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CANTO CUARTO -extracto-

 

xxxDe mayor tamaño que dos alfileres, se divisaban en el valle dos pilares, que no era difícil y menos aún imposible, confundir con baobabs. Eran, efectivamente, dos enormes torres. Y, aunque a primera vista dos baobabs no se parecen a dos alfileres, ni tampoco a dos torres, no obstante, empleando hábilmente las astucias de la prudencia, se puede afirmar, sin temor a equivocarse (pues, si esta afirmación fuera acompañada de un mínimo temor, no sería ya una afirmación, aunque con el mismo nombre se definan estos dos fenómenos del alma que presentan caracteres bastante diferentes para confundirlos a la ligera) que un baobab no es tan distinto de un pilar como para que no puedan compararse estas dos formas arquitectónicas… o geométricas… o una y otra… o ni la una ni la otra… o más bien formas elevadas y macizas. Acabo de encontrar, y no tengo la intención de decir lo contrario, los epítetos adecuados a los sustantivos pilar y baobab: y que se sepa bien que no sin alegría mezclada con orgullo se lo hago notar a aquellos que, después de abrir los ojos, han tomado la muy loable resolución de recorrer estas páginas, mientras arde la vela, si es de noche, mientras el sol alumbra, si es de día. Incluso si una potencia superior nos ordenara, en términos claramente precisos, arrojar a los abismos del caos la juiciosa comparación que, con toda certeza, todos han podido saborear impunemente, en ese momento, y sobre todo en ese momento, no debe perderse de vista este axioma principal, las costumbres contraídas con el paso de los años, los libros, el contacto con sus semejantes y el carácter inherente a cada uno, que se desenvuelve en un rápido florecimiento, impondría al espíritu humano el estigma irreparable de la recaída en el empleo criminal (criminal si nos situamos momentánea y espontáneamente en el punto de vista de la autoridad superior) de una figura retórica que muchos desprecian pero que muchos otros alaban. Que acepte mis excusas el lector si encuentra esta frase demasiado larga, pero que no espere bajezas de mi parte. Puedo reconocer mis faltas, pero no hacerlas más graves con mi cobardía. Mis razonamientos chocarán a veces contra los cascabeles de la locura y la seria apariencia de lo que en suma sólo es grotesco (si bien para algunos filósofos no sea fácil distinguir al bufón del melancólico, siendo como es la vida misma una drama cómico o una comedia dramática); no obstante, a todo el mundo le está permitido matar moscas e incluso rinocerontes con el fin de descansar de vez en cuando de un trabajo difícil. Para matar moscas, ésta es la forma más expeditiva, aunque no sea la mejor: aplastarlas entre los dos primeros dedos de la mano. La mayor parte de los escritores que han tratado este asunto a fondo han calculado, con mucha verosimilitud, que es preferible, en muchos casos, cortarles la cabeza. Si alguien me reprocha que hable de alfileres por ser un asunto radicalmente frívolo, que tenga en cuenta, sin ideas preconcebidas, que los mayores efectos fueron con frecuencia producidos por pequeñas causas. Y para no alejarme todavía más de los límites de esta hoja de papel, ¿no se advierte que el laborioso fragmento de literatura que estoy componiendo desde el principio de esta estrofa, sería quizá menos apreciado si tuviera su punto de apoyo en una cuestión espinosa de química o de patología interna? Por lo demás, todos los gustos están en la naturaleza y, cuando al comienzo comparé, con toda exactitud, los pilares a los alfileres (aunque no creí que llegaría un día en que se me reprochase) me basé en las leyes de la óptica que establecen que, cuanto más alejado de un objeto esté el rayo visual, más disminuye la imagen reflejada en la retina.
xxxPor este motivo lo que la inclinación de nuestro espíritu a la farsa considera como una miserable salida ingeniosa, es, casi siempre, en el pensamiento del autor, una verdad importante que se proclama solemnemente. ¡Oh, ese filósofo insensato que estalla de risa al ver a un asno comiendo un higo! No invento nada: los libros antiguos han contado, con todo detalle, ese voluntario y vergonzoso abandono de la nobleza humana. Yo no sé reír. Nunca pude reír y, aunque algunas veces intenté hacerlo, es muy difícil aprender. Creo que, seguramente, un sentimiento de repugnancia ante esa monstruosidad constituye un atributo esencial de mi carácter. Pues bien, fui testigo de algo más difícil de creer: ¡he visto a un higo comiendo a un asno! Y, sin embargo, no me reí; con sinceridad, ninguna parte de mi boca se movió. El deseo de llorar se apoderó de mí con tanta fuerza que mis ojos dejaron caer una lágrima. «¡Naturaleza, naturaleza!, gritaba sollozando, ¡el gavilán desgarra al gorrión, el higo se come al asno y la tenia devora al hombre!». Sin decidirme a llegar más lejos, me pregunto a mí mismo si he hablado ya de la manera como se matan las moscas. Sí, ¿verdad? Y no es menos cierto que no había hablado de la destrucción de los rinocerontes. Si algunos amigos pretendiesen lo contrario, no les escucharía, y recordaría que el elogio y la adulación son dos grandes obstáculos. No obstante, y con el fin de tranquilizar mi conciencia tanto como sea posible, no puedo dejar de hacer notar que esta disertación sobre el rinoceronte me conduciría lejos de las fronteras de la paciencia y de la sangre fría y, además, probablemente (tengamos, incluso, la audacia de decir que indudablemente) desanimaría a las actuales generaciones. ¡Después de haber hablado de la mosca, no hablar del rinoceronte! Por lo menos, y como excusa aceptable, debería haber mencionado con rapidez (¡y no lo he hecho!) esta omisión no premeditada, que no asombrará a quienes estudiaron a fondo las contradicciones reales e inexplicables que habitan en los lóbulos del cerebro humano. Nada es indigno para una inteligencia grande y sencilla: el más pequeño fenómeno de la naturaleza, si existe misterio en él, será, para el sabio, materia inagotable de reflexión. Si alguien ve a un asno comiendo un higo, o a un higo comiendo un asno (estas dos circunstancias no se presentan a menudo, salvo que se trate de poesía), tened la certeza de que, después de reflexionar durante dos o tres minutos para decidir qué hacer, ¡abandonará el sendero de la virtud y reirá como un gallo! Aunque no se ha probado con exactitud que los gallos abran intencionadamente su pico para imitar, con gesto atormentado, al hombre. ¡Llamo gesto a lo que en las aves tiene el mismo nombre que en los humanos! El gallo, más por orgullo que por incapacidad, no se librará de su naturaleza. Enseñadles a leer y se rebelarán. ¡No es un papagayo que se extasiaría ante su ignorante e imperdonable debilidad! ¡Oh execrable envilecimiento! ¡Cómo se parece uno a la cabra cuando ríe! La tranquilidad de la frente ha desaparecido para ser sustituida por dos enormes ojos de pez que (¿no es deplorable…?) que… ¡que se ponen a brillar como faros! Con frecuencia deberé pronunciar, solemnemente, las proposiciones más chocarreras…, pero no creo que éste sea un motivo suficientemente urgente para ensanchar la boca. No se puede evitar la risa, me responderéis; acepto esa burda explicación, mientras sea una risa melancólica. Reíd, pero llorad a la vez. Si no podéis llorar con los ojos, llorad con la boca. Y si esto tampoco es posible, orinad, pues me doy cuenta de que un líquido cualquiera es aquí necesario para atenuar la sequedad que lleva la risa en sus flancos, con sus rasgos hendidos hacia atrás. En cuanto a mí, no me dejaré confundir por los chuscos cloqueos y los mugidos extravagantes de aquellos que siempre tienen algo que censurar de un carácter que no se parece al de ellos, por tratarse de una de las innumerables modificaciones intelectuales que Dios, sin salirse de un modelo primordial, creó para gobernar los armazones óseos. Hasta ahora la poesía siguió un camino equivocado; ascendiendo hasta el cielo o arrastrándose por la tierra, ignorando los principios de su existencia, ha sido, con toda razón, vejada constantemente por la gente de bien. La poesía no ha sido modesta… ¡la cualidad más bella que debe tener un ser imperfecto! Yo quiero mostrar mis cualidades, pero no soy lo bastante hipócrita para ocultar mis vicios! La risa, el mal, el orgullo, la locura, surgirán, alternativamente, entre la sensibilidad y el amor a la justicia, y servirán de ejemplo a la estupefacción humana: todos se reconocerán allí, no como deberían ser sino como son. Quizá este simple ideal concebido por mi imaginación sobrepasará, sin embargo, todo lo que la poesía encontró de más grandioso y más sagrado hasta ahora. Pues al dejar que mis vicios se divulguen por estas páginas, se creerá más fácilmente en las virtudes que en ellas hago resplandecer y, al colocar tan alto la aureola, los más grandes genios futuros me mostrarán un sincero reconocimiento. Así pues, la hipocresía será expulsada con decisión de mi morada. Habrá, en mis cantos, una prueba imponente de poderío, al despreciar así las opiniones admitidas. Canta sólo para sí y no para sus semejantes. No coloca la medida de su inspiración en la humana balanza. ¡Libre como la tormenta, un día ha encallado en las playas indomables de su terrible voluntad! ¡A nadie teme si no es a sí mismo! En sus luchas sobrenaturales atacará con ventaja al hombre y al Creador, como cuando el pez espada hunde su estoque en el vientre de la ballena: ¡que sea maldito por sus hijos y por mi mano descarnada aquel que persiste en no comprender los canguros implacables de la risa y los piojos audaces de la caricatura…! Dos torres enormes se divisaban en el valle; lo he dicho al comienzo. Al multiplicarlas por dos, el proceso era cuatro… pero no comprendía bien la necesidad de esa operación aritmética. Continué mi camino con la fiebre en el rostro, gritando sin interrupción: «¡No… no… no comprendo bien la necesidad de esa operación aritmética!» Había oído crujidos de cadenas y lamentos dolorosos. ¡Que a nadie le parezca posible, al pasar por este sitio, multiplicar las torres por dos para que el producto sea cuatro! Algunos imaginan que amo a la humanidad como si fuera su propia madre y la hubiera llevado durante nueve meses en mis perfumadas entrañas. ¡Por ese motivo no volveré a pasar por el valle donde se alzan las dos unidades del multiplicando!

 

 

 

Ducasse, Isidore. Los cantos de Maldoror (Trad. Ángel Pariente). Valencia; Ed. Pre-textos, 2000.

 

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