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MESTIZAJE Y SUR

Subo algún poema más de ‘Guardia nativa’, el libro en el que Natasha Trethewey, como se puede leer en el prólogo del libro, centra su preocupación por la amnesia histórica, por el borrado intencionado o por omisión: «Desvíos y evasiones, recuerdos metódicos y olvidos necesarios, así como versiones cargadas de amargura, irreconciliables, sobre las vivencias: de todo esto está hecha la memoria histórica» —afirmaba David Blight en su libro Race and Reunion: The Civil War and American Memory—. Son esos huecos, esas grietas por las que se escapan los combates, las pasiones y los anhelos por donde se precisa un ejercicio de rastreo. Habrá, pus, que escarbar en los mitos locales, en las leyendas, en las historias que han pasado a formar parte de la colectividad, así como en el propio legado personal para, de ese modo, abordar los temas del hogar y del exilio, del recuerdo y el olvido, de lo escrito y lo borrado. Es ésa, y no otra, la tarea que Guardia Nativa se impone a sí misma, convirtiendo el poemario en una acumulación de confluencias: blancos y negros, libres y esclavos, guardianes y prisioneros, el norte y el sur, los vivos y los muertos.

 

 

ÉGLOGA

En mi sueño, aparezco con los Poetas
Fugitivos, reunidos para una foto.
A nuestra espalda la silueta de Atlanta
queda oculta por el telón del fotógrafo:
rico y verde pasto, vacas de ojos tiernos
que mugen, su canto suena a no, no. ,
digo cuando alguien me ofrece un vaso de bourbon.
Ya nos alineamos: Robert Penn Warren,
su voz casi inaudible por el zumbido
de bulldozers, nuestra ubicación señala.
Decid «piel», entona el fotógrafo. Tengo
de negro el rostro cuando el flash nos captura.
Mi padre es blanco —les digo—, y de pueblo.
¿No odias el Sur? —me preguntan—. ¿Es que no lo odias?

 

 

 

 

MESTIZAJE

En el 65 mis padres violaron dos leyes de Misisipi;
viajaron a Ohio a casarse, volvieron a Misisipi.

Cruzaron el río al entrar en Cincinnati, ciudad de nombre
que empieza por sin, el sonido de la falta: mis en Misisipi.

Un año después a Canadá se mudaron, siguieron la ruta misma
de esclavos, el tren cortaba el blanco verglás invernal, al salir de Misisipi.

Joe Christmas de Faulkner nació, igual que Jesús, en invierno, lleva su nombre
por el día que lo dejaron en el orfanato, extraña su raza en Misisipi.

Mi padre leía Guerra y paz al darme mi nombre.
Nací rondando la Pascua del ’66, en Misisipi.

Al cumplir los 33 mi padre me dijo Es éste tu año de Jesús: tienes la misma
edad que la suya al morir. Primavera, las colinas verdeaban en Misisipi.

Algo sé que Joe Christmas no supo. Aunque yo no lo sea, mi nombre
es ruso. «Hija de la Navidad» significa, incluso en Misisipi.

 

 

 

 

LA HISTORIA DEL SUR

Antes de la guerra eran felices, dijo citando
el libro de texto. (Secundaria, el último año,

clase de Historia). Esclavos vestidos, alimentados,
y sin duda mucho mejor al cuidado de un amo.

En la página las palabras se desvanecían.
No hubo quejas, ninguna mano. Tampoco la mía.

Aún nos faltaba por ver la Reconstrucción antes
del examen y, pese al retraso, si había suerte

también las tres horas de Lo que el viento se llevó.
La historia del viejo Sur —dijo nuestro profesor—

es el relato fiel de las cosas en otros tiempos.
En pantalla, realista, un esclavo: labios gruesos

y ojo saltón, la prueba y burla del libro de texto,
ficción que el profesor guardaba, como yo, en silencio.

 

 

 

 

RUBIA

Sin duda era posible, que en los genes de mis
padres se hallasen los caracteres recesivos
que me hubieran otorgado un aspecto distinto:
no lóbulos pegados ni ojos verdes del padre,
sino otro color de pelo, el que a los hombres les gusta,
el de las rubias vivarachas. Y con mi tez,
un buen bronceado —mezcla igual de ambos padres—
pasaría por blanca.

Cuando encontré al despertar el día de Navidad
una peluca rubia, un tutú de lentejuelas
y una moña bailarina, rubia y de mi altura,
no supe si preguntar, aun no siendo importante,
si no la había de cara marrón. Fue años antes
de que mi abuela acurrucase en nuestro belén
al niño oscuro, años antes de al fin entenderlo
como esencial para una infancia en Misisipi.

En lugar de eso, estuve brincando por la sala,
un vórtice de futuros; mis padres miraban
a una hija de súbito extraña. En la foto
que tomó mi madre, mi padre —lo poco que
de él se ve— mira como debió hacerlo José
a la milagrosa natividad. Yo, en primer
plano, mi peluca rubia un halo de luz, soy
el neonato, la niña que un azar remoto
pudo haber concedido.

 

 

 

 

GÓTICO DEL SUR

Me he acostado en 1970, en la cama
que mis padres compartirán unos pocos años más.
Recién caída la noche, aún no se han dado la espalda
al dormir, los cuerpos curvados, paréntesis
que enmarcan las vidas distantes a las que despertarán. En sueños
soy de nuevo la niña con mil preguntas que hacer,
los constantes por qué y por qué y por qué
que mi madre no sabe contestar, la boca cerrada, un gesto
que revela su futuro: los labios fríos, apretados y cosidos.
Las líneas del rostro de mi padre se acentúan
con un mohín de aflicción. He vuelto a casa
del colegio con las palabras que nos oscurecen
en esta pequeña ciudad del Sur —pelagatos, amiga
de negratas, mestiza y acebrada— palabras que toman forma
desligadas de nosotros. Nos apiñamos en la isla de nuestra cama, quedos
en el idioma de la sangre: la casa, inestable
sobre sus ancas de cemento ligero, se hunde cada vez más
en la mugre del linaje. Las lámparas de aceite parpadean
a nuestro alrededor; nuestras sombras, oscuros glifos en la pared,
más grandes y extrañas que nosotros mismos.

 

 

 

 

INCIDENTE

Contamos la misma historia todos los años
—cómo oteábamos desde las ventanas, las persianas bajadas—
aunque en realidad nada sucedió,
la hierba carbonizada hoy reverdecida.

Oteábamos desde las ventanas, las persianas bajadas,
la cruz apuntalada como un árbol de Navidad,
la hierba carbonizada aún verde. Entonces
apagamos la luz, encendimos los faroles.

La cruz apuntalada como un árbol de Navidad,
unos pocos hombres reunidos, con túnicas, blancos como ángeles.
Apagamos la luz y encendimos los faroles,
los pabilos temblaban en sus pilas de aceite.

Parecían ángeles reunidos, hombres blancos con túnicas.
Al terminar se fueron en silencio. Nadie vino.
Los pabilos temblaron la noche entera en sus pilas de aceite;
al amanecer se habían atenuado las llamas.

Al terminar los hombres se fueron en silencio. Nadie vino.
En realidad nada sucedió.
Al amanecer se habían atenuado las llamas.
Contamos la misma historia todos los años.

 

 

 

 

PROVIDENCIA

Lo que queda son las imágenes. Las horas antes del
xxxxxxxCamille, 1969: gentes preparándose
xxxxxxxxxxxxxxpara el huracán, palmeras inclinadas
por el viento,
xxxxxxxsus hojas volteadas,

el cabello de una mujer. Y el después:
xxxxxxxlos solares
xxxxxxxbarcos arrastrados tierra adentro, una marisma

donde antes hubo tumbas. Recuerdo

lo apiñados que pasamos la noche en nuestra casa, tan pequeña,
xxxxxxxyendo de una habitación a otra,
vaciando las ollas llenas del agua de la lluvia.

Al día siguiente nuestra casa
xxxxxxx—construida sobre cemento ligero— parecía flotar

xxxxxxxen el jardín inundado: no teníamos cimientos

bajo los pies, me era imposible ver nada
xxxxxxxxxxxxxxque nos atasexxxxxxxxxxxxxxxxxxxxa la tierra.
xxxxxxxxxxxxxxEn el agua, nuestro reflejo
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxtemblaba,
desparecía
al inclinarme para tocarlo.

 

 

 

 

SUR

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxEl Homo sapiens es la única especie
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxque sufre de un exilio psicológico.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxE. O. Wilson

Regresé a una larga fila de pinos,
xxxxxxxxxxxxxxuna falange que hambrienta, en los huesos,

el camino flanqueaba, maraña
xxxxxxxxxxxxxxde escobo —dialéctica de negrura

y luz— y magnolias que florecían
xxxxxxxxxxxxxxcomo ideas tardías: cada flor

es rendición, blancas banderas entre
xxxxxxxxxxxxxxramas colgadas. Regresé al confín

de la tierra, la franja de la costa
xxxxxxxxxxxxxxun corte limpio, enterrado en la arena:

mangle, roble de Virginia, hierbajos
xxxxxxxxxxxxxxsegados y sutituidos con finas

palmas enanas, símbolos de triunfo
xxxxxxxxxxxxxxo desafío, que una y otra vez

señalan esta tierra derrotada.
xxxxxxxxxxxxxxRegresé a un campo de algodón, terreno

sagrado —según leyenda de esclavos—,
xxxxxxxxxxxxxxfrutos que guardan de generaciones

fantasmas: los que medían sus días
xxxxxxxxxxxxxxcon peso de sacos y tiempo usado

en cada hilera, algodón salpicado
xxxxxxxxxxxxxxcon su sudor, cosido en nuestras ropas.

Regresé a un rural campo de batalla
xxxxxxxxxxxxxxdonde a muerte lucharon tropas negras

—Port Hudson, sus cuerpos al sol hinchándose,
xxxxxxxxxxxxxxcalcinándose— sin ser enterrados

hasta que el verde manto de la tierra
xxxxxxxxxxxxxxsobre ellos cayó, sin tumbas ni lápidas.

Donde nombres de calles, edificios
xxxxxxxxxxxxxxy monumentos son confederados,

donde esa vieja bandera aún ondea,
xxxxxxxxxxxxxxregreso a Misisipi, donde un crimen

fui —mulata, mestiza—, una nativa
xxxxxxxxxxxxxxen tierra natal: aquí yaceré.

 

 

 

Trethewey, Natasha. Guardia nativa (Trad. Luis Ingelmo). Madrid; Bartleby editores, 2006.

 

TODO EL MUNDO HA OÍDO HABLAR DE MISISIPI

 

Con el título del post, que pertenece a Nina Simone, se abre una de las secciones de ‘Guardia nativa’, el maravilloso libro que publicó Bartleby editores hace ya ocho años, después de que ganara el Premio Pulitzer hace una década.
De esa sección dejo aquí unos poemas.

 

 

PEREGRINACIÓN
Vicksburg, Misisipi

Aquí vino el Misisipi a esculpir su senda
xxxxxxxoscura y embarrada, este cementerio

para los esqueletos de barcazas hundidas.
xxxxxxxAquí fue donde su curso el río cambió,

de la ciudad se distanció del mismo modo
xxxxxxxen que del pasado, al olvidar, desertamos

—riscos abandonados, laderas que se alzan
xxxxxxxen los recodos— donde hoy el Yazoo ocupa

el lecho antes vano del río Misisipi.
xxxxxxxPétreos aquí se yerguen los muertos, mármol

blanco, en la avenida Confederada. Piso
xxxxxxxtierra antaño horadada por red de cueas;

en mil ochocientos sesenta y tres, sentada
xxxxxxxbajo tierra en su sala a la luz de las velas,

a la mujer catacumbas parecerían.
xxxxxxxLa veo atenta a la explosión de obuses, se hace

un sitio en la historia, escribe ¿qué será
xxxxxxxde todo lo vivo que hay en este lugar?

La ciudad toda es una tumba. En primavera
xxxxxxxPeregrinación— los vivos quieren mezclarse

con los muertos, se rozan con sus fríos hombros
xxxxxxxpor los largos pasillos, escuchan la noche

entera su silencio y su desdén, reviven
xxxxxxxsus muertes en el verde campo de batalla.

En el museo admiramos sus vestimentas
xxxxxxx—entre cristal conservadas— mucho más chicas

que las nuestras, como si hubieran sido niños
xxxxxxxquienes las llevaron. Dormimos en sus camas,

las viejas mansiones ovilladas en riscos,
xxxxxxxenvueltas en flores —fúnebres—, son sus pétalos

visión difuminada contra el gris del río.
xxxxxxxEl folleto en mi habitación historia viva

lo llama. La placa de latón de la puerta
xxxxxxxreza Cuarto de Prissy. Enmarca una ventana

el río que hacia el Golfo se arrastra. En mi sueño
xxxxxxxa mi vera el espectro de la historia duerme,

se gira, un brazo entumecido me sujeta.

 

 

 

 

ESCENAS DE LA HISTORIA
DOCUMENTAL DE MISISIPI

1. El algodón rey, 1907

En cada esquina de la foto penden banderas:
Vicksburg, su calle mayor. En un arco apilads
las grandes balas de algodón del suelo se elevan

cual marola de historia que la ciudad anega.
Llega Roosevelt —un desfile—: la banda marcha
y en cada esquina de la calle penden banderas.

Una pancarta, Algodón, de América el rey, suena
a progreso. Dos años más y el Sur contramarcha
—grandes balas de algodón que del suelo se elevan

de gorgojo infectas—, bíblico azote les cerca.
Negritos hoy en las balas, ropa almidonada.
Desde lo alto, en esta foto, agitan las banderas

al presidente —vemos su espalda— que atraviesa
el arco con rumbo al futuro. En su atalaya
—grandes balas de algodón que del suelo se elevan—

nos miran los niños. Mar de algodón les rodea,
pila en que se encumbran, vista dorsal. En la arcada,
en cada esquina de la foto penden banderas
y grandes balas de algodón del suelo se elevan.

 

 

2. Glifo, Aberdeen, 1913

La cabeza del niño inclina, como en sueños.
Desnudo el pecho, de perfil, se sujeta
en el regazo del hombre que, con peto,
flaco, mece el brazo delgado del niño
—codo en punta, de hueso y piel marcas blancas—
tira de él para exhibir al contrahecho
y acentuar —joroba, columna curva—
el diario infortunio de su vida, el niño
que le sigue a los campos, horas junto a un
saco pasa, desplomado inquiere su
cuerpo ¿cuánto algodón?, o ¿cuánta comida?
buscando en la nevera de la cocina,
o de rodillas en la iglesia a su lado,
¿por qué, Señor, por qué? Posan y nos dicen
Miradnos, del dolor somos la silueta:
con él carga el niño, un túmulo como
tierra sobre una tumba amontonada.

 

 

3. Riada

Sobre el lomo del río crecido
han llegado, la barcaza que
lo divide, sus escasos bienes
apiñados a los pies. La Guardia
Nacional se embosca en el dique
por encima de ellos, rifles listos,
el acceso a tierra alta bloquea.
Que cantase a un grupo de negros

refugiados para acceder a tierra
se le ordenó, reza el pie de foto,
de oración un coro parecen, oscuros
badajos sus lenguas. La cámara aquí
inertes los capta. Posan como para un
retrato escolar, niños que entrelazan
los dedos en el regazo. Un chico
de lealtad hace el gesto, sobre el pulso
eléctrico del corazón la diestra.

Los circunda el gran río, bajo sus pies
la barcaza invisible, la vista fijan
en lo que ante ellos tienen: de un rifle el hueco
del ánima, la lente de aquella cámara,
turbia grieta entre barcaza y tierra firme,
aberturas son todas, del tiempo el pozo
en un instante capturado. A la luz
del ’27 son refugiados de
la historia: la barcaza los ha traído
hasta aquí, para desembarcar esperan.

 

 

4. Tarde llegas

La sombra del niño está con este sol tan alto
bajo ella casi al completo, le roza la planta
del pie descalzo sobre el pavimento. Y da el paso
aunque sin duda hace mucho calor. Son sus ganas

de leer el tema de esta foto: un libro tiene
en la mano, la biblioteca cerrada, fuera
aún de su alcance la puerta. Se acerca, quiere
ver las señales, con calma de nuevo leerlas.

Contra un fondo blanco, en la primera con esfuerzo
se intuyen las tenues letras. En ella descifra
Biblioteca Pública de Greenwood para negros,
mas la otra, en negrita sobre pizarra, le indica

fuera del marco la salida, un dedo que apunta
a la izquierda. Quiero llamarla, decirle espera.
Mas demorarse no puede, la historia le apura.
Leerá esta señal que yo leo: Tarde llegas.

 

 

 

Trethewey, Natasha. Guardia nativa (Trad. Luis Ingelmo). Madrid; Bartleby editores, 2006.

 

BLUES DEL TIEMPO Y EL ESPACIO

septiembre 25, 2017 Deja un comentario

Hace una semana subía los poemas centrales de ‘Guardia nativa’, o quizá debería decir el poema central del libro —la serie de diez sonetos en corona, llamados así porque los sonetos se encadenan por medio de anadiplosis, esto es, el último verso del primer soneto se reproduce en el primer verso del segundo soneto, y así sucesivamente; y que Trethewey extiende a diez sonetos, aunque esta secuencia se componga de siete, para así igualar su número al de las elegías que integran la primera parte de la colección—, el que muestra más a las claras la preocupación de Trethewey por la amnesia histórica, el borrado intencionado o por omisión. Son esos huecos, esas grietas por las que escapan los combates, las pasiones y los anhelos por donde se precisa un ejercicio de rastreo. Habrá, pues, que escarbar en los mitos locales, en las leyendas, en las historias que han pasado a formar parte de la colectividad, así como en el propio legado personal para, de ese modo, abordar los temas del hogar y del exilio, del recuerdo y el olvido, de lo escrito y lo borrado. Es ésa, y no otra, la tarea que Guardia Nativa se ha impuesto.
Así lo leemos en el prólogo, en el que Luis Ingelmo continúa escribiendo: Entiende Michel Focault que la genealogía es «redescubrimiento meticuloso de las luchas y memoria bruta de los enfrentamientos», una amalgama del saber erudito y del saber popular. El momento en que la tiranía de los discursos monolíticos deja paso a los textos marginales, a las investigaciones parciales, es la oportunidad que se abre para la búsqueda de lo presente a través de los hechos extraviados en los relatos acallados. Trethewey (…) lo que persigue es revolverse contra el discurso histórico hegemónico, contra los efectos que éste conlleva sobre las poblaciones y las generaciones venideras, contra el poder que queda centralizado en manos de instituciones pedagógicas, universitarias o científicas, y contra el uso que se le da para silenciar a los que claman por recuperar su ubicación en el complejo entramado de la red histórica. (…) Así pues, liberación del saber histórico parcial, fragmentario, para enfrentarse al discurso dominante, unitario, teórico y sancionado como válido.

 

Y aquí tienen algunos poemas de la primera sección del libro:

 

 

TEORÍAS DEL TIEMPO Y EL ESPACIO

Puedes llegar allí desde aquí, aunque
no sea como ir a casa.

Cualquier sitio al que vayas será un lugar
que no hayas visitado. Haz esto:

coge la Misisipi 49 hacia el sur, kilómetro
a kilómetro las señales irán marcando

un minuto más de tu vida. Síguela
hasta su conclusión natural: callejón sin salida

en la costa, el muelle de Gulfport donde
jarcias de pesqueros son puntos de sutura sueltos

contra un cielo que amenaza lluvia. Cruza
la playa artificial, 40 kilómetros de arena

volcada en el manglar, el terreno
sepultado del pasado. Lleva contigo

lo imprescindible: un tomo de recuerdos
con páginas en blanco al azar. En el muelle

en que embarques hacia Ship Island
alguien te sacará una foto:

la fotografía —quien eras—
te estará esperando a tu vuelta.

 

 

 

 

GENUS NARCISSUS

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxBellos narcisos, amargura sentimos
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxal veros con tanta premura partir.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxRobert Herrick

El camino que de escuela a casa conducía
poblado de árboles y sombras, vera de arroyo,
brillaba con gualdos narcisos, tempranas las

flores en los últimos días del gris invierno.
Supongo que sabía de su crecer silvestre,
no viendo daño alguno en cogerlos. Eso hice,

corté tantos como de sí me dieron las manos
para, en un tarro, ofrecérselos luego a mi madre.
Los puso en el alféizar de la ventana, y cerca

me senté, absorta en la luz curvada en el cristal,
ya el día dando paso a la noche, orgullosa
por haberle regalado a mi madre un detalle.

Vanidad infantil. Debo haberme visto en ellas
de algún modo reflejada: en los finos tallos,
cada corola una cabeza erguida a la espera

de elogios, o gacha para ver su propia imagen.
De camino a casa hace años nada sabía
de Narciso ni del crecer fugaz de esas flores,

cómo, marchitas cual las de las tumbas, susurran
sopladas por el viento, un traicionero silbar
desde el alféizar. Enamórate de ti misma,

me decían a mí; muere joven, a mi madre.

 

 

 

 

BLUES DEL CAMPOSANTO

El día entero llovió cuando allí la enterramos;
de la iglesia a la tumba donde al fin la dejamos.
Los pies absorbidos por barro hueco escuchamos.

Nos llamó el pastor a todos y alcé yo la mano;
quiso presente a un testigo y levanté la mano:
La muerte atasca el cuerpo, el alma es un artesano.

Salió el sol cuando me volvía para alejarme,
con su luz me cubrió dispuesta para alejarme:
di la espalda a mi madre, no podía quedarme.

Llenito de baches estaba el camino a casa,
era todo baches aquel camino a mi casa;
aunque bajemos el ritmo, el tiempo sí pasa.

xxxxxxxEntre muertos y sus nombres deambulo ahora;
xxxxxxxel de mi madre para mí almohada marmórea.

 

 

 

 

LO QUE ES UNA PRUEBA

No los cardenales fugaces que cubría
con maquillaje, oscura mancha cual huella
de telescopio al que con fuerza se pegara
queriendo ver una salida, ni su voz
estremecida que calmaba inclinándose
sobre una olla con huesos al fuego. Ni
aquellos dientes que por los suyos llevaba,
ni aquel documento oficial —emborronados
el sello y su firma— ya amarillo, ajados
los bordes. Ni el rotulador menudo, marca
de fechas y nombre, abstracto como la historia.
Tan sólo el territorio del cuerpo —clavícula
astillada, temporal perforado— huesos
que cada día, como todo, se sedimentan.

 

 

 

 

TRAS TU MUERTE

Saqué primero tu ropa de los armarios,
a la basura tiré la fruta, macada
por el tacto de tu mano, dejé vacíos

tus tarros de conservas. Al día siguiente
oí unos pájaros en los frutales, luego,
al ir a coger un higo maduro y suelto,

lo encontré medio comido, la otra mitad
pudriéndose, o —como otro que arranqué y abrí
al medio— comido desde dentro hacia fuera:

mil insectos lo vaciaban. Llego tarde
de nuevo, otro espacio por la pérdida hueco.
El mañana, el frutero que habré de llenar.

 

 

 

 

AL ANOCHECER

Primero me parece que llama a un niño,
mi vecina, contra el marco de su puerta
al anochecer, el zumbar de farolas
por telón de fondo nocturno. Escucho
luego el retín del arrumaco que hacemos
a los animales que entienden sonidos,
no el sentido de las palabras —misina
misina— ni que a veces se queden cortos.
En otro jardín, donde no alcanza a ver
mi vecina, la gata aguza el oído,
se vuelve hacia la voz, para retornar
hacia la constelación de luciérnagas
que titilan junto a ella. Aún no sabe
si saltar por encima del seto bajo,
la cuidada hilera de flores, y brincar
sobre el porche, en el círculo permanente
de luz, o quedarse donde está: el hechizo
de lo posible —lo que la retendría
lejos de casa— que ante ella revuela.
Oigo a mi vecina, su voz que se apaga.

Desiste por ahora de sus llamadas,
la imagino dentro de casa, esperando,
acaso sentada enfrente de la tele,
o de una habitación a otra, atareada;
quedo pensando que yo también podría
subir la voz, segura de que alguien la oye,
lanzarla por las líneas que suturan
aquí y allá, sabiendo que mis sonidos
bastan para hacer que alguien venga a casa.

 

 

 

Trethewey, Natasha. Guardia nativa (Trad. Luis Ingelmo). Madrid; Bartleby editores, 2006.

 

‘GUARDIA NATIVA’, DE NATASHA TRETHEWEY

septiembre 18, 2017 Deja un comentario

 

GUARDIA NATIVA

xxxxxxxxxxxSi esta guerra fuera a olvidarse, en el nombre de lo más sagrado
xxxxxxxxxxxme pregunto, ¿qué habrán de recordar los hombres?
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxFrederick Douglas

Noviembre de 1862

La verdad sea dicha, no quiero olvidar nada
de mi vida anterior: del paisaje el canto esclavo,
endecha en la garganta del río, allí se agita
al desembocar en el Golfo, el viento en los árboles
ahogados por parras. Pensé en llevar conmigo
el deseo de libertad aun siendo ya libre,
no es un recuerdo permanente la memoria.
Sí: esclavo nací, en temporada de cosecha,
en la Parroquia de la Ascensión, los treinta y tres
he cumplido con la historia de alguien que más joven
fue y llevo grabado en la espalda. Uso ahora tinta
para apuntar, un libro cerrado, no el señuelo
del recuerdo —falaz, mudable— que hace ver suave
el látigo al amo y para el esclavo agudiza.

 

 

Diciembre de 1862

Tener un amo al esclavo agudiza el doblarse
para el trabajo, tal como para la instrucción
—de tropas revista— el sargento instruye y dirige
al batallón. Mas unidad de apoyo nos llaman
—no infantería— y por eso cavamos trincheras,
para el ejército cargamos bultos, pesados
como los de antaño. Oí al coronel llamarlo
trabajo de negros. Las medias raciones lo hacen
todo familiar. De las casas abandonadas
de los confederados lo urgente nos llevamos:
sal, azúcar, aun este diario, con las palabras
de otro casi repleto, solapadas ahora,
bajo las que yo he sombreado. En cada página
se entrecruza su relato con el mío propio.

 

 

Enero de 1863

Ah, y cómo se entrecruza la historia, mi propia
litera en un barco conocido como Estrella
del Norte, y me abro entonces a una vida nueva,
el Fuerte Massachusetts, una gran ironía:
tanto senda como destino de libertad
que no había osado recorrer. Ahora, aquí,
hasta los tobillos metido en la arena, por
insectos picado, asfixiado de calor, puedo
aun ver el Golfo y contemplar las olas que rompen,
sacuden los barcos, mecidos los cañoneros
por las aguas. ¿Y no somos acaso lo mismo,
esclavos en manos de ese gran amo, el destino?
Cielo nocturno, rojo, el augurio de fortunas,
alba, rosa igual que carne joven: sana suelta.

 

 

Enero de 1863

Hoy, un rojo alba de peligro. Pertrechos sueltos
que apilamos al desembarcar, hasta la playa
barridos por una tormenta que en un instante
—desprevenidos— se levantó. Al trabajar, luego,
me uní al grave canto que alguien había empezado
para marcar el ritmo y en la faena un lazo
oculto sentí. Entonces un hombre la camisa
se quitó, expuestas sus cicatrices, sombras como
los renglones cruzados de este diario en su espalda.
Fue él quien apuntó que al romperse en la arena como
látigo suenan las cuerdas, nos hizo estudiar
la furiosa danza al viento de una tienda floja.
Observamos y aprendimos. Cual sagaces amos
sabemos hoy atar lo que retener queremos.

 

 

Febrero de 1863

Sabemos que es nuestro deber tener retenidos
a hombres blancos, soldados rebeldes, aspirantes
a amos. Estamos todos aquí encadenados,
unos a otros. La libertad ha sido para ellos
su cautiverio. Nosotros, por voluntad propia
alistados, carceleros de quienes esclavos
aún nos tendrían. Son cautos, nuestra presencia
les aterra. Algunos ni leer ni escribir saben,
muy bajo han caído y otras palabras no tienen
para enviar sino las que les doy. Mas de un negro
que escribe recelan, del que sus cartas transcribe.
Una X les liga al papel, un símbolo mudo
cual sobre una tumba la cruz. Sospecho que temen
que les escucho pero en tinta otra cosa escribo.

 

 

Marzo de 1863

Escucho, con tinta escribo lo que bien sé que
se afanan por decir con sus silencios, mayores
que las palabras: aprensión por seres queridos
Amada mía: cómo te las vas apañando
qué fue de sus pequeños terrenos de cultivo
¿habéis cosechado suficiente para ahorrar?—.
Anhelan la comodidad de su anterior vida
hoy te veo allí, diciéndome adiós con la mano—.
Algunos envían fotos, un retrato en caso
de que el cuerpo no regrese. Otros dictan las
verdades de la guerra: Un aire caliente arrastra
el hedor de miembros podridos hasta los huesos.
Vuelan negras nubes de moscas. Hambre y flaqueza.
Al morir un hombre nos comemos su ración.

 

 

Abril de 1863

Al morir un hombre nos comemos su ración
tratando de no recordar sus cuencas vacías,
mejillas cosidas de gusanos. Enterramos
hoy al último de los muertos de Pascagoula,
y a los que murieron en retirada hacia el barco:
los marineros blancos de azul nos dispararon
como si fuéramos el enemigo. Creí
la batalla concluida, mas a un hombre caer
vi a mi lado, de hinojos como rezando, luego
otro, brazos extendidos tal que si estuviera
en la cruz. El humo que ascendía de los rifles,
como almas dejando este mundo. El coronel
dijo: un desafortunado incidente; sus nombres,
dijo, adornarán esta página de la historia.

 

 

Junio de 1863

Esta página de la historia adornarán como
grabados en piedra algunos nombres. Otros no.
Llegó ayer el rumor de tropas de color muertas
tras la batalla en Port Hudson; que decir se oyó
al general Banks Entre esos muertos no hay ninguno
mío y allí, sin reclamar, los dejó. Anoche
soñé con sus ojos aún abiertos, nublados
como los de peces arrastrados a la orilla,
mas su mirada fija en mí. Siguen viniendo otros
deseosos de alistarse. Macilentos, llegan
demacrados, traen noticias de tierra firme.
Famélicos, sufren como nuestros prisioneros.
Moribundos, suplican lo que dar no podemos.
La muerte a todos nos iguala: es un justo amo.

 

 

Agosto de 1864

Dumas un justo amo fue para todos nosotros.
A leer y escribir me enseñó: criado de mi amo
era, mas digno. Mi trabajo me permitía
estudiar lo silvestre: toda clase de plantas,
aves que hoy en mi cuaderno dibujo, chochín,
zarapito, garceta, colimbo. Al atender
los jardines sólo quise estudiar seres vivos,
nunca pensé que de los muertos sabría tanto.
Hoy cuido en Ship Island de tumbas, cual dunas túmulos
que mudan y desaparecen. Registro nombres,
envío a las familias breves notas, el cómo
y cuándo tan sólo: mi deber cumplo. Me han dicho
que es mejor prescindir de los detalles, mas sé
que cosas hay de las que cuenta se debe dar.

 

 

1865

Son éstas cosas de las que se debe dar cuenta:
matanza aun con bandera blanca de rendición
—masacre negra en el Fuerte Pillow—; nuestro nuevo
nombre, Cuerpo d’Afrique —palabras que el estatuto
de nativos nos roba—; viejales y libertos
—exiliados en su patria—; enfermos, lisiados,
miembros perdidos, lo que queda —dolor fantasma,
recuerdos que persiguen una manga vacía—;
aquellos que en Gettysburg devoraron los cerdos,
en tumbas sin nombre; cartas muertas, sin respuesta;
historias sin contar de hombres que enmudecerá
el tiempo. Bajo los campos de batalla, hoy verdes,
se agusanan los muertos, andamiaje de hueso
pisado y olvidado. La verdad sea dicha.

 

 

 

 

ELEGÍA POR LOS GUARDIAS NATIVOS

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxAhora que la sal de su sangre
xxxxxxxxespesa el leteo aun más salado del mar…
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxAllen Tate

Mediodía y dejamos Gulfport; gaviotas siguen
la estela del barco —serpentinas y charanga—
hasta arriba a Ship Island. Allí se distingue
primero el fuerte, un refugio, de hierba el tejado
—mínimo recuerdo de soldados que sirvieron—,
de muertos selectos cenotafio erosionado.

Aun con tantas prisas que por bajar a la playa
tenemos, al guarda forestal dentro seguimos.
Menciona tumbas bajo el Golfo, que azotada
por el huracán Camille en dos se partió la isla,
nos muestra casamatas, cañones, tienda de
recuerdos, señas de una historia largo sepelida.

Han colgado aquí una placa, a la entrada del fuerte,
las Hijas de la Confederación con los nombres
de cada soldado confederado en relieve
de bronce. No hay nombres para los Guardias Nativos:
Segundo Regimiento, la Unión, falange negra.
¿Qué monumento su legado mantiene vivo?

Cartelas de tumbas, lápidas toscas, ya todas
anegadas. Los peces entre los huesos nadan
mientras oímos el recitado de las olas.
Queda sólo el fuerte, más de cuarenta pies de alto,
circular, truncado, expuesto al cielo: viento y lluvia
—los elementos— de Dios el ojo empecinado.

 

 

 

Trethewey, Natasha. Guardia nativa (Trad. Luis Ingelmo). Madrid; Bartleby editores, 2006.

 

EL PADRE

septiembre 15, 2017 Deja un comentario

 

LA FOTOGRAFÍA QUE QUIERO

En blanco y negro, cuadrada, barnizada
como la instantánea de una cámara antigua.
Él: sentado, sobre el gran sofá,
un hombre fuerte reducido por el cáncer.
En el cuello abierto de la camisa,
los nódulos más grandes
presionan hacia fuera
como un calcetín relleno de cosas.
Su cabeza inclinada
descansa en la mía que descansa en su hombro,
mi rostro tan cerca del primer tumor
como los labios de un bebé dormido
del pecho materno.
La luz es fuerte, las sombras marcadas,
la edad ha dejado huellas en nuestros rostros.
Descansamos con los ojos cerrados,
casi dormidos, uno en el otro.

 

 

 

 

QUERER

Esperé en el pasillo mientras su mujer
preparaba todo para la noche,
ajustaba el goteo, limpiaba la saliva
seca de las comisuras de sus labios,
comprobaba que la escupidera estuviera cerca,
el timbre prendido a la sábana,
como una chupador a la cuna.
Mientras, yo pensaba en el goteo,
en la manivela de acero de la cama,
en el timbre, la taza, la luz. Siempre lo supe
un objeto en un mundo de objetos.
Y es que no hablaba, a veces, por una semana,
se limitaba a hacer esas señas suyas:
si abría y cerraba los dedos como un pico,
mujeres parloteando; si se golpeaba la frente,
la estupidez de las mujeres te destruye.
Yo había dejado de esperar que me hablara
con sinceridad antes de morir. Aguardé
junto a la enfermería, donde las madres dejan
las flores cuando se llevan sus bebés a casa.

Cuando ella salió de su habitación estaba radiante:
él le había tomado las manos, le había agradecido
cuanto había hecho por él durante veinte años,
y después le había dicho, Quiero dedicarte
el resto de mi vida.

 

 

 

 

ASOMBRO

Cuando llama para decir que mi padre morirá hoy
o mañana, recorro el pasillo, la boca abierta,
los ojos fijos. Su cabeza era un planeta navegando
sobre mi cuna y yo no lo podía entender.
En el lago, se acercaba caminando sobre las ágatas,
el pelo de su pecho ascendía como raíces.
Yo lo veía y no entendía.
Yacía tras la puerta de vidrio biselado,
junto a la garrafa de cristal,
aún intactos esos haces verticales
que después él haría añicos.
Y cuando se sentaba junto a la piscina
evitaba nuestra mirada,
sus iris, una sustancia lustrosa,
volátil, desconocida.
Sólo empezó a buscarnos cuando enfermó,
brillaba al hundirse.
Acerqué mis labios a su rostro resplandeciente
y él se inclinó hacia mí, como un meteoro
de luz hundiéndose en la cuna.

Y ahora va a morir. Recorro el pasillo
cara a cara con esa verdad
como si fuera un gran calor.
Me siento como uno de los niños pastores
cuando la estrella se posó sobre el tejado.
Pero estoy acostumbrada, conozco este asombro.
Si me hubiera atrevido a imaginar un cambio
quizá hubiera deseado cambiar mi vida
por la de alguien criado con amor,
pero ¿cómo podría alguien criado con amor
soportar esta muerte?

 

 

 

 

CARRERA

Llego al aeropuerto, corro al mostrador,
compro un pasaje y diez minutos después
cancelan el vuelo: los médicos dicen
que mi padre no pasa de esta noche
y cancelan el vuelo. Un hombre
de bigote me habla de un vuelo sin escala:
sale en siete minutos. ¿Ve ese ascensor?
Baje un piso, doble a la derecha,
coja el autobús amarillo, baje en el segundo terminal,
dice. Y yo, que carezco de toda orinteación,
corro exactamente hacia donde debo, un pez
deslizándose contra la corriente del río,
hábilmente, como si supiera. Salto del autobús,
las maletas llenas de cualquier cosa
me sacuden de lado a lado
como si quisieran demostrar
que también yo sucumbo a las leyes de lo físico.
Y yo, que siempre voy al final de la fila,
corro hacia un hombre de flor blanca en el pecho,
y le digo, Ayúdeme. Mira mi pasaje, me mira a mí,
y dice: Doble a la izquierda, después a la derecha,
suba las escaleras mecánicas y, después,
corra. Vuelo escalera arriba y ahí, al final, veo el pasillo,
respiro profundo, le digo Adiós a mi cuerpo,
adiós a la comodidad y corro, corro
como si pudiera apostarlo todo,
gastar para siempre las piernas y el corazón que él me dio,
todo para tocarlo una vez más en esta vida.
He visto fotos de mujeres corriendo,
sus pertenencias atadas con bufandas
asidas a los puños. Bendigo
las piernas largas que él me dio y abandono mi corazón
a su único propósito: llegar a la Puerta 17.
Cerraban la del avión cuando llegué.
Entonces, como quien no es demasiado rico,
me deslicé a través del ojo de la aguja
y recorrí el pasillo que me llevaba hacia mi padre. El avión
iba repleto, el cabello de los pasajeros brillaba,
una bruma de endorfinas doradas llenaba la cabina.
Lloré como lloran quienes entran al cielo,
con un alivio colosal. Despegamos
de un lado del continente
y no paramos hasta posarnos
sobre la otra orilla. Entré a su habitación
y vi su pecho ascender despacio
y bajar de nuevo. Toda la noche
estuve mirándolo respirar.

 

 

 

 

LOS OJOS DE MI PADRE

El día antes de morir, permaneció echado
hora tras hora con los ojos abiertos
y la mirada terca, cansada.
En sus iris nacieron manchas doradas
como si hubiera cambiado su esencia,
trozos de agua o de cielo injertados
en su cuerpo mineral.
Cada vez que pestañeaba, la poderosa
onda de sus pestañas atravesaba mi cuerpo
como si fuera Dios quien pestañeaba,
todo un mundo deshecho en el salto de un párpado.
Dijeron que quizá no veía nada,
que la esfera material de su ojo
estaba simplemente abierta a las cosas del mundo.
Pero a medida que avanzaba la tarde
sus ojos parecían buscar mi voz o la de su mujer.
Y una vez, cuando se movió intentando
estirar el brazo, me agaché
y volvió su iris borroso hacia mí,
su pupila se contrajo por un instante
y me recibió: era mi padre mirándome.

Fue apenas un segundo, como la repentina chispa
del deseo que brilla de pronto entre dos personas.
Después, su vista se hundió de nuevo
y sólo dejó un globo ocular,
y al día siguiente el alma huyó
y ahí ya sólo dejó a mi padre.
Pensé en esa última mirada,
una mirada sin amor ni esperanza,
su mirada de reconocimiento.

 

 

 

 

EL CUERPO MUERTO

No soportaba dejarlo solo en la habitación
después de que murió. Durante meses
siempre hubo alguien con él, estuviera dormido,
despierto, en coma, siempre alguien, pero después
nos quedábamos fuera y él dentro,
solo: como si lo único importante fuera su conciencia,
ese hombre que tuvo tan poca conciencia, que fue
90% cuerpo. Yo no soportaba
esa forma de tratarlo como basura, íbamos a quemarlo,
como si sólo importara el alma. Quién era ése
si no él, tirado ahí, seco y abandonado.
Me enfrentaría a quienquiera
que no respetara ese cuerpo: que viniera
un estudiante de medicina y se atreviera a hacer un chiste sobre su hígado
y lo derribaría. Hubiera sido tan bueno tener a quien derribar.
Y si lo íbamos a quemar,
quería quemarlo entero, no ver
su brazo mañana en el cuerpo de alguien
en Redwood City, o que le arrancaran
la lengua para transplantarla, o ese ojo renuente.
Y qué si su alma ya no estaba,
yo lo conocí desalmado toda mi infancia, lo veía
acostado en el rincón más oscuro de la sala
con la boca abierta en el sofá
y ahí no había nada más que su cuerpo.
Así que en el hospital, me quedé a su lado,
acaricié sus brazos, su cabello,
no pensaba que estuviera ahí
pero igual ése era el hombre que yo había conocido,
un hombre hecho de sustancia espesa,
un hombre crudo, como esos seres primitivos
que poblaban el mundo antes de que Dios tomara
su peculiar arcilla y creara
a su propia gente.

 

 

 

 

DESPUÉS DE LA MUERTE

Lo último, en el hospital,
fue dejar en la habitación a su mujer sola
con él. La muerte había ocurrido,
pequeño, frágil, el último suspiro
había escapado de su boca,
y ella había hablado, oradora ardiente,
desde los pies de la cama. Yo los había dejado un momento
y me quedé en un rincón, presionando mi frente
en el ángulo correcto, el pastor había llegado
con su estola fúnebre, el estetoscopio había sido
guardado en el bolsillo del médico,
las mujeres se habían sentado una a cada lado y
acariciaban sus brazos, había uno para cada una.
Y el que estaba en la cama yacía, demacrado,
deseado como siempre,
pero no temido ya. Después salimos todos,
pastor, médico, enfermera, hija,
sólo quedó su mujer, y la puerta se cerró.
Era el centro del final. Nos quedamos
en el pasillo, protegiendo la entrada,
callados, como si Dios estuviera
deshaciendo un mundo ahí dentro. Mi mente estaba vacía.
Sólo semanas después me pregunté
si se habría acostado sobre él, quizá no,
tan frágil. ¿Se habrá arrodillado junto a la cama,
habrá sostenido su mano, abierto la sábana
para mirarlo una última vez,
habrá besado sus pezones, el ombligo, su pene
muerto y tibio? El hombre en sí estaba a salvo,
esto era lo que él había descartado.
Yacía entre ellos como fruto de su amor.
¿Volvería a cubrirlo con la sábana
como a un recién nacido
una noche de verano?
Abrió la puerta y salió, su rostro húmedo
resplandecía, nunca la había visto tan en paz.

 

 

 

Olds, Sharon. El padre (Trad. Mori Ponsowy). Madrid; Bartleby editores, 2004.

 

POEMA PARA MI PRIMER AMANTE

septiembre 14, 2017 Deja un comentario

 

POEMA PARA MI PRIMER AMANTE

Ahora que comprendo, me gusta
pensar en tu horror: te habían dado una joven
loca de amor, largo cuerpo
lozano y crudo, delgado como un jabón
gastado, pechos redondos y turgentes y
opalinos como pompas de jabón,
colocada entre tus piernas, dieciocho años,
intacta. Me gusta entender tu
horror, ahora, la forma en la que la tomaste,
desvirgándola como si destripases un pescado,
marchándote en la mañana hablando de una esposa.
Ahora que sé
algo del miedo al amor
me gusta pensar en su cuerpo incandescente
verduzco como un pez sacado a tierra, retorciéndose
a palmetazos contra una roca —caída en tu
regazo, hombre, estremeciéndose como tu polla,
una mujer enajenada de amor, recién
salidita, punzante como una herramienta a estrenar,
centelleante sobre tus muslos y todo lo que
podías hacer con tanto horror era arrancar su fruto como a un
caracol para sacarlo de su negra concha y después
deshacerte de ella. Me intimida que el horror
se cobre tanto, estoy enamorada de la chica que fue
a ofrecerse, vino a ti y
lo dispuso todo como un manjar en una bandeja, la
dulce carne —sí, sí,
acepto el regalo.

 

 

 

Olds, Sharon. Los muertos y los vivos (Trad. J. J. Almagro Iglesias y Carlos Jiménez Arribas). Madrid; Bartleby editores, 2006.

 

LOS MUERTOS Y LOS VIVOS

septiembre 13, 2017 Deja un comentario

 

FOTOGRAFÍA DE LA NIÑA

La niña está sentada en la tierra dura,
áspero molde de Rusia, en la sequía
de 1921, aturdida,
los ojos cerrados, la boca abierta,
un crudo viento abrasador le sopla
arena en la cara. Hambruna y pubertad
se apoderan de ella. Echada sobre un saco,
el calor descoloca todo lo que lleva puesto,
curvando el tierno radio de su brazo.
No puede no ser bella, pero
se muere de hambre. Adelgaza cada día, y sus huesos
se hacen largos, porosos. El pie de foto dice
que va a morir de hambre ese invierno
con miles de otros seres. En la sima de su cuerpo
los ovarios liberan sus primeros óvulos,
dorados como el grano.

 

 

 

 

NEVSKY PROSPEKT

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx(Julio 1917)

Es una foto antigua, muy negra y
muy blanca. Una mujer
se levanta la pesada falda mientras corre.
Un hombre con chaqueta blanca y manos
atadas a la espalda corre,
la barbilla prominente. Una mujer mayor
de luto riguroso se vuelve y mira atrás.
Un hombre se tira en el asfalto.
Un niño con botas pesadas va corriendo
pero mira hacia atrás por encima del hombro
a los cuerpos amontonados, negros y blancos.
La gran plaza de adoquín
queda salpicada de manchas de tinta por el suelo
y sombreros blancos olvidados. Todo lo demás
se aleja como un mar del ruido que escuchamos
en el silencio de la fotografía
igual que ven los sordos el sonido: la terrible
voz de los subfusiles cuando dicen
Esto es más importante que tu vida.

 

 

 

 

LA MUERTE DE MARILYN MONROE

Palparon los de la ambulancia el cuerpo,
frío, lo subieron, pesado como el hierro,
a la camilla, le intentaron cerrar
la boca, le cerraron los ojos, ataron
los brazos a los lados, apartaron un mechón
de pelo enredado, como si importara,
vieron la forma de sus pechos, aplastados por
la gravedad, bajo la sábana,
se la llevaron, como si se tratara de ella,
escaleras abajo.

Esos hombres nunca fueron los mismos. Salieron
después, igual que hacían siempre,
a tomar una copa o dos, pero no podían
mirarse a los ojos.
xxxxxxxxxixxxxxxxDieron sus vidas
un vuelco — uno sufría pesadillas, dolores
extraños, impotencia, depresión. A otro
no le gustaba su trabajo, su mujer le parecía
diferente, sus hijos. Incluso la muerte
se le antojaba distinta —un lugar donde ella
le estaría esperando,

y el otro se encontró a sí mismo por la noche
en el umbral de la habitación del sueño, escuchando
a una mujer respirar, tan sólo una mujer
normal
respirando.

 

 

 

 

CONFLICTOS

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx(Rodesia, 1978)

Deja ya de hablar de conflictos.
Veo la cabeza pálida como el vientre de una araña de la
recién nacida encima de la hierba, con la tela de araña de
venas visibles en su cráneo, la piel
gris y fulgente, el limpio corte de
la bayoneta en mitad del pecho.
Veo la cara de su madre, a golpes,
ha tomado la forma de una planta,
un cactus con espinas grises y carnosos
brotes de color granate oscuro.
Veo el largo de su brazo sobre la pequeña;
su muñeca descansa inmóvil con todo su peso, sobre las
diminutas costillas.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxNo me hables de
política, tío. Que tengo ojos.

 

 

 

 

EL GREMIO

Todas las noches, cuando mi abuelo se sentaba
frente al fuego en la penumbra,
flameante la copa en la mano, su ojo
brillando en la vana aureola
de la llama, el ojo de cristal siniestro y pétreo,
un joven se sentaba junto a él
en silencio y oscuridad, un universitario de
piel blanca, sin arrugas, una bella
cara enjuta, una frente
muy pronunciada y ojos de ámbar como la resina de
los árboles aún jóvenes para ser cortados.
Era su hijo, allí sentado, un aprendiz,
noche tras noche, su vaso de carbón
junto al vaso de carbón del anciano,
y bebía cuando él bebía, y aprendió
el arte del olvido —ese joven
todavía sin crueldad, el pelo oscuro como
la tierra que alimenta la raíz del árbol,
ese hijo que superaría
con creces al maestro, el aprendiz
que dejaría atrás a su patrón en crueldad y olvido,
bebiendo sin pausa junto a las llamas entre las tinieblas,
ese joven, mi padre.

 

 

 

 

LAS FORMAS

Siempre tuve la sensación de que mi madre
moriría por nosotros, se lanzaría a un fuego
para sacarnos, el pelo incandescente como
un halo, se zambulliría en el agua, su cuerpo
blanco sucumbiendo y girando lentamente,
ese astronauta cuyo cable se corta
para
xxxxxperderse
xxxxxxxxxixxxxen la nada. Nos habría
protegido con su cuerpo, habría interpuesto
sus senos entre nuestro pecho y el cuchillo,
nos habría metido en el bolsillo del abrigo
lejos de las tormentas. En la tragedia, el animal
hembra habría muerto por nosotros,

pero en la vida tal y como era
tuvo que mirar
por ella.
Tuvo que hacer a los niños
lo que él dijera, tenía que
protegerse. En la guerra, habría
dado la vida por nosotros, te aseguro que sí,
y lo sé: soy una estudiosa de la guerra,
de hornos de gas, de asfixia, de cuchillos,
de ahogamientos, quemaduras, de todas las formas
en las que sufrí su amor.

 

 

 

 

UNIDAD DE QUEMADOS

Cuando mi madre habla de la Unidad de Quemados
que ha donado al hospital de su ciudad,
mi pelo asciende y flamea como humo
en el aire que rodea mi cabeza. Menciona las
camas en su nombre, los baños en suspensión y
kilómetros cuadrados de venda, y pienso en los
años con ella, yo su hija, como
sin piel, dando vueltas en carne
viva, con quemaduras de primer grado en el noventa
por ciento del cuerpo. Solía quedarme pegada a las puertas
que intentaba cruzar, a las sillas de las que
intentaba levantarme, jirones
que se desprendían fácilmente como
carne de cerdo muy hecha, y nadie me daba
una gasa, o un corte de mantequilla para que
se fundiese en mi costado crujiente, pero cuando
gritaba, ella me arrimaba a su
plancha ardiendo, cuando la cabeza calcinada apestaba ella
me arrastraba más y más a la habitación
en llamas de su vida. Así que cuando habla de su
Unidad de Quemados imagino a una niña
que llegará allí, flotará en un agua
turbia como lágrimas, un colgajo suspendido en una
bañera de ungüento, chupando hielo mientras
apagan las diminutas llamas que quedan
en el pelo cercano al cerebro, y digo
Déjale dormir cuanto quiera, permítele salir
indemne, sin ninguna marca que
honre el poder del fuego.

 

 

 

 

LOS INVASORES

Hitler entró en París como mi
hermana entraba en mi habitación por la noche,
se sentaba a horcajadas sobre mí, me estrujaba con las rodillas,
clavaba las uñas de los pulgares en mis muñecas y
meaba encima de mí, sabiendo que nuestra madre nunca
creería mi versión. Todo muy
cauto, la cara borrosa sobre mí
refulgiendo en la sombra, el olor ocre
de su orina propagándose por el cuarto, el
calor hirviendo en mis piernas, mojada
mi estrecha pelvis. Cuando cesó el silbido, cuando un
agujero había sido marcado a fuego en mi cuerpo, tumbada
y calcinada de vergüenza, percibí el
relumbrar de su piel en el aire, el placer
acre que crecía cuando Hitler se asomaba a
la tumba de Napoleón y murmuraba Éste es el
mejor momento de mi vida.

 

 

 

 

EL SIGNO DE SATURNO

Algunas veces mi hija me mira con un
oscuro gesto de ámbar, como mi padre
a punto de desmayarse de indignación, y recuerdo
que ella nació bajo el signo de Saturno,
el padre que devoró a sus hijos. A veces
su oscura y muda nuca
me recuerda a él inconsciente en el sofá
cada noche, con la cara vuelta.
Algunas veces le oigo hablar con su hermano
con esa frialdad que en él pasaba por madurez,
esa rabia endurecida por la voluntad, y cuando ella se enfurece
en su habitación, y da un portazo,
puedo ver su espalda, vacía y vasta,
cuando él se desvanecía para escapar de nosotros,
y se tumbaba mientras el bourbon convertía su cerebro
en carbón. A veces veo ese carbón
ígneo en los ojos de mi hija. Al hablar con ella,
intentando persuadirla hacia lo humano, su carita
limpia se ladea como si no pudiera
oírme, como si estuviera atenta
a la sangre de su propio oído, en vez de a mí,
a la voz de su abuelo.

 

 

 

 

35 / 10

Mientras cepillo el pelo oscuro y
sedoso de mi hija ante el espejo
veo el canoso resplandor de mi cabeza,
la sirvienta llena de canas que está detrás. ¿Por qué será
que justo cuando comenzamos a marcharnos
ellos llegan, las dobleces del cuello
haciéndose evidentes mientras que los delicados huesos de sus
caderas se afilan? Mientras mi piel muestra
sus marcas resecas, ella se abre como una flor
pequeña y pálida en la punta de un cactus;
cuando mis últimas oportunidades de concebir un hijo
se me escapan por el cuerpo, restos inútiles,
su bolas llena de óvulos, redondos y
compactos como yemas de huevo duro, está a punto de
hacer saltar su broche. Le cepillo el pelo enredado
y fragante a la hora de acostarse. Es una vieja
historia —la más antigua que existe en la tierra—
la historia del testigo.

 

 

 

Olds, Sharon. Los muertos y los vivos (Trad. J. J. Almagro Iglesias y Carlos Jiménez Arribas). Madrid; Bartleby editores, 2006.

 

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