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Archive for 31 diciembre 2018

LLEGADAS

diciembre 31, 2018 Deja un comentario

 

Este año han llegado a casa varios libros y algunos discos, y quiero dejar constancia públicamente del agradecimiento hacia quienes han hecho que mi biblioteca y mi discoteca particulares hayan aumentado en cantidad y calidad.

Gracias por sus libros a Vicente Velasco, a Carlos Vitales, a José Luis Martínez Valero, a Ramón Bascuñana, a Natxo Vidal, a Manuel Rico, a Eugenio Sánchez Salinas, a Alfredo Rodríguez, a Sandro Luna, a Óscar Navarro, a Luis Sánchez, a Javier Sánchez Menéndez, a la editorial El Sastre de Apollinaire, a Joaquín Calderón y a Pedro Gascón.
Además, no quiero olvidarme de los regalos musicales que me han hecho Paco Cifuentes y Lichis.
Por supuesto, también a Alberto Alcalá, a Ferrán Exceso, al niño de la hipoteca, al Kanka, al Manin y a Álvaro Ruiz, por contar conmigo cada vez que pasan por Murcia y traen su música a esta ciudad.
Y, por último, quiero agradecerle a María Marín que contara conmigo para presentar su primer libro.

Gracias a todos.

 

CHIPMUNKS, HOMBRES, SOMBRAS, MAULLIDOS

diciembre 30, 2018 Deja un comentario

 

CHIPMUNKS

corrían por el campus pequeñas ardillas
chipmunks las llamaban revolviéndose en el césped
desesperadamente
ociosas
todos las mirábamos

salíamos del aula y paseábamos hasta los dormitorios
luego sentados en el atardecer acumulando cascos de cerveza venían
a visitarnos
pequeñas ardillas curiosas demasiado
no pensaban en las consecuencias

nos olían buscando comida en los bolsillos
yo imaginaba sus huesos costillitas uñas cortadas
sus cráneos pelotas de ping-pong sus tibias granos de arroz
qué fácil agarrar una y aplastarla con la fuerza de mi mano

tú me acariciabas y mencionaste a Chip & Chop y
fugaz viaje multicolor la infancia
aventuras diarias para salvar el mundo
ahora os entiendo un poco más

entiendo cómo exprimís las horas no os detenéis apenas
un segundo para buscaros y correr rozar vuestros bigotes apenas
un segundo olisquear el aire escarbar la tierra morder un fruto apenas
un segundo y seguir hermosas e inmisericordes ante la Historia

odio los poemas de animales
pero quién dice que yo esté hablando de animales

 

 

 

 

EL REY Y LA REINA

el rey camisa de rayas como si de un gondoliere se tratase
pantalones pitillo marca Camel bambas Adidas A-di-das
se arrastra por el césped buscando la luz el flequillo
esconde la mirada alguien comenta: demasiado europeo

la reina camiseta ancha y traslúcida asoma tímido el hombro
mini shorts para piernas como varas de bambú manoletinas
negras y un sombrero de ala corta que cae media
melena rubia unas Ray-Ban alguien comenta: demasiado europea

mirábamos por encima no sabíamos
hacerlo de otro modo venían los mendigos —harapientos y hermosos—
a agradarnos con chistes nos reíamos con/de ellos
—como un padre se ríe ante la gracia de un hijo—

luego nos dejaban solos y tú me hablabas del palacete
en Manhattan de Julian Schnabel y de veranos en la Côte d’Azur
leíamos a Borges y escuchábamos a Gershwin
yo soñaba con una mansión en Umbría para los dos

pertenecíamos a una estirpe de intocables
nuestra sangre fluía con el ímpetu del Volga
un Borgia se habría arrodillado en nuestra presencia
—éramos felices no teníamos otra opción—

el sol salía sólo para nosotros
inabarcable como un poema de Keats

ahora con el tiempo todo se ha nublado
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxinterpretábamos
un oscuro y triste papel —el que nos había tocado— actuábamos
y los comentarios que decíamos eran como frases de una obra
dichas con convicción pero ajenas Louise Gluck

no hubo nada de verdad en aquel verano nada
que pudiese hacernos daño quedamos suspendidos
intentamos salvarnos y ese fue nuestro error qué leves
fueron nuestras vidas / que no dejaron ningún rastro Ted Hughes

representantes de un viejo continente: apolillados
decrépitos incólumes y solos / igual que reyes

 

 

 

 

SIRI HUSTVEDT Y PAUL AUSTER EN UN BANCO

camino por el campus hoy de un verde lorquiano
paso por delante de una pareja demasiado vieja
para estar en un campus la estampa es perfecta
atardece y ellos miran la luz con una extraña
intensidad

me detengo mientras mi grupo se aleja hacia la Johnson
Tower para fijarme en la estampa absorbente con más deteni-
miento si os digo que no me estremezco un espasmo
mi columna al descubrir que son Siri hustvedt y Paul Auster
los viejos al atardecer

y de pronto se acumulan todas las horas compartidas
bajo la luz de un flexo en casas de alquiler pasando sus páginas
y no me decido dudo si romper su instante y no al final
corro de vuelta hasta mi grupo para contarles lo ocurrido
y nadie sabe de quién hablo

 

 

 

 

UN HOMBRE, UNA SOMBRA

en la esquina de Geary St. con Leavenworth
bajo el letrero rojo Cabernet Sauvignon de la Market &
Deli Star donde para el 27 hay un hombre solo

un sol enfermo escupe su luz sobre la mañana

el hombre apoyado en un bastón parecería
una estatua olvidada de hierro oxidado
no griega / no romana / no egipcia sólo
un retrato contemporáneo de no se sabe qué

lleva un abrigo y sobre éste otro abrigo y sobre éste
otro su gorro demasiado largo se abulta en
su cabeza como si dejase un espacio para recoger
las ideas ¿Es un hombre? ¿es una sombra?

parecería una estatua olvidada
pero al cruzar la calle se gira
—y el 27 abre sus puertas una mujer abofetea
a un hombre en la esquina de enfrente una vieja
mira su reflejo en un escaparate de lencería
dos latinos matan el tiempo en la tienda de relojes
dos turistas toman un café en el Angel Cafe
los árboles tiemblan imperceptibles—
se gira y mira a un lugar entre nosotros
y el horizonte inexistente
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxcomo si fuese
capaz de atravesar los cuerpos y edificios
llegar hasta la bahía y saltar al mar
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxsentimos
un breve aliento de filo ancestral luego
seguimos es un hombre ¿es una sombra?

esa noche tomando una cerveza en el Ambassador
miro por los ventanales y lo veo allí
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxde nuevo
impasible ante la noche de neón aferrándose
a la esquina apoyado en la pared
como si el mundo fuese el que está inclinado
vigilando la ciudad y su tristeza
parece murmurar algo pero sus labios apenas
se mueven como alguien que reza un rosario
ante un cuerpo muerto la camarera me explica:
fue un poeta, pero se volvió loco, ganó premios,
publicó libros, se codeó con los mejores,
pero se volvió loco. Siempre está ahí, en la esquina,
habla con Dios, con Dylan y con el Presidente de los EEUU.
¿Por qué se volvió loco? pregunto. No lo sé,
contesta es un hombre es una sombra.

 

 

 

 

MAULLIDO

he visto a las mentes más maravillosas de mi generación
xxxdestruidas por el turismo alucinados mirando mapas
xxxvueltos del revés
familias obesas arrastrándose por Embarcadero en busca de
xxxun McDonald’s que se aferran a conos de crema a un
xxxdólar veinte centavos derritiéndose en el muelle 39 junto
xxxa los leones marinos rubios teñidos de piel quemada
xxxadictos a la protección solar factor 330
que emprenden la tarea cumbre de engullir langostinos
xxxgigantes en cajas de cartón que sudacas han pescado
xxxen las tormentas del Océano Pacífico seducidos por los
xxxneones de la Bubba Gump Shrimp Co. y el olor a fritanga
que se pierden entre los decorados de cartón piedra que
xxxocultan la visión de la Bahía en la vorágine sudorosa del
xxxverano como Ariadnas recreadas en la pérdida absortas
xxxen la estimulación visual / rojo / azul y / amarillo muy
xxxamarillo
que pisan sobre chanclas de plástico fucsias y cargan con
xxxvarices y camisas anchas incluso más anchas que ellos
xxxmismos y pechos muy caídos y sombreros de los
xxxpescadores que nunca serán y gafas de sol de marcas
xxxfalsas y lorzas de grasa alimentada a base de sándwiches
xxxde tres pisos con extra de mayonesa
americanos paletos de estados olvidados de Montana,
xxxMinnesota, Missouri que se sientan en el Fisherman’s
xxxWharf a comer sopa de cangrejo en platos de pan y se
xxxvisten de domingo para salir un viernes y cenan en el
xxxKentucky Fried Chicken con collares de perlas falsas falsas
xxxfalsas
que miran con desdén a japoneses histéricos que revisan
xxxabsortos las fotos del día en sus Nikon D3X que luego
xxxmanipulan y retocan y retocan y manipulan hasta que la
xxxRealidad desaparece y todo es imagen de la imagen que
xxxprefieren mirar las vistas a través de lentes gordas creadas
xxxen laboratorios ópticos construidas en Tailandia
que pasean en Japan Town por Geary Boulevard como quien
xxxpasea por casa y cenan en el Yoshi’s y mezclan sushi mal
xxxhecho con jazz mal tocado pero no les importa porque
xxxestán de vacaciones rasgados con fajos de dólares
xxxmanoseados en los bolsillos que dejan a su mujer y sus
xxxhijas en el hotel y salen de putas con medio cigarro
xxxapagado entre los dientes
que se han olvidado de la Segunda Guerra Mundial y se
xxxvisten de Tommy Hilfiger reprimidos silenciosos
xxxrecopilando la ciudad en su disco duro para volver a su
xxxpaís y follarse a sus criadas mientras las fotos pasan en el
xxxPower Point una tras otra tras una tras otra
espaldas mojadas que han cumplido el Sueño Americano
xxxy dan propinas miserables a espaldas mojadas que no lo
xxxhan hecho que se envuelven en banderas americanas en
xxxlas primeras vacaciones de su vida para que nadie dude
xxxde lo patriotas que son morenos con bigotitos y tatuajes
xxxborrosos tatuajes de lo que fueron pero que ya no
xxxquieren ser que se van disipando en sus pieles costrosas
que van a la feria a disparar en los puestos y las pistolas
xxxde aire les recuerdan a las pistolas de vida con las que
xxxantes cargaban pero no dicen nada y besan a sus esposas
xxxporque han visto en las películas de Hollywood cómo se
xxxbesan las esposas y les regalan osos de peluches gigantes
xxxy comen algodones dulces y cubos de palomitas con
xxxextra de mantequilla
adictos al deporte que se calzan las mallas y alquilan
xxxbicicletas y calzan las mallas y alquilan bicicletas para
xxxsus niños rubios y vigoréxicos para cruzar el Golden Gate
xxxBridge que van y vienen y vuelven a ir y no se detienen ni
xxxun segundo a mirar la bahía que comentan al aire
xxxtenemos que ir a ver La Roca y vuelven a cruzar y no ven
xxxlas olas pero saludan a sus clones montados en piraguas
xxxagitando sus brazos lechosos que mañana estarán
xxxquemados
maricones europeos que se gastan los ahorros de su vida
xxxpor pasar unas semanas en Castro y se ponen los
xxxpendientes que sus abuelas les dejaron en su lecho de
xxxmuerte y esperan en las esquinas de Dolores Street a que
xxxalguien los recoja y se los lleve a follar a una mansión
xxxcon mayordomos en calzoncillos y pecho descubierto /
xxxafeminados / paletos que cruzan a Mission como de safari
para fotografiar a latinos enfrente de las iglesias los
xxxdomingos como si fuesen chimpancés en la jaula del zoo
xxxy entran en los restaurantes chicanos para beber el
xxxmismo tequila que venden en todos lados pero aquí entre
xxxvírgenes y esqueletos de colores y murales que imitan a
xxxDiego Rivera
viejas operadas que pasean a sus chihuahuas en sus bolsos
xxxde pasear chihuahuas marca Gucci por Nob Hill y Pacific
xxxHeights y se sientan en los pequeños parques parques
xxxrepresentación de parques parques de juguete plástico
xxxpoliespán a succionarle al Sol los pocos rayos que le
xxxquedan que suben por Brodway y se cruzan con
universitarios con grados y publicaciones en revistas que
xxxestán haciendo un degree en Berkeley que al pasar por
xxxColumbus Avenue entran en CIty Lights y se compran
xxxtodos los ensayos sobre la Generación Beat que
xxxencuentran pero no se han leído ninguno de sus libros
xxxy luego en tertulias hacen comentarios incomprensibles
xxxque si On the road tal que si On the road cual y sueñan
xxxcon escribir ellos su propio ensayo e ir a cócteles con el
xxxdecano y su mujer todos
todos aquí reunidos
juntos y hermanados en la noble ciudad de San Francisco
estado de California
con el Océano Pacífico como banda sonora y el recuerdo de
xxxlo que fue patinando en las retinas
pasando las vacaciones
mediocres
malheridos
mentirosos
gatos
que maúllan

 

 

 

Talián, Ángel. El sol sobre la nieve. Cartagena; Ed. Balduque, 2016.

 

ZAGUÁN DEL CIELO

diciembre 29, 2018 Deja un comentario

 

CAMBIO DRAMÁTICO

El lugar de la sorpresa
ha sido ocupado por un mamut.
Hoy he amanecido con un glaciar
en los ojos
y he llamado a los optimistas
para que contemplen a ese animal sólido
y llenen la despensa
porque, con toda certeza,
se avecinan tiempos aún más fríos.

 

 

 

 

REHÉN DE LOS CERROS

Pasan cielos, pasan nubes,
pasan hombres
que miran al cielo
y nada ocurre.
Todo fue sueño, aún lo es.

 

 

 

 

OFRENDA A LOS APUS

Allí colocaste legañas y otras legumbres
con las que alimentar
al herbívoro del sueño.
También tinteros llenos y otros ataúdes
para refrescar su memoria.
Así eres, proclive al silencio
como los territorios de caza de los pequeños felinos.

 

 

 

 

UN PERRO, UN NIÑO, UNA LUZ NARANJA

En algunos lugares, los latifundios
no están en la tierra sino en el cielo.
Se espesa la luz y se hace naranja y asmática
y, sobre todo, ajena.
El niño mira la luz y descubre
la impostura y la verdad de las heridas.
El perro mira la luz y descubre
que el instinto, en ocasiones, es menor que la astucia.

Llueve en los zaguanes.
La escena no tiene testigos.

 

 

 

 

YO me siento extranjero casi en cualquier lugar
menos en algunas ciudades milenarias y mutiladas,
donde la música es una forma
de mirar a los ojos.
Y por so recuerdo la piel dorada
de algunos días,
días de piel recién dormida.

 

 

 

 

EL ACORDEONISTA BÚLGARO

El niño mira al acordeonista
como si fuera un dios moreno con un fuelle
en el que viven y mueren los pájaros de plástico.

En esta tarde triste, en el cielo,
no hay víctimas ni héroes.

El niño mira al acordeonista
con ojos de adulto diminuto.
Él no conoce Hamelín,
aunque haya estado allí
y regrese con  pequeños mordiscos en los zapatos.

 

 

 

 

LOS LUGARES NO NOS PERTENECEN

Regreso a algunos lugares
sin que el recuerdo, en esta ocasión, me muerda.
Esta ciudad me fatiga el asombro.
Recorro las calles
y transporto unos ojos nuevos
para que reciban destellos;
los mismos resplandores no son posibles.

Los lugares no nos pertenecen,
tampoco nosotros pertenecemos a ellos.
es difícil reconocerlo
pero, una vez sabido,
la nostalgia no se muestra menos dañina.

 

 

 

 

SÍNODO DE SILENCIOS

Un orden nuevo, distinto de lo inamovible.
En lo alto, la piedra es la piel
de un gran lagarto que no ha logrado aún mudar;
es la arrogancia, pero también
la arquitectura de lo simple.

Se reúnen los silencios,
se sientan junto a mí.
No tengo nada que reprocharles.

 

 

 

 

ONOMATOPEYAS

La música de los lápices afilados
como la espada de los cuentos
y redonda
como una oscura mejilla
resuena sobre las latas oxidadas
de la tarde.

Te miraba:
eras un golpe bajo en la línea de flotación del silencio.

 

 

 

 

LLEGASTE del país de arriba
donde las nubes hablan despacio
y se mueven como boxeadores díscolos.
Viaja siempre con un jirón de cielo
en la maleta
que te permita regresar
a tu antojo
a la geometría del silencio.

 

 

 

 

HAY una oración en el aire.
Una plegaria que huele a tierra herida,
a zapato tristísimo en un jardín público,
a perro que tose y no ladra,
a medicamento caducado.

Hay una oración en el aire
que se muerde la cola
como las pesadillas de los ancianos.
Está suspendida en el aire
de una calle difunta,
sin que a nadie le importe,
sin que nadie la escuche
en esta tarde caliente de febrero.

 

 

 

 

EXISTEN algunas frutas huecas
donde viven los sueños,
es por eso que quienes las muerden no encuentran
nunca respuesta a sus quimeras,
pero, en cambio, hallan la paz de los hambrientos.

 

 

 

 

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxTodos mis huesos son ajenos.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxCésar Vallejo

ALLÍ estaré: en el cieno y en el ciento,
también en el relámpago.
Conozco las vértebras de las vocales
y sus huesos pequeñísimos.
Pero nada me pertenece.
Recorro nuevamente tus calles
y admiro la voluntad de los amautas,
los interrogantes de tu espalda,
la colisión de los abrazos,
las aceras enfermas de historia,
la lentitud de los héroes recién difuntos.
Pero nada me pertenece.
Todo es nómada.

 

 

 

 

CLIMATOLOGÍA DE PIEL

Mejillas plenas de luna:
lluvia diminuta en los sueños
y música en los huesos.
Con el dedo recorres nubes de alambre.
Despertarás y será nocturna la temperatura
y habrá laberintos
y hermosos muros.
Despertarás y será firme la noche
y tendrá un frío exacto
y despertarán entonces los insectos
del invierno.

 

 

 

 

RAMBLA DE CASAS NUEVAS

Buscábamos lentillas de tiempo
en un río defectuoso.
Ahora sé que el brillo está en los ojos
y no en el hallazgo.

 

 

 

 

LOS ZAPATOS DE VALLEJO

Un charco de luna en el izquierdo,
una cuchara de agua en el derecho,
y huellas tremendas
como tumbas de dioses antiguos,
calientes como abecedarios
recién aprendidos.
Zapatos con la sonrisa de un niño
recién estrenado:
tristeza de charol.
Dos zapatos que huyen sin moverse de sitio.
Zapatos de sonrisa transeúnte,
útiles para recorrer sólo algunos lugares
y ver los tobillos de las auroras.

Dos zapatos que echan raíces en el cielo
que pasan página
cuando cruzan una frontera
y arrastran en las suelas una infinita nostalgia
recién enmendada.

 

 

 

Díez, Gontzal. Zaguán del cielo. Bilbao; Ed. Zurgai, 2014.

 

IDA Y VUELTA

diciembre 28, 2018 Deja un comentario

 

IDA

Las nubes eran sólo acompañantes de pago
y el motor una canción de cuna.
Yo estaba cansado y tu voz era mi cama:
te acordaste de aquel poema de Quiñones,
la eterna dialéctica entre el Sur y el Nor
y luego de la Guerra de Secesión.
Dijiste algo sobre la esclavitud
que a veces el futuro nos impone
pero yo me empeñaba en la nostalgia.
Cruzamos Wyoming y decidiste entretenerme:
un dependiente de una zapatería que finge su muerte,
llama a su familia y le dice adiós,
toma un avión y cruza el Atlántico hasta California
—un francés,
xxxxxxxxxxxxxcasado,
xxxxxxxxxxixxxxxxxxxxcon hijos,
xxxxxxxxxxxxxxixxxxxxxxxxxxxxxxfeliz—.
Mientras tú me contabas aquella historia
nos dieron de comer una pasta insulsa
y nos ofrecieron vino con tapones de rosca.
Las azafatas nos sonreían con sus dientes de sol.
Volábamos en Delta pensando en el regreso.

 

 

 

 

VUELTA

Volábamos en Delta pensando en el regreso,
las azafatas nos sonreían con sus dientes de sol
y nos ofrecieron vino con tapones de rosca.
Nos dieron de comer una pasta insulsa
mientras tú me contabas aquella historia:
un francés,
xxxxxxxxxxxcasado,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxcon hijos,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxfeliz,
toma un avión y cruza el Atlántico hasta California,
llama a su familia y le dice adiós,
—un dependiente de una zapatería que finge su muerte—.
Cruzamos Wyoming y decidiste entretenerme
pero yo me empeñaba en la nostalgia
que a veces el futuro nos impone.
Dijiste algo sobre la esclavitud
y luego de la Guerra de Secesión,
la eterna dialéctica entre el Sur y el Nor
te acordaste de aquel poema de Quiñones.
Yo estaba cansado y tu voz era mi cama
y el motor de una canción de cuna,
las nubes eran sólo acompañantes de pago.

 

 

 

Talián, Ángel. El sol sobre la nieve. Cartagena; Ed. Balduque, 2016.

 

Y TU POEMA EMPIEZA

diciembre 27, 2018 Deja un comentario

 

PODER tumbarse al sol,
sin mover ni una mano
cuando desciende el pájaro
hasta tocar tu sien.
Seguir sólo escuchando
los latidos del día,
más bajos cada vez,
y ver el espectáculo
sin apasionamiento.
Saber que es el sol
el que obra por ti,
dejándote vivir
cada vez con más fuerza,
sabiendo que era esto
lo que tanto esperabas.

 

 

 

 

SI no mato ese insecto
viviré eternamente.
Si no mato ese insecto
y lo dejo partir
a ningún sitio
viviré eternamente
en su ignorancia,
viviré eternamente.

 

 

 

 

ABRES los ojos: todo
cede ante tu mirada.
Las rosas, los geranios,
este mundo tan verde,
hace un instante opaco,
retrocede sumiso,
se abandona,
mientras cierras los ojos
y prosigue
la creación del mundo.

 

 

 

 

MARCHARTE de puntillas
sin volver la cabeza,
para ver cómo son
—nunca supiste verlo—
estos pinos, la cala,
el mar, el cielo inmenso,
y volverte sin ruido
a aquella oscuridad
que conoce tu nombre.

 

 

 

 

EL mar:
mientras lo miras
se evapora.

 

 

 

 

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA modo de epitafio

AQUÍ no yace nadie.
Seguid vuestro camino
hacia la nada
y borrad este nombre
en la memoria.

 

 

 

 

¿POR qué debes sufrir
si no tendrás más gloria
que el mismo sufrimiento?
¿Y por qué has de empeñarte
en ser feliz
si no será otro el premio
que el pobre, fugaz, vano,
de la felicidad?
Quédate sin deseos
y deja que el vacío
se asiente en el vacío.

 

 

 

 

PUEDES usar el arma
que apoyas en tu sien.
El mundo, sin sentido,
te podrá devolver,
si no lo haces,
el sabor inocente
de la nada.

 

 

 

 

QUISIERAS recordar
el punto en que las cosas
son para no ser más.
Sensaciones sencillas,
como un amanecer
perdido en la montaña,
o los ojos de un perro.
Te salvas en las cosas,
en su manso silencio.
Te salvas sólo siendo
en el no ser tranquilo,
cuando todas las cosas
se ocultan en tus párpados.

 

 

 

 

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxEn homenaje a
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxJosé Manuel Blecua Teijeiro

SENTIR la muerte lejos,
sentir la vida lejos.
Gozar sólo del viento,
de toda la fragancia
de tus pasos.
Si no quieres morir,
no te importe vivir.
Haz como si creyeras
en la vida,
mas no cuentes a nadie
tu secreto.

 

 

 

 

ESCRIBES porque ignoras,
porque aún tienes miedo.
Las palabras se olvidan,
los cristales se quiebran,
tus sentimientos mienten.
Todavía no escribes porque sí.
No has conseguido aún
que algunos versos
resulten necesarios
a los dioses.
Tu voz es sólo tuya:
no es de nadie.

 

 

 

 

¿HAY inmortalidad
que pueda compararse
a este saberse polvo?
Ser mortal es gozar
las cosas que no son.
Piensa en que ya no estás,
y borra toda huella
de tus pasos.

 

 

 

 

EL fruto cae del árbol
sin que la tierra tiemble,
y todo aquel que ahora
se sabe en agonía
vuelve la vista al fondo
azul de la mañana,
donde el sol no es consuelo,
sin el rostro profundo
de la noche.
Qué duro cada instante,
qué largo, lento, estéril,
es el tiempo que cae,
no en la vieja clepsidra,
sino en el pecho, ahogándote.

 

 

 

 

NO es el otoño aún.
Esas flores que ponen
en sus tallos
tanto sol enfriado
por las primeras lluvias
siguen estando ahí.
Mientras tú las contemplas,
el tiempo va, o viene,
dejándote el aroma
de un presente ignorado.

 

 

 

 

YA no sientes deseos
de escribir más poemas,
y pides a las cosas
que los hagan por ti,
y quedas escuchándolas
en paz toda la noche.

 

 

 

 

—VIGILA, ten cuidado,
que el fuego no se apague—.
Mientras lees y escribes
y piensas en mil cosas,
el fuego te vigila
y tú ardes confiado.

 

 

 

 

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA Sergio Gaspar

YA es muy tarde y tendrías
que irte a descansar.
Si prefieres seguir
escribiendo más versos
es porque ves lo inútil
que es hacer cualquier cosa
y te gusta el murmullo
de la noche.

 

 

 

 

EL fuego se ha apagado
y esparces bien las brasas.
La noche se ilumina.
Y tu poema empieza.

 

 

 

 

VIENEN a visitarte,
sorprendidas
de verte en ese sitio,
sin derecho a tener
junto a estas aguas
un instante de paz,
gaviotas que trazan
un mensaje
que no sabes leer,
y que te dejan solo
mientras crecen las sombras.

 

 

 

Corredor-Matheos, José. Desolación y vuelo. Poesía reunida (1951-2011). Barcelona; Tusquets editores, 2011.

 

UNA NUBE CON FORMA DE POEMA

diciembre 26, 2018 Deja un comentario

 

UN NUBE CON FORMA DE POEMA

Hay días en los que el aire falta. Intento respirar a ritmo de campanas, pero no me doy cuenta, lo que falta es un poco de ti, un poco más de luz. Pero la luz molesta si entra en línea recta. Suelo bajar persianas o correr las cortinas, creando un ambiente íntimo, un refugio perfecto que permita a las sombras acampar a sus anchas. Los veranos solía encerrarme, desnudamente, evitando que ese rayo dañara los secretos del alma. Ahora soporto un poco más la herencia de la luz y sus conjuros. Pienso en la luz como deseo la verdad. Hay que decir que no y perder la patria, la casa, el mundo. Hay que dejar el corazón y pasar las hojas como pasan las puestas de sol, oscureciéndose un poco.
Una nube con forma de poema ha cubierto al sol temeroso. Es una nube alejandrina. Por arriba es muy blanca y mientras bajas la vista, se va haciendo más gris hasta confundirse en el cielo. Debemos refugiarnos, han cerrado los bares y las farolas tardan más de la cuenta en encenderse. Es una premonición, un desconcierto. La diferencia que existe entre una nube alejandrina y una nube endecasílaba es la misma que existe entre un hombre y un verso.
Soporto el frío con carbón y vino. No molesta la luz. Anochece. Sigue faltando el aire, aunque te tenga cerca. ¿Estás ahí? Debes decir algo, que también nos cansamos los que tenemos hambre.

 

 

 

Sánchez Menéndez, Javier. También vivir precisa de epitafio (edición de José Luis Morante). Albacete; Chamán ediciones, 2018.

 

MIEDO

diciembre 25, 2018 Deja un comentario

 

MIEDO

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxTambién yo tendría miedo de los ángeles.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxSon demasiado puros para mí.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxErnst Wiechert

Señor, guarda tus ángeles contigo.
Son demasiado puros para mí. Me dan miedo.
No pesan. No vacilan. Tienen cuerpos sin hambre,
sin fiebre, sin lujuria. Pies que no dejan huella.
Labios sin sed que saben tu palabra.
Sus ojos que no lloran son atroces.
En sus cándidas manos
llevan cálices, palmas, incensarios, coronas,
pavorosas espadas con el filo candente.

Me dan miedo tus ángeles. Los pienso luminosos.
Terribles de pureza. Crueles de hermosura.
Impávidos, ungidos por suavísima sangre.
Sus alas sobre todo, sus alas, ¿te das cuenta,
Señor que me soldaste los pies a esta montaña,
de cómo me dan miedo sus alas poderosas?
Y Tú, que me humillaste la frente con ceniza,
¿no ves cómo me espantan sus frentes inmortales?

Te alabo por tus ángeles, Señor, pero los temo.
Consérvalos contigo. Son tus pájaros, cantan
en tu oído el hosanna de la dicha perfecta.
Te rodean y giran decorando tu gloria.
Movilizan la brisa que perfuma tu trono.
Pero Tú solo puedes contemplarlos sin miedo.
Sólo Tú disciplinas sus magníficas huestes.
Me dan miedo tus ángeles. Si yo encontrara alguno,
Si un día, al despertarme,
lo viera intacto y fúlgido a los pies de mi cama,
yo carne castigada, llorosa podredumbre,
pecado repetido hacia la muerte,
tendría que clavarme las uñas en los ojos.

 

 

 

Figuera Aymerich, Ángela. Obras completas. Madrid; Ed. Hiperión, 1999.

 

KORTATU EN LA MEMORIA

diciembre 24, 2018 Deja un comentario

 

Hace treinta años se grababa en directo el disco con el que Kortatu despedía su carrera musical, una carrera con la que habían recorrido media Europa. Aquel disco, Azken Guda Dantza, supuso un bajón emocional en todos los seguidores de aquello que se dio en llamar rock radical vasco y que sólo se vio superado con la aparición de Negu Gorriak un par de años después.

Con aquel Azken Guda Dantza en la memoria dejo aquí el audio íntegro del concierto según lo mostró la discográfica Esan Ozenki.

 

 

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CARTA A LI PO

diciembre 23, 2018 Deja un comentario

 

ESCRIBIR un poema
que nada signifique.
Salir a la terraza,
respirar en la noche
no esperar que alguien vuelva,
no desear ya nada.
Abrir sólo las manos
y que de entre los dedos
alcen el vuelo, mudas,
asombradas palabras.

 

 

 

 

LAS espigas no crecen
si no es entre las tumbas.
La sonrisa no brota
si no es entre las lágrimas.
No sale el sol, no sale,
si no es entre las nubes.
No conozco caminos
que no estén ya cortados.
No van los automóviles
si no es hacia la muerte.
No se escriben poemas
si no es para el olvido.

 

 

 

 

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA Maruja y Gonçal Lloveras

RELEO antiguos versos
escritos ayer noche.
Arrojo los papeles
sin mirar dónde caen.
Siento vergüenza y miro
por la abierta ventana.
Luego cojo la pluma
y escribo, ya sin ansia,
versos: los mismos versos.

 

 

 

 

NADA hay que yo toque
que no se vuelva nada.
No hay tiempo por delante
que no esté a mis espaldas.
Nada remoto o próximo
que esté en alguna parte.
Mas, a pesar de todo,
yo sonrío y escribo,
diciéndome: es inútil,
diciéndome: es inútil.

 

 

 

 

NO acierto a comprender
lo que quieren decirme
estas piedras, los árboles,
todo lo que me habla.
Claro resol perfila
las cosas, aquí mismo,
mientras me esfuerzo
en comprender en vano.
Se ha levantado brisa.
Se oyen voces lejanas.
Yo escucho lo que suena
en mi interior.
Enciendo al fin mi lámpara,
y voy hacia mi casa
silbando, por si acaso.

 

 

 

 

NO hay ninguna razón
para estar triste.
Abre los ojos, mira.
No hay ninguna razón
para estar triste,
ni para estar alegre.
No hay razón para nada.
Y sé feliz así.

 

 

 

 

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA J.V. Foix

TENGO un vaso en la mano
y esta noche querría,
si no es pedirte mucho,
que brindáramos juntos
por esto que aquí bulle
y no sé lo que es,
algo que está a punto
de romperse,
y no es mi corazón,
ni tampoco este vaso
que levanto hacia ti.

 

 

 

 

LAS mieses están listas.
Sólo falta
que los brazos se muevan
y haya fuerza bastante.
Cuando estén ya los haces
tendidos en los campos,
y descanses las bestias
y las máquinas,
habrá que hacer despacio
un balance de todo
y saber lo que toca
a cada uno
—cuántas, cuántas espigas—,
para gozar en paz
de este verano
que no dejará rastro.

 

 

 

 

RESPIRO hondo el polvo
de todos los caminos.
Veo cómo los árboles
se vuelven humo, nada.
Cómo la luz del sol
es carbón y ceniza.
El templo se derrumba.
Para qué hacer preguntas.

 

 

 

 

HOY es mi cumpleaños.
Sumar, no importa qué,
siempre es restar.
Te empobrecen los años:
no es ésta la canción
que tú esperabas.
Pero no hay que volver
atrás la vista.
Eres, de todos modos,
una estatua de sal,
y están los perros
lamiendo tus sandalias.
Ni tampoco mirar
hacia delante,
callejón sin salida,
sino a este pozo abierto
del presente,
donde tengo mis pies,
de donde viene el eco
de esta cifra
que nada significa.

 

 

 

 

ME estoy atormentando
por hacer un poema,
y el poema no sale.
Olvido lo que dicen
los antiguos maestros,
y encuentro así el castigo.
Ahora sólo deseo
que el sol esté más bajo
para ir a la terraza.
El día es ya muy largo,
y hay tiempo para todo,
si no pretendes nada.

 

 

 

Corredor-Matheos, José. Desolación y vuelo. Poesía reunida (1951-2011). Barcelona; Tusquets editores, 2011.

 

LOS DÍAS DUROS

diciembre 22, 2018 Deja un comentario

 

LOS DÍAS DUROS

No. Ya no puedo estar, como solía,
oculta en matorral de madreselvas,
de musgo delicado, de jazmines
que perfumaban la ilusión precisa
de mi vivir aparte, preservada.

No puedo deslizarme por el fácil
canal de los ensueños sin escollo
con los alegres ojos enfocados
a un horizonte matizado en rosa.

Bien lo sabéis cómo era yo de tierna.
Cómo canté mi arcilla y mis claveles.

Cómo broté la luz y la sonrisa.
Cómo me di a la lluvia y a los vientos
y al fuego del varón y a la tarea
de concebir y de alumbrar con grito.

Siempre extasiada en descuidado gozo
como una niña al borde del sendero.

Hoy ya no puedo. He de salir. Alzarme
sobre mi dócil barro femenino.

Gritar hacia las cosas que me gritan
con labios erizados, con garganta
hostil y azuzadora.

Los días duros, agrios, se levantan
como árida montaña. Hay que treparlos
en puro afán, dejando bien ceñida
a su áspero contorno, viva, roja,
la hiedra de la sangre derramada.

Hay que vivir a pulso los minutos
sin rémora, sin miedo, cabalgando
en la delgada arista del presente.

Ya no es escudo el hijo entre los brazos.
Ya no es sagrado el seno desbordante
de generoso jugo, ni nos sirven
los rizos de blasón, ni nos protege
la condecoración de la sonrisa.
Está la miel, pero la miel no basta.
Ni el espejuelo sabio de los ojos.
Ni el círculo encantado que trazaron
siglos atrás en torno a la belleza.

Hoy nuestra vida, violenta, astuta,
avanza con estruendo de motores
de cientos, de millares de caballos
armados de pezuñas aceradas
bajo las cuales se hacen imposibles
frágiles vidrios y delgada hierba.

Inútil es la huida y el gemido.

Hay que luchar, rugir, sincronizarse
con el compás terrible de los hechos.

Crujir, arder, vibrar, abrir los ojos
con osadía firme y suficiente.

Temblar la fibra más sensible y mansa
de nuestros nervios y forjarlas en hojas
de inquebrantable filo.

Hay que afianzar rotundos rompeolas
en este mar de trombas y huracanes.

A la embestida seca de los machos
que olvidan la pulida reverencia,
la rosa, el madrigal y aquellos besos
en el extremo de la mano esquiva,
hay que oponer lo recio femenino.
El sexo puro, leal, íntegro, casto
a fuerza de arrancar viejas guirnaldas
de trapo con olor de hipocresía.

Ya no podemos acunar la débil
carne del hijo en un regazo tibio
de raso y plumas: Hay que sostenerla
con fuertes manos, apoyarla adrede
en el inquieto suelo, preparando
con firme decisión su andar futuro.

Los días duros se abren a mi quilla.
He de marchar por ellos renovada.

No mataré mi risa ni mis sueños.
No dejaré mis besos olvidados.
No perderé mi amor entre las ruinas.
Pero no puedo desmayarme blanda.

 

 

 

 

DE NADA A NADA

¡Qué dulce ser llevada de la mano
por fáciles senderos aprendidos!

Aquel seguro viento que condujo
las naves a los puertos apacibles
y mantenía las abiertas alas
en vuelo jubiloso hacia su nido
¿es este remolino polvoriento
que desconcierta en gritos alocados
la rosa antigua de los navegantes?

Aquella pura estrella que guiaba
las almas a su clara epifanía,
¿qué noche torva o socavado abismo
la devoró caída de su altura?

Aquel amor maduro que alfombraba
de musgo fiel el pecho de los hombres
¿es este jadear de rojos tigres
que nos eriza de ásperos rugidos
la desprovista entraña y nos provoca
un escozor de ortigas en la sangre?

En idas y venidas sin sentido
pisoteamos la sufrida tierra.
Furor de nuestra prisa la sacude.
Guerreros terremotos la desgarran.
Y un bosque enmarañado y mar confuso
anegan y emborronan las fronteras
trazadas en los viejos mapamundis
donde se pudren gigantescas pilas
de muertos olvidados sin escrúpulo.

Vamos de nada a nada. Sin destino.

 

 

 

 

MADRES

madres del Hombre, úteros fecundos,
Hornos de Dios donde se cristaliza
el humus vivo en ordenados moldes.

Para vosotras, madres, no fue sólo
amor un ramalazo por los nervios,
un éxtasis fugaz, una delicia
derretida en olvido.
No fue tan sólo un cuerpo contra otro,
un labio contra otro, una frenética
soldadura de sangres.

Madres del Hombre, dulces, descuidadas
del ojo circular de la serpiente
que irónico se abrió sobre la curva
suave y rosada de Eva sin vestido
con el sapiente fruto entre las manos.
Sólo un escorzo de alas arcangélicas
pone, blanco y azul, en vuestros ojos
el resplandor de las anunciaciones.

Sólo un tesón humilde, una gozosa
dedicación os rige las entrañas
en esos largos días de la espera.
Gloria y dolor en el instante último
con una tibia flor recién abierta,
tan íntima, tan próxima, latiendo
junto a la propia fatigada carne.

Y luego, ¿qué?… Cumpliste la tarea.
El hijo terminado se levanta
en fuerza y hermosura sobre el suelo.
Desde las piernas de trenzados músculos
a esa palmera débil que desfleca
el viento, sombreándole las sienes,
todo es hechura vuestra, logro vuestro.

Y luego, ¿qué? ¿Qué veis por los caminos
de la tierra en tormenta?
¿Adónde irán los pies que golpearon
la cárcel sin hendir de vuestro vientre?
¿Qué histéricas ciudades, qué paredes
de leproso cemento
lo encerrarán? ¿Qué campos abonados
con aceros y pólvoras
verán crecer la espiga suficiente
al hambre de su boca sin pecado?
¿Qué obsceno sol hará su mediodía?
¿Qué luna sin jazmín y sin ensueño
será gracia y belleza de sus noches?
¿Qué ancho glaciar de fórmulas sin música
lo apresará en su bárbara corriente?
¿Qué implacable mecánica
triturará sus nervios?
¿Qué monstruosa química, qué fiebre
le robarán el rojo de la sangre?
¿Qué plomo, qué aspereza de herramienta
le romperá los músculos?

¿Qué mísera moneda
mancillará sus manos?

¿Qué rabias, qué codicias, qué rencores
harán brotar espinas de sus ojos?

¿Qué muerte apresurada, sin dulzura,
le pudrirá voraz en cualquier parte?

Madres del mundo, tristes paridoras,
gemid, clamad, aullad por vuestros frutos.

 

 

 

Figuera Aymerich, Ángela. Obras completas. Madrid; Ed. Hiperión, 1999.

 

VEINTICUATRO

diciembre 21, 2018 Deja un comentario

 

XXIV

Es, ahora que la melodía de un crepúsculo incendiado en tormenta adormece mis sentidos, que la música de Quique González retorna a mis oídos como lo haría el hijo pródigo a la casa familiar (independientemente de las palizas del padre o la eterna melopea de la madre).

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxVer llover.

xxxxxxxSí, cegar la curvatura de las pupilas en el naufragio celeste de un temporal,  y comprender que has de regalarte, de alguna manera, el sentido del oído con músicas de aguacero, melodías de desagüe, armonías de naufragio. Escucho, una y otra vez, la voz de Quique González, recordándome que los olvidados fueron obligados a crecer desinformados.
xxxxxxxTarareábamos, hace ya años, esa canción del bardo madrileño, entre amigos, iguales, compañeros que compartíamos, además del gusto por la música, la dolorosa nostalgia de haber vivido de cerca la cruda realidad que relata su letra. Habíamos crecido en barrios periféricos. Habíamos sufrido la violencia del robo, el asalto, la paliza, la borrachera, el polvo a destiempo debajo del puente bajo el que hace años que no gritaba ningún río… cosas así: súbitas, veloces, sucias y urbanas: como las que relata la canción que hoy me susurra una y otra vez el citado músico. Porque habla en ella de yonquis, del pinchazo feroz/veloz, de la adicción/devoción eterna, de la muerte súbita y la redención inasequible. Así fue: eran nuestros amigos, o simplemente conocidos del barrio: amables, simpáticos, un pelín canallas, sí, pero buena gente. Hasta que arreció la tormenta de las drogas duras, la desastrosa cena de gala de la heroína, en la que muchos, tantos, demasiados, servirían de banquete a un tropel de torpes comensales que jamás fueron invitados. Cerca, siempre, estaban sus padres, sin más tiempo libre que el que los diversos empleos por obra y gracia de los cuales aparecía en la mesa del domingo el pan fragante les podían permitir. También los viandantes asustadizos que, con el ánimo de llegar un poco antes que el día anterior al hogar, decidían atravesar las calles de nuestro barrio, las vecinas de mandil cansado y chismorreo exacto como el gatillo de los cowboys de sobremesa, las chicas que inauguraban adolescencia jugando a pretender quemarse, teatralmente, en la hoguera de los despropósitos… y así, en el último extremo: los hermanos menores, los que sin comprender asistíamos al sacrificio entre aterrados y maravillados, con pupilas desmanteladas y abortos de exclamación ensuciándonos la garganta. Sabíamos que había que cuidarse mucho, al jugar en el terraplén, de las jeringas oxidadas, el óxido ensangrentado, la sangre coagulada y el coágulo de miedo que parecía haberse instalado en la mirada perdida de aquel yonqui al que todos conocíamos, con quien habíamos jugado fútbol repetidas veces en el descampado, de quien habíamos temido un bofetón pandillero e intempestivo… algo canalla pero buena gente, ya digo.
xxxxxxxY es algo de esto lo que narra Quique González en 73, esa canción que hoy acompaña con sus rabiosos acordes de niebla este aguacero cochabambino que amenaza inundar la terracita de mi recién estrenado hogar, como amenaza la citada melodía anegar el balcón de mis recuerdos. Así fue entonces. Así es hoy, de nuevo, me temo. Ayer por desinformación, hoy por necesidad de esquivar los abismos cotidianos, las calles de Madrid se oscurecen en algunas esquinas en que la jeringa y el hambre copulan a escondidas de los viandantes.
xxxxxxxPero ahora vivo en Cochabamba. Vivo Cochabamba. Y aquí la única heroína conocida es la madre que amamanta a sus retoños entre montones de desperdicio. O la niña que baila al son de músicas ancestrales para obtener la simpatía del paseante y, de paso, un puñado de lustrosas monedas o un caramelo usado. Hay otras drogas en Bolivia, además de la denostada cocaína, que aquí tan sólo sirve de laburo a un puñado de campesinos y de inocuo vicio a un menos grupo de ídem. Eso no es droga, salvo cuando cruza la frontera, a base de química y dólar, para apaciguar a los occidentales que la esperan al filo de una madrugada sin fin, al calor de los cuerpos sudorosos que se contonean al ritmo de la eterna juventud en cualquier discoteca de metrópoli que celebra la fiesta mentirosa del fin de semana. Aquí, ya digo, pensando en Quique González, en su canción 73, en los conocidos a quienes devoró la heroína en aquellos aciagos años 80, deduzco que la única droga de tal calibre es la clefa con que mutilan sus pulmones, su pobreza, su latido y su juventud tantos y tantos chavales que no, no tienen la edad de mi hermano, más bien la que debería tener el hijo que aún no decidió nacerme. Ignoro la composición de ese industrial pegamento de saldo que aspiran una y otra vez tantos niños que hacen de la calle hogar y de sus esquinas cementerio.
xxxxxxxNo vine aquí a hacer sociología de andar por casa. No pretendo desentrañar causas ni motivos. Sólo afirmo que la droga —como el cáncer o las fiestas de fin de curso— es universal, y los féretros en que viajan los cuerpos de quienes a ella toman por esposa en las lunas de hiel del abandono no son tallados por quienes la producen, siquiera por quienes la venden. Tal vez, quizás, quién sabe, sólo por quienes ignoran su todopoderosa capacidad para lograr que este mundo no alcance de inmediato la sobrepoblación y prefieren pasear su indolencia en el automóvil de lujo de la relevancia social. Puedo verlos aquí como los veía allá: pasean el carrito en que ronronean sus hijos gemelos, sorteando charcos y compradores de última hora, y apartan la mirada cuando amenaza encontrarse de frente con la de ese chiquillo que podía ser, mañana, en un par de años, cualquiera de los que ellos mismos han engendrado, en caso de fallecimiento de ambos progenitores o caída en desgracia laboral o abandono de puesto de trabajo o inminente pobreza o alcoholismo provocado por el recién descubierto fraude de una vida desechada o simplemente, en un pasado no muy remoto, en caso de haber nacido ellos al albur de la luna llena sin más techo que el aullido de dos perros que copulan al ritmo de un viento imprevisto, y en tal caso: niño, a la calle pues, ganate unos pesos, trae de comer a casa, ni modo, aunque tengas que esnifar clefa para soportar el frío, la necesidad, el hambre, la macana, la joda infecta de una niñez que nunca tendrás y un juego del que jamás llegarás siquiera a conocer las normas… todo igual, ya ven, quizás algo peor aquí, en el Planeta Sur, donde la edad de los adictos es sensiblemente inferior. hablo de niños de 6 años, o… menos.

xxxxxxx…y no, yo no nací en el 73, pero casi… podría tener la edad de mi hermano… o la de mi hijo…

 

 

 

Cerezal, Pablo. Breve historia del circo. Albacete; Chamán ediciones, 2017.

 

DESOLACIÓN Y VUELO

diciembre 20, 2018 Deja un comentario

 

DESDE mi cuarto, solo,
oigo voces veladas.
Dan las siete en la calle.
Se anuncian los periódicos.
Han olvidado todos
que los estoy oyendo
desde aquí, con las luces
apagadas del cuarto.
Los niños soñarán
maravillosos sueños,
las hazañas famosas
que hicieron por las calles
—que, incomprensiblemente,
silencian los periódicos—.
Se oye ruido de pasos,
murmullos, ascensores.
Alguien es despedido
con risas en el piso
de al lado. Y es mi hermana
o mi madre quien cruza
por el pasillo ahora,
alegremente.
Pronto vendrán; ya llegan
para decirme: «Arriba,
que acaba de llamarte
un amigo al teléfono
y ha llegado una carta.
Que la vida y la muerte
te esperan, confundidas,
más allá de tu cuarto».

 

 

 

 

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA María Beneyto

HAY que buscar aún en los bolsillos
un pañuelo, un cordel,
sucias migas de pan
que nos unan al mundo todavía.
En el silencio tibio de la alcoba
y con la boca llena de preguntas,
oigo el ruido del viento,
algún árbol que estalla,
viejos muebles que crujen.
La sangre, fría, alerta,
y un temblor en los labios sin remedio,
espiando la puerta
y la ventana, inmóvil.

 

 

 

 

TODO está bien ahora.
Supongo que estoy vivo,
bien despierto, que pienso,
que este grito es mi grito.
Hoy he aprendido algo
revelador y triste.
No os lo diré: a vosotros
lo que yo sé no os sirve.
Con mi pluma debajo
del corazón os digo
que todo está muy bien.
Ya no sonrío.
Hacedme sitio.
No voy a hacer preguntas.
Busco lo que he encontrado:
esta verdad oscura.

 

 

 

 

DAME la mano. Sueña
que descansa en las mías.
Esta tristeza es nuestra:
la ventura perdida.
Sueña que este vacío
que llena nuestros pechos
es hondo amor: el mismo
que algún día fue cierto.
Quédate así. Sonríe.
No te aflijas. La vida
tiene estas cosas. Nunca
—si fue verdad— se olvida.

 

 

 

 

AQUÍ, la vida y el temblor,
el pan, la noche clara.
Las estrellas también:
duras estrellas sin dolor.
Para mí todo el sueño.
Todo el sueño. Y la vela:
la dura vela sin palabras.
Seco como la luna,
hueso que se corroe,
mi seco amor, tan blanco
bajo la luna llena.
Pero no es el amor
lo que me callo.
Demasiada verdad,
para decirla.

 

 

 

 

DEMASIADA verdad,
para callarla.
Y todo sigue, en cambio,
tan tranquilo, ignorante
de sí, tan confiado.
Demasiada verdad,
para tan poco.
Mucho cansancio.
Y demasiadas fuerzas
para nada.
Demasiada verdad,
para nosotros.
¡Y tanto afán!
Demasiada esperanza.

 

 

 

 

HAY momentos así
en que la vida
se concentra aún más,
se hace más dura;
el dolor, más dolor;
y la propia saliva,
más amarga.
Hoy me he puesto a vivir
con una furia
que ha salido no sé,
no sé de dónde.

 

 

 

 

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA Rafael y María

ME conformo con poco,
dijo alguien un día.
Me conformo con todo,
pensamos en el fondo.
No nos basta esta sombra:
es preciso más sombra.
Y lo mismo con todo.
No seguimos: nos siguen.
No pisamos: nos pisan.
No vivimos: nos viven.
No aguardamos: ¿aguardan?
Es todo tan confuso…
Todo está bien. La tierra,
dentro del pecho, aguarda.
Nosotros caminamos:
sólo yo pierdo el paso.
Vamos deprisa. Caigo.
¡Madre mía! Mi madre,
todas las noches, reza
junto al balcón, su rostro,
dulce, bajo la lámpara.
Mi madre reza. Es tarde.
Hacedme sitio. Sigo.
¿Y qué más? Mucho más.
No basta. Más. ¿Qué más?
Mucho más. Ven. Ahora.
Aprieta el paso. Corre.
Es todo tan sencillo…

 

 

 

 

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA Ángeles Santamaría

ESCUCHEMOS:
los pájaros.
Cantan
lo que está vivo.
Cantan la fe,
no la esperanza.
Viven
a plena vida.
Vuelan envueltos
en su canto.

 

 

 

 

¿QUIÉN no confesará
que la estaba aguardando?
Una verdad tan sencilla,
que ha de mover el mundo.
Todo era ya tan viejo,
tan podrido, tan mísero.
Es el amor, la vida;
también la fe, la lucha.
No podrán detenerla,
porque nada es tan fuerte.

 

 

 

 

CANTO el difícil trance,
esto que no es victoria:
la vida, no mi sueño.
Hombre y amigo:
la esperanza es mucha.
La esperanza nos ciega.

 

 

 

 

MEDITEMOS ahora
en torno a este silencio:
nuestra callada patria.

 

 

 

 

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA María Pino

HOY sí quiero vivir:
ser el que soy.
Y, sin embargo, acaso
por este afán de todo,
puedo morir ahora.
Escuchadme un instante:
abandonad la sombra,
salgamos a la calle;
todo está bien, lo juro.
Hay algo más, que nunca
alcanzaré a deciros.
Hoy, sin embargo, vivo.
Quiero ser el que soy.
Hoy sí quiero vivir;
hacedme sitio.

 

 

 

 

PODEMOS vernos hoy,
en el cruce de calles
de otras veces.
Debajo del reloj.
En el cruce de calles
hay un viejo
que se sabe la misa
de memoria,
que repasa su vida
con los dedos.
Ven a verme después,
cuando esté preso,
domingo tras domingo,
como estiércol que sueña.
Ven a verme después,
cuando mi fe
crezca bajo la tierra.

 

 

 

 

CRECE el amor. Con él,
la conciencia de todo.
Mengua la paz,
la solitaria paz
del hombre solo.
Crece también
este sabor amargo.
Y esta sed.

 

 

 

 

ESTE dolor,
¿qué busca en mis entrañas?
Me he acostumbrado a ver,
cada mañana,
en el halo del sol
mi desventura,
ésta mi patria:
sueño roto.
No espero más consuelo
que la vida,
que este dolor oscuro
en el costado.

 

 

 

 

ESTA noche, velemos.
Realidad o sueño,
todo vale esta noche.
La mano está segura.
El alma tiembla.

 

 

 

 

AMIGOS:
esta vida
nos oculta algo.

 

 

 

 

HOY nos vamos muriendo,
viviendo de verdad.
Nos comemos con pan
nuestras preguntas.
Y bebemos con vino
nuestro sudor amargo.
Ahora es muy difícil
ver, sin quedarse ciegos.

 

 

 

 

LA realidad, al fin,
me ha consolado.
Paz para el hombre
y su victoria,
para ésta su hambre
inmensa.
Hemos vivido,
sin saberlo,
con esta fuente abierta
en las entrañas.
Con la tierra en la mano,
no sentimos
más compañía
que la de la muerte.

 

 

 

 

ME intranquiliza hoy
este silencio.
Mi hermano tiene hambre,
pero en este silencio
todo calla.

 

 

 

 

VOY a marcharme
lejos.
Algo
ya ha madurado.
Voy a marcharme
lejos:
donde se cumplan
todas las promesas.

 

 

 

 

CON la esperanza de vivir
un día
vamos contentos
a la muerte.
La vida —saco roto—
nos desengaña a todos.

 

 

 

 

EN esta soledad
que me he creado
no oigo hablar otra voz
sino la mía.
Su monótono canto
sin sorpresa
aumenta este silencio.
¿Quién escucha?
Oigo mi propia voz.
Pero ¿quién calla?

 

 

 

 

ME duele estar así:
no estar muerto del todo,
no estar del todo vivo.
¿Por qué me duele
así, tan poco;
por qué es aún
este dolor
tan insignificante,
ante tanto dolor?
Para ser hombre,
no es bastante dolor

 

 

 

 

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxCarta a Rafael Alberti

ÉSTE es el puerto aquel del que saliste.
El mismo mar. Y el cielo. Pero todo
lo que rebulle en tierra es de otro modo
de como tú lo viste y lo sufriste.

Nada, muerto ni vivo, pero triste.
Un hombre hambriento, que se roe un codo.
Rosas que se confunden con el lodo.
Y un toro, que era bravo, que no embiste.

Rafael: ¿qué nos queda? En un recodo
de este mar azul, aún azul, en que naciste
queda un sabor a sal, a hiel y a yodo.

Todo es pura tragedia y puro chiste.
Hay que empezar de nuevo, de otro modo.
Y olvidar esta España que no existe.

 

 

 

 

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA Guino
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxBarcelona, 12 de marzo de 1966

EL corazón se sube
a la garganta,
y canta a gritos,
puestos los ojos
en esta herida abierta.
Hace muy pocas horas
han sacado a unos hombres,
les han puesto en la frente
una marca de fuego
y le han roto la espalda
al hombre que miraba.
Las calles, ayer tarde,
se han visto florecidas
—día once de marzo—
con carreras y voces,
y una sola palabra.
La libertad está ahora
en el fuego que marca
los hombros inocentes
de hombres inocentes
y este grito apretado
que llena nuestras calles.
Barcelona, frontera
de una sola esperanza.
Hoy, toda España toda
tiene puestos los ojos
en un palmo de tierra:
este palmo de tierra.
Después de treinta años
de guerra es ya hora
de que llegue una paz
sin armas en el vientre.
Hoy estamos reunidos
con las manos vacías,
y hay hombres con fusiles
en la acera de enfrente.
La paz es una piedra
que rompe los cristales
de la casa del odio.
La paz es una piedra
que rompe hasta los tímpanos
cuando se canta a gritos.
Nuestra única arma.
Nuestro único escudo.

 

 

 

Corredor-Matheos, José. Desolación y vuelo. Poesía reunida (1951-2011). Barcelona; Tusquets editores, 2011.

 

EL GRITO INÚTIL

diciembre 19, 2018 Deja un comentario

 

EL GRITO INÚTIL

¿Qué vale una mujer? ¿Para qué sirve
una mujer viviendo en puro grito?
¿Qué puede una mujer en la riada
donde naufragan tantos superhombres
y van desmoronándose las frentes
alzadas como diques orgullosos
cuando las aguas discurrían lentas?

¿Qué puedo yo con estos pies de arcilla
rodando las provincias del pecado,
trepando por las dunas, resbalándome
por todos los problemas sin remedio?

¿Qué puedo yo, menesterosa, incrédula,
con sólo esta canción, esta porfía
limando y escociéndome la boca?

¿Qué puedo yo perdida en el silencio
de Dios, desconectada de los hombres,
preñada ya tan sólo de mi muerte,
en una espera lánguida y difícil,
edificando, terca, mis poemas
con argamasa de salitre y llanto?

Volvedme a aquel descuido, a aquel sosiego
en que era dable andar por los caminos
pastoreando ensueños como ovejas.
Volvedme al ruiseñor de aquel boscaje,
al vuelo de aquel cisne por el lago
bajo la planta azul de aquella luna.

Volvedme a la andadura mesurada
al trópico dulcísimo y sedante
de un verso con timón y cortesía
donde cantar cómo los bucles de oro
son cómplices del pájaro y la rosa,
porque eso, al fin, a nada compromete
y siempre suena bien y hace bonito.

Pero es vano, amigos, nos cortaron
la retirada hacia seguras bases.
Están rotos los puentes,
los caminos confusos,
los túneles cegados. No sabemos
de cierto si avanzamos o si huimos
dejando por detrás tierra quemada.

Y yo pregunto, vadeando a solas
un río de aguas turbias y crueles,
¿qué puede una mujer, para qué sirve
una mujer gritando entre los muertos?

 

 

 

 

LA CASA

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxSalí a hacer una casa con tu madera pura.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxPablo Neruda

No quise nada malo. Solamente
construirme una casa.

Con la madera pura y olorosa
de los ásperos pinos,
de los dulces castaños,
de los robles tenaces que mi España sustenta.

Una casa para mí
sobre la dura tierra de mi patria
taraceada de huesos anteriores
al calor de mi sangre.

Una casa cuadrada, inocente,
con las paredes lisas bañadas
en cal blanca y apacible
como leche materna
con un rojo tejado jubiloso
y un alero propicio
para los nidos de las golondrinas
y la sombra violeta de los sueños.

Unos muros,
unos sencillos muros nada más
haciendo soledad para mi alma,
cercándome el anhelo de los ojos.

Contra el terror estúpido de las noches,
contra la vergüenza de los días demasiado brillantes,
un fiel caparazón de cal y canto.

Una fresca penumbra
con un clavo en espera paciente
donde colgar las ropas sudadas
y el cansancio de las horas larguísimas.

Un rincón sin testigo
para esconder esas lágrimas sucias
que se lloran en los atardeceres.

Una alcoba caliente y profunda
para el sueño, para el amor, para el parto.
Para el instante impuro de esa muerte
desesperadamente mía.

Quería eso tan sólo. Salí a hacer una casa
cuando iba a amanecer y el cielo era bondadoso.
Pero todos se echaron sobre mí. Vete, perro,
que la tierra no es tuya.
Ni la piedra ni el árbol ni la sombra ni el aire.

Salí a hacer una casa. Y aquí me tenéis, hijos.
Apaleado y desnudo.
Con mi corazón crédulo mojado por la lluvia.

 

 

 

 

REBELIÓN

Serán las madres las que digan: Basta.
Esas mujeres que acarrean siglos
de laboreo dócil, de paciencia,
igual que vacas mansas y seguras
que tristemente alumbran y consienten
con un mugido largo y quejumbroso
el robo y sacrificio de su cría.

Serán las madres todas rehusando
ceder sus vientres al trabajo inútil
de concebir tan sólo hacia la fosa.
De dar fruto a la vida cuando saben
que no ha de madurar entre sus ramas.
No más parir abeles y caínes.
Ninguna querrá dar pasto sumiso
al odio que supura incoercible
desde los cuatro puntos cardinales.

Cuando el amor con su rotundo mando
nos pone actividad en las entrañas
y una secreta pleamar gozosa
nos rompe la esbeltez de la cintura,
sabemos y aceptamos para el hijo
un áspero destino de herramienta,
un péndulo del júbilo a la lágrima.
Que así la vida trenza sus caminos
en plenitud de días y de pasos
hacia la muerte lícita y auténtica,
no al golpe anticipado de la ira.

¿Por qué lograr espigas que maduren
para una siega de ametralladoras?
¿Por qué llenar prisiones y cuarteles?
¿Por qué suministrar carne con nervios
al agrio espino de alambradas,
bocas al hambre y ojos al espanto?

¿Es necesario continuar un mundo
en que la sangre más fragante y pura
no vale lo que un litro de petróleo,
y el oro pesa más que la belleza,
y un corazón, un pájaro, una rosa
no tienen la importancia del uranio?

 

 

 

 

EL MUERTO

Llegué hasta el hombre. Un muerto como yeso fraguado.
Como un hielo sin brillo derivando a la nada.

Llegué hasta él. Le dije: No te vayas ahora
cuando hay un día alegre detrás de los cristales
y niños que sonríen
con una blanca gota de leche en la sonrisa.
Tenemos que contarnos tantas cosas
todavía
aquí, junto a los árboles,
junto a las amistosas esquinas
de las casas con lumbre que cobijan al hombre.
Quédate. Con las mías descruzaré tus manos
absurdamente azules de sangre amordazada.
Te amo. Aguarda un poco. Te diré mis poemas.
Te besaré la frente. Te besaré la boca.
Sí, llegaré a besarte. Porque te quiero, hermano.
Porque estoy a tu lado y creo que aún es tiempo
de que tus labios filtren mi contacto caliente
a pesar de su gesto de infinita desgana.

Quédate aún. No bajes a la tierra profunda
de la química impura, de la pálida larva.
Yo te afirmo que hay flores (de seguro te acuerdas)
que aligeran las horas. Y hay el mirlo y la brisa.

Y el correr de las fuentes. Y un sol dulce que acaso
aún perdura en el fondo de tus ojos ocultos
que un maligno fermento disuelve lentamente.
Y están (tú no has podido olvidarlo tan pronto)
esas lindas muchachas que acrecientan los pulsos
cuando la primavera les destrenza el cabello.
Escúchame. Poseo la mágica palabra.
Te digo que te amo. Permanece conmigo.

Pero él seguía quieto. Ferozmente impasible.
Callado. Torvo. Duro. Tozudamente muerto.

 

 

 

 

MANOS VENDIDAS

Del hombre a la herramienta baja y duele
ese domado río, esa polea,
esa energía macho, ese gobierno
con que tus manos duras en el tajo
al mundo hacen crecer y lo estructuran.
Del hombro a la herramienta gota a gota,
calientes circulando, lubrifican
el quíntuple engranaje de tus dedos.
Como una tensa red de mil cadenas
tus músculos trepidan ensanchando
la talla de tu cuello y tu cintura
y hay un martillo corazón que bate
el cobre de tus sienes sin almohada
porque la fuerza de tus brazos dure
hasta que la fatiga clave y pese
dos piedras sin pulir sobre tus ojos.
Minuto tras minuto y pena a pena
se da la mies del trigo y del acero,
cuaja el cemento en peso y en altura,
cede la piedra, ordénanse las aguas,
se arquea la madera, va en acequias
el líquido metal, zumban motores,
la hélice y la rueda se encabritan.

Jornada tras jornada pones firmes
sobre la tierra madre tus dos manos.
Míralas sucias, aptas, fecundantes;
su recia piel, sus ñas obstinadas,
sus palmas que rezuman generosas
ese sudor de signo positivo
que hace subir y rige las mareas.

Y no son tuyas, hombre. Están vendidas.

 

 

 

POBRE

No sé cómo ha ocurrido. Está todo tan malo,
como suele decirse. Me he quedado muy pobre.

No tengo ni un jilguero ni una estatua.
No tengo ni una piedra para tirarla al mar.
No tengo ni una nube que me llueva por dentro.
Ni un cuchillo de plomo para cortar la rabia.

No tengo ni una mata de tomillo
para tender el pañuelo.

(Verdad es que tampoco
tengo pañuelo.
Se nota cuando lloro y mis lágrimas corren como ríos de lágrimas.)

No tengo ni una tira de tafetán rosado
para tapar las grietas del corazón. No tengo
ni un pedazo de beso que llevarme a la boca.

Ni un poquito de sueño que llevarme a los ojos.
Ni un retazo de Dios que me cubra las carnes.

Me he quedado tan pobre
que no tengo siquiera dónde caerme viva.

 

 

 

SILENCIO

Mejor morder la arena. Yugular la garganta
con un duro cilicio que coagule las voces.
Mejor callar. Rompernos la canción con los dientes
y enterrar sus pedazos en un pozo profundo
y cegarlo con piedras y con sal y olvidarlo.

Ser poeta es superfluo. Es herida sin bordes.
Es dejar que nos vean con las manos vacías
y afirmar tercamente que van llenas de rosas.
Presentar a la noche nuestros hombros desnudos
y volar con el júbilo de quiméricas alas
por un cielo de roca que los dioses desertan.

Ser poeta es inútil en un mundo acosado.
Cuando todos tus versos, día a día, exhibiendo
delicados perfiles de barroca belleza,
hayan dicho el fracaso de ser hombre, la angustia
de ir a tientas, vagando con un latido impreciso
por caminos fangosos que los muertos obstruyen,
con el alma colgando como harapo inservible
del cansado esqueleto corroído de caries:
cuando gire el poema como aguda veleta
señalando el desastre más allá del refugio
¿qué habrás hecho, poeta? Ni una lágrima sola,
ni una tibia, redonda lagrimita de niño
habrá sido enjugada. Ni unos labios sedientos
quedarán refrescados. Ni un hilillo de sangre
que las venas perdieron, será vuelto a las venas.
Y aunque grites el hambre y las madres robadas
no habrá pan en las bocas ni los rotos regazos
serán llenos de nuevo con el peso del hijo.
Y aunque clames el bosque, las praderas, los mares,
no harás nunca que un viento sin dolor purifique
las cerradas alcobas donde huele a parida
y a pecado y a cuna y a cansancio de hombre.

Mejor fuera callarse. Licenciar la metáfora.
Adentrarse en las ruinas salpicadas de llanto
y empezar a poner con humilde paciencia
un ladrillo sobre otro.

 

 

 

 

ÉXODO

Una mujer corría.
Jadeaba y corría.
Tropezaba y corría.
Con un miedo macizo debajo de las cejas
y un niño entre los brazos.
Corría por la tierra que olía a recién muerto.
Corría por el aire con sabor a trilita.
Corría por los hombres erizados de encono.
Miraba a todos lados.
Quería detenerse.
Sentarse en un ribazo y con su hijo menudo.
Sentarse en un ribazo y amamantar en paz.
Pero no hallaba sitio.
No encontraba reposo.
No lograba la pausa sosegada y segura
que las madres precisan.
Ese viento apacible que jamás se interpone
entre el pecho y el labio.
Buscaba cerca y lejos.
Buscaba por las calles,
por los jardines y bajo los tejados,
en los atrios de las iglesias,
por los caminos desnudos y carreteras arboladas.
Buscaba un rincón sin espantos,
un lugar aseado para colocar una cuna.
Y corría y corría.
Dio la vuelta a la tierra.
Buscando.
Huyendo.
Y no encontraba sitio.
Y seguía corriendo.
Y el niño sollozaba débilmente.
Crecía débilmente
colgado de su carne fatigada.

 

 

 

 

SOBRAMOS

Está tan lleno el mundo. Terriblemente lleno.
De montañas, de árboles, de cuarteles, de fábricas.
De casas con vecinos y blancos sanatorios.

(De vez en cuando hay flores. No las cortéis, amigos.
De vez en cuando hay ríos como venas sin brújula.)

Hay tantos trenes, cárceles, torpederos, aviones,
motores, cines, bancos, quirófanos, tabernas.

Tantas lindas estrellas y anuncios luminosos.
(Coñac Barbier, Calzados Eureka y así, muchos.)

(También hay automóviles más veloces y bellos
que arcángeles de acero con las alas plegadas.)

Hay mujeres que ríen. (Rouge aux lèvres. Pitillos.)
Hay niños que sollozan detrás de las paredes
junto a madres dormidas con una piedra al cuello.
Y bebés custodiados en cunitas cromadas
que engordan entre leche condensada y puntillas.
Hay dulces solteronas que cuidan un perrito.
Muchachas con los ojos divinamente tontos.
Y adolescentes rubios con el vello erizado
por extraños deseos.

El mundo, sobre todo, está lleno de hombres.
Cuántas manos inútiles, camisas remendadas,
zapatos descosidos lamiendo los asfaltos.
Cuántos ojos y bocas acechando voraces.
Cuántos cerebros blancos con pensamientos peces
girando entre benéficas pastillas de aspirina.
No olvidemos los sabios. Esos sabios atroces
que trasnochan jugando con palabras difíciles:
Ciclotrón, supersónico, cibernética y otras.

Está tan lleno el mundo, que yo, palabra, amigos,
no sé dónde ponerme.
No sé si tengo sitio.
Los poetas sobramos.

 

 

 

 

LA CÁRCEL

Nací en la cárcel, hijos. Soy un preso de siempre.
Mi padre ya fue un preso. Y el padre de mi padre.
Y mi madre alumbraba, uno tras otro, presos,
como una perra perros. Es la ley, según dicen.

Un día me vi libre. Con mis ojos anclados
en el mágico asombro de las cosas cercanas,
no veía los muros ni las largas cadenas
que a través de los siglos me alcanzaban la carne.

Mis pies iban ligeros. Pisaban hierba verde.
Y era un tonto y reía
porque en los duros bancos de la escuela
podía pellizcar a los vecinos,
jugar a cara o cruz y cazar moscas,
mientras cuatro por siete eran veintiocho
y era Madrid la capital de España
y Cristo vino al mundo por salvarnos.

Sí. Entonces me vi libre. Las manos me crecían
inocentes y tiernas como pan recién hecho,
pues no sabían nada del hierro y la madera
soldados a sus palmas
cuando el sudor profuso
igual que un vino aguado
apenas nos ablanda la fatiga.

Hoy los muros me crecen más altos que la frente,
más altos que el deseo, más altos que el empuje
del corazón. Arrastro
unas secas raíces que me enredan las piernas
cuando voy, como un péndulo de trayecto inmutable,
desde el sueño al cansancio, del cansancio hasta el sueño.

Soy un preso de siempre para siempre. Es el orden.

 

 

 

 

ESTACIÓN

Héme aquí en los andenes de una estación sin nombre.
Armaduras metálicas delimitan el cielo
en cuadrícula justa de empañados cristales.
Entre los paralelos raíles crece el musgo,
merodean las ratas y se pudren despojos.
Héme aquí en los andenes con maletas y fardos
y un enorme baúl que no sé qué contiene.
Quisiera preguntar si es que voy o es que vengo,
de dónde me ha traído el tren de madrugada
y cuál es el preciso lugar de mi destino
para el que no recuerdo si he sacado billete.
Pero no hay empleados. Hay un jefe invisible
en un negro despacho sin ventanas ni puerta
que se hace sordomudo a todas las consultas.
Se llenan los andenes con más y más viajeros
igual que yo, cargados de equipajes absurdos.
Se les nota en la cara que están medio dormidos
o que son medio tontos o que han perdido algo.
Muchos parten de pronto en un tren sin bombillas
que se marcha en silencio nadie sabe hacia dónde.
Los despiden algunos con sollozos y gritos.
Pero pronto se cansan y al final se consuelan.

Los que llegan se anuncian con más gozo. Hay un grupo
que pregona su arribo con palabras alegres
y un aspecto solemne que no acierto a explicarme.
Todos ellos me aturden, me fastidian. Si al menos
me aclararan las cosas y ordenaran un poco
este necio barullo. Porque, al cabo, es probable
que yo venga enviada por alguno, que tenga
que hacer algo importante o llegar a algún sitio.

No sé nada de nada o quizá lo he olvidado.
He perdido las llaves del baúl. Torpemente
descerrajo la tapa. Si encontrara mi propia
filiación, mi destino. Desengaño tremendo.
Sólo hay frascos vacíos, inservibles zapatos,
alas rotas, cintajos de colores, caretas,
trajes viejos y libros con olor a polilla.
Pasa tiempo. Me aburro. Por hacer algo, escribo
versos largos y adustos que no importan a nadie.
Voy dejándome cosas por oscuros rincones:
Guantes sucios, sonrisas, empapados pañuelos,
oxidados cuchillos y hasta besos cortados.
Ya no tengo maletas (Lo compruebo de pronto.)
Sólo un tiesto con flores amarillas y mustias
y una incómoda jaula con un pájaro triste
que no come ni canta. Cruzan trenes y trenes.
Siempre llega más gente y otros siguen marchando.
Hasta algunos se tiran de cabeza a la vía.
Yo no sé qué adelantan con romperse los huesos
y quedar con los puercos intestinos al aire.
Pero estoy tan cansada. Ni siquiera me importa
continuar el viaje. Voy a ver si me duermo.

 

 

 

 

Y AHORA EL LLANTO

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx—¿Por qué lloras si no sirve para nada?
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx—Precisamente por eso. Porque no sirve.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxSolón

Como quien se despierta rodeado de llamas,
rodeado de lobos,
rodeado de cárceles.
Como un niño a quien quitan el pecho bruscamente,
como una dama histérica,
como una oveja que montara en cólera,
he gritado, he gritado cuando he visto,
cuando, sencillamente, me he hecho cargo.

He gritado de día y por la noche.
Con muy poco respeto, lo concedo,
para el descanso de las almas probas
que no quieren saber nada de nada
porque ellos, desde luego, ellos, ¿qué culpa tienen?

He gritado a mi modo (soy tozuda),
hasta resquebrajarme la garganta,
hasta el dolor profundo de las vísceras,
hasta llenar de prosa despreciable mis versos.
(Mejor hubiera estado cortando margaritas
o sonetos de boj correlativos.)

Me habréis oído a veces
(Señor, qué mujer ésta)
y os habréis arropado la cabeza en las sábanas
para dormir en paz y soñar con los angelitos.
Ahora (esto es más tonto todavía) ahora lloro.
Estoy llorando a hilo, a metáfora viva.
Y mis lágrimas caen ineficaces
sobre los hombros apiñados y los codos con codos
de los rebaños callejeros.
Y caen sobre las manos duramente adiestradas
que empuñan una azada, un fusil, una lima,
un pedazo de tiza o una llave maestra.
Y caen sobre los ojos encogidos
de los oscuros niños coreanos
y sobre las veredas enfangadas
por donde huyen sus madres.
Van cayendo sin ruido
sobre la calva de los sabios y los presidentes,
sobre la frente de los poetas y de los esquizofrénicos
y de las amas de casa que porfían en vano
porque tres y tres suman dieciocho.
Caen mis lágrimas, caen
sobre los altares de las iglesias y los lechos de los prostíbulos.
Sobre los micrófonos de las conferencias internacionales.
Sobre las ventanillas de las casas de empeños.
Sobre los cementerios sin cruces de la muerte innumerable
y los mostradores de las cafeterías.
Y caen sobre el sudor y sobre el beso
y sobre la risa comprada en los cinematógrafos,
y sobre el pus de las heridas
y el olor a éter de los hospitales.
Van cayendo mis lágrimas.
Sobre el griterío de los campos de fútbol
y los tinteros de las comisarías
y el artículo de fondo de los periódicos
y el brasero raquítico de las mesas camilla
y hasta en los vasos con flores de las antesalas de los abogados.
Y lloro y lloro un llanto irrestañable.
Sabiendo que no sirve para nada.
Que el llorar hace feo.
Que ese poco de sal y de sangre caliente
de mis lágrimas bobas
perderá su importancia
en el glaciar amargo sin desagüe
que está siendo la vida para el hombre.
Y lloro (no hay remedio, soy idiota)
con toda buena fe y a todo riesgo.
Como si a mí me fuera y me viniera.
Como si no estuviera tan a gusto en mi casa.

 

 

 

 

EPÍLOGO A BLAS DE OTERO

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxAy, ese ángel fieramente humano
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxcorre a salvaros y no sabe cómo.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxBlas de Otero

No sabe cómo, amigo Blas, no sabe.
No sabe cómo.

Bien puede ser que ya estuviéramos
al cabo de la calle,
al cabo de la vida o del infierno,
al cabo de la pura poesía,
cuando, un poco más alto que todas las campañas,
que los puentes, los bancos, los tejados negruzcos
y el hollín y el acero
de nuestro gran Bilbao tan pequeñito,
hablábamos del mundo casi tan seriamente
como hablan de negocios los hombres importantes
y las amas de casa de servicio doméstico.

Tú querías correr a salvarnos. Querías
(tan fieramente humano) guardarnos las espaldas,
protegernos la frente contra viento y marea,
contra viento y destino. Y no sabías cómo. (Tan fieramente humano.)
Y no sabías cómo. (Con alas, con raíces,
con remos, con espadas.) Y no sabías cómo.

Porque bien puede ser que nos veamos
al cabo de la calle
donde ya nadie pueda salvarnos.
Donde ya ni los ángeles puedan salvar a nadie.
Ni a los conformes ni a los suicidas.
Ni a los que se han estañado las sienes.
Ni a los que se han dormido sobre el polvo de las cunetas.
Ni a los que van huyendo con los brazos en alto
porque Europa hace agua, porque el Mundo hace agua,
o hace sangre —es lo mismo— como tú nos decías
con sangre hasta los ojos, gritando entre la sangre.

Bien puede ser que estemos ya de vuelta
del cabo de la calle.
O que no tenga cabo
la calle.

Pero acaso resulte peligroso decirlo.
Porque, además (da risa) no sabemos decirlo.
¿No ves? Vamos saltando, tal vez a pies juntillas,
tal vez a pata coja o a la gallina ciega,
esquivando los baches u burlando alambradas,
cayendo en sucio fango o en agua de colonia,
y luego, por la noche, nos abrasan los ojos.
Y damos vueltas y más  vueltas
con un atroz poema pinchado en las almohadas
o puesto de través entre los huesos
o cortándonos la respiración
como un buche de hiel atragantado.

Así te encuentran todos un poco taciturno.
Y los lectores dicen “¡oh!, ¡oh!” sobre tus versos.
Y hasta te recriminan las personas decentes
por pretender un día que las niñas bajaran
ese blanco percal de sus cortas braguitas
(Braguitas ¿es posible?)
para rogar a Dios con inocencia.
Y yo llegué a decirte: Mejor fuera el silencio.
Mejor fuera callarse. Licenciar la metáfora.
Y ver si a duras penas o a duras alegrías
abrimos un camino al cabo de la calle.

 

 

 

Figuera Aymerich, Ángela. Obras completas. Madrid; Ed. Hiperión, 1999.

 

DE FRACASOS, SECRETOS Y AMIGOS

diciembre 17, 2018 Deja un comentario

 

LA ESCRITURA DEL FRACASO

A un fracaso le sigue otro fracaso,
una histeria le sigue a otra, todo
parece conjurarse de algún modo
para hacer de la dicha un bien escaso.

Comienza así la noche a abrirse paso
tras la lluvia, los pies manchan de lodo
las baldosas, y la tristeza, codo
a codo con las sombras del ocaso,

difuminan el mundo conocido
—fotografías, libros, esas cosas
sin importancia apenas que acompañan

cualquier vida— y la rabia que han traído
también los pies, escribe en las baldosas
las palabras que más y mejor dañan.

 

 

 

 

EN SECRETO

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA Inocencio Mateos Navarro

En secreto me digo que la vida
no merece la pena, pero sigo
intentando vivirla como si
de verdad creyera lo contrario.

 

 

 

 

DE AMICITIA

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx¿He escrito ya que las amistades envejecen?
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxAlberto Chessa, Sinopsis de la hipnosis.

Aunque siempre parezcan los amigos
recordarnos, es más anhelo nuestro
que verdad su interés hacia nosotros:
ellos viven sus vidas y en contadas
ocasiones recuerdan que existimos.

Sólo viven sus vidas, no precisan
de nosotros para sentir que viven.
Y nosotros gastamos nuestro tiempo
esperando que un gesto suyo diga
que somos y que estamos junto a ellos.

 

 

 

Paniagua, Ángel. Debajo de los días. Murcia; Ed. Raspabook, 2018.

 

VENCIDA POR EL ÁNGEL

diciembre 16, 2018 Deja un comentario

 

EGOÍSMO

Contra el sucio oleaje de las cosas
yo apretaba la puerta. Mis dos manos,
resueltas, obstinadas, indomables,
la mantenían firme desde dentro.

Fuera, el naufragio; fuera, el caos: fuera
ese pavor, abierto como un pozo,
de las bocas que gritan
al hambre, al ruido, al odio, a la mentira,
al dolor, al misterio.

Fuera, el rastro acosado de los hombres
sin alas y sin piernas, que se arrastran,
que giran a los vientos,
que caen, que se disuelven
en muerte sorda, oscura,
derrumbándose
sin asunción posible.

Fuera, las madres dóciles que alumbran
con terrible alarido;
las que acarrean hijos como fardos
y las que ven secarse ante sus ojos
la carne que parieron y renuevan
su grito primitivo.

Fuera, los niños pálidos, creados
al latigazo rojo del instinto,
y que la vida, bruta, dejó solos
como una mala perra su camada,
y abren los anchos ojos asombrados
sobre las rutas áridas,
mordiendo con sus bocas sin dulzura
los largos días duros.

Fuera, la ruina de los viejos tristes
que un cuervo desmenuza fibra a fibra
el dolorida hilacha, preparando
la dispersión desnuda de los huesos.

Fuera, el escalofrío que sacude
el espinazo enfermo de la tierra
con ráfagas de hastío y de fracaso.

Fuera, el rostro de Dios, oscurecido
por infinitas alas desprendidas
de arcángeles sin hiel, asesinados.

Yo, dentro. Yo: Insensible, acorazada
en risa, en sangre, en goce, en poderío.
Maciza, erguida; manteniendo firme,
contra el alud del llanto y de la angustia,
mi puerta bien cerrada.

 

 

 

 

VENCIDA POR EL ÁNGEL

Yo cerraba los ojos; yo apretaba los puños;
yo blindaba mi pecho con metales helados;
yo sorbía a raudales la alegría y el fuego
para escapar, bravía, al acoso del Ángel.

El Ángel era suave, silencioso y terrible.
Llevaba una ancha copa de licores amargos,
y en su pálida frente se leía imborrable
la palabra tremenda.

He luchado con él. He luchado: He reído
sobre todas las flores de los mayos ingenuos;
cabalgando las nubes; fabricándome estrellas;
derramando canciones.

Me he apoyado en mis huesos; me he afirmado en mi sangre.
He caído en la sima de los besos sin límite.
He crujido en el trance de los duros abrazos.
He gritado el triunfo de mi carne aumentada
en la carne del hijo.

Me he proclamado limpia contra el asco y la ruina.
Me he declarado libre contra el tedio y la duda.
Me he creído excluida, separada, intocable.

Pero el Ángel llegaba. A pesar de mis puños,
de mis ojos cerrados, de mis labios tenaces,
con su vuelo impasible, con su copa colmada,
me ha tocado; me ha roto la coraza soberbia;
me ha deshecho los muros; me ha cortado la huida.

Sin espada, sin ruido, me ha vencido. En la entraña
me ha dejado clavada la raíz de la angustia
y ya siento en mi alma el dolor de los mundos.

 

 

 

 

ESTA PAZ

Aquella Paz de olivo y de paloma
lograda en verde tierno y blanco puro
sobre el carmín violento de la sangre,
no es esta paz de ahora, enmascarada
entre papel y tinta mentirosa.

No es esta paz, de pecho acribillado
por viejas bayonetas oxidadas,
que se dejó por todos
los rincones del mundo
fusiles olvidados que disparan,
cañones que conservan su bramido
y buitres acerados con el buche
preñado de metralla.

No es esta paz de corzos asustados
pisando sucio barro movedizo.

No es esta paz de aturullados vuelos,
de afán desorientado, de planetas
sin órbita precisa.

Paz harapienta, coja, rotulada
con “ismos” y con “antis”;
gritada en altavoces,
gestada en asambleas y convenios
de turbia hipocresía.

Paz con hedor de muertos insepultos;
inquieta de presagios;
roída de psicosis y complejos.

Paz de niños con hambre
que no han sabido nunca
cómo se clavan los menudos dientes
en un mullido pan de blanca miga
bajo un crujir dorado de cortezas.

No. Nuestra paz, difícil, fermentada,
toda aristas y filos
como vidrio quebrado,
en que las manos duras, apretadas,
han de llevar el corazón en vilo
para que no se arrastre ni se hiera,
no es una paz de olivo y de paloma.

No es una paz de júbilo y descanso.

 

 

 

 

EL BARRO HUMILDE

Porque hoy, Señor, te hablo de esos muertos.
De los muertos más muertos, más hundidos;
de los muertos del todo.

Pasaron muchos, pero muchos quedan
en carne viva —suya— demorados.
Tú hiciste del aljibe de su pecho
polvo y basura, pero ya su sangre,
en generoso trance transfundida
hacia canales nuevos, permanece.

Otros, amordazada ya su boca
con lodo espeso, gritan, gritan, gritan…
Y todos los oímos. Tú los oyes.
Tú sabes que no están del todo muertos.

Y aquellos que apretaban en su mano
una semilla rubia, un bulbo henchido,
hoy se nos yerguen en presencia plena
de espigas o de nardos. No murieron.

Y los que caminaban, encendidos
los ojos en la almena de la frente,
borrachos de una estrella, tan ajenos
al suelo que les dabas por apoyo
¡qué huellas hondas de contorno puro
fueron dejando y cómo se llenaron
de agua y de cielo cuando Tú lloviste!
Sólo por eso, sólo, bien lo sabes,
esos no morirán eternamente.

Otros murieron. Otros: infinitos
como los granos de menuda arena
que el viento sopla, escupe y amontona.
Arena inútil, inconexa, estéril.
Que pierde el agua y ni concibe sueños
ni se levanta en torres
ni tolera caminos
ni grávidas semillas amamanta.
Tú los hiciste un día y así fueron.
Traídos y llevados,
giraron en absurdo remolino
entre el cielo y la tierra.
Jamás llegaron a tocar las nubes
sus cortos brazos ni sus pies cobardes
pesaron en el suelo.

Vivieron (¿se enteraron?). Eran dulces
y mansos. Y también eran amargos
y fieros. Porque sí. Porque lo eran.
Sus miembros se encresparon muchas veces
en lujurias sin fruto. Y otras tantas
ciñeron con un hielo de abstinencia
sus castigados lomos.
Nada brotó en su tronco. Fue su llanto
de lágrimas redondas que corrieron
sin trabajar sus almas. Fue su risa
espuma derramada.
Eran así. Murieron. ¿Lo sabían
en el preciso instante?… Y hoy, ¿lo saben?
¿Lo saben que están muertos, muertos, muertos;
borrados, aventados, desnacidos?…
¿Saben que ya no son, que no serán,
que no han sido jamás entre los hombres?

Señor, de ellos te hablo. Tú ¿los cuentas?
Yo, ni podría imaginar su nombre,
ni perfilar la curva de sus labios,
ni sospechar, mirando tu arco iris,
el color de sus ojos.
Conozco que estuvieron. Que ahora esconden
en cualquier parte su menguada ruina.
Sobre sus tristes miembros disgregados
la tierra, eterna parturienta, brota
vida infinita en tallos quebradizos.
Pero ellos, mudos, torpes, ni en la hierba
escribirán sus formas y colores.

Ni sombra serán nunca, ni recuerdo.

De ellos hablo, Señor. Tú, sin olvido;
Tú, centro de ti mismo y tu horizonte,
Tú los tendrás los muertos olvidados.
Quizá los quieres más por más pequeños.
Su barro humilde, deleznable, sucio,
acaso moldearás con tus pulgares
en finos vasos de preciosa forma.
El muro de tu mano levantada
acaso abrigará piadosamente
esa llamita débil de su espíritu.
Acaso de tu aliento huracanado
un hilo compasivo se adelgace
para tañer la flauta de sus huesos.

 

 

 

 

BOMBARDEO

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA Julio

Yo no iba sola entonces. Iba llena
de ti y de mí. Colmada, verdecida,
me erguía como grávida montaña
de tierra fértil donde la simiente
se esponja y se apresura para el brote.
Era mi carne, tensa y ahuecada,
nido cerrado que abrigaba el vuelo
de un ala sin plumón y con grillete;
casi cristal y casi sueño. Tierna.

Iba llena de gracia por los días
desde la anunciación hasta la rosa.

Pero ellos no podían, ciegos, brutos,
respetar el portento.
Rugieron. Embistieron encrespados.
Lanzaron sobre mí y mi contenido
un huracán de rayos y metralla.

Del más bello horizonte, del más puro
cielo de otoño vomitaron lluvia
de ciegos mecanismos destructores
que desataban sobre el cauce seco
del callejero asfalto sorprendido
los ríos de la sangre.
Que apedreaban con cascote y hierro
la carne desarmada,
la risa de los niños, los cabellos
de las muchachas, los henchidos senos
de las nodrizas, la rugosa frente
de los viejos cansados,
los anchos ojos de los colegiales
y el tórax trepidante de los mozos.

Cuando el terrible estruendo mantenía
todo el horror en vilo, como un látigo,
sobre la vida inerme y el espanto
resquebrajaba en turbio terremoto
el aire sin palomas de la urbe,
yo colocaba, dulce, mis dos manos
sobre mi vientre que debió cubrirse
de lirios y de espumas y esas telas
que visten, recamadas, los altares.

Iba por la ciudad —llena de garras
y dientes erizando las esquinas—
como un bajel altivo que, repleta
la próvida sentina con tesoro
de gran fragilidad, se tambalea
entre una furia de olas y relámpagos.

Y, al encerrarme en casa, bien sabía
que no existía el puerto ni el abrigo.
Que las paredes recias, levantadas
en paz por manos sucias de trabajo,
se desharían como cera blanda
al fuego y al martillo gobernados
por otra mano, pulcra, encaramada
en máquina de presa y exterminio.

Noches de sueño incierto, triturado
por la tremenda sinfonía
del frente en erupción y los caballos
del miedo galopando en explosivos.

Y la sangre con hambre que se exprime
hasta la última esencia
para nutrir al hijo sazonándose.

Y la desnuda soledad del cuerpo
desorientado, desgajado en vivo
del cuerpo del amante.

Aquellas noches del pavor sin luces,
apelmazadas de odios y de ruinas,
yo te esperaba. Me llegaste a veces.
Del último bisel de la tragedia,
del borde mismo de la hirviente sima
venías hasta mí. Me contemplabas
con unos ojos llenos de agua sucia
donde asomaban restos de cadáveres.
Ojos que procuraban ser risueños
y mansos al pasar por mi figura
y acariciar con luces de esperanza
la curva de mi vientre.

¡Con qué exaltada fuerza, con qué prisas
con qué vibrar de nervios y raíces,
nos quisimos entonces!

Yacíamos unidos, sin lujuria,
absortos en el hondo tableteo
de nuestros corazones. Escuchando
de vez en vez el tímido latido
del otro corazón encarcelado
que ya, para nosotros, gorjeaba.
Yo sonreía señalando el sitio
en que un talón menuda percutía
mis íntimas paredes en un ansia
gozosa de correr por los senderos
apenas presentidos.

Y, en medio del olvido refrescante,
en lo mejor del conseguido sueño,
surgía denso, alucinante, bronco,
el bélico zumbar de la escuadrilla.
Bramando, sacudiendo, despeñándose,
atropellándose los ecos,
iban las explosiones avanzando,
cada vez más cercanas,
hasta que, al fin, la muerte en torrentera,
en avalancha loca, transcurría
sobre nuestras cabezas sin refugio.

Entonces tú, imperioso, dominante,
con un impulso elemental de macho
que guarda la nidada, con un gesto
ardiente y violento como el acto
de la amorosa posesión, cubrías
mi cuerpo con tu cuerpo enteramente,
haciendo de tus largos huesos duros,
de tu apretada carne exacerbada,
un ilusorio escudo indestructible
para el hijo y la madre.

Así, unidas las bocas, transvasándonos
el tembloroso aliento, diluidos
en éxtasis de espanto y de delicia,
las almas contraídas, esperábamos…

No. Nunca nos quisimos como entonces.

 

 

 

Figuera Aymerich, Ángela. Obras completas. Madrid; Ed. Hiperión, 1999.

 

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