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SIN MIEDO NI ESPERANZA

 

GILGAMÉS Y LA MUERTE

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxa Fernando Lanzas

Temí a la muerte más de lo que nadie
la haya temido nunca, y fui al extremo
del mundo en busca de la medicina
que me hiciese inmortal. Y fracasé
porque así estaba escrito.
Pero cuando volví, ya no temía
a la muerte, y cuando alguien ya no teme
a la muerte, ésta deja de existir
para él.
xxxxxxxxDe manera que no temas,
compañero, a la muerte. Te lo dice
el que perdió la planta de la vida
por bañarse en el río,
el amigo de Enkidu,
Gilgamés.

 

 

 

 

EL ROCE DE SU MANO

El roce de su mano, iun leve y casi imperceptible contacto de
su imano iderecha con el imuslo iizquierdo ide iella, estuvo a
punto de desencadenar iun iconflicto ique ihundía sus raíces
en ila iguerra ide iTroya y se proyectaba, como la seta de una
bomba de hidrógeno, hacia las expectantes estrellas. Pero no
pasó nada. iLa imano ibelicosa iencendió un cigarrillo. Y el ol-
vido siguió reinando.

 

 

 

 

ABRE TODAS LAS PUERTAS

Abre todas las puertas: la que conduce al oro,
la que lleva al poder, la que esconde el misterio
del amor, la que oculta el secreto insondable
de la felicidad, la que te da la vida
para siempre en el gozo de una visión sublime.
Abre todas las puertas sin mostrarte curioso
ni prestar importancia a las manchas de sangre
que salpican los muros de las habitaciones
prohibidas, ni a las joyas que revisten los techos,
ni a los labios que buscan los tuyos en la sombra,
ni a la palabra santa que acecha en los umbrales.
Desesperadamente, civilizadamente,
conteniendo la risa, secándote las lágrimas,
en el borde del mundo, al final del camino,
oyendo cómo silban las balas enemigas
alrededor y cómo cantan los ruiseñores,
no lo dudes, hermano: abre todas las puertas.
Aunque nada haya dentro.

 

 

 

 

BÉBETELA

Dile cosas bonitas a tu novia:
«Tienes un cuerpo de reloj de arena
y un alma de película de Hawks.»
Díselo muy bajito, con tus labios
pegados a su oreja, sin que nadie
pueda escuchar lo que le estás diciendo
(a saber, que sus piernas son cohetes
dirigidos al centro de la Tierra,
o que sus senos son la madriguera
de un cangrejo de mar, o que su espalda
es plata viva). Y cuando se lo crea
y comience a licuarse entre tus brazos,
no dudes ni un segundo:
bébetela.

 

 

 

 

OTELO, MOSCA Y GLORIA

Había una vez dos gatos persas que se llamaban
Otelo, como el moro que estranguló a Desdémona,
y Mosca, igual que el pícaro criado de Volpone.
Los dos eran de un negro subido, como bolas
de azabache o así, y tenían los ojos
azules, de un azul eléctrico y celeste
que no era de este mundo. ¡Qué fácil parecía
para Mosca y Otelo la difícil tarea
de estar vivos! Ni un músculo se les movía cuando
se quedaban dormidos, y no se adivinaba
en su sueño el más leve recelo, la más mínima
inquietud, la menor angustia. Era felices
porque estaban al cabo de la calle, de vuelta
de todo lo que puede amargarles la vida
a dos gatos como ellos.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxLo que más les gustaba
a nuestros dos minúsculos tigres era posarse
en el tibio regazo de su dueña, una niña
que se llamaba Gloria y que emanaba gloria
por los cuatro costados. De manera que Otelo
y Mosca se pasaban la vida ronroneando
por ella y para ella, como dos zascandiles
partidarios del dolce far niente.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxLa muchacha
se dejaba querer y soñaba que Mosca
y Otelo, más que gatos, eran dos caballeros
a los que alguna Circe había reducido
al estado felino, porque Gloria leía
sin parar esos cuentos fantásticos en los que
todo puede ocurrir, y era muy natural
para ella que hubiese gatitos disfrazados
de héroes, como podía haber leones parlantes,
dragones voladores, sirenas o vampiros.
A sus casi once años, Gloria estaba segura
de que aquellos dos gatos eran sus paladines
y de que, si no había más remedio, darían
la vida por su dama (que, por cierto, era ella).
¡Qué estupendo triángulo amoroso formaban
Gloria, Mosca y Otelo: ellos ronroneándole
a su niña adorada, ella loca por ellos!

Pero el tiempo pasó, que es lo que siempre pasa,
y Gloria fue perdiendo su condición de niña
gloriosa y convirtiéndose en una damisela
curvilínea, pragmática y adicta al maquillaje.
En cuanto a Otelo y Mosca, fueron envejeciendo
poco a poco, sin prisa, pero también sin pausa,
y en sus ojos azules ya no había aquel brillo
que no era de este mundo, y turbaban sus sueños
terribles pesadillas, y ya no eran las bolas
de luciente azabache que fueran el orgullo
de su dueña y la envidia de todas sus amigas
cuando los dinosaurios habitaban la tierra.
El día en que murieron,
Gloria no estaba en casa.

 

 

 

 

LA NOCHE MADRILEÑA

Recuerdos de la noche madrileña, en agosto,
cuando todos se habían ido de veraneo,
y no había mensajes en el contestador,
y no llegaban cartas de nadie (ni siquiera
sueltos de propaganda), y el calor invadía
tu casa como un brote de cáncer incurable
(no habías puesto aún aire acondicionado),
y ella estaba con otro en el sur o en el norte
(nunca supiste dónde), y de repente echabas
a andar, sin rumbo fijo, por las calles desiertas
con ganas de morirte, pensando que la vida
era un cuento de Kafka o de Edgar Allan Poe
(por lo menos), y entonces, sin que supieras cómo,
más allá de las tiendas cerradas y los bares,
veías un espectro de luz que se acercaba
y, una vez junto a ti, te decía: «Muchacho,
soy tu ángel de la guarda. Dios dice que te diga
que te envidia: tú solo, y en Madrid, y en agosto,
sin novia y sin amigos, con calor y sin cartas,
¿no deberías dar gracias al Rey de Reyes
por tanta dicha junta?», y desaparecía,
y a la noche siguiente volvía a aparecer,
diciéndote lo mismo, y tú estabas a punto
de morirte de risa, y una vez más la noche
madrileña lograba liberar tu cerebro
de ansiedades estúpidas.

 

 

 

 

SÓLO EL SILENCIO SALVA

Sólo el silencio salva, compañero.
Sólo el silencio salva. Si has tenido
una noche gloriosa en que Afrodita
te ha sonreído y Baco te ha llenado
la copa sin cesar, piensa que luego,
cuando la oscuridad se desvanezca,
tus amigos se marchen a sus casas
y empiece a amanecer, sólo el silencio
va a salvarte, muchacho. Tenlo en cuenta.

 

 

 

 

PELIRROJA FANTÁSTICA

Ni un temblor, ni una arruga en el vestido,
ni una ojera de más: la pelirroja
del poema presenta el formidable
aspecto de quien ha dormido al menos
diez horas, y lo cierto es que ha pasado
toda la noche en vela y no se tiene
en pie. Pero resiste, porque sabe
que es una de las chicas que iluminan
la oscura galería de mis sueños.

 

 

 

 

EL ENEMIGO OCULTO

Cómo quisieras despertar del sueño
que te sepulta en la desesperanza.
Buscas culpables en el territorio
desolado y sombrío de tu alcoba,
y golpeas la nada. Al fin y al cabo,
qué otra cosa es la vida sino dar
palos en el vacío, herir el polvo,
apuñalar el aire y dejar suelto
al enemigo oculto que nos ronda.

 

 

 

 

IMÁGENES

Imágenes, imágenes, imágenes.
Idílicas, obscenas, horrorosas.
Más veloces que el viento, más heroicas
que una canción de gesta, más estúpidas
que el dolor, la piedad y la traición,
más lentas que la espina que atraviesa
el corazón del pájaro, más locas
que el amor, más sutiles que el deseo.
Conmigo vais y moriréis conmigo.

 

 

 

de Cuenca, Luis Alberto. Los mundos y los días. Poesía 1970-2002. Madrid; Ed. Visor, 2007.

 

POR FUERTES Y FRONTERAS

 

VERANO DE 1994

Les Indes galantes, de Rameau.
Le Bossu, de Féval.
Un jorobado de verdad guiando a un perro ciego por la calle.
Joker correteando por el césped.
Los cuentos de Guillermo Hauff.
Blagdaross, un caballo de madera que no conoce el miedo.
Tú venga a hacerte largos en la piscina.
Las novelas de Goodis, Jim Thompson y Don Tracy.
Cosas que justifican un verano
especialmente duro,
segundo centenario de la muerte
de mi querido Robespierre.

 

 

 

 

HAMMURABI

Las chicas como tú se ríen en las barbas
del mismísimo Hammurabi.

«Ojo por ojo
y diente por diente»
(lo hizo escribir en Babilonia,
hace cuatro mil años).

Las chicas como tú responden
al amor con desdén
y al desdén con amor.
Por fastidiar a Hammurabi.

 

 

 

 

CUANDO PIENSO EN LOS VIEJOS AMIGOS

Cuando pienso en los viejos amigos que se han ido
de mi vida, pactando con terribles mujeres
que alimentan su miedo y los cubren de hijos
para tenerlos cerca, controlados e inermes.

Cuando pienso en los viejos amigos que se fueron
al país de la muerte, sin billete de vuelta,
sólo porque buscaron el placer en los cuerpos
y el olvido en las drogas que alivian la tristeza.

Cuando pienso en los viejos amigos que, en el fondo
del mar de la memoria, me ofrecieron un día
la extraña sensación de no sentirme solo
y la complicidad de una franca sonrisa…

 

 

 

 

TU MUSA

Convéncete primero de que le caes simpático,
de que lo pasa bien cuando sale contigo.
Llévala a casa luego, sírvele un par de copas
y, en un momento dado, mordisquéale el cuello.
Unas veces querrá pasar al dormitorio,
otras alegará una indisposición
y otras contará su vida por entregas.
Muéstrale en cada caso la dosis de cariño
que te pidan sus ojos. Sé generoso siempre.
Trata de conservarla como sea a tu lado.
Sin ella, sin tu musa, no eres nadie, poeta.

 

 

 

 

VOCES

Por qué todas las caras que amé, todos los rostros
que oculté entre mis brazos o admiré entre las sábanas
se han convertido en máscaras que interrumpen mi sueño,
diciéndome con voces góticas y terribles:
«Somos nosotras. Ven. Las mismas que te amaron.
Ven a la nada. Ven a la basura.»

 

 

 

 

RECAÍDA

Cita en el paraíso las próximas seis horas
(quizá dé para ocho la dosis). Ponte guapa
y dime tonterías con los ojos nublados.
Yo serviré las copas. Tú elegirás la música.
Leeremos en voz alta (Cirlot, Pessoa, Borges)
y nos pondremos ciegos de amor y de futuro.
Luego vendrá la triste realidad a quitarnos
el velo de la dicha, y, cuando las primeras
luces del alba asomen, tú caerás en lo hondo
y yo te seguiré sin alas al abismo,
roto de culpa y de desasosiego.

 

 

 

 

LIGHT SLEEPER

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx(Paul Schrader)

Hacía ya dos años que no tomaba drogas.
Ahora, las repartía. Una noche de lluvia,
se encontró con su ex en la calle y le dijo:
«Aún te sigo queriendo.» Ella no le hizo caso
y siguió su camino, porque él le recordaba
los diez años de drogas que quería olvidar.
Volvieron a encontrarse, y el antiguo deseo
los condujo a la cama, e hicieron el amor
sin droga por primera vez, y estuvieron juntos,
amándose, hasta el alba. Luego, la chica dijo:
«No quiero verte más.» Y se fue. Y en la cama
quedó la huella tibia de su cuerpo, y la alcoba
se llenó de silencio, y él se vistió despacio,
como quien nada espera del mundo y de la vida,
y se fue a trabajar, a repartir las drogas
que ahora no consumía. Y en casa de un cliente
—un tipo nauseabundo, hijo de un abogado
riquísimo— la vio, ciega de cocaína,
y ella vio cómo él le entregaba la droga
—una bolsa con veinte gramos de nieve pura—
al sórdido cliente, y ambos sintieron cómo
el horror era el único sentimiento posible
entre los dos y para siempre.

 

 

 

 

LA CENICIENTA

La vida no es gran cosa, pero piensas
que es peor el olvido, de manera
que te muerdes los labios con los dientes
hasta que brota sangre y te pellizcas
lo más fuerte que puedes. Todo inútil.
El cloroformo invade tu cerebro
y comienza a sumirte en un nirvana
parecido a la muerte, mientras caes
de bruces ensuciando la moqueta.
Tu última visión antes del sueño
son unos zapatitos de cristal
pateándote los riñones.

 

 

 

 

COLLIGE, VIRGO, ROSAS

Niña, arranca las rosas, no esperes a mañana.
Córtalas a destajo, desaforadamente,
sin pararte a pensar sin son malas o buenas.
Que no quede ni una. Púlete los rosales
que encuentres a tu paso y deja las espinas
para tus compañeras de colegio. Disfruta
de la luz y del oro mientras puedas y rinde
tu belleza a ese dios rechoncho y melancólico
que va por los jardines instilando veneno.
Goza labios y lengua, machácate de gusto
con quien se deje y no permitas que el otoño
te pille con la piel reseca y sin un hombre
(por lo menos) comiéndote las hechuras del alma.
Y que la negra muerte te quite lo bailado.

 

 

 

 

IN ILLO TEMPORE

Tus padres se habían ido a no sé dónde
y la casa quedó para nosotros,
lo mismo que el convento abandonado
del poema de Jaime Gil de Biedma.
Con la música a tope, preparaste
una mezcla explosiva en una jarra
mientras yo te quitaba, dulcemente,
la ropa de cintura para arriba.
Llenaste las dos copas hasta el borde.
Bebimos. Nos entró la risa tonta,
y se nos puso un brillo en la mirada
que subrayaba nuestra juventud,
y nos besamos como en las películas,
y nos quisimos como en las canciones.

Cuando la realidad era el deseo
y nuestro reino no era de este mundo.

 

 

 

 

EL RESPLANDOR

La luz proyecta un resplandor perlado
sobre la pendiente de tus senos,
apenas contenidos en la escasa
pechera del vestido. Un resplandor
que viene de otro tiempo y de otro sitio
y que sigue brillando todavía.

 

 

 

 

EL ENCUENTRO

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA Juan Manuel de Prada

En Salamanca, el último noviembre,
te encontré por la calle, tan delgada
como entonces, pero con más arrugas.
Daba clases de no sé qué muy raro
(Textología, por ejemplo) y eras
muy feliz explicando a tus alumnos
lo divino y lo humano. Me dijiste
que tus hijos quedaron en Madrid,
con su padre, y que sólo los veías
—ya eran mayores— tres o cuatro veces
al año; que te habías doctorado
(¡por fin!) y que ahora sólo te faltaba
ser funcionaria para ver el mundo
desde el lugar que merecías.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxYo
te dije que bueno, que pasaba
por allí casualmente, que tenía
un amigo escritor en Salamanca
y que había venido a visitarlo.
Tú me dijiste: «¿Tienes mucha prisa
o podemos tomarnos algo juntos?»

Después de muchas copas, con el alba
siguiendo nuestra pista, te lo dije:
«Desde entonces no ha habido otra mujer.»
Y en mi interior bullía la mentira
al alimón con el deseo, y todo
—aquel horrible bar, tú y yo, la noche—
era tan esperpéntico y absurdo
que se parecía a la vida.

 

 

 

 

QUÉ COMPLACIENTE ESTABAS, AMOR MÍO,
xxxxxixxxxxxxEN LA PESADILLA

El problema no es tener que abandonarlo
todo a cambio de ti.
El problema es tener que abandonarte a ti
a cambio de un fantasma.
Son las cosas que ocurren cuando sueñas que vuelve
la mujer que no ha de volver.

 

 

 

 

THE DAY AFTER

Sin ti, sin ti, sin ti, con tu partida
devorándome el alma, las botellas
tiradas por el suelo y el tabaco
convirtiendo la alcoba en un infierno,
solo y sin afeitar, solo en la cama
que fue anoche tu reino, con las manos
vacías de tu cuerpo y con los ojos
heridos por la luz de tu recuerdo.

 

 

 

 

DE TANTO AMARTE Y TANTO NO QUERERTE

De tanto amarte y tanto no quererte
te has cansado de mí y de mis locuras
y le has prendido fuego a nuestra historia.
Tu ropa no perfuma ya la casa.
No queda una palabra de cariño
suspendida en el aire, ni una hebra
de azabache en la almohada. Sólo flores
secas entre las páginas del libro
de nuestro amor, y cálices de angustia,
y un delirio de sombras en la calle.

 

 

 

 

DEBAJO DE LA PIEL

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxa Juan Van-Halen

Dos millones de años después, tengo tan claro
que el viaje hacia el lenguaje y hacia la inteligencia
no precisaba alforjas, que me sacan de quicio
los que distinguen entre personas y animales,
como si hubiera alguna diferencia entre el hombre
y el resto de los seres vivientes del planeta
que no sea a favor de estos últimos. Pero,
al margen de este hecho incontestable, existe
algún hecho menor que justifica, acaso,
el dolor de ser hombre: debajo de la piel
de la especie hay un hueco para el temblor inútil
y hermoso que transmiten los poemas homéricos,
la Eneida de Virgilio, el teatro de Shakespeare,
las Sonatas de Valle o los cuentos de Borges,
por citar sólo cinco momentos memorables
de la literatura universal. No salvan
a nadie, ni nos quitan atávicas zozobras,
pero nos comunican un placer que mi perro,
con ser bastante menos desdichado, no siente.
Dos millones de años después, tan sólo eso
ha valido la pena.

 

 

 

 

LOS DRAMAS CONFUCIANOS

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxa la memoria de Manuel Ruiz Barrero

Los dramas confucianos, quién pudiera vivirlos.
Amores imposibles que al fin se solucionan
cuando él aprueba los exámenes civiles,
amistades heroicas, devociones fraternas,
la honradez de un ministro o la fidelidad
de una esposa…
xxxxxxxxxxxxxxxxQuién fuera motivo de esos dramas
y no de la comedia de traición y abandono,
despecho y soledad que es mi vida a estas horas.

 

 

 

 

NO SÉ QUÉ HACER CONTIGO

Te tengo dentro,
atada en la bodega más oscura del alma.
No sé qué hacer contigo.
Si bajo a darte de comer,
me escupes a la cara
y me dices que quiero envenenarte.
Y si paso de ti y no voy a verte,
tu llanto me destroza el corazón.
Nunca acierto.
Estoy triste.
No sé qué hacer contigo.

 

 

 

 

BRINDIS

Por los cuadros de William Bouguereau, nuestros hasta las lágrimas.
Por María de Zayas, que tejió sus relatos con las hebras del sueño.
Por la cena que Antonio de Eslava ofrece a Shakespeare
en las Noches de invierno.
Por Miguel de Unamuno.
Por Caspar David Friedrich, que vio a su hermano muerto
de espaldas en lo alto de un glaciar de los Alpes
y lo reprodujo en un lienzo.
Por las notas que a diario me dejabas
en los lugares más secretos.
Por el fuego que ardía en tus ojos miopes
cuando el mundo era fuego.
Por las brasas de nuestro amor.
¡Larga vida al fantasma del recuerdo!

 

 

 

de Cuenca, Luis Alberto. Los mundos y los días. Poesía 1970-2002. Madrid; Ed. Visor, 2007.

 

EL HACHA Y LA ROSA

 

BIENVENIDA

Bienvenida al palacio de la duda,
a la casa del miedo.
Cómo echaban de menos tus pisadas
las baldosas del barrio.

 

 

 

 

EL VERANO

Cenar en aquel tren con aquel tipo
que conoció a Buñuel, irse a la cama
con la conciencia limpia, seguir viaje
hasta llegar al oro de la playa,
donde tú eras la reina del verano.
Y volver hecho polvo a la barbarie
del otoño en Madrid, a los puñales
clavados por la espalda, a los exámenes,
a la pequeña muerte cotidiana.

 

 

 

 

TIEMPOS DIFÍCILES

Era todo tan triste y tan absurdo.
No vivías apenas. Te colgabas
de la pared de la melancolía
y veías pasar lentas las horas
que hacia nada conducen y hacia nunca.
Las mujeres te habían retirado
su protección, los dioses su asistencia
y la literatura su cobijo.
Fueron tiempos difíciles aquéllos.

 

 

 

 

EL IMBÉCIL

Era una criatura detestable
en el plano moral, un ser abyecto,
una abominación lovecraftiana.
No era tampoco guapa, ni atractiva,
ni graciosa, ni joven, ni simpática.
Era un montón perverso de la basura.
Pues fuiste tan imbécil que por ella
dejaste a la que amabas y vendiste
tu alma en los bazares de la noche.

 

 

 

 

EL OLVIDO

La olvidé. Por completo. Para siempre
(o eso creía entonces). Me cruzaba
con ella por la calle y no era ella
quien se paraba ante un escaparate
de ropa deportiva, no era ella
quien compraba el periódico en un quiosco
y se perdía entre la muchedumbre.
Como si hubiera muerto. No era ella.
Su nombre era el de todas las mujeres.

 

 

 

 

EL ESPEJISMO

Alguien me dijo que se había ido
fuera de la ciudad. Y volvía a verla
cuando no estaba ya. Volví a entregarme
al dolor de sentir su lejanía
y a la añoranza de sus movimientos.
Volvió a decirme en sueños que me amaba
y a protagonizar mis pesadillas.
Volví a verla desnuda entre mis brazos.
Volví a verme desnudo entre los suyos.

 

 

 

 

INSOMNIO

La vida dura demasiado poco.
No da tiempo a hacer nada. No hay manera
de reunir los suficientes días
para enterarte de algo. Te levantas,
abrazas a tu novia, desayunas,
trabajas, comes, duermes, vas al cine,
y ni siquiera tienes un momento
para leer a Séneca y creerte
que todo tiene arreglo en este mundo.
La vida es un instante. No me explico
por qué esta noche no se acaba nunca.

 

 

 

 

VOLVEREMOS A VERNOS

Volveremos a vernos donde siempre es de día
y los feos son guapos y eternamente jóvenes,
donde los poderosos no abusan de los débiles
y cuelgan de los árboles juguetes y tebeos.

En ese hogar de luz que no hiere los ojos
volveremos tú y yo a decirnos bobadas
cogidos de la mano, viendo morir las olas
sin agobios ni prisas, donde el sol no se pone.

Y viviré en tus labios el amor que la Tierra
sintiera por el Cielo cuando el mundo era un niño
y el tiempo dejará de salmodiar su lúgubre
canción de despedida mientras nos abrazamos.

 

 

 

 

EL FANTASMA

Se pasaba las noches de su muerte
arrastrando cadenas por el lóbrego
caserón que le fuera destinado.
Al despuntar el alba se dormía,
hecho un ovillo con su propia sábana.
Todos habían muerto ya: sus padres,
las mujeres que amó cuando era joven
y la que envejeció con él, los dioses
de su infancia, los viejos camaradas.
Qué habría sido de ellos. En qué mundo
asustarían a la gente. Cuándo
volvería a abrazarlos, aunque fuese
muerto, de noche y con aquella facha.

 

 

 

 

LA LLAMADA

La noche había sido muy larga y muy oscura.
Quería oír tu voz. Que tus dulces palabras
me trajeran un poco de calma. Que el cariño
que sentías por mí viajara por teléfono
hacia mi corazón maltrecho y derrotado.
Quería oír tu voz y oí la de tu amante.

 

 

 

 

TODOS FUIMOS PEQUEÑOS

Todo el mundo, tú y tú,
no importa que envenenes
pozos o que conviertas
gozo en melancolía
con tu siniestra magia;
todos, incluso tú
que sólo te diviertes
con el dolor ajeno,
tú que sonríes cuando
anuncian un desastre
o sueñas en la cama
repugnantes traiciones;
todos (tú también, monstruo
que surges de la sombra
y salpicas de sangre
las oscuras callejas)
fuisteis niños un día.
Piensa en tu infancia ahora.
En el llanto nocturno
que precedía al sueño,
en aquel desamparo
de enfrentarte a la muerte
siempre que te acostabas
al borde del abismo
que era tu cuarto entonces,
dominio del Diablo.
En las sórdidas aulas
del colegio, sembradas
de crueldad doméstica,
torpemente regidas
por mediocres psicópatas
expertos en maldades.
En el jardín ruidoso
donde el juego reinaba
con su ilusoria dicha,
con su mezcla infernal
de prestigio y espanto.
Todo el mundo vivió
aquel horror primero
que algunos inconscientes
se obstinan en seguir
llamando paraíso.

 

 

 

 

NAUSÍCAA

El mar de Homero ríe para ti,
que te acodas desnuda en la baranda
en busca de aire fresco, con la copa
de néctar en la mano, mientras vienen
y van los invitados por la fiesta
que has dado en el palacio de tu padre.
El aire puro inunda tus pulmones
y el néctar se te sube a la cabeza.
Llega entonces el hombre de tu vida
a la terraza. Es una hermosa mezcla
de fortaleza y de sabiduría.
Ulises es su nombre. Tú no ignoras
que pasará de largo. Ya soñaste
su desdén tantas veces… Pese a todo,
el brillo de tus ojos insinúa:
«No me canso de verte.» Y tus oídos
reclaman: «Háblame, dame palabras
para vivir.» Y con el sexo dices:
«Dueño mío, haz de mí lo que te plazca.»
Todo es entrega en ti, dulce Nausícaa.
Pero él está aburrido de la fiesta,
perdido en el recuerdo de su patria,
y no se fija en ti, ni en ese cuerpo
de diosa acribillado de mensajes
que nunca llegarán a su destino.

 

 

 

 

HELENA: PALINODIA

No, no es verdad, amor, aquella historia.
No llegó a seducirte aquel imbécil
de rizos perfumados. No te fuiste
precipitadamente de la fiesta
de nuestro aniversario, con los ojos
clavados en el bulto que emergía
de entre sus piernas, y con las narices
saturadas de droga. No embarcaste
en su yate de lujo con lo puesto
—que casi no era nada—, mientras yo
te buscaba en la calle como un loco,
creyendo que te había pasado algo.
No desapareciste de mi vida
como una exhalación y para siempre.
No puede ser verdad aquella historia.

 

 

 

 

EL LIBRO DE MONELLE

Se llama Marcel Schwob. Tiene veintitrés años.
Su vida ha sido plana hasta el día de hoy.
Pero el relieve acecha en forma de una puta
a la que lo conduce, una noche, el azar.

Se llama Louise. Es frágil, menuda y enfermiza,
silenciosa y abyecta. Casi no se la ve.
Sólo hay terror y angustia en los inmensos ojos
que le invaden la cara, dignos de Lillian Gish.

En sus brazos Marcel olvida que mañana
citó en la biblioteca a su amigo Villon.
Se olvida hasta de Stevenson, su escritor faavorito,
de Shakespeare, de Moll Flanders y del Bien y del Mal.

Qué tres soberbios años de amor irresistible
aguardan al judío en la paz del burdel.
El cielo de París aún retiene sus vanas
promesas y las tiernas caricias de Louise.

Pero lo bueno acaba. Ella muere de tisis
y Marcel languidece, privado de su sol.
«No queda más remedio que volver a los libros»,
se dice, y da a las prensas El libro de Monelle.

 

 

 

 

SOBRE UN POEMA DE ROBERT ERVIN HOWARD

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA Javier Martín Lalanda

Mohosa está la lira de Homero en estos tiempos.
Las hojas amarillas se disputan el mundo,
y los desnudos árboles, inermes ante el viento,
se yerguen contra un cielo que ignora su abandono.

El murmullo del mar es una canción hueca
y el vuelo de los pájaros una triste metáfora.
No hay huellas de pisadas humanas en la arena.
la ciudad es el resto de un naufragio terrible.

¿Volverán algún día los héroes de su exilio
dorado, allá en las islas donde el sol no se pone?
¿Dejará de reinar por doquier el hastío?
¿Morderá el polvo al fin tanta melancolía?

 

 

 

de Cuenca, Luis Alberto. Los mundos y los días. Poesía 1970-2002. Madrid; Ed. Visor, 2007.

 

EL OTRO SUEÑO

 

LA DESPEDIDA

Mientras haya ciudades, iglesias y mercados,
y traidores, y leyes injustas, y banderas;
mientras los ríos sigan vertiendo su basura
en el mar y los vientos soplen en las montañas;
mientras caiga la nieve y los pájaros vuelen,
y el sol salga y se ponga, y los hombres se maten;
mientras alguien regrese, derrotado, a su cuarto
y dibuje en el aire la V de la victoria;
mientras vivan el odio, la amistas y el asombro,
y se rompa la tierra para que crezca el trigo;
mientras tú y yo busquemos el medio de encontrarnos
y nuestro encuentro sea poco más que silencio,
yo te estaré queriendo, vida mía, en la sombra,
mientras mi pecho aliente, mientras mi voz alcance
la estela de tu fuga, mientras la despedida
de este amor se prolongue por las calles del tiempo.

 

 

 

 

LA NOCHE BLANCA

Cuando la sombra cae, se dilatan tus ojos,
se hincha tu pecho joven y tiemblan las aletas
de tu nariz, mordidas por el dulce veneno,
y, terrible y alegre, tu alma se despereza.

Qué blanca está la noche del placer. Cómo invita
a cambiar estas manos por garras de pantera
y dibujar con ellas en tu cuerpo desnudo
corazones partidos por delicadas flechas.

Nieva sobre el espejo de las celebraciones
y la nieve eterniza el festín de tus labios.
Todo es furia y sonido de amor en esta hora
que beatifica besos y canoniza abrazos.

Para ti, pecadora, escribo cuando el alba
me baña en su luz pálida y tú ya te has marchado.
Por ti, cuando el rocío bautiza las ciudades,
tomo la pluma, lleno de tu recuerdo, y ardo.

 

 

 

 

SONETO DEL AMOR ATÓMICO

Has minado la selva de mi pecho.
Le has dado fuego a todos mis olvidos.
Has llenado de muertos y de heridos
el pacífico reino de mi lecho.

Te has subido a la lámpara del techo
para bombardearme los sentidos.
Has vertido explosión en mis oídos
con tu voz nuclear siempre al acecho.

No más fisión, amor, no más ojivas
ni más misiles en mi dormitorio.
Cesen con tu victoria los enojos.

Me rindo. Tú has ganado. Mientras vivas,
no alcanzarás un triunfo tan notorio:
me has volado la mente con tus ojos.

 

 

 

 

SONETO DEL AMOR DE OSCURO

La otra noche, después de la movida,
en la mesa de siempre me encontraste
y, sin mediar palabra, me quitaste
no sé si la cartera o si la vida.

Recuerdo la emoción de tu venida
y, luego, nada más. ¡Dulce contraste,
recordar el amor que me dejaste
y olvidar el tamaño de la herida!

Muerto o vivo, si quieres más dinero,
date una vuelta por la lencería
y salpica tu piel de seda oscura.

Que voy a regalarte el mundo entero
si me asaltas de negro, vida mía,
y me invaden tu noche y tu locura.

 

 

 

 

LA MALCASADA

Me dices que Juan Luis no te comprende,
que sólo piensa en sus computadoras
y que no te hace caso por las noches.
Me dices que tus hijos no te sirven,
que sólo dan problemas, que se aburren
de todo y que estás harta de aguantarlos.
Me dices que tus padres están viejos,
que se han vuelto tacaños y egoístas
y ya no eres su reina como antes.
Me dices que has cumplido los cuarenta
y que no es fácil empezar de nuevo,
que los únicos hombres con que tratas
son colegas de Juan en IBM
y no te gustan los ejecutivos.
Y yo, ¿qué es lo que pinto en esta historia?
¿Qué quieres que haga yo? ¿Que mate a alguien?
¿Que dé un golpe de estado libertario?
Te quise como un loco. No lo niego.
Pero eso fue hace mucho, cuando el mundo
era una reluciente madrugada
que no quisiste compartir conmigo.
La nostalgia es un burdo pasatiempo.
Vuelve a ser la que fuiste. Ve a un gimnasio,
píntate más, alisa tus arrugas
y ponte ropa sexy, no seas tonta,
que a lo mejor Juan Luis vuelve a mimarte,
y tus hijos se van a un campamento,
y tus padres se mueren.

 

 

 

 

PACIFISMO

Tu desesperación no debe ser violenta.
No manejes tu angustia como si fuese un arma.
Nadie tiene la culpa de que seas tan débil.
Nadie debe pagar por tanta cobardía.
Si llevas tantos años ahogándote entre libros,
será porque te gusta. Sufre tus perversiones
como un hombre y no escarbes en heridas ajenas.

 

 

 

 

ESTE AROMA NO ES TUYO

Este aroma no es tuyo.
No es el olor tan suave de tus manos,

ni el perfume que anuncia tu llegada.
Tampoco viene de la infancia,

ni trae consigo imágenes de jardines remotos.
Tan sólo es el aroma de la sangre vertida

entre las páginas de un libro
sobre la guerra en la Edad Media.

Llevo toda la tarde sumergido
en ese olor de fiesta y de coraje.

 

 

 

 

EL CRUCIFIJO DE LOS INVASORES

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxa Miguel Ángel Elvira

Yo mismo como ofrenda para mí,
clavado al árbol del que nadie sabe
hasta dónde descienden las raíces,
ajeno a la razón de mi martirio,
supe viajar al centro de la sombra
en busca de las runas del poder.
Las obtuve, desnudo como estaba,
y regresé a la cruz dando alaridos
para luego caer anonadado.
y convertí el secreto en alegría,
y la sabiduría del dolor
se hizo amor en las llagas de mi cuerpo,
y pronuncié las runas, y bendije
la furia santa que inundaba el aire.

 

 

 

 

ESPAÑA

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxa Antonio Fontán

Es un lugar muy triste que ha prohibido los héroes
y ha dejado pudrirse las rosas del escándalo.
Siempre he vivido en él. No sé si en otra parte
habrá tantos borrachos y chicas tan espléndidas.
Es sólo un lugar pobre que ha perdido su alma
sin ganar nada a cambio, un lugar sin futuro,
un puñado de tierra desunido y estéril.
Por él daría mi sangre hasta la última gota.

 

 

 

de Cuenca, Luis Alberto. Los mundos y los días. Poesía 1970-2002. Madrid; Ed. Visor, 2007.

 

LA CAJA DE PLATA

 

LA TRISTEZA

Cuando Shakespeare murió, ya estaba triste.
Cuando la Armada naufragó, mis ojos
habían naufragado ya en su daño.
A Marlowe lo enviaron al infierno
y ya mi corazón estaba roto.

 

 

 

 

EL REGRESO

Vengo de desertar en Bouvines o de pelear en Midway,
vengo de la victoria o de la cobardía.
No sé si estoy buscando un cuerpo o si necesito un amigo,
si vengo a provocar un duelo o si vengo a evitarlo.
Puedes recibirme en tus brazos o no reconocerme.
A mi alrededor todo es sombra o un perfil demasiado concreto.
He venido a matarte o a morir en tus manos.

 

 

 

 

LA HERIDA

Nada, ni el sordo horror, ni la ruidosa
verdad, ni el rostro amargo de la duda,
ni este incendio en la selva de mi cuerpo
que amenaza con no extinguirse nunca,
ni la terrible imagen que golpea
mis ojos y tortura mi cerebro,
ni el juego cruel, ni el fuego que destruye
esa otra imagen de armonía y fuerza,
ni tus palabras, ni tus movimientos,
ni ese lado salvaje de tu calle,
impedirán que encienda en tu costado
la luz que da la vida y da la muerte:
tarde o temprano sangrará tu herida,
y no será momento de hacer frases.

 

 

 

 

CONVERSACIÓN

Cada vez que te hablo,otras palabras
escapan de mi boca, otras palabras.
No son mías. Proceden de otro sitio.
Me muerden en la lengua. Me hacen daño.
Tienen, como las lanzas de los héroes,
doble filo, y los labios se me rompen
a su contacto. Y cada vez que surgen
de dentro —o de muy lejos, o de nunca—,
me fluye de la boca un hilo tibio
desangre que resbala por mi cuerpo.
Cada vez que te hablo, otras palabras
hablan por mí, como si ya no hubiese
nada mío en el mundo, nada mío
en el agotamiento interminable
de amarte y de sentirme desamado.

 

 

 

 

JANO

Dices que sólo soy Enrique Jekyll
y que no existe fórmula en el mundo
capaz de convertirme en Mr. Hyde.
Cuando pasen los días o los años,
cuando el tiempo nos lleve a otras hogueras,
hacia otra plenitud u otro desastre,
imagíname entonces, imagina
los rasgos de mi cara, reconstruye
lo que tu hielo convirtió en cenizas.
Y en la memoria esquiva de tu frío,
en el recuerdo de tu lejanía,
Eduardo Hyde seré, y por un instante
me amarás, aunque yo ya esté muy lejos;
y será hermoso, pues por un instante
yo seré tu tristeza, y no los otros.

 

 

 

 

DEDICATORIA

La tierra estaba seca.
No había ríos ni fuentes.
Y brotó de tus ojos
el agua, toda el agua.

 

 

 

 

CASADA

En el hombro la herida me latía
como un segundo corazón. Si a ella
le dolía también, no me lo dijo.
La puerta se cerró. Por un momento
nos abrazamos, y eso era la vida.
Pero volvió el dolor, volvió la niebla
sobre mis ojos y frente a mis labios.
Y volverían dudas y reproches,
y la herida del hombro, y su marido.

 

 

 

 

BRILLANTE

Me dejó brocha, crema y una máquina
de afeitar en los bordes del lavabo.
Hice correr el agua fría, y dije:
«Anoche estuve a punto de violarla.»
«¿De verdad pensó en mí?», respondió ella.
No contesté. Seguí frente al espejo,
viviendo mi afeitado. Eran las once.
Podía verla al fondo de la alcoba,
resplandeciendo al sol de la mañana.

 

 

 

 

LOCA

«Calla y escucha —dije—. No se trata
sólo de ti; se trata de mi vida.
Te sacaré de aquí. Vendrás conmigo.»
Respondió: «Pero tú no me conoces.»
«No te conozco a ti. Tú a mí tampoco.
Sólo tienes que hacer lo que te he dicho.
Hasta mañana.» Dije. Abrí la puerta.
«Debes ser tú quien está loco», dijo.
Y desde su galaxia me miraba.

 

 

 

 

DESEADA

Era su turno. Cuidadosamente
dobló la gabardina sobre el brazo.
Se echó el pelo hacia atrás, y su mirada
se cruzó con la mía. Con los ojos
le devolví la calma. Se marchaba,
pero regresaría, y todo aquello
terminaría bien. Cerró la puerta.
Yo me quedé sentado, acariciando,
tembloroso, su ropa interior verde.

 

 

 

 

EN PELIGRO

había sangre en su vestido. Sangre
en el escote y en las piernas. Sangre
en las mejillas. Sangre seca. Oscura.
La desnudé y lavé. Mientras dormía,
fui en busca de cartuchos. No fue fácil
encontrarlos. Por fin aparecieron
entre viejos papeles y revistas.
Cargué el fusil. Había menos niebla.
Dos o tres horas y amanecería.

 

 

 

 

PELIGROSA

«¿Qué es más, un inspector o un comisario?»
Lo dijo distraída, desde lejos.
Se lo expliqué. Siguió: «¿Por qué no tiemblas?
Yo soy más peligrosa que esos tipos.»
No sabía qué hacer. Quería irme.
Largarme a conducir por un sembrado.
Devolver la licencia. Suicidarme.
Pero no me marché. Busqué sus ojos
y le cerré la boca con un beso.

 

 

 

 

DEGOLLADA

«¿Ha habido algún problema? ¿Te ha seguido
alguien?» «Todo ha salido bien.» (El tiempo
ya no era un instrumento de tortura.)
«Somos ricos.» (No había que olvidarlo.)
«Voy a ducharme.» «Espera, voy contigo.»
(La abracé. Recordé que la quería.)
Treinta y cinco millones en billetes
usados. Tu cadáver en el baño.
Déjame ser feliz, ahora que puedo.

 

 

 

 

LA HUIDA A EGIPTO

Le pagaba para que me matase,
y se ha largado al sur. Todas se marchan.
Aceptan cheques, flores y mentiras.
Se comprometen a matarme. Dicen:
«No verás el otoño. Te lo juro.»
Y se van antes de la primavera.
También ésta se ha ido. Con un mapa
de Egipto y con las llaves de mi coche.
Quiera Dios que los vientos no conduzcan
su nave a puerto. Que una lluvia roja
le queme el corazón, si es que lo tiene.
Que nunca llegue a Egipto esa maldita.

 

 

 

 

ISABEL

Isabel se ha matado. Dejó cartas absurdas
con recomendaciones y sarcasmos estúpidos.
Lo consiguió por fin, y me alegro por ella:
sufría demasiado. En la autopsia el forense
desmenuzó su cuerpo y encontró dentelladas
cerca del corazón y a la altura del pubis.
No hay luz en la buhardilla de Zurbano. El silencio
pasea su victoria sobre las papelinas
ocultas en el libro de Arcimboldo, y la muerte
ha llenado la casa de paz y de goteras;
sigue abierto un tebeo de Conan por la página
en que matan a Bélit, y otro de Gwendoline
con manchas de carmín en las dulces heridas.
Isabel ha dejado de molestar. Sus ojos
ya no arrojan al mar residuos radiactivos.

 

 

 

 

LA PESADILLA

Javier ha decidido suicidarse.
Elige hacerlo lejos de su casa,
donde los muebles no le reconozcan
y no le hablen de Marta las paredes.
Viaja al azar por una carretera
que se prolonga demasiado. Sabe
que no habrá viaje de regreso y nunca
volverá a repetirse aquel tormento.
Se acaba el combustible, y su automóvil
se detiene a un kilómetro de Burgos.
Va a pie hasta la ciudad y se dirige
al mismo hotel donde nos hospedamos
Alicia y yo. Recuerdo su llegada:
su palidez, las manos ateridas
con que estrecha las mías en la puerta
del ascensor, camino de su cuarto.
Ya está en la habitación, ya la ponzoña
traga con avidez, el bebedizo
que lo rescatará de los desdenes
de Marta, del amor que lo destruye.
Mientras tanto, anochece. Alicia baja
a tomar una copa y yo me quedo
solo en la oscuridad, medio dormido.
Y sueño que Javier se está matando,
y que llego a su alcoba y me recibe
a tiros y me dice que me vaya
al infierno, y yo llamo a un camarero
a quien Javier acierta, y luego a otro,
y parece que va a seguir cargándose
a todo aquel que intente reducirlo,
pero el veneno avanza por sus venas
y la conciencia de Javier se nubla,
y suelta la pistola, y cae al suelo,
y vomita la vida en un espasmo
final sobre la alfombra del pasillo.
Llega entonces Alicia y me despierta
con dulces, largos besos de borracha,
y me quita la ropa y me pregunta
por qué tengo los ojos tan abiertos,
y no le digo nada, y nos amamos
duro, como en Ampurias, en agosto
del 80, y naufragan mis temores
en el mar de sus dientes y uñas.

 

 

 

 

EUROPA

No son estas fronteras mis fronteras.
No es éste el mundo de las viejas runas.
Gobiernan los cobardes, los oscuros.
Cómo duele vivir en la agonía
de la cruz y en la herrumbre de la espada.
Cómo duele esta noche del coraje.
Cómo duelen los atlas. Y no hay signos
que anuncien el final de la derrota.

 

 

 

de Cuenca, Luis Alberto. Los mundos y los días. Poesía 1970-2002. Madrid; Ed. Visor, 2007.

 

ELSINORE & SCHOLIA

 

PAS CE TOTAL DÉLUGE

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxa Francisco Salas

Solo, al volante de un automóvil
—camisa almidonada, recién lavado espacio—,
percibir el acre aroma de la muerte
bajo el chaleco de seda.

(Descubrí una herida carmesí
de la que todavía brota sangre.)

 

 

 

 

IUS PRIMAE NOCTIS

Gacela mía,
sin amor poseí tu arquitectura.
Murió el bufón,
ardieron las espigas.
Mi corazón es una llaga sin palabras.

 

 

 

 

PITONISA FLORAL

He preguntado a las orquídeas
—dominaba el perfecto sopor del mediodía—
si tus cabellos eran sierpes
o sílabas de fuego adormecido.

 

 

 

 

AGAG DE AMALEQ

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxI Samuel, 15, 1-35

Agag, rey de Amaleq, fuerte guerrero,
recién vencido, y perdonado, dijo
para sí, arrodillando las palabras,
como quien rinde culto a la derrota:
«Se alejó la amargura de la muerte.»
Poco tiempo después, la daga curva
de Samuel trazaría en sus costados
el signo de la cólera divina,
profuso manantial de sangre noble.
Y del brillo inmortal de aquella frase,
solemne funeral de la esperanza
y de la fe, no quedarán destellos
en las antologías. Todo es humo.

 

 

 

 

THE GETAWAY

Recoge tu equipaje.
Ven conmigo.
Compiten en la selva la serpiente y el águila.
Los héroes envejecen en los museos.

 

 

 

 

DE Y POR MANUEL MACHADO

La felicidad no es, evidentemente, sólo un cuerpo,
ni el destello casi apagado de unos ojos sobre la cama.
De ser así, no hubiese sido necesario encontrar en Alberto Magno
cierta referencia a los bueyes atribuida a Heráclito.
Todo esto se me ocurre porque acabo de recibir un precioso ramo
xxxde serpientes
y tengo un libro de Manuel Machado abierto sobre la mesa.
El libro es una princeps de Alma, como era de esperar,
y está abierto por un poema llamado «Oriente».
En el poema se nos habla de Marco Antonio y de Cleopatra y de
xxxun siervo que muere al beber de una copa.
Ello me ha conducido, sin poderlo evitar, a Plutarco, escritor
xxxgriego de cierta fama durante el período de entreguerras,
y debo reconocer que he releído su Antonio con el mismo
xxxentusiasmo de aquellos días.
(Luego descubriría que había olvidado por enésima vez
que Shakespeare lo conoció en la versión inglesa de North,
y que Sir Thomas North conocía el griego aproximadamente igual
xxxque Unamuno.)

Mientras me asaltan todos estos fantasmas eruditos, los automóviles
xxxsiguen murmurando a mi alrededor.
El hecho de que la gran ciudad se vaya poniendo inhabitable, es
xxxalgo que no me disgusta,
como no me disgustan las chicas que aparecen en las pinball
xxxmachines,
ni las películas de Hawks con Cary Grant o Wayne, ni los
xxxguiones de Dash Hammet para el pincel heroico de Alex
xxxRaymond.
El poeta —recuerdo un topos de Petrarca— va caminando casi
xxxsiempre por campos muy desiertos,
y no negaré que estoy pensando en ciertos desiertos americanos
(me los recuerdan esos crótalos que acabo de alojar en un jarrón
para que nadie, nadie, ni siquiera mi perro, los vaya a confundir
con el bouquet de rosas que alguien dejó olvidado encima de la
xxxcama del dormitorio).
A veces —vuelvo a Shakespeare— una nube se parece a un
xxxdragón,
el viento a un oso o a una ciudadela relativamente expugnable.
Son imágenes, imágenes que se ciernen sobre nuestras cabezas,
posibles máscaras del invierno o velos del atardecer.
Lo que hoy es un caballo —sigue Shakespeare— puede ser luego
un pensamiento o un anillo de compromiso:
hasta los compromisos son, en el fondo, agua en el agua.

Si del poema «Oriente», una perfecta gema modernista,
he pasado a Plutarco en busca de la perdida adolescencia
y he llegado a fijar mis reales por una tarde en los cinco actos de
xxxuna tragedia que no había sabido leer,
no ha sido —lo prometo— para empañar el brillo de la joya
xxxprimera,
ni para convertirla en simple piedra, estampa o rata de
xxxlaboratorio;
permanece en mí todo su impacto argumental, la difícil tersura
xxxde sus palabras.
Y detrás del respeto que siento por lo inútil —amistad, gesto,
xxxgema—
puedo ver al poeta que ha repartido hoy su mentira conmigo,
puedo ver a Manuel Machado, sonriente en su princeps sobre la
xxxmesa,
a Manuel el prodigioso, a Manuel el funámbulo,
a quien debo querer hasta el final, porque así lo quisieron mis
xxxabuelos, y yo los obedezco en todo,
y, al cabo, sólo Marco Antonio será capaz de derrotar a Marco
xxxAntonio,
y todo esto no deja —no puede dejar— de ser bello en este
xxxmomento en el que sigo propagando por los desiertos del
xxxmundo, tal vez americanos,
las ondas de unos pasos tan tardos y tan lentos al menos como
xxxlos de Petrarca,
por este camino clausurado por donde voy, aunque los áspides
xxxme consuelen,
solo y recluso en esa bilis negra que vierte al castellano el
xxxcultismo ‘melancolía’.

 

 

 

de Cuenca, Luis Alberto. Los mundos y los días. Poesía 1970-2002. Madrid; Ed. Visor, 2007.

 

LIANAS PARA LOS CRÍMENES DE UN AMOR TIRANO

 

EL VISITANTE

Es un tirano flaco el hombre que me gusta,
maleador y esquivo imberbe que me gasta.
Usa lentes de sol y altanería,
un palo para dar las órdenes al perro.

Tiene la solidez de un tratante irritable
y el aplomo sarcástico de las rameras viejas.

Cuando llega a mi finca se bate con los toros
y a las potras les hace ponerse de rodillas.

Mientras yo me coloco la falda más hermosa
se va de caza y vino con mi papá y el párroco.

Derrocha tino y fibra en fijando la pieza,
sus sortijas rapiñan el oro del cadáver.

Aflojado el chaleco y el cinturón muy justo
presenta una figura de fatuo desgarbado.

El desaire que tienen sus hombros cuando vuelve
le dan esa excesiva manera revoltosa.

Amaga su cuchillo si tercia con la pelvis,
oloroso de guerra se baña de naranjas.

El tesón y el talento de su porte rijoso
le dotan de una estética emoción imperturbable.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx* * *

Me deja su lampiño calor en celo y filfa,
elegante se pasa mi falda por el morro.

Y remata el más sabio seductor poderío
al recoger los bártulos de la tierra
y se va.

 

 

 

 

CONTEMPLACIÓN DEL DOLOR

Su gran dolor de madre era visible
a través de las gafas empañadas:
un soplo de fatiga en esos ojos
distantes, infinitos, desarmados.

Al lado, su marido, muy nervioso,
trataba de mirarla y sujetarla;
silenciosos testigos esparcidos
exhalaban el vaho del horror.

La niña, sobre el suelo, degollada,
era un canal de doce cicatrices,
un animal sin piel, desnudo y rojo,
una belleza horriblemente dulce.

La madre se acercó como volando,
despavorida, con las alas altas,
se quitó su camisa blanca y leve,
y envolvió las caderas de la niña.

El asesino, con gafas de sol,
desde el otro lado del patio, la miraba.

 

 

 

 

EL ASEO

Es imposible tener un sentimiento más deformado y cruel que
el que teníamos cuando entrábamos en la habitación del
moribundo.

Cerrábamos la puerta y abríamos la ventana.

El enfermo se quejaba y podíamos oírle decir que en verdad
no quería la muerte.

Sin embargo, alguien lo levantaba y lo sentaba en un sillón de
plástico y él,
concentrando toda su energía,
nos miraba, levantando los párpados azules, con la cabeza
sobre el pecho, triste, extenuado,
dando pequeños estertores y, sin embargo, queriendo sonreír.

Nosotros destrozábamos su afán echándole colonia,
desnudándole, pegándole en la inocente cara limpia,
deleitándonos en su consternación y su amargura:
“No pasa nada… la muerte es un viaje… vete pronto y grita
cuando llegues… ¿hay ángeles ahí?… no seas quejica y
siéntate mejor… como te vuelvas a mear…”

Y el moribundo miraba la pared como un cordero,
abatido, movía la garganta, sin dolor ya,
despojado de imágenes terrenas
y subía
con un miedo terrible hacia la muerte.

 

 

 

 

VIRGEN

Dentro de un huracán estaba
mi corazón haciendo un ritmo tenso
y sobre mí mi novio de ojos españoles
oprimía mi cuerpo de estudiante
los calcetines blancos blancos puestos
todavía las tetas fuera del uniforme
temblaban como si hubiesen tomado café café
y no pudieran soportar el experimento
mis contemplaciones.

Pero lo soporté de un tirón todo confuso
esto se llama muerte dije soplo de flecha
en mi conocimiento más sensible
poco hablé
sólo lo justo para mi conciencia.
Las orejas ardiéndome
el cuello un arco contra la almohada.
Cedió mi vulva virginal vez primera
en el instante en que mi alma tuvo
un oído de alta inteligencia seda era yo
y seda todo el breve y mucho pensamiento.
Las manos enamoradamente bridas infantiles
blanqueándose en el cabecero de metal
como en una reja de convento o cárcel
como queriendo de allí salirse
devolverme a otro mundo
colocarme mejor
retirarme de la cuna
no arder así
o sí
no probar el pecado de lo doloroso
salirme de la herida
rogar que saliera él
y no tener aquella dura traviesa de madera
perforándome todas las ardientes almas
mi persona mis resignaciones.

Me sentía morir
mitad dolor y punto de milagro.

Las vibraciones eran cada vez más rápidas
por dentro crepité
nevé la leche
las uñas se menguaron tres centímetros
se me rizó todo el pelo carbón
se desplegaba
oscilando creciendo goteando
y filtró la primera y la última sangre
derramada por mi voluntad.

Después vino un silencio tan abstracto
la inmovilidad
el miedo de perderlo
mi cuerpo vaciándose de drama.

Tan increíble verlo cómo se vestía…
radiante
reservado de respiraciones.

De las sábanas blancas de su madre
una huella tras otra fue borrando.

Y como un riguroso nazareno
me dijo elevándome la cara:
mujer
¿qué es lo que hay ahora entre tú y yo?

 

 

 

 

TERCIOPELO AZUL

Mi coño eleva el conocimiento que tú le has enseñado.
La velocidad y el violento latido de una horca.

Mi coño alimentado por una boca física tiene el oficio
xxxxatlético de ser frágil y exacto.

Flexible y religioso mi coño es la pirámide de un
xxxxresplandor de xxxxxxxoxígeno que exige resistencias.

Tiene quinientos años de elegancia y de músculos
batidero de sangre volada de partículas.

Fluye con el tabaco la justicia y tu cuerpo tiene chispas
xxxxde plata xxxxxxxmonedas de cerveza.

Con tu estremecimiento causas en mí palabras que dicen
xxxxrebeliones y negros animales.

En tu lengua me dices cosas extraordinarias se me llena la
xxxxoreja del ardor de los fósforos.

Pasa todo a mi coño se forman las arrugas aprende
xxxxcoronado cómo abrirse las venas.

Tan profundo y despierto como un túnel en llamas llega
xxxxal agua al tugurio de un taller que se mueve.

Es un técnico oliendo tu medida en versículos el aceite
xxxxde un arma con una bala de oro.

Extremaunción del vértigo que surge en los amantes mi
xxxxcoño es un estado mental de luz y sombra.

Suda como una sábana. Palpita como un tango. Es móvil
xxxxterciopelo azul.
Báilalo lento.

Para la muerte.

Jode la tristeza.

 

 

 

 

COÑO AZUL

Mi coño es negro como carbón evaporado.
Pero se vuelve azul
a la luz de la tele y de la luna.

La característica más peculiar que explica su color y forma
es que tiene una circulación lenta y estremecida
que va navegando hacia la tinta de las venas
y se abre al desamparo de mi dormitorio
como si comprendiese que un dedo impenetrable
masculino no pasará por él
ni por las sábanas.

Sería una esperanza considerar
que sobre mi sexo solitario aún pueden caber volúmenes
remotos
o un pañuelo azul que penetrase las dos secciones
púrpuras abiertas
y así pasar esta tela azul ensangrentada quedándose
rompiéndome
porque mi coño ya es invencible
mi enemigo.

Aislado del amor
cualquier coño es violento.

 

 

 

 

CITA PSICOLÓGICA

Mi perro no ve bien doctora pero huele
mis lágrimas y se viene a mi lado
tirándose en el suelo lamiéndome
las uñas —algo olfateará del que fuera
su amo en los días de amor y sangre
derramada—. Él sabe aun sin verme
tomar las medicinas que la cabeza
me duele horriblemente y no puedo
aguantar ni el ruido de su rabo.
Esta cabeza terriblemente enferma
doctora ya no puede explicarse ni pensar
ni leer ni siquiera tratarme
con los seres humanos ni los irracionales.
Allí en mi casa sola tratando de encajar
con torpe coherencia una cosa con otra
haciendo un irreal esfuerzo sobrehumano
por mantenerme viva porque me vean alegre
mis hijos o mi madre o al menos
que no sepan hasta qué punto finjo
porque no sepan ellos ni nadie ni mi perro
cómo de mi cabeza entran y salen
los más feroces actos de suicidio
ahorcamiento o decapitación.

Mándeme otras pastillas doctora si es posible
curarme de él su destructiva forma de
desesperarme…

O elimine mi nombre de la lista de espera
no estaré llorando aquí el próximo trimestre.

 

 

 

Correyero, Isla. Mi bien. Madrid; Ed. Visor, 2018.

 

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