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Posts Tagged ‘vida de provincias’

EL DESIERTO

Vendas

 

CONCURSO REGIONAL

Lo mejor y lo peor de beber es que de repente puedes convertirte en una persona que no sabe abrir una puerta. Una puerta que abres todos los días. Y es divertido. Lo de poder ser otra persona, digo. Sobre todo cuando tu vida se consume en el culo del mundo. Al menos no me ha dado por la cocaína como al hijo de la panadera o por las relaciones tóxicas como a alguna de mis primas. Tampoco es que a mí me haya dado por el alcohol, es que para la vida de provincias hay que estar preparada y si acudes a un concurso regional de deletreo en el salón de actos de un hotel de tres estrellas, el vodka nunca está de más.
El vodka sabe a colonia del Todo a cien pero a simple vista nadie diría que no es agua, así que todo lo que necesitas es un botellín vacío de 30 cl.
Aparentar estar sobrio cuando has bebido, fumarte el puro de la boda de tu prima en la boda de tu prima, recorrerte un par de supermercados con el rímel corrido para comprar un test de embarazo de marca blanca… Aquí cada uno se divierte como puede. Yo intenté aguantar en el concurso de deletreo pero es que el hombre trajeado, medio calvo y fondón con sus cuatro hijos grabando en vídeo como a su padre le daban una paliza unos críos de instituto de pueblo fue demasiado y, desde luego, poder poner la habitación a dar vueltas le dio otra dimensión al asunto. Podríamos haber estado todos dentro de un microondas o de una lavadora o de un platillo volante quenos sacara a todos de allí. Muy lejos de allí.

 

 

 

MARINITA

Hoy me he cruzado con la vecina del edificio de enfrente. Me ha mirado con asco, yo creo que me ve hablando sola. Intento no gesticular ni hacer aspavientos pero la vehemencia me puede. También es posible que me vea las bragas cuando estoy tirada en el sofá viendo la televisión. De niña yo la veía a ella, más niña aún, jugando en pañales con su padre. Y ellos me veían a mí bañándome en una piscina hinchable en la que ya no cabía. Otro día en el que también nos cruzamos por la calle, de repente le habían crecido unas tetas enormes y de la mano le colgaba un novio cuando yo ni siquiera me había besado con un chico aún.

 

Se llama Marina pero no nos conocemos. Nunca hemos hablado, solo nos hemos visto crecer desde el balcón.

 

 

 

EL HOMBRE DE LA BICI

Ni pide dinero ni pide nunca nada. Es un niño septuagenario con zapatillas playeras, pantalón remangado y camiseta azul cielo que aparece y desaparece del semáforo de la avenida esperando a otros niños que se acerquen a tocar el timbre de su bici oxidada. De piel morena y curtida, cubre su pelo gris con una gorra haraposa de la que cuelga una insignia militar a modo de pin. Y su bici vieja, la que atesora en una antigua caja de fruta su síndrome de Diógenes, la adornan banderines de España raídos por el tiempo y el sol. Parado estratégicamente en el semáforo de la avenida, se camufla en la coreografía de la ciudad pero, cuando pita y parpadea la luz verde, siempre es el único en quedarse al siguiente turno. Los niños de la manzana responden a su llamada silenciosa haciéndole el favor de que les haga cierta falsa ilusión impostada tocar el timbre de su bici rara y él sonríe enseñándoles el hueco de sus dientes, sin vergüenza, porque los está mudando.

 

 

 

EN LA PUERTA DEL SUPERMERCADO

Está gordo y cano. Apenas puede con su alma, o con la resaca. Solo cuando alguien entra o sale del supermercado da señales de seguir vivo. Es Papá Noel despedido de un anuncio de Coca-Cola por haberse pasado al whisky. Entonces, sin mover un ápice el resto de su cuerpo, agita el brazo con el que sujeta el vaso de las monedas y emite un sonido gutural. Una mezcla entre quejido, lamento y principio de vómito. Es su forma de pedirte ayuda.

 

 

 

EL MESÍAS

Vive en un hogar de cristal y cartón con armarios de carrito de la compra. Hasta se le ha visto teniendo noches de mantita y peli con una tablet. Dicen que su pastor alemán dormía a sus pies y que la luz de la confitería de enfrente les alumbraba con una calidez como si del fulgor de la lumbre en una segunda residencia en la sierra se tratara. La verdad es que por parecido podría ser el hermano secreto de Jesucristo. El hijo bastardo de Dios. Y tal vez lo sea porque le gusta meterse en las conversaciones ajenas y amenazarte con que su padre lo ve todo. Porque si eres Dios te enteras de todo. Y cuando vives en la calle, también.

 

 

 

SOL Y CEMENTO

He soñado que amputaba la pierna de un maniquí en una tienda y me la llevaba a casa. Y ahora quiero hacerlo en la vida real porque en mi cabeza suena todo lo excitante que seguro que no será.

Qué importante es vivir en un sueño o estar colocado o estar cachondo.

En verano, más que nunca, este lugar es un desierto y nos hemos ido las tres a comer a los italianos. Lo hemos hecho por salir, por fingir que tenemos algo que hacer pero las tres sabemos cómo acabará esto.

De momento vamos aguantando.

Llevamos viniendo a este sitio desde que yo ni siquiera había nacido y nada ha cambiado desde entonces. Nada de nada. Es por eso que siempre volvemos, claro.

Al menos la cerveza que sirven es de alta graduación. A mi madre se le ha subido enseguida a la cabeza porque dice que no está acostumbrada a beber pero siempre dice lo mismo. Sin embargo, a mi hermana no se le sube ni la segunda. Y yo, yo finjo que a mí tampoco pero la verdad es que ya estoy en lo más alto.

Yo sé que solo el alcohol puede salvarnos de esta pero de momento no está funcionando y ni nos estamos divirtiendo ni podemos disimular que nos gustaría estar en otro lugar. Aunque ¿dónde?
A nuestra izquierda una pareja de mediana edad se mira como si aún no hubieran follado o como si hubieran empezado a hacerlo hace poco. A nuestra derecha otra pareja de enamorados cuchichea algo detrás de la carta de las pizzas. Estos parecen llevar más tiempo aunque todavía se ven felices. Los voy a elevar a la categoría de prometidos. Ella tiene el pelo muy lacio y rubio de mechas y ambos podrían ser licenciados en ADE que ahora trabajan en la banca. Por último, delante de nosotras come una familia entera. Abuelos que antes fueron padres de hijos que ahora son los padres de un bebé. Se muestran bien avenidos y eso me deprime porque en nuestra mesa la pelea planea en el aire.

Pego un trago largo a mi cerveza y me fijo en un nuevo comensal que ha entrado y se ha sentado solo en un rincón. Sobre su cabeza penden unas viejas redes de pescador y unas uvas falsas llenas de polvo que constituyen el elemento discordante con respecto al resto del atrezzo pesquero del restaurante. De repente, las ganas de llorar me sorprenden como un vómito de mala borrachera. Pero aguanto. Estoy ebria y me siento a la vez invencible y vulnerable. Sin embargo, miro a mi derecha y veo que la rubia de las mechas ya está llorando y que se seca las lágrimas con un kleenex doblado escondido bajo su manga.

xxDios mío, esto es una epidemia.

 

 

 

CUMPLEAÑOS

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxPero el cielo aún tan negro
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxixxxxxxxes nuestro cielo,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxixxxxxxxxxxxxxxxxxxxxes nuestro.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxNacho Vegas

La portada del álbum en el que guardo mis fotos de infancia y adolescencia la adorna un dibujo que simula ser una foto. En él una bandada de pájaros amarillos descansa sobre los contenedores de un vertedero. O de un callejón sucio y oscuro. Aun así los pájaros se ven felices. Lo sabes por la veintena de corazones rojos que adornan la escena flotando en el aire como los mosquitos que habrían de hacerlo en la vida real.

 

Tal vez el pasado sea eso, un montón de basura en la que la gente parece extrañamente feliz.

Aunque yo no sé si me veo tan feliz. Es mi cumpleaños y miramos mis fotos. Me veo llorando en mi bautizo como una auténtica poseída. Luego lloro desconsolada ante la tarta de mi primer cumpleaños con la cara roja, la boca abierta y mis pequeños puños apretados a punto de convertirme en Hulk. Crezco y empiezo el colegio. Voy de disfraz de carnaval mirando a la cámara con cara de mala leche. Después sonrío con la sonrisa más falsa del mundo tras una bronca de mi padre. Luego estamos en la playa. Hay carne quemada por el sol que ya se ha podrido. Mi álbum, como cualquier otro, está plagado de gente que ya solo existe dentro de sus páginas. Tengo nueve años y odio las clases de educación física porque ¡Dios, qué mal me caía el profesor! ‒el favorito de todos los demás‒ Aquello sí que era soledad. En mi primera comunión un grupo de niñas y yo posamos con nuestros vestidos pomposos y ásperos subidas sobre las raíces de un árbol centenario. Todas miran a un punto en el horizonte que una de las niñas señala muy segura con su brazo estirado. Sin embargo, yo miro al fotógrafo esperando paciente una respuesta a la pregunta que acabo de hacer.

Pocas semanas después tuve mi primera regla. Pasando las fotos intento echarle la culpa a mi madre a través del pollo hormonado del supermercado. Ella se defiende con que le han dicho que es el clima local lo que hace que las niñas nos desarrollemos demasiado pronto aquí. Y yo no sé quién dirá eso pero por algo somos la huerta de Europa. Yo soy solo un limonero y mis ovarios limones demasiado pronto madurados al sol. Porque el sol es lo único que hay en esta tierra.

Guardamos el álbum y salimos a por tarta. En la calle, un bakala con el pelo cenicero espera a alguien embutido en unos vaqueros estampados con un interrogante hecho de pequeños brillantes. Avanzamos por el barrio y nos damos cuenta de que han abierto una nueva tienda de ropa barata. Nos pegamos al escaparate contentas por la novedad. Pero la tienda aún no ha abierto y unas cadenas casualmente en forma de corazón sellan la puerta.

En su “casa”, el Mesías lee un libro recostado sobre su “cama”. Yo creo que un día lo vamos a ver por televisión feliz en la gala de los Oscar. Eso será cuando recoja el premio al mejor actor protagonista por ser del método y pasar años en la calle preparando su papel de vagabundo. Los mejores modistos del mundo se habrán peleado por que vista sus diseños, comerá gambas y caviar del catering y luego se irá a su mansión de Bel Air a dormir en su colchón de viscoelástica.

Paseando llegamos hasta los límites del barrio y damos media vuelta. Entonces mi madre se pone trascendental y nos dice que para ella ya no hay tiempo porque es vieja pero que nosotras aún somos jóvenes y podemos vivir la vida que queramos. Aunque ¿cuál es esa vida? Y ¿dónde podríamos vivirla?

Qué difícil es ser limonero…

Pasamos por delante del edifico medio en ruinas en el que mis padres y mi hermana vivieron su vida antes de mí. Es el edificio en el que fui concebida y en el que viví mientras crecía rodeada de las entrañas de mi madre. Si aún sigue en pie es solo porque una ley obliga al nuevo propietario a restaurar la fachada y conservarla. De que la fachada es vieja no cabe ninguna duda pero es tan solo eso. Una ruina mohosa y sucia que se cae a pedazos en medio del futuro.

Esto es lo que somos.

Un operario del ayuntamiento subido a un andamio se dispone a cubrir la fachada con una lona. Se asegura de que los remaches hayan quedado bien sujetos

y cae el telón.

 

 

 

Yuste, María. Vida de provincias. Barcelona; Honolulu Books, 2014.

 

VIDA DE PROVINCIAS

Leonor Watling fumando

 

ÁLBUM FAMILIAR

LA DOLOROSA

El fotógrafo sacó la cámara y me puse a llorar como si lo que se hubiera sacado hubiera sido la polla. Estábamos en el estudio fotográfico de la que ahora es la calle de las putas y la droga aunque entonces era una calle normal. O yo era muy pequeña y no me enteraba. Iba a empezar el colegio y necesitaba fotos de carné. Mis primeras fotos de carné. Mi madre me había llevado a la peluquería y me habían cortado el pelo bien corto como a mí no me gustaba. Luego me había vestido de domingo con un vestido heredado que había pertenecido a mi hermana diez años antes, zapatitos negros y calcetines blancos.
Sería aquel cuarto oscuro y estrecho, o aquel artefacto tan grande y desconocido o, no sé, que soy una llorica, simplemente. No me acuerdo, solo sé que lloraba como la Virgen María en esas estampitas que las abuelas tienen en las mesitas de noche. La Dolorosa. En una de las fotos me parezco. Desesperé al fotógrafo, desesperé a mi madre, desesperé a los clientes que esperaban su turno y me tuvieron que hacer las fotos así. Me pasé dos años llorando en las fichas del colegio. Plastificada en el tablón de actividades del parvulario junto a las fotos normales del resto de mis compañeros: veintitrés niños y la madre de Jesucristo.

Pero volvamos al estudio:

‒Señora, pero ¿por qué llora?
‒Pues eso me gustaría saber a mí…
‒Niña, ¿qué te pasa?
‒María Eugenia, por favor…

Os he advertido.

 

 

 

LA PROMESA DE UN BULEVAR

Mi madre estaba embarazada de mí cuando mis padres compraron nuestra casa frente a la estación de tren. Y en pleno parto se mudaban de un edificio medio en ruinas en el centro del barrio a esta zona en extensión donde antes se había erigido la industria de la ciudad.. Concretamente, nuestro edificio lo levantaban sobre el terreno de unos antiguos hangares de la Renfe. La vivienda, de protección oficial, la construía un tal Francisco González, que remataba su prestigio inventado con la comodidad de una cocina amueblada (a excepción del frigorífico) y el proyecto de un gran bulevar comercial (aún por diseñar) que revalorizaría la zona convirtiéndola en el nuevo barrio de moda.

Todo era un proyecto; el futuro, el barrio, nuestro apartamento, nuestra familia, el jardín. Yo. Porque rodeada de las entrañas de mi madre, crecía en su interior al mismo tiempo que el esqueleto del que iba a ser nuestro hogar lo hacía entre chimeneas industriales y otros edificios en menor estado de construcción.

Mis padres paseaban y con la excusa lo visitaban. Habían adquirido uno de los pisos exteriores que estaba previsto que con el tiempo dieran a un jardín, entonces no mucho más que un montón de barro con un árbol bajo el que vivía una familia de gitanos. Contemplando los cimientos de su futuro hablaban con ellos, que se lamentaban por tener que marcharse de allí, dejando atrás su hogar. Y con hogar se referían al árbol porque vivían a la intemperie.

En verano estuve lista para nacer y las llaves del piso listas para entregar. Durante los primeros paseos de mi existencia las ruedas de mi carrito se hundieron en el fango y mis primeros sueños los interrumpieron ruidos de escombros y martillazos. Pero éramos propietarios.

Propietarios de un edificio que empezó a resquebrajarse incluso antes de cumplir nuestro primer año. Hipotecados en mala suerte, dijeron. Y el bulevar… El bulevar nunca llegó a construirse aunque veinticinco años después descubra que mi madre aún lo espera por mucho que los bulevares ya ni siquiera estén de moda.

 

 

 

TERROR CRISTIANO

La señorita María Jesús tenía un tío que se había suicidado. Era viejo y vivía solo y se había ahorcado. O se había ahorcado porque era viejo y vivía solo.

La señorita María Jesús nos dijo:

‒Dios está en todas partes.

Y yo me lo imaginé expandido por toda la habitación como el aire.

De repente algo flotaba en el techo y se escondía bajo mi pupitre. Rodeaba mis piernas y se metía en mis fosas nasales. Salía expulsado y se escondía en mi oído. Me había acompañado a la hora del baño. Me había observado dormir. Me había visto cambiarme sentada al borde de la cama por las mañanas. ¿Estaba Dios en los ojos de los pósteres de mi habitación? ¿Estaba Dios en los ojos de los Backstreet Boys?

Ya en casa corrí a abrazarme a mi padre completamente espantada, y aunque no le conté nada acerca de mi congoja, nos quedamos así, abrazados en el silencio de la oscuridad de nuestra casa defectuosa porque siempre se olvidaba de encender las luces. Aunque así Dios tampoco nos vería.

 

 

 

TODO EL MUNDO SONRÍE TODO EL TIEMPO EN PADRES FORZOSOS

Mi madre dependía de las drogas prescritas. Mi padre de los dogmas de una organización de personas decepcionadas que buscaban el sentido de la vida en el control de la eyaculación. Mi hermana recortaba fotos de Cindy Crawford y las pegaba por las paredes de su habitación para no comer. Yo lloraba a escondidas porque quería ser otra persona. Quería llamarme Stephanie, ser rubia y vivir en San Francisco. Tener un golden retriever, más hermanas rubias y que en mi colegio hubiera taquillas.
Mi mejor ventana al mundo era la televisión y la tierra prometida, California.
Mi madre madrugaba, limpiaba la casa y trabajaba. A mi padre le hacían bullying en la oficina y a veces no salía de la cama. Jugaba al ajedrez con un tablero electrónico que le daba la réplica a través de un piloto rojo. Mi hermana se escapaba de casa para ir a la discoteca. Mi padre salía de la cama para buscarla. Mi madre llamaba a casa de todas sus amigas. Llamaba a los hospitales. Yo comía delante del televisor y lanzaba las servilletas usadas detrás del mueble del salón para no levantarme a tirarlas a la basura. Para seguir viendo la tele. Mis padres las descubrieron un día hechas una bola, manchadas de tomate. No se enfadaron porque pensaron que se trataba de algún tipo de filia grave. Yo lloré porque no estaba loca. Yo lloré por una timidez enfermiza. Yo lloré porque no me gustaba la gente. Yo lloré porque quería vivir en otra parte.
Mi hermana salía y dejaba notas en las que escribía que se iba y no sabía si volvería. Mi padre me escribió un cuento sobre una cama que estaba triste porque ya nadie la usaba. Mi hermana siempre volvía. Mi madre se peleaba con la adolescencia de mi hermana. Mi madre se peleaba con la depresión de mi padre. Mi madre perdía los nervios. Mi madre lanzaba objetos contra las paredes. Yo tiré mis zapatos contra el armario de las sartenes porque no quería cortarme el pelo. Mi madre tiró la casa de Pin y Pon contra la pared de mi habitación por algún motivo. Mi hermana se fue a vivir con mi abuela. Volvió a la semana.
Mi padre escribía poesías a mujeres que estaban en su cabeza. Yo me hice un garabato en la frente con el pintalabios favorito de mi hermana y dije que era un polvorón. Mi madre limpiaba el hospital. Mi madre quería ser cirujana. Pero mi madre nació en el campo. Mi padre componía canciones dedicadas a un hombre colombiano al que admiraba porque el espíritu de Marte se había reencarnado en él. Yo gané un premio por inventarme un cementerio de cacas de perro. El premio era un reloj suizo rosa. Mi padre quería que yo fuera niño para ponerme su nombre. Me puso su nombre igualmente. En el salón de actos del ayuntamiento me entrevistaron para la radio. El locutor me preguntó en directo que cómo me llamaba. Yo dije que Nicole. Mi padre nació en el franquismo. Los médicos dijeron que no llegaría a la democracia. Mi padre se moría y él no lo  sabía. Mi padre vivió engañado. Mi hermana ganó un pez naranja en la feria. Como pasaba el tiempo y no se moría, lo tiramos al río.

 

 

 

CUCARACHAS EN LAS BRAGAS

Su familia creía en Dios pero no en el condón, así que tenía un montón de hermanos. Más de diez. Ella era la mayor y, cumpliendo con una tradición, le había tocado heredar el nombre de la abuela paterna, que era también el de una santa y mártir a la que los romanos le habían cortado las tetas. Fue mi mejor amiga en una época en la que muchos niños esperaron en vano recibir una carta de Hogwarts. Sin embargo, lo que ella esperaba era la visitación de la paloma. Yo ya conocía la historia de la Inmaculada Concepción de la Virgen pero lo que no sabía era que si te negabas a tener un hijo con Dios, este te mataba de un infarto al corazón. Al menos eso era lo que ella contaba y, además, le parecía bien.
Su familia era algo más que ultracatólica. Pertenecían a una especie de Opus Dei para gente humilde y los fines de semana se los pasaban enteros rezando sábado y domingo, entre otras rarezas. Pero a pesar de tanta represión y oscurantismo, mi amiga era genial. O fue tanta represión y oscurantismo lo que la volvió gore y divertida. Siempre, cuando nos quedábamos a dormir juntas, la veía hacerse la muerta. Pero no es que fingiera haberse muerto de repente para darme un susto sino que adoptaba la postura de un cadáver dentro de un ataúd e intentaba quedarse dormida. El cuerpo rígido, el rictus serio y solemne y los brazos cruzados bajo el pecho incipiente. “Si no fuera la postura más cómoda no pasaríamos en ella el resto de la eternidad”. Pero lo más extraño llegaba por las mañanas cuando, de camino al colegio, anunciaba que tenía cucarachas en las bragas. En las que llevaba puestas. Y que le corrían libres por “el chichi”. Lo decía bien alto y claro y, en especial, cuando eran sus padres los que estaban delante. Tal vez fuera que su cuerpo ya había empezado a descomponerse pero me gusta pensar que aquella era su forma de vengarse.

 

 

 

Yuste, María. Vida de provincias. Barcelona; Honolulu Books, 2014.

 

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