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MI FRACTAL POESÍA 5.0

noviembre 30, 2015 Deja un comentario

Cinco años. Cinco ediciones de Fractal Poesía. Cinco años llenando de poesía (en todas sus vertientes) una ciudad como Albacete. Un festival que toda provincia debería tener. Porque Fractal Poesía no se mira el ombligo, fomenta algo que algunos tenemos como seña de identidad: el intercambio cultural; no hay mejor manera de nutrirse. Poesía disfrutada y compartida, mezclada con artes plásticas, cine, música, fotografía y escultura.

Cuando yo llegué ya se habían llevado a cabo la inauguración de la exposición ‘Misterios’ de Chema Arake y el taller impartido por Sergio Delicado. Y la lectura que dieron Javier Lorenzo Candel, leyendo poemas de ‘Juegos de construcción’ y ‘Manual para resistentes’, entre otros; y Matías Miguel Clemente, leyendo algunos de sus poemas en prosa de ‘Dreno’, recién publicado por La Bella Varsovia.

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Pero es que también se habían llevado a cabo la lectura de Pedro Mateo ‒que acaba de publicar ‘Funeral Tropical’‒ y José Iván Suárez; y la presentación, la mañana del día que llegaba yo, de ‘Armonía en rebelión’, de José Alfonso Iglesias Huelga, libro ganador del III Premio de Poesía Festival Fractal.

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Yo llegué a Fractal a la hora perfecta: la hora de la comida. Compartir alimento y bebida (sí, y tabaco, aunque sea políticamente incorrecto) es uno de los mejores métodos que conozco para entablar conversación. Allí estábamos Andrés García Cerdán, Matías Miguel Clemente, Javier Temprado, David Sarrión Galdón, Javier Sánchez Menéndez, Natxo Vidal Guardiola (con su inseparable José María Román y un par de acompañantes más) y un servidor.

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Y a partir de ahí todo fue un no parar. La tarde comenzaba en el espacio artístico y social La Casa Vieja, uno de esos espacios que toda ciudad debería tener. Curioso, entrañable, arriesgado, dedicado a la cultura, a la sociabilización y unas cuantas cosas más.
Lugar con múltiples espacios como pueden ver en las fotos:

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En La Casa Vieja, entre una exposición de José Enguídanos y otra a cargo de Rafael Picó y Marta Gómez, que llevaba por título ‘Memorablemente’, se vivieron los dos recitales de la tarde.
El primero fue el de María Moreno y Lucía Plaza. María Moreno acaba de publicar ‘The Woman Under The Mango Tree’, publicado por Polibea tras conseguir el Premio de Poesía Javier Lostalé, y en él se encuentran tanto una serie de inquietudes sociales como su personalísima visión sobre el Caribe, donde estuvo viviendo durante dos años. Lucía Plaza, por su parte, volvió a leer en Albacete poemas de su ‘Lonely Planet’ con un público absolutamente entregado.
Después le tocó el turno a Natxo Vidal Guardiola, acompañado de José María a la guitarra. Natxo leyó poemas de su ‘Ícaros desorientados’, que a veces José María sólo acompañaba y otras se convertían en canciones. Y para afrecer sus poemas en distintas voces, Natxo nos invitó a leer algunos poemas suyos a Javier Temprado, a Matías Miguel Clemente y a un servidor.
Las lecturas sirvieron para que uno se interesara por acercarse a esos libros, a intentar descubrir eso que se escapa en un recital. Porque esa fue una de las mejores cosas de la tarde, ver desde qué anécdotas habían creado algunos de los poemas.
En contra sólo hubo dos cosas. La primera fue que empezar con los autores de casa hace que en cuanto termina el recital de estos, parte del público desaparece, mostrando sólo cierto interés hacia los autores, no hacia la poesía. Y luego la temperatura, porque ese mismo día empezó a llegar el otoño en condiciones a Albacete; y es que aunque el entorno ayudara, el descenso progresivo de la temperatura hizo que se terminara deseando entrar en algún lugar cerrado.
Aun con todo esto último, repito: toda ciudad debería tener un lugar como La Casa Vieja, donde llevar a cabo eventos como el de esa tarde (sí, a pesar incluso del frío), porque muchos llegamos a Fractal Poesía con el anhelo de un calor que no tiene nada que ver con la temperatura y que se dio con creces en aquel espacio.

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Después de reponer fuerzas, la noche explosionó en La Leche Militina. Se podría haber bautizado como ‘La noche Siltolá’, porque todo giró en torno a esta magnífica editorial sevillana, en cuyo catálogo se encuentran Isabel Bono, Julián Cañizares, Enrique Villagrasa, Carlos Martínez Aguirre o Kepa Murua, entre otros, en su colección de poesía.
Y digo que se podía haber llamado ‘La noche Siltolá’ porque en La Leche Militina se juntaron el poeta (y responsable de la editorial La Isla de Siltolá) Javier Sánchez Menéndez y tres autores albaceteños publicados en dicha editorial: León Molina, Rubén Martín y Javier Temprado. Todo esto acompañado por canciones propias y ajenas interpretadas por Diego Yturriaga.
Javier Sánchez Menéndez habló de su proyecto editorial y mostró parte de su quehacer poético (magníficos algunos de los poemas inéditos que recitó). León Molina provocó auténticas carcajadas de ingenio con sus aforismos, ámbito en el que se está convirtiendo en un auténtico maestro. Rubén Martín leyó textos de su ‘Arquitectura o sueño’, colección de poemas en prosa de una serenidad, una profundidad y una belleza exquisitas. Y Javier Temprado leyó algunos poemas de su magnífico ‘Los vértices del tiempo’, así como unos deslumbrantes poemas inéditos (no le pierdan la pista, aviso).
El único problema del local fue que, debido a la inmensa cantidad de gente que asistió al recital, muchos se quedaron fuera del espacio habilitado para el mismo (gente quedándose fuera del lugar de un recital, sí, créanselo) y el ruido que subía del piso inferior, el piso donde el negocio funcionaba, dificultaba excesivamente a quienes se habían quedado fuera escuchar a los poetas. Dentro de eso, sigo repitiendo que lo bueno ‒además, claro está, de la presencia de los propios poetas‒ es la cantidad de gente que asistió al recital.

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Y luego, pues ya saben, a tomarse algo, que estas cosas dan mucha sed. Y unos dulces típicos.

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Esa tarde/noche me dieron una noticia de esas que me persiguen últimamente (ya les he dicho aquí en el blog que el libro me está dando una mezcla más que contradictoria de sensaciones). Después de que los editores de Balduque anunciaran que no iban a ir a Fractal, los responsables de la revista La Galla Ciencia, que iban a ser los encargados de presentar la editorial y de llevar ejemplares de mi libro para la lectura que iba a dar el domingo, mandaron un mensaje diciendo que se habían puesto enfermos. Lo dicho, que la noche antes del recital que tenía que dar, me encontraba sin mis editores y casi sin ejemplares del libro que iba a presentar. Así que esa noche dormí con Jimmy, que me protegió de los demonios de la noche.

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La mañana del domingo, después de desayunar y disfrutar con Andrés García Cerdán de una mañana de rock and roll entre Surfin’ Bichos y Los Enemigos nos fuimos a recorrer un poco Albacete y a acompañar el recorrido con unas cervecitas. Y casualidad  de casualidades, se nos ocurre acercarnos al café El Sur, donde yo leería por la tarde, y nos encontramos allí con Óscar Aguado e Hipólito García “Bolo”, que leerían en La Leche Militina a última hora de la tarde, así que nos juntamos con ellos y cayeron las cervezas que tenían que caer y nos fuimos los cuatro a comer juntos. Y creo que así deberían ser las comidas. Divertidas, ingeniosas, serias, mordaces, salpicadas de música y literatura, y con alguna carcajada.
Y el camino al café El Sur salpicado del ingenio que hay en cualquier ciudad.

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Poco antes de las cinco de la tarde estábamos en El Sur. Como de todos los que teníamos que estar allí, el único asistente era yo, me propusieron compartir la lectura con David Sarrión, lo que me pareció sencillamente un placer. Así que, tras una presentación hecha por parte de Andrés García Cerdán que nunca le podré agradecer los suficiente, David comenzó con su ‘Breve teoría del desastre’ y fuimos intercalando poemas suyos con versos de mi ‘Cantando en voz baja’.
Nada que añadir aparte de que el lugar es un lujo, que el trato fue exquisito, que el público fue envidiable (de esos que uno quisiera tener en cualquier recital) y que compartir lectura con David Sarrión fue una de las sorpresas más agradables que he tenido en mi relación con la literatura.

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Y en cuanto terminamos el evento, otra vez a La Leche Militina, donde se llevaba a cabo el último evento del fin de semana, una lectura compartida entre Andrés García Cerdán (que presentaba ‘Barbarie’), Óscar Aguado (leyendo poemas de su nuevo libro ‘El falso llano’) y “Bolo” (presentando su libro ‘El charro roto de Jorge Negrete’). Y otra vez una asistencia de público envidiable, y el humanismo ocupando aquel espacio. Y uno, que tenía billete de vuelta ya sacado, sólo pudo asistir a los primeros minutos del evento.

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No sé, después del torrente de palabras de ese día y medio en Albacete ahora no tengo palabras para expresar la cantidad de sensaciones que me traigo de allí. Como si hubiera vuelto con las pilas puestas. Como si me hubiera enamorado del mundo otra vez. Dos años sin ir a Fractal han ayudado a ver la evolución del mismo. Ver cómo han aumentado en seriedad, en profesionalidad a la hora de plantearse el festival; ver cómo todos los integrantes de Fractal se implican de la misma manera, que nadie sobresale por encima de nadie; ver la cantidad de gente que se implica de manera más o menos indirecta con la organización y con la realización de cada evento es absolutamente envidiable. Y, por supuesto, ver cómo las administraciones públicas no se enteran de la mitad de las cosas que ocurren a su alrededor y cómo los medios tradicionales de comunicación vuelven a centrarse en lo más casposo y a obviar casi por completo los eventos de mayor calado hace que querer a Fractal Poesía sea lo más natural del mundo.

Gracias por el regalo de volver a contar conmigo. Ojalá os lo pueda devolver más pronto que tarde.

 

P.D. Dos reseñas sobre lo que ha ocurrido en este Fractal Poesía 5.0. Una de Antonio Rodríguez y otra de Andrés García Cerdán.

 

LOUISE GLÜCK

noviembre 28, 2015 Deja un comentario

Glück Las siete edades

 

DE UN DIARIO

Tuve un amante una vez,
dos veces tuve un amante,
fácilmente tres veces amé.
Y entre medio
mi corazón se reconstruyó perfectamente
como una lombriz.
Y también mis sueños se reconstruyeron.

Al cabo de un tiempo, advertí que mi vida
era completamente idiota.
Idiota, malgastada…
Y un poco más tarde, tú y yo
empezamos a escribirnos, inventando
una forma completamente nueva.

¡Profunda intimidad a larga distancia!
Keats a Fanny Brawne, Dante a Beatriz…

No se puede inventar
una nueva forma para
un viejo personaje. Las cartas que envié siguieron siendo
inmaculadamente irónicas, distantes
aunque directas. Mientras tanto, escribía
cartas diferentes en mi cabeza,
algunas de las cuales se convirtieron en poemas.

¡Tanto sentimiento auténtico!
¡Tantas intensas declaraciones
de añoranza apasionada!

Amé una vez, amé dos veces
y de repente
la forma se derrumbó: fui
incapaz de sostener la ignorancia.

Qué triste haberte perdido, haber perdido
toda oportunidad de conocerte de verdad
o de recordarte en el tiempo
como una persona real, como alguien a quien
hubiera podido llegar a unirme estrechamente, tal vez
el hermano que nunca tuve.

Y qué triste pensar
en morir antes de descubrir
nada. Y advertir
qué ignorantes somos casi todo el tiempo,
viendo las cosas
solamente desde la propia ventaja, como un francotirador.

Y hubo tantas cosas
que nunca llegué a decirte sobre mí,
cosas que te podrían haber hecho cambiar de opinión.
Y la foto que nunca te envié, tomada
la noche en que me veía casi espléndida.

Quería que te enamoraras. Pero la flecha
seguía chocando contra el espejo y volviendo a mí.
Y las cartas siguieron dividiéndose
y ninguna de sus mitades era totalmente verdadera.

Y tristemente, nunca te imaginaste
nada de esto, aunque siempre respondías
con tanta prontitud, siempre la misma carta elusiva.

Amé una vez, amé dos veces,
y aunque en nuestro caso
las cosas nunca pasaron a mayores
fue bueno haberlo intentado.
Y, por supuesto, aún tengo las cartas.
Alguna vez me tomaré unos años
para releerlas en el jardín,
con un vaso de té helado.

Y a veces me siento parte de algo
muy grande, profundísimo y ubicuo.

Amé una vez, amé dos veces,
fácilmente tres veces amé.

 

 

 

 

EL BALCÓN

Era una noche como ésta, al final del verano.

Habíamos alquilado, lo recuerdo, un cuarto con balcón.
¿Cuántos días y noches? Cinco, tal vez… no más.

Hasta cuando no nos tocábamos estábamos haciendo el amor.
Salíamos a nuestro pequeño balcón en la noche de verano.
Y lejos, en algún lugar, los sonidos de la vida humana.

Éramos monarcas que pronto serían coronados,
con la mejor disposición hacia nuestros súbditos. Debajo,
el sonido de una radio, un aria que entonces no conocíamos.

Alguien muriendo de amor. Alguien a quien el tiempo le había quitado
la única felicidad, que había quedado sola,
empobrecida, sin belleza.

Las arrobadoras notas de un dolor insoportable, de aislamiento y terror,
las lentas frases de la melodía ascendente, figuras casi imposibles de sostener,
flotaban sobre el agua negra
como un éxtasis.

Un error tan pequeño. Y muchos años más tarde,
lo único que quedó de esa noche, de las horas en esa habitación.

 

 

 

 

EROS

Había acercado la silla a la ventana del hotel, para mirar la lluvia.

Estaba en una suerte de sueño o trance…
enamorada, y sin embargo
nada quería.

Tocarte parecía innecesario, volver a verte.
Sólo quería esto:
la habitación, la silla, el sonido de la lluvia al caer,
hora tras hora, en la tibieza de la noche de primavera.

No necesitaba nada más; estaba completamente saciada.
Mi corazón se había vuelto pequeño, se colmaba con muy poco.
Miré la lluvia que caía en una densa cortina sobre la ciudad oscurecida…

Nada de esto te concernía: podía dejarte vivir
tal como necesitaras vivir.

Al amanecer cesó la lluvia. Hice las cosas
que se hacen de día, me puse en movimiento,
pero como una sonámbula.

Había bastado y ya no era cosa tuya.
Unos pocos días en una ciudad desconocida.

Una conversación, el roce de una mano.
Y después, me quité mi alianza de matrimonio.

Eso era lo que quería: estar desnuda.

 

 

 

 

EL ARDID

Se sentaban muy separados
deliberadamente, para experimentar, a diario,
el placer de verse mutuamente
a gran distancia. Entendían

instintivamente que la pasión erótica
crece con la distancia, ya sea
real (uno es casado, uno
ya no ama al otro) o
espuria, engañosa, un ardid

que remeda la subordinación
de la pasión a las convenciones sociales,
pero un ardid, que no demostraba
el poder de las convenciones sino más bien

el poder de eros para aniquilar
la realidad objetiva. El mundo, el tiempo, la distancia
agostándose como un campo seco ante
el fuego de la mirada…

Nunca antes. Nunca con nadie más.
Y después los ojos, las manos.
Experimentados como una gloria, como consagración…

Dulce. Y después de tantos años,
absolutamente imposible de imaginar.

Nunca antes. Nunca con nadie más.
Y después todo el asunto
repetido exactamente con otra persona.
Hasta que finalmente resultó obvio
que la única constante
era la distancia, sierva de la necesidad.
Que era usada para alimentar
el fuego, cualquiera haya sido, que ardía en cada uno de nosotros.

Los ojos, las manos… eran menos importantes
que lo que creíamos. Finalmente,
bastaba la distancia, por sí misma.

 

 

 

 

NOCHE DE VERANO

Metódicamente, por el hábito de muchos años, mi corazón sigue latiendo.
De noche, cuando me despierto, lo escucho por encima del leve zumbido del aire acondicionado.
Como solía escucharlo por encima del corazón del amado, o
de sus diversos corazones, ya que fueron varios.
Y mientras late, sigue estimulando una emoción ridícula.

¡Tantas cartas apasionadas que nunca se enviaron!
Tantos viajes urgentes concebidos en noches de verano,
visitas sorpresivas a hombres que eran casi perfectos desconocidos.
Los billetes que nunca se compraron, las cartas nunca despachadas.
Y el orgullo a salvo. Y la vida, en cierto sentido, jamás vivida por completo.
Y el arte siempre en riesgo de volverse repetitivo.

¿Por qué no? ¿Por qué no? ¿Por qué mis poemas no deberían imitar mi vida?
Cuya enseñanza no es la apoteosis sino la serie, cuyo significado
no radica en el gesto sino en la inercia, la ensoñación.

El deseo, la soledad, el viento sobre el almendro en flor…
con seguridad esos son los grandes temas, inagotables,
a los que mis predecesores sirvieron como aprendices.
Los escucho como un eco en mi propio corazón, disfrazados de convencionalismo.

Bálsamo de la noche de verano, bálsamo de lo normal,
majestuosa dicha y pena de la existencia humana,
lo soñado y también lo vivido…
¿qué podría ser más caro que esto, dada la cercanía de la muerte?

 

 

 

Glück, Louise. Las siete edades (Trad. Mirta Rosenberg). Valencia; Ed. Pre-textos, 2011.

 

LAS SIETE EDADES

noviembre 27, 2015 Deja un comentario

Portada Las siete edades

 

RAYO DE LUNA

Se alzó la niebla con un sonido ahogado. Como un golpe seco.
Que era el latido del corazón. Y se alzó el sol, diluido por un rato.
Y después de lo que parecieron años, volvió a hundirse
y la penumbra bañó la orilla y se hizo más profunda.
Y de la nada salieron los amantes,
gente que aún tenía cuerpo y corazón. Que aún tenía
brazos, piernas, boca, aunque de día fueran
amas de casa y empresarios.

La misma noche produjo también gente como nosotros.
Eres como yo, te guste o no.
Insatisfecho, meticuloso. Y tu hambre no es hambre de experiencia
sino de comprensión, como si se pudiera comprender en abstracto.

Entonces otra vez amanece y el mundo vuelve a ser normal.
Los amantes se arreglan el cabello, la luna reanuda su fútil existencia.
Y la playa es otra vez de misteriosos pájaros
que pronto aparecerán en los sellos postales.

Pero, ¿qué hay de nuestra memoria, la memoria de los que dependen de imágenes?
¿No sirve de nada?

Se alzó la niebla, borrando toda prueba de amor.
Sin la cual sólo tenemos el espejo, tú y yo.

 

 

 

 

JUVENTUD

Mi hermana y yo en los dos extremos del sofá,
leyendo (supongo) novelas inglesas.
La televisión encendida; diversos libros escolares abiertos,
o marcados en ciertos sitios con hojas de cuaderno.
Euclides, Pitágoras. Como si hubiéramos explorado
los orígenes del pensamiento y preferido las novelas.

Tristes sonidos de nosotras, creciendo…
una penumbra de violonchelos. Ni rastro
de una flauta, de un piccolo. Y entonces parecía
casi imposible concebir que algo de eso
fuera a cambiar o fuera maleable.

Tristes sonidos. Anécdotas
que eran en realidad naturalezas muertas.
Las páginas de las novelas que van pasando;
los dos perros que roncan suavemente.

Y desde la cocina,
los sonidos de nuestra madre,
olor a romero, a cordero que se asa.

Un mundo en proceso
de cambio, de construcción o desaparición,
y sin embargo no era así como vivíamos;
todos vivíamos nuestras vidas
como la simultánea promulgación ritualizada
de un gran principio, algo
sentido sin entender.
Y los comentarios que hacíamos
eran como parlamentos de teatro,
dichos con convicción pero no por decisión propia.

Un principio, un aterrador mandato familiar
que implicaba oponerse al cambio, a la variación,
un rechazo incluso a hacer preguntas…

Ahora ese mundo empieza
a cambiar y a girar a nuestro alrededor, sólo ahora
que ya no existe más.
Se ha convertido en el presente: interminable y sin forma.

 

 

 

 

REUNIÓN

Descubren, después de veinte años, que se agradan mutuamente,
a pesar de las enormes diferencias (uno psiquiatra, uno funcionario municipal),
diferencias que podrían haber sido, que fueron, predecibles:
diferencias de gustos, inclinaciones y, ahora, de riqueza
(uno literario, uno absolutamente práctico y sin embargo
deliciosamente irónico; las dos esposas cordiales y con mutua curiosidad).
Y este descubrimiento es, también, descubrimiento del yo, de nuevas capacidades:
son, en esta conversación, como los grandes sabios,
los filósofos que solían leer (nunca juntos), hombres
de logros en el mundo y de sabiduría, hablando
con todo el encanto y la efervescencia y la franqueza entusiasta
que hacen tan injustamente famosa a la juventud. Y a eso se ha añadido
una vasta tolerancia y generosidad, un alejamiento de cualquier clase de desdén o de recelo.
Es un placer, ahora, hablar de la manera en que sus vidas
se han desarrollado, semejantes en algunos aspectos, en otros
profundamente diferentes (aunque cada una con su núcleo de dolor,
manifiesto o implícito): hablar de la diferencia ahora,
hablar de todo lo que fue, antes, parte
de una suerte de terror al acecho, es hacer valer su derecho a un tema. En tanto
el tema crece y engendra diálogo, provoca en ellos (dada su grandeza)
una amabilidad y buena voluntad que ninguno hasta entonces
parecía poseer. El tiempo ha sido bueno con ellos, y ahora
pueden reunirse a hablar de eso, por así decirlo, desde adentro,
cosa que, antes, no habrían podido hacer.

 

 

 

 

CUMPLEAÑOS

Parece mentira, pero puedo mirar atrás
y ver cincuenta años. Y allí, al final de la mirada,
un ser humano ya completamente reconocible,
las manos apretadas en el regazo, los ojos
clavados en el futuro con la mezcla
de terror y desesperanza de alguien que espera su aniquilación.

Completamente familiar aunque todavía, por supuesto, muy joven.
Mirando ciegamente hacia adelante, con la expresión de alguien que clava los ojos en la más completa oscuridad.
Y pensando: algo que significaba, lo recuerdo, los esfuerzos de la mente
por impedir el cambio.

Familiar, reconocible, pero más profundamente sola, más abatida.
En su opinión, no cumple con la definición
de niña, una persona que puede esperarlo todo del futuro.

Eso es lo que aparentan los otros; eso es, por lo tanto, lo que son.
Constantemente amistosos
con la cámara, muchos de ellos sonríen realmente,
con verdadera convicción…

Recuerdo esa edad. Plagada de inseguridades, de disgusto por sí misma,
y al mismo tiempo inundada
de desprecio hacia lo común y corriente; eternamente
relegada a la soledad, al oscuro solaz de la percepción, a un futuro
completamente dominado por lo trágico, en el que la inmensa voluntad de vivir
sólo es algo a rechazar…

Ese es el problema del silencio:
una no puede poner a prueba sus ideas.
Por que no son ideas, son la verdad.

Todas las defensas, la rigidez espiritual, la insistencia
en desenmascarar lo cotidiano para revelar lo trágico,
eran en realidad inocencia del mundo.

Es decir de lo parcial, lo cambiante, lo mudable…
todo eso que el absoluto excluye. Me senté a oscuras, en la sala.
El cumpleaños había terminado. Pensaba, naturalmente, en el tiempo.
Recuerdo cómo, casi en el mismo instante,
mi corazón daba un brinco, exultante, y caía
en la desolación y la angustia. El brinco exultante ‒la mitad sin importancia‒
era la felicidad; eso era lo que significaba la palabra.

 

 

 

 

DURAZNO MADURO

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En una época,
sólo la certeza me daba
alegría. Imagínense…
la certeza, una cosa muerta…

 

 

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Y después el mundo,
la experimentación.
La boca obscena
famélica de amor…
es como el amor:
la abrupta, dura
certeza del final.

 

 

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En el centro de la mente,
el duro carozo,
la conclusión. Como si
la fruta misma
nunca existiera, sólo
el fin, el punto
a mitad de camino entre
la expectativa y la nostalgia…

 

 

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Tanto miedo.
Tanto terror del mundo físico.
La mente frenética
protegiendo el cuerpo de
lo pasajero, lo provisorio,
el cuerpo dándole batalla…

 

 

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Un durazno sobre la mesa de la cocina.
Una réplica. Es la tierra,
la misma
dulzura que se pierde
alrededor del contorno de la piedra,
y como la tierra
a nuestro alcance…

 

 

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Una ocasión
para la felicidad: no podemos
poseer la tierra
sólo experimentarla. Y ahora
la sensación: la mente
silenciada por la fruta…

 

 

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No están
reconciliados. El cuerpo
aquí, la mente
aparte, no
un guardián tan sólo:
tiene sus propias alegrías.
Es el cielo nocturno,
las estrellas más intensas son sus
inmaculadas distinciones…

 

 

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¿Puede sobrevivir? Acaso hay luz
que sobreviva al final
en el que el impulso de la mente
sigue viviendo: el pensamiento
volando por el cuarto,
sobre el cuenco de fruta…

 

 

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Cincuenta años. El cielo nocturno
colmado de estrellas fugaces.
Luz, música
a lo lejos… Debo de estar
casi muerta. Debo de ser
piedra, dado que la tierra
me circunda…

 

 

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Había
un durazno en una canasta de mimbre.
Había un cuenco de fruta.
Cincuenta años. Tan larga caminata
desde la puerta hasta la mesa.

 

 

 

 

MEMORIA

Nací prudente, bajo el signo de Tauro.
Crecí en una isla, próspera,
en la segunda mitad del siglo veinte;
la sombra del Holocausto
apenas nos rozó.

Tuve una filosofía del amor, una filosofía
de la religión, ambas basadas
en mis primeras experiencias de familia.

Y si cuando escribí sólo usé unas pocas palabras
fue porque el tiempo siempre me pareció corto,
como si pudieran arrancármelo
en cualquier momento.

Y mi historia, de todos modos, no era única
aunque, como todo el mundo, tenía una historia,
un punto de vista.

Unas pocas palabras fueron todo lo que necesité:
nutrir, sostener, atacar.

 

 

 

Glück, Louise. Las siete edades (Trad. Mirta Rosenberg). Valencia; Ed. Pre-textos, 2011.

 

DESPUÉS DE LA PRESENTACIÓN DE ‘ANFITRIONES DE UNA DERROTA INFINITA’ EN MURCIA

noviembre 26, 2015 Deja un comentario

Pues eso, que ayer tarde nos juntamos en la FNAC de Murcia para presentar el nuevo libro de Joaquín Juan Penalva, ‘Anfitriones de una derrota infinita’, y para mí fue un absoluto placer compartir la mesa con él y con Luis Bagué.

Dibujé una pequeña trayectoria del autor que decía más o menos: “No estamos aquí por el Joaquín Juan persona (que también), estamos aquí por el poeta, puesto que estamos en la presentación de su nuevo libro: ‘Anfitriones de una derrota infinita’, título bastante esclarecedor del poeta que tengo a mi lado. Pero vayamos por partes.
Hace ya una década que conocí a este poeta, cuando con Luis Bagué vinieron a presentar el libro que ambos habían escrito y que fue merecedor del accésit del V Premio de Poesía ‘Dionisia García’ de la Universidad de Murcia.
Aunque su poesía bebe de todas las artes, el cine comienza siendo su principal fuente de inspiración. De hecho, la cita que abría aquel libro, perteneciente a José María Álvarez, y que aún influye en la escritura de Joaquín Juan Penalva, decía: “He visto muchas cosas en mi vida/ Algunas increíbles y magníficas/ Pero ninguna tan hermosa/ Tan fabulosamente grande y loca/ Como esta insólita aventura/ Del cinematógrafo.”
Pero es que para llegar ahí, nosotros aún deberíamos dar un paso más atrás, justo para ver ‘El último vuelo del halcón milenario’, para certificar que Hans Solo y la Princesa Leia han envejecido; que Chewbacca es una atracción de feria para los comerciantes de Tatooine; que George Lucas, como antes Leone, Spielberg y Scorsese, escribe su versión del Nuevo Testamento. En ese último vuelo del halcón milenario escuchamos a Yoda espetarle al Emperador: “Podrá dioses no haber…,pero siempre habrá Olimpo”, y contemplar cómo éste le replica: “Tus palabras son aire y van al aire, tus victorias humo y van a la ceniza”. Qué mala cosa es haber hecho un decorado demasiado pequeño mientras una sombra recorre Gotham City y se desvanece en los cráteres lejanos de Kriptón. Éste es el camino que conduce a Oz; más allá sólo existen los sueños.
Alguien se despierta y bosteza; comprueba con horror que no hay pasta de dientes y que han cortado el agua por impago. No le queda dinero para la hipoteca y lo único que llegan son facturas. “Perra profesión la de poeta”. Sin embargo -llámenlo giro inesperado de los acontecimientos-, el poeta acaba de ver la luz: en los anaqueles de la biblioteca, un antiguo futurista ruso sonríe con barbas proféticas: “Creo en la Fuerza Todopoderosa. Creo en los Jedis de la Antigua República. Creo en las irisaciones de una espada de luz. Creo que el Imperio es aburrido y derrelicto, y Palpatine, su Sumo Pontífice, un sátrapa irredento. Creo en Darth Vader y su único hijo varón, que camina sobre los cielos y, en tiempos de Han Solo, descendió a los infiernos y robó el Fuego Oscuro. Creo en el Reverso Tenebroso, señor y dador de dudas, de todo lo eterno y lo inmutable, de todo lo perdido en el hiperespacio. Creo que debe existir una nueva esperanza y que siempre nos quedará la galaxia. Ave, Skywalker, los que van a navegar te saludan”.
Es esta lectura la que le hace desenfundar la capucha mordida de su bic, que aterriza sobre la superficie de una página en blanco: “¡Más cuartillas, que es la guerra!”. El Halcón Milenario remonta su vuelo y en este viaje todos los pasajeros muestran su tarjeta de embarque. Encontramos, entre otros, a Ed Wood y a Antoine Doinel, a Christopher Lee y a Spiderman, a Morfeo, a Ennio Morricone, al Corto Maltese, a Jackie Chan, a Marilyn, a los hermanos Coen, al Joker, a Walt Disney… La nave va surcando el celuloide: Casablanca, la Torre de Londres, Matrix… Sobre el papel se cierne el rastro de una estela perpetua al que da igual qué nombre darle: ‘Una habitación con vistas’, ‘Las vírgenes suicidas’, ‘Acordes y desacuerdos’… Más aún, da igual en qué movimiento categorizarlo, da igual si es cine negro o ciencia ficción, si es cine de terror, dogma o nouvelle vague, porque el poeta, con las manos manchadas de tinta, barba de tres días y el cabello despeinado, asiste de incógnito a un brindis privado entre Frankenstein y King Kong, entre Peter Pan y Caperucita Roja, entre Moriarty y Poirot: “He aquí la vida, quien la probó lo sabe”. Y todo esto ocurre en mitad de Babilonia, mon amour, mientras suena de fondo Charlie Parker.
Y es en esta Babilonia donde, con Luis Rosales, sabemos que jamás nos hemos equivocado en nada, salvo en las cosas que más queríamos y hallamos la tristeza de los sabios (el título del segundo libro de este poeta que les estoy presentando). Esa tristeza conoce a la vez el lugar que eligen los gatos para la hora de su muerte y la mucha intimidad que se comparte en una suite nupcial. A los que no poseemos la tristeza de los sabios, esa que procede de haber leído todos los libros, lo que nos queda es ir dejando marcas de los leves pasos que vamos dando mientras Hitchcock nos muestra unos personajes como una galería de fantasmas y la banda sonora de Vangelis ayuda a Vidocq a darle su verdadero nombre a Belle de Jour.
Es en este ‘La tristeza de los sabios’ donde Karmelo Iribarren nos recuerda que ‘Ser libre/ no es igual que ser feliz’ y a raíz de él, Luis Bagué nos explica que “al hablar de películas, lecturas o videojuegos, [Joaquín Juan] no deja de hablar de sí mismo. Utiliza elementos de la mitología popular para hacerlos trascender a la propia experiencia.”
Y llegamos al tercero de los pasos que ha dado Joaquín Juan (literariamente hablando, entiéndanme): hace dos años publicó con la editorial ‘Frutos del tiempo’ el libro hiberna, hibernorum; un libro con un magnífico y sorprendente proemio de Luis Bagué. Aquí el poeta vuelve a mostrarnos su galería de obsesiones; valga como ejemplo una de las citas con las que abre el libro: dice Mel Brooks: “No pueden bailar como Fred Astaire,/ pero pueden soñar que bailan/ con Ginger Rogers como Fred Astaire”. Otra vez el imaginario mitológico popular, pero esta vez aparecen ligeras diferencias con respecto a sus dos libros anteriores, porque su vena filológica disecciona términos de manera poética hasta su raíz; así: “El vocablo rival/ deriva de un antiguo/ adjetivo latino/ que, etimológicamente,/ procedía de la voz riuus,/ acequia, canal, río,/ arroyo, corriente, caudal;/ al principio, un riualis/ era aquel con quien se compartía/ el canal de riego […] Y yo me pregunto,/ ¿acaso no somos todos/ rivales?,/ ¿no compartimos todos/ el mismo río de la vida,/ este ancho mar repleto/ de naufragios,/ de sueños rotos,/ de derrotas infinitas?” Lo que nos lleva a la -creo yo- otra gran diferencia con sus anteriores libros: la profundidad de la visión derrotista (o desesperanzada) que se deja entrever ya en varios versos, visión realista la llamarían otros. Aparece ya en este libro esa sensación de desasosiego similar a la de esas noches en las que todo parece tranquilo…hasta que llega la mañana, o al que se siente frente a esos poemas en los que se vierte “lo que ya no sirve/ más que como lastre.”, esa manera de convertir las derrotas en poemas.
Joaquín Juan ya muestra en este hiberna, hibernorum su historia personal de la lectura, pero con el tono que comentaba hace un momento recuerda el tiempo en el que le gustaba leer sin más, porque sí, para nada… -ese placer- Sin embargo, cuando está escribiendo el libro, el poeta nos cuenta que ya no recordaba aquellos días, perdidos entre las reseñas, los informes, las pruebas de imprenta y los artículos inacabados. Pero no crean que todo queda ahí, porque aparecen destellos de un magnífico humor ácido, como cuando el poeta escribe: “Un profesor de ESO/ es como un actor/ de monólogos/ en función continua,/ pero, a diferencia/ del público del actor/ de monólogos,/ el del profesor/ no ha elegido/ estar allí.” (logse).
Contra el tono pesimista del libro: “algo va mal/ en mi vida,/ y creo que soy yo.” llega a escribir, el poeta sabe que nos bastan paraísos modestos y en uno de esos paraísos busca su asidero para participar de la felicidad. En el epicentro de ese asidero están, por ejemplo, sus hijos; sus hijos, risueños y sonrientes, son los que inauguran el día. El progreso de sus hijos, su curiosidad permanente, su sorpresa constante, son el mejor antídoto contra los versos que cierran este tercer libro: “Al final,/ ¿habrá algo de todo esto/ que nos haga pensar/ que ha valido la pena? [son magníficos los cierres de todos sus libros]
Ese libro anticipaba el que estamos presentando hoy. Si no ¿cómo explicar esta cita, entre las que abren el libro, de Borges: “La derrota tiene una dignidad/ que la ruidosa victoria no merece.”. Entre los poemas de este ‘Anfitriones de una derrota infinita’ descubrimos que lo elemental no está reñido con las reflexiones de tipo filosófico. Aquí Joaquín Juan, ya dije que su anterior libro ponía muchas de las bases de éste, escribe sobre la frustración, sobre la frustración creadora y aquella que se vive siendo un tipo normal que intenta hacer realidad sus sueños. Sólo una cierta distancia consigue que a través de la poesía el poeta pueda sacar alguna lección de esos reveses que nos sacuden a todos.
La casi nula ornamentación adjetival nos muestra a un poeta sencillo inmerso en la preocupación del tiempo que se le/nos escapa. Al fracaso de no poder retener el tiempo (y a alguno más) le pone Joaquín Juan un frontispicio de versos de Ramón Bascuñana: “Por eso este poema,/ donde doy fe de todas mis derrotas”. Pérdida, desastre, fracaso…todo un vocabulario del acabamiento general (un motín tendrá como resultado una alfombra de cadáveres señalando el camino hacia el lugar que “tienen asignado” los dirigentes) o personal (uno deja de ser uno mismo cuando ha renunciado ya a todos los sueños, o cuando el tiempo ha arrasado al que fuimos). Las imágenes que van apareciendo a lo largo del libro son ruinas de una arquitectura sentimental que tienen como referente un cementerio de vagones de tren, o de una guerra que será una nueva derrota, otra batalla perdida. Y así, aunque sepamos que siempre quedará otra batalla que perder, el poeta nos recuerda que a veces el monólogo de un loco puede ser el camino más directo hacia la verdad.
Pero, aunque en dosis más pequeñas que en sus libros anteriores, aún surge algún destello que nos hace plantearnos la importancia de la palabra: “La vida enseña/ (…) que una carta puede/ cambiarlo todo.” O nos topamos con la ironía en su punto más álgido cuando el autor amenaza con que “pronto Venecia tendrá/ su Calatrava”.
Ya les dejo con el poeta, a eso han venido. Y si quiere, que les lea los dos poemas con los que cierra este ‘Anfitriones de una derrota infinita’. Es otra de las cosas que destacaría de él, la potencia con la que cierra sus libros.”

 

Y aquí tienen algunas fotos del evento.

 

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PRESENTACIÓN DE ‘ANFITRIONES DE UNA DERROTA INFINITA’ EN MURCIA

noviembre 25, 2015 Deja un comentario

JJP en FNAC

 

Pues eso. Que esta tarde se presenta ‘Anfitriones de una derrota infinita’ en la FNAC de Murcia y que, acompañando a Joaquín Juan Penalva, estaremos Luis Bagué y un servidor. Ya saben: si quieren, nos vemos allí.

 

MARCA BLANCA

noviembre 24, 2015 Deja un comentario

La chispa de la vida

 

NI altezas ni hacendados
pero cuidado con nosotros:
somos la marca blanca
entre tanto poeta consagrado
y a poco que nos dejen
vamos a reventarlo todo.

 

 

 

Vidal, Natxo. Ícaros desorientados. Murcia; Ed. Raspabook, 2015.

 

LOS REGALOS DE LOS AMIGOS (XXXVIII)

noviembre 23, 2015 Deja un comentario

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Ésta es una parte (la tangible) de todo el amor que me traigo de los dos días en Fractal Poesía 5.0

 

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