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Archive for 28 febrero 2019

LOS OJOS DE LAUREN BACALL

 

xxxHabía una gata menuda, esbelta, alta de ancas, larga de cuello, oblicua y turbia de mirar, sin duda enferma, blanca con manchas rubias y negras. Se paseaba por las escorias de la orilla, rozándose amorosa contra los cardos de leche.
xxxEl día que decidí cogerla y llevármela a casa, comprendí que la resolución la tenía tomada tiempo atrás, porque alguien decide siempre por nosotros, y dentro de nosotros. Bajé del puente, me acerqué a la gata, que no me huía, la cogí de entre el bosquecillo de cardos de leche donde se guarecía, y la llevé contra mi pecho, hasta mi habitación de realquilado. La gata rozaba mi cabeza contra la viscosilla de mi niky y ronroneaba con placer y hasta euforia. Quizá tenía fiebre.
xxx—¿Un gato nos trae usted?
xxx—No teman. No molesta.
xxxLo primero le puse nombre y comida. Se lo comía todo. Pedazos de pan duro. Monedas rancias de chorizo que había en mi armario de realquilado. Leche condensada que me compraba yo a veces, para sobrealimentarme. La gata era cariñosa, amorosa, quizá lujuriosa. Debía de tener como un año y medio mal contado.
xxxYo estaba, por entonces, leyendo Candy, libro de dos nuevos periodistas norteamericanos, que le habían llamado así a su heroína por homenaje al Cándido de Voltaire, y que pretendían hacer la burla de la literatura pornográfica como Cervantes hizo la burla de las novelas de caballerías con su caballero.
xxxEl libro estaba de moda, pero era malo y, en la traducción latinoché, quedaba nauseabundo cada vez que el traductor aludía a las bragas de Candy como «el pantaloncito blanco». Qué asco. Pero a la gata le puse Candy y la llevé a un veterinario de Getafe que veía los perros perdigueros de los cazadores y furtivos del pueblo.
xxx—Qué femenina, qué pequeñita, qué mariposita.
xxxPero tan pequeñita, tan femenina, tan mariposita, huno que rajarle la tripilla porque tenía cuarenta de fiebre, tres gatos muertos, calcificados, dentro, y cinco tumores que no parecían cancerosos. Luego, cosida, mareada de la anestesia, fajada, arrastrándose como una mosca sin alas, venía hacia mí.
xxxMe la llevé en brazos, andando, hasta casa, un mediodía, mientras a lo lejos, hacia el Este, se veía arder un muerto luminoso en el cielo calcinado del ferragosto. En los puntos de la operación le daba una pomada azul, que ella se lamía. También se arrancaba los puntos, se los mordía, tiraba de ellos con las uñas.
xxxLuego se le formó una bolsa de pus, en la herida, que hubo que eliminarle con antibióticos. Yo me iba con la gata convaleciente en brazos hasta el puente de Toledo, sentía su calor, su temblor de ave, su costillar, fragílisimo contra mi pecho. Me sentaba en el puente, como todas las tardes, y veía a la gata ir y venir, pasearse por el puente.
xxxA veces miraba hacia abajo, como añorando su vida anterior de caza, enfermedad, fornicaciones y cardos de leche, pero luego, quizá arrepentida, venía a mí por el alero de la vieja piedra dorada, orzaba el bigote y el lomo palpitante contra mi muslo y al fin se sentaba en mi regazo, a ver pasar los coches. Me había elegido. En la casa donde estaba realquilado tuve que ocultar a medias las muchas enfermedades de la gata —parásitos, tumores, etc.— pues temían que les contagiase a los niños. El gato es un animal aristocrático, egipcio y faraónico, que el pueblo no acaba de entender. El perro les parece más inteligente porque es más dócil.
xxxQué ganas de quedarme allí, «contra las viejas hélices del crepúsculo», con aquel ser débil, vivísimo y moribundo, en los brazos, viendo pasar el tiempo que no pasa y la degradación einsteniana de la luz, que lucha contra el tiempo y el espacio para acercarse —ya rojiza, extenuada— a nuestro pecho. Quizá la luz, ternura del universo, también era una gata enferma.
xxxLa gata tenía los ojos largos, claros, oscuros e intencionados de Lauren Bacall.

 

 

 

Umbral, Francisco. Trilogía de Madrid. Barcelona; Ed. Seix Barral, 1985.

 

LLUVIA SOBRE EL RÍO

 

APRENDIENDO A HABLAR

Siempre que Jason decía caztor en lugar de «castor»
o aldilla en lugar de «ardilla»
lo adoraba en secreto.
Son palabras mejores:
El ajetreado caztor caztoreando;
la cola gris de la aldilla
enroscada como una culebrilla de humo en una rama de arce.
Nunca le dije que estuviera pronunciando mal sus nombres,
aunque yo sí los pronunciaba según la convención.
En cierta ocasión se dio cuenta, y se explicó:
«Yo digo caztor.»
«Genial», le dije, «como lo veas».
Pero en una semana
estaba pronunciando ambas «correctamente».
Cumplí con mi deber,
y lo lamento.
Hasta nunca, caztor y aldilla.
Tanta belleza perdida para el entendimiento.

 

 

 

 

PSICOECOLOGÍA

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxUn homenaje a Walt Whitman

La realidad es obra de la imaginación.
La imaginación, canal de la emoción.
Tras todas las lágrimas y risas,
la emoción se vacía en el espíritu,
y el espíritu se condensa sobre la realidad
como el rocío en una hoja de hierba.

 

 

 

 

SER

xxxxxODA

Carne y aliento.

Luz lunar licuándose
en la garganta de un lirio de agua.

Matorrales de arce joven
a punto de germinar.

Todo lo que tienes que ser
es quien eres,

desnudo más allá del cuerpo,
de tacto en tacto.

 

 

xxxxxPALINODIA

¿Todo lo que tienes que ser
es quien eres?
Qué puedo haber querido
decir con eso.

Tanto si parte de ti
es quien sueñas que podrías ser
si no fueras el mísero zoquete
que de hecho eres,

como si tu «verdadero tú»
es ese que de brazos cruzados se pregunta quién
es el verdadero tú

—o si alguna vez has deseado ser
alguien más, otra persona;

un contable en Coronado,
un friegaplatos de un asador de segunda en Omaha—

o si entiendes todo esto,
o aún te importa,
probablemente estás bien jodido

o lo bastante próximo
para ser bienvenido como amigo.

 

 

 

 

PRÁCTICA, PRÁCTICA, PRÁCTICA

Exige la más estricta disciplina
tomárselo con calma de verdad

y conservar, no obstante, el mínimo
latido de ambición
necesario para seguir consciente.

En eso he estado trabajando toda la mañana.

tirado en el sillón
junto a la ventana en la cabaña de Bob,

mirando la lluvia,
sin patrones,
caer sobre el estanque,

sólo los perros y yo.

 

 

 

 

SABIDURÍA Y FELICIDAD

La media luna húmeda que dejan las lenguas de los perros
cuando lamen el pienso del gato del suelo de la cabaña;

la hebra de luz, más delgada que las de las arañas,
desenrollándose desde el centro de mi pecho
como una trucha de veinte kilos que raja la corriente río abajo
a través de las aguas celadonas del Smith;

el resplandor del agua a los lados de Victoria
en ese momento en que da el paso
de la sauna al interior de una tormenta salvaje del Pacífico,
centelleo vaporoso, el cuerpo ido;

la elegancia de un sendero de alces
cortado por el limo de un arroyo arenoso;

retoños de alisos rojos a primeros de marzo;

carne de venado y salmón fresco,
la inminencia del maíz del jardín;

Jason dormido una noche entre semana,
su pierna derecha desnuda colgando del colchón
(vaya, se está haciendo grande);

echar un pedazo de madroño
al hogar del fuego durante una noche nevosa,
amortiguar el calor de la estufa
para que las brasas prendan el fuego de la mañana;

el modo en que los terriers estornudan y brincan y corren
delirantemente entre los frutales
cuando saben que vamos a dar un paseo;

las gotas de lluvia en los huecos de las hojas del arándano
horas después de que haya pasado la lluvia.

Hoy he cumplido cincuenta y cinco, todavía en la brecha,
y aunque sólo los tontos reivindican la sabiduría,
no sé de qué otra manera llamarla
cuando cada año
cuesta menos hacerme feliz
y dura más tiempo.

 

 

 

 

RED SAILS

Me siento ante el escritorio
y sin razón aparente
empiezo a cantar, con torpeza,
Red sails in the sunset
Lo canto hasta que me engolfo,
sea un golfo lo que sea,
más loco que el carajo,
tenlo por seguro,
y profundamente agradecido.

 

 

 

 

CONMOCIÓN Y BORRASCA

Has tocado fondo
cuando entiendes
que no hay fondo
que tocar.
Y sólo te metes ahí empapado
en la proa de un barco
contemplando la lluvia
caer sobre el océano.

 

 

 

 

SOBRE EL HUMOR: ACERCA DEL APAREAMIENTO
DE LOS BURROS CON LAS CEBOLLAS

Si cruzas a los burros con cebollas
obtienes principalmente un montón de cebollas con orejotas.

Ésa es la primera parte del chiste.
La bobería del lenguaje invita,
la importancia
sin propósito del juego
cuando sólo estás jugueteando
sacando esto y aquello
de entre infinitas posibilidades
y juntándolo de nuevo.
La mente a tomar por culo toda la tarde.
Divertido, eso es seguro, divertido, pero
no esencial;
y desde luego no lo que esperabas
después de cruzar burros con cebollas
del único modo en que pueden ser cruzados;
en mentes lo bastante libres para unirlos
sólo a ver
qué pasa.

Y lo que pasa
es que principalmente obtienes
cebollas con orejotas.

Pero el amor invariablemente recompensa la imaginación,
así que de vez en cuando consigues
un pedazo de yegua
que te arranca las lágrimas de los ojos.

 

 

 

 

PALMAS HACIA LA LUNA

xxxxx1

Teníamos quince. Verano.
Atravesábamos el pueblo a la luz de la luna
hacia el acantilado de la playa.
Hicimos el amor en aquel campo tembloroso
donde las sensaciones divinieron emociones,
ninguna de las cuales conocíamos hasta entonces.
Nuestros corazones como antorchas arrojadas al mar.
Una magnificencia
que no puede sobrevivir
a la inocencia
que la hace posible.

 

 

xxxxx2

No hay belleza sin desaparición.
No hay amor sin ese primer desolado momento de desgarro
cuando comprendes que algo va mal,
pero no sabes qué es
ni cómo detenerlo.

 

 

xxxxx3

Medianoche, las montañas,
hacemos una cama con nuestra ropa
sobre el bloque de granito.
Desnudos más allá de la piel,
levantamos las palmas hacia la luna,
nuestros cuerpos tiemblan como la rama de un árbol
un latido después de que el pájaro haya volado.

 

 

 

 

UNA COMPRENSIÓN MÁS FIRME DE LO OBVIO

Por la tarde, a principios de junio,
dulcemente cansado del día de trabajo,
vagueando en el porche trasero con amigos,
después de la cena
(espárragos y espinacas
lomo de ciervo
ahumado y poco hecho),

contemplando al ocaso
sacar brillo al océano,
vencejos de alas rígidas
grabados en el aire,
una luna llena alzándose como una fiebre perlada
enorme sobre las secuoyas,

estoy embargado por la comprensión
de que nunca entenderé
el origen y el destino del universo,
el sentido o el propósito de la vida,
ninguna de las respuestas
a las grandes preguntas del ser,
y probablemente poco más.

Y ese conocimiento, por último,
me hace feliz.

 

 

 

 

EL TERCER BANCO DEL RÍO

Los tres ciervos que beben
bajo la luz de la luna en los bajíos del río
oído avizor.

Hocicos que gotean,
orejas tensas bien abiertas,
estremecimiento en los costados cuando los músculos se enroscan

en esa temblorosa pose
entre la quietud y el vuelo;
ellos escuchan los latidos de mi corazón

hasta que los oigo yo mismo.

 

 

 

 

UNA COSA TRAS OTRA

Tantos caminos verdaderos.
Una plétora de maestros excepcionales.
Incontables ríos en los que no he pescado.
las posibilidades del amor desafiando al álgebra.
Todos estos platos sucios.

 

 

 

 

SELECCIÓN INNATURAL: UNA MEDITACIÓN
ACERCA DE LA CONTEMPLACIÓN DE UNA RANA TORO
FOLLANDO CON UNA ROCA

Amalgama de gelatina eléctrica,
nudos neuronales constelados
y la sopa binaria salobre,
tan cierto como que un estímulo provoca una respuesta,
los cerebros están hechos para elegir.
Y debido a un gran error en el reconocimiento de patrones
o a un relevante fallo cognitivo,
el cerebro de la rana toro ha elegido
una roca de dos libras
como el objeto de su cariño incontrolado,
una roca (a mis ojos, cierto es que mamíferos)
que no se asemeja,
ni vaga mente sugiere,
a la hembra de su especie.

Parece estar disfrutando
de un modo descortés,
pero como la roca obviamente permanece impasible
uno sospecha que no es una mezcla de dulces olvidos
lo que aviva su ímpetu,
sino un serio vicio en bucle retroalimentado;
a lo mejor sólo es vicio en general.
Los menos compasivos podrían incluso llamarlo
la quintaesencia del macho insensible.

Asumiendo un vínculo de género más allá de la especie
y una inquietud común,
aconsejo a mi ambicioso compañero:
«Eh, no creo que se esté haciendo la dura.
Te enfrentas a un caso literal aquí, Jack;
historia real, amigo; hechos pétreos.
Y sería negligente en lo fraternal si no compartiera
mi profunda y eminentemente razonable duda
de que la vayas a poder desgastar
por largo y grandioso que sea tu ardor.»

Ignorando mi consejo
tan completamente como mi presencia,
la rana toro sigue con su asalto infructífero
con esa promesa de locura enajenada
que invariablemente acompaña
a la idiota lujuria de ojos saltones.

Pero, en justicia,
¿el cerebro de quién no se ha cortocircuitado en un charco de hormonas
o, inflamado como un bidón de gasolina,
no ha sido arrojado a un torbellino que aullaba
donde una roca, de hecho, podría parecer un puerto?
Uno sólo puede concluir
que tal concupiscencia arrolladora
funciona como un seguro de vida para las especies,
un tipo de anulación procreativa
de cualquier decisión que requiera pensamiento,
un pensamiento que es notoriamente presa del pensar,
y cuanto más piensa uno sobre el pensar
más pensante se pone.
Por tanto, aunque el cerebro está hecho para elegir,
su existencia última depende
de la supremacía generativa del descerebrado deseo;
por lo que, con todo respeto, Monsieur Descartes,
tu soy viene antes de que pienses que eres.
Sucias compulsiones gobiernan deseos poderosos
volviendo irrelevante cualquier elección, así también
la razón, la moral, el gusto, las maneras,
y todas esas otras jarras de purpurina
que vertemos sobre lo pringoso y lo crudo.

La dura verdad es que nunca elegimos elegir:
ni los cerebros que usamos para optar
entre explicaciones opuestas para nuestro lío sexual
ni esos corazones que hemos cargado con nuestros errores
en nombre del amor.
Hacemos aquello que decidimos hacer,
la elección no es libre;
vivimos a merced de carencias más apremiantes.

Así, las urgencias surgiendo urgentemente,
montamos a unas pocas rocas por error.
Algo más embarazoso que la mayoría de nuestras estupideces, cierto;
pero y qué.
El poder de lo imperativo
acoplado a la ley del promedio
garantiza virtualmente que bastantes lo harán bien
para crear más cerebros que sepan
exactamente qué pasos seguir
hacia lo que pensamos que necesitamos
en este viaje pedregoso entre el delirio y el espejismo
—cuándo moverse, cómo usar nuestros sueños—,
un viaje donde aprendemos al final
que la libertad no es una decisión
que el cerebro sea libre de elegir.

Afortunadamente, mi verrugoso amigo,
el alma está hecha para aventurarse.

 

 

 

 

ATACÁNDOLO

Todos los plantadores de nuestra cuadrilla
cargábamos bolsas dobles de plantar.
Piss-Fir Willie llevaba tres en el arnés,
y metió otros veinte brotes desnudos
en su mochila con el almuerzo.
Un día que Timothy le pinchaba
—«Caray, Willie, seguro que podrías llevar
otros seis en cada pierna del pantalón
y una docena más entre los dientes»—,

Willie se volvió para decirle,
lo bastante alto para que lo oyéramos,
«Te diré lo que me dijo mi padre:
Hijo, si vas a ser un oso,
sé un grizzly».

 

 

 

 

TRABAJO DURO

Chicos, he escuchado vuestra mierda lo suficiente.
Si queréis saber lo que es trabajo duro, escuchad:
he cabalgado bajo el látigo de la miseria; he acarreado leña;
trabajado en un aserradero; reducido rocas enormes a piedrecitas;
levantado cien millas de vallas de madera;
plantado cepos en terrenos tan abruptos
que tenías suerte si podías arrastrarte colina abajo.
He hecho frente a un incendio salvaje; apilado sacos terreros frente a una riada;
empacado heno hasta tropezar con mi lengua;
y desguazado trastos de todo tipo
hasta destrozar la cabeza de una almádena
y un par de pares de guantes de soldador.
Así que, chicos, podéis tomar nota como si lo dijeran las sagradas escrituras cuando os digo
que el trabajo más duro que hallaréis en este mundo
es cavar la tumba de alguien amado.

 

 

 

 

SABER CUÁNDO PARAR

Has tenido demasiado
cuando no puedes recordar
cuánto has tenido
ni te importaría una mierda
poder recordarlo.

 

 

 

 

GASTOS VACACIONALES

De vuelta de su quincena de vacaciones anual en Petaluma,
noto que Willie va lento con su pala
mientras colocamos un buzón en la puerta sur de Temple Flat.
Bromeo: «¿Qué pasa, Willie, has olvidado
cómo usar una retroexcavadora irlandesa en la gran ciudad?»
Y aunque replica: «Joder, he desgastado
más palas antes de tener pelo en el culo
de las que probablemente usarás en toda tu vida»,
la respuesta es poco entusiasta para ser de Willie,
Y parece que se moviera con cierto enojo.
«¿Te sientes bajo?», inquiero.
«Un poco», admite.
Apisona algunas rocas alrededor del buzón,
se inclina sobre la pala de mano como un trabajador de Caltrans
y se queda mirando el llano entre las colinas marrones de verano.
«Ya sabes», agita la cabeza,
«hay que ser idiota para querer ir a la ciudad.
Los primeros nueve días los pasé bebiendo whisky,
los siguientes cinco minutos logré
que unos cuantos jornaleros mexicanos
a los que había cabreado en un bar de South Street
me sacaran a patadas hasta la primera puta papilla de mi vida
y el resto de la noche en la celda para borrachos meando sangre
hasta que me llevaron al hospital del condado
donde pasé el resto de mis vacaciones.
Imagina quinientos dólares en whisky, uno de los grandes de multa,
y otros cuatro mil setecientos por la puta factura del hospital.
Aquellos leñadores mexicanos podrían haberme dejado estúpido,
pero no soy idiota. De aquí en adelante,
me voy a tomar vacaciones cada veinte minutos,
aquí mismo en las colinas,
justo como estoy haciendo ahora».

 

 

 

 

PRECEPTOS BÁSICOS
Y UNA ADVERTENCIA PATERNALISTA PARA LOS JÓVENES

No te comas un animal atropellado que puedas arrojar en tu remolque.
No le hagas un calvo a la Patrulla de Carreteras.
Las apuestas largas cuando vas corto de dinero suelen ser perdedoras.
No confundas el góspel con la iglesia.
Nunca te chives de amigos o familiares.
Evita vivir en un sitio donde no puedas mear desde el porche delantero.
Sólo porque sea simple no significa que sea fácil.
No firmes un cheque con tu boca de cocodrilo que tu culo de lagartija no pueda pagar.
Si no la quieres, no silbes.
No te metas entre dos perros a marcar territorio.
Cualquiera machaca unos tomates, pero hace falta un chef para hacer salsa.
Nunca eres lo bastante pobre como para no prestar atención.
No andes farfullando paranoias.
Nunca duermas con una mujer que te está haciendo un favor.
Si te golpea un abusón, pon la otra mejilla. Si vuelve a abofetearte, dispara a ese hijo de perra.
Conservarlo es el doble de difícil que conseguirlo.
Nunca atravieses un pueblo en coche a cien millas por hora con la hija quinceañera
xxxdel sheriff borracha y desnuda en tu regazo.
Nunca dibujes en sentido opuesto a la gota.
Si no estás confuso es que no sabes qué está pasando.
El amor es siempre más duro de lo que se presiente.

 

 

 

 

MATAR

Sólo de dos maneras
puede justificarse
matar a una criatura:

si vas a comértela
o intenta comerte.

 

 

 

 

LA MUERTE Y EL MORIR

No importa un bledo
cuándo, dónde
o cómo
mueras.
Lo importante es:
no te lo tomes como algo personal.

 

 

 

Dodge, Jim. Lluvia sobre el río (Trad. Antonio Rómar y Pablo Mazo Agüero). Madrid; Ed. Salto de página, 2017.

 

LABOR DE MELANCOHOLISMO

 

ENCUENTRO

Andaba por las Ramblas calle abajo.

El día era brillante. Había flores,
payasos, vagabundos y quioscos.

Un murmullo denso se me acercaba
paseando hacia el puerto, oliendo el agua.

Yo miraba a un viejo que hacía trucos.
Buscaba una moneda en mi bolsillo
cuando una mano se posó en mi mano.
Antes de volverme oí su voz. Dijo:
«¿Cómo estás? El tiempo no te ha cambiado…»

Pasamos la tarde en un café, juntos.
Reíamos buscando entre el pasado
momentos compartidos ;y el amor.
(Ese encuentro casual fue una memoria.)
Las luces de las tiendas se apagaban…

«…y me ha alegrado mucho haberte visto…»
Lo dijo con sus anchos labios rojos.

Y yo pacté con el silencio (…) Dije
al fin: «Estoy solo…» Y toqué su mano.

Luego, en la cama, escuché: «También yo.»

 

 

 

 

ESPEJISMO

Serían las once de la mañana.
Yo andaba taciturno, pensativo.
Veía las cosas desdibujadas.
El viento se refugiaba en mis ojos.

De súbito apareció un hombre extraño.
Dijo: «Puedo escribir los versos más
tristes esta noche»; y miró hacia el cielo.
Su calva relucía por el sol.

Algo en él me parecía cercano:
«¡Coño! ¡Ya decía yo! ¡Si es Neruda…!»

Por un momento me sentí endiosado
y contemplé boquiabierto el prodigio.

Pablo sonrió y volvió a mirarme.
«Sucede que me canso de ser hombre»,
recitó, mientras su imagen huía
del mundo y volvía a ser invisible.

Volví con las piernas temblando a casa.
Tomé una ducha fría y una tila.
Acaso yo debiera beber menos
por las mañanas. O no salir nunca.

 

 

 

 

VIAJE

Me dijo: «Cuídate, espero tus cartas»,
y se fue caminado hacia el avión.

Ella fue quien me besó porque yo
tenía los latidos en la boca;
no tenía en los labios despedida
alguna antes de la soledad.

Permanecí un rato en el aeropuerto.
A la vuelta ya nadie me esperaba.

 

 

 

 

FANTASÍAS

Ser guapo es una gran desventaja.

Mis amigas —o las que no lo son—
me citan un día; saboreamos
en un restaurante una cena exótica;
fingen ser personas interesantes
con la copa en la mano, con sus bocas
queriendo ser sensuales al hablar.

Cada una de ellas me conduce
a su piso mediante alguna excusa.
Desenvuelven todas sus seducciones…
Qué puedo hacer si agarran mis dos manos
y las posan en sus cuerpos. Qué puedo
hacer si me quitan la ropa y besan
mi rostro con impaciencia, con furia.

Sólo hay una reacción para esas cosas:
eyacular y dejarlas contentas.
Eso habré de hacer en la larga noche
como una simple máquina explotada.
Todas esas mujeres tan hermosas,
elegantes, con físicos perfectos,
pasan a ser vulgares ya en la cama.

¡Estaban tan deseables cenando!
Con un vestido caro, maquilladas,
con el cabello sin desordenar…
Sus gestos eran lentos y excitantes.
Sus ojos reflejaban el deseo
y todo era belleza. Y es que el prólogo
al amor es el verdadero orgasmo.

Pero siempre la armonía se rompe.
Consiguen convertirse en animales
del sexo. Piensan sólo en disfrutar,
en moverse insaciables como locas.
Y entonces todo pasa a ser vulgar.
¿Dónde el romanticismo, la ternura,
se entregan desde el corazón y el alma?

Se aprovechan de mi debilidad,
de mi inocencia. Yo no sé decir
que no; no puedo negarme a un favor
como el que me piden en esas noches.
Sería un grosero si despreciara
la vagina y el culo tan ansiosos,
los pechos firmes y la boca abierta.

Sí, es cierto, a veces quedo aburrido
de la misma historia que se repite
una y otra vez, sin tiempo al descanso.
Yo, en realidad, desearía un camino
espiritual, junto a una mujer
virgen de emoción y sin más condones.

Pero, por ahora, sigo sufriendo.

 

 

 

 

PRIORIDAD

Todos sois importantes menos yo.

Poseéis talento, poseéis sueños;
vivís con tranquilidad el pasado.

Vuestras vidas están llenas de cosas:
tenéis trabajo, cultura, dinero.
Sois jóvenes, elegantes y hermosos.

Todos sois como yo quisiera ser.

Os cambiaría mis ojos, mis manos,
mi casa, mi alma… por vuestros ojos,
por vuestras manos, vuestra casa y alma.

Parece que cada día tengáis
la muerte más lejos; seáis mejores.

En cambio, yo, sólo os tengo a vosotros.

 

 

 

Montesinos Gilbert, Toni. Labor de melancoholismo. Albacete; Chamán ediciones, 2018.

 

EL TARRO DE GALLETAS

 

EL TARRO DE GALLETAS

El centro comercial de Coddington estaba atestado de compradores navideños mientras esperaba en la cola de El Tarro de las Galletas, una panadería que se dedica fielmente a mi dulce favorito.
xxxEra justo después de la pausa tras el almuerzo y quedaba una sola vendedora en el mostrador, una joven de sonrisa fatigada y dispersa. Trabajaba tan deprisa como era capaz, pero la cola avanzaba con lentitud. Yo me entretenía con un diario deportivo, considerando si valía la pena apostar cien dólares por los 49ers estando las apuestas tres a uno contra los Rams, cuando mi atención fue atraída por la anciana que etaba delante de mí. Por su postura inclinada y sus arrugas le eché unos setenta recién cumplidos o al menos sesenta y cinco mal llevados. Llevaba un vestido gris, pero lo oscurecía un grueso suéter negro que lo tapaba casi hasta los bajos. Estaba echada hacia delante, apoyada sobre el bastón y con la nariz pegada al expositor, examinando las galletas con la atención tranquila y fiera de un halcón. Atraído por la fuerza de su concentración, doblé el diario deportivo y dije amablemente: «Siempre cuesta decidirse».
xxxSus ojos ni siquiera parpadearon.
xxxNo puedo culparla por ignorarme. Por qué debería una anciana, en una sociedad de atracadores, violadores y artistas de la estafa, alentar una vaga conversación con un hippy barbudo y medio tarado venido de las colinas, donde probablemente cultiva toneladas de marihuana y hace dios sabe qué a las ovejas. Sentí ese pequeño baño de tristeza que tiene lugar cuando tus buenas intenciones son bloqueadas por circunstancias culturales.
xxxCuando llegó el turno de la anciana, con un grueso acento eslavo pidió tres galletas de chocolate. «De las grandes», especificó, golpeando el cristal con la punta del dedo para indicar su preferencia.
xxxLa agobiada dependienta tomó obedientemente tres galletas del tamaño de un platillo de café con un papel de confitería. Advertí que una de las galletas tenía un pequeño trozo desprendido del borde. También se dio cuenta la anciana: «¡Ninguna de las rotas!», ordenó.
xxxLa dependienta le ofreció una sonrisa con el piloto automático y reemplazó la galleta defectuosa, deslizándola en una bolsa blanca que dejó sobre el mostrador. «Un dólar con sesenta y seis, por favor», le dijo la anciana.
xxxLa anciana me dio la espalda para revolver torpemente dentro de su monedero, que era del tamaño de un pequeño bolso de punto. Después de mucho rezongar, consiguió al final dos billetes de dólar enrollados juntos y atados con esmero por una goma amarilla. Se dirigió a la dependienta con un protocolo acérrimo: «También desearía unas galletas de mantequilla de cacahuete. De las pequeñas. Hasta veinticuatro céntimos».
xxxLa dependienta, con una mirada que suplicaba Dios, ojalá empezara mi descanso ya, sacó tres pequeñas galletas de mantequilla de cacahuete y, sin molestarse en pesarlas, las dejó caer en la bolsa con las otras. La anciana hizo rodar la goma amarilla hasta sacar los billetes y los desplegó sobre el mostrador, deteniéndose a estirarlos bien antes de asegurar la bolsa blanca dentro de su bolso de punto, dejar caer la goma amarilla y el tiquet en el interior y marcharse arrastrando los pies enérgicamente. La perdía de vista entre la multitud mientras avanzaba para hacer mi pedido.
xxxUna media hora más tarde, sin embargo, mientras estaba sentado en un banco del extremo opuesto del centro comercial, todavía sopesando el dinero y los pronósticos, y ventilándome un último perrito caliente, la anciana apareció y, tras considerables maniobras, se dejó caer en la otra punta del banco.
xxxSin ningún gesto de reconocimiento hacia mi presencia, abrió la bolsa blanca de El Tarro de las Galletas. Cada una de un bocado, con lento y exquisito regocijo, se comió las tres pequeñas galletas de mantequilla de cacahuete. Cuando hubo terminado, miró dentro de la bolsa para comprobar las otras tres, las grandes, y entonces, como para confirmar su existencia, su promesa de placer, las nombró una por una:

«Viernes por la noche.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxSábado por la noche.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxDomingo con el té.»

 

 

 

Dodge, Jim. Lluvia sobre el río (Trad. Antonio Rómar y Pablo Mazo Agüero). Madrid; Ed. Salto de página, 2017.

 

DOS POEMAS DE ‘CANTO DESGARRADO’

 

EL REY DE LA PISTA

bailar
con
la
muerte
también
fue
cuestión
de
supervivencia.

 

 

 

 

CONVERSACIÓN EN UNA TARDE LLUVIOSA

—¿qué viene después del rayo, madre?

—la destrucción, hijo, la destrucción.

 

 

 

Nieto Tavira, Christian. Canto desgarrado. Sevilla; Ediciones en huida, 2018.

 

ESCRIBIR

 

xxxEl hombre que escribe para explicar el mundo es que no sabe jugar. Cada hombre tiene su juego salvador, como lo tuvo de niño, y la cuestión está en encontrarlo. El juego del escritor es la escritura, pero a la escritura hay que ir a bañarse, porque viene de manaderos remotísimos y fríos, y sólo es buen escritor el que sabe ponerse en el turbión, dejar que le coja de lleno. Una vez conseguido eso, olas de la mar me llevan.
xxxEscribir para explicar el mundo o los precios del mercado sería —es— como tocar la Quinta de Beethoven para ahuyentar a las visitas. Comprendo que las visitas huyan ante semejante provocación. Yo sería el primero en huir, como huyo de las novelas que quieren probar demasiadas cosas, o una sola, pues nunca he olvidado la frase del surrealista André Breton, leída en mis lecturas de pensión: «Ninguna novela, pese a sus pretensiones, jamás ha probado nada.» Había que escribir novelas que no probasen ni siquiera que eran una novela.

 

 

 

Umbral, Francisco. Trilogía de Madrid. Barcelona; Ed. Seix Barral, 1985.

 

ARMISTICIO (2008-2018)

 

OMENAGE A LOS POETAS

Siempre habrá un estudiante dislocado,
un tipo que se sepa ya tu chiste,
un cartel de se vende o se traspasa.

Y no es que existan cosas que no cambian,
es que hay cosas que cambian y no importa.

El amor no ha dejado de mutar
y sin embargo míranos aquí;
cantando con los mismos artificios
baratos que otros muchos
ya usaron (y mejor). Es lamentable.

Es lamentable, sí, pero es humano
y en ser humanos somos los mejores
por mucho que le pese a la robótica.

Así se acaba el mundo, sin un bang
y sin un gimoteo:

se acaba entretenido en el asunto
de vivir, de ir viviendo sin causarles
demasiadas molestias a los padres,
a los hijos, a quien se nos acerque.

¿Vendrá la claridad del cielo un día?

Es igual: al final todo es lo mismo.

 

 

 

 

NO QUIERO

Yo no quiero una calle en mi ciudad
ni en la ciudad feliz donde fui joven
ni en esta otra ciudad donde me muero.
Y no, no soy modesto, ni me abruma
la idea (bien bonita, la verdad)
de tener una calle corta y fea
o que la gente escupa sobre el suelo
de mi nombre o que un niño flaco acabe
debajo de las ruedas de un camión
que reparte butano en esa calle.

Lo que a mí me fastidia es que, hoy en día,
si le ponen tu nombre a cualquier sitio,
la huella que se imprime en internet
al rastrear tu nombre son ofertas
de pisos y de plazas de garaje.

 

 

 

 

CONTRA LA LITERATURA

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxPara Alberto de la Rocha

No hay nada más inútil que escribir.
Nada más dependiente que los libros.
Pero Alberto me llama y me pregunta
¿Qué te está pareciendo mi novela?
Y yo le digo bien, salvo este punto
y el momento en que dice esto y aquello
y él escucha y anota y bien parece
que aquí estamos haciendo algo importante.

Quién pudiera vivir fuera de un libro,
juntar en un hatillo las palabras
y haciéndose a la mar decir: «Adiós,
me voy para morir entre las fauces
de una auténtica bestia, les regalo
la curva de mi espalda, mis bolígrafos,
el impreciso sueño de la gloria,
la implacable derrota de mi olvido».

 

 

 

 

EN UNA BIBLIOTECA EN SALAMANCA

Me pregunto qué esperan sobre el conglomerado,
qué les han prometido para arquearse así,
rindiendo pleitesía, cargados de esperanza.

Ignoran que las minas de sus lápices
se han roto imperceptiblemente; ignoran
que en esta biblioteca no te puedes
dejar aconsejar, que no hay amigos
y nunca los habrá.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxLeen. Estudian,
y aunque yo no lo quiera me recuerdan
a mi infancia en el pueblo los domingos,
viendo cómo salían de la misa.

Sí: yo también envidio vuestra fe;
vuestra creencia vaga en el mañana.

Vuestra forma sincera de desearos suerte.

 

 

 

Clark, Ben. Armisticio (2008-2018). Palma de Mallorca; Ed. Sloper, 2019.

 

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