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VAYA DE EXCURSIÓN AL ZOO, QUE ES LA CADENA PERPETUA

septiembre 28, 2014 Deja un comentario

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CONSTANTES VITALES

septiembre 25, 2014 Deja un comentario

Constantes vitales

 

 

JAVIER ASIÁIN

IMPRONTA FEMENINA

Cristina la de mis primeras cartas a escondidas
vulnerando la censura de los Padres Capuchinos.
Begoña, casi con nombre de flor, de tallos carnosos
como sus labios: para ella mis primeros versos apretados
bajo sus elásticos negros. Idénticos al genuino color de sus ojos.
De Vicky sólo recuerdo su nombre y esos besos insaciables de loba desterrada pidiendo penitencia.
Marta y Amaya me robaron la vida una tarde
‒creo que fueron a medias‒
fue un atraco a mano armada,
aunque sólo duró lo que tardó en pasar el fin de semana.
Inés, sin embargo, tras doce o trece vodkas me introdujo en el bolsillo
las llaves de su ático y su empresa embargada de nueva cosmética.
Más tarde me enteré lo de su reincidente afición al bingo.
Junto a Rosana hubiera pasado toda una eternidad
pero nunca toleré la inoportuna puntualidad de su marido.
Itziar me dejó su virginidad en las pupilas una tarde de abril,
y ese gesto indolente y lejano
de gata malherida huyendo a los tejados.
Carolina sus vatios de belleza cuando
aporreaba desnuda esa vieja Fender Stratocaster.
Sólo por verla moverse me hubiera hecho músico.
Luego apareció Susana,
la niña cadenciosa de piel tostada y ojos aceituna
que por más que me besó nunca dejó a su novio.
Y Carlota, de mirada color cerveza, lencería de agua
y caderas muy ebrias…
Una noche en un Hostal madrugó más de la cuenta.
También se llevó mi Visa.
De María sólo me resta su risa inalcanzable,
de luna reflejada en la plata enfebrecida de su espalda
y esas ganas de hacer el amor a todas horas.
Todavía por momentos aún me escuece…la memoria.
Después vendrían las manos indulgentes de Judith
en un verano en la costa, sus diminutos culés
‒supongo que de amor‒ sobre la arena
y esa carita de ángel aristócrata encendiendo el litoral
de amanecida. Doctorarme en filología catalana
no fue suficiente para comer con sus padres.
Y Verónica a la que todavía espero en el altar vestido
de novio a los pies de la abundancia, y Raquel con la que
me casé y a la que definitivamente nunca quise
y Julia Hernández de Boadilla la sonrisa invertida
de mi tercer divorcio.

 

Todas me enseñaron el arte de la buena gramática,
el lenguaje con-sentido en adverbios de cantidad.
Aunque al final uno nunca sabe si realmente
es aquello que vivió de ellas
o ese extraño que pregunta su nombre,
todavía,
en los labios prosélitos de alguna mujer.

 

 

ANTOLOGÍA DE AFECTOS PARA ÁNGEL URRUTIA

Llegas armónico y proceloso con el corazón escrito de palabras
que nos dan la vista, como un Ángel de fabulación
en el lenguaje necesario, haciendo permeable la piel de los sentidos,
la humanidad primigenia de las letras navegables.
Quizá pudiera llamarte Pablo Urrutia, Ángel Neruda:
hijos de una misma madre encinta de ternura destada.

Esperando a la vida ‒con un saber que legitima‒ detrás de cada verso
en que despiertas, el rumor de las voces agrestes, las raíces de un pueblo
tatuado a tradiciones, los ecos del agua límpida labrando la sierra de Aralar
en las entrañas, ese ferrocarril antiguo que todavía atraviesa
el Valle de Larraún en la memoria, o los brillos secretos de la incontinente mujer azul de cada día.

Ahora sabemos que siempre nos quedarán
sonetos para no morir en la costumbre,
esas pequeñas concesiones detrás de los recursos dialécticos,
el abrazo pasional de las imágenes vertiendo
la cultivada mesura, la cadencia musical de tu sintaxis,
el dibujo azul del caligrama.

Y aunque nos hagas, a veces, objetar la vida
bajo los tules opacos de una existencia cuestionada
(quién alguna vez no afirmó el aserto: me clavé una agonía)
sabemos que al final de tus versos
siempre habitan espacios luminosos
como hallazgos necesarios a los que seguir naciendo.

Así, tan siempre tú: Ángel Neruda, Pablo Urrutia,
nosotros, discípulos de tu justa y necesaria humanidad,
nunca jamás querremos una vez, nuestra vocación será
un milquererte irrenunciable, y haremos el amor, la poesía,
para que los ojos de la luz que habitan más allá de nuestro esfuerzo
sepan un día justificar nuestra semilla.

 

 

 

 

 

ALFREDO RODRÍGUEZ

QUE NADIE PUBLICARA ESTOS VERSOS

Que nadie publicara nunca estos versos, quisieras
Que sólo ella pudiera leerlos, desearías
La amas tanto

Ser un Konstantin Kavafis, un Pessoa
Que jamás hubieran de publicar un solo verso en vida
Ni recital alguno dar
Como no tener consciencia de ser Poeta

¿Fueron por ello acaso menos Grandes
Dejamos de amar sus poemas alguna vez
Ahora que ya no se nos muestran inéditos, sino póstumos?

Que nadie nunca osara presentarlos a un concurso
‒hueca esperanza‒
Por qué el absurdo en que han de competir Arte con Arte
Nuestros sueños con nuestros sueños

¿Acaso compitieron en algo Homero con Shakespeare,
Dante con Goethe?
Poetas de la humanidad, regalo de los dioses
Aunque hubieran de vivir en épocas bien distintas
¿Fueron por ello sus escritos menos sobrehumanos
Menos inefables o excelsos, alguna vez quizá superados?

Que uno ha de escribir con el orgullo de medirse
Con Los Grandes del Pasado
Eso sólo ha de bastar
¿Leyó alguien en nuestro cercano mundo alguna vez
Algún ejemplar siquiera de Li Tai Po
No son por ello sus enseñanzas ahora
Pequeñas obras de Arte,
La sabiduría del vino en el claro de luna?
Miradlo ebrio dirigiéndose a la Montaña de Dai Tian
Triste descansando recostado en un pino

Extraviados en la noche de los tiempos
Como velos de lluvia en el Gran Teatro de la Literatura
O durmiendo el sueño de los justos en cajones de escritorio
Qué más da.
Tú los escribiste para ella. Eso sólo ha de importarte
No hay retorno en el tiempo de los poemas
Y eres tú quien ha de leérselos mañana

Al cabo de la noche
En una penumbra de aceites, labios, rosas
Y música de Mozart en Egipto
La amarás

Que te has de levantar ya con la noche avanzada
Como siempre lo haces sin poder dormir
Pues rodeada está tu vida de poemas sin retorno
Y acudir otra noche a tocar
La piel del cisne

Que sólo ella los ha de leer y emocionarse
Sólo ella los leerá
Mañana

 

 

NOCHE SUSPENDIDA SOBRE FLORENCIA

La noche aquella, felices
Escondidas las ansias, felices
Alcanzando casi a ver a Marcello a Corelli a Pergolesi
Cuando son los ojos del interior
Los que mejor te permiten ver

Dichosos aquella última noche sí
En Chiesa Santa Maria de’Ricci
Oh, aquella noche suspendida sobre Florencia
Quedando tan lejos el mundo atrás

La música más grande vivida en mí ‒me decías al oído‒
Y aquellas notas dolces, impresas en la memoria
‒concerti contratenore organo oboe‒
Transformándonos la expresión de la cara
La palabra no pronunciada que es cielo de piel suave
Los dolores más íntimos y el corazón cansado

Oh recuerdos, excesos del tacto
Ternura de las horas
Caminantes de todo un día atrás, un mundo atrás
Mariposa nocturna posada en el alma
Esplendor sin máscara

Y poder terminar ahora
Misterio de la muerte
Vida suspendida al fin
Aquella última noche sobre Florencia
Felices para siempre

 

 

 

Poemas extraídos del primer número de la revista de poesía del Ateneo Navarro – Grupo Ángel Urrutia.

BRAHMS CLARA SCHUMANN

septiembre 22, 2014 Deja un comentario

Brahms Clara Schumann

 

Repasando libretas en las que uno apuntaba versos y poemas que se iba encontrando por el camino, he vuelto a redescubrir esta maravilla del libro ‘Agenda’ de José Hierro.

 

BRAHMS, CLARA, SCHUMANN

 

Eres mi amor, mi amor, Paula, Clara quise decir.
Y cuanto tiempo, Paula, digo Clara,
sin ti y sin mí. Las diligencias
parten sin mí y sin ti.
O a ti te llevan hacia el norte, hacia el pobre Roberto.
A mí, hacia el sur, contigo, hacia el sur, donde ya no estabas,
donde nunca estarías. Ahora he tomado el tren
para decirte adiós. Y sueño, sueño mío.

Cerré los ojos, deslumbrado por la memoria.
Apreté la cintura del paisaje, recorrí sus caderas,
miré sus ojos verdes, ceniza con sentido.
Tendía el cielo su metal hermético.
Y se superpusieron mediterráneos y cantábricos,
cipreses respirados desde un sótano,
casi a vista de muerto, y jazmineros.
Después, las cosas y sus nombres
perdieron sus contornos, su significación
y fueron nada más que ritmo, armonía viajera
liberada de los instrumentos que le dieron su carne.

No queda nadie ya que pueda perdonarte,
que pueda perdonarme, perdonarnos.
Nadie que pueda rescatar los besos que se pudren
sobre Roberto y su locura piadosa.
Ahora que voy a ti, a encontrarte en la aduana de la muerte,
pienso, Clara, amor mío, que cuando nos besábamos
era a Roberto a quien besábamos, al engañado
hijo de nuestro amor. Él murió un día.
Su esposa, tú, amor mío, Clara, también has muerto ahora.
Yo tomé el tren para encontrarte en la frontera,
para decirte adiós desde el lado de acá de la muerte, amor de mi vida.
Pero nunca llegaré a ti.
El viejo Brahms es viejo, y está gordo.
Me he quedado dormido y me he pasado de estación.
¿Comprendes, amor mío, que nunca llegaré a tu lado
por culpa de este sueño, que es mi bálsamo y mi enemigo?
Ya nunca llegaré a tu lado.
Puede ser, amor mío, que no te amara ya,
que no te hubiese amado nunca,
que sólo hubiese amado a mi propio amor,
al amor que te tuve, Clara, amor mío.

 

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BREVE Y PARCIAL RESUMEN FOTOGRÁFICO DE ESTE VERANO

septiembre 20, 2014 Deja un comentario

(Des)Montaje 1

(Des)Montaje 2

(Des)Montaje 3

Playa 1

Playa 2

Playa 3

Playa 4

Playa 5

Playa 6

Playa 7

Goran 1

Goran 2

 

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PALABRAS VELADAS

septiembre 19, 2014 Deja un comentario

My beautiful picture

 

 

Aquí tienen un poema de Claudio Antón, publicado en el libro colectivo ‘Palabras veladas’, publicado por la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Zamora en el año 2009.

 

NECESITO acostumbrarme a ti
‒solloza con su foto entre las manos‒

Tranquilo, lo estás haciendo bien
‒le consuela el eco de la madrugada‒.

 

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REVISTA MÜSU Nº5 VERANO 2004 -prosa-

septiembre 18, 2014 Deja un comentario

müsu 2

 

 

MANUEL MOYA

POR QUÉ NOS MATAN

xxEl cartel anunciaba que a partir de ahí daba comienzo el terreno militar y, por tanto, quedaba terminantemente prohibido el paso, pero Marga, cuya fiebre adventista le había durado apenas un par de meses, no quería saber nada de carteles y mucho de aventuras sicalípticas, así que, haciendo crujir los guijarros, enfiló hacia el faro, que se recortaba frente a nosotros con esa competencia machuna de todos los faros. La explosión nos cogió en las primeras rampas. ¿Lo has visto?, ¿lo has visto?, repetía una y otra vez Marga, como si alguien le hubiera dado cuerda. Claro, le respondía, claro que lo he visto. Pero en seguida se produjeron la segunda y la tercera detonación, ambas no muy lejos del faro. Entonces Marga paró el coche y dijo, cojones, es verdad. Están de maniobras, contesté yo, tratando de quitar hierro a una situación que me confundía. Hay que darse la vuelta, agregué. Las cosas parecen fáciles. Uno dice que hay que dar la vuelta y es como si ya estuviéramos de regreso en San José, con una cerveza bien fresquita en la mano y mirando estúpidamente a las gaviotas que ramonean en la playa. Pero regresar habría significado la claudicación de Marga y hay cosas que parecen estar hechas por la fatalidad. Además, no era posible dar la vuelta al coche sin serio riesgo de despeñarnos por los acantilados, así que no teníamos demasiado dónde elegir. En todo caso, una quinta explosión vino a despejar todas las dudas. ¿Y si nos dan?, pregunté. Anda y no seas burro, ¿cómo nos van a dar?, replicó Marga, confiada no tanto en la falta de puntería de los soldados, cuanto en su buena estrella. Entonces, como si nos hubiéramos quedado a vivir en un entarimado esperpéntico, una punta de cabras se fue acercando hacia nosotros con un trote regular, tontorrón y confiado. Abajo, la playa de Monsul, aparecía con esa fingida arrogancia que da la quietud. Al cabo de un buen rato apareció el cabrero sobre una vieja mobilette que parecía seguir sin demasiada convicción el rastro a las cabras. Al llegar a nuestra altura nos preguntó si es que no habíamos visto el cartel. Marga se encogió de hombros, al tiempo que una nueva serie de detonaciones persuadió al pastor de que había cosas más urgentes que interrogar a los turistas. ¿Qué, seguimos? Era una pregunta estúpida. No teníamos otro remedio que seguir, pero Marga, que hacía de la necesidad pasión, se volvía a cada nuevo estallido ‒y ahora no cesaban‒ más audaz. Esto es la guerra, aullaba con el ímpetu de una adventista recién excomulgada que busca precisamente guerra.

xxEso, la guerra. Las explosiones, cada vez más próximas, no parecían arredrarla, y así no tardamos en alcanzar la explanada del faro. Si no estuviéramos ante la incomodidad de los morteros, hasta podríamos decir que hacía una tarde incluso espléndida: el sol, medio picado, se ocultaba tras las azuladas sierras de Enix, que recortaban sus bárbaras siluetas de animales prehistóricos que hubieran ido a beber al mar; las nubes parecían estar esperando una foto para desvanecerse… En ello estábamos cuando, de pronto, nos vimos rodeados. Marga, sorprendida, apretaba en su mano las llaves del coche mientras yo, más práctico, trataba de contarlos. Eran doce, aunque quizás otros estuvieran escondidos tras de las matas. Pueden figurárselo: fueron segundos densos, interminables, hasta que uno de ellos nos preguntó en inglés que por qué les disparaban. La pregunta me cogió desprevenido y sólo pude comenzar un gesto vago de sorpresa. ¿Por qué nos matan? Preguntó otro, que parecía ofuscado ante nuestras confusas explicaciones. Marga refirió que aquí ‒y señaló en torno‒ militares, cabrones militares y dibujó unos cuernos que ellos siguieron con intranquilidad. Ca-bro-nes, muúu, continuó, dibujando unos cuernos aún de mayores proporciones, que los otros observaban cada vez con más alarma. Tranquilos, dije yo, nosotros ‒y me golpeaba el pecho‒, turistas, week end, no militares. La escena, vista con alguna distancia, era ridícula. Los morteros levantaban columnas de humo a nuestro alrededor y los hombres miraban con ojos enloquecidos. Pum-pum no, repetíamos. ¿Por qué nos matan? Volvían a preguntarnos. No matan, repetí, maniobras. Pum pum nada, no killer, no nada, ma-ni-o-bras. Mis palabras, entrecortadas, pedagógicas, parecían dejar en los desconocidos un efecto analgésico que duraba lo que otra pregunta: ¿por qué nos matan? Sólo al cabo de un rato, cuando la situación comenzaba a tener para nosotros una dimensión incluso cómica, Marga, extendiendo las manos exclamó: moment moment, y se dirigió al coche ante la mirada desasosegada de los senegaleses. Allí anduvo trajinando un buen rato mientras se sucedían arbitrariamente las explosiones y la pregunta.

xxMarga les entregó el agua, las galletas y un paquete de chicles que ellos aceptaron casi con pudor. Si antes me sentía intimidado, ahora, viéndolos repartirse miserablemente las galletas, me encontré incómodo, como quien llega a una casa en el primer plato, de forma que, sin despedirnos, saltamos sobre el coche e iniciamos la bajada, saludando desde la ventanilla.

xxEn la radio alguien comentaba la funesta incidencia de los rayos ultravioletas sobre la piel y eso nos engarzaba de nuevo a la realidad. ¿Por qué nos matan?, preguntó Marga. Eso mismo iba a decir yo, contesté sin dejar de observar el mar, que cobraba ahora esa rara, siniestra inmovilidad del cazador frente a su presa.

 

 

 

 

ESTHER GARCÍA LLOVET

LA HERMANA DE DANIELA

xxSeptiembre pasado fue el último que pasé con mi hermana, en la casa de la playa, en la otra costa, después de dieciocho años de pasar septiembre siempre juntas.

xxYo arrancaba el coche en la acera de mi casa, sin nadie que lo impidiera, y cruzaba el país a ciento veinte con apenas lo puesto y sin apenas paradas hasta llegar a la casa de mi hermana gemela donde pasaba diez, doce días, con ella y su hijo, cinco cajas de cervezas, congelados de microondas y la radio colgada de la viga en el porche. El sol siempre bajo.

xxEl resto del año apenas si hablábamos por teléfono.

xxAlguna vez me llamaba, de madrugada, ronca, tiritando, para decirme que habían robado en la tienda o que acababa de leer en el periódico el descubrimiento de un nuevo fármaco para la atrofia medular, o que alguien había visto a su marido por una carretera de las afueras, conduciendo borracho una ranchera sin techo. Después de colgar yo bajaba a recoger el periódico de la basura y no encontraba nunca nada sobre ningún fármaco, ni sobre ningún milagro, lo miraba ahí descalza, en la cocina, y cuando volvía cada septiembre sabía antes de llegar que la encontraría esperándome en el porche, empujando la silla de su hijo que apenas podía levantar un brazo para saludarme. Sola.

xxLa última vez que fui coincidió con un fin de semana. Había salido antes de lo previsto porque esperaba atascos y me encontré con la autopista casi despejada. Sólo circulaban ya camiones sin trailer y algún autobús de línea, la noche cayendo cuesta abajo ya, en picado, y me quedaban menos de cincuenta kilómetros cuando el motor empezó a arder. Me eché a la cuneta hasta detener el coche entre unos árboles. Al poco conseguí que me remolcaran hasta un hotel cercano donde dejé el coche en la plaza de estacionamiento y luego arrastré la maleta hasta recepción, un largo hall desierto de hotel de congresos. Espejos, azules sintéticos, mármoles de resina.

xxPedí una habitación cualquiera. No quería molestar a mi hermana.

xxEra domingo. Era domingo y estaba nublado. Era domingo por la noche y ya no quedaba nadie o casi nadie residiendo en el hotel de ejecutivos. Las hileras de habitaciones estaban abiertas de par en par a unos pasillos enmoquetados en un rojo eléctrico, las camareras silbaban, maldecían, fumaban en montacargas atestados de ropa blanca y bolsas de plástico negras. Ese día funcionaban los radiadores por primera vez y el calor achicharraba los lirios en la laca de los jarrones japoneses. Olía todo a lo nuevo que va a durar poco tiempo nuevo. El botones me abrió la habitación y luego desapareció por el largo pasillo, canturreando.

xxMi habitación tenía el piso blanco, una cama doble y un ventanal al aparcamiento. En el linóleo del suelo había largos arañazos en ondas como dejados por pasos de un extraño baile a tres. Me dormí enseguida con el suave roce de la aspiradora en la habitación de al lado.

xxMe despertó un golpe metálico que se repitió tres veces seguidas, como en el teatro, tres golpes que parecían venir del aparcamiento. Miré la hora, a oscuras. Las cuatro y veinte. Al acercarme a la ventana oí música, vi luces, y al abrirla sentí una vaharada de calor en todo el cuerpo.

xxLa discoteca de carretera al otro lado del aparcamiento había dejado las puertas abiertas para celebrar lo que parecía ser la última fiesta del verano; la música de baile se mezclaba con la música de cassette de los coches aparcados, olía a frito, a vino y a azúcar quemado. Había parejas bailando, parejas sueltas, las mujeres bebían en corro de la misma botella. Las camisas de los hombres se transparentaban de sudor. A algunos los reconocí como los cartoneros que vi nada más llegar, hacía unas horas, recogiendo las basuras del restaurante del hotel. Daban palmas, vestidos de domingo o con chándal de deporte, cantando en su propio idioma, contoneándose con el ritmo y el alcohol pesado, tropezándose entre sí. Yo los veía, con sus estrechas caras verdes de farolas de carretera.

xxHabía un pequeño grupo apretado contra el pretil del aparcamiento, gente sentada, balanceando las piernas. Seis, siete personas, Los ramos de flores recogidas de la basura se veían frescas, carnosamente fragantes entre los celofanes. Las mujeres vestían de falda seda rosa. Hablaban, gritaban, volvían a callarse. Una tenía la cara cubierta con las manos, se reía, arrastraba los pies en círculos sentada al borde del pretil de hormigón. Frente a ella un chico, un adolescente, uno de los cartoneros, se movía lentamente como si le estuviera haciendo un juego de manos. La abrazaba, se apretaba, volvía a separarse. Al decirle algo ella se descubrió la cara, alzando los brazos. Allí estaba mi hermana. Mi hermana gemela de uñas comidas. Llevaba una falda de látex y las axilas sin depilar, mi única hermana. Se rió con todo el cuerpo al decir algo que todos recogieron con una carcajada. Todos movieron los brazos por encima de la cabeza. Silbaron. Rugieron. Ella se levantó una botella del suelo y bebió de golpe. Luego se la pasó al chico y mientras él bebía siguieron los dos bailando muy lentamente mientras los otros bailarines los miraban de soslayo, los ojos como ascuas, riéndose entre dientes. Ella cerró los ojos. Se levantó del pretil, se estiró la falda y recogió de su lado una guerrera pardusca que el chico le ayudó a ponerse, dejándose el pelo por dentro, aprisionado bajo el cuello de la guerrera. El chico la tomó por el codo y bailando despacio se apartaron del grupo. Se alejaron por la playa del aparcamiento, arrimados, cerca, sus sombras a derecha o izquierda al pasar bajo las farolas, alternativamente, la sombra de ella más alta, más larga, como un vestido de cola avanzando por la nave, hasta que llegaron al extremo del aparcamiento donde ya no había luz y desparecieron de vista tragados por lo oscuro. Luego nada. Luego se prendieron las luces de un coche al abrirlo. Permanecieron así un rato, de pie, apoyados el uno contra el otro, rodeados de brazos, de sombra, los dos contra el coche encendido como una capilla ardiente en la catedral a oscuras.

xxLlegué a casa de mi hermana a primera hora. Aparqué el coche en una esquina y subí la cuesta andando. Quería mirar la casa desde lejos, con todas sus ventanas. Abrí la puerta principal sin llamar a nadie, me detuve en el salón desierto, desordenado. Se oían pasos en la cocina, ruido de platos, de algo hirviendo, el trasiego del desayuno. Un televisor encendido en algún sitio. Oí claramente la voz de mi hermana hablando mientras se movía por la cocina, arrastrando los pies, descalza, hablando con su hijo mudo, contándole algo, despacio, mientras yo me acercaba por el pasillo. La oía removerle el café, cortarle la tostada en el plato. Ella corrió una silla mientras seguía hablando a media voz, como si llevara rato hablando de lo mismo, o hablándolo otra vez, repitiendo, hablándole de otro sitio, de otro lugar, de un viaje a un sitio lejano, del tipo de viaje que todos prometemos.

 

 

 

 

JOSÉ MARÍA CUMBREÑO

LA BOLSITA DE TÉ

xxTodas las tardes, Paula, a las cinco en punto (imagino que ésa fue una de las muchas manías que se trajo de Londres), iba a la cafetería que estaba junto al portal de su casa y pedía una taza de agua hirviendo. Al principio, el camarero la miraba con desconfianza. Pero, cuando ella le aclaró que le pagaría el doble de lo que costara el té más caro, dejó de preguntar nada. Una vez que tenía sobre la mesa la taza humeante, sacaba del monedero una bolsita, a simple vista igual a la de cualquiera de las muchas variedades que se servían allí, y la introducía en el agua parsimoniosamente.

xxY, sí, es cierto que Arthur Bush siempre pidió que lo incinerasen. Lo que ya no estaba tan claro, al menos nadie creía habérselo oído decir, era que deseara que su viuda usase sus cenizas para hacerse, todas las tardes, por muy a las cinco en punto que fuesen, una infusión con ellas.

 

CONCORDANCIA DE NÚMERO Y PERSONA

xxEsta mañana me he encontrado con Ana en la calle. Llevaba una cartera de lona colgada en el hombro de la que asomaban algunos papeles y un par de libros. Imagino que de economía.

xxVenía del instituto. Por lo de los exámenes de septiembre.

xxFíjate en lo que tengo que corregir.

xxHacía mucho tiempo que no nos veíamos. Puede que casi un año. Sigue igual. Con ese aire de eterna adolescente. Coleta y pantalones vaqueros. Aunque estoy seguro de que no soporta la idea de haber pasado de los treinta. La conozco de sobra.

xxLe pregunté por el verano. Que dónde había estado de vacaciones y esas cosas.

xxElla enseguida empezó a hablarme, con un entusiasmo excesivo, de lo bien que se lo había pasado en la playa y de los lugares que había visto y a los que, según me cuenta, debo ir sin falta.

xxPrecioso, créeme. Pre-cio-so.

xxMe fijé en que usaba continuamente la primera persona del plural: hemos hecho esto, hemos hecho lo otro, fuimos a tal sitio, comimos en no sé qué restaurante…

xx¿Hemos? ¿Qué significa hemos?

xxMe figuro que Ana se ha echado un novio, un ligue o lo que sea. Y que ésa es una forma sutil de dejármelo caer.

xxPensaría que aún iba a importarme.

 

MENSAJES EN EL CONTESTADOR

xxVivo solo.

xxAunque a veces, en el trabajo, marco el número de teléfono de mi casa.

xxY pregunto por mí.

 

 

 

 

SANTIAGO RONCAGLIOLO

EL PASAJERO DE AL LADO

xxFue sólo un susto.

xxEl frenazo y el golpe. Los golpes. Estás un poco aturdido, pero puedes moverte. Abres la portezuela y te bajas sin mirar al taxista. No te duele nada. Eres un turista. Tu única obligación es pasarlo bien.

xxPara tu suerte, un autobús frena en la plaza. Te subes sin ver a dónde va. Caminas hacia el fondo. Aparte del mendigo que duerme, no hay nadie más ahí. Te sientas. Miras por la ventanilla. La ciudad y la mañana se extienden ante tus ojos. Respiras hondo. Te relajas.

xxEn la primera parada, sube una chica. Tiene unos veinte años y es muy atractiva. Rubia. Todos aquí son rubios. Es la chica que siempre has querido que se siente a tu costado. Va vestida informalmente, con jeans ajustados y zapatillas. Su abrigo está cerrado, pero sugiere su rebosante camiseta blanca. Se sienta a tu lado. No puedes evitar mirarla.

xxNotas que te mira.

xxAl principio es imperceptible. Pero lo notas. Voltea a verte rápidamente con el rabillo del ojo, durante sólo un instante. Cuando le devuelves la mirada, vuelve a bajar los ojos. Se ruboriza. Trata de disimular una sonrisa. Finalmente, como venciendo la timidez, dice coqueta:

xx‒¿Qué estás mirando? ¡No me mires!

xxVuelve a apartar la vista de ti, pero ahora no puede dejar de sonreír. Hace un gesto, como cediendo a su impulso:

xx‒¿Por qué me miras tanto? ¿Ah? Ya sé ‒ahora se entristece‒. Se me nota ¿No? ¿Se me nota? Pensaba que no ‒sonríe pícara‒. ¿Te la enseño? Si se me nota, ya no tengo que esconderla. ¿Quieres verla? ‒se da aires de interesante, pone una mirada cómplice y habla en voz baja, como si transmitiese un secreto‒. Está bien, mira.

xxSe abre el abrigo y deja ver una enorme herida de bala en su corazón. El resto del pecho está bañado en sangre.

xxRíe pícaramente y se pone repentinamente seria para anunciar:

xx‒¿Ves? Estoy muerta.

xx¿Verdad que no se nota a primera vista? Nunca se nota a primera vista. No lo noté ni yo. Será porque es la primera vez que muero. No estoy acostumbrada a ese cambio. En un momento estás ahí y lo de siempre: una bala perdida, un asalto, quizá un tiroteo entre policías y narcos, pasa todos los días. Y luego ya no estás. Sabes a qué me refiero ¿verdad?

xxA mí, además, me dispararon por ser demasiado sensible. De verdad. Por solidarizarnos. Íbamos Niki y yo a una pelea de perros. Niki es mi novio y es héroe de guerra. Sí. De una guerra que hubo hace poco… No. No recuerdo dónde. Niki tiene un perrito que se llama Buba y una pistola que se llama Umarex CPSport. Pero al que más quiere es a Buba. Es un perro muy profesional. Ya ha despedazado a otros tres perros y a un gato. No deja ni los pellejos. Increíble. A Niki le encanta. Es su mejor amigo, de hecho. Entonces, íbamos en el auto, y Niki y Buba iban delante. Yo iba en el asiento trasero. A Niki le gusta que nos sentemos así, dice que es el orden natural de las cosas. Niki es muy ordenado con sus cosas. Y muy natural.

xxSaliendo de la ciudad hacia el… ¿Perródromo? No, eso es para carreras ¿Cómo se llama donde hay peleas de perros? Bueno, íbamos para allá y paramos en una gasolinera para que Niki fuese al baño. Aparte de una pistola y un perro, Niki tiene problemas de incontinencia, pero no se lo digas nunca en voz alta, de verdad, por tu bien. O sea que Buba y yo nos quedamos a solas en el auto. Perdona que me interrumpa, pero no me mires demasiado la herida, por favor. Odio a los hombres que no pueden levantar la vista del pecho de una. Y a las mujeres también. Si no estuviera muerta, llamaría a Niki para que me haga respetar. ¿O.K.? O.K.

xxBueno, sigo: estamos en el auto ¿No? Buba y yo. Y Buba me empieza a mirar con esa carita de que quiere ir al baño. O sea, no al baño, porque es un animal ¿No? Pero a lo más cercano a un baño que pueda ir ¿O.K.? Y me mira para que lo lleve. De verdad, no creerías que es un perro asesino si vieras la cara que pone cuando quiere ir al baño. Se le chorrean los mofletes, se le caen los ojos y hace gemiditos liiindis. Así que lo miro con carita de pena, lo comprendo ¿me entiendes? Y le abro la puerta para que pueda desahogarse.

xxBuba baja y yo lo acompaño unos pasos, pero luego veo que en la tienda de la gasolinera hay una oferta de acondicionadores Revlon, así que me detengo porque es algo importante y él sigue. Y entonces, aparece el otro perro. O sea, una mierda de perro, perdón por la palabra ¿No? Un chucho callejero y chusco con la cola sin cortar y las orejas caídas ¿Has visto a los perros sin corte orejas y cola? Aj, horribles. Pues peor.

xxBueno, te imaginarás ¿No? El chusco se pone a ladrar, Buba se pone a ladrar, se caldean los ánimos, los acondicionadores Revlon sólo están de oferta si te llevas un champú, Niki no termina nunca de hacer pila y, de repente, la persecución de Buba al otro, los ladridos, los mordiscos. Lo de siempre, excepto el camión. Lo del camión sí que no había cómo preverlo porque, o sea, no es que una pueda adivinar el futuro. Sabes a qué me refiero ¿Verdad? Yo llegué a escuchar el frenazo y el quejido perruno. Francamente, por esa mariconada de quejido, yo pensé que había chancado al chusco.

xxPero no fue así.

xxCuando Niki salió del baño y vio a su perro, yo ya estaba buscando protectores solares. Niki se arrodilló unto a Buba, le besó las heridas, se puso de pie y vino directamente hacia mí. Yo lo recibí con una sonrisa, pensando, mira, qué bien ¿No? Nosotros estamos vivos, o sea, ha podido ser peor. Y él me recibió con cuatro disparos de la Umarex CPSport. Es amarilla la Umarex CPSport ¿Alguna vez has visto una pistola amarilla? Niki tiene una.

xxLo demás de estar muerto es rutinario. Sabes a que me refiero ¿Verdad? Es aburrido, porque ya nadie que esté vivo te escucha. Eso sí, vienen por ti, te llevan en una camilla, o sea, ya estás muerta pero igual te llevan en una camilla y en una ambulancia. Qué fuerte ¿No? Como si estuvieras viva. Eso te hace sentir bien ¿No? Valorada. Te llevan a una clínica privada, llenan unos papeles y ahí te guardan. Hace frío ahí.

xxHace mucho frío.

xxYa ahí conoces otros cadáveres, te comparas con ellos, te das cuenta de que estás mucho mejor que ellos, o sea, te ves bien a pesar de las dificultades ¿No? Y eso es importante para sentirte bien contigo misma. Claro, la herida no ayuda, pero no te imaginas cómo está la gente ahí ¿Ah? O sea, no se cuidan nada. Y eso que son gente bien ¿Ah? No creas que a cualquier muerto lo llevan a una clínica de esas.

xxAl principio sobre todo te sientes bien insegura. Es como si te diera la regla pero sin parar y por el pecho. Entonces, es bien incómodo. Pero luego llega un doctor guapísimo, de verdad. Sabes a lo que me refiero ¿No? Entonces están tú y él a solas, pero no como con Buba en el auto, sino distinto, porque tú estás muerta y él no es un perro, es como más íntimo ¿no? Y él empieza a tocarte, a acariciarte, masajearte, pasa sus manos por tu cuerpo. Y están calientes sus manos. La mayoría de las cosas vivas están calientes. Y luego te abre en canal para buscar cosas en tu interior. Y ¿Sabes qué? Sientes… no sé… sientes que es la primera vez que un hombre tiene interés en tu interior. No sé. Es como muy personal. Pero te dejas, permites que sus manos recorran tu anatomía, te parece que nadie te había tocado antes en serio. Y te da un poco de penita, de verdad. Hay cosas que yo no sabía que tenía, que en toda mi vida nunca lo supe, como el duodeno, la aorta, el esternocleidomastoideo ¿No? El tríceps sí sabía, por el gimnasio. Y te dices, pucha, me habría gustado saber que tenía todo esto porque, no sé ¿No? Es parte de ti y tienes que vivir con eso y éste hombre las descubre para ti. No sé cómo explicarlo. Es algo superpersonal. De haber tenido fluidos, creo que hasta habría tenido un orgasmo. ¿Y sabes por qué hace eso el forense? ¿Por qué me lo hizo a mí con ese cariño? No se, lo he estado pensando un montón, no creas, y… creo que lo hace porque a mí no se me nota. Claro, si me miras bien, sí. Pero a primera vista no se me nota lo muerta. Yo creo que al forense le gustan las muertas poco ostentosas. Yo soy muy sencilla. Y tú también, de verdad. Si no hubiera visto tu accidente en el taxi, hasta pensaría que estás vivo. Uno te tiene que mirar bien para darse cuenta, pero al final, un ojo con experiencia puede percibirlo.

xxEs por tu mirada, creo.

xxTienes ojos de muerto.

 

REVISTA MÜSU Nº5 VERANO 2004 -poesía-

septiembre 15, 2014 Deja un comentario

müsu 1

 

 

Aquí tienen una amplia selección de la sección de poesía de esta revista coordinada por Mertxe Manso y Elena Medel, ilustrada por Laia Arqueros y maquetada por labellavarsovia.

 

 

ANA MERINO

LOS SUEÑOS DEL PRISIONERO

La ciudad carcelaria ha cerrado sus puertas
y te has quedado dentro
acariciando el frío que hiela sus almenas.

Esta vez soñarás con la verdad metida
en un frasquito azul
y el abrazo vacío del que se siente solo.

Pensarás que en ti habita
la esencia del dolor
como un duende sin alas
que espera que el futuro
le deje conceder algún deseo.

La ciudad carcelaria
a veces se apodera del temblor de tus labios
cuando lloras dormido
y nadie te cobija en su regazo.

Te van a despertar
las palabras que escribes
convertidas en hormigas.
Las verás deshacer cada párrafo
y en hileras muy finas
recorrer las paredes de tu celda.

Esta vez soñarás que la ciudad no existe
y los poemas son el único lenguaje
que te queda.

A veces las palabras
anidan por si solas detrás de tu garganta
y dicen lo que piensas,
entonces se te olvida
que arrastras las cadenas
de una ciudad sin alma
donde sólo tus sueños
reconocen sus calles.

A veces nos miramos,
te apoyas en mi cuerpo
de gárgola deforme
y duermes como un ángel,
y yo que estoy despierta para siempre
te envidio cuando sueñas.

 

 

PIEDRA, PAPEL O TIJERA

Piedra
fría,
rincón silencioso
junto al regazo de los muertos.

Papel
para escribir
unas breves líneas,
la despedida apresurada
del viajero.

Tijera
para cortarle la lengua al mar
cuando suspira.

Tijera
para cortar los sueños
de los ahogados.

Papel
para escribir sus nombres.

Estrecho de piedra,
barquito de papel
arrecifes de tijera.

Un poema triste
para los que se quedaron sin aire
en las orillas.

Lágrimas de piedra
pateras de papel
y la boca del mar
con dientes de tijera.

 

 

 

 

MARÍA ELOY-GARCÍA

HIPERSUMMA

superhipermercado
tu summa teológica son los cinco caminos por los que se llega a la estática cajera
cordero degollado en bandejas reciclables
san juan lo hubiera aceptado
ascesis de barrio
grados de perfección hacia tus pulchrum detergentes
mi escolástica es tu cobijo de superficie inabarcable
movimiento primero de oferta
para la causa eficiente de nuestra demanda
mortales y solos
perfección-gobierno del mundo
ente sumo si azar no cabe
catedral de los oligoelementos
se sabe que dios eres
verum tetrabrik verum salami
es tu luz sobrenatural
el brillo que desprende un torrente de monedas

 

 

LA VIDA CÁMBRICA

he visto organismos anaerobios
en oficina sin aire con burbujas de lípidos vivos
y las fangosas comunidades de microbios
que se reproducen con la dureza antiquísima de la partición
luego medusas primigenias no muy lejos del lodo
con bocas tan antiguas
que no conocen la lengua para pronunciarse
y al fin el primer homínido
canal vertebral estrecho
tórax delgado
señales nerviosas tan limitadas que no hay control de la respiración
para decir yo mismo
estúpido bipedismo por el que abandonamos la mirada de la tierra
arduos instrumentales líticos
que nos hicieron pulimentar para siempre
con lo felices que éramos cuando la carroña
después el idioma por el que nos fuimos hablando y hablando
a repoblar las partes más distintas del planeta
hasta ahora en que la paleontología es un invento tan bien pulimentado
con departamento de humanidades primer piso quinta puerta
donde se especula la historia de lo que éramos
con el prejuicio insalvable de lo que somos

 

 

DE LO QUE CUENTAN LAS TABLILLAS EN LINEAL A

ya sé
ya sé de qué te conozco
tú eras una bacteria entonces de esas
con élitros ojazos que sorbían la orilla precámbrica
de centroeuropa
allá por el proterozoico
¿te acuerdas?
hace dos millones quinientos mil años
y estás igual
ya sé de qué te conozco
tu colectivo era el único sedentario
así que el primer bronce lo hiciste
con una simple mueca neolítica
todo tu campo era una urna
ya sé quién eres
eres el hombre
a fin de cuentas
nada nuevo

 

 

LA MEGALÓMANA

vivir en tu arriba
vecina cíclope de ojo mirilla
inscribiendo cuadrados en el círculo
qué coreografía la de tu planta
distorsionados vecinos de cabezas inmensas
lanzados cada día de sus casas
por la ley de la simple monotonía
tras ellos tu ojo de inventar conjeturas

vivir en tu arriba
gestando agujeros para mirar siempre
a qué horas de sencillas preferencias
de hipótesis empíricas de tercer piso
te lleva la tierna megalomanía

mirarte en tu arriba
más allá
grúas bestiales destrozando bloques que no sabes
con la silueta todavía
de escaleras subiendo por la pared intacta
y una puerta magritte por la que se ve el todo
ese que nunca percibieron
tus ojos sin estéreo
porque más allá del tercero
el mundo no existía

 

 

 

 

IVÁN VÉLEZ

SANGRE FRÍA

Un escuálido reptil
incubó escamas de metralla
en el colchón del turbio placer,
arañas sobre los puños cerrados.

Y la miel no ahoga el rescoldo.

Las rodillas mueren a la sombra
de huecas catedrales,
rueda el metal de la borrasca
por un pañuelo astillado.

Y la miel no ahoga el rescoldo.

 

 

EL ALQUIMISTA

Dentro de la burbuja,
carcoma mordisqueando lucidez.
Amanecer de nervios y siluetas,
mares de esfuerzos.

Mujeres negando sus suaves rasgos
al mundo.

A través de las lentes de hielo
el paranoico es ternura, belleza violenta,
y su sombra color ámbar,
engaño para el asfalto
de gorriones persiguiendo niños.

Astillas de un guiñol abarquillado
clavadas en los dedos
y nadie que pueda curarlos
pues no quedan ya costureras del delirio
para sanarlos con su hábil urdimbre.

Amanecer de cucañas envenenadas
que juegan al escondite
incordiando las miradas
en la penumbra espoleada de bombillas
de risa enferma.

La geografía incógnita del pirómano
se convierte en simulacro de lenguas
al recibir su caricia.

Simulando bienestar nos apartamos
de la espiral kamikaze
que desciende por la espalda del sueño.

 

 

LICÁNTROPO

Una gota de sangre
resbala
por el frío letal
de la bala de plata.

Plena luna,
láctea luna.

Un disparo se desvanece
entre el musgo
del caserón,
y en el parque,
el silencio se cuela
en las rendijas del chirriar
de un columpio abandonado.

Sin niña ya,
sin rodillas de mercromina
bajo sus tiernos,
deliciosos muslos.

 

 

 

 

ALBERTO SANTAMARÍA

MI CUERPO ES TU CASA
[NACE MI CUERPO DEL NOMBRE ESCONDIDO EN LOS BUZONES]

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxSobre las putas / me quedo frito
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxSr. Chinarro

A veces, dices, reconozco
tu voz al otro lado, reconozco el gesto de tus llaves
cerca de la puerta ese ruido de cerezas metálicas
que se agolpan involuntarias en mi nombre,
a veces, dice, reconoces mis pasos y su instinto,
el tacto de tu mano que no acierta a elegir su orden,
‒torpe es el deseo que busco‒.

Recuerdo, dices,
el olor a ciudad en llamas,
‒es sábado, y la luz en los parques se enciende‒;
son tus labios dos cuerpos desnudos que luchan
solos en la arena. Dos cuerpos: formas del racimo
y de la voluntad, que se hunden
en el eterno impulso de un quinto sin ascensor.
‒Las parejas se asoman al lento gemir de los bancos‒.
Formas, dices, ahora que llego
sin aliento al límite de tu aliento,
y me llevas enfermo con tus ojos a la cama
y muestras heroica y débil la frontera de tu rutina.
‒Y cada paso se repite, como una señal‒

A veces, reconozco en mi casa un cuerpo
donde cada imagen que cuelga
es una guerra remota, una factura escrita
en las huertas del sueño,
y cada grieta un grito acallado en el hueso
más hondo de las manos, y cada mano
una puerta que busca ansiosa la luz en otra parte.

A veces, dices, oyes vagar un cuerpo entre nosotros,
un fantasma,
y luego desciendes de ese coche y descubres
la lejana sed de una palabra,
los hombros tallados a mordiscos,
el seco temblor de tus límites.

A veces, dices,
reconoces en otros cuerpos
el terrible sabor de mi casa.

 

 

SANSONITE A MITAD DE PRECIO

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxY de repente,
xxxxxxno sé qué hacer con tanta soledad.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxKarmelo C. Iribarren

Ahora desayuno en una terraza: croissant, café, naranjas,
y observo desde estas hojas aquella lejana habitación
de mil novecientos noventa y siete.
Qué triste soledad me empuja al recuerdo
de nuestra vida en estas calles. Comprabas tabaco
en ese pequeño estanco, en esa esquina
esperabas el taxi y donde pedías pan
y fruta de temporada es ahora
una enorme tienda de maletas. Sansonite a mitad de precio.
Qué enfermedad es ésta que me hace reír
al saber que me dejaste sin dinero, sin coche,
sin hambre, y sin maletas, y lo que es peor,
sin lugares a los que viajar, sin proyectos.
Qué enfermedad es ésta que sube hasta mi lengua
y que busca tu cuerpo, una respuesta.
Qué terrible broma del tiempo es ésta.
“Su cuenta, caballero”, dice el camarero. Qué triste
soledad de me lleva a las viejas aceras conocidas,
pobladas por antiguos rostros que son yo
y van conmigo. Compraré una maleta lo sabes,
para atravesar la ciudad y recoger fríos
restos de mi cuerpo, de tu olvido
en los portales. Recoger aquel rojo
sabor del whisky en tus labios a las doce,
mi dolorosa manía de madrugar en domingo,
el olor del autobús lleno de bañistas, tu pelo
cuando Los Reginas nos llevaban en barco hasta la playa.
Recoger sobre todo el color del humo en tus labios
al decir mi nombre,
y agarrarme la cintura al salir a la calle.
Compraré una maleta, lo sabes. Es la cuenta que he de pagar
por tanta felicidad en tu nombre. Por tanta soledad este domingo,
por mi costumbre del whisky antes de las doce.

Ya lo sabía antes de pedir croissant, café, naranjas.

Son estas terrazas en el desayuno
amargos balcones al tiempo.

 

 

 

 

LUIS BAGUÉ QUÍLEZ

GLORIA

Gena Rowlands fuma junto a la ventanilla.
Su gabardina cruda,
que tantas veces barrió el asfalto de Manhattan,
ya no es sino un jirón de antigua sombra.
De nuevo llegará tarde.
Otra vez es culpa del maldito reloj,
del tráfico imposible en Central Park,
de los charcos que deja esta lluvia
sobre la piel marchita de las avenidas.
Las volutas de humo se enredan en sus dedos.
Sigue apoyada en el viejo Ford,
que le recuerda trágicamente sus arrugas.
Está bien. No piensa esperar más.
Aplasta un cigarro con el tacón del zapato.

No sabe que detrás de la puerta
le aguarda el milagro de una vida distinta.

 

 

LAS VÍRGENES SUICIDAS

xxxxxxxxxxxxxxxxxVirgen suicida.
xxxxxxxixxxxxxxxxEs inútil seguir
xxxxxxxen ese viaje al holocausto
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxCruel Crux

Yo conocí a Lux Lisbon.
Recuerdo haberla visto
mirar vestidos en los escaparates
y esperar mucho tiempo un autobús
bajo el sol declinante de noviembre.
También coincidí con sus hermanas,
y puedo decir que eran bonitas
‒pero eso es ya sabido‒,
que les gustaba el licor de melocotón
y que, entrada la noche,
resultaban incluso algo vulgares.
Sus vidas se me antojan ahora
un cristal empañado, constelado de vaho,
desde el cual las veíamos difuminarse
hasta desaparecer
como una mancha de aguarrás sobre las manos.

En la última fila de algún cine,
yo acompañé a Lux Lisbon
por el extraño limbo de nuestra adolescencia.

 

 

ANTOINE DOINEL

xxxxxxxxxxxxxxxxxQue reste-t-il
xxxxxxxxxxxxxxxde nos amours?
xxxxxxxxxxxxxxxxCharles Trenet

París era una fiesta
con lluvia y con paraguas,
con zapatos y lágrimas
perdidas en el metro.
¿Qué queda ya de nuestro amor?
Yo te buscaba entonces
en la puerta del cine;
te ponía mi bufanda
o mi mejor sonrisa,
te pintaba los ojos con un beso.
¿Qué queda ya de nuestro amor?
Sólo la Torre Eiffel,
la soledad de los parques en junio
y tantas noches consumidas
en fugas hacia ninguna parte.
Mi nombre, Antoine Doinel,
un nombre que no es nadie,
unas breves cenizas
marchitas en la piel del celuloide
y amarillas por el polen del tiempo.
¿Qué queda aún de nuestro amor?

 

 

AL CUADRO DE UNA JOVEN CON CIUDAD AL FONDO

Lejana como las aves en la noche
sospechas la ciudad a tus espaldas.
Y quisieras comprender la soledad:
el porqué de este horizonte sin aristas,
la brisa imperceptible que humedece las calles,
las lágrimas altivas de neón en los párpados.

Y no sabes que la lejanía que contemplas
es patria y margen, es destino y exilio.
Me gustaría decirte que tras esa alambrada
hay sombras que te acechan en cada jardín,
en la cola del cine,
en la respiración de los semáforos.

Si te detienes a escuchar el tibio murmullo
de unos pasos sobre el gris del asfalto,
igual que nieve enferma,
advertirás que en ciertas avenidas
también habitan labios y palomas.

Porque la ciudad no es sólo un bosque de ceniza.
A veces la ciudad tiene un alma encendida.

Pero al final la soledad no importa,
pues tu vida depende de un pincel
y el lienzo te condena
a esa rara mirada que hiere tus pupilas.

 

 

 

 

MARTA LÓPEZ VILAR

LO EXACTO

Esta vez comienza la noche
a olvidar la exacta medida del olvido.
Basta el silencio, una palabra florecida en la memoria
para que regreses.

 

 

LOS CIEN OJOS

Es la aurora quien nos observa con los cien
ojos de Argos, quien recorre
uno a uno tus cuerpos fatigados y dormidos,
tu brillo constelado entre la cama.
Dentro de ti se despierta un cauce
de olvido y de memoria
del que yo bebería cada amanecer
si no durmieras.

 

 

ENCUENTROS

Ahora, qué triste tu cuerpo tras la ropa,
rodeado de gente,
fluyendo en el silencio de los cuerpos más lejanos.

 

 

CONVERSACIÓN A SOLAS

Hablo de tu cuerpo y el mío
renaciendo de este hielo que enfurece
al saber que todo se concluye
aunque el dolor nunca termine
de calmarse en la memoria.

 

 

 

 

ALEJANDRA VANESSA

PRODUKT OF HUNGARY

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxy mi gorría

hombres pequeños del mundo y mujeres altas,
no dañéis a las poetas porque ellas vendrán
a examinar vuestras necedades
con unicum y sus zapatos blancos nuevos.

 

 

MUJERES

sushi
paté pasta a la carbonara
fideos gordos con marisco estofado
para la cena
aperitivo merienda
después del desayuno
y más más cenas
‒con pata a la cuchiflé‒
de todos los gustos:
agria amarga dulce extra dulce
picante extra de extra picante
cumplida la caducidad
de todos los nombres:
alejandra elena ana
judit teresa
di modesto
y
mujeres el título mujeres

 

 

HOMBRES

mierda
mierda en los quicios
en las aceras en los árboles
en el parque
dos manzanas más abajo
en la puerta del colegio
en mis tacones
no los he vuelto a usar
de todos los colores
marrón marrón claro marrón
oscuro intermedio rojiza
parda amarillenta
ocre
de todos los nombres
paco juan javier
modesto óscar pedro
luis
y así mientras aguante tu razón

 

 

ENSAYOS PARA LEER UN POEMA

xxxxx> ¡te quiero!

xxxxx> te quiero…

xxxxx(el amante dispone su brazo izquierdo a modo de hamlet)
xxxxx> te-qui-e-rooo…

xxxxx> ¿te quiero?

xxxxx> ¡¡TE QUIERO!!

xxxxx> te quiero

Da igual cómo te lo digan.

 

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