que nos va cambiando
Pues vivir es creer que se ha vivido
Que hubo días de cierto luminosos
Y que el deambular torpe de que hoy hacemos gala
Disfrazados de viejos marineros de almas errabundas
No es más que la conciencia de la imposible vuelta
Al amor que impulsó nuestras vidas como un río de alegría

Pero y si no es así
Y si el tiempo no pasa
Ni nos cambia
Y todo lo ha inventado la memoria

 

 

 

 

VIVIR SIN COARTADA

Acabará algún día supongo este proceso
Habrá en alguna parte un acta preparada
Un perspicaz relato que aclarará las dudas
Y nos desvelará entre rosas de estaño
En alcobas cerradas al amor y la música
Las auténticas causas x los pequeños misterios
De este crimen perfecto
De esta gran coartada construida con primores de esteta

Quizá entonces será cuando pensemos
Que hubiera sido mejor vivir en el peligro
Mucho mejor echarnos a la calle con nuestra cuerda floja
Y haber bailado en ella sambas y cha-cha-chás
Hasta estrellarnos contra el suelo con la digna arrogancia
De quien amó profundamente el baile

 

 

 

Orrico, Javier. La memoria inventada. Murcia; Ed. Regional de Murcia, 1983.

 

GATOS, GATOS, GATOS…

septiembre 10, 2017 Deja un comentario

 

mejor que bien

no dejan de llegar gatos callejeros: ya tenemos 5
y son caprichosos, volubles, pre-
sumidos, inteligentes por naturaleza y de una belleza
deslumbrante.

una de las mejores cosas de los gatos es
que cuando estás deprimido de veras
sólo hay que mirarlos mientras se relajan
a su manera;
te enseñan a superar
las dificultades, y
si miras a 5 gatos, te sientes 5
veces mejor.

da igual el sinfín de latas de atún
que hay que ir a comprar: son combustible
para una dignidad pura, ilimitada, una
vitalidad asombrosa e
inagotable,
sobre todo cuando la vida nos
puede: le damos demasiadas
vueltas
a las cosas.

 

 

 

 

luz cálida

solo
esta noche
en casa
solo con
6 gatos
que me dicen
sin
esfuerzo
todo cuanto
hay
que saber.

 

 

 

 

mis gatos

lo sé. lo sé.
son limitados, sus necesidades
y problemas son
distintos.

pero los observo y aprendo de ellos.
me gusta lo poco que saben,
que es
mucho.

se quejan pero nunca
se preocupan.
caminan con una dignidad sorprendente.
duermen con una sencillez de lo más natural que
los humanos no
comprendemos.

sus ojos son más
hermosos que los nuestros.
y duermen hasta 20 horas
al día
sin
vacilación ni
remordimiento.

cuando estoy
abatido
me basta
mirar a mis gatos
para
recuperar
el ánimo.

estudio a estas
criaturas.

son mis
maestros.

 

 

 

Bukowski, Charles. Gatos. Madrid; Ed. Visor, 2016.

 

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‘PUNTOS DE FUGA’, DE LORENZO OLIVÁN

septiembre 9, 2017 Deja un comentario

 

MANOS

Miras la palma abierta de tus manos.
¿Qué te dicen? ¿Realmente son tuyas?
¿No te interrogan al interrogarlas?
¿No te miran, extrañas, si las miras?
Mueves, mueven, un poco, tus, sus dedos
haciéndote no sabes qué señales,
como si pretendieran desvelar
sobre ti mismo algún oscuro enigma.
Hay en sus huellas más signos escritos
que en los libros del mundo. Te dan vértigo
sus trazos superpuestos, ese afán
por dar perfil a cosas imprecisas.
Qué tormentas calladas, qué relámpagos
quietos, qué seca lluvia, qué raíces
sin flor, qué blancas piedras, qué mirar
sin hondos ojos, qué simas sin simas.
¿Dónde te llevan? ¿Hacia qué lejano
tiempo de qué principio va tu mente?
¿A quién heriste, asesinaste, amaste
en qué otra piel? ¿De quién sois, manos mías?

 

 

 

 

EL GUARDIÁN DE SÍ MISMO

Escondido en alguno de los ángulos
del pensamiento, oculto en su espesura,
monto guardia en la noche.
Quiero juzgar con nitidez la raya
indefinida que separa siempre
la vigilia del sueño.
Quiero saber qué puerta
mi mente ha de cruzar,
qué sombra irá cayendo o ascendiendo
de lo alto a lo hondo,
de qué porción de mí tendré que desprenderme
y qué porción sabrá
atravesar el leve umbral conmigo.

Hoy el sueño no va a poder venir con guante blanco,
no va a desvalijar mi casa impunemente,
voy a aprender sus artes,
voy a verlo adentrarse silencioso
por la puerta de atrás de la conciencia.

Así que monto guardia
y vigilo, con ojos bien cerrados,
mi interna oscuridad
bajo la noche oscura.

Nada se mueve, sólo el pensamiento,
cansado de las órbitas que lleva
trazadas en el día. ¿De qué parte
de lo negro infinito vendrá el sueño?
¿Dónde, dónde la raya?

El sol de la mañana da en tu rostro.
Náufrago de ti mismo,
levántate ya, Ulises.
¿Qué recuerdas del viaje?
Irónica, la luz, arroja sobre ti
una sonora y muda carcajada.

 

 

 

 

CORRESPONDENCIAS

El viento sabe
que a base de soplar
y soplar fuerte fuera de la casa,
al final siempre acaba
soplando dentro de nosotros mismos.

 

 

 

 

DUELO

Mi corazón es sólo
un puño que no puede nunca abrirse
por mucho que él se esfuerza.

Atrapado en la red
de mis venas igual que un leve pájaro,
él golpea y golpea en mitad de mi sangre
intentando escapar a su destino
de batirse conmigo hasta la muerte.

 

 

 

 

LA HUELLA

Manchado en tinta, el índice
escribió en un impreso reducido
la detallada historia de quién eres.

Tu historia es, a esa luz, muy semejante
a la de las montañas vueltas mapas,
a la del hondo tronco con anillos,
a la del mineral que aguarda, oculto,
y la cifró en tu piel un tiempo ignoto
muy superior al tiempo en el que vives.

Ahí la tienes, borrosa y transparente,
sencilla y, a la vez, indescifrable.

Un dios burlón en ti lee entre líneas.

 

 

 

 

VÉRTIGO

Duermes al borde siempre
del mismo precipicio.

De pronto a veces saltas hacia atrás.

Y aunque por el momento te libras de caer,
no te libras del vértigo.

 

 

 

 

TESEO EN EL LABERINTO

Dentro del aparente
sinsentido de calles
que enmarañan mis pasos indecisos,
permanezco ligado
todavía a la externa realidad
por un fino, invisible, leve hilo.

¿O he de decir, mejor,
que la oscura, huidiza irrealidad
me conduce a su antojo en su guarida,
y envuelve mi destino
con su tela de araña más sutil?

Ariadna, no me obligues
a matar el misterio. Si lo hago
y regreso a tu lado, victorioso,
¿qué quedará de ti?
¿qué quedará de mí?

 

 

 

 

CENTRO

Tocar tu mano y no sentir el hueso
frío que desde dentro ahora la mueve,
sólo la piel caliente, el roce leve
de una carne hecha espíritu, sin peso;
morder luego tus labios, y en el beso
quitarle al cráneo que hay detrás relieve,
y a la nuca dureza, y que la breve
vida parezca eterna en el proceso.
Cerrarte en un paréntesis de brazos
donde no cabe el mundo, ver que rota
mi ser alrededor de tus caderas,
romper con lo exterior todos los lazos,
y entrar en una realidad ignota,
que es sólo un centro en donde no hay afueras.

 

 

 

 

IMAGEN DE TUS MANOS

Hay manos que acarician
y casi casi ven.

Ven y acaríciame y haz que yo sea
la imagen que de mí tienen tus manos.

 

 

 

Oliván, Lorenzo. Puntos de fuga. Madrid; Ed. Visor, 2001.

 

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