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Archive for 31 marzo 2021

CARENCIAS

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NUNCA .se .vuelve .de una guerra. El desarraigo es to-
tal. La misma razón .que .los .convirtió en súbditos les
negará .el .instinto .de .vuelta. El ave que es capaz de
deshacer cuatro mil kilómetros .y encontrar su nido en
el granero remoto, bajo .la .teja quebrada y minúscula,
no tiene otro pasado que el insecto que lleva ahora en
el pico. No carga la culpa sobre un ala .ni sobre la otra
el perdón. No, no esperéis que la .guerra .os devuelva
al hijo, al esposo, a la mujer que combate. La esperan-
za es siempre un camino de cenizas.

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CUANDO el agua resbaló de la coronilla .a .la .nuca .la
iglesia le concedió a su llanto .la .gravedad .de la litur-
gia. ¡No .llores, hijo .de .Dios, la paz irá contigo! Perte-
neces ya al reino de los cielos en la tierra. Todos estos
que ves y muchos .más .son .tus .hermanos. El río Jor-
dán cabe en esta concha con .la .que .hoy .te .bautiza-
mos. Limpio estás .del .pecado .que .no .conoces. Lim-
pio de los .malos .pensamientos que no tienes… La ce-
remonia .hoy .concluye: diecinueve .años .después, la
sangre sigue el mismo camino .del .agua bendita pero
no hay brazos que te sostengan mientras caes en la fo-
sa que te han obligado a abrir.

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ACEPTA la .hospitalidad .de .la .des-esperanza. No re-
nuncies a ella .por .lo .que .de .ella te hayan dicho. Es
una oportunidad única. Todo lo vivo que te rodea: vive
sin esperanza. ¿Espera la oruga el .tiempo .pacífico de
la crisálida?, ¿la .nueva .mariposa .su .aniquilación .en
apenas veinticuatro horas? ¿Deposita la lluvia .toda su
fe, su único sentido, en la .semilla? [Cada acto de vida
es un hecho; cada esperanza una pedrada a la niebla.]
¿Qué esperas .para tirar los dados, o barajar las cartas
y ponerlas .sobre .la .mesa? No hemos aprendido nada
de Auschwitz.

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EL no-sentido de .esta .guerra .encuentra .su glosa final
en las cunetas. La madre que carga .con .el .cadáver de
su hijo sale del camino. El brazo fuerte —pero vencido—
de un soldado .le .ayuda .a .cavar .en .una .tierra .dura.
Cuando .la .mujer con la punta del pie .tapa .y .apelma-
za reiteradamente la fosa .recuerda .el .balanceo .de .la
cuna. Cuna y cunetas.

[…] Pero el soldado .recuerda .en .ese .momento .el .pe-
dal .de .la .máquina .de .coser de su madre. Una Singer.
Y .piensa .en .que .no .hay .costura .posible. Que es tan
grande el desgarro que .la .tierra .siempre .se va a doler
por el mismo sitio.

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LA voz del poeta es la .mueca .torcida del frutero cuan-
do le sorprende .la .acidez .de .la .pulpa. La mirada del
poeta está en el desaire de las pieles opacas y rugosas,
no en .las .amables .transparencias, en los destellos fa-
bulosos. Su oído es obstinado .porque desoye con gran
atención el canto de .la .Sibila tanto como se desoye a
sí mismo, descreído al fin. El poeta, en .su .mejor .ver-
sión, utiliza .la .palabra como un órgano para ver, oír y
poder .vender .luego —con algo de entereza y aparien-
cia de honestidad— la fruta más amarga.

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Martínez Serra, Esteban. Carencias. Madrid; Bartleby editores, 2015.

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RÉQUIEM

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xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxNo, no bajo un extranjero firmamento,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxni bajo el amparo de extranjeras alas,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxestuve entonces con mi pueblo,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxdonde mi pueblo, por desgracia, estaba.

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EN LUGAR DE UN PRÓLOGO

xxEn .los .terribles .años .del .terror .de .Yezhov hice cola durante siete
meses .delante .de .las .cárceles .de .Leningrado. Una .vez .alguien .me
«reconoció». Entonces una mujer que estaba .detrás .de .mí, con los la-
bios azulados, que naturalmente nunca había oído mi nombre, despertó
del entumecimiento que era habitual en todas nosotras .y me susurró al
oído (allí hablábamos todas en voz baja):

xx— ¿Y Usted puede describir esto?

xxY yo dije:

xx— Puedo.

xxEntonces algo como una sonrisa resbaló en aquello que una vez
había sido su rostro.

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DEDICATORIA

Las montañas se doblan ante tamaña pena
y el gigantesco río queda inerte.
Pero fuertes cerrojos tiene la condena,
detrás de ellos sólo «mazmorras de la trena»
y una melancolía que es la muerte.

Para quién sopla la brisa ligera,
para quién es el deleite del ocaso—
Nosotras no sabemos, las mismas por doquiera,
sólo oímos el odioso chirriar de llaves carceleras
y del soldad el pesado paso.

Nos levantamos como para la misa de madrugada,
caminábamos por la ciudad incierta,
para encontrar una a la otra, muerta, inanimada,
bajo el sol o la niebla del Neva más cerrada,
mas la esperanza a lo lejos canta cierta…

La sentencia… y las lágrimas brotan de repente,
ya de todo separada,
como arrancan la vida al corazón, dolorosamente,
como si hacia atrás la derribaran brutalmente,
pero marcha… vacila… aislada…

¿Dónde están ahora aquellas compañeras del azar,
de mis años de infierno desnudo?
¿En la borrasca siberiana cuál es su soñar,
qué imaginan en el círculo lunar?
A vosotras os envío mi adiós y mi saludo.

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INTRODUCCIÓN

ESTO FUE CUANDO EL QUE MUERTO ESTABA
sólo sonreía, de su paz alegrado.
E inútil, colgante, columpiaba
junto a sus prisiones Leningrado.

Y cuando de tormento enloquecido
el condenado al regimiento marchaba,
y una corta cantinela de despido
el silbido de los trenes cantaba.

Las estrellas de la muerte constantes,
Rusia inocente de dolores repleta
debajo de aquellas botas sangrantes
y las ruedas de las negras furgonetas.

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1

AL ALBA TE LLEVARON,
como a un entierro tras de ti mi salida,
en la oscura alcoba los niños lloraron,
ante el santo quedaba la vela derretida.

En tus labios el frío de un icono.
Sudor de muerte en la frente no olvido.
Como las mujeres de Streliezki pregono
bajo las torres del Kremlin mi alarido.

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2

EL DON APACIBLE, APACIBLE PASA,
entra la luna amarilla en la casa.

Entra, sesgada su gorrilla,
una sombra ve la luna amarilla.

Esta mujer, su enfermedad,
esta mujer es soledad.

El marido en la tumba, el hijo en prisión,
rezad por mí una oración.

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3

NO, NO SOY YO, ES OTRA LA QUE SUFRE.
Yo no podría. Que ensombren
lo ocurrido negros velos
y retiren los faroles…
Noche.

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4

SI TE HUBIERAN DICHO, BROMEADORA,
la preferida de todos los amigos,
de Zarskoie-Selo alegre pecadora,
lo que sucedería en la vida contigo.
Cómo la trescienta, con tus presentes,
ante «Las Cruces» en fila esperas
y cómo con tus lágrimas ardientes
del año nuevo el hielo derritieras.
Cómo de la prisión el álamo se mece
y no se oye nada —pero cuánta
vida inocente allí fenece…

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5

DIECISIETE MESES GRITO,
a la casa te reclamo,
al verdugo ayer suplico,
por ti mi hijo y mi espanto.
Todo se enreda sin nombre
ya no sé diferenciar
quién es la bestia o el hombre,
si la ejecución he de esperar.
Sólo flores polvorientas,
incensario, tintineo, huellas
a cualquier y a ninguna parte.
A los ojos me mira lanzada
y de pronto un desastre me amenaza
una estrella gigante.

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6

LAS SEMANAS EN UN VUELO ACABAN,
de lo ocurrido no sé dar razón.
Cómo, hijo mío, en la prisión
las noches blancas te miraban
cómo ellas vuelven a verte
con ojo ardiente de azor,
de tu alta cruz en redor
hablan —y sobre la muerte.

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7

CAYÓ LA PALABRA PETRIFICADA
en mi pecho vivo todavía.
No importa, de hecho estaba preparada,
fuera como fuere, lo superaría.

No es hoy para mí día de calma:
necesito acabar con la memoria,
necesito petrificar el alma,
necesito recomenzar la historia,—

si no… el caliente susurro del verano,
tal fiesta viene a mi ventana abierta.
Lo había presentido ha ya lontano—
un día radiante y la casa desierta.

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8

A LA MUERTE

¿Por qué no pues ahora —tú que seguro llegas?
Te espero —muchas son mis desgracias.
Ya apagué la luz y abrí la puerta,
a ti, cosa simple y extraña.

Toma para ello no importa qué aspecto.—
Irrumpe tal proyectil envenenado,
o furtiva y con pesa, tal bandido experto
o con vapores de tifus impregnados.

O con un cuento por ti misma inventado
y al que ya hasta la náusea conocemos,—
para que yo vea de la gorra azul el plato
y la palidez de miedo del casero.

A mí ya nada me importa. El Yenisei va removido.
Reluce la estrella polar
y el azul brillo de los ojos queridos
el último tormento cubrirá.

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9

YA EL ALETEO DEL DELIRIO
a medias cubre el alma,
y a beber da ardiente vino
y a oscuro valle llama.

Y comprendí a lo que yo
debo otorgar la victoria,
escuchando a mi interior
como si extraño fuera ahora.

Y en absoluto me permite
que algo mío conmigo lleve
(por mucho que le suplique
y por mucho que le ruegue):

Ni los ojos del hijo espantados
—pétreo sufrimiento—
ni el día aquel atormentado,
ni en la prisión la hora del encuentro,

ni el frescor de la querida mano,
ni la sombra estremecida de los tilos,
ni el ligero sonido lejano—
palabras de consuelos últimos.

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10

CRUCIFIXIÓN

xxxxx1

El coro de ángeles alabó la gran hora,
y los cielos se abrieron en fuego y resplandores.
«¡Por qué me has abandonado!», al padre implora,
y a la Madre— «Ay, por mí no llores».

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xxxxx
2

Magdalena se conmovía y lloraba,
el discípulo amado de piedra era,
y allí, donde en silencio estaba
la madre, nadie mirar osó siquiera.

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EPÍLOGO

xxxxx1

Vi cómo los rostros se ajan fácilmente,
cómo bajo los párpados el miedo brilla,
cómo —escritura acuñada— duramente
el sufrimiento se inscribe en las mejillas,

cómo rizos negros y rubiocenizos
de pronto de plata tienen su color,
la sonrisa se marchita en los labios sumisos
y en la risita seca se estremece el pavor.

Para mí misma sólo no reza mi voz,
sino por las que allí vieron mis ojos,
en el tórrido julio y en el frío feroz,
juntas conmigo bajo el ciego muro rojo.

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xxxxx
2

De nuevo se acerca del recuerdo la hora.
A vosotras os veo, os oigo, os siento ahora:

a ti, que llegar a la ventana apenas pudiste
a ti, que no pisaste la tierra en que naciste,

a ti, que, sacudiendo la hermosa cabellera,
dijiste: «Vengo aquí como si a casa fuera».

A todas por sus nombres quisiera evocar,
la lista me arrancaron y ahora dónde buscar.

He aquí una gran manta para ellas tejida
de pobres palabras de ellas oídas.

De ellas me acuerdo siempre y por doquier,
ni en las nuevas desgracias las olvidaré,

y si me amordazan la boca de tormento atrita,
por la que un pueblo de cien millones grita,

que sea posible que ellas en su pensar me eleven
en la víspera del día que a la tierra me lleven.

Y si en este país en un cierto momento
tienen la idea de hacerme un monumento,

acepto que este homenaje me advoquen,
pero sólo a condición que lo coloquen

no junto al mar donde vine a nacer:
los últimos lazos con el mar desgarré,

ni en el parque junto al tronco venerable,
donde me busca la sombra inconsolable,

sino aquí ante las puertas donde estuvieron
mis pies trescientas horas y no me abrieron.

Porque temo en la muerte de dicha consueta,
olvidar el tronar de las negras furgonetas,

olvidar la odiosa puerta de golpe cerrada,
y el grito de la anciana como bestia lanceada.

Y ojalá en los pétreos párpados sin vida
como lágrimas corra la nieve fundida,

y la paloma de la cárcel arrulle en tierra nueva,
y en silencio naveguen las naves por el Neva.

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Ajmátova, Ana. Réquiem y otros poemas (Trad. José Luis Reina Palazón). Sevilla; Ediciones Alfar, 1993

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EL VIAJE DE LOS MITIMAES

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III. EL VIAJE DE LOS MITIMAES

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxCuando la católica fe, desterrada de Inglaterra
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxy del septentrión, se va de un polo a otro
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxa residir con los antípodas.

Dispuesto el objetivo a capturar un gesto alegre,
la música se pierde en lo profundo del mar.
Hace calor y no es necesariamente el respeto
a la vida animal lo que ha guiado mi patrón
xxxxxalimenticio.
¿Cómo se supone que he de hablar de aquello
que no se descubrió?

Seres y objetos están en movimiento, mezclándose
xxxxxy cambiando,
apareciendo y despareciendo, plegándose,
despegando. Las frases se funden, viajan
xxxxxy se pierden unas en otras.
El amor es un intercambio de lenguas.
¿Quién busca quedarse inmóvil
si puede alcanzar los límites, tocar el horizonte,
su barco ebrio, explorar las líneas de la costa?

1987, verano, hemisferio norte:
Estás en el jardín de tu
familia-inglesa-de-clase-obrera,
es un día soleado y te sientes
xxxxxdeportiva.

La cabellera al viento
y los ojos clavados en el vacío.
El atuendo escogido es una combinación
xxxxxde celeste y rosado,
pero las extremidades son fuertes,
hechas para saltar vallas
y dejar huellas.

Una nube te transporta
a un punto sin retorno:
Piensas en el futuro.

LAS FIESTAS EN BATH
LAS NOCHES EN PARÍS
LA LLUVIA EN AMSTERDAM

Allí donde al fin no importe tu belleza,
la feroz necesidad de amar.

Qué poco tengo para contar, Pies
xxxxxviajeros,
o que alguien quiera oír
hoy en día

Ese aroma
xxxxximposible de nombrar:
espero pronto te abandone
y amanezcas varada como un trapo sucio.

¿Mis pasos hallaré en la arena
xxxxxo sobre una piedra?

Desde 1967
Manny no regresa al Perú.
Sus historias recurrentes
empiezan con una chica de Chaclacayo
que conoció en Nueva York.

«Le gustaba tirar
xxxxxa la Carmencita,
era más puta
que una gallina,
xxxxxxxxxxxxxxxpaisano».

En mis manos pone las llaves de
xxxxxun mundo
que nos han pedido vivir
nuevamente.

Los libros de texto
dibujan barbas en la Bahía de Cochinos,
Woodstock en las estrofas de alguna canción
xxxxxpsicotrópica,
Mayo del 68, sus gendarmes
y adoquines—

Los males endémicos del Tercer Mundo.

«Cuando pasa algo,
en Lima dicen: ‘Ya está, ya
xxxxxse ha jodido’.
Dime tú
si no es así. ¿Has visto
a algún peruano
reconocer: ‘Fui yo, he sido yo,
xxxxxhermanito’».

Muchas encomiendas quedarían inútiles
y mucha tierra despoblada y todo beneficio
xxxxxperecería sin ningún remedio.

Lo mejor que puede hacer un padre
xxxxxal nacer su hijo
es morir.

«Soy cosmopolita,
ciudadano del mundo.
xxxxxImagínate
qué es estar en lugares
en los que toda la ropa es para gente
xxxxxde tu talla,
xxxxxxxxxxxxxxxdonde terminas
por hacer tuya la lengua,
además…»

Esta temporada
xxxxx—Mediterráneo ayúdame—
la lista en los periódicos
es interminable: Pinochet
xxxxxFujimori, Chávez.
Cooperación Internacional
inaugura una escuela técnica
en las minas de Bolivia.

«Hablamos tanto de pérdida
xxxxxy lo curioso del caso
es que ignoramos nombrar
todo lo que no se escribe
xxxxxcon esas letras,
¿para qué mentir?
La realidad
siempre fue así».

Siento que la vida me falta, que quise hacer más
xxxxxde lo que la razón
o las buenas formas han permitido.

Ostensible y memorable pieza de alquiler
frente a la confianza de las nuevas generaciones:
Cursos de verano en el Palacio de la Magdalena
(Otorgado por voluntad popular a Alfonso XIII
xxxxxen 1911).

El mar tiene un azul postal y sobre él
los rayos de sol se cortan en miles
xxxxxde cristales
—¿una herida infinita?—

Ayer escuché a un nativo en mal inglés:
«It’ easy to win in the Third World»,
pero yo busco amor, el mismo
del chico de la cabellera larga y cuidada
que abraza, dulcemente, los hombros
xxxxxdorados de quien deja
xxxxxxxxxxxxxsin pensar
xxxxxla niñez.

Contra los peñascos, las olas chocan
y su constante caricia
xxxxxalgún día será un paisaje
de alegría y destrucción.

Posiblemente éste sea el origen, pero
xxxxxhoy eres forastero,
hijo de ningún lugar.

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Rodríguez-Gaona, Martín. Codex de los poderes y los encantos. Zaragoza; Ed. Olifante, 2011.

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DOS POEMAS DE ‘EL RETRATO DEL URANIO’

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28

Un silencio menor, de humilde hierba
creciendo en tierra de gigantes…
¿quién haría entonces daño a quién?
¡Ojalá no pisaran esa hierba!
El guardián piensa
en un arco tensado y en un ciervo
que pasa distraído por la hierba y el olvido.
¡Ojalá no pisaran lo soñado!
Pero el ciervo
no elige dónde pisa
ni el guardián la madera de su arco
ni la presa la sangre del charco que se ensancha
en esa hierba y lo refleja.
La muerte se disputa con la prisa
qué salva de su víctima
o qué deja.

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35

No os engañen los ojos
ni los años como algo sin sentido
ni la rosa de uranio
que ha nacido en la arena del desierto
de nuestros desengaños.
Oídla como suena, liberad su amor
de todo lo que le han echado encima
y era falso. (Su cansado corazón
esconde solo claridad).
Oídla como el agua,
como un poco de todo lo que amáis
y os sabe a poco;
y es tan extraña
y es tan transparente.
Imaginad
un pájaro que oyera nacer su propio canto
convirtiéndose en puente de una orilla a la otra
y lo cruzara
y no volviera.

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Nieto de la Torre, Raúl. El retrato del uranio. Madrid; Cuadernos de la Errantía, 2020.

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ESCÁPATE CONMIGO

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EPÍSTOLA MORAL A CLAUDIA

Ama, Claudia, ama como si la vida se te fuese
(y la vida se te irá mientras no ames).
Ama con los dientes fuertes
y con los labios húmedos y limpios;
ama sabiendo que acaso lo que amas es viento,
y es humo, y es nada al alcanzarlo.
Pero ámalo, no obstante,
pues el viento es necesario para izar las velas;
y el humo nunca surge si algo no arde;
y es el amor ardor, entrega o muerte.

Ama los cuerpos por lo que ellos son, por su belleza.
Y ama las almas por lo que supones que hay en ellas,
y por la compañía y el afecto que te aportan.
Y no olvides, nunca olvides que el cuerpo
es lo único que tienes para enfrentarte al mundo,
y también para conocer con los sentidos.

Ama e intenta ser feliz.
Y esto te digo.

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CIRCE II

Engáñame otra vez,
arrópame entre tu pecho.
Dime que nunca, nunca
podré salir de Eea.
Dime otra vez que te narre
aquellas fingidas historias
de ciudades tomadas con caballos de madera,
de gigantes informes con un ojo en la frente.
Haz que me olvide de esa lejana tela
que se teje y se desteje en mi ausencia.

Arrópame entre tu pecho, Circe.
Dime que todo es engaño, vulgar fantasía.
Dime que una vez deje de ser un cerdo
para vivir a tu lado.

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PENÉLOPE ASTUTA

Ven, dijo,
acércate ahora
mientras es de día,
mientras es verano,
mientras eres joven.
Ítaca no es solo un sueño
y cualquier viaje
te hará más sabio,
sí,
pero te alejará de mis brazos.

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LA DESDICHA

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxJosé, su esposo, siendo justo, no quiso
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxdenunciarla y resolvió repudiarla en secreto.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxSan Mateo, 1, 18.

Laura en 1373 leyendo completo
el Canzionnere que Francesco le escribió.
Bach al descubrir que sus dos matrimonios
daban fruto y que la música corría rauda y ágil
por las venas de cuatro de sus hijos.

Milon de Crotona, de nuevo vencedor sobre el rival,
recibiendo homenaje por su pericia en la lucha.

El sueño premonitorio de Aníbal
una noche a finales de 219 a.C.
viéndose vencedor en Tesino, Trebia, Trasimeno
y sobre todo en Cannas.

Guillem Carbonell al terminar el salón del Tinell
en Barcelona a mediados del siglo XIV
y darse por satisfecho por su obra concluida,
sonriendo toda la mañana ante el trabajo hecho.

Me gustaría sentirme tan pleno,
tan jodidamente satisfecho,
aunque solo fuese algunas veces,
pero soy como María al conseguir
el amor eterno de todos los hombres
y el desprecio en vida de su marido,
a quien ella más quería.

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AMOR

He cruzado el desierto
y la fría taiga
por llegar a tu lado
con estas breves palabras:

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SUENA EL TELÉFONO

Y el tiempo se para.
El café, o la cerveza,
la amena conversación,
el tranquilo paseo vespertino.

Suena el teléfono
y lo lejano invade el instante,
lo anega
hasta que desaparece.

Suena el teléfono
y ya no estoy,
me he ido lejos,
donde otras voces
con otras urgencias
con otras historias
me reclaman.

Lejos, muy lejos,
aquí al lado,
donde ya no estás tú.

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NOCHE SOBRE EL DARRO

El viento mece suavemente el agua
que acaba por golpear los puntales
que sujetan los pilares del puente.

Te apoyas en mi hombro
y susurras un secreto que nos hace reír
y hace retumbar la luz en los aljibes.

No sé si cada momento contigo es una brisa
o la semilla de una flor que no ha nacido;
pero esta noche las aguas oscuras del Darro
que reflejan en sus ondas
y golpean suavemente las piedras aquí abajo
recuerdan vagamente la palabras felicidad.

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TOMA mi mano,
toma mi cintura,
el universo no puede ser
más elemental
ni más preciso.

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ESCÁPATE CONMIGO

Te dejo mi número de móvil
y un correo electrónico de contacto.
Llámame y escápate conmigo.

Te prometo tormentas y naufragios,
largas conversaciones y vino portugués.
Si quieres, incluso, hablaremos de poesía.

Llámame esta noche y sálvame la vida.

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Gallardo, José Manuel. Infinitos monos. Santander; Ed. El Desvelo, 2016.

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ANA AJMÁTOVA TRADUCIDA POR JOSÉ LUIS REINA PALAZÓN

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MAIAKOVSKI EN EL AÑO 1913

No te conocí yo a ti en tu gloria,
sólo recuerdo tu alba tempestuosa,
pero hoy es posible que traiga a la memoria
el día de años lejanos, justa es la cosa.

Cómo eran tus versos de timbres vigorosos,
en nuevas voces enjambrados…
Tus jóvenes brazos no fueron perezosos,
levantaron imponentes entramados.
Todo lo que tocabas nunca más
como era hasta entonces parecía,
lo que destruiste —destruido está—
en cada palabras un veredicto latía.
A menudo descontento, solitario,
con impaciencia al destino dabas prisa,
sabrías que pronto saldrías alegre, voluntario
para nuestra gran liza.
Y ya el resonante fragor de pleamar
se oía, cuando tú nos recitabas,
bizqueaba la lluvia con airado mirar,
en disputa impetuosa con la ciudad entrabas.
Y el nombre hasta entonces nunca oído,
rayo voló en la sala que la asfixia abate,
para ahora, en todo el país retenido,
resonar como una señal de combate.

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SÓTANO DEL RECUERDO

Es pura tontería que vivo entristecida
y que estoy por el recuerdo torturada.
No soy yo asidua invitada en su guarida
y allí me siento siempre trastornada.
Cuando con el farol al sótano desciendo,
me parece que de nuevo un sordo hundimiento
retumba en la estrecha escalera empinada.
Humea el farol. Regresar no consigo
y sé que voy allí donde está el enemigo.
Y pediré benevolencia… pero allí ahora
todo está oscuro y callado. ¡Mi fiesta se acabó!
Hace treinta años se acompañaba a la señora,
hace treinta que el pícaro de viejo murió…
He llegado tarde. ¡Qué mala fortuna!
Ya no puedo lucirme en parte alguna,
pero rozo de las paredes las pinturas
y me caliento en la chimenea. ¡Qué maravilla!
a través del moho, la ceniza y la negrura
dos esmeraldas grises brillan
y el gato maúlla. ¡Vamos a casa, criatura!

¿Pero dónde es mi casa y dónde mi cordura?

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QUÉ HACER CON TODAS LAS ODAS INVASORAS
y el dulce encanto de las elegías…
Para mí, en el poema todo es a deshora,
y no como en la gente es cada día.

Si supiérais de qué sucio montón
crecen los poemas, desvergonzados,
como el amarillo diente de león,
el lampazo y el bledo en los vallados.

Un grito de ira, fresco olor de alquitrán,
misteriosos mohos en las paredes.
Y suena el verso tierno y charrán,
para mi alegría… y la de ustedes.

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EL POETA

¡Piensas que es esto trabajo,
esta vida despreocupada!:
escucharle a la música algo
y decirlo tuyo como si nada.

Y el ajeno scherzo juguetón
meterlo en versos mañosos,
jurar que el pobre corazón
gime en campos luminosos.

Y escucharle al bosque alguna cosa
y a los pinos taciturnos ver
mientras la cortina brumosa
de niebla se alza por doquier.

Tomo lejos o a mi vera
—sin sentir culpa a mi turno—
un poco de la vida artera
y el resto al silencio nocturno.

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LA MUSA

Cómo puedo vivir con este peso,
y todavía llaman musa a eso,
Dicen: Tú con ella por el praderío…»
Dicen: un balbuceo divino acude…»
Más fuerte que las fiebres me sacude
y de nuevo un año sin decir ni pío.

.

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LA SOMBRA

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx¿Qué conoce esta mujer
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxde la hora de la muerte?
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxOssip Mandelstam

Siempre la mejor vestida, la más rosada y alta,
¿por qué emerges del fondo de los años hundidos
y el recuerdo rapaz lo columpia y me asalta
tras el cristal del coche con tu perfil bruñido?

¡Cómo se disputó una vez -si eras ángel o ave!
Una vez el poeta te llamó «tallo de los veranos».
A través de tus negras pestañas, sobre todo suave,
se esparció la luz tierna de tus ojos darjalianos.

¡Oh sombra! Perdóname, pero el tiempo que esclarece,
Flaubert, el insomnio y las lilas tardías,
a ti —hermosa de los años trece—

y tus días sin nubes, indiferentes días,
me han hecho recordar… Pero esta especie
de recuerdos, oh sombra, no va a la cara mía.

.

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EN MEMORIA DE M. A. BULGAKOV

En vez de rosas funerarias traje esto para ti,
en vez del mecido incienso.
Tú viviste severo y llegaste hasta el fin
con admirable desprecio.

Bebiste vino, bromeaste tal ninguno
y en las sofocante paredes te asfixiabas,
dejabas entrar al huésped inoportuno
y con él cara a cara te quedabas.

Y no existes y todo se calla,
sobre tu vida afligida, ideal,
sólo tal una flauta mi voz se haya
sobre tu silencioso funeral.

Quién se atreve a creer que yo alocada,
yo plañidera de los días perdidos,
yo tizón en llama demorada,
de todo extraviada, toda olvido,

tengo que recordar aquél de fuerza lleno
y claros proyectos, quien voluntad tenía,
el que ayer conmigo hablaba sereno
disimulando el sufrir de agonía.

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VALENTÍA

Sabemos lo que ahora en la balanza está
y lo que ocurre ahora.
Nos llegó la hora de la verdad
y la valentía no nos abandona.
No es terrible caer por las balas mortales,
perder la sangre no es amargura,
te conservaremos lenguaje
ruso, a ti, gran lengua rusa.
¡Libre y pura te llevaremos
y daremos a los nietos y del cautiverio te salvaremos
para siempre!

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TRES POESÍAS

Es hora de olvidar los gritos de camellos
y en la calle Yukovski la blanca casa.
Es hora, es hora de ir a los abedules aquellos,
a las setas, al otoño que Moscú inmenso pasa.
Todo brilla allí ahora, todo es rocío en redor
y hacia lo alto se encarama el cielo
y recuerda el camino a Rogatschov
del joven Blok el silbo de pilluelo…


xxxxxxxxxx**


Y en la negra memoria encuentras rebuscando
aquellos hasta el codo larguísimos guantes
y la noche de Petersburgo. Y en lo oscuro palcos
de olores melífluos y asfixiantes.
Y el viento del golfo. Y entre líneas lector,
dejando a un lado ayes y gemidos,
te sonreirá despreciativo Blok,
trágico tenor de la época que ha sido.


xxxxxxxxxx***


Él tiene razón, farola y botica de nuevo,
Neva, silencio, granito…
del principio de siglo monumento,
allí está este hombre erguido—
Cuando a la casa de Puschkin
con la mano saludó en la despedida
y aceptó la languidez de su fin
como una calma inmerecida.

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EN LA REALIDAD

Y se fue el tiempo y el espacio se fue,
y de la noche blanca vi todo a través:
los narcisos en cristal en tu mesa,
y el humo azul del cigarrillo,
y aquel espejo, donde como en agua tersa,
ahora te reflejarías en su brillo.
Y se fue el tiempo y el espacio se fue…
Y que tú ya me ayudes tampoco puede ser.

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RECUERDO DE NICOLÁS PUNIN

Y aquel corazón tampoco responderá
a mi voz, a su alegría o aflición despierta.
Todo terminó… Y mi canción resonará
donde ya nada queda de ti, en la noche desierta.

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1. ELEGÍA PRIMAVERAL

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxtoi qui m’as consolé.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxGerard de Nerval

La tormenta entre los pinos se calmó,
pero aunque sin vino bebida
así como Ofelia nos cantó
toda la noche la quietud venida.
Y aquél que imaginara receloso,
fue con aquella quietud desposado,
se despidió, mas quedose generoso,
hasta la muerte conmigo se ha quedado.

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2. PRIMER PREAVISO

¿Qué tenemos nosotros que ver
con que todo quede a polvo reducido,
sobre cuántos precipicios canté
y en cuántos espejos he vivido?

Aunque yo no sea ni sueño ni alegría
y aún menos gracia bienaventurada,
tal vez a ti más de lo que debería
la memoria te estará encomendada:

El rumor de los versos sedantes
y el ojo en su fondo celoso
de la herrumbrosa corona punzante
en el propio silencio angustioso.

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3. EN EL ULTRAESPEJO

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxO quam beata, diva, tenes Cyprum et
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxMemphin carentes Sithonia nive
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxHoracio

Una muchacha muy joven, mas
no de nuestro siglo, bella;
a dos no podremos ser —ella,
la tercera, no nos dejará jamás.

Tú el sillón cómodo le tiendes,
generosa con ella divido las flores.
De lo que hacemos no somos sabedores,
pero en cada momento el miedo nos prende.

Sabemos algo horrible uno del otro,
como quien ha salido del penal.
Estamos en un círculo infernal
y tal vez no seamos ni nosotros.

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4. TRECE VERSOS

Y al fin fue tu palabra pronunciada
no como aquél… con su genuflexión,—
sino como el que se escapó de la prisión
y ve de abedules la sagrada morada
tras el arcoiris de lágrimas calladas.

Y el silencio cantó de ti vecino,
y un sol claro iluminó lo umbriento
y el mundo se mudó por un momento,
y extraño cambió el gusto del vino.

Yo, de la divina palabra prescrita
a ser incluso asesina inminente,
quedé en silencio casi piamente
para prolongar la vida bendita.

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5. INVOCACIÓN

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxAriosto dolente
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxBeethoven, op. 110.

En una de las sonatas
te esconderé con cuidado.
Suplicarás angustiado
en la culpa que así acatas
por a mí acercado haberte,
aunque un instante haya sido…
Tu sueño es sentirte ido
al silencio, don de muerte.

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6. VISITA NOCTURNA

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxTodos salieron y ninguno volvió.

En un asfalto por las hojas ya jalde
xxno habrás de esperarme.
Yo contigo en el adagio de Vivaldi
xxvolveré a encontrarme.

Otra vez serán las candelas amarillo-parco
xxde sueños embrujadas,
mas no preguntará cómo entraste al arco
xxde noche en mi morada.

Pasarán en un mudo gemido de muerte
xxestas mediashoras,
leerás en la palma de mi mano la suerte,
xxcosas encantadoras.

Y entonces tu angustia, que fatal
xxdestino se ha tornado,
te alejará sin duda de mi umbral
xxa un oleaje helado.

.

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7. Y LA ÚLTIMA

Sobre nosotros estaba, estrella sobre el mar,
que busca con el rayo el noveno oleaje mortal.
Tú la llamabas a menudo desventura y penar,
pero alegría no, nunca la llamaste tal.

De día entre nosotros golondrina giraba,
con una sonrisa en los labios dispersa,
pero de noche una gélida mano sofocaba
a ambos a la vez. En ciudades diversas.

Sin ser alabanzas ningunas escuchadas,
olvidados de repente todos los pecados,
inclinándose sobre las insomnes almohadas,
murmura versos execrados.

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Ajmátova, Ana. Réquiem y otros poemas (Trad. José Luis Reina Palazón). Sevilla; Ediciones Alfar, 1993

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EL MAL POETA QUE VA RECITANDO SUS VERSOS A TODOS

 

EL MAL POETA QUE VA RECITANDO SUS VERSOS A TODOS

xxxComo al que la asquerosa sarna le agobia, o la ictericia, o el delirio, o la irascible Diana, así rehúyen y temen tocar a un poeta loco los que están en su juicio. Le hostigan los niños y los imprudentes le siguen.
xxxEste, mientras vagabundea y eructa sublimes versos, si, como un cazador de pájaros atento a los mirlos, se cae en un pozo o en un hoyo, aunque «¡socorredme!» grite largo tiempo «¡io, ciudadanos!», no habrá quien se preocupe de sacarlo. Si alguien se molesta en ayudarlo y lanzarle una cuerda «¿cómo sabes?», le diré, «si se arrojó a propósito y no quiere ser salvado?»; y le contaré la muerte de aquel poeta de Sicilia, Empédocles, que, deseoso de ser tenido por un dios inmortal, se precipitó a sangre fría en el ardiente Etna. Que sea lícito y tengan derecho los poetas a matarse. El que salva a uno contra su voluntad hace lo mismo que el que le mata. Y aquello no lo intentó sólo una vez. Y si es salvado a la fuerza, no querrá ya volver a ser un hombre ni perderá su deseo de una muerte gloriosa.
xxxY no queda suficientemente claro por qué tiene que hacer versos: si es que se orinó en las cenizas de su padre, o si, impuro, profanó un lugar sagrado herido por el rayo. Ciertamente está loco furioso; e igual que un oso —si fue capaz de romper los barrotes puestos en su jaula—, pone en fuga, recitador insoportable, al culto y al inculto. Pero al que ha podido atrapar, le retiene y le mata leyéndole. Sanguijuela que, a no ser ahíta de sangre, no está dispuesta a soltar la piel.

 

 

 

Horacio. Odas-Epodos-Arte poética (Trad. Alfonso Cuatrecasas). Barcelona; Ed. Bruguera, 1984.

 

CIRCE I

 

CIRCE I

Me confundiste con otro
o me viste como nadie antes lo hizo.
Quizá malinterpretaste mi ajada tristeza
con la torpe necesidad de un cuerpo.

Me diste tu regazo
y te conté largas hazañas
jamás realizadas
que ensimismaron tus encantos.

Lloré mi infidelidad en tu pecho
y me vi largas horas reflejado
en tus pupilas.
Y fui feliz en el engaño.

Te confundiste, Circe,
yo también era un cerdo.

 

 

 

Gallardo, José Manuel. Infinitos monos. Santander; Ed. El Desvelo, 2016.

 

ANA AJMÁTOVA

 

EL REY DE OJOS GRISES

¡Gloria a ti, inconsolable dolor!
Ayer el rey de ojos grises murió.

La tarde de otoño sofocante y escarlata,
vuelto a casa, mi marido dijo con calma:

«Sabes, desde la montería se lo llevaron:
junto a un viejo roble su cuerpo encontraron.

¡Qué pena de la reina. Tan joven como él era…!
En una sola noche fue gris su cabellera».

De la chimenea su pipa cogió
y a su trabajo nocturno salió.

A mi hijita ahora despertaré,
en sus ojitos grises miraré.

Los álamos susurran detrás de la ventana:
«Ya de tu rey en la tierra no hay nada…»

 

 

 

 

BAJO VELOS OSCUROS SE CRISPARON MIS MANOS…
Dime, ¿por qué tienes hoy el rostro pálido?
—Porque de mi acerba tristeza a quien amo
le he dado de beber hasta embriagarlo.

¿Cómo olvidarlo? Salió, vacilando,
de tormentos la boca descompuesta…
yo bajé, la baranda ignorando,
corrí tras él hasta la puerta.

Jadeante, grité: «Es una broma todo
lo que ha pasado. Si te vas, me muero».
Sonriendo tranquilo, y espantoso,
me dijo: «no te quedes ahí al viento».

 

 

 

 

CANCIÓN DEL ÚLTIMO ENCUENTRO

Ligeros aún mis pasos, el pecho
se me heló, me quedé como lerda.
Me puse tal si fuera el derecho
el guante de la mano izquierda.

Muchos escalones creí en el umbral,
bien lo sabía— ¡sólo tres eran!
Entre los arces un murmullo otoñal
exclamó: «muere conmigo compañera».

Yo fui engañado por mi malvado
destino en caprichoso castigo.
Yo respondí: Amado, amado,
y yo también. Muero contigo…

Del último encuentro es la canción.
Hacia la casa oscura miré enfrente.
Sólo ardían velas en la habitación
de una luz amarillo-indiferente.

 

 

 

 

EN EL RELOJ VIVO
como el cuco,
A los pajaritos
de la floresta
no envidio.
Me dan cuerda
—como el cuco pío.

Sabes, amigo,
suerte tal
es de desear
sólo al enemigo.

 

 

 

 

TODOS AQUÍ SOMOS RAMERAS, BEBEDORES,
estar aquí cómo entristece.
En los muros pájaros y flores
por las nubes languidecen.

Fumas una negra pipa larga,
que extraño su humo suelta.
Me puse una estrecha falda,
para parecer más esbelta.

Las ventanas cegadas para siempre.
¿Qué hay fuera helada o tormenta?
A los ojos de un gato prudente
el mirar de tus ojos aparenta.

¡En mi corazón la tristeza es tanta!
¿La hora de la muerte espero acaso?
Pero a esa que ahora danza
al infierno llevarán sus pasos.

 

 

 

 

¿ESTOS DÍAS DE NOVIEMBRE ME LOS DISPENSAS?
En los canales al Nelva las luces rielan.
De un trágico otoño pobre decorado.

 

 

 

 

TU CASA BLANCA Y TU JARDÍN TRANQUILO DEJARÉ.
Para que sea la vida deshabitada y clara.
A ti, a ti en mis poemas glorificaré,
como ninguna mujer nunca cantara.
Y tú te acordarás de tu amiga cara
en tu paraíso para sus ojos creado,
pero yo trafico con mercancía rara—
yo vendo tu ternura y el amor que me has dado.

 

 

 

 

EN LUGAR DE LA SABIDURÍA-LA EXPERIENCIA, FRUGAL,
brebaje sin sabor.
Pero la juventud fue —como una oración dominical…
¿podré olvidarla yo?

Cuántas veces por caminos desiertos he andado
con quien no me era querido,
cuántas veces en la iglesia me he postrado
por quien mi amor ha sido…

De todo lo olvidable me he vuelto olvidadiza,
suaves los años se van.
Los labios no besados, los ojos sin sonrisas,
ésos a mí no volverán.

 

 

 

 

DEL JARDÍN MARINO ENNEGRECE EL SENDERO,
amarillas y frescas las farolas.
Bien tranquila estoy. Pero no quiero
que se me hable de él a solas.
Tú eres gentil y fiel, amigos seremos,
iremos a pasear, besarnos, marchitar…
y ligeras lunas sobre nosotros veremos
como cristales de nieve volar.

 

 

 

 

HAY EN LA INTIMIDAD HUMANA UNA LÍNEA DE VEDA,
que no traspasan ni amoríos ni pasiones—
bien que en miedo silente boca en boca se queda
y el corazón se rompe de cariño en porciones.

La amistad aquí es impotente y los años
de felicidad sublime y amorosa,
cuando el alma en vuelo extraño
se cierne ante la languidez voluptuosa.

Quien la anhela es demente y el que
la alcanza sucumbe a la tristeza.
Ahora comprendes sin duda por qué
bajo tu mano mi corazón no aceza.

 

 

 

 

LA VOZ HUMANA —SIENTO—
a nadie aquí sonará tal,
de edad de piedra un viento
golpea en negro portal.
Y siento que sólo mía era
bajo este cielo esta suerte:
ser salva; deseé la primera
beber el vino de la muerte.

 

 

 

 

HUBO UNA VOZ EN MÍ. LLAMÓ CONSOLADORA
y dijo: «ven aquí, vente,
deja tu tierra apartada y pecadora,
deja Rusia para siempre.
La sangre de la mano yo te limpiaré,
del corazón arrancaré la negra vergüenza,
con nuevo nombre yo te cubriré
el dolor de la derrota y de la ofensa.»

Pero tranquila, indiferente,
con las manos tapé mis oídos,
para que esta lengua indecente
no ensuciara el espíritu afligido.

 

 

 

 

¿EN QUÉ ES ESTE SIGLO PEOR QUE LOS PRECEDENTES?
Acaso en que de pena y angustia embriagado,
de la más negra plaga sufriente,
no ha sabido haberla superado?

Todavía en el oeste el sol de esta tierra luce
y los tejados de las ciudades con sus rayos rielan,
pero aquí la blanca las casas señala con cruces
y llama a los cuervos y aquí los cuervos vuelan.

 

 

 

 

¿A TI SOMETIDA?¿TÚ ESTÁS LOCO O QUÉ TE PASA?
Sometida yo sólo a la voluntad del Señor.
Yo no quiero estremecimiento ni dolor.
El marido es un verdugo y una prisión la casa.

¡Pero ya ves! Vine por mí misma, es verdad…
Nació diciembre, en el campo ahuyaron los vientos,
y había tan bella luz en tu sometimiento,
pero tras la ventana velaba la oscuridad.

Así el pájaro contra el vidrio transparente
todo su cuerpo lanza en la tormenta invernal,
y la sangre mancha las blancas alas de repente.

Por el momento me siento tranquila y jovial.
Que te vaya bien, amigo mío, me serás siempre amado,
porque en tu casa a una vagabunda entrar has dejado.

 

 

 

 

DIJO QUE PARA MÍ NO HABÍA COMPETIDORA.
Que para él no era una mujer terrenal,
sino del sol invernal la luz consoladora
y el cantar silvestre de la tierra natal.
Que cuando muera no se pondrá a sufrir,
ni fuera de sí «resucita» a gritar,
sino de repente verá que no puede vivir
sin sol el cuerpo y el alma sin cantar.
…¿Pero ahora qué?

 

 

 

 

LA MUJER DE LOT

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxPero la mujer de Lot miró hacia atrás
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxy se convirtió en una columna de sal.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxGénesis.

Y el justo siguió al enviado de Dios,
enorme y luminoso por el negro monte.
Pero alto a la mujer el ansia habló.
No es tarde, puedes aún mirar al horizonte:

las rojas torres de tu natal Sodoma,
la plaza en que cantaste, el patio donde hilabas,
las ventanas vacías en la casa que asoma,
donde al amado esposo hijos dabas.

Y miró y, paralizada de un dolor mortal,
sus ojos contemplar ya no pudieron;
Y su cuerpo se hizo de transparente sal
y sus ágiles pies en la tierra crecieron.

¿Quién por esta mujer irá a llorar?
¿No es ella la menor de las pérdidas dadas?
Sólo mi corazón no va a olvidar,
a quien la vida entregó por una mirada.

 

 

 

 

(II: MCMXXI)

AH, TÚ TE CREÍSTE QUE YO SOY DEL TALANTE
que si en tu olvido me hayo,
me dejarías suplicando y sollozante
bajo los cascos del caballo bayo.

O que iría a pedir a la curandera
la raíz en aguas hechizantes
y que un terrible regalo te diera:
mi preferido pañuelo fragante.

Maldito seas. Ni con mirada ni gemir
voy a rozar tu alma condenada,
sino que te juro por el Angélico jardín,
ante el milagroso icono inclinada,
por nuestra ardiente embriaguez nocturna:
yo contigo jamás volveré nunca.

 

 

 

 

CÓMO IBA A SABER CUANDO DE BLANCO VESTIDAS
a mi estrecho refugio las musas llegaron,
que en la lira para siempre empetrecida
mis manos vivientes aquéllas posaron.

Cómo iba a saber cuando jugando
la última tormenta por mi alma venía,
que al mejor joven sollozando
los ojos aguileños cerraría.

Cómo iba a saber cuando, del éxito cansada,
del admirable destino tenté la suerte,
que pronto la gente reiría despiadada
en respuesta a mi suplicar ante la muerte.

 

 

 

 

EL ÚLTIMO BRINDIS

Yo brindo por la casa arruinada,
por la vida que sufrí.
por la soledad a dos llevada,
y también por ti,

por la mentira de labios traicioneros,
por tus ojos fríos de muerte,
por el mundo cruel y grosero,
por Dios que no asignó la suerte.

 

 

 

Ajmátova, Ana. Réquiem y otros poemas (Trad. José Luis Reina Palazón). Sevilla; Ediciones Alfar, 1993

 

CLICK

 

CLICK

La velocidad con que cambian tus pupilas
—la velocidad del desprecio—
no es apreciable por la célula fotoeléctrica
—luz que traspasa el diafragma—
de mi cámara fotográfica.

Miro tus fotos
y te desconozco.

 

 

 

Gallardo, José Manuel. Infinitos monos. Santander; Ed. El Desvelo, 2016.

 

ÉPODOS

 

xxxxxIII

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxCurioso épodo, criticado por algunos, debido a la ba-
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxnalidad del tema, pero que, en mi opinión es sumamente
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxdivertido y ocurrente, y que nos hace ver, además, la
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxprofunda amistad que existía entre el poeta y Mecenas.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxEs una «feroz» diatriba contra una salsa de ajo que Me-
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxcenas, para divertirse —sabía que Horacio no soportaba
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxel ajo—, le ofreció en un convite y que causó al poeta un
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxterrible dolor de estómago. Horacio con este épodo
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxacepta la broma y se ríe con Mecenas de ella.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxCompuesta en estrofas asclepiádeas 3. ª

Si alguien, alguna vez, quebró con impía mano
la senil garganta de su padre,
que coma ajo, más dañino que la cicuta.
¡Oh duras tripas de los segadores!
¿Qué cosa venenosa se ensaña en mis entrañas?
¿Acaso, cocida entre estas hierbas,
se encubría sangre de víbora,
o manipuló Canidia estos alimentos?
Cuando Medea se enamoró
del más hermoso de entre todos los Argonautas, de su jefe,
debió frotar con esto a Jasón
cuando iba a colocar a los toros los desconocidos yugos;
e impregnados con esto sus regalos,
se vengó de su rival y huyó en su alada serpiente.
Nunca tanto calor de los astros
se adueñó de la sedienta Apulia,
ni tampoco ardió nunca más abrasador en su espalda
el obsequio al victorioso Hércules.
Pero si alguna vez deseas esto,
por favor, bromista Mecenas:
que tu chica interponga su mano a tus besos
y se acueste en el extremo más distante de la cama.

 

 

 

 

xxxxxVI

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxEsta obra es una diatriba contra algún poeta —o un
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxtipo de poetas— al que Horacio acusa de atacar con sus
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxversos a los que no pueden defenderse. Que le ataque a 
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxél, viene a decir, que tiene sus dientes prestos para devol-
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxver la dentellada.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxCompuesta en dísticos formados por un senario y un
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxcuaternario yámbicos.

¿Por qué, perro cobarde con los lobos,
vejas a los inocentes forasteros?
¿Por qué, si es que puedes,
no cambias la dirección de tus vacías amenazas
y me atacas a mí, presto a devolverte el mordisco?
Pues como un moloso o un rojizo lacón,
robustos perros amigos de los pastores,
cualquiera que sea la fiera que vaya delante mío,
alzadas las orejas, la acosaré por las nieves profundas.
Tú, cuando has llenado el bosque de temibles rugidos,
olfateas la comida que te ha sido arrojada.
Cuidado, cuidado: pues, sumamente peligroso,
levanto mis cuernos dispuestos contra los malvados,
como el yerno despreciado contra el desleal Licambes
o como el cruel enemigo de Búpalo.
¿Acaso, sin tomar venganza, lloraré como un muchacho
si alguien me muerde con venenosos dientes?

 

 

 

 

xxxxxVII

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxLa ocasión de este épodo fue, seguramente, la reanu-
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxdación de las hostilidades, esta vez entre Octavio y Sex-
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxto Pompeyo en el año 38 a. C. Horacio les pide, con fuer-
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxza desesperada, que no provoquen más muertes de
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxciudadanos sin otro fin que destruir Roma con sus pro-
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxpias manos.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxCompuesta en dísticos formados por un senario y un
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxcuaternario yámbicos.

¿Adónde, adónde os precipitáis, canallas?
¿Por qué las diestras empuñan las envainadas espadas?
¿Acaso es todavía poca la sangre latina
derramada en los campos y en Neptuno?
¡Y no para que los Romanos hiciesen arder
las orgullosas fortalezas de la envidiosa Cartago,
o para que el invencido Britano
descendiese, encadenado, por la Via Sacra,
sino para que, conforme a los deseos de los Partos,
esta ciudad perezca por su propia mano!
Ni siquiera entre los lobos o los leones
existe esta práctica,
a no ser entre fieras de distinta especie.
¿Acaso un furor ciego, o una fuerza demasiado violenta,
o un crimen os enloquece?
Responded.
Guardan silencio y una blanca palidez cubre sus rostros,
y sus mentes trastornadas se quedan atónitas.
Así es: funestos hados y el delito de un fratricidio
acosan a los Romanos
desde el momento en que la sangre del inocente Remo
cayó a la tierra, maldita para sus descendientes.

 

 

 

 

xxxxxX

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxEste épodo constituye una violenta diatriba contra un
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxtal Mevio —un mal poeta a juicio también de Virgilio—,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxal que con motivo de un viaje por mar le desea que todos
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxlos elementos se alcen contra él y le hagan naufragar.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxCompuesta en dísticos formados por un senario y un
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxcuaternario yámbicos.

Con mal augurio, después de levar anclas,
parte la nave que lleva al pestilente Mevio.
Acuérdate, Austro, de azotar con terribles olas
sus dos costados.
Que el funesto Euro disperse las jarcias
y los rotos remos en un mar embravecido.
Que el Aquilón se levante con la violencia
con que arranca las encinas sacudidas en las altas montañas.
Que el astro amigo, en una negra noche, no aparezca
allí por donde se pone el airado Orión.
Que no pueda navegar por le mar más plácidamente
que la flota de los vencedores Griegos
cuando Pallas trasladó su ira de la abrasada Ilión
contra la impía nave de Ayax.
¡Cuánta fatiga aguarda a tus marineros;
y a ti, lívida palidez
y poco viriles lamentos y súplicas a un Júpiter hostil,
cuando el mar Jonio, bramando a causa del húmedo Noto,
os haya roto la nave!
Y si, desparramada a lo largo de la sinuosa costa,
como sabrosa presa, alegra a los somorgujos,
inmolaré a las Tempestades
un lascivo macho cabrío y una cordera.

 

 

 

 

xxxxxXI

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxEste épodo es una elegía amorosa —posiblemente
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxuna de las primeras de Horacio— en la que el
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxpoeta descarga en su amigo Petio las confidencias de sus
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxsentimientos amorosos.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxCompuesta en estrofas arquiloquias 3 º. Están for-
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxmados estos dísticos por un senario yámbico y un ele-
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxgiambo que resulta de la unión de un trímero cataléctico
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxdactílico y un cuaternario yámbico.

Oh Petio, ya no me gusta como antes escribir versos,
herido por un profundo amor que, más que ninguno,
me incita a inflamarme
por suaves muchachitos o muchachas.
Desde que dejé de estar loco por Inaquia
éste es ya el tercer Diciembre
que despoja a los bosques de su esplendor.
¡Ay de mí! ¡De cuántas habladurías en la ciudad
—harto estoy de tanta maldad— he sido el centro!;
y me arrepiento también de aquellas reuniones
en las que mi languidez y mi silencio
y los suspiros salidos del fondo de mi alma
descubrieron al amante.
«¿Acaso la sencilla forma de ser del pobre
nada puede contra el interés?»
me quejaba a ti, llorando,
cuando un dios, sin respeto por el que se consume de amor,
debido a un vino demasiado generoso
hacía salir mis secretos de su escondrijo.
«Y si arde libremente la bilis en mis entrañas
de modo que esparza a los vientos estos inútiles consuelos
que en nada alivian mi fatal herida,
puesto a un lado, deje ya el Pudor de luchar
con armas desiguales.»
Cuando, serio, sin ambages, te había hecho estas consideraciones,
obligado por ti a marcharme a mi casa,
con paso incierto me encaminaba
¡ay! hacia las puertas no amigas
y hacia ¡ay! el insensible umbral
en que mi corazón y mis riñones se hicieron pedazos.
Ahora me domina el amor de Licisco, que se ufana
de vencer en dulzura a cualquier muchachita,
y del que ni los desinteresados consejos de mis amigos
pueden liberarme
ni tampoco sus graves afrentas,
sino sólo otro amor; ya sea el de una hermosa joven,
o el de un muchacho bien plantado
desanudando sus largos cabellos.

 

 

 

 

xxxxxXII

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxEste épodo, que mantiene la línea sarcástica y soez
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxdel VIII, podría estar dirigido a la misma mujer.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxCompuesta en versos Alcmanios: dísticos formados
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxpor un hexámetro y una tetrapodia dactílica.

¿Qué quieres tú, mujer dignísima de los negros elefantes?
¿Por qué me envías regalos y notas
a mí, que no soy ni fuerte, ni joven,
ni de nariz atrofiada?
Pues solamente yo olfateo dónde hay un pólipo
o dónde tiene su cubil un apestoso macho cabrío de hirsutas axilas
con más sagacidad que un buen perro
rastrea dónde se oculta un jabalí.
¡Qué sudor y qué mal olor sale por todas partes de sus viejos miembros
cuando, satisfecho el pene,
se afana ella por calmar su ardor implacable!
No se le mantienen ya los húmedos polvos blancos
ni el colorete hecho de excrementos de cocodrilo
y, con su movimiento, está a punto de romper
los muelles de la cama y el techo.
O bien cuando, con insultantes palabras, vitupera mi desgana:
«Con Inaquia desfalleces menos que conmigo.
Con Inaquia puedes tres veces en una noche;
conmigo te pones blando a la primera.
Perezca de mala manera Lesbia, que a mí, que buscaba un toro,
me presentó al impotente de ti,
¡y eso, estando a mi disposición Aminta de Cos,
cuyo miembro, en su indómita entrepierna, permanece erguido
más tenaz que un árbol joven en una colina!
¿Para quién, con premura, se preparaban aquellos tejidos
de lana teñida dos veces con púrpura tiria?
Para ti, claro está:
no fuese a haber entre los de tu edad otro invitado
a quien su mujer amase más que a ti.
¡Oh, no soy feliz:
me rehúyes igual que un cordero teme a los voraces lobos
o las cabras a los leones!»

 

 

 

 

xxxxxXIV

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxEstá dirigido a Mecenas. Horacio se excusa en él del
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxretraso en acabar precisamente el libro de los épodos
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx—que él denominó «yambos»—y que Mecenas le solici-
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxtaba con insistencia. El motivo que da son sus cuitas
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxamorosas, que le impiden concentrarse en su trabajo. El
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxpoema nos permite adivinar la familiaridad que ya exis-
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxtía entre el poeta y Mecenas.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxCompuesta en dísticos formados por un hexámetro
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxdactílico y un cuaternario yámbico..

Me matas preguntándome tantas veces, sincero Mecenas,
por qué una lánguida pereza ha puesto tanto olvido
en mis más profundos sentidos
como si, con garganta reseca,
hubiese apurado unas copas, causantes del sueño del Leteo.
Un dios, un dios me impide
poner el punto final a los comenzados yambos,
el libro de poemas que hace tiempo te prometí.
No de otra manera dicen que por Batilo de Samos
se consumía Anacreonte de Teios,
quien, con su lira resonante, a menudo lloró su amor
en versos no demasiado cuidados.
Tú mismo sufres de amor, infeliz.
Y si no era más bella la llama que hizo arder a la sitiada Ilión,
alégrate de tu suerte;
a mí me martiriza la liberta Firne, que no se contenta con un solo hombre.

 

 

 

Horacio. Odas-Epodos-Arte poética (Trad. Alfonso Cuatrecasas). Barcelona; Ed. Bruguera, 1984.

 

MINERVA Y NADIE

 

SE LLAMABAN MINERVA

Se nombraban confusas,
como diosas romanas
—se llamaban Minerva
o cualquier otra cosa—.

Jugaban a ser brujas
las tardes de verano,
escondiendo sus risas
con todo el maquillaje.
Se decían princesas
de cuentos infantiles,
pero besaban sapos
en oscuros portales.
Pensaban en mañana
tan solo los domingos
cuando hacían deberes
para entregar en clase.
Se jugaban la boca
e incluso hasta las bragas
si una noche de agosto
las llamaban «mi vida».

Tú y yo solo las vimos
pasearse de lejos,
sentadas en los bancos,
las primeras de clase,
o bailando con otros
o bebiendo cubatas
de nombres imposibles
y sabores dulzones.

Hoy las vemos de madres
acudiendo a las juntas,
limpiándoles los mocos
a sus hijos pequeños.
Sabemos que aun se tienen
por princesas o brujas
que sueñan cada noche
con playas de verano,
no con tipos oscuros
como fuimos nosotros
que siempre estaban solos
y no bailaban nunca.

Se llamaban Minerva
o cualquier otra cosa.
Recorrieron los años
a punta de frescura
dejándose la voz
en cualquier discoteca.
Hoy aun las deseo
como en aquellos años.
Son mujeres lejanas
que estaban aquí al lado.

 

 

 

 

NADIE

Habría sido todas las personas:
aquellos a los que hubiese amado
u odiado tercamente.
Habría ocupado todos los relojes:
futuros imposibles, presentes estancados,
pasados que conformasen todo lo que hubiese sido.
Habría habitado todos los espacios:
ajenas habitaciones
u hogares plagados de recuerdos.
Pero soy mortal.

Habría contado todas las historias.
Pero tengo miedo.

 

 

 

Gallardo, José Manuel. Infinitos monos. Santander; Ed. El Desvelo, 2016.

 

ÉPODOS – VIII

 

xxxxxVIII

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxDurísima sátira dirigida contra una vieja prostituta
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxen la que Horacio utiliza un vocabulario que pasa de
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxcrudo para llegar a soez.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxCompuesto en dísticos formados por un senario y un
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxcuaternario yámbicos.

¿Te preguntas, hedionda, cargada de años,
qué es lo que inhibe mi virilidad,
cuando tienes negros los dientes
y tu vieja decrepitud surca tu frente de arrugas,
y tu asqueroso ano abre su boca entre dos secas nalgas?
¡Claro!; me excitan tu pecho y tus apergaminadas tetas,
parecidas a ubres de yegua,
y tu vientre flácido y tus flacos muslos
pegados a unas hinchadas piernas!
Sé feliz; que triunfales estatuas
encabecen tu cortejo fúnebre
y que no haya mujer casada que se pueda pasear
rebosante de perlas más hermosas.
¿Qué más da que entre tus almohadas
acostumbren a dormir libritos estoicos?
¿Acaso mis nervios, que no saben leer, estarán menos fríos,
o mi miembro menos lánguido?
Para hacerlo salir arrogante de la entrepierna
tendrás que trabajar con la boca.

 

 

 

Horacio. Odas-Epodos-Arte poética (Trad. Alfonso Cuatrecasas). Barcelona; Ed. Bruguera, 1984.

 

EN EL CAMINO

 

SOY tan feliz que no he sacado fotos.

 

 

 

 

LA tarde ha oscurecido repentinamente
hasta llamarse ahora noche,
e incluso ocaso —para algún poeta cretino—.
Los minutos que hemos perdido,
asesinando el tiempo,
contemplando la caída del sol
tras los edificios del fondo del Paseo,
los hemos ganado, en realidad.

 

 

 

 

COMO brillan las estrellas a lo lejos
titilando en el vacío
a millones de años luz
—espacio y tiempo infinito
para nuestra concepción humana—.

Como brillan las estrellas a lo lejos:
para nada
—estrella extinta cuya luz sigue viajando
y brilla un instante (eternidad)
en el cielo de la noche—.

Como brillan las estrellas a lo lejos
esta tarde de jueves,
paseando por las calles para nadie.

 

 

 

 

ERINIAS

Vienen a buscarme.

Recorren los peores sueños
y las horas desiertas de la vigilia.

Están cuando apago la tele
o cuando el ordenador se cuelga;
tras el teléfono que comunica
o en el buzón vacío de mi casa.
Vienen a atormentarme
en las líneas más lentas de las novelas
o en el estúpido mechero que no enciende.
Repiten y repiten insistentes tu nombre
y me acorralan con preguntas
que no sé contestarme.

No se las lleva el alcohol
ni los buenos amigos.

Están en mi carne al levantarme
insistiendo, machaconas,
con su letanía de reproches,
de preguntas sin respuestas,
de listas aburridas de fracasos.

No se las lleva el verano
ni las dejan atrás la autopistas.

Alecto y Meguera me odian
por encima de todo y me atormentan
repitiendo constantemente tu nombre.
Esta noche están de vuelta
y las viejas fotos que intentaba recoger,
guardar en una caja al fondo del armario,
las enfurecen sobremanera.

Vienen a buscarme olvidando fechas
y saltando números del calendario,
viajando desde una playa lejana
hasta esta oscura habitación vacía.

No se las lleva el olvido ni los buenos sueños.

 

 

 

 

¿DE qué me tienes miedo?
Dime, ¿por qué temes este rostro
y esta cara limpia?
¿Qué amanecer de espanto
te enseñaron para no mirarme?
Mi familia no fundó un imperio,
apenas roturó la tierra,
sembró algunas semillas,
quizá pescó en un río
—riberas del Arlanza—;
mi familia no cruzó océanos
y no fue —lo sé, lo sé—
no fue partícipe de la violación
y la masacre, de la explotación
y la triste y oscura venganza.

Mi familia sufrió ásperos amaneceres
—solo tres generaciones me separan del hambre—,
sufrió la tiranía y el esfuerzo,
padeció —lo sé, lo sé—
inviernos y veranos
quizá solo por la esencia de la sangre,
de los hijos.
Y hemos llegado aquí,
aquí la he traído,
en mi sangre y mis palabras.

Mi familia no fundó un imperio,
y desconozco las maldades
que quizá cometió en la alta noche
—lo sé, lo sé—, pero aquí ha llegado,
a mirar a la cara,
a contar con estas pobres palabras
su verdad recorriendo este torrente,
esta carne débil y gallarda.

¿De qué me tienes miedo?
¿Qué temes que te robe
que no haya sido mío?

 

 

 

 

NO TEMAS

No temas,
nunca temas la soledad,
pues tras de su presencia viene siempre la calma
y la espera de una nueva recogida
de los frutos que dejó intacta la amargura.
No temas jamás el desconsuelo de las despedidas,
ni la noche solitaria de la somnolencia a oscuras.
No temas nunca nada, nunca nada.

No abandones el recuerdo del lecho donde yaciste,
ni pretendas olvidar los labios que ya no te hablan.
No anheles tampoco desposeer a tu memoria
del suave vientre donde te recostaste.
Todo está acabado siempre aun antes de recomenzar.
No temas jamás, nunca,
el recuerdo de donde una vez fuiste dichoso.

No pretendas tampoco intercalar
en el nuevo rostro que está a punto de llegar
esos rostros que ya no posee más que tu memoria.
No intentes adaptar las nuevas caricias
que tanto ambicionas y esperas
a las caricias aprendidas que conserva tu recuerdo.
Llega virgen, nuevo,
al lugar en donde otra vez serás dichoso;
olvida los fracasos que te han traído hasta aquí,
conservando únicamente la certeza
de que otra vez será la catástrofe el final de tu destino.

Cada nuevo mar no es más que la continuación imprecisable
de las mismas aguas turbias.
No temas nada, nunca;
pues estás condenado a volver
al lugar donde una vez fuiste feliz
para sufrir de nuevo.
Y el recuerdo de otras veces sólo pesará en ti
cuando retorne el fracaso
y todo vuelva a recomenzar.

 

 

 

Gallardo, José Manuel. Infinitos monos. Santander; Ed. El Desvelo, 2016.

 

HORACIO – ODAS – LIBRO IV

 

xxxxxI

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxHoracio, próximo a los cincuenta años, abre con ésta
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxsu cuarto y último libro de odas. Suplica en ella a Venus
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxque le conserve su sosiego y que vaya a casa de su joven
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxamigo Fabio Máximo, quien la recibirá feliz y la honrará
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxcon todo entusiasmo. Pero al final de la oda, después de
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxrepetir su alejamiento de los placeres, termina con una
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxtierna consideración hacia el bello Ligurino, lo que cons-
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxtituye un nexo con los libros anteriores, dándonos a en-
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxtender que seguirá escribiendo poemas líricos.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxCompuesta en estrofas asclepiádeas 3. ª

¿De nuevo, Venus, suscitas guerras
hace tiempo interrumpidas?
No lo hagas; te lo ruego, te lo ruego.
Ya no soy el que era bajo el dominio de la buena Cinara.
Deja ya, madre cruel de las dulces Pasiones,
endurecido y próximo ya al décimo lustro, de seducirme
con tus suaves mandatos.
Vete a donde te llaman las cariñosas súplicas de los jóvenes.
Ve a divertirte más adecuadamente a casa de Paulo Máximo,
alada con tus cisnes purpúreos,
si buscas abrasar un pecho idóneo;
pues, noble y bello y no falto de palabras
en favor de los ansiosos acusados,
y joven además de múltiples talentos,
Podrá llevar muy lejos las enseñas de tus huestes;
y cuando, más poderoso, se haya reído
de los obsequios de un generoso competidor
te pondrá, en mármol, junto al lago Albano,
bajo un techo de limonero.
Allí, tu olfato aspirará abundante incienso
y serás deleitada con los mezclados sones
de la lira y de la flauta Berecintia y también del caramillo.
Allí, dos veces al día, los jóvenes con las tiernas doncellas,
alabando tu poder, batirán tres veces el suelo
a la manera de los Salios con sus blancos pies.
A mí, ni mujer ni joven
ni esperanza fiable de entrega mutua me complacen ya,
ni el competir con el vino.
Pero, ¡ay! ¿por qué, Ligurino,
por qué una rara lágrima surca mis mejillas?
¿Por qué mi fácil expresión cae en un silencio poco digno
a mitad de palabra?
En mis nocturnos sueños, unas veces te atrapo;
otras, veloz, te persigo
a través del césped del Campo de Marte,
a través, oh cruel, de arremolinadas aguas.

 

 

 

 

xxxxxX

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxOda discutida en cuanto a su interpretación. Posible-
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxmente haya que considerar a Ligurino como un persona-
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxje simbólico en el que el poeta encarna los sentimientos
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxque él creía ya perdidos, por ser propios de la juventud,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxademás de trazar poéticamente, una ves más, el paso del
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxtiempo.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxCompuesta en versos asclepiádeos 2. º. (Todos ellos
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxson asclepiádeos mayores.)

Oh tú, hasta ahora, cruel y distinguido por los dones de Venus:
cuando te llegue el primer bozo, inesperado a tu soberbia,
y hayan caído cortados los cabellos que hoy rodean tus hombros
y el color que es ahora superior al de la flor de un rojo rosal,
transformado, se haya convertido para Ligurino en un rostro arrugado,
dirás cuantas veces ¡ay! te veas otro ante el espejo:
«¿por qué no tuve de niño la misma forma de pensar que tengo hoy?,
o ¿por qué mis mejillas, no vuelven ¡ay!, a ser perfectas con estos sentimientos?»

 

 

 

 

xxxxxXIII

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxPunzante oda contra una mujer, Licia, a la que Ho-
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxracio amó en otro tiempo y ahora vitupera porque ya
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxmayor, intenta llevar la vida de una joven cortesana.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxCompuesta en estrofas asclepiádeas 5. ª

Los dioses escucharon mis votos, Licia;
los dioses los escucharon, Licia.
Envejeces; mas intentas parecer hermosa,
y juegas y bebes sin pudor
y, ebria, provocas al indolente Cupido con trémulo canto.
Él reposa en las hermosas mejillas de la lozana Quía,
hábil en tañer la cítara;
pues, inasequible, desdeña las estériles encinas
y te rehúye
porque tus dientes negruzco, tus arrugas
y la nieve de tu cabeza te afean.
Ni las púrpuras de Cos ni las piedras preciosas
podrán devolverte ya los días que el tiempo, veloz,
encerró, ocultos, en tus conocidos anales.
¡Ay! ¿Adónde huyó Venus?
¿Adónde tu color?
¿Adónde tus graciosos movimientos?
¿Qué conservas de aquella, de aquella hermosura
que inspiraba amor,
que a mí me cautivó;
tú, que fuiste feliz después de Cínara
y famosa también por tus amables encantos?
Pero a Cínara le concedieron pocos años los hados
que guardarían mucho tiempo a Licia,
semejante en la edad a una vieja corneja,
para que los vehementes jóvenes pudiesen contemplar,
no sin grandes risas,
una antorcha reducida a cenizas.

 

 

 

Horacio. Odas-Epodos-Arte poética (Trad. Alfonso Cuatrecasas). Barcelona; Ed. Bruguera, 1984.

 

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