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UN SOPLO DE TODOS NOSOTROS BASTARÍA

 

xxAgasajando el cuerpo, con la durmiente tarea de olvidarlo casi todo, me dejo caer entre las sábanas mientras arde parte de una región de este país. Las secuencias que me llegan tratando de acomodarme al silencio interior son de una luminosidad destructora. Un feo hombre, que da órdenes sin saber cómo coordinar tanta desgracia, se fuma un cigarrillo mirando por el ventanal de su bien amueblada oficina. Ayer cenó parrillada de mariscos y sangría. Baja la mano para buscar algo en el cajón, unos papeles que le comprometen. Más allá unas familias salen corriendo mientras giran la cabeza como la mujer de Lot, temiendo que todo cuanto poseen lo arrasen las llamas. La naturaleza se ceba de nuevo donde la sal cayó hace tiempo, la que vertieron “ellos”. Comienzo a sentir una profunda tristeza por los pinos que no volverán a crecer, ni las orugas que se arrastraban sobre sus rasposos troncos. Miro de cerca las mariposas que ayer volaban y ya no están. Siento la brisa de un intenso revolar de pájaros a lo lejos. Los hombres que custodian la ciudad se precipitan para apagar las llamas, pero el incendio camina hacia nuestros corazones. Un soplo de todos nosotros bastaría para alejarlos, para que las llamas se inclinasen del otro lado y ardiesen del revés. (Ante el televisor)

 

 

 

García, Concha. Los antiguos domicilios. Sevilla; Ed. La Isla de Siltolá, 2015.

 

DE METÁFORAS Y DE POLÍTICOS

 

No son los poetas quienes hacen la historia, sino la capacidad poética colectiva, escribe Emanuel Lizcano. Para que una metáfora nueva, o una constelación de metáforas, exprese o impulse un cambio en el imaginario son necesarias al menos tres condiciones: la primera es que la metáfora sea imaginable o verosímil; en segundo lugar, hace falta también que la metáfora viva, una vez concebida, encuentre un caldo de cultivo adecuado para crecer y consolidarse en un medio social, integrado al menos por algunos grupos para los que la nueva percepción tenga sentido y valga la pena; y por último, no es menos necesario que esa metáfora desbanque a otras que se le oponen y consiga ocupar su lugar, al menos en amplios espacios sociales. Así debe ser también la sucesión de los políticos. (En el autobús)

 

 

 

García, Concha. Los antiguos domicilios. Sevilla; Ed. La Isla de Siltolá, 2015.

 

LA SEGURIDAD DE LO OSCURO

 

Ya pasaron los días que empujaron otros días, con viento o sin él, se fueron deslizando por la falsa almohadilla del tiempo. Aquí, detenida, quieta, sin una sola ocurrencia que me distraiga del momento presente. Abro los ojos y en ese movimiento casi imperceptible escucho el ruido de un sinfín de niños saliendo del colegio. Las batas a rayas azules y blancas, un polvillo de calle sin asfaltar en el barrio donde todavía hay grandes explanadas. Con torpeza camino por el barrizal después de una lluvia intensa y tropiezo con una lata llena de carburo. Al contacto con el agua, se convierte en algo gaseoso; un humo grisáceo intenso durante unos minutos hace que otros niños se acerquen alrededor de la lata. Saltan y gritan. Me voy del grupo que se ha formado de una manera tan insólita. Camino hasta el confín del barrio; en realidad es una pequeña caminata desde donde no veo más que hombres saliendo de sus casas apresurados, con gabardinas blancas. Ninguno es calvo. El calendario marca el año 1951. La casa de juguetes no está donde creía, tardo demasiado en llegar. Arribo a un túnel abandonado; no entro. Llego a una casa de chocolate cuyas ventanas parecen de caramelo. Me acerco a la puerta, golpeo con el aldabón, se resquebraja un trozo de madera. Abre la bruja. Hay un caldero redondo sostenido por unas cuerdas de alambre enganchadas en una viga. El burbujeante líquido expele un olor desagradable. La bruja tiene un grano en la nariz y a una de sus manos le falta un dedo. Entra un enanito que me mira con calidez. Se oscurece la habitación y me meto debajo de la cama. La seguridad de lo oscuro, eso es lo que ahora recuerdo mientras paso de una habitación a otra esperando a los invitados. (En el dormitorio)

 

 

 

García, Concha. Los antiguos domicilios. Sevilla; Ed. La Isla de Siltolá, 2015.

 

LO

 

LO

La mujer
que me lo regala
el sol
que lo trae
en la red
que todo
lo retiene.

 

 

 

García, Concha. Los antiguos domicilios. Sevilla; Ed. La Isla de Siltolá, 2015.

 

JOSÉ LUIS PIQUERO

 

RESPUESTA DE LÁZARO

No merece la pena, no te empeñes.
Yo ya he cumplido e iba a disolverme, tan contento.
¿A qué viene esto ahora?
¿Otra vez los afectos y sudar por las noches y bregar
y la sed y el dinero? (Sobre todo el dinero).
No, gracias. Eso ya son cosas vuestras.

Se estaba bien aquí. Los gusanos no son muy exigentes.
Uno delega en ellos los detalles.
Por lo demás, me gusto. No es que huela muy bien
pero puedo estar solo. La gente es tan extraña…
Años llevo intentando comprenderla.
Aquí no hay amenazas, ni preguntas, ni se espera de ti
algo distinto a una quietud insólita.

¿Miedo a vivir? Lo mismo que vosotros,
pero sin aspavientos.

El mundo es más difícil: hacer lo mismo una y otra vez,
y encima Dios, que no te quita ojo,
diciendo “Has hecho daño” y “No te esfuerzas”.
Yo no hago daño a nadie. Podrido estoy más limpio
de lo que he estado nunca.

Conque puedes coger tu pequeño milagro y esfumarte.
Terrazas soleadas, inútiles banquetes.
Yo soy perfecto. Busca
a otro infeliz que aún se haga ilusiones.

 

 

 

 

EL DÍA LIBRE DEL DIABLO

Lo malo es que no tengo ningún hobby
ni sé hacer otra cosa que diabluras.
¿Cómo voy a llenar un día tan largo?

me pongo una sonrisa, manos en los bolsillos,
con el aire jovial
de alguien que saborea la manzana del mundo.
Pero enseguida se me van los ojos:
a ese tipo podría decirle algo al oído
o esperar a esa vieja en un portal
y apalearla.
Unos novios se besan; aquí lo tendría fácil:
soy bueno en lo que hago.

¿Pero qué estoy pensando? Hoy es mi día libre
y no estoy de servicio.
¡Vamos, a pasear, a no hacer nada!
La mañana es inmensa y el sol es un regalo.
Me detengo en un kiosko, leo los titulares.
Reconozco mi firma casi en cada noticia, y me sonrío
con legítimo orgullo de artesano.

¡Otra vez el trabajo! ¿En qué me he convertido, en un maldito
funcionario del mal?
¿Un dominguero con antecedentes?

Ah, no siempre fue así.
Hubo un tiempo en que el odio era la poesía
oscura de la tierra, su savia, su alimento.
Y yo amaba en el daño con el ardor fanático
de un solitario adolescente.
Me daba como un padre y estos eran mis hijos. No sabían
que es el amor quien mata.

Luego aprendes tus mañas y todo se limita
a un aburrido truco de aquelarre,
y la vida y la muerte son un juego de niños.

Ya sé quién soy ahora: el que ha olvidado
su secreto: el fervor.

Adiós al heroísmo y al poema.
Seré puntual mañana en la oficina
a administrar la muerte con fría diligencia de burócrata.
Infamias rutinarias, papeles por firmar.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxMerecería
en vez de altares una paga extra.

 

 

 

 

POST MORTEM

Te amaré una vez muerta, quieta como una cama,
tu aliento detenido. Te habrás quedado atónita,
y yo te diré cosas y todo lo que diga será justo
lo que quieres oír.

Dará tu rigor mortis fe de tu consistencia —yo no quiero fantasmas—
y, como un bebé grande, te dejarás hacer.
Un amor que no exige y que no obliga:
no lo habrás conocido más puro y generoso.

Duerme, duerme, no temas, mi pequeño cadáver,
mi trocito de muerte con los ojos abiertos,
mientras te doy el goce
de aquellos que ya lo han perdido todo.

Y que la vida quite sus pezuñas
de nuestro amor.

 

 

 

 

NOLI ME TANGERE

Los hombres que vinieron a arreglar la nevera.
Tan fuertes, y sabían dónde estaba el enchufe.
Sólo hablaban lo justo: frases que no se aprenden en la universidad.
Se le había parado el corazón.
Sus ojos escrutaban, comprendían
su corazón de máquina. Y hacían malabares con las manos.

Qué precisión. Uno nunca sabría ser tan fuerte y tan claro ni decir cosa alguna de interés.
Me odiarían. Son demasiados libros. Y demasiado pijo. Por todo el mundo hay gente
con algo que decir. Sólo yo estoy muy lejos, no sé dónde.
Y me muero de miedo ante la gente que hace cosas útiles.
Yo no hago nada útil.

Así que huyo a mi estudio, lleno de los poemas, los recuerdos
que me llevan matando desde los veinte años.
Me acuerdo de la chica, por ejemplo, que bailaba de noche ante una hoguera
y de nosotros mismos bañándonos desnudos.
Eones han pasado,
y ahora soy un extraño, un eremita.
Alguien está viviendo en mi lugar.

Y mientras tanto arreglan la nevera, y se marchan por fin,
porque tendrán que hacer otro milagro en alguna otra parte.
Y yo me quedo aquí con lo que soy,
como si todos esos libros
fueran a devolverme lo que fui,
una especie de magia.
No consigo fijar en la memoria
las caras y los cuerpos de los que nos bañábamos.
No me acuerdo de nada y, sin embargo,
no poder olvidar algunas cosas, eso es mucho peor.

No me retengas.
Hay algo que me espera en algún sitio, pero aún no sé qué es.
Y no son los poemas, y no es mi juventud.
Es algo útil.

Como poner en marcha
un corazón parado dentro de un cuerpo frío.

 

 

 

 

NOLUGAR

¿Quién anda ahí? ¿Es Dios?
¿O Supermán?
Algún extraño, en cualquier caso; nadie
viene ya por aquí. ¡Sal a la luz!

Ah, no, me he confundido: le conocemos bien,
aunque no sé si es hombre o es animal doméstico
o práctico utensilio, o mejor una idea que ya se nos había ocurrido antes,
un sueño tumultuoso.
Pero, en fin, aquí está, y es como de la casa.

Bienvenido, llevábamos un tiempo sin visitas,
hoscos, ensimismados, sin hablar,
no viviendo los días: aventándolos lejos
como arrugadas bolas de papel.
Ya no suceden cosas y es mejor que así sea,
conque no te hagas muchas ilusiones
de venir a hacer cambios. ¿Para qué?

Todo empezó hace tanto tiempo que ni me acuerdo.
No empezó con tormentas ni cielos ominosos; nada de numeritos.

En realidad no sé cómo empezó. Ni sé lo que empezó. Nadie lo sabe.
Pasemos ese punto.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxPoco a poco
fuimos acostumbrándonos, ¿quién va a morirse de eso?
Hay momentos mejores y momentos peores; relevante ninguno.
Con un poco de suerte, sólo se trata de irse consumiendo.

Por lo demás, no hay que explicarlo todo:
se arruina el chiste y tú
no eres ningún extraño para que nos pongamos a aburrirte con líos
que conoces de sobra.

Mejor cuenta tú algo. ¿Ya te vas?

Se me olvidó decírtelo: te quedas.

No montes un escándalo. Eso, arrímate ahí.
Y empieza a no hacer nada.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxEn el fondo esto es justo
lo que toda tu vida sabías que iba a pasar.

Yo me vuelvo a mi puesto.

¿Quién anda ahí? ¿Es Dios…?

 

 

 

 

EL INMORTAL

No seré de la muerte.
Su pestilencia
no rozará mi piel, que ha conocido manos temblorosas.
No iré si no es a rastras, maldiciendo; no cerraré los ojos.

Combatiré a los dioses. Yo soy más.
En su reino de mudas prohibiciones
fundaré una república de los felices
con un precepto único: vivir,
y mi lema: Non serviam.

Poco a poco
olvidaré quién soy.
Esa música lenta la he escuchado en un sueño.
No conozco las caras pero lo he conseguido.
Puede que esté borracho
del único elixir que nunca sacia.

Y ahora se abre la puerta.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx¿Quién es Esa?

 

 

 

Piquero, José Luis. Tienes que irte. Sevilla; Ed. La Isla de Siltolá, 2017.

 

TIENES QUE IRTE

 

DINERO

Lo tuve.
Y la llave del cofre del tesoro, toda de plástico,
leal como un amor adolescente,
con su leve chasquido de sexo maquinista.
Oh, cajeros, banquetes
del siglo XXI, que no sacian,
y la hermosura de las Matemáticas.
Entonces no le hacía mucho caso.
Era tan mío como mi nariz
o mi mano derecha.
El dinero no es sucio. ¿Acaso tu mascota o tu bebé son sucios?
¡Y hacía cosas, cosas!
Prodigios cotidianos: un mago de bolsillo.
Y su música enérgica, contante,
era la melodía de un mundo hermoso y lógico.

Ya no lo tengo.
A veces noto el hueco como una amputación de lo mejor de mí.
Y es curioso haber sido tan propicio
y ya no serlo. El nombre de su ausencia
es Intemperie.

Ahora sé lo que era
el dinero: un yo perfeccionado.
Y otra cosa: un espejo en el que se miraban los demás
y era a mí a quien miraban, conmovido
de aprobación, ligero de aflicciones.
Y el mundo proseguía,
como las cosas llenas, como lo que rebosa,
mientras yo abría puertas e iba alegremente a todas partes
cantando: cuánto, cuánto, no hay problema…

 

 

 

LA VISITA

Hola, amor, humo tóxico, ¿qué haces?
¿Tu ennegrecido corazón prospera?
Se diría que no ha pasado el tiempo.

Yo, ovillada en mi concha, primavera en reposo.
En cierto modo es un retiro: ya
he florecido más que suficiente.
Y todo sin tu ayuda.

Soy un descubrimiento, soy de luz.
El pasado, hice así con los dedos y fuera.
Resultó que tu magia no era tan poderosa.

Sé que he venido a perturbar tu mundo.
¿Habías alcanzado una especie de acuerdo
con nuestra historia? Claro.
Eso se te da bien, pero, querido,
desde aquí se te ve tan diminuto…

En fin, sólo quería asegurarme
de que no olvidas.
Sí, yo soy ese asombro de tus días peores,
la cicatriz,
el ardiente veneno.
Mira qué a gusto estoy. Voy a quedarme un rato.

Dame un beso en la boca
esta noche en la que tú ni yo
conseguimos dormir.

 

 

 

 

DESPEDIDA DEL FANTASMA

Por fin lo he comprendido: mi presencia te alivia.
Ya no me verás más.

No arrastraré cadenas ni habrá una mano helada
que acaricie tu sueño en mitad de la noche.
No más voces: las voces acompañan.
En vano buscarás por los pasillos
el consuelo fugaz de mi esqueleto.

Quería atormentarte, es mi trabajo,
y el tuyo no olvidar; mas los mortales
tenéis la manga ancha: aprendéis enseguida
a vivir con la culpa, y su olor a veneno infectando la casa.
La soledad, en cambio, con esa no podéis.

¿Era la redención lo que andabas buscando? Muchas veces
leí sobre tu hombro, no lo niego,
y me vi en tus poemas. Pero de eso tampoco quiero hablar.
No la obtendrás de mí.

Así que aquí te quedas, yo me voy con la música a otra parte.
Te dejo un regalito: tus recuerdos.

Piensa en las tardes frías como largos tentáculos, y en el rencor inútil,
los monstruos de juguete y tus ojos cubiertos de negra sangre seca.
Tú sabrás lo que has hecho, tú sabrás.

Adiós, cabrón. Disponte a ser el único
fantasma de tu casa.

 

 

 

 

LA CONVERSACIÓN

Teme a la oscuridad, dijo la oscuridad.
Tu flanco vulnerable ya eres entero tú.

Este mundo sin formas está lleno de formas,
dije. Muy acertado.
Apuesto a que ya intuyes unas cuantas
y todas son del tipo
de las que no te dejan escapar.

¿Monstruos?, dije yo. No, nada de monstruos.
Soy muy real, puedes tocarme, ¿notas
cómo te abrazo?

Sólo eres aire negro, respondí. Te equivocas.
Mi opacidad contiene el mundo entero.
Incluso tú
eres algo hijo mío.

Ahhora me acuerdo, dije. Hace ya tantos años.
Eras tú quien cantaba esa canción.
Ya lo has averiguado, dijo. Bésame.

Quiero irme de aquí. Márchate cuando quieras.
Tampoco irás muy lejos.

 

 

 

Piquero, José Luis. Tienes que irte. Sevilla; Ed. La Isla de Siltolá, 2017.

 

LOS ANTIGUOS DOMICILIOS

 

xxSentimos el presente por melancolía de un pasado que en su esencia no era tampoco tiempo feliz. Este presente que se colma al proyectarlo de nuevo en el objeto que miro y me devuelve la analogía del ayer. (En la pescadería)

 

 

 

 

xx“Tomen el pensamiento más simple —decía Henri Bergson— supónganlo constante, absorban en él la personalidad entera. La conciencia que acompañará dicho sentimiento no podrá permanecer idéntica a sí misma durante dos momentos consecutivos, puesto que el momento siguiente contiene siempre, además del precedente, el recuerdo que éste le ha dejado.”

 

xxUna conciencia que tuviera dos momentos idénticos sería una conciencia sin memoria. Borges escribió Funes el memorioso bajo los efectos de su insomnio y dolor de muelas nocturno. Cada figuración literaria nace generalmente de un dolor o de un aburrimiento. La poesía no nace siempre del dolor ni de momentos baldíos; no existen esos momentos, son solo figuraciones. La poesía es precisamente ese tiempo que habiéndose ido siempre permanece en constante presencia. No es un recuerdo, ni la memoria evocadora. Tampoco se trata de algo que se aprendió y no se olvida. Como si una cortina se abriese de pronto y mostrase algo de lo real, no de la realidad. Hay escrituras poéticas que se trazan a través de la herida. Escribir desde la herida es lo que han hecho poetas como Ana Cristina César, Silvia Plath, Anne Sexton, Cesare Pavese o Delmira Agustini. (Ante un café)

 

 

 

 

xxPuede que retomemos viejos conceptos que tengan en cuenta, sobre todo, lo colectivo. Un retorno al humanismo y a la solidaridad más allá de las estrechas paredes familiares. Situarse ante la invasión de lo que se llama globalización que entra por todas partes, desde el cierre de bares regentados por gente sencilla y reabierto bajo el dominio de familias chinas en casi todas las ciudades españolas, a comercios que llevaban más de cien años en el mismo lugar y por no poder afrontar el alquiler deben cerrar; hasta la compra compulsiva en telefonía de sofisticados aparatos que en manos de cualquiera pueden llegar a ser nefastos. La división cada vez será mayor. Intensidades de conciencia.
xxA menos cultura, menor capacidad de elección, por lo tanto, todo cuanto sirvan en los medios servirá también para dotar a la gente de menos tiempo para ellos mismos, pues su tiempo está constantemente ocupado en las redes de una sofisticada trama que cada vez inventa las maneras de llegar más fáciles, menos complejas. Intuitivo, le llaman a un sistema de búsqueda en Internet. Un niño de dos años tiene más intuición que alguien de setenta en ese territorio. Mientras la brecha se dibuje así, casi todos estaremos en medio de la fractura. La fractura se extiende en varias direcciones. Ya no estamos encerrados en territorios con fronteras; la tierra entera es el territorio. (En la oficina)

 

 

 

 

xxUna bella imagen: colibríes en los respaldos de las sillas. Estoy echada en el sofá. Veo una uve de pájaros que pasan como una ráfaga. Me acabo de despertar de un sueño donde yo no estaba presente. Dicen que no se puede dar lo que no se tiene a quien no es. Por ende, ¿se puede dar lo que se tiene a quien es? (En el sofá)

 

 

 

 

xxEl peor dolor: que no quede espacio alguno. Todo lleno, rebosante de la mierda del yo.

 

 

 

 

xxEl amor entre mujeres no es un tema que me interese especialmente, porque me parece exactamente igual que el amor entre dos personas de cualquier sexo. Se ha castigado y prohibido durante demasiados años la relación entre dos mujeres que, para protegerse, debía estar a salvo de las miradas de los demás; por lo que, acostumbradas a esconderse, los gestos de ambas se encogían transformándose en nuevos códigos que no podían interpretar quienes no estuvieran dentro del mismo campo de signos. Muchas jóvenes no tienen ni idea de lo que padecieron mujeres que podrían ser sus abuelas. Actúan con mayor libertad y no les importa no contar con imágenes especulares ni en la calle, ni en los medios de comunicación, ni en la moda, ni en las revistas del corazón. El escondite es todavía un lugar donde habitar. Me interesa más el proceso de conocimiento que se acentúa cuando se ama a través de un cuerpo. La identidad que quiere el yo no está relacionada con el cuerpo del otro; el cuerpo es capaz de proporcionar placer. La diferencia consiste en olvidarte del yo estando con otra. La otredad no es lo femenino, es una huella que no se contrapone a lo masculino.

 

 

 

 

xxEn el bar de mujeres suele haber menos ruido producido por las conversaciones que en un bar común. Entras y te miran; es una mirada que dura un instante. Miran con curiosidad, pareciendo preguntarse: ¿quién es?, ¿qué hace aquí?, ¿me gusta? Existe cierto rubor, sobre todo entre las mujeres de más edad, en la mirada. En la mirada se pone el cuerpo también, pero hay algo apenas perceptible, una cruda sensación de intemperie. (En el bar)

 

 

 

 

xxLa pareja tradicional hombre/mujer solo tiene en común una serie de intereses y descendencia, una vez ha pasado el tiempo de la pasión. Dice la educación judeo-cristiana que el varón necesita follar más veces; la mujer quiere una pareja que le otorgue seguridad; el varón casi nunca habla de sí mismo, rodea el asunto envolviéndolo de política, fútbol, negocios, recuerdos infantiles… La mujer quiere saber más del otro, es cotilla y curiosa, le importa ser mirada y gustar. En la cama no se avienen siempre, cada uno quiere una cosa y sin embargo ese es el modelo que hasta ahora ha sostenido lo que llamamos sociedad. Es mucho más enigmático en el Islam. Recuerdo que cuando pregunté, en un festival de poesía en Ashilá, a una poeta marroquí, ésta me sugirió que de ese tema mejor no hablásemos y me quedé con el silencio como respuesta.

 

 

 

 

xxHace sol y nos refugiamos bajo un toldo. Pasan las poetas ante el micrófono. Casi todas dicen algo parecido sobre el amor. El amor como una promesa, como algo que es en sí mismo, como un presagio, como un mazazo de dolor, como un anhelo. Ellos, los poetas, son más narrativos, te cuentan la historia de un poeta de una generación anterior y le dedican el poema, no se preocupan tanto del amor. Me maravillo pensando en la fuerza de nuestra mente para seguir creando complejos estados de ánimo mediante palabras que apenas alcanzan a expresarlo. (En una lectura poética)

 

 

 

 

xxPasaron siglos en veinte años. Jóvenes poetas se preocupan de su atuendo, de su pelo, de su boca, son como actrices que no han encontrado su escenario y la escena no logra seducir. Han asimilado lecturas de filósofos, de mujeres famosas a principios del siglo XX por su apuesta vital. Rescatan del olvido voces de heroínas codificadas en el envoltorio consumista. Pasan de un relato a otro como si ya lo hubiesen visto todo. No hay el menor gesto de inseguridad, un atisbo de duda, un mínimo titubeo. ¿Qué será de ellas dentro de dos décadas; habrá pasado otro siglo también? (En otra lectura poética)

 

 

 

 

xxLa poesía escrita por jóvenes siempre se ha dejado influir por las modas. Tengo la sensación de que el tiempo se quedó más detenido en la poesía que en la música o en la pintura. Siento un gran estupor cuando leo poemas que se escriben con la misma horma barroca o neoclásica, como si el castellano no hubiese evolucionado. He llegado a escuchar a algún poeta joven, al hablar de poesía latinoamericana, decir orgulloso: “Al fin y al cabo nosotros llevamos el castellano a América.” No se puede ser más españocéntrico. Olvidan que la evolución de la lengua dio vida al argentino, uruguayo o colombiano utilizando palabras como placard, friser, nona, azúcar impalpable, de raíces italianas y francesas; o chancho y chacra, que vienen del guaraní y del mapuche incorporándolas al mismo idioma. El castellano de Lezama Lima, con tantas apretaduras y claros, es un ejemplo de respiración en la densidad, así como el de Leónidas Lamborghini, que inventó una lengua para expresar su deseo. ¿Y el aura de las palabras de Juan L. Ortiz? O los breves y certeros aforismos de Antonio Porchia:
xxEl hombre habla de todo y habla de todo como si el conocimiento de todo estuviese todo en él.” (En el bar)

 

 

 

 

xxCuando todo está hecho, las mañanas son tristes, escribió Antonio Porchia. El joven quiere triunfar pronto, y es natural, forma parte de la fuerza de la juventud, pero se equivoca cuando se mira en el espejo, dejándose acompañar solamente por quienes piensa que no le hacen sombra, coetáneos que en el fondo desprecia. Y se sirve de ellos para que expresen epigonalmente la línea poética que dice haber inventado. La experiencia nos dice repetidas veces que la gloria es efímera y en su búsqueda se afilan verdaderos puñales. No es lo mismo ser un ególatra gracioso que un solitario impostado. Los jurados de los premios de poesía se repiten y repiten hasta la saciedad. Hay gente de 30 años que tiene un currículum de catedrático. Siempre fue así, por eso no hay temor a que la poesía desparezca. (En una lectura poética)

 

 

 

 

xxTe atraviesa como un fantasma. Es, de cierta manera, un virus que aparece en el momento más inesperado porque está latente. El virus no tiene efectos letales, pero es molesto. L. me decía, mientras tomábamos un té, que lo importante es conocer la razón por la que a mí me afecta, e indagar en la vulnerabilidad que me provoca esa persona. No hay día en que no me encuentre con rastros de ella. No sé si lo que más me fastidia es que durante mucho tiempo llegué a creer que era “la mejor”, pero las creencias no las tienes tú, son ellas las que se apoderan de una. Quizás sea mejor decir que estaba convencida de sus cualidades. ¿O cantidades?

 

xxNo, en realidad no es el cuerpo, es la palabra. Nombrar también se acaba, decía Paul Celan. Te nombro con mi destino. Se suicidó transido de dolor. (En la oficina)

 

 

 

 

xxLa imagen de la naturaleza como un circuito equilibrado no es más que una proyección retroactiva de los seres humanos. Ésa es la lección de las recientes teorías del caos: la naturaleza es ya, en sí misma, turbulenta, desequilibrada; su regla no es una oscilación estable en torno a algún punto de atracción constante, sino una dispersión caótica dentro de los límites de lo que la teoría del caos denomina el “atractor extraño”, una regularidad que dirige el caos. Deleuze y Guattari conocían bien la “naturaleza humana” y se adelantaron dejando en sus escritos, con una gran complejidad, muchos acontecimientos políticos que retornan cíclicamente. Del caos nacen los medios y los ritmos, el caos no es lo contrario del ritmo, es el medio de todos los medios, sin caos no hay ritmo. Todo está estrechamente imbricado: el tejido adiposo de la musculatura y la intangible conciencia, el deseo que pusiste en un cuerpo y la manera de cruzar la calle. No habría fisuras sin caos. Es en ellas donde se produce casi todo acontecimiento. Este capitalismo que nos tritura como una máquina hace que todo tienda al caos, a la disolución; por lo tanto más ritmo, más movimiento, ir a la velocidad del caos, sumergirse en su intensidad, darle la vuelta al azar, todo es posible si lo nombras. (Leyendo)

 

 

 

 

xxLos gatos, ¿son el mismo gato? (En el semáforo)

 

 

 

García, Concha. Los antiguos domicilios. Sevilla; Ed. La Isla de Siltolá, 2015.

 

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