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HORACIO – ODAS – LIBRO IV

 

xxxxxI

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxHoracio, próximo a los cincuenta años, abre con ésta
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxsu cuarto y último libro de odas. Suplica en ella a Venus
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxque le conserve su sosiego y que vaya a casa de su joven
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxamigo Fabio Máximo, quien la recibirá feliz y la honrará
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxcon todo entusiasmo. Pero al final de la oda, después de
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxrepetir su alejamiento de los placeres, termina con una
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxtierna consideración hacia el bello Ligurino, lo que cons-
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxtituye un nexo con los libros anteriores, dándonos a en-
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxtender que seguirá escribiendo poemas líricos.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxCompuesta en estrofas asclepiádeas 3. ª

¿De nuevo, Venus, suscitas guerras
hace tiempo interrumpidas?
No lo hagas; te lo ruego, te lo ruego.
Ya no soy el que era bajo el dominio de la buena Cinara.
Deja ya, madre cruel de las dulces Pasiones,
endurecido y próximo ya al décimo lustro, de seducirme
con tus suaves mandatos.
Vete a donde te llaman las cariñosas súplicas de los jóvenes.
Ve a divertirte más adecuadamente a casa de Paulo Máximo,
alada con tus cisnes purpúreos,
si buscas abrasar un pecho idóneo;
pues, noble y bello y no falto de palabras
en favor de los ansiosos acusados,
y joven además de múltiples talentos,
Podrá llevar muy lejos las enseñas de tus huestes;
y cuando, más poderoso, se haya reído
de los obsequios de un generoso competidor
te pondrá, en mármol, junto al lago Albano,
bajo un techo de limonero.
Allí, tu olfato aspirará abundante incienso
y serás deleitada con los mezclados sones
de la lira y de la flauta Berecintia y también del caramillo.
Allí, dos veces al día, los jóvenes con las tiernas doncellas,
alabando tu poder, batirán tres veces el suelo
a la manera de los Salios con sus blancos pies.
A mí, ni mujer ni joven
ni esperanza fiable de entrega mutua me complacen ya,
ni el competir con el vino.
Pero, ¡ay! ¿por qué, Ligurino,
por qué una rara lágrima surca mis mejillas?
¿Por qué mi fácil expresión cae en un silencio poco digno
a mitad de palabra?
En mis nocturnos sueños, unas veces te atrapo;
otras, veloz, te persigo
a través del césped del Campo de Marte,
a través, oh cruel, de arremolinadas aguas.

 

 

 

 

xxxxxX

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxOda discutida en cuanto a su interpretación. Posible-
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxmente haya que considerar a Ligurino como un persona-
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxje simbólico en el que el poeta encarna los sentimientos
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxque él creía ya perdidos, por ser propios de la juventud,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxademás de trazar poéticamente, una ves más, el paso del
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxtiempo.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxCompuesta en versos asclepiádeos 2. º. (Todos ellos
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxson asclepiádeos mayores.)

Oh tú, hasta ahora, cruel y distinguido por los dones de Venus:
cuando te llegue el primer bozo, inesperado a tu soberbia,
y hayan caído cortados los cabellos que hoy rodean tus hombros
y el color que es ahora superior al de la flor de un rojo rosal,
transformado, se haya convertido para Ligurino en un rostro arrugado,
dirás cuantas veces ¡ay! te veas otro ante el espejo:
«¿por qué no tuve de niño la misma forma de pensar que tengo hoy?,
o ¿por qué mis mejillas, no vuelven ¡ay!, a ser perfectas con estos sentimientos?»

 

 

 

 

xxxxxXIII

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxPunzante oda contra una mujer, Licia, a la que Ho-
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxracio amó en otro tiempo y ahora vitupera porque ya
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxmayor, intenta llevar la vida de una joven cortesana.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxCompuesta en estrofas asclepiádeas 5. ª

Los dioses escucharon mis votos, Licia;
los dioses los escucharon, Licia.
Envejeces; mas intentas parecer hermosa,
y juegas y bebes sin pudor
y, ebria, provocas al indolente Cupido con trémulo canto.
Él reposa en las hermosas mejillas de la lozana Quía,
hábil en tañer la cítara;
pues, inasequible, desdeña las estériles encinas
y te rehúye
porque tus dientes negruzco, tus arrugas
y la nieve de tu cabeza te afean.
Ni las púrpuras de Cos ni las piedras preciosas
podrán devolverte ya los días que el tiempo, veloz,
encerró, ocultos, en tus conocidos anales.
¡Ay! ¿Adónde huyó Venus?
¿Adónde tu color?
¿Adónde tus graciosos movimientos?
¿Qué conservas de aquella, de aquella hermosura
que inspiraba amor,
que a mí me cautivó;
tú, que fuiste feliz después de Cínara
y famosa también por tus amables encantos?
Pero a Cínara le concedieron pocos años los hados
que guardarían mucho tiempo a Licia,
semejante en la edad a una vieja corneja,
para que los vehementes jóvenes pudiesen contemplar,
no sin grandes risas,
una antorcha reducida a cenizas.

 

 

 

Horacio. Odas-Epodos-Arte poética (Trad. Alfonso Cuatrecasas). Barcelona; Ed. Bruguera, 1984.

 

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