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Archive for 23 febrero 2012

LECTURA EN LA UNIVERSIDAD

Hace una semana tenía el placer de leer en el hemiciclo de la Facultad de Letras de la Universidad de Murcia. Y los mayores lujos fueron poder leer allí, que me presentara mi compadre Joseda, que estuvieran en la lectura C y un par de buenos amigos y las palabras de Ginés Aniorte tras la lectura.

Mi compadre José Daniel Espejo hizo esta presentación (prometo que me sacó los colores, que hay cosas que yo jamás hubiera dicho de mí mismo; públicamente: gracias, gracias, gracias…):

HÉCTOR CASTILLA, POETA DE NO-IRONÍA

Conocí a Héctor Castilla en los años noventa. Con gafas. Con el pelo corto. En aquella época, recuerde, no había blogs, no había facebook. Los imberbes aquejados de poesía nos veíamos obligados a editar fanzines en papel, vernos en cafeterías con puertas y cerveza y dejarnos comentarios no anónimos, decirnos ‘Me gusta’ cara a cara (a veces hasta se notaba la falta de sinceridad), celebrar conciliábulos para declarar nuestro odio por los poetas de la experiencia en estado de ebriedad (en estado de ebriedad nosotros, no los poetas de la experiencia, aunque también), etcétera etcétera. Tal vez detecten un poco de nostalgia en todo esto que estoy diciendo. Detectan bien.

Recuerdo una noche en que un grupo de estos adolescentes perpetuos decidimos acabar la noche en mi casa, en el Polígono de la Paz. Me sorprendió y me admiró por primera vez una cosa de Héctor, que sigue sorprendiéndome y admirándome ahora: entre ese grupo de aprendices de poeta veinteañeros y clasemedia el tema de conversación se deslizaba frecuentemente hacia otras cosas: chicas, obvio, drogas, también obvio, quién se está sacando el carnet, quién se va de eurorraíl (ay, qué tiempos). Héctor, no. Héctor había venido a hablar de poesía. En un sentido tan amplio como se quiera. Pero de poesía.

Han pasado muchos años y eso no ha cambiado. Del señor que tengo al lado emana fe. En la poesía, en los poetas, en las canciones y en quienes las escriben. Todas esas personas, esos discos y ese papel (mucho de todo ello) que recorren su vida no hacen sino reafirmar esa fe. A veces me pregunto cómo lo hace, a qué texto sagrado se dirige cuando abre el periódico y ve que vienen mal dadas, o cuando llega a los suplementos culturales y comprueba que no caben más tontos por artículo cuadrado. A veces se lo pregunto a él, y me entero de qué libros tengo que leer el resto del mes.

Con esa fe, mi compadre escribe. Desde fuera de la clase media. Desde fuera de donde se toman las decisiones. Desde fuera de la nomenklatura cultural. Desde fuera de los jurados de los concursos y las invitaciones a los Institutos Cervantes y las columnitas pagadas. O sea, desde el exacto lugar en que uno debe escribir. ¿Y qué escribe? Pues, para empezar y por usar una expresión que a ambos nos es cara, poesía de no-ficción, en palabras de nuestro querido David González. Por añadir yo otro término: poesía de no-ironía.

Ironía, obviamente, en el sentido que le da Adam Zagajewski en

xxxxxxxxxxOh dime cómo curarse de la ironía, de la mirada
xxxxxxxxxxque ve pero no penetra; dime cómo curarse del silencio.

Porque desde esa periferia que he mencionado, lo que ve Héctor a la hora de ponerse a escribir no es una compleja maquinaria de tecnología literaria punta a la que meter souvenirs contraculturales por una punta y recoger objetos lingüísticos plastificados y ultrarreferenciales por la otra. Su ventana da al otro lado: a la calle, a la vida (‘Nuestra ética es la Revolución, nuestra estética es la Vida‘, decían, recuerden, los infrarrealistas mexicanos). Su poética es cualquier cosa menos una poética del silencio, de la puesta en abismo, de la deconstrucción. Dice en ‘Cantando en voz baja’: ‘Existen los demás / pero me provocan tanta tristeza / como la imagen que algunas mañanas / me devuelve el espejo.’ Y también ‘Cree en mí o no creas, / estoy haciendo todo lo posible. / No esperes que te hable de salvación, / sé lo mismo que tú.‘ Quod erat demonstrandum que en la poesía de mi compadre hay desconfianza, tristeza, desesperanza, pero también hay las personas que albergan esas categorías. Y estas personas se drogan, trabajan sin contrato, son explotadas, follan, oyen música, se rebelan contra su futuro pluscuamputrefacto, etcétera. Se desesperan, pero no se callan. No retuercen su sintaxis. Cuando se quedan sin casa y se ven obligadas a dormir en un rellano ajeno, el poema que escriben incluye la palabra lástima, y no incluye una referencia a un videojuego japonés de los años ochenta mal traducido al inglés y de ahí la coña. Están arrinconados y desesperados, pero ese dolor y esa rabia de clase pueden ser comunicados, compartidos, descritos. Eso sí: no con un iPad y mediante metáforas de la física cuántica. Todo tiene un límite y escribir (o redactar presentaciones para los amigos que lo hacen) consiste en tomar partido.

No me entiendan mal. En esta sala no hay ingenuos. O si acaso Isabelle, por permitirnos a éste y a mí ocupar esta mesa y albergar esperanzas de que no la liásemos demasiado parda. La poesía es una construcción, un engranaje. Y uno increíblemente sofisticado, pues debe viajar en el tiempo y el espacio para penetrar en la difusa psique de personas desconocidas y allí desplegarse y estallar. El amigo Castilla utiliza para su relojería materiales de gourmet, metales preciosos. El Tiempo en mayúsculas y en minúsculas, los agujeros de gusano que conectan pasiones pasadas con el absoluto presente, el efecto sobre la propia identidad de ciertas personas, de ciertos discos. La Música, esa delicada escultura hecha de tiempo (otra vez). El Deseo descrito en las letras del nombre del Otro (de la otra), y, enfrente, aquello que lo deshace y nos define: las letras del nuestro. La Pérdida, que no es lo mismo que la Derrota. La Traición cotidiana de olvidar o pervertir quién se es. Las posibilidades de la Resistencia. Cristina: todos estos sustantivos abstractos están escritos en mayúscula. Sé que las odias, pero es que aquí el que suscribe es platónico. Ahora, un poema de Una canción en la memoria para ilustrar todo esto:

 

CANCIÓN REDUCIDA

Si le fuera posible
desearía una voz
con menos ira que la propia.
No quisiera reconocer
roto, todavía, el hilo
de la esperanza y solicita
la voz al otro lado del teléfono,
que las horas persigan
otro día tras la noche y palpar
la cotidianeidad de la mañana,
ahora que toda la casa es solo
un sofá con una manta que nunca
llega a cubrir los pies.

 

Y otro más:

 

NADA AL DESCUIDO

Observa su pasado
en los espejos de la memoria o la locura.
Así, no da al descuido
nada de lo que ha hecho
que sea quien es. Así,
justifica con la vida este absurdo
tan largo de la muerte.

 

Héctor es un sibarita, sí. No consentiría jamás rebajarse a utilizar ingredientes de segunda clase en su cocina. esto tiene que ver con su fe, con la conciencia de la sacralidad de la vieja magia que se trae entre manos. una sacralidad que se extiende a la blasfemia, al realismo sucio, al punk que también contienen sus obras y que me hace recordar el mantra de José Emilio Pacheco:

xxxxxxxxxxLa perra infecta, la sarnosa poesía,
xxxxxxxxxxrisible variedad de la neurosis,
xxxxxxxxxxprecio que algunos pagan
xxxxxxxxxxpor no saber vivir.
xxxxxxxxxxLa dulce, eterna, luminosa poesía.

 

Lo sagrado no es el lenguaje, claro. Lo sagrado somos nosotros, que lo compartimos y lo disparamos y nos convertimos en sus víctimas. Lo sagrado, lo infinito, lo soez, lo superfluo y lo irrenunciable, todo al mismo tiempo. Heráclito, que era un señor de Grecia que sabía bastante de la vida y del lenguaje y de la economía y de la poesía y del ser humano en general (y desde luego mucho más que Angela Merkel y Trichet y el resto de esa piara de canallas con cartera), lo expresó con una exactitud sobrecogedora: no podrás recorrer los dominios del alma, ni escapar de un sol que no se pone. Cómo se nota que Heráclito no conoció a ciertos poetas de ésos de la nocilla que andan ahora sueltos por ahí. Su dictamen, sin embargo, sigue siendo válido (salvo deshonrosas excepciones), y desde luego le viene al pelo a Héctor, que es autor de esta hermosura:

 

VERSOS ENCADENADOS A UNA SOMBRA

Ruth estará saltando a la comba. Sonará la radio.
Alguien encenderá una televisión
y un ave negra nos atravesará,
nos sacudirá el polvo de estar tan quietos.
veremos allí, en un salón –sangre en el suelo–,
a alguien dándole la razón
a esta época que demuestra
que no hay mitos que diseñar,
que queda tan solo un salto
suicida a la fama. Nadie
podrá decir ya nada
que aún pueda salvarnos.
La noche nos cubrirá de seda y apagará las radios.
Ruth estará todavía en la calle.”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Y después leí yo, pero eso me parece ahora menos importante. Y además, para escuchar los poemas tendrían que haber estado allí o…

 

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