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LAS NOCHES SON LARGAS Y NO TRAEN SUEÑO

Esta es la última entrada que dedico a Brane Mozetič. Su libro ‘Banalidades’ ha sido uno de los que más me ha impactado en estos últimos meses.
En el prólogo del libro, escrito por Luis Antonio de Villena, se puede leer que “el protagonista (…) se ve como tantos buscadores desordenados de la sexualidad, la que sea, precipitado al “horror vacui” que es asimismo, e inevitablemente, “tedium vitae”. Continúa diciendo: “La vida sexual (…) es aquí la medida del desasosiego existencial de un hombre y de una cultura -la nuestra- que ha perdido los valores humanistas, que vuelven limpo, por ejemplo, el descarado erotismo del Satiricón. Hay (…) un testimonio de las vidas jóvenes que tratan de hallar un paraíso en la transgresión y del menos joven que busca hallarlo en la sucesión aventurera de muchos cuerpos distintos. (…) Libro existencialista y desesperado, Banalidades es, al tiempo, el espejo de una noche libérrima que tampoco trae (…) la felicidad anhelada. Testimonio, erotismo y desesperanza. (…) Nos hallamos ante un libro culto y directo, lleno de intensidad, lirismo bárbaro y desolación. El libro de un verdadero poeta.

 

 

Y aquí dejo la última selección de poemas de ‘Banalidades’. Ah, y ya saben, si les gustan, intenten comprarse el libro.

 

 

DIJO QUE TENÍA DIECISÉIS AÑOS Y QUE LLEVABA
años follando por allí. En realidad no sabía
qué hacer consigo mismo. Se me pegó,
trepaba por mi cuerpo, me lamía, se me abría.
No le gustaban las crudezas, aunque presumía
de pendenciero. Hurtaba, robaba, estafaba,
usaba todas las drogas posibles y se corría
con mucha dificultad. Mientras ocurrían
sucesos históricos en la sociedad, él ni siquiera
sabía leer. ¿Qué haría él con todos los libros
que he escrito? Sólo podría servir de soldado
en el frente de batalla, dispararía como loco.
Él nunca podría amar a nadie. Es
una cosa del pasado, de todas formas. Creo que
mis conocidos están juntos porque sí. Porque
no se les ocurre otra cosa. De alguna manera
hay que llenar los años de vida. A veces,
se dejaba caer sin motivo aparente al suelo
del rincón, se encogía como un feto y no quería
hablarme. O me susurraba que me quería
tanto. Lo mejor sería que se muriese.
Me estremecí al pensarlo. Y me estremecí más
al pensar que podía ayudarle con ello.

 

 

 

 

NO SÉ POR QUÉ SE ME OCURRIÓ PENSAR EN TI.
Fuiste el primero al que besé aunque estabas demasiado
borracho para darte cuenta. Y yo sentía
dolores insoportables y felicidad. Sólo deseaba
tocarte, codiciaba tus miradas y te acariciaba
la espalda. No sé si alguna vez pensé en el sexo
contigo. En el fondo, aún no me lo imaginaba del todo.
Todo empezó cuando quisiste llevarme en bici.
Quisiera ser tu novia, pensé, pues no sabía pensar
de otra forma. Cuidarías de mí, me mimarías, al anochecer
nos encontraríamos a solas y nos tomaríamos de la mano
con sonrojo. Pero todo se volvió del revés. Rechazaste
esos sentimientos, y ahora eres un tipo gordo y aburrido.
Si alguna vez te acuerdas de mí, será con náuseas. Y gracias,
porque si no, ahora no estaría esperando en la lavandería a que
se lave la ropa, mientras fuera llueve y, dentro, unos chinos
trabajan, las máquinas hacen ruido y yo leo los poemas de
Killian sin darme cuenta de que los años pasan volando.
Cada tanto trato de volver a nuestro tiempo, como si eso
fuera posible, busco a algún adolescente que quiera
llevarme en bici, cuidar de mí y tomarme de la mano.

 

 

 

 

SÍ, PARECE QUE ME SUMARÉ A LOS QUE ESCRIBEN
en los aeropuertos, en los aviones, en el tren, a los que
persiguen las palabras, no las ideas. El caótico mundo
se cuela adentro, pero tal vez aquí arriba estas páginas queden
lejos de él durante un rato. Hay una joven a mi lado, y
me molesta la sensación de que quiera hablarme. ¿Cómo y
por qué siento este acoso? Observo el mundo. Primero lee
los Salmos, en inglés por encima, en hebreo más en serio.
Y hojea la Cosmopolitan, quizá quiere ser famosa, en la tele
elige una cursilada americana, ni siquiera cena, se ha traído
agua y pan seco. Si nos caemos, se marchará hambrienta
Dios sabe adónde. Leo, me escondo en un libro sobre
chicos colombianos que se matan y se aman. En la pantalla
prefiero ver animalillos peludos, zorros, osos. Quisiera ser
un caballito de mar, aquel amarillo, en mi vientre llevaría
miles de crías, después los arrojaría fuera, a la suerte
del destino. Es tan desesperante cuando te gustan
cada vez menos cosas, personas y palabras. Callas.
Este vuelo no se parece al de un pájaro, ni de lejos.
O tal vez quisiera ser un ave migratoria, siempre de viaje,
nunca atado a una tierra, a un nido, a un ave; ni pajarito
ni nada, si pudiera volar, lo erótico perdería importancia.
Mira, parece que ha sacado un libro de Agatha Christie,
como si no fuera ya todo lo suficientemente horroroso.
Los chillidos de los niños, el llanto hiriente de los bebés.
No sé por qué no puedo subirme al avión con mi perro que
pasaría más desapercibido que esos cachorros humanos.
Tal vez se haya roto un ala y estemos volando de lado,
volando de lado.

 

 

 

 

QUERIDA ANA, LJUBLJANA ES COMO
una pesadilla espantosa. Lo primero que se te ocurre
en esta ciudad es cortarte las venas o atarte una soga al cuello
o tirarte del edificio Nebotičnik. Para soportarla, tendrías
que estar siempre borracho o colocado. Los amigos no son
amigos, los conocidos no son conocidos, los amantes
no son amantes, la madre no es madre, el padre
no es padre, la esposa no es esposa, el suelo no es suelo,
todo flota en un vacío infinito, fantasmas, espectros,
engendros, el agua no es agua ni el aire aire ni el fuego fuego.
Querida Ana, Ljubljana, tu ciudad, es el fin del mundo, es
vivir sin esperanzas, como un vegetal, es un infernal suplicio,
una pesadez en el estómago, es una acumulación
de energías negativas que sólo pretenden convertirte
en un ser estúpido y lisiado. Ljubljana, una serpiente
sonora, que te abraza con suavidad, con ternura, despacio,
y te falta el aire y no puedes librarte de ella, siempre
va contigo, te persigue a rastras, tan colorida,
inocua. ¡Venga, desaparece, húndete en el pantano,
regresa al lodo para siempre,
sálvanos!

 

 

 

 

MI ABUELO FUE EL PRIMERO EN VER QUE
no me merezco vivir. Mis chillidos le desquiciaban
tanto que me encerró en la pocilga. Tal vez los cerdos
me hubieran aplastado, tan menudo como era, si no
me hubiese rescatado alguien. Me salvaron una segunda vez
cuando me caí en un arroyo, mi cabeza se hundió en
el lodo y me quedé sin aire. Me sacaron tirando de mí
por las piernas. La tercera vez, mi abuelo dejó caer desde
lo alto de la casa, donde reparaba la parra, una estaca
sobre mi cabeza, por lo visto sin querer, cuando
me asomaba curioso por la ventana. Sólo pude retroceder
y ver, de pie, la sangre que brotaba de mi cabeza. No
sentía nada. El charco en el parqué se hacía cada vez
más grande hasta que alguien entró por casualidad.
Después mi recuerdo se nubla, sólo retengo la imagen
del médico al que le explicaba que me había dado
contra la pared. Tendría que haberme muerto. Al menos
tres veces, si no más. Después me fueron matando despacio,
año tras año, y me acostumbré, me puse a esperar a
ver cuándo lo lograban. El que más se esforzaba eres tú.
Me estrangulabas, me asfixiabas, me rompías
los huesos, devastabas mi cerebro. Más de mil veces
tuvimos sexo, y cada vez me observabas atento
a ver si cruzaba el límite para no volver más.
Nadie me salvaba ya. Y todo me agotaba
tanto. Me matabas aún más cuando, a mi lado,
follabas con otros, jadeabas y gritabas y nunca te era
suficiente. Era como si me hubieses arrojado a la pocilga.
Me mataste del todo cuando me trajiste en brazos
a mi perro atropellado por un coche, despacio, como en
la secuencia final de una película y, después, la oscuridad.

 

 

 

 

LAS NOCHES SON LARGAS Y NO TRAEN SUEÑO.
Acostado en la oscuridad, atento a cada ruido, cuando
oigo pasos me altero esperando el chirrido de la cerradura.
Después, la oscuridad se serena, se suceden imágenes y
otra vez nuevos ruidos. Así toda la noche, escenas cortas
de sueños apasionados, siento mi piel, mi cuerpo esperándote.
A veces, en medio de la noche, los pasos se acercan sin
remedio, mi corazón se dispara, el picaporte se mueve. Veo
que te tambaleas, borracho, como si no supieras adónde
has llegado. Te desnudas y te acuestas junto a mí. Ahora
los nervios se relajan; de pronto, cuando pongo mi cabeza
en tu pecho, todo termina. Y tú murmuras: «¿Por qué
sigues conmigo? Si no sacas nada de mí». Me callo.
Quieres una respuesta y suplicas, borracho. Me aprieto
contra ti y tampoco puedo dormirme. La noche es
larga. Empieza el viaje. Estás en el borde, mientras duermes
te apartas de mí y yo me muevo para acercarme, detrás
mi perro se acurruca contra mí, de modo que la mitad de la cama
queda vacía. Así viajamos y nadie entiende nada.

 

 

 

Mozetič, Brane. Banalidades (Trad. Marjeta Drobnič)Madrid; Ed. Visor, 2013.

 

CUANDO VOLAMOS POR ENCIMA DE LAS NUBES

 

CUANDO VOLAMOS POR ENCIMA DE LAS NUBES,
pienso: lo mejor sería volar para siempre. Aquí hace sol. Todo
tan tranquilo aunque el avión pueda estrellarse y adiós vida.
Tanteo una voluminosa antología de la poesía gay americana
contemporánea. No me decido a abrirla. No podría figurar en
ella, claro. En la otra mano sujeto un ensayo sobre las nuevas
tendencias de la poesía eslovena actual. Me parece
que aquí tampoco me encuentro. Finjo la normalidad aunque
nada sea normal. Los poetas americanos me envidian el hecho
de que no soy uno de muchos. Los eslovenos sienten pudor,
se traban, prefieren callar. Sospecho que tienen miedo.
A veces tiene que ver con la envidia. De ninguna forma
logran reunir centenares de personas en la calle. Ni siquiera por
ideas que acabarían muriendo. Así que no participan, y eso ya
lo dice todo. Y sin embargo esos dilemas resultan tan inútiles.
Es absurda su lucha por la mención en la historia. No tengo
ganas de leer, como si fuera una lengua extranjera. Observo
las nubes que se acumulan, amasan y rozan, las blancas
forman un suelo suave e invitan a salir fuera
y acostarse en ellas. Así se inventaron los ángeles.

 

 

 

Mozetič, Brane. Banalidades (Trad. Marjeta Drobnič)Madrid; Ed. Visor, 2013.

 

LEYENDO A JAMES SCHUYLER

 

ME HA PILLADO LEYENDO A JAMES SCHUYLER.
Aunque el poema no tiene nada de raro, me sobresalto.
Estoy esperando un vuelo a Suecia y ella se sienta a mi lado.
La noto inquieta. No tarda en preguntarme qué leo. No es
remolona, no. Doy la vuelta al libro para que le choque
el crudo título de poesía gay. No me queda otra.
Oooh, canta ella. Interrumpo su exclamación con un par de
preguntas que no tienen que ver. Sí, es americana y viaja
para casarse, este mismo fin de semana. Desvío los ojos
hacia el libro. He estado leyéndolo sin leer. Ella espera
un poco para que no resulte tan obvio, se pone de pie y
se va. Estoy enfadado conmigo mismo. Porque he sentido
esa conocida incomodidad dentro de mí. Llevo décadas sin
poder librarme de ella. Arrancaría las tapas del libro.
¿Y por qué he dicho: pillado? El sonado autor de literatura
gay ha vuelto a ser un niño que, oculto bajo una manta,
iluminaba con una linterna los dibujos de una novela juvenil.
Los chicos jugaban sin camiseta en la playa. Sobre todo
me gustaba el personaje principal, su cuerpo esbelto y terso.
Fue estúpida mi tensión, mi corazón acelerado, pues quién
iba a darse cuenta de que no las miraba a ellas, sino a ellos.
Es difícil deshacerse de ello, del sonrojo y del temblor.
Cierro el libro y entro en los aseos. Al estar de pie delante
del urinario, con la polla en la mano, me estremezco otra vez.
Miro la oscuridad en frente y no me atrevo a mirar
ni a la derecha ni a la izquierda. Siento que hay tíos
a ambos lados, oigo sus chorros, seguro que miran
a los demás, como siempre. Comparan. Y yo todo tieso,
petrificado ante el riesgo de que me pillen. ¡Con qué peso
más grande me cargaron! Los muchachos se las enseñan
y yo estoy excluido de ese juego. ¿Porque voy en serio?
¿Porque leo literatura gay? Ya hace siglos que lo supieron
y no me invitaban a jugar a sus juegos de exhibirse.
Y ahora también sienten una especie de vergüenza. Yo,
vergüenza ajena. Por lo cual casi prescindo de leer en público
y me privo de estar en compañía. Como si me diera
vergüenza existir.

 

 

 

 

SÓLO DOS OJOS QUE BRILLAN EN
la oscuridad y me atraen sin remedio. Como si tuviesen
prisa, mis dedos investigan el cuerpo, la piel y por debajo
de la cintura, mi boca succiona sus labios carnosos que
me llenan por completo. En Christopher Street
o en la calle Metelkova, él desaparece, así que me
voy yendo, me pierdo entre los cuerpos sudados, y allí
lo pillo acariciando la mano de un tipo blandengue.
Que su amigo tiene problemas. Oye, puto negro,
esloveno, francés, bosnio, ¡que te jodan!, ¡vete
a tomar por culo! O cuando pasa por delante con otro
como si no pasara nada o como si yo no fuera nadie,
difícilmente lo tomaría por normal. Los días
pasan, y los años, y demasiadas palabras que carecen
de sentido. Leo que, en el ayuntamiento, un político
le pegó un tiro a otro. Ahora los dos están muertos.
La descabellada historia continúa con foto del guapo
asesino desnudo, de su cuerpo perfecto, de cuando aún
iba de bares y follaba en los aseos, de cuando se perdía,
como tú, durante horas enteras entre la exagerada
multitud de gente bailando. Menos mal
que mantuve la sangre fría y no te maté. Lo que
podrían haber sacado en los periódicos… y tal vez hubiese
aumentado la venta de mis libros. En ellos te mataba
despacio, a pedazos, a ti y a otras innumerables
víctimas del asesino en serie que hay de mí.

 

 

 

 

MIRO A TODOS ESOS CHICOS ESBELTOS POR
las esquinas —chinos, árabes, negros, latinos, bosnios—
cómo sonríen, escupen y se agarran la entrepierna.
Los desnudo con la mirada, la paso por sus pechos,
sus vientres planos, sus músculos morenos, por sus cuerpos
enteros. O persiguen la pelota por las canchas,
quitándose las camisetas por el calor, y brillan las gotas
de sudor, les silban a las chicas y me imagino
cómo se me echarían encima si supieran que los
observo. Sus ojos se disparan curiosos por el mundo,
y está claro que lo peor ya ha pasado para mí, que puedo
contemplarlos así, con tranquilidad, pues
qué harían en mi dormitorio, donde todo está
en orden, donde no hace falta temer a la policía, ni
exaltarse con las peleas, ni huir de los disparos.
¿Qué podrían contar a sus amigos?, ¿de qué podrían
vanagloriarse?, ¿Qué lucirían esos héroes de la calle
de al lado? En la sala de fitness, donde se exhiben músculos,
encuentro la comodidad. O en los bares, en las playas,
donde miles de gays hacen esfuerzos para ganar
la carrera contra el tiempo. ¿Cómo podrían entrenar
en mi dormitorio?, ¿cómo competir?, si allí el tiempo
se ha parado, ¿cómo entender mis besos menudos?,
¿cómo disfrutar del silencio o sólo del susurro?
Todo eso, lo desconocido, les espantaría, como a ti,
que entraste orgulloso y sonriente por la puerta y,
después, empezaste a menguar hasta que,
al amanecer, se te llevó la niebla.

 

 

 

 

NO ENTIENDO POR QUÉ TODO ESTÁ TAN MAL.
Digamos que vuelvo en coche a las siete de la mañana
después de una noche de juerga y me paran dos
policías mocosos de formación incompleta. Se acercan
como vaqueros, me acusan de todo lo posible y
yo me pregunto perplejo que qué hago en este país,
piso el pedal y pongo el coche en marcha. Me llama
mi ex mujer e insiste histérica en que llevo años molestándola,
acosándola, controlándola, que me busque a otra, que
hay muchas por allí, en fin, que deje de hacerlo, que pare
de una vez. Mi chico me ruega que lo odie,
se da la vuelta, me rechaza, me hace escuchar sólo
canciones como Depresión en los ojos y Qué día más bonito
para morir. No entiendo qué quiere decirme. Cuando
me alejo y me meto entre la gente, su mezcla de tranquilizantes,
estimulantes y alcohol me arrastra como un remolino
hacia abajo, donde siempre me pongo nervioso y
no puedo calmarme. Diría que vivo en la ciudad
más estresante del mundo. Trato de concentrarme,
pero mis manos tiemblan. Me asusto y se ponen a
temblar aún más. Intento averiguar adónde huir otra vez, en
qué ciudad esconderme. Aumenta mi certeza de que
mi vida no es más que una sarta de sueños sobre huir.

 

 

 

 

PASÉ POR MI MÉDICA Y LE CONFESÉ CON
pudor que no tenía ganas de vivir. No sé cómo
llegué a esa conclusión, pero era como si nunca
las hubiese tenido o como si no supiese lo que eran.
Observaba a mi familia, a todos ellos, y a mis amigos
o conocidos o compañeros o a todos los que
veía, y en absoluto me parecía que tuviesen la ilusión
de vivir. Me dijo que me buscara alguna afición,
pero le respondí en seguida preguntándole si ella
tenía ganas de vivir. Sonrió con acritud, fijando
los ojos en mi ficha: «No hablamos de mí, sino de
usted, seguro que hay mil cosas que le gustan».
Eso no quiere decir nada y ¿me gustan de verdad?
«Cálmese», concluyó, «no le pasa nada en absoluto,
es algo normal, se le pasará tan pronto como
ha aparecido». Y yo no podía recordar cuándo había aparecido,
pero que al final se me pasaría, de eso no tenía
dudas. Exhausto por el tratamiento volví
a casa. Me fijé en tus ojos. No vi nada, ya no
había nada. Sólo mi perro daba señales inquívocas
de que la ilusión de vivir no se le había pasado aún.

 

 

 

 

OLVIDAR CÓMO UNA CORZA HERIDA SE REFUGIÓ
en nuestro maizal y mi abuelo llamó a los cazadores
para que se la llevaran, tan pequeña, indefensa.
Olvidar a los muchachos que tenía sus secretos
y me los ocultaban. Si les preguntaba algo,
me decían: «Eres muy pequeño todavía». Siempre era
muy pequeño y nunca llegué a saber qué me ocultaban.
Olvidar al niño que, en la guardería, se enamoró
de mí y me besaba todo el tiempo y las maestras
reían: «¡Pero si no es una niña!»
Olvidar el vago temblor, el calor que anegaba
mi cuerpo cuando mis compañeros, uno tras otro,
iban llegando a mi casa. Les daba clase porque sacaban
malas notas, y en la escuela se había decidido que yo
podría ayudarles. Tuve que encargarme de
los chicos y, una compañera, de las chicas.
Olvidar cómo se me iban los ojos a su vello
incipiente, cómo fingía sentirme mal en clase
de gimnasia para poder sentarme en el banquillo
y observarlos mientras perseguían la pelota.
Olvidar mis primeros escritos para esos muchachos.
Olvidar mis borracheras desesperadas porque sólo
así, sólo así me atrevía a tocar a mi primer amor.
Olvidar todo lo que siguió después.
Olvidar a mi primera novia que nunca me dejó hacérselo
aunque no dejaba de presionarla. ¡Increíble lo
necesitado que estaba entonces!
Olvidar al hombre que, confundido por mi pelo largo
y mi figura delgada, gritó detrás de mí y, cuando
me di la vuelta —ocurrió en las escaleras del colegio—
abrió su anticuado abrigo y me enseñó su
polla roja, fea.
Olvidar la náusea que sentí, y la ternura con la que
yo miraba los ojos azules de mi compañero de clase.
Olvidar la época en la que rehusé el mundo de los hombres,
y a mi mujer que tanto me ayudó a ello. Nuestras
hermosas temporadas junto al mar, cuando parecía
que la vida se reducía al vaivén de las olas.
Olvidar el empalago, siempre amenazador, de
mi padrastro, al que esquivaba porque temía que
sus caricias tuvieran una intención distinta.
Olvidar que no puedo destrabar la lengua, que hay
tanto que no puedo decir, y que prefiero esconderme,
callar, olvidar. Ah, Joe Brainard, mejor olvidar,
olvidar todo lo que sigue removiendo heridas dolorosas
y no descansará hasta la muerte. Olvidar, olvidar.
En mi habitación hay a veces un silencio que espanta
y una oscuridad que espanta más aún.

 

 

 

Mozetič, Brane. Banalidades (Trad. Marjeta Drobnič)Madrid; Ed. Visor, 2013.

 

BRANE MOZETIČ O LA INTENSIDAD

Con el título del post de hoy titulaba Martín López-Vega su crítica de ‘Banalidades’, el libro de Brane Mozetič que pueden encontrar en el catálogo de la editorial Visor. Échenle un vistazo.

 

 

Y aquí tienen algunos poemas del libro.

 

 

SÓLO A MILES DE KILÓMETROS DE TI
me atrevo a reconocer que, entonces,
me enamoré de tu esperma, de la muerte que traía.
Lo miraba derramado por tu vientre,
y hundía mi cara en él. Su olor, convertido
en el olor de la muerte, me provocaba
orgasmos interminables. Como si me hubieses
servido para mi propia autodestrucción. La que
conoces tú también, sólo que de otra forma.
De tu esperma arranqué miles de palabras,
las compuse en una música que me mantenía
en el filo. Me figuraba que no me lo merecía
y que también tú me ibas a abandonar.
No pude deshacerme de mi padre, quien
no creía que valiese la pena estar a mi lado.
Así que no me extrañaba que me abandonases
miles de veces. Siempre regresaba
al borde de tu vientre, yacía allí con
las mejillas mojadas, esperando a que
te levantases y volvieses a marcharte.

 

 

 

 

NO ME GUSTA SUBIR A EDIFICIOS ALTOS. MIENTRAS
miro a lo lejos puedo aguantarlo, pero al mirar
hacia abajo, algo me agarra con una fuerza
tremenda. Que no me dejen al borde de un abismo,
me caería, seguro. Es lo que temo, temo
desaparecer. Cuando pienso en la muerte,
un remolino insoportable me devora apretando
mi cuello, ahogándome. Junto a ti esperaba
acostumbrarme a la muerte, a domarla.
Cuando nos acostábamos y me apretabas
el cuello, no sentía miedo. Podía verte aún,
no me desvanecía. Qué extraña fue
mi reacción de pánico al sentir cualquier
otra mano alrededor de mi cuello.
Tensaría la cuerda milímetro a milímetro.
Hasta el punto de no poder hablar. Quizá
deberías atarme y dejarme al borde del abismo.
Quizá debería tomar fuerzas y matarme
de una u otra forma. Estaría en paz.
En realidad, me perdería en la nada.

 

 

 

 

NO HICIMOS UN VIAJE SOLOS A
Londres, Nueva York, Tokio o Sao Paulo, todos
esos lugares nos resultaban poco salvajes. Viajamos
a las tierras de los negros, para poder tener allí
un miedo constante, sentir el suspense, vimos
cucarachas enormes, sangre de búfalos muertos y
fauces de leones despedazando carne. Cortes
de electricidad en Nairobi, apenas podíamos
encontrar nuestra destartalada habitación. Tenía
que ser así, sólo nos teníamos el uno al otro,
aferrados como dos monos asustados.
Ni siquiera recuerdo si cobrábamos fuerzas
para tener sexo. Aunque todo aquello era
sexo. Nacer y morir. Niños atolondrados que
vagaban agresivos por las calles, cuerpos
agotados que yacían en los montones de basura
y no se sabía si estaban vivos, soldados de todas
las clases, autobuses hundidos en el lodo
de una tierra salvaje, el sol que salía desde
el mar, una sala de cine derruida, en la que
las mujeres fumaban, horizontes vertiginosos sin fin.
Sería mejor habernos quedado allí, en una tienda,
en la oscuridad total, cuando me abrazabas,
con los animales alborotando en el tejado.

 

 

 

 

EN UNA SILLA DEL RINCÓN, CABECEA UN POCO
al compás de la música, aunque con fallos. La cabeza
se le cae hacia atrás, la levanta para mirarme,
estira el brazo, pero se le vuelve a caer.
cuerpos en movimiento me lo ocultan, pero
alguien me empuja más cerca y, de pronto,
lo tengo delante, abajo, él mira hacia
arriba y agarra mi mano como si
se estuviese ahogando. Casi me caigo, me
siento en su regazo, él atrapa mi cabeza
y se la acerca para adherirse a mi boca
como una ventosa. Duele. No cede.
Se aferra como loco, y, luego, todo
cesa de golpe, su cabeza resbala hacia atrás,
estoy libre. Unos segundos y se recupera,
trata de levantarse, mueve sus labios como
si quisiera decirme algo, pero no hay
voz, sólo sale su lengua con lametazos
y siseos. Me pongo de pie, lo levanto,
se marea, se tambalea, casi se cae, me lleva
de la mano, afuera, apenas me doy cuenta
del tiempo que pasa, de repente estoy
sentado en su coche y, él, quitándome
la camiseta. Lo veo encima, desnudo, es
todo boca, lengua y dientes que se incrustan
en mi carne. Susurra algo ininteligible, vuelve
los ojos adormecido, quieto, y después,
se anima otra vez, está por todas partes, me inunda.
Y, como si durmiese, yace en mi regazo,
paso mis dedos por su sudado pelo. Joder,
si le metiera otro chute, ¿moriría así?
¡Qué experiencia! ¡En mi mismísimo regazo!
¡O incluso durante mi beso mortal! Se
desvanecería de golpe, y yo acariciría
su piel morena, lisa y cada vez más
fría. ¿Hasta cuándo? ¿Hasta cuándo?

 

 

 

 

JIMMY, TE LO PIERDES TODO, CHAVAL. MIRA,
miles de cuerpos te esperan abajo. Retumba el techno,
músculos tensos, pezones hinchados, pieles tatuadas, cada
partícula te desea con ansia, manos te invitan, ¿a
qué esperas? En el cuarto oscuro hay laberintos, todo
huele a popper, el sudor por las paredes, te metes entre
el gentío, sus pollas cargadas te rozan, miran a ver
si tienes un culo apretado. Cabezas hirviendo
de cerveza y coca, lubrificantes que te hacen
resbalar, quién sabe qué pisas, lenguas se te meten
en la boca, bajo las axilas, en el ombligo, en el culo,
Jimmy, chaval, sólo has de abrirte de piernas y miles
de pollas te llenarán, un éxtasis total, y te parecerá
imbécil el que te pregunte: «¿Tienes novio?», porque aquí
se beben las proteínas, aquí salpican las caras, aquí,
más abajo, en la oscuridad, atan con cuerdas, aquí
jadean, lloran, se arrodillan, lamen las botas, aquí
está todo lo que te perdiste. Y pensabas que podías
vivir sin ello. Jimmy, chaval, ¿adónde vas a hora?,
¿por qué no te entregas al frenesí?, ¿por qué huyes
si todos te invitan a gozarla, a ser feliz?

 

 

 

Mozetič, Brane. Banalidades (Trad. Marjeta Drobnič)Madrid; Ed. Visor, 2013.

 

BANALIDADES

febrero 14, 2018 3 comentarios

 

ESTOY SENTADO EN UNA TERRAZA, BAJO
los primeros rayos de sol, envuelto en mi chaqueta aunque
ya es primavera. Una mujer con un niño en brazos pasa
entre las mesas, parándose, extendiendo la mano.
El camarero trata de ahuyentarla, mientras la gente
raja de coches de último modelo, de fulanas, de ropa.
no de política, asunto ya sin interés, y menos
aún de visiones filosóficas del mundo.
Las botellas se acumulan, las colocan en fila y
ríen con ganas. Se acerca un joven y me enseña
sus brazos, llenos de heridas y cicatrices.
Nos conocemos de hace años. Se sienta. Y
me mira. Le paso un cigarrillo. Fuma tranquilo,
sin mediar palabra. Después, me susurra
con complicidad: Esto te va a gustar. Saca
una hoja de afeitar, corta la carne hinchada de
su brazo y, al momento, todo se mancha de sangre.
Alguien grita, el camarero viene corriendo,
el joven se levanta, que no hace falta echarlo,
dice con sonrisa y se va. Me doy cuenta de
las miradas punzantes, me doy cuenta de la vacuidad
de todas esas conversaciones. Y no puedo hacer nada.
Llega la primavera, la sangre en el mantel, mi cabeza
vacía, mi estúpida mirada saltona, y ningunas
ganas de levantarme, pues no sé para qué.

 

 

 

 

POR LA MAÑANA YA HACÍA UN CALOR INFERNAL.
Un día para estancarse. Para boicotear la vida.
Desenchufé la radio, la tele, el teléfono, el móvil,
el ordenador, desenchufaría hasta la nevera para que
no hiciera ruido. De las habitaciones contiguas
voces humanas, fuera los sonidos de coches, trenes,
campanas. Bajo las persianas para amortiguar
un poco esta sarta de ruidos y, sobre todo,
el sol y el calor. Estoy solo,
sudando como ante las preguntas esenciales.
Un día idóneo para que algo me salga bien.
Ordeno y reordeno los libros, no sé qué hacer
con ellos ni conmigo mismo. Mi cabeza
estalla de dolor. Y también
con el deseo de abrirme brechas en las muñecas,
porque un día así cansa. Estoy solo conmigo mismo,
me digo, del principio al fin. Las horas se dilatan
y todo queda inerte. Tengo ganas de cortar
estas sensaciones inútiles conforme a lo que
nos enseñaron. Echo un vistazo a los manuales
de autoayuda, dándome cuenta de que me falta
uno del boicot. Miles de voces de repiten «aguanta,
aguanta», aunque es obvio que
esto no tiene sentido. Todo lo del pasado parece
tan soportable, incluso bello, pero ahora,
con este calor, ya nada está bien. Cierro los ojos
y finjo que no existo.

 

 

 

 

ALGO DEBE FALLAR EN NOSOTROS. A
los cuarenta y cinco años, no tengo a nadie
en quien pensar con amor. Los recuerdos
duelen. Nunca había pensado que la belleza
podía doler tanto. Miro las caras y
me falta el aire. Tal vez sea la hhora
de quitarme la vida con un gesto dramático o
de que me aniquile el sida. Sea el Sena,
sea el Hudson, esto ya no da más de sí.
Frecuento clubes sospechosos, la gente
habla sin tocarse, o calla
y folla en la oscuridad de los cuartos oscuros.
Sólo me dijo: «Cuando salgamos, ya no nos
conocemos». ¿Es mejor así? Miro atento
al andar para no caerme, he confundido
las calles, a veces aparecen grupitos de negros
con ese aire de amenaza, de horror que me atrae,
sea en Nairobi, en Sao Paulo o en el Bronx.
Maldigo a mi mulato porque ha sido
tan imposible, y a mí mismo por seguir
deseando algo, porque algo falla en mí.

 

 

 

 

UN CHINO JOVEN ME EXPLICA A DERRIDA,
se tambalea con un vaso en la mano. En realidad
he estado observándolo antes y preguntándome
sobre su sexo. Le saco una cabeza, es menudo,
con sombrero, como si saliera de una película
de gánsters, en serio, parece que escribe guiones,
podría ser una lesbiana. Se me ha acercado él,
¿cómo se le ha ocurrido sacar un tema así,
tan febril como está? El bar Palačinka, pasando
el barrio chino. Me monto escenas,
el guionista se pierde, otra vez aparecen rostros,
camino de noche por las calles atestadas.
Me parece que todo esto lo he visto ya en la pantalla.
Ahora viene, claro, un desfile de individuos
deformados, trastornados, con llagas en los rostros,
arrastrándose por el suelo. Secuencias que
siempre hay que recortar. Me veo a mí mismo
sentado en un bar y no puedo creérmelo.
Sirenas de policías, bomberos, banderas,
letras pasando rápido, créditos del final
y oscuridad.

 

 

 

 

NO ME HAN DADO NADA QUE ME AYUDE
a subsistir. Ni fe para tener esperanza,
arrepentirme, rogar y salvarme. Ni amor
para prodigarlo a mi alrededor. Para
no chocar todo el tiempo, implorando
atención, ternura, manos que me
reciban con pasión. No me han dado
tradiciones y costumbres antiguas, mis días son
iguales y no los espero con impaciencia,
con ilusión. Me han dado la capacidad de
sentir dolor, de sentirlo ya cuando se mueve
una hoja, y aguantarlo. Apretando los dientes.
Me han dado una meticulosidad arisca, que
estalla cada tanto y me vuelca al abismo.
Me han dado un mundo por el que yerro,
y que no siento. Sólo veo a la muchedumbre
que ha desistido. Que se ha puesto la camiseta
con inscripción: I’m nobody. Who are you?
Nos vemos por la calle, en el trabajo,
en el cine, en los locales, y así charlamos,
nos preguntamos y respondemos. Y nos duele.
Pero no conocemos otro modo de hacerlo.

 

 

 

 

ESTE SAO PAULO REDUCIDO ESTÁ OBSESIONADO
consigo mismo. Aunque el ajetreo, el calor y
un olor insoportable traten de convencerte para que
te quedes entre las cuatro paredes, para que te entregues
a la desesperación. Pero, cuando ya me animo a
salir con los conocidos, en seguida aparece el tema
de adónde ir a comer. Por lo visto, he fallado
otra vez al tratar de huir de mi ciudad donde
la gente siempre se hace preguntas sobre dónde
y qué beberemos. Es más, ni siquiera se las plantean.
Ante su obsesión enfermiza con la comida y bebida
me retiro a una especie de obsesión por el sexo,
o algo así, sería difícil nombrarlo, pues
es cada vez más abstracto. No es tan grave como
para querer quedarme durante horas pegado
a internet y deleitarme, pero es molesto porque,
sin razón, miro embobado a la gente. Quizá
no les moleste, pero a mí sí, porque siento
que esta costumbre mía crea dependencia.
Tengo que aumentar a diario la dosis de cuerpos
observados, caras y pieles bonitas, sus fragmentos
invaden mis sueños, siempre me desvelo sudando,
me persigue mi propia examinación de calles,
no sé ya cómo arreglarlo. Tal vez debería
pararme con firmeza, abandonar esta costumbre
que tengo. Tal vez debería reconocer
que soy dependiente, unirme a algún
grupo de autoayuda o matar mis fantasías
de cama con cuerpos desconocidos,
con sudor, con olores, con palabras estúpidas,
con el vacío.

 

 

 

 

HOMBRES QUE SALTAN ENCIMA DE LA BARRA
y se desnudan. Cuerpos elaborados, pieles bronceadas,
músculos. También los que chillan y mueven
las caderas, te golpean el culo, brincan,
esbozan una sonrisa, muestran su blanca
dentadura. Bailarines que se inyectan
una jeringuilla en la polla antes de subir
al escenario para que las masas se asombren
y rueden hacia la vorágine de luz y
sudor. Mi cama no es un consultorio, me
digo. Quisiera despojarla de abrazos, besos,
sobras que se han acumulado encima de ella. Ayer le
sané la herida a un chico flaco, recién
llegado a la ciudad, que se había lesionado.
Hoy se explaya y me cuenta sin pudor
sus hazañas. ¿Me entendería si le dijera que
lo deje ya? A menudo pasan por aquí quienes
hablarían largo y tendido de sus malestares,
cambios en la piel, de las células, del
virus que se extiende y desaparece.
O los que ansían la droga y se han olvidado
ya del sexo, incapaces de hacerlo.
Sería inútil ponerse a explicar
que, antes, la gente conocía el amor,
que se sentaba tranquila en los porches,
se miraba a los ojos, o veía las puestas de sol,
las nubes tormentosas acercándose,
que a veces abría libros y leía
letras antiguas. Hojeo las recetas médicas
preparadas, firmadas, para tirarlas
a la basura. El día se hace tan triste.
Es domingo. En la habitación contigua
oigo el ruido de los que vuelven de bailar.
Cierro la puerta con llave y bajo las persianas.

 

 

 

 

¿LO OYES, DAVE? HAY RUIDOS FUERA. TAL VEZ
un ladrón. O la explosión de una bomba. Venga,
despierta, Dave, tal vez haya estallado otra guerra
y tengamos que volver al sótano. Tú no sabes de eso.
Las horas, los días que pasaremos en la oscuridad.
O será sólo un incendio. O un vecino que se ha caído
de la cama. Todo es posible. Pero tú sigues durmiendo sin
decir nada. Despierta, Dave, para que no esté solo cuando
se termine el mundo. Tú, Dave, eres una masa de carne
que se ha acostado con todos. Nada te afecta. Ni siquiera
te enterarás cuando te mueras ni cuando tu carne empiece
a oler. Me despertará tu hedor en el sótano, y tendré
que echarte fuera como cebo para los perros salvajes.
Y todos los bares nocturnos se liberarán de ti, Dave,
¿no dices nada? ¿Me oyes? ¿Me escuchas alguna vez?
Vuelven los ruidos. No creo que sea una guerra.
Tal vez así se derrumba nuestro mundo, a pedazos, en
medio de la noche, cuando la gente honrada duerme,
como tú, Dave, mientras yo escucho los ruidos
y tengo miedo.

 

 

 

Mozetič, Brane. Banalidades (Trad. Marjeta Drobnič). Madrid; Ed. Visor, 2013.

 

BRANE MOZETIČ

 

EL PERRO RECORRE EL PRADO Y YO LO MIRO.
Cada tanto se para, olfatea, sigue
corriendo. En círculos. Le encanta husmear
en las toperas. Indaga. El sonido
del móvil en mi bolsillo me interrumpe.
«Ahora voy. ¿Qué haces?», me pregunta
una consagrada poetisa. «¿Lees? ¿Escribes?
Debe de estar bonito, el parque». «No, no», respondo
confuso. «Estoy observando las toperas y
al perro que las machaca». «Ah, ¿sííí? Pensaba
que estabas trabajando. Bueno, te llamo cuando
termine». Acaba de lanzarse hacia la más grande.
Indaga furioso, olfatea. Soy demasiado tonto
como para escribir poemas inteligentes. Corro
hacia el perro porque se ha pasado. Grito, no me hace
caso. Tiro de él para apartarlo, me arrodillo
intentando proteger el túnel que lleva al país
de los topos. Veo que ya ha aniquilado a uno de ellos.
Detrás hay otro tratando de salvar las hojas.
Un topo-poeta que compone su libro.
Lo arrastrará al interior, bajo tierra, lo mandará
a encuadernar, y el libro atravesará mil túneles
para llegar a la biblioteca central de los topos
y sus millones de libros que registran la historia.
Sonrío, mi bolsillo vuelve a vibrar. Que suene.
Me pongo de pie, me aparto, el perro me mira y
sabe que con darme la vuelta, le permito destrozar
lo que queda.

 

 

 

 

¿POR QUÉ ME DISGUSTAN LOS SOLDADOS? PORQUE
siembran niños por todas partes, porque los matan.
recuerdo a mi padre sobre todo por su foto
con uniforme militar. Todas las demás fotos
han palidecido. No tengo ni idea de adónde
se largó, dónde estará. No recuerdo ninguna caricia.
Tal vez siento terror ante una. En el cuartel
marchábamos todo el día, limpiábamos las botas
cien veces sin saber para qué. Los soldados
siempre defienden la paz. Igual que los policías
nos garantizan la seguridad. En uniforme
todos parecen iguales. Lo cual me aburre.
Siempre me imagino a las cabezas vacías
obedeciendo un guión que siempre es
el mismo. Me preocupo porque la mayoría
de la gente lleva uniformes. O porque es
como si los llevara. Y cuando un día
me propusiste ponérmelo, no me di cuenta
de que querías lavarme el cerebro.
Y cuando me dijiste, más tarde, que
estabas liado con un policía, te entendí.
Ya de niño no me salía bien el juego de
indios y vaqueros. No entendía nada.

 

 

 

 

TEMO PASAR POR TU CASA. SIEMPRE
te tenía miedo, temía tus esperanzas, tu
comprensión. Eras la más fuerte. Rebotes,
platos rotos, esa vez que saltaste del coche
para echarte delante al suelo y gritar:
¡Atropéllame, venga! Fue horrible la escena
a la luz de los faros. Temblaba cuando empezaste
a volver a casa tarde o de madrugada. Mis
nervios se doblaban bajo tus miradas.
Hablamos durante meses para aceptarnos.
Hasta que te hartaste y me destrozaste
con cuatro palabras. Pronunciadas, tal vez,
con toda la intención. Me rondan la cabeza siempre,
destruyen mis amores. Temo pasar
por tu casa. Por la noche clavas clavos
a martillazos. Como si lo hicieras en mi cabeza.
¡Cómo duele! Daría kilómetros
a cambio de que dejases de hacerlo.
De que desmintieses aquellas palabras.

 

 

 

 

¿QUÉ PASÓ EN REALIDAD? DE NOCHE
salí a la calle, a una especie de reserva
de fuerzas alternativas de esta mísera nación
a la que pertenezco, y, mira, fui arrastrado
de un lado a otro. En la oscuridad, la gente
sorbía cerveza, charlaba, algunos chillaban,
otros saltaban salvajes por la pista de baile.
Apestaba a maría, dos camellos
trataban de obligarme a comprarla.
Al fin me dije, bueno, vale, por si acaso,
a lo mejor pasaba un tío bueno. ¡Ya que
me he esforzado tanto durante media vida
para seguir vivo y descubrir, acaso, el secreto
de la vida! Así que me perdí entre los bailarines
más jóvenes para olvidarme de ese esfuerzo
inútil, y en seguida apareció un muchacho
que sólo ansiaba quedarse colgado hasta perder
la conciencia. Dejé caer una pastilla
en su mano, sonriendo con complicidad.
Sabía que, ante esa situación, no podía quedarme
sobrio, pues él estaba cada vez más loco,
volvía los ojos, rechinaba los dientes
y apenas podía pronunciar palabra.
Se quedó pegado a mi lado y ese silencio
nuestro en medio de los golpes estridentes
de música me hizo actuar. No sé cómo llegamos
a casa, de pronto estuve echado a su lado.
Él dormía, aún era de noche, y yo
no podía dormirme. Me vestí y salí, fuera
había casas y calles. Sólo entonces
me di cuenta de que nevaba, de que el suelo
estaba cubierto de nieve. Miré hacia arriba, y
a contraluz de las farolas no pude ver más que
los copos de nieve volando hacia mí. Todo
daba vueltas, todo era tan bello que
todas las preguntas parecían totalmente
sin sentido.

 

 

 

 

EN ESTOS DÍAS LOS PUEBLOS ESTÁN DECIDIENDO
entre la guerra y la paz. Los agresivos se inclinan
más a lo primero. Forman largas colas y entregan
sus votos. Otros, encorvados dentro de sus
barracas, no entienden y nunca han entendido
siquiera para qué viven. Y yo estoy
sentado frente a mi vida, constatando
lo banal que es. Apenas se merece palabras.
Callo. Todos esos libros, toda esa escritura,
esas palabras pronunciadas que se perdieron
dentro de mi cabeza. Ya no sé nada. Sólo
que querría desaparecer. Dentro de este sinsentido
me estremezco de pronto, dejo de enfrentarme
a mi propia vida, me doy media vuelta y salgo
corriendo. Ando por la ciudad, por las tiendas,
hablando sin parar. De las cosas más
banales, que de esta manera llegan a ser
divertidas y me ponen de buen humor,
juego con las palabras, con los sentidos,
ya nada es fatal, nada trágico, nada
decisivo. Incluso la decisión sobre la guerra,
o la fe, el amor, todo salió rodando
desde mi pecho, siento un hormigueo
bajo los pies y sonrío
liberado, ya sin preocuparme de qué pasará
con mi vida banal, que se enclaustra sola
en mi habitación, sin dejar de cavilar.

 

 

 

 

VIERNES ES EL DÍA EN QUE PIENSAS EN
la muerte. Por eso tienes que salir, harto de los dolores,
tormentos, ese masoquismo, los choques
incesantes contra la pared. Colocado y
pedo vas de club en club. Apenas
sabes a quién besas. Las caras se
difuminan. Sientes ganas de llevarte
a alguien a casa, pero lo olvidas en seguida.
Te para la policía y te dice que
estás borracho y que tienes que seguir a pie.
Tus hermanos en esta locura te arrastran al antro
siguiente donde sigues drogándote y bebiendo.
Todo está oscuro. Han bajado las persianas,
y esperas que mañana no llegue nunca.

 

 

 

 

COMO SI LOS COHETES ILUMINASEN EL CIELO.
No oigo palabras a mi lado. Fuera debe de haber un ruido
tremendo, pero yo no lo sé, no lo oigo. Llamo al especialista,
pues ya no puedo más con tantos libros y cuerpos, y
tal vez él aún logre encontrar el punto en el que todo
vuelve a empezar. No tarda en llegar. Despliega
un mantón negro y me ordena a entregarme desnudo
a sus dedos. Se pone guantes negros para palparme.
Cada tanto me pregunta si siento algo o
si duele. Me examina centímetro por centímetro,
se echa encima de mí, me presiona con su peso
y mordisquea mis orejas. A ver si encuentra el
punto en el que se me abre el universo y
me falta el aire, en el que siento como cuando
me tiendo a tu lado, pongo mi mano sobre
tu pecho y tiemblo. «También puedo aplicar
la aguja», me propone. «Puedo horadar tu piel
del pecho, de la mano, horadar tu miembro,
hay gente a la que le gusta mucho». ¿Qué le digo?
Que aplique todo su conocimiento, todas sus
habilidades para devolverme de alguna forma
la sensación perdida, al menos por un segundo.
No entiende. Había ayudado a todos, y yo
ahora quiero que algo que no existe, algo
que me he inventado, algo que puedo borrar yo
solo. Al cabo de horas de esfuerzo se da por vencido,
recoge sus instrumentos y se va. Las heridas escuecen,
es todo lo que puedo sentir.

 

 

 

 

LOS POETAS CORTESANOS FUERON SUCEDIDOS POR
los poetas sabios, los poetas letrados, los poetas videntes, y
los poetas locos. De todo aquello han salido los poetas
colocados. No de los que se tambalean con una botella por
las calles oscuras, espantando a los gatos y partiéndose
las cabezas. Sino los especialistas en drogas. Se arrojan
al más allá, registran sus visiones, o se pinchan
la piel. Una mano tatuada toca las teclas
electrónicas, parando de tanto en tanto para
agarrar un tubo y aspirar una rayita.
Cuando estoy harto, me junto a ti en la cama.
Aprietas los dientes, agarras mi cabeza tirándome
del pelo, empujándola hacia abajo. Me hago el remolón
para ponerte furioso. Seguramente no sientes afecto
por mí, pero ahora no querrías soltarme para nada.
Esparzo un poco de polvo blanco por tu polla,
te encoges, y estallas. ¡Hay que ver el ruido
que haces! No es así la poesía, no.
Después te das la vuelta; ahora toca levantarse, pues
los poetas colocados no llevan una vida cómoda.

 

 

 

 

ME ENCUENTRO MIRANDO SIN CESAR.
Veo que no dejo de mirar el móvil.
Me gustaría, en realidad, pulsar Leer,
y que allí saliese Te echo de menos.
Veo que me hundo cada vez más
en el pasado que tira de mí.
Para volver a yacer en el heno que había en
el desván del establo. Cuando el chico vecino
me tocó la entrepierna por primera vez. En
realidad, fingía que no lo hacía, lo fingíamos
los dos. Se me echó encima, así, vestido, y sentía
su peso, sus jadeos. Tantas veces nos llamaba
aquel lugar, justo encima de los puercos
chillando. O a lo mejor no lo hacían, y el establo
estaba ya vacío por entonces. En mis recuerdos
ha perdido importancia. Nuestros leves
movimientos se han superpuesto a todo
lo demás. Era verano y hacía calor, y sudábamos.
Nos quitamos la camiseta y nos desabrochamos,
uno al otro, el pantalón. Cuán ávidas
buscaban las manos y cuán punzante era el heno.
No me atrevo a evocar las escenas, pero se
enhebran solas, humedad, el olor de los sexos.
Cuando entro en bares de gays, todo me
resulta ajeno, no hay muchachos vecinos,
ni heno, ni nadie me echa de menos. Me veo
buscando siempre, en realidad, la tecla de
Apagar.

 

 

 

 

NO SÉ CÓMO HE APARECIDO EN ESTE
coche. Volví a salir a la calle, lo recuerdo,
pasé la noche metiéndome de todo y, después,
vino este tipo y no se ha ido. Sentía sus manos
cuando me empujaban para meterme en el coche.
Conducía como en sueños, despacio, inseguro,
me parecía toda una eternidad. Tal vez
ya amanecía. Las calles estaban vacías,
como un desierto, y eran incontables. Después,
como un apagón. Recobro la consciencia
en una cama. Me desnuda trepando por
mi cuerpo. Siento náuseas, pero mis manos
lo agarran. Evito su boca. Duele nuestro
abrazo férreo. Me da de beber y, pronto,
me recupero. Se echa por abajo y me siento
encima de sus muslos. De debajo
de la almohada saca un gran dildo, me lo pasa.
Se muerde los labios, está impaciente. Levanta
sus piernas y me guía, y se lo hago. Sus músculos
se estremecen, grita, trato de cerrar su boca, pero
es evidente que le gusta. Tarda un siglo.
Mientras él cambia de postura, miro
la pared y todo gira. La moña disminuye,
nuestro movimiento se hace más lento.
Al final nos rendimos, callados, me parece que
ni nos atrevemos a mirarnos. Una escena
que me hace bajar la escalera, perderme en
el laberinto de las calles vacías sin saber cómo
saldré de esta historia.

 

 

 

 

ME SONRÍE EN UNA LIBRERÍA, DESDE DETRÁS
de un estante, sus dientes resplandecen. Claro,
pienso, otro más que liga con los intelectuales.
Sigo buscando, estoy donde la letra B,
y él aparece detrás, donde la M, supongo,
quién sabe. Como en una película, me digo,
pero él insiste, sigue dando vueltas hasta
llegar a mi lado: «Perdóname», me roza con
su cuerpo delicioso, dice algo más, pero
no lo entiendo. Mi corazón galopa como
la primera vez, y él atrapa mi mano con arte y
disimulo «¡mira!, nos interesa el mismo libro».
Me ha ganado, trato de hacerle entender que
no tengo dinero para pagar por sexo, pero no quiere
oír nada y me invita a su casa. Me resisto
con torpeza, ya que podría hacerme
cualquier cosa. Pero no, su piel me invita
con más fuerza y cuando, más tarde, se mueve
encima, no puedo creérmelo. Me paro…
después escribo despacio, con titubeos,
que mordisquea mis pezones, luego baja hasta…
mi polla y se la mete en la boca. Desliza
por ella su lengua rosada, se la mete
en el culo y, así, se mece encima de mí.
Siento vergüenza al continuar… diciendo que
ahora se desengancha de mi polla y vuelve
a comérsela, y baja para meterme la lengua
en el hueco, y sabe, al sentir su palpitación,
que tiene que follarme. Al principio empuja
despacio, luego más rápido, hasta el clímax, y
yo agarro sus músculos oscuros, sudados, como
si se me fuera la vida en ello. No me da pavor
reconocer que, después, cuando se durmió,
me acerqué a la cocina donde colgaban
los cuchillos de la pared, y pensé que lo mejor
sería acuchillarlo. Que dolería demasiado
quedarme con él. Así, me habría resultado
más fácil vestirme y salir.

 

 

 

 

CUANTO MÁS SE AGOTABA EL DÍA, MÁS
solo me sentía. Como si la luz fuese destinada al
ancho mundo, a aires grandiosos y firmes. Así
que siempre he ligado por la noche, en la oscuridad.
Como si temiera dormirme solo. Aunque sólo
se trata de dormir, cuando no necesito a nadie.
Pueden incluso irritarme, empujarme, destaparme,
despertarme. Tantas veces me los traje a casa,
con urgencia y un deseo incomprensible de
tenerlos a mi lado, incluso contra mi gusto y,
después, no sabía qué hacer con ellos, cómo
despedirlos, o deseaba que se durmieran ya y
me dejaran en paz. Claro, me esperaba el horror
al amanecer, sobre todo si estaba borracho
por la noche y sobrio por la mañana. Tal vez
deba reconocer que también mis amores
de años, si puedo llamarlos así, tienen que ver
con esto, con noches de este estilo. ¿Les impulsaba
el mismo motivo? El de dejar el mundo para
volver a casa. Es extraño pensarlo de este modo.
Y yo imaginándome que me tenían tanto apego,
que sus sentimientos eran tan profundos, únicos,
amor irrepetible, atracción erótica, entrega.
Después, todo eso resultó fácilmente transferible a
otras personas. Y se sucedían las noches en las que
sentía un impulso inconcebible de volver a buscar.
Y hubo otras en las que me daba cuenta de
que todo era un engaño y que era imposible huir.

 

 

 

Mozetič, Brane. Banalidades (Trad. Marjeta Drobnič)Madrid; Ed. Visor, 2013.

 

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