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Archive for the ‘Poesía’ Category

EXTRAÑA COMO ELÉBORO

 

ES COMO VOLVER A LOS VIEJOS BARES

Es como volver
a los viejos bares
xxxxxxxque dan a la playa
xxxxxxxal atardecer.

Es eso y no es nada,
y es ocupar una mesa
xxxxxxxhasta la madrugada.

Una vela, unas rosas
o el vacío de la vida.

Perdernos tras las huellas
de la memoria
infiel,
de la nostalgia frágil
xxxxxxxcomo copa vacía.

O recogernos de día,
abrazados y sucios (el amor sin reproches
xxxxxxxde la primera vez).

 

 

 

 

RUINAS, ES TODO CUANTO QUEDA

xxxxxRuinas.
Es todo cuanto queda.

No queda nada y queda todo,
la música de entonces,
la belleza del sueño.

La magia.
(El sonido del agua en el estanque helado.
El fuerte olor a rosas eterno y tan efímero)

La memoria, el silencio.
Tu tristeza, los pájaros que anidan
en los frisos.

xxxxxLa luz en la alta rama
como flecha de fuego,

el oro de los rayos
que atraviesan el musgo,

la serpiente enroscada
bajo la vid sin fruto.

 

 

 

 

NADA QUEDA DE ENTONCES SINO LA MÚSICA, NADA

xxxxxxxNada queda de entonces
sino la música, nada.
Pues la música es nada.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxY lo es todo.

Como el deseo.
(Esa última ola que acaricia hueca
y hiere)

xxxxxxxxVerde ya los labios que ha madurado
la música.

Nada queda de entonces
sino la música, nada.
Pues la música es nada
(y lo es todo)

x
Como el deseo, sí.
Esa llama ya extinguida
que veneraba a la diosa.

O las voces de unas jóvenes
que hacen eco
xxxxxxxxxxxxxxxen tu sueño.

xxxxxxxEl fuego,
o el vuelo de unos pájaros
como roja ceniza.

 

 

 

 

TOMÉ LA ÚLTIMA COPA

Tomé la última copa, o la penúltima,
sin querer regresar.

Perdí mi tren, y era el amanecer
su vagón último doblando la ciudad.

 

 

 

 

EL RETRATO DE CÉLINE

Habla francés con acento italiano.
Sus labios guardan un secreto,
tendida bajo los sauces
o la luz de las velas,

en esa extraña pose.

Desnuda así,
sin piernas.

“Devant lui”
En la línea divisoria,
“o atrapados en la inseguridad de una banal
felicidad” dice E.M. Ciorán.

Un antiguo taller de la Volkswagen
lleno de gatos,
los gatos de París.

 

 

 

 

PEQUEÑO HOMENAJE

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx(a Maruja Mallo)

De espaldas siempre, desnuda,
con su voz amarillenta, enferma,
repitiendo “mon pere”,
leyendo unos poemas,

o alimentando pájaros,
dibujando negros números,
bañándose en si misma,
visceral y sucia.

Maruja no es Maruja,
es Ana Belu,
es Ives de Lux tocando el clarinete
nombrando lo innombrable,
pequeños desajustes,
la rosa de Estambul,
los muslos de Mary,
los viajes de Rimbaud.

 

 

 

 

DIBUJOS AFRICANOS

Como esos dibujos inacabados —dirías—
en las paredes del metro.

Su corazón inmenso chorreando
humedad.

 

 

 

 

DIECINUEVE PERSONAJES AL AZAR

Frida Kahlo tararea el adagio de Albinioni
mientras hace de vientre
y sueña
una cala en el sur

Seifert mira tras la ventana del café
Slávie
Visitará la tumba
de un poeta amigo
y abrirá
una
botella de borgoña
xxxxxxxal atardecer

Marcel Duchamp escribe a Peggy Guggenheim
desde París una carta en blanco con olor
a ámbar y a melissa

Peggy ama el cuadro “La tempestad
de Giorgione

Leonora Carrington tenía un hermoso trasero

Escribo a mi madre una carta desde Cádiz
con una foto
estoy pelado al cero

Cruzo la bahía hacia el Puerto
en busca

de unos versos de Alberti
y de una arboleda

con restos de preservativos y botellas
con mensajes dentro

Leo “Larga carta a Francesca” de Colinas
y “Todo cuanto amé” de Siri Hustvedt

Gustavo Adolfo Bécquer acaricia
los pechos de Elisa

las piernas larguísimas de Elisa
llenas de vello

Baudelaire “Maldito vendedor de nubes”

Friedrich está de espaldas a la cámara

Rembrandt juega con la luz
la manosea
la tira al mar

Janis Joplin se mea de gusto
con un texto de Rimbaud

Hemingway entra en París con los aliados

Pollock pinta “La mujer luna”
Tiene un pez en la boca que gotea

Kandinski ama la niebla
donde todo se disipa

Tiépolo toca el laúd

Roberto Juarroz dibuja en el espejo
la figura de un pájaro

Picasso le hace un corte de mangas
a los nazis

Kisling está de espaldas a la cámara
el pantalón lleno de remiendos

Dylan Thomas bebe al son de un blues
en Scollay Square

brinda por Stravinsky
por la luna
eructa bosteza ríe
tararea un fragmento de Aida

 

 

 

 

EL JOVEN POETA

Se ha dejado un leve bigote alejandrino
que hace reír a su amada.

El joven poeta.

Es joven, vigoroso, aunque se cree muy viejo
y eso hace reír a su amada.

Soledad (o Marta, o Petronila)

Pero ella le quiere, a su modo, distinto,
con la risa a su favor.

Una casa en las nubes
que no pueden pagar,
la tristeza aprendida como un juego
de rol.

 

 

 

Sánchez, Ginés. Extraña como eléboro. Murcia; Ed. Nausícäa, 2003.

 

ESTACIÓN DE SERVICIO

 

ESTACIÓN DE SERVICIO

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxLove, love, my season
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxSylvia Plath

xxxxxI

¿Podrías detenerlos?
¿Podrías poseerlos con un golpe de puño,
salvar esa distancia que va desde la escena
—como un flash—
a su existencia válida, a su nombre?
Apresar los fantasmas, la débil línea,
el surco ingrávido que marca tu sentido
de la percepción:
árboles, puertas, letras, trozos de acero,
manchas terrosas, negras, amarillas,
rojos zumbidos, gases, transparencias,
cemento y rayas, signos gigantescos
de un universo escrito para ti,
resuelto en la distancia que palpita
desde la sien al pulso, del muslo a la puntera.

¿Podrías poseerlos?
¿O no son? ¿O están ahí como el que espera verse
incluido algún día en el reparto?
Créditos de una vida que ordena su pasión
desde el espejo, hacedora de suerte y de fracaso.
Embriágate.
Ahora que puedes, hazlo,
porque ahora
no eres tú el que camina, y el que vuela
es alguien más que tú:
ese que habita
el piso superior cada mañana
cuando tu cuerpo espeso y perezoso
arrojó la toalla.

Embriágate
lejos, por fin, de ellos y de ellas.

Una máquina negra que cruza la frontera.

¿Es sólo el viento quien se enciende afuera
o son las alimañas?
(siniestras alimañas con zapatos de goma
que eructan humaredas de olivares corruptos)
¿Qué seres van cercando tu cazadora herida
cuando la voz no puede, como un goteo sordo,
traspasar los arcenes, la grava, las señales;
cuando la luz no acierta, deslumbradora y turbia,
a señalar la puerta, las marcas, las palabras
que una extraña ariadna trazó sobre la espalda
negra y amenazante, del nuevo laberinto?
¿Qué vena roja acecha en las tinieblas?
¿Por qué exponer la vida a los amores bárbaros?
¿Quién está ahí, en esta noche fría como la piel de un arma?
¿Qué viento incendia tu corazón?
¿Por qué exponer la vida a los amores renegados?
¿Quién arrastra tu pecho en esta noche
desamparada y triste como un dolor de infancia?
¿Por qué exponer la vida al amor de la selva?
(al amor de una jungla blanquecina y mugrienta
llena de caries, sangre y excrementos de fruta)
¿Qué aliento guía tu corazón?
¿Quién programó en tus sueños una brújula insana?
¿Es sólo el viento quien se enciende afuera?
¿Qué seres van cercando tu cazadora herida?
¿Por qué exponer…? ¿Quién espera qué de tu aventura?

¿Qué ruido duele?
¿Qué ruido duele?
¿Qué ruido duele?

Además de extranjero quedaste también solo
frente a la noche, frente al viento que incendia con su hielo
las entrañas del Monstruo.

Y una máquina negra cruzaba la frontera.

Acelera la noche a interior con reflejos,
se incendian las ventanas y titila el atrezzo
del oasis aséptico y la sala de espera:
en la mesa dos tazas le recuerdan la hora,
la madalena abierta como una rosa obscena,
los cigarrillos húmedos y el sopor del invierno
acosando cristales, envolviendo la espera
con humaredas ebrias. Y la noche creciente
mientras suena una música enronquecida y agria
como la soledad.
Como un lecho dispuesto
tarde a tarde, a llenarse
de bramidos y agua
contra la soledad.
Como un lecho vacío,
bellamente dispuesto
a luchar con la espera,
y acelera la noche
y la noche se escapa
y no van a llenarlo
y nadie va a rasgarlo…
como la soledad.

Y esa música suena, amarga y misteriosa,
blues de la espera diaria o desesperación,
turbias notas que escapan por un desagüe oscuro,
amargas notas tristes…
Parpadea la luz. Brota de un ojo,
ojo ciego, brillante y armonioso,
ojo enorme
ojo color
ojo rayo
ojo orquesta
ojo loro
ojo sentencia
ojo lujuria
ojo blanco
ojo memez
ojo filosofía
ojo bálsamo
ojo informe
ojo beato
ojo alucinógeno
ojo ciego, ojo de luz que parpadea
e ilumina el sofá, la bata, los ligueros,
y una enorme serpiente clavada entre los muslos
de la mujer que llora y se muerde los pechos.
Ojo que parpadea y murmura,
murmura sin pasión, murmura.

Acelera la noche a interior sin reflejos
mientras tú los acechas.
En la mesa las tazas te recuerdan la hora
y una máquina oscura descansa entre la niebla
una caliente máquina que cruzó la frontera.

x

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxNew hampshire – Abril – 1987

 

 

 

Salvador, Álvaro. Estación de servicio. Valencia; Malvarrosa Ed., 1989.

 

PERMANECER

 

PERMANECER

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxPara José, para Cristian,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxpara Matías, para tantos…

Quedarse parecía
el camino sencillo,
no despertar
en tierras frías
en las que anochece antes,
esperar a que el viento
sople a favor,
continuar al amparo
de la familia
y de lo conocido.
Tener la suerte,
la suerte de permanecer.

Pero también nosotros renunciamos.
Los primos, los amigos,
vuelven en Navidad,
con suerte
puede que en feria.
Las parejas terminan;
continuar es difícil
cuando no puedes aguantarte
ni siquiera a ti mismo.
Si no tienes trabajo,
no tienes voz.

Al pasar la treintena
sientes los óvulos morir
mientras de tus amigas maman niños
con un acento
distinto al tuyo.

Un día fuiste al médico
había un tríptico alertando
de los peligros de la gripe,
y al lado
otro con recomendaciones
para ahuyentar la depresión
(socializar, hacer más ejercicio,
y no tomarte tan en serio
tus posibles problemas),
te lo guardaste.

Decides aguantar ahora
una vez más
y preparar oposiciones.
Si le echas muchas horas
¿tendrás la suerte
de ser una interina
de treinta y cinco?
La suerte,
la suerte
de seguir estudiando
(amigos camareros,
amigos comerciales).
La suerte,
la suerte
de que tu padre te mantenga.

En las afueras miras
los barrios despoblados
y al fin comprendes
que el extranjero también era esto.

 

 

 

Aguilar Almendros, Gracia. Libérame Domine. Valencia; Ed. Pre-textos, 2017.

 

VÍSPERA DE AYER

 

LLEGADA

Por las señales
del farol
más trasnochado.

Gatos siempre negros
nos vigilan,
ojos sin memoria.

Las campanadas
se hacen añicos,
pisamos charcos
de sombra.

 

 

 

 

LUGAR COMÚN

La luna llena
nuestro cuarto, menguante.
Sobran tres versos.

 

 

 

 

BALADA

Acribillado el sueño,
caen a plomo
sus alas
de piedra, intactas.
El espinazo de la noche
rasga el cubo de la basura.
Balas al aire
celebran otra muesca
sobre la lava helada,
la sangre fría, el nácar malva
del alba.

Muy buenos días,
mi malherido amor.

 

 

 

 

MATINAL

En el espejo
tu imagen se recrea
medio desnuda
para que puedas,
creyendo tú que aún duermo,
para que pueda,
creyendo que aún sueño,
creyendo ella que aún creo,
recrearme
nuevamente, recrearte.

 

 

 

 

TAXIDERMIA

He recogido estas palabras
caídas sobre otras hojas,
pisadas sobre otro barro,
insectos atravesados
por las agujas de otros pinos.

Por las oxidadas agujas
de la siempre misma lluvia.

Por el joven aguijón
de otras palabras.

 

 

 

 

YACENTE

Apenas se alza la voz, la duda iofrece isu iveneno, las
palabras inos isepultan, .grabadas .como epitafios por
las esquinas, iredobladas, ide .esta ciudad inexistente.
Aunque el deseo, insistimos, .justifica cualquier verso,
mientras bebidos cerramos los ojos ipara que estallen
viejas luciérnagas.

(Ungidos .con .silencio, .tendidos .sobre .el poema, la
muerte nos recita a viva voz).

 

 

 

 

INTERIOR

Mis manos, sobre la mesa, .se .saben ajenas al propio
cuerpo. Jamás mi rostro .ofrecerá .dato alguno acerca
de rla rconsumación rde reste xinfinito xinstante. xLos
utensilios, .inútiles .y .dispersos, .olvidaron sin más su
primitiva .función, .aletargados .en .el capricho de sus
formas, signos .extraños .esculpidos .por el sueño o la
osadía. La .ventana, .allá .a .mi .espalda, sirve apenas
para renmarcar rvuestra rdesaparición. rEl ipaisaje ino
habrá existido: sobreviven aquellos árboles hundiendo
sus raíces en los anillos .de .otra .memoria. Otros ojos
han acuñado el poema, ya sin remedio.

 

 

 

Salido Vico, Juan. Víspera de ayer. Valencia; Ed. Pre-textos, 2005.

 

‘PÁJAROS’, DE UMBERTO SABA

 

PÁJAROS

La alada
raza que adoro —¡abunda tanto en el mundo!—
de múltiples hábitos y costumbres, ebria de vida,
se despierta y canta.

 

 

 

 

PALOMOS EN LA PLAZA DE CORREOS

Matas con flores rojas hacen
sombra al arriate recién
mullido. En medio pasean unos palomos.

Uno se aparta del grupo y, al ofrecerle
algo, se me acerca halagado.
Titube, se retira, al vuelo
dispuesto siempre, y a la fuga; que del hombre —dice—
me fío y no me fío. (Igual que yo.) Menos dichoso
que él, le cuento con el corazón
en la mano lo que un hombre hizo a otro
en esta misma plaza adonde yo venía ansioso
por felicitar antes que nadie a cierta persona
como bien sé que ella esperaba,
aquí junto a la fuente que resplandece en vago tornasol,
y el sombreado arriate, entre las piedras
florecido de geranios, al que vuelves deprisa,
de mí decepcionado.

Y, con todo, el hombre es un niño triste. Y quien menos se fía
de lo que da, es quien tiene más razón, me parece.

 

 

 

Saba, Umberto. Pájaros (Trad. José Muñoz Millanes). Valencia; Ed. Pre-textos, 1995.

 

MAPAS Y DISFRACES

 

INTENTADLO

Conjugar silencio

 

 

 

 

ANOREXIA

Escribir para encontrar silencio.
Tan desnuda de versos
y tanto ruido en el espejo.

 

 

 

 

MAPA POLÍTICO

Hoy me apetece ser.
Como el día,
me visto de niebla,
renuncio a inventarme.
No naceré en palabras de otros.
No me esforzaré
en matar pronombres.
¿Por qué no yo?

 

 

 

 

DÉJÀ VU

Me visto y me agarras por la cintura
y hueles mi cuello
antes de ponerme la blusa.
Y te sonrío con los ojos
y te muerdo los dedos porque los dos sabemos
que esta escena es repetida,
que hace un tiempo,
en otro cuarto,
tú agarraste otra cintura
y yo mordí otros dedos
y cada cual creía entonces
que no se podía ser más feliz.

 

 

 

 

DUDA

Si ordeno callar
la voz que me dice,
¿cometo suicidio?

 

 

 

 

SIN LLAMAR

Entra en mi cuerpo ordenado,
recorre los cuartos y balcones
proyectados al revés.
Mis salones están llenos de vitrinas,
cristales de tierra y espejos.
Una azotea de conchas de mar
y arena en la boca,
una manta de pasto azul
en el bajo vientre.
Siete pasillos ciegos
llevan a mi nada,
a mi útero asombrado
de tanta soledad.
Camina por él.
Hiérelo, si quieres.
Si quieres, cómetelo
o duérmete en su vacío.

Y no dejes de quebrar
sus pilares a la entrada.

 

 

 

 

CHICAS MALAS I

“Cómo me gustaría
saber fumar
y entornar los ojos”.
Me lo decía ella,
la que destilaba licor de labios
mientras mascaba chicle.

 

 

 

 

CHICAS MALAS II

Me miró
como miran los hombres a las chicas fáciles.
Me invitó a una ginebra.
I’ve got you my under skin.
Lo susurró muy bajito en mi oreja.
Crucé las piernas y me fui.
Tampoco a él le esperaba nadie.

 

 

 

 

AMANTE

Acariciada
por los delicados dedos
de las palabras.
Qué paz.

 

 

 

Ruiz Fleta, Carmen. Mapas y disfraces. Zaragoza; Ed. Comuniter, 2010.

 

LA DENSIDAD DE LOS ESPEJOS

En diciembre del año pasado, la editorial El sastre de Apollinaire publicaba la edición (ampliada y) definitiva de ‘La densidad de los espejos’, de Manuel Rico, que incluye como epílogo el texto que Manuel Vázquez Montalbán publicó el 1 de noviembre de 1997 en el suplemento Babelia del diario El País, en el que se puede leer:
La densidad de los espejos fue premio Juan Ramón Jiménez, uno de los más serios premios de poesía de España y aprece publicado en la colección dirigida por otro poeta, Juan Cobos Wilkins. Premiar este libro representó en su día una ratificación de la poesía desadjetivada en tiempos en que la poesía española pasa por una de sus etapas más ricas e interesantes, pero también más tontas. Entretenida en antologías convertidas en razzias de ausencias, militantes en causas tribales poscómicas, la poesía de vez en cuando tiene que autoconcederse treguas y premiar a un poeta verdadero. Es el caso. Poeta de la memoria más que de la experiencia, aunque toda experiencia pase por el trámite de la estilización subjetiva antes de ser memoria. Rico construye una verdadera narración poética a partir del espejo como interlocutor traidor. «Es la luz enquistada que nos habla de otros» y entre ellos está el uno mismo, esa mismidad que como en los boleros se busca toda una vida y no se encuentra. El espejo como luz de terror que conduce al conocimiento de sí mismo para la muerte, aunque el poeta renuncie a la morbosidad de esa evidencia y reclame del espejo la noción neoplatónica de las dos caras, la una vuelta hacia la representación del paso del tiempo, de la vejez, de la muerte, y la otra hacia la inteligencia, la introspección, la situación entre los otros, la historia.
xxxNo hay memoria personal sin subjetividad, pero no hay memoria personal orientada si no asume la Historia, incluso sin entusiasmo, porque tal vez pasaron los tiempos en que se asumía la Historia con entusiasmo. La Historia…, «…esa región terrible que extendieron los siglos / el fuego del origen, la huella o el estigma en que reconocernos. / Lefevbre, Pirenne, Hobsbawn y tantos otros / arañaron los muros que habían decretado / los propietarios de la muerte», la Historia tal vez aporte como mejor herencia la pulsión de buscar lo imposible para conseguir lo posible. El poeta, que ha comenzado su viaje ante el espejo traidor contándose su historia y que ha abordado la relación entre historia personal e Historia, llega a la asunción de su conciencia, es decir, de su consciencia construida como las esculturas y los poemas vaciando volúmenes, masas verbales, creencias…, «…gestos y palabras que hoy sientes inquilinas». El poeta-personaje que una noche de 1969 abandonó disidente el salón donde su padre contemplaba fascinado la llegada yanqui a la luna termina su relato casi refugiado en una casa de campo que fue el sueño de su padre…, «…custodiando los restos / de un universo roto por otras exigencias».

 

 

Y aquí dejo cuatro poemas del libro.

 

 

AQUEL JUNIO MALDITO

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxvive en este mundo
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxcual si fuera la casa de tu padre
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxNazim Hikmet

Fue una primavera mejor de lo esperado.
Muchos años después, quizá una eternidad
más tarde de tu sueño
—roto, como la juventud, por tiempos de ceniza—,
volvió la claridad: Madrid era una fiesta.
Otra vez era abril y era en mil novecientos
setenta y nueve: yo te supe, padre,
redimido, cercano a la quimera
que fermentó en tu noche de terror y de frío.

Fue un abril diferente sin embargo.
Las esquinas ardían de palabras
ocultas desde antiguo en desvanes en sombra.
Bebiste de su luz. No estabas solo.
Contigo la bebimos los más jóvenes.
Tu mirada de asombro aún puedo contemplarla
en esa latitud, que a la muerte traiciona,
de la fotografía:
la tengo frente a mí.
Es un dolor de piedra contra la madrugada.

Mas huyeron los días de aquella primavera
hasta estancar la luz en un junio maldito.
Fue en la noche, cuando huelen
las madreselvas y los amantes buscan
la oscuridad del descampado, las viejas estaciones solitarias
y el verano prepara su cielo más estricto.

El aire, en un instante, mudó en nieve. Y el abismo
se apropió de tu voz y la hizo suya.
La primera conciencia de la muerte
vino, padre, a traición, a visitarme,
y volvieron el frío y la ceniza,
y viajaste a esa patria
donde las flores muertas nos hablan del vacío.

Han pasado los años, muchos años.
Todavía huelo los algodones
y el aire absorto de la madrugada,
y escucho todavía tu voz quebrada y última, esa voz
que me arrancaba el mundo
que los dos levantamos contra la soledad, contra el silencio
de los días difíciles, que me entregaba
una orfandad adulta tan de pronto,
un desierto de sueños, el llanto seco
frente al absurdo.

Pero hoy, padre, regresas. Sin avisarme, abriendo el toldo
de esta noche penúltima del año,
como si nada hubiera ocurrido entre nosotros, como
si en este tiempo interminable
se hubiera convertido mi orfandad
en un lugar soñado.

 

 

 

 

IMBORRABLE AMOR

Aún recuerdo el humo de la ciudad lejana.
También la habitación donde mis manos
buscaron en tu carne la salvación huidiza
contra el miedo y la hora.
La piel era la tierra
donde aprender las trampas de los amantes,
el refugio en precario
frente al cierzo que en los amaneceres
afilaba las calles, dejaba en las aceras
su noticia de frío y de derrota.
Allí cultivaríamos
la pasión del encuentro para desvanecer
la voz acostumbrada al desamparo.

Habitamos, insomnes, en falsos domicilios,
celebramos los cuerpos, buscamos cavidades
donde aventar la niebla: barrio de San Lorenzo,
allá donde Madrid se disolvía
hacia un norte de trenes fugitivos,
o la hierba agostada en el jardín de julio
al pie de la ventana de aquel piso en Aluche,
custodiados
por un absurdo cristo y el retrato
borroso de la Piaff, o aquel apartamento
en La Esperanza, agonizaban tardes
de tinta y de palabras que, sin remedio, urdían
un final anunciado en lechos desabridos
que olían a tabaco y a sueños sobre todo.

Llevábamos el mundo prendido a nuestra carne.
A tientas descubríamos, en el ardor sin tregua
de la noche, los misterios negados
y sonaba la música, era la voz de arena
de algún juglar herido
por la ofendida luz de Sudamérica,
mordíamos
turbios amaneceres industriales, huelgas
generales, muerte
y desamparo, lluvia, siempre lluvia, ¿por qué
retorna tu piel nueva adherida a la lluvia?

Me sabes todavía a la lana de entonces,
a libros de poetas derrotados,
a aquel silencio turbio
de noche amenazada, a tarde de domingo
interminable.

 

 

 

 

CONTRA CIERTO DESCRÉDITO

Sé que hoy el descrédito, ese oficio
que sutilmente enhebran
críticos eminentes, literatos
largamente instruidos en desmemorias varias,
se cierne sobre un tiempo
que nos hizo de viento mutilado.

Haber nacido en mil
novecientos cincuenta y dos y en un lugar proscrito
de la ciudad olvidadiza, haber tenido
la mirada culpable y un atisbo de ira
cuando sólo en la ira
podían las palabras tener la plenitud que les fue hurtada
puede ser el estigma del que nadie nos salve.

No vuelvas la mirada, no interrogues
a los supervivientes de tu noche, no les dejes
ni siquiera el aroma
que aún conservas de la flor desgajada
de aquella juventud dudosamente joven.

Duerme si puedes. Y, ante todo, olvida.
En la luz de la tarde tiembla
un resplandor muy viejo,
una brizna de mar, y es la llanura
una respiración que nos acoge
y en los árboles ocres se dibuja el otoño.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxEs fácil
soñar así, engañarte, llegar a la certeza
que este tiempo requiere: no es la claridad muerta
que alza en los vertederos de la ciudad sin nombre
su deslealtad de humo
lo que contemplas. Ni la sombra antigua
de quien camina, y es hueco, y te ignora
porque aprendió a ignorar, a no saberse, a ser ajeno
a la voz donde cuece el desamparo.

Ensaya, cada noche, ante el espejo.
Bebe hasta la embriaguez si no te embriaga
la desmemoria.
xxxxxxxixxxxxxxxOlvida como quien cumple
el pacto nunca escrito con quienes inventaron
el disfraz y la lámpara
de luz ambigua.
En cada amanecer te esperan
para abrazarte, viven
lejos de los desagües, aprendieron
la densidad oscura de una lengua para el engaño,
la falsedad que desde lejos llega
envuelta en una música que sientes apacible.

Tal vez en esa tierra
donde dicen que hay dioses y seres misteriosos
te aguarde, hospitalaria,
la mentira más dulce. Prepara
tu menguado equipaje, aprende
palabras no malditas, entierra
tu inútil debilidad entre las piedras, diles
a tus antepasados que fueron flor equívoca,
innecesaria voz, historia vana.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxY camina.
Ve hacia el norte sobre todo. Si algo aprendiste
de ese largo sendero que a tu espalda se pierde,
es que en el sur aguardan
las miradas heridas y, a veces, el espanto.

 

 

 

 

AROMAS

xxxxxI

Llega hasta mí un rescoldo,
una brizna de olor, una fragancia
de pronto y no esperada.

Se acrecienta y se extiende
en este territorio donde hilvana
pequeñas reincidencias que son luz y significan:
el pasado se apropia del presente, deja un rastro
como una nebulosa.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxY allí te atreves
a descubrirte en los aromas.

 

 

xxxxxII

Ese olor algo acre
a madera de cómoda
que alberga oscuridades, flecos
de antiguas colchas, señas, contraseñas,
bolas de naftalina, pañuelos
y jabones, nos habla de la cueva
donde la carne duerme
o vive la pereza, ese tesoro
que en tu cuarto se oculta
es un olor que siempre me acompaña.

 

 

xxxxxIII

Esa fragancia en que respiras
memoria de trigal y de granero,
sin saberlo te ofrece
el amor a una piel no fronteriza,
las tardes descubiertas en la flor de su sexo,
—adolescente todavía y entregado—,
la luz de ese tiempo de cegueras y fiebres,
las siestas clandestinas, los domingos
de un verano que tuvo
noticias de la carne, algo rural entonces,
soñada y perseguida.

 

 

xxxxxIV

Llegan a mí.
xxxxxxxxxxxxCon la traición en ciernes
se elevan propietarios del paisaje
donde se bebe el polvo, el poso oscuro
del presente.
xxxxxxxxxxxxxSu asedio me interroga.

Porque nada es la voz si no se arraiga
en lo que fuera voz en otros años.
Nada la luz si sus destellos
no buscan con pasión casi enfermiza
la raíz de su brillo
en otra luz que no es sino
ella misma con algún año menos.
Nada el alcohol sin la gris referencia
de otras noches por el tiempo empañadas
de una magia imprecisa: la que tiembla
en el dudoso extremo de tu pluma.

 

 

xxxxxV

De todo cuanto fue quedan rescoldos
aún temblando en la tarde.
Renacen de improviso, se revelan
en el caz de un olor, en la mirada
de quien no te conoce, en el diamante
no esperado de la escarcha de enero.

Pongamos otro ejemplo: la quietud
—que es quietud y a la vez desasosiego—
de la huerta bajo las luces últimas
de la tarde de agosto, cuando el aire
carecía de límites y el brillo de lo insólito
se alzaba sobre el pueblo que retuvo
el final de una infancia
inconsciente y efímera,
a todas las infancias parecida.

 

 

xxxxxVI

El humo. Olor a leña ardiendo en el hogar.
O a tabaco de pipa. O a mentol algo triste.
O a puta y escalera, por ejemplo.
O a los cines de invierno
y de sesión continua, por ejemplo.

 

 

xxxxxVII

La hierba muy temprana. Humedecida
en el amanecer. Olor a campo virgen
en los viejos jardines
de la Universitaria: jeans apresurados,
blusones transparentes
de sedas orientales, la carne abotonada
a la altura del pecho, llegan con el olor
de la hierba segada, en la premura
de un empeño aprendido en el tumulto
de una mañana
entre miedo y deseo construida
que en la tarde mudó
la piel en pólvora, en centauros
de caballos muy tristes y uniformes.

 

 

xxxxxVIII

La proximidad de esta barriada
propicia al heroísmo se vislumbra de lejos,
a miles de kilómetros quizá.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxTan sólo
—y tan poco— se precisa
reconocer en el aire el olor de la lana
humedecida por la lluvia, por ejemplo.
En su entretela, en la urdimbre
de su fragancia asoma
el universo escueto y manejable
de lo que fuera cotidiano,
de lo que no prescribe por ser parte,
andamio o esqueleto de tu vida.

 

 

xxxxxIX

Olores, luces, vínculos, señas
de identidad, pájaros
en cuyas alas permanece
tu huella todavía y donde existes
acaso no completo pero sí perfilado
para el ojo interior que no claudica:
esa lente deforme
que llamamos memoria.

 

 

 

Rico, Manuel. La densidad de los espejos. Madrid; Ed. El sastre de Apollinaire, 2017.

 

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