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Archive for 28 febrero 2019

LOS OJOS DE LAUREN BACALL

 

xxxHabía una gata menuda, esbelta, alta de ancas, larga de cuello, oblicua y turbia de mirar, sin duda enferma, blanca con manchas rubias y negras. Se paseaba por las escorias de la orilla, rozándose amorosa contra los cardos de leche.
xxxEl día que decidí cogerla y llevármela a casa, comprendí que la resolución la tenía tomada tiempo atrás, porque alguien decide siempre por nosotros, y dentro de nosotros. Bajé del puente, me acerqué a la gata, que no me huía, la cogí de entre el bosquecillo de cardos de leche donde se guarecía, y la llevé contra mi pecho, hasta mi habitación de realquilado. La gata rozaba mi cabeza contra la viscosilla de mi niky y ronroneaba con placer y hasta euforia. Quizá tenía fiebre.
xxx—¿Un gato nos trae usted?
xxx—No teman. No molesta.
xxxLo primero le puse nombre y comida. Se lo comía todo. Pedazos de pan duro. Monedas rancias de chorizo que había en mi armario de realquilado. Leche condensada que me compraba yo a veces, para sobrealimentarme. La gata era cariñosa, amorosa, quizá lujuriosa. Debía de tener como un año y medio mal contado.
xxxYo estaba, por entonces, leyendo Candy, libro de dos nuevos periodistas norteamericanos, que le habían llamado así a su heroína por homenaje al Cándido de Voltaire, y que pretendían hacer la burla de la literatura pornográfica como Cervantes hizo la burla de las novelas de caballerías con su caballero.
xxxEl libro estaba de moda, pero era malo y, en la traducción latinoché, quedaba nauseabundo cada vez que el traductor aludía a las bragas de Candy como «el pantaloncito blanco». Qué asco. Pero a la gata le puse Candy y la llevé a un veterinario de Getafe que veía los perros perdigueros de los cazadores y furtivos del pueblo.
xxx—Qué femenina, qué pequeñita, qué mariposita.
xxxPero tan pequeñita, tan femenina, tan mariposita, huno que rajarle la tripilla porque tenía cuarenta de fiebre, tres gatos muertos, calcificados, dentro, y cinco tumores que no parecían cancerosos. Luego, cosida, mareada de la anestesia, fajada, arrastrándose como una mosca sin alas, venía hacia mí.
xxxMe la llevé en brazos, andando, hasta casa, un mediodía, mientras a lo lejos, hacia el Este, se veía arder un muerto luminoso en el cielo calcinado del ferragosto. En los puntos de la operación le daba una pomada azul, que ella se lamía. También se arrancaba los puntos, se los mordía, tiraba de ellos con las uñas.
xxxLuego se le formó una bolsa de pus, en la herida, que hubo que eliminarle con antibióticos. Yo me iba con la gata convaleciente en brazos hasta el puente de Toledo, sentía su calor, su temblor de ave, su costillar, fragílisimo contra mi pecho. Me sentaba en el puente, como todas las tardes, y veía a la gata ir y venir, pasearse por el puente.
xxxA veces miraba hacia abajo, como añorando su vida anterior de caza, enfermedad, fornicaciones y cardos de leche, pero luego, quizá arrepentida, venía a mí por el alero de la vieja piedra dorada, orzaba el bigote y el lomo palpitante contra mi muslo y al fin se sentaba en mi regazo, a ver pasar los coches. Me había elegido. En la casa donde estaba realquilado tuve que ocultar a medias las muchas enfermedades de la gata —parásitos, tumores, etc.— pues temían que les contagiase a los niños. El gato es un animal aristocrático, egipcio y faraónico, que el pueblo no acaba de entender. El perro les parece más inteligente porque es más dócil.
xxxQué ganas de quedarme allí, «contra las viejas hélices del crepúsculo», con aquel ser débil, vivísimo y moribundo, en los brazos, viendo pasar el tiempo que no pasa y la degradación einsteniana de la luz, que lucha contra el tiempo y el espacio para acercarse —ya rojiza, extenuada— a nuestro pecho. Quizá la luz, ternura del universo, también era una gata enferma.
xxxLa gata tenía los ojos largos, claros, oscuros e intencionados de Lauren Bacall.

 

 

 

Umbral, Francisco. Trilogía de Madrid. Barcelona; Ed. Seix Barral, 1985.

 

LLUVIA SOBRE EL RÍO

 

APRENDIENDO A HABLAR

Siempre que Jason decía caztor en lugar de «castor»
o aldilla en lugar de «ardilla»
lo adoraba en secreto.
Son palabras mejores:
El ajetreado caztor caztoreando;
la cola gris de la aldilla
enroscada como una culebrilla de humo en una rama de arce.
Nunca le dije que estuviera pronunciando mal sus nombres,
aunque yo sí los pronunciaba según la convención.
En cierta ocasión se dio cuenta, y se explicó:
«Yo digo caztor.»
«Genial», le dije, «como lo veas».
Pero en una semana
estaba pronunciando ambas «correctamente».
Cumplí con mi deber,
y lo lamento.
Hasta nunca, caztor y aldilla.
Tanta belleza perdida para el entendimiento.

 

 

 

 

PSICOECOLOGÍA

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxUn homenaje a Walt Whitman

La realidad es obra de la imaginación.
La imaginación, canal de la emoción.
Tras todas las lágrimas y risas,
la emoción se vacía en el espíritu,
y el espíritu se condensa sobre la realidad
como el rocío en una hoja de hierba.

 

 

 

 

SER

xxxxxODA

Carne y aliento.

Luz lunar licuándose
en la garganta de un lirio de agua.

Matorrales de arce joven
a punto de germinar.

Todo lo que tienes que ser
es quien eres,

desnudo más allá del cuerpo,
de tacto en tacto.

 

 

xxxxxPALINODIA

¿Todo lo que tienes que ser
es quien eres?
Qué puedo haber querido
decir con eso.

Tanto si parte de ti
es quien sueñas que podrías ser
si no fueras el mísero zoquete
que de hecho eres,

como si tu «verdadero tú»
es ese que de brazos cruzados se pregunta quién
es el verdadero tú

—o si alguna vez has deseado ser
alguien más, otra persona;

un contable en Coronado,
un friegaplatos de un asador de segunda en Omaha—

o si entiendes todo esto,
o aún te importa,
probablemente estás bien jodido

o lo bastante próximo
para ser bienvenido como amigo.

 

 

 

 

PRÁCTICA, PRÁCTICA, PRÁCTICA

Exige la más estricta disciplina
tomárselo con calma de verdad

y conservar, no obstante, el mínimo
latido de ambición
necesario para seguir consciente.

En eso he estado trabajando toda la mañana.

tirado en el sillón
junto a la ventana en la cabaña de Bob,

mirando la lluvia,
sin patrones,
caer sobre el estanque,

sólo los perros y yo.

 

 

 

 

SABIDURÍA Y FELICIDAD

La media luna húmeda que dejan las lenguas de los perros
cuando lamen el pienso del gato del suelo de la cabaña;

la hebra de luz, más delgada que las de las arañas,
desenrollándose desde el centro de mi pecho
como una trucha de veinte kilos que raja la corriente río abajo
a través de las aguas celadonas del Smith;

el resplandor del agua a los lados de Victoria
en ese momento en que da el paso
de la sauna al interior de una tormenta salvaje del Pacífico,
centelleo vaporoso, el cuerpo ido;

la elegancia de un sendero de alces
cortado por el limo de un arroyo arenoso;

retoños de alisos rojos a primeros de marzo;

carne de venado y salmón fresco,
la inminencia del maíz del jardín;

Jason dormido una noche entre semana,
su pierna derecha desnuda colgando del colchón
(vaya, se está haciendo grande);

echar un pedazo de madroño
al hogar del fuego durante una noche nevosa,
amortiguar el calor de la estufa
para que las brasas prendan el fuego de la mañana;

el modo en que los terriers estornudan y brincan y corren
delirantemente entre los frutales
cuando saben que vamos a dar un paseo;

las gotas de lluvia en los huecos de las hojas del arándano
horas después de que haya pasado la lluvia.

Hoy he cumplido cincuenta y cinco, todavía en la brecha,
y aunque sólo los tontos reivindican la sabiduría,
no sé de qué otra manera llamarla
cuando cada año
cuesta menos hacerme feliz
y dura más tiempo.

 

 

 

 

RED SAILS

Me siento ante el escritorio
y sin razón aparente
empiezo a cantar, con torpeza,
Red sails in the sunset
Lo canto hasta que me engolfo,
sea un golfo lo que sea,
más loco que el carajo,
tenlo por seguro,
y profundamente agradecido.

 

 

 

 

CONMOCIÓN Y BORRASCA

Has tocado fondo
cuando entiendes
que no hay fondo
que tocar.
Y sólo te metes ahí empapado
en la proa de un barco
contemplando la lluvia
caer sobre el océano.

 

 

 

 

SOBRE EL HUMOR: ACERCA DEL APAREAMIENTO
DE LOS BURROS CON LAS CEBOLLAS

Si cruzas a los burros con cebollas
obtienes principalmente un montón de cebollas con orejotas.

Ésa es la primera parte del chiste.
La bobería del lenguaje invita,
la importancia
sin propósito del juego
cuando sólo estás jugueteando
sacando esto y aquello
de entre infinitas posibilidades
y juntándolo de nuevo.
La mente a tomar por culo toda la tarde.
Divertido, eso es seguro, divertido, pero
no esencial;
y desde luego no lo que esperabas
después de cruzar burros con cebollas
del único modo en que pueden ser cruzados;
en mentes lo bastante libres para unirlos
sólo a ver
qué pasa.

Y lo que pasa
es que principalmente obtienes
cebollas con orejotas.

Pero el amor invariablemente recompensa la imaginación,
así que de vez en cuando consigues
un pedazo de yegua
que te arranca las lágrimas de los ojos.

 

 

 

 

PALMAS HACIA LA LUNA

xxxxx1

Teníamos quince. Verano.
Atravesábamos el pueblo a la luz de la luna
hacia el acantilado de la playa.
Hicimos el amor en aquel campo tembloroso
donde las sensaciones divinieron emociones,
ninguna de las cuales conocíamos hasta entonces.
Nuestros corazones como antorchas arrojadas al mar.
Una magnificencia
que no puede sobrevivir
a la inocencia
que la hace posible.

 

 

xxxxx2

No hay belleza sin desaparición.
No hay amor sin ese primer desolado momento de desgarro
cuando comprendes que algo va mal,
pero no sabes qué es
ni cómo detenerlo.

 

 

xxxxx3

Medianoche, las montañas,
hacemos una cama con nuestra ropa
sobre el bloque de granito.
Desnudos más allá de la piel,
levantamos las palmas hacia la luna,
nuestros cuerpos tiemblan como la rama de un árbol
un latido después de que el pájaro haya volado.

 

 

 

 

UNA COMPRENSIÓN MÁS FIRME DE LO OBVIO

Por la tarde, a principios de junio,
dulcemente cansado del día de trabajo,
vagueando en el porche trasero con amigos,
después de la cena
(espárragos y espinacas
lomo de ciervo
ahumado y poco hecho),

contemplando al ocaso
sacar brillo al océano,
vencejos de alas rígidas
grabados en el aire,
una luna llena alzándose como una fiebre perlada
enorme sobre las secuoyas,

estoy embargado por la comprensión
de que nunca entenderé
el origen y el destino del universo,
el sentido o el propósito de la vida,
ninguna de las respuestas
a las grandes preguntas del ser,
y probablemente poco más.

Y ese conocimiento, por último,
me hace feliz.

 

 

 

 

EL TERCER BANCO DEL RÍO

Los tres ciervos que beben
bajo la luz de la luna en los bajíos del río
oído avizor.

Hocicos que gotean,
orejas tensas bien abiertas,
estremecimiento en los costados cuando los músculos se enroscan

en esa temblorosa pose
entre la quietud y el vuelo;
ellos escuchan los latidos de mi corazón

hasta que los oigo yo mismo.

 

 

 

 

UNA COSA TRAS OTRA

Tantos caminos verdaderos.
Una plétora de maestros excepcionales.
Incontables ríos en los que no he pescado.
las posibilidades del amor desafiando al álgebra.
Todos estos platos sucios.

 

 

 

 

SELECCIÓN INNATURAL: UNA MEDITACIÓN
ACERCA DE LA CONTEMPLACIÓN DE UNA RANA TORO
FOLLANDO CON UNA ROCA

Amalgama de gelatina eléctrica,
nudos neuronales constelados
y la sopa binaria salobre,
tan cierto como que un estímulo provoca una respuesta,
los cerebros están hechos para elegir.
Y debido a un gran error en el reconocimiento de patrones
o a un relevante fallo cognitivo,
el cerebro de la rana toro ha elegido
una roca de dos libras
como el objeto de su cariño incontrolado,
una roca (a mis ojos, cierto es que mamíferos)
que no se asemeja,
ni vaga mente sugiere,
a la hembra de su especie.

Parece estar disfrutando
de un modo descortés,
pero como la roca obviamente permanece impasible
uno sospecha que no es una mezcla de dulces olvidos
lo que aviva su ímpetu,
sino un serio vicio en bucle retroalimentado;
a lo mejor sólo es vicio en general.
Los menos compasivos podrían incluso llamarlo
la quintaesencia del macho insensible.

Asumiendo un vínculo de género más allá de la especie
y una inquietud común,
aconsejo a mi ambicioso compañero:
«Eh, no creo que se esté haciendo la dura.
Te enfrentas a un caso literal aquí, Jack;
historia real, amigo; hechos pétreos.
Y sería negligente en lo fraternal si no compartiera
mi profunda y eminentemente razonable duda
de que la vayas a poder desgastar
por largo y grandioso que sea tu ardor.»

Ignorando mi consejo
tan completamente como mi presencia,
la rana toro sigue con su asalto infructífero
con esa promesa de locura enajenada
que invariablemente acompaña
a la idiota lujuria de ojos saltones.

Pero, en justicia,
¿el cerebro de quién no se ha cortocircuitado en un charco de hormonas
o, inflamado como un bidón de gasolina,
no ha sido arrojado a un torbellino que aullaba
donde una roca, de hecho, podría parecer un puerto?
Uno sólo puede concluir
que tal concupiscencia arrolladora
funciona como un seguro de vida para las especies,
un tipo de anulación procreativa
de cualquier decisión que requiera pensamiento,
un pensamiento que es notoriamente presa del pensar,
y cuanto más piensa uno sobre el pensar
más pensante se pone.
Por tanto, aunque el cerebro está hecho para elegir,
su existencia última depende
de la supremacía generativa del descerebrado deseo;
por lo que, con todo respeto, Monsieur Descartes,
tu soy viene antes de que pienses que eres.
Sucias compulsiones gobiernan deseos poderosos
volviendo irrelevante cualquier elección, así también
la razón, la moral, el gusto, las maneras,
y todas esas otras jarras de purpurina
que vertemos sobre lo pringoso y lo crudo.

La dura verdad es que nunca elegimos elegir:
ni los cerebros que usamos para optar
entre explicaciones opuestas para nuestro lío sexual
ni esos corazones que hemos cargado con nuestros errores
en nombre del amor.
Hacemos aquello que decidimos hacer,
la elección no es libre;
vivimos a merced de carencias más apremiantes.

Así, las urgencias surgiendo urgentemente,
montamos a unas pocas rocas por error.
Algo más embarazoso que la mayoría de nuestras estupideces, cierto;
pero y qué.
El poder de lo imperativo
acoplado a la ley del promedio
garantiza virtualmente que bastantes lo harán bien
para crear más cerebros que sepan
exactamente qué pasos seguir
hacia lo que pensamos que necesitamos
en este viaje pedregoso entre el delirio y el espejismo
—cuándo moverse, cómo usar nuestros sueños—,
un viaje donde aprendemos al final
que la libertad no es una decisión
que el cerebro sea libre de elegir.

Afortunadamente, mi verrugoso amigo,
el alma está hecha para aventurarse.

 

 

 

 

ATACÁNDOLO

Todos los plantadores de nuestra cuadrilla
cargábamos bolsas dobles de plantar.
Piss-Fir Willie llevaba tres en el arnés,
y metió otros veinte brotes desnudos
en su mochila con el almuerzo.
Un día que Timothy le pinchaba
—«Caray, Willie, seguro que podrías llevar
otros seis en cada pierna del pantalón
y una docena más entre los dientes»—,

Willie se volvió para decirle,
lo bastante alto para que lo oyéramos,
«Te diré lo que me dijo mi padre:
Hijo, si vas a ser un oso,
sé un grizzly».

 

 

 

 

TRABAJO DURO

Chicos, he escuchado vuestra mierda lo suficiente.
Si queréis saber lo que es trabajo duro, escuchad:
he cabalgado bajo el látigo de la miseria; he acarreado leña;
trabajado en un aserradero; reducido rocas enormes a piedrecitas;
levantado cien millas de vallas de madera;
plantado cepos en terrenos tan abruptos
que tenías suerte si podías arrastrarte colina abajo.
He hecho frente a un incendio salvaje; apilado sacos terreros frente a una riada;
empacado heno hasta tropezar con mi lengua;
y desguazado trastos de todo tipo
hasta destrozar la cabeza de una almádena
y un par de pares de guantes de soldador.
Así que, chicos, podéis tomar nota como si lo dijeran las sagradas escrituras cuando os digo
que el trabajo más duro que hallaréis en este mundo
es cavar la tumba de alguien amado.

 

 

 

 

SABER CUÁNDO PARAR

Has tenido demasiado
cuando no puedes recordar
cuánto has tenido
ni te importaría una mierda
poder recordarlo.

 

 

 

 

GASTOS VACACIONALES

De vuelta de su quincena de vacaciones anual en Petaluma,
noto que Willie va lento con su pala
mientras colocamos un buzón en la puerta sur de Temple Flat.
Bromeo: «¿Qué pasa, Willie, has olvidado
cómo usar una retroexcavadora irlandesa en la gran ciudad?»
Y aunque replica: «Joder, he desgastado
más palas antes de tener pelo en el culo
de las que probablemente usarás en toda tu vida»,
la respuesta es poco entusiasta para ser de Willie,
Y parece que se moviera con cierto enojo.
«¿Te sientes bajo?», inquiero.
«Un poco», admite.
Apisona algunas rocas alrededor del buzón,
se inclina sobre la pala de mano como un trabajador de Caltrans
y se queda mirando el llano entre las colinas marrones de verano.
«Ya sabes», agita la cabeza,
«hay que ser idiota para querer ir a la ciudad.
Los primeros nueve días los pasé bebiendo whisky,
los siguientes cinco minutos logré
que unos cuantos jornaleros mexicanos
a los que había cabreado en un bar de South Street
me sacaran a patadas hasta la primera puta papilla de mi vida
y el resto de la noche en la celda para borrachos meando sangre
hasta que me llevaron al hospital del condado
donde pasé el resto de mis vacaciones.
Imagina quinientos dólares en whisky, uno de los grandes de multa,
y otros cuatro mil setecientos por la puta factura del hospital.
Aquellos leñadores mexicanos podrían haberme dejado estúpido,
pero no soy idiota. De aquí en adelante,
me voy a tomar vacaciones cada veinte minutos,
aquí mismo en las colinas,
justo como estoy haciendo ahora».

 

 

 

 

PRECEPTOS BÁSICOS
Y UNA ADVERTENCIA PATERNALISTA PARA LOS JÓVENES

No te comas un animal atropellado que puedas arrojar en tu remolque.
No le hagas un calvo a la Patrulla de Carreteras.
Las apuestas largas cuando vas corto de dinero suelen ser perdedoras.
No confundas el góspel con la iglesia.
Nunca te chives de amigos o familiares.
Evita vivir en un sitio donde no puedas mear desde el porche delantero.
Sólo porque sea simple no significa que sea fácil.
No firmes un cheque con tu boca de cocodrilo que tu culo de lagartija no pueda pagar.
Si no la quieres, no silbes.
No te metas entre dos perros a marcar territorio.
Cualquiera machaca unos tomates, pero hace falta un chef para hacer salsa.
Nunca eres lo bastante pobre como para no prestar atención.
No andes farfullando paranoias.
Nunca duermas con una mujer que te está haciendo un favor.
Si te golpea un abusón, pon la otra mejilla. Si vuelve a abofetearte, dispara a ese hijo de perra.
Conservarlo es el doble de difícil que conseguirlo.
Nunca atravieses un pueblo en coche a cien millas por hora con la hija quinceañera
xxxdel sheriff borracha y desnuda en tu regazo.
Nunca dibujes en sentido opuesto a la gota.
Si no estás confuso es que no sabes qué está pasando.
El amor es siempre más duro de lo que se presiente.

 

 

 

 

MATAR

Sólo de dos maneras
puede justificarse
matar a una criatura:

si vas a comértela
o intenta comerte.

 

 

 

 

LA MUERTE Y EL MORIR

No importa un bledo
cuándo, dónde
o cómo
mueras.
Lo importante es:
no te lo tomes como algo personal.

 

 

 

Dodge, Jim. Lluvia sobre el río (Trad. Antonio Rómar y Pablo Mazo Agüero). Madrid; Ed. Salto de página, 2017.

 

LABOR DE MELANCOHOLISMO

 

ENCUENTRO

Andaba por las Ramblas calle abajo.

El día era brillante. Había flores,
payasos, vagabundos y quioscos.

Un murmullo denso se me acercaba
paseando hacia el puerto, oliendo el agua.

Yo miraba a un viejo que hacía trucos.
Buscaba una moneda en mi bolsillo
cuando una mano se posó en mi mano.
Antes de volverme oí su voz. Dijo:
«¿Cómo estás? El tiempo no te ha cambiado…»

Pasamos la tarde en un café, juntos.
Reíamos buscando entre el pasado
momentos compartidos ;y el amor.
(Ese encuentro casual fue una memoria.)
Las luces de las tiendas se apagaban…

«…y me ha alegrado mucho haberte visto…»
Lo dijo con sus anchos labios rojos.

Y yo pacté con el silencio (…) Dije
al fin: «Estoy solo…» Y toqué su mano.

Luego, en la cama, escuché: «También yo.»

 

 

 

 

ESPEJISMO

Serían las once de la mañana.
Yo andaba taciturno, pensativo.
Veía las cosas desdibujadas.
El viento se refugiaba en mis ojos.

De súbito apareció un hombre extraño.
Dijo: «Puedo escribir los versos más
tristes esta noche»; y miró hacia el cielo.
Su calva relucía por el sol.

Algo en él me parecía cercano:
«¡Coño! ¡Ya decía yo! ¡Si es Neruda…!»

Por un momento me sentí endiosado
y contemplé boquiabierto el prodigio.

Pablo sonrió y volvió a mirarme.
«Sucede que me canso de ser hombre»,
recitó, mientras su imagen huía
del mundo y volvía a ser invisible.

Volví con las piernas temblando a casa.
Tomé una ducha fría y una tila.
Acaso yo debiera beber menos
por las mañanas. O no salir nunca.

 

 

 

 

VIAJE

Me dijo: «Cuídate, espero tus cartas»,
y se fue caminado hacia el avión.

Ella fue quien me besó porque yo
tenía los latidos en la boca;
no tenía en los labios despedida
alguna antes de la soledad.

Permanecí un rato en el aeropuerto.
A la vuelta ya nadie me esperaba.

 

 

 

 

FANTASÍAS

Ser guapo es una gran desventaja.

Mis amigas —o las que no lo son—
me citan un día; saboreamos
en un restaurante una cena exótica;
fingen ser personas interesantes
con la copa en la mano, con sus bocas
queriendo ser sensuales al hablar.

Cada una de ellas me conduce
a su piso mediante alguna excusa.
Desenvuelven todas sus seducciones…
Qué puedo hacer si agarran mis dos manos
y las posan en sus cuerpos. Qué puedo
hacer si me quitan la ropa y besan
mi rostro con impaciencia, con furia.

Sólo hay una reacción para esas cosas:
eyacular y dejarlas contentas.
Eso habré de hacer en la larga noche
como una simple máquina explotada.
Todas esas mujeres tan hermosas,
elegantes, con físicos perfectos,
pasan a ser vulgares ya en la cama.

¡Estaban tan deseables cenando!
Con un vestido caro, maquilladas,
con el cabello sin desordenar…
Sus gestos eran lentos y excitantes.
Sus ojos reflejaban el deseo
y todo era belleza. Y es que el prólogo
al amor es el verdadero orgasmo.

Pero siempre la armonía se rompe.
Consiguen convertirse en animales
del sexo. Piensan sólo en disfrutar,
en moverse insaciables como locas.
Y entonces todo pasa a ser vulgar.
¿Dónde el romanticismo, la ternura,
se entregan desde el corazón y el alma?

Se aprovechan de mi debilidad,
de mi inocencia. Yo no sé decir
que no; no puedo negarme a un favor
como el que me piden en esas noches.
Sería un grosero si despreciara
la vagina y el culo tan ansiosos,
los pechos firmes y la boca abierta.

Sí, es cierto, a veces quedo aburrido
de la misma historia que se repite
una y otra vez, sin tiempo al descanso.
Yo, en realidad, desearía un camino
espiritual, junto a una mujer
virgen de emoción y sin más condones.

Pero, por ahora, sigo sufriendo.

 

 

 

 

PRIORIDAD

Todos sois importantes menos yo.

Poseéis talento, poseéis sueños;
vivís con tranquilidad el pasado.

Vuestras vidas están llenas de cosas:
tenéis trabajo, cultura, dinero.
Sois jóvenes, elegantes y hermosos.

Todos sois como yo quisiera ser.

Os cambiaría mis ojos, mis manos,
mi casa, mi alma… por vuestros ojos,
por vuestras manos, vuestra casa y alma.

Parece que cada día tengáis
la muerte más lejos; seáis mejores.

En cambio, yo, sólo os tengo a vosotros.

 

 

 

Montesinos Gilbert, Toni. Labor de melancoholismo. Albacete; Chamán ediciones, 2018.

 

EL TARRO DE GALLETAS

 

EL TARRO DE GALLETAS

El centro comercial de Coddington estaba atestado de compradores navideños mientras esperaba en la cola de El Tarro de las Galletas, una panadería que se dedica fielmente a mi dulce favorito.
xxxEra justo después de la pausa tras el almuerzo y quedaba una sola vendedora en el mostrador, una joven de sonrisa fatigada y dispersa. Trabajaba tan deprisa como era capaz, pero la cola avanzaba con lentitud. Yo me entretenía con un diario deportivo, considerando si valía la pena apostar cien dólares por los 49ers estando las apuestas tres a uno contra los Rams, cuando mi atención fue atraída por la anciana que etaba delante de mí. Por su postura inclinada y sus arrugas le eché unos setenta recién cumplidos o al menos sesenta y cinco mal llevados. Llevaba un vestido gris, pero lo oscurecía un grueso suéter negro que lo tapaba casi hasta los bajos. Estaba echada hacia delante, apoyada sobre el bastón y con la nariz pegada al expositor, examinando las galletas con la atención tranquila y fiera de un halcón. Atraído por la fuerza de su concentración, doblé el diario deportivo y dije amablemente: «Siempre cuesta decidirse».
xxxSus ojos ni siquiera parpadearon.
xxxNo puedo culparla por ignorarme. Por qué debería una anciana, en una sociedad de atracadores, violadores y artistas de la estafa, alentar una vaga conversación con un hippy barbudo y medio tarado venido de las colinas, donde probablemente cultiva toneladas de marihuana y hace dios sabe qué a las ovejas. Sentí ese pequeño baño de tristeza que tiene lugar cuando tus buenas intenciones son bloqueadas por circunstancias culturales.
xxxCuando llegó el turno de la anciana, con un grueso acento eslavo pidió tres galletas de chocolate. «De las grandes», especificó, golpeando el cristal con la punta del dedo para indicar su preferencia.
xxxLa agobiada dependienta tomó obedientemente tres galletas del tamaño de un platillo de café con un papel de confitería. Advertí que una de las galletas tenía un pequeño trozo desprendido del borde. También se dio cuenta la anciana: «¡Ninguna de las rotas!», ordenó.
xxxLa dependienta le ofreció una sonrisa con el piloto automático y reemplazó la galleta defectuosa, deslizándola en una bolsa blanca que dejó sobre el mostrador. «Un dólar con sesenta y seis, por favor», le dijo la anciana.
xxxLa anciana me dio la espalda para revolver torpemente dentro de su monedero, que era del tamaño de un pequeño bolso de punto. Después de mucho rezongar, consiguió al final dos billetes de dólar enrollados juntos y atados con esmero por una goma amarilla. Se dirigió a la dependienta con un protocolo acérrimo: «También desearía unas galletas de mantequilla de cacahuete. De las pequeñas. Hasta veinticuatro céntimos».
xxxLa dependienta, con una mirada que suplicaba Dios, ojalá empezara mi descanso ya, sacó tres pequeñas galletas de mantequilla de cacahuete y, sin molestarse en pesarlas, las dejó caer en la bolsa con las otras. La anciana hizo rodar la goma amarilla hasta sacar los billetes y los desplegó sobre el mostrador, deteniéndose a estirarlos bien antes de asegurar la bolsa blanca dentro de su bolso de punto, dejar caer la goma amarilla y el tiquet en el interior y marcharse arrastrando los pies enérgicamente. La perdía de vista entre la multitud mientras avanzaba para hacer mi pedido.
xxxUna media hora más tarde, sin embargo, mientras estaba sentado en un banco del extremo opuesto del centro comercial, todavía sopesando el dinero y los pronósticos, y ventilándome un último perrito caliente, la anciana apareció y, tras considerables maniobras, se dejó caer en la otra punta del banco.
xxxSin ningún gesto de reconocimiento hacia mi presencia, abrió la bolsa blanca de El Tarro de las Galletas. Cada una de un bocado, con lento y exquisito regocijo, se comió las tres pequeñas galletas de mantequilla de cacahuete. Cuando hubo terminado, miró dentro de la bolsa para comprobar las otras tres, las grandes, y entonces, como para confirmar su existencia, su promesa de placer, las nombró una por una:

«Viernes por la noche.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxSábado por la noche.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxDomingo con el té.»

 

 

 

Dodge, Jim. Lluvia sobre el río (Trad. Antonio Rómar y Pablo Mazo Agüero). Madrid; Ed. Salto de página, 2017.

 

DOS POEMAS DE ‘CANTO DESGARRADO’

 

EL REY DE LA PISTA

bailar
con
la
muerte
también
fue
cuestión
de
supervivencia.

 

 

 

 

CONVERSACIÓN EN UNA TARDE LLUVIOSA

—¿qué viene después del rayo, madre?

—la destrucción, hijo, la destrucción.

 

 

 

Nieto Tavira, Christian. Canto desgarrado. Sevilla; Ediciones en huida, 2018.

 

ESCRIBIR

 

xxxEl hombre que escribe para explicar el mundo es que no sabe jugar. Cada hombre tiene su juego salvador, como lo tuvo de niño, y la cuestión está en encontrarlo. El juego del escritor es la escritura, pero a la escritura hay que ir a bañarse, porque viene de manaderos remotísimos y fríos, y sólo es buen escritor el que sabe ponerse en el turbión, dejar que le coja de lleno. Una vez conseguido eso, olas de la mar me llevan.
xxxEscribir para explicar el mundo o los precios del mercado sería —es— como tocar la Quinta de Beethoven para ahuyentar a las visitas. Comprendo que las visitas huyan ante semejante provocación. Yo sería el primero en huir, como huyo de las novelas que quieren probar demasiadas cosas, o una sola, pues nunca he olvidado la frase del surrealista André Breton, leída en mis lecturas de pensión: «Ninguna novela, pese a sus pretensiones, jamás ha probado nada.» Había que escribir novelas que no probasen ni siquiera que eran una novela.

 

 

 

Umbral, Francisco. Trilogía de Madrid. Barcelona; Ed. Seix Barral, 1985.

 

ARMISTICIO (2008-2018)

 

OMENAGE A LOS POETAS

Siempre habrá un estudiante dislocado,
un tipo que se sepa ya tu chiste,
un cartel de se vende o se traspasa.

Y no es que existan cosas que no cambian,
es que hay cosas que cambian y no importa.

El amor no ha dejado de mutar
y sin embargo míranos aquí;
cantando con los mismos artificios
baratos que otros muchos
ya usaron (y mejor). Es lamentable.

Es lamentable, sí, pero es humano
y en ser humanos somos los mejores
por mucho que le pese a la robótica.

Así se acaba el mundo, sin un bang
y sin un gimoteo:

se acaba entretenido en el asunto
de vivir, de ir viviendo sin causarles
demasiadas molestias a los padres,
a los hijos, a quien se nos acerque.

¿Vendrá la claridad del cielo un día?

Es igual: al final todo es lo mismo.

 

 

 

 

NO QUIERO

Yo no quiero una calle en mi ciudad
ni en la ciudad feliz donde fui joven
ni en esta otra ciudad donde me muero.
Y no, no soy modesto, ni me abruma
la idea (bien bonita, la verdad)
de tener una calle corta y fea
o que la gente escupa sobre el suelo
de mi nombre o que un niño flaco acabe
debajo de las ruedas de un camión
que reparte butano en esa calle.

Lo que a mí me fastidia es que, hoy en día,
si le ponen tu nombre a cualquier sitio,
la huella que se imprime en internet
al rastrear tu nombre son ofertas
de pisos y de plazas de garaje.

 

 

 

 

CONTRA LA LITERATURA

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxPara Alberto de la Rocha

No hay nada más inútil que escribir.
Nada más dependiente que los libros.
Pero Alberto me llama y me pregunta
¿Qué te está pareciendo mi novela?
Y yo le digo bien, salvo este punto
y el momento en que dice esto y aquello
y él escucha y anota y bien parece
que aquí estamos haciendo algo importante.

Quién pudiera vivir fuera de un libro,
juntar en un hatillo las palabras
y haciéndose a la mar decir: «Adiós,
me voy para morir entre las fauces
de una auténtica bestia, les regalo
la curva de mi espalda, mis bolígrafos,
el impreciso sueño de la gloria,
la implacable derrota de mi olvido».

 

 

 

 

EN UNA BIBLIOTECA EN SALAMANCA

Me pregunto qué esperan sobre el conglomerado,
qué les han prometido para arquearse así,
rindiendo pleitesía, cargados de esperanza.

Ignoran que las minas de sus lápices
se han roto imperceptiblemente; ignoran
que en esta biblioteca no te puedes
dejar aconsejar, que no hay amigos
y nunca los habrá.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxLeen. Estudian,
y aunque yo no lo quiera me recuerdan
a mi infancia en el pueblo los domingos,
viendo cómo salían de la misa.

Sí: yo también envidio vuestra fe;
vuestra creencia vaga en el mañana.

Vuestra forma sincera de desearos suerte.

 

 

 

Clark, Ben. Armisticio (2008-2018). Palma de Mallorca; Ed. Sloper, 2019.

 

FRANCISCO UMBRAL, GERARDO DIEGO Y ANTONIO MACHADO

 

xxxLa poesía de Gerardo —gran dotado verbal— lo que pasa es que no evoluciona.
xxxSe plantea un tema religioso, amoroso o estético y lo resuelve brillantemente. Pero en él no hay progresón lírica. El poema está resuelto «existencialmente» de antemano. Resulta así, Gerardo, un hagiógrafo, un poeta plano —pese a tanto relieve verbal.
xxxMachado, con mucha menos brillantez de escritura, es alto lírico porque en sus mejores poemas siempre está ocurriendo algo (algo poético), y el verso final queda en movimiento, abierto, «palabra en el tiempo», objeto léxico abierto al devenir. La falta de conflicto, en Gerardo, es consecuencia de una mentalidad inmanentista, inmovilista, conservadora, que lo da todo por resuelto de antemano. El mundo está bien hecho por obra del Creador. No hay sino cantarlo. Pero poeta es el que encuentra el mundo mal hecho, y lo rehace. «Es la sintaxis —sí— la que se vuelve loca» (Barthes). Porque también el idioma está mal hecho.
xxxDecían que Gerardo no hablaba. Los famosos silencios parpadeantes de Gerardo. Yo creo que no le dejaban hablar. Cuando me tocaba en la silla de al lado, yo le entraba por directo en Lope, un suponer, y Gerardo me daba una sabia conferencia. En España ha habido unos cuantos grandes que han tenido fama de no saber hablar.
xxxLo que pasa es que los españoles no sabemos escuchar.

 

 

 

Umbral, Francisco. Trilogía de Madrid. Barcelona; Ed. Seix Barral, 1985.

 

LOS REGALOS DE LOS AMIGOS (LXIX)

Acaba de llegar a casa el segundo libro de Christian Nieto Tavira. En nada dejaré algo de él aquí en el blog.

 

 

DE OTOÑOS Y RENUNCIAS

 

NUEVOS OTOÑOS

Ahora sabemos que el verano ha acabado.
El sol aún quema
y las tardes se alargan,
pero sabemos que el verano ha acabado:
gentes con equipajes
disfrazan la vuelta de prisas febriles
y todos maldecimos los meses idos.
Ya hemos salido de una estación a otra,
recoge-relojes, navegantes por un mar de tiempo.
Y maldecimos los meses idos.

No dejamos un sitio, sino un verano:
no perdemos un sitio, sino un milagro:
la libertad fugaz
de horas sin medida.

 

 

 

 

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxNo entres dócilmente en la noche callada
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx(Dylan Thomas)

Que sea el olvido
la última cosa a la que yo me entregue.
Y si fuera posible
que ni siquiera llegara el olvido.
Que lo que guarde inútil,
tenazmente, sea la memoria
de todos los momentos, de las cosas,
los seres que tan cálidamente amé,
y en que he pensado.
Que la memoria vuestra sea
la última cosa que me quede,
y que ella sea para mí
salvación y rescate de la muerte.

 

 

 

 

VOY mirando estas cosas:
voy mirando los libros, aquel vaso, tu ropa,
como si hubiera muerto
o me estuviera yendo,
como si hubieran ya
dejado de ser míos.

Y todo viene a ser memoria de lo hermoso,
memoria de lo amado que tuve
y que no tengo:
horas que ya no viven
y que no sé si han sido.

 

 

 

 

SUPÓN que me repites en un gesto,
que unas palabras tuyas han sido ya mías
y hasta tu pensamiento
se ha vuelto en parte mío.
Y andabas sin saberlo.

Supón que esa señal, o una costumbre
no son sólo un recuerdo, sino algo
que persiste en tus manos y tus ojos,
una presencia mía no perdida.

Supón, en fin —tal vez ya suponiendo demasiado—,
que voy viviendo en ti
como si fuera parte tuya:
tú andando por ahí,
y sin saberlo.

 

 

 

 

RECUERDO DEL FUTURO

xxxxxI

Al descansar pesadamente la cabeza,
sintiéndola caer sobre el sillón,
tuvo una imagen nueva de sí misma:
ella que, seguramente, aún era joven
recordó la vejez y su llegada.
Tuvo miedo de la debilidad,
del abandono; miedo al sueño penoso,
a todas las futuras dependencias,
a la pérdida del cuerpo
que ahora conocía y era el suyo.
Se conmovió entonces por sí misma,
por el posible tiempo apagado venidero.

Después un gesto brusco la arrancó de su imagen,
y se miró, feliz por la ignorancia
de los años futuros,
resuelta a no dejarse arrastrar a ningún abandono,
a aferrarse a la luz de seres y de cosas
y del cuerpo que tuvo.

Resuelta, sobre todo, a hacer continuo
el hilo entre el futuro y estas horas.
Fuerte para los días
en que habrá de tener
completa y desvelada la memoria.

 

 

xxxxxII

Mientras anda con ese aire
que llaman decidido,
mientras llega a la plaza, mientras
se para un poco, se da cuenta
de que han pasado muchas horas,
se mira arrugas que antes no tenía,
empieza a detener el paso.

Le parece que de un momento a otro
se va a tener algo de lástima;
pero no se consiente esa tristeza
ni esperar encontrar torpe
ese cansancio.

Se sonríe pensando que la que tendrá arrugas,
y detendrá su paso, y hablará con voz tenue
seguirá siendo ella;
piensa, mientras sonríe,
que aquella que descansa
no será sino ella,
por fin reconciliada con el tiempo.

 

 

 

 

JANIS JOPLIN EN JUNIO

Tiempo obscuro: la lluvia.
Sólo por fin la lluvia.

A mí antes
no me gustaba la lluvia.

Pero ahora —sol,
tiempo amargo—
ahora,
que todo lo inundara
la lluvia.

 

 

 

 

RENUNCIA

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxDefenderé
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxla casa de mi padre
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx(Aresti)

Y ahora, ya pasados los límites de la casa del padre
—que no he de defender—,
cuando quiero olvidarme de las piedras
que componen la casa de mi padre,
aún me siguen las sombras,
los ecos, las voces familiares:
viven en mí las sombras de los muertos,
la obscuridad de un mundo
que en mí ha ido creciendo,
anclando sus raíces.
Viven en mí las voces de otro tiempo,
el mundo traspasado de la casa del padre,
de la que estoy tan lejos,
de la que ayer he huido:
la casa de mi padre que no he de defender.

 

 

 

Saura, Aurora. Las horas. Murcia; Editora Regional de Murcia, 1986.

 

LA LEPRA, LA EPILEPSIA, LA SÍFILIS Y LA INQUISICIÓN

 

xxxEl siglo XIV, en Madrid, es el siglo de la lepra. El siglo XV, el siglo de la epilepsia. Y el siglo XVI, el siglo de la sífilis. En 1723, nueve hombres, en Madrid, son quemados por matrimoniar con mujer que había apadrinado con ellos, a efectos sociales, algún recién nacido, o por comer carne en viernes. La plaga del siglo XVIII, y de todos los anteriores, es la Inquisición. La Gaceta Literaria (iberoamericana: internacional) de Giménez caballero se presenta en los años veinte, como quincenal y madrileña, a treinta céntimos con subdirección de Guillermo de Torre (quien, sordo de exilio, casi se me moría en los brazos, siglos más tarde, en el Gijón), y visado de la censura de Primo de Rivera. Entre los nombres manejados, Pío Baroja y Moreno Villa. De esa revista de vanguardia iba a nacer, años más tarde, el fascismo español. El fascismo es la lepra, la epilepsia, la sífilis y la inquisición del siglo XX.

 

 

 

Umbral, Francisco. Trilogía de Madrid. Barcelona; Ed. Seix Barral, 1985.

 

LAS HORAS

 

PRÓLOGO

Siempre esta insatisfacción heridora,
inacabable.
No sé por qué no te sientas en calma
a contemplar las horas.
Por qué no andas, lees,
te bañas, simplemente.

No sé qué buscas o qué esperas que pase
cuando miras el mar
tan insistentemente,
y llevas a otra orilla tu deseo.
No sé qué buscas: aquí queda tan sólo
un vuelo malherido,
la voz inalcanzable.

 

 

 

 

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxInfinitas nostalgias brotan de los actos limitados…
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx(Rilke)

TODA la vida
no vale lo que un gesto:
ese apartar el pelo con la mano,
la ligera sonrisa en que te miro.

Todas nuestras palabras,
siempre tan imprecisas,
y aquel razonamiento tan complicado,
tan inteligente,
no valen lo que este roce leve de tu brazo,
el ofrecer el agua, o esta no calculada
entrega de los cuerpos.

Nuestra vida y un gesto son lo mismo:
que al menos recordemos ese gesto.

 

 

 

 

SIEMPRE necesitando las palabras.
Como si no bastaran
los pensamientos, los gestos,
la mirada, mis manos,
el silencio.

 

 

 

 

ESPEJOS

Los espejos, esas cosas terribles,
no deberían estar tan a la mano.
Deberían dejarse ver de tarde en tarde.

No deberían pararse ante nosotros,
perseguirnos, estar en donde estamos.
Tendrían que mirarse una vez sólo
y no moverse tanto.

Deberían mirarse una vez sólo
y luego estarse quietos.
Quedarse luego quietos, muertos para siempre,
boca abajo:
esas cosas, esos seres terribles,
los espejos.

 

 

 

 

VINO hasta mí y se ha ido.
Alguien dice:
“es lógico”, “esperable”, “conveniente”.
Alguien pretende
explicar lo inexplicable.

Pero mejor será ponerle nombre.
Mejor decir:
“amor”, “desdicha”, “ausencia”.
O equivalentes suyos:
“milagro”, o “abandono”.

Llegó hasta mí. Lo tuve. Lo he perdido.
No hay formas de explicar
las realidades.
No hay modos, no hacen falta:
sólo hay nombres.

 

 

 

 

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxNo deixis que l’angoixa em guanyi
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx(de una canción de Lluís Llach)

NOS ganará la angustia
a ti y a mí.
Nos ganará la angustia,
que negábamos.

Y ahora querría,
cómo quisiera ahora,
que esta angustia
tan sólo
me ganara a mí.

 

 

 

 

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxDecir libertá non era triste, decir verdá era como un río
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxixxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx(C. E. Ferreiro)

EL mundo no tenía estos contornos ásperos,
los árboles, las piedras y la arena
no eran tan ajenos a nosotros.
Aún podíamos nombrarnos sin dolor
y se reconocía el vuelo de los pájaros.
Se podía recibir al que llegara
sin preguntarse antes si era
amigo o extranjero.
Aún no era el mar esta acumulación de lágrimas,
ni el sol se nos iba negando cada día:
no había empezado aún esta lluvia incesante.

Dime en qué lugar, en dónde
hemos vivido este recuerdo de salvación.
En qué sitio, en qué tiempo.
Dime dónde,
en qué sueño.

 

 

 

 

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxAssentiré de grat, car només s’em dona
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxd’almoina la riquesa d’un instant
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx(Espriu)

VIVIENDO este momento:
deliberadamente renunciando
a vivir más allá
de lo que puede hacerse cada día.

Encontrándome en cosas,
en gestos, en vosotros:
como si se pudiera
permanecer en este instante,
en la alegría de ahora,
en no saber qué pasará mañana.

Salvándome a mí misma
en este olvido,
renunciando otra vez
al recuerdo apremiante de que hay tiempo.

 

 

 

 

AVISO SOBRE LA MESA

He mirado esta pequeña hoja
como quien lee de nuevo
tantas cosas.
Esta letra como si se moviera hacia el pasado,
como recuperar de golpe
sobresaltos,
intensidad, pequeños lazos atando nuestras vidas.
Esta letra de ti como si hablaras,
como si hubieras vuelto hacia otros años,
como si pensáramos juntos
y cogieras mis manos, y con ellas
escribieras de nuevo nuestra historia.

 

 

 

Saura, Aurora. Las horas. Murcia; Editora Regional de Murcia, 1986.

 

Categorías:Poesía

CONCIERTO DEL DESORDEN Y POEMAS INÉDITOS

 

CON LOS AÑOS

¿Cómo llevar lo de pudrirse poco a poco,
si con inocencia, si con orgullo, si con miedo?
¿De qué país son las repeticiones,
para exiliarme de él?
Desarbolados, con las raíces en arenas movedizas
y hojas que nacen para secarse.
Cuánta grandeza en engañarse.
Qué solos estamos y qué graciosos somos.
Cuánta imaginación le ponemos.
Y a veces, que al mirarnos nos vemos,
qué escalofrío. Qué broma siniestra.
Qué esfuerzo por fingirnos.
Cómo cansa con los años la conciencia.

 

 

 

 

DEL MIEDO

Qué cómico el poder que tiene el miedo.
Me hace temblar de noche en el pasillo
que recorro dichosamente a tientas
para no despertarle
y no precipitarme en el abismo.

El miedo es el humor
que segregan los cuerpos.
Por fuera es una broma.
Por dentro es una fiebre,
un terror a la vida
que nunca te abandona.
El milagro es perderlo por la gracia
de estar enajenado de uno mismo.

 

 

 

 

EL POEMA DE AMOR

Cómo digo que del amor no escribo
si, por no verlo, lo veo en cada esquina.
Si el amor es todo lo que me excede
y todo lo que me falta. Lo sé.
Pero recuerdo esa frase: Él no ama.
Y el juego de la muerte de mis padres:
mamá caía de espaldas, papá la sostenía.
Y yo lloraba. Y sólo era una broma.

Pero amo, sí. Lo amo todo y todo me da pena:
que se vaya o se quede.
Amo en algún lugar que permanece
antes de la caída.
Y renuncio a la farsa
porque el amor no me toca. Pasó.
Si estaba en todas partes, ¿por qué lo sobreactúan?
¿Por qué la posesión? ¿Por qué lo cercan?

Pero el amor lo adivino en mis lágrimas,
que brotan como si antes nunca hubiera llorado.
Es el rescoldo de una llamarada,
el cielo y el infierno.
¿Por qué ese juego estúpido?
¡El prestigio de la vida! ¿Por qué amarla si duele?
Amar sin el amor, después de todo.

Cae la lluvia. El niño y la gata duermen.
Yo amo al niño, a la gata
y el ruido de la lluvia en los cristales.
Pero también me asusta.
Es mi manera de amar: tener miedo.
¿Qué más podría decir yo del amor?

 

 

 

 

QUISE AMARTE

Quise amarte sobre todas las cosas
y que esa ilusión no se ensuciara,
que no fuera la fiebre y la misma enfermedad,
el cerco que se estrecha por segundos
sobre el sueño más noble. Y volver a rendirme.
No pudieron persuadirme las máscaras,
ni tan siquiera las más convincentes,
del fracaso seguro del intento.
Quise amarte y no puedes existir.
Quise darte mi tiempo y no me ves.
Y el día que te tuve se hizo noche.

 

 

 

 

CONFIESO QUE HE CREÍDO

Podría no expresarlo y seguir como hasta ahora,
representando el papel de un escéptico;
pero da igual callarlo que escribirlo
si, como Enric decía, no me van a entender.
Lo digo. No lo digo. Lo digo. No lo digo.

Si no me importa a mí, a quién le importa.
No me mueve ambición ni vanidad alguna
y hasta, siendo sincero, me avergüenza
haber llegado al punto de pensar en decirlo
y que esta confesión resulte inoportuna.
Pero me duelen prendas si callo.
Lo digo. No lo digo. Lo digo. No lo digo.

Soy un creyente absurdo que no admite su fe.
No la perdí ni en los peores trances.
Hasta en el cuarto oscuro sé que la conservé.
Fue mi modo de ser no bien tuve conciencia
de que estamos de paso entre una nada y otra.
En esa convicción sin argumentos,
en esa luz que no apagan las sombras,
en ese temporal que la razón ignora,
sin rezos ni liturgias, sin religión ni dogma,
he vivido mis años sin sucumbir al miedo.
Y nada me ha faltado ni me sobra.

 

 

 

 

ORACIÓN PRIMERA

Donde la dualidad nos deje de doler
y el duelo sea una fiesta.
Allí donde la vida permanece
y permanentemente se suicida.
Donde no haya liturgias que no sean las nuestras,
sin velos y sin ruinas.
Donde el aire circule con nosotros.
Que por allí nos busquen, que allí nos encontramos.
En un amanecer que nos ensancha,
del que nada tememos.
Crecimos en los límites del mundo
para una locura que nos redime.
Vamos de sombra en sombra.
Que el misterio nos libre de la culpa
y no haya más pecado que una forma
de callar entre ruidos
y esta pereza de ser que destilan
los últimos engaños.

 

 

 

 

PERO YA NO LOS VEO

Antes sólo eran ellos. No había edificios ni tiempo.
Los veía por todos los rincones, fascinado.
Pero ya no los veo.
Ya no me pierdo tras sus pasos.
La ansiedad se esfumó
como nube que se lleva el viento.
¿De dónde viene esta calma y a qué me conduce?
Sin ellos, todo lo veo y todo lo escucho,
todo dice y significa,
todo extrañamente permanece.
Como si hubieran encendido la luz
en un inmenso cuarto oscuro,
todo está ahí dispuesto a acompañarme.
¿Qué puede hacer un hombre
sin ambición y sin deseo?
Vivir sin tristeza, con los brazos abiertos,
y despreocupadamente esperar el paso de los días.
Sin ellos no hay cuidado:
no habrá miedo al amor ni al vacío.
No eran la sal de la vida.
Adiós a los hombres del mundo.

 

 

 

 

AMIGA MÍA

¿Qué máscara usaremos cuando emerja la sombra?,
te preguntaba. Y siempre respondías lo mismo:
La sombra no emergerá. Sólo habrá
mágicos frutos y labios muy ebrios.
Mostraremos el rostro a la luz que tenemos.
No pude imaginar que llegarías en medio de la lluvia,
con el silencio intacto de tu frente
y esa sed que te volvía tan bella.
Desde entonces la amistad tuvo nombre de mujer.
Y cuando no lo tenía, feminizaba al amigo.
Nada es más hermoso ni verdadero.
Renunciarás al miedo, me dijiste.
Pero no había nada que pudiéramos temer.
Bajo tus alas desplegadas cabían las islas más exóticas,
un asombro permanente, el rumor de los libros
que no habíamos leído, compases de canciones
que aún no habíamos oído, y los destellos
de inolvidables películas ni siquiera concebidas
que por nosotros ya estaban muy vistas.
Para hacer un talismán me basta tu corazón.
Juntos luchábamos cuerpo a cuerpo con el mundo,
pero no exhibamos ahora nuestros trofeos.
Dejémoslo para la leyenda, amiga mía.
Qué sabrán ellos de esta emoción y de esta inteligencia.

 

 

 

 

UNA LENGUA COMÚN

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA Joe Borsaní y Estela Alas

Una lengua común para locos y cuerdos
que exprese todo el miedo,
para poder hablarla en los confines
de nuestro amargo exilio:
lengua nueva para un terror antiguo
oculto para siempre en el espejo,
moneda de dos caras y dos cruces
que cambiará la suerte por un solo destino.

Una lengua común para vivos y muertos,
para locos y cuerdos. Abierta la compuerta
que separó nuestros mundos, marchamos,
como los imanes del tunecino,
a nuestro inevitable encuentro
y confundidos en un abrazo, nos fundimos
sin saber qué polo somos, positivo o negativo,
quién es la llave y quién la cerradura.
Una lengua común para el amor
que nunca nos separe,
una lengua común que nos libere
por siempre de la muerte y del olvido.

 

 

 

 

ODIO EL VERANO

Odio el verano. Odio con el alma
la estación de los traumas de todas las edades,
de los días de calor aciago y la tristeza
luminosa, de la falsa alegría,
de las separaciones,
de los zarpazos de la muerte. Odio
las ilusiones de la estación embaucadora,
sus raptos de pasión,
su felicidad episódica. Odio
los fuegos artificiales que no engañan ya
ni a los adolescentes,
sus veladas de insomnio,
sus pesadillas sudorosas. Quiero
escapar para siempre del verano,
no volver a mirarme en sus noches estrelladas,
en el sueño agónico de sus playas,
en su libertad vigilada. Odio
sus promesas que no se cumplen. Odio
la engañosa caricia de sus sombras,
la joven tersura fantasmagórica
de sus cuerpos errantes.

No quiero más recuerdos estivales,
ni fábulas de amores susurradas
en un bosque fingido.
Odio su música de grillos, odio
la lentitud espesa
de sus interminables siestas. Odio
las picaduras crueles de sus insectos tórridos,
la ansiedad de sus ruidos, sus vanas confesiones,
todo el dolor de sus silencios. Odio
su torrente de llantos, su cascada
de aprensiones, su cúmulo de culpas,
su rosario de insalvables distancias,
la suma de sus pérdidas y el alud de sus miedos.

Contemplo el horizonte de naves que se alejan.
Mi vida es la esperanza del invierno.

 

 

 

 

LOS AÑOS CERO

Primera década de un siglo. Los años cero.
Dos torres fueron derrumbadas. Y los excesos,
todos, quedaron admitidos. La realidad
dejó de existir. «Sin sentido, esto da igual»,
pensarían los que atacaron el corazón
desprotegido de tu reino de amor y música.

Sin apenas poder, las brujas ensombrecieron
la fiesta feliz de los duendes. Y en el planeta
no hubo lugar para esconderse. Sin utopías
y atacada nuestra memoria en todos los frentes,
después del suicidio anunciado de un buen amigo
que en vida tramó las mejores revoluciones,
ya sin aliento y despojados de toda épica,
nos arrastramos por el siglo de infame prólogo.

Descabezados, solitarios, desamparados,
igual que abejas sin colmena. Y dando vueltas
en círculo pero sin centro, sin más pasado
que un puñado de testimonios que se silencian
y el horizonte de un futuro que nos desprecia,
sobrevivimos, sin embargo. Como si fuera
ése nuestro único objetivo. Sin esperanzas,
sueños ni metas, pero vivos. Eso bastaba
en los años cero del siglo ya veintiuno.

 

 

 

 

PERO MEJOR DE LEJOS

Admirable es la entrega y el amor de los padres
y muy conmovedora la devoción filial.
Pero descuida, Carlos,
que yo no haré la loa
de semejante engendro. Pues sabemos,
aunque esto nos margine,
que nacen de ese abismo
los males que en la vida nos acechan.
Si en sí misma la especie resulta despreciable,
la prestigiada institución la vuelve
inagotable fuente de traumas y desdichas.
No seremos felices ni tal vez desgraciados
por este extrañamiento sin retorno.
Pero el espanto es cierto.
Y viendo el vasallaje al que ellos se someten
con vínculos de sangre, en un necio ritual
de aprensiones y débitos que no nos es ajeno,
tratamos de escapar para quedarnos solos.
Ni sin el padre el hijo ni por el hijo el padre,
ni el amor de la madre es tan virtuoso,
ni la hermandad segura. Si todo es una cárcel
de ruindades y afectos y una red de complejos.
Es la espesura, el peso que lastra nuestro vuelo,
la trama turbadora que tejen nuestros miedos,
un núcleo indestructible de amores y de duelos
acaso inevitable. Pero mejor de lejos.

 

 

 

 

MAÑANA YA VEREMOS

Hoy me he librado de ella.
Con diferentes tonos, su voz es cotidiana.
Hay que atender a la llamada del deseo.

El rumor insolente del deseo
me impide concentrarme. Con esa comezón
no puede haber creación ni pensamiento.

Pero ya he respondido a su llamada
de una manera urgente y previo pago
(aunque se paga siempre).

He saciado una sed que me parece antigua;
un hambre y una sed
que dieron esplendor a mi temida ruina.

Sin ellas no había nada que se hiciera.
Todo lo estimulaban
aquella sed y el hambre, que nunca se saciaban.

Las cosas mejoraron
sin esa fantasía, que es triste recordar:
de amar y compartir un proyecto de vida.

 

 

 

 

A SALVO DE LA FURIA DE LOS HOMBRES

Pasé mi adolescencia entre mujeres
que fueron para mí fundamentales.
Me sentía muy cómodo entre ellas.
Hablábamos, jugábamos, reíamos.
A salvo de la furia de los hombres,
la vida era elegante.
Allí me refugié y allí crecí
no diré entre algodones; mentiría.
Al menos, mi terror disminuía
a que de pronto un día pudieran señalarme
por no participar en sus desmanes.
Temía su mirada y sus insultos,
que me arrancaban del cálido vientre
femenino, que fue tan confortable,
para humillarme y besarme en los labios.
Y que me hicieran suyo.

Un día las dejé, cuando los hombres
por fin me reclamaron, y en sus brazos
calmé la frustración de no ser como ellos.
Idealicé su fuerza y su belleza
y vi en sus ademanes la inocencia
que para siempre en mí se había perdido.
Contra mi inteligencia, padecí
el síndrome del hombre masculino.
Y en sus rasgos femeninos, por raros
que estos fueran en los hombres,
pensé que adivinaba un futuro más justo.
Los hombres me sacaron de aquel valle
que me apartaba de ellos. Porque yo los temía.
Podían atacarme, y ellas me defendían.
Podían despreciarme, y ellas me valoraban.
Podían asustarme, y ellas me devolvían
una imagen de mí que me gustaba.
Pero también podían poseerme.
Y tuve que rendirme a esa evidencia
para gozar con ellos.
Por eso me alejé de las mujeres.

Han sido tantos años los que vagué sin ellas,
idolatrando el alma que imaginé en los cuerpos
sudorosos y oscuros de los hombres.
Busqué en el laberinto de sus penetraciones
una chispa de amor, un resto de cariño,
un afán de perdón o de ser comprendido.
Y no me dieron nada. Sólo abandono y pena,
más vergüenza que miedo, más tristeza.
¿Por qué los deseaba de ese modo?
¿Cuándo el miedo se convirtió en deseo
y me forzó a mirar con ojos tan golosos
su infame y cruel impulso de destruirlo todo?
Da igual la edad que tengan, niños o adolescentes,
jóvenes o maduros o incluso siendo viejos,
los hombres son brutales, y casi todos necios.
He errado tantos años sin mujeres,
que vuelvo a su regazo agradecido,
a proteger su mundo, que es el mío,
de la devastación segura de los hombres.

 

 

 

 

TRISTEZAS DEL HOMBRE INVISIBLE

Es inútil que en el sueño se cubra
los ojos con el brazo, si el brazo en invisible.
Los coches en la calle le pasan por encima.
Es más que un sueño. Es una pesadilla.
Cuando despierta, nada es invisible.
El reino del terror no es ese sueño.
Es la vida que lleva cuando abre los ojos.
Es no dejarse ver sin ocultarse.
Que le saluden, le hablen, le conozcan.
Pero que no le vean. Que no sepan quién es
por mucho que repitan su nombre y su apellido.
Aunque en pequeños círculos lo diga,
desde luego con amigos que entienden
o con sobrentendidos cuando sólo comprenden,
lo suyo es personal y a nadie le interesa.
«A nadie, ¿lo has oído?», se increpa ante el espejo.
Intenta no mirar el hueco transparente
que tiene en la barbilla, debajo de la oreja.
Pero por fin lo tapa, con tirita.
Tiene más repartidas por el cuerpo
para cubrir los huecos que le salen
mientras está durmiendo. Huecos como mirillas
que dejan ver lo que hay al otro lado.
Debe taparlos todos, sin descanso,
para evitar que tantos ojos puedan
mirar en su interior y descubrir
que dentro sólo hay miedo, y nada más que miedo.

 

 

 

 

SI CAMBIO DE OPINIÓN

Las leyes de la versificación 
crean los conceptos, y no al revés.
Lo leo en la reseña que hace Dobry en Babelia
sobre Parménides, de César Aira.
Cuenta que el sabio griego no escribió su poema
Sobre la naturaleza, pilar de la metafísica;
que se lo encargó a un negro llamado Perinola
y el negro lo compuso como le iba saliendo,
juntando disparates y ocurrencias.
Así, lo sublime se vuelve banal…
Una teoría ontológica fundamental
en la tradición filosófica de Occidente
se muestra como el ejercicio retórico
de un humilde poeta a sueldo.

Esta tarde he creído verte
asomado por encima de un cartel publicitario
que decía: «¿Y si cambias de opinión?».
Tú te reías de ella. A mí, con la poesía,
me pasa lo que al negro con los versos.
Que escribo lo que escribo
en función del ritmo y de la medida,
de normas que me obligan y de otras que me invento
para que no se diga ni decir demasiado.
Con la rima no sé qué ocurriría,
qué formas me impondría,
a qué conclusiones me llevaría.
Prefiero no saberlo todavía.
Si cambio de opinión, te enterarías.

 

 

 

 

EL ERMITAÑO

Extraños, parientes y amigos,
con esfuerzo diría sobrehumano
he aprendido a estar solo.
Yo siempre os he querido
pero no hay nada malo en admitir
que al deseo de estar acompañado
le debo mis años de desconcierto.

Más tarde averigüé que en este limbo
no hay cuerpo para el alma
ni un alma para el cuerpo.
Y en el desierto de la edad madura,
me alejo de vosotros, dignas sombras.
De ahora en adelante, no hagáis ruido.

 

 

 

 

LA HERMANDAD

Por mucho que se aleje
mi hermana Estela ha estado siempre cerca.
Carlos, Ramón y Tizi recorrerán los pueblos
llevando, con la excusa del teatro,
un mensaje que no tenemos. Si acaso,
que esperemos a ver y luego ya veremos.
Pedro el doctor, el padre de Leonardo,
vivirá rodeado de mujeres
criando al heredero.
A Chacho el corazón, que no era negro,
le seguirá latiendo.
Fernando y Ángel saben lo que quieren
en su casa española de derechas:
con el fútbol, el ABC y los toros.
A Ignacio, aunque es moderno,
lo veremos sufrir porque se rompe España.
Daniel con su pintura se libra del infierno.
La música de Fran, que fue hinduista,
sonará en nuestro entierro.
De Pepe qué decir: se prejubila.
Le aguardan el amor y la poesía.
De Víctor ya os hablé: se va a vivir a Australia.
Le he dicho que me traiga un boomerang si vuelve.
Cuando Ajo se derrumbe,
que corra a refugiarse en la isla de Lesbos
y, que una vez repuesta,
regrese cuanto antes a hacer vida social.
A Luis he vuelto a verlo.
Se sigue preparando para mejor momento.

Y a Félix, enclaustrado, ¿qué le pasa?
Luis Antonio no tiene inconveniente
en ser fiel a sí mismo
en una realidad hostil y decadente.
Javier el psiconauta va en busca del chamán
que libre al corazón del peso de la mente.
Y Paz encontrará por fin lo que ya tiene.
La muerte nos acecha pero sé
que algún sentido tiene esta hermandad.
Debemos esperar a que nos llamen.
Alguien lo hará y nos dará explicaciones:
«Da igual que cada cual vaya a lo suyo.
Estáis aquí por esto, esto y esto.
Sabréis lo que hay que hacer en su momento».
No digo una misión, lo siento por Llorente,
porque eso, estoy seguro, ni él mismo se lo cree.
Pero algo habrá que hacer. Nos lo dirán.
Nosotros, mientras tanto, sigamos a lo nuestro.

 

 

 

 

AL FONDO

Al fondo de tus ojos ves
que es un error culpar a Dios,
ese dios despiadado
al que siempre han rezado
y que jamás les escuchó.

Al fondo de tu corazón
hay miedos en ebullición.
Por parecer más fuerte
te abandonó la suerte
con los disfraces del amor.

Al fondo de tu alma ves
que la tristeza y el dolor
te son indiferentes.
Si somos inocentes,
yo tengo amor para los dos.

 

 

 

 

MANTRA SEXUAL

El animal que por fin me posea
habrá de ser muy noble y silencioso.
Tendido entre sus brazos
me entregaré a la danza ritual de su cintura.
Y aventará mi hoguera.

 

 

 

 

UN VIEJO SUEÑO

¿Dónde se habrán metido? Todos estaban lejos.
Mamá llegó a decir: Vamos a Australia.
Estela, en furgoneta, con su clochard marroquí,
era la expresión de una rara rebeldía,
quién sabe si también una lección y un aviso.

¿Por cuánto tiempo más soportaremos
esta espesura patética y lenta?
Se llevó nuestros sueños. Doblegó nuestras almas.
No sé dónde nos iremos, ni cuándo.
Huir fue un viejo sueño que seguimos soñando.

 

 

 

 

DESPIDIENDO TRENES

Puedes comprender la melancolía,
la tristeza casi física de muchos domingos.
Pero no entiendes el aburrimiento.
Dices que se puede combatir, que lo conoces.
No has olvidado las tardes de tedio
cuando de adolescente, en la estación,
despedías los trenes que se iban a Buenos Aires.
Pero el aburrimiento inspiró tu fuga.

Yo escucho atentamente lo que dices.
Me dispongo a luchar contra el aburrimiento.
Pero si debo despreciarlo y combatirlo,
por temible que sea, me pregunto si no será inevitable.
¿O no es el aburrimiento todo él melancolía?
Si nada me interesa será que me he rendido.
Yo también quiero despedir trenes y no tomar ninguno.

 

 

 

 

ACÉRCATE

Acércate, ven, sella mis labios con un beso largo
y caliente. Estás sentado frente a mí, recostado,
con las piernas abiertas, hablando. Y no dejo de mirarte.
¡Telepatía, si de verdad existieras!

En mi rostro, una expresión serena, atenta a tus palabras,
pero por dentro, explosiones obscenas que ni imaginas.
No puedes escuchar mis pensamientos.
Si supieras lo que te estoy diciendo
sin abrir la boca: que la abriría
para tragarme tu polla, para beber tu saliva,
para lamer tu ombligo como un animal sediento
y respirar tu olor suavemente agrio y masculino.

Me encanta escuchar lo que dices con este aire tranquilo
y estar, sin que lo sepas, empalmado.
Tú en estas cosas no te fijas. Yo, sin embargo, imagino
cómo la tienes tú.
Por desgracia nunca te la vi
pero estoy clavando ahora mi pupila
en el bulto despiadado de tu entrepierna y adivino
unos dones sobrenaturales,
porque estás en la edad biológica del sexo.

Un paquete así, al alcance de mi mano
y no tener valor para tocarlo, devorarlo, venerarlo.
Ven y fóllame. Cállate un rato y métemela aquí,
sobre la alfombra. Dame tu culo después,
déjame entrar y salir, golpear dulcemente
tus nalgas duras como manzanas verdes.

Cállate y cómeme los labios, lubrícame,
muerde mis pezones, rózate conmigo.

No me interesa nada lo que me estás contando
y si te escucho con tanta atención,
es sólo por deseo.
Y tú no te imaginas, mientras hablas,
lo que yo, sin hablar, te estoy diciendo.

 

 

 

 

LOS BUENOS CHICOS NO VAN AL CIELO

Good boys go to heaven.
Bad boys go to Benidorm.
Lo pone en la camiseta de un hombre mediano
que se cruza conmigo en el paseo.
No es lo que vemos volviendo del puerto:
viejos que hacen gimnasia en la playa,
viejos columpiándose en el parque,
viejos jugando a la petanca.
Una ciudad de viejos que prosigue
su ascenso al cielo.

En el epicentro de las emociones,
donde llegaron incluso a conmovernos
los pianistas solitarios que tocaban
música de baile para parejas
de viejos en locales de turistas,
regreso a los misterios de la infancia:
un tiempo en el que dicen que fuimos inocentes.
Pero yo te encuentro en esta ciudad
porque aquí, sin saberlo, despedimos tu vida,
entre el rincón de la homofobia,
donde invariablemente alguien nos insultaba,
y el Bali recortando el horizonte.
¡Míralo! ¡El sky line de Benidorm!
Ciudad imaginaria de muertos que no mueren
y vivos que envejecen.
Nosotros bailábamos La Bomba
vestidos con camisas de colores.
Y en la playa de poniente, entre jóvenes
tumbados en hamacas, que ya no nos veían,
no vimos ni la barca ni al barquero.
Más allá de la dudosa isleta de Tabarca,
mediterráneo adentro,
debimos suponer que navegaba
con las primeras almas.
Pero la violencia que un año después
se cebó con tu cuerpo, en tu pequeño piso
de la siniestra plaza de la Cebada,
a manos de un asesino sin rostro
—antes de tiempo, amor, antes de tiempo—
no pudo con tu alma.

En Benidorm también muere la gente.
Por eso no conviene desvelar el secreto
de tu presencia. Es mejor que piensen
que te perdiste allí.
Pero tu alma es eterna:
está en cada recodo del azar,
en la belleza de todo lo inútil
y en la ironía de las cosas feas,
como esta ciudad del tedio y de la risa,
este edén decadente
de extraños, de turistas y de viejos
donde estuviste a salvo de la muerte.

 

 

 

 

APOCALIPSIS

Sociedad de náufragos que exhiben sus naufragios.
Enjambres de pequeños egos
o máquinas de reclamar afecto.
Con una sed obscena de protagonismo
el hombre masa proclama
a la desesperada su individualismo.
Demasiados mensajes
como para leer ni tan sólo uno de ellos.
No existe el receptor de tantos emisores.
Al menos las plegarias se las hacían a un Dios.
Pero no hay público para tanto artista
ni penitencia posible para tantas confesiones.
¡Si nos dejaran descansar a los unos de los otros!
Cuánta paz encuentro en recogerme y en aislarme
de esa red de intromisiones constantes: por la calle,
en las pantallas, al teléfono.
Bajo a buscar provisiones y enseguida vuelvo a casa.

Fuera hay demasiadas vanidades,
un exceso de sujetos sin objeto.
Dentro puedo no hacer, no pensar,
no preguntar ni responder,
ni mostrarme ni ocultarme.

Entre estas paredes, que son más de cuatro,
puedo no explicarme nada ni explicárselo a nadie.
Puedo descansar de los sentimientos y del deseo.
Me agotan las agonías
de tantas personas insustanciales
y me rompe la dolorosa manía
que tienen nuestros mejores amigos
de morir de uno en uno.
Ahora sabemos que nadie vendrá a rescatarnos.

 

 

 

Alas, Leopoldo. Concierto del desorden. Poesía Reunida (1981-2008). Madrid; Ed. Visor, 2009.

 

LA SITUACIÓN LÍMITE DEL ARTE

 

xxx(…) El arte abstracto me parecía la situación límite del arte, el punto de llegada, la terminal de la pintura, desde Altamira hasta el cubismo. El abstracto pintaba la pintura: Pollock y Motherwell en Estados Unidos, De Kooning en Europa, Tàpies y Clavé en Barcelona, Viola en Madrid.
xxxDentro de mi pasión por la pintura, el abstracto me parecía la pintura pura, la pura pintura (seguramente lo es), y el propio Ortega, en sus últimos años madrileños (y de vida), lo había explicado con una pierna de moza de Goya:
xxx—Esto no es una pierna, señores. Esto son unas líneas magistrales y gratuitas. Esto es un blanco lleno de colores.
xxxOrtega, que prenuncia la deshumanización del arte, vería aún más claro, dentro o fuera de su propia claridad, hacia el final de su vida, que el arte siempre ha sido una «deshumanización» (aunque pinte seres humanos), en el sentido en que Leonardo la definió como cosa mentale. Tiziano dice que el atardecer es la hora de la pintura. No creo que con esto se refiera solamente a una cuestión técnica de luz, sino precisamente a esa desrealización que la luz einstenianamente deteriorada del atardecer transmite a las cosas.
xxxO sea que pintura sería pintar las cosas cuando son menos ellas.
xxxY literatura, claro.
xxxCuando son menos ellas: cuando están en trance de transmutarse por sí mismas (por la luz o la sombra o el tiempo, si es que no es lo mismo) en otra cosa. Escribir, pintar, hacer arte, es sorprender la cosa en su momento metafórico.
xxxLas cosas (las personas) tienen al menos un instante a lo largo del día —el atardecer, según Tiziano— en que son extrañas a sí mismas.
xxxEs cuando el universo comulga con el universo, cuando la transvaloración natural de todos los valores se opera por sí sola.
xxxHabía que pintar la entropía y la sinestesia. Más que utilizar la sinestesia escribiendo (traslación de las palpitaciones de un sentido corporal a otro), sorprender la sinestesia que se opera en las cosas, el tizianismo de la vida.

xxxEso era el arte abstracto, tan vigente en los sesenta (por voluntad de los marchantes internacionales y porque parecía un arte desideologizado, propio a la distensión política internacional del momento). Eso era el arte abstracto: pintar la ausencia de las cosas, más que las cosas, pintar ese momento, ese vacío que ha dejado la cosa para transformarse circunstancialmente en otra, sin ser aún la otra cosa.
xxxAlgunos títulos de Manuel Viola lo expresaban bien: Cadáver del invierno, Hermano del silencio, etc. ¿Qué hay menos «pintable» que el silencio? El hermano del silencio.

 

 

 

Umbral, Francisco. Trilogía de Madrid. Barcelona; Ed. Seix Barral, 1985.

 

VALENTINE DAY? PALESTINE DAY!

 

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