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MEMORIA DEL MALENTENDIDO

 

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxVerás con cuánto amor llama porfía.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxiixxxxxxxxxxxxxxxxxxxxLope de Vega

AUNQUE OSCURO en el agua es su reflejo
y en el pozo está escrita la condena,
piensa el muchacho en transformar la escena
y apacible gozarla cuando viejo.

Confunde la ventana y el espejo,
y, al mirarse en la calle, da por buena
la luz artificial de la verbena
que se entretiene en su interior perplejo.

Pero al llegar al fin del tercer acto
y escuchar nuevamente a sombría
llamada silenciosa del abismo,

comprende que era estéril cualquier pacto
del yo con lo que fuera entrar porfía:
que ventana y espejo son lo mismo.

 

 

 

 

LA CASA

Cuando llegó a su casa, todavía
no pudo ver las grietas que manchaban
con dibujos obscenos las paredes.
Eran jóvenes, vírgenes, sus ojos;
tranquila su intención, como los amplios
ventanales abiertos a una calle
burguesa, no excesiva, de mediocres
perspectivas, medidos horizontes
(con un árbol aquí y allá una nube
de cuando en cuando aborregada: un Tiépolo
ni demasiado blando ni tampoco
saliéndose de madre, con sus dioses
benévolos, de blanca y luenga barba,
pero proclives a dictar ukases
que no pueden cumplirse).
Adolescente,
cuando empezaban a llegar a un plano
más acuciante las primeras grietas
que advirtió en las paredes,
decidió
recubrirlas de cuadros y de libros
que ocultaran la impúdica lascivia
de sus ladrillos, donde no emplearon
una arcilla mejor los albañiles.
Y así, quitó inmundicia, a la ruinosa
casa donde vivía, el decorado
de música inefable y exquisita
poesía que heredó de sus ancestros
comunes, e impedían contemplar
la caverna —sin ellas cubil sórdido—
que un hogar aparente constituye.

Hoy han pasado muchos años; tantos
que ya el derrumbe se hace inevitable,
y han adquirido solidez los cuerpos,
las secuencias que fueron decididas
por el bestial coprólogo. La calle,
donde ha aumentado el tráfico, conserva
pese a todo el burgués y acomodado
perfil de aquel entonces: continúan
el árbol y las nubes, menos claras,
pero ya se sospecha que es un ruido
caótico la música exquisita
que antaño se escuchó, y las inefables
palabras que creyéronse dictadas
por los dioses no tienen más sentido
que el color inarmónico del techo,
aunque aún los vecinos disimulen
—tal vez por toma y daca— y nadie diga
que la casa se encuentra ya en las últimas,
y se acepte por mutua deferencia
que es noble y respetable, y no la máscara
que oculta toda corrupción, el rostro
del hombre que sonríe y nos saluda
si en la escalera un día lo encontraremos.

 

 

 

 

EL MALENTENDIDO

No tenía importancia. Ése es el juego,
la diversión sublime de los dioses.
Tanto tiempo creyéndose en el vértice
del dolor más profundo, la abyección infinita
que enloda la raíz del pensamiento;
tanto esfuerzo
consagrado a arrancarle a la penumbra
su corteza de niebla,
para, al llegar exhausto, envejecido,
cuando ya el retroceso no es posible
del tiempo y la moneda está gastada,
despertar con que fue un malentendido:
que fue un error el hierro entre las ingles,
el látigo de fuego en los ijares,
a corona en la frente acobardada.
Fue sólo la costumbre de una época,
una simple cuestión de perspectiva
deteriorada ya por la huidiza
—y efímera también— nueva manera
de comprender las cosas. Ya lo dije:
sólo un malentendido. Innecesarios
la soledad (sonora o sin remedio),
la sed sin esperanza, el llanto oblicuo,
la cadencia sin ritmo, el ciego impulso.
Todo estaba al alcance de la mano:
no sólo la tortura, no el silencio,
no la lágrima sólo, no la muerte.

 

 

 

 

OTRA LECCIÓN DE HISTORIA

Toda la Historia fue un malentendido.
Si hoy Craso y Espartaco se encontraran
en la cervecería, liberado
ya aquél del poderío y de la púrpura
y el hedor de la sangre, éste del hierro
que le oprimió el tobillo antes de herirle
del último zarpazo,
podrían dialogar tranquilamente,
risueños, divertidos, asombrados
de que ¿por qué minucia? tan distintas
transcurrieran sus vidas. (Lady Macbeth
erró al creer de Arabia los perfumes
incapaces de hacer blanca su mano,
sin letal pestilencia. Basta el tiempo
y acaso el turbio aroma de los cómplices
y nada más para borrar el crimen).
Mauthaussen fue un error; Chatila y Sabra
no significan más que el gesto torpe,
sin estudiar, de un mal actor novato,
pero que al fin domina el escenario
y el público le aplaude
porque supo, maduro, dominarse
y hacer que se olvidara lo molesto
difuminado en la distancia. Nadie
fue quemado en la hoguera por negar
la enseñanza del Papa; en todo caso,
no es sensato guardar tan viva imagen
de un suceso anecdótico, ya viejo,
sólo un simple y vulgar malentendido,
que no impidió el progreso de los hombres
hasta alcanzar la bomba de neutrones,
la pasión comedida, el aprobado
vital donde se esconde el conformismo,
donde nada recuerda tanta infamia
reproducida ahora, en este instante,
que olvidarán también en el futuro
mis hijos y tus hijos si se encuentran
en la cervecería, sin memoria.

 

 

 

 

YO, LA REVOLUCIÓN

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA los de aliento firme:
xxxxxxxxiixxxxxxxxxxTere Morán, Colás, Lito Peón…

Para que vieras que la sangre es roja
la cabeza corté del rey don Carlos.
Y el viento preso en la Bastilla pudo,
porque abatí sus piedras, darle al cielo
la carcajada de su cabellera:
blasfemia y estandarte contra el caos
al que le llaman orden los esbirros
de la púrpura blanca. Del Palacio
de Invierno, en que gemían las alfombras
de piel asesinada, hice un museo
donde el hombre su historia conociera
para no revivirla, y de las cumbres
traje la nieve inútil y la puse,
ya dueña de su impulso, a la tarea
de convertir en pan la piedra dura.
Mas descansé en el séptimo nocturno,
y, al despertar del sueño, el escenario
comprendí que era el mismo: la cabeza
del rey don Carlos nuevamente altiva,
las Bastillas sus muros reafirmando,
y el Palacio de Invierno con alfombras
pisadas cada vez con más lujuria,
petrificadas de terror las aguas.

Pero la sangre sigue siendo roja.

 

 

 

Álvarez, Carlos. Seguiremos sembrando (Antología 1964-2010). Madrid; Bartleby editores, 2016.

 

LAS MANOS LIMPIAS

 

LAS MANOS LIMPIAS

xxxxAl ipríncipe iHamlet ino ile iimpulsan xlos xresortes
que imueven ia ila iacción. Claudio ipodrá por ello gozar
de su mujer y de su trono. El príncipe Hamlet es un inte-
lectual, iy iel iintelectual ivacila, no está seguro de nada.
Pero esa vacilación ino salvará a la postre la vida del rey
Claudio, xni xla idel ipropio iHamlet, ini ilas ide iPolonio,
Rosencrantz, xGuildernstenio, xOfelia, ixla ixreina xGer-
trudis iy iLaertes. iSólo iHoracio, imudo iespectador idel
drama, ivivirá ipara icontar icómo iFortinbrás conquistó
el trono de iDinamarca: icómo iPinochet iacabó icon ilas
esperanzas del ipueblo ichileno. iTal ivez por eso, en Las
manos sucias puede decirle iHoederer ia iHugo ique “un
intelectual ino ies iun iverdadero revolucionario; tiene la
pasta adecuada para ser un asesino”.
xxxxQuien ivaciló itantas iveces isin ique isu duda le im-
pidiera impulsar otras iacciones iha iresuelto ya su defi-
nitivo ipara iqué. iY, icon iél, iKierkegaard, Jaspers, Hei-
degger… iUnamuno. xMorir xes xdormir, xsoñar xacaso:
¿seguir isoñando ila duda? Shakespeare no respondió a
ese problema. Se limitó a plantearlo.
xxxxEl iespíritu ide ila iresistencia. La conciencia de Eu-
ropa. iEl ihombre ique ino iaceptó el Nobel. La angustia
ante el propio iexistir. El iabandono ide iDios, iel iaban-
dono ide iMarx. iLa protesta lúcida ante el crimen, pero
también el ianálisis idel iporqué ide ese crimen: los cul-
pables no ipueden irefugiarse ien Altona porque no hay
perfumes en iArabia capaces de enjugar el hedor de las
manos ide lady Macbeth. ¿Cuántas cosas han muerto a
las 21 horas del martes en un hospital de París?
xxxxEn itodo icaso, iel iejemplo, itambién shakesperia-
no, de un hombre que intentó ser fiel ia sí mismo para
que de ahí se siguiera, icomo la noche al día, la imposi-
bilidad de ser infiel a los demás.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxixxxxxxxxxxxx17 de abril

 

 

 

Álvarez, Carlos. Seguiremos sembrando (Antología 1964-2010). Madrid; Bartleby editores, 2016.

 

REFLEJOS DE CANTOS OSCUROS

 

SINFONÍA HEROICA

Mentiría si no reconociera
que Shakespeare más que Marx me ha conmovido,
y que Lenin no habita donde Mozart
se acerca a lo que amo.
Pero si en Petrogrado un pueblo en armas
destruye los esquemas de la Historia,
y la Comuna de París resiste
sólo un momento acaso
más del tiempo que fuera razonable,
se me olvida Beethoven, y las coplas
de La Internacional es lo que canto.

 

 

 

 

NADIE IGNORA QUE ES triste Andalucía,
miserable su terco claroscuro
tejido de ignorancia y latigazos.
Allí el saber temprano, estremeciéndose
como pisadas uvas que su espíritu
y el incienso y la mirra
sacrifican al turbio señorío,
mantiene su recato en los arcones
de terciopelo cárdeno.
Hay sudor en las venas que más deshilachadas
contempla el forastero, y ve en la frente
y en la espalda una antigua astronomía
de signo inexorable.
Pudo la claridad ser su semilla,
pero se alzó la noche;
y el arsenal de libros que la tierra
cuando llora produce
bajó hasta la bodega. Andalucía…
pasión de fuego fresco, mar salino,
la esmeralda, el zafiro, el rubí blanco
que confundió el color de la pureza

…y un colmillo tricorne en plenilunio
que nunca retrocede
para morder la piel del hombre llano.

 

 

 

 

NO SÓLO LOS ACCIDENTES DEL TERRENO, las cur-
vas xo xaristas ide isu igeometría xo xel xcolor —siem-
pre xiambiente, xsegún xla xresistencia xque xopongan
las inubes xa xla xinclemente xo xbenéfica xmirada xel
sol— xdefinen xel xparentesco xde xlos xpaisajes. iHay
montañas xque xparecen xhermanas xde xotras ilejaní-
simas, icuya ifigura ien inada irecuerda ila ique iun día
se xcoloca xante xnosotros xcon xun xperfil xdiferente
del xque xtienen xla xcostumbre ide iofrecernos, ipero
que xnos xhacen xcomprender xen xseguida xque xsu
apariencia xesconde xuna xiafinidad xicompleja, xique
pasará xinadvertida xpara xquien xlas icontempla icon
ojos xsuperficiales, xporque xsu iidentificación ino xes
posible ia itravés ide ila ifísica, isino ide ila moral. Hay
una imoral idel ipaisaje. iEl xsobresalto xde xun xárbol
que ia iduras ipenas isujeta isus xraíces xen xla xtierra
última xque xbordea xun xiprecipicio xisugiere xisenti-
mientos (e iimpulsa iactitudes) xque xno xpueden xser
comprendidos xpor xel xrío xque idesliza isu isatisfecha
mansedumbre xa xtravés xde xla xllanura, xpacífico xy
sosegado xen xsu xsesteo. ¿No xes xel ivolcán iuna ipe-
sadilla xde xla xNaturaleza? xY xde xla imisma imanera
que ien iun iameno iprado ide xTesalia xtoda xla xespe-
sura xinició xante xmí, xinvitándome xa xunirme xa xla
ceremonia xen xun xmomento xbañado xpor xla igracia
luminosa xdel xriente xfrescor xmañanero, xila xidanza
de xseres xirreales xque xBeethoven xdesarrolla ien iel
primer xmovimiento xde xla xSinfonía xen xLa xmayor,
cuando xatravesé xlas xTermópilas xme xencontré xde
pronto xen xlos xdesfiladeros xde xiDespeñaperros, xy
otra xvez xestaba xla xbatalla xindecisa, pero ahora no
eran ilos iespartanos iquienes ise idefendían xdel xaco-
so xmedo, xni xZeus xprotegía isu icetro iarrebatado ia
Cronos ide ila iambición ide xlos xtitanes: xcampesinos
de xmagra xfigura, xcurtidos xpor xel ilatigazo isecular
no isólo idel isol, isino itambién xdel iarrogante iy ibas-
tardo, xusurpador xseñorío xde xuna xcasta imiserable,
desharrapados xy xheroicos, xcon ila ifuerza ide ila ihu-
millación xy xla xnecesidad xen isus imanos ipertrecha-
das xicon xilas xarmas xmás xelementales, iintentaban
empujar xhasta xel xpozo xsombrío ide ila idestrucción
a ilos ique isiempre ihabían ipuesto isus ipies icalzados
con ifuerte icuero ien ilos isuyos xdescalzos, xy xen xla
espalda, iy ien ilos ihijos, iy ien ila ifrente, y en la cama
pobre xde xlos xofendidos. xY xsupe, iaños imás itarde,
que xdesde xla xllanura xde xMaratón, xiun xijornalero
que idejaba ilas ihuellas ide isu isangre ien iel polvo de
los xsenderos xy xen xlos iespinos ide ila imaleza, icon-
servó ien isus ivenas iel iúltimo ihálito ide xsu xespíritu
hasta xanunciar, xal xentregarlo ia isus ivecinos ien ila
plaza ide xcualquier xpueblo xde xAndalucía, xla xjubi-
losa nueva de la derrota total de los caciques.

 

 

 

Álvarez, Carlos. Seguiremos sembrando (Antología 1964-2010). Madrid; Bartleby editores, 2016.

 

ORACIÓN LAICA POR PABLO NERUDA

 

ORACIÓN LAICA POR PABLO NERUDA

xxxEra un tema que obsesionaba a Rilke: ino ila Muer-
te, isino icada muerte, la que corresponde a cada uno.
A iti, iPablo, ite ihan irobado ila ituya, la que te tocaba,
la que probablemente habrías deseado, ila que hubiera
hecho sonar iel imás idigno allegro final al acabarse tu
vida militante. iTu ivoz, iaquella voz que estuvo con los
grandes muertos, —capitán de las sílabas del verso— tu
voz, ila imás iamazónica de toda la poesía, se ha desan-
grado a traición, absurdamente, isin ique pudiera verter
su itorrencial icatarata ien iun irebelde y luminoso grito
de libertad.
xxxPero tal vez no sea cierto. A Machado lo asesinó la
tristeza; a ti ¿por qué no pensarlo? la tristeza te habrá
ayudado también suavemente a morir. i¡Curioso cam-
bio de papeles! Tú, que fuiste embajador de Salvador
Allende en París, ihas ivisto iahora, con pocos días de
diferencia, cómo tu amigo te representaba ien ila iem-
bajada, ¿de dónde, Pablo? ¿Ahora dónde están, Stalin-
grado?
xxxVenid a ver la sangre por las calles, ¿lo recuerdas?
Lo dijiste en ocasión parecida. iChacales ique iel icha-
cal rechazaría. Y la sangre de niño corría simplemente
como sangre de niño. iEsa isangre que gustosamente
hubieras enjugado hace unos idías ial precio de que se
derramara la tuya, para que el verso más impuro reso-
nara con todo el prestigio del testimonio. iPero ino te
suicidaron. iHoy, isobre la tierra pongo mi rostro y te
escucho: te escucho, sangre, música, panal agonizan-
te… Panal agonizante. iMiguel. iTambién iMiguel, que
ahora iya iconoce idefinitivamente cuánto no pudiste
hacer, fue un gran estafado por su muerte.
xxx¿Cuál iha isido itu iúltimo ipensamiento, Pablo? iTu
último iodio ilo iconozco. iY itambién itu iúltimo iamor.
Pero itu iúltimo pensamiento, tu último consejo ante el
eterno ¿qué hacer? Puedo escribir los versos más tristes
esta noche. Escribir, por ejemplo…
xxxAmo ia iColombia ibella iy ienlutada. Y Ecuador, co-
ronado por el fuego. iViva iel ipequeño Paraguay herido
y por desnudos héroes resurrecto. iTú, iVenezuela, can-
tas ien iel imapa con todo el cielo azul en movimiento…
¡Qué itristeza, iPablo! iTodo iestá icomo lo encontraste,
hace ya tantos años. iLa iFruit iOil. iLa iAnaconda. iLa
Kennecot. iArauco ireplegó isu ataque verde. ¡Qué tris-
teza! Y cuánta traición.
xxxA ipartir ide iahora ino iestarás con nosotros. Si no
la forma, ique ite iha ihecho itampa, has escogido qui-
iun ibuen imomento: icuando ha pasado ya el fugaz
momento ide iChile. iEs natural que te interesara poco
la vida en esta hora de desesperanza. iQue ihe imuerto
amándote y que me has amado. Y isi ino he combatido
en itu icintura… iPero inos ihaces ifalta, iPablo iNeruda.
De todas maneras, quizá más que nunca, nos haces fal-
ta. ¿Tú puedes calcular, ni hacerte siquiera una remota
idea ide icuántas ipersonas ihabrán tomado conciencia
del mundo en que vive y ila iinjusticia ique lo aplasta a
través de tus versos, leyendo itus ilibros, escuchando a
escondidas tus mejores panfletos, iese igénero literario
que nunca te pareció inferior porque es eficaz, iy la efi-
cacia, para ti, era más importante que la poesía?
xxxPor eso, por eso la pusiste a trabajar como una
lavandera. Porque muy bien sabías que así, elevándola
hasta la altura insigne de ilas icosas icomunes, podrías
(otros podrán) llegar a ver un día ia itoda ila población
del mundo unida, reunida en iel iacto más simple de la
tierra: mordiendo una manzana.

 

 

 

Álvarez, Carlos. Seguiremos sembrando (Antología 1964-2010). Madrid; Bartleby editores, 2016.

 

SEGUIREMOS SEMBRANDO

 

El año pasado publicaba Bartleby editores una antología de poemas de Carlos Álvarez (de quien ya he publicado algunos poemas en el blog: de su ‘Tiempo de siega y otras yerbas‘, y de su ‘Aullido de licántropo‘ -publicado también por Bartleby editores-).

A Carlos Álvarez lo catalogaría José María Balcells como el “paradigma del poeta prisionero desde 1960” (se puede leer en el prólogo), y hasta el final de sus días de cárcel, varios libros jalonan su itinerario poético y la evolución de su propio modo de hacer poesía.
Es Carlos Álvarez un poeta que hizo de la fraternidad un objetivo esencial, y en esa misión se afanó siempre. Pero hay que notar un cambio en el modo de expresar poéticamente su experiencia. Un cambio a partir del libro Aullido de licántropo, que inicia un enfoque más depurado del lenguaje, y que acude con más frecuencia que anteriormente a referentes de la cultura histórica y mitológica, y a expresiones en prosa que sabe adaptar al objetivo poético.
En sus últimos libros fue haciendo aflorar más su experiencia interior y un lenguaje más sereno, más reflexivo, incluso más narrativo (se sigue leyendo en el prólogo), aunque no dejara de mostrar su preocupación por la realidad global del ser humano en su convivencia del pasado, del presente y del futuro.
Y en 1993 llegaría al último de sus libros: Memoria del malentendido, un título que su autor fija como punto final de su obra, treinta años después de su primera publicación.

 

 

Aquí tienen algunos poemas del libro.

 

 

EN EL INTERIOR DE LA BOTELLA

Mira este mapa, amor. Gira la esfera
con tus manos tranquilas donde duermen los besos
penúltimos. Contempla
lo que cuelga en los muros invisibles
de mi cuarto sombrío. No desnudes
tu carne a la caricia sin mirar
más allá de mis ojos donde un sueño naufraga.

No descanses
a mi lado sin antes compartir
un poco de este mar en que me ahogo,
se inunda, zozobramos,
desaparecen sin tocar un mísero
madero tantas vidas. Mira al fondo
la carta marinera, el manuscrito
que encierra el interior de la botella
con su grito de espanto. No me rindas
tu belleza dormida. No te entregues
a mí sin que en tus ojos el reposo
se nuble.

No te entregues, amor, si no es al llanto.
No llores, amor mío, coge un arma.

 

 

 

 

ESTE QUE AQUÍ NO VEIS tras una puerta
de metal convincente y de cerrojo
no menos expresivo y disuasorio,
y que visto a través de los barrotes
de una ventana vuelta hacia sí misma
podría confundirse con la imagen
patética de un preso
que contempla la noche, es, en efecto,
—cual suponéis— un preso… (lamentable
conjunción de factores que permiten
que coincidan el ser y la apariencia
con tanta gravedad a costa mía).

Pero miradme, (o  vedlo, si en un tono
que algún distanciamiento haga posible
preferís la palabra); ya se aparta
de su nocturno observatorio; pone
la luz sobre el papel como si a herirlo
se dispusiera, pues algo en su mano
—y algo muy agresivo— en ella brilla;
finge el gesto que indaga en el recuerdo;
se sacude su entorno; rompe el círculo
del tiempo y el espacio; lentamente
comienza a caminar, y, paso a paso,
se va por esos mundos noche a noche.

 

 

 

 

DE SUR A NORTE

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA Gabriel Celaya

¿Y si ahora, Gabriel, yo te contesto?
Yo, poeta del Sur y decadente
según generalizas. ¿Seriamente
podrías mantener tu antiguo gesto

de nórdico desprecio? Porque en esto
—quizá hermoso y, sin duda, consecuente
donde me encuentro inmerso, no es la riente
pandereta local lo que he dispuesto.

Mis años de prisión son mis jardines.
Y esta huelga de hambre, viejo amigo,
no es un juego, lo juro, tan bucólico.

Mejor la fiesta en paz. No desafines,
que tu verso es más noble. Te lo digo
yo, poeta del Sur y melancólico.

 

 

 

 

MOMENTO DE LUCIDEZ

Me dan miedo las cosas que me acechan.
¿Lo ves? Ya estoy mirando a mis espaldas.
Quise decir: las cosas que aquí tengo.
Y, sin notarlo, un verbo inamistoso
se ha colado a traición para asustarme.
Temor siento a romper con tacto hiriente
—si no sangrar yo mismo a su conjuro—
la caricia que busco. Escurridiza
me parece la sombra de mi estancia,
de mi mundo interior y el que me oprime.
Me da miedo pensarte desde lejos,
desde mi corazón enrarecido.
Preferible
soñar con otra cosa: grandes plazas
abiertas
para la alegre compra mañanera
como si fuera un día de mercado
y en Guernica… No sé lo que me pasa,
porque si evoco el mar sólo un naufragio
me alcanza, y de ese cielo
nada mejor me alumbra: el gesto duro
de una madre escarbando en los escombros,
o una gran soledad que nadie rompe.

Me aterra comprobar que estoy despierto.

 

 

 

Álvarez, Carlos. Seguiremos sembrando (Antología 1964-2010). Madrid; Bartleby editores, 2016.

 

LA CABELLERA DE LA SHOÁ

Ha llegado, por fin, a mis manos uno de esos libros que hacen que la propia biblioteca aumente su calidad varios enteros. El libro es ‘La cabellera de la Shoá‘, del añoradísimo Félix Grande.

El libro es una auténtica joya para quienes se plantean tomarse la poesía en serio, una revelación para aquellos que quieran entender por qué se escribe poesía como se hace en las últimas décadas y uno de esos pilares esenciales para quienes escriben poesía en la actualidad.

Y todo porque junto a los impresionantes versos de Félix, el libro está acompañado por un texto de Juan José Lanz que, bajo el título de ‘Poesía e Historia: La cabellera de la Shoá y la poesía después de Auschwitz‘, donde el autor hace un repaso al hecho poético después de Auschwitz, recordándonos, como dijo Enzensberger, que “tanto Auschwitz como Hiroshima han definido la edad de la poesía contemporánea y solo aquellos que entienden la poesía como una coartada de la Historia no verán la conexión entre las grandes rupturas históricas y los versos fragmentados”. Muestra cómo en La cabellera de la Shoá “Lenguaje, Ser y Conciencia aparecen ligados como los tres ejes centrales de una escritura poética comprometida con el mundo y con la Historia”, un poemario que además “insiste en la necesidad de desaprender el lenguaje para dotarlo de una nueva potencialidad testimonial, un modo de otorgar voz a los silenciados de la Historia sin traicionar su ser silencioso”.

 

 

Y aquí dejo tres extractos que me han parecido sencillamente sobrecogedores en la primera lectura del libro.

 

 

Baja a esta cueva, sube a esta evidencia.
En esta gruta grieta del grafito del grito,
en esta inmensa odrina de piel humana, en este
corral lleno de perros látigos polainas y tijeras,
en esta pasta de Lager y rampa y trenes de ganado
el viejo cieno de los ríos de Europa
ha erigido el imperio de la abominación.
Baja a este charco. Pon a nadar tu brizna
en el naufragio planetario. Baja a esta cueva,
no seas medroso, no te esquives,
no medres calma, bájate a este fango,
chapotea en este lodo, resbala en este engrudo:
es justamente aquí donde te aguardan
el yom kippur de tus coartadas,
la expiación de tu espalda y de tu olvido,
la absolución de tu inocencia sorda. …¿Qué, no bajas
a los espasmos de la realidad? ¿Te atemoriza
la dentadura de esa cabellera?
¿Te asustan de memoria la ducha de zyclon,
el alicate, la corona de oro?

Baja a esta cueva megateriamente,
oh moderno! Desciende y príngate
tus impolutos poros y tus occipitales
con esta exhibición de calvicie, oh moderno!
En tu pellejo primitivo sapiens,
en tus garras henas de pravia,
en tus orejas de consentimiento
úntate una pregunta, esta pregunta:
Tras un millón de años
y otro millón de triunfos,
desde la cumbre de tu inteligencia,
desde tus clamorosos certificados
colgados en tus tapias como testas de tigre,
desde tu cibernesis, tus diplomas, tus récords,
tu pupila de cóndor astrofísico,
la magia impar de tus laboratorios,
tus adelantos ni antiyer soñados,
tu familiaridad con el bigbán,
en fin, tu complacencia de pensarte
lumbrera incontenible del Saber,
brujo de la Razón y mago de las Luces,
hechicero de la Objetividad,
chamán del esplendor de la victoria
contra la potestad de las tinieblas,
desde allí, tan arriba, tan everest del número,
tan aforrado de acumulación
y tan cacique de la certidumbre
…¿vas ahora a tener miedo, miedo tú,
cátedro del Progreso, domador de la Sombra?

 

 

 

 

[Miré los muros de la patria mía
y vide a un genio atrabiliario y cojo
instando a España a enjalbegar de rojo
desde la capital a la alquería.

Salime al campo. Vi una cacería
ojeando a cuantos duermen de reojo,
y derramada vi tras el despojo
sangre de Sefarad, sangre judía.

Entré en mi casa cuatro siglo luego.
El pasado gritaba a sangre y fuego.
¿Nada concluye y todo recomienza?

Navegaron en sal mis anteojos
y no hallé cosa en que poner los ojos
que no me desollara de vergüenza.]

 

 

 

 

xxxxxCiento setenta y cuatro mil quinientos dicisiete fue
descargado ien iAuschwitz iel idía i26 de febrero de 1944.
¿Conoció a alguna de las cuatro muchachas? i¿Vio icómo
las ahorcaban en enero de 1945? Ala Gertner, Rosa Robo-
ta, Ester Waisblum y Regina Sapir habían colaborado con
la isublevación ide ilos iSonderkommando. iDiez igramos,
doce igramos, iquince igramos ide ipólvora iocultos en los
nudos de los pañuelos con que cubrían su cabeza rapada.
Un idía, iotro idía, idiez igramos, quince gramos…: el día 7
de octubre de 1944 la Resistencia en Birkenau incendió el
crematorio iIV. …Tres isemanas idespués idel iahorcamien-
to ide ilas icuatro ichiquillas, ilas itropas idel iEjército iRojo
liberaron a todos los esqueletos ambulantes que quedaban
en iel fondo del Lager. i¿Recordó 174517 las cabezas rapa-
das sobre los cuatro cuellos asfixiados, ilas cuatro lenguas
derramadas, los ocho ojos abiertos y ya petrificados por la
muerte, los ocho pies ya sin espasmos, los cuatro cuerpos
pendulando isobre iel isudario ide iPolonia? …En la memo-
ria de 174517, ¿qué recuerdos horadaron durante cuatro
décadas la vigilia y el sueño? ¿Qué desmemorias le emba-
durnaron su página de culpa? (¡Esa “culpa” de los sobrevi-
vientes, ila más atosigada de inocencia de toda la historia
de la Culpa!). iQuienes lo conocieron después de la mons-
truosidad icontaron i(de ello da fe el comprador de aniver-
sarios) ique ia 174517 “muchas veces le torturaba no re-
cordar iel inúmero ique iHurbinek illevaba itatuado ien isu
brazo”. iDía itras idía, inoche ia inoche, i¿qué iatormentaba
más a 174517: los recuerdos omnipotentes como latigazos
de isombra, ilos recuerdos que se le iban desmoronando al
precipicio ide ila idesmemoria …o ila iansiedad ide isu icon-
ciencia, iamarrada ia ila inecesidad ide irecordarlo todo? Su
oficio de testigo de ila imonstruosidad, i¿jadeaba icon ibuli-
mia ide imemoria iabsoluta? i…Antes ide ique iel ipeso idel
cuerpo ile iapretara iel inudo ide la horca, una de las cuatro
chiquillas les gritó iuna ipalabra ia ilos iverdugos: ¡Zemsta!
¿Conocía 174517 esas idos isílabas ipolacas? iZemsta: Ven-
ganza. i¿Viajó iesa irotunda ipalabra idesde la bocacardio de
la ipreasesinada ihasta los tímpanos de 174517? …Sesenta
y cinco años después, aquellas cuatro matas de pelo de las
cuatro rapadas que murieron colgando ide iuna soga, ¿per-
manecen iaquí, xtras xel xcristal, iblanconegroamarilloceni-
cientas, iformando iparte ide iese iBulto? ¿Estáis ahí, estáis
aquí, ichiquillas, iseñoritas, iseñoras!? iAlaReginaRosaEster:
¿estáis aquí con cuatro nombres? i¿Nombres ipor ifin ipara
mentar iel iBulto? i¿Habéis ivenido xa xuntar xmedicina ide
nombres, pelillos de lenguaje, cuatro hebritas de sedación?
¿Venís con vuestros diez gramitos de pólvora en la lengua,
ahorcadas y oferentes, a servirnos una tacita de sosiego en
la bandeja ide ivuestro suplicio? iEn iestos i1950 ikilos ique
separan en dos mitades ila ihistoria de la Historia, ¿habitan
vuestras cuatro melenas iportadoras ide iuna ilimosna, iun
escalón, iun inombre, icuatro inombres ipor ifin para inom-
brar iel iBulto? …¡Ah, ilos inombres, iluminarias ide ilo mis-
terio, igrietas ide iluz isobre la obcecación del muro tinieblo
de ivivir! ¡Ah, ilos inombres, ileche imaterna idel icrecer ilo
hondo, xnutrición xde ilo imujer iy ide ilo ihombre desde la
infancia hasta la cana, calcio del Ser, vía iláctea en ique ise
nutre señorial la Conciencia! ¡Ah, vuestros cuatro nombres
recienllegados de la horca, iseñoras! …¿Visteis ialguna ivez,
jovencitas, iamadísimos nombres, entre la nieve y el marti-
rio, ial ifuturo isuicida, ial idesnombrado? …174517 fue víc-
tima iy itestigo idesde iel idía i26 ide ifebrero idel año 1944
hasta el día 11 de abril del año 1987. Cuarenta y tres años
y un mes y luego medio mes después de ser descargado en
Auschwitz-Birkenau, iel iantebrazo i174517 se arrojó por el
hueco idel iascensor idel iedificio ien que sobrevivía con sus
papeles, sus fichitas, sus recuerdos, su conciencia ofendida
por no poder recordar todo.

 

 

 

Grande, Félix. La cabellera de la Shoá. Madrid; Ed. Bartleby, 2015.

 

‘BAJO LA MONTAÑA’ DE JACQUES ANCET

 

Tenía este libro en casa y, no pregunten por qué, aún no lo había leído. Y qué descubrimiento. Sé, desde ya, que éste será uno de los libros de este año (aunque Bartleby editores lo publicara en 2004).

Traducido por Rafael-José Díaz, el libro se abre con una introducción de Andrés Sánchez Robayna en la que, entre otras cosas, se puede leer:
“Un hombre (…) ha empezado a escribir sin saber con exactitud hacia dónde conduce sus palabras. Son éstas, en realidad, las que lo llevan a él, las que le dan presencia en el mundo. (…)
Se diría que Bajo la montaña, de Jacques Ancet, es ante todo una descondicionada indagación sobre el habitar. Y no sólo con relación a un espacio concreto, sino también en el más abstracto sentido del estar y su enigmático contacto con lo visible. (…) En la humana ocupación del espacio (interior, exterior), ¿no reside acaso una clave esencial de nuestra existencia? ¿No es tan poderoso el misterio de esa ocupación que exige de nosotros un gesto radical de acercamiento al espacio, un diálogo constante con su voz (sus voces), una escucha de sus latidos?
La palabra estancia designa en español, entre otras cosas, tanto habitación o aposento como permanencia temporal o estadía. Espacio y tiempo, pues. Y, en la raíz, estar. No es extraño que Bajo la montaña sea, al mismo tiempo que una indagación en el estar,  en el habitar de un hombre, una larga interrogación acerca de las horas, de los días, del transcurrir; de una temporalidad, en suma en la que el estar/habitar se inscribe. (…)
Ese estar/habitar del hombre (…) ¿cómo llega hasta el lenguaje, cómo toma cuerpo y presencia en él?”

 

Y aquí tienen algunos extractos de los dos primeros poemas del libro.

 

BAJO LA MONTAÑA

¿Cómo responder a esta impaciencia? Los libros, los árbo-
les y su carga de pájaros ya no bastan. Ni el humo del cielo
antes de la tormenta o la montaña que, de pronto, hincha
un rostro de piedra. iInmóvil, iél ipermanece en medio de
un xdesorden xde xsignos, icentro iperdido. iCentelleando
como una gota que se evapora.

 

 

lo que no ha visto no podría conmoverlo. No más que lo
que ve. iPero ilo ientrevisto lanza sobre él la llama de un
enigma. Alza los ojos, mira a su alrededor el aire ausente,
mientras el sol toca su nuca con intermitente calor

 

 

lejano pero presente, el dolor. Quisiera olvidarlo por la luz
de la mañana que comienza. Voces, una carretilla cargada
de tierra y el olor de la hierba, esto tal vez le bastaría, o el
silencio de las dos al sol, iuna icalle, ijuegos isencillos icon
manos de niños. Pero en el fondo de cada gesto se hunde,
raíz interminable, el dolor, y la noche cae incluso en pleno
día

 

 

de las voces a las voces. Con todo este vacío en que él se
pierde cada vez. La lluvia ha vuelto a caer y el ruido de las
botellas en el patio es la presencia de un olvido. Se queda
escuchando, ifijando isignos ique iya ino idescifra. x¿Qué
busca? i¿La transparencia de una imagen o la sombra de
este cuerpo que recomienza bajo sus dedos?

 

 

él mira. El tiempo carece de color y el sol no produce som-
bras. iA iveces, iel iviento iagita los follajes. Quisiera com-
prender, ipero sin duda se lo impide lo mismo que busca.
La imagen se difumina. Quedan un árbol, la huella curva
de iun ivuelo, icasi inada: justo lo suficiente para no com-
prender.

 

 

 

 

LAS COLINAS SON NEGRAS

Cada día, la dificultad de vivir en la claridad del día. Pan-
tallas mates o brillantes. Silencio. La voz vuelve, sacando
raíces y volcanes. También la angustia de lo inmóvil. La
fijeza negra con perros. Quisiera saber, ipero ise ihunde.
¿Cuándo podrá? El tiempo. Busca la luz

 

 

ya no ve ni los rostros ni los cuerpos. Sin embargo, los rui-
dos persisten, incluso los olores, como el de las patatas sal-
teadas en la cocina. iBuscando isus imanos, ino iencuentra
sino iuna iespera ide iobjetos. Buscando sus ojos, una clari-
dad iinmóvil, isu ilengua, algunas sílabas, menos aún, una
burbuja: un silencio de boca

 

 

¿se aventurará a lo que no es? ¿Abrir las manos, soltar los
signos? ¿Sentir al otro en su soplo? Pero en el borde, la luz
lo retiene, su transparente misterio. i¿Podría iver isin iver,
comprender ilo ique tiembla, decir lo que se calla sin callar
en él tantas palabras?

 

 

(desparramando las palabras, hurgando en esa carga de
cultura, páginas, páginas, el olor viejo, polvo o qué: bus-
cando el agujero de agua clara —una página más, xpero
vacía, deslumbrante)

 

 

se ilevanta, isacude isu itorpor, abre la mano, mira la forma
de sus dedos, el cielo y su luz. Silencioso, tal vez va a hablar
de inuevo. iMuestra iun ipunto, imuy ilejos, un breve cente-
lleo. La vida, dice al fin. Las colinas son negras.

 

 

 

Ancet, Jaques. Bajo la montaña (Trad. Rafael-José Díaz). Madrid; Batleby editores, 2004.

 

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