BRANE MOZETIČ O LA INTENSIDAD

Con el título del post de hoy titulaba Martín López-Vega su crítica de ‘Banalidades’, el libro de Brane Mozetič que pueden encontrar en el catálogo de la editorial Visor. Échenle un vistazo.

 

 

Y aquí tienen algunos poemas del libro.

 

 

SÓLO A MILES DE KILÓMETROS DE TI
me atrevo a reconocer que, entonces,
me enamoré de tu esperma, de la muerte que traía.
Lo miraba derramado por tu vientre,
y hundía mi cara en él. Su olor, convertido
en el olor de la muerte, me provocaba
orgasmos interminables. Como si me hubieses
servido para mi propia autodestrucción. La que
conoces tú también, sólo que de otra forma.
De tu esperma arranqué miles de palabras,
las compuse en una música que me mantenía
en el filo. Me figuraba que no me lo merecía
y que también tú me ibas a abandonar.
No pude deshacerme de mi padre, quien
no creía que valiese la pena estar a mi lado.
Así que no me extrañaba que me abandonases
miles de veces. Siempre regresaba
al borde de tu vientre, yacía allí con
las mejillas mojadas, esperando a que
te levantases y volvieses a marcharte.

 

 

 

 

NO ME GUSTA SUBIR A EDIFICIOS ALTOS. MIENTRAS
miro a lo lejos puedo aguantarlo, pero al mirar
hacia abajo, algo me agarra con una fuerza
tremenda. Que no me dejen al borde de un abismo,
me caería, seguro. Es lo que temo, temo
desaparecer. Cuando pienso en la muerte,
un remolino insoportable me devora apretando
mi cuello, ahogándome. Junto a ti esperaba
acostumbrarme a la muerte, a domarla.
Cuando nos acostábamos y me apretabas
el cuello, no sentía miedo. Podía verte aún,
no me desvanecía. Qué extraña fue
mi reacción de pánico al sentir cualquier
otra mano alrededor de mi cuello.
Tensaría la cuerda milímetro a milímetro.
Hasta el punto de no poder hablar. Quizá
deberías atarme y dejarme al borde del abismo.
Quizá debería tomar fuerzas y matarme
de una u otra forma. Estaría en paz.
En realidad, me perdería en la nada.

 

 

 

 

NO HICIMOS UN VIAJE SOLOS A
Londres, Nueva York, Tokio o Sao Paulo, todos
esos lugares nos resultaban poco salvajes. Viajamos
a las tierras de los negros, para poder tener allí
un miedo constante, sentir el suspense, vimos
cucarachas enormes, sangre de búfalos muertos y
fauces de leones despedazando carne. Cortes
de electricidad en Nairobi, apenas podíamos
encontrar nuestra destartalada habitación. Tenía
que ser así, sólo nos teníamos el uno al otro,
aferrados como dos monos asustados.
Ni siquiera recuerdo si cobrábamos fuerzas
para tener sexo. Aunque todo aquello era
sexo. Nacer y morir. Niños atolondrados que
vagaban agresivos por las calles, cuerpos
agotados que yacían en los montones de basura
y no se sabía si estaban vivos, soldados de todas
las clases, autobuses hundidos en el lodo
de una tierra salvaje, el sol que salía desde
el mar, una sala de cine derruida, en la que
las mujeres fumaban, horizontes vertiginosos sin fin.
Sería mejor habernos quedado allí, en una tienda,
en la oscuridad total, cuando me abrazabas,
con los animales alborotando en el tejado.

 

 

 

 

EN UNA SILLA DEL RINCÓN, CABECEA UN POCO
al compás de la música, aunque con fallos. La cabeza
se le cae hacia atrás, la levanta para mirarme,
estira el brazo, pero se le vuelve a caer.
cuerpos en movimiento me lo ocultan, pero
alguien me empuja más cerca y, de pronto,
lo tengo delante, abajo, él mira hacia
arriba y agarra mi mano como si
se estuviese ahogando. Casi me caigo, me
siento en su regazo, él atrapa mi cabeza
y se la acerca para adherirse a mi boca
como una ventosa. Duele. No cede.
Se aferra como loco, y, luego, todo
cesa de golpe, su cabeza resbala hacia atrás,
estoy libre. Unos segundos y se recupera,
trata de levantarse, mueve sus labios como
si quisiera decirme algo, pero no hay
voz, sólo sale su lengua con lametazos
y siseos. Me pongo de pie, lo levanto,
se marea, se tambalea, casi se cae, me lleva
de la mano, afuera, apenas me doy cuenta
del tiempo que pasa, de repente estoy
sentado en su coche y, él, quitándome
la camiseta. Lo veo encima, desnudo, es
todo boca, lengua y dientes que se incrustan
en mi carne. Susurra algo ininteligible, vuelve
los ojos adormecido, quieto, y después,
se anima otra vez, está por todas partes, me inunda.
Y, como si durmiese, yace en mi regazo,
paso mis dedos por su sudado pelo. Joder,
si le metiera otro chute, ¿moriría así?
¡Qué experiencia! ¡En mi mismísimo regazo!
¡O incluso durante mi beso mortal! Se
desvanecería de golpe, y yo acariciría
su piel morena, lisa y cada vez más
fría. ¿Hasta cuándo? ¿Hasta cuándo?

 

 

 

 

JIMMY, TE LO PIERDES TODO, CHAVAL. MIRA,
miles de cuerpos te esperan abajo. Retumba el techno,
músculos tensos, pezones hinchados, pieles tatuadas, cada
partícula te desea con ansia, manos te invitan, ¿a
qué esperas? En el cuarto oscuro hay laberintos, todo
huele a popper, el sudor por las paredes, te metes entre
el gentío, sus pollas cargadas te rozan, miran a ver
si tienes un culo apretado. Cabezas hirviendo
de cerveza y coca, lubrificantes que te hacen
resbalar, quién sabe qué pisas, lenguas se te meten
en la boca, bajo las axilas, en el ombligo, en el culo,
Jimmy, chaval, sólo has de abrirte de piernas y miles
de pollas te llenarán, un ´xtasis total, y te parecerá
imbécil el que te pregunte: «¿Tienes novio?», porque aquí
se beben las proteínas, aquí salpican las caras, aquí,
más abajo, en la oscuridad, atan con cuerdas, aquí
jadean, lloran, se arrodillan, lamen las botas, aquí
está todo lo que te perdiste. Y pensabas que podías
vivir sin ello. Jimmy, chaval, ¿adónde vas a hora?,
¿por qué no te entregas al frenesí?, ¿por qué huyes
si todos te invitan a gozarla, a ser feliz?

 

 

 

Mozetič, Brane. Banalidades (Trad. Marjeta Drobnič)Madrid; Ed. Visor, 2013.

 

SEIS AÑOS SIN ENRIQUE SIERRA

 

Pues eso: que se le echa de menos.

 

 

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DESORDEN DEL AMANECER

 

FORTUNA

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxPara Rafael Fombellida

Sí y no. Sí y no de ahora en adelante.
El frío y el sopor a un mismo tiempo.
Sol y luna brillando en un latido.

En la terraza sangra claridad.

La sonrisa de un hombre estrafalario
que rinde su homenaje al mar sin noche.

Estás en los dos bandos, es muy fácil.

Cargado de respuestas y nadie te pregunta.

Caminas en lo alto de un tejado,
allí donde la lluvia se decide
por una u otra de las dos pendientes.

Puedo mirar atrás. La destrucción
de un mundo que perdura me hace fuerte.

Sigues feliz,
porque tarde o temprano saltarás
y en la aduana sin fin de las estrellas
sólo tú escribirás las instrucciones.

Por eso, porque el mar ya no es nocturno,
no importa tanto el frío del invierno.
Desde algún telescopio matinal
un niño desconvoca el oleaje.

La paradoja abierta en las varillas
de mi paraguas roto. Pensaré
que viven lluvias en las gotas rápidas,
tormentas en el puño de mi mano.

He de morir un día y no sé nada.

Por lo tanto, la luz,
su discusión con cada biografía,
el pulso que lo lleva todo al aire.

De regreso al revés de la intemperie,
en las habitaciones tomadas por lo estricto,
yo renuncio a cualquier indiferencia.

 

 

 

 

EN EL INSTANTE

Aquí en mi noche arcaica
sopeso ese poder de las expectativas.
Mi mañana presente y radical.

En el gueto destrozan
la sonrisa de un negro.

Para que el mal perviva.
Para que el frío duela a los que sueñan.

La madrugada entrega las arrugas del tedio.

¿No hay un triunfo al fondo del fracaso?
¿No escaparemos a la trampa un día,
por mucho que busquemos un exacto destino?

El alba se levanta con un límpido gesto.
La muerte acaece en un instante.

No sabemos el núcleo de ese instante.
Pero intuimos sus vértigos,
los mundos sin sentido, los campos exteriores.

No hay muerte en ese núcleo:
el color es el blanco.

La lucidez ofrece nuevos sueños.

 

 

 

 

LA PIEZA  I

Esta tarde en mi cuarto
imagino la última llamada,
igual que si rompiera con todo lo que soy.

Cuando pretendo alzarme frente al miedo
llevo todo mi ser a mis entrañas.

En un lugar minúsculo
—remanso tras el juicio y el orgasmo—
rompo ese hueco mínimo de euforia
y sostengo ante el sol cada palabra.

Dentro —en mi pecho— vibra el nudo intacto.

Toma esa pieza de infinito y nace
a lo que no es materia ni intelecto.

 

 

 

 

EN LO ALTO

“Muy pocos se alegraban de sus éxitos.”

Había secuestrado mi propia libertad,
había comprendido mal mi juego.

Me confiero el placer de mi desastre.
No puedo respetar lo que no se comprende.

Viajo mucho a mí mismo,
pero tampoco allí me esperan los abrazos.

No supe que no existe un lugar en lo alto.
A veces pienso: acaso hay formas de volver
a donde sólo importa compartir una tarde.

No supe que no existe un lugar en lo alto.

 

 

 

 

SOLO UN NIÑO

Ya sé que es sólo un niño.

Pero él ha aprendido a contemplarte.
Te desafía desde su indolencia
y muerde el labio de la certidumbre.

Ahora está sentado sobre el suelo
que dominan sus nervios de verdugo.

A menudo me he dicho que la vida
es un aprendizaje y un destino.

Pero ese niño es el diablo infame.

Mientras te alejas piensas que la infancia
puede volver en todo su esplendor.

 

 

 

 

EMILY BRONTË

La obsesión nos aleja de todos los demás.

Andamos por la calle sin mirar
a la opulencia firme de aquello que es más obvio.

Impronta de una noche de reptiles.

Estamos más allá del bien y el mal.
Casi hemos vuelto a aquella infancia intensa,
al capricho insolente de las ramas de hierro.

Es una dejadez que va a quedar
ensuciada por nadie, ensuciada por ellos.
Porque este incendio es nuestro.

¿Qué buscamos detrás de nuestra piel?
¿Qué buscamos tan cerca de nosotros?

En tu sonrisa el mundo se desguaza.

 

 

 

Plana, Lorenzo, Desorden del amanecer. Valencia; Ed. Pre-textos, 2008.

 

‘ANCLA’, DE LORENZO PLANA

 

TREINTA AÑOS

Cuando yo tenga quince años menos
me pasaré la vida comentando
todo lo que no sé.
Cuando tenga los quince de verdad,
envidiaré al creador;
de vez en cuando jugaremos juntos,
sin este lamentable tiempo rápido
que desdibuja todos los recuerdos.
El alba de creadores y personas
merece la amistad.
Y cuando todo acabe en nacimiento,
esa amistad creativa quedará
tan atrás que exclusivamente todos
nos diremos adiós,
qué lástima,
tan sólo conseguiremos conocernos,
hemos venido aquí para nacer.
Aquella chica que se suicidó
antes de regresar al nacimiento,
aquella chica eléctrica,
la más bonita sin mayor problema,
me habló de la ventaja de escaparse
hacia los clásicos y aventureros,
hacia las religiones y las drogas,
hacia la marejada del final.
Cuando yo tenga quince años menos,
porque es bonita, yo la besaré.
Ella tendrá cuarenta y cinco años.

 

 

 

 

SECRETO

Has aprendido que la vida duele.
Te has escondido, corazón de fuego.
Ya sólo los objetos te hacen daño.

Pero cuando una amiga te pregunta
por qué eres tan feliz,
y respondes que sólo lo pareces
—has aprendido que la vida duele—
te encuentras con un beso y un secreto.

Es un beso sincero
y renuncias con él a la mentira,
del mismo modo que la vida explica
lo distantes que están la dicha y el dolor.

Más tarde sigue siendo madrugada
y el camino que espera une dos puntos.
Geometrías y besos para un pobre
diablo agradecido.
Sobre la vida un río de promesas;
de las promesas todos han bebido.
Como un cajón de imanes,
día a día prosigue tu secreto.

 

 

 

 

EN EL EMBARCADERO

Aplazas el futuro, todas sus arrogancias,
del mismo modo que el pasado vuelve
en alguien que pudiste ser tú mismo.
Sin embargo atesoras las imágenes
en las que todavía crees sentir.
Has llegado a la edad
en la que se repite
—por los rostros y cuerpos— la belleza.
Y cada indecisión es añoranza.
Las determinaciones vagamente
amenazan con riesgos.
Es así lícito sentirse extraño
mientras las cosas no van mal del todo.

El mundo poco a poco se distancia
y lo retienes como a la barcaza
que pudiera lanzarse mar adentro.
Todavía ese cabo tú no vas a soltarlo.
O tal vez sí.

 

 

 

 

MIENTRAS TOMAMOS UN CAFÉ

Sólo los solitarios pueden llegar al odio.
Cuando la tarde crece dulcemente
hacia un azul más limpio
pero también más débil
—la historia de los hombres
es ver atardecer—,
cuando la tarde es fresca
después de una antipática mañana,
aunque estés solo en la terraza calma,
hay tres o cuatro amigos
—y entre ellos una chica—
que no por invisibles están lejos.
Y esos amigos miden tus palabras,
y sabes que perdonas
lo mismo al quieto gato
que a esos que convierten el ambiente
en tu sinceridad.

 

 

 

 

MADRUGADA AZUL

Desde el cansancio miro
una ciudad más cierta que el recuerdo.
Yo no he visto la huella de los años
en esta madrugada, en otras madrugadas.
Las primeras auténticas sonrisas
son aquellas de hace media hora,
y son aquellas que aprendí mostrando
mis heridas a un mundo incomprensible.

Hay luces de ciudad que retraen las miradas
del antro nuevo y viejo, uno de moda.
Hormiguean las brisas y lugares
en la terraza. Nada que explicar.

En el instante siguen las farolas
mientras se apaga el alba
en mis cansados párpados.
Las farolas contemplan brevemente
el azul vespertino que las cubre
hasta la densidad de sus pequeños fuegos.

Ya despegan las nubes.

Cuando voy a acostarme,
por un momento pienso en esas nubes,
en que quisiera entrar en mi descanso
con parecida calma.

 

 

 

Plana, Lorenzo. Ancla. Valencia; Ed. Pre-textos, 1995.

 

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LOS REGALOS DE LOS AMIGOS (LV)

febrero 15, 2018 1 comentario

Hace unos meses me regalaron el número uno de la revista el vuelo del flamenco. Aunque siempre es una alegría el nacimiento de una revista de poesía, quizá el equipo editor debería aspirar a que la revista se defendiera con la calidad de los textos que aparecen en ella.

 

 

Si hay algo destacable por encima de todo lo demás, son los relatos pertenecientes a Francisco Cenamor. Estos.

 

[yonkis]

He tenido un sueño. Me sentaba a contemplar el lugar donde viven los negros, con sus lavadoras, sus televisores, su libertad. Soy un orgulloso negro americano con la sangre agujereada. La saliva comenzó a salir de mi boca empapando la ropa nueva recién sacada del contenedor. El edificio empezó a empequeñecerse, ocupé todo el espacio. Al fondo del pasillo pude ver el espejo. Traté de tocarlo. Bubbles, dijo un cuerpo a mi lado, esta mierda es grande. Soy un negro orgulloso, me llamo Martin Luther King y soy un yonki. Ahora el policía es un negro, el camello es un negro, el que hace las tablas de la Ley es un negro, el que mueve las figuras sobre el tablero es un negro. He tenido un sueño.

 

 

[policías]

Tienes miedo. La primera vez que empuñas un arma en la soledad del barrio, la oscuridad riéndose de ti, tienes miedo. Nunca habías pensado que tu sudor oliese tan fuerte. Retrocedes un paso y algo salta a tu derecha. Te tiemblan las manos pero debes continuar. ¡Hey tú, sal de ahí!, dices. Descubres algo varonil en tu voz y crees tontamente que eso te dará fuerzas, las manos donde pueda verlas. Click, escucha, ¡bang! Es tu respuesta, asombrada observas el humo, el cristal destrozado, el tipo descompuesto que se arrodilla, se tumba en el suelo, pies y manos abiertas, él ya sabe. No dispare agente. Esta vez
has fallado. ACAB,
lees en el muro
de enfrente

 

 

[soldados negros]

Yo también soy un soldado en las calles de Baltimore. Me mueve el verde. Aunque tengo buenas ideas, no salgo de este maldito agujero. Inventé la delación sin palabras, el disparo que retrocede en el tiempo, las huellas dactilares de los ojos del testigo presencial, el miedo a mi propio bando, el tráfico de drogas dulces, la inmortalidad de los peones, las lágrimas de la cucaracha que da la mano al cadáver,
el desayuno de nuggets de pollo,
los colchones vacíos

 

BANALIDADES

febrero 14, 2018 3 comentarios

 

ESTOY SENTADO EN UNA TERRAZA, BAJO
los primeros rayos de sol, envuelto en mi chaqueta aunque
ya es primavera. Una mujer con un niño en brazos pasa
entre las mesas, parándose, extendiendo la mano.
El camarero trata de ahuyentarla, mientras la gente
raja de coches de último modelo, de fulanas, de ropa.
no de política, asunto ya sin interés, y menos
aún de visiones filosóficas del mundo.
Las botellas se acumulan, las colocan en fila y
ríen con ganas. Se acerca un joven y me enseña
sus brazos, llenos de heridas y cicatrices.
Nos conocemos de hace años. Se sienta. Y
me mira. Le paso un cigarrillo. Fuma tranquilo,
sin mediar palabra. Después, me susurra
con complicidad: Esto te va a gustar. Saca
una hoja de afeitar, corta la carne hinchada de
su brazo y, al momento, todo se mancha de sangre.
Alguien grita, el camarero viene corriendo,
el joven se levanta, que no hace falta echarlo,
dice con sonrisa y se va. Me doy cuenta de
las miradas punzantes, me doy cuenta de la vacuidad
de todas esas conversaciones. Y no puedo hacer nada.
Llega la primavera, la sangre en el mantel, mi cabeza
vacía, mi estúpida mirada saltona, y ningunas
ganas de levantarme, pues no sé para qué.

 

 

 

 

POR LA MAÑANA YA HACÍA UN CALOR INFERNAL.
Un día para estancarse. Para boicotear la vida.
Desenchufé la radio, la tele, el teléfono, el móvil,
el ordenador, desenchufaría hasta la nevera para que
no hiciera ruido. De las habitaciones contiguas
voces humanas, fuera los sonidos de coches, trenes,
campanas. Bajo las persianas para amortiguar
un poco esta sarta de ruidos y, sobre todo,
el sol y el calor. Estoy solo,
sudando como ante las preguntas esenciales.
Un día idóneo para que algo me salga bien.
Ordeno y reordeno los libros, no sé qué hacer
con ellos ni conmigo mismo. Mi cabeza
estalla de dolor. Y también
con el deseo de abrirme brechas en las muñecas,
porque un día así cansa. Estoy solo conmigo mismo,
me digo, del principio al fin. Las horas se dilatan
y todo queda inerte. Tengo ganas de cortar
estas sensaciones inútiles conforme a lo que
nos enseñaron. Echo un vistazo a los manuales
de autoayuda, dándome cuenta de que me falta
uno del boicot. Miles de voces de repiten «aguanta,
aguanta», aunque es obvio que
esto no tiene sentido. Todo lo del pasado parece
tan soportable, incluso bello, pero ahora,
con este calor, ya nada está bien. Cierro los ojos
y finjo que no existo.

 

 

 

 

ALGO DEBE FALLAR EN NOSOTROS. A
los cuarenta y cinco años, no tengo a nadie
en quien pensar con amor. Los recuerdos
duelen. Nunca había pensado que la belleza
podía doler tanto. Miro las caras y
me falta el aire. Tal vez sea la hhora
de quitarme la vida con un gesto dramático o
de que me aniquile el sida. Sea el Sena,
sea el Hudson, esto ya no da más de sí.
Frecuento clubes sospechosos, la gente
habla sin tocarse, o calla
y folla en la oscuridad de los cuartos oscuros.
Sólo me dijo: «Cuando salgamos, ya no nos
conocemos». ¿Es mejor así? Miro atento
al andar para no caerme, he confundido
las calles, a veces aparecen grupitos de negros
con ese aire de amenaza, de horror que me atrae,
sea en Nairobi, en Sao Paulo o en el Bronx.
Maldigo a mi mulato porque ha sido
tan imposible, y a mí mismo por seguir
deseando algo, porque algo falla en mí.

 

 

 

 

UN CHINO JOVEN ME EXPLICA A DERRIDA,
se tambalea con un vaso en la mano. En realidad
he estado observándolo antes y preguntándome
sobre su sexo. Le saco una cabeza, es menudo,
con sombrero, como si saliera de una película
de gánsters, en serio, parece que escribe guiones,
podría ser una lesbiana. Se me ha acercado él,
¿cómo se le ha ocurrido sacar un tema así,
tan febril como está? El bar Palačinka, pasando
el barrio chino. Me monto escenas,
el guionista se pierde, otra vez aparecen rostros,
camino de noche por las calles atestadas.
Me parece que todo esto lo he visto ya en la pantalla.
Ahora viene, claro, un desfile de individuos
deformados, trastornados, con llagas en los rostros,
arrastrándose por el suelo. Secuencias que
siempre hay que recortar. Me veo a mí mismo
sentado en un bar y no puedo creérmelo.
Sirenas de policías, bomberos, banderas,
letras pasando rápido, créditos del final
y oscuridad.

 

 

 

 

NO ME HAN DADO NADA QUE ME AYUDE
a subsistir. Ni fe para tener esperanza,
arrepentirme, rogar y salvarme. Ni amor
para prodigarlo a mi alrededor. Para
no chocar todo el tiempo, implorando
atención, ternura, manos que me
reciban con pasión. No me han dado
tradiciones y costumbres antiguas, mis días son
iguales y no los espero con impaciencia,
con ilusión. Me han dado la capacidad de
sentir dolor, de sentirlo ya cuando se mueve
una hoja, y aguantarlo. Apretando los dientes.
Me han dado una meticulosidad arisca, que
estalla cada tanto y me vuelca al abismo.
Me han dado un mundo por el que yerro,
y que no siento. Sólo veo a la muchedumbre
que ha desistido. Que se ha puesto la camiseta
con inscripción: I’m nobody. Who are you?
Nos vemos por la calle, en el trabajo,
en el cine, en los locales, y así charlamos,
nos preguntamos y respondemos. Y nos duele.
Pero no conocemos otro modo de hacerlo.

 

 

 

 

ESTE SAO PAULO REDUCIDO ESTÁ OBSESIONADO
consigo mismo. Aunque el ajetreo, el calor y
un olor insoportable traten de convencerte para que
te quedes entre las cuatro paredes, para que te entregues
a la desesperación. Pero, cuando ya me animo a
salir con los conocidos, en seguida aparece el tema
de adónde ir a comer. Por lo visto, he fallado
otra vez al tratar de huir de mi ciudad donde
la gente siempre se hace preguntas sobre dónde
y qué beberemos. Es más, ni siquiera se las plantean.
Ante su obsesión enfermiza con la comida y bebida
me retiro a una especie de obsesión por el sexo,
o algo así, sería difícil nombrarlo, pues
es cada vez más abstracto. No es tan grave como
para querer quedarme durante horas pegado
a internet y deleitarme, pero es molesto porque,
sin razón, miro embobado a la gente. Quizá
no les moleste, pero a mí sí, porque siento
que esta costumbre mía crea dependencia.
Tengo que aumentar a diario la dosis de cuerpos
observados, caras y pieles bonitas, sus fragmentos
invaden mis sueños, siempre me desvelo sudando,
me persigue mi propia examinación de calles,
no sé ya cómo arreglarlo. Tal vez debería
pararme con firmeza, abandonar esta costumbre
que tengo. Tal vez debería reconocer
que soy dependiente, unirme a algún
grupo de autoayuda o matar mis fantasías
de cama con cuerpos desconocidos,
con sudor, con olores, con palabras estúpidas,
con el vacío.

 

 

 

 

HOMBRES QUE SALTAN ENCIMA DE LA BARRA
y se desnudan. Cuerpos elaborados, pieles bronceadas,
músculos. También los que chillan y mueven
las caderas, te golpean el culo, brincan,
esbozan una sonrisa, muestran su blanca
dentadura. Bailarines que se inyectan
una jeringuilla en la polla antes de subir
al escenario para que las masas se asombren
y rueden hacia la vorágine de luz y
sudor. Mi cama no es un consultorio, me
digo. Quisiera despojarla de abrazos, besos,
sobras que se han acumulado encima de ella. Ayer le
sané la herida a un chico flaco, recién
llegado a la ciudad, que se había lesionado.
Hoy se explaya y me cuenta sin pudor
sus hazañas. ¿Me entendería si le dijera que
lo deje ya? A menudo pasan por aquí quienes
hablarían largo y tendido de sus malestares,
cambios en la piel, de las células, del
virus que se extiende y desaparece.
O los que ansían la droga y se han olvidado
ya del sexo, incapaces de hacerlo.
Sería inútil ponerse a explicar
que, antes, la gente conocía el amor,
que se sentaba tranquila en los porches,
se miraba a los ojos, o veía las puestas de sol,
las nubes tormentosas acercándose,
que a veces abría libros y leía
letras antiguas. Hojeo las recetas médicas
preparadas, firmadas, para tirarlas
a la basura. El día se hace tan triste.
Es domingo. En la habitación contigua
oigo el ruido de los que vuelven de bailar.
Cierro la puerta con llave y bajo las persianas.

 

 

 

 

¿LO OYES, DAVE? HAY RUIDOS FUERA. TAL VEZ
un ladrón. O la explosión de una bomba. Venga,
despierta, Dave, tal vez haya estallado otra guerra
y tengamos que volver al sótano. Tú no sabes de eso.
Las horas, los días que pasaremos en la oscuridad.
O será sólo un incendio. O un vecino que se ha caído
de la cama. Todo es posible. Pero tú sigues durmiendo sin
decir nada. Despierta, Dave, para que no esté solo cuando
se termine el mundo. Tú, Dave, eres una masa de carne
que se ha acostado con todos. Nada te afecta. Ni siquiera
te enterarás cuando te mueras ni cuando tu carne empiece
a oler. Me despertará tu hedor en el sótano, y tendré
que echarte fuera como cebo para los perros salvajes.
Y todos los bares nocturnos se liberarán de ti, Dave,
¿no dices nada? ¿Me oyes? ¿Me escuchas alguna vez?
Vuelven los ruidos. No creo que sea una guerra.
Tal vez así se derrumba nuestro mundo, a pedazos, en
medio de la noche, cuando la gente honrada duerme,
como tú, Dave, mientras yo escucho los ruidos
y tengo miedo.

 

 

 

Mozetič, Brane. Banalidades (Trad. Marjeta Drobnič). Madrid; Ed. Visor, 2013.

 

CON TODO ESTE RUIDO DE FONDO O EL IMPERIO DE LAS LUCIÉRNAGAS

Qué maravilla escuchar ayer a Vicente Velasco presentando su nuevo libro; quizá, su libro más prosaico y, probablemente, el mejor de los tres libros de poesía que hasta la fecha ha publicado.

 

 

Aquí dejo tres de los poemas del libro.

 

XIII
Anamnesis

Resulta difícil de creer.
La estabilidad financiera, emocional,
microeconómica, entrópica, holística,
sólo se encuentra en los cementerios.
En cada ocasión que me acerco a visitar
la tumba de mi madre —días que se van
distanciando poco a poco en el calendario—
una transfusión de Herbie Hancock, leve,
atómica, se expande por mir río sanguíneo
y rezo por perder la amnesia y poder vocalizar
los nombres de todas las cosas, el hambre,
los infanticidas, los genocidios, los guetos,
vejaciones, los miedos, los infaustos oráculos
que son la verdad de nuestra especie.

Resulta difícil de creer, repito,
pero allí eres plenamente consciente
de que la maquinaria divina posee
una implacable y fría voluntad.
De que convive entre nosotros
con una permanente y errática
enfermedad mental.

La peor de ellas.

Aquella en la que la vida aminora su latido,
donde se reduce la piel al moho,
donde no hay lugar, sólo espacio para el deceso.
Y finalmente te das cuenta de lo solo que estás
y de lo banal de estos últimos pensamientos
para poder volver por donde has venido,
retornar a la marejada del tráfico,
a los anuncios subliminales de la radio,
a la crisis como almuerzo, al estallido
de otra mentira como píldora del sueño,
a otra cruzada contra la disidencia programada.

Resulta difícil, pero al final te encuentras agotado,
ciudadano,
y cierras los ojos
herido y repleto de recuerdos.

 

 

 

 

XIV

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA Alberto Chessa

Einstein tenía la razón absoluta.
Chaplin también.
Si parpadeásemos lo suficientemente rápido,
la vida se transmutaría en un sinsentido
de fotogramas que, poco a poco,
irían perdiendo su color.

Nuestra percepción del tiempo variaría
y todo sería un axioma de criogenización,
una instantánea psíquica de nuestro espacio.

Y darían ganas de comerse los zapatos
para poder exiliarnos a un paseo espacial
y sentir el vacío en la planta de nuestros pies.

 

 

 

 

XVI
Ulises

No pierda una oportunidad única.
Demuestre a todos los demás que usted
no va a naufragar donde otros sí lo han hecho.

Al cabo de una larga noche de trabajo
dos cadáveres, dos niños, quizá humanos,
quizá ayer jugaron a imaginar bolas de miel,
surcar los mares.
xxxxxxxxxxxxxxxxAl final la vetusta barcaza
no consiguió resistir el envite de las sirenas.

Imaginar nunca fue gratuito
y normalmente los sueños retornan a la realidad.

 

 

 

Velasco Montoya, Vicente. Con todo este ruido de fondo o El imperio de las luciérnagas. Albacete; Chamán ediciones, 2018.

 

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