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CINCO POEMAS DE WISŁAWA SZYMBORSKA

 

EJEMPLO

La tormenta
arrancó anoche todas las hojas del árbol
menos una de ellas,
dejada
para que se columpiara sola en la rama desnuda.

En este ejemplo
la Violencia demuestra
que sí
que en ocasiones le gusta bromear.

 

 

 

 

IDENTIFICACIÓN

Qué bien que hayas venido — dice.
¿Oíste que el jueves se estrelló un avión?
Ajá, pues precisamente por ese asunto
vinieron a buscarme.
Parece que él estaba en la lista de pasajeros.
Y qué, igual se arrepintió.
Me dieron una pastilla para que no me desmayara.
Después me mostraron a alguien, no sé a quién.
Todo negro, quemado, menos un brazo.
Un jirón de la camisa, el reloj, la alianza.
Me enfurecí, porque seguro que no era él.
Nunca me haría eso, tener ese aspecto.
Y de esas camisas están llenas las tiendas.
Y ese reloj es un reloj corriente.
Y nuestros nombres en su alianza
son nombres muy comunes.
Qué bien que hayas venido. Siéntate aquí a mi lado.
Es cierto, tendría que haber vuelto el jueves.
Pero quedan muchos jueves todavía este año.
Ahora mismo pongo agua para el té.
Me lavo el pelo, y luego, y luego qué,
intentaré despertarme de todo esto.
Qué bien que hayas venido, porque allí hacía frío,
y él en ese saco de dormir de goma,
él, quiero decir, ese pobre infeliz.
Ahora mismo pongo agua para el jueves, me lavo el té,
es que claro, con lo comunes que son nuestros nombres —

 

 

 

 

NO LECTURA

A las obras de Proust
no les añaden en la librería un mando a distancia,
no podemos cambiar
a un partido de fútbol
o a un concurso donde ganar un volvo.

Vivimos más,
pero menos precisos
y con frases cortas.

Viajamos más rápido, más a menudo, más lejos,
aunque en lugar de recuerdos volvemos con fotos.
Aquí yo con un tío.
Aquel creo que es mi ex.
Aquí todos en pelotas,
así que seguramente es una playa.

Siete tomos: piedad.
¿No se podría resumir, abreviar,
o mejor mostrar en imágenes todo eso?
Una vez pasaron una serie que se titulaba La muñeca
pero mi cuñada dice que era de otro que también empezaba por P.

Además, seamos sinceros, quién es ése.
Al parecer escribió en la cama un montón de años.
Página tras página,
a una velocidad limitada.
Y nosotros con la quista puesta
y — toquemos madera — saludables.

 

 

 

 

ELLA FITZGERALD EN EL CIELO

Le rezaba a Dios,
le rezaba ardientemente,
para que hiciera de ella
una feliz chiquilla blanca.
Y si ya es tarde para esos cambios,
pues al menos, Mi Señor, mira cuánto peso
y quita de aquí como poco la mitad.
Pero el misericordioso Dios dijo No.
Simplemente puso la mano en su corazón,
le miró la garganta, le acarició la cabeza.
Y cuando todo haya pasado — añadió —,
me llenarás de júbilo viniendo a mí,
mi alegría negra, mi tonel cantarín.

 

 

 

 

VERMEER

Mientras esa mujer del Rijksmuseum
con esa calma y concentración pintadas
siga vertiendo día tras día
leche de la jarra al cuenco
no merecerá el Mundo
el fin del mundo.

 

 

 

Szymborska, Wisława. Aquí (trad. Gerardo Beltrán y Abel A. Murcia Soriano). Madrid; Bartleby editores, 2009.

 

AQUÍ

 

AQUÍ

No sé cómo será en otras partes
pero aquí en la Tierra hay bastante de todo.
Aquí se fabrican sillas y tristezas,
tijeras, violines, ternura, transistores,
diques, bromas, tazas.

Puede que en otro sitio haya más de todo,
pero por algún motivo no hay pinturas,
cinescopios, empanadillas, pañuelos para las lágrimas.

Aquí hay un sinfín de lugares con sus alrededores.
Algunos te pueden gustar especialmente,
puedes llamarlos a tu manera,
y librarlos del mal.

Puede que en otro sitio haya lugares así,
aunque nadie los encuentra bonitos.

Quizá como en ningún sitio, o en pocos sitios,
aquí tengas un torso separado
y con él los instrumentos necesarios
para añadir los propios a los niños de otros.
Y además brazos, piernas y una cabeza sorprendida.

La ignorancia tiene aquí mucho trabajo,
todo el tiempo cuenta, compara, mide,
saca de ello conclusiones y raíces cuadrados.

Ya, ya sé lo que estás pensando.
Aquí no hay nada duradero,
porque desde siempre hasta siempre está en manos de los elementos.
Pero date cuenta: los elementos se cansan rápido
y a veces tienen que descansar mucho
hasta la próxima vez.

Y sé qué más estás pensando.
Guerras, guerras, guerras.
Pero incluso entre las guerras a veces hay pausas.
Firmes — la gente es mala.
Descansen — la gente es buena.
A la voz de firmes se produce devastación.
A la voz de descansen se construyen casas sin descanso
y rápidamente se habitan.

La vida en la tierra sale bastante barata.
Por los sueños, por ejemplo, no se paga ni un céntimo.
Por las ilusiones, sólo cuando se pierden.
Por poseer un cuerpo, se paga con el cuerpo.

Y por si eso fuera poco,
giras sin billete en un carrusel de planetas
y junto a éste, de gorra, en un torbellino de galaxias,
en unos tiempos tan vertiginosos
que nada aquí en la Tierra llega ni siquiera a moverse.

Porque mira bien:
la mesa está donde estaba,
en la mesa una carta, colocada como estaba,
a través de la ventana un soplo solamente de aire,
y en las paredes ninguna terrorífica fisura
por la que el viento se te lleve a ninguna parte.

 

 

 

 

PENSAMIENTOS QUE ME ASALTAN EN CALLES TRANSITADAS

Caras.
Miles de millones de caras en la superficie del mundo.
Aparentemente todas diferentes
de aquellas que ha habido y habrá.
Pero la Naturaleza — cualquiera la entiende —
quizá cansada del incesante trabajo
repite sus antiguas ideas
y nos pone caras
de segunda mano.

Igual te cruzas con Arquímedes en vaqueros,
Catalina la Grande con ropa de rebajas,
un faraón con gafas y maletín.

La viuda de un zapatero sin zapatos
de una Varsovia aún pequeña,
el maestro de las cuevas de Altamira
con sus nietas camino del ZOO,
un vándalo peludo yendo al museo
a extasiarse un poco.

Caídos de hace doscientos siglos,
de hace cinco siglos
y de hace medio siglo.

Alguien transportado por aquí en una carroza dorada,
otro en un vagón al exterminio,

Moctezuma, Confucio, Nabucodonosor,
sus ayas, sus lavanderas y Semíramis
hablando sólo en inglés.

Miles de millones de caras en la superficie del mundo.
Tu cara, la mía, la de quién —
no lo sabrás nunca.
Quizá la Naturaleza tenga que engañar,
y para llegar a tiempo, y para dar abasto
empieza a pescar lo que anda sepultado
en el espejo del olvido.

 

 

 

 

ADOLESCENTE

¿Yo, adolescente?
Si de repente, aquí, ahora, se plantara ante mí,
¿tendría que saludarla como a una persona próxima,
a pesar de que es para mí extraña y lejana?

¿Soltar una lágrima, besarla en la frente
por el mero hecho
de que tenemos la misma fecha de nacimiento?

Hay tantas diferencias entre nosotras
que probablemente sólo los huesos son los mismos,
la bóveda del cráneo, las cuencas de los ojos.

Porque ya sus ojos son como un poco más grandes,
sus pestañas más largas, su estatura mayor
y todo el cuerpo recubierto de una piel
ceñida y tersa, sin defectos.

Nos unen, es cierto, familiares y conocidos
pero casi todos están vivos en su mundo,
y en el mío prácticamente nadie
de ese círculo común.

Somos tan diferentes,
pensamos y decimos cosas tan distintas.
Ella sabe poco,
pero con una obstinación digna de mejores causas.

Yo sé mucho más,
pero, a cambio, sin ninguna seguridad.

Me muestra unos poemas
escritos con una letra cuidada, clara,
que no tengo ya desde hace tiempo.

Leo y leo esos poemas.
A lo mejor este de aquí,
si lo acortáramos,
y lo corrigiéramos en un par de lugares.
El resto no augura nada bueno.

La conversación no fluye.
En su pobre reloj
el tiempo es barato e impreciso.
En el mío mucho más caro y exacto.

Al despedirnos nada, una especie de sonrisa
y ninguna emoción.

Sólo cuando desaparece
y olvida con las prisas la bufanda.

Un bufanda de pura lana virgen,
a rayas de colores,
hecha a ganchillo
por nuestra madre para ella.

Todavía la conservo.

 

 

 

 

MI DIFÍCIL VIDA CON LA MEMORIA

Soy mal público para mi memoria.
Quiere que continuamente escuche su voz,
y yo no dejo de moverme, carraspeo,
escucho y no escucho,
salgo, regreso y vuelvo a salir.

Quiere ocupar mi atención y mi tiempo por completo.
Cuando duermo le resulta fácil.
De día, depende, y eso le molesta un poco.

Me desliza insistente antiguas cartas, fotografías,
trata hechos importantes y sin importancia,
pone la mirada en paisajes inadvertidas,
los puebla con mis muertos.

En sus historias siempre soy más joven.
Es agradable, sólo que para qué seguir insistiendo en eso.
Los espejos me dicen otra cosa.

Se enfurece cuando me encojo de hombros.
Y, vengativa, me echa en cara todos mis errores,
graves, luego fácilmente olvidados.
Me mira a los ojos, espera a ver qué digo.
Al final me consuela con que pudo haber sido peor.

Quiere que viva ya sólo con ella y para ella.
De preferencia en una habitación oscura y cerrada,
y en mis planes hay siempre un sol presente,
nubes actuales, caminos en curso.

A veces estoy harta de su compañía.
Le propongo separarnos. Desde hoy y para siempre.
Entonces sonríe compasiva,
pues sabe que para mí también sería una condena.

 

 

 

 

MICROCOSMOS

Cuando se empezó a mirar por el microscopio
se desató el pánico y hasta hoy anda suelto.
La vida había sido hasta ese momento suficientemente delirante
en tamaños y formas.
Y así creaba también seres diminutos,
mosquitas, gusanitos,
pero que al menos se dejaban ver
a simple vista humana.

Y de golpe, bajo la lente,
seres distintos hasta la exageración
y ya tan poca cosa
que lo que ocupan en el espacio
sólo por compasión puede llamarse lugar.

La lente ni siquiera los oprime,
sin obstáculo parecen duplicarse, triplicarse
completamente a sus anchas y al azar.

Decir que son muchos, es decir poco.
Cuanto más potente el microscopio,
más precisa y exactamente aumentados.

Ni siquiera tienen entrañas de verdad.
No saben qué es el sexo, la infancia, la vejez.
Quizá no saben ni si son, o si no son.
Sin embargo deciden sobre nuestra vida y nuestra muerte.

Algunos permanecen inmóviles momentáneamente,
aunque no se sabe qué es para ellos un momento.
Como son tan pequeños,
igual la existencia
está en su caso proporcionalmente disminuida.

El polen que lleva el viento es a su lado un meteoro
del cosmos profundo,
y la huella de un dedo, un extenso laberinto
donde se pueden reunir
en sus silenciosos desfiles,
sus ciegas iliadas y sus upanishads.

Hace ya tiempo que quería escribir sobre ellos,
pero es un tema difícil,
dejado siempre para más tarde
y quizá digno de un mejor poeta,
todavía más sorprendido que yo por el mundo.
Pero el tiempo apremia. Escribo.

 

 

 

 

DIVORCIO

Para los niños el primer fin del mundo de su vida.
Para el gato un nuevo dueño.
Para el perro una nueva dueña.
Para los muebles escaleras, golpes, carga, descarga.
Para las paredes claros cuadrados tras los cuadros descolgados.
Para los vecinos de la planta baja un tema, una pausa en el hastío.
Para el coche mejor que fueran dos.
Para las novelas, la poesía — de acuerdo, llévate lo que quieras.
Peor para la enciclopedia y el vídeo,
ah, y para el manual de ortografía,
donde tal vez se explique el tema de los dos nombres:
si todavía unirlos por la conjunción “y”,
o ya separarlos con un punto.

 

 

 

Szymborska, Wisława. Aquí (trad. Gerardo Beltrán y Abel A. Murcia Soriano). Madrid; Bartleby editores, 2009.

 

IGOR BARRETO

 

SIGNIFICADOS

Alguien se lleva la mano al corazón
y dice unas palabras.
Pero las palabras son en realidad insensibles
y quien las hizo
no calculó su capacidad
para significados tan enormes.
A pesar de los cuidados que les prodigamos:
la forma de agruparlas,
el tallado y la orquestación:
siempre los adjetivos
merecerán una reprimenda
por nuestra sentimental torpeza
y los gerundios estancados
en el encabezamiento del verso
codiciarán el sonido de cada vocablo.
Pero además, qué puede ser un verso
sino un corralito de estantillos
de madera podrida
en demasía inútil para contener
el animal que somos.

 

 

 

 

LA COPIA
(Apropiación de unas palabras de Edwin Fischer)

—Fermi aprendió, gracias a la amabilidad de Beethoven,
y Liszt aprendió de Fermi,
y Jean Labert de Liszt.
El maestro Jean Albert
enseñó a otros pianistas jóvenes del conservatorio.

Ahora, ya no hay un ser humano que me enseñe
y las grabaciones me recuerdan a mí mismo:
¡Oh, la copia! La copia que me recuerda
a mí mismo.

 

 

 

 

ARS BREVÍSIMA

El poeta

debe escribir

con calma:

como el tragador de sables

en el circo

que se dice

a sí mismo:

Con calma…

para no herirse.

 

 

 

 

TRASCENDENCIA

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxAl Sr. Lee Masters

—Bajo esta gasolinera
yacen sepultados
mi cuerpo y el de mi esposa
Graciela,
también mis dos hijas: Juana y Luisa.
El problema no es estar sepultados,
la molestia son los continuos trabajos
que se hacen de cambio de aceite
a motores de autos, autobusetas y camiones.
Y que el aceite se escurre
a través de la tierra, incluso del cemento
y llega a un angosto espacio:
un tanque de contención, una fosa,
una habitación cerrada
de dos metros cuadrados
donde estamos.
Y el aceite más denso que la sombra
se filtra hacia este recinto.
Como ya les he dicho
el inconveniente
no es la muerte,
se trata de un asunto de trascendencia.
Digan ustedes:
lo único que continúa vivo
a pesar de las ingratitudes de la carne:
¿no es el cabello?
El cabello aún sigue creciendo:
el de Graciela, con grandes ondas,
y mis hijas tienen una cabellera
de resplandores rojizos.
Pero el aceite
les da un fulgor que no es el suyo.
¿Cómo hace mi esposa para peinar
a sus dos niñas?
¿Cómo hacen mis hijas para tener
un gesto de mimo con su madre
y acicalar su pelo tiernamente?
Es muy ingrato lo que ocurre.
Lo hemos perdido casi todo:
¿perderemos también nuestros cabellos?
Yo sé que el dueño
de la gasolinera del gueto de Ojo de Agua,
el señor Erik Kauzman,
después de habernos asesinado
en su oficina:
apuñalado a mis hijas y a mi mujer,
y luego yo
de un tiro de escopeta,
solo por reclamar la paga debida.
Yo sé que el Sr. Kauzman,
como hombre generoso,
atenderá este inminente llamado.
………………………………………………..
Ahora
es un noche silenciosa
………………………………………………….
y el aceite gotea desde la superficie
hasta lo que resta
de mi ventrículo izquierdo.
Escucho las golondrinas
planear bajo los potentes reflectores
de mercurio,
entre los arcos construidos
a uno y a otro lado de la lujosa
gasolinera.
Nadie podría decir
que ha visto a una golondrina
tomando agua sucia,
no obstante su plumaje se pudre
y el ave derribada
rápidamente deviene polvo.
No así, en nuestro caso.
La muerte podrá detener
el avatar del cuerpo
pero el cabello
impedirá
que nuestros rostros
se desvanezcan.

 

 

 

Barreto, Igor. El muro de Mandelshtam. Madrid; Bartleby editores, 2017.

 

‘EL MURO DE MANDELSHTAM’, DE IGOR BARRETO

 

REPENTINA NEVADA

En el gueto de Ojo de Agua
ha nevado
en honor a Mandelshtam.
Ocurre que con tantas muertes
y tráfico atolondrante
no habíamos tenido ocasión
de mirar a lo alto.
Es un milagro que unió al cielo con la tierra.
¡Ha nevado!
Y alguien sostiene un libro
en la mano izquierda,
mientras palpa con la diestra
los minúsculos copos de nieve.
Todas las casas fueron pintadas
gratuitamente de blanco
y mucha de la pobreza se escapó
por esa loza quebrada
de un cielo encapotado.
Mandelshtam impartió lecciones sobre el frío
a una anciana recién llegada
de un desierto con cabras
de la remota frontera norte.
Los copos de nieve cayeron de un árbol
cuajado de flores:
fueron modestos lirios blancos
y pétalos de margaritas.
Pero en la calle principal del gueto,
el barro se apelmazaba gélidamente.
Era un lodazal cobrizo
donde rechinaban las ruedas
de los automóviles
derrapándose por la cuesta.
¡Pobres perros del barrio!
Las familias han debido
refugiarlos en sus casas
porque mueren como esculturas acurrucadas
contra el dorso de los escalones en la vereda.
Y los gatos congelados
caen de las cornisas
y se parten como un simple jarrón.
No hay pájaros…
pero no importa,
porque la nieve es algo nuevo.
Total
en las muchas fotos
que enviamos por correo,
somos los únicos testigos
de este enigma.

 

 

 

 

MANDELSHTAM

Mandelshtam es un animal
en el centro de un círculo
que unos hombres han hecho armándose con palos.
Es el poste de luz que en esa esquina
tiene la cúpula apagada
por una lámpara rota,
peligrosamente cortante.
No olvidemos que el poeta
es un factor potencial
en la dinámica
iluminatoria.
Mandelshtam es la vereda con escalones,
un venoso pasadizo de obreros
y de «algunas» dispuestas a todo.
Fue también un hombre
dentro de una bolsa negra de plástico:
cara de rata y cola de rata,
un malandro tibio que tal vez resulte
el único hermano de Filippo el Árabe.
Porque todo Mandelshtam provoca en mí
un miedo básico,
la visión e un extraño monumento.
Aún más en este país
donde la ternura
es una frecuente dificultad.

 

 

 

 

SOBRE LA UTOPÍA (EN VENEZUELA)

xxxxxI

Decía el sabio Ángel Rosenblat:

Porqué escribes «pretencioso» con «c»
y no con «s»
¿acaso no viene de «pretensión»?

Cierto, maestro, se trata de un galicismo cultural.

¿Y tú crees que «arribista» viene de «arribar»?
Pues ¡No!: «arribista»,
viene de «arriver».

Y pienso entonces
que la raíz de lo que ansiamos decir,
aquello que en verdad somos
suele estar
en otra parte.

 

xxxxxII

«El invierno trae caballos blancos
que resbalan en la helada.»
He ahí un verso para nosotros imposible.
Pertenece a Jorge Teillier, un poeta de Temuco,
al sur de Chile.
Así que ese verso suyo me parece la clave de todo:
«El invierno trae caballos blancos
que resbalan en la helada.»
Esto es imposible a 40º a la sombra. Y solo en ello
consistió la trampa: enamorarse líricamente de lo «otro»
y ser, de pronto, cómo decirlo: un añorante.

 

 

 

 

ES DE NOCHE Y HABÍAMOS BEBIDO TANTO LICOR DE ANÍS.
MANDELSHTAM PRETENDÍA ORINAR EN UN RINCÓN.
MIENTRAS, OCURRÍA ENTRE NOSOTROS ESTE DIÁLOGO.

Mandelshtam —¿Has ioído ihablar ide eso que llaman Deus
ex machina?

Igor —Claro, se trata de un Dios que pilotea un carro a gran
velocidad.

Mandelshtam —¿Sabes si será un carro lujoso o isi iDios vie-
ne con hombres armados para hacer justicia?

Igor —A ife imía, ieste Dios de la frase latina, no es un hom-
bre sino un robot.

Mandelshtam —Pero (…) i¿A iti iqué ite iimporta? Total, vie-
ne a salvarnos.

Igor —No lo creo. Esto que somos no tiene remedio.

 

 

 

 

LOS VERDADEROS POBRES

Hoy viernes
llegaron al gueto de Ojo de Agua
los verdaderos pobres:
las bellas cajeras del supermarket,
los albañiles con overoles tiznados
y sus manos rajadas por la cal viva,
los vendedores de imitaciones
y aquellos que existen gracias
a la pensión de invalidez.
Darle a cualquiera de ellos
una oportunidad, o no dársela,
es lo mismo.
Todo termina la tarde del domingo
donde la rueca los vuelve a dejar sin nada
y el lunes
el autobús más económico
los retorna al centro de la ciudad.

 

 

 

 

HOMBRE BASURA

Por la calle

ellos (los del Aseo Urbano) recogían:
pilas,
pirámides,
verdaderos muros
de bolsas negras de plástico
que se rompían y desunían
y la basura
era juntada de nuevo
y arrojada al interior del camión
que se la tragaba
llevándola a una prehistoria
futura.
Yo los vi tomar un bulto
tan pesado,
tan pesado,
que dos de Ellos
tuvieron que halarlo por los extremos.
Pero… lo que vi realmente
era que trataban de poner en pie a un amigo.
Porque el camión blanco y mugriento de la basura
no espera.
La basura
está hecha de un presente que no espera.

 

 

 

Barreto, Igor. El muro de Mandelshtam. Madrid; Bartleby editores, 2017.

 

EUSEBIA SARMIENTO

xxxxxxxxxxixxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxEusebia Sarmiento

xxxxxxxxxxxxxxxxxxx(26 de mayo 1952 – 2 de julio 2002)

xxOye caminante, soy una mujer de raza negra que por desgracia ahora no ves. En la calle principal del gueto de Ojo de Agua arrendé un quiosco donde ofrecía bollos de carne y panecillos de maíz. Cuando me pagabas con un billete de alta denominación permanecía mirándolo; y si no pedías el dinero del cambio, me apartaba en silencio sin decir nada. Mis ojos querían poseer completamente aquel trozo de papel moneda, hasta que el reclamo tuyo me despertaba de manera tan brusca que aun en la muerte siento demasiada vergüenza.

 

 

 

Barreto, Igor. El muro de Mandelshtam. Madrid; Bartleby editores, 2017.

 

KELVER CORDERO

 

xxxxxxxxxxxxixxixxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxKelver Cordero
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx(28 de julio 1981 – 2 de febrero 2005)

Extranjero, detente solo un segundo. En vida no quise ser juzgado por el precario lugar de donde venía. Fue por eso que gané la beca para estudiar leyes en la prestigiosa Universidad Católica. Apenas llegué, unas hermosas compañeras del primer año de Derecho me invitaron a un lujoso club. Recuerdo los salones enchapados en madera caoba y una piscina olímpica con fondo de mosaico azul. Era un azul incandescente, cuyos destellos se confundían con la nerviosa vibración de la superficie acuática. Todos (incluso ellas) traíamos nuestros bañadores debajo de la ropa, así que entre risas sensuales, nos desnudamos a un tiempo. Ellas se demoraron elogiando sus cuerpos, mientras yo caminaba solitario por el borde de la alberca. Nadie se dio cuenta, ni tan siquiera el salvavidas, pero caí sin saber nadar en la parte más honda, y descendí con los brazos abiertos hasta el fondo, donde mis ojos descubrieron una moneda tal vez lanzada para pedir algún deseo. No ofrecí ninguna resistencia. No podía sentir miedo en aquella habitación tibia y luminiscente; vi que ascendían algunas esferas de aire exhaladas por mis pulmones, y escuché las risas de mis amigas ausentes de la tragedia que acontecía. Se me ocurrió entonces que todo era algo «circunstancial». Y regresé al único pensamiento auténtico que en ese momento gobernaba mi alma: mi condición de pobreza.

 

 

 

Barreto, Igor. El muro de Mandelshtam. Madrid; Bartleby editores, 2017.

 

CONTEMPLANDO EL CUADRO EL GRITO, DE EDWARD MUNCH

 

CONTEMPLANDO EL CUADRO EL GRITO, DE EDWARD MUNCH

El grito de Edward Munch
es la ausencia de grito.
En el centro del cuadro
está el pequeño orificio
de una boca
donde no vemos dientes:
lo que deja al descubierto
a un ser vacío
que es mera silueta.
El puente y el riachuelo
viven
de la insinuación cromática.
Así como las ráfagas de aire
y el fiordo oscuro-azul
son meros trazos gestuales.
No existe ningún reclamo laboral
en esta imagen
por el supuesto ascensor que baja
directo al sótano de tantos años.
Ni tan siquiera una protesta
por la idiotez de las chisteras
y los sombreros de las damas.
En fin, del gran tema
de El grito de Edward Munch
lo que ha quedado,
es el vaciamiento:
la materia que se escapa,
la que no quiere cuerpo,
la sin mí.

 

 

 

Barreto, Igor. El muro de Mandelshtam. Madrid; Bartleby editores, 2017.

 

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