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UNO

Chet Baker

 

 

lies blues (lights blues)

xxla ciudad brilla como una golfa
y los hombres caen a la luz como los mosquitos
los coches chillan en la calle
y el hollín se duerme en los tejados
las botellas corren como conejos
y aúllan su hechizo las gramolas

la noche se apresura en la acera
hay un charco dudoso en el asfalto
el mundo se esconde en el culo del vaso
la gata se mueve como el junco en la tormenta
y ofrece por diez billetes un milagro

 

 

 

 

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxexodus

las horas caen sobre las horas
y las horas sobre el polvo y cae el polvo en el vaso
suenan aún están sonando en la vieja gramola del silencio
en la fonografía metódica del recuerdo
las voces las canciones las palabras
los sonidos familiares el chasquido de un beso
el chirrido de una cama o unas botas en el pasillo
el mismo tibio rumor de la carne suena
envuelto en el espeso silencio que antecede al movimiento
porque antes de volar el ave está silente
y el tiburón es mudo y mudo es el tiempo
como carece de nombre lo no vivido
el polvo cae sobre las horas
en la densidad de la noche y el reloj hace un guiño cómplice
y sonreímos cuando cae la gota del grifo
y hay que cambiar las sábanas o cargar la pluma
y nos sabemos vivos porque aún hay silencio
y camas que chirrían y botas en el pasillo
y el mismo viejo blues nos sigue turbando
y el licor raspa igual en la garganta
y la brisa caliente agita el cabello y ladra un perro
indica la vida este polvo en el vaso
este ruido en el grifo este silencio
previo al horizonte.

 

 

 

 

tarde de tormenta junto a un gato

la casa está vacía bajo la lluvia

un cachorro que mi gata ha dejado
no es ya más que piel lamento y costillas
y algo de mierda clara bajo el rabo

apenas vivo nota algún calor
en mi mano y su boca busca y llama
lejana como una nave en la niebla

lo seco y lo envuelvo en un viejo paño
como quien guarda una hostia

espero y callo en la tarde de estaño
y toco de tanto en tanto la muerte
y el dolor en esos gramos contados
al parecer ambos aún respiramos

en la casa vacía entra el ocaso

 

 

 

Martínez Muñoz, José Antonio, Uno. Murcia; Editora Regional de Murcia, 2003.

 

UNO

Tom Waits (bus)

 

 

dos

recuerda cómo renunciamos a cambiar de casa
a construir un hogar más espacioso
con mejores vistas y más estancias
con una cocina muy grande y una despensa repleta
preferimos arreglar la vieja casona
el viejo solar de los abuelos
y poner una butaca al final de las camas
que se quedaban pequeñas
–cómo crecen los jodidos–
bastaba con barnizar las puertas
y ventanas y mirar la fontanería
pero pronto el presupuesto nos dejó
en una buena mano de pintura
y dijimos que si cuidábamos lo nuestro
la casa bien podía seguir así otros cien años o más
y decidimos convertir la falta de decisión en protestas de lealtad:
era la casa más sólida la cuna de los mayores
el escenario de nuestras vidas
y también –aunque nunca lo confesamos–
la tumba de nuestra valía
aquí reposa nuestra juventud
y apenas tenemos sitio para dormir
casi toda la casa es desván de telarañas
donde duermen –es de prever que para siempre–
el dragón con su cuello cercenado
la ballena blanca con el arpón en su joroba
un mojón del polo sur algas de mares lejanos
el velo de una doncella y un rizo de su vedija
viejas banderas fusiles oxidados
un tomahawk con un jirón de piel humana en el canto
un caballo flaco la piel de un mamut
el mapa del tesoro en un tonel de manzanas
las desnudas costillas de un biplano entelado
y el alzado amarillento de la que pudo ser nueva casa
con vistas a los siete mares y los cinco continentes
con atardeceres en dos cielos
y lunas dobles para las noches sin luna
aquí reposan nuestros sueños todos
lenta cae la pintura de los muros
y las grietas escriben su romanza

 

 

 

 

cinco

uno debiera dar en considerar
que cumplió con la primera niebla
la edad de madurar de una vez por todas
y elevar el nivel de renta
y bajar el de tabaco y gastos
ejercicio suave y dieta ligera
y abordar el largo relato
de un hombre en la cuarentena
uno debiera –digo– darse al verso
pero se obstina en pasar
el camión de la basura
como si fuera a dejar unos trocitos
de este mundo y del otro
a los pies de la ventana
para convertirle a uno
toda su experiencia
su sapiencia escasa en
puta prosa endecasílaba y blanca
y que el viejo yo maltrecho
sea o parezca
una cagada de mosca en la nata

uno debiera –digo– buscar dentro
ese centro mínimo y húmedo
que alienta como una cerilla en la tormenta
la humilde fogata que desafía
enana
a las estrellas dormidas y distantes
pero siempre hay un niño
con el pantalón roto
y la nariz sucia que se puede cruzar
para recordarle a uno
la mirada de los topos
y la muerte de los pulpos

digo que debiera
comenzar el largo inventario
de las pequeñas derrotas
el catálogo de los desastres diminutos
el diario de la caravana
que cruza la estepa yerma y quemada

 

 

 

 

y veintiséis

y cuando calla el saxo
y el charles levanta su último vuelo
si uno se fija queda en el cuarto
un sonido un murmullo apenas un rumor
como si un animalillo hubiera decidido pasar la noche bajo la silla
y uno se dice que es el viento en la ventana
(el viento y nada más)
pero se sigue oyendo sordo apenas un rozar
silente y taimado como de lince que acecha
o como si hubiera entrado en la casa una partida del vietcong
como si alguien pasara las páginas de nuestras memorias
y las leyera en la sombra
un rezongar asmático de escolar que repasa las cuentas
de viejo confesor o de fusilero
como cuando se escucha el urdir del reloj
o el comercio de los topos en una noche de insomnio
como el siseo en la brisa del diario que cubre un cuerpo
el visillo desgarrado de la casa vacía
o el último leño que muere en el hogar
como el rasgar de la pluma sobre la bitácora del náufrago
y uno cree oír un silencio de nadie al teléfono
y el eco ligero de un resuello que no es el suyo
y supone que es el silencio (el silencio y nada más)
y pudiera pensar que se asienta la casa
o hay carcoma de los muebles
o que el perro anda otra vez royendo su hueso
pero lo que se escucha mientras el humo teje su danza
como una quinta columna es la vida
que da cuenta de cuanto queda de uno

 

 

 

Martínez Muñoz, José Antonio. Uno. A Coruña; El Extramundi y Los papeles de Iria Flavia, 2001.

 

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