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MUJER QUE SOY – CRISTINA LACASA

septiembre 23, 2019 Deja un comentario

 

HOY ME SIENTO…

Hoy me siento venir de un extraño sonido
de voz humana.
De una nube prehistórica de sangres
luchando por su brava hegemonía
con un sílex caliente y rotatorio.
De un surco atroz, de un ala de centellas,
de una orfandad nevada.
De una trémula gota de rocío
o de un fiero huracán hendiendo dólmenes,
ajustándose piezas o armaduras.

Hoy me llamo a mí misma por las ánforas
de los museos arqueológicos
y me responde un eco de ola antigua,
una mordiente herrumbre de algas fósiles,
un polvo sideral.

Yo sufro en mí del peso de otros cuerpos
que fueron mies; yo avanzo hacia la estrella
con una carga en haz de viejas sombras,
con un río de labios dando el beso
supremo, entre una ronda de invasiones
incendiarias; abriéndole al silencio
sus venas primitivas; (la palabra,
un borbotón de aire milagroso
alzando torreones, puentes, lazos).
Sobre mi anchura de mujer, manzana
de elástica raíz, tersura tibia
cubriendo enigmas, orlas de relámpagos
han esculpido el barro primordial
con su fuego sagrado.

Y hay una voz de musgo desdoblándose
en cada gota de sudor arcaico
en mi frente y un pez entre mis ojos
reclamando extensiones oceánicas.
Hoy me llamo a mí misma y me responde
todo el mundo en un eco.

 

 

 

 

ME REBELO

Me rebelo
todos los días, ola aherrojada,
mano sin su motivo, pulso que no tiene
espacio suficiente
para latir.
Tengo un nudo de gritos
en la garganta.

Me rebelo
aun con los párpados perdidos
en quietudes forzosas,
cuando lo oscuro impera y han caído los pájaros
heroicamente en el silencio.

Me rebelo entre muertes y entre vidas
que en el misterio hunden su estructura
inasible.
La garganta se estrecha
para guardar atados tantos gritos
que piden libertad.

Libertad para horadar el aire
y denunciar las manos que están sucias
de holganza o de apilar
las hogazas y el sueño de los otros.
Para mostrar los ojos de los niños
perdiendo su inocencia entre mendrugos
y harapos. Grito, grito
por todos los que van por los caminos
del mundo en busca de agua
limpia; en busca de pan
amasado de amor, de harina, de esperanza.
Por los que dejan recorrer su piel
al río del sudor, por los que dan
el pecho descubierto en las esquinas
de las diarias acechanzas.

Suelto este grito, uno solamente,
del manojo apretado que se anuda
en mi garganta, suelto esta demanda
de justicia. Escuchadme:
Todos los que habitáis forzosamente
en la herrumbre, cadena que se aferra
siempre al sudor del pan;
todos los que tenéis el labio ancho
en la dádiva;
los que dejáis brotar las manos
y el corazón junto a la pena de los otros.
Escuchadme vosotros, los heridos
por la impiedad y el egoísmo
del monstruo que mora en tantos ojos
y en tantas cajas fuertes,
que sustituyen pechos, su posible
pálpito de hermandad, oh, escuchadme:
Rompo mi lengua en este grito,
lanza teñida en sangre de su herida;
levanto hasta la voz vuestra sangría anónima
y vuestro llanto, centro de los míos,
y en el cohete que asciende extiendo la bandera
de la rebelión. Por todos,
voy gritando incansable.

Pido a la rosa el pétalo, a la arena
su peso, al huracán su ímpetu
y suelto el mundo de los gritos:
¡Me rebelo, oh hermanos, me rebelo!

 

 

 

 

SI HE DE TOMAR PARTIDO

Si he de señalar algo
señalo el día;
me acojo a su estallido
de luz, me desabrocho
todas las sombras de que fui investida;
todas las convenciones, las raíces
que uncieron a la rueca
mi más secreto rayo.

Lanzo mi no a lo oscuro, a la bandera
agrupadora de desesperanzas,
salpicada de sangre
de todos los soldados inocentes,
empapada de llanto y de bocas hambrientas;
mi no hacia toda bota
brutal; mi no a la inercia;
ahí van mis noes
hacia el muro, la bomba, los cerrojos,
el miedo y la injusticia;
mi no y mi no
abrupto, terco, cónico;
mi no-saeta; y suelto
un torrente de síes que me llevan
no barca a la deriva, sino remo insalvable
a rescatar orillas y canciones
olvidadas, semillas o sonrisas
de dicha o de esperanza;
estoy comprometida hasta los huesos
con aquel niño que no tiene escuela,
con la mirada blanca de aquel negro;
con cien, con mil, con todos los andamios;
con las luciérnagas que laten en el fondo de las minas
(hombres-chispa-carbón, sudor heroico);
con la música ronca
de la mano-herramienta,
sea red de la mar, sea taladro,
máquina de escribir o microscopio;
con el perro perdido,
el pájaro o la hierba
que alguien derriba y pisa con desprecio.

Si he de señalar algo,
será la libertad, el pan, el día.
Si he de tomar partido,
lo tomo, sí, lo tomo
ya para siempre y de una vez por todas
hacia los indefensos.

 

 

 

VV. AA. La voz femenina en la poesía social y testimonial de los años cincuenta (Introducción, selección y notas de Angelina Gatell). Madrid; Bartleby editores, 2006.

 

MUJER QUE SOY – MARÍA ELVIRA LACACI

 

LA PALABRA

Yo te quiero sencilla. Acaso pobre.
A veces, vas a brotarme de organdí vestida (sin querer
me florece el lenguaje de otros seres).
Con amor te desnudo.
Quedas como mi carne.
Como mi corazón y sus latidos.

A menudo,
igual que los pequeños
ante una tienda de juguetería,
pego la cara
a las brillantes lunas
donde se venden las palabras bellas.
Las admiro.
A otros le sientan bien. Si me las colocara…
Las aparto al momento
porque a mí no me sientan.

Y de nuevo voy cogiendo brazados de palabras
entre la hierba fresca
y bajo el cielo.

 

 

 

 

LA POSTERIDAD

Con frecuencia, oigo hablar a poetas
de la posteridad.
“Tenemos que intentar —dicen con énfasis—
que las generaciones venideras…”
Y yo digo que sí —siempre me incluyen—. Pero mi corazón
sonríe
al tiempo virgen para sus latidos.

Yo quiero vivir al día,
lo mismo que las aves.
Ser pan de todos, sí
de los que conmigo muerden la agonía.
Y ya no aspiro a más.
Sólo a pudrirme —cuando llegue la hora—
junto a mis letras húmedas y doloridas.

 

 

 

 

AL ESTE DE LA CIUDAD

Infinidad de niños por la calle jugando.
Cada mujer que pasa es templo
frutecido.
Mucho polvo. Gitanos.
Hormiguero de seres. (Cada casa
alberga, por lo menos, tres familias.)
Miseria.
También trabajo recio.
Un defenderse cotidianamente.
¿Quién les ayuda?

Los alimentos, por el mismo precio,
son de clase inferior a los del centro.
Las calles no las riegan jamás;
la tierra chirría entre los dientes.
Muchas —la mía por ejemplo—
no tienen pavimento.
Y, con las lluvias,
el barro sobrepasa los tobillos.

Los tranvías antiguos;
los autobuses viejos,
jubilados del centro
por mal estado: ¡Para los suburbios!
(Si al menos el billete lo hubieran rebajado.)

No sé por qué estas cosas.
Tal vez porque hasta aquí
no llegan los turistas con sus “leicas”.

Sólo Dios nos iguala.
Él no destina para los humildes
los pedazos de Gracia que, en su día,
han disfrutado ya
los hombres ricos.

 

 

 

 

LOS OBREROS

He crecido sintiendo
que teníais veneno dentro de las venas.
Mi educación burguesa…
Os temía.
Si estabais reunidos más de cuatro en una plazoleta
creía adivinar
el sonido estridente de vuestro lenguaje:
“Revolución”. “Venganza”. “Cuando cambie…”.

Ya he calado en lo hondo de vuestra inocencia.
Y sé el significado de vuestro oscuro gesto,
porque en mí ha florecido. Es dolor solamente.
Ahora,
si os veo reunidos más de cuatro
en cualquier descampado, callejuela o taberna,
pienso
que estaréis comentando
lo tarde que este año llegó la primavera,
el dientecillo tierno que nació a vuestro hijo,
o, tal vez,
encajaréis con rabia las mandíbulas
sintiendo
que la injusticia os besa. Y os posee.

 

 

 

 

ORACIÓN DEL TABIQUE

Un tabique, Señor,
para las largas naves
de tantos hospitales. Gratuitos.
Un tabique, Señor.
Aunque sea muy leve.
De apenas cal, cemento. Sin ladrillo.
Un tabique, Señor, para que los defiendqa
de la queja más próxima,
de la lágrima ajena,
de la muerte cercana…
Un tabique, Señor.
Aunque haya en los jardines menos flores,
menos fuentes preciosas
y menos avenidas
espaciosas.
Un tabique, Señor,
para las largas naves
de tantos hospitales. Gratuitos.

 

 

 

VV. AA. La voz femenina en la poesía social y testimonial de los años cincuenta (Introducción, selección y notas de Angelina Gatell). Madrid; Bartleby editores, 2006.

 

MUJER QUE SOY – ANGELINA GATELL

 

FUSILAMIENTOS
xxx(Posguerra)

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA Meliano Peraile, años después

No, no puedo olvidarlo. Es en la linde
aún indecisa de la aurora. Siento
como si fuera ayer la voz del viento
—¿es voz o alfanje?— que mi sueño escinde.

Mi sueño roto en el perfil del día
una vez y otra vez. Y allá, en la arena,
madruga ensangrentada la azucena
y exhausta besa la ribera fría.

Oigo la muerte. Ocupa mis oídos
la trágica manada de estampidos
que al alba irrumpe cotidianamente.

Viene del mar. Mis días infantiles
son un duro horizonte de fusiles
que me persigue encarnizadamente.

 

 

 

 

DESPUÉS

Cuando todo termine,
cuando llegue ese tiempo
que la ilusión anuncia
—y que a veces parece
tan infinitamente lejos—,
¿dónde estarán los ojos que ahora miran
insistentes y amargos,
secretos, clandestinos,
lo invisible?
¿Dónde el perfil sombrío
de esas manos que exigen, golpeando, muriendo,
lo que un día,
inesperadamente,
les fue arrebatado?

Cuando todo termine
y la senda gastada
por la fiera andadura del hombre
desemboque de pronto en un valle distinto,
¿dónde estará la alegría sin pausa asfixiada?
¿Qué escombros,
qué informe y podrida materia
tendrán que apartar nuestras manos?
¿Qué habrá debajo de tanta ceniza
una vez apagadas las brasas?
¿Qué fétidas flores, qué horribles insectos?

Cuando todo termine,
¿quién podrá levantarse
sin mancha
de en medio del caos y la larga tiniebla?
¿En qué frente
no habrá un mapa de oscura inmundicia?

¿Dónde hallar una sola pupila
sin rabia encharcada,
sin odio en el fondo;
unos labios que no hayan tocado
palabras impuras, sonidos crueles
impulsados por miedos,
naufragios, codicias…?

Y si fuera posible
todavía ese ser luminoso,
—¿de qué nueva injusticia nutrido,
salvado por qué privilegio?—
¿quién podría aceptar sin rencor su presencia,
el naciente linaje
que otra vez marcaría a los hombres?

Cuando todo termine,
cuando todo el trabajo esté hecho:
sembrados los campos,
ordenada la luz, los caminos
trazados y firmes,
orientadas las aguas, tranquilas las brisas,
será mejor que nosotros partamos
sin otro equipaje que el sueño cumplido,
sin otra tarea
que borrar, una a una, las torpes señales
que vamos dejando.
Que no quede en la tierra memoria de lucha
ni cantos triunfales.
Que nadie
evoque las tristes victorias
con uñas y dientes logradas.

Luchemos ahora,
tiznemos de furia total nuestras manos,
lleguemos al límite, a la curva sangrienta,
al filo que marca
un fin y un principio.

Y después, cuando todo termine,
no toquemos el pan, ni la rosa, ni el aire.
Partamos. Que nadie nos vea
sin paz, perseguidos por tantos fantasmas.

Que nadie recuerde
que estuvimos aquí, que pasamos.

 

 

 

 

GENERACIÓN

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA mi hermano

Nada está hecho y ya nosotros
abandonamos la tarea.
Más que luchar, hemos soñado.
De nuestros sueños poco queda.

Más que cantar, es el silencio
nuestro destino y nuestra meta.
Más que vivir, hemos pasado
sobre el cansancio de la tierra.

Más que sembrar, hemos dejado
henchido el surco de tristeza.
Más que morir, hemos vivido
con tanta oscura muerte a cuestas.

Más que llorar, hemos sufrido
nuestra gran lágrima secreta.
Más que los hierros, es la noche
la interminable cárcel nuestra.

Más que el dolor, es la amargura,
el fruto cruel de la impotencia.
Más que trazar nuestro camino
es el camino el que nos lleva.

Desde el principio comprendimos
que era imposible la luz nueva.
Sombras tan sólo, se apagaba
nuestra hermosura en la tiniebla.

 

 

 

 

DESTINO

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA Blas de Otero

Sólo sombras me dieron.
Con semillas de sombra fecundaron el vientre,
la cárcava sumisa
donde tuve mi origen de sombra.

Me arroparon con sombra. Me dieron
pan de sombra amasado
por manos de sombra y condena.

Fui creciendo anegada de sombra,
ahogándome en mares de sombra,
pisando caminos de ira y de sombra,
llevando en los labios
una dura consigna de silencio y de sombra.

A mi voz opusieron densas sombras, cegando
la plural hermosura que a mi boca afluía.
Largo trago de sombra acudió a mi garganta,
a mi sed insaciable.

Con pedradas de sombra derribaron mis manos,
abatieron mis ramos celestes.
La sombra de un látigo golpeó mi alegría,
dejó el aire desierto de rosas,
apagó las estrellas, el beso, la sangre.

Con un lienzo de sombra envolvieron la clara,
rebelde sonrisa.
Me poblaron de sombra la frente y los párpados.
Una llave de sombra cerró para siempre
las puertas del alba.

Y con muros de sombra me hicieron la casa.
Y amueblaron de sombra y espanto
la alcoba nupcial
asediando mi cuerpo,
cercando de sombra furiosa mi vientre…

Y vinieron, cubiertos de sombra,
mis hijos.

 

 

 

 

LOS VENCIDOS

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx…con los pies rotos
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxentre polvo y piedra,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxpor el duro camino catalán,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxbajo las balas últimas
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxcaminando,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxay, hermanos valientes,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxal destierro.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxPablo Neruda

Yo estuve allí también.
Era tan sólo
una mínima hoguera donde ardía,
sin que yo lo supiera,
mi esperanza, mi fe, mi dignidad futura.

Todo fue consumiéndose y consumándose
bajo el crepúsculo de enero,
sobre la tierra helada,
allá, en los campos míos,
entre las viñas que mostraban
sus oscuros muñones como indomables puños.

Los vi pasar con los pies rotos
entre polvo y piedra.
Nunca he visto otros ojos
más arados por el dolor,
más transitados por la pesadumbre.

Bajo la tarde, hambrientos
de pan, de muerte, de soledad,
fueron pasando.

Los pies
calzados con la sangre
que caía
por el duro camino catalán,
condecorando hermosamente
la tierra aquella donde yo nací
y donde
mi corazón se cubre de hojas verdes
todas las primaveras,
como si fuera un árbol,
una vid,
o acaso
una gota pequeña
de aquella sangre
que iluminó mi patria.

Los vi pasar. Llevaban
apagadas las frentes,
las manos señaladas
por la costumbre del fusil;
sus ojos
eran como náufragos en el crepúsculo
que, cómplice, caía
solapadamente, borrando
los últimos caminos.

Uno de aquellos hombres
—casi blanco el cabello—
tocó con un temblor
mis trenzas,
que fueron en sus manos
como un presentimiento
de cadenas futuras,
y dijo,
con una voz que nunca
podré olvidar:

xxxxxxxxNina, no’m donaries
xxxxxxxxun tros, solament un tros
xxxxxxxxde pa?

Le di mi pan, las rubias
avellanas del huerto,
el agua…

Le di, definitivamente,
un lugar en mi vida:
un pequeño recinto
donde su voz me dura,
donde sus ojos
hallaron estadía,
donde sus labios
alguna vez me hablan
con nuestro dulce acento inolvidable,
con las bellas palabras
que los vencedores quisieron
borrar…

Y aunque la muerte
rondara sus cabellos,
con aquel mismo gesto largo y torpe
con que él rozó los míos,
y no sé dónde yace
su cuerpo desgarrado
por la derrota,
no he podido olvidar su sombra triste
que cruzó mi niñez
y acuñó en ella, para siempre,
la ira y la impotencia.

Desde aquel día
—25 de enero de 1939—
el pan sabe a vergüenza y a cobarde
consentimiento,
y cuando acerco
un pedazo a mis dientes,
en vez de iluminarse se me tiñen
de un rubor infinito.
Y me acude a recuerdo, inevitablemente,
aquel pan y aquel hombre.

Fueron pasando, uno tras otro, los vencidos
por mis ojos de niña,
bajo las balas últimas
que partían
de los avellanos,
de los bosques fríos,
de la tarde…

Los vi pasar —eran los míos—
caminando,
ay, hermanos valientes, al destierro.

 

 

 

VV. AA. La voz femenina en la poesía social y testimonial de los años cincuenta (Introducción, selección y notas de Angelina Gatell). Madrid; Bartleby editores, 2006.

 

MUJER QUE SOY – AURORA DE ALBORNOZ

 

xxxxxxxxxxxxxMADRID:
MUERE DE HAMBRE UNA ANCIANA

No sabemos quién eras.
Sabemos
que moriste de hambre.
Y nada más.
La noticia la dicen los periódicos:

xxxxx“En .la .casa .número 5 de la calle del Doctor Albiña-
xxxxxna ha fallecido .una .anciana .de .inanición. Los veci-
xxxxxnos estaban alarmados .porque .el .matrimonio ocu-
xxxxxpante de una vivienda .del .tercer .piso .no salía a la
xxxxxcalle desde hacía algún tiempo. Llamaron al 091 y al
xxxxxentrar .en .el .departamento .presenciaron, en unión
xxxxxde .los .inspectores .de .un .coche-radio .patrulla, un
xxxxxespectáculo tristísimo: .la mujer estaba muerta en la
xxxxxcama, y junto a ella, .el marido, también anciano, se
xxxxxhallaba muy .grave .a .consecuencia .de .la debilidad
xxxxxque .padece .por .falta .de .alimentos. xLos xdos xse
xxxxxencontraban enfermos desde .hacía .dos meses y no
xxxxxrecibían ninguna asistencia. El esposo fue llevado en
xxxxxuna ambulancia al .Gran .Hospital. .Se .llama Domin-
xxxxxgo Fernández Ballesteros.”

Ni nos dicen tu nombre siquiera.

¿Qué fuiste?
¿Qué sentías?
Sabemos sólo
que moriste de hambre,
según nos dice el ABC de hoy, diciembre, ocho,
y ayer el Pueblo.

Te he visto muchas veces.
Vendías cigarrillos por las noches
junto al escaparate de “Alexander”,
plaza de Canalejas.
O a la puerta del “Abra”,
o de “Chicote”.

O eras, acaso, la mendiga aquella
que pedía limosna a los turistas
(el restaurante estaba siempre lleno).
No sabemos quién eras.
Ni siquiera tu nombre.
La caridad organizada llegó tarde.
Ni siquiera hubo tiempo de hacer un té benéfico,
o una partida de canasta.

Te moriste de hambre.
¿Quién eras?
¿Qué sentías?

De seguro que estabas resignada con tu suerte
—te lo dijeron tanto—.
Eras pobre y tu función era ser pobre.
¿Cómo, si no;
cómo, sin ti va a entrar el rico
en el reino de los cielos?
Ésa era tu función y la cumpliste.
Pero llegaste lejos.
Llegaste demasiado lejos.
Anacrónicamente lejos.
Porque vivimos en Madrid.
En España.
A ocho de diciembre
de 1960.

 

 

 

VV. AA. La voz femenina en la poesía social y testimonial de los años cincuenta (Introducción, selección y notas de Angelina Gatell). Madrid; Bartleby editores, 2006.

 

MUJER QUE SOY – JULIA UCEDA

 

CASAS BAJO LA LLUVIA

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx¡Oh pobres campos malditos,
xxxxxxxxxxixxxxxxxxxxxxxxxpobres campos de mi patria!
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA. M.

Ciudad, tienes mil caras
en cada gota de agua.

De infinitas ciudades,
cercanas o lejanas,
de pueblos infinitos,
de infinitas Españas,
se rompe esta espaciosa
y triste piel exhausta.
Una por cada gota
de lluvia. Una por cada
lágrima.
Una ciudad por cada cerviz
ensangrentada.
Una ciudad distinta
por cada voz que clama
distintas cosas. Una
por cada
pupila sorprendida
desnuda frente al alba.
Todas bajo la lluvia,
en marcha
por silenciosos túneles
de estrellas apagadas.
Mudas y divididas
bajo la misma agua.
Todas vueltas —posturas
distintas de esperanza—
hacia la voz. ¿Sonido
de ayer o de mañana?
Casi sueño, luz casi
sin llama.
Ciudad bajo la lluvia.

Pueblos bajo las lágrimas
silenciosas de España.

 

 

 

 

VED A UN HOMBRE

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxUna esperanza se ha ido del mundo,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxuna soledad ha comenzado para cada
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxhombre libre.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA. C.

Ved a este hombre.
La sombra de su cuerpo cubre todo el camino
y oscuros pájaros sin voz,
sin música, se estrellan, hojas solitarias,
a sus plantas. Lutos que giran
muy cerca de sus ojos arruinados,
de su mirada antigua que lucha contra el musgo
por seguir contemplando más belleza.
En su fondo se alzan
gestos purificados a través de los tiempos.
Mirad. No espanta
su postura de herido en pie, ahuyentando
los violentos plurales en acecho.
Pasa la cinta presurosa
de muchos que sonríen con labios estrenados,
agitando la ropa que, en serie, echaron fuera
de algún laboratorio, o sus gestos de eslogan
—todos iguales. Como en un espejo—.
Y le dicen adiós con muecas, apretándose
las caderas impuras.
No, no. No espanta.
Dan deseos
de caer de rodillas,
de acariciar sus pies casi raíces
y su inocente sangre
antes que cualquier bota lo derribe.

 

 

 

 

UN SEGURO APELLIDO

El mundo es de los otros.
Se hizo para ellos y ellos lo poseen.
Cantan y se apacientan
dulcemente contentos.
Tienen mitos y dioses,
tienen hogar y hermanos
y un seguro apellido
y una calle con nombre.
Pueden tenerlo todo.
Todo pueden quitarnos:
hasta el silencio breve
que madura los versos;
hasta el Dios que se asoma
temblando en nuestro fondo
(ese Dios al que obligan
a ser inteligente).
Guardan en el bolsillo
su entrada para el Cielo
—un lugar elegante,
de “gente conocida”—,
mientras otros estamos
de pie, haciendo cola.
Mientras nos empujamos,
mudos, ante la puerta.
Y hemos perdido todo,
y estamos como ciegos
frente a los luminosos
que anuncian la película.
Nadie nos mira nunca,
pero nos da vergüenza.

 

 

 

 

ESPERANZA

Aunque estoy de rodillas ante los Grandes Ídolos
y digo amén a todas sus palabras
con la boca de hiel, tratando
de resistir los golpes
de la sabia experiencia,
puedo alargar la mano hacia una rosa.

Aunque mi cuerpo, al fin de todo,
borrado quedará como ese rastro
de un avión entre las nubes, miro
sin miedo ni rencor el ancho cielo
donde me perderé
con un rumor agradecido.

Aunque huyo de los sueños
que me acompañan cada noche —robo
cartas, hablo con seres
casi imposibles por su lejanía
y lucho con las sombras—, cada noche
espero al sueño confiada
en su desdén hacia los hombres.

Ningún prodigio intento: oigo
puertas batidas por el viento
y trato de ajustarles sus pestillos.
Figuras de soledad ya no me asustan:
lo informe y los largos caminos
sin andar, me preocupan.

Los ídolos seguirán presidiendo
el limitado devenir, pero he luchado
contra ellos: cuando niña
matamos una Mantis Religiosa
y creo que me atrevo con los mitos.

Un hombre libre hay en algún lado
aunque yo no lo sepa.

 

 

 

 

HAY UN ROSTRO DETRÁS DE LA SOMBRA

Señor, si eres, yo sé cómo no eres.
Si juzgas, yo sé cómo no juzgas.
Si amas, yo sé cómo no amas.
Y no sé nada más. Y nada más deseo
saber: no siento
necesidad de ir a parte alguna.
Veo la muerte en los caminos.
Y algo peor: el vacío y el polvo…

No sé si para alguien
es útil este mundo
al que pude amar tanto.
(Pobre gloria Tu gloria si lo hiciste
para ella.) Debes de sentir náuseas
profundas de ese vaho
que sube hasta Tus círculos.
¿Reconoces Tu obra? ¿Firmarías
Tus palabras: esas
que dicen que Tú has dicho?

Quieren que imaginemos
a un Felipe II entre papeles,
organizando, dispensando
órdenes y más órdenes…
Rodeado de negros secretarios
que guardan tus secretos
celosamente —¡cuán celosamente!—;
alzando cárceles, corriendo
cerrojos,
frunciendo el ceño, dando,
indolente,
Tu mano al beso del vasallo.
Para ese Dios burócrata
no merece la pena
el dolor de este mundo.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxY sin embargo
de nada sirve lo que yo sospeche:
ellos dicen que hablan por Tu boca.

 

 

 

 

DEFINICIÓN

Hormiga: insecto
himenóptero. Su cuerpo
se estrecha por dos veces:
unión de la cabeza con el tórax,
de éste y abdomen.
Antenas acodadas, patas largas.
Viven en sociedad,
con sus soldados y sus basureros,
machos, hembras y agrícolas obreras
organizadas hitlerianamente.

El niño mira sorprendido
en las veredas pardas,
la hilera decidida,
el idioma que late en las antenas,
suponiendo el cansancio,
el temor a los dioses,
a las leyes no escritas
y a los ciegos destinos.

El niño mira a las hormigas
y las ve detenerse
y proseguir. Y no se explica.
El niño, el hombre, se levanta
irritado, ignorado por el mundo
que transcurre a sus pies, y bruscamente
rompe la hilera que supone un cosmos
que se esparce, deshecho, sin motivo.
Después se va, olvidándolo,
a buscar la merienda y los deberes.

Hombre: animal solitario
que vive en sociedad.
Extremidades, tronco
doblado poco a poco por el tiempo.
Tiene leyes, idiomas y ciudades.
Con frecuencia
extermina a otros hombres.
Cree poseer un alma,
pero no sabe dónde
ni por qué ha de morirse.
Machos, hembras y obreros
también privados de las alas.
Se dice que no existen
variedades notables entre ellos,
pero vemos que algunos
huyen de la manada y se destierran
con gritos de dolor que no se oyen.

¿Dónde está el niño que nos mira
y piensa: “De qué extraña
manera se comportan…”
y va a pisarnos y a correr riendo
a buscar su merienda y sus deberes?

 

 

 

 

UNA PATRIA SE VE DESDE LA CUMBRE

Lo que os voy a decir es como un grito.
Y es urgente esta forma entrecortada
—para que oigáis los golpes
de un corazón oculto—
porque responde a una pregunta
que no sé si me han hecho.

No puedo precisar en dónde
comenzó todo: hace edades o siglos
(siglos o edades
de irrompibles silencios).
Para mí sobrevino
en un lugar inesperado:
París, mil novecientos
cincuenta y nueve. La frontera
me había desnudado de la firme
protección de la patria
y sus conceptos nunca comprobados.
Ya no tenía
visillos de humo
para mis ojos: Carlos V
murió efectivamente; Don Quijote
era un libro
hermoso. Yo vivía, por fin,
no en el pasado, no
sobre el colchón de plumas
amargas, sino
en París mil novecientos
cincuenta y nueve.
Ardían
mis ojos nuevos, arrasados
de un aire de otro mundo.
Inesperadamente había
encontrado mi tiempo.

Allí, en París, vi
por primera vez al enemigo
de Don Quijote,
de toda la cultura
occidental. No hablaba
como en el cine
de mi país.
xxxxxxxxxxxSu voz
me recordaba aquellas voces
que levantaron Grecia.
Su rostro, rudo,
puro, de campesino cordobés
y su viejo uniforme (había
olvidado decir que la película
narraba una sencilla historia
rural,
de la última guerra),
velaban por completo
sus oscuros propósitos
contra mí —contra el espíritu
occidental y sus valores
eternos…—. Sólo
supe la historia de un soldado,
de su hogar entre campos
de trigo —¿Ucrania? ¿Andalucía?—,
de su madre, arropada en lutos
y viuda como
las mujeres de Lorca.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxSi me hubiese
tapado los oídos; si la lengua,
extraña, melodiosa,
se hubiera dejado oír, aquella dulce
historia, aquel
paisaje, los soldados,
rotos, alegres,
habrían sido
los de la patria; aquellas
estaciones, el trayecto
desde Sevilla a Córdoba,
no de Ucrania, no
de donde fuesen.
xxxxxxxxxxxxxxxxxY aquel amor
entre dos seres casi niños,
habría merecido
un 1 a la censura.
xxxxxxxxxxxxxxxxxNo podía
a través de la húmeda cortina
de mis ojos, adivinar
los oscuros propósitos
contra mí.
xxxxxxxxxxEntonces supe
que no era libre;
que nunca nadie
había sido libre.

xxxxxxxxxxxxxxxxSi yo fuera
filósofo extraería
consecuencias, tal vez heterodoxas,
sobre el dolor del mundo, sobre
cierto pecado del mundo y algo
no sólo del país que vi desde la cumbre,
sino del hombre contra el hombre.
Probablemente haría
un estudio científico
de ciertos individuos
borrachos de poder.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxY es posible que entonces
hubiésemos llegado
a la raíz del pacto de silencio
entre los siglos.
xxxxxxxxxxxxxxxxPuede
que entonces comprendiéramos
que la manzana sigue y sigue
rodando sobre
nuestras cabezas erguidas de
miembros de la cultura
occidental.
xxxxxxxxxxxPero eso
tal vez no es cosa mía. Os cuento
en forma de poema, un poco
entrecortadamente para
que oigáis los golpes
de un corazón oculto,
esto que sobrevino
contra mí
en un lugar inesperado:
París mil novecientos
cincuenta y nueve. Era
mirar desde la cumbre
una imposible patria.

 

 

 

VV. AA. La voz femenina en la poesía social y testimonial de los años cincuenta (Introducción, selección y notas de Angelina Gatell). Madrid; Bartleby editores, 2006.

 

MUJER QUE SOY – ACACIA UCETA

 

PRIMER ENSAYO

Son dos niños besados por el sol,
su único amigo.
Por él curtidos,
por él alzados hasta la sonrisa,
hasta el gozo de ser
canción de luz para el pincel amante.
dos niños sonriendo,
ignorando este instante de su gracia,
ignorando
la sombra que proyecta su destino.
Gitanillos al sol de lamañana
ensayando piruetas
para el salto mortal
de un circo errante,
de una pista de hierro son aplausos.
Niños ausentes siempre y olvidados
de todas las escuelas de la tierra.
Hombres para el mañana
borrados de la ciencia y de la gloria,
afiliados sin tregua a la derrota,
militantes del hambre y la fatiga
sembrando de ilusiones los senderos,
condenados desde el primer latido
por el pecado atávico
de amar la libertad y la alegría.
Cuando la vida borre vuestra infancia,
vuestra sonrisa abierta como un lirio,
sobre los pies sangrantes
del camino infinito,
sobre el terrible círculo cerrado
del hielo y de la noche,
vosotros
veréis amanecer antes que nadie
y el sol os besará como a ninguno
con su primera luz, con la más pura:
el sol, vuestro amigo de siempre,
el sol, vuestro único amigo.

 

 

 

 

MADRID, PRIMAVERA DE 1938

Y floreció entre los escombros.
Era la primavera
y por el muro más acribillado
creció una enredadera fugitiva.
Briznas de hierba
besaron la ciudad martirizada.
Un sol tímido,
un sol avergonzado de su brillo,
se posó en los andrajos,
en las manos moradas,
en los muñones de los mutilados,
y entró por las ventanas sin cristales,
por puertas arrancadas a la noche.
Los niños,
escuálidos, hambrientos,
diminutos fantasmas ateridos,
salimos a la calle
e intentamos jugar desorientados.
Los hierros retorcidos,
los casquillos de bala,
algún trozo de cuerda,
algún papel borroso,
eran nuestros juguetes.
Buscábamos sin pausa.
No pedíamos nada.
Yo recuerdo mis manos recogiendo
los pequeños cristales
para hacer una estrella sobre el barro.
Yo recuerdo mi voz de nueve años
sin una sola queja.
Las preguntas y el llanto no tenían objeto.
“Es la guerra —decían— es la guerra.”
“La guerra” —repetían
los padres, los maestros.
Querían explicarnos lo imposible.
No entendíamos nada:
éramos niños.
Queríamos jugar, ir a los parques,
la cocina abrigada en el invierno,
el pan y el chocolate de la tarde…
Queríamos
que no llorase nuestra madre al vernos,
que el bombardeo
nos dejase dormir alguna noche.

Se iba acabando todo.
Una garra de fuego
ceñía a la ciudad, la iba abrasando.
Quemaba los oídos
el ruido del combate.
Las pupilas
enrojecían en el horizonte.
“Es la guerra  —decían— es la guerra”
“Es la guerra” —repetían.
Y la ciudad seguía resistiendo.
Crecían los escombros,
crecía la metralla
que iba segando vidas,
que iba lloviendo nardos.
Niños como nosotros
los he visto caer bajo las bombas
buscando en los montones de basura.
Murió mi compañero de colegio
y mi joven vecina
de diecisiete años
se deshojó como una margarita
inmolada a la tisis galopante.
Los hombres nos miraban
desde su furor oscuro e impotente.
Las mujeres,
crucificadas sobre su ternura,
maldecían su vientre y su miseria
frente a nuestra inocencia desvalida.

Se puede estar tres años apretando,
cercando a una ciudad sin que se muera.
Van cediendo los árboles, las casas,
los débiles primero:
el pueblo se desangra apresurado:
los viejos, los enfermos y los niños
van suavemente al río de la muerte
y el caudal va creciendo, va creciendo…
Faltan la luz, la lumbre,
la sonrisa, el reposo;
faltan la medicina salvadora
y el pan de cada día.
Y crecen los incendios,
las cañerías rotas,
las heridas del cuerpo y la esperanza.

Y sin embargo, un día
llegó la primavera
y su viento templado
me acarició las sienes.
Los niños que quedábamos
nos cogimos las manos
y empezamos alegres
a girar nuevamente ante la vida.
Cantábamos canciones de trinchera
(de libertad hablaban y victoria).
Algunas hojas nuevas
se mecieron al sol como nosotros.
Cierto que no quedaba
ni un pájaro en la rama,
que la guerra siguió lo mismo que antes
ensuciando las mieses y la aurora.
Pero nosotros, niños sin fortuna,
olvidados y puros,
con las alas atadas para el vuelo,
alzamos nuestro canto
frente a la primavera,
giramos y giramos la sorpresa
fundidos con la hierba renacida
que empezaba a trepar por los escombros.

 

 

 

 

ALZADA FUE LA VIDA

Alzada fue la vida hasta nosotros,
victoria fue crecer y repetirse,
cruzar sobre el torrente de la muerte
la llama de la vida
y conseguir que arda la materia,
que brille hasta alcanzar de átomo en átomo
el amor o la idea.
Nuestra arena procede del encuentro
del más duro arrecife
y la ola más fuerte,
porque sólo llegaron a encontrarse
los más apasionados, los más fieros.
En mi perfil de quilla y de ala en vuelo
se estrellaron tormentas anteriores.
Cadena de coral mi sangre antigua
de bravíos océanos se yergue.
Miradas implacables y purísimas
a mis ojos se asoman,
juegan a sorprenderse,
ribetean de oro los oscuros contornos
y se alejan despacio, fuertes y silenciosas,
hacia los nuevos párpados
que engendró mi albedrío.
De los que se entregaron
plenamente a la vida,
de los que se negaron
a la quietud o al miedo,
hemos nacido todos.
Las tímidas doncellas enclaustradas
no llegaron al beso;
los pálidos muchachos
de corazón de nieve
no llegaron al hijo;
de la sangre vertida en las batallas
jamás brotó una boca para el canto;
de aquellos que dejaron
las manos en reposo,
sin caricias ni esfuerzos,
nunca surgió un latido
que rompiera el silencio.
Venimos de los fuertes,
de los que consiguieron la victoria
al retener la vida y encauzarla,
de los que a fuerza de ternura y brío
le negaron el pecho al desaliento
y sufrieron la herida en el costado
hasta verter su savia en otra copa.
Cada niño nacido
responde con su llanto
a un gigantesco coro de lamentos
que intenta ser canción frente a su vida.
De soledad en soledad venimos
rozando las rodillas de la Nada.
Nuestro caudal de fuego
en su paso fugaz
va acreditando en el dolor su brillo,
inventando respuestas a su noche,
mientras sigue creando eternidades
a través de la sangre y la memoria.

 

 

 

VV. AA. La voz femenina en la poesía social y testimonial de los años cincuenta (Introducción, selección y notas de Angelina Gatell). Madrid; Bartleby editores, 2006.

 

MUJER QUE SOY – MARÍA BENEYTO

 

LA PEREGRINA

Yo era la mujer que se alzó de la tierra
para mirar las luces siderales.
Dejé el hogar con apagados troncos
cansada de ser sólo estela de humo
que prolongase así mi ser ardido.
Esa mujer del hueco tibio
que allí me contenía,
se despertó del sueño profundo de la especie
y decidió buscar, a plena luz, caminos.
La inquieta,
la andariega mujer a quien no bastan dulces
menesteres pequeños,
ésa me fue de súbito encontrada
en los más hondos pliegues de mi túnica
y yo no quise renunciar, quedarme.

Otras renunciaciones así quedaron, sombras
que tenían la forma tan amada
de los pasados sueños, hijos
que estaban programados en mi sangre
a cambio de ceder y estarme quieta;
la rueca y el silencio de las horas
protegidas, pausadas, sin peligros,
las flores habituales, la inocencia…
Pero inocente no quería ser.
Quería
como Eva, saber, estar, ser libre
para el conocimiento de la luz, perderme
en la verdad, encontrarme, saberme,
llegar a las montañas que siempre estaban lejos,
pisar ciudades que edifica el miedo,
integrarme a las turbias caravanas
que hirieron el desierto, someterme
a la carga común,
y ser hallada
solidaria, eficaz, y no apartada
de ese esfuerzo que late
en el gran corazón que nos da vida;
el corazón del mundo, unido al nuestro,
por invisibles venas del misterio.
Así
atravesé la risa,
hendí la densa lágrima
deseando quedarme en cada gota
de sudor, en la mano encallecida,
en los niños sin ojos
o en la mujer que teje por las noches
debajo de la angustia.
Pero no me detuve ni siquiera
cuando cerró de nuevo mi camino
la mirada absorbente del deseo
y su mágica voz
traduciendo la música más dulce.

La primavera
descendiendo en mis venas
de mujer en mujer, desde el principio,
intentó mutilar —casi lo hizo—
mi ilusión por llegar a la asamblea
donde, severa, la verdad, aguardaba.
Arañada de espinos,
vapuleada por los vientos, rota,
pude llegar, aún de día.
En lo alto del monte
reunidos, estaban.
Los hombres más ancianos y los otros,
como si no me viesen
hablaban, poseían
inefables vocablos.
Me acerqué con el triunfo cenital en los ojos
con un contento de alas súbitas
en mis hombros felices,
pero no me dejaron entregar mis palabras
porque en ellos la ira de Dios resplandecía.
Bíblicas maldiciones
inflamaron mi oído
y me dijeron Eva una y mil veces,
manantial del dolor, impúdica pureza,
hembra evadida del rincón oscuro,
del lugar de vigía de la ventana,
desertora
de la orilla del fuego
y el hogar apagado.
Vergüenza de mi sexo acongojó mis hombros
que se creyeron alas para el vuelo.
Vergüenza de bajar de las alturas
sin lograr la palabra que buscaba.
Y ni siquiera en otras asambleas
vi algo de la luz que me justificase,
porque tampoco ellos encontraban nada,
hombres engañadores de otros hombres,
a pesar de su hoz interrogante,
a pesar del secreto pretencioso y estéril
con que arropaban —delicadamente—
su poco de vacío…

Así regreso, con pies llagados
y ropas destrozadas, junto al fuego,
perseguida, insultada, y viendo activa
la maldición de Dios que llega
desde el vivir primero.
Carne de escándalo, asombrada,
aquí estoy para siempre quieta y muda:
jueces casi benignos me condenan
a la inmovilidad,
y me salva de ser lapidada
el silencio.

 

 

 

 

DURO TIEMPO

Nuestra niñez no ha sido protegida
por canciones de nácar,
ni símbolos de azúcar inefable
o guirnaldas de estaño.
Nuestra infancia sabía a hierba amarga,
a guerra fratricida
sin fábulas azules ni leyendas.

Enseguida supimos que la vida
—aquel tallo inocente—
nacía de una entraña ensangrentada
que indicaba el camino
hacia la luz, entre la carne rota.
Que las madres guardaban
recuerdos prenatales en su vientre.

A esquirlas de metralla, a realidades,
nos sacaron del mundo
en que era fácil y feliz ser niño.
Con obuses y bombas
conocimos la atroz mitología
que izaba las palabras
del lívido alarido de la herida.

Hicimos colección de balas viejas
usadas por la muerte.
Nana feroz nos daban en la noche
las sirenas de alarma
y el agujero de terror oscuro
del refugio antiaéreo
jugaba por el día con nosotros.

Lo mismo que asexuales criaturas
inventábamos juntos
iguales violencias. (Una niña
algunas veces vino,
se me subió a los ojos lentamente
y lloró en mis pupilas
inexplicables ríos infantiles…)

Y ése ha sido el preludio,
la llegada a la tierra que vivo.
Los indicios apenas de la vida
repartida en dos seres
y desdoblada, separada, aparte.
La dura despedida
del otro ser que se quedó en la muerte.

Sin ser mujer y sin tener infancia
allí, en tierra de nadie,
en tiempo neutro, en limbo sostenido,
la niñez compañera
era un capullo pálido, caído,
ahogado entre sangre
en donde se perdió la niña muerta.

Pero siguió la guerra su camino
y los hermanos eran,
allá en el frente, dioses luminosos,
los guerreros antiguos
resplandeciendo a un lado de la lucha,
en el duro combate,
en la carne mortal, herida y nuestra,

mientras iba cayendo tierna lluvia
en la herida infectada
de acuchillados campos. En el hueso
innumerable y joven
del múltiple cadáver, y algo hembra,
mujer, madre de luto,
algo llamado España, sollozaba.

 

 

 

 

PUNTO FINAL

Iban los vencedores con sus himnos
y su orgullo, y su grito, por las calles.
Las palabras del júbilo eran rosas,
guirnaldas y banderas. Bienvenidas.

(Por la raya del mar, el barco iba
—el último de todos— hacia lejos:
el exilio, la angustia, el cielo extraño,
la extraña tierra… Sangre en las raíces.)

Ese himno ya no. ¡Callad, silencio…!
Tuvimos que aprendernos las palabras
del nuevo modo de salvar el mundo,
la música del pez en la pecera.

(Los himnos fenecidos, los pusimos
detrás de la memoria. Con ramajes
y camuflaje de horas. Encerrarlos
era como enterrar la infancia en ellos.)

Desfiles. Tiempo nuevo. No pudimos
adaptarnos muy pronto. Más desfiles.
Quizá aquella gente extraña era,
en verdad, la verdad. y la victoria.

(En la raya de Francia, los vencidos,
y en un flanco de España, la derrota:
los heridos, los vivos, y los otros.
El camino final. Y la posguerra.)

Se habló entonces de patria. De los hijos.
De Castilla la grande. Y en los montes
sólo una mano de la muerte hacía
la señal de la cruz sobre la guerra.

(Ellos tuvieron sólo el gran silencio.
Sólo su herida al lado de la tierra,
huesos que hay que olvidar. Muertos de España
a quienes nadie da nombre de muertos.)

 

 

 

 

NUESTRA CASA DE MADRID

Allí donde un gato nos llamaba
maullando dolor, cuando la puerta era
un rectángulo duro de madera oscura
que le dejaba su pelambre negra
sin calor, sin amor, sin aliento…
Allí donde venía hacia mis brazos
niña con gato (que sabían todos
cómo crecía y aumentaba, a costa
de mi casual inapetencia) era
mi lugar de vivir, Madrid amigo
que nos tenía de prestados años
y más años. Niña con gato, y gato
que tenía una madre y una hija,
gato que todo lo tenía
dependiente de mí. Y yo le quería
tanto, que si la gran demolición sonaba
avisando la muerte, miedos juntos
debajo de la cama guarecidos,
en latidos unánimes, odiaban
a la sirena toda voz, martirio
de la gente sufrida, la sirena
que, si callaba, nos dejaba libres
trocitos de alegría, juguetones,
recuperados del horror
en diminuto olvido
de lo que, siempre desamor, volvía…

Un día nos llamaron a la tierra nuestra.
Le hubimos de dejar. Rabia de felino
a quien le contradicen el amor, maullaba,
enloquecía, se aferraba al cuerpo
que extrajo de la muerte su exigencia
de vivir, mientras yo le daba
parte de un corazón de niña triste
y bajaba escaleras que ya nunca
volvería a subir con el maullido
detrás, y lágrimas amargas
que maullaban también pena de gato…

Algún año después, alguien de casa
—un hermano quizá que volvería
de un permiso hacia el frente—
vio la casa: ladrillos y paredes
amontonados, muebles rotos, ratas,
y, sobre un montoncillo
de ropas infantiles,
el esqueleto de Bis-Bis, mi gato,
sobre mi ropa vieja, putrefacta.

 

 

 

VV. AA. La voz femenina en la poesía social y testimonial de los años cincuenta (Introducción, selección y notas de Angelina Gatell). Madrid; Bartleby editores, 2006.

 

MUJER QUE SOY – GLORIA FUERTES

 

NO PERDAMOS EL TIEMPO

Si el mar es infinito y tiene redes,
si su música sale de la ola,
si el alba es roja y el ocaso verde,
si la selva es lujuria y la luna caricia,
si la rosa se abre y perfuma la casa,
si la niña se ríe y perfuma la vida,
si el amor se va y me besa y me deja temblando.
¿Qué importancia tiene todo esto
mientras haya en mi barrio una mesa sin patas,
un niño sin zapatos o un contable tosiendo,
un banquete de cáscaras,
un concierto de perros,
una ópera de sarna…?
Debemos inquietarnos por curar las simientes,
por vendar corazones y escribir el poema
que a todos nos contagie.
Y crear esa frase que abrace a todo el mundo,
los poeta debiéramos arrancar las espadas,
inventar más colores y escribir padrenuestros.
Ir dejando las risas en las bocas del túnel
y no decir lo íntimo, sino cantar al corro,
no cantar a la luna, no cantar a la novia,
no escribir unas décimas, no fabricar sonetos.
Debemos, pues sabemos, gritar al poderoso,
gritar eso que digo, que hay bastantes viviendo
debajo de las latas con lo puesto y aullando,
y madres que a sus hijos no peinan a diario,
y padres que madrugan y no van al teatro.
Adornar al humilde poniéndole en el hombro nuestro verso,
cantar al que no canta y ayudarle es lo sano.
Asediar usureros, y con rara paciencia convencerles sin asco.
Trillar en la labranza, bajar  alguna mina,
ser buzo una semana, visitar los asilos,
las cárceles, las ruinas, jugar con los párvulos,
danzar en las leproserías.

Poetas, no perdamos el tiempo, trabajemos,
que al corazón le llega poca sangre.

 

 

 

VV. AA. La voz femenina en la poesía social y testimonial de los años cincuenta (Introducción, selección y notas de Angelina Gatell). Madrid; Bartleby editores, 2006.

 

MUJER QUE SOY – CONCHA ZARDOYA

 

DEBAJO DE LAS PIEDRAS HAY RAÍCES

Debajo del estiércol hay raíces
que brotarán en flor una mañana,
alzadas a la luz que hoy entresueñan
en el ciego hontanar de su desgracia.

Debajo del estiércol hay raíces
que lentamente suben, que trabajan
en un negro horizonte de humedades,
de podridas tristezas, hacia el alba.

Debajo del estiércol hay raíces…
Sus tentáculos reptan y se alargan
entre lodos y piedras, suavemente,
con oscuro dolor, a la esperanza.

Debajo del estiércol, la pureza
de la vida, profunda, llora y cava
galerías y tallos que edifican
hombres puros y flores con su savia.

Debajo de la tierra las raíces,
hundidas en la sombra, tejen ramas
de adelfas y naranjos para el niño
que entresueñan dormido en sus entrañas.

Debajo de la tierra las raíces
absorben el ayer, la sal del agua.
Despacio, quedamente, dulces, hondas,
construyen con el hoy todo el mañana.

Debajo del estiércol hay raíces
que siento trabajar, que no descansan:
aspiran a la luz esbelta y libre,
¡libre y esbelta luz que sueña España!

 

 

 

 

YO ME MIRO CRECER EN ESTOS MUROS

Yo me miro crecer en estos muros
como sauce sin agua bienhechora,
en derrota viviendo mi destino
de llorar a los muertos y a los huérfanos.

Porque piso la sangre que no veo
y los llantos que arrastran sus caudales
por el pecho de madres y de viudas,
en el triste solar de nuestra España.

Todo llega hasta mí, desde la calle
que puebla amargamente la tristeza
de padres que en las celdas tienen hijos
o ausentes a destierro condenados.

Todo llega hasta mí desde la calle:
desde el húmedo sótano sin lumbre
que algún día las flores alegraron,
desde el taller del polvo y la ignominia.

Todo viene hasta mí y me golpea
el corazón, la sangre y la conciencia.
Me golpea en los ojos que la aurora
desvelados hallara sobre el lecho.

¿Quién ordena este llanto y esta muerte,
la desgracia y el hambre en las ciudades?
¿Quién agranda los blancos cementerio
con las fosas abiertas cada noche?

Yo no puedo cantar, hermanos míos,
evocando el dolor que se levanta
de vuestra vida gris, de la deshonra
que nos alcanza a todos tristemente.

Sólo queda, escondido entre paredes,
el llanto que socava la existencia,
la pasión numerosa, el drama cierto
que habita con espinas mi memoria.

La perdida hermandad, los rotos labios
del que murió callando en la mazmorra,
los mojados pañuelos por el luto…
son cosas que yo lloro como mías.

¡Ay, mi oficio es plañir entre estos muros,
sintiendo en mis espaldas las pisadas
de los hombres que marchan a la muerte
con la aurora y el frío de mi España!

¡Ah, mi oficio es el llanto cotidiano!
Bellos versos se pudren en la boca,
imprecando por dentro lo que callan
el alma, el corazón y la vergüenza.

 

 

 

 

¿CÓMO PUEDEN LAS HORAS DETENERSE?

¿Cómo pueden las horas detenerse
y la vida dejarnos confinada
en este mar de llanto que así invade
la tierra silenciosa, las aldeas,
el bosque solitario, el arroyuelo,
que nuestros son, que fueron de mis padres,
que son míos y tuyos —¡son de España!—,
colgando la tristeza de los montes
o el inconsciente olvido de las nubes?
¿Cómo puede, insensible, el tiempo ciego
hincarnos en la espera de la muerte?

Mis hermanos, sin nombre, pero amados,
las novias, viudas tristes y los pájaros,
hostilmente acechados nos sentimos
por un viento de sangre que fustiga
el corazón, el musgo de las sienes,
la ya extinta esperanza que moraba
en lo hondo del ser en otro tiempo.
Y todos sollozamos abatidos.
Y todos nos morimos recordando…
Recordando miradas de otros ojos,
abiertos y esparcidos como frutas…
Recordando el derrumbe de unos cuerpos
al pie de los cipreses o del polvo
marchito o despoblado odiosamente.
Recordando los pechos desvalidos
de hombres viejos o ciegos ofrendados
como reses humildes a la tumba,
como teas de sombra a tantos surcos.
Recordando los suaves muchachuelos
que en abono mudaron su alegría
para engendrar maíz o los almendros.
Recordando los niños, sus harapos…

Por eso nos unimos en cadenas
de firmes eslabones que forjaron
las lágrimas comunes y las ansias.
Y por eso vivimos todavía
para llorar la muerte, el infortunio,
la oscura incertidumbre que amenaza
y el amor pisoteado sobre el césped.
Y por eso yacemos confinados,
ocultando el anhelo de los huesos,
el signo de la piel martirizada,
la cifra de una aurora transparente.

¡Vuelen días, semanas y estaciones,
y pase el tiempo a golpes de cuchillo,
abriendo cerraduras, fríos lechos
y umbrales clausurados por el odio!
¡De prisa llegue el día que aguardamos,
el libre amanecer de nuestros sueños!
¡Que renazca libérrima la Vida,
el claro aletear de la alegría
en hogueras de luz indestructible!
Sonreirán los muertos blancamente
en las tierras de España que abonaron.

 

 

 

 

¿…?

Su córvido perfil, su frente rasa,
los impasibles ojos duros, fríos,
la boca cruel, sumida y apretada,
la gola doble, el cuello desvaído…

Impertinente, el aire de esta cara
—de palidez cetrina y ceño arisco—
que sueña, vanidosa, en su medalla,
en su efigie cesárea y en su himno.

Estrellas de oro, cruces laureadas
al pecho viejo da caducos brillos,
a su ignominia gloria, noble pátina
a la triste soberbia de su sino.

En todas las conciencias su mirada
es un sangriento ayer, un hoy sombrío.

 

 

 

 

¿…?

Apagada pupila va mirando
rojinegras banderas, aspas, flechas,
los viejos combatientes, desfilando
bajo el sol de la paz ¡ay! irredenta.

Más viejo hoy que ayer, está mirando
sin emoción, con vieja indiferencia,
las divisiones lentas, bajo el arco
triunfal, son alma fofa, gris y yerta.

“Su” paz, aquí, se arrastra, va pasando…
Las negras urnas, máquinas de guerra,
los hombres arrancados de los campos,
vítores tristes, quedos, sin vehemencia…

Bajo el sol de “su” paz, sin luz, cansado,
España “grande y libre”, desespera…

 

 

 

 

VALLE DE LOS CAÍDOS

Sobre peñas agrestes retama,
al cielo hondo, inmenso de la Historia,
esta cruz de dolor sus piedras alza
en grito y en quejumbre acusadora.

Una a una, con sangre modelada,
con libertad y sueño, cada roca,
con hambre, sed y frío, fue arrancada
al hosco monte azul, en mil auroras.

Y a su pie, en lo remoto, fue cavada
una tumba en su cripta, cueva lóbrega
que espera todavía a su alimaña
con la vieja paciencia de las sombras.

Esta cruz no es de amor… A derribarla
se concitan los muertos en sus fosas.

 

 

 

VV. AA. La voz femenina en la poesía social y testimonial de los años cincuenta (Introducción, selección y notas de Angelina Gatell). Madrid; Bartleby editores, 2006.

 

MUJER QUE SOY – CARMEN CONDE

 

ELEGÍA

¿Por qué os derrumbáis, ciudades europeas?
Hubiéraos yo loado, con qué dicha
mi voz os arrullara. ¡Oh, palomas
en cúpulas doradas de prestigio!

Teníais hermosura, historia luminosa,
y me dejáis en mitad del yermo.
¡Ay! Lloro por vosotras. Un robo inesperado
parece ante mi amor que os citen los viajeros
de vuestras avenidas, jardines y palacios.

Toda la infancia en vilo. La juventud de lucha:
¡Por veros y sentiros, por cantaros a todas!
Trabajando de día, aprendiendo en la noche.
Vistiendo lino humilde, alimentando apenas
los años más voraces de la vida.

Entonces no importaba tener hambre de todo.
Llevar mezquinos lienzos, sufrir con lo precario.
¡Mi alma iluminada lo iluminaba todo,
de ensueños se prendía!
Hasta el amor buscaba su gracia en un poema,
y la Poesía poder amar sin fin.

¡No os puedo soñar más,
no caben en mi pecho tantos muertos!
Dolor de los jardines, dolor de los estanques…
Por cosas que se comen
pisáronse las rosas y los cisnes.
Por hambre cambiaron adelfas y sonatas:
augustas providencias vegetales
sumisas a los nobles de la tierra.
¿Y acaso los que comen del lecho de las flores
transforman en belleza la sangre que enriquecen?
¿No sirven a la muerte, no siembran desventura?
¿Algunos se detienen porque les duela un nardo,
un joven con su amor, las torres, las campanas?
Si no hemos de entregarnos, ¿por qué os amé a todas
las patrias que resuman los lutos y los llantos?
¿A qué sacar mis ojos del mundo mediocre?
¿A qué enfermar mi alma de amor a lo imposible?

De lejos y de oídas tenía que enamorarme
con un ardor inútil, de Europa derrumbada.
Y vivo a solas hoy Castilla, la rugiente
de tantos huracanes como galopan. Sola.

 

 

 

 

GIRANDO LA MIRADA EN TORNO

Nos iremos llevando las voces con nosotros.
Para ensalzar al mundo ya no nos sirvieron.
Algunos las cogimos de antorchas, señalamos
oscuros precipicios, tumbas de asesinados, flores,
y hasta el temblor de la fresca lluvia.

Han llegado los días que obligan al silencio.
Los muertos nos lo piden a tiempo que despeñan
su voz que ulula sombras…
Se quedan sin aurora las márgenes floridas.

Sin dulce ensalzamiento las aguas de los ríos.
Adolescentes hombres, las vírgenes, las aves,
transcurren sin sonrisas, ausentes de la gracia
que se paraba antes para loar sus vidas.

Todos los océanos engullen vorazmente
los mundos que los hombres engullen desde el cielo.
Abismos sin descanso consumen a oleadas
criaturas y criaturas tumultuosas, vivas,
que el hierro se incorpora haciéndolas su presa.

No queda ya quien cante, quien sueñe, quien medite.
En todos los umbrales cuajaron despedidas.
¡Las madres están huecas como campanas negras
que tañen siempre a muertos sin entierro!

 

 

 

 

EL MURO

Sí. Está ahí: no lo derribaron
ni lo derribarán.
Porque somos nosotros, los que estamos aún vivos,
ese muro ciclópeo, enorme,
contra el que todos disparan.
Y por uno que caiga, o por ciento,
siempre quedamos más
sosteniendo este muro
de la loca esperanza.

¿Quiénes hablan de irse?
¿Quién dispuso coger en la noche
un camino ciego, y que quedara solo
el muro de la sangre viva?
¡Estamos aquí, no nos vamos!
Estamos aquí, estaremos aquí,
vivos o muertos, sumando al futuro
un presente de mármol.
No es la tierra de nadie
salvación que redima.

¡Tú lo sabes, el muro de muertos, el muro
de la calcinación!
Hay que estar en un trozo de suelo,
el más ancho, y limpiarlo de sangre.
Nuestros muertos son todos los muertos.
Son todos,
sin clasificación.

Apoyados en ti esperaremos
a que el hombre que huyera en la noche
regrese a su casa…
¿Qué hace fuera de aquí, qué hace lejos de su guardia
del muro?
Cuando vuelva, yo espero que nunca
levante otro en frente.

 

 

 

 

VI

En la tierra de nadie se acumulan
ardientes soledades que acribillan
los puñales, ligeros, que estimulan
roncas voces que vida eliminan.

Hay que ser o no ser, y sin fisuras:
que vivir o morir es el dilema.
Uno va, ¿cómo va?, por la espesura
del acoso brutal del alma en pena.

¡Qué desgaste de bocas sin sonrisas,
qué llagarse los besos en los labios;
cuánto polvo sin agua, cuánta prisa
por hollar con la sangre el lodo fláccido!

Es andar y tenerse bien erguido,
es nacer a la duda a cada instante.
Es tesón de llegar a donde vamos,
con el sol, con la tierra, con el hambre.

¡Miradme atosigada por jaurías,
sentidme rechazada por rebaños;
oídme sollozando letanías
de semanas, de horas, de mil años!

 

 

 

VV. AA. La voz femenina en la poesía social y testimonial de los años cincuenta (Introducción, selección y notas de Angelina Gatell). Madrid; Bartleby editores, 2006.

 

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