A – B – C

 

A cualquier cosa le dicen vivir.

 

 

 

 

¡A qué velocidad se reproducen los errores!

 

 

 

 

¿A quién creer, a Jeckyll o a Hyde?

 

 

 

 

¿A quién llamar, y para qué?

 

 

 

 

A veces aún te veo en ti.

 

 

 

 

Ahora es pronto y luego será tarde.

 

 

 

 

Al otro lado. Al abrir la puerta supe que había sido un error. Pero ¿qué podía hacer? Entré.

 

 

 

 

Amaba a la humanidad, pero odiaba al prójimo.

 

 

 

 

Amor y odio, sí, de acuerdo. Pero ¿amor y menosprecio?

 

 

 

 

Apagar la luz, no ver el vacío.

 

 

 

 

¿Así o de otra manera? Así y de otra manera.

 

 

 

 

Atinar con la palabra exacta, y callártela.

 

 

 

 

Beckett puede estar tranquilo: cada día fracasas mejor.

 

 

 

 

Bendita coherencia. Lo has hecho todo mal.

 

 

 

 

Bíblicas. ¿Pero no eran sólo siete los años de tribulación?

 

 

 

 

Botella vacía: un náufrago al que no le gusta molestar.

 

 

 

 

Cierto, el tiempo todo lo cura, pero no me gusta el método.

 

 

 

 

¿Cómo despedirse de quien no sabe que se va?

 

 

 

 

¿Cómo vas a saber qué es el “yo poético”, si no sabes qué es el “yo”?

 

 

 

 

Cuando la felicidad era imposible, pero no lo sabías…

 

 

 

 

¿Cuántas veces habrá que arrepentirse de lo mismo?

 

 

 

 

¡Cuántos trenes perdidos! ¡Ay de los trenes alcanzados!

 

 

 

Vitale, Carlos. Duermevela. Barcelona; Ed. Candaya, 2017.

 

EL LADRÓN DE ATARDECERES

 

DE LAS PROVOCACIONES POÉTICAS

xxLos espejismos del reflejo.
xxLa lección nunca aprendida y siempre esperada de la lluvia.
xxEl amoroso desorden de algunas habitaciones al amanecer.
xxEl eco del silencio.
xxLa inesperada ternura del asesino.
xxLa inocencia de algunas metáforas.
xxLa fugacidad no alcanzada de una idea.
xxLa levedad de la palabra vuelo.
xxLa simplicidad de una estrella vista desde la emoción.
xxEl inalcanzable horizonte.
xxEl tigre de Rudyard Kipling.
xxEl sueño y el oro de los tigres de Borges.
xxEl viaje que busca la añoranza.
xxEl delirio de las culturas que nunca fueron realidades culturales.
xxLa avidez erudita del pececillo de plata.
xxEl triste destino del solitario.
xxEl rencor del solitario.
xxLa sensibilidad del hacedor de lágrimas.
xxEl alma de los animales, condenada para siempre al limbo por el poder de las religiones que sueñan con dioses  que conciben hombres a su propia medida y semejanza.
xxLa locura que edifica ángeles y sirenas.
xxLa envidia del ave migratoria por el pez volador.
xxEl río que asciende y vuelve a sus orígenes y se niega a ir al mar porque sabe que el mar es el morir.
xxLa fragilidad de los objetos más queridos.
xxLa pasión del botánico por la orquídea canora.
xxLa sorpresa de un arco iris en la noche.
xxLa indefensión del grito en la distancia.
xxLa torpe indiferencia de la piedra.
xxLa rebeldía ante el vuelo.
xxEl laberinto de la caracola, geografía de los mares sin nombres.
xxEl amor brutal que engendró al centauro.
xxLa transparencia de la palabra agua.
xxEl fósil de la palabra nunca dicha
xxy el desánimo de una hoja en otoño.

 

 

 

 

CREACIÓN Y MUERTE DE LA NUBE

xxDicen las escrituras Tantras: «En el principio fue la nube. De su transparencia nacieron dos elementos: el ángel y el pájaro, siendo aquél padre de las cosas espirituales y éste de las terrenales.» La leyenda tántrica establece, partiendo de esta génesis, dos sistemas evolutivos que llegan a crear no sólo especies y subespecies, sino fenómenos de difícil explicación en lo existente. Advierte esta misma leyenda que en el último día, ángeles y pájaros volverán a ser parte de la infinita humedad de la nube.

xxPara Píndaro, las nubes eran solamente alimento de los dioses, y a su piedad están confiadas.

xxEn los mandamientos vedas hay una norma que llama la atención por su rareza, que radica en la posibilidad de transgredirla: «No matarás a las nubes.» Parece que este mandamiento nace de la creencia del profeta Kervac en la evolución de las armas, y en la seguridad de que algún día una ballesta llegaría a alcanzar el cielo. Confirma esta creencia la redacción de la norma 26, que establece: «Las leyes y mandamientos se dictarán previendo el futuro posible.»

xxLos discípulos de Kervac desarrollaron toda una teoría barroca y exagerada sobre la vulnerabilidad de la nube. La comparaban con una ballena celeste hecha de algodón milagroso, en la que se esconden y refugian las aves del Paraíso. «Si una flecha la hiriese, la nube, antes de morir, lloraría sangre durante 15 días, los suficientes para teñir de rojo la ciudad sagrada de Bengala.»

xxEl cementerio de nubes en el cielo. El lugar oculto, más allá de la luz de las estrellas, donde mueren los ángeles.

xxLa tierra es enemiga de la nube y mama de ella ferozmente, y quisiera agotarla, mas, mientras el viento sea joven y poderoso, él la defenderá con todas sus fuerzas, con el poder de un celoso amante.

xxEscribe el poeta indio Shad Sayyid: «La nube no muere. Se cree única en su altura, se sueña pájaro y desdeña a las estrellas, hasta que un amanecer descubre su sombra. Entonces la nube se disuelve en la tristeza y desaparece. La nube es nube hasta el desengaño.»

 

 

 

 

En las esquinas, los amantes pobres piden besos.

 

 

 

 

El ilusionista siempre tiene un beso de más.

 

 

 

 

Lo contrario a un beso es pegar un sello.

 

 

 

 

Hay besos postales para la lejanía.

 

 

 

 

La mancha de rouge es un beso muerto.

 

 

 

 

El amante previsor guarda besos para el invierno.

 

 

 

 

El cuerpo adolescente es una cosa, el pensamiento joven un equilibrio inestable. Amar lo inmaduro, es suplicar la inmortalidad.

 

 

 

 

Con el ángel caído empieza la gravedad.

 

 

 

 

El ángel del ciego es tacto.

 

 

 

 

El ángel del suicida tiene alas de grito.

 

 

 

 

El ángel del verdugo llora sangre.

 

 

 

 

El ángel del ladrón roba sombras.

 

 

 

 

La sombra más libre es la del pájaro, que no llega a tocar el cuerpo del que es sombra.

 

 

 

 

Los amantes exactos tienen una sola sombra.

 

 

 

 

La sombra de la palabra es el eco.

 

 

 

 

Y esgrimiendo el arma me dijo: ¡La sombra o la vida! Mas yo, que generalmente presto poca atención a los protocolos y a los usos antiguos, me oí responderle: La sombra es mía, llévese la vida. Y desde entonces ando pegado a las paredes.

 

 

 

 

Uno de sus pezones era rojo, tibio, casi carnal; el otro, azul, parecía hecho para la caricia de la muerte. También recordaban la lujosa grifería de una bañera de porcelana.

 

 

 

 

La visionaria inglesa Katherine Huston, una agnóstica exaltada, capaz de aplicar a sus descreencias el aparato imaginal de los místicos españoles del Siglo de Oro, no sin cierto fervor proclama: La palabra nace para el amor, y se hace necesaria cuando el tacto es insuficiente.

 

 

 

 

La Poesía trasciende la condición del poeta.
La Poesía debe ser eléctrica e inesperada, inmediata y en vena.

 

 

 

 

Un poema sólo debe oler a poema, nunca a limón.
Ni tampoco deben oler los poemas a pan recién salido del horno.
Ni a tierra mojada por la lluvia.
Si olieran así, olerían a tópico, y el tópico es como un caracol haciendo eses con su baba de plata.

 

 

 

 

El poeta: cómplice del silencio.

 

 

 

 

Sólo sé que, si abro el poema, deberá sangrar.

 

 

 

 

A veces, la arquitectura ciega al poema.

 

 

 

 

Me hablaron de un poema milagroso que, en su soledad, llovía abundantemente.
Al final hubimos de convenir que no era un poema, sino una nube.

 

 

 

 

EL ELEGIDO

xxEs la muerte, dijeron, y acudimos todos a la playa. Sobre la arena se vio, seguro y letal, un escorpión de oro. Al principio sugería el aderezo, la joya de una mujer terrible; sin embargo, a su paso, un grito se extendía por la playa. De pronto, el mar se encrespó, las gaviotas ladraron en un cielo de grises, en tanto el arácnido seguía su camino obsesivo. Al fin llegó a la meta, la belleza tranquila de un bañista muy joven. Después, vino la noche, el silencio y las lágrimas.

 

 

 

 

EL JOVEN FILÓSOFO

xxTambién conocí al joven filósofo. Su proceder era raro, mas no falto de lógica: iba dando gritos a la vez que corría. Qué hace, le pregunté a uno que pasaba por allí, y que se ufanaba de ser amigo de su padre, de haberle prestado algunas cantidades y librado un pagaré sin fondos. Muy sencillo —me irespondió iel ihombre—, icorre iy ia ila ivez ipersigue ial igrito. iSi ilo ipiensas bien —añadió—, verás que sólo pretende recuperar lo suyo.

 

 

 

 

LA MUJER DE SANGRE

xxMe fue dado conocer un secreto histórico. En el camerino de un circo de provincias vi a una mujer. Su cuerpo era como las ruinas de una edificación perfecta, y en los labios, la crueldad parecía una pronunciación de sangre. Es Salomé —me advirtieron—, la auténtica Salomé, la inspiradora de la danza, el sueño de Wilde, la luminosidad de Gustave Moreau. Pero, vea, vea. Entonces descubrí en un rincón de aquella covacha un objeto cubierto. Notando la mujer mi presencia, dijo: Si me da una moneda, le muestro la pesadilla de los escritores, la cabeza parlante, la que insulta en hebreo, la boca atronadora de un loco encantador.

 

 

 

 

EL RESUCITADOR

xxSeñalándome a un hombre de gran dignidad, me dijeron: Ése es el resucitador; y como yo preguntara detalles, me explicaron que sólo podía resucitar a aquellos cuya muerte representara para la patria y la cosa pública una pérdida irreparable.
xxTodos confiaban en este hombre, y al punto creían en su capacidad prodigiosa para devolver a los muertos de su eterno reposo. Mas cuando inquirí sobre el número de sus milagros, ésta fue la respuesta: Nunca ha resucitado a nadie, porque nadie nos ha parecido imprescindible. Sin embargo, el hombre actuaba como si hubiera devuelto de las sombras a toda una nación.

 

 

 

 

EL INMÓVIL

xxAmó con pasión desmedida a una estatua. Fue un juego de caricias y deseos. Para hacerse igual a ella, permanecía silencioso y quieto, esperando de este modo entenderse mejor con aquella figura apasionante. Si al menos —pensaba— las palomas retuvieran el vuelo sobre mi cabeza, o la yedra se enredara a mis pies, o un loco estudiante dibujara grafitos demagógicos en mi espalda, o un niño brutal me destrozase de un pelotazo la nariz, sabría que estoy en el buen camino de ser estatua, de ser correspondido.

 

 

 

 

DE LOS MODOS COMPARATIVOS

xxComo la luz andando de puntillas sobre el prisma,
como la lluvia que busca refugiarse en lo oscuro
y elige la boca del cañón,
las chimeneas,
el negro ombligo de las fábricas.
xxComo la lágrima que no quiere ser lluvia,
sólo lágrima.
xxComo si mayo gustara en repetirse
y ser dos veces mayo.
xxComo la luna perpleja ante un espejo,
como una nube rezagada de otras nubes,
como el gesto de un sordomudo enamorado,
como un gorrión temblando en el alero,
como el frío que busca abrigarse en la lana,
como una hoja muerta de infarto en junio,
como un ciprés diagonal y rebelde,
como cuando faltan las comparaciones,
y no hay comparaciones,
y no hay comparaciones.

 

 

 

 

EL LEVITADOR

(Juan Carlos Mestre representa en este poema
xxxal Levitador, hasta confundirse con él)

xxOh, tú que has dormido frente a la luna y ilas iestre-
llas hasta palidecer tu palidez. Tú que sabes el nombre
mágico de los tigres florales que devoran el corazón de
Rousseau el Aduanero.

xxTú, cuya alegría es guardada por un arcángel de alas
de colibrí y ojos de topacio.

xxTú, ique lañaste con plata la herida parietal de Apo-
llinaire, mientras las metáforas, ríos como rabos de la-
gartijas, se hacían pavesas en el Caribe.

xxTú, ique icambiaste ilos cromos más difíciles de los
Santos Inocentes con Henri Michaux.

xxTú, que luchas contra el bostezo para rescatar el en-
canto perdido de las Once Mil Vírgenes.

xxTú, que has caminado sobre un mar de mercurio en
busca de la nidada secreta de los peces mariposa.

xxTú, que te has batido contra el narval.

xxTú, ique ieres ilevitador iy sabes cuántas bombillas
componen una estrella.

xxTú, que donaste el brillo de la mirada a un celacan-
to ciego para hacer posible el corazón del mar.

xxTú, ique conoces la salida del laberinto en el que el
arco iris esconde su poder en los días serenos.

xxTú, que intuyes que ningún meteorito es tan rápido
y urgente como la Harley Davidson conducida por un
muchacho insomne.

xxTú, que salvaste al ángel de ahogarse en el espejo.

xxTú, ique has galopado azules ien iel sueño de un ca-
ballo.

xxTú, ique iconoces iel orden en que mueren las hojas
de arce en otoño.

xxTú, icuyo icanto enloquece a las sirenas hasta hacer-
las olvidarse de Ulises.

xxDime, ilevitador ide itodas ilas imañanas, levantador
de inubes, i¿dónde iel secreto del alba y de la rosa; por
qué la geometría del vuelo, y el peso del silencio?

xxDime, i¿en iqué ilugar se esconde la fiebre en el mer-
curio?

xx¿En iqué ipunto ilos labios se desprenden del beso, y
la mano olvida la caricia?

xx¿Es esto que vivimos el día, o ha empezado la noche?

 

 

 

Pérez Estrada, Rafael. El ladrón de atardeceres. Barcelona; Ed. Plaza & Janés, 1998.

 

SOBRE LAS PALABRAS, LA LLUVIA Y LAS MAQUINACIONES

 

Frente a la Ley casposa y decadente de la Gravedad, la Ley ascendente de la Poesía.

 

 

 

 

El invento de la palabra pez supuso grandes dificultades. La palabra escama (surgió de inmediato) hizo aún más difícil la captura de aquélla. Alguien, tiempo después, dijo: Mereció la pena tanto esfuerzo. Sin embargo, una muchacha se sonrojó ante las imágenes sugeridas por aquella palabra.

 

 

 

 

Presume Giuliano Ferroni que cuando el primer hombre concibe la palabra, lo hace desde la incomunicación. Sin embargo, llega a pronunciarla, y este hombre es ahora diferente, y es apartado por diferente. Su situación es aún peor que la del sordomudo en una primitiva sociedad de palabras.

 

 

 

 

Al llegar a la casa vi un tigre caminar despacio y luminoso por el salón entre los cristales de Bohemia y las cajas de porcelana Ming: No es un tigre —se apresuró a decirme el mayordomo— ¡No lo mire, es sólo una metáfora, y los ojos de las metáforas contagian falsas emociones poéticas!

 

 

 

 

Nunca escribas estas palabras en una misma línea: tigre y paloma, pues es fácil que la primera devore a la segunda.

 

 

 

 

Él era muy guapo, y ella era muy rica. Él se comió el capital de ella; y ella, la belleza de él, y con este ejemplo, el profesor Evans dio por terminada la conferencia sobre Justicia distributiva.

 

 

 

 

Todas las mañanas le regalaba un ramo de palabras frescas.

 

 

 

 

Era de noche y me encontré al poeta: Estaba tiritando de inédito.

 

 

 

 

Justificativo, me explicaba el moralista perverso: Los terremotos aman a los pobres.

 

 

 

 

Corría un muchacho perseguido por la lluvia.

 

 

 

 

Soy un caballero porque no tengo caballo; si lo tuviera, evidentemente sería el caballo.

 

 

 

 

Comprobé, con gran sorpresa mía, cómo cada vez que pulsaba el interruptor de la luz, el cielo se encendía y apagaba a mi antojo.

 

 

 

 

No puedo ofrecerle carne más fresca que ésta, me dijo el camarero abriéndose la camisa.

 

 

 

 

Supe que era el asesino del mar, porque tenía las manos teñidas de azul.

 

 

 

 

Vivía entre espejos y se sentía acorralada por la luna.

 

 

 

 

En la gran cena sirvieron un solo plato: Chivo expiatorio.

 

 

 

 

El niño prodigio sembraba voces y recogía palabras.

 

 

 

 

Era un bosque de infinitos árboles, y cada árbol tenía un columpio, y en cada columpio un niño muerto esperaba la resurrección de la carne.

 

 

 

 

Me preguntó el muchacho con los ojos llenos de atardecer: ¿Cuando yo muera se parará el mar?

Y preferí no desilusionarlo.

 

 

 

 

Aún consciente de lo odioso de aquel suceso, reunió el hombre a sus hijos: Es necesario —les explicaba— para que todo suceda debidamente, inventar la palabra amor. Y como no le entendieran, avergonzado, Adán les indujo al incesto. De esta locura, las consecuencias fueron: las guerras fraticidas, la veleidad de las esposas, hermanas coronadas como reinas de Egipto; el aburrimiento y la señal de ellos por haber dado, celoso, muerte a su hermano y rival. En los años finales, Adán, ya moribundo, consolaba a Eva: La cosa —murmuraba— no pudo ser de otro modo. Y se estremecía recordando el cuerpo núbil de una hija muy querida.

 

 

 

 

La bella señora surgió repentina, caminando junto a mí con paso intranquilo. Había en sus ojos una mirada nerviosa y desconfiada, como si temiera el poder de una sombra maligna y asesina. Inesperadamente, abriendo su hermoso abrigo de astracán y su blusa de encajes y abalorios, me dijo: ¡Tome, tome!, y, mientras descorría una extraña cremallera de carne rosácea que en su pecho de pétalos ocultaba un corazón diminuto, sacudiéndolo, me lo entregó: Es para usted —decía—, así, si me apuñalan, no moriré del todo y de alguna manera seré suya.
Un tráfago húmedo, una masa apresurada de individuos nos separó de un golpe, y desde entonces ando con un hermoso corazón ajeno en mi bolsillo, que no sé ni cómo ni cuándo habré de devolver.

 

 

 

 

Ven, ven, oí una voz pastosa y sensual llamándome desde el cuarto de baño. Ya allí, entre la caprichosa decoración de la higiene, mirando un espejo oblicuo al inodoro, vi cómo la boca de aquel aparato innoble derramaba gran cantidad de espuma (¡la fontanería!, pensé preocupado), y al poco, ante mí, desnuda y provocadora estaba una Venus perfecta: No es obligatorio nacer de una ola, dijo como quien inicia el tiempo de las complicidades; y añadió de inmediato: Cierra la puerta, el viaje ha sido muy incómodo.

 

 

 

Pérez Estrada, Rafael. Los oficios del sueño. Madrid; Ed. Libertarias, 1992.

 

LOS OFICIOS DEL SUEÑO

Escribe Luis Antonio de Villena en el prólogo de ‘Los oficios del sueño’, libro dedicado a Juan Carlos Mestre: Rafael Pérez Estrada es un clasicista que abarroca; y un barroco que por amor a la rareza, a la magia, a la filigrana, al juego de espejos y lagrimatorios, se vuelve columna y autosemeja transparente. Los libros de Rafael (especialmente los fragmentados, los aforísticos) son cataratas de ingenio, marionetas sicilianas, cosas para el placer del extravagante Príncipe de Palagonia. ¿Cómo clasificarlo? Los expertos le deben un tratado, que sepa —como él— saltarse o amalgamar los géneros literarios.

 

 

Y aquí tienen algunos textos del libro.

 

Nunca pudo peinarse. Su cabellera, pelirroja, ardía como la ilusión recién creada de un pozo de petróleo. Su pelo era una zarza de rojísimo fuego, y ella estaba feliz porque algunos muchachos la trataban respetuosamente, tal si fuera la luz que arde a la memoria de los héroes. Sin embargo, los más osados, que eran también los más hermosos, no dudaban en encender sus rubios cigarrillos en aquella incosolable llama.

 

 

 

 

Tigre del vértigo, llama Tadeo Orsini a un felino que vive en las torres más altas, en las más arrogantes y peligrosas. Su piel transparente sólo puede compararse a la fragilidad de algunos cristales venecianos. Animal de vocación angélica, se le atribuye la facultad del vuelo, que practica tímido cuando nadie lo observa. Solitario, su sueño de compañía tan sólo al ángel le pertenece.

 

 

 

 

En el parque, frente a la despeinada cadencia de un ciprés otoñal, en el rincón donde los gatos tienen sueños de tigres, he visto al ciego mágico: Un inconformista que, con su máquina de fotos, intenta retener las imágenes que nunca conocerá. Lo observo, y lo descubro disparando incesantemente una Kodak. Dispara al norte, al sur, a la rosa de los vientos dispara. Luego, sabiéndose observado, comenta: ¡No veo, no veo, pero todo está aquí!, y al decirlo golpea la cámara con el mismo afecto con que el triunfador olímpico palmea su caballo.

 

 

 

 

Juegan el mago Bai Wangy el Emperador Niño con un espejo de extraño esplendor. Mirándose en él, el monarca descubre su pasado como un inagotable proceso de metamorfosis, como un vivo y emocionante poema. Así, con este entreteimiento, el Emperador nuevamente puede sentirse pájaro, mariposa, libélula, dragón del aire, lluvia, llama, viento, y al fin palabra inexplicable.
xxAl mago Bai Wang se le debe no sólo la deificación del poder, sino la desmemoria de los poderosos.

 

 

 

 

El físico, amante del sentido metafísico de la existencia, y además un iluminado, me explicó confidente: Hay dos clases de gravedad: Una, la de la piedra al caer víctima de su destino corpóreo; otra, la del ave, que al advertir la pesadez del cuerpo renueva el vuelo. Y concluye: Sólo muere la piedra.

 

 

 

 

Morir —me dijo el niño— es permanecer ante un mismo paisaje indiferente.
Fue entonces cuando descubrí a los ángeles ciegos, moledores de luces y brillos, amasando nostalgias y tristezas.

(Inesperado pasó un viejo tranvía. Personas que no había vuelto a ver desde mi infancia lo ocupaban).

Después entró la niña, diminuta y preciosa, con su unicornio de cartón. En la mano llevaba un cazamariposas manchado de sangre. Y lo supe: El barco iba a zarpar.

 

 

 

 

Una exquisita metáfora, cargada de advertencias, trata de explicar cómo la luz del prisma ha de resplandecer para otros y nunca descomponer su fuerza cromática en lo dentro.
El ángel es un prisma, parece decirnos con espíritu plagiario el altivo Cardenal Ernesto Manuel da Silva y Álvares Contreras. Mas en el silencio de esta casa, cuya decoración recuerda la de los abandonados palacetes de amor de Nueva Orleans, se practica la ceremonia de los abrazos prohibidos. Es el lugar de encuentro de cuantos ángeles han olvidado la guarda que tienen confiada y sienten inclinación por otro ángel.
Éstos que ahora descubro se unen en una alcoba de tibias claridades. Sus adjetivos están hechos de oro y apenas tienen dificultad en memorizar cuantas palabras la imaginación compone en infinitas lenguas para llamar las cosas. Sin embargo, nada hallan en su compañero que no estuviera ya en el prisma contenido: inexplicablemente se repiten, se cansan.
En los espejos venecianos, en sus claras orillas, las alas son nubes de incienso y algodón. Decae la tarde, lo original se agota, el desengaño inactiva lo erótico. Es la imperfección del hombre lo que realmente aman,

 

 

 

 

La mañana del 12 de noviembre de 1975 recibí un sobre con el aspecto sospechoso de contener un anónimo. Lo abrí con esa resignación que la curiosidad mezcla a lo desagradable: me había equivocado. En su interior, brillante, como una piedra tallada por el mismísimo Spinoza, una metáfora me aguardaba inocente. Tienen las metáforas la belleza —cuando son auténticas— de ciertas plantas carnívoras, y pueden, de inmediato, cautivar a quienes las reciben. Aquella era de una ley muy pura, y resplandecía como un amanecer en el Mediterráneo. Desde entonces la llevo prendida en el llavero, y la gente la confunde con un amuleto de la suerte.

 

 

 

 

Se alzó tanto el lenguaje entre nosotros que tuve que besarla.

 

 

 

 

Era el asocial, y tras grandes esfuerzos había inventado el lenguaje de la incomunicación. Y tuvo éxito.

 

 

 

 

Hizo de la poesía una mística y una pasión. Se sentía tan uno en la palabra que, como un mártir secreto de la sangre, estaba dispuesto a defender con la vida la pulcritud de sus endecasílabos. A él se debe la idea de una Cruzada Poética, una lucha santa contra la prosa. Un despropósito similar a la cruzada de los niños.

 

 

 

 

A qué escribir para la inmortalidad —me dijo el poeta contable, que era sumamente práctico— si la mortalidad está más cerca.

 

 

 

 

En una tarde socialmente intensa, entre pétalos de rouge y vahos de martinis, el poeta, que es también un prestidigitador, sorprende al auditorio sacando del sombrero de copa tres letras: A. V. E. ¡Vuela! —dice el mago—, y al instante a las letras —ya aves— les nacen alas.

 

 

 

 

Dijo el forense ante la desnudez desamparada del narrador muerto: Se asfixió con una palabra sin sentido.

 

 

 

 

Nunca verás un amanecer tan hermoso como ella.

 

 

 

 

El escritor que deja en el éter sus pensamientos, quizá cometa el pecado de Onán.

 

 

 

 

Conocí en el Círculo de Bellas Artes a una mujer: Era la mensajera del soneto, y nada más verme, como si estuviera a punto de asaltar la Bastilla, me gritó terrible: ¡Abajo la libertad poética!

 

 

 

 

Pienso, luego existo;
y me respondió el objetual:
Los objetos existen,
luego piensan.
Y para redundar en lo dicho
empujé al suelo el jarrón utilizado
de pretexto hasta entonces:
Y sufren —añadí—
en silencio.

 

 

 

 

Haiku:
Ginebra Larios
y una luna de agosto
en el martini.

 

 

 

 

Quiero una rosa ácida —me dijo—. No importa el color. Sólo necesito que sea ácida. Una rosa con sabor a pomelo y olor a ropa limpia. Entonces supe que los inviernos con ella serían interesantes, y que la vejez llegaría llena de vértigos. Y me sentí feliz.

 

 

 

 

Lo bueno, si breve, catastrófico o telegráfico.

 

 

 

 

Dice el moralista acérrimo: Pensar es vicio solitario.

 

 

 

 

Y dijo el tatuador: la letra con sangre entra.

 

 

 

Pérez Estrada, Rafael. Los oficios del sueño. Madrid; Ed. Libertarias, 1992.

 

ECHADO A PERDER

Se puede leer en la contraportada que Echado a perder es un libro que no desdeña la pregunta sobre la existencia, aunque la haga desde el humor; un largo poema roto que no rehuye la observación de insignificantes circunstancias biográficas, aunque otorgándoles el valor de éxitos en la cadena del azar; un libro de amor que multiplica el objeto de deseo por n hasta marear; un libro, en fin, parcial y atacado por la necesidad de desmentirse.

 

 

Y aquí dejo algunos poemas del libro.

 

 

Y TODO TIENE un aire presexual.
El mar apesta a olas
hormonadas, y para despistar

los albañiles
cortaban en la calle las baldosas.

Era la primavera, y sigue
una enumeración.

 

 

 

 

ASOMADO COMO ave a un hervidero
de nidos, no poeta lírico,
atado en corto a ideas sin semilla,
iluso de la nada,
posesivo tantálico,
arrendatario de miserias escolares,
flojo, con una grulla
parlante en las costillas,
con sueños concurridos
por timidez, hermético pudiendo ser ambiguo,
sin biceps ni razones de altura,
sin la proverbial paciencia de la mala suerte,
rastreador del justo medio
en los extremos de la acidia,
supersticioso de la sensación

y aunque en un ejercicio
de impersonalidad
he llegado a gustarme,
la sangre se demora en un laberinto
que ni siquiera es laberinto,

cada partícula
pide emanciparse.

 

 

 

 

LA BIOGRAFÍA nos abandonó.

La casa hinca los codos. Amueblar:
hacer sitio al tiempo.

Y por aquí, ciudad amortizada,
como valses de polen,
dados de sombra y juegos de la luz,
como un zoo de arrumacos desvalidos
la domesticación
devuelve al cuerpo un interés de res.

El deseo nos guarda
del golpe de la dicha.

Un escondite en la palabra novia.

Y ahí no cabe Freud.

 

 

 

 

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxDel griego Omphalós

PRIMERA CICATRIZ
de soledad, nudito,
vuelve a advertirme:
—Estás equivocado.
Alguien te escucha. Habla.

 

 

 

 

COMO LAS CIRCUNSTANCIAS me pidieron
un toque personal
adopté el tono bajo para voz atiplada
con temblor en la frase y temor en el verbo,
resuelto a trompicones.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxNo era yo
ni era el propio lenguaje
quien hablaba, sino un experimento
de humanos con cultura,
pues soy un hombre de labios impuros
y en un pueblo de labios impuros
habito.
xxxxxxxPorque era vanidad
querer narrar la vida
aun más cubierta de su camuflaje
de cuidado interior,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxdesflecada
en oficios,
xxxxixxxxxy vanidad hablar
del mundo como de la superficie
que devuelve el reflejo
de uno mismo asombrado
y un nimbo de paisaje lila
o verde y fucsia y ocre
o negro con dos trazos azules
excéntricos,
xxxxxxxxxxxde pulso abierto,
dialéctica del tacto y la cabeza
en cielos que un exceso creador
pulcramente dibuja despoblados
—y vanidad que no dijera yo
y que hablara de dioses
de un acerbo de oídas.

Las mujeres van y vienen
oliendo a tàpies.

Hemos tomado fórmulas prestadas
del viaje épico, del auto-
conocimiento a pie, del folk,
del rock,
de los documentales susurrantes,
del apólogo esdrújulo,
del cosmos homeopático.

No partir, no llegar. retardar para cuando
realicemos de forma pleni-
potenciaria el placer
sin que éste nos consuma,
más digno por la confianza, más
aséptico sin duda
por haber olvidado la emergencia,
por haber esperado
—si el deseo era auténtico
hablando en jerga de autenticidad—
un deseo que luego
luego será mejor.

Hablar para salir airosos de la vida
por los caminos del lenguaje.

Y aquí termina la insatisfacción.

 

 

 

Pardo, Carlos. Echado a perder. Madrid; Ed. Visor, 2007.

 

EL INVERNADERO

 

PROFESORA DE B. U. P.

No esperabas ya verla
y menos en un bar para comidas rápidas
perdido en la autopista.

Bajo el tinte amarillo de su pelo
se ve la huella blanca que la vejez regala
y sus ojos, más francos, han perdido
lo oscuro que tuvieron:
esa tiniebla que ocultaba el iris
que distingues verdoso.

Es difícil pensar que no era así,
creer que la conoces de otras cosas
pasadas. Imaginarla lejos del café
al que ella te ha invitado
y del rumor monótono
entre coches que pasan frente al vidrio
y monedas que pagan lo que deben.

 

 

 

 

FINAL DE ADOLESCENCIA

Dispersa, la estación,
confirma que te encuentras de camino:
tan lejana parece cada cosa
que prefieres quedarte entre la gente,
que esquiven al pasar tu cuerpo inmóvil
como si así lograras
que la huida parezca menos brusca.

No vuelvas a enturbiarte con razones
que son del todo falsas, y lo sabes.
Ya sé que es muy difícil conseguir un trabajo
y que lo de tu piso no es seguro,
pero tienes dinero suficiente
para vivir un tiempo donde quieras.
¿Dónde? sólo importa largarse
de esta ciudad de encanto pervertido:
la humedad de sus calles desoladas
bajo un sol que, aseguras, está muerto.

Los días de diario te supieron a poco,
sus mañanas perdidas casi sin darte cuenta
entre ruidos de obreros,
petardos de lecciones de latín
y deseo hacia chicas jóvenes como tú —o un poco menos.
Hacia las tres
la tarde comenzaba siempre eterna y estéril
frente al televisor o frente a un libro
y esperando una noche que no llega
—noches que fueron un recuento absurdo
de las breves historias de tu vida.

No fue mejor la cosa los fines de semana,
apenas sostenible
su música con forma de reloj en los pubs más ridículos
y los contados cuerpos que te amaron
hasta que amanecía
con olor a tabaco tu cuarto de resaca,
despedidos sin grandes pretensiones
de amistad o placer.
Hubieras preferido a sus acompañantes,
siempre más atractivas y perfectas;
no esas carnes dormidas por su peso excesivo
y breves de palabra.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxNo obstante,
simulaban un mundo acompañado que hubieras asumido
—tan sólo con vender tu futuro de huraño o de poeta—
en el estéril tiempo de diario,
en las tranquilas tardes de diario.

Ya sale el autobús,
olvídate de darle algún sentido
que guarde relación con el pasado.
Confías en que pronto
podrás reír de tanta oscuridad
y recorrer una ciudad distinta
con calles menos húmedas —y un sol más agradable—
que ya no te recuerden a tu infancia.

 

 

 

 

ENCARNA

En el cambio de octavo para B. U. P.
Encarna decidió dejar las clases.
Su padre era granjero
y no pudo pagarle un colegio privado
—al que iban sus amigas—,

tan sólo el instituto
donde no conocía a casi nadie.
Aprovechó un trabajo, que cogió con su hermana,
dando clases de baile para niñas
—sevillanas y cosas del estilo—

que apenas le dejaba tiempo libre
para sus cosas.
Creía que su cuerpo era asqueroso,
que así de gorda nunca haría nada,
y comenzó a tomar adelgazantes,

anfetas y otras cosas del estilo.
Lo último que supe de ella
es que estaba chupada por las clases de baile

y la ingestión brutal de centraminas.
Me acaba de vender algunos libros
en la feria del pueblo.

Yo creo que está bien, algo redonda
y con tres dientes menos,
mas con una sonrisa descarada
como su madre.

 

 

 

 

TERENCE STAMP

Se necesita edad para unas cosas.
Por ejemplo:
Indiferente apura un cigarrillo
y la brasa resalta en los gemelos
—con piedras impecables.

En frente
—casi roza el humo—
Laura Antonelli ríe por cubrir el silencio
tan cargado en la atmósfera del cuarto.

Continúa distante,
apaga el cigarrillo,
el moharé no forma ningún pliegue.
No es real,
tan sólo una película, no sé si de Visconti.

Se necesita edad para unas cosas.
No malgastar palabras, por ejemplo.

 

 

 

 

UNIVERSIDAD

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA Paco, sin maldad

En las tardes de tedio
paso el tiempo gastando mis monedas
en copias de revistas que no suelo leer:
es que la facultad es aburrida
y a lo largo de todos los pasillos
que se entrecruzan en la hemeroteca,
parece que el monstruo pasa rápido.

Él lo había aprendido y miraba revistas
que estoy seguro, muy seguro,
nada le interesaban.
Buscaba en ellas, y en los libros,
la pregunta apropiada para clase
que no faltó ni un día
—mejor no las transcribo.

Cómo no,
escribía poemas cotidianos
de lucidez extrema:
fábulas de caniches y teléfonos,
pero sin evitar algunos arcaísmos
que hacían el poema intemporal:
“Levantose el ciclamen
y le dijo al camión de la basura:
—y es que cuesta cien duros cada fino,
mas no te engañes,
en el silencio observo nuestro amor.”

Quizá sólo quería
quedar igual de bien con cada profesor.
Me inquieta con sus gafas académicas
y no quiero que nadie en el futuro
apunte lo que diga nuestro amigo,
pues no nos engañemos,
así serán los nuevos profesores.

 

 

 

 

CUESTIÓN DE PRINCIPIOS

Mi ventana es perfecta para verte
y avanzar en tus páginas
o en la rápida pluma que dibuja
constantemente cosas:
figuras muy confusas desde aquí,
palabras que procuro imaginar.

Cuando vuelvo de clase
y te veo encerrada entre los libros
pienso que estás perdiendo la sonrisa
con la luz condensada de tu flexo.
No te he visto jugar con las repipis
que saltan en el parque y juegan a la goma
entre zapatos sucios y canciones;
siempre en casa escondida
desgastando tus mundos inventados
e impresos en papel.

No son libros de clase,
veo tu biblioteca desde aquí
—confieso que me ayudan los gemelos—
y hay cosas que envidiar para tu edad:
El Árbol de la Ciencia, Baudelaire,
Valle-Inclán, Luis Cernuda, Garcilaso
y más que no distingo,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxlos tapa tu casete.

Lo que puedo decirte es verdad sólo en parte:
no merecen los libros ser pagados tan caros,
pero que opine otro menos pobre.

 

 

 

 

REPETICIÓN DE UN TEMA

No recoge la cena
y cambia con el mando la película
sin mirar lo que hay puesto.

Está bastante gordo,
extiende su periódico en las iernas
ignorando a los niños.

Ella, por otro lado,
intranquila los manda hacia la cama
frotándose la frente.

Los niños hacen caso
y se quedan los dos en el salón
como al principio, solos.

 

 

 

 

PRIMER VIAJE

Leve como un murmullo de autopista
si ves amanecer
partiendo a una ciudad que no conoces.

No sé si imaginabas la existencia
de un vacío de calles, de tiendas, de colegios.
Tan sólo el horizonte enrojecido
de un sol siempre lejano.

Con la mirada fija en el cristal
trasero, con tus padres charlando de sus cosas,
te dejo que prosigas. No sé por qué te envidio.

 

 

 

 

27

El autobús desierto por el sol
insufrible del verano
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxa esas horas
propicias al café. Te sentaste muy cerca.

Yo miraba tus pechos
bajo la camiseta de tirantes
sin que tú lo supieses.

 

 

 

 

SI HAGO ESTA REFLEXIÓN ME DECEPCIONO

Ya pasan tres minutos con la pluma
—hoy escribo con pluma en vez de boli—
buscando alguna idea. Ninguna me convence
y sé que siento algo
y que lo más seguro
es que sea preciso que lo escriba.

¿Para qué ser sincero
si me van a leer cuatro amiguetes
que poco les importa
y puede resultar más divertido
escribir un poema insustancial?

No veo otra salida
si cada reflexión que me conmueve
ya está escrita en Tratado de Urbanismo.

 

 

 

Pardo, Carlos. El invernadero. Madrid; Ed. Hiperión, 1995.

 

TALLER CÉZANNE

 

VISITACIÓ

Una línia que senyala l’horitzó,
un mezzo del cammin. Marca els límits.
Hi ha una línia que existeix i m’acompanya,
la frontera de l’abans i del després. Se’m desvetllà
en la visitació i al llibre que vaig rebre’n,
guiatge per al càntic enmig del laberint.

He cavat fins les arrels de la sang closa,
el pensament estalonat, esclau i carceller.
res no ha variat el fons del meu paisatge.
Només la línia persisteix en un joc d’ombres
on tot se m’ha esvaït
sense horitzons, ni límits, ni fronteres.

 

 

VISITACIÓN

Una línea señala el horizonte,
un mezzo del cammin. Marca los límites.
Hay una línea que existe y me acompaña,
la frontera que separa el antes y el después
revelada en la visitación de la entrega del libro,
guía para el cántico dentro del laberinto.

He cavado hasta las raíces de la sangre cercada,
cercado el pensamiento, carcelero y esclavo.
El fondo del paisaje permanece inmutable.
Sólo persiste la línea en un juego de sombras
donde todo se ha desvanecido
sin horizontes, sin límites, sin fronteras.

 

 

 

 

FRÀGIL

La lletra trencadissa.
El cor de vidre net i transparent.
Tot és tan frágil que s’esberla en alenar.

 

 

FRÁGIL

La letra quebradiza.
El corazón de vidrio limpio y transparente.
Todo es tan frágil que se rasga al respirar.

 

 

 

 

ADVENIMENT DE LA FEBRE

Tot és cos
quan sobreïx el desig que impulsa el rapte
per la força obscura d’unes mans que encerclen
l’alçaprem esdevingut el lloc de fuga.

Tot és cos
quan sobrevé l’adveniment de la febre,
l’esclat en què culmina aquest rosec
que s’escampa arreu des del cervell
sense passar de llarg cap raconada.
Urpada i liquació.

Tot és cos
quan sobreïx la febre que abrusa fins la cendra.

 

xxxxxxxxiixxxxxxxPaul Cézanne, L’enlèvement

 

 

ADVENIMIENTO DE LA FIEBRE

Todo es cuerpo
cuando el deseo desbordante impulsa el rapto
por la fuerza oscura de las manos que sitian
un cuerpo transformado en epicentro.

Todo es cuerpo
cuando el advenimiento de la fiebre asalta,
el estallido culminante en desazón
que invade por doquier
llegando hasta los últimos reductos.
Desgarro y licuación.

Todo es cuerpo
saciado por la fiebre que abrasa la ceniza.

 

xxxxxxxxiixxxxxxxPaul Cézanne, L’enlèvement

 

 

 

 

RETROBAMENT

Davant del mirall
em retrobo en la calma i en la solitud
de retorn vers el mateix destí,
el mirall de la solitud meva.

 

 

REENCUENTRO

Frente al espejo
me reencuentro en calma y soledad
regresando hacia el mismo destino,
el reflejo de la soledad mía.

 

 

 

 

TALLER CÉZANNE

No canviïs de lloc fruites i objectes,
ni el blau polsós de la paret amb les ombres marcades.
El temps va fent la seva.
El que abans era un punt de descurança
ara forma part del decorat.
Tant se val que grinyoli la fusta dels graons.
La tauleta, les teles, el pitxer blau amb flors:
tot és en ordre a l’hora del crepuscle.
Tingues cura que les pomes no es podreixin.
La sentor es barreja amb la volior del jardí.
Fan olor de tu.
xxxxxxxxxxxxxxEstima’m.
Procura que no es trenqui. És fràgil,
la natura morta de l’amor.

 

iixxxxxxxCézanne, Nature mort avec l’amour en plâtre

 

 

TALLER CÉZANNE

No cambies de lugar la fruta y los objetos
ni el azul polvoriento en la pared marcando siluetas.
El tiempo va realizando su trabajo.
Lo que fue indicio de abandono
ahora forma parte de la decoración.
No importa el gemido de madera en los peldaños.
La mesita, las telas, el jarrón azul con las flores:
todo está en orden al llegar el crepúsculo.
Cuida que las manzanas no se pudran.
El olor se entremezcla con la fragancia del jardín.
Huelen a ti.
xxxxxxxxxxxÁmame.
Procura no quebrarla. Es frágil,
la naturaleza muerta del amor.

 

iixxxxxxxCézanne, Nature mort avec l’amour en plâtre

 

 

 

Panyella, Vinyet. Taller Cézanne. Barcelona; Ed. La Garúa, 2007.

 

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