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Posts Tagged ‘trilogía de madrid’

LA MOVIDA, MÁS O MENOS, FUE ASÍ

 

xxxLa movida, más o menos, fue así. Fraga Iribarne, a quien no le gustaba cómo iban las cosas ni que el Rey hubiese quitado a Arias Navarro (la estanquera de Ayala, bien, gracias), ni que a él le hubiesen quitado de Londres (guardó el bombín inglés en una sombrerera equivocada, de su mujer, y no ha vuelto a encontrarlo), Fraga Iribarne, digo, decidió que, muerto Franco, el franquismo era él, y reunió en torno de sí siete ángeles o candidatos, los siete ángeles apocalípticos que al comienzo de este libro final le anunciaron, pero sin cruces de hierro interiores y con alas de tervilor o de terlenka. López Rodó, Arias, Fernández de la Mora y así, fueron los siete ángeles/grajos que llenaron España con su vuelo pesado, cargante de nostalgia, lastrado de continuismo. Las primeras elecciones generales y democráticas fueron como una quema de brujas en seco, quema a la que asistieron, en la plaza de todos los pueblos del país, incluso los muertos de la guerra civil (ambos bandos), creyeron que eran las fiestas. La guapa gente de derechas no comprendía aquello. Bajaron las persianas con buena cuerda del barrio de Salamanca y Suárez les parecía un rojo porque había legalizado a Santiago Carrillo «a tenazón».
xxxPero también la resistencia estaba un poco desconcertada, Oliver ya no era de Marsillach, Marcelino Camacho salía de Carabanchel y a su mujer la cogió con un jersey a medio calcetar.
xxxFue cuando los antifranquistas de posse comprendieron secretamente que ellos no habían nacido para vivir en libertad. Empezaron a secárseles las pilas de todos los timbres que vos apretás, y cerró Cuadernos para el Diálogo. El nacionalcatolicismo dialogante —Gil Robles padre/hijo, Ruiz Giménez— no sacó un voto. La izquierda recreativa descubría, tarde, que María Asquerino, más María que nunca, había dejado el rincón cinematográfico de Oliver por el rincón catalán/madrileño de Bocaccio.
xxxO sea, que había un trajín de hombres perdidos, un ir y venir de un sitio al otro.
xxxFue cuando Fraga, Ruiz Gallardón y algún otro me invitaron a almorzar con Balmes en una mariaquería lujosa y álgida de la Gran Vía. Balmes bendijo el centollo, se persignó ante la queimada y, cuando Fraga nos dejaba, hablábamos él y yo de El criterio y sus bonitas metáforas ferroviarias. Más tarde, el filósofo catalán desaparecería del grupo porque López Rodó lo encontraba un poco laico.
xxxFue, sí, cuando volamos con un cuerpo astral llamado Carrero por las cien mil leguas que distaban de la democracia. Los periódicos seguían el vuelo de lo que resultó cometa Halley de la transición como las estaciones seguidoras de satélites que hay en Robledo de Chavela. Hasta algún patriota que a la Luna se había llegado desde Robledo, como a América desde Palos, porque si no se parte de España, no se llega a ninguna parte; Arias quiso darle una cartera, pero Arias ya no era primer ministro. Sonó música de órgano, por Carrero, en la catedral de Segovia, y los acratillas de Malasaña engordaron el porro por concelebrar.
xxxMedia España seguía poniendo a doña Concha Piquer para afeitarse. Querían, sin saberlo, cerrar el franquismo como lo habían abierto: con «La vecinita de enfrente». Santiago Carrillo tuvo su entronización millonaria de gentes en la primera fiesta del PCE, en la Casa de Campo, con vendedores de hamburguesas de todo el tercer Mundo, Cono Sur y repúblicas/banana, ruedos inmensos de humanidad y ladrillo, como auditorio de Carrillo y Dolores Ibárruri, Rosa León como la niña de las monjas rojas, tocando la guitarra, y Hafida, la embajadora argelina, inolvidable, en un fragor de legendarios niños saharauis.
xxxMis viejas amigas marxistillas de la fuente del Berro —tantos años—, con buhardilla o sótano de puerta color mierda, reaparecían hechas unas mujerazas alegóricas de la Revolución, con una cándida llama/nube de algodón de azúcar en la mano, y nos dábamos grandes abrazos, quedando empergotados del pegote dulzarrón, como un velo nupcial barato y rompedizo que me casaba un momento con ellas, tan poco casanderas.

xxxHubo una matanza de abogados laboralistas en Atocha, y el PCE, tan ruidoso en la clandestinidad, dio una panteónica lección de silencio en el entierro de los asesinados. Puso en el corazón de Madrid, entre Colón y el palacio de Justicia, un bloque inmenso y geométrico de elocuente mutismo popular.
xxxLas divisiones acorazadas del silencio inerme y disciplinado tomaron aquella tarde Madrid.
xxxLa Iglesia empezó a fumar picadura y Tarancón hizo el discurso de la Corona, sobre el silencio pasado o venidero del entierro que he dicho, sobresaltando todos los transistores de España con su palabra de tabaco honrado y veraz. Del mismo modo que la gran sociedad sepulta y enmudece a sus mujeres más singulares —que habrían llegado lejos sólo con ser de la pequeña burguesía—, la Iglesia, con su formidable y espantosa máquina, entierra a un hombre, incluso sin quererlo, cuando en ese hombre sopla y suena la voz en arameo de Cristo.
xxxPero la Iglesia es así e incluso se fundó así. Los apóstoles, después de recibir la visita del Espíritu Santo y las lenguas de fuego, tuvieron fincas en Judea. La Iglesia, en principio, se ponía de parte de una revolución burocrática que llamaron Transición. El discurso de monseñor nos bautizó a todos de nuevo.
xxxLos Reyes empezaron a recibir en La Zarzuela a intelectuales, profesores, escritores, dramaturgos. La Reina aparecía vestida de espuma roja, con sus ojos gris/gamuza, y quienes llevábamos dentro un republicano cauterizado, comprendimos de golpe aquello de Proust, aunque muchos no le habían leído: «La nobleza comporta unos valores poéticos a los que ella misma es ajena.» No es que fuera uno a cambiar de corazón político —y menos de chaleco, que yo no uso—, pero todos nos enamoramos un poco de aquella mujer hecha de Mozart y moaré, de poetas alemanes y genealogías centroeuropeas, de oro y protocolo. Sólo sus ojos de gamuza inteligente podían templar y rasar un poco el corazón alborotado y transicional de los españoles.

 

 

 

Umbral, Francisco. Trilogía de Madrid. Barcelona; Ed. Seix Barral, 1985.

 

VALLE

 

xxxCamilo José Cela, Víctor de la Serna hijo y yo cantábamos jotas maliciosas en el reservado de lujo de Zalacaín:

xxxxxxxxxxxxxxxTú estás metida en la cama
xxxxxxxxxxxxxxxcon las teticas calientes,
xxxxxxxxxxxxxxxy yo aquí muerto de frío,
xxxxxxxxxxxxxxxcon la chorra hasta los dientes.

xxxA Camilo me lo presentó José García Nieto, mediados los sesenta, en su casa de Ríos Rosas, por donde paseaba su barriga desnuda de ballenato blanco, como un Moby Dick de la literatura española:
xxx—Han venido unas monjitas de esas que piden por las puertas, les he abierto en pelotas y se han ido corriendo, escandalizadas. Pero yo iba a darles limosna. ¿Por qué se han ido?
xxxAquel Camilo de barba y testiculario era demasiado, se conoce, para las monjitas.

xxxA mí me daba igual. A mí, lo que me fascinaba era su prosa.
xxxCamilo iba a crear Alfaguara, con dinero del constructor Huarte —Camilo siempre ha sabido putear buenos mecenas—, para mandar más, aún, en la literatura española, y, sobre todo, para editar/reeditar sus propias obras por sí mismo, liberándose de los vejantes tantos por ciento de los editores. A mí me sacó tres libros de golpe. Larra. Anatomía de un dandy; que era una pura intuición de Larra cuando yo aún no lo había leído completo, ni todo lo que sobre él se había escrito, Travesía de Madrid, mi primera novela larga, de trescientas páginas, donde recogía, mediante la simultaneidad —como aquí y ahora, después de tantos años, pero ya sin prótesis novelística—, cinco años de intensa vida callejera y madrileña. Antonio Valencia, buen crítico, dijo que equivalía a La busca, de Baroja.
xxxComo yo no había leído a Baroja, y sigo sin leerlo, porque su castellano —que no puede, apenas, llamarse castellano— me produce rechazo, entendí el elogio o el paralelismo, en cuanto que yo también recogía un Madrid golfo, esquinero y suburbial. Pero yo, desde antes de nacer, escribía mucho mejor que Baroja.
xxxEl tercer libro que me publicó Camilo, de una tacada, fue la novela corta Balada de gamberros, que quería recoger mi adolescencia vallisoletana y rebelde, dudando entre el social-realismo que me aburría y un realismo mágico que, pese al tópico de la expresión, era la mío, quizá. También me dijo Camilo que yo tenía que dirigir un semanario que iba a editar Alfaguara, y me encantó la idea, porque uno, quizá, sólo es periodista. Yo le dije:
xxx—Sí, pero con la condición de que tú hagas la colaboración que yo te diga: un diccionario de tacos.
xxxEl semanario no salió nunca, pero Camilo publicaba, tiempo después, su Diccionario secreto. Pienso que, tan capaz como soy de identificarme con un escritor que admiro, llegué a coincidir con él, por anticipado, en el proyecto.

xxxxxxxxxxxxxxxTú estás metida en la cama
xxxxxxxxxxxxxxxcon las teticas calientes,
xxxxxxxxxxxxxxxy yo aquí muerto de frío,
xxxxxxxxxxxxxxxcon la chorra hasta los dientes.

xxxCon Camilo he viajado por Mallorca, por Castilla, de Madrid a Valladolid, de Salamanca a Madrid, de modo que sé algo sobre la manera de viajar del último e ilustre andariego a pie de las Españas.
xxxYa en mis tiempos iba en coche de mecánico o llevado por su hijo piloto. Camilo y yo hicimos un horario minucioso, para nuestro primer viaje, en su piso de Ríos Rosas, y se cumplió el horario, porque Camilo llevaba el papel en la mano y lo miraba siempre y me señalaba los leguarios.
xxx—A las doce en Ávila, tomando café en Casa Pepico.
xxxEra un vagabundo con cabeza de ingeniero. Cuidaba el protocolo de sí mismo. Una vez fue a verme en una redacción donde yo estaba, decidió que cierta pared de panderete era absurda, antifuncional, y empezó a tirarla a patadas.
xxxEs el último escritor que ha ido de escritor por la vida española. A mí me gusta estar con él, porque dejo que queme la primera traca de efectos especiales, muy preparados, y luego sale el Camilo auténtico, cordial, ingenioso, observador y plástico, que es igual que su obra. «Ay, Paco, qué alma de puta tengo.»
xxxTú estás metida en la cama. Cela lo tiene muy claro desde pronto, desde que escribía sus versos y prosas en una oficina. Con las teticas calientes. Los clásicos, el Siglo de Oro, los barrocos, la picaresca. Torres Villarroel, aunque Torres es de párrafo largo y oración compuesta, y Camilo va paso a paso, con mucho punto y seguido.
xxxY yo aquí muerto de frío. Luego, el 98. Hacer vida de 98. Ser el nieto del 98 o el último 98. Con la chorra hasta los dientes. Baroja como referente para los críticos. Es una manera de borrar sus huellas. Por paisanaje y por raza de escritor, su maestro es Valle. Dice Baroja porque lo conoció, porque lo visitó, porque, efectivamente, de Baroja ha aprendido a ser preciso y sobrio. Pero la música de Valle no hay quien se la quite. A Baroja se lo oí una vez en su casa:
xxx—Este Cela está bien, pero tiene poca cuerda.
xxxPara mí, dicho por Baroja, esto no era peyorativo, y sigue sin serlo, aunque para Baroja lo fuese. Valle, comparado con Baroja, tenía poca cuerda. Y Valle, quizá, forma trilogía con Cervantes y Quevedo en la purísima trinidad de los grandes prosistas españoles. Lo de que Cela tiene poca cuerda, visto por el revés, o sea positivamente, lo ha expresado bien Julián Marías, a otros efectos:
xxx—Ortega tiene calidad de página.
xxxCamilo tiene calidad de página.
xxxUna página suya siempre es buena.
xxxCamilo empezó con un libro de versos, Pisando la dudosa luz del día, y es mucho más poeta que narrador. No quiero decir que no narre, sino que, en lo que narra, le importa más el efecto estético que el efecto dramático. Eso es ser poeta en prosa.
xxxEso es Valle.

 

 

 

Umbral, Francisco. Trilogía de Madrid. Barcelona; Ed. Seix Barral, 1985.

 

LOS OJOS DE LAUREN BACALL

 

xxxHabía una gata menuda, esbelta, alta de ancas, larga de cuello, oblicua y turbia de mirar, sin duda enferma, blanca con manchas rubias y negras. Se paseaba por las escorias de la orilla, rozándose amorosa contra los cardos de leche.
xxxEl día que decidí cogerla y llevármela a casa, comprendí que la resolución la tenía tomada tiempo atrás, porque alguien decide siempre por nosotros, y dentro de nosotros. Bajé del puente, me acerqué a la gata, que no me huía, la cogí de entre el bosquecillo de cardos de leche donde se guarecía, y la llevé contra mi pecho, hasta mi habitación de realquilado. La gata rozaba mi cabeza contra la viscosilla de mi niky y ronroneaba con placer y hasta euforia. Quizá tenía fiebre.
xxx—¿Un gato nos trae usted?
xxx—No teman. No molesta.
xxxLo primero le puse nombre y comida. Se lo comía todo. Pedazos de pan duro. Monedas rancias de chorizo que había en mi armario de realquilado. Leche condensada que me compraba yo a veces, para sobrealimentarme. La gata era cariñosa, amorosa, quizá lujuriosa. Debía de tener como un año y medio mal contado.
xxxYo estaba, por entonces, leyendo Candy, libro de dos nuevos periodistas norteamericanos, que le habían llamado así a su heroína por homenaje al Cándido de Voltaire, y que pretendían hacer la burla de la literatura pornográfica como Cervantes hizo la burla de las novelas de caballerías con su caballero.
xxxEl libro estaba de moda, pero era malo y, en la traducción latinoché, quedaba nauseabundo cada vez que el traductor aludía a las bragas de Candy como «el pantaloncito blanco». Qué asco. Pero a la gata le puse Candy y la llevé a un veterinario de Getafe que veía los perros perdigueros de los cazadores y furtivos del pueblo.
xxx—Qué femenina, qué pequeñita, qué mariposita.
xxxPero tan pequeñita, tan femenina, tan mariposita, huno que rajarle la tripilla porque tenía cuarenta de fiebre, tres gatos muertos, calcificados, dentro, y cinco tumores que no parecían cancerosos. Luego, cosida, mareada de la anestesia, fajada, arrastrándose como una mosca sin alas, venía hacia mí.
xxxMe la llevé en brazos, andando, hasta casa, un mediodía, mientras a lo lejos, hacia el Este, se veía arder un muerto luminoso en el cielo calcinado del ferragosto. En los puntos de la operación le daba una pomada azul, que ella se lamía. También se arrancaba los puntos, se los mordía, tiraba de ellos con las uñas.
xxxLuego se le formó una bolsa de pus, en la herida, que hubo que eliminarle con antibióticos. Yo me iba con la gata convaleciente en brazos hasta el puente de Toledo, sentía su calor, su temblor de ave, su costillar, fragílisimo contra mi pecho. Me sentaba en el puente, como todas las tardes, y veía a la gata ir y venir, pasearse por el puente.
xxxA veces miraba hacia abajo, como añorando su vida anterior de caza, enfermedad, fornicaciones y cardos de leche, pero luego, quizá arrepentida, venía a mí por el alero de la vieja piedra dorada, orzaba el bigote y el lomo palpitante contra mi muslo y al fin se sentaba en mi regazo, a ver pasar los coches. Me había elegido. En la casa donde estaba realquilado tuve que ocultar a medias las muchas enfermedades de la gata —parásitos, tumores, etc.— pues temían que les contagiase a los niños. El gato es un animal aristocrático, egipcio y faraónico, que el pueblo no acaba de entender. El perro les parece más inteligente porque es más dócil.
xxxQué ganas de quedarme allí, «contra las viejas hélices del crepúsculo», con aquel ser débil, vivísimo y moribundo, en los brazos, viendo pasar el tiempo que no pasa y la degradación einsteniana de la luz, que lucha contra el tiempo y el espacio para acercarse —ya rojiza, extenuada— a nuestro pecho. Quizá la luz, ternura del universo, también era una gata enferma.
xxxLa gata tenía los ojos largos, claros, oscuros e intencionados de Lauren Bacall.

 

 

 

Umbral, Francisco. Trilogía de Madrid. Barcelona; Ed. Seix Barral, 1985.

 

ESCRIBIR

 

xxxEl hombre que escribe para explicar el mundo es que no sabe jugar. Cada hombre tiene su juego salvador, como lo tuvo de niño, y la cuestión está en encontrarlo. El juego del escritor es la escritura, pero a la escritura hay que ir a bañarse, porque viene de manaderos remotísimos y fríos, y sólo es buen escritor el que sabe ponerse en el turbión, dejar que le coja de lleno. Una vez conseguido eso, olas de la mar me llevan.
xxxEscribir para explicar el mundo o los precios del mercado sería —es— como tocar la Quinta de Beethoven para ahuyentar a las visitas. Comprendo que las visitas huyan ante semejante provocación. Yo sería el primero en huir, como huyo de las novelas que quieren probar demasiadas cosas, o una sola, pues nunca he olvidado la frase del surrealista André Breton, leída en mis lecturas de pensión: «Ninguna novela, pese a sus pretensiones, jamás ha probado nada.» Había que escribir novelas que no probasen ni siquiera que eran una novela.

 

 

 

Umbral, Francisco. Trilogía de Madrid. Barcelona; Ed. Seix Barral, 1985.

 

FRANCISCO UMBRAL, GERARDO DIEGO Y ANTONIO MACHADO

 

xxxLa poesía de Gerardo —gran dotado verbal— lo que pasa es que no evoluciona.
xxxSe plantea un tema religioso, amoroso o estético y lo resuelve brillantemente. Pero en él no hay progresón lírica. El poema está resuelto «existencialmente» de antemano. Resulta así, Gerardo, un hagiógrafo, un poeta plano —pese a tanto relieve verbal.
xxxMachado, con mucha menos brillantez de escritura, es alto lírico porque en sus mejores poemas siempre está ocurriendo algo (algo poético), y el verso final queda en movimiento, abierto, «palabra en el tiempo», objeto léxico abierto al devenir. La falta de conflicto, en Gerardo, es consecuencia de una mentalidad inmanentista, inmovilista, conservadora, que lo da todo por resuelto de antemano. El mundo está bien hecho por obra del Creador. No hay sino cantarlo. Pero poeta es el que encuentra el mundo mal hecho, y lo rehace. «Es la sintaxis —sí— la que se vuelve loca» (Barthes). Porque también el idioma está mal hecho.
xxxDecían que Gerardo no hablaba. Los famosos silencios parpadeantes de Gerardo. Yo creo que no le dejaban hablar. Cuando me tocaba en la silla de al lado, yo le entraba por directo en Lope, un suponer, y Gerardo me daba una sabia conferencia. En España ha habido unos cuantos grandes que han tenido fama de no saber hablar.
xxxLo que pasa es que los españoles no sabemos escuchar.

 

 

 

Umbral, Francisco. Trilogía de Madrid. Barcelona; Ed. Seix Barral, 1985.

 

LA LEPRA, LA EPILEPSIA, LA SÍFILIS Y LA INQUISICIÓN

 

xxxEl siglo XIV, en Madrid, es el siglo de la lepra. El siglo XV, el siglo de la epilepsia. Y el siglo XVI, el siglo de la sífilis. En 1723, nueve hombres, en Madrid, son quemados por matrimoniar con mujer que había apadrinado con ellos, a efectos sociales, algún recién nacido, o por comer carne en viernes. La plaga del siglo XVIII, y de todos los anteriores, es la Inquisición. La Gaceta Literaria (iberoamericana: internacional) de Giménez caballero se presenta en los años veinte, como quincenal y madrileña, a treinta céntimos con subdirección de Guillermo de Torre (quien, sordo de exilio, casi se me moría en los brazos, siglos más tarde, en el Gijón), y visado de la censura de Primo de Rivera. Entre los nombres manejados, Pío Baroja y Moreno Villa. De esa revista de vanguardia iba a nacer, años más tarde, el fascismo español. El fascismo es la lepra, la epilepsia, la sífilis y la inquisición del siglo XX.

 

 

 

Umbral, Francisco. Trilogía de Madrid. Barcelona; Ed. Seix Barral, 1985.

 

LA SITUACIÓN LÍMITE DEL ARTE

 

xxx(…) El arte abstracto me parecía la situación límite del arte, el punto de llegada, la terminal de la pintura, desde Altamira hasta el cubismo. El abstracto pintaba la pintura: Pollock y Motherwell en Estados Unidos, De Kooning en Europa, Tàpies y Clavé en Barcelona, Viola en Madrid.
xxxDentro de mi pasión por la pintura, el abstracto me parecía la pintura pura, la pura pintura (seguramente lo es), y el propio Ortega, en sus últimos años madrileños (y de vida), lo había explicado con una pierna de moza de Goya:
xxx—Esto no es una pierna, señores. Esto son unas líneas magistrales y gratuitas. Esto es un blanco lleno de colores.
xxxOrtega, que prenuncia la deshumanización del arte, vería aún más claro, dentro o fuera de su propia claridad, hacia el final de su vida, que el arte siempre ha sido una «deshumanización» (aunque pinte seres humanos), en el sentido en que Leonardo la definió como cosa mentale. Tiziano dice que el atardecer es la hora de la pintura. No creo que con esto se refiera solamente a una cuestión técnica de luz, sino precisamente a esa desrealización que la luz einstenianamente deteriorada del atardecer transmite a las cosas.
xxxO sea que pintura sería pintar las cosas cuando son menos ellas.
xxxY literatura, claro.
xxxCuando son menos ellas: cuando están en trance de transmutarse por sí mismas (por la luz o la sombra o el tiempo, si es que no es lo mismo) en otra cosa. Escribir, pintar, hacer arte, es sorprender la cosa en su momento metafórico.
xxxLas cosas (las personas) tienen al menos un instante a lo largo del día —el atardecer, según Tiziano— en que son extrañas a sí mismas.
xxxEs cuando el universo comulga con el universo, cuando la transvaloración natural de todos los valores se opera por sí sola.
xxxHabía que pintar la entropía y la sinestesia. Más que utilizar la sinestesia escribiendo (traslación de las palpitaciones de un sentido corporal a otro), sorprender la sinestesia que se opera en las cosas, el tizianismo de la vida.

xxxEso era el arte abstracto, tan vigente en los sesenta (por voluntad de los marchantes internacionales y porque parecía un arte desideologizado, propio a la distensión política internacional del momento). Eso era el arte abstracto: pintar la ausencia de las cosas, más que las cosas, pintar ese momento, ese vacío que ha dejado la cosa para transformarse circunstancialmente en otra, sin ser aún la otra cosa.
xxxAlgunos títulos de Manuel Viola lo expresaban bien: Cadáver del invierno, Hermano del silencio, etc. ¿Qué hay menos «pintable» que el silencio? El hermano del silencio.

 

 

 

Umbral, Francisco. Trilogía de Madrid. Barcelona; Ed. Seix Barral, 1985.

 

EL ESTILISMO

 

xxxEl estilismo es el gran onanismo literario y no creo que se haya inventado nada más eficaz para pasar el rato, para pasar la vida.
xxxEl estilismo es el eterno solfeo de la literatura, algo así como si Rubinstein se hubiera quedado para siempre en el solfeo, llegando a ser un virtuoso genial del solfeo.
xxxEstoy seguro que Rubinstein, sin necesidad de aprenderse a Chopin, habría podido meter todo Chopin, todo Beethoven y, por supuesto, todos los románticos, en un rato de solfeo, porque el intérprete genial genializa lo que hace.

xxxCuando toca (tocaba) Rubinstein, da igual que sea Chopin lo que suena, o que sea el solfeo y otros dorremifás. Literatura es eso, iba viendo yo: meterlo todo en la fórmula más sencilla (el artículo, por ejemplo), hasta exasperar la fórmula, hacerla saltar, convertirla en otra cosa.
xxxEl artículo o el relato corto.
xxxQuiere decirse que en arte no hay más que intérpretes. En arte no hay creadores. Los colores estaban ahí, el idioma o la música son creaciones colectivas y anónimas. El creador más radicalmente creador no es sino un intérprete afortunado, un virtuoso del instrumento que le esperaba: paleta, música o idioma.
xxxBeethoven es el gran intérprete de la música (en otro tiempo habría que haberlo escrito con mayúscula). Lo que toca Beethoven no es el piano, sino la música, arpa intangible que nos ha legado el misterio.
xxxLo que pulsa Quevedo no son sus temas, sino ese instrumento, ese aristón enorme y delicado que es el catellano.
xxxY lo mismo Valle, a quien yo había entrevistado en el Ateneo.
xxxY tantos otros.

 

 

 

Umbral, Francisco. Trilogía de Madrid. Barcelona; Ed. Seix Barral, 1985.

 

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