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CARVER Y YO

Carver y yo

 

RAYMOND CARVER, 1938-1988

Aunque no haya expresado de esa forma mi dolor por la pérdida de Ray, comprendo que Leonard Bernstein se metiera en la cama durante seis meses cuando su esposa murió de cáncer. De todas formas, en mi familia nadie habría podido darse ese gusto. Tienes que levantarte, hacer el esfuerzo de aparentar normalidad y cumplir con lo que te toca, sin que importe mucho cómo te sientes. Forma parte de la moral de la clase trabajadora, supongo. Y de ahí venimos Ray y yo. Ray me dijo una vez, hablando de la época anterior a nuestro encuentro, que nunca había tenido tiempo para caer en una depresión. La “voluntad de hierro” a la que se refiere en uno de sus poemas es necesaria para la creación y quizá se forje a base de “no tener más remedio que seguir adelante”.
xxRay y yo aprendimos juntos algo más. Aprendimos a seguir adelante con esperanza. Cuando unimos nuestras vidas hace casi once años en El Paso, Texas, empezábamos a recuperarnos tras haber cruzado un desierto de desesperanza. Entre ambos dejábamos atrás algo así como treinta años de fracaso matrimonial. Más tiempo del que tendríamos para reconstruir la confianza. Buscamos juntos un lugar en el que la confianza fuera nuestra segunda naturaleza y prometimos ayudarnos el uno al otro. Solíamos decirnos: “No me idealices, cariño. No me idealices”. Y puedes creerme, para entonces ya habíamos vivido lo suficiente para saber de qué hablábamos.
xxPuede que sepas la historia. Ray había dejado el alcohol un año antes de irnos a vivir juntos. Se sentía perdido, tenía miedo de no volver a escribir. Se alejaba literalmente del teléfono cuando sonaba. Había tenido que declararse insolvente un par de veces. Aún recuerdo como alzó los ojos al ver mi tarjeta de crédito.
xxAhora me parece que entre los dos logramos que recuperara las ganas de divertirse, y algo más, lo necesario para sentir un inmenso placer viendo disfrutar a los demás. Esto no había sido siempre así, desde luego. Tras su muerte he sido la depositaria de todos los recuerdos y las historias que la gente sabía de él. He leído cartas de amigos que le conocieron en el periodo al que luego se refería como “Raymond el Malo”, época en la que era, como dijo un amigo escritor, “el hombre más triste que haya conocido nunca”. Veinte años después ambos se volvieron a encontrar y su amigo quedó atónito ante semejante transformación.
xxTheodore Roethke escribió: “Las cosas buenas les pasan a los hombres felices”, y yo tuve el privilegio de ver cómo Ray se convertía en un hombre feliz. Recuerdo a menudo lo contento que estaba por el mero hecho de sentirse vivo. Precisamente por eso, lamentaba tener que irse tan pronto. No hay por qué ocultarlo. Si hubiera sido solamente cuestión de voluntad, hoy estaría vivo.
xxCon todo, Ray, a cada nuevo giro de su enfermedad, se preguntaba qué podía hacer con el tiempo que le quedaba. Eligió trabajar y escribir sus poemas a pesar del pánico que le provocaba su tumor cerebral y más tarde, en junio, la reaparición del tumor en los pulmones. Su respuesta al duro golpe consistió en buscar algo bueno que celebrar y el diecisiete de junio nos casamos en Reno, Nevada. Fue una ceremonia muy carveriana en la pequeña iglesia que está frente al ayuntamiento. Después fuimos a jugar al Harrah’s Club y gané cada vez que me tocaba darle a la rueda. No podía dejar de ganar.
xxEn los últimos días, Ray sabía que su relato estaba llegando al final: “Nos estamos saliendo de esta historia, cariño”, me decía. Se consideraba afortunado por ser consciente de ello. Aún tuvo algo que celebrar cuando se publicó aquella primavera Desde donde llamo, su último libro de relatos. Hubo un breve interludio en el sufrimiento mental que le acarreaba su enfermedad y recibió de muy buen grado y lleno de agradecimiento las buenas críticas, el ingreso en la Academy American y en el Institute of Arts and Letters, el doctorado en letras por la Universidad de Hartford y la Brandeis Medal for Excellence.
xxMe siento como si estuviera homenajeando desde la tristeza al artista y al hombre. También a esa particular entidad que fue nuestra relación y que propició la maravillosa alquimia de nuestras vidas, una luminosidad recíproca. Hay un término científico que lo define: mutualidad. Nos ayudamos, nos alimentamos, nos protegimos el uno al otro y, lo que es más importante, en el sentido que le da Rilke a la expresión, protegimos y guardamos la soledad del otro. Siempre nos estábamos preguntando: ¿Qué es lo que realmente importa?
xxRay fue mi estímulo para escribir relatos y yo el suyo para sus relatos y sus poemas, poemas de los que logró extraer su propio equilibrio espiritual, porque en el momento de su muerte era, creo, uno de esos escasos seres purificados para quien, como dice Tolstoy, el amor es la única respuesta. Disfrutó cada día la seguridad y el confort con que lo halagué. Como dijo Simone de Beauvoir a las feministas que le pedían explicaciones por la devoción que sentía por Sartre: “Es que me gusta trabajar en ese jardín que está al lado del mío”. Echaré de menos trabajar en ese jardín tan real y tan extraño, el jardín de Ray. Todo lo que yo haya hecho crecer en él me fue devuelto con el don de su interés por mi propio trabajo. Tras su muerte, sólo he encontrado consuelo ordenando su último libro. En casa echo de menos su encanto, su risa. También su inagotable generosidad, porque era, antes que ninguna otra cosa, mi mejor amigo.
xxTodo lo que puedas intuir sobre Raymond Carver, que era un hombre dispuesto a hacer las cosas de manera decente, correcta y generosa, es cierto. Puedo asegurártelo desde dentro. Él era así. Y logró ser así a pesar de llevar una vida bastante complicada. Sus problemas no se terminaron con aquella otra vida de chico malo, como puede comprobarse leyendo sus relatos y sus poemas.
xxUna de las partes de su último libro se abre con una cita de Robert Lowell: “Sin embargo, ¿por qué no decir que sucedió?” Me parece que resume perfectamente la actitud vital y literaria de Ray. Se sentía culpable por “lo que había sucedido” y se ganó su redención (también la de alguno de nosotros) con su literatura.
xxPocos días después de su muerte, entré en su estudio de Port Angeles, el estudio con el que siempre había soñado, con una chimenea y una vista del valle y las montañas con el mar al fondo, y me senté a su mesa durante un rato. Allí estaba sentada, sin más. Entonces me agaché y abrí un cajón. Dentro encontré una docena de carpetas llenas de ideas para futuros relatos que le habrían ocupado por lo menos hasta 2015. Me duele que no vayamos a tener oportunidad de leer esas historias. Pero no puedo sentirme triste por eso, debo pensar en lo mucho que fue capaz de darnos en tan poco tiempo. Debemos aceptar la suerte que eso supone para nosotros, porque además Ray se consideraba afortunado y estaba agradecido por ello, e hizo todo lo posible para mostrar su agradecimiento al mundo. Y lo logró.
xxUna semana después de su muerte, estaba con un amigo junto a la tumba de Ray contemplando el Estrecho de Juan de Fuca allá abajo, cuando él recordó una frase de Rilke: “Y estaba presente en todo lugar, como la hora del atardecer”. Termino ya con el último fragmento escrito por Ray:

xxxxxxxxxx¿Y conseguiste lo que
xxxxxxxxxxquerías de esta vida?
xxxxxxxxxxLo conseguí.
xxxxxxxxxx¿Y qué querías?
xxxxxxxxxxConsiderarme amado, sentirme
xxxxxxxxxxamado sobre la tierra.

 

 

 

 

 

PEDÍ QUE SE REZARA UNA ORACIÓN

ante su tumba,
aunque lo hiciéramos torpemente muchos de los que estábamos
y pareciera arriesgado hacerlo, rezar
allí en el acantilado sobre el estrecho.
Recuerdo que una vez invitó a sus amigos
a que bendicieran la mesa
porque sabía que lo hacían
cuando él no estaba.

Era el décimo aniversario
de su muerte. Había cerrado los ojos
porque así es como aprendí a rezar
cuando era niña, y así es como
rezo. En esto la voz de mi amigo y
del mundo. Una voz que dijo: la oración ha de ser un momento
de silencio en el que cada uno
realice una ofrenda.

Silencio, entonces.
Y, mientras estábamos así,
el viento del Estrecho se abalanzó
como una mano sobre las campanillas de la lápida.
Pensé: “él está aquí”, y lo mismo
alguno más. Lo comentamos
luego. Lo habíamos percibido.
Así es como se acercó para estar con nosotros.
A través de aquel sonido encontró
la manera de hablarnos. Le escuché a todo él en aquel instante
de eternidad. El metal brillante
de las campanillas manipulando el aire del mar. Luego
el precipicio de paz
al que la tierra
parecía caer en silencio.
Y luego silencio
después del silencio.

 

 

 

Gallagher, Tess. Carver y yo (Trad. Jaime Priede). Madrid; Ed. Bartleby, 2007.

 

EL PUENTE QUE CRUZA LA LUNA

El puente que cruza la luna

 

 

Ahora somos como aquel montón mate de arena
del jardín del Pabellón de Plata de Kyoto,
diseñado para revelarse sólo a la luz de la luna.

¿Quieres que esté de duelo?
¿Quieres que guarde luto?

¿O, como la luz de la luna en la arena blanquísima,
que use tu oscuridad para brillar, para relucir?

Brillo. xxxEstoy de duelo.

 

 

 

 

LEYENDO LA CASCADA

Aquellas páginas cuyas esquinas
doblaba son ahora pañuelos, atados
a la última luz de cada uno de sus árboles preferidos,
junto a los que se detenía, y que me señalan el camino
con certeza, como si hubiera ordenado a bandadas
de pájaros que hiciesen susurrar a las hojas en lo alto.

Miro a lo alto a menudo, y pienso en
sus nidos tibios o dejo
que un rasgueo de reconocimiento vibre como un koto,
como si su cabeza aún me mirara por encima del hombro,
rodeada por una niebla fría, dispuesta a encontrar la salida
por una escalera de mármol batida
por sus pisadas. Mis cuentas de ámbar se dirigen, flotando, hacia el mar,
en una sencilla vaina de guisante –igual que las que botan los niños–,
como un carguero cuyo destino fuera perderse.

Cuántas veces me mantiene viva media cerilla,
cuando recuerdo su voz atravesar las habitaciones
y acudir yo a su llamada, para escuchar algunos versos
que él recitaba de forma contradictoria,
como si añadiese una ala de lastre y
descubriera el vuelo.

Tanto del amor se curva ahí,
donde su pluma encerraba entre paréntesis
el pareado, a media página, que mi ajuar,
aún sin estrenar, me atrae poderosamente,
como una frente a la que se invitara demasiado
y se diese a la paradoja.

Me permite vestirme deprisa para el viaje,
como la mejor forma de dejarme lo que se desvanece,
según esté listo o no; él lo está y se desliza
junto a mi cama, en domingo,
hasta que somos como los muertos dando agua
a los muertos, sin reparar en que nuestra tenue sed
es insaciable.

 

 

 

 

RESCOLDOS

Sufría el exceso de luz
igual que nuestras tardes se recuperan de
la lluvia matinal partiendo la habitación
en dos. Le leo para que le alcance otra
voz, para tocarlo más, y unirme
a nuestra escucha o a nuestras carcajadas o a nuestra mutua irrisión.
Ser uno y ninguno. A veces una rima puede
absorber su sustancia, y, sin embargo, librar
una segunda duración. Hablar en voz alta junto a una tumba
rompe el silencio, para que trascienda
otro calor. No decir, sino el fulgor
de que dijéramos.

 

 

 

 

TRAS LOS CHINOS

Al amanecer, un viento del Norte ha zarandeado
la nieve de las ramas de los abetos. Ningún disfraz
dura demasiado. ¿Pensabas que no había vientos
debajo de tierra? Mi caballo tártaro prefiere
el viento del Norte. ¿Pensabas
que la muerte y un poco de tiempo me detendrían?
¿Acaso no me elegiste por mi condición
obstinada, por los ojos verdes que ahuyentaban
a los timadores y engañabobos de nuestra puerta?
He abierto un pequeño sendero, un círculo ovoide
alrededor de tu tumba, para mantener el calor
mientras te hablo. Soy la única
en el cementerio. Elegiste bien. Nadie
es tan obstinada como yo, y mi caballo tártaro
prefiere el viento del Norte.

 

 

 

 

ENCUENTRO MÁS ALLÁ DEL ENCUENTRO

Se cierne aquí tu amenaza, cuando el mar
revela su hora más negra antes del anochecer,
y vuelve después sobre sus pasos para llevárselo todo.
Pero durante un rato los árboles se recortan
contra una espesa franja de espliego, al otro lado
de un puente de luz de ribetes rosas.
Aún podría creerme que las puertas se abriesen
y que aparecieras tú,
un poco sorprendido de que no estuviese todavía
con nadie.

Ahora la luz se ha extinguido
y nosotros, que conocíamos cada curva y cada pendiente y cada cicatriz,
debemos invocarnos mutuamente, como manos que cogieran orquídeas
en la oscuridad. Sólo por su fragancia podemos saber
cuánto hay que apretar.

 

 

 

 

PARAÍSO

La mañana y la noche desajustadas.
El amigo de la infancia,
que se había quedado despierto en casa por mí, se marchó
para que pudiera permanecer a solas con la poderosa almadía de su cuerpo.

Parecía que estaba solo para escuchar, una eternidad
para mí inesperada. Así que le hablaba; le contaba
cosas que necesitaba oírme
decirle, y él escuchaba, puedo afirmar que “pacíficamente”,
aunque quizá fuese sólo un efecto suyo, la seguridad del cuerpo
cuando se reduce a un único músculo. Empero, creo que oí
mi propia voz, igual que él debió de oírla, anhelante
como las narinas de una yegua que resoplara suavemente
en su húmeda presencia: significaba
que todo iba bien, que todo estaba en calma, pero que aún había de sufrir
en el lugar del que te habías ido.

 

 

 

 

DEJO DE ESCRIBIR EL POEMA

para doblar la ropa. Da igual quién viva
o quién muera: sigo siendo una mujer.
Siempre tendré mucho que hacer.
Doblo las mangas de su
camisa. Nada puede frenar
nuestra ternura. Volveré
al poema. Volveré a ser
una mujer. Pero, por ahora,
tengo una camisa, una camisa gigantesca
entre las manos, y, en algún lugar, una niña pequeña,
al lado de su madre,
la mira para aprender cómo se hace

 

 

 

 

ME PONGO EL VESTIDO NUEVO DE PRIMAVERA

El samuray Yamato Takeru-no-Mikoto, héroe del Kojiki,
se “convirtió en un pájaro blanco al morir”.
No es casualidad que en la lápida
a tu izquierda se lea “Blanco”, y en la de la derecha
hayan cincelado “Pájaro”. Quien haya podido disponerlo así,
sin saber dónde iba a ser enterrado, tiene que dar miedo.

Quemo cucuruchos de incienso y observo al humo dulzón
circundar nuestros rostros. Ayer, cuando alguien
me preguntó qué tal estaba, me reí
como una mujer cuyo destino fuera dormir junto a una espada.
Pájaro blanco: así te llamo cuando sueño con volar.

 

 

 

 

HABITACIÓN INFINITA

Habiendo perdido el futuro con él,
estoy dispuesta a amar a quienes
no me ofrezcan futuro –la forma
que tiene el corazón de extraviarse
en el tiempo–. Él me lo dio todo, hasta
el último y jaspeado instante, pero no como un exceso,
sino como si un propósito oculto fuese
una fuente junto al camino
a la que pudiera acercar mis labios y saciarme
de recuerdos. Ahora el amor en una habitación
puede hacer que me pierda con suma facilidad,
como una niña que hubiese de volver deprisa a casa
ya de noche, y tuviera miedo de
encontrarla vacía. O sólo miedo.

Dime otra vez que esto sólo va a durar
lo que dure. Quiero ser
frágil y verdadera, como quien prolonga
el momento con su muerte intacta,
con su corazón, demasiado sabio,
limpio de los desechos que llamamos esperanza.
Sólo entonces podré volver a visitar al último superviviente
y saber, con la alborotada exactitud
de una ventana rota, lo que quería decir,
con todo el tiempo ido,
cuando decía: “Te quiero”.

Y ahora ofréceme de nuevo
lo que pensabas que no era nada.

 

 

 

Gallagher, Tess. El puente que cruza la luna (Trad. Eduardo Moga). Madrid; Bartleby editores, 2006.

 

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