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Archive for the ‘Uncategorized’ Category

CIELO

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CIELO

Que el cielo
xxxxxxxxxxxx—sea lo que sea
xxxxxxxxxxxxlo que eso signifique—
tiene forma de ring
lo sabemos bien
quienes,
alguna vez,
hemos besado la lona
y nos hemos instalado
en el KO
como forma de subsistencia.

Lo aprendimos levantándonos
para volver a caer
xxxxxxxxxxxx—o ser derribados,
xxxxxxxxxxxxda igual—
por un golpe certero
o uno demasiado bajo.

Lo sentimos,
bien adentro,
y quizá por eso
seguimos vendándonos
las manos,
colocándonos el protector
bucal,
calzándonos las botas
y los guantes…
Porque no sabemos de otra forma
de enfrentar
ni lo cotidiano
ni el quebranto.

Que el cielo
xxxxxxxxxxxx—signifique eso
xxxxxxxxxxxxlo que signifique—
tiene forma de ring
lo sabemos bien
quienes lloramos
por quien cayó
para no levantarse más.

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Olmo Bau, Carlos S. K. O. Técnico. Cartagena; Autoedición, 2021.

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MI VENGANZA ES AMAR

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GENERACIONES

Antes de morir, mi madre dijo mamá, ven
mientras me miraba sin verme;
yo dije mamá, quédate
abrazando su cuerpo diminuto
envuelto en pañales y olor a talco;
mi hija dijo mamá, no llores
y me acarició la cabeza consolándome.

Cuando mamá murió, durante unos segundos
no tuvimos muy claros los lazos que nos unían
no supimos quién se había ido
y quién se había quedado
ni en qué momento de nuestras vidas
estábamos viviendo
o muriendo.

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LOS platos que me regaló mi madre
están ya deslucidos y pasados de moda.
Cuando hacemos limpieza
nos miran como enfermos agonizantes
que no entienden qué queremos de ellos.

Pero son los platos que me regaló mi madre
que ya nunca volverá a regalarme
nada.

Si un día nos decidiéramos a tirarlos
intentaré escuchar su voz en mi cabeza:
«las cosas, hija, son sólo cosas«.

Mi madre no está en un plato.
Mi madre está en el pan que como.

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EL CONTRATO

A todo me he entregado
como si fuera a durar.
Con cada persona
cada casa
cada ciudad
firmé un contrato
escrito sobre la piel.

Para decir adiós
he tenido que arrancarme
las cláusulas
a tiras.
Así ha sido
una y otra vez.
Con cada persona
cada casa
cada ciudad.

La letra pequeña
se esconde ya
entre cicatrices.

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SOY lista como un ángel
los segundos previos
a escribir el poema.

En el poema soy prudente:
cada verso un tablón
para cruzar el abismo.

Lejos del poema soy torpe
y los recuerdos no traen sabiduría
sino imágenes talladas en granito.

No vuelo, ni ando, ni me hundo.
Escribo palabras como barandillas.
Me asomo desde ellas y no me caigo.

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NO siento envidia por los grandes poemas.
Qué bien, pienso, alguien ya lo escribió
y por amor me ahorró este trabajo.
En momentos gloriosos imagino
que el gran poeta me alarga su pluma.
Pon tú el punto y aparte, me dice
aunque ambos sabemos que es artificio.
El gran poema es un palto de sopa
que ni se acaba ni se queda fría.

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xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxPara David Trashumante

Ni este poema ni ningún otro
evitará el trayecto de la bala
hasta el corazón del hombre.

Los versos llegarán discretos a la escena
unos volverán la cara hacia el muerto
otros se enfrentarán al asesino.

Así equidistantes a las dos partes
dirán de qué lado partió la bala
de qué lado se derramó la sangre.

Y si este poema tiene agujeros
quien lo encontró deberá completarlo
con las palabras que resultaron heridas.

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LAS PIEDRAS

Durante las vacaciones
recogemos las piedras
que el mar nos regala.

Son las piedras con las que luego,
en el invierno, reconstruimos
las ruinas de nuestras guerras.

No sólo les pedimos
que resistan.
También que nos recuerden
que el mar existe.

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SEGUIR amando cuando el mundo
conocido se derrumba, es
querer conservar la ventana
incluso en la casa sin techo.

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Pérez Cañamares, Ana. Mi venganza es amar. Ed. Aula literaria Jesús Delgado Valhondo, 2017.

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MUSEO DE LA INTEMPERIE (II)

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TODO lo que hemos hecho ha sido
no hacer cosas,
no plantar un árbol, no
tener un hijo, solo
estériles libros
no leídos por nadie, algo así
como pecios
en un mar impasible.

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MADRID

Todas las noches
alzo mi vista la cielo.
Ninguna estrella.

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MUSARAÑAS

Habrá más peajes y nos harán más pobres.

* * *

Hemos leído por encima de nuestras posibilidades.

* * *

En un mundo sin épica, la épica última es el dolor
personal, que siempre acaba llegando.

* * *

Tantos libros y no has entendido nada.

* * *

Como el sismógrafo,
la agujas no escriben si no se tiembla.

* * *

Si te digo la verdad,
no soy hombre de provecho,
y nunca lo seré,
he visto mi reverso.

* * *

POESÍA: cantar para la nada, pero al fin cantar.

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Gil Martín, Javier. Museo de la intemperie (II). Canarias; Ed. Cartonera island, 2022.

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POEMAS DE ‘ME MUERO’, DE ISABEL BONO

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la ciudad se derrumba y yo cantando, oí decir

eliminar nuestras huellas
el trazado de las calles
la cuadrícula de la memoria

mirar los tejados

desayunar en aeropuertos
escuchar música en ascensores de hotel
sentarnos de espaldas al paisaje

no sembrar nostalgia

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la luz puede curar, pero a veces no cura

el vaso de leche
y las manos juntas sobre la mesa

otra madrugada sobre la mesa

llegó el momento de quebrarse
de dejar de aparentar que el dolor
no nos abrió las costuras de la piel

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no tan lejos

vendrán salas de espera y días de mercurio
agujas en la sangre y olor a jabón verde

vendrán manos expertas
a estirar las sábanas y la noche

y el amor se transformará en frío
y el frío se transformará en ácido
y el ácido cargará nuestras palabras
no precisamente de futuro

después nada

el silencio de un loco manso
se acostará a nuestro lado
y madrugará por nosotros
para correr las cortinas
como si la vida continuase

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qué bien todo

yo creía que el dolor
se acumularía en mis articulaciones
como el cianuro en las almendras,
que mi lengua iría asimilando su sabor
mi sangre tolerando el veneno
hasta quedar inmunizada

no esperaba este árbol seco
lleno de pájaros callados
que ha crecido entre mis pulmones

yo creía que el dolor
alimentaba
y que siempre me sabría a poco

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raíz cuadrada de dos

hay días en que el miedo
envilece todos nuestros pasos

despertamos con un árbol anudado al cuello
y en las manos nada

los errores se repiten

desear otra vida no es suficiente

bajo la niebla
hay más belleza, no escombros
dices

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remordimiento

yo le partí el corazón

mientras
doblo los pañuelos
la espalda
las razones

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respuesta a un poema inacabado

ni el dolor de entonces
ni el calor del sol
ni la lluvia calle abajo

ni la luz
desmoronando los vértices del sueño

te equivocas, amor
nada se pierde

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vamos a hablar de los vivos

creo en quien oscila
metro arriba metro abajo
de la línea imaginaria que trazó de niño
bajo sus pies de niño

no creo en quien no cae
no creo en lo intacto

creo en las hojas secas de los árboles
secas al sol, esperando ser barridas
sin saber que esperan
sin saber que fueron árbol
sin saber

creo en lo que tiembla

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vida entre paréntesis

todo el mundo necesita historias
pequeñas historias de camas sin hacer
y amigos que se van

historias de ciudades que nunca visitaremos,
como algunas bocas

historias de amores pequeños
que guardamos para los días fríos
por si nos faltase amor en los días fríos

historias de conversaciones inventadas
en el tren de cercanías
para hacer más ameno el viaje
para hacer que el tiempo parezca suspendido,
porque inventar suspende
y nos acuna

y todo el mundo necesita historias

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Bono, Isabel. Me muero. Madrid; Bartleby editores, 2021.

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HAIKU DEL ATEO

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HAIKU DEL ATEO

Semana Santa.
Redoble de tambores.
Llegan los Orcos.

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Gascón, Pedro. Las mudas soledades. Albacete; Chamán ediciones, 2017.

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LO QUE LEE UN EDITOR

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GISMONDI

xxxHace unas semanas un grupo de padres y padres decidimos pasar un día de campo con la chavalería para que se oxigenara, así que fuimos a las Fuentes del Marqués en Caravaca. Aunque no es que este plan de campo fuera especialmente campestre porque caminamos apenas cien metros desde los coches para apalancarnos en la zona de merenderos provistos de lo necesario: pata de jamón con su soporte, neveras rebosantes de cervezas heladas, michirones, tortillas y el avío para hacer gin tonics incluyendo incluso semillas de cardamomo… Mientras los mayores comíamos como si hubiera acabado el Ramadán, la bandada de niños, ignorando aquella cuchipanda, revoloteaba descubriendo las maravillas del mundo. Todo les interesaba: un renacuajo era un acontecimiento, un palo una espada, una piedra un tesoro… A veces volaban a la mesa, cogían una patata frita y corrían a escarbar la tierra con el entusiasmo de buscadores de oro. A media mañana una de las niñas apareció en lo alto de un talud gritando que habían encontrado el Paraíso. Aquello despertó nuestra curiosidad. Les seguimos para que nos lo enseñasen, pero el Paraíso no era la pradera que cruzamos sino una cueva de arbustos a la orilla de un arroyo que calificaron como la mejor guarida del mundo. El Paraíso era un lugar donde esconderse. Como sabe cualquiera que tenga, los niños clasifican los días en dos tipos: el mejor y el peor del mundo. La frontera entre ambos es finísima, cualquier minucia puede hacer que se pase de uno al otro. Lo que nunca había visto es que estando en el mejor día ocurriera algo que nos hiciera subir aún más alto, al cielo de los días. Lo que sucedió fue sencillo pero milagroso: vimos una ardilla. Pero no una de las que huyen velozmente de rama en rama, sino la que debía ser la Kardashian de las ardillas porque, a penas a un metro de nosotros, se atusaba tranquilamente los pelos de la cara mientras nos mostraba sus magníficos cuartos traseros. Al cabo de un minuto eterno en el que pudimos observar cada pelo de aquel animal con la intensidad con la que Durero debió estudiar a su famosa liebre, la ardilla saltó desde el pequeño árbol en el que estaba a otro más alto alejándose. Pensé entonces que no sabía nada sobre esos roedores, así que, días después, compré «Todo sobre la ardilla. Cómo adquirirla, alojarla, alimentarla, cuidarla, hacerla jugar y adiestrarla» de Elisabetta Gismondi. («hacerla jugar» no suena muy lúdico precisamente). El libro va contándonos —como su título indica— todo sobre las ardillas, como que no utilizan mucho su voz pero sí emiten un murmullo quedo durante la copulación o que tras dormir bostezan ostentosamente… Poco a poco me sentí identificado con este simpático animal del orden de los esciuromorfos (esto lo aprendí en el libro) al que le gusta que le llamen por su nombre (le entiendo perfectamente porque a mí a veces me dicen Fernando, confundiéndome con mi hermano). Olvidan con frecuencia dónde han escondido su comida (como yo dónde he aparcado el coche) y, sobre todo, aman los libros: Elisabetta cuenta que «Si dejamos una ardilla suelta en casa seguramente se instalará en la librería o sobre algún armario, precisamente para poder observar el mundo desde una cierta altura». Eso es lo que hago yo también: ir a los libros para ver el mundo desde un lugar diferente.
xxxPero junto al amor ardillil, este libro me provocó una cierta tristeza porque buena parte del texto se dedica a la fabricación de las jaulas y el adiestramiento, cuando los libros sirven precisamente para lo contrario: enseñan a ser libres, a salir de las jaulas. Recordé entonces la imagen de los niños corriendo hacia el Paraíso y pensé que tenían algo de ardillas…que algún día saltarían lejos de nosotros buscando árboles más altos.

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QUEIRÓS

xxxCuando estudié en Madrid salí durante un par de meses con una de las Mama Chicho de Telecinco. Tras ella —también brevemente— lo hice con la chica más fea que he conocido nunca. Como había tenido anorexia, su cuerpo podría haber servido como modelo para uno de esos grabados medievales en los que la muerte baila la sardana. Para colmo, aquella gavilla de huesos la remataba una barbilla prodigiosa, tipo brujilda, que dejaba atrás a la que gastaba Letizia cuando era doña y no reina, antes de que mermara milagrosamente ya que, según parece, no obró mano de cirujano sino intervención divina. Aquel pasar de la diosa al adefesio me enseñó algunas cosas sobre la ternura o la injusticia del mundo, pero tal vez la más impresionante fue darme cuenta de la extraña ligazón que hay entre el nervio óptico y el aparato fonador en muchos humanos que hace que, cuando observan algo que no les gusta, les sea imposible callarse y, sin embargo, la belleza les enmudezca. Cuando paseaba con la bailarina, a los que nos veían se les abrían los ojos como si con ellos radiografiasen a la chavala y se hacía un silencio de catedral gótica. Sin embargo, al salir con la segunda chica, era muy frecuente que, cuando nos cruzábamos con grupos de chavales a nuestras espaldas gritasen de todo: loro (a veces puto loro), muérete fea, ponte un saco en la cabeza, etc. En ocasiones era a mí al que se dirigían llamándome pringado o diciéndome que me pusiera gafas o, directamente, que me fuera a la ONCE a vender cupones. Aprendí entonces lo fácil que es insultar y encontrar adjetivos para lo que no nos gusta y, sin embargo qué escasas son las palabras que hablan de la admiración y el amor. Y de eso, de la belleza, intento hablar en estos artículos, pero buscando en la alacena de mi cráneo normalmente sólo encuentro «Maravilloso» para describir el libro que traigo entre manos. El maravilloso parece un brick de caldo sopero que vale para todo. Esta semana he leído «Las minas de Salomón» de Eça de Queirós: un libro maravilloso. Pero en esta ocasión me gustaría decir algo más, una cosa rara: que me ha entusiasmado el prólogo de la profesora Ana Luísa Vilela, cuando normalmente un prólogo es lo más parecido a un obstáculo en una carrera de caballos, algo espinoso que uno salta sin ni siquiera mirarlo. Pero el texto de esta profesora de la universidad de Évora analiza con precisión e inteligencia la compleja y fascinante historia de este texto de Eça: una apropiación, una reescritura del original de Rider Haggard y, en el fondo, un texto netamente queirosiano (si esa palabra existe) lleno de desiertos, de montañas, de asesinatos y tesoros, de ingleses excéntricos, de misterios…
xxxMe imagino que a todos nos pasa: hay canciones y libros que son como las barras de las estaciones de bomberos, que nos permiten deslizarnos hacia abajo, hacia el pasado. Me pasa con «Tainted love» de Soft Cell que no puedo escuchar sin sentirme de nuevo joven y oscuro, bailando en la Voltereta en los ochenta. Me ocurre también con Eça: al abrir cualquier página suya, vuelvo a ser el treintañero que pateó las librerías anticuarias de Lisboa hasta llegar a poseer cincuenta libros suyos. Pensaba que tenía todo lo que publicó pero, como pasa en esta novela, siempre hay una cámara secreta con un tesoro desconocido. Me faltaba esta joya, ahora en mis manos, gracias a la editorial La Umbría y la Solana. Al leerla vuelvo a sentir la aventura de la búsqueda, el viento frío de Madrid, el sabor de los besos de la guapa y los de la no tan guapa, las noches de sábado interminables… Retornan todas esas cosas que se refugian en los libros. En algunos libros.

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xxxxxxxxxxEpílogo
EL POLVO DE LAS MAGARZAS

xxxAl jubilarse el ordenanza del Centro cultural donde trabajo nos juntamos todos para comer y despedirle con cariño. A los postres le pregunté si se iba a aburrir sin tener nada que hacer y me dijo que no, que por la parte de Llano de Molina tenía un huerto y un caseto; que tenía pensado ir allí a pasar las mañanas sentado en una tumbona donde habían parido mil generaciones de ratas a contemplar tranquilamente cómo crecían sus cebollas. Estuvimos hablando de cosas del campo. Me contó que si quiebras el tallo de la planta, la fuerza se va para abajo y la cebolla engorda hasta hacerse casi del tamaño de un melón. Me gustó esto del tallo y la fuerza que baja y pensé que algún día podría usarlo para algo. Al final nos despedimos con esas frases manidas de ya nos veremos y ven a visitarnos algún día y nos abrazamos con sentimiento, porque la verdad es que había sido muy buen compañero… Le dije que nada, que a disfrutar de sus cebollas sabiendo que ésas, tan humildes, eran mis últimas palabras y él me contestó que dejara los libros, que siempre iba con uno a todos lados cuando no valen nada más que para encender fuego. La gente se rió y yo también, porque pensé que tenía razón, que los libros dan luz y calor como si encendieran un fuego. Lo que pasa es que no de parrilla ni hoguera: es un fuego de interior, que uno lleva dentro.
xxxAl llegar a casa y sentarme en mi tresillo pensé en Carlos y en su tumbona tapizada por la placenta de ni se sabe cuántos bichos. Yo también veía los libros creciendo en mis estanterías, multiplicándose como si de noche hicieran el amor entre ellos y les nacieran hijos. En «¿Sueño que vivo?» —el libro sobre su cautiverio en Bergen-Belsen—, Ceija Stojka cuenta que, como no había dónde refugiarse, se acurrucaba entre las pilas de cadáveres para protegerse del frío del invierno y sobrevivir. Habrá quien piense que los que nos arrimamos al calor de los libros estamos —como Ceija— entre pilas de muertos. Pero no. Las hojas de los libros no se parecen a las que el viento arrastra por el suelo en el otoño sino a las que vibran verdes y llenas de luz en los árboles. Coger un libro es acercarse al calor y el fuego de los días. Leyendo «Valle de Alcudia» —la crónica de un viaje escrita por Vicente Romano y Fernando F. Sanz a finales de los sesenta— me di cuenta de cuánta vida hay en los libros. Mientras recorren los campos, los autores nombran las plantas y hierbajos que van encontrando en su camino: arvejanas y jaramagos, gamonitos, alcauciles y ceborrinchas… Sangre de toro, yerbamora, torobisco, verdelobo, matas de jaranzo… A pesar de ser extremeño y haber pateado mil veces las dehesas yo sería incapaz de diferenciar una encina de un alcornoque y para la hierba solo tengo la palabra hierba. Por eso me da la impresión de que hay cosas y plantas que existen y crecen solo en los libros y que adentrarse en ellos es hacerlo en la vida. Al hablar de libros en estos textos he contado también las cosas que me han pasado o me pasan porque leer es como hacer un viaje por un país extraño. Al atravesar un prado —escriben Romano y Sanz— se les pegó a las botas el polvo amarillo de las magarzas lo que me hizo preguntarme qué coño sería ese polvo de las magarzas… Yo solo conozco el que se posa sobre los muebles o el que se mete alguna gente por la nariz las noches de sábado. ¿Pero las magarzas? Me gustaría que existiera un libro con ese título —»El polvo amarillo de las magarzas»— que hablara de todas las cosas que solo existen en forma de escritura, como palabras pequeñas, casi intangibles… Como el polvo amarillo de las magarzas, sea lo que sea.

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El libro de los tres días de olvido

xxxHe leído en los lugares más extraños durante todos los días —excepto tres— de estos últimos veinticinco años: en la montaña bajo una ventisca de nieve, esperando pagar en la cola del supermercado o en un mirador sobre el abismo en el castillo de Loarre. También camino de casa al alba un poco borracho después de una fiesta o dentro del cine justo antes de que se apaguen las luces… Leí la mañana en la que me casé, aprovechando que tardé menos en arreglarme que Inma e, incluso un ratito esa misma noche, cuando volvimos como marido y mujer a la misma casa en la que habíamos vivido arrejuntados o amancebados, como decía de broma mi madre. La psicóloga que nos denegó el certificado de idoneidad para poder adoptar un niño —y que era una reencarnación de la señorita Rottenmeyer de la serie Heidi— hizo constar en su informe como uno de los factores que demostraban que no estaba preparado para la cosa del churumbel el hecho de que, cuando fue a buscarnos para la entrevista a la sala de espera donde nos aparcaron durante una hora, en vez de estar allí expectante u hojeando los folletos sobre la problemática del no sé qué que había en una mesita, me encontró plácidamente leyendo un libro que previsor había llevado… Ser paseante de perros es una bella profesión pero yo nací para pastorear libros, para sacarlos por ahí a airearse por las calles y los campos. Incluso aquella mañana en el hospital, cuando preguntaron si estaba allí algún familiar de Inmaculada B., tenía también un volumen en mis manos. Me levanté y acompañé al doctor hasta su despacho donde me esperaban cinco personas sentadas alrededor de una mesa redonda: todos con su bata blanca. No estaban tomando café ni echando una partida de cartas, aunque alguno tenía las manos sobre el tablero como si no supiera qué hacer con ellas o jugara con naipes fantasmales. Parecían niños a la espera de una reprimenda: serios y con pinta de no haber roto nunca un plato. Algo de la consistencia pesada y gris del propio mobiliario impregnaba todo haciendo que el paisaje que se veía a través de la ventana pareciera una escena de esas que hay a lo lejos en los cuadros de Patinir: pasaban muchas cosas tras el cristal pero eran pequeñas e inmóviles como figuras de un nacimiento. Yo miraba todo con la calma extraña de quien observa una pecera hasta que me di cuenta de que a uno de los de aquel extraño cónclave se le veía una camisa negra con alzacuellos bajo la bata, con una tirilla blanca que se deslizó como una serpiente por la habitación hasta alcanzarme y apretar también mi cuello, ya que aquel cura estaba allí —evidentemente— porque no había cura. Se hicieron las presentaciones ya que, quitando a Pilar de digestivo, yo no conocía a los de oncología ni al psicólogo clínico o al capellán (estos dos últimos estaban allí para poder elegir en caso de necesidad, al igual que en algunos bares tienen Pepsi además de Cocacola). Me dijeron que ya estaban los resultados de las pruebas, que no tenía que preocuparme y alguien me preguntó si teníamos hijos o papeles que arreglar. Luego, en la habitación en la que Inma estaba tan guapa con esos camisones de la seguridad social que descubren más que tapan, dejé mi libro en la mesilla y cambié por la de actor mi antigua vocación de lector. Creía que estaba haciendo un papelón en plan Marcello Mastroianni, pero en realidad estaba más cerca de tener la cara de Andrés Pajares en sus últimas apariciones en ¿Dónde estás corazón? Para todo tenía respuesta: la cosa estaba cogida a tiempo en su fase inicial (en realidad era terminal). El índice de supervivencia era del 93% (añadí el nueve), el tumor estaba muy localizado (y vaya si lo estaba, localizado en catorce sitios), y además era benigno como su tío (Benigno, el que desde su jubilación se entretenía haciendo la declaración de la renta de familiares y vecinos). Así tres días de mentiras… hasta que, con todo el miedo del mundo en los ojos, Inma me preguntó que si todo estaba tan bien por qué no leía. Como ya he contado al principio lo había hecho todos los días de estos últimos veinticinco años excepto esos tres. No fui capaz de contestar, se me olvidó lo de actuar y se me cayó al máscara así que rápidamente rescaté el libro que había abandonado en la mesilla y me puse a leer sentado al lado de la cama. Entonces, al ver su sonrisa, supe que se curaría, que verme enfrascado en las páginas le sentaba mejor que el taxon y el cisplatino de los ciclos paliativos.
xxxAquel libro que leí en la tercera planta del Hospital Virgen de la Montaña teniendo como fondo el traquetear de las camillas y los llantos que se escuchaban en la madrugada era la primera edición de 1919 de este «París bombardeado» de Azorín que ahora reeditan Biblioteca Nueva y Editorial Alfama.
xxxEl escritor, ajeno a las sirenas que anuncian los bombardeos sobre París, lee unas páginas del Quijote antes de dormir, oye risas en el pasillo y el lamento largo —plañidero— de las bocinas que anuncian las incursiones de la aviación enemiga… A veces escucha el silencio de la noche sobre la ciudad y, al despertar por la mañana, pasea, compra libros, se sorprende por la tranquilidad de unos gorriones que no se apartan a su paso, mira el cielo plateado y dulce o los árboles de las orillas del Sena. Estas páginas no son solo una lección de perfección estilística sino también una demostración de cómo las palabras pueden más que los relojes o las bombas. Al leer, —hacia el final del libro— «El tiempo me ha preocupado siempre, toda mi obra refleja esa preocupación de la noción del tiempo, de la corriente perdurable del tiempo deshaciendo las cosas…» fui consciente de que las palabras de Azorín no serían arrastradas por esa corriente, que las horas se quedarían refugiadas en sus orillas. Deberían comprar este libro los que dicen que no leen porque no tienen tiempo o los que lo hacen para pasarlo o matarlo porque hay en él instantes que no pueden medir los cronómetros, un tiempo que podrían acariciar y ganar. Gloria Durán me ha contado que al quemar una página de periódico en la chimenea, lo primero que arde son las partes no escritas porque la tinta protege las letras que sobreviven por un instante brillando en medio de las cenizas. Como brillan estas crónicas de Azorín que nos demuestran que no todo lo borrará la destrucción, los cañones o la enfermedad: que nos quedarán las palabras y los libros. En la portada de la edición de Biblioteca Nueva aparece la famosa fotografía en la que se ve a un hombre ensimismado que va a coger uno de una biblioteca de Londres arrasada por los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial. No es alguien indiferente al drama —como no lo es Azorín en el París de 1918—, sino un luchador que, al agarrar un libro —como hice yo en aquella habitación de hospital— detiene el tiempo y vence en la batalla.

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Castro Flórez, Javier. Lo que lee un editor. Murcia; Ed. Newcastle, 2020.

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IMÁGENES NUCLEARES Y OTROS POEMAS

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ADÁN POSTRERO

Sentado en un montón de escombros
espero a la mutante que será mi mujer

Mis pulmones son negros
y mi aliento huele a carbón

El viento dispersa árboles calcinados

Alguien me arranca una costilla
y la costilla se convierte en hollín

Hijo mío me dice
¿por qué me has abandonado?

Y se aleja pisando cenizas radiactivas

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HOMBRE CON QUITASOL

Ese hombre con un quitasol
petrificado en una calle de Hiroshima

¿de qué quería protegerse?

¿Del resplandor de los mil soles
o de la lluvia radiactiva que caía sobre su cabeza?

Ahora no es más que un puñado de polvo
en el museo de Hiroshima

sólo leyenda en la memoria del mundo

Y nosotros
somos aún menos que eso:
estatuas de ceniza en las calles de Hiroshima

Sin quitasol
sin leyenda
sin Hiroshima

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EN LA TUMBA DEL SOLDADO DESCONOCIDO

Con qué alegría marchan los hombres a la guerra
Con qué entusiasmo limpian y cargan sus fusiles
Con qué fervor cantan sus himnos de combate
Con qué ansiedad toman su puesto en la trinchera
Con qué inquietud oyen el ruido de las bombas
Con qué insistencia silban las balas en el aire
Con qué lentitud corre la sangre por su frente
Con qué estupor miran sus ojos al vacío
Con qué rigidez yacen sus cuerpos en el barro
Con qué premura son arrojados en la fosa
Con qué rapidez son olvidados para siempre

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NUEVA YORK HORA CERO

Qué desiertas están las calles de Nueva York
Por aquí no anda nadie no transita nadie
El único habitante de la ciudad es la lluvia
Sobre el asfalto mojado
se reflejan
las luces de los semáforos
Parpadean los avisos de neón
No se ve ni un solo automóvil
ni estacionado ni en movimiento
Ignoro a dónde se fueron sus habitantes
si están vivos o están muertos
Yo mismo no sé qué estoy haciendo aquí
Me miro en una vitrina de Macy’s
y no aparece mi imagen
Mi reflejo
también abandonó la ciudad
Nada refleja nada
Sin embargo veo huelo palpo gusto y escucho
sin sentidos
Percibir sin sentidos una ciudad vacía
Ha empezado a escampar
Significa que la lluvia
también se ha marchado
Desde mi ventana de la Torre Sur
veo un avión
aparecer en el horizonte
y después
un segundo avión
y después
una lluvia de cenizas
que no escampa nunca

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RETRATO DE FAMILIA IRAQUÍ

El padre de turbante
y denso bigote negro
con los brazos cruzados
A la izquierda su esposa
con abaya bordada
y velo blanco
Ahmad y Zainab
los dos hijos pequeños
tomados de la mano
Los abuelos sentados
en un sillón de mimbre
Todos ellos sonriendo
desde una foto a medio chamuscar
hallada entre los escombros
de su casa
después del bombardeo

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LA SUPREMA SOLEDAD

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA don Miguel de Unamuno

Tres mil
personas murieron
en el atentado a las Torres Gemelas
Más de cien mil en la guerra de Irak
Doscientas mil
en el tsunami de Indonesia
Y aun así
no existe la muerte colectiva
No partimos al unísono
No compartimos la muerte con nadie
Cada una de las víctimas
que se desintegraron en Hiroshima
murió su propia muerte
Todos esos difuntos multitudinarios
no están menos desvalidos
que el vagabundo que expiró
debajo de un puente
acompañado sólo
por el rumor del río

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Hahn, Óscar. Imágenes nucleares y otros poemas. Madrid; Cartonera del escorpión azul, 2021.

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TIERRA

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TIERRA

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxQuia non conclusit ostia ventris
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxJob, III, 10.

Humanamente hablando, es un suplicio
ser hombre y soportarlo hasta las heces,
saber que somos luz, y sufrir frío,
humanamente esclavos de la muerte.

Detrás del hombre viene dando gritos
el abismo, delante abre sus hélices
el vértigo, y ahogándose en sí mismo,
en medio de los dos, el miedo crece.

Humanamente hablando, es lo que digo,
no hay forma de morir que no se hiele.
La sombra es brava y vivo es el cuchillo.
Qué hacer, hombre de Dios, sino caerte.

Humanamente en tierra, es lo que elijo.
Caerme horriblemente, para siempre.
Caerme o, de elegir, no haber nacido
humanamente nunca en ningún vientre

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de Otero, Blas. Obra completa (1935-1977). Barcelona; Ed. Galaxia Gutenberg, 2016.

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VACACIONES

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Pues sí, me tomo unas semanas de vacaciones del blog (ojalá fueran laborales, pero los pobres no nos lo podemos permitir; espero que quienes visitáis el blog sí tengáis vacaciones laborales).

Lo dicho, que en unas semanas vuelvo. Espero que este verano todos nos podamos desenganchar un poco de tanta conexión a internet.

Salud!

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‘EL INSTANTE’ DE KATHLEEN RAINE

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EL INSTANTE

Para poner por escrito todo lo que contengo en este instante
vaciaría el desierto a través de un reloj de arena,
el mar a través de una clepsidra,
gota a gota y grano a grano
a los impenetrables, inmensurables mares y arenas mutables liberados.

Porque los días y las noches de la tierra se desmoronan sobre mí
las mareas y las arenas me atraviesan,
y yo sólo tengo dos manos y un corazón para retener al desierto y al mar.

Si se escapa y me esquiva, ¿qué puedo contener?
Las mareas me arrastran
el desierto se desliza bajo mis pies.

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Raine, Kathleen. Poesía y naturaleza (Trad. Adolfo Gómez Tomé). Murcia; Tres fronteras ediciones, 2008.

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SACRIFICIO

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xxxxx5

Centro .o .periferia. ¿Dónde .se .escancia .el .soplo? Todo
centímetro .vive .su .máxima .expresión y en la camilla la
amplitud es materia de reconquista. Centímetro uno. Esta
falange que ayer no emitía señal alguna…
Cada .aguja .un .centro. Agujas .que .hilvanan .para .que
recuerdes que ninguna red podrá sostenerte.
Disponibilidad .de .la .carne .hasta .dónde. .Frontera .que
reescribir hora a hora.
No es un estado, es una condición.
Estar enferma.
Puro centro, puro milímetro donde asentir lo humano.
También la felicidad de esta voz que acompaña.

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xxxxx14

He tenido que llegar hasta aquí para reírme del suicidio de
mis pestañas.

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xxxxx15

Habito en la circunscripción .del .miedo. No se puede pedir
más a esta suma de .átomos .desparramados: una aguja y
su desquite, otra llamada a la puerta, el ímpetu del médico
en su currículum.
Bastaría .con .retroceder .hasta .cuándo, llegar al dónde en
que .comenzó .todo .y .saltar, .serenamente, con la firmeza
del pájaro en extinción.

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xxxxx20

Dilato mis pupilas .para .volver .a .nacer, aunque .a .decir
verdad los niños recurren .a .sus .ojos cerrados porque no
abarcan tanto estímulo. Nacen con las yemas de los dedos
ya .labradas. ¿Las .huellas .iniciales .del .sacrificio? Nacen,
crecen, se .reproducen .y .los .pliegues .primeros .aran .el
cuerpo a golpe de gesticulación. Nacen y crecen y quizá se
reproducen .para .cardar .el .tedio, para .intuir .lo .lineal o
alambrada que trunca. Nacen, como todos, sin migas para
el retorno, cáncer que no supe.

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xxxxx30

El aislamiento y niños pseudoepilépticos con pantallas por
ojos. Pupila .cuadrada, .cerebro .romboide .que .suena .a
robot .infantil .como la de aquel anciano que va olvidando
la escritura. La generación de los selfi se relata a ritmo de
instantánea, construye su maldita biografía .porque quién
es .nadie .para .decirles .que .«no». .Presente .puro .para
narrar .que .están .comiendo xal xsol xen xun xchiringuito
cualquiera xo .que .este .cordero .lechal .está .divino. Las
comisuras del presente y .del .pasado .limadas en un «me
gusta» .porque .aquí .sólo .la .aprobación .de .los .demás.
Rehenes de una tecla. Distopía del viejo examen.

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xxxxx31

Llega la pieza de fruta. Es la esperada. Exactitud que poco
revela en este espacio de leyes casi granizo .y .mi .cuerpo,
como .una .esponja .de .corcho, extiende una sonrisa que
concibo xmía xporque xdicen xla xprocepción. .Bulto xque
reflexiona.
Depender es tener que dar las gracias permanentemente.

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xxxxx36

Como .reconocía .Pascal, quizá .la .única .manera que tenga
el xmar xde xconocer xla xmuerte xsea x.sentirnos x.en xél,
ahogándonos .sin .saberlo. ¿Ser .testimonio .del .transcurrir
ajeno .xacelera .xsu .xfin? x¿Entonces xlos xhospitales, xsus
anestesias, sus permanentes ceremonias de la confusión? El
marco .se .contamina .del .centro .y .la voz imperiosa en los
pasillos…

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xxxxx39

Agua lustral y mortífera. Bosque de gotas sosteniéndose a
cada .segundo: .cambio .climático. No asusta .el .final y sí
esta cantarina sordera, el sacrificio que .se .creyó liviano e
hizo del hombre su propio salvaje. Jibarizador del segundo
y .tercer .mundo, linfático .balancín .de .otoño. Quizá .sólo
el .cavernícola xsupo xde xla xsangre xpara xel .equilibrio,
tormenta .exacta .del «tienes-te-doy». Colmillo .ancho .de
garra .leve, .tuyo .será .al .final .todo. Falta .léxico, .faltan
letras… Y el mundo era sólo un tanatorio azul…

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xxxxx41

Sólo la idea de poder matarme me .ayuda .a .vivir. Charco
sin agua, luz .que .domina .la .posibilidad .del .ahogo. Luz
blanca que me ayudaste a coger aire y ahora estorbo para
ceder con .ligereza al final, casi .casi .resbalando, por esta
bilis inaudita y ancha sin paréntesis…

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xxxxx46

¿Ir .xdeshaciendo, .xrevocando .xel .xcuerpo .xen .xformas
geométricas, para así suspender el dolor? La rótula circular,
los dientes algo rectangulares, el cuadrado .de .la palma de
la mano y así hasta que Euclides .pudiera explicarnos como
un .mapamundi .sin .huecos. La .idea .me .divierte. ¿Hasta
dónde .llegaría .la .amputación? ¿Qué quedaría de mí .en la
cama del hospital? Sonrío. Las .sábanas .quedan .a un lado,
sobrantes, como todo mausoleo.

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xxxxx48

Cuando morir es una guerra en .la .que todos los bandos
están .de .acuerdo. Momento .azul .que .libera, síndrome
de Estocolmo que se convierte .en .verdad mineral o esta
plaza de rincones accesibles. Así se mitiga el dolor .en su
macabro .tráfico .de .días, así .la .esperanza en su rutina
absurda, .así .la .conciencia .en .su .irracional .comparsa.
Reconocer, entonces, que el minotauro acierta y devuelve
al mar sus muertos de carne galopante.

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Agudo, Marta. Sacrificio. Madrid; Bartleby editores, 2021.

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P.D. Échenle un vistazo a esta crítica que hizo Alberto García Teresa sobre ‘Sacrificio’.

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LA VIDA EN VILO

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Ayer se presentaba en la Universidad de Murcia el libro que obtuvo el XVIII Premio de Poesía Dionisia García: ‘Anatomía de una sombra’, de Alberto Chessa.

Qué pena que no pudieran estar ayer por la tarde escuchando a Alberto.

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Aquí dejo algunos poemas de la primera sección del libro, la que lleva por título La vida en vilo.

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xxxxx(V)

Claro que miro con amor tu nuevo cuerpo.
¿Acaso no es amar temer también lo amado?

Eres tus cicatrices,
el taimado tumor que se resiste a dar relevo.

Déjame verte así: desnuda.
Debo aprenderte otra vez en esta hora,
cuando la noche zamarrea a los vivos.

Yo acabo donde empieza al fin tu cuerpo

.

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xxxxx(XIII)

Uno —es sabido— empieza a verle
los dientes al invierno
el mismo día en que a su vida de héroe
se le va derritiendo ya la cera.

Cállate, pues. Deja de hacer memoria.
Cállate ya, o te vas a volver loco.

No escribas en voz alta.
Calla, calla

.

.

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xxxxx(XV)

¿Hay en tu herida voz para mi herida?

Me duele, sí, tu huérfana ponzoña de baladre.
Me duele tu dolor.

Pero ¿de qué manera deslacrar
los silencios que muerden como muerde un ladrido

.

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xxxxx(XVI)

Qué cerca que estuvimos, amor, de desamarnos.
Qué cerca del rebato y del asedio

.

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xxxxx(XXIV)

Lleva tu nombre escrita la alianza
que nos ha hecho invencibles hasta ahora
en esta sonochada atroz.

Estamos casi ya
al otro día de la desmemoria,
al otro haz de nuestra luz dichosa

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xxxxx(y XXV)

¿Debería enseñarte estos poemas?

Estos versos son tuyos,
toquen o no las yemas de tus dedos su límite,
seas o no testigo.

Antaño te los leería. Hoy
solo espero el deshielo

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Chessa, Alberto. Anatomía de una sombra. Murcia; Editum, 2021.

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RÉQUIEM

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xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxNo, no bajo un extranjero firmamento,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxni bajo el amparo de extranjeras alas,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxestuve entonces con mi pueblo,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxdonde mi pueblo, por desgracia, estaba.

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EN LUGAR DE UN PRÓLOGO

xxEn .los .terribles .años .del .terror .de .Yezhov hice cola durante siete
meses .delante .de .las .cárceles .de .Leningrado. Una .vez .alguien .me
«reconoció». Entonces una mujer que estaba .detrás .de .mí, con los la-
bios azulados, que naturalmente nunca había oído mi nombre, despertó
del entumecimiento que era habitual en todas nosotras .y me susurró al
oído (allí hablábamos todas en voz baja):

xx— ¿Y Usted puede describir esto?

xxY yo dije:

xx— Puedo.

xxEntonces algo como una sonrisa resbaló en aquello que una vez
había sido su rostro.

.

.

.

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.

DEDICATORIA

Las montañas se doblan ante tamaña pena
y el gigantesco río queda inerte.
Pero fuertes cerrojos tiene la condena,
detrás de ellos sólo «mazmorras de la trena»
y una melancolía que es la muerte.

Para quién sopla la brisa ligera,
para quién es el deleite del ocaso—
Nosotras no sabemos, las mismas por doquiera,
sólo oímos el odioso chirriar de llaves carceleras
y del soldad el pesado paso.

Nos levantamos como para la misa de madrugada,
caminábamos por la ciudad incierta,
para encontrar una a la otra, muerta, inanimada,
bajo el sol o la niebla del Neva más cerrada,
mas la esperanza a lo lejos canta cierta…

La sentencia… y las lágrimas brotan de repente,
ya de todo separada,
como arrancan la vida al corazón, dolorosamente,
como si hacia atrás la derribaran brutalmente,
pero marcha… vacila… aislada…

¿Dónde están ahora aquellas compañeras del azar,
de mis años de infierno desnudo?
¿En la borrasca siberiana cuál es su soñar,
qué imaginan en el círculo lunar?
A vosotras os envío mi adiós y mi saludo.

.

.

.

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.

INTRODUCCIÓN

ESTO FUE CUANDO EL QUE MUERTO ESTABA
sólo sonreía, de su paz alegrado.
E inútil, colgante, columpiaba
junto a sus prisiones Leningrado.

Y cuando de tormento enloquecido
el condenado al regimiento marchaba,
y una corta cantinela de despido
el silbido de los trenes cantaba.

Las estrellas de la muerte constantes,
Rusia inocente de dolores repleta
debajo de aquellas botas sangrantes
y las ruedas de las negras furgonetas.

.

.

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1

AL ALBA TE LLEVARON,
como a un entierro tras de ti mi salida,
en la oscura alcoba los niños lloraron,
ante el santo quedaba la vela derretida.

En tus labios el frío de un icono.
Sudor de muerte en la frente no olvido.
Como las mujeres de Streliezki pregono
bajo las torres del Kremlin mi alarido.

.

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2

EL DON APACIBLE, APACIBLE PASA,
entra la luna amarilla en la casa.

Entra, sesgada su gorrilla,
una sombra ve la luna amarilla.

Esta mujer, su enfermedad,
esta mujer es soledad.

El marido en la tumba, el hijo en prisión,
rezad por mí una oración.

.

.

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3

NO, NO SOY YO, ES OTRA LA QUE SUFRE.
Yo no podría. Que ensombren
lo ocurrido negros velos
y retiren los faroles…
Noche.

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.

.

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4

SI TE HUBIERAN DICHO, BROMEADORA,
la preferida de todos los amigos,
de Zarskoie-Selo alegre pecadora,
lo que sucedería en la vida contigo.
Cómo la trescienta, con tus presentes,
ante «Las Cruces» en fila esperas
y cómo con tus lágrimas ardientes
del año nuevo el hielo derritieras.
Cómo de la prisión el álamo se mece
y no se oye nada —pero cuánta
vida inocente allí fenece…

.

.

.

.

.

5

DIECISIETE MESES GRITO,
a la casa te reclamo,
al verdugo ayer suplico,
por ti mi hijo y mi espanto.
Todo se enreda sin nombre
ya no sé diferenciar
quién es la bestia o el hombre,
si la ejecución he de esperar.
Sólo flores polvorientas,
incensario, tintineo, huellas
a cualquier y a ninguna parte.
A los ojos me mira lanzada
y de pronto un desastre me amenaza
una estrella gigante.

.

.

.

.

.

6

LAS SEMANAS EN UN VUELO ACABAN,
de lo ocurrido no sé dar razón.
Cómo, hijo mío, en la prisión
las noches blancas te miraban
cómo ellas vuelven a verte
con ojo ardiente de azor,
de tu alta cruz en redor
hablan —y sobre la muerte.

.

.

.

.

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7

CAYÓ LA PALABRA PETRIFICADA
en mi pecho vivo todavía.
No importa, de hecho estaba preparada,
fuera como fuere, lo superaría.

No es hoy para mí día de calma:
necesito acabar con la memoria,
necesito petrificar el alma,
necesito recomenzar la historia,—

si no… el caliente susurro del verano,
tal fiesta viene a mi ventana abierta.
Lo había presentido ha ya lontano—
un día radiante y la casa desierta.

.

.

.

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8

A LA MUERTE

¿Por qué no pues ahora —tú que seguro llegas?
Te espero —muchas son mis desgracias.
Ya apagué la luz y abrí la puerta,
a ti, cosa simple y extraña.

Toma para ello no importa qué aspecto.—
Irrumpe tal proyectil envenenado,
o furtiva y con pesa, tal bandido experto
o con vapores de tifus impregnados.

O con un cuento por ti misma inventado
y al que ya hasta la náusea conocemos,—
para que yo vea de la gorra azul el plato
y la palidez de miedo del casero.

A mí ya nada me importa. El Yenisei va removido.
Reluce la estrella polar
y el azul brillo de los ojos queridos
el último tormento cubrirá.

.

.

.

.

.

9

YA EL ALETEO DEL DELIRIO
a medias cubre el alma,
y a beber da ardiente vino
y a oscuro valle llama.

Y comprendí a lo que yo
debo otorgar la victoria,
escuchando a mi interior
como si extraño fuera ahora.

Y en absoluto me permite
que algo mío conmigo lleve
(por mucho que le suplique
y por mucho que le ruegue):

Ni los ojos del hijo espantados
—pétreo sufrimiento—
ni el día aquel atormentado,
ni en la prisión la hora del encuentro,

ni el frescor de la querida mano,
ni la sombra estremecida de los tilos,
ni el ligero sonido lejano—
palabras de consuelos últimos.

.

.

.

.

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10

CRUCIFIXIÓN

xxxxx1

El coro de ángeles alabó la gran hora,
y los cielos se abrieron en fuego y resplandores.
«¡Por qué me has abandonado!», al padre implora,
y a la Madre— «Ay, por mí no llores».

.
xxxxx
2

Magdalena se conmovía y lloraba,
el discípulo amado de piedra era,
y allí, donde en silencio estaba
la madre, nadie mirar osó siquiera.

.

.

.

.

.

EPÍLOGO

xxxxx1

Vi cómo los rostros se ajan fácilmente,
cómo bajo los párpados el miedo brilla,
cómo —escritura acuñada— duramente
el sufrimiento se inscribe en las mejillas,

cómo rizos negros y rubiocenizos
de pronto de plata tienen su color,
la sonrisa se marchita en los labios sumisos
y en la risita seca se estremece el pavor.

Para mí misma sólo no reza mi voz,
sino por las que allí vieron mis ojos,
en el tórrido julio y en el frío feroz,
juntas conmigo bajo el ciego muro rojo.

.
xxxxx
2

De nuevo se acerca del recuerdo la hora.
A vosotras os veo, os oigo, os siento ahora:

a ti, que llegar a la ventana apenas pudiste
a ti, que no pisaste la tierra en que naciste,

a ti, que, sacudiendo la hermosa cabellera,
dijiste: «Vengo aquí como si a casa fuera».

A todas por sus nombres quisiera evocar,
la lista me arrancaron y ahora dónde buscar.

He aquí una gran manta para ellas tejida
de pobres palabras de ellas oídas.

De ellas me acuerdo siempre y por doquier,
ni en las nuevas desgracias las olvidaré,

y si me amordazan la boca de tormento atrita,
por la que un pueblo de cien millones grita,

que sea posible que ellas en su pensar me eleven
en la víspera del día que a la tierra me lleven.

Y si en este país en un cierto momento
tienen la idea de hacerme un monumento,

acepto que este homenaje me advoquen,
pero sólo a condición que lo coloquen

no junto al mar donde vine a nacer:
los últimos lazos con el mar desgarré,

ni en el parque junto al tronco venerable,
donde me busca la sombra inconsolable,

sino aquí ante las puertas donde estuvieron
mis pies trescientas horas y no me abrieron.

Porque temo en la muerte de dicha consueta,
olvidar el tronar de las negras furgonetas,

olvidar la odiosa puerta de golpe cerrada,
y el grito de la anciana como bestia lanceada.

Y ojalá en los pétreos párpados sin vida
como lágrimas corra la nieve fundida,

y la paloma de la cárcel arrulle en tierra nueva,
y en silencio naveguen las naves por el Neva.

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.

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Ajmátova, Ana. Réquiem y otros poemas (Trad. José Luis Reina Palazón). Sevilla; Ediciones Alfar, 1993

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EL MAL POETA QUE VA RECITANDO SUS VERSOS A TODOS

 

EL MAL POETA QUE VA RECITANDO SUS VERSOS A TODOS

xxxComo al que la asquerosa sarna le agobia, o la ictericia, o el delirio, o la irascible Diana, así rehúyen y temen tocar a un poeta loco los que están en su juicio. Le hostigan los niños y los imprudentes le siguen.
xxxEste, mientras vagabundea y eructa sublimes versos, si, como un cazador de pájaros atento a los mirlos, se cae en un pozo o en un hoyo, aunque «¡socorredme!» grite largo tiempo «¡io, ciudadanos!», no habrá quien se preocupe de sacarlo. Si alguien se molesta en ayudarlo y lanzarle una cuerda «¿cómo sabes?», le diré, «si se arrojó a propósito y no quiere ser salvado?»; y le contaré la muerte de aquel poeta de Sicilia, Empédocles, que, deseoso de ser tenido por un dios inmortal, se precipitó a sangre fría en el ardiente Etna. Que sea lícito y tengan derecho los poetas a matarse. El que salva a uno contra su voluntad hace lo mismo que el que le mata. Y aquello no lo intentó sólo una vez. Y si es salvado a la fuerza, no querrá ya volver a ser un hombre ni perderá su deseo de una muerte gloriosa.
xxxY no queda suficientemente claro por qué tiene que hacer versos: si es que se orinó en las cenizas de su padre, o si, impuro, profanó un lugar sagrado herido por el rayo. Ciertamente está loco furioso; e igual que un oso —si fue capaz de romper los barrotes puestos en su jaula—, pone en fuga, recitador insoportable, al culto y al inculto. Pero al que ha podido atrapar, le retiene y le mata leyéndole. Sanguijuela que, a no ser ahíta de sangre, no está dispuesta a soltar la piel.

 

 

 

Horacio. Odas-Epodos-Arte poética (Trad. Alfonso Cuatrecasas). Barcelona; Ed. Bruguera, 1984.

 

GROUÑIDOS EN EL DESIERTO – INVIERNO –

diciembre 21, 2020 Deja un comentario

Quedaos con quien sea capaz de derretir el invierno.

 

 

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