JUANA CASTRO

A través de Verkami, la editorial Tigres de Papel publicó hace dos años la segunda edición de ‘Los cuerpos oscuros’, libro gracias al cual Juana Castro se alzó con el XXI Premio Jaén de Poesía y que vio su primera edición publicada en la editorial Hiperión en 2005.

Esta segunda edición, con un una maquetación y un diseño soberbios, de la mano de Cristina Morano, incluye, además, una entrevista a la autora.

En el prólogo, a cargo de Ana Mañeru, podemos comenzar leyendo: “La escritura de Juana Castro es poesía viviente, nacida de su carne y de su sangre para celebrar la vida y alumbrar el dolor, poesía ofrecida desde la hondura de un sentir que estremece. Ella escribe con la palabra limpia, sin artificio alguno, poniendo vida y arte a disposición como quien derrama una gracia, un don, el don de quien sabe decir con verdad y con belleza. Y a veces duele lo que dice, como duele la vida.
En este libro, Los cuerpos oscuros, hay un continuo querer ordenar el dolor, sin disfrazarlo, para que no se desboque y lo ocupe todo, un querer frenarlo con diques de poesía levantados para contener la pena, dejando grietas para que respire también. Es el dolor sentido mientras se acompaña y se atisba el final de “esta breve Tragedia de Carne”, en palabras de otra gran poeta, Emily Dickinson, en la que Juana se inspira y de quien para mí es hermana. El dolor es sentido ante la decadencia de los cuerpos amados, de la madre, del padre que, incapaces de sostenerse como antes en carne y hueso y nervio y espíritu, muestran la cercanía ineludible de la muerte.
Estar atenta entonces y lograr escribir, ser vigía que comprueba si aletea todavía un aliento, alumbrar un poema, mirar, cuidar, rumiar palabras, vivir cada día con los cuerpos queridos que casi ya ni reconoces si no fuera por ese destello del mirar, esa palabra antigua que aún reverdece, el gesto familiar que vuelve, el recuerdo olvidado que sueña con ser de nuevo dado a luz y del que ella hace nacer palabras.”

 

 

Y aquí dejo algunos poemas del libro.

 

VERANO 36

Un prodigio de sol en mi ventana.
(Y las ropas ardiendo).
Pongo apenas un pie, voy al lavabo:
Cae sobre Bagdad la primera bomba.

Mi madre no ha dormido. Dos veces esta noche
la despertó la oscuridad, y por dos veces
me la encontré sentada, helada, temblando
con más frío. Le tomo
otra vez las dos manos y le digo “descansa, madre,
es de noche.”
Pero el mal no descansa, nos sigue por la arena
y lanza sus mirage F1 sobre Inanna, la gran diosa
que dio a luz a sus hijas, millares
de mujeres que aman,
que son hijas y madres, hermanas
de los hombres que matan
y pueblan el desierto.

Hay misiles, más misiles scud
cayendo por el ojo
de la cerradura, pero dónde
la llave. La llave para abrir
y cerrar la casquería
que vuela por las nubes,
ese cuadro de mandos
para cambiar de rumbo.

Todos estamos muertos.
Todas estamos muertas.
Y mi madre, aterrada, paralizada,
no tiene ojos más que para esa mujer
que, como ella, se ha sentado a esperar
entre las lápidas.
madre, madre, vámonos a dormir,
eso no es sangre, es zumo de tomate
con pimienta.
Y mi madre, y otra madre, y la otra
apuran ese cáliz,
el altar que esta vez
se asienta entre dos ríos
testigos de otra historia.

El miedo, los dátiles, mis hijos,
proyectiles rodando, yo nunca estuve allí,
pero era eso.
Los hombres se mataban
como lobos de azufre, las Cruzadas,
la Gran Revolución, la Reconquista,
la de los Treinta Años.
Memoria de aquel tiempo, las cavernas, su frío.
Cuando aún no había fuego.
Está la calle en llamas,
un F16 le ha volado los techos
al salón de mi casa
y ahora voy, culo al aire, mostrando mis vergüenzas.

Madrecita, mi madre…
La bajo de la cruz, aún está caliente,
y la llevo, mi niña, a la mezquita, al zoco, al templo,
mi hospital de campaña.
Poco a poco, no llores, le limpio
las heridas, le saco la metralla,
tomo en mí sus bacilos,
la reanimo con leche
y le digo este sueño.

Yo también soy culpable.
Porque extiendo un dibujo
sentada en la impudicia,
con las manos manchadas,
pisando los cadáveres.

Y el fulgor de los patriot nos levanta en el viento
y nos tira en la mesa, donde está
el desayuno. Mermelada de fresa y un cortado.
Muñones de mi madre.

Ya no se siente nada. Las palabras de siempre.

Hoy, aquí en la tierra, a veinte
de marzo, la víspera
de otra primavera.

 

 

 

 

CELADA

He atrapado bisontes, y patos y cerezos
hasta tapiar la luz del frigorífico.
Almacené manteles, calabazas y truchas,
y le puse agua fresca
al corazón de todos los relojes.

La flor de las esquinas rebosando en mi casa.

Ahora estoy bajo cero: pasó la cuenta atrás
y su relámpago. Limpias —sucias
sólo de prisa— las toallas, las sábanas.

Y yo que corro al tren, a la estación,
al barco, al bus, al metro,
a la arena de mí…

Ayuna, con todas las viandas del adiós:
mi menú de por vida
para vivir de restos.

 

 

 

 

RETORNOS

Apuntan los primeros
incisivos de azúcar
en la primera encía:
la boca es una fiesta.

Se estrenan por el aire
las piernecitas breves:
el suelo es una fiesta.

Sonidos que de pronto
forman besos, violines arrullando
temblores y sentencias:
el mundo es una fiesta.

El mundo es una fiesta.
Lo inauguran hallazgos, caracolas,
flor de carne, batir
de mariposas.

x

Pero acaba el viaje.
Y hay que ir hacia atrás
des-aprendiendo nombres,
des-conociendo pájaros y trenes,
des-memoriando calles,
rubores y palabras.

Des-acordar el gesto
infantil de sentarse.
Ignorar en los pies
su sostén y aquel ritmo
prodigioso de andar.
Des-tragar, el enigma
que venciera al instinto
del pan y de la sed.
Des-dormir, la aventura
de un vuelo de pañales, su dolor…

x

Y el mundo es una fiesta.
El mundo es esa fiesta
que nos deja desnudos,
ave-estrella
xxxxxxxxxxxo lombriz
desplumada
xxxxxxxxxxxxlatiendo,
latiendo todavía en la condena
de un amor ensañado
que en su vergüenza olvida
también la sola fiesta de morir.

 

 

 

 

PALOMA MORTAL

Es hermosa la casa y está en pie.
Tiene presencia y planta.
Es alta en la colina
de la calle, y orgullo todavía
le crece en la fachada y el balcón.
Parece que respira, que está abierta
a la luz, al tintineo
febril de cada día.
Su historia la revive, intacta en los recuerdos
felices de la piel.

Mejor que no la toques, sin embargo.
Acumula en su seno tantas huellas,
tanta capa en sus muros
de pinturas antiguas y de cal,
que si intentas pasarle
un amor o una escoba,
se te puede quedar entre las manos.

Igual que esos vampiros de película
que al clavarles la estaca en el costado
se deshacen de pronto, y se convierten,
primero en esqueleto, y luego en un puñado
de arena o polvo, o cieno o ilusión.

 

 

 

 

LACERÍA

Cuando atardece el campo
y apacigua la parra su penacho de briega,
se me confiesa madre
entre las luces malva de su duelo.

Una niña la escucha,
pero le llueven piedras, y en el pecho
le crece una maroma que la llaga.

Y otra vez y de nuevo, madre,
en este aturdimiento de las horas oscuras,
en tu empeño porfías
y me hurtas tu amparo,
y a cambiarlo me obligas por las alas
que ni tengo ni tuve
más que en aquella fábula.

Fuese locura hacerme
fingida confidente en tus afanes,
y locura es mirarme
tan huérfana de ti,
con tu locura sola.

 

 

 

 

ASECHANZA

La serpiente se enrosca como un naipe de oro
en mi memoria,
y yo le doy mi frío.

La serpiente es un dado
de seis cabezas romas
que duerme en las orillas de mis ojos
y me roba las lágrimas.

La serpiente no sabe que la espío
cuando baja en la sombra,
envuelta en la maraña de la duda
a beber en mis labios.

La serpiente es mi hija.
(Que no lo sepa nunca).

 

 

 

 

LOS OTROS

Imagínate un manco. Alguien pone
con cuchara de fuerza
sopa helada en su boca
o le pican zorzales
un hilillo de sangre
sin piedad por el pecho.

Imagínate un cojo. Como a un saco
de piedras o cristales lo transportan
de la noche a la silla,
desde un sol extraviado hasta la música
o del pozal al frío.

Imagínate un mudo. Nadie sabe
deslizar por su curva la exacta mecedora,
ni dar con las estrías
de ese largo dolor de los deseos.

Imagínate un topo. Pero un topo
paralítico y negro, enjambre terminado
en su pudor de frío.

Ese topo que es ciego,
y cojo, y manco, y mudo.
Ese topo atrapado
que muere cada día
en los brazos, el juicio, la mirada,
la ilusión y hasta el beso
terrible de los otros.

 

 

 

Castro, Juana. Los cuerpos oscuros (2ª ed.). Madrid; Ed. Tigres de papel, 2016.

 

CINCO POEMAS DE WISŁAWA SZYMBORSKA

 

EJEMPLO

La tormenta
arrancó anoche todas las hojas del árbol
menos una de ellas,
dejada
para que se columpiara sola en la rama desnuda.

En este ejemplo
la Violencia demuestra
que sí
que en ocasiones le gusta bromear.

 

 

 

 

IDENTIFICACIÓN

Qué bien que hayas venido — dice.
¿Oíste que el jueves se estrelló un avión?
Ajá, pues precisamente por ese asunto
vinieron a buscarme.
Parece que él estaba en la lista de pasajeros.
Y qué, igual se arrepintió.
Me dieron una pastilla para que no me desmayara.
Después me mostraron a alguien, no sé a quién.
Todo negro, quemado, menos un brazo.
Un jirón de la camisa, el reloj, la alianza.
Me enfurecí, porque seguro que no era él.
Nunca me haría eso, tener ese aspecto.
Y de esas camisas están llenas las tiendas.
Y ese reloj es un reloj corriente.
Y nuestros nombres en su alianza
son nombres muy comunes.
Qué bien que hayas venido. Siéntate aquí a mi lado.
Es cierto, tendría que haber vuelto el jueves.
Pero quedan muchos jueves todavía este año.
Ahora mismo pongo agua para el té.
Me lavo el pelo, y luego, y luego qué,
intentaré despertarme de todo esto.
Qué bien que hayas venido, porque allí hacía frío,
y él en ese saco de dormir de goma,
él, quiero decir, ese pobre infeliz.
Ahora mismo pongo agua para el jueves, me lavo el té,
es que claro, con lo comunes que son nuestros nombres —

 

 

 

 

NO LECTURA

A las obras de Proust
no les añaden en la librería un mando a distancia,
no podemos cambiar
a un partido de fútbol
o a un concurso donde ganar un volvo.

Vivimos más,
pero menos precisos
y con frases cortas.

Viajamos más rápido, más a menudo, más lejos,
aunque en lugar de recuerdos volvemos con fotos.
Aquí yo con un tío.
Aquel creo que es mi ex.
Aquí todos en pelotas,
así que seguramente es una playa.

Siete tomos: piedad.
¿No se podría resumir, abreviar,
o mejor mostrar en imágenes todo eso?
Una vez pasaron una serie que se titulaba La muñeca
pero mi cuñada dice que era de otro que también empezaba por P.

Además, seamos sinceros, quién es ése.
Al parecer escribió en la cama un montón de años.
Página tras página,
a una velocidad limitada.
Y nosotros con la quista puesta
y — toquemos madera — saludables.

 

 

 

 

ELLA FITZGERALD EN EL CIELO

Le rezaba a Dios,
le rezaba ardientemente,
para que hiciera de ella
una feliz chiquilla blanca.
Y si ya es tarde para esos cambios,
pues al menos, Mi Señor, mira cuánto peso
y quita de aquí como poco la mitad.
Pero el misericordioso Dios dijo No.
Simplemente puso la mano en su corazón,
le miró la garganta, le acarició la cabeza.
Y cuando todo haya pasado — añadió —,
me llenarás de júbilo viniendo a mí,
mi alegría negra, mi tonel cantarín.

 

 

 

 

VERMEER

Mientras esa mujer del Rijksmuseum
con esa calma y concentración pintadas
siga vertiendo día tras día
leche de la jarra al cuenco
no merecerá el Mundo
el fin del mundo.

 

 

 

Szymborska, Wisława. Aquí (trad. Gerardo Beltrán y Abel A. Murcia Soriano). Madrid; Bartleby editores, 2009.

 

LOS CUERPOS OSCUROS

 

LOS ENCERRADOS

Los atrancados. Los encerrados vivos.
Oscurecidos, aherrojados en el último cuerpo
de la casa, se consumen y hablan.
Corre la muerte afuera.
Hablan con el televisor y con sus muertos.
Olvidan los plazos del futuro
igual que olvidan hoy
qué cosas les dolieron ayer tarde.
No abren las ventanas
porque no entren el sol ni los ladrones,
y el cielo está techado de uralita,
y no quieren saber a cuántos años
se murieron su madre ni su padre.
Por olvidar, olvidan enfadarse, se tragan
las horas, el caldo, las pastillas, y arrastran
su nombre y sus dos pies como un misterio.
Y leen y releen, una vez y otra vez,
tercos como funambulistas,
la cuenta de la luz, el testamento,
la invitación de boda de una sobrina nieta.

—Anda, padre, hay que andar.

Y se levanta, y sale, y anda, porque su hija
le ha dicho que hay que andar cada día
si no quiere oxidarse.
Mientras madre, para no ver el filo,
para no ver la muerte,
olvida que hoy es miércoles, olvida que es agosto.
Olvida que ha vivido.
Y se afana, y trajina, y se ríe y se ríe.

—Cómo voy a tener yo ochenta años.

 

 

 

 

VIGÍA

Bajo el cerco de luz, escupidera en mano,
repicáis aún más lejos,
perdidos en la barca
de la orilla y la cama.

Soy ave carroñera:
os vigilo en la noche
a cientos de retinas,
vidrieras estas alas
de murciélago herido por los golpes.

A coraza mi sueño: con vosotros expira.
Color de rosa y palo se esculpe vuestra boca
al calor de esta noche,
y me muero de espanto
porque sé que estáis solos,
porque rugen gaviotas de sofoco en el pecho
y hay gorriones sin lengua
estrellándose ciegos en la luna
de nieve del armario.

Vampiros, el arroyo
revienta y llega al hueco
corazón de las sábanas.

Arroyo y la cuchilla, sangre vuestra
para el dique del aire
que contra el suelo rema.

Aún calientes, respiro.
Toda la casa en calma.
Ya podéis levantaros: otra vez
xxxxxxamanece.

 

 

 

 

LOS CUERPOS OSCUROS

Para el trazo del miedo he viajado hasta el norte.
Me he sentado en la hierba
y he puesto en pie la música
del estilete blanco.

Ya no tengo mentiras.
Vuestros cuerpos oscuros se desangran sin verme,
y me alejo y no os miro
porque aquí no hay sepulcro,
ni ronquido ni escara
que me lleven temblando
al país de las dunas.

Que el hilo azul del sauce
se destrence en el agua
y el carmín de los patos
haga fuego en el agrio
resplandor de la orina.

Ya el canal tiene frío
y amanece en las nubes
y pongo en vuestros ojos
carcomidos de espanto
este aroma de lilas resonando en la niebla.

La culpa, el filo, el mango.
Mis dos pájaros negros.
(Sólo la mirla canta).

 

 

 

 

BRASAS

Él es alto y derecho,
le saca dos cabezas a la lámpara,
tiene ojos azules
y un ciento de estorninos en el pelo.

Él trabaja en el sol y saca al aire
su pecho que domina el viento y la camisa,
su pecho como un dulce
almiar tabaco malva.

Él canta por la aurora
cuando aún es de noche
y me deja en la cama
la nuez de sus rodillas
y en la nuca el temblor
de un ramo de poleo crepitando en la jara.

Él tiene dos columnas
de miel junto a su hacha
y extiende cara al frío
la vara de su fuerza.

Pero éste es un viejo
arrugado, maltrecho y con dos dientes
que ladea los pies y la cadera
y que comba la espalda como un preso.
Y ya ves, ni me habla:
veintitrés telarañas en los párpados.

—Cómo va a ser éste mi marido.

 

 

 

 

VIENTO NORTE

Porque arrastran los pies, el aire se ha dormido
y no recuerda ya su condición de rosa.
Abres la puerta, y te azotan los ojos
trescientos metros cúbicos de moho y de despensa.

Y porfías con marcos y fallebas
y maderas que guardan
un último relincho
de asfixia y carne mustia.

—Que entre el sol, que entre el sol hasta el fondo.

Pero el fondo
se ha quedado sin límites
y es oscuro y se pierde
como una caja china entre la niebla.

Y a más lavanda, espuma y limón verde,
más se instala y se abre y se revela
la vaharada cúbica que emana
la terca flor del aire por la casa.

 

 

 

 

CANTILENA

Ella se ríe como los niños tontos.
Si le preguntas si cantó hoy el pájaro,
se ríe,
y si le dices que no corte el tapete,
también ríe.

Con su cara de luna y su sigilo
se embarca en los papeles y se pierde,
y tengo que llevarla de la mano
como si el piso fuera un laberinto.

Y nunca sabe si se llama Antonia,
o María Petra o Carmen,
ni si es domingo o martes,
y a veces se queda suspendida
a medio movimiento, tal si un yelo frío
le congelara el músculo o el juicio.

Pero, de tarde en tarde,
atisbo en su mudez una campana,
la sombra de otro tiempo que cercana cruzase
un pliegue de su risa o de su olvido.

 

 

 

 

SUSTANCIA AMILOIDE

Ese perro que ladra cada noche
tiene lengua soez, y me busca la cara.
Ese perro que muerde las meninges.

Los dientes de la cama son azules
igual que los dos ojos de su padre:
“me duele aquí en la luna”.

Hace frío y es negra
la colcha de la luna del lavabo.

Muerde aquí, padre mío,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxen los pies
de las lágrimas.

 

 

 

Castro, Juana. Los cuerpos oscuros (2ª ed.). Madrid; Ed. Tigres de papel, 2016.

 

LA MUJER CÍCLICA

 

TRES CAMINOS

El primer camino es una trampa que desciende hacia el sur. Es un camino radical. El camino (y no el viajero) aspira al hundimiento. A medida que el viajero avanza, sus pies se hunden y le duele la raíz de la piel y del pelo, y también la raíz de los árboles, en la tierra, contra el barro. Siente la simultaneidad de su dolor y el dolor de la materia, viva o inerte. Aunque no se le ve desaparecer, en cierto punto se esfuma como alguien quemado por la luz.

El segundo camino tiene forma de tenia. Es un huésped, un camino interior. No tiene dirección cardinal: su movimiento es el pliegue, se enerva, se retuerce por dentro. El camino se apropia del viajero, se alimenta de lo que ingiere por contacto, apenas con el roce de su piel ganchuda y membranosa. El viajero siente la disyunción dentro de sí, la separación de su cuerpo y el cuerpo del camino. Los más afortunados logran expulsar el camino por la boca. Los menos afortunados logran ser expulsados por el camino, y entonces se convierten en un residuo, en una excrecencia.

El tercer camino es el que mejor conozco. Es un camino doble. Una bifurcación. Una lengua astillada. Sin embargo, el viajero lo percibe como unidad. Tan distinto del segundo camino que podría ser casi su antítesis. Es parecido a una voz lejana o a un eco. Yuxtapuesto a lo propio. Adherido en ciertos puntos. Sin equivalencia material. Por eso el viajero cree que es uno. Sin embargo, hay indicios que señalan su duplicidad, el alejamiento de las dos partes, la ruptura. Esos síntomas el viajero los recibe con angustia, a través de sueños y preguntas que resuenan con una coda lúbrica y martilleante. A lo largo de la vida del viajero, el carácter doble del camino se va espesando, se tensa hasta quebrarse. La quiebra devuelve la longitud a la imagen del viajero, que asustado como un niño de cría ve cómo su vida ha sido vivida por un hilo en fuga que se pierde. Lo que le queda, entonces, es un silbido. Un perezoso sufrimiento de cobaya doméstica.

 

 

 

 

TENTATIVAS DE UN CUERPO

(III)

en tus ojos
construí mi casa,
muerte más cierta que mi vida,
alejamiento

ahora escribo tu ascenso
en esta purga de luces desmedidas

mi cuerpo es la razón,
la única razón
que me ocupa
y me basta

 

 

 

 

SIBILA

Sibila, creo que voy a perder las palabras. No hay voz ni umbral que puedan recoger lo que he visto. La azul menstruación de la tierra. La alargada estentórea herida de la especie. No veo la guerra sino la espina de la guerra, el residuo, la columna de humo que escapa hacia el cielo. ¿Cómo, entonces, atraparla en un nombre?

La vida es monódica, pero mis manos son dobles y disyuntas. También mi música es doble y disyunta. Si uno mis manos y mi música, todas ellas, sin número, recorren el mismo trazado unificado. Arquitectura de sombras, hecha para ser desmontada y superpuesta. Hecha para orar cada una de sus escalas interrumpidas.

Lo que me asusta no es callar, es no saber encontrar la palabra que atenaza mi deseo. Porque aquello que he visto, por terrible que parezca, lo he deseado. He deseado el nido y la masacre: desprender así el infinito. He pensado: si todo ardiera. Con esa estúpida lesión de anonadada, inventándome también la huida, la negación de la negación.

He deseado a veces que mueran los otros, que los otros resuciten. Por decir esa locura, sibila, he espantado a las madres que también desearon alguna vez que sus hijos murieran. He deseado la vida en absoluto y en absoluto la muerte. Monstruo cazado por sus propias fauces. Animal que corre en la noche con la cabeza cortada.

 

 

 

 

ANUNCIACIÓN

(I)

cómo sentir necesidad de amar
cuando el amor es este rito
insuficiente
mi hambre
es de ahogo

 

 

(II)

ya no
ya basta
dejé mi cuerpo sembrado en la tierra
dejé mi amor de animal indolente
su acecho de cazador
su miedo de presa
pero ya no
ya basta

 

 

(III)

si puedo morir en la poesía
tal vez la bestia no amordace
todavía
mi cuello
si puedo escribir
xxxxxxxxestoy muerta
en un poema
¿tal vez
así
xxxsolo así
me salve?

 

 

(IV)

y si al final es cierto
y no supe desear
más que esta música arenosa
la soledad del lobo
su aullido de manada dividida
el roce de sus uñas contra la estepa

 

 

 

 

ALEJANDRA PIZARNIK

y si el fondo no existe
y en su lugar
una trampilla
morosamente perforada
parpadea

 

 

 

 

ISABELLE EBERHARDT

(Proscenio)

x
Estoy viajando por el desierto.

Luces verdes saturadas. Signos hechos de tierra. Huellas. Calor. Ausencia de sombra.

No hablo de un personaje interior. Mis paisajes interiores están llenos de imágenes, de golpes, de lluvia. Tienen ruido. Metralla. Briznas. Música arrogante e inconclusa.

Estoy hablando del desierto. Fuera de mí. El desierto real. No lo metafórico. No lo auspiciado, como un nudo inextricable, en el sueño del lenguaje.

Estoy huyendo en el desierto. No hay fuego, no hay barcos surcando la arena, arrastrando la cola de las alimañas.

No parezco un pájaro de plumaje seco. No parezco la voz incendiaria de un hombre que camina.

Estoy viajando por el desierto. Cuando digo esta frase, hay algo que se rompe.

Porque nadie me ve caminando por el desierto ahora.

Me ven sentada ante un papel, escribiendo.

No ven al cuerpo desplazarse, buscar con su rodaje la textura efímera de las dunas.

 

 

 

 

ANNA O.

En momentos de claridad total, se quejaba de las profundas tinieblas que invadían su cabeza, de que no podía pensar, se volvía ciega y sorda, tenía dos yoes, el suyo real y uno malo que la constreñía a un comportamiento díscolo, etc. A las siestas caía en una somnolencia que duraba más o menos hasta pasada una hora de la puesta del sol; luego despertaba, se quejaba de que algo la martirizaba, o más bien repetía siempre el infinitivo: «Martirizar, martirizar». Después, simultánea a la formación de las contracturas, sobrevino una profunda desorganización funcional del lenguaje. Primero se observó que le faltaban palabras, y poco a poco se incrementó. Luego, su lenguaje perdió toda gramática, toda sintaxis, la conjugación íntegra del verbo; por último lo construía todo mal, las más de las veces con un infinitivo creado a partir de formas débiles del participio y el pretérito, sin artículo. En un desarrollo ulterior, también le faltaron casi por completo las palabras, las rebuscaba trabajosamente entre cuatro o cinco lenguas y entonces apenas sí se la entendía. En sus intentos de escribir (al principio, hasta que la contractura se lo impidió por completo), lo hacía en ese mismo dialecto.


xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxJoseph Breuer, El caso de Anna O.

 

(I) Los gatos de Nápoles devoran el cadáver de mi padre.

Los gatos de Nápoles devoran el cadáver del padre. El animal desgarra, la piel queda roída y debajo de la piel asoma el músculo. Principio de movimiento que en el cuerpo de Anna se vuelve espasmo. Se vuelve parálisis

Anna O. abre una puerta. La puerta se abre en ella. Cae la armadura: está a disposición. Enferma y dispuesta. Pandora lleva en sí una diáspora, es diáspora, partículas que huyen del exilio.

Anna O. lo pierde todo, deja que todo en ella se pierda. Sin visión. Sin oído. Sin lengua. El útero, dicen los hombres, el útero sostiene y embrolla. Superpone una capa a la suya, el triple desván que se decanta en su cuerpo para llevársela.

 

 

(II)Las serpientes negras avanzan sobre mí.

Sueña, Tiresias. Dijiste que mi cuerpo sería un raíl. No adivinas siquiera el hambre salvaje, el salvaje atropello. Cuerda contra cuerda, redoble y piel demudada. Creí oírte decir: las mujeres son lamias, se sientan en las esquinas, esperan la visita de un extraño para alargar su cuerpo y hacer de él un bosque pulsional y un crematorio.

Se llama deseo, Tiresias. Abocada en la merma y el exceso, el deseo se pierde. Estática inconclusa. Sin deseo es más honda mi ceguera, más grave aún mi resonancia. ¿Cárcel dónde? Aquí, donde el cuerpo se revuelve, donde todo es tensión y moradura y estremecimiento. Temblor de los párpados. Placer nunca hubo, pero una vez dejé que el viento sacudiera levemente mi falda y entonces la caricia de la tela en el muslo y el aluvión de sangre en la mejilla y el ruego intenso sí intenso de que el viento regresara.

 

 

 

 

LA MUERTE DE MARINA TSVETÁIEVA

He muerto x voz nervada x dispongo de alas muy estrechas x sé ver la diferencia entre los distintos grados de penumbra x el amor me alimentó cuando quise comerlo x abracé el accidente y la mentira xxx estuve como un centinela en las junturas inmóviles x miré sin mirar xxx atendía al olfato xxx sigilosa xxx rumiante clavé mis manos en el hollín x bebí del vino agolpado en mi boca x mezclado con la sangre x al fin habrá un consuelo x alguien me necesitará x la casa ahora me busca

 

 

 

 

LUCIA JOYCE Y VIOLET GIBSON

Lucia dice: Hace frío en la sala de curas.

Violet dice: Con estas manos ajadas disparé a Benito Mussolini.

Lucia dice: Pasearé sola por los jardines del hospital. Recordaré cómo era moverse entre las plantas libres. Cómo era arrastrar la vida hacia mi fémur. Rotación y armonía. Desmembrada ahora.

Violet dice: Yo pude haber salvado a toda Europa. Mujer de nariz ganchuda y ojos exiguos. Exiguo también el gesto de las manos: comprensión y ráfaga. ¿Has tratado alguna vez de matar a un hombre?

Lucia dice: En una ocasión maté a una mujer ante un cristal. No lo atravesó con sus piernas porque yo la detuve. Mi madre mató a un amante enfermo. Mi padre nos mató a todos en sus libros.

Violet dice: ¿A cuántos hombres mató Mussolini? ¿A cuántas mujeres?

Lucia dice: Desunir recovecos. Cómo era contorsionarse y cómo era mirar al fondo de una roca con los pies antes que con los ojos. Lanzar mirada estrábica, perder la visión. Mirar con los pies la arista de un diamante al multiplicarse, ¿hacia dónde lleva el hueco? ¿Hacia dónde camino en el diamante? ¿Son pirámides las que avanzan?

Violet dice: Si volviera a tener un arma entre las manos… ¿No fue mi padre quien me enseñó a manejarla?

Lucia dice: Papá es un agujero. Papá agujero furioso. Ciego. Parcheado. Padre parcheado. papá me coge en brazos de niña, dice mi nombre. Parcheado. Agujerea mi nombre. papá me mira con su único ojo fiero y me transcribe. Aguja sobre la piel, papá perfora transcribiéndome. Mamá no me transcribe. Me pinza por el muslo como un cangrejo, me extrae de sí. Vidamuerte equivalen. Rubor de perdida.

Violet dice: Aquel hombre de músculos rollizos paseando sobre Roma. Aquel hombre que eran todos y cualquier hombre. Podría ser cualquier hombre y podría haber sido cualquier otra mano la que apretase el gatillo pero fue su mandíbula y fue mi mano la que disparó.

Lucia dice: Papá es una avispa. Papá vuela a lomos de mi avispa. Panel de cota, panel de sudario. Papá, Samuel. Quiénes fuimos una vez y hablamos alrededor de una mesa.Había caldo, carne hervida y vino casi transparente. Ajuar para la más bella rociada de avispas. Lucia, acércate a mí con tu cintura, con tus pies y ojos reversibles. Yo me agitaba.

Violet dice: Todo queda siempre en un intento. Todo queda y se recubre. Ellos pasan un trapo por la superficie mancillada y nosotras aquí, en esta clausura. Hacer un recuerdo de lo que acontecerá. dame la mano, Lucia.

Lucia dice: Aprieta el gatillo.

 

 

 

 

CANCIÓN DE LA MUJER DESCONFIADA

Ella dice: «Mientras yo dormía,
alguien se acordó de mí para matarme.»
Dice: «No hay más auxilio,
ni más cerro, ni más navaja
que la memoria.»
Dice: «Estoy convencida de que se puede
ahorcar a alguien sin usar los dedos.»
Dice: «Pensar es peligroso.»
Dice: «Cuando reposamos
el mundo termina, no hay estrépito
que suene tan atronador
como un cuerpo dormido.»
Dice: «Podrían exportar mi sangre
con un solo guiño de la mente.»
Dice: «Que mis pies estén anclados
en el suelo
no significa presencia.»
Dice: «Tú ahora podrías estar hablando
con un cerebro insidioso,
con un trozo de lumbre
que te arrastra.»
Dice: «No hay garantía alguna
de que siga viva,
el pulso puede ser la desinencia
inacabable
de mi muerte.»
Dice: «Serré mis dientes
para que no se los llevaran.»
Dice: «Podrías ser tú
quien me ha matado.»
Dice: «Podrías ser tú
el lenguaje que me expolia.»
Dice: «Podrías ser tú
la sombra estéril.»
Dice: «Podrías ser tú la fiebre,
la ceniza,
la reunión de palabras que recorren
el arco de mi boca
cuando hablo.»
Dice: «Podrías ser tú.
Yo podría ser tú.
En mí. Fuera.»

 

 

 

López Manrique, Laia. La mujer cíclica. Barcelona; Ed. La Garúa, 2014.

 

AQUÍ

 

AQUÍ

No sé cómo será en otras partes
pero aquí en la Tierra hay bastante de todo.
Aquí se fabrican sillas y tristezas,
tijeras, violines, ternura, transistores,
diques, bromas, tazas.

Puede que en otro sitio haya más de todo,
pero por algún motivo no hay pinturas,
cinescopios, empanadillas, pañuelos para las lágrimas.

Aquí hay un sinfín de lugares con sus alrededores.
Algunos te pueden gustar especialmente,
puedes llamarlos a tu manera,
y librarlos del mal.

Puede que en otro sitio haya lugares así,
aunque nadie los encuentra bonitos.

Quizá como en ningún sitio, o en pocos sitios,
aquí tengas un torso separado
y con él los instrumentos necesarios
para añadir los propios a los niños de otros.
Y además brazos, piernas y una cabeza sorprendida.

La ignorancia tiene aquí mucho trabajo,
todo el tiempo cuenta, compara, mide,
saca de ello conclusiones y raíces cuadrados.

Ya, ya sé lo que estás pensando.
Aquí no hay nada duradero,
porque desde siempre hasta siempre está en manos de los elementos.
Pero date cuenta: los elementos se cansan rápido
y a veces tienen que descansar mucho
hasta la próxima vez.

Y sé qué más estás pensando.
Guerras, guerras, guerras.
Pero incluso entre las guerras a veces hay pausas.
Firmes — la gente es mala.
Descansen — la gente es buena.
A la voz de firmes se produce devastación.
A la voz de descansen se construyen casas sin descanso
y rápidamente se habitan.

La vida en la tierra sale bastante barata.
Por los sueños, por ejemplo, no se paga ni un céntimo.
Por las ilusiones, sólo cuando se pierden.
Por poseer un cuerpo, se paga con el cuerpo.

Y por si eso fuera poco,
giras sin billete en un carrusel de planetas
y junto a éste, de gorra, en un torbellino de galaxias,
en unos tiempos tan vertiginosos
que nada aquí en la Tierra llega ni siquiera a moverse.

Porque mira bien:
la mesa está donde estaba,
en la mesa una carta, colocada como estaba,
a través de la ventana un soplo solamente de aire,
y en las paredes ninguna terrorífica fisura
por la que el viento se te lleve a ninguna parte.

 

 

 

 

PENSAMIENTOS QUE ME ASALTAN EN CALLES TRANSITADAS

Caras.
Miles de millones de caras en la superficie del mundo.
Aparentemente todas diferentes
de aquellas que ha habido y habrá.
Pero la Naturaleza — cualquiera la entiende —
quizá cansada del incesante trabajo
repite sus antiguas ideas
y nos pone caras
de segunda mano.

Igual te cruzas con Arquímedes en vaqueros,
Catalina la Grande con ropa de rebajas,
un faraón con gafas y maletín.

La viuda de un zapatero sin zapatos
de una Varsovia aún pequeña,
el maestro de las cuevas de Altamira
con sus nietas camino del ZOO,
un vándalo peludo yendo al museo
a extasiarse un poco.

Caídos de hace doscientos siglos,
de hace cinco siglos
y de hace medio siglo.

Alguien transportado por aquí en una carroza dorada,
otro en un vagón al exterminio,

Moctezuma, Confucio, Nabucodonosor,
sus ayas, sus lavanderas y Semíramis
hablando sólo en inglés.

Miles de millones de caras en la superficie del mundo.
Tu cara, la mía, la de quién —
no lo sabrás nunca.
Quizá la Naturaleza tenga que engañar,
y para llegar a tiempo, y para dar abasto
empieza a pescar lo que anda sepultado
en el espejo del olvido.

 

 

 

 

ADOLESCENTE

¿Yo, adolescente?
Si de repente, aquí, ahora, se plantara ante mí,
¿tendría que saludarla como a una persona próxima,
a pesar de que es para mí extraña y lejana?

¿Soltar una lágrima, besarla en la frente
por el mero hecho
de que tenemos la misma fecha de nacimiento?

Hay tantas diferencias entre nosotras
que probablemente sólo los huesos son los mismos,
la bóveda del cráneo, las cuencas de los ojos.

Porque ya sus ojos son como un poco más grandes,
sus pestañas más largas, su estatura mayor
y todo el cuerpo recubierto de una piel
ceñida y tersa, sin defectos.

Nos unen, es cierto, familiares y conocidos
pero casi todos están vivos en su mundo,
y en el mío prácticamente nadie
de ese círculo común.

Somos tan diferentes,
pensamos y decimos cosas tan distintas.
Ella sabe poco,
pero con una obstinación digna de mejores causas.

Yo sé mucho más,
pero, a cambio, sin ninguna seguridad.

Me muestra unos poemas
escritos con una letra cuidada, clara,
que no tengo ya desde hace tiempo.

Leo y leo esos poemas.
A lo mejor este de aquí,
si lo acortáramos,
y lo corrigiéramos en un par de lugares.
El resto no augura nada bueno.

La conversación no fluye.
En su pobre reloj
el tiempo es barato e impreciso.
En el mío mucho más caro y exacto.

Al despedirnos nada, una especie de sonrisa
y ninguna emoción.

Sólo cuando desaparece
y olvida con las prisas la bufanda.

Un bufanda de pura lana virgen,
a rayas de colores,
hecha a ganchillo
por nuestra madre para ella.

Todavía la conservo.

 

 

 

 

MI DIFÍCIL VIDA CON LA MEMORIA

Soy mal público para mi memoria.
Quiere que continuamente escuche su voz,
y yo no dejo de moverme, carraspeo,
escucho y no escucho,
salgo, regreso y vuelvo a salir.

Quiere ocupar mi atención y mi tiempo por completo.
Cuando duermo le resulta fácil.
De día, depende, y eso le molesta un poco.

Me desliza insistente antiguas cartas, fotografías,
trata hechos importantes y sin importancia,
pone la mirada en paisajes inadvertidas,
los puebla con mis muertos.

En sus historias siempre soy más joven.
Es agradable, sólo que para qué seguir insistiendo en eso.
Los espejos me dicen otra cosa.

Se enfurece cuando me encojo de hombros.
Y, vengativa, me echa en cara todos mis errores,
graves, luego fácilmente olvidados.
Me mira a los ojos, espera a ver qué digo.
Al final me consuela con que pudo haber sido peor.

Quiere que viva ya sólo con ella y para ella.
De preferencia en una habitación oscura y cerrada,
y en mis planes hay siempre un sol presente,
nubes actuales, caminos en curso.

A veces estoy harta de su compañía.
Le propongo separarnos. Desde hoy y para siempre.
Entonces sonríe compasiva,
pues sabe que para mí también sería una condena.

 

 

 

 

MICROCOSMOS

Cuando se empezó a mirar por el microscopio
se desató el pánico y hasta hoy anda suelto.
La vida había sido hasta ese momento suficientemente delirante
en tamaños y formas.
Y así creaba también seres diminutos,
mosquitas, gusanitos,
pero que al menos se dejaban ver
a simple vista humana.

Y de golpe, bajo la lente,
seres distintos hasta la exageración
y ya tan poca cosa
que lo que ocupan en el espacio
sólo por compasión puede llamarse lugar.

La lente ni siquiera los oprime,
sin obstáculo parecen duplicarse, triplicarse
completamente a sus anchas y al azar.

Decir que son muchos, es decir poco.
Cuanto más potente el microscopio,
más precisa y exactamente aumentados.

Ni siquiera tienen entrañas de verdad.
No saben qué es el sexo, la infancia, la vejez.
Quizá no saben ni si son, o si no son.
Sin embargo deciden sobre nuestra vida y nuestra muerte.

Algunos permanecen inmóviles momentáneamente,
aunque no se sabe qué es para ellos un momento.
Como son tan pequeños,
igual la existencia
está en su caso proporcionalmente disminuida.

El polen que lleva el viento es a su lado un meteoro
del cosmos profundo,
y la huella de un dedo, un extenso laberinto
donde se pueden reunir
en sus silenciosos desfiles,
sus ciegas iliadas y sus upanishads.

Hace ya tiempo que quería escribir sobre ellos,
pero es un tema difícil,
dejado siempre para más tarde
y quizá digno de un mejor poeta,
todavía más sorprendido que yo por el mundo.
Pero el tiempo apremia. Escribo.

 

 

 

 

DIVORCIO

Para los niños el primer fin del mundo de su vida.
Para el gato un nuevo dueño.
Para el perro una nueva dueña.
Para los muebles escaleras, golpes, carga, descarga.
Para las paredes claros cuadrados tras los cuadros descolgados.
Para los vecinos de la planta baja un tema, una pausa en el hastío.
Para el coche mejor que fueran dos.
Para las novelas, la poesía — de acuerdo, llévate lo que quieras.
Peor para la enciclopedia y el vídeo,
ah, y para el manual de ortografía,
donde tal vez se explique el tema de los dos nombres:
si todavía unirlos por la conjunción “y”,
o ya separarlos con un punto.

 

 

 

Szymborska, Wisława. Aquí (trad. Gerardo Beltrán y Abel A. Murcia Soriano). Madrid; Bartleby editores, 2009.

 

70 VECES MENTIRA

 

1

Volver es más triste que perderse.

 

3

El Paraíso no existe, pero el Paraíso Perdido sí.

 

4

Todo lo que no es una puerta, es un muro.

 

5

Muchos creen que esto es sólo la primera parte,
pero nadie sabe de qué.

 

7

Esperanza es la palabra de la que uno se acuerda después
de haberse caído en un agujero.

 

8

Tener todas las partes aún no es tenerlo todo.

 

9

Dentro del miedo no hay donde esconderse.

 

15

¿Hay vida antes de la muerte?

 

16

Avanzar es irse quedando solo.

 

17

Un hombre también es todo lo que ha olvidado,
la mujer que no tuvo, el Chagall que no vio,
la suma de los sitios en donde no ha caído.

 

19

Cada hombre cruza
una calle distinta
frente a mi casa.

 

20

El futuro no debería ser arrastrar todo lo que tienes un poco
más adelante. Pero a menudo lo es.

 

21

El dolor nos convierte en nosotros mismos.

 

22

La maravillosa historia de todo lo que no se sabe.

 

23

Todo el mundo se siente solo, excepto los idiotas.

 

24

El hombre que ya no soy tiene sus propios recuerdos.

 

25

Las palabras que son verdad y son mentira.
La palabra jarrón, que no puede romperse contra el suelo;
la palabra cuchillo, que no corta la palma de la mano;
o la palabra sangre, que brota de la herida.

 

27

Las palabras tachadas también son una parte del poema,
lo mismo que las horas de sueño también son una parte del día.

 

34

Miro atrás: todos
los sitios donde estuve
están vacíos.

 

36

A veces, la palabra que lo resume todo es nada.

 

37

Recordar lo que pasó no es tan importante como saber quién eras.

 

38

Quien ama las estatuas tiene que amar también las ruinas,
dice Gottfried Benn.

 

44

Todas las palabras son palabras aproximadas.
Como dice Marguerite Duras:
escribir es intentar adivinar lo que uno escribiría si escribiese.

 

46

Escapar no significa ir a alguna parte.

 

49

A menudo ya es demasiado tarde. A menudo, cuando aprendes
a tragarte el sable el circo ya está en otro sitio.

 

50

A los trece años, a veces te sientes como Robin Hood.
A los treinta, a veces te sientes como los agujeros de la diana.

 

51

Recuerda la parte del juego en la que puedes perder.

 

52

Es una historia extraña:
nosotros ponemos nuestro corazón y ellos sus bisturíes.

 

54

Escribir un poema es como armar un puzzle.
Un poema es poner cada cosa en su sitio.

 

56

No importa cómo es un poema
sino en quién te convierte.

 

58

Sueño contigo
y no sé quién está
dentro de quién.

 

62

No llamar a las cosas por su nombre para que te entiendan.
Un buen poema lo hace todo más claro de lo que realmente es.

 

64

Una mujer que sea lo mismo que la noche
y lo contrario de la oscuridad.

 

66

Ese momento espantoso de la vida cuando aún queda mucho
pero ya no queda nada.

 

68

La vida es extraña: cuanto más vacía, más pesa.

 

70

Un lugar al que ir no es más importante que
un sitio donde esconderse.

 

 

 

Prado, Benjamín. Todos nosotros. Madrid; Ed. Hiperión, 1998.

 

TODOS NOSOTROS

 

TIEMPO MUERTO

Ha sido un día raro. Estás tumbada
junto a mí.
xxxxxxxxxxCasi puedo escuchar la marea
de la sangre en tu piel
y el deseo que llena tus manos de leones.
Luego, apagas la luz.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxLa noche salta
como un pez de tu corazón al mío.

Y sin embargo hay algo.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxEn realidad
no sé qué es.
xxxxxxxxxxxPero aquí está.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxEs extraño:
de repente, me digo: —Cada hombre
lleva una pala para cavar su propio Infierno.

Me pregunto qué he visto,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxdónde estaba,
la razón; imagino
la tarde entera; el bar cerca de la autopista,
la ciudad
debajo de la lluvia igual que un barco hundido;
y algo que yo te dije
y algo que tú dijiste: —Si no sabes
por qué lo has hecho, nunca sabrás por qué ha pasado.

Pero no veo nada,
xxxxxxxxxxxxxxxxningún dato,
ninguna relación con el Infierno.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxEntonces
miro adelante, busco
las palabras que tienen lo que quiero decir.
Y ahí tampoco hay nada:
Hay la azotea roja;
hay el gato que atrapa un pájaro y devora lentamente mis ojos.

Tú sigues a mi lado.
Tu corazón golpea dentro de la mujer
dormida, igual que un perro ladrándole a las tumbas.
Me pregunto,
después de tantas cosas,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxcuando cada hora quema
su selva entre mis manos,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxme pregunto
qué es lo que sé de ti;
si tal vez, como dice Marianne Moore, lo importante
de lo que vemos es lo que no vemos.

Y no encuentro respuestas.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxNi caminos
por que volver.
xxxxxxxxxxxxxxEnciendo
una luz,
xxxxxxxabro el libro,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxcierro el balcón.
La noche
se reúne a sí misma, se marcha de nosotros
con su cielo vacío,
con su dios que se lleva
algo de nuestras vidas a su ciudad deshecha.

Abro el libro
mientras que en el tejado se mueve la serpiente
azul del agua
xxxxxxxxxxxxy sigues
xxxxxxxxxixxxxxxxxxxjunto a mí
y por tu corazón se alejan los tambores
y escribo la palabra árbol y en ese árbol
crece tranquilamente la palabra naranja.

 

 

 

 

PAREJAS

Por lo mismo que une a Vallejo y los miércoles,
el mercurio y Bob Dylan,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxNeruda y las ballenas.
Esas son las razones por las que estás conmigo.

Y también porque sabes todo lo que me importa:
porque entiendes al niño que llora entre los árboles;
a la mujer que sueña con oscuras cocinas,
con cucharas que buscan su corazón partido.

Teresa Rosenvinge: lámpara interminable,
yo pronuncio tu nombre para saber qué somos.
Te llamo bosque azul,
pájaro del océano,
estrella entre dos torres,
luna sobre la isla.

xxxxxxxxxxxxxxxxTú te acercas;
entras en el poema
y desde ese poema abres una ventana,
descuelgas un teléfono,
coges un pez en la palabra río.

Estás aquí
xxxxxxxxxxy fuera se oyen voces,
gente que aún se mueve en donde ya no hay nadie,
una sirena,
xxxxxxxxxxun hombre que a lo lejos
pasa junto a nosotros:
ruidos de algún lugar en el que ya no estamos.

Por lo mismo que Julio Cortázar y el boxeo,
Bukowski y los hoteles pintados de naranja.
Handke y los lanzadores de cuchillo.
Por eso.
Esas son las razones por las que estamos juntos.

 

 

 

 

MATERIAL

No es el azar
que salta de una mano
hasta los dados.

Es como el miedo:
cuando es de noche y puedes
ver los sonidos.

Son las palabras
que tengan dentro al hombre
que las escucha.

La poesía
es fingir que es verdad
lo que es verdad.

 

 

 

 

ROTO

Solo, en medio de todo;
estar tan solo
como es posible,
mientras ellos vienen
muy despacio,
se agrupan,
ponen su campamento,
invaden,
talan,
hunden,
derriban las palabras
una a una,
se reparten mi vida,
poco a poco,
levantan su pared
golpe a golpe.

Después se van;
se marchan
lentamente,
pensando:
—Nunca podrás huir de todo lo que has perdido.
Tal vez tengan razón.
Tal vez es cierto.

Pero llega otro día,
el cielo quema
su cera azul encima de las casas;
yo regreso de todo lo que han roto,
busco entre lo que tiene
su propia luz,
encuentro
la mirada del hombre que ha soplado unas velas,
el limón que jamás es parte de la noche;
ato,
pongo de pie,
reúno los fragmentos,
me convierto en su suma.

Y todo vuelve
otra vez;
las palabras
llegan donde yo estoy;
son las palabras
perfectas,
las que tienen
mi propia forma,
ocupan cada hueco
y cierran cada herida.
Las palabras que valen para hacer estos versos
y sentarse a esperar que regresen los bárbaros.

 

 

 

 

MIRANDO FOTOS DE ANNE SEXTON
(1928-1974)

En la primera foto, Anne Sexton mira el mar.
Sabemos que la playa está en Virginia
(Carolina del Norte) y que es el año
48, un día
de su luna de miel.
xxxxxxxxxxxxxxxxxTiene los ojos
casi cerrados mientras oye el ruido
de las olas, el viento que deshace
y vuelve a hacer las dunas,
el agua que se mueve con lentitud,
que traza
líneas,
curvas,
esferas.
El agua que se mueve lo mismo que la mano
de alguien que escribe la palabra océano.

En la segunda imagen
—ahora ya estamos en mil novecientos
setenta y cuatro—, fuma un cigarrillo
cerca de una ventana —por alguna razón
creo que al otro lado del cristal hay un bosque—
y observa las figuras
que forma el humo: peces,
un iceberg,
xxxxxxxxxxuna sirena,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxun ángel
malherido en la nieve.
En esta foto
tiene un aspecto extraño,
parecido al de alguien que corre hacia un volcán,
parecido al de alguien que acabara de soltar un cuchillo.

Pocos
días
después
Anne Sexton
va a matarse
en esa misma casa:
va a dejar
sus anillos
sobre una mesa, en la cocina,
y luego
entrará en el garaje
con un vaso
de vodka
en la mano,
pondrá en marcha el motor
del coche —un Cougar rojo— y encenderá la radio
—¿Te imaginas qué pudo oír? ¿James Taylor?
¿Los Grateful Dead? ¿Pink Floyd?—
y esperará la muerte.

Cierro el libro.
Me miras.
Sé lo que estás pensando.
—La vida es muy difícil.
Una mujer es un reloj de arena.

 

 

 

 

CADA MAÑANA

Cada mañana, Jaime Gil de Biedma
se muere en Barcelona,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxShelley sube
a su barco en la costa de Italia,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxRaymond Carver
escribe su poema sobre Antonio Machado.

Cada mañana
Stevenson se inventa La isla del tesoro,
Paul Morand sube a un tren,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxBlaise Cendrars va en un barco,
Virginia Woolf camina
cerca de un río y Paul Eluard piensa de pronto:
La tierra es azul como una naranja.

Del otro lado hay gente oscura que nos busca.
Del otro lado hay gente que llama a nuestra casa.
Hay gente que se acerca muy despacio a nosotros
igual que hombres con hachas caminando hacia un bosque.

Cada mañana es la última mañana de Pavese.
Cada mañana, Herman Melville empieza Moby Dick,
Borges se mueve al fondo de los versos de Borges,
Pessoa lee desde dentro de mí a Pessoa.

Del otro lado hay gente que nos sigue.
Del otro lado hay manos que tiran de nosotros.
Gente que nos espera
en noches del tamaño de su miedo a la noche.

Rimbaud besa a Verlaine en un hotel de Francia,
a Steinbeck se le ocurre Las uvas de la ira,
a Vicente Huidobro le parece que escucha
la pequeña cascada que cuenta sus monedas.

Cada mañana
xxxxxxxxxxxxxtoco el oro de Jack London.
Cada noche
veo brillar la bala en el corazón de Lorca.
Cada día
me convierto en mis ojos,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxsoy las cosas que escucho
como el hombre que tiembla es una parte del frío.

Cada mañana,
xxxxxxxxxxxxxalguien lo descubre:
todo lo que está escrito pertenece al futuro.

 

 

 

Prado, Benjamín. Todos nosotros. Madrid; Ed. Hiperión, 1998.

 

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