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Archive for 31 enero 2019

CANTARES DE ISE

 

SI tú a mí me quieres,
vamos bajo techo
a una vil choza.
Las mangas del traje
servirán de lecho.

 

 

 

 

¿CONQUE por Musashi
con estribos nuevos?
Pues yo, tan tuya.
Si no escribes, pena.
Y si escribes, celos.

 

 

 

 

¿CELOS si te escribo,
y si no, pena?
Pues yo en Musashi,
con estribos nuevos,
por ti me muriera.

 

 

 

 

¡LAS noches de cita
que yo pasé en vela,
y no viniste!
Ya no espero nada,
y sigo en mi espera.

 

 

 

 

¿POR qué me prohibes
que te vuelva a hablar?
¿No nos trenzamos
tan estrechamente
que ni agua escapaba?

 

 

 

 

CUENTA de rosario
fue lo tuyo y mío:
así de corto.
¡Y qué largo se me hace
tu corazón frío!

 

 

 

 

EL rocío a veces,
cuando se evapora,
deja una gota.
Pues ni el rastro espero
yo de tu persona.

 

 

 

 

AL agua que corre,
y al tiempo que pasa,
y a la flor vana,
¿quién podrá mandarles
detener su marcha?

 

 

 

 

¿POR qué canta el gallo?
Para el que te ama
siempre en secreto,
aún es de noche,
y noche cerrada.

 

 

 

 

AÚN no estoy harto
¡y la luna clara
quiere ya irse!
¡Los montes le huyan
y no halle posada!

 

 

 

 

DEJEMOS de amarla
sin remordimiento:
la luna, esa,
saliendo y entrando,
nos va haciendo viejos.

 

 

 

Monotagari, Ise. Cantares de Ise (Trad. Antonio Cabezas García). Madrid; Ed. Hiperión, 1979.

 

ORO Y VACÍO

 

OTRA VEZ EL VERANO

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxY allí los jóvenes que se adelantan pasan
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxsin ver, y siguen, sin mirarles
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxV. Aleixandre, Los viejos y los jóvenes

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA Antonio Marín Albalate

Pasan los días. No sucede nada
que haga suponer que algo distinto
traerán. El pudor de los muchachos
se ha esfumado con los primeros signos
del verano incipiente y ebrios campan
de incierta como hermosa juventud.

Si te quedas mirándoles adviertes
plenitud de sus ojos y preguntas
inconcretas aún, la efervescencia
del deseo trocada en inquietud
y el agua de la vida en la que
alegremente, ajenos a la tarde
gloriosa que los unge, se zambullen
con indisimulada ostentación.

Pasan los días. Les observas. Miras
con nostalgia y envidia su esplendor
inconsciente y ajeno a todo. Ellos
no te ven, aunque su mirada encuentre
un instante la tuya y te parezcan
sonreír levemente o saludarte.

No pueden verte. Tú no estás allí,
formas parte de un mundo que no existe
para ellos aún, eres tan sólo
un elemento más en el paisaje.

 

 

 

 

ALBADA

Silencio oscuro casi roto por
el ruido peculiar de la desdicha
quitándose la ropa.

Amanece la lluvia y suena lejos
algún rayo de sol que se adivina
por encima del cielo de tormenta.

El deseo también despierta y busca
la manera de abrirse algún camino,
pero sólo las ropas ya cansadas

—apestando a tabaco y noche turbia—
le esperan en la silla. Nada más
encuentra que ponerse en los armarios

y decide marcharse tan desnudo
como vino a la casa, desvalido.

 

 

 

 

RAÚL

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx¿Se deben contar estos actos, estos fuegos, tan
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxrepetidos y únicos? ¿Se pueden contar, realmente?
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxL. A. de Villena, Los días de la noche.

Entramos en el baño —como tantas
otras veces— a hacernos juntos, solos,
una raya, todo aparentemente
como siempre. Pero esa vez me hablabas
con tristeza: te habían despedido
por invitar a demasiadas copas
o quizás —me pareció entender—
por haberle negado tus favores
al encargado de la discoteca.
Te notaba dolido en cualquier caso,
decepcionado y triste. Estuvimos
charlando un largo rato, en voz muy baja,
sin prestar atención a los que fuera
gritaban o llamaban impacientes
a la puerta del baño. Sé que nada
que yo pueda decirte ahora —creo
que acerté a musitar— te va a servir
para borrar la pena, pero sabes
que te aprecio un montón, y sé que vas
a encontrar otra cosa pronto. Tienes
talento y mucha fuerza y —añadí
intentando esbozar una sonrisa
leve, pícara, cómplice— ese cuerpo
tan mono y esa cara… Sonreíste
también tú levemente al oír eso
y me diste un abrazo fuerte, como
no recordaba que me hubieras dado.
Te besé la mejilla, casi junto
a la oreja, quizá envalentonado
por ese abrazo tuyo. —¿Vamos ya?
Venga, meo —dijiste— y nos salimos.
Te abriste el pantalón y te pusiste
a mear, pero… Tío, ahora no puedo
me dijiste, aparentemente más
tranquilo tras haberte desahogado
y a la vez con el gesto contraído
de apretar para que la orina fuera
saliendo. Nada, tío, que no puedo,
repetiste impaciente. Yo no quise
mirar, pero era obvio que te habías
empalmado y querías que la viese
así, que la cogiera y sin decir
nada más ya nos diéramos el beso
que anhelábamos ambos desde meses
atrás. No me atreví. Fui un cobarde,
lo sé: una repentina y a la vez
estúpida prudencia me inhibió
el deseo, trocándolo en nerviosa
inquietud y ansiedad, tal vez en miedo
a un posible rechazo, que ahora sé
que no se habría producido.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxSí,
esta noche nos hemos encontrado
de nuevo allí, en esa discoteca, pero no
cada uno en un lado de la barra,
sino ambos en esa misma pista
de baile desde la que tantas veces
te veía mirarme sonriente
mientras ponías copas. Esta noche
el tuyo era uno más entre decenas
de cuerpos que bailaban y, —aunque nada
más entrar me he encontrado con tus ojos,
con tu hermosa sonrisa y tu abrazo
cariñoso— hoy tenía tu mirada
un brillo diferente. No has hablado
—como otras veces siempre— de tu novia
ni había alrededor rastro de ella:
en cambio, era un chico el que a tu lado
observaba nuestra conversación
entre curioso y molesto, el que ha cogido
tu mano para devolverte al centro
de la pista. Un chico, sí, ahora
tienes novio en lugar de novia, y algo
grita dentro de mí —mientras os miro
bailar juntos, felices, ahí abajo—
que si no hubiera sido aquella noche
tan estúpidamente pusilánime
sería yo el que quizás ahora
te tuviera pegado a mí, mirándome
con la dulzura tierna de tus ojos
que otra vez —furtivos, mientras él
miraba hacia otra parte— me han buscado.

 

 

 

Paniagua, Ángel. Debajo de los días. Murcia; Ed. Raspabook, 2018.

 

LOS REGALOS DE LOS AMIGOS (LXVIII)

 

No sé cómo podré agradecerle a la literatura el haberme puesto a tanta buena gente en el camino y que, además, tengan a bien regalarme ejemplares de sus obras o de los trabajos que llevan a cabo.
Hoy le agradezco públicamente a Javier Sánchez Menéndez que me haya hecho llegar los tres libros que ven en la imagen.
De aquí a nada mostraré cosas de ellos.

 

DESDE EL OCASO

 

DESDE EL OCASO

Dirán que nuestras vidas, al mirarnos
con la distancia fría que los tiempos
ponen entre los vivos y los muertos,
fueron amores tristes, dichos vanos,

veladas compartidas hasta el alba;
que nunca contrajimos compromisos,
que todo lo que hicimos fue baldío,
desérticos furores en las brasas.

Yo dejo humildemente un testimonio
por si alguien de otro siglo se interesa
y al ver nuestros retazos se enternece;

supimos que acechaba ya la muerte,
quisimos ser felices en la espera,
brillamos, pero el sol se puso pronto.

 

 

 

Alas, Leopoldo. Concierto del desorden. Poesía reunida (1981-2008). Madrid; Ed. Visor, 2009.

 

CANCIÓN DE AMOR

 

………………..canción de amor

te he comido el coño como un melocotón,
me he tragado la pepita,
la pelusa,
atrapado entre tus piernas
te he succionado y mordido y lamido y
tragado,
he sentido cómo te estremecías y retorcías como
si te
ametrallaran
y metí bien la lengua
y salieron los flujos
y me los tragué
poseído
y me tragué todas tus entrañas…
te comí todo el coño
te lo mordí
te lo mordí
y me lo tragué todo
y tú también
estabas fuera de ti
y me aparté y te besé
la barriga
el ombligo
luego descendí hasta el interior de tus piernas blanquecinas
y te besé y mordí y
mordisqueé,
otra vez
sin parar
esos maravillosos pelos del coño
tentándome y tentándome
mientras me aguantaba tanto como podía
y luego me abalancé de nuevo
y chupé y lamí,
tenía tus pelos en el alma
tu coño en el alma
a ti en el alma
en una cama milagrosa
mientras los niños gritaban fuera
yendo en patín
y bicicleta a
las 5 de la tarde
a esa maravillosa hora de
las 5 de la tarde
se escribieron todos los poemas de amor:
mi lengua te entró en el coño y el alma
y allí estaba la colcha azul
y los niños en el callejón
y cantaba y cantaba y cantaba y
cantaba.

 

 

 

Bukowski, Charles. Tormenta para los vivos y los muertos (Trad. Abel Debritto). Madrid; Ed. Visor, 2018.

 

DA TODOS TUS TESOROS POR PERDIDOS

 

VUELVE a sonar la general alarma.
Niega lo que te dicen los sentidos.
Da todos tus tesoros por perdidos.
Ve cómo todo cede y se desarma.

Levántate al instante. Coge un arma.
Persigue el pensamiento hasta sus nidos.
Vive tus sueños siempre interrumpidos.
Y olvida luego todo: dharma y karma.

Espero un autobús, y tarda mucho.
Llega por fin, y sin embargo espero.
No digo nada. Sólo escucho, escucho.

Cambio lo falso por lo verdadero.
Sé por lo que me rindo y lo que lucho.
Estoy roto por dentro, pero entero.

 

 

 

 

¿ES lícito que empiece este soneto
tan porque sí, tan sólo por un reto?
¿Es serio, es riguroso y es discreto
sino hay algo escondido, algo secreto?

Algo que tú ni nadie aún ha visto,
que nadie, ni tú mismo, habrá previsto.
Una sorpresa, pues, algo imprevisto,
de lo que el mundo estaba desprovisto.

¿Qué es un soneto entonces? me preguntas.
¿Basta que a las palabras saques puntas
y que en catorce versos pongas juntas?

No basta, no. Si acaso te conformas
con ajustar las cosas a sus hormas
no acertará las normas ni las formas.

 

 

 

 

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxSilogismo

TODOS los hombres son mortales.
Yo soy un hombre.
Luego soy inmortal.

 

 

 

 

EL poema, que sabe
tantas cosas que ignoro,
me está diciendo algo
que no acierto a entender.
¿Qué me estará diciendo
este poema,
mientras sigo escribiendo
atento a lo que dice?

 

 

 

 

ESCUCHAR esta música
y alcanzar a tocarla,
a percibir su aroma,
a gustar su sabor.
Y verla: oírla
es verla.
Ahora que la música
ha cesado,
cuando todo ha cesado,
es también el momento
de escribir.

 

 

 

 

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA Antonio Gamoneda

¿QUÉ es lo que se mantiene
secreto a plena luz,
cuando las mismas sombras
tienen cuerpo?
Ver, propiamente ver,
es siempre demasiado,
y tampoco tendrías
manera de expresarlo.
¿Pero no será éste
el último destino
de todas tus palabras:
hallar en el silencio
su total cumplimiento?

 

 

 

 

SI te sientes feliz,
no es que seas feliz
o no lo seas,
sino que ya no piensas
si eres feliz o no.
Sin nada que te inquiete
contemplas esta luz
suave de la tarde
y te dices: feliz,
feliz o no,
qué alegría vivir,
vivir así,
sin importarte
lo que esto signifique.

 

 

 

 

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxAlcázar de San Juan

IMÁGENES. Aromas.
La música que emana
de las cosas.
La manera que tiene
el tiempo de pasar,
como quedándose.
Y, de nuevo, las calles,
la plazuela
donde siguen estando
todavía
la pelota y el toro
de cartón,
la luminosa sombra
de mi madre.
Percibir su perfume.
Oír su voz.
Mantener la atención
para que no se borren
las imágenes,
los aromas, la música.
Y que el tiempo que se quede
donde está,
aún, unos instantes.

 

 

 

 

PALOMA muerta,
¿es que sigues volando,
o, inmóvil, ahí, al paso
de los que van y vienen,
eres signo de un mundo
que renuncia a volar?

 

 

 

Corredor-Matheos, José. Desolación y vuelo. Poesía reunida (1951-2011). Barcelona; Tusquets editores, 2011.

 

LA PIEL PROFUNDA

 

EL POETA

[Variación sobre un tema de Hesse]

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA Eloy Sánchez Rosillo

xxxxxI

[La ventana]

Los héroes, los que portan las antorchas,
los favoritos, nunca me agradaron.
Son demasiado hermosos, demasiado
vacíos, demasiado patéticos.
Un poeta no es una luminaria
ni porta antorcha alguna; es, a lo sumo,
una ventana cuyo mérito
reside sólo en eso, en ser ventana
que no estorba a la luz.
Lo que le impulsa y guía
no puede ser orgullo
ni esforzada humildad,
sino amor a la luz únicamente.

 

 

xxxxxII

[Florecillas]

Lo que hace el poeta
carece de valor,
pero es más inocente,
deseable e inofensivo que lo que hace
la mayoría de los hombres.
Ha escrito versos,
ha enlazado palabras,
pero no ha disparado,
ni destruido,
ni fabricado armas…
Quien escribe poemas en un mundo
que mañana tal vez se haya extinguido
hace lo mismo que las florecillas
que en este instante crecen en los campos:
formar sus tallos y hojas con esmero,
sus cálices de cuatro o cinco pétalos
lo más bellos y exactos que se pueda.

 

 

 

 

AMIGOS

Transcurrís en mi vida
como sendas fluviales,
como estrellas brilláis
indicándome el rumbo,
sacándome de mí,
de mi tendencia a ir contracorriente;
creándome en vosotros,
creyéndome en vosotros,
siguiendo en vuestros cauces
mi razón de existir,
siendo quien quiero ser
bajo vuestra influencia.
Sacadme de mí, amigos,
que me dejo llevar y es un descanso.

 

 

 

 

PÁJARO SOLITARIO

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA Ginés Aniorte

Siempre hay un pájaro
cantando en una rama
que nadie escucha.

 

 

 

 

DE CAMINO

Todo el cielo en mis ojos.
Todo el mundo en mi oído.
Y la palabra piedra
pronunciando mis pasos.

 

 

 

 

VAL DI COMINO

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA Carlos Vitale y José Antonio Martínez Muñoz

¡Cuánto silencio!
Pero escucha el paisaje…
¡Cómo respira!

 

 

 

 

MOON RIVER

Media luna en el balcón.
¿Dónde estará la otra media?
Me espera en la habitación.

 

 

 

 

RILKEANAS

Tú llenas mi soledad,
aunque nunca te lo diga;
tampoco tú a mí me dices
si son por mí tus vigilias.

Siempre me pareces otra.
Eres aroma absoluto.
A ratos, eres tú sola;
luego, de nuevo, un susurro.

Porque nunca te retuve,
firmemente te mantengo.
A todas perdí en mis brazos.
Tú eres nacimiento eterno.

 

 

 

Mondéjar, Sebastián. La piel profunda; Murcia; Ed. Raspabook, 2017.

 

EL SALTO DEL CIERVO

 

INNOMBRABLE

Ahora alcanzo a ver el amor
de un modo nuevo, ahora que sé que no
estoy bajo su luz. Quiero preguntarle a mi
apenas-ya-marido cómo es no
amar, pero él no quiere hablar de eso,
quiere un final tranquilo.
Y a veces siento como si yo ya
no estuviera aquí, sino en su perspectiva
de treinta años, y no en la perspectiva del amor.
Siento una invisibilidad
como un neutrón en una cámara de Wilson enterrada en un acelerador
de una milla de largo, donde lo que no puede
ser visto se infiere de lo que alcanza lo
visible. Después de que la alarma haya sonado,
lo acaricio, mi mano parece un cantante
que canta a lo largo de él, como si
su carne cantara en todos sus registros,
tenor en las vértebras superiores,
barítono, bajo, contrabajo.
Ahora quiero decirle: ¿qué
sentías al amarme? Cuando me mirabas,
¿qué veías? Cuando me amaba, yo miraba
hacia el mundo como desde dentro
de una profunda morada, como una madriguera o un pozo, yo miraba
a mediodía hacia lo alto y veía Orión
brillando, cuando pensaba que él me amaba, cuando pensaba
que estábamos unidos, no sólo el tiempo de un suspiro,
sino una larga continuidad,
los duros caramelos de fémur y piedra,
las fortalezas. Él no da señales de ira,
yo no doy señales de ira más que en rasgos de humor.
Todo es cortesía y horror. Y después
del primer minuto, cuando digo: «¿Se trata
de ella?», y él dice: «No, se trata
de ti», no la nombramos más.

 

 

 

 

SILENCIO, CON DOS TEXTOS

Cuando vivíamos juntos, el silencio en la casa
era más denso que el silencio
después de que se fuera. Antes, el silencio
era como un gran alboroto de laboriosidad
en la distancia, como el hondo rugido de las minas. Cuando se fue,
estudié el silencio de mi antes-marido como algo casi
sagrado, la llamada de un recién nacido
mudo. Texto: «Aunque su presencia se detecta
por la ausencia de lo que niega, el silencio
posee un poder que presagia miedo
para aquellos que se encuentran en él. No visto, nunca oído,
ininteligible, el silencio des-
concierta porque oculta.» Texto:
«Las aguas me rodeaban, incluida
el alma: la profundidad me envolvió,
las algas estaban enrolladas alrededor de
mi cabeza.» Viví al lado de él, en su quietud y
reticencia, a veces lo provocaba llamando a su
abstraída máscara su Mirada de Caimán,
buscando una forma de aceptarlo tal cual
era, bajo la ley de que él no podía
hablar, y cuando yo grité en contra de esa ley,
se limitó a su absoluto,
salió por su puerta de salida.
Y casi me parecía un héroe,
viviendo, como yo vivía, bajo la ley
que me impedía ver a quien yo había elegido
que sólo podía asociarme con él como con un ser
fijado como si fuera un elemento, casi
ideal, sin envidia o mezquindad. En las últimas
semanas, de día nos movíamos a través del despedazarse
mientras duraba, de la unión,
y en la noche el silencio yacía con la ceguera,
y cantaba, y veía.

 

 

 

 

SABERSE ABANDONADA

Si paso por delante de un espejo, me vuelvo,
no quiero verla a ella,
y ella no quiere que la vean. A veces
no veo exactamente cómo seguir con esto.
Con frecuencia, cuando me siento así,
a los pocos minutos estoy llorando, recordando
su cuerpo, o una parte de él,
a menudo la trasera, una parte suya
en la que pensar ahora mismo, atractiva, sin demasiado
detalle, y su espalda vuelta hacia mí.
Después de las lágrimas, el pecho duele menos,
como si, en nuestro interior, alguna diosa de lo humano
nos hubiese acariciado con un derrame de ternura.
Supongo que es así como la gente sigue adelante, sin
saber cómo. Estoy tan avergonzada
ante mis amigos —saberse abandonada
por quien, supuestamente, mejor me conocía,
cada hora es un lugar para la vergüenza, y yo estoy
nadando, nadando, manteniendo mi cabeza alta,
sonriendo, bromeando, avergonzada, avergonzada,
es como estar desnuda entre gente vestida, o ser
una niña y tener que comportarte
mientras odias las condiciones de tu vida. Ahora en mí
hay un ser que es puro odio, como un ángel
de odio. En la pista de bádminton, ella tuvo
su oportunidad, pura como una flecha,
mientras a través de los ojales de mi blusa los mosquitos
mordían la carne que ahora nadie parece
tener ganas de tocar. En el espejo, el torso
se ve como una mártir de póster con urticaria,
o una jarra de nata manchada con ortigas o patas de gatito,
lleno de la leche de la ternura humana
y de crueldad, y nadie hace cola para beber.
Pero ¡mirad! ¡Estoy empezando a dejarlo de lado!
Creo que no va a volver. Al creerlo,
algo ha muerto dentro de mí,
como la muerte de una vieja bruja en una de dos camas idénticas
mientras una criatura nace en la otra. Ten fe,
viejo corazón. De todos modos, qué es vivir
sino morir.

 

 

 

 

POEMA A LOS PECHOS

Como a otras gemelas idénticas, se las puede
distinguir mejor en la edad adulta.
Una de ellas enseguida frunce su ceño,
su cerebro, su rápida inteligencia. La otra
sueña dentro de una constelación,
las Pecas de Orión. Nacieron cuando yo tenía trece años,
se alzaron, la mitad fuera de mi torso,
ahora tienen cuarenta años, sabias, generosas.
Yo estoy dentro de ellas —debajo en cierto modo—
o las llevo: había vivido tantos años sin ellas.
No puedo decir que yo sea ellas, aunque sus sentimientos son casi
mis sentimientos, como sucede con alguien que una ama. Me parecen
un regalo que debo ofrecer.
Que los muchachos adoraban —casi hambrientos—
su categoría del Ser,
no se me escapaba, y algunos hombres jóvenes
las amaron del modo en que una desearía ser amada.
Todo el año han estado llamando a mi desaparecido esposo,
cantándole, como un par de empapadas
sirenas sobre una roca cubierta de escamas.
No pueden creer que él las haya dejado, este no es su
vocabulario, estando hechas
de promesas —como literalmente lo están.
Ahora a veces, las sujeto un momento,
una con cada mano, viudas gemelas,
cargadas de pena. Fueron un regalo para mí,
y entonces fueron nuestras, como niñas de pecho sedientas
de excitación y abundancia. Y ahora es la misma
estación del año otra vez, la misma semana
que él se mudó. ¿No les susurró,
Esperadme aquí un año? No.
Dijo: Dios esté con vosotras, Dios
con vosotras, A-Dios para el resto
de esta vida y para la larga nada. Y ellas, que no
conocen el lenguaje, lo están esperando,
Jesús qué tontas son, ni siquiera saben
que son mortales —es dulce, supongo,
y refrescante, vivir con ellas, seres sin
el conocimiento de la muerte, criaturas de ignorante sufrimiento.

 

 

 

 

UN DOLOR QUE YO NO

Cuando mi marido me dejó, hubo un dolor que yo no
sentí, el dolor que siente quien pierde a aquel
a quien ama. No me empujaron
contra la rejilla de una vida mortal,
sólo contra la verja, lentamente cerrada,
de la preferencia. A veces los envidiaba
—por lo que yo veía como el sufrimiento honorable
de alguien que ha sido arrojado contra la reja
de hierro. Creo que él llegó, en privado, a
sentir que estaba muriendo, conmigo, y que si
tenía lo que hacía falta para arrancarlo todo con sus
dientes y escapar, entonces podría nacer. Así que él se fue
a otro mundo —este
mundo, donde yo no lo veo ni lo oigo—
y mi tarea es comerme entero el coche
de mi ira, parte a parte, algunas partes
reducidas a polvo de acero. Lo que más me gusta
son los asientos de tela, azul-gris, el primer
coche que compramos juntos, desde hace tiempo
marcado con manchas refregadas —babas,
lágrimas, helado, ninguna herida, sólo
la mensual sangre del alivio, y el dejarse
ir cuando las aguas rompían.

 

 

 

 

LO PEOR DE TODO

A un lado de la autopista, las colinas sin agua.
Al otro, en la distancia, los desechos de la marea,
rías, bahía, garganta
del océano. Aún no había expresado
en palabras lo peor de todo,
pero pensé que podría decirlo, si lo decía
palabra por palabra. Mi amigo conducía,
al nivel del mar, colinas costeras, valles,
laderas, montañas, —la cuesta, para ambos,
de nuestros primeros años. Yo había estado diciendo
que ahora ya casi no me importaba el dolor,
lo que me preocupaba era: digamos que hay
un dios —el del amor— y que le había dado —que quise
darle— mi vida y que
había fracasado, pues, bien, podía perfectamente sufrir por eso,
pero ¿y si yo
había herido al amor? Aullé al decirlo,
y en mis gafas se acumuló el agua salada, entonces casi
dulce para mí, porque había sido nombrado,
lo peor de todo —y una vez nombrado,
supe que no había ningún dios del amor, que sólo
había personas. Y mi amigo se acercó
hacia donde mis puños se agarraban el uno al otro,
y la parte trasera de su mano los acarició, un segundo,
con torpeza, con la cortesía
que ningún eros podía tener, la amabilidad doméstica.

 

 

 

 

SOSTÉN FRANCÉS

En el aparador de una tienda de lujo, abajo, cerca de mi
tobillo, como las alas del talón de Hermes
ajustado con montantes y alerones,
frágil como un biplano de seda, el soutien-
gorge yace, flexible, sin carga,
suelto como una cáscara de piel de serpiente. Me detengo,
aúllo en el francés de séptimo curso. Las copas son
una red de lazos, compleja como cortinas en la
casa de una abeja, en la cocina donde la miel está
en el fogón, en la boca, en las bragas —y hay bragas,
con ojales de aplique, y hay dorados
piñones como pinceladas de tacto a lo largo de las cimas de la
poitrine— y es como si mi cuerpo no hubiese
escuchado, o no se hubiera creído, las noticias,
quiere ir ahí dentro y coger esas volutas,
esos cinturones de Hipólita, de su dedo meñique,
y llevarlos a casa, para mi ex y para mí,
mon ancien mari et moi. Es como si
hubiese estado en un club con él, con secretos
saludos, y miradas secretas, y roces,
y la tela satinada que estaba en el club con nosotros, y
el lazo: eran nuestros acompañantes alados
—y el satén, y el punteado suizo: eran nuestro
idioma, nuestra comida y mobiliario,
nuestro jardín y transporte y filosofía
e iglesia, estado sin estado y muerte
sin muerte, nuestras música y guerra. Todo el mundo
muere. A veces un ser amado muere,
y a veces el amor. Ocurren tantas cosas peores,
parece que esto debería ser un lamento de juguete,
la simulada canción del costurero de una muñeca,
aunque a menudo hay gente que es asesinada, para celebrar
la muerte del amor. Me detengo, por un momento,
mirando hacia abajo, a los vacíos disfraces
del lujo, los fantasmas de lencería de mi estar ahí.

 

 

 

 

POEMA DE AGRADECIMIENTO

Años más tarde, tras largo tiempo soltera,
quiero volverme hacia su ausente espalda,
y decir, ¡Qué regalos tuvo cada uno del otro!
Qué placer —confiados, los ojos abiertos,
desmayándonos con lo que nos estaba permitido hacer
hasta altas horas. Y no podías decir,
no podías, que el tacto que tenías de mí
era otro que el tacto de una
que podías amar de por vida —tanto si nos conveníamos
o no— de por vida, como una sentencia. Y ahora que lo
pienso, el tacto que yo tuve de ti
se volvió no el tacto de larga visión, sino como la
tolerante voluntad de uno
que está de paso. Compañero de arena
a la luz de la luna —y a la luz del mediodía en la playa, una vez,
y de la paja, de la paca de sal en un granero, y del abono
dentro de un jardín, entre las hileras —una vez—
compañero de pie contra la pared en aquel diminuto
cuarto de baño con la cerradura que aleteaba como una cromada
mariposa junto a nosotros, a la altura de la cadera, el espíritu
de nuestra inocencia, que era la ignorancia
de lo que se pediría, lo que se requeriría,
gracias por cada hora. Y yo
acepto tus gracias, como si darlas fuese
un regalo de los tuyos —separémonos
como iguales, como fuimos en todas las camas,puros
iguales de la tierra.

 

 

 

 

BAILE DE LA MUJER ABANDONADA

De repente, recuerdo la barra
de oro que mi joven marido compró
y enterró en algún sitio cerca de nuestra casa de campo. Durante nuestro
divorcio —tan nuestro como cualquier
cena de domingo, o lo que
la seguía, que se llamaba la siesta—
él quiso ir a la casa, una última
vez. Por favor, no con ella,
por favor, y él dijo, De acuerdo, y no sé
por qué, cuando me di cuenta, más tarde,
de que él había ido para desenterrar nuestra barra de oro,
no me importó. Creo que es por cuán
equitativo era todo, entre nosotros, cuán equitativamente
nos repartíamos las tareas, aunque
él fuese el que traía un salario, cuán equitativamente
la recompensa de placer fue distribuida entre nosotros
—espera, ¿qués es una recompensa? ¿Es como el pago de un secuestro?
Él se enamoró de ella porque yo
ya no le convenía—
ni él a mí, aunque yo no pudiese entenderlo, pero él
lo entendió por mí. Equitativo, equitativo,
nuestro campo de juego —inspiramos una generosidad
el uno en el otro. Y él no compartió
sus secretos con sus pacientes, pero yo compartí mis secretos
con vosotros, queridos extraños, y los suyos, también
—a diferencia del gorjeo del orgasmo, yo cantaba
por dos. Desigual, desigual, nuestras escalas
de alegría se fueron torciendo, y cuando él
descendió a la planta baja, y yo
navegué por el aire, se hizo
justicia poética. Así que cuando pienso en él
yendo con su pico y su pala exactamente donde él
sabía que estaba el lingote, abriéndose camino
hacia las profundidades, hasta que el aire
lo tocó y liberó su luz,
creo que estaba haciendo lo que siempre hizo, pero yo me
había adelantado un poco —y él
corregía el equilibrio, haciendo su propia vida.

 

 

 

 

AÑOS MÁS TARDE

A primera vista, ahí en el banco
donde accedió a encontrarnos, no parecía
él —pero entonces el rostro de dura
amistad fue el de mi antiguo marido,
como el rostro de una criatura mirando hacia fuera
desde dentro de su Knox. Ningún defecto, ningún golpe,
la ingeniosa tuerca del audífono
escondido en la oreja que yo siento que
ya no amo, pequeño vendaje en la mejilla
poblada con pequeños líquenes de un país que yo no
conozco. Caminamos. No recordaba
cuán profundamente se mantenía dentro
de sí mismo —mi diversión, durante treinta y dos años,
fue tentarlo para que saliera. De algún modo todavía quiero hacerlo,
como si yo lo viera a él como un ser con una zarpa de bebé
atrapada. Su voz es la misma —grave,
todavía propulsada por la burbuja del nivel
en su garganta. Hablamos de los niños, y es
como si eso no nos lo pudiese quitar nadie.
Pero parece como si él no estuviese aquí
—parece, aunque él está aquí, como si, para mí,
no hubiese nadie ahí— igual que cuando él estaba conmigo
parecía que no hubiese nadie ahí para ninguna otra
mujer. Durante los primeros treinta años. Ahora entiendo
que he estado esperando, cada vez que nos vemos, que él me alabase
por lo bien que me lo tomé, pero no va a ocurrir.
Eres lo feliz que pensabas que serías,
le pregunto. Sí. Y es conmovedora
la satisfacción de su sonrisa. Pensaba que tendrías un aspecto más feliz,
digo yo, pero después de todo, cuando yo
te miro ¡estás conmigo! Sonreímos.
Sus ojos, acogedores por un momento, con el acostumbrado
cambio, como si estuviese convirtiéndose en
la especie que fue durante esos treinta años.
Y volviendo atrás. Ojeo su torso
una vez, sus piernas —es como una figura de palos,
ahora,del mismo modo que, cuando yo estaba con él, los otros
hombres parecían muñequitos Ken, vestimenta sólo. Incluso
el resplandor de su reciente anillo de matrimonio no es
un cuchillo entre mis costillas—este es el Ken Casado. Mientras yo
lo acompaño hacia la calle bromeo, y por un momento
él vuelve vivo hacia mí, una gema marina del
estanque en su ojo. Ese retraimiento
que siempre me conmovía, como si hubiese
una gravedad lateral, en él, hacia algún
punto de fuga. Y no, él no quiere
que nos volvamos a ver, en un año —cuando nos
despedimos, es con una seca inclinación
y un Adiós. Y ahí está el parque en primavera,
húmedo como la piel recientemente perdida, dulce
invernadero, verde cementerio con ningún
muerto en él—excepto, en algún bosque
sombrío, debajo de algunos años de hojas y
piñas podridas, el cuerpo de un gorrión
como una redonda nota caída del cielo—mi viejo
amor por él, como la caja torácica de un pájaro cantor totalmente pelada.

 

 

 

Olds, Sharon. El salto del ciervo. Tarragona, Ediciones Igitur, 2018.

 

P.D. Pueden ponerse de fondo la entrevista que el poeta y periodista José Antonio Martínez Muñoz le hizo a Joan Margarit, artífice junto a Eduard Lezcano Margarit de la traducción del libro del que acabo de subir los poemas. Aquí la pueden escuchar.

 

LOS REGALOS DE LOS AMIGOS (LXVII)

 

Anteanoche, el escritor Miguel Sánchez Robles me regaló una copia de la magnífica edición del concurso de cuentos Villa de Mazarrón – Antonio Segado del Olmo que se llevó en la edición de 2017 con el relato La vida a ciegas, y un ejemplar de ‘MURO de escribir cosas que me dicen que existo’, premio Pastora Marcela – Campo de Criptana en su edición de 2017 también. Desde aquí mi agradecimiento.

En nada les cuento.

 

UN PEZ QUE VA POR EL JARDÍN

 

¿ES sólo un calcetín
eso que brilla
en medio de la calle
o alguna ave herida
que no puede volar?
Sucio, agujereado,
su fulgor me deslumbra
en pleno mediodía.
¿He de pasar de largo
o lo he de guardar
con todos mis tesoros?
¿Quién lo dejó caer,
como al azar,
para que me saliera ahora
al paso,
calcetín que es capaz
de volar como un pájaro,
desplomarse en la tierra
como un pájaro,
y viene a recordarme
que él y yo compartimos
la caída y el vuelo?

 

 

 

 

ESTÁ ladrando un perro,
porque pasa otro perro,
y me pregunto
si he de ladrar también.
Hay pájaros que vuelan
y otros que picotean
en el suelo.
El perro ni los mira.
¿Qué es lo que sabe el perro,
que adivino, de pronto,
y me llena de paz?
Me he levantado ahora,
y bajo, muy bajito,
que nadie pueda oírme,
he empezado a ladrar,
ladrar, agradecido.

 

 

 

 

VAN brotando una a una
del silencio,
palabras que se escriben
sin razón,
igual que sin razón
se ha levantado el viento
y sigues respirando.
El viento se levanta,
y de repente cesa.
Respiras y, de pronto,
dejas de respirar.
Simplemente, tú dejas
de oír esas palabras.
Los versos siempre ignoran,
como tú, como el viento,
cuándo van a cesar.

 

 

 

 

ESCRIBIR todo aquello
que puedas escribir,
sin lastimar a nadie,
más que a ti.
O callar, callar mucho,
no decir lo que sabes,
aunque sea tan poco.
Contemplo el cielo gris
y espero que la noche
me devuelva
toda la claridad
que niega el día.
Vuelvo ahora la vista
a la página en blanco,
donde intento escribir
un solo verso: el último.

 

 

 

 

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA Félix Formosa, que escribió:
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx«Si veus les coses
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxamb gest de comiat
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxt’hi fons molt més».

CÓMO cuesta aprender
a ver las cosas
que comparten tu vida.
Te son tan necesarias
como, a la vez, extrañas,
y tan desconocidas…
¿Les eres necesario
a ellas tú también,
o te olvidan, por miedo
a que tú las olvides?
Te cuesta ver las cosas
que comparten tu vida,
como te cuesta ver
tu propia vida.
Hasta que un día aprendes,
y lo haces de golpe,
como si ya estuvieras
despidiéndote
de todo para siempre.

 

 

 

 

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxAnte el cuadro «Habitación de hotel»
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxde Edward Hopper

¿QUÉ soledad aflige
a la mujer del cuadro?
Tiene aún las maletas
por abrir,
como las tengo yo.
No acaba de volver
de sitio alguno,
y no parece estar
a punto de marcharse.
Como está estamos todos:
ignorantes,
colgados en un tiempo
y un espacio
que no pueden ser nuestros.
No hay soledad que pueda
compartirse,
y esto es lo que la aflige
y nos aflige.
Saber que estamos solos,
y que no estamos solos,
y es más profunda así
la soledad.

 

 

 

 

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxAnte un cuadro de
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxJordi Pallarés.

LA misma luz que enciende
amarillos de un sol
que nunca ha de apagarse
ilumina tus negros,
que revelan
que allí donde no hay nada,
todo brilla.
Tus rojos nos espantan,
porque podemos vernos
abiertos en canal
sobre tus lienzos,
después del sacrificio.
Cuadros como los tuyos
pueden hacer temblar
cuando olvidamos
que pintar es sentir
el duro escalofrío
de la pura belleza.

 

 

 

 

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxThere’s a bluebird
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxin my heart.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxCharles Bukowski

PARECÍA que hablabas
sólo de lo más sucio,
que tu destino era
profanar.
Pero ocultabas tus mejores
cartas.
Tú lo anhelabas todo,
porque todo lo amabas,
sin saber esperar
a ser amado.
Aquel pájaro azul
que tenías oculto
dentro del corazón
no lo habías matado,
aunque tú te mataras
a ti mismo.
Un día no será
ya mundo el mundo,
ni dolor el dolor,
y nos será devuelta
la vida arrebatada.

 

 

 

 

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA Mari Luz y José Luis Oller

MIENTRAS el barco avanza
por el Nilo
con paso de camello
te preguntas
si tiene algún sentido
que los hombres levanten
sus pirámides
para alcanzar el cielo,
pero guardas silencio.
Vas de aquí para allá,
bajo el oscuro empuje
de los dioses,
y querrías poder
interrogar
a las grandes estatuas,
pero sabes que hay cosas
que es mejor ignorar.
Bebes la limonada
que te ofrecen
al entrar en el barco
y vas a la terraza.
En cuanto salga el sol
has de adentrarte solo
en el desierto,
para desenterrar tu cuerpo
de la arena.

 

 

 

 

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxAnte un cuadro
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxde Mark Rothko

MARK Rothko sabe ver
las cosas como son:
un resplandor sin cuerpo,
vivo color al borde
de las sombras.
Coge el pincel y deja
que arda el rojo,
pinte de azul el aire,
crezca el verde y el ocre
se remanse,
que funda el blanco todos
los colores
o que el negro los niegue.
Pintura evanescente,
puro espíritu,
espejo del vacío,
donde me reconozco.
Tener conciencia clara
de que nada en la nada
se sostiene
hace más deslumbrante
esta belleza.

 

 

 

 

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA Biruté Ciplijauskaité

QUÉ paz, esta de ver
cómo cae la nieve,
cómo desaparece
mientras la estás mirando.
Y qué paz, la de ver
cómo desapareces
tú también,
sin dejar de mirarla.

 

 

 

 

EL otoño te da
lo que esperabas.
Te sabes más maduro,
con conciencia
de sentirte perdido
dondequiera que estés,
y el otoño te invita
a que sigas viviendo
un día más.
La lluvia te ha llenado
los pulmones
de algo que es un dolor
en todo semejante
a la alegría.

 

 

 

 

CUANDO el día ya acaba
se anuncia algo que esperas
y no sabes qué es.
Ves brillar en la tarde
alguna luz no usada
y nada te parece
posible o imposible.
La noche va envolviéndote.
Te sientes al fin libre
y caminas con pasos
decididos,
sin que sepas a donde.

 

 

 

 

DEJAS que el cielo
vaya oscureciéndose,
y la noche te anuncia
que todo lo que ves
va a desaparecer.
Sin embargo, qué paz,
qué sensación
de que todo está bien.
¿Quién es el que respira
sin angustia
en el hondo silencio
de la noche?

 

 

 

 

ESTOS rostros
que pasan junto a mí
parecen los de un dios
desconocido
que habite en el dolor.
En sus ojos descubro
lacerantes deseos
de olvidar,
lacerantes deseos de vivir.
Sus rostros son espejo
donde todo se mira,
para desvanecerse.
¿Cómo pasar de largo,
si mi suerte es la suya,
si mi vida y mi muerte
son las suyas?

 

 

 

 

PONERTE a ver el mundo.
Ir contando sus piezas.
Y al final descubrir
que falta una.
No saber dónde está,
pero intuir
que hay una solución,
que has de dar tú.

 

 

 

Corredor-Matheos, José. Desolación y vuelo. Poesía reunida (1951-2011). Barcelona; Tusquets editores, 2011.

 

ESTA NOCHE: MIGUEL SÁNCHEZ ROBLES EN ‘EL SUR’

 

Esta noche, a las 21:00 h, en el bar El Sur (C/Montijo, 7) estará leyendo Miguel Sánchez Robles. No se lo pierdan.
Allí nos vemos si les apetece.

 

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POEMAS DE ÁNGELA FIGUERA AYMERICH

 

BEGOÑA

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA la muerte de una joven madre
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxque dejó tres niños.

Begoña, junco verde, rama erguida
en el dorado azul de tu verano,
tres veces llena de impaciente grano,
tres veces desdoblada y frutecida.

Te madrugó el amor pidiendo vida;
temprano amaneciste, mas fue en vano:
la muerte anduvo más, tendió su mano,
no hubo perdón. Temprana fuiste herida.

Tres juncos, hoy, tres ramas se levantan
sobre la misma tierra en que caíste.
Al ritmo de la sangre que les diste,

tres diminutos corazones cantan
y a la desnuda soledad del hombre
ciñen tu voz y el eco de tu nombre.

 

 

 

 

EXHORTACIÓN IMPERTINENTE
xA MIS HERMANAS POETISAS

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA Carmen Conde

Porque, amigas, os pasa que os halláis en la vida
como en una visita de cumplido. Sentadas
cautamente en el borde de la silla. Modosas.
Dibujando sonrisas desvaídas. Lanzando
suspirillos rimados, como pájaros bobos.

Pero ocurre que el mundo se ha cansado de céfiros
aromados, de suaves rosicleres o lirios,
y de tantos poemas como platos de nata.

Levantaos, hermanas. Desnudaos la túnica.
Dad al viento el cabello. Requemaos la carne
con el fuego y la escarcha de los días violentos
y las noches hostiles aguzada de enigmas.
No os quedéis en el margen. Que las aguas os lleven
sobre finas arenas o afilados guijarros.
Que os penetren las sales. Que las zarzas os hieran.
Y, acerando la quilla, remontad la corriente
hacia el puro misterio donde el río se inicia.

Id al húmedo prado. Comulgad con la tierra
que se curva esponjada de infinitas preñeces,
y dejad que la vida poderosa y salvaje
os embista y derribe como un toro bravío
al caer sobre el anca de una joven novilla.

No queráis ignorar que el amor es un trance
que disloca los huesos y acelera las sienes;
y que un cuerpo viviente con delicia se ajusta
al contorno preciso donde late otro cuerpo.

No queráis ignorar que el placer es el zumo
de las plantas agrestes que se cortan con prisa;
y el pecado una línea que subraya de negro
lo brillante del goce.

No queráis ignorar que es el odio un cuchillo
de agudísimo corte que amenaza las venas;
y la envidia una torva dentadura amarilla
que nos muerde rabiosa cada fruta lograda.

No queráis ignorar que el dolor y la muerte
son dos hienas tenaces que nos pisan la sombra
y que el Dios de las cándidas estampitas azules
es un alto horizonte constelado de espantos
que en la oculta vertiente de los siglos aguarda.

Eva quiso morder en la fruta. Mordedla.
Y cantad el destino de su largo linaje
dolorido y glorioso. Porque, amigas, la vida
es así: todo eso que os aturde y asusta.

 

 

 

 

XAUEN

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx(En un día de lluvia
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx19 de febrero de 1955)

En blanco puro y en añil violento
—recóndita espiral de caracola—
dormida entre naranjos, quieta, sola,
sellada de ritual recogimiento.

Un aplomado cielo, un rudo viento
te mandan lluvia y lluvia de ola en ola
mientras los siglos muérdense la cola
girando en ti con ritmo soñoliento.

Sin casi verte, sin pisarte apenas,
bella me hieres, dulce me enajenas;
aunque me vaya, quedo entre tus muros

—larga chilaba y garbo de palmera—
gustando el dátil de tu primavera,
sorbiendo tu licor de ojos oscuros.

 

 

 

 

POETA PURO

Tras de tu ensueño quieres esconderte
haciéndote agorero de lo oscuro.
Tu labio es joven, tu decir maduro;
pero es la vida un vino rojo y fuerte.

Has de beberlo al fin o has de perderte;
y has de pisar sin miedo barro impuro
o, cuando creas verte más seguro,
te asombrará el tamaño de tu muerte.

Hombre serás si habitas con los hombres.
Ven a llamar las cosas por sus nombres;
no estés en soledad; entra en el coro.

Pon tierra, llanto y sangre en tu poesía;
rima tu canto con la luz del día
y se alzará más bello y más sonoro.

 

 

 

 

xxxxEN EL HOMENAJE A CARLOS ÁLVAREZ
QUE HA PUBLICADO UN LIBRO SIN CENSURA
xxxxxxxxxxxxxxEN DINAMARCA

Hoy, cuando se reúnen tus amigos,
querido Carlos, somos dos ausentes.
Ni estoy ni estás. Y, sin embargo, hablamos;
seguimos con la voz y la palabra;
(pues ya lo dijo Blas —punto redondo—
que la palabra nadie nos la quita).

Por eso, contra el viento y la marea,
salvando la distancia y otras cosas
mi voz se ha de escuchar cuando la tuya
ha dado a luz un hijo en Dinamarca.
Un hijo, un libro: enhorabuena, Carlos,
y un gran abrazo lleno de alegría
porque, al nacer un libro, nace un hombre,
nace un amor, una esperanza, un sueño,
nace una fuerza, una verdad, un mundo.

 

 

 

 

iA MIGUEL HERNÁNDEZ
MUCHOS AÑOS DESPUÉS

Todavía.
Ya ves Miguel, estamos todavía
en esta misma cárcel donde fuiste
ganándote la muerte día a día.
Por ella alzaste el vuelo y te evadiste
de la ruindad del plomo y de las rejas.
En ella te sembraste y te creciste.
Pájaro libre, vuelas y nos dejas
en este sacrosanto estercolero
donde las penas se nos hacen viejas.
Ya ves Miguel: el mismo carcelero;
la misma espuela hiriendo los ijares
del pueblo despojado y prisionero…

Rezamos día y noche tus cantares
para guardar el corazón entero…
¿Sabes tú el fin del odio y de las penas?
¡”Compañero del alma, compañero”!

 

 

 

 

A CARMEN CONDE, “MUJER SIN EDÉN”

Tú, Carmen Conde, sabes qué sepultados ojos
acechan horizontes del misterio celeste.
Tú sabes cómo el plomo pesa sobre la nube
y qué sucia cortina de telarañas cierra
las trémulas gargantas en profético trance.
Tú sabes que, a despecho de los lúcidos raptos,
setenta veces siete puertas sin cerradura
custodian el recinto de la Verdad. Y cantas.

Porque tú, desterrada del Jardín, sacudida
por la lluvia y el cierzo, calcinada por soles
implacables, doblada por antiguos cansancios,
con tus dos pies desnudos sobre piedras hostiles,
con tus manos ligadas por remotos decretos,
tenazmente deslindas tus caminos y buscas
aquel rayo sin sombra que brilló en el principio.

(Oh nostalgia del limpio Paraíso, del Hombre
recién hecho que hallaste respirando a tu lado
cuando flores y bestias se te daban sumisas.
Y tus hijos, tus únicos, tus auténticos hijos,
Caín y Abel doliéndote como dos llagas tórpidas
en la férvida carne.)

Tú, mujer en exilio, sumergida en mareas
seculares y amargas, no renuncias. Inquieres.
Tú, vencida, disuelta, resurrecta, juzgada,
clamas alto con grito de agudísimo vuelo
por tu amor, tu pecado, tu ignorancia y tu sino.

Porque Eva no sabía. La Serpiente sabía.
Dios sabía y callaba consintiendo. La fuerza
del Varón no detuvo ni cortó aquella mano.
Y la culpa fue nuestra. Nuestra culpa. Eso dicen.

 

 

 

Figuera Aymerich, Ángela. Obras completas. Madrid; Ed. Hiperión, 1999.

 

LOS ANIMALES BUSCAN SITIOS DIFÍCILES PARA MORIR

 

xxxxxI

Soy la tercera generación de hombres que vie-
nen de la tierra y de la sangre. De las manos de
mi abuelo atando los cuatro estómagos de un
rumiante. De los pies de mi bisabuelo hundién-
dose en la espalda de una mula para llegar a la
aceituna. De la voz y la cabeza de mi padre re-
pitiendo yo con tu edad yo y tu abuelo yo y los hombres

 

 

xxxxxIII

Quiero seguir el camino que hace un animal al
morir. Tocar el trayecto difícil de la agonía en
sus párpados. Pies en el lomo, voz en uno de los
estómagos. Ellos me hablan como a un hombre.
Ellos esperan de mí lo que esperan de un hom-
bre.

Pero yo sangro. Animal o mujer: hecha de sueño
y lágrimas.

 

 

xxxixixxxUN CUCHILLO CORTA
xixTODO LO QUE YO QUIERO HACER
TODO LO QUE YO PRETENDO ESCRIBIR

¿podré caminar como es debido con el cuerpo
xxrecién hecho?
¿y recién cortado?

x
Ya tengo abiertas las rodillas
no quieren infancia

 

 

MADRE CON QUÉ LIMPIO estas manchas de
xxnacimiento
si tengo un rostro en las manos
bordado

padre no me enseñó a huir
solo a quedarme quieta y a no hacer ruido
—empuñando un rifle
apreciarás silencio y camuflaje—

pero mi defecto siempre es el mismo
mecer al animal entre la carne y el sueño

todo lo que estábamos
dispuestos a destrozar
para qué
dices ahora,

todo
para qué.

 

 

 

Sánchez, María. Cuaderno de campo. Córdoba; Ed. La Bella Varsovia, 2017.

 

ASOMANDO A LOS OJOS

 

POCAS cosas despiertan
mi alegría
como el brincar gozoso
de algún perro
que me ha salido al paso.
Pocas cosas remueven
algo profundo en mí
como el mirar de un perro
fatigado
de haber vivido tanto.
Todo el amor del mundo
que tú ansías
y la desolación que sientes
asoman a los ojos
de un perro que te mira,
interrogándote.

 

 

 

Corredor-Matheos, José. Desolación y vuelo. Poesía reunida (1951-2011). Barcelona; Tusquets editores, 2011.

 

LOS REGALOS DE LOS AMIGOS (LXVI)

 

El viernes pasado, el poeta y músico Sebastián Mondéjar me regaló un ejemplar de su último libro, ‘La piel profunda’, y una copia del último disco en el que ha participado, el ‘Crazy Progression’ de la Egio Jazz Trío, que forman el propio Sebastián Mondéjar junto a Pedro Egio y a Sergio Valcárcel, además de Antonio Peñalver y Ginés Abellán.
Desde aquí mi agradecimiento público a mi frater Sebastián.

 

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