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BANALIDADES

 

ESTOY SENTADO EN UNA TERRAZA, BAJO
los primeros rayos de sol, envuelto en mi chaqueta aunque
ya es primavera. Una mujer con un niño en brazos pasa
entre las mesas, parándose, extendiendo la mano.
El camarero trata de ahuyentarla, mientras la gente
raja de coches de último modelo, de fulanas, de ropa.
no de política, asunto ya sin interés, y menos
aún de visiones filosóficas del mundo.
Las botellas se acumulan, las colocan en fila y
ríen con ganas. Se acerca un joven y me enseña
sus brazos, llenos de heridas y cicatrices.
Nos conocemos de hace años. Se sienta. Y
me mira. Le paso un cigarrillo. Fuma tranquilo,
sin mediar palabra. Después, me susurra
con complicidad: Esto te va a gustar. Saca
una hoja de afeitar, corta la carne hinchada de
su brazo y, al momento, todo se mancha de sangre.
Alguien grita, el camarero viene corriendo,
el joven se levanta, que no hace falta echarlo,
dice con sonrisa y se va. Me doy cuenta de
las miradas punzantes, me doy cuenta de la vacuidad
de todas esas conversaciones. Y no puedo hacer nada.
Llega la primavera, la sangre en el mantel, mi cabeza
vacía, mi estúpida mirada saltona, y ningunas
ganas de levantarme, pues no sé para qué.

 

 

 

 

POR LA MAÑANA YA HACÍA UN CALOR INFERNAL.
Un día para estancarse. Para boicotear la vida.
Desenchufé la radio, la tele, el teléfono, el móvil,
el ordenador, desenchufaría hasta la nevera para que
no hiciera ruido. De las habitaciones contiguas
voces humanas, fuera los sonidos de coches, trenes,
campanas. Bajo las persianas para amortiguar
un poco esta sarta de ruidos y, sobre todo,
el sol y el calor. Estoy solo,
sudando como ante las preguntas esenciales.
Un día idóneo para que algo me salga bien.
Ordeno y reordeno los libros, no sé qué hacer
con ellos ni conmigo mismo. Mi cabeza
estalla de dolor. Y también
con el deseo de abrirme brechas en las muñecas,
porque un día así cansa. Estoy solo conmigo mismo,
me digo, del principio al fin. Las horas se dilatan
y todo queda inerte. Tengo ganas de cortar
estas sensaciones inútiles conforme a lo que
nos enseñaron. Echo un vistazo a los manuales
de autoayuda, dándome cuenta de que me falta
uno del boicot. Miles de voces de repiten «aguanta,
aguanta», aunque es obvio que
esto no tiene sentido. Todo lo del pasado parece
tan soportable, incluso bello, pero ahora,
con este calor, ya nada está bien. Cierro los ojos
y finjo que no existo.

 

 

 

 

ALGO DEBE FALLAR EN NOSOTROS. A
los cuarenta y cinco años, no tengo a nadie
en quien pensar con amor. Los recuerdos
duelen. Nunca había pensado que la belleza
podía doler tanto. Miro las caras y
me falta el aire. Tal vez sea la hhora
de quitarme la vida con un gesto dramático o
de que me aniquile el sida. Sea el Sena,
sea el Hudson, esto ya no da más de sí.
Frecuento clubes sospechosos, la gente
habla sin tocarse, o calla
y folla en la oscuridad de los cuartos oscuros.
Sólo me dijo: «Cuando salgamos, ya no nos
conocemos». ¿Es mejor así? Miro atento
al andar para no caerme, he confundido
las calles, a veces aparecen grupitos de negros
con ese aire de amenaza, de horror que me atrae,
sea en Nairobi, en Sao Paulo o en el Bronx.
Maldigo a mi mulato porque ha sido
tan imposible, y a mí mismo por seguir
deseando algo, porque algo falla en mí.

 

 

 

 

UN CHINO JOVEN ME EXPLICA A DERRIDA,
se tambalea con un vaso en la mano. En realidad
he estado observándolo antes y preguntándome
sobre su sexo. Le saco una cabeza, es menudo,
con sombrero, como si saliera de una película
de gánsters, en serio, parece que escribe guiones,
podría ser una lesbiana. Se me ha acercado él,
¿cómo se le ha ocurrido sacar un tema así,
tan febril como está? El bar Palačinka, pasando
el barrio chino. Me monto escenas,
el guionista se pierde, otra vez aparecen rostros,
camino de noche por las calles atestadas.
Me parece que todo esto lo he visto ya en la pantalla.
Ahora viene, claro, un desfile de individuos
deformados, trastornados, con llagas en los rostros,
arrastrándose por el suelo. Secuencias que
siempre hay que recortar. Me veo a mí mismo
sentado en un bar y no puedo creérmelo.
Sirenas de policías, bomberos, banderas,
letras pasando rápido, créditos del final
y oscuridad.

 

 

 

 

NO ME HAN DADO NADA QUE ME AYUDE
a subsistir. Ni fe para tener esperanza,
arrepentirme, rogar y salvarme. Ni amor
para prodigarlo a mi alrededor. Para
no chocar todo el tiempo, implorando
atención, ternura, manos que me
reciban con pasión. No me han dado
tradiciones y costumbres antiguas, mis días son
iguales y no los espero con impaciencia,
con ilusión. Me han dado la capacidad de
sentir dolor, de sentirlo ya cuando se mueve
una hoja, y aguantarlo. Apretando los dientes.
Me han dado una meticulosidad arisca, que
estalla cada tanto y me vuelca al abismo.
Me han dado un mundo por el que yerro,
y que no siento. Sólo veo a la muchedumbre
que ha desistido. Que se ha puesto la camiseta
con inscripción: I’m nobody. Who are you?
Nos vemos por la calle, en el trabajo,
en el cine, en los locales, y así charlamos,
nos preguntamos y respondemos. Y nos duele.
Pero no conocemos otro modo de hacerlo.

 

 

 

 

ESTE SAO PAULO REDUCIDO ESTÁ OBSESIONADO
consigo mismo. Aunque el ajetreo, el calor y
un olor insoportable traten de convencerte para que
te quedes entre las cuatro paredes, para que te entregues
a la desesperación. Pero, cuando ya me animo a
salir con los conocidos, en seguida aparece el tema
de adónde ir a comer. Por lo visto, he fallado
otra vez al tratar de huir de mi ciudad donde
la gente siempre se hace preguntas sobre dónde
y qué beberemos. Es más, ni siquiera se las plantean.
Ante su obsesión enfermiza con la comida y bebida
me retiro a una especie de obsesión por el sexo,
o algo así, sería difícil nombrarlo, pues
es cada vez más abstracto. No es tan grave como
para querer quedarme durante horas pegado
a internet y deleitarme, pero es molesto porque,
sin razón, miro embobado a la gente. Quizá
no les moleste, pero a mí sí, porque siento
que esta costumbre mía crea dependencia.
Tengo que aumentar a diario la dosis de cuerpos
observados, caras y pieles bonitas, sus fragmentos
invaden mis sueños, siempre me desvelo sudando,
me persigue mi propia examinación de calles,
no sé ya cómo arreglarlo. Tal vez debería
pararme con firmeza, abandonar esta costumbre
que tengo. Tal vez debería reconocer
que soy dependiente, unirme a algún
grupo de autoayuda o matar mis fantasías
de cama con cuerpos desconocidos,
con sudor, con olores, con palabras estúpidas,
con el vacío.

 

 

 

 

HOMBRES QUE SALTAN ENCIMA DE LA BARRA
y se desnudan. Cuerpos elaborados, pieles bronceadas,
músculos. También los que chillan y mueven
las caderas, te golpean el culo, brincan,
esbozan una sonrisa, muestran su blanca
dentadura. Bailarines que se inyectan
una jeringuilla en la polla antes de subir
al escenario para que las masas se asombren
y rueden hacia la vorágine de luz y
sudor. Mi cama no es un consultorio, me
digo. Quisiera despojarla de abrazos, besos,
sobras que se han acumulado encima de ella. Ayer le
sané la herida a un chico flaco, recién
llegado a la ciudad, que se había lesionado.
Hoy se explaya y me cuenta sin pudor
sus hazañas. ¿Me entendería si le dijera que
lo deje ya? A menudo pasan por aquí quienes
hablarían largo y tendido de sus malestares,
cambios en la piel, de las células, del
virus que se extiende y desaparece.
O los que ansían la droga y se han olvidado
ya del sexo, incapaces de hacerlo.
Sería inútil ponerse a explicar
que, antes, la gente conocía el amor,
que se sentaba tranquila en los porches,
se miraba a los ojos, o veía las puestas de sol,
las nubes tormentosas acercándose,
que a veces abría libros y leía
letras antiguas. Hojeo las recetas médicas
preparadas, firmadas, para tirarlas
a la basura. El día se hace tan triste.
Es domingo. En la habitación contigua
oigo el ruido de los que vuelven de bailar.
Cierro la puerta con llave y bajo las persianas.

 

 

 

 

¿LO OYES, DAVE? HAY RUIDOS FUERA. TAL VEZ
un ladrón. O la explosión de una bomba. Venga,
despierta, Dave, tal vez haya estallado otra guerra
y tengamos que volver al sótano. Tú no sabes de eso.
Las horas, los días que pasaremos en la oscuridad.
O será sólo un incendio. O un vecino que se ha caído
de la cama. Todo es posible. Pero tú sigues durmiendo sin
decir nada. Despierta, Dave, para que no esté solo cuando
se termine el mundo. Tú, Dave, eres una masa de carne
que se ha acostado con todos. Nada te afecta. Ni siquiera
te enterarás cuando te mueras ni cuando tu carne empiece
a oler. Me despertará tu hedor en el sótano, y tendré
que echarte fuera como cebo para los perros salvajes.
Y todos los bares nocturnos se liberarán de ti, Dave,
¿no dices nada? ¿Me oyes? ¿Me escuchas alguna vez?
Vuelven los ruidos. No creo que sea una guerra.
Tal vez así se derrumba nuestro mundo, a pedazos, en
medio de la noche, cuando la gente honrada duerme,
como tú, Dave, mientras yo escucho los ruidos
y tengo miedo.

 

 

 

Mozetič, Brane. Banalidades (Trad. Marjeta Drobnič). Madrid; Ed. Visor, 2013.

 

  1. febrero 18, 2018 a las 8:05 pm

    ¡Brutal y maravilloso! ¡Qué envidia sana siento al leerlo!

    • febrero 18, 2018 a las 9:43 pm

      Subiré algún poema más.
      Hazte con él en cuanto puedas, porque es una joya.

      • febrero 19, 2018 a las 12:30 am

        Lo intentaré, aunque en el Buenos Aires del emoerador Macri es complicado es complicado acceder a la cultura, más aún si es tan transgresiva. Pero de verdad que lo intentaré.

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