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EL PADRE

septiembre 15, 2017 Deja un comentario

 

LA FOTOGRAFÍA QUE QUIERO

En blanco y negro, cuadrada, barnizada
como la instantánea de una cámara antigua.
Él: sentado, sobre el gran sofá,
un hombre fuerte reducido por el cáncer.
En el cuello abierto de la camisa,
los nódulos más grandes
presionan hacia fuera
como un calcetín relleno de cosas.
Su cabeza inclinada
descansa en la mía que descansa en su hombro,
mi rostro tan cerca del primer tumor
como los labios de un bebé dormido
del pecho materno.
La luz es fuerte, las sombras marcadas,
la edad ha dejado huellas en nuestros rostros.
Descansamos con los ojos cerrados,
casi dormidos, uno en el otro.

 

 

 

 

QUERER

Esperé en el pasillo mientras su mujer
preparaba todo para la noche,
ajustaba el goteo, limpiaba la saliva
seca de las comisuras de sus labios,
comprobaba que la escupidera estuviera cerca,
el timbre prendido a la sábana,
como una chupador a la cuna.
Mientras, yo pensaba en el goteo,
en la manivela de acero de la cama,
en el timbre, la taza, la luz. Siempre lo supe
un objeto en un mundo de objetos.
Y es que no hablaba, a veces, por una semana,
se limitaba a hacer esas señas suyas:
si abría y cerraba los dedos como un pico,
mujeres parloteando; si se golpeaba la frente,
la estupidez de las mujeres te destruye.
Yo había dejado de esperar que me hablara
con sinceridad antes de morir. Aguardé
junto a la enfermería, donde las madres dejan
las flores cuando se llevan sus bebés a casa.

Cuando ella salió de su habitación estaba radiante:
él le había tomado las manos, le había agradecido
cuanto había hecho por él durante veinte años,
y después le había dicho, Quiero dedicarte
el resto de mi vida.

 

 

 

 

ASOMBRO

Cuando llama para decir que mi padre morirá hoy
o mañana, recorro el pasillo, la boca abierta,
los ojos fijos. Su cabeza era un planeta navegando
sobre mi cuna y yo no lo podía entender.
En el lago, se acercaba caminando sobre las ágatas,
el pelo de su pecho ascendía como raíces.
Yo lo veía y no entendía.
Yacía tras la puerta de vidrio biselado,
junto a la garrafa de cristal,
aún intactos esos haces verticales
que después él haría añicos.
Y cuando se sentaba junto a la piscina
evitaba nuestra mirada,
sus iris, una sustancia lustrosa,
volátil, desconocida.
Sólo empezó a buscarnos cuando enfermó,
brillaba al hundirse.
Acerqué mis labios a su rostro resplandeciente
y él se inclinó hacia mí, como un meteoro
de luz hundiéndose en la cuna.

Y ahora va a morir. Recorro el pasillo
cara a cara con esa verdad
como si fuera un gran calor.
Me siento como uno de los niños pastores
cuando la estrella se posó sobre el tejado.
Pero estoy acostumbrada, conozco este asombro.
Si me hubiera atrevido a imaginar un cambio
quizá hubiera deseado cambiar mi vida
por la de alguien criado con amor,
pero ¿cómo podría alguien criado con amor
soportar esta muerte?

 

 

 

 

CARRERA

Llego al aeropuerto, corro al mostrador,
compro un pasaje y diez minutos después
cancelan el vuelo: los médicos dicen
que mi padre no pasa de esta noche
y cancelan el vuelo. Un hombre
de bigote me habla de un vuelo sin escala:
sale en siete minutos. ¿Ve ese ascensor?
Baje un piso, doble a la derecha,
coja el autobús amarillo, baje en el segundo terminal,
dice. Y yo, que carezco de toda orinteación,
corro exactamente hacia donde debo, un pez
deslizándose contra la corriente del río,
hábilmente, como si supiera. Salto del autobús,
las maletas llenas de cualquier cosa
me sacuden de lado a lado
como si quisieran demostrar
que también yo sucumbo a las leyes de lo físico.
Y yo, que siempre voy al final de la fila,
corro hacia un hombre de flor blanca en el pecho,
y le digo, Ayúdeme. Mira mi pasaje, me mira a mí,
y dice: Doble a la izquierda, después a la derecha,
suba las escaleras mecánicas y, después,
corra. Vuelo escalera arriba y ahí, al final, veo el pasillo,
respiro profundo, le digo Adiós a mi cuerpo,
adiós a la comodidad y corro, corro
como si pudiera apostarlo todo,
gastar para siempre las piernas y el corazón que él me dio,
todo para tocarlo una vez más en esta vida.
He visto fotos de mujeres corriendo,
sus pertenencias atadas con bufandas
asidas a los puños. Bendigo
las piernas largas que él me dio y abandono mi corazón
a su único propósito: llegar a la Puerta 17.
Cerraban la del avión cuando llegué.
Entonces, como quien no es demasiado rico,
me deslicé a través del ojo de la aguja
y recorrí el pasillo que me llevaba hacia mi padre. El avión
iba repleto, el cabello de los pasajeros brillaba,
una bruma de endorfinas doradas llenaba la cabina.
Lloré como lloran quienes entran al cielo,
con un alivio colosal. Despegamos
de un lado del continente
y no paramos hasta posarnos
sobre la otra orilla. Entré a su habitación
y vi su pecho ascender despacio
y bajar de nuevo. Toda la noche
estuve mirándolo respirar.

 

 

 

 

LOS OJOS DE MI PADRE

El día antes de morir, permaneció echado
hora tras hora con los ojos abiertos
y la mirada terca, cansada.
En sus iris nacieron manchas doradas
como si hubiera cambiado su esencia,
trozos de agua o de cielo injertados
en su cuerpo mineral.
Cada vez que pestañeaba, la poderosa
onda de sus pestañas atravesaba mi cuerpo
como si fuera Dios quien pestañeaba,
todo un mundo deshecho en el salto de un párpado.
Dijeron que quizá no veía nada,
que la esfera material de su ojo
estaba simplemente abierta a las cosas del mundo.
Pero a medida que avanzaba la tarde
sus ojos parecían buscar mi voz o la de su mujer.
Y una vez, cuando se movió intentando
estirar el brazo, me agaché
y volvió su iris borroso hacia mí,
su pupila se contrajo por un instante
y me recibió: era mi padre mirándome.

Fue apenas un segundo, como la repentina chispa
del deseo que brilla de pronto entre dos personas.
Después, su vista se hundió de nuevo
y sólo dejó un globo ocular,
y al día siguiente el alma huyó
y ahí ya sólo dejó a mi padre.
Pensé en esa última mirada,
una mirada sin amor ni esperanza,
su mirada de reconocimiento.

 

 

 

 

EL CUERPO MUERTO

No soportaba dejarlo solo en la habitación
después de que murió. Durante meses
siempre hubo alguien con él, estuviera dormido,
despierto, en coma, siempre alguien, pero después
nos quedábamos fuera y él dentro,
solo: como si lo único importante fuera su conciencia,
ese hombre que tuvo tan poca conciencia, que fue
90% cuerpo. Yo no soportaba
esa forma de tratarlo como basura, íbamos a quemarlo,
como si sólo importara el alma. Quién era ése
si no él, tirado ahí, seco y abandonado.
Me enfrentaría a quienquiera
que no respetara ese cuerpo: que viniera
un estudiante de medicina y se atreviera a hacer un chiste sobre su hígado
y lo derribaría. Hubiera sido tan bueno tener a quien derribar.
Y si lo íbamos a quemar,
quería quemarlo entero, no ver
su brazo mañana en el cuerpo de alguien
en Redwood City, o que le arrancaran
la lengua para transplantarla, o ese ojo renuente.
Y qué si su alma ya no estaba,
yo lo conocí desalmado toda mi infancia, lo veía
acostado en el rincón más oscuro de la sala
con la boca abierta en el sofá
y ahí no había nada más que su cuerpo.
Así que en el hospital, me quedé a su lado,
acaricié sus brazos, su cabello,
no pensaba que estuviera ahí
pero igual ése era el hombre que yo había conocido,
un hombre hecho de sustancia espesa,
un hombre crudo, como esos seres primitivos
que poblaban el mundo antes de que Dios tomara
su peculiar arcilla y creara
a su propia gente.

 

 

 

 

DESPUÉS DE LA MUERTE

Lo último, en el hospital,
fue dejar en la habitación a su mujer sola
con él. La muerte había ocurrido,
pequeño, frágil, el último suspiro
había escapado de su boca,
y ella había hablado, oradora ardiente,
desde los pies de la cama. Yo los había dejado un momento
y me quedé en un rincón, presionando mi frente
en el ángulo correcto, el pastor había llegado
con su estola fúnebre, el estetoscopio había sido
guardado en el bolsillo del médico,
las mujeres se habían sentado una a cada lado y
acariciaban sus brazos, había uno para cada una.
Y el que estaba en la cama yacía, demacrado,
deseado como siempre,
pero no temido ya. Después salimos todos,
pastor, médico, enfermera, hija,
sólo quedó su mujer, y la puerta se cerró.
Era el centro del final. Nos quedamos
en el pasillo, protegiendo la entrada,
callados, como si Dios estuviera
deshaciendo un mundo ahí dentro. Mi mente estaba vacía.
Sólo semanas después me pregunté
si se habría acostado sobre él, quizá no,
tan frágil. ¿Se habrá arrodillado junto a la cama,
habrá sostenido su mano, abierto la sábana
para mirarlo una última vez,
habrá besado sus pezones, el ombligo, su pene
muerto y tibio? El hombre en sí estaba a salvo,
esto era lo que él había descartado.
Yacía entre ellos como fruto de su amor.
¿Volvería a cubrirlo con la sábana
como a un recién nacido
una noche de verano?
Abrió la puerta y salió, su rostro húmedo
resplandecía, nunca la había visto tan en paz.

 

 

 

Olds, Sharon. El padre (Trad. Mori Ponsowy). Madrid; Bartleby editores, 2004.

 

POEMA PARA MI PRIMER AMANTE

septiembre 14, 2017 Deja un comentario

 

POEMA PARA MI PRIMER AMANTE

Ahora que comprendo, me gusta
pensar en tu horror: te habían dado una joven
loca de amor, largo cuerpo
lozano y crudo, delgado como un jabón
gastado, pechos redondos y turgentes y
opalinos como pompas de jabón,
colocada entre tus piernas, dieciocho años,
intacta. Me gusta entender tu
horror, ahora, la forma en la que la tomaste,
desvirgándola como si destripases un pescado,
marchándote en la mañana hablando de una esposa.
Ahora que sé
algo del miedo al amor
me gusta pensar en su cuerpo incandescente
verduzco como un pez sacado a tierra, retorciéndose
a palmetazos contra una roca —caída en tu
regazo, hombre, estremeciéndose como tu polla,
una mujer enajenada de amor, recién
salidita, punzante como una herramienta a estrenar,
centelleante sobre tus muslos y todo lo que
podías hacer con tanto horror era arrancar su fruto como a un
caracol para sacarlo de su negra concha y después
deshacerte de ella. Me intimida que el horror
se cobre tanto, estoy enamorada de la chica que fue
a ofrecerse, vino a ti y
lo dispuso todo como un manjar en una bandeja, la
dulce carne —sí, sí,
acepto el regalo.

 

 

 

Olds, Sharon. Los muertos y los vivos (Trad. J. J. Almagro Iglesias y Carlos Jiménez Arribas). Madrid; Bartleby editores, 2006.

 

LOS MUERTOS Y LOS VIVOS

septiembre 13, 2017 Deja un comentario

 

FOTOGRAFÍA DE LA NIÑA

La niña está sentada en la tierra dura,
áspero molde de Rusia, en la sequía
de 1921, aturdida,
los ojos cerrados, la boca abierta,
un crudo viento abrasador le sopla
arena en la cara. Hambruna y pubertad
se apoderan de ella. Echada sobre un saco,
el calor descoloca todo lo que lleva puesto,
curvando el tierno radio de su brazo.
No puede no ser bella, pero
se muere de hambre. Adelgaza cada día, y sus huesos
se hacen largos, porosos. El pie de foto dice
que va a morir de hambre ese invierno
con miles de otros seres. En la sima de su cuerpo
los ovarios liberan sus primeros óvulos,
dorados como el grano.

 

 

 

 

NEVSKY PROSPEKT

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx(Julio 1917)

Es una foto antigua, muy negra y
muy blanca. Una mujer
se levanta la pesada falda mientras corre.
Un hombre con chaqueta blanca y manos
atadas a la espalda corre,
la barbilla prominente. Una mujer mayor
de luto riguroso se vuelve y mira atrás.
Un hombre se tira en el asfalto.
Un niño con botas pesadas va corriendo
pero mira hacia atrás por encima del hombro
a los cuerpos amontonados, negros y blancos.
La gran plaza de adoquín
queda salpicada de manchas de tinta por el suelo
y sombreros blancos olvidados. Todo lo demás
se aleja como un mar del ruido que escuchamos
en el silencio de la fotografía
igual que ven los sordos el sonido: la terrible
voz de los subfusiles cuando dicen
Esto es más importante que tu vida.

 

 

 

 

LA MUERTE DE MARILYN MONROE

Palparon los de la ambulancia el cuerpo,
frío, lo subieron, pesado como el hierro,
a la camilla, le intentaron cerrar
la boca, le cerraron los ojos, ataron
los brazos a los lados, apartaron un mechón
de pelo enredado, como si importara,
vieron la forma de sus pechos, aplastados por
la gravedad, bajo la sábana,
se la llevaron, como si se tratara de ella,
escaleras abajo.

Esos hombres nunca fueron los mismos. Salieron
después, igual que hacían siempre,
a tomar una copa o dos, pero no podían
mirarse a los ojos.
xxxxxxxxxixxxxxxxDieron sus vidas
un vuelco — uno sufría pesadillas, dolores
extraños, impotencia, depresión. A otro
no le gustaba su trabajo, su mujer le parecía
diferente, sus hijos. Incluso la muerte
se le antojaba distinta —un lugar donde ella
le estaría esperando,

y el otro se encontró a sí mismo por la noche
en el umbral de la habitación del sueño, escuchando
a una mujer respirar, tan sólo una mujer
normal
respirando.

 

 

 

 

CONFLICTOS

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx(Rodesia, 1978)

Deja ya de hablar de conflictos.
Veo la cabeza pálida como el vientre de una araña de la
recién nacida encima de la hierba, con la tela de araña de
venas visibles en su cráneo, la piel
gris y fulgente, el limpio corte de
la bayoneta en mitad del pecho.
Veo la cara de su madre, a golpes,
ha tomado la forma de una planta,
un cactus con espinas grises y carnosos
brotes de color granate oscuro.
Veo el largo de su brazo sobre la pequeña;
su muñeca descansa inmóvil con todo su peso, sobre las
diminutas costillas.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxNo me hables de
política, tío. Que tengo ojos.

 

 

 

 

EL GREMIO

Todas las noches, cuando mi abuelo se sentaba
frente al fuego en la penumbra,
flameante la copa en la mano, su ojo
brillando en la vana aureola
de la llama, el ojo de cristal siniestro y pétreo,
un joven se sentaba junto a él
en silencio y oscuridad, un universitario de
piel blanca, sin arrugas, una bella
cara enjuta, una frente
muy pronunciada y ojos de ámbar como la resina de
los árboles aún jóvenes para ser cortados.
Era su hijo, allí sentado, un aprendiz,
noche tras noche, su vaso de carbón
junto al vaso de carbón del anciano,
y bebía cuando él bebía, y aprendió
el arte del olvido —ese joven
todavía sin crueldad, el pelo oscuro como
la tierra que alimenta la raíz del árbol,
ese hijo que superaría
con creces al maestro, el aprendiz
que dejaría atrás a su patrón en crueldad y olvido,
bebiendo sin pausa junto a las llamas entre las tinieblas,
ese joven, mi padre.

 

 

 

 

LAS FORMAS

Siempre tuve la sensación de que mi madre
moriría por nosotros, se lanzaría a un fuego
para sacarnos, el pelo incandescente como
un halo, se zambulliría en el agua, su cuerpo
blanco sucumbiendo y girando lentamente,
ese astronauta cuyo cable se corta
para
xxxxxperderse
xxxxxxxxxixxxxen la nada. Nos habría
protegido con su cuerpo, habría interpuesto
sus senos entre nuestro pecho y el cuchillo,
nos habría metido en el bolsillo del abrigo
lejos de las tormentas. En la tragedia, el animal
hembra habría muerto por nosotros,

pero en la vida tal y como era
tuvo que mirar
por ella.
Tuvo que hacer a los niños
lo que él dijera, tenía que
protegerse. En la guerra, habría
dado la vida por nosotros, te aseguro que sí,
y lo sé: soy una estudiosa de la guerra,
de hornos de gas, de asfixia, de cuchillos,
de ahogamientos, quemaduras, de todas las formas
en las que sufrí su amor.

 

 

 

 

UNIDAD DE QUEMADOS

Cuando mi madre habla de la Unidad de Quemados
que ha donado al hospital de su ciudad,
mi pelo asciende y flamea como humo
en el aire que rodea mi cabeza. Menciona las
camas en su nombre, los baños en suspensión y
kilómetros cuadrados de venda, y pienso en los
años con ella, yo su hija, como
sin piel, dando vueltas en carne
viva, con quemaduras de primer grado en el noventa
por ciento del cuerpo. Solía quedarme pegada a las puertas
que intentaba cruzar, a las sillas de las que
intentaba levantarme, jirones
que se desprendían fácilmente como
carne de cerdo muy hecha, y nadie me daba
una gasa, o un corte de mantequilla para que
se fundiese en mi costado crujiente, pero cuando
gritaba, ella me arrimaba a su
plancha ardiendo, cuando la cabeza calcinada apestaba ella
me arrastraba más y más a la habitación
en llamas de su vida. Así que cuando habla de su
Unidad de Quemados imagino a una niña
que llegará allí, flotará en un agua
turbia como lágrimas, un colgajo suspendido en una
bañera de ungüento, chupando hielo mientras
apagan las diminutas llamas que quedan
en el pelo cercano al cerebro, y digo
Déjale dormir cuanto quiera, permítele salir
indemne, sin ninguna marca que
honre el poder del fuego.

 

 

 

 

LOS INVASORES

Hitler entró en París como mi
hermana entraba en mi habitación por la noche,
se sentaba a horcajadas sobre mí, me estrujaba con las rodillas,
clavaba las uñas de los pulgares en mis muñecas y
meaba encima de mí, sabiendo que nuestra madre nunca
creería mi versión. Todo muy
cauto, la cara borrosa sobre mí
refulgiendo en la sombra, el olor ocre
de su orina propagándose por el cuarto, el
calor hirviendo en mis piernas, mojada
mi estrecha pelvis. Cuando cesó el silbido, cuando un
agujero había sido marcado a fuego en mi cuerpo, tumbada
y calcinada de vergüenza, percibí el
relumbrar de su piel en el aire, el placer
acre que crecía cuando Hitler se asomaba a
la tumba de Napoleón y murmuraba Éste es el
mejor momento de mi vida.

 

 

 

 

EL SIGNO DE SATURNO

Algunas veces mi hija me mira con un
oscuro gesto de ámbar, como mi padre
a punto de desmayarse de indignación, y recuerdo
que ella nació bajo el signo de Saturno,
el padre que devoró a sus hijos. A veces
su oscura y muda nuca
me recuerda a él inconsciente en el sofá
cada noche, con la cara vuelta.
Algunas veces le oigo hablar con su hermano
con esa frialdad que en él pasaba por madurez,
esa rabia endurecida por la voluntad, y cuando ella se enfurece
en su habitación, y da un portazo,
puedo ver su espalda, vacía y vasta,
cuando él se desvanecía para escapar de nosotros,
y se tumbaba mientras el bourbon convertía su cerebro
en carbón. A veces veo ese carbón
ígneo en los ojos de mi hija. Al hablar con ella,
intentando persuadirla hacia lo humano, su carita
limpia se ladea como si no pudiera
oírme, como si estuviera atenta
a la sangre de su propio oído, en vez de a mí,
a la voz de su abuelo.

 

 

 

 

35 / 10

Mientras cepillo el pelo oscuro y
sedoso de mi hija ante el espejo
veo el canoso resplandor de mi cabeza,
la sirvienta llena de canas que está detrás. ¿Por qué será
que justo cuando comenzamos a marcharnos
ellos llegan, las dobleces del cuello
haciéndose evidentes mientras que los delicados huesos de sus
caderas se afilan? Mientras mi piel muestra
sus marcas resecas, ella se abre como una flor
pequeña y pálida en la punta de un cactus;
cuando mis últimas oportunidades de concebir un hijo
se me escapan por el cuerpo, restos inútiles,
su bolas llena de óvulos, redondos y
compactos como yemas de huevo duro, está a punto de
hacer saltar su broche. Le cepillo el pelo enredado
y fragante a la hora de acostarse. Es una vieja
historia —la más antigua que existe en la tierra—
la historia del testigo.

 

 

 

Olds, Sharon. Los muertos y los vivos (Trad. J. J. Almagro Iglesias y Carlos Jiménez Arribas). Madrid; Bartleby editores, 2006.

 

EL TIEMPO DEL BAMBÚ

 

EL TIEMPO DEL BAMBÚ

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA Nuria
xxxxxxxxxxxxxxxxxen el hammam de Molenbeek
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxy a Farida

Entramos y salimos del vapor.

El vapor gotea,
cubre el tiempo vertical.

Pesar menos,
hablar menos

ser lentas
como nuestros cuerpos,
escribir el paso de las estaciones
en aceites de sándalo y almendra.

 

 

 

 

Ellas se ríen, las damas de los baños. Ajenas
a la ciudad de afuera, a su lluvia sólida,
enseñan manos pintadas, idiomas desnudos,
lenguas del sur, tactos de bálsamo móvil
cuellos, brazos, vientres
picor de ungüentos de pimienta y rosa

canela entre nuestros dedos
vapor sobre nuestras vidas

sobre nuestros cuerpos, vapor

 

 

 

 

entramos y salimos del vapor

ser lentas,
hablar menos,
pesar menos

escuchar el tiempo del bambú
y esperar su floración
en ambos mundos
una vez,
cada doscientos años.

 

 

 

Piera, Julia. Puerto Rico digital. Madrid; Bartleby editores, 2009.

 

PUERTO RICO DIGITAL

 

Hay apartamentos vacíos en ese caserío. iAlgunos ihabitan-
tes encienden ila iradio por la noche y bailan con los ausen-
tes. Otros tapian la única terraza de su apartamento para no
ver los icondominios imedio-burgueses ique ilos circundan.
Y alquilan un telescopio roto para mirar las ventanas abier-
tas. iEn Navidad compran luces de colores y las instalan en
la fachada. iHay una cancha de baloncesto cubierta, ideste-
ñida, idestartalada, idonde ijuegan ilos diez niños que que-
dan, idía iy inoche, solo. Una tarde, a la caída del sol, se es-
cuchó un balazo.

Sólo un violento puede asomarse al balcón.

 

 

 

 

Trabaja entre edificios de hormigón
hasta dejar de dormir. Ojos abiertos
sin una palabra. Y ese bloque gris
que engulle hormigas y aplasta lo que ve
sin devolver nada
arranca la pregunta insomne: ¿y tú?

 

 

 

 

Coloca una planta cactácea
a un lado del ordenador. El papel secante
absorbe radiaciones. Con el paso de las mañanas
come el silencio e irradia perfiles de espinas
xxxxxpoco a poco, al picar el teclado,
xxxxxxxxxxnace en su carne un falso esqueje.

 

 

 

 

como un Google Earth inmóvil
inserta dimensiones en la imagen
agujeros táctiles y radicales
“no quiero ser otra frase más”, resuelve el mantengo.

Bitácora cancelada,
un tembloroso vuelo de avatar retrovisor
acuña el dólar que vislumbra el colapso,

en la esfera,
dos rostros

xxxxxxxxxxxse derrumban convencidos

xxxxxxxxxxxxxxx“raspe el mar
xxxxxxxxxxxxxxxmientras nazca el Edén”

 

 

 

Piera, Julia. Puerto Rico digital. Madrid; Bartleby editores, 2009.

 

MEMORIA DEL MALENTENDIDO

 

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxVerás con cuánto amor llama porfía.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxiixxxxxxxxxxxxxxxxxxxxLope de Vega

AUNQUE OSCURO en el agua es su reflejo
y en el pozo está escrita la condena,
piensa el muchacho en transformar la escena
y apacible gozarla cuando viejo.

Confunde la ventana y el espejo,
y, al mirarse en la calle, da por buena
la luz artificial de la verbena
que se entretiene en su interior perplejo.

Pero al llegar al fin del tercer acto
y escuchar nuevamente a sombría
llamada silenciosa del abismo,

comprende que era estéril cualquier pacto
del yo con lo que fuera entrar porfía:
que ventana y espejo son lo mismo.

 

 

 

 

LA CASA

Cuando llegó a su casa, todavía
no pudo ver las grietas que manchaban
con dibujos obscenos las paredes.
Eran jóvenes, vírgenes, sus ojos;
tranquila su intención, como los amplios
ventanales abiertos a una calle
burguesa, no excesiva, de mediocres
perspectivas, medidos horizontes
(con un árbol aquí y allá una nube
de cuando en cuando aborregada: un Tiépolo
ni demasiado blando ni tampoco
saliéndose de madre, con sus dioses
benévolos, de blanca y luenga barba,
pero proclives a dictar ukases
que no pueden cumplirse).
Adolescente,
cuando empezaban a llegar a un plano
más acuciante las primeras grietas
que advirtió en las paredes,
decidió
recubrirlas de cuadros y de libros
que ocultaran la impúdica lascivia
de sus ladrillos, donde no emplearon
una arcilla mejor los albañiles.
Y así, quitó inmundicia, a la ruinosa
casa donde vivía, el decorado
de música inefable y exquisita
poesía que heredó de sus ancestros
comunes, e impedían contemplar
la caverna —sin ellas cubil sórdido—
que un hogar aparente constituye.

Hoy han pasado muchos años; tantos
que ya el derrumbe se hace inevitable,
y han adquirido solidez los cuerpos,
las secuencias que fueron decididas
por el bestial coprólogo. La calle,
donde ha aumentado el tráfico, conserva
pese a todo el burgués y acomodado
perfil de aquel entonces: continúan
el árbol y las nubes, menos claras,
pero ya se sospecha que es un ruido
caótico la música exquisita
que antaño se escuchó, y las inefables
palabras que creyéronse dictadas
por los dioses no tienen más sentido
que el color inarmónico del techo,
aunque aún los vecinos disimulen
—tal vez por toma y daca— y nadie diga
que la casa se encuentra ya en las últimas,
y se acepte por mutua deferencia
que es noble y respetable, y no la máscara
que oculta toda corrupción, el rostro
del hombre que sonríe y nos saluda
si en la escalera un día lo encontraremos.

 

 

 

 

EL MALENTENDIDO

No tenía importancia. Ése es el juego,
la diversión sublime de los dioses.
Tanto tiempo creyéndose en el vértice
del dolor más profundo, la abyección infinita
que enloda la raíz del pensamiento;
tanto esfuerzo
consagrado a arrancarle a la penumbra
su corteza de niebla,
para, al llegar exhausto, envejecido,
cuando ya el retroceso no es posible
del tiempo y la moneda está gastada,
despertar con que fue un malentendido:
que fue un error el hierro entre las ingles,
el látigo de fuego en los ijares,
a corona en la frente acobardada.
Fue sólo la costumbre de una época,
una simple cuestión de perspectiva
deteriorada ya por la huidiza
—y efímera también— nueva manera
de comprender las cosas. Ya lo dije:
sólo un malentendido. Innecesarios
la soledad (sonora o sin remedio),
la sed sin esperanza, el llanto oblicuo,
la cadencia sin ritmo, el ciego impulso.
Todo estaba al alcance de la mano:
no sólo la tortura, no el silencio,
no la lágrima sólo, no la muerte.

 

 

 

 

OTRA LECCIÓN DE HISTORIA

Toda la Historia fue un malentendido.
Si hoy Craso y Espartaco se encontraran
en la cervecería, liberado
ya aquél del poderío y de la púrpura
y el hedor de la sangre, éste del hierro
que le oprimió el tobillo antes de herirle
del último zarpazo,
podrían dialogar tranquilamente,
risueños, divertidos, asombrados
de que ¿por qué minucia? tan distintas
transcurrieran sus vidas. (Lady Macbeth
erró al creer de Arabia los perfumes
incapaces de hacer blanca su mano,
sin letal pestilencia. Basta el tiempo
y acaso el turbio aroma de los cómplices
y nada más para borrar el crimen).
Mauthaussen fue un error; Chatila y Sabra
no significan más que el gesto torpe,
sin estudiar, de un mal actor novato,
pero que al fin domina el escenario
y el público le aplaude
porque supo, maduro, dominarse
y hacer que se olvidara lo molesto
difuminado en la distancia. Nadie
fue quemado en la hoguera por negar
la enseñanza del Papa; en todo caso,
no es sensato guardar tan viva imagen
de un suceso anecdótico, ya viejo,
sólo un simple y vulgar malentendido,
que no impidió el progreso de los hombres
hasta alcanzar la bomba de neutrones,
la pasión comedida, el aprobado
vital donde se esconde el conformismo,
donde nada recuerda tanta infamia
reproducida ahora, en este instante,
que olvidarán también en el futuro
mis hijos y tus hijos si se encuentran
en la cervecería, sin memoria.

 

 

 

 

YO, LA REVOLUCIÓN

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA los de aliento firme:
xxxxxxxxiixxxxxxxxxxTere Morán, Colás, Lito Peón…

Para que vieras que la sangre es roja
la cabeza corté del rey don Carlos.
Y el viento preso en la Bastilla pudo,
porque abatí sus piedras, darle al cielo
la carcajada de su cabellera:
blasfemia y estandarte contra el caos
al que le llaman orden los esbirros
de la púrpura blanca. Del Palacio
de Invierno, en que gemían las alfombras
de piel asesinada, hice un museo
donde el hombre su historia conociera
para no revivirla, y de las cumbres
traje la nieve inútil y la puse,
ya dueña de su impulso, a la tarea
de convertir en pan la piedra dura.
Mas descansé en el séptimo nocturno,
y, al despertar del sueño, el escenario
comprendí que era el mismo: la cabeza
del rey don Carlos nuevamente altiva,
las Bastillas sus muros reafirmando,
y el Palacio de Invierno con alfombras
pisadas cada vez con más lujuria,
petrificadas de terror las aguas.

Pero la sangre sigue siendo roja.

 

 

 

Álvarez, Carlos. Seguiremos sembrando (Antología 1964-2010). Madrid; Bartleby editores, 2016.

 

LAS MANOS LIMPIAS

 

LAS MANOS LIMPIAS

xxxxAl ipríncipe iHamlet ino ile iimpulsan xlos xresortes
que imueven ia ila iacción. Claudio ipodrá por ello gozar
de su mujer y de su trono. El príncipe Hamlet es un inte-
lectual, iy iel iintelectual ivacila, no está seguro de nada.
Pero esa vacilación ino salvará a la postre la vida del rey
Claudio, xni xla idel ipropio iHamlet, ini ilas ide iPolonio,
Rosencrantz, xGuildernstenio, xOfelia, ixla ixreina xGer-
trudis iy iLaertes. iSólo iHoracio, imudo iespectador idel
drama, ivivirá ipara icontar icómo iFortinbrás conquistó
el trono de iDinamarca: icómo iPinochet iacabó icon ilas
esperanzas del ipueblo ichileno. iTal ivez por eso, en Las
manos sucias puede decirle iHoederer ia iHugo ique “un
intelectual ino ies iun iverdadero revolucionario; tiene la
pasta adecuada para ser un asesino”.
xxxxQuien ivaciló itantas iveces isin ique isu duda le im-
pidiera impulsar otras iacciones iha iresuelto ya su defi-
nitivo ipara iqué. iY, icon iél, iKierkegaard, Jaspers, Hei-
degger… iUnamuno. xMorir xes xdormir, xsoñar xacaso:
¿seguir isoñando ila duda? Shakespeare no respondió a
ese problema. Se limitó a plantearlo.
xxxxEl iespíritu ide ila iresistencia. La conciencia de Eu-
ropa. iEl ihombre ique ino iaceptó el Nobel. La angustia
ante el propio iexistir. El iabandono ide iDios, iel iaban-
dono ide iMarx. iLa protesta lúcida ante el crimen, pero
también el ianálisis idel iporqué ide ese crimen: los cul-
pables no ipueden irefugiarse ien Altona porque no hay
perfumes en iArabia capaces de enjugar el hedor de las
manos ide lady Macbeth. ¿Cuántas cosas han muerto a
las 21 horas del martes en un hospital de París?
xxxxEn itodo icaso, iel iejemplo, itambién shakesperia-
no, de un hombre que intentó ser fiel ia sí mismo para
que de ahí se siguiera, icomo la noche al día, la imposi-
bilidad de ser infiel a los demás.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxixxxxxxxxxxxx17 de abril

 

 

 

Álvarez, Carlos. Seguiremos sembrando (Antología 1964-2010). Madrid; Bartleby editores, 2016.

 

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