LOS REGALOS DE LOS AMIGOS (LXIX)

Acaba de llegar a casa el segundo libro de Christian Nieto Tavira. En nada dejaré algo de él aquí en el blog.

 

 

DE OTOÑOS Y RENUNCIAS

 

NUEVOS OTOÑOS

Ahora sabemos que el verano ha acabado.
El sol aún quema
y las tardes se alargan,
pero sabemos que el verano ha acabado:
gentes con equipajes
disfrazan la vuelta de prisas febriles
y todos maldecimos los meses idos.
Ya hemos salido de una estación a otra,
recoge-relojes, navegantes por un mar de tiempo.
Y maldecimos los meses idos.

No dejamos un sitio, sino un verano:
no perdemos un sitio, sino un milagro:
la libertad fugaz
de horas sin medida.

 

 

 

 

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxNo entres dócilmente en la noche callada
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx(Dylan Thomas)

Que sea el olvido
la última cosa a la que yo me entregue.
Y si fuera posible
que ni siquiera llegara el olvido.
Que lo que guarde inútil,
tenazmente, sea la memoria
de todos los momentos, de las cosas,
los seres que tan cálidamente amé,
y en que he pensado.
Que la memoria vuestra sea
la última cosa que me quede,
y que ella sea para mí
salvación y rescate de la muerte.

 

 

 

 

VOY mirando estas cosas:
voy mirando los libros, aquel vaso, tu ropa,
como si hubiera muerto
o me estuviera yendo,
como si hubieran ya
dejado de ser míos.

Y todo viene a ser memoria de lo hermoso,
memoria de lo amado que tuve
y que no tengo:
horas que ya no viven
y que no sé si han sido.

 

 

 

 

SUPÓN que me repites en un gesto,
que unas palabras tuyas han sido ya mías
y hasta tu pensamiento
se ha vuelto en parte mío.
Y andabas sin saberlo.

Supón que esa señal, o una costumbre
no son sólo un recuerdo, sino algo
que persiste en tus manos y tus ojos,
una presencia mía no perdida.

Supón, en fin —tal vez ya suponiendo demasiado—,
que voy viviendo en ti
como si fuera parte tuya:
tú andando por ahí,
y sin saberlo.

 

 

 

 

RECUERDO DEL FUTURO

xxxxxI

Al descansar pesadamente la cabeza,
sintiéndola caer sobre el sillón,
tuvo una imagen nueva de sí misma:
ella que, seguramente, aún era joven
recordó la vejez y su llegada.
Tuvo miedo de la debilidad,
del abandono; miedo al sueño penoso,
a todas las futuras dependencias,
a la pérdida del cuerpo
que ahora conocía y era el suyo.
Se conmovió entonces por sí misma,
por el posible tiempo apagado venidero.

Después un gesto brusco la arrancó de su imagen,
y se miró, feliz por la ignorancia
de los años futuros,
resuelta a no dejarse arrastrar a ningún abandono,
a aferrarse a la luz de seres y de cosas
y del cuerpo que tuvo.

Resuelta, sobre todo, a hacer continuo
el hilo entre el futuro y estas horas.
Fuerte para los días
en que habrá de tener
completa y desvelada la memoria.

 

 

xxxxxII

Mientras anda con ese aire
que llaman decidido,
mientras llega a la plaza, mientras
se para un poco, se da cuenta
de que han pasado muchas horas,
se mira arrugas que antes no tenía,
empieza a detener el paso.

Le parece que de un momento a otro
se va a tener algo de lástima;
pero no se consiente esa tristeza
ni esperar encontrar torpe
ese cansancio.

Se sonríe pensando que la que tendrá arrugas,
y detendrá su paso, y hablará con voz tenue
seguirá siendo ella;
piensa, mientras sonríe,
que aquella que descansa
no será sino ella,
por fin reconciliada con el tiempo.

 

 

 

 

JANIS JOPLIN EN JUNIO

Tiempo obscuro: la lluvia.
Sólo por fin la lluvia.

A mí antes
no me gustaba la lluvia.

Pero ahora —sol,
tiempo amargo—
ahora,
que todo lo inundara
la lluvia.

 

 

 

 

RENUNCIA

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxDefenderé
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxla casa de mi padre
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx(Aresti)

Y ahora, ya pasados los límites de la casa del padre
—que no he de defender—,
cuando quiero olvidarme de las piedras
que componen la casa de mi padre,
aún me siguen las sombras,
los ecos, las voces familiares:
viven en mí las sombras de los muertos,
la obscuridad de un mundo
que en mí ha ido creciendo,
anclando sus raíces.
Viven en mí las voces de otro tiempo,
el mundo traspasado de la casa del padre,
de la que estoy tan lejos,
de la que ayer he huido:
la casa de mi padre que no he de defender.

 

 

 

Saura, Aurora. Las horas. Murcia; Editora Regional de Murcia, 1986.

 

LA LEPRA, LA EPILEPSIA, LA SÍFILIS Y LA INQUISICIÓN

 

xxxEl siglo XIV, en Madrid, es el siglo de la lepra. El siglo XV, el siglo de la epilepsia. Y el siglo XVI, el siglo de la sífilis. En 1723, nueve hombres, en Madrid, son quemados por matrimoniar con mujer que había apadrinado con ellos, a efectos sociales, algún recién nacido, o por comer carne en viernes. La plaga del siglo XVIII, y de todos los anteriores, es la Inquisición. La Gaceta Literaria (iberoamericana: internacional) de Giménez caballero se presenta en los años veinte, como quincenal y madrileña, a treinta céntimos con subdirección de Guillermo de Torre (quien, sordo de exilio, casi se me moría en los brazos, siglos más tarde, en el Gijón), y visado de la censura de Primo de Rivera. Entre los nombres manejados, Pío Baroja y Moreno Villa. De esa revista de vanguardia iba a nacer, años más tarde, el fascismo español. El fascismo es la lepra, la epilepsia, la sífilis y la inquisición del siglo XX.

 

 

 

Umbral, Francisco. Trilogía de Madrid. Barcelona; Ed. Seix Barral, 1985.

 

LAS HORAS

 

PRÓLOGO

Siempre esta insatisfacción heridora,
inacabable.
No sé por qué no te sientas en calma
a contemplar las horas.
Por qué no andas, lees,
te bañas, simplemente.

No sé qué buscas o qué esperas que pase
cuando miras el mar
tan insistentemente,
y llevas a otra orilla tu deseo.
No sé qué buscas: aquí queda tan sólo
un vuelo malherido,
la voz inalcanzable.

 

 

 

 

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxInfinitas nostalgias brotan de los actos limitados…
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx(Rilke)

TODA la vida
no vale lo que un gesto:
ese apartar el pelo con la mano,
la ligera sonrisa en que te miro.

Todas nuestras palabras,
siempre tan imprecisas,
y aquel razonamiento tan complicado,
tan inteligente,
no valen lo que este roce leve de tu brazo,
el ofrecer el agua, o esta no calculada
entrega de los cuerpos.

Nuestra vida y un gesto son lo mismo:
que al menos recordemos ese gesto.

 

 

 

 

SIEMPRE necesitando las palabras.
Como si no bastaran
los pensamientos, los gestos,
la mirada, mis manos,
el silencio.

 

 

 

 

ESPEJOS

Los espejos, esas cosas terribles,
no deberían estar tan a la mano.
Deberían dejarse ver de tarde en tarde.

No deberían pararse ante nosotros,
perseguirnos, estar en donde estamos.
Tendrían que mirarse una vez sólo
y no moverse tanto.

Deberían mirarse una vez sólo
y luego estarse quietos.
Quedarse luego quietos, muertos para siempre,
boca abajo:
esas cosas, esos seres terribles,
los espejos.

 

 

 

 

VINO hasta mí y se ha ido.
Alguien dice:
“es lógico”, “esperable”, “conveniente”.
Alguien pretende
explicar lo inexplicable.

Pero mejor será ponerle nombre.
Mejor decir:
“amor”, “desdicha”, “ausencia”.
O equivalentes suyos:
“milagro”, o “abandono”.

Llegó hasta mí. Lo tuve. Lo he perdido.
No hay formas de explicar
las realidades.
No hay modos, no hacen falta:
sólo hay nombres.

 

 

 

 

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxNo deixis que l’angoixa em guanyi
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx(de una canción de Lluís Llach)

NOS ganará la angustia
a ti y a mí.
Nos ganará la angustia,
que negábamos.

Y ahora querría,
cómo quisiera ahora,
que esta angustia
tan sólo
me ganara a mí.

 

 

 

 

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxDecir libertá non era triste, decir verdá era como un río
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxixxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx(C. E. Ferreiro)

EL mundo no tenía estos contornos ásperos,
los árboles, las piedras y la arena
no eran tan ajenos a nosotros.
Aún podíamos nombrarnos sin dolor
y se reconocía el vuelo de los pájaros.
Se podía recibir al que llegara
sin preguntarse antes si era
amigo o extranjero.
Aún no era el mar esta acumulación de lágrimas,
ni el sol se nos iba negando cada día:
no había empezado aún esta lluvia incesante.

Dime en qué lugar, en dónde
hemos vivido este recuerdo de salvación.
En qué sitio, en qué tiempo.
Dime dónde,
en qué sueño.

 

 

 

 

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxAssentiré de grat, car només s’em dona
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxd’almoina la riquesa d’un instant
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx(Espriu)

VIVIENDO este momento:
deliberadamente renunciando
a vivir más allá
de lo que puede hacerse cada día.

Encontrándome en cosas,
en gestos, en vosotros:
como si se pudiera
permanecer en este instante,
en la alegría de ahora,
en no saber qué pasará mañana.

Salvándome a mí misma
en este olvido,
renunciando otra vez
al recuerdo apremiante de que hay tiempo.

 

 

 

 

AVISO SOBRE LA MESA

He mirado esta pequeña hoja
como quien lee de nuevo
tantas cosas.
Esta letra como si se moviera hacia el pasado,
como recuperar de golpe
sobresaltos,
intensidad, pequeños lazos atando nuestras vidas.
Esta letra de ti como si hablaras,
como si hubieras vuelto hacia otros años,
como si pensáramos juntos
y cogieras mis manos, y con ellas
escribieras de nuevo nuestra historia.

 

 

 

Saura, Aurora. Las horas. Murcia; Editora Regional de Murcia, 1986.

 

Categorías:Poesía

CONCIERTO DEL DESORDEN Y POEMAS INÉDITOS

 

CON LOS AÑOS

¿Cómo llevar lo de pudrirse poco a poco,
si con inocencia, si con orgullo, si con miedo?
¿De qué país son las repeticiones,
para exiliarme de él?
Desarbolados, con las raíces en arenas movedizas
y hojas que nacen para secarse.
Cuánta grandeza en engañarse.
Qué solos estamos y qué graciosos somos.
Cuánta imaginación le ponemos.
Y a veces, que al mirarnos nos vemos,
qué escalofrío. Qué broma siniestra.
Qué esfuerzo por fingirnos.
Cómo cansa con los años la conciencia.

 

 

 

 

DEL MIEDO

Qué cómico el poder que tiene el miedo.
Me hace temblar de noche en el pasillo
que recorro dichosamente a tientas
para no despertarle
y no precipitarme en el abismo.

El miedo es el humor
que segregan los cuerpos.
Por fuera es una broma.
Por dentro es una fiebre,
un terror a la vida
que nunca te abandona.
El milagro es perderlo por la gracia
de estar enajenado de uno mismo.

 

 

 

 

EL POEMA DE AMOR

Cómo digo que del amor no escribo
si, por no verlo, lo veo en cada esquina.
Si el amor es todo lo que me excede
y todo lo que me falta. Lo sé.
Pero recuerdo esa frase: Él no ama.
Y el juego de la muerte de mis padres:
mamá caía de espaldas, papá la sostenía.
Y yo lloraba. Y sólo era una broma.

Pero amo, sí. Lo amo todo y todo me da pena:
que se vaya o se quede.
Amo en algún lugar que permanece
antes de la caída.
Y renuncio a la farsa
porque el amor no me toca. Pasó.
Si estaba en todas partes, ¿por qué lo sobreactúan?
¿Por qué la posesión? ¿Por qué lo cercan?

Pero el amor lo adivino en mis lágrimas,
que brotan como si antes nunca hubiera llorado.
Es el rescoldo de una llamarada,
el cielo y el infierno.
¿Por qué ese juego estúpido?
¡El prestigio de la vida! ¿Por qué amarla si duele?
Amar sin el amor, después de todo.

Cae la lluvia. El niño y la gata duermen.
Yo amo al niño, a la gata
y el ruido de la lluvia en los cristales.
Pero también me asusta.
Es mi manera de amar: tener miedo.
¿Qué más podría decir yo del amor?

 

 

 

 

QUISE AMARTE

Quise amarte sobre todas las cosas
y que esa ilusión no se ensuciara,
que no fuera la fiebre y la misma enfermedad,
el cerco que se estrecha por segundos
sobre el sueño más noble. Y volver a rendirme.
No pudieron persuadirme las máscaras,
ni tan siquiera las más convincentes,
del fracaso seguro del intento.
Quise amarte y no puedes existir.
Quise darte mi tiempo y no me ves.
Y el día que te tuve se hizo noche.

 

 

 

 

CONFIESO QUE HE CREÍDO

Podría no expresarlo y seguir como hasta ahora,
representando el papel de un escéptico;
pero da igual callarlo que escribirlo
si, como Enric decía, no me van a entender.
Lo digo. No lo digo. Lo digo. No lo digo.

Si no me importa a mí, a quién le importa.
No me mueve ambición ni vanidad alguna
y hasta, siendo sincero, me avergüenza
haber llegado al punto de pensar en decirlo
y que esta confesión resulte inoportuna.
Pero me duelen prendas si callo.
Lo digo. No lo digo. Lo digo. No lo digo.

Soy un creyente absurdo que no admite su fe.
No la perdí ni en los peores trances.
Hasta en el cuarto oscuro sé que la conservé.
Fue mi modo de ser no bien tuve conciencia
de que estamos de paso entre una nada y otra.
En esa convicción sin argumentos,
en esa luz que no apagan las sombras,
en ese temporal que la razón ignora,
sin rezos ni liturgias, sin religión ni dogma,
he vivido mis años sin sucumbir al miedo.
Y nada me ha faltado ni me sobra.

 

 

 

 

ORACIÓN PRIMERA

Donde la dualidad nos deje de doler
y el duelo sea una fiesta.
Allí donde la vida permanece
y permanentemente se suicida.
Donde no haya liturgias que no sean las nuestras,
sin velos y sin ruinas.
Donde el aire circule con nosotros.
Que por allí nos busquen, que allí nos encontramos.
En un amanecer que nos ensancha,
del que nada tememos.
Crecimos en los límites del mundo
para una locura que nos redime.
Vamos de sombra en sombra.
Que el misterio nos libre de la culpa
y no haya más pecado que una forma
de callar entre ruidos
y esta pereza de ser que destilan
los últimos engaños.

 

 

 

 

PERO YA NO LOS VEO

Antes sólo eran ellos. No había edificios ni tiempo.
Los veía por todos los rincones, fascinado.
Pero ya no los veo.
Ya no me pierdo tras sus pasos.
La ansiedad se esfumó
como nube que se lleva el viento.
¿De dónde viene esta calma y a qué me conduce?
Sin ellos, todo lo veo y todo lo escucho,
todo dice y significa,
todo extrañamente permanece.
Como si hubieran encendido la luz
en un inmenso cuarto oscuro,
todo está ahí dispuesto a acompañarme.
¿Qué puede hacer un hombre
sin ambición y sin deseo?
Vivir sin tristeza, con los brazos abiertos,
y despreocupadamente esperar el paso de los días.
Sin ellos no hay cuidado:
no habrá miedo al amor ni al vacío.
No eran la sal de la vida.
Adiós a los hombres del mundo.

 

 

 

 

AMIGA MÍA

¿Qué máscara usaremos cuando emerja la sombra?,
te preguntaba. Y siempre respondías lo mismo:
La sombra no emergerá. Sólo habrá
mágicos frutos y labios muy ebrios.
Mostraremos el rostro a la luz que tenemos.
No pude imaginar que llegarías en medio de la lluvia,
con el silencio intacto de tu frente
y esa sed que te volvía tan bella.
Desde entonces la amistad tuvo nombre de mujer.
Y cuando no lo tenía, feminizaba al amigo.
Nada es más hermoso ni verdadero.
Renunciarás al miedo, me dijiste.
Pero no había nada que pudiéramos temer.
Bajo tus alas desplegadas cabían las islas más exóticas,
un asombro permanente, el rumor de los libros
que no habíamos leído, compases de canciones
que aún no habíamos oído, y los destellos
de inolvidables películas ni siquiera concebidas
que por nosotros ya estaban muy vistas.
Para hacer un talismán me basta tu corazón.
Juntos luchábamos cuerpo a cuerpo con el mundo,
pero no exhibamos ahora nuestros trofeos.
Dejémoslo para la leyenda, amiga mía.
Qué sabrán ellos de esta emoción y de esta inteligencia.

 

 

 

 

UNA LENGUA COMÚN

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA Joe Borsaní y Estela Alas

Una lengua común para locos y cuerdos
que exprese todo el miedo,
para poder hablarla en los confines
de nuestro amargo exilio:
lengua nueva para un terror antiguo
oculto para siempre en el espejo,
moneda de dos caras y dos cruces
que cambiará la suerte por un solo destino.

Una lengua común para vivos y muertos,
para locos y cuerdos. Abierta la compuerta
que separó nuestros mundos, marchamos,
como los imanes del tunecino,
a nuestro inevitable encuentro
y confundidos en un abrazo, nos fundimos
sin saber qué polo somos, positivo o negativo,
quién es la llave y quién la cerradura.
Una lengua común para el amor
que nunca nos separe,
una lengua común que nos libere
por siempre de la muerte y del olvido.

 

 

 

 

ODIO EL VERANO

Odio el verano. Odio con el alma
la estación de los traumas de todas las edades,
de los días de calor aciago y la tristeza
luminosa, de la falsa alegría,
de las separaciones,
de los zarpazos de la muerte. Odio
las ilusiones de la estación embaucadora,
sus raptos de pasión,
su felicidad episódica. Odio
los fuegos artificiales que no engañan ya
ni a los adolescentes,
sus veladas de insomnio,
sus pesadillas sudorosas. Quiero
escapar para siempre del verano,
no volver a mirarme en sus noches estrelladas,
en el sueño agónico de sus playas,
en su libertad vigilada. Odio
sus promesas que no se cumplen. Odio
la engañosa caricia de sus sombras,
la joven tersura fantasmagórica
de sus cuerpos errantes.

No quiero más recuerdos estivales,
ni fábulas de amores susurradas
en un bosque fingido.
Odio su música de grillos, odio
la lentitud espesa
de sus interminables siestas. Odio
las picaduras crueles de sus insectos tórridos,
la ansiedad de sus ruidos, sus vanas confesiones,
todo el dolor de sus silencios. Odio
su torrente de llantos, su cascada
de aprensiones, su cúmulo de culpas,
su rosario de insalvables distancias,
la suma de sus pérdidas y el alud de sus miedos.

Contemplo el horizonte de naves que se alejan.
Mi vida es la esperanza del invierno.

 

 

 

 

LOS AÑOS CERO

Primera década de un siglo. Los años cero.
Dos torres fueron derrumbadas. Y los excesos,
todos, quedaron admitidos. La realidad
dejó de existir. «Sin sentido, esto da igual»,
pensarían los que atacaron el corazón
desprotegido de tu reino de amor y música.

Sin apenas poder, las brujas ensombrecieron
la fiesta feliz de los duendes. Y en el planeta
no hubo lugar para esconderse. Sin utopías
y atacada nuestra memoria en todos los frentes,
después del suicidio anunciado de un buen amigo
que en vida tramó las mejores revoluciones,
ya sin aliento y despojados de toda épica,
nos arrastramos por el siglo de infame prólogo.

Descabezados, solitarios, desamparados,
igual que abejas sin colmena. Y dando vueltas
en círculo pero sin centro, sin más pasado
que un puñado de testimonios que se silencian
y el horizonte de un futuro que nos desprecia,
sobrevivimos, sin embargo. Como si fuera
ése nuestro único objetivo. Sin esperanzas,
sueños ni metas, pero vivos. Eso bastaba
en los años cero del siglo ya veintiuno.

 

 

 

 

PERO MEJOR DE LEJOS

Admirable es la entrega y el amor de los padres
y muy conmovedora la devoción filial.
Pero descuida, Carlos,
que yo no haré la loa
de semejante engendro. Pues sabemos,
aunque esto nos margine,
que nacen de ese abismo
los males que en la vida nos acechan.
Si en sí misma la especie resulta despreciable,
la prestigiada institución la vuelve
inagotable fuente de traumas y desdichas.
No seremos felices ni tal vez desgraciados
por este extrañamiento sin retorno.
Pero el espanto es cierto.
Y viendo el vasallaje al que ellos se someten
con vínculos de sangre, en un necio ritual
de aprensiones y débitos que no nos es ajeno,
tratamos de escapar para quedarnos solos.
Ni sin el padre el hijo ni por el hijo el padre,
ni el amor de la madre es tan virtuoso,
ni la hermandad segura. Si todo es una cárcel
de ruindades y afectos y una red de complejos.
Es la espesura, el peso que lastra nuestro vuelo,
la trama turbadora que tejen nuestros miedos,
un núcleo indestructible de amores y de duelos
acaso inevitable. Pero mejor de lejos.

 

 

 

 

MAÑANA YA VEREMOS

Hoy me he librado de ella.
Con diferentes tonos, su voz es cotidiana.
Hay que atender a la llamada del deseo.

El rumor insolente del deseo
me impide concentrarme. Con esa comezón
no puede haber creación ni pensamiento.

Pero ya he respondido a su llamada
de una manera urgente y previo pago
(aunque se paga siempre).

He saciado una sed que me parece antigua;
un hambre y una sed
que dieron esplendor a mi temida ruina.

Sin ellas no había nada que se hiciera.
Todo lo estimulaban
aquella sed y el hambre, que nunca se saciaban.

Las cosas mejoraron
sin esa fantasía, que es triste recordar:
de amar y compartir un proyecto de vida.

 

 

 

 

A SALVO DE LA FURIA DE LOS HOMBRES

Pasé mi adolescencia entre mujeres
que fueron para mí fundamentales.
Me sentía muy cómodo entre ellas.
Hablábamos, jugábamos, reíamos.
A salvo de la furia de los hombres,
la vida era elegante.
Allí me refugié y allí crecí
no diré entre algodones; mentiría.
Al menos, mi terror disminuía
a que de pronto un día pudieran señalarme
por no participar en sus desmanes.
Temía su mirada y sus insultos,
que me arrancaban del cálido vientre
femenino, que fue tan confortable,
para humillarme y besarme en los labios.
Y que me hicieran suyo.

Un día las dejé, cuando los hombres
por fin me reclamaron, y en sus brazos
calmé la frustración de no ser como ellos.
Idealicé su fuerza y su belleza
y vi en sus ademanes la inocencia
que para siempre en mí se había perdido.
Contra mi inteligencia, padecí
el síndrome del hombre masculino.
Y en sus rasgos femeninos, por raros
que estos fueran en los hombres,
pensé que adivinaba un futuro más justo.
Los hombres me sacaron de aquel valle
que me apartaba de ellos. Porque yo los temía.
Podían atacarme, y ellas me defendían.
Podían despreciarme, y ellas me valoraban.
Podían asustarme, y ellas me devolvían
una imagen de mí que me gustaba.
Pero también podían poseerme.
Y tuve que rendirme a esa evidencia
para gozar con ellos.
Por eso me alejé de las mujeres.

Han sido tantos años los que vagué sin ellas,
idolatrando el alma que imaginé en los cuerpos
sudorosos y oscuros de los hombres.
Busqué en el laberinto de sus penetraciones
una chispa de amor, un resto de cariño,
un afán de perdón o de ser comprendido.
Y no me dieron nada. Sólo abandono y pena,
más vergüenza que miedo, más tristeza.
¿Por qué los deseaba de ese modo?
¿Cuándo el miedo se convirtió en deseo
y me forzó a mirar con ojos tan golosos
su infame y cruel impulso de destruirlo todo?
Da igual la edad que tengan, niños o adolescentes,
jóvenes o maduros o incluso siendo viejos,
los hombres son brutales, y casi todos necios.
He errado tantos años sin mujeres,
que vuelvo a su regazo agradecido,
a proteger su mundo, que es el mío,
de la devastación segura de los hombres.

 

 

 

 

TRISTEZAS DEL HOMBRE INVISIBLE

Es inútil que en el sueño se cubra
los ojos con el brazo, si el brazo en invisible.
Los coches en la calle le pasan por encima.
Es más que un sueño. Es una pesadilla.
Cuando despierta, nada es invisible.
El reino del terror no es ese sueño.
Es la vida que lleva cuando abre los ojos.
Es no dejarse ver sin ocultarse.
Que le saluden, le hablen, le conozcan.
Pero que no le vean. Que no sepan quién es
por mucho que repitan su nombre y su apellido.
Aunque en pequeños círculos lo diga,
desde luego con amigos que entienden
o con sobrentendidos cuando sólo comprenden,
lo suyo es personal y a nadie le interesa.
«A nadie, ¿lo has oído?», se increpa ante el espejo.
Intenta no mirar el hueco transparente
que tiene en la barbilla, debajo de la oreja.
Pero por fin lo tapa, con tirita.
Tiene más repartidas por el cuerpo
para cubrir los huecos que le salen
mientras está durmiendo. Huecos como mirillas
que dejan ver lo que hay al otro lado.
Debe taparlos todos, sin descanso,
para evitar que tantos ojos puedan
mirar en su interior y descubrir
que dentro sólo hay miedo, y nada más que miedo.

 

 

 

 

SI CAMBIO DE OPINIÓN

Las leyes de la versificación 
crean los conceptos, y no al revés.
Lo leo en la reseña que hace Dobry en Babelia
sobre Parménides, de César Aira.
Cuenta que el sabio griego no escribió su poema
Sobre la naturaleza, pilar de la metafísica;
que se lo encargó a un negro llamado Perinola
y el negro lo compuso como le iba saliendo,
juntando disparates y ocurrencias.
Así, lo sublime se vuelve banal…
Una teoría ontológica fundamental
en la tradición filosófica de Occidente
se muestra como el ejercicio retórico
de un humilde poeta a sueldo.

Esta tarde he creído verte
asomado por encima de un cartel publicitario
que decía: «¿Y si cambias de opinión?».
Tú te reías de ella. A mí, con la poesía,
me pasa lo que al negro con los versos.
Que escribo lo que escribo
en función del ritmo y de la medida,
de normas que me obligan y de otras que me invento
para que no se diga ni decir demasiado.
Con la rima no sé qué ocurriría,
qué formas me impondría,
a qué conclusiones me llevaría.
Prefiero no saberlo todavía.
Si cambio de opinión, te enterarías.

 

 

 

 

EL ERMITAÑO

Extraños, parientes y amigos,
con esfuerzo diría sobrehumano
he aprendido a estar solo.
Yo siempre os he querido
pero no hay nada malo en admitir
que al deseo de estar acompañado
le debo mis años de desconcierto.

Más tarde averigüé que en este limbo
no hay cuerpo para el alma
ni un alma para el cuerpo.
Y en el desierto de la edad madura,
me alejo de vosotros, dignas sombras.
De ahora en adelante, no hagáis ruido.

 

 

 

 

LA HERMANDAD

Por mucho que se aleje
mi hermana Estela ha estado siempre cerca.
Carlos, Ramón y Tizi recorrerán los pueblos
llevando, con la excusa del teatro,
un mensaje que no tenemos. Si acaso,
que esperemos a ver y luego ya veremos.
Pedro el doctor, el padre de Leonardo,
vivirá rodeado de mujeres
criando al heredero.
A Chacho el corazón, que no era negro,
le seguirá latiendo.
Fernando y Ángel saben lo que quieren
en su casa española de derechas:
con el fútbol, el ABC y los toros.
A Ignacio, aunque es moderno,
lo veremos sufrir porque se rompe España.
Daniel con su pintura se libra del infierno.
La música de Fran, que fue hinduista,
sonará en nuestro entierro.
De Pepe qué decir: se prejubila.
Le aguardan el amor y la poesía.
De Víctor ya os hablé: se va a vivir a Australia.
Le he dicho que me traiga un boomerang si vuelve.
Cuando Ajo se derrumbe,
que corra a refugiarse en la isla de Lesbos
y, que una vez repuesta,
regrese cuanto antes a hacer vida social.
A Luis he vuelto a verlo.
Se sigue preparando para mejor momento.

Y a Félix, enclaustrado, ¿qué le pasa?
Luis Antonio no tiene inconveniente
en ser fiel a sí mismo
en una realidad hostil y decadente.
Javier el psiconauta va en busca del chamán
que libre al corazón del peso de la mente.
Y Paz encontrará por fin lo que ya tiene.
La muerte nos acecha pero sé
que algún sentido tiene esta hermandad.
Debemos esperar a que nos llamen.
Alguien lo hará y nos dará explicaciones:
«Da igual que cada cual vaya a lo suyo.
Estáis aquí por esto, esto y esto.
Sabréis lo que hay que hacer en su momento».
No digo una misión, lo siento por Llorente,
porque eso, estoy seguro, ni él mismo se lo cree.
Pero algo habrá que hacer. Nos lo dirán.
Nosotros, mientras tanto, sigamos a lo nuestro.

 

 

 

 

AL FONDO

Al fondo de tus ojos ves
que es un error culpar a Dios,
ese dios despiadado
al que siempre han rezado
y que jamás les escuchó.

Al fondo de tu corazón
hay miedos en ebullición.
Por parecer más fuerte
te abandonó la suerte
con los disfraces del amor.

Al fondo de tu alma ves
que la tristeza y el dolor
te son indiferentes.
Si somos inocentes,
yo tengo amor para los dos.

 

 

 

 

MANTRA SEXUAL

El animal que por fin me posea
habrá de ser muy noble y silencioso.
Tendido entre sus brazos
me entregaré a la danza ritual de su cintura.
Y aventará mi hoguera.

 

 

 

 

UN VIEJO SUEÑO

¿Dónde se habrán metido? Todos estaban lejos.
Mamá llegó a decir: Vamos a Australia.
Estela, en furgoneta, con su clochard marroquí,
era la expresión de una rara rebeldía,
quién sabe si también una lección y un aviso.

¿Por cuánto tiempo más soportaremos
esta espesura patética y lenta?
Se llevó nuestros sueños. Doblegó nuestras almas.
No sé dónde nos iremos, ni cuándo.
Huir fue un viejo sueño que seguimos soñando.

 

 

 

 

DESPIDIENDO TRENES

Puedes comprender la melancolía,
la tristeza casi física de muchos domingos.
Pero no entiendes el aburrimiento.
Dices que se puede combatir, que lo conoces.
No has olvidado las tardes de tedio
cuando de adolescente, en la estación,
despedías los trenes que se iban a Buenos Aires.
Pero el aburrimiento inspiró tu fuga.

Yo escucho atentamente lo que dices.
Me dispongo a luchar contra el aburrimiento.
Pero si debo despreciarlo y combatirlo,
por temible que sea, me pregunto si no será inevitable.
¿O no es el aburrimiento todo él melancolía?
Si nada me interesa será que me he rendido.
Yo también quiero despedir trenes y no tomar ninguno.

 

 

 

 

ACÉRCATE

Acércate, ven, sella mis labios con un beso largo
y caliente. Estás sentado frente a mí, recostado,
con las piernas abiertas, hablando. Y no dejo de mirarte.
¡Telepatía, si de verdad existieras!

En mi rostro, una expresión serena, atenta a tus palabras,
pero por dentro, explosiones obscenas que ni imaginas.
No puedes escuchar mis pensamientos.
Si supieras lo que te estoy diciendo
sin abrir la boca: que la abriría
para tragarme tu polla, para beber tu saliva,
para lamer tu ombligo como un animal sediento
y respirar tu olor suavemente agrio y masculino.

Me encanta escuchar lo que dices con este aire tranquilo
y estar, sin que lo sepas, empalmado.
Tú en estas cosas no te fijas. Yo, sin embargo, imagino
cómo la tienes tú.
Por desgracia nunca te la vi
pero estoy clavando ahora mi pupila
en el bulto despiadado de tu entrepierna y adivino
unos dones sobrenaturales,
porque estás en la edad biológica del sexo.

Un paquete así, al alcance de mi mano
y no tener valor para tocarlo, devorarlo, venerarlo.
Ven y fóllame. Cállate un rato y métemela aquí,
sobre la alfombra. Dame tu culo después,
déjame entrar y salir, golpear dulcemente
tus nalgas duras como manzanas verdes.

Cállate y cómeme los labios, lubrícame,
muerde mis pezones, rózate conmigo.

No me interesa nada lo que me estás contando
y si te escucho con tanta atención,
es sólo por deseo.
Y tú no te imaginas, mientras hablas,
lo que yo, sin hablar, te estoy diciendo.

 

 

 

 

LOS BUENOS CHICOS NO VAN AL CIELO

Good boys go to heaven.
Bad boys go to Benidorm.
Lo pone en la camiseta de un hombre mediano
que se cruza conmigo en el paseo.
No es lo que vemos volviendo del puerto:
viejos que hacen gimnasia en la playa,
viejos columpiándose en el parque,
viejos jugando a la petanca.
Una ciudad de viejos que prosigue
su ascenso al cielo.

En el epicentro de las emociones,
donde llegaron incluso a conmovernos
los pianistas solitarios que tocaban
música de baile para parejas
de viejos en locales de turistas,
regreso a los misterios de la infancia:
un tiempo en el que dicen que fuimos inocentes.
Pero yo te encuentro en esta ciudad
porque aquí, sin saberlo, despedimos tu vida,
entre el rincón de la homofobia,
donde invariablemente alguien nos insultaba,
y el Bali recortando el horizonte.
¡Míralo! ¡El sky line de Benidorm!
Ciudad imaginaria de muertos que no mueren
y vivos que envejecen.
Nosotros bailábamos La Bomba
vestidos con camisas de colores.
Y en la playa de poniente, entre jóvenes
tumbados en hamacas, que ya no nos veían,
no vimos ni la barca ni al barquero.
Más allá de la dudosa isleta de Tabarca,
mediterráneo adentro,
debimos suponer que navegaba
con las primeras almas.
Pero la violencia que un año después
se cebó con tu cuerpo, en tu pequeño piso
de la siniestra plaza de la Cebada,
a manos de un asesino sin rostro
—antes de tiempo, amor, antes de tiempo—
no pudo con tu alma.

En Benidorm también muere la gente.
Por eso no conviene desvelar el secreto
de tu presencia. Es mejor que piensen
que te perdiste allí.
Pero tu alma es eterna:
está en cada recodo del azar,
en la belleza de todo lo inútil
y en la ironía de las cosas feas,
como esta ciudad del tedio y de la risa,
este edén decadente
de extraños, de turistas y de viejos
donde estuviste a salvo de la muerte.

 

 

 

 

APOCALIPSIS

Sociedad de náufragos que exhiben sus naufragios.
Enjambres de pequeños egos
o máquinas de reclamar afecto.
Con una sed obscena de protagonismo
el hombre masa proclama
a la desesperada su individualismo.
Demasiados mensajes
como para leer ni tan sólo uno de ellos.
No existe el receptor de tantos emisores.
Al menos las plegarias se las hacían a un Dios.
Pero no hay público para tanto artista
ni penitencia posible para tantas confesiones.
¡Si nos dejaran descansar a los unos de los otros!
Cuánta paz encuentro en recogerme y en aislarme
de esa red de intromisiones constantes: por la calle,
en las pantallas, al teléfono.
Bajo a buscar provisiones y enseguida vuelvo a casa.

Fuera hay demasiadas vanidades,
un exceso de sujetos sin objeto.
Dentro puedo no hacer, no pensar,
no preguntar ni responder,
ni mostrarme ni ocultarme.

Entre estas paredes, que son más de cuatro,
puedo no explicarme nada ni explicárselo a nadie.
Puedo descansar de los sentimientos y del deseo.
Me agotan las agonías
de tantas personas insustanciales
y me rompe la dolorosa manía
que tienen nuestros mejores amigos
de morir de uno en uno.
Ahora sabemos que nadie vendrá a rescatarnos.

 

 

 

Alas, Leopoldo. Concierto del desorden. Poesía Reunida (1981-2008). Madrid; Ed. Visor, 2009.

 

LA SITUACIÓN LÍMITE DEL ARTE

 

xxx(…) El arte abstracto me parecía la situación límite del arte, el punto de llegada, la terminal de la pintura, desde Altamira hasta el cubismo. El abstracto pintaba la pintura: Pollock y Motherwell en Estados Unidos, De Kooning en Europa, Tàpies y Clavé en Barcelona, Viola en Madrid.
xxxDentro de mi pasión por la pintura, el abstracto me parecía la pintura pura, la pura pintura (seguramente lo es), y el propio Ortega, en sus últimos años madrileños (y de vida), lo había explicado con una pierna de moza de Goya:
xxx—Esto no es una pierna, señores. Esto son unas líneas magistrales y gratuitas. Esto es un blanco lleno de colores.
xxxOrtega, que prenuncia la deshumanización del arte, vería aún más claro, dentro o fuera de su propia claridad, hacia el final de su vida, que el arte siempre ha sido una «deshumanización» (aunque pinte seres humanos), en el sentido en que Leonardo la definió como cosa mentale. Tiziano dice que el atardecer es la hora de la pintura. No creo que con esto se refiera solamente a una cuestión técnica de luz, sino precisamente a esa desrealización que la luz einstenianamente deteriorada del atardecer transmite a las cosas.
xxxO sea que pintura sería pintar las cosas cuando son menos ellas.
xxxY literatura, claro.
xxxCuando son menos ellas: cuando están en trance de transmutarse por sí mismas (por la luz o la sombra o el tiempo, si es que no es lo mismo) en otra cosa. Escribir, pintar, hacer arte, es sorprender la cosa en su momento metafórico.
xxxLas cosas (las personas) tienen al menos un instante a lo largo del día —el atardecer, según Tiziano— en que son extrañas a sí mismas.
xxxEs cuando el universo comulga con el universo, cuando la transvaloración natural de todos los valores se opera por sí sola.
xxxHabía que pintar la entropía y la sinestesia. Más que utilizar la sinestesia escribiendo (traslación de las palpitaciones de un sentido corporal a otro), sorprender la sinestesia que se opera en las cosas, el tizianismo de la vida.

xxxEso era el arte abstracto, tan vigente en los sesenta (por voluntad de los marchantes internacionales y porque parecía un arte desideologizado, propio a la distensión política internacional del momento). Eso era el arte abstracto: pintar la ausencia de las cosas, más que las cosas, pintar ese momento, ese vacío que ha dejado la cosa para transformarse circunstancialmente en otra, sin ser aún la otra cosa.
xxxAlgunos títulos de Manuel Viola lo expresaban bien: Cadáver del invierno, Hermano del silencio, etc. ¿Qué hay menos «pintable» que el silencio? El hermano del silencio.

 

 

 

Umbral, Francisco. Trilogía de Madrid. Barcelona; Ed. Seix Barral, 1985.

 

VALENTINE DAY? PALESTINE DAY!

 

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