Archive

Archive for 31 enero 2016

TODO SUENA

Amigas 5

 

EN presencia de otros,
siempre,
preferiría
estar
desnuda.

 

 

 

 

EL ir y venir
del líquido interior.
El trasiego del agua.
Y del flujo.

Todo suena
mientras se está amando.
O se fornica.

 

 

 

Sanz, Marta. Vintage. Madrid; Bartleby editores, 2013.

 

Categorías:Poesía Etiquetas: , ,

OJOS DE PERRO AZUL

Amigas 13

 

xxEntonces me miró. Yo creía que me miraba por primera vez. Pero luego, cuando dio la vuelta por detrás del velador y yo seguía sintiendo sobre el hombro, a mis espaldas, su resbaladiza y oleosa mirada, comprendí que era yo quien la miraba por primera vez. Encendí un cigarrillo. Tragué el humo áspero y fuerte, antes de hacer girar el asiento, equilibrándolo sobre una de las patas posteriores. Después de eso la vi ahí, como había estado todas las noches, parada junto al velador, mirándome. Durante breves minutos estuvimos haciendo nada más que eso: mirarnos. Yo mirándola desde el asiento, haciendo equilibrio en una de sus patas posteriores. Ella de pie, con una mano larga y quieta sobre el velador, mirándome. Le veía los párpados iluminados como todas las noches. Fue entonces cuando recordé lo de siempre, cuando le dije: «Ojos de perro azul». Ella me dijo, sin retirar la mano del velador: «Eso. Ya no lo olvidaremos nunca». Salió de la órbita suspirando: «Ojos de perro azul. He escrito eso por todas partes».
xxLa vi caminar hacia el tocador. La vi aparecer en la luna circular del espejo mirándome ahora al final de una ida y vuelta de luz matemática. La vi seguir mirándome con sus grandes ojos de ceniza encendida: mirándome mientras abría la cajita enchapada de nácar rosado. La vi empolvarse la nariz. Cuando acabó de hacerlo, cerró la cajita y volvió a ponerse en pie y caminó de nuevo hacia el velador, diciendo: «Temo que alguien sueñe con esta habitación y me revuelva mis cosas»; y tendió sobre la llama la misma mano larga y trémula que había estado calentado antes de sentarse al espejo. Y dijo: «No sientes el frío». Y yo le dije: «A veces». Y ella me dijo: «Debes sentirlo ahora». Y entonces comprendí por qué no había podido estar solo en el asiento. Era el frío lo que me daba la certeza de mi soledad. «Ahora lo siento ―dije―. Y es raro, porque la noche está quieta. Tal vez se me ha rodado la sábana». Ella no respondió. Empezó otra vez a moverse hacia el espejo y volví a girar sobre el asiento para quedar de espaldas a ella. Sin verla, sabía lo que estaba haciendo. Sabía que estaba otra vez sentada frente al espejo, viendo mis espaldas, que habían tenido tiempo para llegar hasta el fondo del espejo, viendo mis espaldas, que habían tenido tiempo para llegar hasta el fondo del espejo y ser encontradas por la mirada de ella, que también había tenido el tiempo justo para llegar hasta el fondo y regresar ―antes que la mano tuviera tiempo de iniciar la segunda vuelta― hasta los labios que estaban ahora untados de carmín, desde la primera vuelta de la mano frente al espejo. Yo veía, frente a mí, la pared lisa, que era como otro espejo ciego donde yo no la veía a ella ―sentada a mis espaldas―, pero imaginándola dónde estaría si en lugar de la pared hubiera sido puesto un espejo. «Te veo», le dije. Y vi en la pared como si ella hubiera levantado los ojos y me hubiera visto de espaldas en el asiento, al fondo del espejo, con la cara vuelta hacia la pared. Después la vi bajar los párpados, otra vez, y quedarse con los ojos quietos en su corpiño, sin hablar. Y yo volví a decirle: «Te veo». Y ella volvió a levantar los ojos desde su corpiño. «Es imposible», dijo. Yo pregunté por qué. Y ella, con los ojos otra vez quietos en el corpiño: «Porque tienes la cara vuelta hacia la pared». Entonces yo hice girar el asiento. Tenía el cigarrillo apretado en la boca. Cuando quedé frente al espejo ella estaba otra vez junto al velador. Ahora tenía las manos abiertas sobre la llama, como dos abiertas alas de gallina, asándose, y con el rostro sombreado por sus propios dedos. «Creo que me voy a enfriar ―dijo―. Esta debe ser una ciudad helada». Volvió el rostro de perfil y su piel de cobre al rojo se volvió repentinamente triste. «Haz algo contra eso», dije. Y ella empezó a desvestirse, pieza por pieza, empezando por arriba; por el corpiño. Le dije: «Voy a voltearme contra la pared». Ella dijo: «No. De todos modos me verás, como me viste cuando estabas de espaldas». Y no había acabado de decirlo cuando ya estaba desvestida casi por completo, con la llama lamiéndole la larga piel de cobre. «Siempre había querido verte así, con el cuero de la barriga lleno de hondos agujeros, como si te hubieran hecho a palos». Y antes que yo cayera en la cuenta de que mis palabras se habían vuelto torpes frente a su desnudez, ella se quedó inmóvil, calentándose en la órbita del velador, y dijo: «A veces creo que soy metálica». Guardó silencio un instante. La posición de las manos sobre la llama varió levemente. Yo dije: «A veces, en otros sueños, he creído que no eras sino una estatuilla de bronce en el rincón de algún museo. Tal vez por eso sientes frío». Y ella dijo: «A veces, cuando me duermo sobre el corazón, siento que el cuerpo se me vuelve hueco y la piel como una lámina. Entonces, cuando la sangre me golpea por dentro, es como si alguien me estuviera llamando con los nudillos en el vientre y siento mi propio sonido de cobre en la cama. Es como si fuera así como tú dices: de metal laminado». Se acercó más al velador. «Me habría gustado oírte», dije. Y ella dijo: «Si alguna vez nos encontramos pon el oído en mis costillas, cuando me duerma sobre el lado izquierdo, y me oirás resonar. Siempre he deseado que lo hagas alguna vez». La oí respirar hondo mientras hablaba. Y dijo que durante años no había hecho nada distinto de eso. Su vida estaba dedicada a encontrarme en la realidad, al través de esa frase identificadora. «Ojos de perro azul». Y en la calle iba diciendo en voz alta, que era una manera de decirle a la única persona que habría podido entenderle:
xx«Yo soy la que llega a tus sueños todas las noches y te dice esto: ojos de perro azul». Y dijo que iba a los restaurantes y les decía a los mozos, antes de ordenar el pedido: «Ojos de perro azul». Pero los mozos le hacían una respetuosa reverencia, sin que hubieran recordado nunca haber dicho eso en sus sueños. Después escribía en las servilletas y rayaba con el cuchillo el barniz de las mesas: «Ojos de perro azul». Y en los cristales empañados de los hoteles, de las estaciones, de todos los edificios públicos, escribía con el índice: «Ojos de perro azul». Dijo que una vez llegó a una droguería y advirtió el mismo olor que había sentido en su habitación una noche después de haber soñado conmigo. «Debe estar cerca», pensó, viendo el embaldosado limpio y nuevo de la droguería. Entonces se acercó al dependiente y le dijo «Siempre sueño con un hombre que me dice: “Ojos de perro azul”». Y dijo que el vendedor la había mirado a los ojos y le dijo: «En realidad, señorita, usted tiene los ojos así». Y ella le dijo: «Necesito encontrar al hombre que me dijo en sueños eso mismo». Y el vendedor se echó a reír y se movió hacia el otro lado del mostrador. Ella siguió viendo el embaldosado limpio y sintiendo el olor. Y abrió la cartera y se arrodilló y escribió sobre el embaldosado, a grandes letras rojas, con la barrita de carmín para labios: «Ojos de perro azul». El vendedor regresó de donde estaba. Le dijo: «Señorita, usted ha manchado el embaldosado». Le entregó un trapo húmedo, diciendo: «Límpielo». Y ella dijo, todavía junto al velador, que pasó toda la tarde a gatas, lavando el embaldosado y diciendo: «Ojos de perro azul», hasta cuando la gentes se congregó en la puerta y dijo que estaba loca.
xxAhora, cuando acabó de hablar, yo seguía en el rincón, sentado, haciendo equilibrio en la silla. «Yo trato de acordarme todos los días la frase con que debo encontrarte ―dije― . Ahora creo que mañana no lo olvidaré. Sin embargo, siempre he dicho lo mismo y siempre he olvidado al despertar cuáles son las palabras con que puedo encontrarte». Y ella dijo: «Tú mismo las inventaste desde el primer día». Y yo le dije: «Las inventé porque te vi los ojos de ceniza. Pero nunca las recuerdo a la mañana siguiente . Y ella, con los puños cerrados junto al velador, respiró hondo: «Si por lo menos pudiera recordar ahora en qué ciudad lo he estado escribiendo».
xxSus dientes apretados relumbraron sobre la llama. «Me gustaría tocarte ahora», dije. Ella levantó el rostro que había estado mirando la lumbre: levantó la mirada ardiendo, asándose también como ella, como sus manos; y yo sentí que me vio, en el rincón, donde seguía sentado, meciéndome en el asiento. «Nunca me habías dicho eso», dijo. «Ahora lo digo y es verdad», dije. Al otro lado del velador ella pidió un cigarrillo. La colilla había desaparecido de entre mis dedos. Había olvidado que estaba fumando. Dijo: «No sé por qué no puedo recordar dónde lo he escrito». Y yo le dije: «Por lo mismo que yo no podré recordar mañana las palabras». Y ella dijo, triste: «No. Es que a veces creo que eso lo he soñado». Me puse en pie y caminé hacia el velador. Ella estaba un poco más allá, y yo seguía caminando, con los cigarrillos y los fósforos en la mano, que no pasaría el velador. Le tendí el cigarrillo. Ella lo apretó entre los labios y se inclinó para alcanzar la llama, antes que yo tuviera tiempo de encender el fósforo. «En alguna ciudad del mundo, en todas las paredes, tienen que estar escritas esas palabras: “Ojos de perro azul” dije―. Si mañana las recordara iría a buscarte». Ella levantó otra vez la cabeza y tenía ya la brasa encendida en los labios. «Ojos de perro azul», suspiró recordando, con el cigarrillo caído sobre la barba y un ojo a medio cerrar. Aspiró después el humo, con el cigarrillo entre los dedos, y exclamó: «Ya esto es otra cosa. Estoy entrando en calor». Y lo dijo con la voz un poco tibia y huidiza, como si no lo hubiera dicho realmente sino como si lo hubiera acercado el papel a la llama mientras yo leía: «Estoy entrando ―y ella hubiera seguido con el papelito entre el pulgar y el índice, dándole vueltas, mientras se iba consumiendo y yo acababa de leer ― …en calor», antes que el papelito se consumiera por completo y cayera al suelo arrugado, disminuido, convertido en un liviano polvo de ceniza. «Así es mejor ―dije―. A veces me da miedo verte así. Temblando junto al velador».
xxNos veíamos desde hacía varios años. A veces, cuando ya estábamos juntos, alguien dejaba caer afuera una cucharita y despertábamos. Poco a poco habíamos ido comprendiendo que nuestra amistad estaba subordinada a las cosas, a los acontecimientos más simples. Nuestros encuentros terminaban siempre así, con el caer de una cucharita en la madrugada.
xxAhora, junto al velador, me estaba mirando. Yo recordaba que antes también me había mirado así, desde aquel remoto sueño en que hice girar el asiento sobre sus patas posteriores y quedé frente a una desconocida de ojos cenicientos. Fue en ese sueño en el que le pregunté por primera vez: «¿Quién es usted?». Y ella me dijo: «No lo recuerdo». Yo le dije: «Pero creo que nos hemos visto antes». Y ella dijo, indiferente: «Creo que alguna vez soñé con usted, con este mismo cuarto». Y yo le dije: «Eso es. Ya empiezo a recordarlo». Y ella dijo: «Qué curioso. Es cierto que nos hemos encontrado en otros sueños».
xxDio dos chupadas al cigarrillo. Yo estaba todavía parado frente al velador cuando me quedé mirándola de pronto. La miré de arriba abajo y todavía era de cobre; pero no ya de metal duro y frío, sino de cobre amarillo, blando, maleable. «Me gustaría tocarte», volví a decir. Y ella dijo: «Lo echarías todo a perder». Yo dije: «Ahora no importa. Bastará con que demos vuelta a la almohada para que volvamos a encontrarnos.» Y tendí la mano por encima del velador. Ella no se movió. «Lo echarías todo a perder», volvió a decir, antes que yo pudiera tocarla. «Tal vez, si das la vuelta por detrás del velador, despertaríamos sobresaltados quién sabe en qué parte del mundo». Pero yo insistí: «No importa». Y ella dijo: «Si diéramos vuelta a la almohada, volveríamos a encontrarnos. Pero tú, cuando despiertes, lo habrás olvidado». Empecé a moverme hacia el rincón. Ella quedó atrás, calentándose las manos sobre la llama. Y todavía no estaba yo junto al asiento cuando le oí decir a mis espaldas: «Cuando despierto a medianoche, me quedo dando vueltas en la cama, con los hilos de la almohada ardiéndome en la rodilla y repitiendo hasta el amanecer: “Ojos de perro azul”».
xxEntonces yo me quedé con la cara contra la pared. «Ya está amaneciendo ―dije sin mirarla―. Cuando dieron las dos estaba despierto y de eso hace mucho rato». Yo me dirigí hacia la puerta. Cuando tenía agarrada la manivela, oí otra vez su voz igual, invariable: «No abras esa puerta ―dijo―. El corredor está lleno de sueños difíciles». Y yo le dije: «Cómo lo sabes?». Y ella me dijo: «Porque hace un momento estuve allí y tuve que regresar cuando descubrí que estaba dormida sobre el corazón». Yo tenía la puerta entreabierta. Moví un poco la hoja y un airecillo frío y tenue me trajo un fresco olor a tierra vegetal, a campo húmedo. Ella habló otra vez. Yo di la vuelta, moviendo todavía la hoja montada en goznes silenciosos, y le dije: «Creo que no hay ningún corredor aquí afuera. Siento el olor del campo». Y ella, un poco lejana ya, me dijo: «Conozco esto más que tú. Lo que pasa es que allá afuera está una mujer soñando con el campo». Se cruzó de brazos sobre la llama. Siguió hablando: «Es esa mujer que siempre ha deseado tener una casa en el campo y nunca ha podido salir de la ciudad». Yo recordaba haber visto la mujer en algún sueño anterior, pero sabía, ya con la puerta entreabierta, que dentro de media hora debía bajar al desayuno. Y dije: «De todos modos, tengo que salir de aquí para despertar».
xxAfuera el viento aleteó un instante, se quedó quieto después y se oyó la respiración de un durmiente que acababa de darse vuelta en la cama. El viento del campo se suspendió. Ya no hubo más olores. «Mañana te reconoceré por eso ―dije―. Te reconoceré cuando vea en la calle una mujer que escriba en las paredes: “Ojos de perro azul”». Y ella, con una sonrisa triste ―que era ya una sonrisa de entrega a lo imposible, a lo inalcanzable―, dijo: «Sin embargo no recordarás nada durante el día». Y volvió a poner las manos sobre el velador, con el semblante oscurecido por una niebla amarga: «Eres el único hombre que, al despertar, no recuerda nada de lo que ha soñado».

 

 

 

García Márquez, Gabriel. Ojos de perro azul. Ariel Universal; Guayaquil, 1974.

 

POR QUÉ NO VOLARÁ EN CIEN MIL PEDAZOS ESTA ESCORIA

KBKS

 

A RENÉ ZAVALETA

Por qué no volará en cien mil pedazos
esta escoria volante este puñado
de tierra y de dolor
aire y basura
si no habrá nunca paz
si no habrá nunca
una pura jornada de alegría.
A qué seguir rodando
tironeando de todo
ensuciando el planeta
y respirando junto con el aire
los aullidos de media humanidad
que no deja de aullar hasta la muerte
que no deja vivir porque entre aullidos
tenemos que comer
los que comemos
lavarnos la piel suave
los bañados
y leer poesía los leídos.
Eso es todo. O poco más.
Muy poco.
Atrapar retener lo que se pueda
lo que nos den de amor o lo que sea
mejores dividendos
televisores autos o fusiles
con mira telescópica
el renombre
el poder.
Es muy poco. No paga
la amargura el estorbo la molestia
de tantas privaciones
el silencio imposible
la soledad imposible
o la dicha imposible.
Por qué no volará en mil pedazos.
Si no habrá nunca paz
si lo obligado
lo que puede limpiarnos la conciencia
es salir a matar
limpiar el mundo
darlo vuelta
rehacerlo.
Y tal vez y tal vez
y tal vez para nada
tal vez para que a poco
vuelvan los puros a emporcarlo todo
a oprimir a vender
a aprovecharse
acorralandonós
cerrando las salidas.
Tal vez para que antes
de morir nos sintamos obligados
una vez más a oír
a levantarnos
otra vez otra vez
a hacernos cargo
y tengamos una vez más
de nuevo
que salir de limpieza.
Por qué no volará en cien mil pedazos.

 

 

 

Vilariño, Idea. Poesía completa. Barcelona; Ed. Lumen, 2008.

 

DIÁLOGO DEL ESPEJO

Diálogo del espejo

 

xxEl hombre de la estancia anterior, después de haber dormido largas horas como un santo, ol­vidado de las preocupaciones y desasosiegos de la madrugada reciente, despertó cuando el día era alto y el rumor de la ciudad invadía —to­tal— el aire de la habitación entreabierta. De­bió pensar —de no habitarlo otro estado de alma— en la espesa preocupación de la muer­te, en su miedo redondo, en el pedazo de barro —arcilla de sí mismo— que tendría su her­mano debajo de la lengua. Pero el sol regocijado que clarificaba el jardín le desvió la atención hacia otra vida más ordinaria, más terre­nal y acaso menos verdadera que su tremenda existencia interior. Hacia su vida de hombre corriente, de animal cotidiano, que le hizo re­cordar —sin contar para ello con su sistema nervioso, con su hígado alterable— la irreme­diable imposibilidad de dormir como un bur­gués. Pensó —y había allí, por cierto, algo de matemática burguesa en el trabalenguas de ci­fras— en los rompecabezas financieros de la oficina.
xxLas ocho y doce. Definitivamente llegaré tar­de. Paseó la yema de los dedos por la mejilla. La piel áspera, sembrada de troncos retoñados, le dejó la impresión del pelo duro por las antenas digitales. Después, con la palma de la mano entreabierta, se palpó el rostro distraído, cuida­dosamente; con la serena tranquilidad del ciru­jano que conoce el núcleo del tumor y de la superficie blanda fue surgiendo hacia adentro la dura sustancia de una verdad que, en ocasiones, le había blanqueado la angustia. Allí, bajo las yemas —y después de las yemas, hueso contra hueso—, su irrevocable condición ana­tómica había sepultado un orden de compues­tos, un apretado universo de tejidos, de mundos menores, que lo venían soportando, levantando su armadura carnal hacia una altura me­nos duradera que la natural y última posición de sus huesos.
xxSí. Contra la almohada, hundida la cabeza en la blanda materia, tumbando el cuerpo sobre el reposo de sus órganos la vida tenía un sabor horizontal, un mejor acomodamiento a sus pro­pios principios. Sabía que, con el esfuerzo mínimo de cerrar los párpados esa larga, fati­gante tarea que le aguardaba empezaría a re­solverse en un clima descomplicado, sin com­promisos con el tiempo ni con el espacio: sin necesidad de que, al realizarla, esa aventura quí­mica que constituía su cuerpo sufriera el más ligero menoscabo. Por lo contrario, así, con los párpados cerrados, había una economía total de recursos vitales, una ausencia absoluta de or­gánicos desgastes. Su cuerpo, hundido en el agua de los sueños, podría moverse, vivir, evolucio­nar hacia otras formas existenciales en las que su mundo real tendría, para su necesidad ínti­ma, una idéntica densidad de emociones —si no mayor— con las que la necesidad de vivir que­daría completamente satisfecha sin detrimento de su integridad física. Sería —entonces— mucho más fácil la tarea de convivir con los seres y las cosas, actuando, sin embargo, en igual forma que en el mundo real. Las tareas de ra­surarse, de tomar el ómnibus, de resolver las ecuaciones de la oficina, serían simples y descomplicadas en su sueño, y le producirían, a la postre, la misma satisfacción interior.
xxSí. Era mejor hacerlo en esa forma artificial, como lo estaba haciendo ya; buscando en la habitación iluminada el rumbo del espejo. Como lo hubiera seguido haciendo si, en aquel instante, una pesada máquina, brutal y absurda, no hubiera deshecho la tibia sustancia de su sueño incipiente. Ahora, regresando al mundo convencional, el problema revestía ciertamente mayores caracteres de gravedad. Sin embargo, la curiosa teoría que acababa de inspirarle su molicie, lo había desviado hacia una comarca de comprensión, y desde adentro de su hombre sintió el desplazamiento de la boca hacia los lados, en un gesto que debió ser una sonrisa involuntaria. Fastidiado -en el fondo continua­ba sonriendo. «Tener que afeitarme cuando debo estar sobre los libros en veinte minutos. Baño ocho, rápidamente cinco, desayuno siete. Salchichas viejas desagradables. Almacén de Mabel salsamentaria, tornillos, drogas, licores; eso es como una caja de no sé que sé yo, quién; se me olvidó la palabra. (El ómnibus se daña los martes y demora siete.) Pendora. No: Peldora. No es así. Total media hora. No hay tiempo. Se me olvidó la palabra, una caja donde hay de todo. Perdona. Empieza con pe.»
xxCon la bata puesta, ya frente al lavabo, un rostro somnoliento, desgreñado y sin afeitar, le echó una mirada aburrida desde el espejo. Un ligero sobresalto le subió, con un hilillo frío, al descubrir en aquella imagen a su propio hermano muerto cuando acababa de levantar­se. El mismo rostro cansado, la misma mirada que no terminaba aún de despertar.
xxUn nuevo movimiento envió al espejo una cantidad de luz destinada a conducir un gesto agradable, pero el regreso simultáneo de aque­lla luz le trajo -contrariando sus propósitos-­una mueca grotesca. Agua. El chorro caliente se ha abierto torrencial, exuberante, y la oleada de vapor blanco y espeso está interpuesta entre él y el cristal. Así -aprovechando la interrup­ción con un rápido movimiento- logra poner­se de acuerdo con su propio tiempo y con el tiempo interior del azogue.
xxSobre la cinta de cuero se levantó llenando de cortantes orillas, de helados metales; y la nube -desvanecida ya- le mostró de nuevo la otra cara, turbia de complicaciones físicas, de leyes matemáticas, en las que la geometría intentaba una nueva manera de volumen, una for­ma concreta de la luz. Allí, frente a él, estaba el rostro, con pulso, con latidos de su propia presencia, transfigurado en un gesto, que era simultáneamente una seriedad sonriente y bur­lona, asomada al otro cristal húmedo que ha­bía dejado la condensación del vapor.
xxSonrió. (Sonrió.) Mostró —a sí mismo— la lengua. (Mostró -al de la realidad- la lengua.) El del espejo la tenía pastosa, amarilla: «Andas mal del estómago», diagnosticó (gesto sin pala­bras) con una mueca. Volvió a sonreír. (Volvió a sonreír.) Pero ahora él pudo observar que había algo de estúpido, de artificial y de falso en esa sonrisa que se le devolvía. Se alisó el cabello. (Se alisó el cabello) con la mano de­recha (izquierda), para, inmediatamente, volver la mirada avergonzado (y desaparecer). Extra­ñaba su propia conducta de pararse frente al espejo a hacer gestos, como un cretino. Sin em­bargo, pensó que todo el mundo observaba fren­te al espejo idéntica conducta, y su indignación fue entonces mayor, ante la certeza de que, siendo todo el mundo cretino, él no estaba sino rindiéndole tributo a la vulgaridad. Ocho y die­cisiete.
xxSabía que era necesario apresurarse si no quería ser despedido de la agencia. De esa agen­cia que se había convertido desde hacía algún tiempo, en el sitio de partida de sus propios funerales diarios.
xxEl jabón, al contacto con la brocha, había levantado ya una blancura azul liviana que lo recuperaba de sus preocupaciones. Era el mo­mento en que la pasta jabonosa se subía por el cuerpo, por la red de las arterias, y le facilitaba el funcionamiento de toda la maquinaria vi­tal… Así, regresado a la normalidad, le pareció más cómodo buscar en el cerebro saponificado la palabra con que quería comparar el almacén de Mabel. Peldora. La cacharrería de Mabel. Paldora. La salsamentaria o droguería. O todo a la vez: Pendora.
xxSobre la jabonería hervía la espuma suficien­te. Pero siguió frotando la brocha, casi con pa­sión. El espectáculo pueril de las burbujas le daba una clara alegría de niño grande que se le trepaba al corazón, pesada y dura, como un li­cor barato. Un nuevo esfuerzo en persecución de la sílaba habría sido entonces suficiente para que la palabra reventara, madura y brutal; para que saliera a flote en aquella agua espesa, turbia, de su esquiva memoria. Pero esta vez, como las anteriores, las piececillas dispersas, desarmadas de un mismo sistema, no ajustarían con exacti­tud para lograr la totalidad orgánica, y él se dispuso a desistir para siempre de la palabra: ¡Pandora!
xxY era ya tiempo de que desistiera de aquella búsqueda inútil, porque —ambos alzaron la vis­ta y se encontraron en los ojos— su hermano gemelo, con la brocha espumeante, había em­pezado a cubrirse el mentón de fresca blancurazul, dejando correr la mano izquierda —él lo imitó con la derecha— con suavidad y precisión, hasta cubrir la zona abrupta. Desvió la vista, y la geometría de las manecillas se le presentó empeñada en la solución de un nuevo teorema de angustia: ocho y dieciocho. Lo estaba ha­ciendo muy lentamente. Así que, con el firme propósito de terminar pronto, afirmó la navaja de cuerno obediente a la movilidad del meñique.
xxCalculando que en tres minutos estaría ter­minado el trabajo, levantó el brazo derecho (izquierdo) hasta la altura de la oreja derecha (izquierda), haciendo de paso la observación de que nada debía resultar tan difícil como afeitar­se en la forma en que lo estaba haciendo la imagen del espejo. Había derivado de allí toda una serie de cálculos complicadísimos con el propósito de averiguar la velocidad de la luz que, casi simultáneamente, realizaba el viaje de ida y regreso para reproducir cada movimiento. Pero el esteta que lo habitaba, tras una lucha aproximadamente igual a la raíz cuadrada de la velocidad que hubiera podido averiguar, venció al matemático, y el pensamiento del artista se fue hacia los movimientos de la hoja que verde­azulblanqueaba con los diferentes golpes de luz. Rápidamente —y el matemático y esteta esta­ban ahora en paz— bajó el filo por la mejilla derecha (izquierda) hasta el meridiano del labio, y observó con satisfacción que la mejilla iz­quierda de la imagen aparecía limpia entre sus bordes de espuma.
xxNo acababa aún de sacudir la hoja cuando, de la cocina, empezó a llegar el humeo cargado con un acre olor a carne guisada. Sintió el es­tremecimiento debajo de la lengua, y el torren­te de saliva fácil, delgada, que le llenó la boca con el sabor enérgico de la manteca caliente. Riñones guisados. Por fin hubo un cambio en la condenada tienda de Mabel. Pendora. Tampo­co. El ruido de la glándula entre la salsa le re­ventó en el oído, con un recuerdo de lluvia martilleante, que era, en efecto, el mismo de la ma­drugada reciente. Por tanto, no debía olvidar los zapatones y el impermeable. Riñones en salsa. No hay duda.
xxDe todos sus sentidos ninguno le merecía tanta desconfianza como el del olfato. Pero, aun por encima de sus cinco sentidos y aun cuando aquella fiesta no fuera más que un op­timismo de su pituitaria, la necesidad de ter­minar cuanto antes era, en aquel momento, la más urgente necesidad de sus cinco sentidos. Con precisión y ligereza —el matemático y el artista se mostraron los dientes— subió la hoja de adelante (atrás) hacia atrás (adelante), hasta la comisura (derecha) izquierda, mientras con la mano izquierda (derecha) se alisaba la piel, facilitando así el paso de la orilla metálica de adelante (atrás) hacia (adelante) atrás, y de arri­ba (arriba) hacia abajo, terminando —ambos jadeantes— el trabajo simultáneo.
xxPero, ya al finalizar, y cuando daba los últi­mos toques a la mejilla izquierda con la mano derecha, alcanzó a ver su propio codo contra el espejo. Lo vio grande, extraño, desconocido, observó con sobresalto que, por encima del codo, otros ojos igualmente grandes e igualmen­te desconocidos, buscaban desorbitados la di­rección del acero. Alguien está tratando de ahorcar a mi hermano. Un brazo poderoso. ¡Sangre! Siempre sucede lo mismo cuando lo hago de prisa.
xxBuscó, en su rostro, el sitio correspondiente; pero su dedo quedó limpio y no denunció el tacto solución alguna de continuidad. Se so­bresaltó. No había heridas en su piel, pero allá, en el espejo, el otro estaba sangrando ligera­mente. Y en su interior volvió a ser verdad el fastidio de que se repitieran las inquietudes de la noche anterior. De que ahora, frente al espe­jo, fuera a tener otra vez la sensación, la con­ciencia del desdoblamiento. Pero allí estaba ya el mentón (redondo: caras iguales). Esos pelos en el hoyuelo necesitan una navaja en punta.
xxCreyó observar que una nube de desconcier­to velaba el gesto apresurado de su imagen. ¿Sería posible que, debido a la gran rapidez con que se estaba rasurando —y el matemático se adueñó por entero de la situación—, la veloci­dad de la luz no alcance a cubrir la distancia para registrar todos los movimientos? ¿Podría él, en su premura, adelantarse a la imagen del espejo y terminar la tarea un movimiento antes de ella? ¿O sería posible —y el artista, tras una breve lucha, logró desalojar al matemático— que la imagen hubiera tomado vida propia y resuelto —por vivir en un tiempo descomplicado—, terminar con mayor lentitud que su su­jeto externo?
xxVisiblemente preocupado abrió el grifo del agua caliente y sintió la subida del vapor tibio y espeso, mientras el chapoteo de su rostro en­tre el agua nueva le llenaba los oídos de un ru­mor gutural. Sobre la piel, la amable aspereza de la toalla recién lavada le hizo respirar una honda satisfacción de animal higiénico. ¡Pan­dora! Ésa es la palabra: Pandora.
xxMiró la toalla con sorpresa y cerró los ojos, desconcertado, mientras allá, en el espejo, un rostro igual al suyo lo contemplaba con unos grandes ojos estúpidos y el rostro cruzado por un hilo cárdeno.
xxAbrió los ojos y sonrió (sonrió). Ya nada le importaba. El almacén de Mabel es una caja de Pandora.
xxEl olor caliente de los riñones en salsa le agasajó el olfato, ahora con mayor urgencia. Y sintió satisfacción —con positiva satisfac­ción— que dentro de su alma un perro grande se había puesto a menear la cola.

 

 

 

García Márquez, Gabriel. Ojos de perro azul. Ariel Universal; Guayaquil, 1974.

 

CÍNGULO Y ESTRELLA

Marta Sanz 'Cíngulo y estrella'

 

DEBERÍAS contarme
muchísimos más
cuentos
antes de dormir.

Recortes del periódico,
datos científicos,
relatos pornográficos,
confesiones,
cazuelita cuece,
intentos minúsculos
de la autobiografía.

Qué te daba tu madre para merendar.
Pensamientos impuros.
Pecados escolares.

Deberías enseñarme fotos viejas.

 

 

 

 

PERO dices que tu memoria es débil.
Pero dices que nada recuerdas hasta los quince años.
Pero dices que tienes una fecha borrada por efecto del alcohol y las pastillas.
Pero dices que tu vida empieza justo en el momento en que yo entré allí para quedarme.

Es muy posible
que tengas razón.

 

 

 

 

ME gusta que otras mujeres
te encuentren atractivo.
Que te crean
un claro cascabel.

Guardarles el secreto
de tus escoceduras.

El último repliegue
de un animal
muy triste
que solo conozco yo.

 

 

 

 

CON los años parece
que hubiésemos brotado
de la misma bolsa.
Gemelar.
Nido de cuco.

La misma temperatura
del líquido amniótico.

La postura perfecta
para no molestarse.

Y para darse calor.

 

 

 

 

NO se puede hablar
del amor
en abstracto.

Quintaesencia cubista.
Destilación de la cebada
en un castillo escocés.
Santa hostia
entre algodones de azúcar
dentro del sagrario
de una catedral.

El amor solo tiene sentido
entre las cacerolas.

Dentro de las sílabas.

Plumero,
claro de luna
y factura de la luz.

 

 

 

 

CURIOSO, nervioso, tierno.
Con un punto de soberbia
que crece con los años:

A medida
que te haces más hombre
y yo me siento
cada vez
más Campanilla.

 

 

 

Sanz, Marta. Cíngulo y estrella. Cancionero. Madrid; Bartleby editores, 2015.

 

VINTAGE

Marta Sanz 'Vintage'

 

EL poema es un espacio.
Mide cinco por tres centímetros.
Es un piso de protección oficial.

 

 

 

 

SE puede exagerar
ahorrando las palabras.

Estamos en crisis.

 

 

 

 

LA memoria
es
un hilo
frío.

El borde
de una hoja
de papel
que me rasga
las yemas
de los dedos.

 

 

 

 

HE perdido
la capacidad para percibir lo viejo.

No sé
si me puedo poner
esta camisa
‒malva,
añil,
gris‒
color de la nieve que cae
y se ensucia
al rozar
la carbonilla del aire.

Hoy
ya
no sé
cuál es su color.

Tendría que llevar la ropa vieja
al contenedor amarillo.

Y vaciar el armario.
Tirar cosas.

 

 

 

 

TENEMOS
ya más
de cuarenta años
y podríamos
decir
una vulgaridad
portentosa:
aún
ignoramos
quién
nos espera
al fondo del espejo.

 

 

 

 

HACE años
yo pensaba
que crecer
era decrecer.

Gastar:
el egoísmo,
el valor.

Pero crecer
es ‒tan solo‒
quedarse quieto.

No jugar más
a arrojar la pelotita
contra el muro.

No correr ni gritar
alrededor del patio
hasta que
el corazón
se te sale
por la boca.

Quedarse quieto.

Pasar inadvertido
ante los ojos
de la muerte.

 

 

 

 

SÓLO me interesan
las manchas negras del espejo,
la enfermedad de los cristales,
lo que hay detrás.

Ejerzo mi derecho a contar historias
de persona mayor.

Por fortuna,
voy cumpliendo años.

 

 

 

 

DEL muro brota,
como una humedad,
la antigua fachada
de una taberna
que ya no existe.

El lugar
donde libé
trescientas treinta y tres
jarras
de cerveza rubia.

Me he quedado mirando fijamente
porque tengo la sensación de que me oigo reír
dentro del muro.

Aunque en aquellos tiempos
‒es la verdad‒
yo me reía
muy,
muy poco.

Miro ese muro
y, de sus junturas,
nacen
polinizadas flores,
yo misma
en la extática visión
de mis veinte años,
el modo en que me recuerdo
y hablo de mí,
el modo en que soy
y me perpetúo,
mujer sin amasar,
mujer precaria,
campanilla,
un punto justo de virtud,
que no se encuentra.

Veo
lo que recuerdo.
Y lo otro
se diluye.

Un cuadro
se desmorona
‒chorrea, se filtra, cae‒
tras el barrido
del aguarrás.

La imagen antigua
de lo que yo recuerdo
revive
y se espesa,
contra el muro,
impidiéndome ver
que me hago mayor:
tienda de golosinas de petróleo.
Franquicia de pan.
Espacios para no fumadores.
Un montón de oxígeno.

 

 

 

 

CÓMO calzarse
la palabra mujer
sin que el pie zancajee
dentro del zapatito.

Después,
muy pronto,
los cordones aprietan
y el cuero,
el tafilete,
el charol,
nos hacen rozaduras
y ampollas
que nunca cicatrizan.

 

 

 

 

ESCRIBO
la memoria
del cuerpo
de un hombre
que amé
con una tinta blanca
que se diluye.

 

 

 

 

SOLAMENTE
si estoy apagada,
te podrías acercar.
Para besarme.

Si no,
es muy posible
que sea yo
quien te rete
o te muerda los labios.

El reborde negro
del escroto.

Aunque me gustaría
haber sido
así,
no,
no me recuerdo
de esa forma.

Es una lástima.

 

 

 

 

EL pecho de la madre
recuerda la leche
cuando amamanta al hijo.

El hijo
recuerda la succión
y se aferra a la areola.

Lo mismo ocurre
con las uñas,
con el pelo de los muertos
y con los dedos de los pies.

 

 

 

 

SIEMPRE llega
un segundo en la vida
en que uno deja
de sentirse invulnerable.

Se tuercen
las rayas de la mano.

La memoria,
los aires felices,
los gestos de ternura,
la sal y la playa,
no representan ya
ningún consuelo.

No son de carne.

 

 

 

 

LA memoria se va.
Como el agua.

A través de un sumidero
horadado aposta.

 

 

 

 

NUNCA he probado
una cucharada
de aceite de ricino.

Y, no obstante,
persiste
el miedo a su sabor
en el cielo
de mi paladar.

 

 

 

 

LA memoria del daño
no es una prenda íntima.
Sujetador color carne.
Braguero.
Pétalo de amapola
‒completamente muerta‒
entre las páginas
de un libro.

El miedo es la mosca madura
de la larva
de la repetición.

 

 

 

Sanz, Marta. Vintage. Madrid; Bartleby editores, 2013.

 

Categorías:Poesía Etiquetas: , ,

THIS IS THE LAW OF THE PLAGUE

Rubén Martín Diamanda Gallas

 

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx(Diamanda Galás, “This is the Law of the Plague“)

 

UN tajo en el abismo, un corte transversal | verás miles de tráqueas, cartílago, la arteria palatina, el estupor, pliegues ventriculares, el nervio troclear, lo interrumpido, huesos hioides, venas, músculos, entrelazados, indagados | la multitud de bocas | vastos coros | sangrando su pregunta ‒ ¿has dado testimonio? ‒ ¿has estado? ‒ ¿miraste el eco de mi rostro ‒ oíste el rostro de mi miedo ‒ tocaste el techo de los gritos? ‒ ¿el paladar? ‒ ¿te desollaste el oído? ‒ ¿te manchaste las manos? ‒ ¿hasta el vértigo? ‒ ¿la náusea? ‒ ¿la caída? ‒ ¿apuñalaste tu palabra | o mentiste?

x
toda vasija de barro : toda sábana : todo utensilio de madera : todo vestido: inmundos.

 

 

 

Martín, Rubén. Sistemas inestables. Madrid; Ed. Bartleby, 2015.

 

LOS QUE VIVEN CONMIGO

Literatura, música y algún vicio más

Hankover (Resaca)

Literatura, música y algún vicio más

PlanetaImaginario

Literatura, música y algún vicio más

El blog tardío de Elena Román

Literatura, música y algún vicio más

Del verso y lo adverso 9.0

Literatura, música y algún vicio más

DiazPimienta.com

Literatura, música y algún vicio más

El alma disponible

Literatura, música y algún vicio más

Vicente Luis Mora. Diario de Lecturas

Literatura, música y algún vicio más

Las ocasiones

Literatura, música y algún vicio más

AJUSTES Y OTRAS CUENTAS

Literatura, música y algún vicio más

RUA DOS ANJOS PRETOS

Blog de Ángel Gómez Espada

PERIFERIA ÜBER ALLES

Literatura, música y algún vicio más

PERROS EN LA PLAYA

Literatura, música y algún vicio más

Funámbulo Ciego

Literatura, música y algún vicio más

pequeña caja de tormentas

Literatura, música y algún vicio más

salón de los pasos perdidos

Literatura, música y algún vicio más

el interior del vértigo

Literatura, música y algún vicio más

Luna Miguel

Literatura, música y algún vicio más

VIA SOLE

Literatura, música y algún vicio más

El transbordador

Literatura, música y algún vicio más

Como no iba diciendo

Literatura, música y algún vicio más

SOLIPSISTAS DEL MUNDO

Literatura, música y algún vicio más

MANUEL VILAS

Literatura, música y algún vicio más

El fin de las siestas

Literatura, música y algún vicio más

Escrito en el viento

Literatura, música y algún vicio más

un cántico cuántico

Literatura, música y algún vicio más

Peripatetismos2.0

Literatura, música y algún vicio más

Daftar Harga Mobil Bekas

Literatura, música y algún vicio más

Hache

Literatura, música y algún vicio más