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LE APLASTARÉ CON MIS VERSOS

Vuelvo a mi biblioteca particular y repaso el libro que compré hace año y medio en Madrid, en uno de los viajes que hicimos Cris y yo. Una de las noches que estuvimos allí pasamos por el Bukowski club y me hice con ‘No hay camino al paraíso‘, un libro editado por Ya lo dijo Casimiro Parker que contiene dos libros: ‘Sin frío en las manos‘ de Javier Das y ‘Le aplastaré con mis versos‘ de José Ángel Barrueco. Le tenía yo ganas al libro y no me defraudó. El libro de Javier Das es bueno, pero el de José Ángel Barrueco es genial, uno de esos libros que aguantará muchos años en mi biblioteca. Aquí les dejo unos cuantos poemas para intentar que les deslumbren y acaben haciéndose con el libro.

 

 

DIECISÉIS VELAS

las mujeres deben ser finas,
como las sardinas,

te dijo, esa noche,
el hombre al que llamabas tu padre

no sé qué haces con una gorda
ahora es el momento de elegir a una delgada
ya tendrá tiempo de engordar cuando sea mayor

el hombre que decía ser tu padre
te hablaba así, aquella noche,
de tu novia, una adolescente rubia
por la que estabas loco

habías salido para ayudarle a trabajar
ibais a poner carteles
de una película de próximo estreno

hasta entonces, tu padre no había mostrado ese rostro
saliste a echarle una mano, a acompañarle, a aprender,
a disfrutar del silencio nocturno y provinciano
de aquella ciudad solitaria en las noches de jueves

y esa fue su moneda, su pago a tu ayuda y a tu compañía

aprende de mí, coño:
mira a tu madre, ¿ves que ella esté gorda?
las mujeres deben ser flacas
¿dónde vas con una gorda?
no te pareces nada a mí, sales a tu tío,
que en paz descanse, que no tenía estómago,
que le daba igual estar con feas que con guapas

volviste a casa al borde de las lágrimas
hundido, maltrecho, fúnebre, roto
sin la brújula que te había guiado
durante tanto tiempo…
hasta esa noche,
xxxxxxxxxxxxxxxesa puta noche de decepción

y sólo tenías dieciséis años.

 

 

FINGIR EL SUEÑO

leía mucho por las noches
como ahora, como siempre

al oír el portazo de mi padre
tras regresar a casa del trabajo,
cerraba el libro, apagaba la luz y fingía el sueño

unos minutos después sentía
el movimiento de la manija de la puerta
una mano giraba el pomo:
despacio
muy despacio
en un silencio casi absoluto

abría un ojo y notaba la luz filtrándose
en el cuarto desde el exterior

en la rendija entre la puerta y la jamba
asomaba su cara como una aparición fantasmagórica

¿estás dormido?
pero yo no contestaba
fingía un sueño profundo
aguantaba la respiración

alguna vez respondí,
y eso supuso varias horas
de monólogo o, lo que era peor,
alguna bronca, algún desahogo
sobre su trabajo, su madre o la mía
y los disgustos que le daban

en la distancia,
ahora veo que
no hay nada
tan triste en la noche
como un hijo fingiendo
su sueño para no hablar con su padre

 

 

CIEN DUROS DE PROPINA

en la adolescencia
sólo les daba propina
a sus tres hijos cuando
él y la madre habían hecho las paces
tras alguna de sus guerras domésticas

el padre sonreía y era feliz
entonces el hijo mayor se acercaba
y pedía con discreción y apuro
una propina para salir por ahí con los amigos

el padre se mostraba generoso: ¿cuánto necesitas?

no sé, decía el hijo mayor, lo que tengas

le daba quinientas pesetas

un billete de cien duros para gastar
para salir una noche de juerga
como si fuera una fortuna
sus amigos llevaban mil duros en la cartera
el hijo mayor, quinientas pesetas
el hijo mediano a veces se quejaba:
la gente cree que nos sobra el dinero, pero
¿adónde voy yo con quinientas pesetas?

al salir por ahí, a los hijos les prestaban dinero
los amigos,
las novias,
los abuelos

cualquiera se apiadaba de ellos
antes que verlos llevando sólo un miserable billete de 500

en la ciudad, mientras tanto,
los habitantes pensaban que los hijos
de aquel hombre iban forrados a la calle
creían que sus retoños nadaban en oro y plata

y, sin embargo, casi siempre
la nevera estaba vacía. ya lo has oído:
vacía.

 

 

TENEMOS QUE IRNOS. 2ª PARTE

éramos amigos
por eso, cuando mi madre
dijo que nos fuéramos
por segunda vez y
de manera definitiva y
sin avisarle,
admití que no podía hacerlo
que debería decírselo
o él me lo reprocharía siempre

mi madre me aseguró que
esa solución era un error
si le decimos que nos vamos,
jamás nos dejará abandonar la casa

durante varios días
y mientras él estaba ausente
fuimos sacando nuestras cosas:
la ropa, los libros, el calzado
disimulábamos el vacío
de cajones y armarios
con el bulto de los jerseys
la tarde de la fuga
un amigo nos echó una mano
sacamos algunas estanterías
algunos objetos de valor
las últimas cajas con libros,
zapatos, abrigos y útiles de aseo

lo trasladamos en una furgoneta
mi madre dejó una nota en la cómoda
del hall de la entrada

él casi se volvió loco al llegar
y leer la nota y descubrir que su familia
había vuelto a abandonarle
sospechaba que era la definitiva:

estaba en lo cierto.

 

 

ASUNTOS PROPIOS

lo cierto es que mis hermanos y yo
no soportamos a nuestro progenitor

pero tampoco toleramos que alguien
ajeno lo insulte y se meta con él

los problemas familiares
los resolvemos entre nosotros

nadie nos ayudó entonces a odiarlo
y no queremos que nadie nos ayude ahora

 

 

PATATAS Y HUEVOS

la otra noche comíamos en casa de mi madre: ella,
mi hermana, su novio y yo, y dije que odiaba las legumbres
porque durante años habíamos tenido que tragarlas a diario,
en todo ese tiempo en el que vivimos con mi padre
y mi hermana recordó la dieta cansina de esa época:
patatas cocidas con vinagre para comer
patatas fritas con huevos para cenar
potaje por el día, huevos por la noche
arroz, macarrones, patatas a la importancia
no hubo día sin patatas y huevos
la dieta no variaba mucho
no había opciones para merendar
la nevera registraba el eco de nuestras voces
porque él compraba una vez a la semana
muchas tardes yo iba a ver a mi abuela y le pedía la llave del bar
del negocio de la familia, y cogía provisiones para la merienda:
chocolatinas, cacahuetes, palomitas
y siempre dejaba reservas en el cajón
para los días de hambre y las noches de huevos fritos
algunos jueves mi padre se iba en viaje de negocios,
sin avisarnos ni dejar dinero
todos éramos estudiantes, estábamos siempre sin blanca
mi madre no tenía una peseta ni para el pan
así que comíamos patatas cocidas con aceite y vinagre
y a veces mis tíos nos prestaban algo de dinero
pero en la calle nadie conocía esta situación
a mí me daba vergüenza decirlo por ahí
y la gente pensaba
que íbamos siempre sobrados
de lujos
de talegos
de comida
de manjares
quizá, cuando lean esto,
mis amigos sepan la verdad:
por qué no iba a los viajes ni a las excursiones
por qué alegaba excusas, por qué siempre hemos sido flacos
sólo algún sábado mi padre se mostraba generoso
llevándonos un filete de ternera que devorábamos con el hambre
propia de los perros, que ignoran si volverán a comer en el futuro.

 

MADRID CON CRIS, JOSEDA Y MÁS

Fue un gustazo, no podría resumirlo de otra manera. Sólo el viaje a Madrid fue una risa tras otra, una risa aumentada por esa maravillosa frase que es ‘gire a la izquierda’ repetida hasta el hartazgo por un gps. Ver a Javier y a Sonia es siempre un placer y conversar al alimón sobre la paternidad y la literatura, un lujo (sobre todo, cuando disfrutamos tras la cena y acompañados de varios mojitos de la derrota por penalties de esa selección en la que milita un tal CR9). Pero es que escuchar a José Daniel Espejo en ‘La Marabunta’, y además acompañados de Javier Moreno, José Manuel Gallardo, Ana Pérez Cañamares, Inma Luna, José Ángel Barrueco, Gsús Bonilla, Martín Rodríguez Gaona, Kanka, Pedro Chillón y demás asistentes es algo que no tiene precio; exactamente igual que la cena, las copas y las conversaciones posteriores. Sólo puedo decir que gracias a todos por vernos en Madrid con el calor que hace a estas alturas de año.

 

A los que faltasteis a la cita (y os echamos de menos) os dejamos un poema inédito de José Daniel:

CHARO Y LOS LIBROS

Es un libro el amor como podría
ser cualquier otra cosa atesorable,
y en medio de mi vida bien es cierto
que he escrito ya muchas páginas
y que ninguna recuerdo en este instante
cuando te sientas junto a mí. Vagos
ensayos siempre en lenguas desconocidas,
párrafos al azar donde mi letra me es extraña,
manuscritos de Voynich. Te propongo
arrancar todas esas
páginas inservibles y perdernos
en la insondable belleza de borrar,
la de empezar desde cero en una lengua
en que jamás ningún poeta puso el pie
antes que nosotros.

 

EL RITUAL DE LO HABITUAL

 

A finales de 2010, Cristina Morano volvía a sacar uno de esos libros que todos hubiéramos querido escribir, un libro que lleva por título ‘El ritual de lo habitual’, que publicó la madrileña editorial amargord y que tuve el orgullo de prologar.

Este es un libro atravesado por el concepto de ‘obediencia’, por el ritual entendido como costumbre y por el problema de la definición del concepto de ‘poder’. Un libro del que pueden encontrar numerosas reseñas en la web: como la de Alberto García-Teresa en ‘Culturamas’, o esta otra de María Solís también en ‘Culturamas’; o esta entrevista en el periódico ‘La Verdad’, o la entrevista para el podcast de ‘Letras en vena’.

 

El libro en cuestión se presentó en Madrid el 28 de febrero de 2011 en ‘La casa del libro’ en Madrid y lo presentó José Ángel Barrueco, y si se preguntan qué dijo el presentador aquí lo tienen:

“En El arte de agarrarse, el anterior libro de Cristina Morano, a mi entender una poeta con mayúsculas, leemos estos dos versos en el arranque de un poema:

Vengo a la herida,
la describo.

Y eso es, precisamente, lo que ha vuelto a hacer la autora en este libro, El ritual de lo habitual, cuyo título se corresponde con el de un álbum de Jane’s Addiction: lo que ha hecho es acercarse a las heridas, hurgar en ellas con pericia, describirlas con maestría…

El ritual de lo habitual, aunque es un poemario, podría haber sido un libro de relatos a la manera minimalista de Raymond Carver, o una de esas películas independientes del cine norteamericano, fragmentadas en episodios, y cada uno de ellos protagonizado por un personaje distinto.

Porque en sus páginas se nos cuentan historias. Historias de mujeres. Historias de mujeres reales, famosas o inspiradas en lo que ella ha oído en las calles o visto en las noticias. Los títulos de cada poema son extensos: confieren un nombre o un apodo a cada mujer, aluden a su profesión o a su característica más destacable. Los nombres de esas mujeres contienen su importancia, porque mediante esos nombres ella las vuelve más cercanas, logra que vivan en el papel, que respiren entre líneas: Sabrina, Nieves, Ana, Maruja, Francisca…

Están, por un lado, las mujeres célebres. De ellas, Cristina jamás revela el apellido, pero nos proporciona los suficientes datos para que sepamos sus identidades. Por ejemplo: Nieves Álvarez, Elena Salgado, Sylvia Plath…

Están, por el otro, las mujeres anónimas. Las mujeres fuertes, las que luchan a diario entre sus trabajos brutales y su cargamento de hijos, facturas y responsabilidades: Emilia, Asifa, Ileana…

Si las juntamos a todas, el lector percibirá una honda preocupación por las múltiples aristas laborales en las que la mujer actual trata de sobrevivir: tenemos a la modelo, a la poeta, al ama de casa, a la recolectora de fresas, a la mendiga, a la estudiante… Un abanico de posibilidades, de vidas y de tramas, que le sirve a Cristina para ejecutar su danza alrededor de varios temas de suma importancia: el abuso de poder, la injusticia, la obediencia ciega…

Cristina Morano ha escrito poesía de la auténtica, de la que duele, con elementos y ambientes muy difíciles de capturar en un poema: la épica de los centros comerciales, la política, o esa trabajadora sometida y brutalizada…
Son ejemplares, por citar dos casos, los poemas dedicados a Maruja, una estudiante de peluquería, y a la estrella mediática Belén Esteban. Porque, en ambos retratos, Cristina nos descubre sus heridas. Observen la precisión con la que, en cuatro versos, describe a Belén Esteban:

De canija soñaba con tener una casa
en un sitio mejor y con verde;
ya estaba cansada en el sueño,
así que imagínate ahora.

O veamos el modo en que sintetiza a esa estudiante de peluquería en los siguientes versos:

¿O seguirán pasando las horas
hacia ese sábado de chandal y perros
en los centros comerciales?
A los cuarenta todavía
tenemos cara de niñas.

Resulta refrescante, además, la manera en la que Cristina introduce en los poemas citas de Allen Ginsberg o Anne Sexton, alusiones a J. G. Ballard o a Jim Carroll, letras de canciones de Burning o frases de películas.

De manera que se dan la mano la cultura popular, las vidas desgraciadas y las cuitas de las celebridades, y todo ello sin desatender ese análisis del poder y de la obediencia. Manejar tantas referencias y tantas críticas al sistema que ha tratado de subyugar a la mujer no es fácil: y, en la empresa, ella sale victoriosa.
Por eso me parece explosivo este poemario breve, fantástico, único en su especie, titulado El ritual de lo habitual.”

 

Y aquí les dejo uno de los poemas del libro.

 

09. Belén: estrella mediática, trabaja en una cadena televisiva española de ámbito nacional

Aun en las masas proletarias,
hay gente que adopta
la cosmovisión burguesa
y actúa en contra, es decir, traiciona
los intereses de su clase.

¿Sabes? tanto trabajo no sirve
ni para echarse una chuleta
el domingo a la boca.
Vamos como los animales:
de la alcoba al fogón rascándonos las manos
hasta que los sabañones sangran.
De canija soñaba con tener una casa
en un sitio mejor y con verde;
ya estaba cansada en el sueño,
así que imagínate ahora.

El visón abriga más que el conejo,
la leche fresca sienta mejor que el café,
y la fruta de temporada
genera pieles traslúcidas.
Cuánto dinero. Cuándo
proletarios del mundo unidos.
¿Sabes? el país se escandaliza
de mi analfabetismo.
El país no ha contabilizado el número
de bibliotecas de las afueras,
el número de jardines botánicos,
el de parques con árboles, el de Museos
de las afueras. Yo sí.
Con esta mano,
con este dedo, corazón.

 

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