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TUVIMOS

 

En el prólogo del libro escribe Jenaro Talens: “La autora no tiene (…) la voluntad de convertir su aventura en pensamiento abstracto; su reflexión antes bien se articula en torno a una voluntad explícita de introspección individualizada, de un relato que se construye entre el ir y venir de un muy contenido y muy matizado auto-biografismo difuso y la continua utilización de personajes y anécdotas, históricos o mitológicos, como correlato objetivo de lo que se nos cuenta, sin que ninguno de los extremos incline nunca la balanza a favor de uno u otro. Ese difícil equilibrio es, en mi opinión, una de las virtudes mayores del volumen. hablar del dolor sin permitir la falta de delicadeza del descontrol; llorar, pero sin lágrimas.
Visto desde ese ángulo, Tuvimos podría considerarse como una suerte de viaje iniciático hacia el conocimiento y el reencuentro de sí. La memoria personal recupera vivencias, recuerdos, sensaciones sin que la nostalgia o la elegía se enseñoreen del territorio. Lo hace siempre en presente, porque la memoria, aunque hable del pretérito, perfecto o imperfecto, no puede manifestarse más que en presente de indicativo. Ello le otorga un poder analítico considerable. Por eso, en estos poemas, las figuras del padre o de la madre, contempladas en su decadencia, no son vistas en contraposición a lo que fueron, sino a lo que representaron para quien las mira en la actualidad. En ese lento e irremediable caminar hacia la desaparición, Rosa Lentini no describe el deterioro o la muerte de ningún otro, sino el progresivo apagamiento de una mirada, la suya propia, en el momento de tomar conciencia de que lo que creyó ver en los demás no era sino la proyección de su propio deseo.

 

 

Y aquí dejo algunos poemas del libro.

 

 

LA VISITA

Envía primero al emisario.
Si advierte una respiración pesada,
xxxximpenetrable y al acecho
como el aliento de una piedra
(si fuera posible),
no hay ni un cálido puerto ni una habitación fresca
xxxxdonde guarecerse.

Pero si pestañea
como el planeo aleatorio de un insecto
debes acudir a su casa
xxxxlista para el próximo asalto
escudada al menos tras una tabla de ébano
con el extremo sigilo de aquel personaje
que al escalar un edificio
xxxxa la velocidad de la luz
encuentra su futuro en la planta de arriba.

Mi madre es una experta lanzadora de dardos
que tuerce la boca si no da en la diana.
Su mano pequeña en la tuya parece una larva
que roe una hoja, ajena a su futuro de vuelo.
Cuando la bañas su piel perfumada y fresca
huele a lavanda, y su ralo cabello teñido de rubio
reluce sobre su camisón de raso encarnado.

Pero de pronto su mirada empañada
calcula el siguiente lanzamiento
deseosa de hacer blanco en medio de tu frente
xxxxxxxxxxxxxxxxxxy la intimidad acaba.
Su boca desprende láminas de sal
cuando pregunta si ya te vas.

La huida se pone en marcha
y el agua profunda del espejo devuelve
una figura dispuesta a abandonarla
xxxxjunto a sí misma.

Existimos sincrónicamente:
el mensajero llamando al timbre
la rendija luminosa bajo la puerta
el alto precio de un alma poseída
xxxxxxixxxxxcuando cierras.

 

 

 

 

HERMANOS

Podríamos asomarnos
xxxxa nuestra propia historia
contada por un bardo ciego
y mirar atrás, al momento en que,
orillados al borde de la cama,
nuestros padres tuvieron
xxxxel primer desencuentro,
violento como el enfado contra Agamenón
de un Aquiles furioso al serle arrebatada
su esclava de Lerneso. Luego,
a cambio de un mejor pago, el pacto,
y vendríamos nosotros,
xxxxblancas pieles
xxxxxxxxrecubiertas de sangre y llanto,
xxxxxxxxxxxxcuerpos que ellos defenderían
a cualquier precio…

Y la fría, la deliberada indiferencia,
interpuesta entre ellos y tú,
de aquella primera vez en que,
xxxxintroducidos en sus cabezas,
sus dobles agrietaron como raíces
xxxxlos suelos de las casas cercanas.

Y el rostro del hermano interpuesto en la escena,
su rodilla sobre esa mancha carmesí, tu cabeza,
un orgulloso cazador que sueña degollar un cuello
xxxxcon el cuchillo de un dedo,
xxxxxxxxy su otra mano que amenaza sin prisa…

Descorremos el velo del castigo impuesto.
Miramos al bardo sentarse
a contar su historia un día cualquiera.

 

 

 

 

CLASE DE ANATOMÍA

La piel plateada de un niño de Hiroshima
fijó como un icono doloroso el pasado,
un faro de luz en brazos de su madre.
Y ni un solo día mi pellejo,
xxxxxxxxcolgado cual abrigo
xxxxsolitario en el pasillo
me cubría al tener que posar en carne viva
ante los amantes nocturnos de la profesora.

Amante madre, si tocabas los dos brotes
despuntados en mi pecho
o si mi bosque aún ralo pasaba
bajo tus ojos golosos,
mi identidad vibraba, sin descubrirse,
como la cuerda tensa del arco de doble cuerno de Ulises.

Yo me entregaba en secreto al placer
sin variar en lo fundamental la clase de anatomía.
Desde el último pupitre, un enamorado,
xxxxesbelto o rudo, moreno o de piel rosada,
xxxxxxxxme llevaba consigo a fronteras
que cruzábamos cada vez que la bomba de endorfinas
de mi maestra hacía irrespirable el aula.

Los verdaderos amores llegaron con los simunes.
En idiomas antiguos acudieron a mi llamada
asomando con tiento, surgiendo como gatos
antes de que nada fuera a rodar o a caer,
formas terrenales surcando el océano
con barcas llevadas por largas ramas de ceibo
xxxxque aventaban el agua hacia las simas.

La espiral se estrechaba. Las continuas horas de uso
astillaban la vara de castigo, y el cuerpo que la sostenía
se hinchaba como una tierra roturada
xxxxsin pasar por el mío.

Nada es más maleable que un niño y nada lo es menos
que un niño blindándose.

Y la puerta de la escuela se cierra
definitivamente tras el sonar de la campana.
Ninguna inspección la abrirá.

Ni el pringoso xáspero xpútrido sedimento de humedad
xxxxxxxxxixxxxxxxxxxxxxxxxxxy bulbo reseco
de esta tardía primavera.

 

 

 

 

LA ÚLTIMA CENA

Como fantasmas reunidos a la mesa,
los platos estampados en azul frente a cada uno
nos distraían con los motivos paisajísticos del siglo XVIII:
una casa de campo cercana al río,
y árboles junto a la carreta tirada por las mulas.
A la derecha los servilleteros de madera rodeaban
con suavidad los paños de algodón,
xxxxnadie podría decir que no simpatizáramos
con la idea de estar muertos.

Aprendimos a leer la historia de nuestro pasado,
cuando la intimidad desprendió
un humor amargo y durante años las suturas
xxxxtironearon de una mujer, de un hombre,
de sus dos hijos, hasta que de la vida en común en la barricada
quedó una única hilacha.

Todavía hoy un pie debajo de la mesa se estira
y estira hasta golpear mi rodilla…

Pienso en el viento frío
que nos arrastra a todos hacia la noche,
pienso en la intemperie, el río helado,
xxxxel temporal de nieve,
o en el hombre desnudo que ara sobre la mujer
y clava en su vientre
el misterio que somos mi hermano y yo
xxxxsaliendo de sus cuerpos.

Nosotros olvidamos que llegamos a estar allí,
ellos olvidaron que allí estuvimos.

 

 

 

 

ACCIDENTE

xxxxx1

Una opción contiene a otra
la verdad a la mentira
la mentira a tu sueño.

Tu cicatriz un lugar
donde asentarse
devora el sello xel recuerdo
y luego nada
el frasco explica al velero
xxxxembotellado viaje
xxxxde regreso.

La voz era esto
decir pérdida y contemplarse
xxxxun frasco en busca
xxxxde su olor.

Una opción contiene a otra
la vida que llevamos nos lleva

xxxxnosotros, habitantes
xxxxde su vientre.

 

 

xxxxx2

Los negros, negros
xxxxnubarrones de tormenta
se cierran sobre el campo donde
el coche ha derrapado.

Y nada se alcanza a ver salvo
un contorno de formas quietas
xxxxa la espera
como postales para el recuerdo
en sus olvidadas maderas.

Una garza se salva con un gran
movimiento majestuoso.

Oímos el flap flap de su migración
xxxxxxxxxxxxxxxxdirigiéndose a poniente
atrapados en esta atmósfera
a punto de descarga;

y el vuelo sobre nuestras cabezas
ese tiempo de sueño recién creado
que toda promesa falsamente contiene

la órbita en su curva de regreso

como si pudiéramos…

 

 

 

Lentini, Rosa. Tuvimos. Madrid; Bartleby editores, 2013.

 

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