Archivo

Posts Tagged ‘todos nosotros’

70 VECES MENTIRA

 

1

Volver es más triste que perderse.

 

3

El Paraíso no existe, pero el Paraíso Perdido sí.

 

4

Todo lo que no es una puerta, es un muro.

 

5

Muchos creen que esto es sólo la primera parte,
pero nadie sabe de qué.

 

7

Esperanza es la palabra de la que uno se acuerda después
de haberse caído en un agujero.

 

8

Tener todas las partes aún no es tenerlo todo.

 

9

Dentro del miedo no hay donde esconderse.

 

15

¿Hay vida antes de la muerte?

 

16

Avanzar es irse quedando solo.

 

17

Un hombre también es todo lo que ha olvidado,
la mujer que no tuvo, el Chagall que no vio,
la suma de los sitios en donde no ha caído.

 

19

Cada hombre cruza
una calle distinta
frente a mi casa.

 

20

El futuro no debería ser arrastrar todo lo que tienes un poco
más adelante. Pero a menudo lo es.

 

21

El dolor nos convierte en nosotros mismos.

 

22

La maravillosa historia de todo lo que no se sabe.

 

23

Todo el mundo se siente solo, excepto los idiotas.

 

24

El hombre que ya no soy tiene sus propios recuerdos.

 

25

Las palabras que son verdad y son mentira.
La palabra jarrón, que no puede romperse contra el suelo;
la palabra cuchillo, que no corta la palma de la mano;
o la palabra sangre, que brota de la herida.

 

27

Las palabras tachadas también son una parte del poema,
lo mismo que las horas de sueño también son una parte del día.

 

34

Miro atrás: todos
los sitios donde estuve
están vacíos.

 

36

A veces, la palabra que lo resume todo es nada.

 

37

Recordar lo que pasó no es tan importante como saber quién eras.

 

38

Quien ama las estatuas tiene que amar también las ruinas,
dice Gottfried Benn.

 

44

Todas las palabras son palabras aproximadas.
Como dice Marguerite Duras:
escribir es intentar adivinar lo que uno escribiría si escribiese.

 

46

Escapar no significa ir a alguna parte.

 

49

A menudo ya es demasiado tarde. A menudo, cuando aprendes
a tragarte el sable el circo ya está en otro sitio.

 

50

A los trece años, a veces te sientes como Robin Hood.
A los treinta, a veces te sientes como los agujeros de la diana.

 

51

Recuerda la parte del juego en la que puedes perder.

 

52

Es una historia extraña:
nosotros ponemos nuestro corazón y ellos sus bisturíes.

 

54

Escribir un poema es como armar un puzzle.
Un poema es poner cada cosa en su sitio.

 

56

No importa cómo es un poema
sino en quién te convierte.

 

58

Sueño contigo
y no sé quién está
dentro de quién.

 

62

No llamar a las cosas por su nombre para que te entiendan.
Un buen poema lo hace todo más claro de lo que realmente es.

 

64

Una mujer que sea lo mismo que la noche
y lo contrario de la oscuridad.

 

66

Ese momento espantoso de la vida cuando aún queda mucho
pero ya no queda nada.

 

68

La vida es extraña: cuanto más vacía, más pesa.

 

70

Un lugar al que ir no es más importante que
un sitio donde esconderse.

 

 

 

Prado, Benjamín. Todos nosotros. Madrid; Ed. Hiperión, 1998.

 

TODOS NOSOTROS

 

TIEMPO MUERTO

Ha sido un día raro. Estás tumbada
junto a mí.
xxxxxxxxxxCasi puedo escuchar la marea
de la sangre en tu piel
y el deseo que llena tus manos de leones.
Luego, apagas la luz.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxLa noche salta
como un pez de tu corazón al mío.

Y sin embargo hay algo.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxEn realidad
no sé qué es.
xxxxxxxxxxxPero aquí está.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxEs extraño:
de repente, me digo: —Cada hombre
lleva una pala para cavar su propio Infierno.

Me pregunto qué he visto,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxdónde estaba,
la razón; imagino
la tarde entera; el bar cerca de la autopista,
la ciudad
debajo de la lluvia igual que un barco hundido;
y algo que yo te dije
y algo que tú dijiste: —Si no sabes
por qué lo has hecho, nunca sabrás por qué ha pasado.

Pero no veo nada,
xxxxxxxxxxxxxxxxningún dato,
ninguna relación con el Infierno.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxEntonces
miro adelante, busco
las palabras que tienen lo que quiero decir.
Y ahí tampoco hay nada:
Hay la azotea roja;
hay el gato que atrapa un pájaro y devora lentamente mis ojos.

Tú sigues a mi lado.
Tu corazón golpea dentro de la mujer
dormida, igual que un perro ladrándole a las tumbas.
Me pregunto,
después de tantas cosas,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxcuando cada hora quema
su selva entre mis manos,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxme pregunto
qué es lo que sé de ti;
si tal vez, como dice Marianne Moore, lo importante
de lo que vemos es lo que no vemos.

Y no encuentro respuestas.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxNi caminos
por que volver.
xxxxxxxxxxxxxxEnciendo
una luz,
xxxxxxxabro el libro,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxcierro el balcón.
La noche
se reúne a sí misma, se marcha de nosotros
con su cielo vacío,
con su dios que se lleva
algo de nuestras vidas a su ciudad deshecha.

Abro el libro
mientras que en el tejado se mueve la serpiente
azul del agua
xxxxxxxxxxxxy sigues
xxxxxxxxxixxxxxxxxxxjunto a mí
y por tu corazón se alejan los tambores
y escribo la palabra árbol y en ese árbol
crece tranquilamente la palabra naranja.

 

 

 

 

PAREJAS

Por lo mismo que une a Vallejo y los miércoles,
el mercurio y Bob Dylan,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxNeruda y las ballenas.
Esas son las razones por las que estás conmigo.

Y también porque sabes todo lo que me importa:
porque entiendes al niño que llora entre los árboles;
a la mujer que sueña con oscuras cocinas,
con cucharas que buscan su corazón partido.

Teresa Rosenvinge: lámpara interminable,
yo pronuncio tu nombre para saber qué somos.
Te llamo bosque azul,
pájaro del océano,
estrella entre dos torres,
luna sobre la isla.

xxxxxxxxxxxxxxxxTú te acercas;
entras en el poema
y desde ese poema abres una ventana,
descuelgas un teléfono,
coges un pez en la palabra río.

Estás aquí
xxxxxxxxxxy fuera se oyen voces,
gente que aún se mueve en donde ya no hay nadie,
una sirena,
xxxxxxxxxxun hombre que a lo lejos
pasa junto a nosotros:
ruidos de algún lugar en el que ya no estamos.

Por lo mismo que Julio Cortázar y el boxeo,
Bukowski y los hoteles pintados de naranja.
Handke y los lanzadores de cuchillo.
Por eso.
Esas son las razones por las que estamos juntos.

 

 

 

 

MATERIAL

No es el azar
que salta de una mano
hasta los dados.

Es como el miedo:
cuando es de noche y puedes
ver los sonidos.

Son las palabras
que tengan dentro al hombre
que las escucha.

La poesía
es fingir que es verdad
lo que es verdad.

 

 

 

 

ROTO

Solo, en medio de todo;
estar tan solo
como es posible,
mientras ellos vienen
muy despacio,
se agrupan,
ponen su campamento,
invaden,
talan,
hunden,
derriban las palabras
una a una,
se reparten mi vida,
poco a poco,
levantan su pared
golpe a golpe.

Después se van;
se marchan
lentamente,
pensando:
—Nunca podrás huir de todo lo que has perdido.
Tal vez tengan razón.
Tal vez es cierto.

Pero llega otro día,
el cielo quema
su cera azul encima de las casas;
yo regreso de todo lo que han roto,
busco entre lo que tiene
su propia luz,
encuentro
la mirada del hombre que ha soplado unas velas,
el limón que jamás es parte de la noche;
ato,
pongo de pie,
reúno los fragmentos,
me convierto en su suma.

Y todo vuelve
otra vez;
las palabras
llegan donde yo estoy;
son las palabras
perfectas,
las que tienen
mi propia forma,
ocupan cada hueco
y cierran cada herida.
Las palabras que valen para hacer estos versos
y sentarse a esperar que regresen los bárbaros.

 

 

 

 

MIRANDO FOTOS DE ANNE SEXTON
(1928-1974)

En la primera foto, Anne Sexton mira el mar.
Sabemos que la playa está en Virginia
(Carolina del Norte) y que es el año
48, un día
de su luna de miel.
xxxxxxxxxxxxxxxxxTiene los ojos
casi cerrados mientras oye el ruido
de las olas, el viento que deshace
y vuelve a hacer las dunas,
el agua que se mueve con lentitud,
que traza
líneas,
curvas,
esferas.
El agua que se mueve lo mismo que la mano
de alguien que escribe la palabra océano.

En la segunda imagen
—ahora ya estamos en mil novecientos
setenta y cuatro—, fuma un cigarrillo
cerca de una ventana —por alguna razón
creo que al otro lado del cristal hay un bosque—
y observa las figuras
que forma el humo: peces,
un iceberg,
xxxxxxxxxxuna sirena,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxun ángel
malherido en la nieve.
En esta foto
tiene un aspecto extraño,
parecido al de alguien que corre hacia un volcán,
parecido al de alguien que acabara de soltar un cuchillo.

Pocos
días
después
Anne Sexton
va a matarse
en esa misma casa:
va a dejar
sus anillos
sobre una mesa, en la cocina,
y luego
entrará en el garaje
con un vaso
de vodka
en la mano,
pondrá en marcha el motor
del coche —un Cougar rojo— y encenderá la radio
—¿Te imaginas qué pudo oír? ¿James Taylor?
¿Los Grateful Dead? ¿Pink Floyd?—
y esperará la muerte.

Cierro el libro.
Me miras.
Sé lo que estás pensando.
—La vida es muy difícil.
Una mujer es un reloj de arena.

 

 

 

 

CADA MAÑANA

Cada mañana, Jaime Gil de Biedma
se muere en Barcelona,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxShelley sube
a su barco en la costa de Italia,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxRaymond Carver
escribe su poema sobre Antonio Machado.

Cada mañana
Stevenson se inventa La isla del tesoro,
Paul Morand sube a un tren,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxBlaise Cendrars va en un barco,
Virginia Woolf camina
cerca de un río y Paul Eluard piensa de pronto:
La tierra es azul como una naranja.

Del otro lado hay gente oscura que nos busca.
Del otro lado hay gente que llama a nuestra casa.
Hay gente que se acerca muy despacio a nosotros
igual que hombres con hachas caminando hacia un bosque.

Cada mañana es la última mañana de Pavese.
Cada mañana, Herman Melville empieza Moby Dick,
Borges se mueve al fondo de los versos de Borges,
Pessoa lee desde dentro de mí a Pessoa.

Del otro lado hay gente que nos sigue.
Del otro lado hay manos que tiran de nosotros.
Gente que nos espera
en noches del tamaño de su miedo a la noche.

Rimbaud besa a Verlaine en un hotel de Francia,
a Steinbeck se le ocurre Las uvas de la ira,
a Vicente Huidobro le parece que escucha
la pequeña cascada que cuenta sus monedas.

Cada mañana
xxxxxxxxxxxxxtoco el oro de Jack London.
Cada noche
veo brillar la bala en el corazón de Lorca.
Cada día
me convierto en mis ojos,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxsoy las cosas que escucho
como el hombre que tiembla es una parte del frío.

Cada mañana,
xxxxxxxxxxxxxalguien lo descubre:
todo lo que está escrito pertenece al futuro.

 

 

 

Prado, Benjamín. Todos nosotros. Madrid; Ed. Hiperión, 1998.

 

PROPINA

septiembre 12, 2015 Deja un comentario

Propina

 

DOS MUNDOS

En el aire denso
con olor a azafrán,

sensual olor a azafrán,
veo desaparecer un sol limón,

un mar que cambia de azul
a negro aceituna.

Miro el relámpago que brinca desde Asia como
dormido,

mi amor se vuelve y respira y
se vuelve a dormir,

parte de este mundo y, sin embargo,
parte de aquél.

 

 

 

 

UNA MUJER SE BAÑA

Río Naches. Justo debajo de las cascadas.
A veinte millas de cualquier ciudad. Un día
de densa luz solar
colmada de los olores del amor.
¿Cuánto nos queda?
Tu cuerpo, agudeza de Picasso,
ya se seca al aire de la montaña.
Te seco la espalda y las caderas
con mi camiseta.
El tiempo es un león de montaña.
Nos reímos por nada,
y cuando te toco los pechos
hasta las ardillas
quedan deslumbradas.

 

 

 

 

MI MUJER

Mi mujer ha desaparecido con toda su ropa.
Se dejó dos medias de nailon y
un cepillo del pelo que encontré detrás de la cama.
Me gustaría que te fijaras
a esas medias y a los pelos negros
entre las púas del cepillo.
Tiro las medias al cubo de la basura; el cepillo
me lo quedo para usarlo. Sólo la cama
resulta extraña, no sé qué hacer con ella.

 

 

 

 

REGRESO A CRACOVIA EN 1880

Regreso desde las grandes capitales
a esta ciudad en un angosto valle bajo la catedral de la colina
con tumbas de reyes. A una plaza bajo la torre
y a la trompeta que suena a mediodía, la nota
a medias porque la flecha de los tártaros
alcanzó una vez más al trompetista.
Y a las palomas. Y a las pañoletas chillonas de las mujeres que venden flores.
Y a los grupos de personas charlando bajo el pórtico de la iglesia.
Mi baúl de libros llegó, esta vez sin problemas.
Lo que sé de mi esforzada vida: que la he vivido.
Los rostros son más pálidos en la memoria que en los daguerrotipos.
No necesito escribir recuerdos ni cartas todas las mañanas.
Otros se ocuparán, siempre con la misma esperanza,
aun sabiendo que no tiene sentido, dedicamos a ello nuestras vidas.
Mi país seguirá siendo lo que es, el patio trasero de los imperios,
seguirá alimentando su humillación con fantasías provincianas.
Salí una mañana a dar un paseo con mi bastón:
Los puestos de los viejos ocupados ahora por nuevos viejos.
Y por donde pasaban las chicas con sus vaporosas faldas
pasean ahora otras, orgullosas de su belleza.
Y chicos haciendo rodar sus aros durante más de medio siglo.
En un sótano un zapatero alza los ojos desde su banco.
Pasa un jorobado con su lamento oculto,
luego una dama elegante, viva imagen de pecados mortales.
Así es como perdura la Tierra, en todas las pequeñas cosas
y en la vida de los hombres, irreversible.
Y eso parece un alivio. ¿Ganar? ¿Perder?
¿Para qué? si el mundo nos va a olvidar de todos modos.

Czeslaw Milosz
(traducido al inglés por Milosz y Robert Hass).

 

 

 

 

DOMINGO POR LA NOCHE

Utiliza las cosas que te rodean.
Esta ligera lluvia
Tras la ventana, por ejemplo.
Este cigarrillo entre los dedos,
Estos pies en el sofá.
El débil sonido del rock and roll,
El Ferrari rojo en el interior de la cabeza.
La mujer que anda a trompicones
Borracha por la cocina…
Coge todo eso,
Utilízalo.

 

 

 

 

UNO MÁS

Se levantó temprano, la mañana llena de expectativas,
preparado para ponerse a escribir. Tomó tostadas, huevos y
café y se fumó unos cigarrillos pensando todo el tiempo en el trabajo
que tenía por delante, el difícil sendero a través del bosque.
El viento empujaba las nubes
por el cielo, agitaba las hojas que quedaban en las ramas
al otro lado de la ventana. Unos días más y desaparecerían,
esas hojas. Ahí había un poema, pude ser;
tendría que pensar en ello. Fue
al escritorio, dudó un buen rato, y entonces tomó
la que vendría a ser la decisión más importante
del día, algo para lo que su imperfecta vida
le había estado preparando. Apartó la carpeta de los poemas ‒
uno en concreto seguía aún en su cabeza tras
el sueño agitado de la noche anterior (pero, en realidad, ¿qué importa
uno más o menos? ¿Qué más da? ¿Nada va a cambiar,
no?). Tenía el día entero por delante.
Mejor limpiar primero la mesa. Tenía que ocuparse
de unas cuantas cosas, asuntos familiares que no podía
dejar para más tarde. De modo que se puso manos a la obra.
Trabajó duro todo el día ‒ pasando del amor al odio,
a la compasión (muy poca), una sensación conocida,
también de la desesperación a la alegría.
Tuvo estallidos ocasionales de ira, luego
se calmaba, al escribir cartas, diciendo “sí” o “no” o
“depende” ‒ explicando por qué o por qué no a personas
que apenas había visto o que nunca vería.
¿Le importaban? ¿Le importaban una mierda?
Algunas sí. Atendió también unas llamadas
e hizo otras que, a su vez, provocaron
la necesidad de hacer alguna más. Siguió así
hasta que se sintió incapaz de hablar más y prometió
llamar al día siguiente.

Por la tarde, agotado y convencido (erróneamente, por supuesto)
de que había completado una honesta jornada de trabajo,
se puso a hacer inventario y tomó nota del par
de llamadas que tendría que hacer a la mañana siguiente si
quería seguir al tanto de las cosas y si no quería
escribir más cartas, que no quería. Pero ahora,
pensó, estaba harto de todos esos asuntos, aunque
seguía igual, terminando la última carta, una que debería haber
contestado hace semanas. Levantó la vista. Casi era de noche.
El viento se había calmado. Los árboles allí seguían, despojados
de casi todas sus hojas. Pero, por fin, su mesa estaba despejada,
sin contar la carpeta de los poemas que le
costaba mirar. Metió la carpeta en un cajón, apartándola de su vista.
Es un buen sitio, un sitio seguro, y sabrá dónde está cuando
necesite descansar las manos sobre ella. ¡Mañana!
Hoy hizo todo lo que podía hacer.
Aún le quedaban un par de llamadas,
se le había olvidado que tenía que llamar él y
también unas cuantas notas que debía mandar a causa de las llamadas,
pero no lo iba a hacer ahora, ¿o sí? Había dejado el bosque atrás.
Podía decirse que había cumplido. Había hecho lo que tenía que hacer.
Lo que su conciencia le había pedido que hiciera. Había cumplido
con sus obligaciones y no había molestado a nadie.

Pero en aquel momento, sentado frente a su ordenada mesa,
sintió vagos remordimientos por el poema que seguía en su cabeza
y había intentado escribir por la mañana, y aquel otro
que no conseguía recordar.

Así son las cosas. Poco más se puede decir. ¿Qué se
puede decir de un hombre que prefirió hablar por teléfono
todo el día y escribir cartas estúpidas
mientras sus poemas quedan desatendidos,
abandonados o,
peor aún, sin empezar? Ese hombre no los merece
y no deberían acudir a él de ninguna de las formas.
Sus poemas, si llega alguno más,
deberían comerlos las ratas.

 

 

 

 

LAS JOVENCITAS

Olvida toda experiencia que implique ahora una mueca de dolor.
Todo lo que tenga que ver con la música de cámara.
Los museos en las tardes lluviosas de domingo, etcétera.
Los viejos maestros, todo eso.
Olvídate de las jovencitas. Trata de olvidarlas.
Las jovencitas. Y todo eso.

 

 

 

 

ANTE UNA VIEJA FOTOGRAFÍA DE MI HIJO

Otra vez es 1974, y ha vuelto una vez más. Sonríe
afectadamente, lleva un mono sobre una camiseta blanca,
sin zapatos. El pelo, largo y rubio, le cae
sobre los hombros como el de su madre
por entonces, y como el de uno de esos héroes griegos
sobre los que yo leía. Pero
el parecido termina ahí. En su cara
esa desdeñosa expresión del sabelotodo,
del pequeño tirano. Encuentro esa expresión por todas partes.
Corroe la memoria como ácido. Es
la expresión que esperaba no volver a ver
otra vez. Quiero olvidarme de ese chico
de la foto ‒ ¡ese idiota, ese bravucón!

¿Qué hay para cenar, mamá? ¡Rápido!
Oye, vieja, levántate, ¿por qué no te levantas? Contesta
cuando te hablan. Me parece que te voy a hacer
una llave de lucha a ver qué te parece. Me apetece.
Quiero que te pongas
de puntillas. Baila para mí. Venga,
vieja, baila. Te enseñaré un par de pasos.
Déjame que te retuerza el brazo. Suplícame que te deje, suplícame
que sea bueno. ¿Quieres que te ponga morado un ojo? ¡Te lo pondré!

Ay, hijo, en aquellos días quise
cien ‒ no, mil ‒ veces que te murieras.
Pensaba en todo lo que dejamos atrás. ¿Quién diablos
sacó esta foto y
por qué aparece ahora,
justo cuando empezaba a olvidar?
Miro la foto y se me encoge el estómago.
Me veo a mí mismo apretando las mandíbulas, los dientes, y
de nuevo me puede la cólera.
Sinceramente, necesitaría una copa.
Eso es una prueba de tu fuerza y tu poder, del miedo
y la confusión que aún me inspiras. Es
la prueba de lo poderoso que fuiste. Ah, odio esta
fotografía. Odio todo en lo que nos hemos convertido.
¡No quiero este artefacto en mi casa ni un momento más!
Puede que se la envíe a tu madre, suponiendo
que todavía esté viva por algún sitio y el correo se la haga llegar
a este lado de la tumba. Si es así, reaccionará
de manera diferente ante ella, lo sé. Tu juventud y
belleza, eso será lo único que verá y celebrará.
Mi niño guapo, dirá. Mi maravilloso hijo.
Examinará la foto buscando su parecido
en los rasgos, y el mío (los encontrará, seguro).
Puede que llore un poco, si es que aún le quedan lágrimas.
Puede ‒ ¿quién sabe? ‒ que hasta eche de menos
aquellos tiempos. ¿Quién sabe nada?

Pero los deseos no se cumplen, y está bien que sea así.
Con todo, seguro que dejará la foto
sobre la mesa un tiempo y pensará en ti
alguna vez. Luego, no muy tarde, irás
a parar al gran álbum de fotos de la familia con los otros dementes ‒
ella misma, su hija y yo, su antiguo marido. Allí estarás
a salvo, mejilla a mejilla con todas tus víctimas. Pero no
te preocupes, hijo. Las páginas pasan, hijo mío. Todos
lo haremos mejor en el futuro.

 

 

 

 

COLIBRÍ

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA Tess

Vamos a suponer que digo verano,
escribo la palabra “colibrí”,
la meto en un sobre
y la llevo colina abajo
hasta el buzón. Cuando abras
la carta te acordarás
de aquellos días y lo mucho,
lo muchísimo que te quiero.

 

 

 

 

PROPINA

No hay otra palabra. Pues eso es lo que fue. Una propina.
Una propina, estos diez años.
Vivo, sobrio, trabajando, amando
y siendo amado por una buena mujer. Hace
once años le dijeron que le quedaban seis meses de vida
si seguía así. Y que por ese camino
no llegaría sino al fondo. De modo que cambió
su modo de vida. ¡Dejó de beber! ¿Y el resto?
Después de eso, todo fue una propina, cada minuto
hasta ahora, incluyendo el momento en que se lo dijeron,
bueno, aunque hubo cosas en su cabeza que se vinieron abajo
y otras que empezaron a formarse. “No lloréis por mí”,
les dijo a sus amigos. “Soy un hombre con suerte.
He vivido diez años más de lo que yo o nadie
esperaba. Pura propina. Y no lo olvido”.

 

 

 

Carver, Raymond. Todos nosotros (Trad. Jaime Priede). Madrid; Ed. Bartleby, 2006.

 

DONDE EL AGUA SE UNE A OTRAS AGUAS

septiembre 7, 2015 Deja un comentario

Frances Bruno Catalano

 

WOOLWORTH’S 1954

No sé de dónde surgió
ni por qué. Pero pienso en ello
desde que me llamó Robert
y me dijo que estaría aquí en unos
minutos para ir a pescar almejas.

Se trata de mi primer empleo, trabajaba
para un hombre que se llamaba Sol.
Cincuenta y pico años, pero
chico de almacén igual que yo.
Había trabajado toda su vida
sin ascender nunca. Pero agradecía
tener trabajo, como yo.
Sabía todo lo que había
que saber sobre la mercancía
de aquel almacén y estaba deseando
enseñármelo. Yo tenía dieciséis años
y trabajaba por menos de un dólar a la hora.
Me encantaba ser lo que era. Sol me enseñó
lo que sabía. Tenía paciencia,
aunque también ayudaba que yo aprendía rápido.

El recuerdo más importante
de toda aquella época: abrir
las cajas de lencería femenina.
Bragas, cosas delicadas y suaves
de ese tipo. Las sacaba
de las cajas a puñados. Algo
dulce y misterioso en esas
cosas desde entonces. Sol las llamaba
“liencería”. ¿Liencería?
Yo qué sabía. También lo dije
así durante un tiempo. Liencería.

Luego crecí. Dejé de ser
chico de almacén. Empecé a pronunciar
bien aquella palabra.
¡Sabía de qué estaba hablando!
Salía con chicas
y mantenía la esperanza de tocar aquella suavidad,
deslizar la mano bajo sus bragas.
Y a veces ocurría. Dios mío,
se dejaban. Y era
liencería, aquellas bragas.
Solían resistirse
un poco cuando se deslizaban
por el vientre, pegándose ligeramente
a la caliente piel blanca.
Pasaban luego por caderas, nalgas
y hermosos muslos, más deprisa
por las rodillas, ¡las pantorrillas!
Llegaban entonces a los tobillos,
que se juntaban para
la ocasión. Y por fin
las tiraba al suelo del coche
olvidándome de ellas. Hasta que tenías
que ponerte a buscarlas.

“Liencería”.

¡Aquellas chicas tan cariñosas!
“Esperad un poco, sois tan hermosa”.
Sé quién decía eso. Es bueno,
lo usaré. Robert y sus
hijos y yo en las marismas
con los cubos y las palas.
Sus hijos, que no prueban las almejas,
cortan el tiempo al decir “Eh”
o “Ay” cuando las almejas se cierran
en las palas llenas de arena
y las echamos al cubo.
Y yo pensando todo el rato
en aquellos días en Yakima.
En bragas suaves como la seda.
La lencería que usaban Jeanne,
Rita, Muriel, Sue y su hermana,
Cora Mae. Todas aquellas chicas.
Ahora han envejecido. O peor.
Lo diré: muerto.

 

 

 

 

ONDAS DE RADIO

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA Antonio Machado

Ha dejado de llover y sale la luna.
No sé nada de ondas
de radio. Pero supongo que se transmiten mejor
después de haber llovido, con el aire húmedo.
En cualquier caso, ahora puedo coger Ottawa, si quiero, o Toronto.
Últimamente, por la noche, me sorprendo a mí mismo
interesado en la política canadiense
y en sus problemas internos. Es verdad. Antes solía buscar
sus emisoras de música. Me sentaba aquí en el sillón
y escuchaba, sin hacer nada ni pensar en nada.
No tengo tele y ya no leo
los periódicos. De noche pongo la radio.

Cuando llegué a este lugar estaba intentando alejarme
de todo. Especialmente de la literatura,
de cómo te atrapa y sus consecuencias.
Un deseo en el alma de no pensar.
De quedarme quieto. Y a la vez
un deseo de ser estricto, sí, y riguroso.
Pero el alma también puede ser una afable hija de puta,
no siempre es de fiar. Y no lo tuve en cuenta.
Le hice caso cuando me dijo: Mejor cantar a lo que se ha ido
y no volverá que a lo que sigue ahí
con nosotros y seguirá ahí mañana. O no.
Y si no, da igual.
Tampoco importa mucho, dijo, si un hombre no le canta a nada.
Ésa es la voz que escuché.
¿Es posible que alguien piense así?
¿Da todo igual, realmente?
¡Qué absurdo!
Pero pensaba estas estupideces de noche
cuando me sentaba en el sillón y escuchaba la radio.

Entonces, Machado, ¡tu poesía!
Era un poco como el hombre maduro que se enamora
de nuevo. Una cosa digna de atención;
desconcertante, también.
Se me ocurren tonterías como colgar tu retrato de la pared.
Y llevarme tu libro a la cama conmigo,
dormirme con él a mano. Una noche
pasó un tren por mis sueños y me despertó.
Lo primero que pensé, con el corazón acelerado
allí en el dormitorio a oscuras, fue esto:
No pasa nada, Machado está aquí.
Y me volví a dormir.

Hoy me llevé tu libro cuando fui a dar
un paseo. “Presta atención”, dijiste,
cuando alguien se preguntó qué hacer con su vida.
Así que miré alrededor y tomé nota de todo.
Luego me senté con el libro al sol, en mi sitio
junto al río, desde donde puedo ver las montañas.
Cerré los ojos y me puse a escuchar el sonido
del agua. Luego los abrí y empecé a leer
“Abel Martín”.
Esta mañana pensé mucho en ti, Machado.
Espero, incluso a pesar de lo que sé de la muerte,
que hayas recibido el mensaje que te envié.
Pero da igual si no es así. Que duermas bien. Descansa.
Antes o después espero que nos encontremos.
Entonces podré decirte estas cosas personalmente.

 

 

 

 

LOS VIEJOS TIEMPOS

Dormitabas frente al televisor
pero aún no te habías acostado
cuando llamaste. Yo estaba dormido,
o casi, cuando sonó el teléfono.
Querías decirme que habías dado
una fiesta. Y que se me echó de menos.
Fue como en los viejos tiempos, dijiste,
y te reías.
La cena fue un desastre.
Todo el mundo estaba borracho perdido a la hora
en que la comida atinó con la mesa. La gente
se lo estaba pasando bien, hasta
que alguien se llevó a la novia
de alguien arriba. Entonces
alguien cogió un cuchillo.

Pero te pusiste delante del tipo
cuando iba a subir
y lograste calmarle.
Se evitó el desastre por un pelo,
dijiste, y te reíste de nuevo.
No te acordabas muy bien
de lo que había ocurrido después.
La gente se puso sus abrigos
y empezó a marcharse. Tú
debes de haberte quedado dormido
un rato frente al televisor
porque te estaba pidiendo a voces
una copa cuando despertaste.
De todos modos, tú estás en Pittsburg
y yo aquí, en este
pueblo en la otra punta
del país. Todo el mundo
se ha ido de nuestras vidas ahora.
Querías llamarme para decirme hola.
Dices que estuviste pensando
en mí, en los viejos tiempos.
Dices que me echas de menos.

Fue entonces cuando me puse a recordar
aquella época y cómo solían
saltar los teléfonos cuando sonaban.
La gente que venía
a primera hora de la mañana
a llamar asustada a la puerta.
No importaba desde dentro.
Me acordé de eso y de cenas tensas.
Los cuchillos en la mesa, a la espera
de problemas. Irme a la cama
con la esperanza de no volver a despertar.

Te quiero, hermano, dijiste.
Se cruzó un sollozo.
Me cogí al auricular
como si fuera el brazo de un colega.
Y deseé abrazarte, viejo amigo.
Yo también te quiero, hermano.
Lo dije y luego colgamos.

 

 

 

 

NUESTRA PRIMERA CASA EN SACRAMENTO

Ahora lo veo con más claridad ‒ incluso por entonces
los días tenían fecha. Tras la primera semana
en la casa que habíamos amueblado
con lo que les sobraba a otros, apareció una noche
un hombre con un bate de béisbol. Y lo alzó.
Pero yo no era el hombre que él creía.
Al final, logré convencerle.
Lloró de frustración cuando dejó
de sentir ira. Nada de aquello tenía que ver
con la beatlemanía. A la semana siguiente, los amigos
del bar en el que todos nos emborrachábamos
trajeron a casa a otros amigos suyos
y jugamos al póker. Le hice perder el dinero de la compra
a un desconocido. Se puso a discutir con su mujer. Lleno de frustración,
atravesó de un puñetazo la pared de la cocina.
Luego, también él despareció de mi vida para siempre.
Cuando dejamos aquella casa en la que nada iba bien,
nos fuimos a medianoche
con un camión de alquiler y una linterna.
Quién sabe lo que se les pasaría por la cabeza a los vecinos
al ver a una familia trasladarse
en mitad de la noche.
La linterna moviéndose tras las ventanas
sin cortinas. Sombras deslizándose de habitación en habitación,
metiendo sus cosas en cajas.
He visto de primera mano
lo que puede hacerle a un hombre la frustración.
Puede hacerle llorar, romper una pared
de un puñetazo. Puede llevarle a soñar
con una casa que sea suya
al final de una larga carretera. Una casa
llena de música, calma, generosidad.
Una casa en la que aún no vive nadie.

 

 

 

 

EL AÑO QUE VIENE

Esa primera semana en Santa Bárbara no fue lo peor.
La segunda semana se cayó de cabeza
por beber justo antes de una lectura.
En la esquina del bar, aquella misma semana, ella le quitó el micrófono
de las manos a la cantante y susurró
su propia canción de desamor. Luego bailó. Y luego se cayó redonda
sobre una mesa. Pero eso no fue lo peor, tampoco. Los metieron
en la cárcel esa misma semana. No conducía él,
así que le ficharon, le dieron un pijama
y le encerraron en Detox. Le dijeron que intentara dormir algo.
Le dijeron que podría ver a su mujer por la mañana.
Pero cómo iba a dormir si no le dejaban
cerrar la puerta de su habitación.
Entraba la luz verde del corredor
y se oía llorar a un hombre.
A su mujer le habían pedido que dijera el alfabeto
en el arcén, en mitad de la noche.
Eso ya es bastante raro. Pero los polis le pidieron también
que mantuviera el equilibrio sobre una pierna, que cerrara los ojos
e intentara tocarse la nariz con el índice.
Se negó a todo.
La encerraron por resistencia a la autoridad.
Él pagó la fianza cuando salió de Detox.
Condujeron de vuelta a casa hechos una ruina.
Pero eso no es lo peor. Su hija había elegido aquella noche
para marcharse de casa. Dejó una nota:
“Los dos estáis locos. Dadme un respiro, POR FAVOR.
No me sigáis”.
Pero esto todavía no es lo peor. Seguían
creyendo que eran el tipo de gente que decían que eran.
Respondiendo a sus nombres.
Noches sin comienzo que no tenían final.
Hablando de un pasado como si realmente lo tuvieran.
Diciéndose a sí mismos que el año que viene,
el año que viene por estas fechas
las cosas iban a ser diferentes.

 

 

 

 

A MI HIJA

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxTodo lo que veo me sobrevivirá.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxAnna Ajmátova

Es demasiado tarde para maldecirte, para desearte,
digamos, la fealdad, como Yeats hizo con su hija. Cuando
la vimos en Sligo vendiendo sus cuadros, había funcionado:
era la mujer más fea y más vieja de Irlanda.
Pero estaba a salvo.
Durante mucho tiempo no entendí
sus motivos. En cualquier caso, es demasiado tarde,
como digo. Ya eres mayor, y preciosa.
Eres una borracha preciosa, hija.
Pero una borracha. No puedo decir que se me parta
el corazón. No tengo corazón cuando se trata
de la bebida. Es triste, sí. Sólo Dios lo sabe.
Tu viejo amigo, ése al que llaman Silo, ha regresado
a la ciudad, y el alcohol ha vuelto a correr de nuevo.
Llevas tres días borracha, me dices,
cuando sabes jodidamente bien que la bebida es veneno
para nuestra familia. ¿No te servimos de ejemplo
tu madre y yo? Dos personas
que se querían a golpes,
que acabaron a golpes con el amor que se tenían, vaciando vaso tras vaso,
maldiciones, desgracias, traiciones.
¡Debes de estar loca! ¿No has tenido suficiente?
¿Quieres matarte? Puede que sea eso. A lo mejor
creo que te conozco y no te conozco.
No te estoy tomando el pelo, niña. ¿Quién te toma el pelo?
Hija, no debes beber.
Las últimas veces que nos vimos lo habías dejado.
El cuello escayolado y además
un dedo entablillado, gafas oscuras para ocultar
el moratón en el ojo. Un labio
que un hombre debería besar en vez de partir.
¡Oh, Dios, Dios, Dios!
Tienes que intentarlo ya.
¿Me oyes? ¡Despierta! Tienes que  cortar con esto
y empezar de nuevo. Tienes que dejarlo por completo. Te lo estoy pidiendo.
Vale, sólo te lo digo. Mira, el destino de nuestra familia
es el despilfarro, no el ahorro. Pero puedes cambiar las cosas.
¡Debes hacerlo, no tienes más remedio!
Hija, no bebas.
Te matará. Como hizo con tu madre y conmigo.
Así.

 

 

 

 

ENERGÍA

Anoche, en su casa, cerca de Blaine,
mi hija intentó explicarme lo mejor que pudo
qué había fallado
entre su madre y yo.
“Energía. La energía de ambos estaba mal encauzada”.
Se parece a su madre
cuando su madre era joven.
Se ríe como ella.
Se aparta el flequillo
de la frente con un gesto como el de su madre.
Apura el cigarrillo
hasta el filtro en tres caladas,
igual que su madre. Creía
que la visita resultaría fácil. Me equivoqué.
Esto es duro, hermano. El pasado
se desborda por mi sueño cuando intento
dormir. Me despierto y me encuentro miles
de cigarrillos en el cenicero y todas
las luces de la casa encendidas. No pretendo
entender nada: hoy seré transportado
a tres mil millas de distancia hasta
los amantes brazos de otra mujer, no
de su madre. No. Ella está atrapada
en el engranaje de un nuevo amor.
Apago la última luz
y cierro la puerta.
Cuando nos movemos hacia cualquier zona del pasado
se ponen en marcha las cadenas
y tira de nosotros, implacablemente.

 

 

 

 

CIERRAS LA PUERTA POR FUERA Y LUEGO TRATAS DE ENTRAR

Así de sencillo, sales y cierras la puerta
sin pensarlo. Y cuando te das cuenta
delo que has hecho
es demasiado tarde. Si parece
la historia de una vida, perfecto.

Estaba lloviendo. Los vecinos que tenían
una llave no estaban. Lo intenté varias veces
por las ventanas de abajo. La mirada fija
en el sofá, las plantas, la mesa,
las sillas y el equipo de música.
La taza de café y el cenicero esperándome
en la mesa de cristal, y mi corazón
que se iba hacia ellos. Les dije: hola, amigos,
o algo parecido. Después de todo,
no era tan grave.
Cosas peores habían pasado. Incluso
tenía su gracias. Encontré la escalera.
La cogí y la apoyé contra la pared.
Subí bajo la lluvia a la terraza,
pasé sobre la barandilla
y lo intenté con la puerta. Estaba cerrada,
por supuesto. Pero volví a mirar hacia dentro,
mi escritorio, los papeles y la silla.
Era la ventana por la que miraba
cuando alzaba la vista de la mesa.
Esto no es como lo de abajo, pensé.
Esto es algo más.

Había allí algo que nunca había visto
desde la terraza. Estar allí dentro y no estar.
No sé cómo explicarlo.
Pegué la cara al cristal
y me imaginé dentro,
sentado a la mesa. Alzando la vista
del papel de vez en cuando,
pensando en otro lugar
y otro tiempo.
La gente que había amado desde entonces.

Me quedé allí un rato bajo la lluvia.
Me consideraba el hombre más afortunado del mundo.
Incluso cuando me pasó por encima una ola de pena.
Incluso cuando me sentí francamente avergonzado
por el daño que había causado.
Le di un fuerte golpe a aquella hermosa ventana.
Y entré.

 

 

 

 

AL MENOS

Quiero levantarme temprano una vez más,
antes de que salga el sol. Antes que los pájaros, incluso.
Quiero echarme agua fría a la cara
y sentarme a mi mesa de trabajo
cuando el cielo empieza a iluminarse y aparece
el humo en las chimeneas
de las casas vecinas.
Quiero ver cómo rompen las olas entre las rocas, no sólo
oírlas como por la noche mientras duermo.
Quiero ver de nuevo los barcos
que llegan de cualquier parte del mundo
y cruzan el Estrecho,
los cargueros viejos y sucios que apenas se mueven,
y los nuevos buques de carga
pintados de todos los colores bajo el sol
tan rápidos que cortan el agua a su paso.
No quiero perderlos de vista,
ni tampoco la pequeña barca que avanza
entre ellos
o la estación del práctico al lado del faro.
Quiero ver cómo bajan a un hombre del barco
y suben a otro a bordo.
Quiero pasarme el día viendo estas cosas
y sacar mis propias conclusiones.
Detesto parecer egoísta ‒tengo muchos
motivos para estar agradecido‒
pero quiero levantarme temprano una vez más, al menos.
Acercarme a mi sitio con un café y esperar.
Sólo esperar a ver qué ocurre.

 

 

 

 

MI HIJA Y LA TARTA DE MANZANA

Me sirve un trozo recién
sacada del horno. Al realizar el corte
sale un ligero vapor. El azúcar y las especias ‒
canela ‒ quemados en la corteza.
Pero lleva gafas oscuras
en la cocina a las diez
de la mañana ‒todo tan sutil‒
mientras me observa tomar
un bocado, acercarlo a la boca
y soplar. La cocina de mi hija,
invierno. Pincho el trozo de tarta
y me digo a mí mismo que no debo meterme.
Ella dice que le ama. No
podía ser peor.

 

 

 

 

MI CUERVO

Un cuervo se posó en el árbol que hay frente a mi ventana.
No era el cuervo de Ted Hughes, ni el cuervo de Galway.
Ni el de Frost, ni el de Pasternak, ni el cuervo de Lorca.
Tampoco era uno de los cuervos de Homero, impregnados
de sangre coagulada tras la batalla. Era sólo un cuervo.
Que jamás encajó en parte alguna
ni hizo nada digno de mención.
Se quedó ahí en esa rama durante unos minutos.
Luego alzó el vuelo maravillosamente
y salió de mi vida.

 

 

 

 

PARA TESS

Afuera en el Estrecho el agua chapotea,
como dicen aquí. Anuncia tormenta, me alegra
no estar fuera. Contento porque estuve todo el día pescando
en Morse Crreek, probando una Daredevil roja, lanzándola
una y otra vez. No saqué nada. Ni una pieza
siquiera, nada. Pero estuvo bien. Fue divertido.
Llevé la navaja de tu padre y durante un rato
me siguió un perro que su dueño llamó Dixie.
A veces me sentía tan feliz que tenía que dejar
de pescar. Una vez me tumbé en la orilla con los ojos cerrados,
escuchando el sonido que hacía el agua
y el viento en la copa de los árboles. El mismo viento
que sopla afuera en el Estrecho pero diferente, también.
Durante un rato incluso me permití imaginar que había muerto,
y eso estuvo bien, al menos durante un par
de minutos, hasta que la realidad caló en mí: Muerte.
Mientras estaba allí tumbado con los ojos cerrados,
justo después de haber imaginado qué ocurriría
si de veras nunca me levantara otra vez, pensé en ti.
Entonces abrí los ojos, me levanté
y volví a sentirme feliz otra vez.
Te lo debo a ti, ya ves. Quería decírtelo.

 

 

 

Carver, Raymond. Todos nosotros (Trad. Jaime Priede). Madrid; Ed. Bartleby, 2006.

 

TODOS NOSOTROS

septiembre 5, 2015 Deja un comentario

Amorsilábico

 

MADERA DE BALSA

Mi padre está en el fogón delante de una sartén con sesos
y huevos. Pero ¿quién tiene ganas de comer algo
esta mañana? Me siento tan frágil
como la madera de una balsa. Alguien acaba de decir algo.
Fue mi madre. ¿Qué dijo? Apostaría
a que algo relacionado con el dinero. Contribuyo
si no como. Mi padre se vuelve desde el fogón,
“Estoy en un agujero. Imposible hundirme más”.
La luz se filtra desde la ventana. Alguien llora.
Lo último que recuerdo es el olor
a quemado de los sesos y los huevos. Toda la mañana
estuvieron en el cubo de la basura mezclados
con otras cosas. Poco después
él y yo vamos en coche hasta el vertedero, a diez millas.
No hablamos. Arrojamos las bolsas y los cartones
al oscuro montón. Chillidos de ratas.
Silban cuando salen de las bolsas podridas
arrastrando la tripa. Volvemos al coche
para mirar el fuego y el humo. El motor en marcha.
Huelo en mis dedos el pegamento del avión.
Me mira cuando me llevo los dedos a la nariz.
Luego mira a lo lejos otra vez, hacia la ciudad.
Quiere decir algo pero no puede.
Está a muchas millas de distancia. Ambos estamos muy lejos
de aquí, y alguien sigue llorando. Es entonces
cuando empiezo a entender cómo es posible
estar en un sitio. Y en algún otro, a la vez.

 

 

 

 

DONDE HAYAN VIVIDO

Fuera donde fuera, aquel día andaba
por su propio pasado. Dando puntapiés a jirones
de recuerdos. Mirando las ventanas
que no hace mucho le habían pertenecido.
Trabajo, miseria y pocos cambios.
En aquella época vivían para sus deseos,
decididos a ser invencibles.
Nada les detendría. Al menos
durante muchísimo tiempo.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxEn la habitación del motel
aquella noche, de madrugada,
abrió una cortina. Vio nubes
cubriendo la luna. Se apoyó
en el cristal. Le traspasó un aire frío
que puso la mano sobre su corazón.
Te amé, pensó.
Te he amado mucho.
Hasta que se me acabó el amor.

 

 

 

 

EL TELEVISOR DE JEAN

Mi vida va sobre ruedas
en este momento. Aunque ¿quién se atreve
a decir que no volveré a flaquear?
Esta mañana me acordé
de una novia que tuve justo después
de mi ruptura matrimonial.
Una chica muy dulce llamada Jean.
Al principio, ella no tenía ni idea
de la parte mala de las cosas. Llevó
su tiempo. Pero, de todos modos,
me amaba un montón, decía.

Y sé que era cierto.
Me dejó quedarme en su casa
cuando dirigía
los mezquinos asuntos de mi vida
por su teléfono. Me compraba
bebida, me decía
que no era un borracho
como todos esos otros, decía.
Me extendía cheques
y los dejaba sobre su almohada
cuando se iba al trabajo.
Me regaló una chaqueta Pendleton
aquella Navidad, y todavía la uso.

Por mi parte, le enseñé a beber.
Y a dormir
con la ropa puesta.
Cómo despertar
llorando en mitad de la noche.
Cuando la dejé, me pagó dos meses
de alquiler. Y me dio
su televisor en blanco y negro.

Hablamos por teléfono una vez,
meses después. Estaba borracha.
Y seguro que yo también.
Lo último que me dijo fue,
¿Podría ver mi tele otra vez?
Miré alrededor
como si el televisor pudiera aparecer
de repente en su sitio otra vez,
sobre la silla de la cocina. O si no,
salir del armario de la cocina
y presentarse. Pero ese televisor
había sido arrojado calle abajo
semanas antes. El televisor que Jean me regaló.

No se lo dije.
Le mentí, claro. Pronto, le dije,
muy pronto.
Y colgué el teléfono
después, o antes, de que colgara ella.
Pero aquellas palabras oídas como en sueños
me hicieron sentir
que había llegado al final de una historia.
Y ahora, con esa última mentira
a mis espaldas,
xxxxxxxxpodía descansar.

 

 

 

 

ESPERANZA

xxxxxxxxxx“Mi mujer -dijo Pinnegar- espera verme tirado como un perro
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxcuando me deje. Es su última esperanza”.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxD. H. Lawrence,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx“Jimmy and the Desperate Woman”

Me dejó el coche y doscientos
dólares. Dijo, Hasta siempre, cariño.
Que te sea leve. Eso
tras veinte años de matrimonio.
Ella sabe, o cree que sabe,
que gastaré  la pasta
en un día o dos, y que finalmente
estrellaré el coche ‒que estaba
a mi nombre y necesitaba reparación, de todos modos.
Cuando salí de casa, ella y su novio
estaban cambiando la cerradura
de la puerta delantera. Me saludaron.
Les devolví el saludo para que se dieran cuenta
de que no le daba importancia
alguna. Luego pisé a fondo
hasta la frontera del estado. Estaba lleno de ira.
Ella tenía razón al pensarlo.

Me uní a los perros y
nos hicimos buenos amigos.
Pero salí adelante. Un largo
camino sin volver la vista.
Dejé a los perros, mis amigos, atrás.
Sin embargo, cuando asomé
la cabeza otra vez por aquella casa,
meses o años después, conduciendo
otro coche, ella se puso a llorar
cuando me vio en la puerta.
Sobrio. Vestido con una camisa limpia,
pantalones y botas. Su última esperanza
no se había cumplido.
Y no tenía ningún otro motivo
para la esperanza.

 

 

 

 

POR EL ESTE, LA LUZ

La casa agitada y llena de gritos toda la noche.
Hacia el amanecer, llegó la calma. Los niños,
buscando algo de comer, se abren
paso a través del desastre del salón
para llegar al desastre de la cocina.
Allí está el padre, dormido en el sofá.
Seguro que se paran a mirar. ¿Quién no lo haría?
Escuchan sus violentos ronquidos
y comprenden que las antiguas costumbres
han vuelto otra vez. ¿Es eso algo nuevo?
Lo que de verdad les sorprende, sin poder apartar la mirada,
es que el árbol de Navidad está en el suelo.
Yace de lado, frente a la chimenea.
El árbol que ellos ayudaron a decorar.
Ahora está roto, los carámbanos y los caramelos
ensucian la alfombra. ¿Cómo pudo ocurrir algo así?
Y ven que su padre ha abierto
su regalo, el que le hace la madre. Es un trozo de cuerda
que asoma a medias de su bonita caja.
Que se cuelguen los dos,
eso es lo que les gustaría decir.
Al diablo con todo, y
con ellos también, eso es lo que están pensando. En fin,
hay cereales en el armario, leche
en la nevera. Llevan los tazones
hasta la televisión,buscan su programa favorito,
e intentan olvidar el revoltijo que hay por todas partes.
Suben el volumen. Otra vez, y luego otra vez.
El padre se vuelve y refunfuña. Los chicos ríen.
Suben el volumen otro poco para que se dé cuenta
de que está vivo. Alza la cabeza. El día comienza.

 

 

 

 

HIJO

Me despertó esta mañana una voz de mi infancia
que decía Hora de levantarse, me levanto.
La noche entera, en sueños, tratando
de encontrar un sitio donde pueda vivir mi madre
y ser feliz. Si quieres que me vuelva loca,
dice la voz, perfecto. Pero si no,
¡sácame de aquí! Soy el único culpable
de haberla traído a este pueblo que odia. De alquilarle
una casa que odia.
De ponerle unos vecinos que tanto odia.
De comprarle unos muebles que odia.
¿Por qué no me diste el dinero y lo gasto yo?
Quiero volver a California, dice la voz.
Me moriré si sigo aquí. ¿Quieres que me muera?
No tengo respuesta para eso ni para nada
en la vida esta mañana. Suena y suena
el teléfono. No quiero acercarme a él por miedo
a oír una vez más ni nombre. El mismo nombre
al que respondió mi padre durante 53 años.
Antes de obtener su recompensa.
Murió justo después de decir: “Lleva esto
a la cocina, hijo”.
La palabra hijo brotando de sus labios.
Temblando en el aire para que todos la oigan.

 

 

 

 

CADILLACS Y POESÍA

Nieve limpia sobre el hielo de esta noche. Ahora,
camino de la ciudad, distraído,
frena demasiado rápido.
Y se ve a sí mismo en un gran coche sin control,
moviéndose de un lado a otro de la carretera en la inmensa
quietud de la mañana de invierno. Enfocado
inexorablemente hacia el cruce.
¿Las cosas que le pasan por la cabeza?
El reportaje de televisión sobre tres gatos callejeros
y un mono con electrodos implantados
en sus cerebros; aquella vez que se paró para fotografiar
un búfalo cerca de donde el Little Big Horn
se une al Big Horn; su nueva caña de pescar
garantizada de por vida;
los pólipos que el médico le encontró en el intestino;
la frase de Bukowski que le viene
a la mente de vez en cuando:
A todos nos gustaría pasearnos por ahí en un Cadillac del 95.
Su mente como una colmena de secreta actividad.
Incluso mientras hace un derrape
en la autopista y se queda mirando
hacia atrás, en la dirección de la que venía.
La dirección de casa y de la relativa seguridad.
El motor se paró. Una vez más
le envolvió aquella inmensa quietud. Quitó la capota
y se secó la frente. Pero, tras considerarlo un momento,
arrancó el coche, dio la vuelta
y continuó hacia la ciudad.
Con más cuidado, sí. Pero pensando todo el rato
en las mismas cosas que antes. Hielo sucio, nieve limpia.
Gatos. Un mono. Pesca. Un búfalo salvaje.
La sutil poesía de pensar en Cadillacs
que aún no han sido fabricados. El efecto castigador
de los dedos del médico.

 

 

 

 

ASIA

Está bien vivir cerca del agua.
Pasan los barcos tan cerca de tierra
que un hombre podría alargar la mano
y arrancar una rama de uno de los sauces
que crecen aquí. Los caballos corren libres
junto al agua, por la playa.
Si los hombre de abordo quisieran, podrían
hacer un lazo con una cuerda, lanzarla y
llevarse uno de los caballos a cubierta.
Algo que les haga compañía
en su largo viaje hacia Oriente.

Desde la terraza puedo observar las caras
de estos hombres mientras se fijan en las caballos,
los árboles y las casas de dos pisos.
Sé lo que piensan
al ver a un hombre saludándoles desde una terraza,
su coche rojo a la entrada.
Le miran y se consideran
afortunados. Qué misterioso deseo
de buena suerte les llega hasta la cubierta de un barco
rumbo a Asia. Aquellos años de trabajos ocasionales
en los almacenes o en los muelles
o de vagar por el puerto sin nada que hacer,
están olvidados. Todo eso les pasó
a otros, a hombres más jóvenes,
si es que pasó.
xxxxxxxxxxxxxLos hombres de a bordo
alzan el brazo y devuelven el saludo.
Luego se quedan quietos, apoyados en la barandilla,
mientras el barco pasa lentamente. Los caballos
salen de debajo de los árboles al sol.
Se quedan quietos como estatuas de caballos.
Mirando el barco que pasa.
Las olas que rompen contra el casco.
En la playa. Y en la mente
de los caballos,donde
siempre es Asia.

 

 

 

 

EL REGALO

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA Tess

Empezó a nevar en plena noche. Húmedos copos
contra las ventanas, la nieve cubriendo
las claraboyas. Estuvimos mirando un rato, sorprendidos
y felices. Contentos de estar aquí y en ningún otro sitio.
Cargué la estufa y ajusté la temperatura.
Nos fuimos a la cama, cerré enseguida los ojos.
Pero por alguna razón, antes de dormirme,
me acordé de aquella vez en el aeropuerto
de Buenos Aires, la tarde en que nos íbamos.
¡Qué tranquilo y desierto estaba todo!
Un silencio mortal salvo el ruido de los motores de nuestro avión
cuando salimos de la terminal
y rodamos por la pista bajo una ligera nieve.
Las ventanas del edificio estaban en penumbra.
No se veía a nadie, ni siquiera al personal de tierra. “Parece
un lugar de luto”, dijiste.
Abrí los ojos. Tu respiración me hizo ver
que estabas dormida profundamente. Te abracé
y salí de Argentina para recalar en el sitio
en que viví una vez en Palo Alto. No nieva en Palo Alto.
Pero tenía una habitación con dos ventanas que daban
a la autopista de Bayshore.
La nevera estaba al lado de la cama.
Cuando despertaba deshidratado en mitad dela noche
todo lo que tenía que hacer para calmar la sed era estirar la mano
y abrir la puerta. La luz interior me llevaba
hasta la botella de agua fría. Un plato caliente
en el baño, junto al lavabo.
Cuando me afeitaba, el cazo de agua borboteaba
junto al tarro de los granos de café.

Una mañana me senté en la cama, vestido, recién afeitado,
tomando café, aplazando lo que había decidido hacer. Finalmente
marqué el número de Jim Houston en Santa Cruz.
Y le pedí 75 dólares. Me dijo que no los tenía.
Su mujer se había ido una semana a Méjico.
Sencillamente no los tenía. Andaba muy justo
ese mes. “Claro”, le dije, “lo entiendo”.
Y lo entendía. Hablamos un poco
más y colgamos. No los tenía.
Terminé el café, más o menos a la vez que el avión
se elevaba hacia la puesta de sol.
Me volví en el asiento para echar una última ojeada
a las luces de Buenos Aires. Luego mantuve los ojos cerrados
todo el largo viaje de vuelta a casa.

Esta mañana hay nieve por todos lados. Reparamos en ello.
Me dices que no has dormido bien. Te digo
que yo tampoco. Pasaste una noche horrible. “También yo”.
Somos extremadamente cuidadosos y tiernos,
como si percibiéramos el desarreglo mental del otro.
Como si supiéramos lo que está sintiendo el otro. No lo sabemos,
claro. Nunca lo sabemos. No importa.
Es esta ternura lo que me importa. Es el regalo
que me sostiene y me hace avanzar.
El mismo de cada mañana.

 

 

 

Carver, Raymond. Todos nosotros (Trad. Jaime Priede). Madrid; Ed. Bartleby, 2006.

 

DINERO [SEGÚN RAYMOND CARVER]

septiembre 3, 2015 Deja un comentario

Carrito dinero

 

DINERO

Para ser capaz de vivir
en el lado correcto de la ley.
Para usar siempre su verdadero nombre
y número de teléfono. Para prestarle algo
a una amiga y no soltar
un taco si la amiga se va de la ciudad.
Esperar, de hecho, que lo haga.
Para darle algo
a su madre. Y a sus
hijos y madres.
No ahorrar. Quiere
disfrutarlo antes de que se acabe.
Comprar ropa.
Pagar el alquiler y el servicio público.
Comprar comida y algo más.
Salir a cenar si le apetece.
¡Y estaría muy bien
pedir algo fuera del menú!
Comprar drogas cuando quiera.
Comprar un coche. Si se avería,
repararlo. O comprar
otro. ¿Ves ese
barco? Podría comprar uno
igual. Y doblar
el cabo de Hornos, buscando
compañía. Conoce a una chica
en Porto Alegre a la que le encantaría
verle a bordo
de su propio barco, a toda vela,
entrar en el puerto a buscarla.
Un amigo que pueda permitirse
venir a verla
de esa forma. Sólo porque
le gusta el sonido
de su risa
y su manera de mover el pelo.

 

 

 

Carver, Raymond. Todos nosotros (Trad. Jaime Priede). Madrid; Ed. Bartleby, 2006.

 

NO SABÉIS LO QUE ES EL AMOR

septiembre 2, 2015 Deja un comentario

Acabo de leerme ‘Todos nosotros’, la edición de la poesía que publicó Bartleby editores con la traducción de Jaime Priede.

Sencillamente demoledor. Un libro que debería estar en cualquier biblioteca que quiera denominarse así.

 

'Todos nosotros' Raymond Carver

 

En la primera lectura he marcado más de una treintena de poemas, pero este fue el poema por el que abrí el libro, un poema que vale por un libro.

 

xxxxNO SABÉIS LO QUE ES EL AMOR
(UNA TARDE CON CHARLES BUKOWSKI)

No sabéis lo que es el amor dijo Bukowski
Tengo 51 años miradme
estoy enamorado de esa piba
Piqué el anzuelo pero ella también está colgada
así que perfecto tío así debe ser
Me llevan en la sangre y no pueden echarme
lo intentan todo para apartarse de mí
pero acaban volviendo
Todas vuelven excepto
una a la que dejé plantada
Lloré por ella
pero aquellos días lloraba por todo
No me paséis un peta de esos
luego me vuelvo insoportable
Podría quedarme aquí sentado
bebiendo cerveza con vosotros toda la noche
Podría beberme diez latas de esta cerveza
y sería como agua
pero no me paséis un peta tíos
os echaré por la ventana
tiraré a todo el mundo por la ventana
ya lo he hecho
Pero no sabéis lo que es el amor
No lo sabéis porque nunca
habéis estado enamorados así de simple
Conseguí a esta piba es maravillosa
me llama Bukowski
Dice Bukowski con esa voz suave
y yo digo Qué
No sabéis lo que es el amor
Os lo estoy diciendo
pero no me escucháis
Ninguno de vosotros lo reconocería
si subiera a esta habitación
y os diera por el culo
Siempre pensé que las lecturas de poesía son una claudicación
Mirad tengo 51 años y mucho andado
que son una claudicación
pero me digo Bukowski
pasar hambre es peor que rendirse
así que vas y nada es como debería ser
Aquel tipo cómo se llamaba Galway Kinnel
He visto su foto en una revista
Tiene buena pinta
pero es profesor
Cristo podéis creéroslo
Resulta que vosotros también
ya os estoy insultando
No, no le he escuchado
ni he oído nada de él
Termitas todos ellos
Puede que sea yo ya no leo mucho
pero esos tipos que se hacen
un nombre con cinco o seis libros
termitas
Bukowski dice
por qué escuchas música clásica todo el día
No sabéis cómo lo dice
Bukowski por qué escuchas música clásica todo el día
Os sorprende no
nunca pensaríais que un bruto bastardo como yo
pudiera escuchar música clásica todo el día
Brahms Rachmaninoff Bartok Telemann
Mierda no podría escribir aquí si no
Demasiado silencio demasiados árboles
Me gusta la ciudad ése es mi sitio
Pongo música clásica cada mañana
y me siento frente a la máquina de escribir
enciendo un cigarrillo como éste y lo fumo
y me digo Bukowski eres un hombre con suerte
Bukowski has pasado por todo
y ahora eres un hombre con suerte
y el humo azul flota sobre la mesa
y miro por la ventana la Avenida Delongpre
y veo a la gente subir y bajar por la acera
y echo una calada así
y dejo el cigarrillo en el cenicero
y respiro profundamente
y comienzo a escribir
Bukowski así es la vida me digo
está bien ser pobre está bien tener hemorroides
está bien enamorarse
Pero no sabéis lo que es estar enamorado
Si pudierais verla sabríais de lo que hablo
Pensaba que me acostaba con alguien aquí arriba
lo sabía
me dijo que lo sabía
Mierda tengo 51 años y ella 25
estamos enamorados y está celosa
Jesús es maravilloso
me dijo que me sacaría los ojos si me tiraba a alguien
aquí arriba
Eso es amor
Qué sabéis vosotros de eso
Dejadme deciros algo
he encontrado en la cárcel tipos con más estilo
que la gente que merodea por la universidad
y acude a lecturas de poesía
Sanguijuelas que van a ver
si el poeta lleva los calcetines sucios
o si le huele el sobaco
Creedme no les decepcionaré
Pero quiero que no olvidéis esto
esta noche sólo hay un poeta en esta habitación
sólo un poeta esta noche en la ciudad
puede que sólo un verdadero poeta en este país esta noche
y ése soy yo
Qué sabéis vosotros de la vida
Qué sabéis de nada
A quién de los que estáis aquí han echado del trabajo
o le ha dejado su piba
o la ha dejado él
Me echaron de Sears and Roebuck cinco veces
Me echaban y luego me volvían a contratar
Fui chico de almacén para ellos cuando tenía 35
y luego me echaron por meter nenas dentro
Yo sé de qué va eso estuve ahí
Tengo 51 años y estoy enamorado
Esta pibita dice
Bukowski
y yo digo Qué y ella dice
estás lleno de mierda
y yo digo tú sí que me entiendes cariño
Ella es la única en el mundo
hombre o mujer
por quien dejaría esto
Pero no sabéis lo que es el amor
Todas vuelven al final
todas ellas
excepto la que os dije
una que dejé plantada
Estuvimos siete años juntos
Bebíamos mucho
Veo un par de copistas en esta habitación pero
no veo a ningún poeta
No me sorprende
Tienes que haber estado enamorado para escribir poesía
y vosotros no sabéis lo que es estar enamorado
ése es el problema
Dadme un poco de esa mierda
Bueno no hace frío bien
está bien hace agradable
así que sigamos este circo en la calle
Ya sé lo que dije pero cataré sólo uno
Este parece bueno
Venga vamos entonces dame éste para recuperarme
Que más tarde nadie se quede cerca
de una ventana abierta

 

 

 

Carver, Raymond. Todos nosotros (Trad. Jaime Priede). Madrid; Ed. Bartleby, 2006.

 

CRÍMENES

Crímenes

 

LOS SOLITARIOS

Sabemos de los corazones solitarios porque tienen la misma conducta de los asesinos.

Son corazones salvajes que no obedecen leyes. Tienen el pérfido don de la mirada y nos contemplan a través de su silencio.

Hay más revelación en sus manos que en su lengua.

Por su actitud inmóvil conocemos la desesperación, acurrucados en la existencia para reconocernos.

Suelen ser hermosos como la oscuridad y pálidos y dulces como los secretos de las niñas.

Es inútil penetrar en su reino: somos espectadores, nada más, de sus actos veloces.

Ellos poseen el corazón y la conciencia, al acecho, para caer sobre nosotros con un gesto en el aire.

 

 

 

ÁNGELES DE LA MUERTE

El pan que como en la oscuridad tiene gotas de sangre.

Yo estuve diez años en un Hospital bebiendo sangre: agua con sangre, café con sangre, hielo con sangre.

Ahora, al atardecer, recuerdo siempre a los enfermos que morían.

Las ventanas del Hospital tenían sangre en los cristales y en el aluminio. A la luz de la luna, las gotas brillaban y eran casi negras.

Yo me pasaba las guardias encorvada sobre mi cuaderno:
xxxAllí me dejé la voz azul que salía de las habitaciones.
xxxAllí me dejé las convulsiones de los que morían mal.
xxxLos pasos débiles de las piernas enfermas.
xxxLa palidez y las lágrimas de los enfermos orgullosos.

Algunas enfermeras entraban en las habitaciones riendo como ángeles, con las sábanas blancas, las sondas, las bateas…

Y salían sudorosas y hostiles, frenéticas de sangre, solitarias, en dirección al bar…

Ahora todos son sombras evaporadas en el pasillo lúgubre donde los amigos íbamos a fumar el último cigarro de la guardia; mientras la limpiadora, con un violento trapo gris, iba recogiendo el brillo de la sangre.

 

 

 

TODOS NOSOTROS

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxTodos nosotros que debutamos
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxen la vida con una tara irremediable,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxque deseábamos tanto y habíamos
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxobtenido tan poco, que con tan
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxbuenas intenciones, tan mal
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxacabamos… Todos nosotros.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxJim Thompson

Todos nosotros.
Los que nacimos rechazando la política y las leyes.
Los orgullosos.
Los que sabíamos que extraían de nuestra percepción la libertad.

Todos nosotros.
Que crecimos en pueblos y en ciudades aún azules.
Que fuimos incalculables niños instintivos y lunáticos.

Todos nosotros.
Viajeros.
Los que atravesamos la oscuridad del sexo y la habitamos.
Los buscadores de belleza.
Los que probamos las exóticas sustancias y vivimos en el cine y en la noche.

Todos nosotros.
Generación, tribu, conjunto de perdedores que imaginamos
que la ruina era el más alto honor.

Todos nosotros.
Los desterrados ahora de aquel grupo.
Los olvidados, los oscuros, los ausentes.
Los abandonados y los destruidos.

Todos nosotros.
Los que ya no soñamos. Los que somos compradores de todo.
Los arrasados por el dinero y por las guerras.

Los que ahora somos impenetrables asesinos blancos.

Los que contemplamos la luna desde el cielo.

 

 

Correyero, Isla. Crímenes. Madrid: Ed. Libertarias, 1993.

 

Daftar Harga Mobil Bekas

Literatura, música y algún vicio más

El lenguaje de los puños

Literatura, música y algún vicio más

Hankover (Resaca)

Literatura, música y algún vicio más

PlanetaImaginario

Literatura, música y algún vicio más

El blog tardío de Elena Román

Literatura, música y algún vicio más

Del verso y lo adverso 9.0

Literatura, música y algún vicio más

DiazPimienta.com

Literatura, música y algún vicio más

El alma disponible

Literatura, música y algún vicio más

Vicente Luis Mora. Diario de Lecturas

Literatura, música y algún vicio más

Las ocasiones

Literatura, música y algún vicio más

AJUSTES Y OTRAS CUENTAS

Literatura, música y algún vicio más

RUA DOS ANJOS PRETOS

Blog de Ángel Gómez Espada

PERIFERIA ÜBER ALLES

Literatura, música y algún vicio más

PERROS EN LA PLAYA

Literatura, música y algún vicio más

Funámbulo Ciego

Literatura, música y algún vicio más

pequeña caja de tormentas

Literatura, música y algún vicio más

salón de los pasos perdidos

Literatura, música y algún vicio más

el interior del vértigo

Literatura, música y algún vicio más

Luna Miguel

Literatura, música y algún vicio más

VIA SOLE

Literatura, música y algún vicio más

El transbordador

Literatura, música y algún vicio más

naide

Literatura, música y algún vicio más

SOLIPSISTAS DEL MUNDO

Literatura, música y algún vicio más

MANUEL VILAS

Literatura, música y algún vicio más

El fin de las siestas

Literatura, música y algún vicio más

Escrito en el viento

Literatura, música y algún vicio más

un cántico cuántico

Literatura, música y algún vicio más

Peripatetismos2.0

Literatura, música y algún vicio más

Hache

Literatura, música y algún vicio más