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CUATRO POEMAS DE ‘SALIR RANA’

 

EL AGUJERO

Mamá lleva treinta y siete años
pagando una agujero para mí.
Con todo lo que lleva pagado
por ese agujero de dos metros
por setenta
podría yo haber visto Alejandría
con estos ojos que mamá
prometió un día a los gusanos,
hubiera podido yo
afrontar tan larga oscuridad
con el sol de Alejandría
en mis retinas muertas.
Su mayor preocupación, la de mamá,
para cuando ella faltara,
era que no olvidase en qué cajón
estaban los papeles
que nos confirmaban, a ella y a mí,
como dueños transitorios de dos agujeros
en un panal de insectos muertos.
Me aconsejaba mi madre que en su ausencia
no dejara de pagar mi agujero
y que solicitara otro para el hijo que no he tenido,
al que dejaré, como única certeza,
un agujero que no existe.

 

 

 

 

EVA

Caminamos sin mirar atrás.
Mi vientre ha comenzado a abultarse.
El resplandor incandescente de una espada
nos señala el sendero que lleva al dolor,
al desamparo, a la muerte.
Mi hijo nacerá libre.

 

 

 

 

LO QUE UN GATO A UN VERDUGO

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx«¡Pobre mono…! ¡Dame la pata…!
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxNo. La mano, he dicho.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx¡Salud! ¡Y sufre!»
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxCésar Vallejo

Como un aspirante a matarife
aprende en la íntima geografía de los gatos
qué nervio, qué tendón y qué recuerdo
desencadenan el alarido, sueltan el esfínter,
qué tenaza en qué cartílago recóndito
de puro pánico hace mendigar la muerte.
Del modo en que aprende el cadetito
hasta dónde ahogar, hasta dónde ensartar,
la penosa frontera entre pesadilla y locura.
Como un niño inocente en su crueldad
amputa ensimismado las alas a la mosca,
le arrebata el cielo,
pero también la trampa del cristal,
así Vallejo a la poesía. Entiéndaseme.

 

 

 

 

NOCHE DE REYES

Nunca hubo nada para mí
hasta aquel día:
un cuaderno y unos lápices.
Mi primera máquina
de hacer elegías.

 

 

 

Flores, Pedro. Salir rana. Sevilla; Ed. Renacimiento, 2016.

 

SALIR RANA

 

EL OMBLIGO DEL MUNDO

Mientras desde el minarete
derrame el almuédano su letanía
sobre las almas de los creyentes
y en las vastas estepas de Mongolia
jinetes invulnerables al tiempo
domen caballos nacidos para el aire.

Mientras por las calles de Ginebra
la lluvia haga correr
a los pocos paseantes
y los francotiradores y los leopardos,
cada uno en su jungla,
ausculten pisadas en la hojarasca.

Mientras el Índico prenda con sal
los ojos de los recolectores de perlas
y los hombres azules
rastreen el olor del agua
envueltos en el simún.

Mientras el crepúsculo sobre el Bósforo
apague las cúpulas de Estambul
y en la selva de Paria
una endémica bruma
haga perder el norte a los siglos.

Mientras todo esto ocurra,
uno tiene que ser
un prestidigitador fantástico,
o un mentiroso muy hábil,
para poder seguir creyéndose
el ombligo del mundo.

 

 

 

 

HISTORIA DEL MAL LADRÓN

Había robado oro
de las arcas del Templo.
El camello del prójimo.
O tal vez sólo arrebató
pan y naranjas
a los aromas del mercado.

Padeció y fue condenado
en tiempos de Poncio Pilatos.
Fue crucificado
a la siniestra del hijo
en el monte de la Calavera.

No tuvo corona,
ni siquiera de espinas.
No se arrepintió.
No resucitó con gloria
el día tercero.

Pero él,
que pidió ver
para creer,
ha llenado de apóstoles
la Tierra.

 

 

 

 

LA FLORISTA DE LA HABANA

Y dime,
¿nunca quisiste estar
al otro lado de la rosa?

Déjame esta noche que te traiga
a la otra ribera de la flor,
en la que existen su aroma y su nostalgia.
Que por una vez no pertenezca
a un amor ajeno,
que se marchiten de esperarte
los amantes del malecón
y las almohadas de los hoteles.

Pero ella se aleja,
y como una virgen sembrando pétalos
al paso solemne de un rey,
enseña el camino a la noche de La Habana.
Junto a la rosa empapada en cerveza
me ha dejado una pregunta:

¿Nunca quisiste estar
al otro lado del poema?

 

 

 

 

EL VIOLINISTA DEL TITANIC

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxPara Silvia

El vigía no vio el hielo.
El capitán no vio el peligro.
El armador no vio las prioridades.
La primera clase no vio a la tercera clase.
El radiotelegrafista no vio respuesta.
Lady Rothschild no vio su estola.
Los maquinistas no vieron el cielo.
Pero el violinista, ah, el violinista
lo entendió todo de repente;
reunió en la cubierta al resto
de la pequeña orquesta
mientras hombres y mujeres
que creyeron tenerlo todo comprendieron
lo desnudos que estaban ante la tragedia
y tocó,
tocó como nunca había tocado,
tocó para él,
tocó quizás para alguien que en vano
le esperaría entre las brumas
de un muelle apretando los puños,
y se ahogó con la muerte en el gélido mar
del cruel abril de mil novecientos doce.
De ese modo te quiero:
inmune al miedo y al frío,
mientras el mundo se desmorona en torno nuestro,
sin esperar que nadie me rescate,
dándote la música de mi alma
hasta que el agua me llegue al cuello.

 

 

 

 

YAHVÉ

En los ojos del primero
vio los imperios erigirse y desmoronarse,
San Juan de Acre ardiendo en su nombre.
El adiós para siempre a Sepharad.
Un edificio que se abrasa en Alejandría.
Vio los campos de Virginia tapizados de gris y azul.
La inscripción en un cinturón sin dueño
sobre la nieve de un lugar llamado Stalingrado
y que decía Gott mit uns entre manchas de sangre.
Una niña que corre eternamente bajo el napalm
por una carretera que no lleva a la conciencia.
Vio la salita de la silla en una prisión de Texas
y la lluvia de ceniza sobre los arrabales de Grozni.

Pero también vio a Homero
y a un viejo pescador
que en un remanso del Yang-Tsé
devolvía un pez a las aguas
y pensó
después de todo quizás
valga la pena.

 

 

 

 

CAER

Caer bien, con clase.
No desfallecer,
ni desmayarse,
ni derrumbarse,
ni trastabillar,
ni doblar la cerviz.
Caer como un roble en sus dominios
después de cien años mirando al Sol
frente a frente.

 

 

 

 

UNA HISTORIA ANTIGUA

Partieron a miles desde las costas de Acaya.
La historia no dice
si de verdad creían que iban a lavar
el honor de un monarca humillado,
pero la riqueza de Ilión es legendaria.
Agamenón (que posee una fábrica de flechas)
tomará una quinta parte del botín.
En el fragor de la batalla
nadie recordará, Helena, que fuiste hermosa.

 

 

 

 

ANTES SE MORÍA EN CASA

Sí, se moría a menudo en la misma cama
en que se había nacido,
que solía ser la misma cama
un que uno había sido concebido.
Se navegaba por la vida
sobre la misma carroza inmóvil
con la que se partiría hacia la muerte.
Se moría mirando las cuatro paredes
donde colgaban los retratos de aquellos
que habían menstruado y soñado antes
en aquella implacable máquina del tiempo.
Los que amaron haciendo crujir los muelles
con un rasguño negro de grillo metálico,
dando retratos de muertos a las paredes
y muertos para este poema escrito en casa,
sobre una cama que me arropa
y que me espera.

 

 

 

 

CARPE TERRAM

Nuestros ojos no mirarán las maravillas sobre la tierra.
Nuestras bocas no comerán manjares sobre la tierra.
Perteneceremos a legiones de animales sin nombre.
Ingresaremos en la quitinosa intimidad
de ciegas jaurías invertebradas,
de piaras microscópicas de hambre subterránea.
Comeremos tierra
con sus tractos digestivos transparentes.
Devoraremos la tierra desde dentro,
pues nada fue nuestro sobre ella.

 

 

 

 

EL CIELO SOBRE VILLA PERRO

Me mandaron a la calle;
que el niño no nos vea llorar,
que no levante una esquinita de la sábana
si nos despistamos un segundo.
Como si afuera la tarde no tuviera goteras.
Como si de cada nube no colgara
la rolliza manita de una niña helada.

 

 

 

 

TRASIEGO DE VILLA PERRO

Cuidamos los unos de los otros.
La que hace un guiso guarda un poco
y cruza la calle con un caldero verde.
El que fue obsequiado con un saco de cebollas
no llora solo a la hora de la cena.
El poeta se guarda sus versos.
Cuidamos los unos de los otros.

 

 

 

 

EL LECTOR Y LA POESÍA

Ella se reía al oírlos, me decía:
cómo va a salir una vieja en unos versos,
no tiene sentido,
deberías escribir sobre cosas importantes.
Yo a veces le contestaba
que no hay nada que entender,
que la poesía, aunque suene cursi,
es como una estrella;
tal vez hace años que no está
cuando su luz llega hasta nosotros.
Ahora ella se sigue riendo,
creo que por fin comprende
lo de la poesía y las estrellas.
Ahhh, me dice,
yo soy una muerta que escucha,
y tú también estás muerta.

 

 

 

Flores, Pedro. Salir rana. Sevilla; Ed. Renacimiento, 2016.

 

NO PORQUE ESTUVIERA ALLÍ, SINO PORQUE HABÍA REGRESADO

 

xxxLlegaba mamá y Aurelia llamaba a Julia: Ya es hora de que te sientes a la mesa. Dios mío qué chica. Y Mamá, recién llegada de la calle, empezaba como de costumbre: Cómo está el tráfico, no se puede coger el coche en esta ciudad, si os digo que he bajado hasta… y encima me han puesto una multa. Y Papá, sin dejar el periódico: Pues no la pagues, al menos que se tomen la molestia de venir a cobrar. Hola, Julita. Hola, Papá. Y Mamá: Ah, ¿pero estás aquí?, yo diría algo a tu madre, ¿no? Qué facha, con esos pelos. No me digas que has salido así a la calle.
xxxEn el fondo, Papá le era indiferente. le despreciaba desde su regreso a casa después de nueve años de ausencia. Invariablemente le encontraba sentado en el sillón, leyendo el periódico que le duraba todo el día, o durmiendo frente al televisor. En cuanto Papá regresó a casa todo terminó entre él y Julia. Julia pensaba que tal vez su vida hubiese sido distinta si Papá no hubiera regresado, si no se hubiera vendido de nuevo a Mamá y a la abuela Lucía, si no la hubiera vendido también a ella para disfrutar de la asquerosa paz y tranquilidad que reclamaba a cada momento. Sentado en su sillón, despertaba o levantaba la cabeza del periódico: Haced cuanto os plazca, pero dejadme en paz; no quiero preocupaciones.
xxxElla, desde el regreso de Papá, desde la noche en que llegó a casa (después de continuas discusiones telefónicas entre mamá y varias personas) y se encerró en el salón con Mamá, la abuela Lucía y tío Ricardo hasta las tres de la madrugada (ella se mantuvo despierta, alerta. Ernesto entró en su dormitorio hacia la una y le dijo satisfecho: Papá se queda ¿no te alegras?), creyó que él, Papá, conocía su reproche. Y aún más: que Papá lo comprendía y, en el fondo, lo aprobaba.
xxxA la mañana siguiente cuando vio a Papá en el comedor, desayunando en compañía de toda la familia, sonriente, como si nada fuera de lo normal hubiera sucedido, tuvo que reprimirse para no echarse a llorar, para no insultarle y escupirle a la cara, para no reprocharle su enorme debilidad, su cobardía, su pobreza de espíritu y la falta de amor hacia ella. La había decepcionado. Julia, a raíz de las primeras miradas cruzadas con Papá, creyó que él conocía tal sentimiento de decepción, de vergüenza. Creyó entenderlo así por la torpes palabras de Papá durante aquel primer desayuno en casa, después de nueve años. Qué guapa estás, Julita. He visto a tu gato, está enorme. Ella tenía los ojos llenos de lágrimas, apretaba los labios con fuerza, la barbilla le temblaba. Papá sonrió ligeramente a Mamá y, luego, a Julia; fijó la mirada en el tazón de café con leche y miró de nuevo a Julia. Ella estuvo segura. No dudó ni por un momento. Recogió aquella mirada como una disculpa de Papá por estar en casa, desayunando con Mamá (indiferente, tranquila; al fin y al cabo aquel regreso nada significaba para ella, como tampoco nada significó la ausencia de Papá durante nueve años), con Ernesto, charlatán y sonriente (se había vestido con un traje nuevo y peinado con más esmero que nunca. Se le veía contento, satisfecho, no por que Papá estuviera allí, sino porque había regresado. Aquel regreso significaba el triunfo de Mamá y Ernesto lo celebraba íntimamente, escandalosamente, y con la abuela Lucía, erguida en la silla, alta, esquelética, ordenándole a Julia con voz ronca: Toma azúcar con la leche, fortalece.
xxxDurante mucho tiempo Julia jamás dudó de su complicidad con Papá. Creía palparla cada vez que Mamá arremetía contra ella y buscaba en Papá un refuerzo para sus sermoneos. Papá daba la razón a Mamá, pero con un simple: Sí, es cierto, ¿pero, qué importancia tiene?, déjame en paz. Acto seguido Papá suspiraba y movía la cabeza; sonreía y la acariciaba. Julia aceptaba aquella muestra de debilidad, de aparente engaño, como una de las muchas facetas del juego que se había establecido entre ellos desde la llegada de Papá. Bajo la aparente confabulación con Mamá, Julia creía encontrarla y significaba para ella la última esperanza de que Papá permanecía más ligado a ella por su pacto secreto que a ellos por la convivencia diaria.
xxxPor eso ahora, al verle derrotado, vencido en el sillón, reclamando paz y tranquilidad, lo despreciaba. Nada podía decirle, no le pertenecía absolutamente en nada, nunca Papá comprendió su alianza. Julia se preguntaba a menudo si el antiguo pacto con Papá no fue más que una fantasía, o si, por el contrario, cuando regresó a casa, Papá fue sincero y la traición no apareció en él hasta que transcurrieron los días y Mamá y la abuela Lucía le vencieron poco a poco en la diaria y absorbente lucha. Julia se planteaba el problema, pero nunca habló de ello con Papá. Sólo una vez rozó el tema, dolorosamente. Un año antes. Julia yacía en la cama del hospital. Le dolía todo el cuerpo y tenía una extraña sensación: como si se le hubiera agrandado la cabeza y agujereado el estómago. Tuvo la seguridad de que iba a morir. Tenía miedo, necesidad de que alguien estuviera a su lado. Alguien abrió la puerta. Papá entró. No tenía interés en verle, pero agradeció que fuera él en lugar de Mamá. Vagamente recordaba que cuando Mamá acudió a su lado (no tenía conciencia del tiempo transcurrido) la había echado a gritos de aquella habitación. No sentía deseos de ver a Papá, pero su presencia no la irritaba. Qué disgusto, Julia. Qué tontería… Entonces estuvo a punto de reprochárselo. Ya no le dolía. Le daba igual. Pero ahora Papá se permitía fingir comprensión e interés. Se permitía preguntar por qué. Mamá, seguramente, pasearía nerviosa por los pasillos, acompañada de Ernesto, la abuela Lucía y tío Ricardo. Ernesto consolaría a Mamá, nunca le faltaban palabras. Era un hijo encantador, como decía Mamá. No quería mirar a Papá. El sol entraba por la ventana y aumentaba la blancura de las baldosas de la habitación. Tanto resplandor hería los ojos. Fijó la mirada en las ropas de la cama blancas también. Le era imposible controlar el temblor de su cuerpo. Tenía miedo. Ni siquiera sabía si iba a morir, pero no quería preguntárselo a Papá. Se mordió los labios en un último intento de callarse, pero al final le dijo: ¿Por qué regresaste? ¿Qué dices, Julia? Tú volviste a casa. Papá le puso la mano en la frente. Julia oyó cómo él murmuraba: Dios mío, delira. Tuvo ganas de reír por la expresión trágica de Papá. Una enfermera entró en la habitación: Váyase, es mejor, le inyectar´´e un calmante. Julia se volvió hacia la ventana y empezó a llorar, muy despacio, silenciosamente. La alianza con Papá nunca existió.

 

 

 

Moix, Ana María. Julia. Barcelona; Ed. Lumen, 1991.

 

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DÉBILES Y ESTÚPIDOS

 

Seres estúpidos como Félix y mi hija merecen que les condenen a picar piedra, con un grillete de cien toneladas en cada pie. Él hace del amor un arma de posesión, ya que la pobreza de su espíritu no le permite saciar sus ansias de dominio, y ella justifica en él su debilidad y cobardía. Están hechos el uno para el otro; débiles y estúpidos se buscan y acaban siempre por encontrarse. Así va el mundo.

 

 

 

Moix, Ana María. Julia. Barcelona; Ed. Lumen, 1991.

 

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OTRA COSA QUE PERMANECE IGNORADA

 

xxxHabría que prevenir a la gente de esas cosas. Enseñarles que la inmortalidad es mortal, que puede morir, que ha ocurrido, que sigue ocurriendo. Que no se muestra como tal nunca, que es la duplicidad absoluta. Que no existe nunca en los pormenores sino en el principio. Que algunas personas pueden encubrir su presencia, a condición de que ignoren el hecho. Al igual que otras personas pueden detectar la presencia en esas gentes, también pueden ignorar que pueden hacerlo. Que la vida es inmortal mientras se vive, mientras está con vida. Que la inmortalidad no es una cuestión de más o menos tiempo, que no es una cuestión de inmortalidad, que es una cuestión de otra cosa que permanece ignorada. Que es tan falso decir que carece de principio y de fin como decir que empieza y termina en la vida del alma desde el momento en que participa del alma y de la prosecución del viento. Mirad las arenas muertas del desierto, el cuerpo muerto de los niños: la inmortalidad no pasa por ahí, se detiene y los esquiva.

 

 

 

Duras, Marguerite. El amante (Trad. Ana Mª Moix). Barcelona; Tusquets editores, 1985.

 

NO DEL JARDÍN

 

xxxMi madre sólo hizo fotografiar a sus hijos. Nada más, nunca. No tengo fotografías de Vinhlong, ninguna, ni del jardín, ni del río, ni de las rectas avenidas bordeadas de los tamarindos de la conquista francesa, ninguna, ni de la casa, ni de nuestras habitaciones de asilo blanqueadas con cal, con las grandes camas de hierro negras y doradas, iluminadas como las clases del colegio con las bombillas rojizas de las avenidas, los tragaluces, las pantallas de chapa verde, ninguna, ninguna imagen de los lugares increíbles, siempre provisionales, más allá de toda fealdad, para huir, en los que mi madre acampaba en espera, decía, de instalarse de verdad, pero en Francia, en esas regiones de las que habló durante toda su vida y que se situaban según su humor, su edad, su tristeza, entre el Paso de Calais y Entre-deux-Mers. Cuando se detenga, cuando se instale en el Loira, su habitación será la réplica de la de Sadec, terrible. Habrá olvidado.

 

 

 

Duras, Marguerite. El amante (Trad. Ana Mª Moix). Barcelona; Tusquets editores, 1985.

 

ESTA NOCHE: RECITAL DE ANDRÉS GARCÍA CERDÁN

 

Esta noche, a las 21:30 h, Andrés García Cerdán dará un recital en el bar ‘El Sur’, de la ciudad de Murcia.

De su último libro publicado, aquí tienen una selección. Y esperemos que esta noche adelante alguno de los poemas de su próximo libro, que algunos esperamos como agua de mayo, en la editorial Visor.

Allí nos vemos.

 

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