VIAJES A UNA FRESA

diciembre 14, 2017 Deja un comentario

 

HABLA EL VASO DE AGUA

Todos vuestros filósofos intentando descorrer
la cortina inmensa de los cielos
todos vuestros poetas
glosando el periódico estallido de la rosa
investigando el pecho violeta de los atardeceres
todos vuestros científicos diseñando lavadoras.

¿Cuántas bibliotecas,
cuántas toneladas de neuronas,
cuántas cuerdas vocales, gastadas
en la búsqueda imposible del misterio?

Si supierais que el secreto estaba en casa
junto al susurro del agua contra el fregadero
entre la asamblea de cucharas y el viejo trapo de cocina.

Si supierais que no hay más verdad
que mi vientre oxigenado
ni más metafísica
que sentirme descender por la garganta.

Yo, que siempre he sido fiel a vuestros labios secos
y vosotros, que
salvo alguna tontería
sobre si estoy más lleno que vacío
nunca me decís nada o casi nada.

Tanto rebuscar en las galaxias y los átomos
y yo aquí,
más solo que vosotros en la luna
más dócil que el perro de un anciano
más salvaje que la primera sonrisa de tu hijo.

Os recuerdo todavía vestidos de romanos y vikingos
os he acompañado en las trincheras, en los hospitales
os he ayudado a tragar pastillas y desastres
conozco el empeño que habéis puesto
en inventar el vino, la cerveza,
y a esa actriz tan presumida llamada Coca-cola.
Pero ella no os ve llegar desesperados
los días pegajosos en que tenéis fiebre
o cuando estáis nerviosos como lagartijas
cuando cruzáis con la mirada pequeños Kalaharis
y en vez de corazón tenéis un higo seco.

Solo yo tengo sed de vuestra sed
y mi sed nunca se acaba
así que miradme ahora
y recordadlo siempre:
en un solo vaso de agua está flotando el mundo
y es el mismo vaso de agua
del que bebéis todos.

 

 

 

 

¿HACIA DÓNDE VAMOS?

El sol incendia por dentro
los tres túneles de sangre que van
de mi cuello a mi antigua cabeza.

¿Hacia dónde vamos?
Un cielo cobarde
que ya no es mi cielo de siempre
se encoge de nubes.
Y los coches me miran
con las luces prendidas
como dioses remotos y morados
y me escupen a la cara un hueso de gacela.

Tengo una raja de nieve en la garganta
el escorpión transparente de la angustia
quemándome a picotazos el estómago.
¿Hacia dónde vamos?

Sudo
y me nacen asesinos con bigote
en los viejos toboganes del alma,
que el mundo no es el mundo
sino por esa sensación de estar en casa
que acaba de marcharse con este escalofrío.

¿Hacia dónde vamos?
Y miro de reojo al hospital
tan sólido, tan blanco y tan estúpido
como el mismísimo…
no sé muy bien con qué compararlo.

¿Hacia dónde vamos?
Sigue insistiendo el tipo
que conduce el taxi.

 

 

 

 

LOS DEMÁS

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxPara mi padre.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx«Tengo que creer en un mundo fuera de mi propia mente.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxTengo que creer que cuando mis ojos están cerrados,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxel mundo todavía continúa allí».
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxMemento, Leonard Shelby

Desde pequeño me pareció imposible dormir a solas
el silencio y la soledad siempre fueron los primeros
en mi interminable lista de fantasmas.
Si me iba a la cama la máquina de pensar
se disparaba sola
así que odiaba irme a dormir
prefería irme durmiendo poco a poco,
sin darme cuenta.

Me recuerdo en el sofá tumbado
mientras se colaban las luces de la calle
el rumor de voces en la tele
dos perros ladrándose en el parque
alguna discusión de los vecinos
y la respiración tranquila de mi padre.

Necesitaba saber que los demás estaban
saber que el mundo se quedaba allí
para poder dormir
para poder marcharme.

Desde entonces hasta hoy
la historia no ha cambiado demasiado
sigo odiando irme a dormir
siguen siendo los demás
el único modo de salvarme.

 

 

 

 

UNA SOLA ENTRADA EN EL BOLSILLO

Este teatro es azul, esférico, da vueltas
está repleto pero no nos falta vestuario
tenemos un traje de Andrés Gómez
por ejemplo
delineante casado y con tres hijos,
pero también otro de electricista en Denver
con barba larga y camisa a cuadros.

Aquí un traje de Nelson Mandela y al lado uno
del frutero de tu esquina, por ejemplo,
allí tres piernas de catálogo de medias
y una peluca de señora gorda para palco de la ópera
calvas de ministro de Asuntos Exteriores
y también moscas de niño africano con malaria.

Todos con más menos o ninguna suerte
recogemos dócilmente nuestro traje,
nuestro nombre, un empujón
y a escena.

Los guiones raros
entre Esquilo y Samuel Beckett
nos estallan por minutos en la cara,
pero sobre todo
qué derroche de escenografía
tornados, selvas y glaciares
amores diabólicos y guerras absurdas
guepardos y cielos desteñidos de violeta.
Todo parece tan real que asusta
todo parece tan soñado que enamora.

Mantenemos siete mil millones de tramas abiertas
y cada minuto treinta mil nuevos personajes naciendo
y otros tantos muriendo.
El escenario un día se llena de sangre
y en la escena siguiente dos niños juegan
como si nada importase nada
al baloncesto.

¡Qué comedia tan extraña!
Una sola entrada nos dan a cada uno
y después cuando acabe esta función,
y descienda el mínimo telón de nuestros ojos
no parece probable que podamos recoger el abrigo
salir tranquilamente
e irnos a cenar a un restaurante.

 

 

 

 

MASAJE

A principios del siglo XXI un fantasma recorre Europa
es el fantasma del método Pilates
media Europa se abandona al menos dos veces al mes
en las manos blancas y veloces de su fisioterapeuta
el viejo mundo se ha convertido en un spa.
Hoy se puede ir de Cádiz a Estocolmo
parando cada día en un centro de masajes
se reproducen como conejos las clínicas de osteopatía.

Será por eso
cada vez nos duele más el cuello
de tanto mirar para otro lado.

 

 

 

 

JUVENTUD

Sólo dos mandarinas de toda la cesta estaban dulces
el resto insípidas, amargas o terriblemente ácidas
y sin embargo volvería a comerme de nuevo
lentamente
todas y cada una
de las mondas.

 

 

 

 

CINE

¡Esa gente que cuando te mira
en el semáforo
en la cola del banco
en la puerta giratoria
en el baño del restaurante italiano
te hace sentir con su estilo, con su barbilla
con su redondísima displicencia,
el último y más ridículo extra
de su grandiosa superproducción!

No sé a vosotros,
pero a mí me asaltan unas ganas locas
de ponerme a saludar a cámara
y al menos joderles el plano.

 

 

 

Martínez, Miguel. Viajes a una fresa. Sevilla, Ed. Algaida, 2017

 

CUANDO ÉRAMOS REPTIL

diciembre 12, 2017 Deja un comentario

 

1.

El paisaje crece en las fotografías
que quedaron congeladas como vida sin sangre,
como recuerdo de pasiones cuando éramos reptil.
Y el agua corre,
aunque tu mansa imagen
ha quedado estancada en la orilla del cadáver.
No he sido invitado a arrojar pesares al pozo de los años
ni a clavarme en el pecho la inyección letal del cansancio.
Ya no me duele ignorar
que cruzan mi norte soles de media tarde,
aunque confunda el corazón y los nervios
y aunque equivoque en cuál de las cruces acaba el amor.

 

 

 

 

2.

Mi soledad transversal

Más profunda que la vida
planté a raíz desnuda
mi presencia entre vosotros.
Soñaba con trascender,
escribir sin escucharme,
ser la chica en el puño del gorila.
¿Cómo confiar en tu magia
cuando conozco tu repertorio
de abracadabras?
Mi despecho es retorcido,
la herida, superlativa.

 

 

 

 

3.

Soy un arma más mortífera
que la súbita luz que preludía la explosión,
el instinto criminal que te besa en la boca
y el rastro —lúbrico— de tus serpientes al completar su acrobacia.
Corre tu cáliz letal por los surcos de mi espalda,
y ascienden cenizas de un pozo amargo,
del mismo agujero blanco —en cuyo fondo—
nos contemplan estatuas con heridas de metralla.
Ahora tendría que elegir cuatro o cinco palabras.
Ahora tendría que darte mi sangre, vivir en tu fiebre, ser tu transfusión,
la noche que arranqué la brida a tu caballo,
la noche que asumí que me sobrevives.

 

 

 

 

10.

Mi sangre ha perdido su jinete.
Mi sonrisa se expande como una nota de violín
mientras pienso si serás de esas mujeres
que esconden al vecino en el armario
o barren cristales de sueños bajo las alfombras.
Pienso si te basta mirar la comida para ir a hacer aeróbic
o si juegas a disecar el ánimo en alcohol,
cuando tu aliento, anclado en mi médula,
es el de un ave que regresa a su vasija de cristal.

 

 

 

 

11.

Vuelve a visitarme una vieja tristeza que creía desterrada.
Sin tregua, un pájaro negro picotea el alma
y la primavera sólo habita en el jarrón.

 

 

 

 

12.

Y todo se hace una palabra hermosa,
secretamente, gravitando,
como aquello que elude su peso
pero acaba por caer.
Te doy de beber este perdón
y en tu boca, El Alamein
es mi ánima de purgatorio,
un verbo tan silencioso
que no despierta ni araña
la fruta negra que el cielo muerde.
Sorteo la dirección y el sentido
como adornos del camino,
con los años justos para no saber vivir,
recojo tu ofrenda de palomas muertas
tu adiós con sabor a condena.

 

 

 

 

16.

Hoy la pena ha de ser amarilla
tanto como las estrellas viejas
o los otoños que palidecen
sin presunción de inocencia.
La sangre cabalga en mis oídos,
recreo Hiroshima en mi corazón.
Me vacié
ya nadie canta
mis latidos son los de un perro abandonado
que ladra
y anida en mí el jardinero de las plantas que no
florecen
y llevan dentro de sí, escondida, la luz de
aquellas flores.
Me despreciaré por la mañana.

 

 

 

 

17.

Nos hemos perdido tan mutuamente
que aún se diría que somos uno,
un mismo aliento sin magia ni brillo,
el traje nuevo del emperador.
Llegarán otros nombres,
volveré a sentirme ese hueco de Banksy en el que todo encaja.
Pensaré que no vivimos lo suficiente como
para mejorar la especie.

 

 

 

 

21.

La vida está llena de cosas que tienen que hacerse,
tristes deberes, quehaceres tristes, triste balón a las nubes
tras un penalti inexistente.
Hay demasiado plomo en los cuerpos
y notas a pie de página, y blancos, tristes blancos,
tras cada línea del cuaderno y tras cada triste
esquina que doblamos.
La vida tiene tristes cosas que hacerse,
y alguna cicatriz en la barbilla.

 

 

 

 

22.

Soy feliz construyendo este refugio en el que
nadie me ve
aunque yo aún pretenda que me espían.
Soy feliz ahondando las distancias, las
distancias necesarias,
y masticando hasta la muerte el sol de
noviembre y el fin de semana.
Soy feliz en el carnaval donde no me explico,
y en el que tú haces más por entenderme
que yo por saber lo que quiero decir.
Feliz, con la clase de felicidad que me erosiona,
que alimenta mis úlceras y me cava tanto y tanto
hasta hacerme reversible.

 

 

 

 

24.

Lo que odio de mi vida
es que si un día me largara
a “hacer el bien” a Mozambique,
seguiría acordándome
del color de este ascensor.

Yo tampoco sé “extirpar la culpa de las piedras”
ni entiendo por qué los juguetes
nunca incluyen pilas.

 

 

 

 

25.

Entonces, ya no me peinaré de la misma manera
todo será tabaco mojado
y, en el súper, llevaré el cambio exacto.
Entonces, sabré hacerte esperar,
no seré precipitado
incluso cuando beba del arco de tu mano.
Entonces, tu felicidad o será insultante
y lo que hoy entiendo por belleza
extinguirá su grito
en el rumor de otras palabras.
Y no escribiré en diez semanas
ni en dos años —estoy seguro—
aunque devore la vida con la cuenca de mis ojos.
Quizá entonces me atropelle el verso,
porque ya dejé de respirarlo
y sólo miro fijamente el foco hasta perder la luz.

 

 

 

 

33.

Te he visto caer ciento ochenta y tres veces
y la energía atómica que movió mi fe
se incinera en el búnker del estómago.
Puedo oír tu voz
aún me alcanza
ciento ochenta y dos disculpas, un “hágase la luz”
y la pasión atravesada en la garganta.
Los días viejos desfilan encorvados
las alfombras son de lija amarga,
silban y se alejan “como síes” y altibajos
calmando de anfibia belleza ciento ochenta y
un poemas,
con la única sed de una metáfora que hará que
nos perdamos.

 

 

 

 

39.

Antes, el miedo era otra cosa,
era el sexo, infantil y caprichoso,
y tan simple fue el cerco de mi exilio
que gritaba mi adicción a tu nombre
como al veneno del áspid en aquella cesta de higos.
Hoy olvidar es darte muerte
y la memoria es una hoguera sin apenas tiempo.
¿Imaginas que en alguna vez escriba
“hay momentos en la vida…”?
o ¿me imaginas creer que pueda habitar tu
segunda persona?
Ahora, cada vez que el sol despierta a la infancia
de las espigas,
yo siembro en tu ventana un tierno campo de
minas.

 

 

 

Peribáñez, Christian. Cuando éramos reptil. Zaragoza; Ed. Comuniter, 2010.

 

NUEVAS VIDAS EJEMPLARES

diciembre 11, 2017 Deja un comentario

Hace unos años cayó en mis manos ‘En Babia’, un libro en el que Julio Llamazares recopilaba algunos artículos suyos aparecidos en prensa. A punto de terminar las últimas cincuenta páginas del libro dejo aquí uno de los que me han parecido magníficos y que en su momento fue publicado por El País el 15 de mayo de 1988.

 

 

NUEVAS VIDAS EJEMPLARES

xxLatón y Whisky eran dos perros vagabundos que consumieron el ciclo de sus perras existencias por las callejas y portales del turbulento barrio de Chueca, en el centro de Madrid. Al parecer, Latón y Whisky habían trabajado años atrás como guardas de un garaje de la calle Augusto Figueroa; pero su falta de ambición y de profesionalidad, unida a sus continuas e injustificadas escapadas tras las perras en celo y los repartidores a domicilio de las carnicerías del barrio, determinaron al dueño del garaje a ponerles de patitas en la calle, sin indemnización por despido y sin paro.
xxDesde entonces, Latón y Whisky —pajizo y pinto, respectivamente, y llenos de mataduras ambos— se dedicaron a vagar por las calles del barrio hasta acabar formando parte inseparable de su paisaje urbano cotidiano. En la calle vivían y en la calle dormían, lo mismo en los rigores del invierno que en las plácidas noches madrileñas del verano, entre los corrillos de camellos de la plaza, los improvisados desfiles de modelos de los gays y los travestis de la calle Pelayo, los cubos de la basura, el brillo de las navajas y las redadas policiales. Pero con Latón y con Whisky nunca se metió nadie. Serviciales y cautos, amigos de sus amigos y discretos como pocos cuando la ocasión así lo demandaba, los dos ex guardas de garaje habían sabido granjearse la amistad y el cariño de la gente del barrio y todos, vecinos y foráneos, honorables ciudadanos con horario de oficina y matrimonio honrado y traficantes de heroína con varios crímenes de sangre a sus espaldas, contribuían a su supervivencia comprándoles comida y realizando, incluso, colectas solidarias para pagar la fianza del rescate en las dos o tres ocasiones en que a Latón y a Whisky se los llevaron detenidos los laceros municipales.
xxLas pasadas Navidades, sin embargo, Latón y Whisky fueron nuevamente detenidos sin que sus valedores en el barrio, de vacaciones fuera de Madrid o demasiado atareados con las celebraciones familiares de esas fechas, se enteraran. Cuando quisieron darse cuenta, para Latón y Whisky era ya tarde. En alguna anónima perrera, los dos ex guardas de garaje habían sido ejecutados, sin que ninguno de sus amigos hubiese podido acompañarlos en sus últimos instantes y sin haber visto quizá jamás el campo, y ahora ladraban y corrían por las praderas infinitas del cielo de los perros, lejos de la ciudad en la que habían pasado sus mejores y, también, sus peores años.
xxEn las praderas infinitas del cielo de los perros, Latón y Whisky seguramente habrán ya conocido a otro gran personaje del barrio: el perro invisible de la plaza de la Villa de París. Al perro invisible, como su propio nombre indica, nunca lo ha visto nadie. Su dueño, un hombre ya mayor, con abrigo impecable y larga correa de cuero siempre pendiente de la mano, le saca a pasear todas las tardes, junto con los restantes perros que pasean y retozan por los setos de la plaza de la Villa de París, hasta la que Latón y Whisky se acercaban a veces tras el rastro de alguna perra en celo cuyos aromas amorosos hubieran detectado desde el portal en que, por turnos, estuvieran durmiendo y montando vigilancia.
xxEl dueño del perro invisible es particularmente temido por todos los asiduos y habitantes de la plaza. Yo lo conocí cuando llegué a Madrid, hace ya varios años, y durante dos o tres, aguanté estoicamente sus continuos monólogos sobre las habilidades, 144 hazañas y gracias de su perro. Tardes enteras he pasado conociendo al detalle su horario de comidas, su régimen dietético, su estado de salud y hasta sus cambios de carácter, sin haber tenido nunca la precaución ni la curiosidad de preguntar cuál era, de entre todos los perros que corrían y jugaban por la plaza, tan ilustre y mimado personaje.
xxUn día, al cabo de dos o tres años, otro dueño de perro se encargó de aclarármelo. El perro no existía. El tan mentado can, cuyo horario de comidas y hazañas más notables conocía de memoria, como si fuera ya uno más de mi familia o de mis compañeros de trabajo, nunca lo había visto nadie, pese a que su dueño lo sacase a pasear todas las tardes. Reconozco que, ante tal revelación, me quedé desconcertado. Por un instante, a mi memoria acudieron historias truculentas y episodios románticos de palabras que llegan de ultratumba y de madres que acunan a sus hijos después de varios años muertos y enterrados. Pero, en seguida, mi acompañante se encargó de rescatarme de la literatura y de devolverme a la realidad: «No, hombre, no. Éste no es ningún romántico. Éste lo que es es el más listo de la plaza. Mira: tiene todas las satisfacciones que a nosotros nos dan los perros (la lealtad, la protección, la compañía) y, en cambio, no tiene que vacunarlo, ni que darlo de comer, ni que preocuparse siquiera de ver a quién lo deja cuando se va de vacaciones o de viaje».
xxPero el perro invisible no es, pese a su particular e inaprensible identidad, el verdadero personaje de la plaza. El verdadero personaje de la plaza de la Villa de París —y, por extensión, de todo el barrio—, el auténtico jefe, el decano, es Bernardo.
xxBernardo nació en Arenas de Cabrales, en la patria del queso picón, hace cuarenta y ocho años y estudió —dice él— en la Universidad Laboral de Gijón hasta los dieciocho. Cierto o no, el caso es que Bernardo lleva varios ya en la plaza de la Villa de París, sentado en un banco, con la botella al lado, viendo pasar la vida y a los procuradores y magistrados del Tribunal Supremo por delante. Bernardo es un vagabundo vocacional. Y constante. Se define como un hombre que se siente «conforme con su conformidad» y, en todo caso, si alguna vez culpabiliza a alguien de su situación económica y social es a las mujeres: «Mira, Julio, yo tengo un defecto, y es que a mí gústanme mucho las mujeres. Y, evidentemente, un hombre como yo, que le gustan tanto las mujeres, como comprenderás no puede tener un horario».
xxUno podrá estar de acuerdo o no con él, uno podrá compartir o no la intensidad en la afición y en el desvelo, pero lo que nadie podrá negar nunca a Bernardo es la incontestabilidad de su argumento y su constancia indesmayable a la hora de ponerlo en práctica. Y ello pese a que, en realidad, a Bernardo, aun con dedicación exclusiva y sin horario, apenas le quede tiempo para dedicárselo a las mujeres. El rellenado y vaciado alternativo de la botella de vino —que, a veces pienso, bebe por cosechas adelantadas— y la conversación distendida y pacífica con los dueños de los perros y los restantes vagabundos de la plaza ocupan prácticamente su jornada laboral diaria.
xxBernardo, aunque vagabundo, no pide nunca nada a nadie (salvo en las bodas de la iglesia de Las Salesas, cuya productividad calcula antes, a tenor de los trajes de los invitados) ni falta que le hace. Bernardo es amigo de todo el mundo —sobre todo, de los perros— y, como, por otra parte, conoce como nadie el nutrido rosario de conventos, casas de caridad, comedores benéficos y asilos municipales que jalonan la ciudad para alivio y socorro de los desheredados, se pasa el día en su banco, contemplando el paisaje y tocando la armónica, cuya música alterna cada dos o tres minutos con un solo de trompeta, que es como él mismo le llama al gesto de empinar y sujetar con tino la botella cara el cielo para beber más rápido. Mientras tanto, cada poco, una mujer se acerca para traerle un bocadillo o una fiambrera con comida, otro le da diez duros, otro tabaco y otro, en fin, una chaqueta vieja o una revista de automóviles —Bernardo, al parecer, como Latón y Whisky, trabajó años atrás en un garaje y conserva de ese tiempo la afición a la mecánica—, que él agradece siempre con grandes reverencias, pero sin rebajarse. Bernardo es un vagabundo, pero no pide a nadie.
xxPor lo demás, Bernardo es un vagabundo muy sociable. Sin apenas moverse de su banco, salvo para reponer combustible o hacer algún recado, recibe continuas visitas de personas muy distintas y dispares. Vagabundos, arrenderos, dueños de perros, policías, drogadictos, magistrados, itodos ien ila iplaza ison iamigos ide iBernardo. iBernardo ies itan iconocido —y tan querido— que incluso recibe cartas de su banco. No hace mucho, yo mismo le envié una postal desde Galicia a la siguiente dirección: «Bernardo. Plaza de la Villa de París, s/n (en cualquier banco). Madrid». Y le llegó. Un conserje del Palacio de Justicia, de uniforme, se la fue a entregar en mano.
xxPese a todo, Bernardo, como todos los vagabundos, es un gran solitario. Desde que la Canaria, su última novia, le dejó —a él no le gusta hablar de ella, pero todavía se le humedece la voz cuando lo hace—, Bernardo arrastra su soledad por los bancos de la plaza. Todo el mundo le quiere, todo el mundo le invita, todo el mundo le habla. Pero, cuando cae la noche, en la plaza de la Villa de París, Bernardo se queda solo, con su botella de vino y su armónica, sentado en su banco. En cierta ocasión, sufrió una crisis epiléptica y, al volver en sí después de un rato y ver cómo tres o cuatro perros, sus verdaderos amigos, le miraban preocupados, alineados en corrillo en torno suyo, comentó sin dirigirse a la historia de la literatura y sin saber siquiera que nadie le escuchaba: «¿Qué tendré yo, que me quieren más los perros que las personas?». Y la pasada Nochebuena, al encontrarme con él hacia la media tarde y preguntarle yo dónde iba a cenar aquella noche, Bernardo me respondió, no sé si irónico o nostálgico: «No sé. Me han invitado a cenar en varias casas. Pero hoy es un día tan íntimo, que casi prefiero cenar solo aquí, en mi banco».
xxBernardo es el decano, pero no el único vagabundo de la plaza. Por la plaza de la Villa de París, y por las plazas y calles aledañas, deambula, vive, duerme y sueña un rosario interminable de personas cuya conformidad es sólo comparable a su pasividad, y su pasión por la ciudad y por la vida al desapego que demuestran por cuanto éstas les puedan ofrecer. Locos, heterodoxos, vagabundos, mártires, todos tienen en común la misma falta de ambición, el mismo individualismo visceral y exacerbado y la misma marginalidad existencial, muchas veces elegida de manera voluntaria. Ellos no se consideran economía sumergida ni parásitos sociales. No piden cuentas a la sociedad, pero tampoco admiten que ésta se las pida a ellos. Viven en los márgenes de la ciudad y de la vida, arrastran tras de sí pasados turbulentos y, a veces, puramente novelescos y, como tampoco esperan nada del futuro, se sientan en un banco a ver pasar el tiempo, su único enemigo. Son, como diría Bernardo, gentes conformes con su conformidad, gentes conformes con sus vidas, o al menos no enojadas.
xxGermán, ipor iejemplo, iera iun iclaro iexponente ide icuanto iqueda idicho. iDe ipasado ibrumoso —sólo se sabía de él que había sido legionario, y eso por los tatuajes—, se pasó los dos o tres últimos años de su vida en los bancos de la plaza, permanente y brutalmente borracho. Cuando le preguntaban por qué estaba en la plaza, Germán decía que para controlar los movimientos que hacía por el Palacio de Justicia el abogado encargado de la tramitación de una pensión que había solicitado hacía ya diez años. Germán murió una noche de un infarto sin ver su pretensión cumplida y me temo que, también, sin llegar a conocer nunca a su abogado.
xxManolo el Sparring vive todavía y comparte muchas veces su banco con Bernardo. Manolo fue sparring de Folledo y de Durán y, ahora, con el boxeo en horas bajas y sin que nadie le agradezca los golpes recibidos ni los servicios prestados, duerme en una caja de cartón, envuelto en varias mantas, en una esquina de la plaza, recordando sus momentos estelares y soñando sin duda muchas noches con el combate por el título del mundo que nunca pudo realizar.
xxCarlitos vive en una casa de la calle San Gregorio, pero se pasa el día en el portal, contemplando el paisaje y saludando uno por uno a todos los viandantes. Carlitos, cabeza al cero y afeitada y luengas barbas venerables, tiene dos tocados peculiares para cubrir su calva, según la temporada. El del otoño-invierno es el de caza: un sombrero hecho con el plumaje íntegro de un águila. El de primavera-verano es el de pesca: un cascarón de centollo del que penden largas ristras de conchas y calabazas y que le confieren el aspecto de un extraño peregrino que nunca se decidiera a ir a Santiago.
xxHay más. Bastantes más. Está el ciclista que llega en bicicleta todos los días a la plaza, la desmonta pieza a pieza —la bicicleta está realmente preparada: tiene dos timbres, dos bocinas, una bomba, una caja de herramientas, un sinfín de reflectores y accesorios secundarios y dos banderines con el escudo de Castilla-La Mancha— para, luego, en sentido inverso, volver a montarla y alejarse orgulloso pedaleando sobre su máquina. Y, eso, todos los días del año. Está también el pintor portugués, un genio desconocido por galerías y marchantes al que Bernardo, muchas noches, tiene que dar parte de su cena y dejarle su colchón y sus mantas. Está el anarquista asturiano, un insigne jubilado sin cotización bastante para cobrar la pensión o el paro —por supuesto, por culpa del Estado— que cada vez que ve pasar un cura por la plaza se pone malo. Y está, en fin, el barbero gallego que, por la voluntad —que, aunque sea mucha, nunca puede ir muy bien acompañada—, les corta el pelo a todos los demás en los mismos bancos de la plaza.
xxPero el oficio de vagabundo no es privativo de los hombres. Hay también, aunque menos, vagabundas, misteriosas mujeres que deambulan por las calles recogiendo cartones y hablando solas en voz alta. En territorio de Bernardo hay, al menos, cuatro o cinco reseñables. Una, anciana ya y alcoholizada, recorre las calles por las noches anunciando el fin del mundo con un grito apocalíptico y ciertamente espeluznante: «¡Follad, follad, hijos de puta, que el mundo va a acabarse!». Otra canta villancicos y boleros y tiene como especialidad una versión apócrifa del Cara al sol para uso exclusivo de republicanos. Otra ríe día y noche, sin descanso, desde hace muchos años y otra, mucho menos optimista y sin duda más violenta, insulta a todo el que se cruza en su camino y asegura que el Gobierno tiene a todos sus hijos metidos en barras de hielo, congelados.
xxPero, sin duda, la que Bernardo más recuerda es Rosa, la Canaria, una mujer todavía joven —no pasará de los treinta y cinco años— que compartió con él la botella y el banco durante dos o tres años. Rosa, de quien Bernardo asegura que era licenciada en Filosofía y Letras, desapareció un buen día de la plaza sin dejar rastro, igual que había llegado. Bernardo la echa de menos y, en el fondo, todavía mantiene la esperanza: el guisante, dice, siempre acaba viniendo al palo.
xxEl camarada Lorenzo Anguso Arribas no es propiamente un vagabundo. El camarada Lorenzo Anguso Arribas es todo un caballero, aunque su economía no sea muy boyante, y tiene a gala el haber sido el único español que atentó contra Franco.
xxPor los años cincuenta, el camarada Arribas —entonces camarada del sector contestatario de Falange— preparó en la pensión de la calle del Pez en que vivía una bomba casera con pólvora prensada en un bote vacío de tomate. El artefacto hizo explosión en la explanada del Valle de los Caídos, un día de concentración plenaria, a casi dos kilómetros del palco presidencial y media hora después de que Franco hubiera ya marchado. Pero a Lorenzo aquello le costó ser detenido —del consejo de guerra le salvó su condición de militante de Falange— y, desde entonces, sostiene con orgullo la vitola de haber sido el único español que se atrevió a atentar contra Franco.
xxCon el camarada Lorenzo Anguso Arribas, ahora camarada del Partido Comunista de los Pueblos de España (sector crítico, claro), tomo café en un bar de la calle Campoamor algunas tardes. Lorenzo, que une a su pasión por la política pasada y a su culto verbo arcaizante un singular parecido con Azaña —parecido que le sirvió para encarnar físicamente el personaje en la aún inédita película Casas Viejas, cuyo papel ensayaba en el bar, subido en una silla, y del que, en el rodaje, se comió un día las verrugas postizas al caérsele éstas en el plato—, tiene, al margen del atentado contra Franco, un turbulento y atrabiliario pasado a sus espaldas.
xxEn los años cuarenta, por ejemplo, el camarada Arribas se vistió de obispo plenipotenciario y dio un sermón a las beatas que habían acudido a la misa de nueve a la catedral de Zamora, su ciudad natal, de donde, a raíz de ese suceso, fue extrañado, siendo acompañado por la guardia civil hasta la raya de Salamanca. Lorenzo jamás volvió a Zamora. Atrás dejaba, según propia confesión, una ciudad pacata y reaccionaria y una familia de latifundistas burgueses y provincianos que no sólo se contentó con desheredarle, sino que nunca más volvió ya a mirarle a la cara.
xxEn Madrid, el camarada Arribas se hizo falangista, luego espía nasserista (entre sus servicios cuenta su intervención en el fallido golpe de Muñoz Grandes y en el desmantelamiento de un atentado preparado para matar a Fidel Castro), más tarde comunista y, finalmente, miembro de la Asociación «Ambrosio Morales», sector crítico (que quede esto bien claro), dedicada a la conservación del patrimonio artístico de España. Entre la conservación del patrimonio y la política, el camarada Arribas —cuya vida privada ni siquiera conocemos los que con él tomamos café todas las tardes— pasa sus días, feliz y ensimismado. Al mediodía, después de comer (o antes, que eso tampoco lo sabe nadie), recala por el bar para seguir, incansable, teorizando. En el bar, ante una taza de café, que acostumbra a endulzar con dos y hasta tres sobres de azúcar y al que casi siempre está invitado, Lorenzo habla y habla, sin escuchar a nadie, siempre de política y siempre del pasado, interrumpiendo sólo su verbo torrencial para llamar de tarde en tarde por teléfono a la familia de algún viejo camarada fallecido o a la Embajada de la URSS o de Polonia con el fin, dice él, de advertir a sus agentes de que Solana —a quien finalmente acabará teniendo que pagar esa llamada— es un agente descarado del imperialismo americano.
xxPero Lorenzo no está solo en su lucha contra el imperialismo contrarrevolucionario. A veces, se hace acompañar hasta el café de un joven e hipotético ayudante, que, más que secundarle, tiene la rara virtud, bien que por exceso, de exasperarle. Aquilino, que ése es el nombre de tan curioso personaje, vuelca tanto sus fuerzas en la política y en el espionaje —para él, todos somos espías mientras no se demuestre lo contrario— que ha olvidado por completo sus deberes ciudadanos y sus siempre ominosas servidumbres materiales: a la fecha de hoy, Aquilino debe ya siete meses de pensión y algunas cuentas más por restaurantes y bares de toda la ciudad. Aquilino pretende que esas deudas se las cancele la Embajada libia (se supone que por los servicios prestados). Lorenzo dice que a Aquilino, como siempre está hablando de política y de espías y no tiene vida sentimental ninguna, el esperma se le acumula en el cerebro y se está volviendo loco.
xxHacia las cuatro de la tarde, el camarada Arribas, solo o en compañía de Aquilino, sale del bar y se pierde en la ciudad, decidido a seguir alimentando en solitario las viejas llamas del patrimonio artístico y del espíritu revolucionario. En alguna ocasión, sin embargo, antes de perderse por la esquina de la calle, desde la cristalera del bar, le he visto cruzarse con Bernardo. Cuando eso sucede, los dos se miran un instante —yo mismo les he presentado—, se saludan ceremoniosamente y siguen caminando, cada uno por su lado. Pienso entonces qué pensarán uno de otro, qué camino les guía, a dónde van cuando se separan. Y, sobre todo, de dónde vienen, qué camino han recorrido hasta este punto, qué fuerza o qué recuerdos hasta aquí les ha arrastrado. O, por decirlo con palabras de Los Beatles, ¿de dónde viene toda esta gente solitaria?

 

 

 

Llamazares, Julio. En Babia. Barcelona; Ed. Seix-Barral, 1991.

 

DE ‘CANTANDO EN VOZ BAJA’ (I)

diciembre 10, 2017 Deja un comentario

Dejo aquí el primero de una serie de poemas que voy a ir subiendo al blog del libro que hace ya un par de años me publicó la editorial Balduque y que lleva por título ‘Cantando en voz baja’.

 

 

PLAYSTATION

 

FIDELIDAD

A los veinte años, en Montevideo, escuchaba a Mina
cantando Margherita de Cocciante
en la pantalla blanca y negra de la Rai
junto a la mujer que amaba
y me emocionaba

A los cuarenta años escuchaba a Mina
cantando Margherita de Cocciante
en el reproductor de cassetes
junto a la mujer que amaba,
en Estocolmo,
y me emocionaba

A los sesenta años, escucho a Mina
cantando Margherita de Cocciante
en Youtube, junto a la mujer a la que amo,
ciudad de Barcelona
y me emociono

Luego dicen que no soy una persona fiel.

 

 

 

 

TEATRO

Soñé que estaba en un teatro
y no me sabía el papel

la gente esperaba de mí alguna cosa

gestos o palabras

pero yo no me sabía el papel

y no conseguía darme cuenta
por qué era tan importante

si la obra había empezado mucho antes
mucho antes de que yo llegara.

 

 

 

 

CARUSO

También me gusta mucho Luciano Pavarotti
cantando Caruso
especialmente cuando dice “ti voglio bene assai”
es la única lengua del mundo
que distingue entre querer,
que quiere cualquiera,
y querer bien,
que no quiere casi nadie.
Pavarotti nunca estudió solfeo
y le pusieron Luciano
en honor a un boxeador.
Pero él dice “ti voglio bene assai”
como nadie,
en una lengua que tiene la diferencia
de distinguir entre querer
y querer bien.
No estudió solfeo.
Se nace o no se nace.

 

 

 

 

BIBLIOTECA

Me pregunta con mucho interés
qué he hecho con mi antigua biblioteca
de ocho mil volúmenes.

No hay nada que me parezca más caduco
que la fotografía de un viejo escritor
o de una vieja escritora
rodeados de libros
como un ejército de guardaespaldas.

Los regalé —le digo.

¿Y no los añoras? —pregunta.

Me gusta amarlos a distancia
—contestó—
para no decepcionarme.

 

 

 

 

CONVALECENCIA

Me pasé tres meses en la cama
con la pierna derecha en alto
jugando con la playstation

—me había atropellado un auto—

cuando dejaba de jugar con la playstation
y buscaba un libro para leer
todos eran tristes
contaban cosas horribles
de los seres humanos
—no necesariamente guerras y torturas,
sino matrimonios, hijos, divorcios, infidelidades—

de modo que volvía a la playstation.

La literatura es un residuo,
un excremento de la vida.

 

xxxxxII

Me pasé tres meses en la cama
con la pierna en alto
jugando con la playstation
—me había atropellado un auto—

Cuando dejaba de jugar con la playstation
y encendía la televisión
todas las cosas que veía eran horribles
asaltos asesinatos violaciones
guerras chismes pornografía

de modo que volvía a la playstation

El televisor me lo había regalado
una amiga y nunca lo había encendido antes.

 

 

 

 

PARA QUÉ SIRVE LA LECTURA

Me llaman de una editorial
y me piden que escriba
cinco folios sobre la necesidad de la lectura

No pagan muy bien
¿quién podría pagar bien por un tema así?
pero de todos modos
necesito el dinero

así que enciendo el ordenador y me pongo a pensar
sobre la necesidad de la lectura
pero no se me ocurre nada

es algo que seguramente sabía cuando era joven
y leía sin parar
leía en la Biblioteca Nacional
y en las bibliotecas públicas

leía en las cafeterías
y en la consulta del dentista

leía en el autobús y en el metro

siempre andaba mirando libros

y me pasaba las tardes en las librerías de usados
hasta quedarme sin un duro en el bolsillo

tenía que volver a pie a casa

por haberme comprado un Saroyan o una Virginia Woolf

Entonces los libros parecían la cosa más importante de la vida

fundamental

y no tenía zapatos nuevos
pero no me faltaba un Faulkner o un Onetti
una Katherine Mansfield o una Juana de Ibarbourou

x
ahora la gente joven está en las discotecas
no en las bibliotecas

yo me hice una buena colección de libros
ocupaban toda la casa

había libros en todas partes
menos en el retrete

que es el lugar donde están los libros
de la gente que no lee

a veces tenía que seguirle durante mucho tiempo
las huellas a un libro que había salido en México
o en París
una larga pesquisa hasta conseguirlo

No todos valían la pena
es verdad
pero pocas veces me equivoqué
tuve mis Pavese mis Salinger mis Sartre mis Heidegger
mis Saroyan mis Michaux mis Camus mis Baudelaire
mis Neruda mis Vallejo mis Huidobro
para no hablar de los Cortázar o de los Borges

siempre andaba con papelitos en los bolsillos
con los libros que quería leer y no encontraba

por allí andaban los Pedro Salinas y los Ambroce Bierce
la infame turba de Dante

pero ahora no sabía decir para qué maldita cosa
servía haber leído todo eso

más que para saber que la vida es triste

cosa que hubiera podido saber sin necesidad de leerlos

x
Cuando habían pasado cinco horas yo todavía no había escrito
una sola línea
así que me puse a escribir este poema
Llamé a los de la editorial
y les dije creo que para lo único que sirve
la lectura
es para escribir poemas
no puedo decirles más que eso

entonces me dijeron que un poema no servía,
que necesitaban otra cosa.

 

 

 

 

ESPEJOS CIRCULARES

Una vez me tradujo al francés
un ingeniero forestal
que plantaba encinas
en Catalunya

era joven

estaba enamorado

repoblaba de árboles
un bosque quemado

me dijo que cada árbol
era una palabra

un trozo de papel

le traducía mi libro
a su amada
para enamorarla

la traducción me gustó

era la mejor que había leído

“el libro dice lo que yo quiero decirle”

me escribió

(no existía Internet)

x
Al final la enamoró
publicaron la traducción
la mejor que yo había leído

Nos tomamos un café en el viejo Zurich

de la Plaza Catalunya

era joven
era guapo
era dulce
y no conocía

el Infierno de Dante:

Paolo y Francesca
—cuñados—
leen juntos los amores adúlteros
de Lancelot y la princesa Ginebra

“cuando Lancelot besó sus labios,
éste, que siempre me acompaña,
besó los míos y
era tarde, ya no leímos más”

Después se casó
tuvo un hijo
y ya no me tradujo más.
Había entrado en el infierno.

 

 

 

 

ANNA

Otra vez me tradujo una poeta de Berlín.
Había estado enamorada de un español

sabía muy bien lo que hacía.

Sólo tuvimos un disgusto
acerca de un dibujo de Max Ernst

El dibujo se llamaba (en castellano)
Aquí todavía todo está flotando

y ella quería saber si flotaba en el mar
o flotaba en el aire

porque en alemán son verbos diferentes

“Comprende las limitaciones de mi idioma”,
le dije admirada de la precisión del alemán

“El dibujo te lo has inventado, no lo conozco,
no existe” me dijo como una severa Ama
germánica de fusta y cuero negro

Empleó tres días en rastrear todos los archivos
hasta encontrar el nombre del dibujo de Max Ernst
a esa altura yo ya medio me había enamorado de ella
y ella, medio de mí

paseábamos juntas por la Kudamm
atravesábamos en metro la estación del muro
contemplábamos los cisnes del Wansee
y escuchábamos a Bach

nos enamoramos tanto que respondía por mí las entrevistas que
me hacía
la televisión de Berlín

una vez nos citamos en un discreto hotel
de Alexanderplatz
pero al final
no fuimos a la cita
porque ella tenía marido
y yo tenía una amante

no queríamos complicar la traducción.

El libro se publicó en Berlín

y ya no me acuerdo de cómo se llama.

De ella me dijeron que se divorció
dejó de escribir poemas
y está encerrada en un loquero

Le mandé un mensaje
“Aquí todavía todo está flotando”.

 

 

 

 

I LOVE CRISTINA PERI ROSSI

En el portal de Amazon
aparece mi nombre

al lado de Michael Jackson
Madonna y George Clooney

venden camisetas en tres tallas
(pequeña mediana mayor)
para hombres mujeres niños o niñas

x
las camisetas blancas
tienen una inscripción
en letras rojas: I love Michael Jackson
I love Madonna
I love George Clooney
I love Cristina Peri Rossi
mi nombre es más largo
ocupa más espacio

Me pregunto quién habrá tenido
la alocada idea de quererme en camisetas
de Amazon

Sólo me gusta el No llores por mí Argentina
de Madonna
y detesto a George Clooney
(Michael Jackson me da un poco de lástima
tuvo una infancia difícil, como yo)

x
Al otro día las camisetas siguen allí
en el portal
a quién se le habrá ocurrido
que me ama tanta gente

como no me lo termino de creer

x

compro un par de camisetas I love
Cristina Peri Rossi

x

—A ver si haces un poco de dinero
—dice mi amiga— que la literatura
no da para comer
—parece que puede dar para vestirse un poco
pienso

A los quince días llegan por correo
las camisetas I love Cristina Peri Rossi

dos por cincuenta dólares más diez de envío
Pienso que amarme no es tan caro
podría ser mucho peor

Mi abogado dice que es inútil poner una demanda
Amazon no contesta
tiene una respuesta robot para todos igual

no sé a quién regalarle las camisetas

A mí, mi amor me queda grande.

 

 

 

Peri Rossi, Cristina. Playstation. Madrid; Ed. Visor, 2009.

 

ESTRATEGIAS DEL DESEO

 

ESTRATEGIAS DEL DESEO

Las palabras no pueden decir la verdad
la verdad no es decible
la verdad no es lenguaje hablado
la verdad no es un dicho
la verdad no es un relato
en el diván de un psicoanalista
o en las páginas de un libro.
Considera, pues, todo lo que hemos hablado tú y yo
en noches en vela
en apasionadas tardes de café
London, Astoria, Arlequín
sólo como seducción
en el mismo lugar que las medias
y el liguero de encaje:
estrategias del deseo.

 

 

 

 

HIJOS DEL AZAR

No tenía ganas de subir al avión
pensaba que iba a estrellarse
xxxx(a veces pasan cosas así).

No tenía ganas de estar en esa ciudad
xxxxni en ninguna otra

no tenía ganas de ir a una Feria de Libros
ni de flores ni de autos

me dolía la cabeza

no tenía ganas de leer poemas en público
(no quería declamar).

Pero leí
xxxx—al fondo el ruido del mar y de los barcos—
sólo porque se trataba de un puerto
sólo porque era Barcelona.

Después, en la cama,
jugamos al «como si»…
«Si no hubieras tomado ese avión»
«Si no hubieras leído»
«Si no me hubieras mirado»
«Si no te hubiera mirado»

Ninguna certeza
xxxxninguna certidumbre
xxxx¿el encuentro fortuito?

«Te hubiera encontrado de todos modos —dices—
siempre encuentro lo que busco.»

Ah, las certezas de la juventud:
tenías veinte años menos que yo
y no habías perdido ninguna guerra.

 

 

 

 

CUENTAS CLARAS

No sería raro
que un día cualquiera
—hoy, por ejemplo—
me dijeras la cifra exacta de dinero
que cuesta nuestro amor
en viajes
hoteles
e interminables llamadas telefónicas.
Al fin y al cabo
el dinero todo lo mide
así que si este amor
nos cuesta mucho dinero
será que es amor del bueno
del importante.
Sin embargo
recuerdo:
una vez
en mi juventud
fui feliz compartiendo el único cigarrillo
en un cuarto de pensión
fui feliz haciendo el amor a la intemperie
entre los juncos
fui feliz sin hotel
ni casa ni teléfono
ni lencería de encaje.
Tenía sólo dieciocho años.

 

 

 

 

PANAL

Tu sexo es un panal
donde mil abejas laboriosas
liban una miel que se me queda entre los dedos.

 

 

 

 

DE AQUÍ A LA ETERNIDAD

Descubrir a Dios entre las sábanas
—no en el templo fariseo
ni en la altiva mezquita—
sábanas blancas
sudario del amor que te cubría
manto sagrado
iniciar la bienaventurada ascensión
de tu piel a la eternidad
de tu vientre al círculo celestial
sentir a Dios en tus húmedas cavidades
en el grito vertiginoso
de la jauría de tus vísceras
saber
que Dios está escondido entre las sábanas
sudoroso
consagrando tu sangre menstrual
elevando el cáliz de tu vientre.
Descubrir de pronto que Dios
era una diosa,
última ascesis,
de aquí a la eternidad.

 

 

 

 

DE AQUÍ A LA ETERNIDAD IV

No he amado las almas, es verdad
sus pequeñas miserias
sus rencores sus venganzas
sus odios su soberbia
en cambio he amado generosamente
algunos cuerpos
mi amor los ha embellecido
más que el maquillaje
mi amor los ha enaltecido
siempre es más fácil amar un seno flácido
un ojo ligeramente estrábico
que el mal carácter
la mezquindad
o el narcisismo
llamado otrosí ego.
No he amado las almas, es verdad,
sus pequeñas miserias
sus rencores sus venganzas
sus odios su soberbia
en cambio
he amado hasta el éxtasis
algunos cuerpos
no necesariamente hermosos.

 

 

 

 

LE SOMMEIL, DE GUSTAVE COURBET

Si el amor fuera una obra de arte
yaceríamos todavía desnudas y dormidas
la pierna sobre el muslo
la cabeza sobre el hombro —nido—
resplandecientes y sensuales
como en Le sommeil de Courbet
cuya belleza contemplamos extasiadas
una tarde, en Barcelona
(«Salimos de una cama para entrar en otra»,
dijiste).

No hubiéramos despertado nunca
ajenas al paso del tiempo
al transcurso de los días y de las noches
en un presente permanente
de tiempo paralizado
y espacio cristalizado.

Quise vivir en el cuadro
quise vivir en el arte
donde no hay fugacidad
ni tránsito.

Pero se trataba sólo de amor
no del cuadro de Courbet
de modo que despertamos
y era el ruido de la ciudad
y era el reclamo de la realidad
los crueles menesteres
—las pequeñeces de las que habló Darío—.

Se trataba sólo de amor
no del cuadro de Courbet
de modo que despertamos
y eran los teléfonos las facturas
los recibos de la luz la lista del mercado
especialmente era lo fútil,
lo frágil, transitorio,
lo banal, lo cotidiano
eran los miedos las enfermedades
las cuentas de los bancos
los aniversarios de los parientes.

Dejamos solas
abandonadas a las bellas durmientes
de Courbet

solas
abandonadas en el museo
en las reproducciones de los libros.

Se trataba sólo de amor
es decir, de lo efímero,
eso que el arte siempre excluye.

 

 

 

 

MALAS JUNTAS

A la hora del lento crepúsculo asesino
escucho jazz como una condenada
se aferra al último cigarrillo.

 

 

 

 

EXTRANJERA

Extranjera en la ciudad
extranjera entre los otros
de noche
me encierro en el bar gay.
Ah, mis hermanos…
el alegre maricón con el pelo verde
que baila sensualmente
mientras se mira en el espejo
cual Narciso teñido
la profesora de ffrancés
vestida de George Sand
con su alumna preferida
(Balthus)
y las parejas siamesas
que han conseguido
eliminar las diferencias.
Pido una copa
todo el mundo baila,
todo el mundo menos yo.
¿Será posible que aquí también
entre falsos pelirrojos
y lesbianas sin pareja
te sientas otra vez una extranjera?

 

 

 

 

ADICCIONES

Cuando me cansaba de un amor
me dedicaba al juego
—casino del parque Rodó, casino de Carrasco
Amélie Les Bains, Sant Pere de Ribes—.
Y perdía el poco dinero que tenía
pero por un rato
—un par de horas cada noche—
recuperaba la excitación que el amor ya no me daba.
Creía que se trataba de una cuestión de sentimientos
pero la psicóloga me dijo:
«adicta a la intensidad».
¿Será posible que haya amado
al dieciséis rojo
tanto como a tu vulva?
¿Es posible que esperar negro el siete
me produzca la misma excitación
que el color de tus bragas?

 

 

 

 

PERFUME

El olor de tu sexo en mis dedos
dura más que el Must de Cartier.

 

 

 

 

BARNANIT V

El camarero del bar donde amo
escribo sueño pienso me aburro
te espero (mi segunda residencia
si fuera una escritora de moda
una tenista o una presentadora de televisión)
el camarero del bar me sonríe
a pesar del calor del verano.
Trabaja demasiado
catorce horas de una mesa a la otra
y el pedido lo más rápido posible
cualquier día se va a deshidratar
y los médicos le darán pastillas de potasio,
no un salario mejor
ni menos horas de trabajo.

El camarero tiene camisa blanca
y pantalón negro
los cabellos cortos
veinticinco años.
Le gustaría irse a dormir
pero los parroquianos de estío en la ciudad
somos pobres, insomnes y muy pesados
comemos bebemos charlamos
está deseando irse
¿para esto se hizo la revolución bolchevique?
¿para esto triunfó el capitalismo?
Catorce horas salvajes
catorce horas sumisas.
«Después me toca limpiar», me dice
con resignación.
No leyó El capital
no sabe posiblemente en qué consiste la plusvalía
pero la genera.
Las mesas están sucias
los residuos del comer
del beber
los servicios también están sucios
cuando se cumplan las catorce horas se irá
mal pagado
mal dormido
convencido de que éste es el único sistema posible.
Es verdad
yo tampoco puedo pagarle con poemas
yo también estoy mal pagada.
Le deseo las buenas noches
me voy a dormir
nuestra jornada de bar ha sido larga
a pesar de que yo sí leí El capital.

 

 

 

 

QUERIDA MAMÁ

¿Cuándo te morirás
para que yo pueda suicidarme
sin sentimiento de culpa?

 

 

 

 

LE DIGO A MI SEXO

Contrólate, serénate, tente quieto, no te desmandes,
no inventes, no sueñes, no finjas, no exageres, no eleves templos
sobre unas pobres piedras, no idealices, no sueñes con el paraíso,
no delires:
al fin y al cabo, todo el mundo tiene uno,
hasta los perros y las ratas.

 

 

 

Peri Rossi, Cristina. Poesía reunida. Barcelona; Ed. Lumen, 2005

 

INMOVILIDAD DE LOS BARCOS

 

MENSAJES

Se escribe
como se lanza una botella al mar:
soñando con una playa
un lector, una lectora
Pero cuando por azar de los vientos
y la conjunción errática de las mareas
la botella navegante llega a la orilla
y alguien la recoge
—lee el mensaje—
hay que confesar: quien envió el mensaje
está ya en otra cosa.

 

 

 

 

ENCUENTRO

Tanta conversación —te dije en el vestíbulo del hotel
donde nos encontramos inesperadamente—
sólo puede ser una actividad desplazada.
Hablamos tanto cuando tenemos miedo
de hacer el amor.

 

 

 

 

INMOVILIDAD DE LOS BARCOS

Ayer extravié la carta que te dirigía
No tenía importancia
sólo contarte
—a ti, que estás lejos—
los objetos que me rodean:
un barco de madera
y velas de hilo
encerrado en una botella de ron
un largo poliedro de cristal
con un ancla de bronce en su interior
un pisapapeles de cuarzo con delfines
el farol de un viejo barco
que ya no navega
Cosas del mar
cosas del morir
en un apartamento de Barcelona,
calle de Les Corts,
desde el cual no se ve el agua.

 

 

 

 

OFUSCACIÓN

Cuando ofuscada
te lames las heridas
antiguas
y como una leona
te revuelves
en la cama
Hay que estar a distancia suficiente
como para que tus garras
no destrocen la carne
de la persona más cercana,
esa que no te ha hecho daño
todavía.

 

 

 

 

LECTURA

Se atraviesa un libro
como se vadea un río

xxxxxxlas palabras
son las piedras para asirse
Impiden naufragar.

 

 

 

 

EDAD

Cuando le dije que no me contara nada
de su vida anterior
(tenía cuarenta y dos años, una larga
vida anterior, pues)
lo tomó como una muestra de generosidad.
Se equivocaba:
era puro egoísmo
a los cuarenta y dos años,
nadie puede contar más que obscenidades
y fracasos,
el arte de sobrevivir, en suma.

 

 

 

 

ARTE MODERNO

Ciertos escultores usan materiales de desecho
para hacer sus esculturas
la lata de cerveza el detergente y el envase de cartón
tienen otra oportunidad
de vivir y transformarse
Todos los humanos
somos material de desecho
Emplea mis cervicales
mi cuello mi ombligo
mi deseo de fumar
mis escalofrfíos
mi páncreas
mi tiroides
Dales otra oportunidad.

 

 

 

 

ORACIÓN

Líbranos, Señor,
de encontrarnos,
años después,
con nuestros grandes amores.

 

 

 

 

UNA BIOGRAFÍA

Procuradora del Estado
muchos talonarios
tarjetas American Express
y Visa-Oro
una moderna residencia en la ciudad
y otra en el campo
Pero cuéntame —lo prefiero—
cuando a los diecisiete años
fuiste la amante del Primer Ministro
y del Jefe Guerrillero
al mismo tiempo
xxxxxxx(los dos te inspiraban cierta ternura,
dijiste)
y en tus orgasmos se mezclaba el miedo
con el deseo de cambiar el mundo.

 

 

 

 

GRANDES ALMACENES

En las grandes tiendas
me mareo
ando exiliada
confundo los pisos
tantos objetos me saturan
Sólo quiero comprar un bolígrafo
o un rotulador
Estoy en el centro de la Civilización Occidental:
que alguien me dé un mapa
Y además, toda esa gente feliz,
inmensamente satisfecha
de disponer
de poco dinero
para tantas cosas.

 

 

 

 

ADICCIONES

Todos somos adictos a algo.
Entre dosis y dioses, sólo
hay una e de diferencia.

 

 

 

 

DIPLODOCUS

Un viejo medio borracho
en la soledad del andén
me sonríe con una botella en la mano
Le sonrío
como a un animal anacrónico:
todavía se droga con alcohol.

 

 

 

 

ÚLTIMA ENTREVISTA

La última entrevista fue triste.
Yo esperaba una decisión imposible:
que me siguieras a una ciudad extraña
donde sólo se había perdido un submarino alemán
y tú esperabas que no te lo propusiera.
Con el vértigo de los suicidas
te dije: «Ven conmigo», sabiéndolo imposible
y tú —sabiéndolo imposible— respondiste:
«Nada se me perdió allí» y diste la conversación
por concluida. Me puse de pie
como quien cierra un libro
aunque sabía —lo supe siempre—
que ahora empezaba otro capítulo.
Iba a soñar contigo —en una ciudad extraña—,
donde sólo un viejo submarino alemán
se perdió.
Iba a escribir cartas que no te enviaría
Y tú, ibas a esperar mi regreso
—Penélope infiel— con ambigüedad,
sabiendo que mis cortos retornos
no serían definitivos. No soy Ulises. No conocí
Ítaca. Todo lo que he perdido
lo perdí a sabiendas
y lo que no gané
fue por pereza. La última entrevista
fue un poco triste.

 

 

 

 

BIOGRAFÍAS

Y no olvides nunca
que para cada cual
(para la ingenua doméstica recién casada
como para el guerrillero de Chiapas)
su vida es siempre una novela.
Pero por favor,
por lo menos,
que esté bien escrita.

 

 

 

Peri Rossi, Cristina. Poesía reunida. Barcelona; Ed. Lumen, 2005

 

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