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SIDERMITAS & BALBUCEOS

 

De SIDERMITAS

 

Eran una
sola resonancia
de infinitas voces
retumbando en el caos.

Labios vendados / almas
vendadas

y en la boca-túnel
la herida.

 

 

 

 

Un hilo se soltó
allá lejos
y una inquietante disonancia
golpeó el espacio

y era túnelxxxxxxxxxxluego grutaxxxxxxy túnel
otra vezxxxxxxxxiixxxy
penetraste enxxxiixxxaquella oscuridad

 

 

 

 

Mira, ya oscureció, dijo.
Era de madrugada.

Esperaba que el pánico acudiese
pero no. No hubo interrupción.
El músculo seguía latiendo
con un ruido sordo como de piedras
que al caer en la boca —ahora tan estrecha—
del túnel
cegaba la abertura.

 

 

 

 

Eran las bocas sin bocas de los muertos
que enfurecidos aullaban
Eran sus manos sin manos
las que nos abatían
Tan incierto el arraigo xxxxtan roja la pizarra

 

 

 

 

Vendados pies y manos.
Cuerpo como lanzadera.
No nos han preparado para este juego.

 

 

 

 

Éramos diez
o veinte
o ciento veinte —es difícil contar
con la sangre en los ojos—
Les temblaban las manos
al apuntar.

xxxxxxxxxxxNo dictaban las reglas
un dios ni un hombre sabio sino
una simple alambrada.

 

 

 

 

Un día
tan sólo xxxxxxxha durado
la historia de los hombres.

x
Si el amor fuese eterno
si al menos el
x
xxxxxxxxxxx—¿amor?

 

 

 

 

Y he aquí que el mar — animal
bondadoso — hendidura dúctil —
devuelve a las orillas
nuestros cuerpos desnudos.

 

 

 

 

Tenéis el alma herida xxxxxla savia
se os escapa xxxxxxxpor los siete
orific
xxixxios

Haz un nudo en la carne / Haz
un nudo-universo
sobre el miedo.

La brecha abre al núcleo

¡Suéltala, sidermita! Suelta
la cuerda. T
xxxxxxxxxxorna

al oscuro principio
de la llaga.

 

 

 

 

BALBUCEOS

 

EN una de las que serían sus últimas noches de libertad, Friedrich Nietzsche sale de su alojamiento en el número 20
de la calle Milano. Es enero en Turín, y hace frío. Aprieta el nudo de la bufanda en torno al cuello de su abrigo. Va a cruzar la calle cuando, ante él, un caballo se desploma. El cochero, impaciente, lacera a latigazos el lomo del animal, que no puede tirar de la carga. El filósofo corre hacia él, se abraza a su cuello y, llorando, le pide perdón en nombre de la humanidad.

La Historia considera este episodio como uno de los síntomas de su locura.

 

 

 

 

RECLUIDO en un torreón a las orillas del río Neckar, en los últimos años de su vida, Friedrich Hölderlin, según se cuenta, a cualquier pregunta que se le hiciese, contestaba invariablemente «pallaksch, pallaksch», una expresión con la que se remeda el balbuceo de los niños pequeños. Celan alude a ello en el poema «Tubinga. Enero»: Si viniera, / si viniera un hombre, / si viniera un hombre al mundo, hoy, con / la barba de luz de / los patriarcas: / debería, / si hablara de este / tiempo, / debería / sólo balbucir y balbucir, / siempre-, siempre- / asíasí. («Pallaksch. Pallaksch.») Era un mes de enero cuando los altos mandos de las SS se reunieron en tubinga para decretar el exterminio del pueblo judío. Hay épocas, en efecto, en que la boca de un sabio no podría sino balbucir. Pero

¿y en qué época no? ¿La historia de la humanidad no es acaso toda entera, desde sus inicios, la historia de un crimen? Las naciones europeas no cesan de recordarse mutuamente el holocausto judío, pero ¿fue éste el único? ¿En qué ciudad se decretó el genocidio de Namibia (1904-1908)? ¿En qué mes el de Armenia (1915-1923), el de Ucrania (1929), el de España (1936-1975), el de la Franja de Gaza? ¿Lo recordamos?

Tan sólo en los últimos sesenta años, con implicación directa o indirecta de los gobiernos de Occidente, fueron masacrados

siete millones de vietnamitas
dos millones de camboyanos
dos millones de kurdos
quinientos mil serbios
un millón doscientos mil argelinos
setenta mil haitianos
ochocientos mil tutsis y hutus
doscientos mil guatemaltecos
trescientos mil libaneses
un número aún creciente de palestinos

x
¿los recordamos?

x

Y aunque así fuese, ¿nos sentiríamos concernidos? Cuanta más alta sea la cifra más espectacular será el suceso y, por lo tanto, menos habrá de implicarnos: el dolor siempre acude en singular. Sumamos y redondeamos como para ajustar la tasa de sufrimiento. ¿Puede acaso sumarse el sufrimiento? ¿Será más el dolor de todo un pueblo que el de cada uno de sus miembros? ¿Cómo sufre «un pueblo»? ¿Existe el Pueblo o la Nación independientemente de su gente? Y

cada uno de los seres que padecen ¿no será siempre el mismo, una y otra vez, infinitamente?

Ahora, cuando todo es aquí, irremediablemente aquí y ahora, ante la permisión del horror yo digo:

Si viniera,
si una mujer viniera, ahora,
si una mujer viniera al mundo con
la espiga de luz de
las matriarcas: debería
si hablara de este
tiempo
debería
tan sólo balbucir, balbucir
y así tal vez
tal vez así
asíasí
tal vez

 

 

 

 

SOBRE el puente Mirabeau, Celan se inclina. Contempla las aguas oscuras. Sus remolinos. A finales de abril la noche aún es fría. El metal de la baranda le abrasa las manos. Dice Algo sobrevivió en medio de las ruinas. Algo accesible y cercano: el lenguaje

¿Que lenguaje?

La lengua tiembla al imaginar cómo se sirvieron de ella nuestras naciones para programar el exterminio de las tribus africanas. Qué palabras justificaron durante el segundo Reich las primeras alambradas y los primeros experimentos étnicos con los pueblos nama y herero. Con qué discursos celebraron los belgas la usurpación de los territorios congoleños y la masacre de su gente. Qué silencios encubrieron las mutilaciones, las torturas y vejaciones que infligieron los británicos a kikuyus y masáis y qué argucias emplearon para desplazarlos en masa de Kenia y de Tanzania.

Pallaksch. Pallaksch.

¿Cómo narrar la actual desolación de las costas de Ghana, de Benín, de Liberia, donde el aire dibuja con plomo y mercurio, sobre un mar sin peces, manzanas envenenadas?

¿Cómo contar la matanza de Odioma (2006) en el delta del Níger sumergido bajo el manto hediondo del petróleo holandés?

En 1995 Ken Saro-Wiwa fue ahorcado por alzar la voz en defensa del pueblo ogoni. Desde su celda se le oía cantar.

¿Cuántos cantaron que no se oyeron? ¿Cuántos cantan ahora, en este instante?

x
La lengua inventa expresiones, lugares comunes: «genocidio», «exterminio», «masacre», «desastre» para disimular en el concepto lo que de ella se desborda.

La lengua falsea. La lengua miente.

En el mes de enero del año 2011 Susana Chávez fue asesinada en Ciudad Juárez. Su cuerpo mutilado. Su cabeza introducida en una bolsa de basura. A salvo sus poemas.

En su torreón sobre el río Neckar, Hölderlin balbucea.
Tiene sesenta y tres años y el aliento corto.
Es enero en Tubinga. Hace frío.

Pallaksch, pallaksch—. También la lengua tirita.

 

 

 

 

DIEZ millones.
Un número.
Un número tan sólo
para diez
millones
de casas incendiadas
de cuerpos mutilados
de gritos
silenciados
uno
a
uno
en boca que arde y
no entiende.

1
0

o
0
0

0
0
0

siete
veces
el signo de la nada sobre
diez
millones
de historias
que nunca contará
la lengua de los otros.

Dos palabras.
Cuatro sílabas.

Un globo que soltamos
al final de la fiesta.
La piñata que espera
el golpe de una mano
nunca
inocente.

 

 

 

 

PERO he aquí que diez
millones de tigres
elefantes
y ballenas
de aves
y de lobos de
reptiles
diez millones
por diez
millones de panteras
de seres voladores
animales que duermen
con los ojos abiertos
insectos, musarañas
y grandes paquidermos
diez millones por diez
millones de hormigas,
de abejas y de búfalos,
diez millones de seres
unidos por un fin
en la tregua del hambre
barrieron los humanos
como si fuese arena
y empujándoles hasta
los confines del mundo
devolvieron
al caos
lo que le pertenece.

(Sobrevivió una anciana.
Viste la piel de un perro vagabundo.
Sin luces, balbucea.
No tiene descendencia.)

 

 

 

 

¿QUE qué pasó? Señora, eso aquí nadie lo pregunta.
El diablo se escapó y anduvo por los poblados.
Durante cien días anduvo entre nosotros con
el machete afilado.
No, Señora, aquí nadie pregunta.
Quien no aprende a perdonar
no tendrá paz dentro de sí.

x

xxxxxxxxxxxxxxxx(le respondió a la periodista la
xxxxxxxxxsuperviviente de un genocidio).

 

 

 

 

LA superficie no resiste. Huyo hacia delante llevando el dolor cosido a los talones. Ninguna acequia en la que ahogarlo, ninguna huella en la que perderlo. Decido enfrentarlo como se enfrenta al cielo la llanura: a descubierto.

Habré de perderme a mí ya que en el se aloja todo dolor. Digo dolor para nombrarlo, exorcizarlo, y en el nombre me digo para exorcizar al . Escribo el para que ruede hacia la página, pero se me pega a los dedos y no acierto, no acierto a diluir en la tinta el llanto. A sacudidas me digo, a sacudidas la letra y luego

contra lo irremediable me alzo.
Alzo el grito.
Contra lo irremediable.

Vago por el mundo dejando un rastro de gritos. Cada saludo un grito, cada sonrisa un grito. Mi sonrisa oculta el primer grito del mundo, el único, el mismo, aquel que brota en el final, cuando ya nada importa.

Intrusa de mi mundo y del ajeno, no hallo lugar para el descanso.

La fe de los comienzos, no.
El perdón
no.
xxxxxxxxxxxxSólo
xxxxxxxxxxxxel balbuceo.

La salvación
no.
xxxxxxxxxxxxSólo
xxxxxxxxxxxxel balbuceo.

Después del grito
el balbuceo.

Asolada
el balbuceo.

Mis pasos doblándose hacia dentro.
La mente desposeída de estrategias.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxSólo
el balbuceo.

Dolor, ni tan siquiera —palabra sin sentido—. No abro las cortinas. Ninguna cortina. La habitación a oscuras. Málaga, Damasco, Delhi, en todas las ciudades la vida me es ajena. Todas las ventanas son la misma ventana. Todas las aceras reciben el mismo cuerpo. La misma soledad cayendo, excesiva. Morir es un exceso. Me ex-

cedo. Balbuceo.

Sigo alimentándome tan sólo para poder decir el exceso.
A contra-vida.
Abajo.

Y a nadie que esté vivo ha de importarle lo que digo.
No es más que un murmullo soterrado, apenas inquietante.

 

 

 

 

EL campo de Kobe, al sudeste de Etiopía.
Los campos saharauis de Tinduf.
Los campos de Saklepeha, en Liberia.
Los campos de Bahai, Ereba, Guerida, Forshana Goz-
Beida y Nigrana, Djabal y Goz Amer, en el Chad.
Los campos de Kibati, Bulenbgo, Buhimba y
Mugunga, en la República congoleña. Los de Mweso y
Masisi.
El campo somalí de Dadaab, al nordeste de Kenia. Los
de Hagadera, Ifo, Dagahale, en su frontera.
El campo de Domeez, en el Kurdistán iraquí.
El campo sirio de Za’atari, en Jordania. El de
Muraiyeb al Fohud y el de Anmar al Hmud.
La Franja de Gaza.

Mientras tanto Europa, la esclarecida Europa,
duerme como aquel monje su sueño de
trescientos años oyendo cantar a un pájaro.
Otros pájaros, oscuros, habrán de despertarla.

 

 

 

 

A LOS CAMPOS provisionales de Chhattisgarh, de Bhairamgarh, de Gedam, de Bijapur no se llega huyendo de otra gente, sino empujado con violencia por la propia para que no se estorbe o se entorpezca el beneficio de unos cuantos. Desiertos e piedra estéril a cambio de las tierras confiscadas, de los que si se sale será para acabar en otros guetos: zhopadpatti, shanty towns, slums, bustees, poblados de detritus y hojalata que atraviesan las ciudades bordeando las vías de los trenes, zona franca de miseria de la que no se escapa.

Vi una fogata. Y a una niña oscura en brazos de su padre. Ella le sonreía mientras él la miraba. Y las llamas ardían más rojas y más vivas en los ojos del padre que en la propia hoguera. Yo pasaba en un coche.

 

 

 

 

HOCICOS temblorosos. Sacudidas. Uno de los cautivos trepa por los barrotes. Suspendido atraviesa la jaula y baja y vuelve a trepar. Dos paseantes se detienen. —El trapecista, dice él acercando los dedos al hocico. —Qué artista, dice ella. Y se alejan torciendo la boca en una sonrisa cómplice. El pequeño animal ha cruzado la jaula por la parte inferior, donde sus compañeros, ovillados, tiritan unos contra otros, y ha vuelto a subir royendo frenéticamente los barrotes. Pienso angustia, pienso libertad. Sin libertad, ¿qué nos impulsa a seguir vivos sino el deseo de esa misma libertad?

Por sobrevivir, cualquier animal embiste las paredes de su celda, atraviesa continentes, camina hasta extenuarse, desplaza a otros, se defiende y mata. Ninguno, sin embargo, esclaviza a otro por provecho o diversión, ninguno encarcela a otro para contemplar las piruetas que da tratando de hallar salida. La crueldad no son las fauces del tigre en el cuello de una gacela, no, la crueldad es moral, y la moral es humana. La estupidez también.

 

 

 

 

NO nos enseñaron a desconfiar de los buenos.

La tierra yerma se estremece. Bajo su piel el pueblo de las ratas huye en desbandada.

 

 

 

 

NUNCA suficientemente desolados para tocar fondo y arañar el lodo. Tan sólo acariciarlo con la punta de los pies quebrados, huesos Egon Schiele, suspendidos. Levitación en ciernes. Detenida ascensión y vuelo tan sólo permitidos en la fase más leve del sueño.

Soportados por millones de esclavos que arrojados al frío olvidaron su origen y sus cuentos para no recordar el trayecto de ser otro a ser nadie, ¿qué haremos con la vigilia?

Breve temblor de vasos en la mesa. Los pájaros emigran.

Quién tuviese aún tatuada en la piel la segura trayectoria de las aves y la suerte de morir en vuelo, sin sorpresa, sin un grito. Quién pudiese aún vivir en la inocencia, sin preguntas, sin temor y sin vergüenza.

 

 

 

 

DESANDAR lo andado. Aspirar a encontrar un pueblo sabio, un pueblo antiguo, un pueblo elefante, cuya fuerza no estuviese al servicio de la agresión, la conquista o el poder, que tan sólo exigiese que se respetara su derecho de paso: el camino sagrado por el que la manada atraviesa los territorios sin dañarlos.

Hallar un pueblo sabio. Desear salvar la tierra si tan sólo se hallase uno.

 

 

 

Maillard, Chantal. La herida en la lengua. Barcelona; Tusquets editores, 2015.

 

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