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MUJER QUE SOY – MARÍA BENEYTO

 

LA PEREGRINA

Yo era la mujer que se alzó de la tierra
para mirar las luces siderales.
Dejé el hogar con apagados troncos
cansada de ser sólo estela de humo
que prolongase así mi ser ardido.
Esa mujer del hueco tibio
que allí me contenía,
se despertó del sueño profundo de la especie
y decidió buscar, a plena luz, caminos.
La inquieta,
la andariega mujer a quien no bastan dulces
menesteres pequeños,
ésa me fue de súbito encontrada
en los más hondos pliegues de mi túnica
y yo no quise renunciar, quedarme.

Otras renunciaciones así quedaron, sombras
que tenían la forma tan amada
de los pasados sueños, hijos
que estaban programados en mi sangre
a cambio de ceder y estarme quieta;
la rueca y el silencio de las horas
protegidas, pausadas, sin peligros,
las flores habituales, la inocencia…
Pero inocente no quería ser.
Quería
como Eva, saber, estar, ser libre
para el conocimiento de la luz, perderme
en la verdad, encontrarme, saberme,
llegar a las montañas que siempre estaban lejos,
pisar ciudades que edifica el miedo,
integrarme a las turbias caravanas
que hirieron el desierto, someterme
a la carga común,
y ser hallada
solidaria, eficaz, y no apartada
de ese esfuerzo que late
en el gran corazón que nos da vida;
el corazón del mundo, unido al nuestro,
por invisibles venas del misterio.
Así
atravesé la risa,
hendí la densa lágrima
deseando quedarme en cada gota
de sudor, en la mano encallecida,
en los niños sin ojos
o en la mujer que teje por las noches
debajo de la angustia.
Pero no me detuve ni siquiera
cuando cerró de nuevo mi camino
la mirada absorbente del deseo
y su mágica voz
traduciendo la música más dulce.

La primavera
descendiendo en mis venas
de mujer en mujer, desde el principio,
intentó mutilar —casi lo hizo—
mi ilusión por llegar a la asamblea
donde, severa, la verdad, aguardaba.
Arañada de espinos,
vapuleada por los vientos, rota,
pude llegar, aún de día.
En lo alto del monte
reunidos, estaban.
Los hombres más ancianos y los otros,
como si no me viesen
hablaban, poseían
inefables vocablos.
Me acerqué con el triunfo cenital en los ojos
con un contento de alas súbitas
en mis hombros felices,
pero no me dejaron entregar mis palabras
porque en ellos la ira de Dios resplandecía.
Bíblicas maldiciones
inflamaron mi oído
y me dijeron Eva una y mil veces,
manantial del dolor, impúdica pureza,
hembra evadida del rincón oscuro,
del lugar de vigía de la ventana,
desertora
de la orilla del fuego
y el hogar apagado.
Vergüenza de mi sexo acongojó mis hombros
que se creyeron alas para el vuelo.
Vergüenza de bajar de las alturas
sin lograr la palabra que buscaba.
Y ni siquiera en otras asambleas
vi algo de la luz que me justificase,
porque tampoco ellos encontraban nada,
hombres engañadores de otros hombres,
a pesar de su hoz interrogante,
a pesar del secreto pretencioso y estéril
con que arropaban —delicadamente—
su poco de vacío…

Así regreso, con pies llagados
y ropas destrozadas, junto al fuego,
perseguida, insultada, y viendo activa
la maldición de Dios que llega
desde el vivir primero.
Carne de escándalo, asombrada,
aquí estoy para siempre quieta y muda:
jueces casi benignos me condenan
a la inmovilidad,
y me salva de ser lapidada
el silencio.

 

 

 

 

DURO TIEMPO

Nuestra niñez no ha sido protegida
por canciones de nácar,
ni símbolos de azúcar inefable
o guirnaldas de estaño.
Nuestra infancia sabía a hierba amarga,
a guerra fratricida
sin fábulas azules ni leyendas.

Enseguida supimos que la vida
—aquel tallo inocente—
nacía de una entraña ensangrentada
que indicaba el camino
hacia la luz, entre la carne rota.
Que las madres guardaban
recuerdos prenatales en su vientre.

A esquirlas de metralla, a realidades,
nos sacaron del mundo
en que era fácil y feliz ser niño.
Con obuses y bombas
conocimos la atroz mitología
que izaba las palabras
del lívido alarido de la herida.

Hicimos colección de balas viejas
usadas por la muerte.
Nana feroz nos daban en la noche
las sirenas de alarma
y el agujero de terror oscuro
del refugio antiaéreo
jugaba por el día con nosotros.

Lo mismo que asexuales criaturas
inventábamos juntos
iguales violencias. (Una niña
algunas veces vino,
se me subió a los ojos lentamente
y lloró en mis pupilas
inexplicables ríos infantiles…)

Y ése ha sido el preludio,
la llegada a la tierra que vivo.
Los indicios apenas de la vida
repartida en dos seres
y desdoblada, separada, aparte.
La dura despedida
del otro ser que se quedó en la muerte.

Sin ser mujer y sin tener infancia
allí, en tierra de nadie,
en tiempo neutro, en limbo sostenido,
la niñez compañera
era un capullo pálido, caído,
ahogado entre sangre
en donde se perdió la niña muerta.

Pero siguió la guerra su camino
y los hermanos eran,
allá en el frente, dioses luminosos,
los guerreros antiguos
resplandeciendo a un lado de la lucha,
en el duro combate,
en la carne mortal, herida y nuestra,

mientras iba cayendo tierna lluvia
en la herida infectada
de acuchillados campos. En el hueso
innumerable y joven
del múltiple cadáver, y algo hembra,
mujer, madre de luto,
algo llamado España, sollozaba.

 

 

 

 

PUNTO FINAL

Iban los vencedores con sus himnos
y su orgullo, y su grito, por las calles.
Las palabras del júbilo eran rosas,
guirnaldas y banderas. Bienvenidas.

(Por la raya del mar, el barco iba
—el último de todos— hacia lejos:
el exilio, la angustia, el cielo extraño,
la extraña tierra… Sangre en las raíces.)

Ese himno ya no. ¡Callad, silencio…!
Tuvimos que aprendernos las palabras
del nuevo modo de salvar el mundo,
la música del pez en la pecera.

(Los himnos fenecidos, los pusimos
detrás de la memoria. Con ramajes
y camuflaje de horas. Encerrarlos
era como enterrar la infancia en ellos.)

Desfiles. Tiempo nuevo. No pudimos
adaptarnos muy pronto. Más desfiles.
Quizá aquella gente extraña era,
en verdad, la verdad. y la victoria.

(En la raya de Francia, los vencidos,
y en un flanco de España, la derrota:
los heridos, los vivos, y los otros.
El camino final. Y la posguerra.)

Se habló entonces de patria. De los hijos.
De Castilla la grande. Y en los montes
sólo una mano de la muerte hacía
la señal de la cruz sobre la guerra.

(Ellos tuvieron sólo el gran silencio.
Sólo su herida al lado de la tierra,
huesos que hay que olvidar. Muertos de España
a quienes nadie da nombre de muertos.)

 

 

 

 

NUESTRA CASA DE MADRID

Allí donde un gato nos llamaba
maullando dolor, cuando la puerta era
un rectángulo duro de madera oscura
que le dejaba su pelambre negra
sin calor, sin amor, sin aliento…
Allí donde venía hacia mis brazos
niña con gato (que sabían todos
cómo crecía y aumentaba, a costa
de mi casual inapetencia) era
mi lugar de vivir, Madrid amigo
que nos tenía de prestados años
y más años. Niña con gato, y gato
que tenía una madre y una hija,
gato que todo lo tenía
dependiente de mí. Y yo le quería
tanto, que si la gran demolición sonaba
avisando la muerte, miedos juntos
debajo de la cama guarecidos,
en latidos unánimes, odiaban
a la sirena toda voz, martirio
de la gente sufrida, la sirena
que, si callaba, nos dejaba libres
trocitos de alegría, juguetones,
recuperados del horror
en diminuto olvido
de lo que, siempre desamor, volvía…

Un día nos llamaron a la tierra nuestra.
Le hubimos de dejar. Rabia de felino
a quien le contradicen el amor, maullaba,
enloquecía, se aferraba al cuerpo
que extrajo de la muerte su exigencia
de vivir, mientras yo le daba
parte de un corazón de niña triste
y bajaba escaleras que ya nunca
volvería a subir con el maullido
detrás, y lágrimas amargas
que maullaban también pena de gato…

Algún año después, alguien de casa
—un hermano quizá que volvería
de un permiso hacia el frente—
vio la casa: ladrillos y paredes
amontonados, muebles rotos, ratas,
y, sobre un montoncillo
de ropas infantiles,
el esqueleto de Bis-Bis, mi gato,
sobre mi ropa vieja, putrefacta.

 

 

 

VV. AA. La voz femenina en la poesía social y testimonial de los años cincuenta (Introducción, selección y notas de Angelina Gatell). Madrid; Bartleby editores, 2006.

 

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