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Archive for 30 junio 2015

LO QUE ALETEA EN NUESTRAS CABEZAS

Robe

 

Había leído algún comentario en contra del disco (por lo de siempre: esto no es Extremoduro), pero el poeta Óscar Aguado me aconsejó que lo escuchara. Así lo hice. Y a mí el disco me parece magnífico.

Aquí les dejo la playlist del cd.

 

 

Y, mientras lo escuchan, pueden disfrutar leyendo aquí a Javier Menéndez Flores escribiendo sobre Robe y sobre el cd.

 

YA ES VERANO EN MURCIA

Zapatos

 

 

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LAYLA BENÍTEZ-JAMES

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Antes de anoche, en el cierre del ‘Mursiya poética’ de este año, los asistentes tuvimos el lujo de llevarnos un ejemplar de la plaquette que Javier Castro Florez y Cristina Morano le han publicado a Layla Benítez-James.

Además, sabemos que Ediciones felices (editorial que auspicia esta publicación) no acaba con esta plaquette. Estén atentos.

 

Y aquí tienen uno de los poemas:

 

SMOKE

Some mornings I forget, sitting inside myself.
Do I bruise? You can get sunburned, tan?
My skin, tea steeping in the sun, stirred darker,
sharp dust, more bitter, careful freckles.
My mother edited my papers when I was younger,
crossed out mixed and wrote bi-racial neatly above.
You got pretty hair, you mixed? yeah, and
I think of my mother, how she cooked for my
father’s family and filled their house with smoke,
how in the close south she teared, and kept cooking.
There was once a great-grandfather, who would not look,
would not hold me when I was a baby. He is dead now
and so I won’t know him. I know I haven’t said a thing.

 

 

HUMO

Algunas mañanas me olvido, sentada dentro de mí misma.
¿Me oscurezco? ¿Puedes quemarte, broncearte?
Mi piel, té en remojo al sol, revuelta y oscura,
polvo nítido, más amargura, lunares prudentes.
Mi madre corrigió mis ensayos cuando yo era cría,
tachó mulata y escribió birracial cuidadosamente arriba.
Tienes el pelo bonito, ¿eres mulata? Sí, y
pienso en mi madre y en cómo cocinó para la
familia de mi padre y llenó la casa de humo,
cómo lloró en el sofocante sur, y siguió cocinando.
Hubo una vez un bisabuelo, que no me miró,
que no me sostuvo en sus brazos cuando era una niña. Ahora está muerto
por eso no lo conoceré. Pero sé que no he dicho nada.

 

CRISTINA MORANO Y FERNANDEAD EN ‘MURSIYA POÉTICA’

Era difícil equivocarse. El cierre de ayer de ‘Mursiya poética’ era el mejor cierre de los posibles. Cristina Morano comenzando el recital con una selección de poemas inéditos, que después continuara Fernandead con una magnífica versión acústica del ‘Autosuficiencia’ de Parálisis Permanente, que continuación Cristina leyera unos cuantos poemas de su ‘Cambio climático’ (publicado por Bartleby) y que Fernandead siguiera con su explosiva ‘Destruye el mundo’, que Cristina terminase con unos cuantos poemas satíricos y Fernandead cerrase con temas de su ‘La vida te pasa’ más algún inédito fue suficiente para haber estado allí ayer.

Pero es que además hubo una sorpresa para los que asistimos; pero de eso ya les hablaré mañana.

Aquí tienen unas cuantas fotos del evento.

 

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HOY: CRISTINA MORANO Y FERNANDEAD EN EL CIERRE DE ‘MURSIYA POÉTICA’

Mursiya Cris Fer

 

Esta noche concluye el ‘Mursiya poética’ de este año. En esta ocasión el evento correrá a cargo de Cristina Morano y Fernandead.

Les anticipé que el primer recital del ciclo sería una maravilla y así fue. Éste también lo será; háganme caso y no se lo pierdan.

 

ÚLTIMOS POEMAS

Haro

 

EL DESVÁN

Su cerebro es un desván donde
se guardan cosas años y años.

De vez en cuando su cara aparece
en las ventanitas de junto al techo de la casa.

El rostro triste de una persona a la que encerraron
y se olvidaron de ella.

 

 

 

 

MARGO

Él se llamaba Tug, ella Margo.
Hasta que la gente, el ver lo que pasaba
empezó a llamarla Cargo.
Tug y Cargo. Él tenía que cargar con ella,
decían. Con mucho pelo en la cara
y en los brazos. Un tipo fuerte. Voz
autoritaria. Ella era más tranquila. Rubia.
Soñadora. (Dulce y soñadora). Finalmente,
se marchó. Recorrió los mares
sin detenerse. Fue a sitios
que salían en los libros, y a algunos
que no aparecían en los libros, ni tampoco en los mapas.
Sitios a los que ella, de niña, y Cargo
nunca había soñado en ir.

 

 

 

 

UNA VIEJA FOTOGRAFÍA DE MI HIJO

Nuevamente 1974, y ha vuelto una vez más. Sonríe afectadamente,
con una bata sobre una camiseta blanca,
sin zapatos. Su pelo, largo y rubio, le cae
hasta los hombros como le pasaba al de su madre
por entonces, y como el de uno de esos jóvenes héroes
griegos de los que estaba leyendo. Pero
ahí termina el parecido. En su cara
la desdeñosa expresión del sabelotodo,
el pequeño tirano. Encuentro esa expresión en todas partes.
Corroe mi memoria como ácido. Es
la expresión que esperaba que nunca volvería
a ver. Quiero olvidar aquel chico
de la foto -¡aquel idiota, aquel pendenciero!

¿Qué hay de cena, madre? ¡Enseguida!
Oye, vieja, levántate, ¿por qué no te levantas? Contesta
cuando se te habla. Me parece que te voy a hacer
una llave de lucha libre a ver si te gusta.
Quiero que te pongas de
puntillas. Baila en mi honor. Adelante,
vieja, baila. Te enseñaré un par de pasos.
Deja que te retuerza el brazo. Suplícame que te deje,
suplícame que sea amable. ¿Quieres que te ponga el ojo morado?
¡Te lo pondré!

Ay, hijo, en aquellos días quise cien -no, mil-,
veces diferentes que estuvieras muerto.
Pensaba en todo lo que dejamos atrás. ¿Quién demonios
sacó esta foto, y
por qué aparece ahora,
justo cuando empezaba a olvidar?
Miro tu foto y se me encoge el estómago.
Me encuentro apretando las mandíbulas, los dientes, y
una vez más estoy lleno de desesperación y cólera.
Sinceramente, noto como si necesitase una copa.
Eso es una prueba de tu energía y fuerza, del miedo
y la confusión que todavía me inspiras. Es
muestra de lo poderoso que fuiste. Oye, aborrezco esta
fotografía. Aborrezco en lo que nos hemos convertido todos.
¡No la quiero en mi casa ni una hora más!
Puede que se la mande a tu madre, en el supuesto
de que todavía esté viva y que el correo pueda llevársela
hasta el borde de la tumba. Si es así, tendrá
una reacción diferente ante ella, lo sé. Tu juventud
y belleza, será lo único que verá y le alegrará.
Qué hijo tan guapo -dirá-. Mi chico maravilloso.
Examinará la foto, buscando su parecido
en los rasgos, y el mío. (Lo encontrará).
Puede que llore, si es que aún puede hacerlo.
Puede -¿quién sabe?- que hasta desee que vuelvan
aquellos días. ¿Quién sabe nada ahora?

Pero los deseos no se hacen reales, y está bien que sea así.
Con todo, seguro que tendrá tu foto
encima de la mesa durante un tiempo y pensará en ti
algunas veces. Luego, poco más tarde, irás a parar
al gran álbum de fotos de la familia con los otros locos,
-ella misma, su hija, y yo, su antiguo marido-. Allí estarás
a salvo, con la misma mandíbula altiva que todas tus víctimas.
Pero no te preocupes, hijo mío -las páginas se pasan-. En el
futuro haremos las cosas mejor.

 

 

 

 

LA RED

Hacia el atardecer el viento cambia. Hay barcos
todavía en el golfo
rumbo a la orilla. Un hombre con sólo un brazo
está sentado en la quilla de un barco
carcomido, cosiendo una brillante red.
Levanta la vista. Sujeta algo
entre los dientes, y muerde con fuerza.
Paso por delante sin cruzar palabra.
Dominado por la confusión
debido a este tiempo tan variable,
por los inoportunos sentimientos de mi corazón.
Sigo andando. Cuando me vuelvo a mirar
estoy demasiado lejos
para ver a este hombre atrapado en una red.

 

 

 

 

NOCHE DE PERROS

Hay noches terribles con truenos, relámpagos, lluvia y
viento. Son las que la gente llama “noches de perros”.
Ha habido una noche de esas en mi vida…

Me desperté pasada la medianoche y de repente me senté en la cama.
Me parecía que por algún motivo iba a morir
de inmediato. ¿Por qué me pareció eso? En el cuerpo
no tenía ninguna sensación que me sugiriera la muerte inmediata,
pero mi alma estaba dominada por el terror, como si de pronto
hubiera visto un incendio amenazador muy cerca.

Encendí rápidamente la luz, bebí agua directamente de
la botella, luego corrí a abrir la ventana.
Afuera el tiempo era magnífico.
Olía a heno y había otros
aromas muy dulces. Distinguía las estacas de la cerca,
los lúgubres, soñolientos árboles de junto a la ventana,
la carretera, el oscuro perfil del bosque,
había una luna serena y muy brillante en el cielo y ni una sola
nube, una perfecta quietud, ni una
hoja se movía. Noté que todo me estaba mirando y
esperando a que muriera… Sentí frío en la
columna vertebral; parecía que me tiraban de ella
hacia dentro, y noté como si la muerte
fuera a saltar furtivamente sobre mí desde atrás…

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxANTON CHÉJOV
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxUna noche de espanto

 

 

 

 

DESPERTAR

En junio, en el castillo de Kyborg, en el cantón
de Zurich, al caer la tarde, en la sala
de debajo de la capilla, en la mazmorra,
los instrumentos del verdugo están en el suelo
junto a uno de ellos que tiene forma de mujer
y cuyos rasgos serenos reflejan una sonrisa reservada.
Si te deslizas dentro de él, cerrará su interior
lleno de pinchos, como un demonio, como un poseso.
Abrazo -esa palabra junto a la inscripción:
“del que no hay escape”.
En un rincón está el potro, un artefacto de pesadilla
que hizo de todo y más. Y si la víctima perdía el sentido
debido al dolor, mientras le rompía los huesos uno a uno,
los torturadores se limitaban a lanzarle un cubo de agua
para que se despertase. Volvían a despertarle
más tarde, si era necesario. Sabían lo que estaban haciendo.
El cubo ha desaparecido, pero hay un viejo crucifijo
de cerezo en la pared de una esquina de la sala:
Cristo colgando de la cruz, claro, ¿qué iba a ser?
Los torturadores eran humanos después de todo, ¿no?
¿Y quién sabe? -en el último momento la víctima podría ver
la luz, tener una chispa de comprensión, y la aceptación
de su destino podría ablandar su casi destrozado
corazón. Jesucristo, mi salvador.
Miro el tajador. ¿Por qué no? ¿Por qué no, eh?
¿Quién no ha querido alguna vez poner el cuello en él
sin temor a las consecuencias? ¿A quién no le apeteció
arriesgar a que le cortasen la cabeza y luego retirarla en el último momento?
¿Quién, secretamente, no desea tener todo tipo de experiencias?
Se hace tarde. En la mazmorra no quedamos más que nosotros,
ella y yo, el Polo Norte y el Polo Sur. Caigo de rodillas
en el suelo de piedra, pongo las manos a la espalda,
y dejo descansar la cabeza en el tajador. Cierro los ojos,
respiro a fondo. Muy a fondo. El aire parece espesarse,
como si casi lo saboreara. Durante un momento me dejo ir.
Despierta -me dice ella-. Lo hago, vuelvo la cabeza y la veo
de pie a mi lado con los brazos levantados. También veo
el hacha, que hace como que blande. Sólo es una broma
-dice-, y baja los brazos, y la idea del hacha, luego
sonríe. Todavía sigo vivo -digo-. Un minuto después, cuando
lo vuelvo a hacer, cuando pongo de nuevo la cabeza en
el tajador, cierro los ojos, el corazón se acelera un poco,
no hay tiempo para la oración que surge de mi garganta.
Sale sin terminar de mis labios cuando oigo
que se mueve rápidamente. Noto carne contra mi carne
cuando el filo de su mano baja hasta la base de mi cráneo
y no sé si sufro o tengo un rapto o adónde me dirijo.
Ya te puedes levantar -dice ella-,
y lo hago. Me levanto y la miro.
Ninguno de los dos sonreímos, sólo temblamos.
Luego sonríe y la cojo por la cintura y nos dirigimos
al siguiente pasadizo necesitados de luz.
Y afuera, en lo abierto, necesitamos más.

 

 

 

 

PROPUESTA

Yo se lo pregunto y luego ella me lo pregunta a mí.
Los dos lo aceptamos. No hay un tira y afloja al respecto.
Después de casi once años juntos, nos conocemos bien.
Y este aplazamiento es sensato. Ahora tiene sentido. Supongo
que deberíamos estar en un jardín lleno de rosas o al menos
en un hermoso acantilado que da al mar, pero estamos en
el sofá, ése donde a veces el sueño nos atrapa con nuestros
libros abiertos o delante de una vieja película de Bette Davis
en blanco y negro -las llamas de la chimenea bailan
amenazadoras al fondo mientras ella sube por la escalera
de mármol con un pequeño revólver, con intención de liquidar
a su ex amante, con un abrigo de pieles que lleva echado
por encima de los hombros. Encantadores, letales enredos.
En semejante mundo son ciertos.

Hace unos días se aclararon algunas cosas
sobre que no quedan todos esos años por delante como
suponíamos. El médico seguía hablando de “la caja” que
yo había dejado atrás, haciendo todo lo que podía para que
no cayéramos en lágrimas y lamentos. “Pero él ama la vida” -oí
que decía una voz. La de ella. Y el joven médico, escurriendo
el bulto con dificultad: “Lo sé. Supongo que tendrá usted que
pasar por esos siete estadios. Pero terminará por aceptarlo”.

Después de eso fuimos a almorzar a un pequeño café donde no
habíamos estado. Ella tomó pastrami. Yo tomé sopa. Había
otras muchas personas almorzando. Por suerte
no nos conocía nadie. teníamos que hacer planes, el tiempo
apremiaba como un torno, aplastando nuestras esperanzas
para que hubiera sitio para lo eterno -esa palabra hizo que
me entraran ganas de gritar: “¿Hay un egipcio en la casa?”

De vuelta a casa nos abrazamos uno al otro y, sin la menor
reserva, hablamos del significado de todo aquello. ¿A cuántos
les pasa esto’ -pensé-. No queda tan lejos la necesidad
de una fiesta, una reunión de amigos, brindis con champán
y Perrier. “A Reno” -dije yo-. “Vamos a Reno y casémonos”.
En Reno, le dije, las bodas se celebran las veinticuatro
horas del día los siete días de la semana. No hay que esperar.
Sólo hay que hacerlo. Y lo haremos. Y tú le darás diez pavos
de propina al predicador para que nos busque un testigo.
Claro está que ella conocía perfectamente todas

esas historias de divorciados que arrojaban sus anillos de boda
al río Truckee y se dirigían al altar diez minutos después
con otra persona. ¿Es que ella no había tirado su último
anillo de boda al mar de Irlanda? Estuvo de acuerdo. Reno era
el sitio adecuado. Ella tenía un vestido de algodón verde
que le compré en Bath. Lo mandó al tinte.
Estábamos preparados, como si hubiéramos encontrado
respuesta a la pregunta de lo que queda
cuando ya no hay esperanza: el apagado sonido de dedos que
procede de la mesa cubierta de fieltro, el clic de la ruleta,
las tragaperras sonando en la noche, y una oportunidad más.
Y luego a esa suite que hemos reservado.

 

 

 

 

AMAR

Desde la ventana la veo inclinada junto a las rosas
cogiéndolas los más cerca que puede de la flor para no
pincharse los dedos. Con la otra mano las arranca,
hace una pausa y arranca otra, más sola en el mundo
de lo que pudiera imaginar. Está sola
con las rosas y con otra cosa en que sólo yo puedo pensar,
pero no decir. Sé los nombres de esos rosales,

se los pusimos cuando nuestra reciente boda; Amor, Honor, Cariño-
de este último es la rosa que me tiende de repente, después
de entrar en la casa entre dos miradas. La acerco
a la nariz, aspiro el aroma, me aferro a él -olor
de promesas, de tesoros. Mi mano en su cintura para acercarla,
sus ojos verdes como el musgo del río. Y le digo entonces
enfrentándome a lo que se acerca: mi mujer. Lo diré
mientras pueda, mientras respire, con cada pétalo
de la rosa.

 

 

 

 

PROPINA

No hay otra palabra posible. Pues eso es lo que fue. Una propina.
Una propina, estos diez años pasados.
Vivo, sobrio, trabajando, amando y
siendo amado por una buena mujer. Hace once
años le dijeron que tenía seis meses de vida
si seguía como hasta entonces. Y que no iría
a parte alguna sino al fondo. De modo que cambió
su modo de vivir. ¡Dejó de beber! ¿Y lo demás?
Después de eso todo fue una propina, cada uno de los minutos,
hasta ahora, incluyendo cuando le dijeron eso;
bueno, algunas cosas se vinieron abajo y
algo creció en su cabeza: “No lloréis por mí”
-les dijo a sus amigos-. “Soy un hombre de suerte.
He vivido diez años más de los que yo o cualquiera
esperaba. Pura propina. Y no lo olvido”.

 

 

 

 

NINGUNA NECESIDAD

Veo un sitio libre en la mesa.
¿Para quién? ¿Quién falta? ¿A quién le estoy tomando el pelo?
El barco espera. Ninguna necesidad de remos
o de viento. He dejado la llave
en el mismo sitio. Ya sabes donde.
Recuérdame, y todo lo que hicimos juntos.
Ahora estréchame con fuerza. Eso es. Bésame
en la boca. Ahí. Ahora
deja que me vaya, querida. Déjame ir.
Ya no nos volveremos a ver en esta vida,
así que dame un beso de despedida. Aquí. Vuélveme a besar.
Otra vez. Ahí. Ya es suficiente.
Ahora, querida, deja que me vaya.
Es hora de ponerme en camino.

 

 

 

 

ENTRE LAS RAMAS

Bajo la ventana, en el muelle, unos pájaros de aspecto
sucio se reúnen junto al comedero. Los mismos pájaros, creo,
que vienen todos los días a comer y pelearse. Ya es la hora
-gritan y se pegan unos a otros. Es casi la hora, sí.
El cielo está oscuro el día entero, el viento es del oeste y
no deja de soplar… Dame la mano un momento. Coge
la mía. Eso es, sí. Aprieta con fuerza. Hacía tiempo,
creíamos que el tiempo obraba en nuestro favor. Ya es la hora
-gritan esos pájaros sucios.

 

 

 

 

RESPLANDOR CREPUSCULAR

La oscuridad del atardecer llega. Antes ha caído
un poco de lluvia. Abres un cajón y dentro encuentras
la fotografía de un hombre que sólo tiene
dos años de vida. Él no lo sabe, claro,
por eso sonríe a la cámara de fotos.
¿Cómo iba a saber lo que se enraiza en su cabeza
en aquel momento? Si se mira a la derecha
por entre las ramas y los troncos de los árboles, se pueden ver
las manchas púrpura del crepúsculo. Ninguna sombra.
Todo está quieto y húmedo…
El hombre sigue sonriendo. Vuelvo a guardar la fotografía
junto a las otras y presto atención
al resplandor del crepúsculo de la lejana cordillera.
Una luz dorada en las rosas del jardín.
Luego, no puedo evitarlo y miro una vez más
la fotografía. El guiño, la sonrisa,
la inclinación del pitillo.

 

 

 

 

ÚLTIMO FRAGMENTO

¿Y conseguiste lo que
querías de esta vida?
Lo conseguí.
¿Y qué querías?
Considerarme amado, sentirme
amado en la tierra.

 

 

 

Carver, Raymond. Un sendero nuevo a la cascada. Últimos poemas. (Trad. Mariano Antolín Rato). Madrid; Ed. Visor, 1993.

 

PROSA SOBRE POETRY

Carver Poetry

 

xxHace años -debe de haber sido en 1956 ó 1957-, cuando yo era adolescente -estaba casado y me ganaba la vida como recadero de una farmacia de Yakima, una pequeña ciudad del este del estado de Washington-, una vez fui en coche a llevar un medicamento a una casa de la parte alta de la ciudad. Me invitó a entrar un hombre despierto pero muy viejo que llevaba puesta una chaqueta de punto. Me rogó que por favor esperara en el cuarto de estar mientras buscaba su chequera.
xxEn el cuarto de estar había muchos libros. De hecho, había libros por todas partes; encima de las mesas, en el suelo, junto al sofá -todas las superficies disponibles se habían convertido en sitios aptos para dejar libros encima-. Incluso había una pequeña biblioteca apoyada en una de las paredes de la habitación (anteriormente, yo nunca había visto una biblioteca privada; hileras e hileras de libros colocados en estantes en la residencia privada de alguien). Mientras esperaba, paseando la vista por el cuarto, me fijé que encima de una mesita había una revista con un curioso y, para mí, sorprendente nombre en la tapa: Poetry. Estaba pasmado, y la cogí. Era la primera vez que veía una “revista de poca circulación”, por no decir una revista de poesía, y me había quedado mudo. Puede que sintiera envidia: también cogí un libro, uno que se titulaba The Little Review Anthology, editada al cuidado de Margaret Anderson. (Debería de añadir que para mí era un misterio lo que significaba “editada al cuidado de”). Recorrí las páginas de la revista y, tomándome todavía más libertades, empecé a hojear las páginas del libro. En el libro había muchísimos poemas, pero también fragmentos en prosa y lo que parecían observaciones o incluso páginas enteras de comentarios sobre cada poema seleccionado. ¿Qué demonios era aquello? Anteriormente yo nunca había visto un libro así -ni, claro está, una revista como Poetry-. Pasaba la vista de una a otra de aquellas dos publicaciones, y en secreto sentí la necesidad de poseerlas.
xxCuando el anciano terminó de llenar el cheque, dijo, como si me leyera la mente: “Puedes llevarte ese libro, hijo. A lo mejor encuentras algo que te guste. ¿Te interesa la poesía? ¿Por qué no te llevas también la revista? Puede que algún día llegues a escribir algo. Si lo haces, tienes que saber adónde mandarlo”.
xxAdónde mandarlo. Algo -no sé exactamente qué, pero noté que había sucedido algo de gran importancia-. Yo tenía dieciocho o diecinueve años, estaba obsesionado con la necesidad de “escribir algo” y por entonces ya había hecho unos cuantos intentos fallidos con algunos poemas. Pero, la verdad, nunca se me había ocurrido que pudiera existir un sitio al que uno pudiera mandar esos esfuerzos con la esperanza de que los leyeran y hasta, algo perfectamente posible -increíblemente, o así me lo parecía-, pensaran en publicarlos. Pero allí mismo, en la mano, tenía la prueba visible de que existían personas responsables en ciertas partes del vasto mundo que editaban, Dios santo, una revista mensual de poesía. Estaba pasmado. Me sentía, como he dicho, en presencia de una revelación. Le di las gracias varias veces al viejo y salí de su casa. Le entregué el cheque a mi jefe, el farmacéutico, y me llevé a casa Poetry y el libro sobre The Little Review. Y así empezó mi formación.
xxClaro, no recuerdo el nombre de todos los que colaboraban en ese número de la revista. Lo más probable es que se tratara de unos cuantos distinguidos poetas mayores junto a unos pocos poetas “desconocidos”, como sucede actualmente en la revista. Naturalmente, yo no sabía nada de ninguno de ellos por entonces -ni había leído nada, moderno, contemporáneo o lo que fuera-. Recuerdo que me fijé en que la revista la había fundado en 1912 una mujer que se llamaba Harriet Monroe. Recuerdo el dato porque era el mismo año en que había nacido mi padre. Aquella misma noche, más tarde, cansado de leer, tuve la clara sensación de que mi vida estaba a punto de verse alterada de un modo significativo y hasta, perdón, magnífico.
xxEn la antología, por lo que recuerdo, había un artículo serio sobre el “modernismo” en la literatura, y el papel que jugó en el progreso del modernismo un hombre que llevaba el extraño nombre de Ezra Pound. Algunos de sus poemas, cartas y listas de prescripciones -lo que se debe y no se debe hacer al escribir- venían incluidas en la antología. Me enteré de que, al principio de la existencia de Poetry, este Ezra Pound había sido el corresponsal en el extranjero de la revista -la misma revista que ese día me había llegado a las manos-. Más tarde, Pound había sido fundamental para el conocimiento de la obra de gran número de poetas nuevos gracias a la revista de Monroe, y a The Little Review, naturalmente; era, como todo el mundo sabe, un corrector y un promotor incansable -de poetas con nombres como H.D., T.S. Eliot, James Joyce, Richard Aldington, por citar sólo unos pocos-. Había discusiones y análisis de los movimientos poéticos; el imagismo, recuerdo, era uno de esos movimientos. Me enteré que, además de The Little Review, Poetry fue una de las revistas que acogieron los escritores imagistas. Por entonces la cabeza me daba vueltas. No sé cuánto habré dormido aquella noche.
xxEsto era allá en 1956 ó 1957, como dije. De modo que, ¿qué excusa hay para que haya tardado veintiocho años o más en enviar por fin un trabajo a Poetry? Ninguna. Lo asombroso, el factor crucial, es que cuando mandé uno, en 1984, la revista todavía seguía con vida y estaba dirigida, como siempre, por unas personas responsables cuyo objetivo era mantener esta empresa excepcional en funcionamiento y en buen estado. Y una de esas personas me escribió en calidad de director, alabando mis poemas, y diciéndome que la revista publicaría seis de ellos a su debido tiempo.
xx¿Me siento orgulloso de ello? Claro que me siento. Y creo que debo darle gracias en parte a aquel anónimo y encantador anciano que me regaló su ejemplar de la revista. ¿De quién se trataba? Podría llevar mucho tiempo muerto y el contenido de su pequeña biblioteca estar disperso en diversas librerías de segunda mano. Aquel día le dije que leería su revista y que leería el libro, y que volvería a decirle lo que me habían parecido. No lo hice, claro. Sucedieron demasiadas cosas; fue algo que prometí con facilidad y que sabía que no iba a hacer a partir del momento en que la puerta se cerró a mis espaldas. Nunca le volví a ver, y no sé cómo se llamaba. Lo único que puedo decir es que el encuentro se produjo de verdad, y de modo muy parecido a como lo he descrito. Entonces yo sólo era un mocoso, pero nada puede explicar aquel momento: el momento en que lo que más necesitaba en la vida -llámeselo estrella polar- me lo concedieron generosamente. Nada remotamente parecido a lo de aquel momento me ha vuelto a pasar.

 

 

 

Carver, Raymond. Un sendero nuevo a la cascada. Últimos poemas. (Trad. Mariano Antolín Rato). Madrid; Ed. Visor, 1993.

 

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