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Archive for the ‘Poesía’ Category

ROSARIOS Y NAVAJAS

 

ROSARIOS Y NAVAJAS

Hice un viaje a Lourdes, Francia, en julio del noventa y ocho,
fecha radiante, días de cerveza helada y de amantes pobres
en la carretera de París.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxEn Lourdes no hay casinos
sino decenas de hoteles para peregrinos que rezan y piden,
como yo,una vida longeva, salud a raudales y un error
de la Virgen que otorgue al pecador irreverente la curación de su alma,
o de su cuerpo, o de ambos a la vez, juntos en platónico matrimonio.

Lourdes es el gran comercio de los templos,
se venden rosarios y navajas, suvenires desdichados,
vírgenes azules, espejos bifrontes que simulan
la encarnación del espíritu con un mal gusto clásico
y con un misticismo de tómbola española,
mantos, oraciones, plegarias, agua bendita y toda la colección
de cuchillos de la famosa marca “La main couronnée”,
y un adhesivo horrible del “Tour de France”.

La mano se corona con un rosario o con una navaja.
Vi muchos curas con sotana, curas jóvenes, atractivos,
y curas africanos, que ya son muy frecuentes: ese cura negro,
con gafas de pasta, ilusionado, con belfos duros
como la mirada martirológica de Cristo,
cura negro al servicio del delirio religioso del invasor blanco.
Los sacerdotes negros siempre han renovado mi fe en Roma.

“Tal vez haya hoy un milagro”, comentaba alguien en español
del Sur de América, tierra milagrera y harapienta.
Y a las siete en punto comenzó el desfile de sillas de ruedas:
canadienses, ingleses, italianos, franceses, polacos, rusos,
todo un mundo rico, lisiado y meditabundo, buscando aquí
la última fuente sin fundamento es el rigor de nuestra raza.

Cené en Mc Donald’s, porque en Lourdes hay Mc Donald’s,
una buena hamburguesa con patatas fritas, y un vaso
de cocacola con hielo, treinta y cinco
francos, comí al lado de monjas, postulantes, novicias y creyentes.
Yo, un hombre solo, una mano en la hamburguesa,
en la otra una patata larga y amarilla, fina y quemada,
un turista absurdo, un tipo que viaja
a los confines morales de este mundo blanco: la mano se corona
con un rosario o con una navaja, tal vez con las dos cosas juntas.

En la habitación de mi hotel, con vistas a ese río de aguas verdosas
con olor a incienso —en Lourdes todo es olor a incienso, a la más despiadada
enfermedad, a romanticismo conservador, a siglo diecinueve,
a las páginas de Chateaubriand, a sacristía con tinieblas doradas,
a pecado y a éxtasis, a faja de monja de la talla más grande,
a sostén de novicia de la tela más áspera,
a sotana sudada, a sandalia de fraile,
a tortilla y merluza hervida,
a camas que, al abrirlas, exhalan olor a muerto,
a todos los muertos, a todos los Santos—,
extiendo sobre la cama húmeda lo que he comprado en esas tiendas
que se parecen tanto a las de la Costa Dorada de España:
un rosario brillante y barato, y una navaja “La main couronnée”,
la que corona la colección, la más vistosa,
la más larga, la más ancha, la más cara,
la que se ha llevado mis últimos doscientos francos.

Dicen que el engañado hace descender todo su infortunio
de un arquetipo repetido y gastado, de un solo rostro;
el rostro de uno mismo, añadiría yo, visto a lo largo del tiempo,
la pesadilla de estar vivo, la feliz pesadilla de la vida muy amada.
Ojalá cuanto me causó pena y sacrificio se convierta en Dios mismo.

Abro el balcón del hotel “Bernadette”,
un balcón blanco, cuyos postigos predicen una canción de despedida,
y me acuerdo de todo lo que he sido y no sé adónde viajaré mañana,
cuando esta noche de agosto iguale mi oración y mi deseo,
porque yo también me extingo, demasiado sé que me extingo,
pero esta voluptuosidad malsana, media, cansada, monástica,
de robar el aire y la santidad de lo que arde y es vida,
y esta ciudad que postula y duerme de rodillas,
y esta esencia maquiavélica del Cristianismo y de los ídolos,
esta liturgia  de navajas y rosarios que morirán conmigo,
y este whisky que bebo maniáticamente mientras el alba crece,
y estas punzadas en el corazón, me dicen que todos mis pecados,
mis malas artes, mi pequeña avaricia y mi contumaz sacrilegio,
el ídolo que hubo en mí y se esfumó como un traidor confeso,
el dolor, mi dolor, mi pena antigua, cansada, distinta,
estos días, estos años, de pueblo en pueblo, solo, soñando,
viejo de sotana raída donde las flores del mundo cuelgan miserablemente,
y a veces no tan miserable sino divina o dichosamente,
estos años viajando por Aragón, con la mirada de Iván el terrible,
todo este tiempo se ha hecho, finalmente, bueno, puro y noble,
o majestuoso y cándido, muy bello, muy frío y muy Ulises
tentado por sirenas de culos grandes y bocas negras;
y con la conciencia de un hombre que ha bebido
demasiado para una velada solitaria, me tumbo sobre las sábanas,
desnudo como una reciencasada en su noche de bodas.
Y es el mes de julio, y aún es el verano más fuerte de mi vida.

 

 

 

 

MACBETH

Esta mañana he embarcado en el Ferry que va a La Gomera
desde Santa Cruz de Tenerife, me he sentado en la terraza
de cubierta y he empezado a beber Campari y a comer olivas rellenas,
y al rato ya estaba completamente ebrio, una escocesa
sucia y pintada, de unos cuarenta años, con un escote duro,
enseñándome sus hermosos pechos negros y hermanos,
se ha sentado a beber conmigo; es una estudiante de español
de la Complutense de Madrid, me ha dicho, y ha sacado la lengua
de su boca para decírmelo, ¿dónde está Escocia?, le he preguntado yo,
¿dónde está tu verga?, me ha contestado ella; hemos pasado
del Campari a la ginebra blanca, y tras un rato le he dicho a la escocesa
en un español inspirado, del que no habrá entendido nada:

Santo es todo cuanto está bajo las aguas,
desde el buque hundido hasta el pendiente de bisutería,
que cayó al mar en un amoroso descuido.

También el libro de mi vida está bajo las aguas,
sostenido por un hechicero de herrumbre,
entre peces y corales, algas y oscuridad.

La escocesa se reía y se ha quitado las bermudas
y se ha quedado con las bragas puestas como si fueran
un biquini, quítate las bragas le he dicho, vámonos de cubierta,
quítatelas, y se las ha quitado, y en un rincón del barco,
en un cuarto pequeño donde había ropa de trabajo y un cubo
sin agua, hemos fornicado como dos borrachos sin escrúpulos,
pero con suerte, que atinan a meterla y menearse con pericia,
después, he cogido sus pendientes y los he tirado al mar,
ella ha cogido mi cartera y me ha dicho eres un hijo de puta,
esos pendientes eran de oro y valen diez vergas como la tuya,
y ha sacado de mi cartera los diez billetes que guardaba para comer
solo en la isla, y tomarme una ginebra en algún garito de la playa.

El reino de Dios está adornado con las joyas de oro
que los mejores hombres llevaron hasta Él,
he fumado mucho esta noche y toso, voy de tasca
en tasca, y ya sólo hay cerveza caliente en los garitos del amanecer,
pareces un cura rebotado o un pringao, me dice alguien que me escucha.

Lejanos y marchitos, los héroes abandonaron el cielo y la tierra,
su lejanía hace que mi vida sea triste, su abandono es mi abandono.
Yo crecí con ellos, niño que espera en un balcón sobre el río, o nadando
en el mar, en vísperas del mar de julio, y les oía venir, y no vinieron.
Les oí hablarme, y no me hablaron, les oí amarme, y me olvidaron.

El mar acepta mi vulgar regalo de unos pendientes de oro
en honor de los siglos que ha permanecido solo,
acepta que yo me acuerde de él un momento.
La vida se quemó, no puedo estar enamorado siempre, no quiero nada.

La noche de las estrellas, la ballena albina,
el siglo diez antes de Cristo, una choza en medio del mundo,
un río, una lengua que no tiene escritura, frutos,
verduras, alguna cabra, una liebre herida, un fuego,
una cueva, una piel de cordero, una lanza de piedra,
el mar como un escudo, como el pecho de todos los pecados,
los dioses miserables, inventados,
el bosque, la nieve, el asado, el mar es el terror,
el gran terror, la cara de los muertos, la muerte,
el dolmen, el granizo, la intuición de que Dios vendrá.

Mandorla negra del océano, cripta con agua salada muy abajo,
la fotografía de una época remota, nada hubo, nada quiere ser en mí,
y el mar se retira y llega la luz del amanecer y yo regreso al hotel en que me hospedo.
El niño desapareció, los héroes cantaron y no fueron oídos, el mar marchó
hacia un gran silencio, y yo bebí, y toda la tarde estuve durmiendo.

Y de todo aquello que acompaña a la vejez, como el honor, el amor,
la delicadeza, la obediencia, las grandes legiones de amigos,
yo no debo esperar nada.

 

 

 

Vilas, Manuel. El cielo. Barcelona; DVD ediciones, 2000.

 

SEIS POEMAS DEL ‘MANUAL DEL TAXIDERMISTA’

 

hay quienes desde muy jóvenes
se van labrando un futuro

yo debí de entenderlo mal

y me lo fui cavando

 

 

 

 

abro los espejos
en busca de la juventud perdida
y solo encuentro las cicatrices
que certifican el fin de toda belleza

 

 

 

 

ahora que ya he acumulado
la fuerza y la sabiduría necesarias
para afrontar la pendiente
empieza la cuesta abajo

 

 

 

 

yo envejezco
mi mirada no

 

 

 

 

si ya hace tiempo que toqué fondo
¿por qué sigo hundiéndome?

 

 

 

 

cuando falle la memoria
que no lo haga el gatillo

 

 

 

Fernández, Ferran. Manual del taxidermista. Málaga; Ed. Luces de gálibo, 2015.

 

DÍAS ENTRE PARÉNTESIS

 

CAMBIO DE DIVISAS
(ALL MY CASH)

antes de conocerte
escribía
dolor
en una libreta
como otros escriben
dólar
en su talonario
de cheques

 

 

 

 

YO TAMBIÉN DISPARÉ A 100 PALOMAS
(EL FOTÓGRAFO DEL CIELO)

quedarme aquí
helada
hasta que amanezca

cantar
canciones en mi idioma
que nada tengan que ver
con la tristeza
con el amor

reír en mi idioma
mientras venecia se inunda

sin ti

 

 

 

 

TODO LO QUE DESEO ME CABE
EN LA BOCA (LOVEDREAMS
EN UN DUNKIN’DONUTS)

no es tu corazón
con los brazos extendidos
sobre el agua
haciéndose el muerto

no es lo que perdí de ti
es lo que perdí de mí

es tener nada

estar en el centro y tener nada
entre las sillas
entre el mecanismo de los astros

 

 

 

Bono, Isabel. Los días felices. Salamanca; Ed. Celya, 2003.

 

DE ERIC DOLPHY A ALBERT AYLER

 

ERIC DOLPHY

No soy John Coltrane.
¿Cuántas veces tendré que repetirlo?

 

 

 

 

KEITH JARRET

xxxxxI

Sabes que hay que llenar el espacio y las salas.

La música es lo de menos,
lo único que importa es la letra
la espalda.

Excesivo en los desarrollos
Libre
Libre como el contrapunto
Libre como las cadenas

Alguien sale del concierto
se fuma un cigarrillo
vuelve a entrar
pero tú sigues allí

Sigues allí

 

 

xxxxxII

Sigue lloviendo sobre el mundo.
Se inunda el llanto,
las alcaldías,
los resúmenes,
se inunda el patio
las macetas,
llueve sobre los pésames
desbordan los pantanos
sangran los márgenes
xxxxixxxde la nada.

 

 

xxxxxIII

No hay canción.
Y sin canción no hay aplausos.
Te detienes para respirar el silencio,
las butacas.
Alguien comenta entre bastidores:
fuera está lloviendo,
se inunda el mundo.

No te importa

 

 

xxxxxIV

¿Has escuchado el rumor de la gente,
el roce de las telas,
el murmullo del desierto?

No hagas caso, sigue.
Continúa, no hagas caso.

Alguien está pensando en la sala,
que se calle.

Sólo soy yo, yo,
Adelante
Adelante
Adelante
Adelante
Adelante
adelante
Adelante
Adelante
Adelante
Adelante
Adelante
adelante
Adelante
Adelante
Adelante
Adelante
Adelante
adelante
Adelante
Adelante
Adelante
Adelante
Adelante
adelante
Adelante
Adelante
Adelante
Adelante
Adelante
adelante
Adelante
Adelante
Adelante
Adelante
Adelante
adelante
Adelante
Adelante
Adelante
Adelante
Adelante
adelante
Adelante
xxxxxxxxxAdelante
xxxxxxxxxxxxxxxxxxAdelante
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxAdelante
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxAdelante
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxadelante

x
Sólo soy yo, yo.

x
No te detengas.

 

 

 

 

CHET BAKER

Fuiste feliz en el ejército.

Fuiste feliz en Europa,
asomado a las rejas de la cárcel,
tocando para los italianos
que iban al patio con sus sillas plegables.

Has tenido coches y médicos.
Has sudado sangre con olor a gasolina.
Has aprendido dos veces a tocar la trompeta.

Asomado a la ventana piensas
que no te importaría morir en Ámsterdam.

 

 

 

 

IVO POGORELICH

Tuve que atravesar la cultura para llegar .hasta los bárbaros. En
los museos me molestaba el aire acondicionado, pero en la fron-
tera .ya .llovía. Me llevaron a la ciudad de los bárbaros en un ca-
rro tirado por bueyes. La ciudad estaba construida en torno a un
hospital, .un .estadio .deportivo .y la sala de conciertos. Me invi-
taron .a .comer. Se .esforzaban .por .hablar mi idioma. Parecían
haber .pasado .hambre, .los bárbaros. Algunos discutieron entre
ellos, en su lengua: .sólo .entendí la palabra gramática. Después
de la siesta vi el piano. Parecía un piano. .Llevaba .el frac en una
bolsa. Me vestí en .un .camerino .destartalado. No .había espejo.
Me .temblaban .las .piernas: .por fin había alcanzado mi destino,
la ciudad de los bárbaros. A las  nueve .comenzaba, .comenzaría,
el concierto. Salí rodeado de fiebre. .Todos .los .espectadores .se
habían disfrazado de cadáveres, para adularme, para que me sin-
tiera como en casa: la .modernidad. .Pude .haberlos .sorprendido
con Mozart, que .reconocerían .de .su .pasado .en .la civilización:
preferí, .sin .embargo, .Mozart, .lo .posmoderno, para asustarlos,
para que cayeran en el vértigo. Los cadáveres babeaban. Las no-
tas estaban allí, sobre el piano, en el piano, .bajo .el .piano, alre-
dedor del piano, pero yo no las distinguía, .las buscaba, pero sus
propietarios no prestaban atención. Muchos .no regresaron a sus
asientos después del descanso. Supongo .que .les pesaba su bar-
barie, y .el .hambre. No querían los bises, .o les avergonzaba pe-
dirlos. Cerré .la .tapa .del .piano. Sonó .como .un .ataúd. Volví al
camerino, .yo .también .cadáver, .bárbaro. A la salida me espera-
ban los jóvenes, sólo los jóvenes. Su estatura había quedado con-
dicionada .por .siglos .de .una .alimentación .deficiente. No quise
mirarlos. Volví al carro, .a .la .frontera, y .de .ahí .al .aire acondi-
cionado, los museos.

 

 

 

 

ART TATUM

Has distinguido el hielo en la distancia del vaso.

Los maestros vienen a saludarte a los burdeles.

La pupila ha extraviado dos teclas en tu órbita.

Que vayan entrando los aspirantes:
estoy preparado.

 

 

 

 

ALBERT AYLER

El agua me comprende.
Bebed mi música.

 

 

 

Serrano Larraz, Miguel. La sección rítmica. Zaragoza; Ed. Aqua, 2007.

 

DÍAS DE PÁJARO

 

OJO POR DIENTE

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxPara Jorge Laespada

con uno de tus poemas
xxxde acero

abriré una lata de conservas

me vengaré
de tus versos
xxx—corazón vacío
llenándome el estómago

 

 

 

 

MENSAJERO AÉREO

las ciudades
constelaciones

tu casa
una estrella más

 

 

 

 

NO DESCARTO LA HUIDA

el frío envilece mis palabras

me devuelve
con los ojos vendados
al lugar donde mueren los sueños

 

 

 

 

LÁGRIMAS

te tiendo
trampas

sangran
mis tobillos

 

 

 

 

GRACIAS POR SU VISITA

antes de despedirse
a ella le hubiese gustado
que él preguntara
xxx—¿te has masturbado alguna vez
pensando en mí?

ella habría dicho
xxx—esta noche
será la primera vez

 

 

 

 

ME HE MIRADO LAS MANOS
LEJOS DE TI

has sembrado pájaros negros
xxx—como van gogh
en mi cabeza de trigo

no los espantes
no intentes siquiera comprender

los pájaros negros se alimentan solos

xxx—apartad de mí esta pistola
se le oyó gritar

 

 

 

Bono, Isabel. Los días felices. Salamanca; Ed. Celya, 2003.

 

DOS POEMAS DE ‘CAMPO DE FUERZA’

octubre 8, 2019 2 comentarios

 

xxixxxxDE UNA NOTA MANUSCRITA
HALLADA EN UN LIBRO SOBRE LA SHARÍA

Antes de señalar
al ladrón
con el dedo

cuenta las manos que te faltan

 

 

 

 

ESTRELLA NO DEJA NI HUELLA

Limpio con furia el espejo
—feroz azote del trapo—
mi azogue contra su azogue
Y sin embargo aquí siguen
xxxxxxxxmis ojos
a ambos lados de esta nada
mirándome llorar

 

 

 

Camacho, Carmen. Campo de fuerza. Salamanca; Editorial Delirio, 2012.

 

BOLERO MIX

 

su amor siempre brillará
en el cielo de mi memoria
aunque haya muerto hace mucho tiempo
como la mayoría de las estrellas

 

 

 

 

como un exorcismo
para sacarte de mí
escribí un poema

cada noche lo leo
y lo releo
antes de dormirme

algo es algo

he conseguido reducirte
a un puñado de versos

 

 

 

 

escribes victoria
leo derrota

 

 

 

 

inglés no hablo
ni ruso ni alemán

la única lengua que domino
es esa que siempre te nombra
en todas las ingles

 

 

 

 

tengo una ilimitada envidia
de los derviches giróvagos

cómo me gustaría dar vueltas
y vueltas hasta el éxtasis
sobre el centro de tu cuerpo

y no como me obligan ahora
las circunstancias

sobre mi propio eje

 

 

 

 

estas manos
que han de ser ceniza
ahora sólo están
para encender tu piel

 

 

 

 

aunque te marchaste sin prisas
te dejaste olvidadas las bragas en mi cama

supe así que volverías

 

 

 

Fernández; Ferran. Bolero mix. Málaga; Ed. Luces de gálibo, 2013.

 

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