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Archive for mayo 2014

EL CENTRO DE LA SOMBRA

Esteban Bernal'

 

 

BUSCO EL AMOR CUANDO EL AMOR NO LLEGA

busco el amor cuando el amor no llega
con la falsa esperanza de la misericordia
y una aguja de plata clavada en la memoria
mientras corren mis venas como ríos
hacia ese mar en calma cuyo centro es la isla
solitaria y perfecta como un sueño
del que no se recuerda más que el goce tranquilo
el bienestar intenso de un éxtasis sublime
la síntesis de un tiempo sin espacio
abismo de un abismo donde el pájaro vuela
tras vencer a las leyes del vacío
de un amor sin dolor ni sufrimiento

atravieso esta niebla silenciosa
que envuelve mis sentidos con un velo
de compasión de rabia de impotencia
un velo que amortaja el deseo
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxcuando
busco el amor donde el amor no llega

 

 

 

 

CUANDO EL AMOR

de soledad mi corazón partido
en dos partes igual de diferentes
solicita al amor dones urgentes
porque el amor une lo dividido
entrego más de lo que nunca pido
y bebo el agua de todas las fuentes
pues su murmullo nos hace confidentes
cuando el amor no es correspondido
amor secreto amor de una pureza
perfecta y diamantina en su rareza
amor de los incendios y los ríos
y los parques de octubre siempre fríos
amor que en otro amor está cautivo
como cautivo estoy de cuanto escribo

 

 

 

 

TE JURO QUE LO INTENTO

te juro que lo intento pero no va conmigo
salir de vez en cuando tomar un par de copas
en un bar conocido intercambiar miradas
y alguna frase amable

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxy terminar la noche
sudando entre otros brazos que hagan que me sienta
un dios entre los hombres

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxte juro que lo intento
pero siempre termino borracho de nostalgia
escribiendo un poema que habla de lo mismo

 

 

 

 

QUIERES HABLAR

quieres hablar de los días perdidos
de aquellos luminosos días de la infancia
donde la crueldad y la inocencia
semejaban ser dos hermanas complacientes
aliadas y amigas de un tiempo que jugaba
a parar los relojes de arena del verano

también quieres hablar de los domingos
de las tardes de cine
de los lentos paseos solitarios
por inhóspitas calles
persiguiendo la sombra fugitiva
del unicornio blanco del deseo

quieres hablar del mítico país que se levanta
tras el telón de niebla de los años
de la vida de entonces
de los sueños de entonces
de cómo la esperanza se transforma
en pura decepción

quieres hablar del niño que inventaba
un mundo nuevo con palabras viejas
prestadas por poetas
antiguos como el mundo

pero a la parca luz de este presente
trivial y rutinario
carece de sentido
hablar de aquellos días
perdidos para siempre para siempre perdidos

 

 

 

 

AL OTRO LADO DE LA SOMBRA DEL SUEÑO

xxxxxxxxxxxxxxxxxxA Carmen Mateo Pedrera

al otro lado de la sombra del sueño
el mismo mar de todos los veranos
los árboles que dejan ver el bosque
el corazón de nieve del invierno
las rosas que marchitó el deseo
el espejismo de la primavera
los verdes prados del edén perdido
y el huraño mendigo del otoño

al otro lado de la sombra del sueño
está la vida con los ojos abiertos

 

 

 

 

LA CLAVE DEL ENIGMA

ni en los ojos de mirada abatida
ni en su vida rutinaria y discreta
ni en sus declaraciones y entrevistas
siempre contradictorias y parciales

ni siquiera en su origen provinciano
y humilde ni en su triste destino
a pesar de la fama y los premios

no
xxxa pesar de lo dicho la clave
del enigma anida entre sus versos

 

 

 

 

LLUVIA DE VERANO

la lluvia entumecida devora las palmeras

sentado en la butaca junto a la chimenea
donde crepita el fuego de los días tranquilos
contemplo la tristeza mojada de las flores

frente a mí un jarrón de pálidos jazmines
una copa de vino y el cuaderno de notas
donde escribo este verso parsimoniosamente
mientras la lluvia empapa este extraño verano
de rostro tormentoso y mar embravecido
que roba de las playas el oro de los sueños
ese oro que esconde el secreto del arte
ese oro que puede que dentro de cien años
algún lector atento encuentre en estos versos
mientras la lluvia antigua devora las palmeras

 

 

 

 

UN BARCO SE CONSTRUYE CON PALABRAS

ni con finas maderas
que resistan el agua de los mares
ni con sabiduría

un barco se construye con palabras

porque un barco no existe
si no puedes nombrarlo
si no puedes hablar de su velamen
de su proa y de su popa
del timón y las jarcias

porque las cosas son únicamente
cuando puedes nombrarlas
y aunque no existan son
si existen las palabras para ellas

 

 

 

 

A LA DERIVA

otra vez donde siempre al borde del abismo
en casa de tus padres sin trabajo ni ganas
de seguir adelante empujando la piedra
cada vez más pesada de tus propios fracasos

otra vez sin dinero sin amigos sin nada
que no sea este ansia de mancillar papeles
con palabras que doten de sentido tu vida
que den a tu existencia una razón precisa
aunque tu alma sepa que no existe respuesta
que vas a la deriva naufragio tras naufragio
y que sólo te queda para seguir a flote
aferrarte a la tabla de salvación del verso

 

 

 

 

LOS BÁRBAROS

una frontera el verso

no cruces la frontera

detrás de la frontera
los bárbaros aguardan

 

 

 

 

DECEPCIÓN

XXXXXXXXXXXXXXXXXA Álvaro Giménez

pensaste que llegar era más fácil
que bastaba con ganar algún premio
que te abriera las puertas del parnaso
que era suficiente
con publicar los libros necesarios
en el momento justo

pensaste que era fácil
llegar a lo más alto
que tendrías amigos conocidos
lectores admiradores críticos
avezados en separar el grano
de la paja
xxxxxxxxxxque como las sibilas
en tus versos verían
el misterioso aliento de la vida

pero te equivocabas como siempre

has ganado concursos de prestigio
has publicado libros de poemas
has dado recitales
pero nada ha cambiado
o por lo menos nada
es como tú soñaste que sería

es más
xxxxxxxxperdiste tus pocos amigos
a causa de la envidia
de lectores vas justo
y tus admiradores no comprenden
nada de lo que pones en tus versos

comprendo que te sientas
algo decepcionado sin embargo
íntimamente sabes que no importa
porque sabes que la única meta
y el único sentido de tu vida
se reduce a escribir el poema

 

 

 

 

ESTADO DE SITIO

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxA Katy Parra

tras el clamor la quietud del silencio
sus manos de nieve esparciendo luz
sobre el paisaje
xxxxxxxxxxxxxxxdesérticas calles
de una ciudad en estado de sitio

las radios clandestinas apagadas
y en los negros muros de las prisiones
han escrito con sangre primigenia
los versos del olvido del poeta

el dictador no cede en sus derechos
el hombre se alimenta con los restos
de la desesperación de los justos
y al otro lado de las altas verjas
los espectros aguardan la caída
del último soldado del imperio

 

 

 

 

UNA HISTORIA CUALQUIERA

pongamos que ella tiene diecisiete
y que él no aparenta más de treinta
que la música suena y los envuelve
en un abrazo que dura toda una vida

pongamos que han bebido demasiado
que la noche los invita a su fiesta
y que atados los lazos del deseo
se dejan atrapar entre las redes
de una pasión que no conoce normas

pongamos que todo ha sido un juego
y que quedan rescoldos y cenizas
aunque ella tenga que volver temprano
porque tiene que acabar sus deberes
y él tiene una mujer en otra parte
que espera que retorne del trabajo

pongamos que se trata de una historia
de una historia cualquiera como muchas

 

 

 

 

EL HUÉSPED

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxy al cabo te resulte un huésped inoportuno
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxK. Kavafis

llegó sin avisar y se instaló
en el cuarto de invitados

dijo llamarse john o juan
y por supuesto
se apellidaba smith o pérez

tiene costumbres raras

por las noches sus pasos
bordean el insomnio

desde entonces nosotros
tenemos preparadas las maletas

 

 

 

 

EL HOMBRE INVISIBLE

luchas desde el principio de los tiempos
por arañar la terca superficie
de una realidad insoportable

la falta de sustancia es tu defecto
y aunque buscas mirarte en el espejo
de la gente corriente de la calle
en el fondo te sabes diferente

un ser absurdo en un absurdo mundo
un ser doliente que sufre en silencio
este don que también es un castigo

como el hombre invisible tú también
cruzas la vida sin dejar reflejo

 

 

 

 

RESERVOIR DOGS

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxA Joaquín Juan Penalva

el animal salvaje que me habita
aunque haya leído los poemas
de cernuda escuche cada noche
a shirley bassey cantando moon river
salude cortésmente a los vecinos
y se pase las horas muertas frente
a un cuadro de bacon o de hooper
ese animal salvaje como digo
cuando huele la sangre del deseo
deja de lado sus buenos modales
y como si fuese un perro rabioso
salta sobre el cuello de sus presas
hasta quedar saciado por completo

 

 

 

 

ANTES Y AHORA

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxA Dionisia García

antes era feliz leyendo un libro
hasta las tantas de la madrugada
poesía novelas de aventuras
policíacas ensayos cualquier libro
que cayera en mis manos sucumbía
al ímpetu lector de aquel muchacho
dispuesto a devorar hasta la iliada

era feliz aunque eran malos tiempos
para soñar con falsas utopías
era feliz leyendo a cualquier hora
del día o de la noche porque un verso
un verso compensaba una mañana
vacía de sentido y de sustancia
y un poema me salvaba la vida

ahora cuando leo sólo encuentro
los pétalos marchitos de otro tiempo
un tiempo que pervive entre los libros
que vuelvo a releer como si fueran
mágico talismán de aquella infancia
recuperable sólo entre las líneas
que van narrando la secreta historia
de una vida como otra cualquiera

 

 

 

Bascuñana, Ramón. El centro de la sombra. Córdoba; Sección de Poesía Ateneo de Córdoba, 2013.

 

SUPERÁVIT

Nacho Montoto 'Superávit'

 

 

 

ILUSTRACIONES COHERENTES (V)

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxla noche, multiplicada por el mar,
xxxxxxxxxxxxxno da como resultado una multitud de ceros
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxJoseph Brodsky

No cesa la lluvia en este invierno. Síntoma de agua en tus mejillas. Brillan piedras que besan los caminos. Nada es cierto si no miras a los ojos. Un clamor de vecinos tras la puerta. Rompe el sol tu oscura pesadilla. (*). Y los niños tan dormidos en sus cunas. Dices que aún no estás preparada. Danzan dos cuerpos desnudos, triste baile. Soporífera canción de los perdidos. Es la vida una bomba inofensiva. Quizá la broma fallida de un payaso. Muestra absurda de que somos predecibles. Y los viejos tan felices en sus casas. Qué jodido trabajar en este mundo. Es tu cuerpo un asterisco en este folio. Yo un paréntesis en tu viaje a la deriva. Sí, es la lluvia la que mezcla nuestros signos.

 

 

 

INTIMIDAD

Mientras recojo la colada

me recreo con tu ropa interior.

Observo los colores estampados,

sus dibujos: las manzanas, las fresas.

Me excita tanto

que desde que te mudaste a mi casa

esto se ha convertido en un ritual.

 

 

 

RACIOCINIO

Ser es lo único que importa.

 

 

 

ESTA noche se ha apagado una estrella. Nadie se ha dado cuenta, dos planetas han dejado de recibir calor. De nuevo, otra catástrofe natural. Como es costumbre, los telediarios no se han hecho eco de esta triste noticia. Curiosamente, mientras tanto, tú dormías, soñabas.

 

 

 

Montoto, Nacho. Superávit. Sevilla; Cangrejo Pistolero Ediciones, 2010.

 

BINARIOS

Nacho Montoto 'Binarios'

 

 

0001

La realidad es un bucle, lo que acontece ya ha sucedido y se repite, siempre se repite, hacia un lado u otro. Hoy Sergio visita al psicólogo, padece la enfermedad de Internet en sus dedos; está, lo que vulgarmente se dice, enganchado a la red. Sale de su trabajo, abre un libro que lo acompaña en el trayecto en bus de su casa a la consulta, no sabe cómo acabar su tetralogía poética, harto de corregir, por su cabeza sólo pasa la posibilidad de tener un linfoma. Esos ganglios en la garganta no son un collar, se repite una y otra vez… El Siglo XXI es una mentira, todo sigue exactamente igual que hace dos siglos, las manecillas del tiempo presas en un reloj. Las cucarachas no han evolucionado.

 

 

 

0100

En una bocacalle de la Gran Vía frente al hostal Tudescos Jennifer vende su cuerpo a cualquiera que pase por allí, sus chulos se mantienen a la expectativa. Carmen espera que los viejos del asilo visiten su entrepierna. Dos manzanas más abajo Ricardo trafica drogas con Jonás. Todo ello ocurre en un período de tres horas comprendidas entre las 20.00 h. y 23.00 h. Los transeúntes avanzan bajo la complicidad de las miradas. Una regla no escrita permite que sean invisibles unos y otros. Cada uno a lo suyo, un mundo virtual: first life. A partir de las 23.01 h se actualiza el programa antivirus. Los anti-spy locales aparecen tras las esquinas y todo vuelve a la normalidad. Madrid es una ciudad tan cosmopolita como sucia.

 

 

 

1010

Se pregunta por qué nació en Diwaniya, se llama Avi Afek, tan sólo tiene quince años y recuerda que el sol iluminaba su cara hace poco menos de dos. Él no eligió ni nacer allí, ni tener un Dios como Alá. Un día inmolaron su sueño de ser estudiante para alistarlo en un ejército de almas robadas, la única arma química que conocía era el amor que sentía por una niña de su misma edad que las bombas de una guerra se llevaron a otro lugar, más allá de Oriente Medio. ¿Queréis un reality show? Pasad un tiempo en Diwaniya. Allí te vigilan día y noche. Seguro que a más de un productor se le habrá pasado por la cabeza.

 

 

 

10000

Existen dos formas de entender la vida: dejarse llevar por ella o ser partícipe de la misma. Aún espera que Hopper asome por una de sus ventanas abiertas. Acompañando la luz, en sus estanterías: Millás, Auster, Houellebecq y Murakami. Sergio sabía que la soledad era el más temible animal de compañía. 320 gigas libres en su disco duro. Espacio suficiente para almacenar la tristeza. Existen ingenieros que no conocen la teoría del tornillo.

 

 

 

10010

Mientras tanto, Avi Afek está siendo aleccionado para inmolarse en alguna guerra santa, en honor a Alá. Sus sueños de estudiante se perdieron hace tiempo. La música de los bombardeos golpea día y noche su cabeza. Él no eligió nacer en Diwaniya, él quiso estudiar, él no eligió su religión. La única arma química que conocía era la sonrisa de aquella muchacha.

 

 

 

10011

El escepticismo frente al monitor. ¿Será real lo que ven mis ojos?
Sergio busca mitigar el deseo en la red. Internet es un portal de lujo para pederastas, proxenetas y demás aves rapaces que pernoctan frente al TFT. Meetic es el garito de moda.
Joven y preciosa mulata, grandes pechos, completo: 50€. Móvil: 669996669. Preguntar por Jennifer.

 

 

 

10100

Los atardeceres con dos soles son más comunes en el Universo de lo que se cree. Al menos medio centenar de planetas vecinos de nuestra Vía Láctea giran alrededor de un sistema binario de estrellas. George Lucas ya lo profetizó.

 

 

 

10111

Cuando Sergio entra al hostal Tudescos un fuerte olor a madera rancia lo absorbe por completo. El crujido de las baldas de los escalones bajo los pies y los gases que emiten la cocción de la última comida del día se mezclan con el tufo del entarimado. Tras la puerta del hostal, en el segundo piso, se encuentra una señora octogenaria y un joven, presumiblemente su nieto, con aires gallegos en su boca. La habitación reservada tiene un balcón que da a la C/Desengaño. Jennifer tras la esquina. 22 euros la noche. Baño y ducha incluidos.

 

 

 

100010

Roxi estaba tumbada en la cama cuando sintió subir algo por su pierna con extraña ligereza. Un invitado de lujo en su lecho: Gregorio Samsa acechando a su víctima. Mil veces más veloz que la adsl.

 

 

 

101011

Terror y pánico. Nadie sabe realmente que Avi no entendía de fundamentalismos. No creía en Alá. No quiso causar terror. Busacaba una salida. Él era una de las armas químicas de destrucción masiva que guardaba el pueblo iraquí. ¿Acaso el ser humano no ha clamado venganza desde el principio de su existencia?

 

 

 

101101

Extrañado. Así se levanta un hombre que no sabe qué hacer. Desorientado, cauteloso, sintiendo en el estómago un vacío vital que va más allá del hambre. Excusado por su historia. Cómplice de su trauma. Encasillado en una baldosa de la que no puede mover los pies. Una mañana de otoño vendrá a su puerta. Tocará su mano y le dirá que las ramas de los árboles vienen a por él. A coger su mano, arrancar sus brazos de la corteza y a sumarlo al tronco vetusto de su cuerpo. Se embriagará con el olor a castañas asadas. Llorará por tocar al tierra mojada. Sentirá que lo que otrora fue su cara; sus ojos, su boca, hoy no es más que ceniza esparcida por un parque. Leña de un árbol caído. Extrañado. Así se levanta un hombre que no sabe qué hacer.

 

 

 

110000

Casanova anda perdido por calles eslovacas. hace calor. Algo poco habitual por esta zona. Mientras come un bocadillo en un bar, asiste al enésimo atentado de una célula (embrionaria) de Al Qaeda. Guerra Santa. Piensa. Mientras tanto, los mismos de siempre con los bolsillos llenos.

 

 

 

110001

Jesús rompió con su pareja hace meses. Desde entonces anda divagando por Madrid. A veces llama a Marta y quedan para echar un polvo en un lugar intermedio. Dice que no pueden seguir así. Saciar la necesidad de la carne, a veces, deja daños irreversibles en las vísceras.

 

 

 

111000

Carmen ha fallecido. SIDA. El último cliente la recogió en mitad de la calle. Tenía sendos cortes en los brazos. Madrid es una ciudad tan sucia como cosmoplita.

 

 

 

111110

Forma parte de la noche de nuestra ciudad. Una imagen cada vez más frecuente y que dentro de poco ocupará un lugar preferente en los diseños de las postal-free.
A medida que el otoño avanza para adentrarse en el gélido invierno, podemos observar cómo los «sin nombre», la «gente de la calle» busca cobijo en las cabinas de los cajeros automáticos para abrigarse del frío.
Cartón en el suelo a modo de aislante y un tetrabrick de vino cual jarabe para protegerse de resfriados y enfermedades propias de la estación.
Nunca pensó Luis que ése sería su final.

 

 

 

111111

Un par de barrenderos desinfectaban los besos de plástico que derramaron los hombres junto a las aceras del hostal Tudescos. Los sueños de papel que iban tirándose en cualquier papelera. Los envoltorios de los deseos de niños y niñas. Las hojas que la naturaleza depositó en los parques aquella madrugada. Las vergüenzas que restan de una noche de pasión y lujuria. Los trozos de saliva que espurrearon las gentes por las calles. Alguna que otra lágrima perdida entre las losetas. La miseria de las esquinas. Las mentiras de las multinacionales. Con su mono naranja renovaban la alegría del lugar y enjuagaban la sonrisa de la mañana.

 

 

 

1000101

Sergio escribió a Roxi un último poema antes de partir con Jennifer: Despierta de tus noches de comuna. Marioneta en manos de actores de bohemias promesas, esculpidos con jerséis de rayas. Criaturas de ambiente underground. Tan sólo eres un sorbo de ron en la esquina de un bar, una campanilla errante en el país de siempre y jamás, narcotizando las madrugadas con besos de mentira y salivas escanciadas en bocas sedientas de ti, hambrientas de faldas y de pernoctar en tu cadera tambaleante. Funambulista de noches. Siempre gateando un pecho licántropo. Perdida en tu celo primaveral. Ojos de mar muerto que un día fueron océano.

 

 

 

1000100

Un pequeño cambio a veces resulta inapreciable en el resultado final. Tenemos un huevo más grande que otro y un pecho más desarrollado que otro. Unos lo achacan al tamaño del corazón, otros a que el ser humano siempre será imperfecto. Menos mal.

 

 

 

1000011

En Diwaniya hay parques con toboganes y flores. Los niños juegan con otros niños. En Diwaniya la gente sueña, duerme y disfruta. Ven realities shows y compran ropa norteamericana. En Diwaniya cualquier persona tiene un arma en casa. En ese sentido son vanguardistas. Como EEUU.

 

 

 

111111

La mierda abarrotaba las calles de la ciudad. Los contenedores ardían tras las esquinas. Las aceras olían a tierra, agua, orina, saliva y condones usados. Los bordillos son el límite de la mañana, se vierten las vergüenzas de la noche. Borrachos de orina. Bajo este ecosistema, dos astronautas con monos naranjas deciden pisar tierra. Extraterrestres en la Humanidad. no busquen ovnis en el cielo.

 

 

 

111101

En Diwaniya hay un destacamento de soldados europeos que participan en labores humanitarias. Racionan pan y agua y protegen a la población civil. Avi se ha hecho amigo de un soldado español. El alférez Francisco Pérez Muñoz fue alcanzado por la metralla de un coche bomba.

 

 

 

111100

La virginidad, la castidad, la inocencia. Todos esos entes abstractos, que para algunos son un don o una virtud, a día de hoy sólo forman parte de una degeneración. El no sentir el cuerpo sudando con otro cuerpo. Jennifer perdió la inocencia a los 12 años. Aún lo recuerda. Todas las noches se levanta y llora ante el espejo.

 

 

 

111010

El primer beso de Sergio y Roxi se produjo en una noche oscura de lluvia. Ambos estaban muy bebidos. Él metió la mano bajo su falda y ella le pidió mayor sutileza a la hora de quitarle las bragas. El primer beso de Sergio y Roxi fue más húmedo de lo habitual.

 

 

 

110110

Al atardecer en Diwaniya un grupo de niños uniformados con camisetas de Zidane se disponen a jugar un partido de fútbol. Tras la verja dos soldados de la ONU aseguran que no va a pasar nada. Aquel campo de fútbol en breve se convertirá en una fosa común. Mientras Zidane, Kaká o Raúl cobran miles de millones por dar patadas a un balón, en Diwaniya se dan patadas a la vida. Ósmosis.

 

 

 

0111

WASHINGTON: Bonito nombre de perro para un sueño americano.

 

 

 

Montoto, Nacho. Binarios. Sevilla; Ed. SIM libros, 2009.

 

LA HERENCIA INVISIBLE

Sebastián Mondéjar 'La herencia invisible'

 

 

IDEAL DEL DESEO

Nos basta con querer.
Nos sobra con desear.
Lo sabe mi deseo.

Lo sabe, pues lo quiere, mi deseo.

 

 

 

LIBERTAD ACCIDENTAL

Qué simple es todo, sin embargo,
qué simples son las cosas
cuando nadie las dicta.

Lo fortuito, a veces,
nos sume en la aventura.

He salido a la calle con desgana
buscando una farmacia y, de repente,
me he sentido libre,
como un viajero en un país ignoto.

Me he sentido libre -me gusta repetirlo-,
extraño en mi ciudad de madrugada.

La vida se abre paso por sí sola
en la vieja ciudad que nos cobija.
Al fin y al cabo, la ciudad no es nuestra;
más bien nosotros le pertenecemos.

Me ha obligado a salir la enfermedad
para hacerme más libre y redimirme.
El dolor me ha sacado de su alcance
y las calles desiertas me confortan.

¿Qué fueron antes estas calles?
Huellas, rastros, senderos.
Encrucijadas de la vida.

Las calles las generan
nuestros pasos, la vida.

 

 

 

ASOMBRO DE VIVIR

Un lugar para ser, eso buscamos;
un lugar para estar.

Me asombro de estar vivo por las calles de siempre;
me asombro de estar vivo, de ser yo todavía.

Estas calles conocen bien mis pasos.
En ellas soy -y estoy- enteramente.

Me asombro de estar vivo, caminando.
Me asombro de estar vivo una vez más.

 

 

 

CHARLES MINGUS’S SOUND OF LOVE

Corría emocionado por la arena.
El sol resplandecía en los bañistas
que gritaban, jugaban con pelotas
o hacían ejercicios en la playa.

Y, como por encanto,
se abrió ante él un claro y surgió ella,
chapoteando sola
en el agua templada de la orilla.

Llevaba un bañador color naranja
y su brillante pelo negro
rozaba su cintura.

Se miraron sonrientes;
sin pronunciar palabra, se acercaron;
y, olvidados del mundo,
se dejaron llevar por las corrientes
en las que, misteriosamente, el agua
cambiaba de temperatura.

Se rodearon despacio, como aves
en danza ritual para el cortejo.
Se salpicaron agua con los pies.
Se miraron en una silenciosa
unión que parecía interminable.

Pasó una eternidad.

Nadie se percataba del milagro.

Cada segundo estaba consagrado
a llenarse los ojos
y el alma mutuamente,
como si, de algún modo,
ya supieran que nunca
volverían a verse.

Si este instante de amor durara siempre,
seguro que ambos sobrevivirían
a las pruebas más duras de la vida.

 

 

 

EFERVESCENCIA

xxxxII

Llamamos a los niños,
pero no nos escuchan;
nuestra voz nada puede
contra el viento y las olas
que sus cuerpos reciben con abrazos.

Son largas y amplias franjas,
mansas olas gemelas que atraviesan
sus torsos bronceados y fulgentes
y les hacen cosquillas en el alma.

No sólo no nos oyen:
no nos hacen ni caso; nos olvidan.

Las olas, hoy, se apropian de los niños.

Si hay un dios para el mundo,
ese dios es el mar.

¿Qué nos dice su sal efervescente?
¿Qué les canta al oído a nuestros hijos?

 

 

 

RECONCILIACIÓN

Mas la ciudad no oculta
lo que significó cuando cantaba.

Es bueno distanciarnos,
vaciar nuestro lugar con nuestra ausencia,

para volver después, como hijos pródigos,
reconciliados con las discrepancias.

 

 

 

NUESTRA HERENCIA

Nuestra herencia no es nuestra.
Está en nosotros.
No somos herederos.
somos la herencia misma.

 

 

 

Mondéjar, Sebastián. La herencia invisible. Madrid; Ed. Calambur, 2008.

 

EL JARDÍN ERRANTE

Sebastián Mondéjar 'El jardín errante'

 

 

BAJO EL SOL DEL INVIERNO

Bajo el sol del invierno
los jubilados charlan.
Siento latir los días
contados de sus vidas.
Palomas luminosas
vuelan de un lado a otro.
Los niños se revuelcan
sobre el césped prohibido.
Qué antiguo se me antoja
el periódico de hoy.

 

 

 

LUNES POR LA MAÑANA

Hoy, sol, estás dudoso.
Tan pronto entra tu luz
se va por la ventana,
dejando un aire gris.

Acaso estás cansado.
Las nubes son tus párpados.
Decídete. Despierta,
emerge. No vaciles.

Dirige a mí tus flechas
y olvida, si los hubo,
tus juegos con la luna.

Porque el fin de semana
ha pasado, se ha ido.
Y este lunes se irá.

 

 

 

¿CÓMO?

¿Cómo puede ser
la misma naranja
una mitad dulce
y la otra amarga?

 

 

 

EL ARMARIO

Estoy ante el armario.
Me han pedido que vaya a una fiesta nocturna
y llevo ya un buen rato
intentando elegir la camisa apropiada.
Ya no es como antes.
He perdido costumbre de salir a deshoras.
Estoy ante el armario.
De repente imagino que las perchas preguntan:
«¿Qué será de tu vida?
Estas frías camisas, ¿dónde irán a parar?»
Perchas interrogantes.
Tal vez toman su forma por las dudas que incitan.
Estoy ante el armario
(huele aún a madera de árbol fuerte y erguido).
¿Qué otras manos lo abrieron?
¿Qué otros ojos buscaron diariamente la ropa
y el espejo furtivo?
En su pulso oxidado siento un alma que arde.

 

 

 

CAUTELA

A veces, el poema
emerge lentamente;
se resiste a nacer; y si no ve
que estamos preparados
para traerlo al mundo,
regresa a sus profundidades.

 

 

 

CADA POEMA

Cada poema puede ser el último,
por eso hay que escribirlo
como si se tratase del primero.

Cada poema es siempre el mismo,
por eso hay que escribirlo
como si fuese único.

 

 

 

Mondéjar, Sebastián. El jardín errante. Murcia; Editora Regional de Murcia, 1999.

 

UN CAMINO EN EL AIRE

Sebastián Mondéjar

 

 

OÍR CANTAR

Oír cantar a alguien, en esta época,
evocar épocas pasadas.
Este bar no existía.
Cuando pienso en el tiempo,
cuando me inserto en él,
este bar no existía;
no existe el tiempo en que me inserto,
no existe el bar en donde alguien canta,
alguien que trabaja y canta
porque le van bien las cosas.

 

 

 

CANTARNOS

Cantarnos, escribirnos.
Que la confusión sea un canto o un poema
y cada verso un rito del hombre para el hombre.
Cantarnos, escribirnos.
Mañana no estaremos. Otra
humanidad será, otro sueño.

 

 

 

CORRESPONDENCIA

Chirrían, chillan, azuzándose
veloces, los vencejos sobre mí.
Y expresan, simbolizan
algo que yo soy, algo que está en mí,
algo que vuela en mi silencio interior.

 

 

 

PASOS

Ando. Pienso en la muerte mientras ando
y veo sólo mis pies,
el suelo que se mueve a mis espaldas,
hacia detrás de mí,
en donde queda quieto y alejándose.

 

 

 

QUÉ PRETENDO

Qué vida esta
(y las gaviotas miran hacia atrás).
Ayer no sentía este frío.
Hoy no camino deprisa.
Qué pretendo.
Camino ante las voces que me siguen;
pero no desconfío.
Niego, río.
Avanzo entre las voces que me ignoran.
Las calles sólo expresan un camino.
Qué me espera.

 

 

 

ESTE CIELO

Este cielo alejado de las sombras,
alejado del árbol, de las hojas
que han muerto pasajeramente,
este cielo es el tiempo.
Los días que ya huyeron de mis manos
me señalan que aún no había llegado,
que no era la estación, que a este cielo
había llegado tarde.
Así, han muerto mis hijos.
Pertenecían por destino a otra edad, a otra noche.
Su muerte, sin embargo,
aún no desbordó mi ahogada pena.
Están lejos de aquí, y para ellos
ninguna verdad sirve.
Lo mismo ocurre en este cielo:
sobre él no reposa verdad alguna.

 

 

 

TUVIMOS

Tuvimos
leyes que no hubo,
hubo leyes
que no tuvimos,
hubo pausas
en las que no descansamos.

 

 

 

TAL VEZ

Tal vez estar despierto sea una lucha
de la que sólo nos libramos
cuando los sueños nos advierten.

 

 

 

NO BASTA

No basta un silencio.
Una luz tampoco.
Una nube, una avalancha, un rayo.
No basta un decisivo golpe que nos determine.
Es preciso un puente, un universo,
la oscura galería de la sangre.

 

 

 

UN CAMINO EN EL AIRE

Contemplas la ciudad, que has colmado de pasos
y miras hacia arriba,
a los sueños desde los que saltabas,
a las terrazas que se precipitan.
Hay algo más arriba, un ala o un deseo.
Un camino en el aire.
Un ave tira de su recorrido.

 

 

 

SECUENCIA

La espada herida, tronada la armadura,
el yelmo hollado, la lanza sin cuchilla,
la tarja en dos, el rocín sin herradura,
y allá en las aspas las bridas y la silla.

 

 

 

LAPSUS DEL SOL

Estoy en el balcón.
En mi interior, como agua fresca,
recalan las palabras de un poema
y miro al horizonte.
De súbito, el sol teje en mis ojos,
como de seda cárdena,
un visillo de luz.
Entro ciego al salón, y a tientas
me siento sobre el borde de una silla.
Cuando la oscuridad me devuelve la vista
regresa a mi memoria,
como un recuerdo de hace ya meses o años,
aquel poema de Eloy, «Cuaderno de notas»,
que leí en el balcón por vez primera
hace sólo un momento.

 

 

 

Mondéjar, Sebastián. Un camino en el aire. Murcia; Editora Regional de Murcia, 1994.

 

EL SON ACORDADO

León Molina 'El son acordado'

 

 

SOL DE ABRIL

Donde el ingrávido sentir asciende
desde el vaso antiguo de las formas.
Donde su hálito se abisma
tras la pantalla azul
del insondable cosmos.

En el etéreo derramadero.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxAllí
pasa la inteligencia
ardiendo como un cometa.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxApuntándome.

Comienza desde allí
su dardo a traspasarme.

Sobre la hierba fresca yazgo herido
y todo lo que siento

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxlo entiendo.

 

 

 

ESPEJO

Donde el río esclarece
el color de los pinos
y en su lecho empedrado
los cantos pule,
veo mi rostro
temblando en el agua.
El agua que se va
ya sin mi rostro.

 

 

 

MÚSICA ENTRE LOS PINOS

Suena un oboe
entre los pinos
y los pífanos del arroyo
interpretan la melodía
que dibuja el atardecer.
Se incendian en mi corazón
los viejos violines del mundo
y bailo un vals arrebatado
en el transido bosque
como un loco
solo y perdido.
No temo que alguien me vea,
al contrario,
desearía que me vieran
todos cuantos conozco
y acabar con la leyenda
de mi nombre y apellidos,
desparecer en la niebla
bailando como un loco
y que de mí no quede
ni memoria
en el pecho de un amigo,
sólo la música
xxxxxsonando sola.

 

 

 

VEO TU DESNUDA AUSENCIA

Recuerdo aquella montaña
en la que, jóvenes aún,
te desnudaste para mí
sobre un peñasco
y abriste los brazos al viento
y me miraste de aquel modo.

Esta montaña que contemplo
ahora, se parece a la de entonces.

Y permaneces tú
a pesar de los años,
quedándote ahora en casa
cuando subo montañas.

En verdad creo
que los montes se parecían.

Quiero que se parezcan.

Y que sigas ahí
aunque no hayas venido.

Aunque ya casi nunca vengas.

 

 

 

OTOÑO

Sé que se acerca el día
en que regalaré
mis discos y mis libros,
el día en que dejaré
que se pierdan las cartas
de lejanas mujeres
que decían quererme
y en cuyos renglones
la barrica del tiempo
prestó la dulce madre
que maduró el olvido.

La desposesión como fina grava
lavará el agua de mis pensamientos
y un arroyo de conciencia pura
viajará desnudo hacia su final
en las solas umbrías escarchadas
que soles nuevos quebradizos temen.

Y acogerá el bosque en su suelo
entre un manto de hojas
podridas tiernamente
la ligereza de mi nombre
que está separando el otoño
de la rama que lo sostiene.

 

 

 

Molina, León. El son acordado. Albacete; Ediciones de la diputación de Albacete, 2004.

 

SEÑALES EN LOS PUENTES

León Molina 'Señales en los puentes'

 

 

AQUEL SWING

Oh Ben Webster hermano
recuerda aquel gesto perfecto
con que mordíamos la embocadura del amanecer
y recostados en el melodioso whisky de un escote
hacíamos del mundo un vibrato sordo y agónico

Oh Ben Webster hermano
recuerda aquellos mediodías de resaca
en que una balada aún nos hacía cosquillas en los labios
y nos ayudaba a seguir siendo elegantes y golfos
como ellas querían que fuéramos

Oh Ben Webster hermano
recuerda qué felices las hicimos a todas

 

 

 

CAMARÓN

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxVolando entre las estrellas
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxla voz de Camarón viene
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxPata Negra

El angosto sur de la madrugada
y aquellas copas afiladas como galgos
nos trajeron toda la pena
que la belleza urgía

Cantaba Camarón

Y fue como la voz de dios llorando
por nuestra culpa

 

 

 

LOS COLMILLOS

Daniel, la vida es un perro con dos cabezas,
mientras una lame tu mano
y se recuesta sobre tus piernas
la otra clava sus colmillos
en toda la blanda geografía de tu cuerpo.

¡Qué juguete peligroso hemos metido en tu cuna!

 

 

 

LAS ARMAS

Si están todas las armas
pudriéndose de vergüenza en los armarios
¿Cómo enseñarte hijo mío
que es posible la victoria?

 

 

 

AUTOPSIA

Hubo una vida arrogante y poderosa
cuyo fulgor ciega la memoria

Si pudiera recordar el timbre exacto de mi voz
un puñado de aquellas palabras
un gesto

¿Tuve entonces amigos que tuvieron nombres?
¿Amé lo suficiente a amante alguna?
¿Tuve hijos, conocí a mis padres?
¿Disfrutó la vida conmigo?
¿Sufría ya entonces?

Cómo y cuándo empezó todo y qué pasó
aquel lejano incierto día
en que comencé a morirme
entre mis propios brazos.

 

 

 

Molina, León. Señales en los puentes. Albacete; Ediciones de la diputación de Albacete, 1994.

 

CUERPO SIN MÍ

Eduardo Moga 'Cuerpo sin mí'

 

 

xxxxxII

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxCardedeu

El árbol
invade el aire y se desvanece
en el aire; la luz suscita
un temblor que concierne al árbol
y a su disolución, a la paloma
que sobrevuela
las cosas quietas y a la que agoniza
entre las cosas quietas,
a las paredes palpitantes
y a cuanto no palpita; el sol,
al otro lado de la luz, promueve
un silencio candente
que apresa al mundo
y lo impregna de su oro múltiple,
de su bermeja somnolencia.
Los objetos se enzarzan en oscuras
sinapsis y trascienden
su finitud: desaguan en un mar
de escoria y absoluto, y sobreviven
al cuerpo
xxxxxxxxque los rodea. Los objetos
nos poseen, acallan nuestros ojos
con sus ojos unánimes,
esquivan nuestra leve eternidad.
Un ruiseñor corona
el amontonamiento de los coches
y su alboroto muerto.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxTambién el pájaro comparte
la sangre incorruptible de la materia, el fuego
gris que titila en sus bodegas,
y que subsiste a su destrucción.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx(Yo soy el pájaro,
y la incertidumbre del pájaro, y lo arbóreo
de su vuelo, y el aire).
Y los hombres caminan por mi cuerpo,
escarban en la muerte que me nace, se adentran
en una lengua que carece
de mundo al que nombrar,
y que sólo conoce sus ladridos
empozados, el álgebra
de su estremecimiento. Alguien me roza
con humo y prisa: lleva gafas; suda
un sudor sólido; habla, pero no
rompe el silencio.
Hay muchos como él: veo sus espaldas
provisionales,
sus voces de granito;
veo sus ojos
sin ser, su linfa
xxxxxxxxxxxxbajo la losa
de la conversación; y distingo su núcleo,
entre ruidos de sombras y relojes,
lamido por la herrumbre y el sopor.
(Con pies nevados andan por el tiempo,
y el tiempo les vacía
la piel; la muerte
es su asunto: residen
xxxxxxxxxxxxxxxxxen su útero
y comen de su légamo; visibles,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxdesaparecen).
Los hombres regatean: su disputa interrumpe
el nexo entre las cosas y nuestra percepción
de las cosas. Descubro,
bajo edredones
xxxxxxxxxxxxxde polvo,
loza apesadumbrada, y periódicos viejos,
y teléfonos como escarabajos
excesivos: hilachas grávidas
de tiempo,
pero sin hoy, que se reúnen
a la sombra del árbol
o de la ausencia
de árbol, y beben
de su agua recta
y de su recta unidad;
observo un túmulo de libros,
y armarios
con ganglios, y monedas
que tintinean
en los ojos opacos, y almas
que, asomadas a la piel,
contemplan la victoria
sobre el olvido y la promesa
de un nuevo olvido.
Regresan los objetos
a su disperso frenesí. Y yo lamo
la borra transparente
que se acumula
en los contornos de la luz,
en el vacío de la luz.

 

 

 

 

xxxxxVII

El miedo
se aloja en la mirada, empujado por nubes
de agujas, por blanduras que laceran,
y cae en el cuerpo como una hoja
en un estanque:
subvierte
xxxxxxxxsu claridad,
desbarata su telo de cobalto.
El miedo
socava
xxxxxxla sangre, tuerce
la sangre, pero deja intactas sus turbinas,
el sol que asperja
sus explosiones y sus heces.
¿Quién es ese que mira,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxdesde la orilla,
cómo se hunden las formas y las manos
que las crean, cómo arde
lo indestructible
en las habitaciones de la muerte?
¿Quién ve la inclinación
de los pilares en los que descansa
el ser, batidos por la noche
y los insectos,
desencajados
por el martillo
sutil del pánico?
xxxxxxxxxxxxxEse alguien
escucha la fricción mortal
que producen los huesos al chocar
con el silencio; el orbitar
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxanonadado
de cuanto empieza a ser y a declinar;
la piel obscena con que se recubre
la nada.
La noche adviene como una marea
inmóvil:
xxxxxxxrebasa el pecho,
rebasa los espacios níveos
en que se incoa
la conciencia, e imprime
sus huellas en el eje de la sangre,
en el umbral
de la sangre: en su desencajarse,
donde se juntan los caminos
que nos conducen
al yo,
xxxxxo que lo desmantelan.
Oigo llorar a un niño. El hombre
que veía ondular el agua, oye llorar
a un niño, y llora con sus lágrimas,
y es el niño. Oigo,
asimismo, el piafar del miedo,
su volverse agua
que brama, sombra máxima,
bajo una luna
xxxxxxxxxxxque me unge
de palidez y se deshace en negros
filamentos de estaño.
Chirrían las mamparas del espíritu:
una lluvia de sílabas lo azota
y lo acaricia;
xxxxxxxxxxxsus gotas caen
como capullos cercenados
o resplandores
xxxxxxxxxxxxbituminosos:
son la rocalla que produce
el encresparse
de las cosas cercanas,
el habla hostil
de los otros que viven
en mí.
xxxxxxAntes creía
en el fuego: creía en su poder
sin cuerpo,
en su cuerpo inconsútil,
y me incumbían
xxxxxxxxxxxxxsus frutos,
sus líquenes letales. Pero el fuego se estría,
y los estanques enloquecen de hojas,
y se asfixia la luz,
a la que el mal confiere una dureza lívida,
nimbada de lujuria. Acojo
al miedo
como a una lluvia
sin agua,
preñada de engranajes:
el miedo
me llena,
se llena
xxxxxxde mí: me inviste
de vida. Y sigo quieto, solo, oyendo
pasar la noche,
preso de los rumores de la noche,
vencido
xxxxxxxpor mi mudez
bulliciosa. El alma se derruye.
Asisto, inerme, a su refutación.
Alguien grita. ¿Soy yo?

 

 

 

xxxxxXIX

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxPaseo de Gracia

El polvo es una casa
que se asienta en la nada. Sus facetas
bailan, en óptimo desorden,
por las estanterías y el plexiglás, y obturan
los poros de la luz. Emana
de los frunces del aire, de sus tibias tinieblas,
y envuelve al hombre
que lee y al que sólo hojea,
al silencioso y al que miente,
al que cada mañana se pregunta,
mientras se anuda la corbata, quién
es ése que se anuda la corbata,
y al que, en cambio, camina en mí,
conmigo, uncido al miedo,
y muere cuando yo muero. (Es otro
el que me vive y me anda y me amanece;
otro el que hunde los dedos en la sangre confusa,
en el fibroma de la identidad).
Los libros,
xxxxxxxxxahora, colman la mirada,
y la mirada se hace pensamiento;
y digo la mirada, que está escrita
en las guardas y el cloro, en el aglomerado
y los lepismas.
xxxxxxxxxxxxEsplende el polvo,
que se solidifica y delira y entrega
su caos
xxxxxxa las sinuosas cristalizaciones
del deseo. Me mira un vendedor:
gritan sus ojos,
de los que penden
estalactitas,
y su voz, ojerosa,
festoneada de silencios
calcáreos,
xxxxxxxxxes la de un ahogado:
la voz de alguien que ha muerto sin quebrarse.
Su vientre es polvo,
su jadear es polvo, las alas que no tiene
son polvo, y ese polvo se le enquista en el pecho,
moldeando otro
pecho, húmedo y nocturno,
e irradiando una luz opaca.
(El corazón y el polvo son una mima cosa:
los entreveo
xxxxxxxxxxpor la ventana de sus ojos,
a los que asoma una fosforescencia
mate). Me acerco, al fin, al mostrador
y sostengo palabras
embalsamadas,
pero aún palpitantes:
arrastran posos
de firmamentos,
archivan
xxxxxxxxacordes de una música
derrotada, en la que reconozco
el beso
xxxxxxy la sublevación.
Ahora exhiben sus muñones,
sus fonemas inválidos, y sé
que sus amputaciones son
las mías: sus escaras
me deletrean.
xxxxxxxxxxxPor ellas,
por su cuerpo incompleto, accedo a un cuerpo
ilimitado, a un yo sin partición:
soy el vino y la copa
que lo contiene; soy la lágrima y el ojo;
soy un hueco que late, un rayo
prisionero, algo sólido infiltrado por todo,
sobrecogido
xxxxxxxxxxpor todo.
Las palabras dibujan
mi rostro,
xxxxxxxxlas heces
que son mi rostro, la perennidad
de lo que pasa, y brilla como un sol
entumecido, y se consume.
Un trozo de cartón indica el precio.
¿Soy este manuscrito antiguo?
¿Me vertebra su tinta o es la causa
de mi enajenación? ¿Son mis manos las que hurgan
en los volúmenes intonsos,
o es el papel
el que me instila su febril
monotonía? ¿Soy legible
o soy moho? Alguien me ha rozado:
su piel es cálida, como el vacío
pero no alcanzo
a tocarla; se marcha
deprisa,
xxxxxxxcomo si hubiera muerto.
También una mujer dispone
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxsus espinas inocuas
contra mi espalda. Siento la amenaza de su hígado,
de sus esquejes, sin que pueda
decirle ven,
rómpeme, explora
mi sangre, náceme
con tu lengua, rescátame
del laberinto
sin centro en el que vagan
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxla soledad y la saliva
de quienes, como yo, quisieron no morir,
o morir de otro
modo: ahogados en el albañal
de los nombres o presos
en el sepulcro de los nombres.
La mujer ha robado un libro, y se va. Yo
rebusco en el bolsillo y saco unas monedas
con que pagar la estropeada
edición de Machado -Antonio-
que acabo de encontrar.

 

 

 

Moga, Eduardo. Cuerpo sin mí. Madrid; Ed. Bartleby, 2007.

 

EL BARRO EN LA MIRADA

Eduardo Moga 'El barro en la mirada'

 

Quedan aún muy lejos las praderas
rotas, el cielo donde todo es grito
caído. Qué remoto todavía,
me dicen, ese sol que nadie puede
ver, esa pulpa tóxica, ese lacre
que nos mira sin ojos. Vive, pues,
continúan las voces, en los valles
vítreos y en la fruta caldeada,
saborea los pólipos del viento,
las palabras nocturnas que tililan
como animales muertos, y jamás
permitas que las sombras te mutilen.
El orto negro, insisten, se oculta
más allá de la piel en que te anegas.
Has de despedazar el humo: pide
que te ayuden tus lágrimas, combate
el silencio que emana de la ortiga.
Mueren, empero, quienes me hablan. Mueren
como abrazando lluvia, como amándose
a la inversa, ulcerados por lo gris,
con labios ciegos, con el doloroso
silencio de las puertas. Qué distante,
es verdad, este hurto sin zapatos,
los cuerpos elididos, la no música,
la pasta donde el hoy y el tú y el viento
son formas de ignorar, la pudrición
de los sintagmas, el oscurecerse
–venido, como el frío, de una cópula–
de un mundo deseable. Cuánto tiempo
entre el yo y la marea. Cuánta siembra
aún vigente. Sí: han de crecer
la carne y las columnas, un paréntesis
de fermentos, de aviones que procrean,
de pórticos en fuego, hasta el ayer
infinito de una mar de azabache.
Pero las sillas gimen, atacadas
por algo sin cabeza, y los muslos
sienten la cercanía de lo inmóvil,
y las miradas, plenas de yo, se hacen
calizas como el tacto. Si todo es,
aún, coral futuro, ¿por qué siento
el delito impregnándome, por qué
me invaden lo ausente y el ciprés?
Si no puedo tocar lo que urde el hombre,
si su hollín tiene ya contorno de hoy
entre luces de esparto, ¿por qué arde
la bruma alrededor de mi cintura?
Si, en fin, una sórdida ambrosía
se interpone entre el yeso que seré
y esta cárcava de aire ensangrentado
donde ágilmente enviudan los naranjos,
¿por qué ya escucho el fúnebre oscilar
de la rosa, por qué los epitafios
me piden que me acerque, por qué me hablan
como al hermano nunca concebido?
En los relojes hay oscuridades
blancas; en los objetos que me miran
desde sus catfalcos sé que anida
la calumnia, la imposibilidad
de amarse; en los opacos fuegos caben
todas las lágrimas: bajo su quilla
diezmada crece un árbol de negrura;
de la oblea inmediata de los días
comen los ánades y las murallas.
Nada pervive sin su muerte. Nada
es más allá de su árido nacer.
El primer pájaro durmió entre espadas:
un regato de dolo atravesaba
su esperma. Las heridas iniciales
olvidaron su forma de clavel.
El metal imperó: se les quedaron
trozos de noche, astillas siderales,
en los pómulos fríos, azogados
de urgencia y de granizo. Anduvo el tiempo
por las quebradas de la prisa: lúgubres
labios se aproximaban a las cosas;
los muertos abrevaban en la sangre;
sus flemas obstruían nuestra casa,
la bañaban en péndulos feroces,
podaban sus adobes. Reíamos,
sí, mas en ese agónico reír
aves premonitorias derramaban
su muda obsidiana. Es verdad: amábamos,
pero los músculos que nos sitiaban,
los seres a que, sólidos de nuncas,
dábamos vida en nuestra piel, pedían
crecer en la blancura, compartir
nuestro tamaño, apuntalar la voz
con que escapábamos de lo otro. Presos
del légamos, bebíamos el alma
hasta que todo se negaba a ser,
hasta que concluía la distancia
entre ojos y mirada. Soles muertos
decían nuestros nombres en la tarde
airada, mas nosotros sólo oíamos
agua encendida por la oscuridad
y el tiempo. Qué calladas las arenas;
qué cauto ese sonido de tinieblas,
qué despacio se expande entre el azufre
de los muslos. (Y qué ígnea la muerte,
con qué unidad actúa, con qué lúcido
sabor a lejanía, aunque jamás
comprendamos su céfiro, aunque aún
no hayamos acallado su silencio.)
Por que seamos niños que atraviesan
la tristeza no hemos de olvidar
cuántas ruinas habitan nuestra espalda.
Por que, plétoricos de espuma, amemos
como gigantes no cesará lo último,
lo desaparecido entre cadenas.
Por que el mar enarbole sus arterias
hasta alcanzar la precisión del ídolo,
y nosotros finalmente entendamos
qué tenue es nuestro ahora, no debemos
quebrar el día, ni ignorar las caras
del fuego, ni adorar lo extinto. Acaso,
para que no se paralice el sol,
hayamos de ir hasta la carne más
ciega, hasta el miedo de la flor, en celdas
que destilan interminablemente
sus jugos, interiores pese al vuelo
de la luz. Dentro están la soledad
y el olfato; dentro hay lluvia olvidada
donde aún es posible desnudarse
sin muerte, ser cenit leve, exultar
por la ausencia de cuerpo, oír el yo
impugnando los cráteres, dormir
en la hendidura de los siglos. Hombres
en las sienes, hermanos obcecados
por la sal, cópulas entre serpientes
y objetos, besos que son criptas, agua
sida contra el relato de los seres
sin sexo. Pasan pájaros ardiendo:
he de beberlos. Se humedece el fuego:
he de palparlo. Dudan los murciélagos:
contra ellos las aristas de la seda.
Cierro la mano para hallar pezones
silenciosos: acaso abata así
las múltiples mareas. Las rodillas
se deshacen como águilas: qué instante
para huir del tiempo y abrazar,
entre oscuros embriones, lo que no
tiene lados; qué arma de placer
con que invadir la luna. Que matemos
lo impuro pide, anárquica, la voz
del sueño. Que perezcan los confusos
metales quiere el tacto que se yergue
en un fluir de pétalos errados,
en el hecho final de la pureza.
Ahogo la nostalgia de la arena
invocando maderas instantáneas,
imaginándome animal venido
del indulto, órbita que cree en sí
misma. Repudio lo que no respira,
las luces roturadas por la noche,
los hielos oscurísimos que llegan
con sus dádivas quietas, que me buscan
por las calles como haces de minutos,
sin concederme un trébol, sumergidos
en su futuro, sí, en su interminable
hablar de hombres heridos por el dios.
Yo quiero que los árboles me den,
como a los vientos, su calor indemne;
en cambio, una pared de labios se alza
ante el aire que fue mío, ante el fuego
que poseí en silencio. También quiero
que las ciudades callen, como callan
los seres absolutos, como calla
la oscuridad que nace en la mirada
de los nunca nacidos, como callan
los altares donde sacrificamos
nuestra semilla. Pero vastas máscaras
ocupan el espacio de los cuerpos
y nada enmudece, nada altera
su agonía. Entre pámpanos ansío,
en suma, arar el sueño, construir
abismos donde cesen los pronombres,
donde no intuya el fin de mi cerrado
vuelo. Mas el insomnio es muerte inversa,
muerte blanca, mirada radical
de la leche que yace en la consciencia,
luz que duerme y que chilla y que supura.
Cuánto yo desprendido de su alar,
golpeando sus límites, su herrumbre
de niño, su mucosa devorada
por los días. Quisiera comprender
ese idioma dorado donde dicen
que radica el quién. Me gustaría,
como tantos reclaman, reunir
en mis sienes enfermas a  los hijos
sembrados que en un solo pálpito abren
todas las firmas, todos los centímetros
del ser. Porque, me dicen, nunca más
será tangible tanta luz, ya no
volverán a posarse las palomas
del infinito en la realidad
helada por el tiempo. Aunque mis manos,
replico yo, pudiesen extraer
la alegría del tigre, aunque supiera
cómo herir el silencio que me oculta
la mies, no evitaría la inmersión
acerba, el vínculo de los planetas
con la derrota. Ríe, muere, siembra,
lucha, huye, estalla, olvídate, anégate,
bautiza el trigo que, lluviosamente,
se precipita en simas de ternura,
vive como si todo tradujera
tu boca, reconstruye con tu piel
la eucaristía, descompón el guano
en aromas de grito, en madrugadas
rojas, niega que tengas que morir,
disfruta de lo roto, duerme entre ingles
de vidrio, nácete a pesar del limo,
dúchate con el nácar de las madres.
El cuerpo acaba; cesa lo visible.
Lucho porque se agoste el hontanar
del vacío, por que haya en el aliento
más jade, más temblor de nacimiento.
Y al anochecer, cuando los sables
se adormecen como anclas, ardo en mí,
rompo astros, bebo fuego indiferente,
me arranco con ternura las amígdalas
para alcanzar la arena silenciosa.
Pero toda explosión es una ausencia,
porque inmediatamente vuelve el río
sin adverbios, la fuga de las cosas
que habían anidado en el cristal,
la lenta densidad de lo que acaba.
Cae polvo de dientes sobre el día
cautivo. Todos los silencios son
uno. El conocimiento del instante
que nunca existirá me acerca a mí,
me hace más fémur, más sombra. Las horas
hierven de soledad, anulan toda
opción de rostro, toda utopía
de polen y de piedra. Los gusanos,
minuciosos, me azotan. No hablan: mueven
sus cilios como cumbres de un país
muy negro, como cóncavas mareas
que me anegan de nada. Yo quisiera
responder a su canto, a la energía
de su tiniebla, al mal que me atraviesa
con sus cruces, mas sigo en el humus
del infierno, comido por las bielas,
arrancado del cuerpo que me esconde,
esperando que el trono en que agonizo
me deje caminar hasta las dunas
donde aún hay semen, habla, manos
que acarician la luna, jerarquía
de olas, mi carne, mi hoz preñada, lenguas
de mujer que mordí con ebriedad,
el fin de la razón y los jacintos,
la destrucción del mar en que creemos,
sólo tacto en los diques, sólo amor
desnudo, sólo, eternamente, vida.

 

 

 

Moga, Eduardo. El barro en la mirada. Barcelona; Ed. DVD, 1998.

 

EDUARDO MITRE

Eduardo Mitre

 

 

VITRAL DEL SUR

La ventana mira hacia el sur,
a una noche de invierno.

El viento corre sin parar
–sin pasar–
en las calaminas del techo.

Se adivinan fuera
las agujas del frío,
las alcachofas encapuchadas
por la nevada en el huerto.

En torno al brasero,
voces familiares
caen en arabescos,
crepitan en las brasas.

Un niño desde su cama
contempla cómo las sombras
en la pared de su cuarto
se achican y se agigantan.

Lentamente el sueño
le desancla la mirada
y lo transporta días,
noches, años abajo,
hasta otro cuarto donde
a la luz de una lámpara
un hombre encorvado
revive estas imágenes

y abrazado al precario
neumático de las palabras
se desvive hasta el alba
por evitar su naufragio.

 

 

 

VITRAL DEL CONDISCÍPULO

Este recuerdo ha estado viajando
muchísimos años.
Hoy llegó apenas
como un náufrago.

No trae el nombre completo,
el apellido es Hidalgo.
Veo claramente sus ojos negros,
el mandil blanco
y el apagado
amarillo de la piel.

En su casa en penumbras,
inclinados sobre una mesa
cubierta de un modesto mantel,
hacemos juntos
las tareas de la escuela
a la luz de una tiznada
lámpara de kerosén.

Ahora, no entonces, me golpea
el rancio olor que cunde
por los cuartos difusos
con piso de tierra
y que lo mismo impregna
las puertas, las sillas,
el retrato de la virgen María
y de los santos en la pared.

No recuerdo a nadie de su familia,
no guardo más que el eco vago
de una voz que tosía
detrás de una cortina,
sin que osara yo preguntarle
si era la de su madre
o la de una tía.

Pero vuelvo a entrever los tinteros
de tinta roja y azul
y su mano diestra, ligera,
que surca las páginas del cuaderno,
dejando como una estela
su pulcra caligrafía.

No, no nos veíamos los sábados
ni domingos
pues no éramos amigos
sino simples condiscípulos
que se reunían los días escolares
bajo un pacto tácito,
insobornable,
entre los hijos de la pobreza
y los hijos de los inmigrantes.

 

 

 

VITRAL DEL TROMPO

Con su recuerdo en la mano
busco por la extensa ciudad
una calle, un patio
donde ponerlo a bailar.

Pero no los encuentro.

Tanteo el abrigo del pasado,
lo saco del bolsillo
y lo envuelvo con el cordel
desde su único pie
(finamente forjado
por el herrero del barrio)
hasta su cuello de buey.

Extiendo alto y atrás el brazo,
apunto bien
y lo clavo justo
en el centro del mundo.

Lo arrimo al oído y escucho
el sedoso zumbido
de su intensa respiración
dibujando
espirales veloces
como los astros y los pinos
de Van Gogh.

Siento el cosquilleo de su paso
por las líneas que dicen el destino
y cuido que no se caiga
en la zanja de los dedos
apartados por la artritis.

A poco empieza a ladearse,
a perder el paso,
a cabecear y tambalearse
como un borrachito,
hasta desmoronarse
como un payaso
en un triste final de circo.

Pero no nos pongamos
tan andaluces y amargos,
pues todo gira
y da muchas vueltas,
incluso el pasado:
así lo demuestra
el trompo de mi niñez
que en la palma
de mi mano trémula
está bailando otra vez.

 

 

 

VITRAL DE LA PELOTA DE TRAPO

Al cruzar por el parque
una pelota de cuero ha rodado
del césped al asfalto.
Apenas la alcé
se volvió en mis manos
una pelota de trapo.

La reconozco al instante:
hecha por dentro
de calcetines usados
y la superficie tersa
de medias de nylon.
Tal vez por eso
nuestros pies la retienen tanto.

Ahora nos hemos puesto a jugar
sin árbitro, en medio de la calle
sin asfaltar y llena de barro:
los dos hijos del zapatero,
los sobrinos del sastre,
los ayudantes del carpintero
y todos mis hermanos.

En el auge del juego,
a la luz ya débil de la tarde,
irrumpen los gritos de las madres
llamándonos a cenar.

Y obedecemos con desgano.

Me llevo la pelota bajo el brazo
cuando oigo voces de protesta:
miro a mi diestra y veo
a rubios muchachos parados
en el césped del parque
esperando que la devuelva.

De un puntapié la lanzo
y la pelota en el aire
vuelve a transformarse
en la pelota de cuero.

Y lleno de rabia y nostalgia
me alejo por la calle de asfalto.

 

 

 

VITRAL DEL PASADO

Nunca se quedó atrás nuestro pasado:
tenaz, entre intervalos de aparente olvido,
nos fue siguiendo los pasos, furtivo
como un ladrón detrás de los árboles.

Pasajero invisible en los viajes,
se embarcó con nosotros
en los trenes y aviones
que por deseo o fuga abordamos.

En los cuartos de los hoteles,
tras el azogue de los espejos
registró celestinamente
los cuerpos prohibidos que amamos.

A menudo, es cierto, perdió el sentido
(no las huellas) de nuestro tránsito,
pero siguió, indigente, recolectando
fragmentos de cuanto vivimos.

Sólo bastó que llovieran los años
y nos volviéramos lentos
para sentirlo sobre la espalda, con su talego
de calamidades y milagros.

 

 

 

Mitre, Eduardo. Vitrales de la memoria. Valencia; Ed. Pre-textos, 2007.

 

LIVERPOOL

José María Millares Sall

 

 

LIVERPOOL

Sobre vuestros curtidos rostros de paloma endurecida,
sobre vuestras sonrisas de sal y vino agrio, ya sobre los duros cristales de la niebla,
está mi alma están mis ojos, amigos,
y sobre el último dolor de la tierra,
y sobre el último dolor de mis manos tanteando el duro cemento de una puerta vacía,
y sobre la última agonía de las aguas está flotando mi corazón, señores, mi corazón.

Por favor, abridme paso, dejadme cruzar este túnel de plomo,
que quiero ser el primero en llegar con mi sangre a los muelles de Liverpool.
Amigos, vosotros que os perfiláis como aletas de pescado
sobre las últimas esquinas de los buques;
vosotros que de cada rincón saltáis de una bodega a otra
como sapos de azufre ardiendo, como tristes pezuñas de lagarto,
para husmear el rojo carbón de las calderas,
para darle vida al hierro como al alba le dais su fruto,
para darle aliento al agua que se aleja para siempre de la tierra,
del polvo que tanto amáis tras unos ojos,
decidme que puedo soñar en vuestros rostros de ceniza
y en vuestras sucias calles de alquitrán, y en vuestros hogares de nata corrompida,
y echar la raíz de mi sangre como un ancla sobre vuestras jurisdicciones marítimas,
porque además de ser un hombre como vosotros, soy un poeta,
y un poeta es un corazón más sobre la niebla del mundo.

Por favor, abridme paso, que quiero ser el primero en saludar con mi sangre vuestras sonrisas de azufre,
vuestras mujeres de estopa. Por favor, abridme paso.

Oh, Liverpool, Liverpool.
Amigos, sobre este puerto extranjero están ya mis pies
que se hunden conmovidos sobre las duras baldosas, como tiernos tallos contra el fango.
Podéis comprobar que aún mi boca está en mi cara,
y que mi lengua no es una bala de algodón sobre el muelle,
y que mi vientre no está hinchado por el vino,
y que mis manos no han rastreado aún los senos de vuestras mujeres,
y que aún no han besado sus cuerpos sudorosos mis labios de martillo.

Oh, Liverpool, Liverpool.
Mi cuerpo es negro, amigos, bajo vuestros dormidos ojos de cielo alcoholizado,
bajo la tibia luz de los faroles que aspiran a ser estrellas
de otros lejanos ojos que se hunden dulcemente en las aguas.

Oh, Liverpool, Liverpool.
Y no es más que un triste cargamento de pescado que se pudre,
y yo en sus piedras, un poeta que se cansa de sus mujeres y de sus calles.

Oh, Liverpool, Liverpool.
Oliendo a sudor y a manos que se aburren en un vaso turbio de ginebra.

Sobre fardos de algodón y de lino y de murciélagos,
o bajo la húmeda lona que cubre las mercancías,
duermen cuerpos humanos, brazos y piernas y cabezas de plomo,
bajo la luz y bajo la niebla y bajo las sirenas que penetran hasta sus oídos de lumbre enferma.
Eh, tú, que viene el alba como un tren descarrilado desde las últimas colinas del mundo.
Ya las cubiertas se apagan, y a lo lejos sólo brillan las estrellas
y del otro lado las tristes luces de vuestras calles,
y aquella boca fría de accento inglés,
y aquellos cabellos amarillos de lengua extraña.

Oh, yes, yes, miss Fly, I need you.

Sí, pero hemos de separarnos como la niebla que abandona los altos puentes del mundo.
Un trasatlántico saludo, boy.

Oh, Liverpool, Liverpool.
Las mismas aguas untadas de aceite y las mismas carnes de acero sobre ellas flotando,
y las mismas gorras sobre idénticos cráneos de agua y sal,
y los mismos brazos con sus anclas de tinta y sus sirenas desnudas,
y un triste corazón en una esquina del brazo, oculto como un perro frío,
y los mismos gestos, y las mismas fatigas, y los mismos saludos,
y los mismos ojos que lloran la ausencia de otras carnes.

Ah, pero yo soy sólo un poeta sobre estas calles,
sobre esta simetría exacta, donde cada zagúan es un vómito de vino,
donde cada cabeza es una bola de acero hundida sobre los hombros,
donde cada esquina es como un filo de navaja, donde cada portal es un grupo de sangre,
un vaso de sangre a la intemperie,
donde en cada ventana una joven inglesa se desnuda fríamente,
donde una sombra de vino se pasea por los muelles ofreciendo una bandeja de labios cortados,
ya enlazados en un nudo de sangre y de armonía,
donde yo, entonces, cubro mi rostro en otro rostro para buscar el mío,
exactamente el mío.

Ah, pero el aire es frío y penetra por mis carnes duramente
y ya el alba en mis ojos duramente se agrupa, y entonces me incorporo
y alargo hasta la bruma mi lengua española
y cuelgo mi esqueleto sobre un árbol para siempre de mi carne.

Oh, Liverpool, Liverpool.
Good bye, miss Fly, mis extraños amigos, good bye.

Oh, Liverpool, Liverpool.

 

 

 

 

EL NÚMERO 12

A las doce,
cuando los guardias abandonan las esquinas para naufragar en los rincones de una boca,
quisiera verte;
quisiera verte, ya en el sonido espeso que dan los metales
cuando exactos se hunden en el centro de una plaza vacía, aún con ese olor
de los niños que juegan, de la rosa pisada;
o paseante por los últimos muros de un cementerio que cruje,
a dos pasos de tu lecho,
o en ese olor pesado de las calles oscuras, donde,
tras la inocencia de los cristales se disuelve un rostro enfermo,
y unos ojos enteros se vierten en las frías baldosas de unas espaldas,
o junto a la sal amarga de una puerta que se cierra de pronto,
porque así sabrás cuánto pesan las campanas en el corazón de los hombres
a esa hora que navegan huérfanas por la noche;
porque así sabrás cuántas sombras husmean vigilantes las esquinas
y apoyan sus cabezas sobre el duro pavimento de sus propias almas,
y el por qué se interrumpe el tráfico, y en un charco se te vacía el rostro suciamente,
y en los bolsillos se te pudren las manos;
porque así sabrás que un buque zarpa con los riñones deshechos
a la media noche exactamente,
y una docena de rostros huyen de sus hogares
para beberse el jornal en una inmunda taberna y sobarse tristemente las rodillas
con la mano izquierda de sus desgracias;
y el por qué una joven elegante se te sube a los labios por un vaso de leche oliendo a sangre.

Sí, a las doce quisiera ver tu rostro bajo un portal
en espera de una mano o de unos ojos que te miren dulcemente,
o bien bajo el áspero sonido de los relojes que sólo viven para verte,
para hundirte en sus lentas maquinarias,
o bien bajo la lluvia inadvertida que equivocadamente se hunde por tu carne,
o bien bajo la luz que azota el viento, cuando las estrellas
dejan de ser lo que son, y sí una cosa más de nuestra vida; a las doce,
ya sin la dulce lana que siempre has disfrutado,
con la sangre limpia al aire libre, quisiera verte,
a las doce,
cuando el mundo desconoce su rostro
y se hunde silencioso en el mar, quisiera verte,
quisiera verte. Adiós. Buenas noches.

 

 

 

Millares Sall, José María. Liverpool. Madrid; Ed. Calambur, 2008.

 

ANDREW MARVELL POR ÁNGEL LUIS PUJANTE

Después de la traducción de ‘To His Coy Mistress’ de Carlos Pujol que dejé ayer aquí, hoy me apetece mucho dejar la traducción que del mismo poema hizo Ángel Luis Pujante y que apareción en el número 58-59 de la revista Barcarola (noviembre 199, pp. 105-106).

 

Marvell - Pujante

 

A SU AMADA PUDOROSA

Si hubiera tiempo y mundo ilimitado,
señora, en tu pudor no habría pecado.
Podríamos sentarnos a pensar
en el modo de amarnos y el lugar.
Tú hallarías rubíes paseando
junto al Ganges y, mientras, yo, penando
vería correr el Humber. Con porfía
desde antes del diluvio te amaría
y tú podrías negarte a mis deseos
hasta la conversión de los hebreos.
Cual planta crecería mi ternura
más que todo un imperio, y sin premura.
Cien años pasaría enteramente
admirando tus ojos y tu frente;
doscientos adorándote los senos,
treinta mil para el resto, por lo menos;
por cada miembro y parte, un millón,
y mostraría el final tu corazón.
Pues, señora, mereces este fasto,
y yo no quiero amar con menos gasto.

Pero a mi espalda oigo el carro alado
del Tiempo, que se acerca apresurado,
y se extiende ante mí la inmensidad
de un desierto de vasta eternidad.
Nunca más ha de verse tu hermosura,
y no resonará en tu sepultura
mi canción; quedará para el gusano
tu fiel virginidad guardada en vano;
serán polvo tu honra y tus temores,
serán ceniza todos mis ardores.
La tumba es un lugar muy recogido,
pero lecho de amantes nunca ha sido.

Por eso, mientras luzca tu color,
que a tu piel, cual rocío, da frescor
y, ya que de tus poros aún rebosa
el fuego de tu alma deseosa,
juguemos tú y yo mientras podamos:
si como aves de presa nos amamos,
devoremos el tiempo diligentes
en vez de consumirnos en sus dientes.
En un ovillo concentremos cuanto
tenemos de energías y de encanto,
sacándonos placer en lid reñida
por las puertas de hierro de la vida.
Pues el Sol no podemos detener,
por lo menos hagámoslo correr.

 

TO HIS COY MISTRESS

Andrew Marvell

 

 

A SU RECATADA AMANTE

Si el tiempo y el espacio nos sobrasen,
tu recato no fuera ningún crimen;
con toda parsimonia pensaríamos
en cómo pasar nuestro amor perenne.
Tú junto al indo Ganges paseando
hallarías rubíes; y yo a orillas
del Humber diera al aire mis lamentos.
Te amaría años antes del Diluvio
y podrías, si quieres, rechazarme
hasta que se conviertan los judíos.
Mi amor vegetativo crecería
hasta hacerse más grande que un imperio,
y también más despacio. Pasarían
cien años consumidos en elogios
de tus ojos y el brillo de tu frente.
Doscientos adorando cada pecho,
treinta más para el resto de tu cuerpo.
Una edad por lo menos celebrando
cada una de sus partes, y otra edad
para decir cómo es tu corazón.
Amada mía, no mereces menos
ni yo podría amar con mayor prisa.
Pero a mi espalda no dejo de oír
cómo va persiguiéndome el alado
carro del tiempo; y más allá se extiende
delante de nosotros el desierto
de la inconmensurable eternidad.
Tu belleza tendrá fin algún día,
y en tu tumba de mármol no podrás
oír el menor eco de mi canto.
Entonces los gusanos probarán
tu tan bien preservada doncellez:
tu altiva castidad ya será polvo,
y toda mi pasión sólo cenizas.
Los sepulcros son bellos y discretos,
pero nadie podrá abrazarte allí.
Ahora, por lo tanto, cuando aún luces
en la piel tus colores de muchacha
que parecen rocío mañanero,
y mientras tu alma ansiosa por los poros
rezume sus ardores más porfiados,
mientras sea posible, retocemos;
y como aves de presa del amor
devoremos ahora el tiempo nuestro
que el paso de los días va agrietando.
Juntemos el vigor y la ternura
para formar con ellos una mezcla,
y que nuestros placeres se desgarren
con los punzantes hierros de la vida.
Así no pararemos nunca el sol,
pero haremos que siga su camino.

 

 

 

Marvell, Andrew. Poemas (Trad. Carlos Pujol). Valencia; Ed. Pre-textos, 2006.

 

BUCEADORES DE LA PIEL

Buceadores de la piel

 

 

JARDÍN NOCTURNO

Tu boca, una mano
ante mi boca.
Imantados a la tierra, soñamos
con el océano: empapados de sudor,
exhaustos, olores de jardín
perturban nuestro sueño marino, romero fresco
a treinta millas de la costa española. La hierba alta
mece los fondos de nuestra barca.
Seguimos una secuencia
de intrincados aromas como una melodía,
navegamos por tierra, por mar, seguimos
la acústica de las montañas,
el gorjeo del instinto en la oscuridad –
Siberia, África y vuelta –
pistas fosforescentes nos guían para fondear,
restos de luz de luna devorada por las olas.

Al otro lado del césped flota una ventana encendida.
Orlada de altramuz. Recuerdas
una ventana abierta, música árabe
entre las hayas húmedas. Sabemos que nos estamos moviendo
a una velocidad tremenda, que si se pudiera ver,
las estrellas serían la mancha
de la velocidad. Pero todo está inmóvil,
maniatado. En el jardín nocturno
la luz es un grito mudo.
Desnudos en medio de la ciudad
brotan decididas de nuestras bocas las estrellas.

 

 

 

NO HAY CIUDAD QUE NO SUEÑE

No hay ciudad que no sueñe
con sus orígenes. En las manos de los ladrilleros
se desintegra el lago desaparecido,
el fondo del barranco donde la memoria de los ríos
quiebra la extensión de luz. Todos los inviernos
almacenados en ese jardín
geológico. Los dinosaurios duermen en el metro
entre Bloor y Shaw, una cama de huesos
bajo el eco de los rieles. La tormenta
que encendía la ciudad con el voltaje
de la primavera cuando teníamos dieciocho años
sobre la tierra lisa. El ferry surca la lluvia,
el viento se humedece con la música de una boda y la canción
del carbono en la piedra y el hueso
una carta de amor que el viento suelta de la mano, sin leer.

 

 

 

Michaels, Anne. Buceadores de la piel (Trad. Jaime Priede). Madrid; Ed. Bartleby, 2003.

 

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