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Archive for the ‘Poesía’ Category

FAMILIA

 

FAMILIA

Amo a mi hermana.
Mi hermana ama a mi padre.
Mi madre amó a mi padre.
Mi padre no ama a nadie.

 

 

 

Neuman, Andrés. Dignidad de las moscas. Madrid; Ed. Moco de pavo, 2010.

 

UN MOMENTO DESPUÉS

 

(Poema de Ángel Paniagua aparecido en el número cero de la revista La Puerta Falsa de Murcia en diciembre de 1995)

 

UN MOMENTO DESPUÉS

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxNo hallarás nuevas tierras. No hallarás otros mares.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxLa ciudad te seguirá.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxC. P. Cavafis

Dijiste: «Simplemente, el tiempo justo
de acabar el cigarro, leer un poco,
mirar por la ventana a esos chavales
hablando muy inquietos sobre un coche
prestado —al parecer le han roto algo,
un piloto tal vez— y regresar
al poema que había dejado a medias,
intentar terminarlo de una vez…

Todo esto después de estar pensando
en que nada posees, en que vives
de prestado y no haces más que andar
por los mismos pasillos, en que pronto
—si no encuentras trabajo y ganas algo
de dinero, si pasa otra semana
y otro mes y el verano y todo sigue
igual— tendrás que irte de ti mismo.

 

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LAS CONCUBINAS

 

LAS CONCUBINAS

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA Carmen Romero

Las concubinas saben que el rojo del color
de la seda que tejen no es el rojo
que el lenguaje revierte con su signo,
sino la luz que envuelve, antes de anochecer,
a la Naturaleza.
Ni el verde, sino el campo
que acude a sus miradas por poniente
y deja un territorio en duermevela.
No es el azul, sino
el color del estanque en la mañana.
No el gris, sino la última
nube que aplazará un cielo de tormenta.

Las concubinas saben el nombre del color
de la seda que tejen como un juego infantil
de metáforas puras.
¿Alguna vez han visto la vacuidad del nombre
de las cosas? ¿Alguna la belleza
de vivir lo nombrado y, con la seda,
cual juego de ignorancias
donde se tejen telas y lenguaje,
tratar de trascenderlo?

En el harem el rosa es el desierto
que separa el lenguaje de la literatura.

 

 

 

Lorenzo Candel, Javier. Juegos de construcción. Madrid; Ed. Visor, 2004.

 

JUEGOS DE CONSTRUCCIÓN

 

SOBRE LA MEDIDA DE NUESTRAS POSESIONES

El que mira al espejo
no tiene alrededores
en los que refugiarse,
no está próximo el mundo
de lo que no percibe;
y adivina la forma
exacta de su rostro.
El tiempo ya no duerme,
y el espacio lo aísla
de lo incomunicado.
La verdad es, ahora,
una voz que pronuncia
el nombre del que mira
y asedia a quien la busca
a través del espejo.
Pero quien con los ojos
fieles a lo que observa
aprende a distinguir
el nombre, la materia
a la que pertenece,
y busca las fronteras
que aíslan territorios
donde habita su alma,
el que mira al espejo
hallará, descubierta
en toda su pureza,
la condición del hombre.
Y dirá para sí:
Todo está en el espejo,
faltaba contemplarlo.

 

 

 

 

NAVEGACIÓN DE ASOMBRO

Después del mar quizá no quede nada,
después de dar por buena la memoria
empeñada en mostrarnos tierra firme
tal vez sólo nos queden recuerdos de la costa
y no la costa misma.

En esta singladura
y detrás de este mar
pueden haber dejado de existir
las huellas sobre el barro,
la humanidad, la tierra o el recuerdo
que la mantiene viva.
O puede haber dejado, definitivamente,
de sentirse el abrazo del puerto en la arribada.

Y a pesar del temor
de no encontrar jamás otro destino
el navegante atiende,
ante esta inmensidad,
a un húmedo extravío que hace olvidar el rumbo.
En el palo mayor nadie descubre
un solo acantilado batido por las olas.

Detrás de tanto mar, desde tanta memoria,
quizá no quede nada.

 

 

 

 

COMUNICAR LA LUZ

Me preocupa la luz,
pero no esa luz que ilumina las cosas desde fuera
y les da un sitio exacto y también una sombra,
sino esa luz que ocupa desde dentro
el camino del hombre,
la que dirige,
como una costumbre,
el paso hacia la muerte que aún no ha sucedido.

Me preocupa no haber reconocido
el alba que nos deja los párpados cerrados,
ahítos de una luz ajena a la mirada
y nos rescata, ufanos, del dolor,
del fondo de un presagio
inexorablemente escrito con ceniza.

Me preocupa la luz,
pero no la del faro que previene
a las naves de montes y laderas,
sino esa verdad que aflige a quien la busca.

Esa luz desde fuera del mundo
me preocupa esta noche,
porque su solo encuentro,
su reconocimiento, su origen,
no permita vivir para contarlo.

 

 

 

 

DEBERÍA DECIRSE

Debería decirse, por ejemplo,
que un instante después de pasar la tormenta
hace pensar que el mundo ha callado de pronto.
Y en la serenidad,
ni el clamor de las aguas,
ni los sonidos mágicos de la Naturaleza
se atreven a romper tanto silencio.

Debería decirse, pero el hombre
olvidó que el silencio justifica una historia,
un saberse capaz de describir el mundo
y atraerlo al origen de cada sentimiento,
y empezar a sentirlo.

Debería decirse, por ejemplo,
que es preciso detener el instante
en que la alondra canta,
y correr a contarlo.

 

 

 

 

NINGUNA ESTACIÓN

Ninguna estación dura eternamente.
El otoño suplanta a un verano con largos mediodías;
el invierno, a un otoño con niños que persiguen
el juego entre las hojas;
la primavera, al invierno arrasado,
llamado a la luz fría de la luna;
y el verano, al sueño preferido
de tanta primavera.
Así es también el hombre
porque desde el origen
no hay sensación que dure eternamente.
El paso de los años va dejando estaciones de derrota.

 

 

 

 

NOMBRADÍA

Has recorrido el tiempo de los lirios
con la fugacidad
con que el viento transporta la corriente
y hecho brizna de humo
has llegado a la casa.
Cerradas las compuertas
no hay prisa para el viento,
no hay caminos hacia ninguna parte,
los cauces son antiguas
promesas en la nieve,
ya no hay acantilados
ni luz aminorando los astros de la noche.
Ahora la calma mide
las tormentas de invierno,
y buscas una voz que precipite un nombre
donde reconocerte.
Pero nadie te nombra.

En este inmenso páramo,
que en las horas del alba
se atreve a confundirse con el cielo,
has vencido a la vida.

 

 

 

Lorenzo Candel, Javier. Juegos de construcción. Madrid; Ed. Visor, 2004.

 

DÉCADA

 

(CÓMO AGUARDAR LA NOCHE)

Soltar esa guitarra, por inútil.
Calentar agua en la tetera
observando el vapor con gesto absorto.
Renunciar a los libros
o posponer su bálsamo.

No pensar nada trascendente.
No insistir demasiado en la masturbación,
o insistir
con calma, sin urgencias
que enciendan la nostalgia.
Descartar
las ventanas, por tristes y promiscuas.

Padecer cada esquina de la tarde,
su obesa indiferencia.

Esperar.

Sólo después, a su debido tiempo,
acometer con rabia las venganzas o las deudas
y cabalgar la bestia de la noche.

 

 

 

 

(LA NOCHE ENTRE PARÉNTESIS)

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxPara Bur

La noche entre paréntesis
y su adictivo roce
bastaron para hacerme conocer
el ansia elemental,
latidos de unas ropas,
la rápida tristeza de una vela,
música cómplice, un rincón,
el peso y la medida del olvido.

 

 

 

 

(CONTINUIDAD DE LOS PATIOS)

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxPara Félix Romeo

Allá, entonces, todos nos pegábamos.
Llovían puños rojos
y el uniforme ondeaba hecho jirones,
la vida o la pelota. O ser cobarde.
Señalar con el dedo a los más débiles.
Burlarse de los tontos, perseguir a los listos.
Rencorosa amistad para quienes tuvieran
buenas notas, juguetes, una amiga.
Indiferencia, claro,
para el que no supiese matemáticas
ni luciese las zapatillas nuevas
de su padre más rico que otros padres.
Silencio o puñetazo. Puñetazo y callar.
Allá todos nosotros combatíamos
cada blanca mañana,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxhasta que el obvio
mordisco de los años me condujo
a abandonar el patio y esa gente.

Aquí, ahora, todos nos pegamos.

 

 

 

 

(CLAUDIA EN LA BIBLIOTECA)

xxxxxxxxxxxxxxxxPara Rafael Espejo

Rebuscas en los libros
con un extraño afán de jardinera.
Delicada y ansiosa, de perfil me pareces
distinta cuando curvas las rodillas
y se tensan tus muslos
debajo del vaquero. Muerte lenta
contemplar, sin tocarlo,
el pequeño tatuaje en tu cintura.
Será mejor sufrir que describir los pechos:
¿quién se atreve a cruzar los toboganes
que unen la palabra con su tema?

Así que huyo
y finjo distracción.
Si volvieras la vista a quien te escribe
desaparecerías, y es demasiado pronto.
Sigue leyendo, Claudia.
Haces bien en amarte.

 

 

 

 

(A UNA BAILARINA DE TANGO)

Con dos copas
ella siempre bailaba,
yo por norma
no solía moverme de la barra.
Era raro que fuéramos puntuales.
Nos gustaba pelear bajo la luna.
Era pálida, odiaba el maquillaje.
Color tacón de aguja
sus ojos perforaban los ajenos.
Tenía una virtud insuperable:
sonreía sin miedo.
De mí le interesaba, me parece,
la manera que tengo de ser lento
y a la vez imprudente.
Nos quisimos un tiempo
o dos, quizá. No sé.
Fue el amor de mi vida para siempre
y luego no lo fue.

 

 

 

 

(BANQUETE)

Si atravieso la última espiral,
complétame la fuga con un beso
por debajo del lóbulo: con eso
vendería mis bienes por el mal.
Qué sencillo este juego, la moral
se muere entre tus piernas por exceso,
entrego la conciencia y luego ingreso
en tu nerviosa boca de panal.
Inventar un idioma que se calle.
Malhablarnos. Hacer de ti a mordiscos
mi mejor apetito hasta que estalle
la tacaña razón de los ariscos,
la obsesión por cuidar cada detalle,
el miedo a que el placer nos deje bizcos.

 

 

 

 

(EL TOBOGÁN)

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxPara mi hermano Diego

Ya comienzo a notar
una aceleración ajena de los años.
No digo que presienta la vejez
(aunque la veo)
ni inventaré precoces experiencias.
Es algo diferente:
un vislumbre borroso, una antesala
del tobogán, siempre más corto
de lo que el niño desearía
y más veloz de lo que el hombre espera.

Si ya he dejado atrás al niño
(quizá lo cargo a hombros)
hoy tengo frente a mí al hombre que seré.
Soy, como dicen, joven, y no obstante
ya comienzo a notar esta aceleración
extraña, que no es mía, que es del tiempo
y planea arrastrarme, sin consultar conmigo,
hasta un parque de arena y hierba seca
donde, obligado a ser el niño que dejé,
subo la escalerilla y caigo
al encuentro del hombre que me espera,
familiar, con los brazos abiertos.

 

 

 

 

(PALABRAS A UNA HIJA QUE NO TENGO)

Entornaré tus ojos si prometes soñarme.
Compréndeme, no es fácil velar por alguien siempre:
a veces necesito saber que tienes miedo.
Cuando sepas hablar, dame mi nombre;
diciéndome papá habrás hecho bastante.
En invierno no abrigues demasiado
tu cuerpo de princesa, más útil y más noble
es irse acostumbrando a resistir.
Acepta golosinas de los desconocidos
(no está el mundo como para negarse)
pero apréndete esto en cuanto puedas:
más frecuente es lo amargo, que te ignoren,
y no los caramelos.
Te enseñaré a leer fuera del aula
y llegada la hora quiero que escribas «mar»
sobre los azulejos del pasillo.
Cuando cruces por fin la calle sola
sabrás que el riesgo y la velocidad
perseguirán tus días para siempre.
No creas que en el fondo no soy un optimista:
de lo contrario tú no estarías ahí
cuidando que te cuide como debo.
Como ves, desconfío
de quienes no veneran el asombro
de estar aquí, ahora.
Existe la alegría, pero duele;
tendrás que conseguirla.
Y cuando la consigas tendrás miedo.

 

 

 

Neuman, Andrés. Década (Poesía 1997-2007). Barcelona; Ed. El acantilado, 2008.

 

MÍSTICA ABAJO

 

(CATEDRAL VULNERABLE)

Su belleza es el don de lo perdido:
hace ya mucho tiempo que los fieles
dejaron esta casa.
Desde entonces sus muros indefensos,
sus piedras literales,
su eternidad mordida, corporal
se entienden con el viento y con las lluvias.
Ahora, al ser tan débil, su música es humana.

 

 

 

 

(PLEGARIA DEL QUE ATERRIZA)

Cielo, yo que no creo que en ti floten mensajes
y que leo en el alma (y digo alma)
cómo nada más alto nos protege
que el placer, la conciencia y la alegría,
yo te prometo, cielo,si aterrizamos sanos
que guardaré este miedo que hace temblar mi pulso
mientras escribo en manos de la furia del aire.
Lo guardaré, si llego, no para fabular
razones superiores ni para desafiarlas
sino por recordarte siempre, cielo,
liso, llano y azul como ahora te alcanzo,
hermoso, intrascendente, un simple gas que agita
la luz y me conmueve
como sólo un viajero transitorio,
como sólo un mortal puede saberlo.

 

 

 

 

(MUJER LEYENDO)

Admirar es el verbo
que dice en su doblez
lo que despierta en mí tu quieta pose.
Esa misma doblez está en tus pechos
porque elevas el libro y lo sostienes
juntando bien los brazos, plegando la atención.
Me tienta imaginar el personaje
al que estás abrazando, en qué adjetivos
prefieres detenerte. Me entretengo
calculando la pausa, la cadencia
con que pasas las páginas; sonrío
al comprobar que eres una lectora lenta,
con rodeos de asombro o de pregunta.
Quién pudiera de ti recibir esos ojos
con el mismo deseo, con idéntica hondura.
Eres lo que hace falta. Belleza meditando.
Carne con su temblor y su sintaxis.
Ese lugar en que la inteligencia
y la sensualidad se hacen un nudo.

 

 

 

 

(LA ESTANCIA Y LOS TRASLADOS)

Artesana, de par en par te ofrezco
mi morada hasta el último postigo.
Mi morada, aunque no sus posesiones:
no necesitas préstamos ni herencias,
tú habitas lo que tocas con lo tuyo,
lo tuyo es suficiente y lo trasladas.
En ti tendré mi viaje por la tierra
igual que en mí hallarás la casa móvil.

«Yo prefiero mil veces», me susurras,
«una puerta entornada que un castillo».
Admiro ese misterio
con que todo en ti piensa o se distrae.
Tú también nos das forma y aquí dentro
la mitad de mis voces son las tuyas.

Eso sí, cuando salgas,
cuando sea que cruces el umbral
porque así lo decide tu camino
apágame las lámparas despacio
y enséñame por dónde sale el sol.

 

 

 

Neuman, Andrés. Mística abajo. Barcelona; Ed. El acantilado, 2008.

 

MEMORIA DEL MALENTENDIDO

 

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxVerás con cuánto amor llama porfía.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxiixxxxxxxxxxxxxxxxxxxxLope de Vega

AUNQUE OSCURO en el agua es su reflejo
y en el pozo está escrita la condena,
piensa el muchacho en transformar la escena
y apacible gozarla cuando viejo.

Confunde la ventana y el espejo,
y, al mirarse en la calle, da por buena
la luz artificial de la verbena
que se entretiene en su interior perplejo.

Pero al llegar al fin del tercer acto
y escuchar nuevamente a sombría
llamada silenciosa del abismo,

comprende que era estéril cualquier pacto
del yo con lo que fuera entrar porfía:
que ventana y espejo son lo mismo.

 

 

 

 

LA CASA

Cuando llegó a su casa, todavía
no pudo ver las grietas que manchaban
con dibujos obscenos las paredes.
Eran jóvenes, vírgenes, sus ojos;
tranquila su intención, como los amplios
ventanales abiertos a una calle
burguesa, no excesiva, de mediocres
perspectivas, medidos horizontes
(con un árbol aquí y allá una nube
de cuando en cuando aborregada: un Tiépolo
ni demasiado blando ni tampoco
saliéndose de madre, con sus dioses
benévolos, de blanca y luenga barba,
pero proclives a dictar ukases
que no pueden cumplirse).
Adolescente,
cuando empezaban a llegar a un plano
más acuciante las primeras grietas
que advirtió en las paredes,
decidió
recubrirlas de cuadros y de libros
que ocultaran la impúdica lascivia
de sus ladrillos, donde no emplearon
una arcilla mejor los albañiles.
Y así, quitó inmundicia, a la ruinosa
casa donde vivía, el decorado
de música inefable y exquisita
poesía que heredó de sus ancestros
comunes, e impedían contemplar
la caverna —sin ellas cubil sórdido—
que un hogar aparente constituye.

Hoy han pasado muchos años; tantos
que ya el derrumbe se hace inevitable,
y han adquirido solidez los cuerpos,
las secuencias que fueron decididas
por el bestial coprólogo. La calle,
donde ha aumentado el tráfico, conserva
pese a todo el burgués y acomodado
perfil de aquel entonces: continúan
el árbol y las nubes, menos claras,
pero ya se sospecha que es un ruido
caótico la música exquisita
que antaño se escuchó, y las inefables
palabras que creyéronse dictadas
por los dioses no tienen más sentido
que el color inarmónico del techo,
aunque aún los vecinos disimulen
—tal vez por toma y daca— y nadie diga
que la casa se encuentra ya en las últimas,
y se acepte por mutua deferencia
que es noble y respetable, y no la máscara
que oculta toda corrupción, el rostro
del hombre que sonríe y nos saluda
si en la escalera un día lo encontraremos.

 

 

 

 

EL MALENTENDIDO

No tenía importancia. Ése es el juego,
la diversión sublime de los dioses.
Tanto tiempo creyéndose en el vértice
del dolor más profundo, la abyección infinita
que enloda la raíz del pensamiento;
tanto esfuerzo
consagrado a arrancarle a la penumbra
su corteza de niebla,
para, al llegar exhausto, envejecido,
cuando ya el retroceso no es posible
del tiempo y la moneda está gastada,
despertar con que fue un malentendido:
que fue un error el hierro entre las ingles,
el látigo de fuego en los ijares,
a corona en la frente acobardada.
Fue sólo la costumbre de una época,
una simple cuestión de perspectiva
deteriorada ya por la huidiza
—y efímera también— nueva manera
de comprender las cosas. Ya lo dije:
sólo un malentendido. Innecesarios
la soledad (sonora o sin remedio),
la sed sin esperanza, el llanto oblicuo,
la cadencia sin ritmo, el ciego impulso.
Todo estaba al alcance de la mano:
no sólo la tortura, no el silencio,
no la lágrima sólo, no la muerte.

 

 

 

 

OTRA LECCIÓN DE HISTORIA

Toda la Historia fue un malentendido.
Si hoy Craso y Espartaco se encontraran
en la cervecería, liberado
ya aquél del poderío y de la púrpura
y el hedor de la sangre, éste del hierro
que le oprimió el tobillo antes de herirle
del último zarpazo,
podrían dialogar tranquilamente,
risueños, divertidos, asombrados
de que ¿por qué minucia? tan distintas
transcurrieran sus vidas. (Lady Macbeth
erró al creer de Arabia los perfumes
incapaces de hacer blanca su mano,
sin letal pestilencia. Basta el tiempo
y acaso el turbio aroma de los cómplices
y nada más para borrar el crimen).
Mauthaussen fue un error; Chatila y Sabra
no significan más que el gesto torpe,
sin estudiar, de un mal actor novato,
pero que al fin domina el escenario
y el público le aplaude
porque supo, maduro, dominarse
y hacer que se olvidara lo molesto
difuminado en la distancia. Nadie
fue quemado en la hoguera por negar
la enseñanza del Papa; en todo caso,
no es sensato guardar tan viva imagen
de un suceso anecdótico, ya viejo,
sólo un simple y vulgar malentendido,
que no impidió el progreso de los hombres
hasta alcanzar la bomba de neutrones,
la pasión comedida, el aprobado
vital donde se esconde el conformismo,
donde nada recuerda tanta infamia
reproducida ahora, en este instante,
que olvidarán también en el futuro
mis hijos y tus hijos si se encuentran
en la cervecería, sin memoria.

 

 

 

 

YO, LA REVOLUCIÓN

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA los de aliento firme:
xxxxxxxxiixxxxxxxxxxTere Morán, Colás, Lito Peón…

Para que vieras que la sangre es roja
la cabeza corté del rey don Carlos.
Y el viento preso en la Bastilla pudo,
porque abatí sus piedras, darle al cielo
la carcajada de su cabellera:
blasfemia y estandarte contra el caos
al que le llaman orden los esbirros
de la púrpura blanca. Del Palacio
de Invierno, en que gemían las alfombras
de piel asesinada, hice un museo
donde el hombre su historia conociera
para no revivirla, y de las cumbres
traje la nieve inútil y la puse,
ya dueña de su impulso, a la tarea
de convertir en pan la piedra dura.
Mas descansé en el séptimo nocturno,
y, al despertar del sueño, el escenario
comprendí que era el mismo: la cabeza
del rey don Carlos nuevamente altiva,
las Bastillas sus muros reafirmando,
y el Palacio de Invierno con alfombras
pisadas cada vez con más lujuria,
petrificadas de terror las aguas.

Pero la sangre sigue siendo roja.

 

 

 

Álvarez, Carlos. Seguiremos sembrando (Antología 1964-2010). Madrid; Bartleby editores, 2016.

 

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