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TÚ ODIABAS ESPAÑA

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TÚ ODIABAS ESPAÑA

xxxxxxxxxxxxxxxxEspaña te atemorizaba. España
Donde yo me sentía como en casa. La luz cruda, sanguinolenta,
Los rostros color anchoa, los perfiles negroafricanos
De todas las cosas te atemorizaban. En cierta manera,
Tu educación escolar había obviado España.
La reja de hierro forjado, la muerte y el tambor árabe.
Desconocías el idioma, tu alma estaba vacía
De signos, y la luz fundidora
Te agostaba la sangre. El Bosco
Te tendió su pata de araña y tú la asiste
Tímida como una colegiala estadounidense.
Observaste detenidamente la mueca fúnebre de Goya
Y la reconociste, y luego retrocediste estremeciéndote
Igual que tus poemas en su escalofrío, igual que tu pánico
Volvía a aferrarse al college, a Estados Unidos.
Como buenos turistas asistimos a una corrida,
Toros aturdidos, sacrificados en una torpe carnicería,
El matador de cara gris, en la barrera
Justo debajo de nosotros, enderezando el estoque
Y vomitando su miedo. Y el cuerno
Que fue a ocultarse en el vientre del moscardón
Del picador caído ya perforó entonces
Lo que aguardaba por ti. España
Era la tierra de tus sueños: el cadáver rojo-polvo
Con el que temías despertar, los costurones de las amputaciones
Que ningún curso de literatura había podido embellecer.
La tierra del yuyu tras tus labios africanos.
España era aquello de lo que intentabas despertar
Y no podías. Aún puedo verte, bajo la luz de la luna,
Paseando por el muelle vacío de Alicante
Igual que un alma esperando el ferry,
Una nueva alma que aún no comprende lo que le pasa,
Pensando que sigues en tu luna de miel
En el mundo feliz, y que tienes toda tu vida por delante,
Feliz, y todos tus poemas por hallar.

 

 

 

Hughes, Ted. El azor en el páramo (Trad. Xoán Abeleira). Madrid; Bartleby editores, 2010.

 

‘CHAUCER’, DE TED HUGHES

diciembre 30, 2016 Deja un comentario

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CHAUCER

“Whan that Aprille with his shoures soote
The droghte of March hath perced to the roote…”
A pleno pulmón, balanceádote en la escalerilla de una cerca,
Con los brazos alzados — un poco para equilibrarte, un poco
Para sujetar las riendas de la forzada atención
De tu imaginaria audiencia — empezaste a recitar a Chaucer
A un prado de vacas. El cielo de la Primavera lo había propiciado
Con su colada al viento, el flamante esmeralda
De los espinos, el espino blanco, el espino negro,
Y una de aquellas copas repletas de champaña
Que agarraste en un arrebato de pura dicha.
Tu voz cruzó los campos hacia Grantchester,
Sonando quizá como perdida. Pero las vacas primero
Te observaron, luego se acercaron: les gustaba Chaucer.
Y tú seguiste y seguiste. Había una, varias razones
Para recitar a Chaucer. Al llegar al pasaje de la Comadre de Bath,
Tu personaje favorito de la historia de la literatura,
Estabas extasiada. Y las vacas, embelesadas.
Se empujaban, se daban empellones entre sí, formando un círculo
Para mirarte la cara, soltando de vez en cuando algún bufido
De admiración, avivados su asombro y su atención,
Prestando oídos para captar cada una de tus inflexiones,
Aunque manteniéndose a dos metros de reverente distancia
De ti. Tú estabas pasmada, apenas podías creerlo
Ni tampoco parar. Pues ¿qué sucedería
Si te callases de golpe? Podrían atacarte,
Asustadas por el brusco silencio, o porque quisiesen más.
Por eso seguiste. Y seguiste —
Ante una veintena de vacas hipnotizadas por ti.
¿Cómo diablos lograste parar? No recuerdo
Que lo hicieses. Supongo que las vacas se fueron
Dispersando, bamboleándose, poniendo los ojos
En blanco, como atraídas por el forraje.
O quizás las espantase yo, no lo recuerdo. Pero
Tu interpretación en sostenuto de Chaucer
Ya era una obra eterna. Lo que ocurrió después
Me pilló desprevenido, con la mente demasiado ocupada,
Y debió de caer nuevamente en el olvido.

 

 

 

Hughes, Ted. El azor en el páramo (Trad. Xoán Abeleira). Madrid; Bartleby editores, 2010.

 

EL RÍO

diciembre 28, 2016 Deja un comentario

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EL RÍO

Caído del cielo, yace
En el regazo de su madre, roto por el mundo.

Pero el agua seguirá
Manando del cielo.

En su mudez profiriendo el fulgor del espíritu
Con la boca partida.

Dispersas en un millón de pedazos, bajo tierra
Sus tumbas secas se rajarán al surgir una señal en el cielo,

Al rasgarse los velos.
El río se alzará, subirá en un tiempo posterior a los tiempos,

Tras haberse tragado la muerte y la fosa
Volverá inmaculado

A liberar este mundo.
Pues el río es un dios

Hundido hasta las rodillas entre los juncos, observando a los hombres,
O colgado de los talones en la puerta de una presa

El río es un dios, y un dios inviolable.
Inmortal. Y algún día se lavará todas sus muertes.

 

 

 

Hughes, Ted. El azor en el páramo (Trad. Xoán Abeleira). Madrid; Bartleby editores, 2010.

 

CUERVOS

diciembre 25, 2016 Deja un comentario

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CUERVOS

Mientras cruzábamos la puerta de la valla para echar un vistazo a los nuevos corderos
Sobre el horizonte suave, terso de hierba,
Un cuervo se disparó al aire desde el centro del campo
Y se alejó deslizándose bajo los duros destellos, rastrero y culpable.
Las ovejas mordisqueando, hincando las rodillas para mordisquear la hierba, reacia
xxxa que la sigan mordisqueando.
Las ovejas escrutando, parando un momento para pensar y luego volviendo a mascar,
Volviendo a parar. Por allí se ve un cordero nuevo
Intentando erguirse, topetando el morro de su madre
Mientras ella mordisquea el azúcar que lo recubre,
Con los jirones de la bandera de su triunfo ondeando y pingando de su vulva.
La madre estornuda y un haz de agua centellea en su vulva.
Así, una y otra vez, hasta vaciarse.
Luego continúa analizando su nuevo regalo para ver cómo va.
Por allí hay algo más. Pero tú sigues interesado
En ese nuevo, en su nuevo chispazo de voz,
En su pequeñez.
Hasta que por allí, por donde andaba el cuervo,
Otra cosa reclama tu atención. Un cordero que nació muerto
Hace una hora o dos, retorcido como una bufanda,
Con el amasijo de viscosidades, transparencias, carmesíes,
Hilachas y tejidos que conformaban sus entrañas arrancado
En tiras rectas, como las cuerdas de una tienda de campaña,
De su vientre abierto boca arriba como una pantufla de lana de cordero,
La fina anatomía de sus costillas plateadas y su cavidad a la vista,
La cabeza también vaciada a través de las cuencas de los ojos,
Los lanosos miembros vendados con restos de amnios, aunque es imposible
Decir ahora cuál de las vejas que pacen tranquilamente en este campo
Lo parió. Te explico
Que murió al nacer. Deberíamos haber estado aquí, para ayudarle.
Pero no: murió al nacer. “¿Y gritó?”, me gritas.
Levanto la carga oscilante, grasienta, agarrándola por las pezuñas, tan blandas aún
xxxcomo las almohadillas de los perros,
Pues tan sólo han hollado el agua del amnios,
Y sus fibras desgajadas por el cuervo van pendiendo, a rastras,
Su cabeza inerme bamboleándose, y “¿Gritó?”, me gritas de nuevo.
Sus patas de dos dedos se dilatan bajo la piel debido a la presión,
Entre mis dedos y mi pulgar. Y, mira, ahí hay otro,
Recién nacido, todo negro, desplegando su trípode, yendo de puntillas nuevas
Hacia su madre, y ensayando la primera nota
Que descubre en su boca. Pero tú tan sólo tienes ojos ahora
Para el bulto hecho jirones del cordero desechado.
“¿Gritó?”, sigues preguntando, con una insistencia de tres años de edad
A campo abierto y penetrante. “Oh sí”, te digo, “claro que gritó”.

Aunque éste fue bastante afortunado, teniendo en cuenta
Que intentó nacer bajo un viento cálido
Y que su primer día de muerte fue cálido y azul,
Que las urracas se marcharon apacibles con doméstica felicidad,
Que las alondras no se preocuparon por nada,
Que el endrino brotó lleno de confianza
Y que el horizonte de colinas, tras millones de años arduos,
Se asentó suavemente.

 

 

 

Hughes, Ted. El azor en el páramo (Trad. Xoán Abeleira). Madrid; Bartleby editores, 2010.

 

CANCIÓN DE NOVIOS OCULTOS

diciembre 21, 2016 Deja un comentario

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CANCIÓN DE AMOR

Él y ella se amaban
Los besos de él le succionaban todo su pasado y su futuro o eso intentaban al menos
Ella era lo único que a él le apetecía
Ella lo mordía lo roía lo chupaba
Quería tenerlo entero dentro de sí
Sano y salvo por siempre jamás
Los pequeños gritos de ambos revoloteaban entre las cortinas

Ella lo escrutaba procurando que nada se le escapase
Clavándole con sus miradas las manos las muñecas los codos
Él la asía con fuerza para evitar que la vida
Pudiese arrastrarla desde aquel instante
Quería que el futuro cesase de golpe
Quería desmoronarse abrazado a ella
Precipitarse desde el borde de aquel instante en la nada
En la eternidad o en lo que hubiese
El abrazo de ella era una inmensa prensa
Con la que lo imprimía en sus huesos
Las sonrisas de él eran los desvanes de un palacio de fábula
Adonde el mundo real jamás llegaría
Las de ella eran picaduras de araña
Y él aguardaba inmóvil acostado a que ella tuviese hambre

Las palabras de él eran ejércitos de ocupación
Las risas de ella intentos de asesinato
Las miradas de él eran balas dagas vengativas
Las de ella fantasmas agazapados en la esquina con horribles secretos
Los murmullos de él eran látigos y botas de montar
Los besos de ella abogados escribiendo constantemente
Las caricias de él eran los últimos anzuelos de un náufrago
Las artimañas amorosas de ella el chirrido de unos cerrojos
Y los profundos gemidos de ambos se arrastraban por el suelo
Como un animal acarreando un enorme cepo

Las promesas de él eran un separador quirúrgico
Las de ella le quitaban la tapa de los sesos
Con la que anhelaba forjarse un broche
Él con sus votos le arrancó los tendones
Para enseñarle a hacer un nudo de amor
Ella con los suyos le arrancó los ojos para conservarlos en formol
En el fondo de su cajón secreto
Los chillidos de ambos se clavaron en la pared

Mientras dormían sus cabezas se quebraron como las dos mitades
De un melón partido, pero el amor es algo imposible de parar

En sus sueños entretejidos intercambiaron brazos y piernas
Sus cerebros se tomaron mutuamente como rehén

Al amanecer cada uno lucía el rostro del otro

 

 

 

 

LA NOVIA Y EL NOVIO YACEN OCULTOS TRES DÍAS

Ella le da unos ojos que ha encontrado
Entre algunos escombros, entre algunos escarabajos

Él le da una piel nueva
Como si acabase de arrancársela al aire para recubrirla mientras
Ella solloza de miedo y de asombro

Ella ha encontrado unas manos para él y se las ha encajado en las muñecas,
Y las manos flamantes, pasmadas de sí mismas, se apresuran a sentirla, se lanzan a recorrerla

Él le ha ensamblado una espina dorsal, limpiando cada vértebra cuidadosamente
Y colocado en perfecto orden
Es un puzzle sobrehumano, pero el hombre está inspirado
Ella se recuesta revolcándose de un lado al otro, girando el espinazo, riéndose incrédula

Luego, ella le trae unos pies, se los conecta de tal modo
Que todo el cuerpo de él se ilumina de pronto

Él le ha creado unas caderas nuevas que le sientan de maravilla
Con todos sus accesorios y todos sus recodos perfectamente hechos,
Brillantemente engrasados,
Puliendo pieza a pieza, incluso a él le cuesta creerlo

Los dos prosiguen sacándose el uno al otro a la luz, comprueban que les resulta muy fácil
Probar cada nueva cosa a cada nuevo paso

Y ahora ella le pule, le asienta unas placas craneales
Tan bien que las junturas no se perciben
Y ahora él le une la garganta, los pechos y la boca del estómago
Con un simple alambre

Ella le pone unos dientes, atando las raíces al eje central de su cuerpo

Él le graba unos círculos en las yemas de los dedos

Ella le cose el cuerpo aquí y allí con un hilo de seda color púrpura metálico

Él le lubrica los delicados engranajes de la boca

Ella le incrusta la nuca con unos pergaminos bien cortados

Él le inserta en su sitio la parte interior de los muslos

Y así, jadeando de dicha, gritando de júbilo, maravillados
Como dos dioses de barro
Revolcándose en el suelo, pero con infinito cuidado,

Los dos se llevaron uno al otro a la perfección.

 

 

 

Hughes, Ted. El azor en el páramo (Trad. Xoán Abeleira). Madrid; Bartleby editores, 2010.

 

‘EL AZOR EN EL PÁRAMO’ DE TED HUGHES

diciembre 19, 2016 Deja un comentario

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CÓMO PINTAR UN NENÚFAR

Una capa verde de hojas de nenúfar
Techa la cámara del estanque y pavimenta

La furiosa arena de las moscas: estudia
Esto, las dos mentes de esta dama.

Observa primero el caballito del diablo aéreo
Que come carne, pasa como una bala

O se detiene en el espacio para afinar la puntería.
Otros, igual de peligrosos, peinan el zumbido

Bajo los árboles. En este lugar por todas partes
Hay gritos de guerra y gemidos de muerte

Pero inaudibles, de modo que los ojos se admiran
Al ver los colores de estos insectos que forman arcos

Iris mientras vuelan, chispean o se posan
Refrescándose como gotas de metal fundido

En el espectro. Piensa cuán peor ha de ser
Lo normal en el lecho del estanque:

Épocas prehistóricas endragonadas
Se arrastran por esa oscuridad con nombres latinos;

Allí no evolucionaron nada, tienen
Mandíbulas en lugar de cabezas, la mirada fija,

Ignoran tanto la edad como la hora.
Y ahora pinta el nenúfar de esbelto cuello

Que, hundido en ambos mundos, puede estar
Quieto como un cuadro, sin apenas temblar,

Aunque el caballito del diablo se pose en él
Y sea cual sea el horror que impulsa su raíz.

 

 

 

 

LUCIOS

Lucios, ocho centímetros de largo, perfectos
Lucios en todo, color dorado entigrecido con rayas verdes.
Asesinos desde el huevo, con su eterno y malévolo rictus
Danzan en la superficie, por entre las moscas,

O bien se deslizan, asombrados de su propia grandeza,
Sobre un lecho de esmeralda: siluetas
De submarina delicadeza y horror.
En su mundo miden un centenar de metros.

En las lagunas, bajo los nenúfares abatidos por el calor —
El lóbrego pesar de su quietud:
Apiñados sobre las hojas negras del año pasado, mirando hacia arriba.
O suspendidos en una caverna ambarina de algas

Ya que no pueden mudar en esta época del año
La abrazadera en forma de gancho ni los colmillos de su mandíbula;
Toda su vida depende de ese artilugio; las agallas,
Los pectorales amalgaman tranquilamente sus sustancias.

Un día encerramos tres tras un cristal,
En una jungla de juncos: uno de ocho centímetros, otro de diez
Y otro de doce: los cebamos con alevines —
Y de pronto había dos: Al final, sólo uno,

Con el vientre abombado y el mismo rictus con el que nació.
Pues los lucios, ciertamente, no perdonan a nadie. Recuerdo
Otros dos, de tres kilos cada uno, unos sesenta centímetros de largo,
Secos y muertos bajo una adelfilla —

Uno, embutido hasta las agallas en el garguero del otro:
El único ojo que sobresalía, observaba: como te engancha un vicio —
La misma mirada férrea de siempre
Aunque la muerte hubiese contraído su membrana.

Otro día estuve pescando en una laguna de cincuenta metros
Cuyos nenúfares y cuyas tencas musculosas
Habían sobrevivido a todas las piedras aún visibles
Del monasterio donde los habían plantado:

Su profundidad inmóvil es legendaria,
Tan profunda como la propia Inglaterra. La laguna
Albergaba un lucio demasiado grande para moverse,
tan inmenso y viejo
Que no me atrevía a pescar después del anochecer.

Pero lancé la caña y pesqué
Con el cabello erizado de miedo
Imaginando lo que podía surgir, la mirada que podía surgir.
El chapoteo amortiguado en la laguna oscura,

Los búhos, acallando a los maderos flotantes con un ulular
Que resonaba en mis oídos, me prevenían acerca del sueño
Que lo oscuro bajo lo oscuro de la noche había liberado
Y que venía emergiendo, escrutando, lentamente hacia mí.

 

 

 

 

LA LUNA LLENA Y LA PEQUEÑA FRIEDA

Una tarde fresca, arredrada ante el ladrido de un perro y el ruido de un cubo —

Y tú escuchando.
La tela de una araña, tensa por el roce del rocío.
Un balde izado, calmo y rebosante — espejo
Tentando a la primera estrella para que tiemble.

Las vacas vuelven a casa por el sendero, enlazando los setos con las orlas calientes
de su aliento —
Oscuro río de sangre, mar de guijarros,
Leche balanceándose sin llegarse a verter.
“¡Luna!”, gritas de repente, “¡Luna! ¡Luna!”.

La luna da un paso atrás igual que una artista contemplando asombrada una obra

Que a su vez la señala asombrada.

 

 

 

 

WODWO

¿Qué soy yo? Husmeando aquí revolviendo las hojas
Siguiendo un débil rastro en el aire hasta la orilla del río
Me meto en el agua. Qué soy yo para hender
El cristalino grano de agua alzando la vista veo el lecho
Del río sobre mí invertido tan claro
¿Qué hago aquí en mitad del aire? ¿Por qué encuentro
esta rana tan interesante mientras inspecciono su secreto
más recóndito y lo convierto en el mío propio? ¿Estos juncos
me conocen se refieren a mí con qué nombre
me han visto alguna vez encajo yo en su mundo? Parezco estar
separado de la tierra desenraizado caído
de la nada por casualidad no tengo lazos
que me aten a nada puedo ir donde me plazca
como si alguien me hubiese otorgado la libertad
de este lugar pero entonces ¿qué soy yo? Recogiendo
pedazos de corteza de este tocón podrido no experimento
ningún placer de nada me sirven así que por qué lo hago
yo y por qué ambas cosas casan de manera tan extraña
Y qué clase de ser soy el primero de los míos
pertenezco a alguien qué forma tengo soy qué
forma tengo soy inmenso si llego
al final por este camino paso estos árboles paso estos otros
hasta cansarme voy a dar con uno de los muros que me limitan
por el momento si me siento tranquilamente cómo todo
se detiene para observarme supongo que soy el centro exacto
pero ahí está todo eso qué es eso raíces
raíces raíces raíces y aquí está el agua
de nuevo tan extraña pero yo voy a seguir mirando

 

 

 

 

INTERROGATORIO ANTE LA PUERTA DEL ÚTERO

¿A quién pertenecen esas patitas esmirriadas? A la Muerte.
¿A quién pertenece esa cara hirsuta y como chamuscada? A la Muerte.
¿A quién pertenecen esos pulmones que trabajan sin descanso? A la Muerte.
¿A quién pertenece ese servicial abrigo de músculos? A la Muerte.
¿A quién pertenecen esas tripas indescriptibles? A la Muerte.
¿A quién pertenecen esos supuestos sesos? A la Muerte.
¿Toda esa sangre revuelta? A la Muerte.
¿Esos ojos tan poco eficientes? A la Muerte.
¿Esa pequeña lengua viperina? A la Muerte.
¿Este desvelo ocasional? A la Muerte.

¿Dado, robado o pendiente de juicio?
Pendiente.

¿A quién pertenece toda la tierra lluviosa y pedregosa? A la Muerte.
¿A quién todo el espacio? A la Muerte.
¿Quién es más fuerte que la esperanza? La Muerte.
¿Quién es más fuerte que la voluntad? La Muerte.
¿Más fuerte que el amor? La Muerte.
¿Más fuerte que la vida? La Muerte.

Pero, ¿quién es más fuerte que la Muerte?
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxYo, obviamente.

Pasa, Cuervo.

 

 

 

 

CÓMO EMPEZÓ A JUGAR EL AGUA

El agua quería vivir
Llegó al sol volvió llorando
El agua quería vivir
Llegó a los árboles ardieron volvió llorando
Se pudrieron volvió llorando
El agua quería vivir
Llegó a las flores se marchitaron volvió llorando
Quería vivir
Llegó al útero halló la sangre
Volvió llorando
Llegó al útero halló el cuchillo
Volvió llorando
Llegó al útero halló el gusano y la podredumbre
Volvió llorando quería morir

Llegó al tiempo cruzó la puerta de piedra
Volvió llorando
Llegó al espacio lo recorrió todo buscando la nada
Volvió llorando quería morir

Hasta cesar el reguero de su llanto

Ahora yace en el fondo de todas las cosas

Absolutamente agotada absolutamente clara

 

 

 

 

ABEL CROSS, CRIMSWORTH DENE

Donde las madres cabalgan
A galope en sus almas

Donde los aullidos del cielo
Llueven a mares, se precipitan
Sobre la tierra buscando cuerpos
De pájaros, animales, gente

Una dicha surge de pronto, secreta y salvaje,
Como el canto de una alondra apenas audible
Oculto en el viento

Un gozo callado y maligno
Como la piedra de un astro quebrado
Que sabe que nada más puede sucederle
En su cuna-sepulcro.

 

 

 

 

EL DÍA EN QUE ÉL MURIÓ

Fue el día más sedoso del año naciente,
El primer acto de reconocimiento de la primavera real,
El primer acto de confianza del sol.

Fue ayer. Anoche heló.
Tanto como en cualquiera otra noche de cualquier invierno.
Marte, Saturno y la luna pendían arracimados
Del cielo plagado y duro.
Hoy es el Día de San Valentín.

La tierra, tostada, crujiente. Los copos de nieve, chafados.
Los tordos escupiendo sus gorjeos. Las palomas lustrando
Cuidadosamente sus voces en medio de un frío punzante.
Los cuervos chirriando, torpemente
Desaforados.

Los campos resplandecientes parecen alucinados.
Su expresión ha cambiado
Como si hubiesen estado en algún lugar espantoso
Y hubiesen vuelto sin él.
Las vacas confiadas, con el lomo cubierto de escarcha,
Aguardando el heno, aguardando algo
De calor en este nuevo vacío.

A partir de ahora, la tierra
Tendrá que apañárselas sin él.
Pero aún duda, bajo esta lenta realización de la luz,
Como una niña, demasiado al descubierto, bajo un sol frágil,
Con las raíces cortadas
Y una inmensa laguna en su memoria.

 

 

 

 

AQUELLA MAÑANA

Fuimos allí donde había tantísimos salmones
Tan constantes, tan espaciados, tan orientados desde tan lejos
Por su mapa interior, que Inglaterra podía añadir

Tan sólo el crepúsculo tiznado del sur de Yorkshire
Orlado con la zozobra zumbadora de los Lancaster
Para que el mundo pareciera irse a pique despacio.

Qué solemne, estar allí de pie, bajo la luz polen,
Hundidos hasta la cintura en el poderoso, salvaje vaivén de los salmones
Amontonados como por la mano de Dios. Allí el cuerpo

Escindido, dorado e imperecedero,
De su dudoso pensamiento — un espíritu-faro
Iluminado por el poder de los salmones

Que seguían y seguían llegando sin cesar
Elevándonos, como si volásemos despacio, con sus formaciones
Hacia alguna suerte de pasmosa, deslumbrante bendición,

Y que un mal pensamiento podría oscurecer. Como si el mundo
Caído en desgracia y el salmón se hubiesen acabado para siempre. Como si éste
Fuese el pez imperecedero

Que hubiese dejado morir al mundo…

Allí, bajo una luz malva de lupinos, los salmones
Colgaban del aire, rebosaban de las manos ahuecadas de las montañas

Hechas de hormigueantes átomos. Finalmente, había ocurrido.
Luego, como una señal de que estábamos allí donde estábamos,
Dos osos dorados bajaron a nadar como hombres

A nuestro lado. Se sumergieron como niños.
Se irguieron en el agua profunda como en un trono
Despedazando y comiendo salmones con sus garras.

Así llegamos al final de nuestro viaje.
De pie, sabiéndonos vivos en el río de la luz,
Criaturas de la luz entre las criaturas de la luz.

 

 

 

 

CANCIÓN DEL BALLENATO

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxPara Charles Causley

¿Qué pensarán de sí mismas las ballenas
Con sus cerebros globales —
La iluminación voltaica con la fuerza de la marea
De esos cerebros? ¿Su rayo X multidimensional

Capta las estructuras de este mundo, sus cerebros eclosionados
Clonan réplicas del mundo iluminado
Por los electrones, re-imaginando el mundo,
Perceptores y receptores perfectamente sintonizados,

Cada uno de ellos un trémulo mundo en sí
Sintiendo a través del mundo? ¿Qué es
Lo que las hace parte de las demás?

“Somos hermosas. Removemos

Y preparamos nuestro color característico
En este bote de colores que es el mundo.
Con cada coletazo ahondamos
Nuestro ser en la sustancia iluminada del mundo,

Y nuestra dicha en la bendición
Rotatoria del mundo, y nuestra paz
En la paz flotante, aerodinámica del mundo”.
Sus toneladas de cuerpo, cámaras de eco,

Amplifican el susurro
De las corrientes y los aires, de los seres marítimos
Y las maniobras planetarias,
De las estaciones, de las costas, y de su propio

Encantamiento dirigido a la Luna, mientras danzan
El drama originario de la Tierra
En el que ellas interpretan, como desde el principio,
La Casa Real.
xxxxxxxxxxxxxxxxLas pasiones más grandiosas,

Más espermáticas, los placeres más exquisitos,
Los personajes más nobles, la presencia, la gallardía
Y la ecuanimidad más divinas y oceánicas —

La caída más terrible.

 

 

 

 

EL LUGAR SENSIBLE

Tus sienes, allí donde más se te adensaba el cabello,
Eran tu lugar sensible. Una vez, haciendo una prueba,
Dejé caer una lima entre los electrodos
De una batería de doce voltios: explotó
Como una granada. Como tú, cuando alguien te cableó,
Alguien bajó la palanca, provocando
Aquellos truenos en la caja de tu cerebro. Ellos,
Con sus batas blanqueadas, sus caras empalidecidas,
Se cernieron de nuevo
Para ver cómo estabas, presa en tus correas.
Para comprobar si tu dentadura seguía intacta.
La mano en la palanca calibrada
De nuevo sin sentir nada
Salvo el hecho de no sentir nada volvió a bajarla para sentir
Alguna sensación de estremecimiento. El terror
Era la nube de ti
Que aguardaba esos rayos. Un día
Vi rajarse de golpe la rama de un roble.
Como tú la pierna de tu padre. ¿Cuántas convulsiones
Tuviste que sufrir para que ese dios te prendiese
Por las raíces del cabello? Cuando los informes
Se esfumaron en nubes, ¿qué se evaporó
Con ellos? Allí donde los pararrayos lloraron cobre
Y el nervio se deshizo de su piel
Como un niño quemado, corriendo para alejarse
Del fogonazo de una bomba. Ellos
Te dejaron caer: un pedazo de alambre rígido y retorcido
Entre el tendido eléctrico de la ciudad de Boston. Las luces
Del edifico del Senado fueron descendiendo
A medida que tu voz se hundía en tu interior
Huyendo por la hurera del sótano de tu casa.
Años después emergió
Sobreexpuesta, como una radiografía:
El mapa de tu cerebro cubierto aún de manchas
Oscuras, las cicatrices color tierra calcinada
De tu retiro. Y tus palabras,
Con sus rostros vueltos de espaldas a la luz,
Conteniéndose las entrañas.

 

 

 

Hughes, Ted. El azor en el páramo (Trad. Xoán Abeleira). Madrid; Bartleby editores, 2010.

 

EL DIOS

diciembre 14, 2016 Deja un comentario

orientalita

 

EL DIOS

Eras como una fanática religiosa
Pero sin dios — incapaz de rezar.
Querías ser escritora.
¿Querías escribir? ¿Qué había en tu interior
Que necesitase contar su historia?
La historia que precisa ser contada
Es el Dios del escritor, el que emergiendo del sueño
Te pide de un modo inaudible: “Escribe”.
Escribir ¿qué?

Tu corazón, en medio del Sahara, rabiaba
En su vacío.
Tus sueños estaban vacíos.
Te reclinabas sobre tu escritorio y llorabas
Sobre el relato que se negaba a existir,
Como sobre una plegaria
Que no pudieses elevar
A un Dios inexistente. Un Dios muerto,
Con una voz terrible. Sí,
Eras como uno de esos ascetas del desierto
Que te fascinaban,
Agostándose en su torturadora
Vacuidad sin Dios
Que les absorbía los geniecillos de las yemas de los dedos,
De las suaves motas de los rayos del sol,
Del rostro en blanco de la roca.
La oración amordazada acerca de su esterilidad
Era un Dios.
Igual que tu pánico al vacío — un Dios.

Tú le ofreciste tus versos. Primero
Pequeños viales del vacío
En el que tu pánico vertió sus lágrimas
Hasta que éstas se secaron, dejando un rastro de espectros cristalinos.
Costras salinas de tus sueños.
Como el sudor rocío
En algunas piedras del desierto, después del alba.
Oblaciones a una ausencia.
Pequeños sacrificios. Muy pronto

Tu aullido silencioso horadando la noche
Devino él mismo una luna, un ídolo ardiente
De tu Dios.
Tu lamento acarreaba su propia luna
Como una mujer un niño muerto. Como una mujer
Asistiendo a un niño muerto, inclinándose para refrescarle
Los labios con las yemas de los dedos humedecidos en lágrimas,
Así te asistía yo, que asistías a una luna
Humana pero muerta, marchita, y
Que te quemaba como un montón de fósforo.
Hasta que el niño se agitó. Su boca se agitó.
Tu pezón rezumó sangre,
Un gotero de sangre. ¡Nuestro momento de dicha!

El pequeño dios subió volando al Olmo.
En sueños, con los ojos vidriosos,
Escuchaste sus instrucciones. Al despertar,
Tus manos se movieron, y tú las observaste consternada
Como si estuvieses realizando un nuevo sacrificio.
Dos puñados de sangre, de tu propia sangre,
Y en ella algunas gotas de mí,
Envuelto en el tejido de una historia que en cierto modo
Había nacido de ti. El embrión de una historia.
Tú no podías explicártelo ni saber quién
Comía de tu mano.
El pequeño dios profería de noche en nuestro huerto
Algo que era mitad rugido, mitad risa.

Tú lo alimentabas por el día, bajo la tienda de campaña de tu pelo,
En tu escritorio, en tu secreta
Casa de los espíritus, susurrabas,
Tamborileabas en tu pulgar con los dedos,
Sacudías las conchas de Winthrop convocando sus voces marinas,
E incluso me diste una efigie — una hoja de salvia
Prensada en una biblia luterana.

No podías explicártelo. Tu mundo onírico se había abierto
De golpe, derramando su oscuridad sobre ti, como un perfume.
Tus sueños habían hecho estallar el ataúd que los confinaba.
Cegado, encendí una luz.

Y desperté cabeza abajo en tu casa de los espíritus
Moviendo unos miembros que no eran los míos
Y contando, con una voz que no era la mía,
Una historia que ignoraba por completo,
Mareado por el humo
De aquel fuego que tú avivabas, preservabas,
Aquellas llamas que yo mismo había prendido sin querer
Y que el chorro de oxígeno del conjuro
Que tú susurrabas tornaba blancas.

Alimentaste aquellas llamas con la mirra de tu madre
El incienso de tu padre
Tu propio ámbar y las lenguas
De fuego contaron su historia. Y de pronto
Todo el mundo sabía todo.
Tu Dios olisqueó el hedor a grasa.
Su rugido resonó como el horno de un sótano
En tus oídos, un trueno en los cimientos.

Entonces, en un arrebato de furia, llorando, escribiste —
Tu dicha, un danzarín en trance,
Entre el humo de las llamas.
“Dios habla a través de mí”, me aseguraste.
“¡No digas eso!”, grité. “¡No digas eso,
Que trae muy mala suerte!”.
Pero me quedé allí sentado, con los ojos abrasados,
Mirando cómo todo se consumía
En las llamas de tu sacrificio,
Las mismas que finalmente también a ti, también a ti
Te atraparon, desvanecieron, hicieron explotar,
Las llamas
De la historia de ese Dios
Que te abrasó y abrazó
A tu Mami y a tu Papi —
Tu Dios azteca de la Selva Negra,
El Dios del eufemismo Dolor.

 

 

 

Hughes, Ted. El azor en el páramo (Trad. Xoán Abeleira). Madrid; Bartleby editores, 2010.

 

LOS PERROS SE ESTÁN COMIENDO A TU MADRE

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LOS PERROS SE ESTÁN COMIENDO A TU MADRE

Eso no es tu madre, sino su cuerpo.
Ella se arrojó desde nuestra ventana
Y cayó ahí. Ésos no son perros
Que parezcan ser perros
Despedazándola. ¿Te acuerdas de aquel sabueso flaco
Subiendo a todo correr por el sendero, llevando en alto
Y colgando en carne viva la tráquea y los pulmones
De un zorro? Bien, pues ahora fíjate en esos.
Se pondrán a cuatro patas al final de la calle,
Se allegarán brincando a tu madre
Y jalarán de sus despojos, con el morro
Levantado igual que el de un perro
En nuevas posturas. Si la proteges,
Te tumbarán y te despedazarán también a ti
Como si fueses una parte más de ella,
Y encontrarán cada bocado
Tan suculento como los suyos. Ya es demasiado tarde
Para salvar lo que ella fue.
La enterré donde cayó.
Tú jugaste alrededor de su tumba. Colocamos
Conchas de mar y guijarros con vetas
Que trajimos de Appledore
Como si fuésemos ella. Pero una suerte
De hiena vino gimiendo cara al viento.
Ellos la desenterraron, y ahora están cebándose
En la cornucopia
De su cuerpo. E incluso
Arrancan a dentelladas la faz de su losa,
Engullen los adornos de su tumba,
Y hasta la tierra se tragan.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxAsí que déjala.
Deja que sea su botín. Vete
A sumergir la cabeza en los ríos nevados
De la Sierra de Brooks. Cúbrete
Los ojos con los aires que se retuercen
En las planicies de Nullarbor. Déjales
Que meneen los muñones de sus colas, que rabien y vomiten
En sus simposios.
xxxxxxxxxxxxxxxxPiensa mejor en ella
Tendida con sagrado cuidado en una rejilla alta
Para que los buitres
La devuelvan al sol. Imagina
Esas bocas quebrantahuesos, esas bocas trabajando
Para el escarabajo
Que la llevará rodando de vuelta al sol.

 

 

 

 

LOS OFRECIMIENTOS

Apenas dos meses muerta
Y allí estabas de nuevo, repentinamente de vuelta a mi alcance.
Cogí la Línea Norte en Leicester Square,
Me senté y allí estabas de nuevo. Y allí
Empezó aquel sueño que no era ningún sueño.
Yo te observaba y tú me ignorabas.
Ése era tu papel en el sueño: ignorarme.
El mío, ser invisible — desesperadamente
Incapaz de manifestarme.
Simplemente una mirada en blanco, incorpórea — posando
Todo el peso de mi mirar incrédulo
En tu rostro, imposiblemente real pero allí presente.
No muy cambiado, e inmutable bajo mi presión.
Tú temblequeabas ligeramente mientras el vagón
Perforaba la tierra en dirección al norte.
Parecías mayor — la muerte te había avejentado un poco.
Más pálida, casi amarillenta como aquel día
En el depósito de cadáveres, pero impasible.
Como si la vía que se iba desenrollando y el temblequeo del viaje
Fuesen la película de tu vida, y tú estuvieses absorta en ella.
Tu mirada, vuelta hacia dentro, se resistía a la mía.
La cesta sobre las rodillas, cargada de paquetes.
El bolso atado con una larga correa. Las manos
Plegadas sobre el regazo. Inamovible
Mi mirada se apoyaba en la tuya como una mirada
Apoyaría su mejilla en la mano. Lo imposible
Continuaba compartiendo tu ligero temblor,  tus párpados,
Tus labios ligeramente fruncidos, tu melancolía,
Igual que en el sueño que insiste
En lo sencillamente imposible, y prosigue
Segundo tras segundo tras segundo,
Volviéndose cada vez más increíble —
Como si girases lentamente la cara y lentamente
Sonrieses de lleno ante la mía, animándome
Allí, entre los vivos, a hablar con los muertos.
Pero tú parecías ignorar el papel que estabas representando.
E, igual que en el sueño, no me atreví a hablar.
Tan sólo intenté distinguir el recuerdo
De tu rostro de ese otro nuevo que tenías.
“Si te bajases en Chalk Farm”, pensé para mí,
“Te seguiría hasta casa, hablaría.
Haría un esfuerzo para aceptar
Este ofrecimiento, esta sustituta alma en pena
Que la muerte me devuelve, que se me revela
Aquí en el metro — seguramente
Para que yo la examine y apruebe”.
Llegamos a Chalk Farm. Yo me levanté. Tú seguiste
Allí. Fue la prueba decisiva.
Te levanté el rostro y me lo llevé conmigo
Afuera, al andén, en aquel sueño
Afuera, al andén, en aquel sueño
Que era toda la vida despierta de Londres.
Te vi alejarte, transportada
Hacia el norte, de vuelta al abismo,
Con tu nuevo rostro real, inalterado, iluminado, inconsciente de sí.
Visible aún durante unos segundos antes de desaparecer
Dejándome con el mismo vacío del principio, sin saber
Si habías estado allí y de golpe ya no estabas.

Pero todo nos es ofrecido tres veces.
Y, de pronto, allí estabas de nuevo, sentada en tu propia casa.
Igual de joven que antes de que te ajase la muerte. Igual
Que una alucinación — imposible de borrar cerrando y abriendo los ojos.
Una imagen migraña — jalando, distorsionando mi retina.
Parecías ignorar por completo que tú eras tú.
Incluso usurpar el nombre de tu antigua rival —
Como si ahora te resultase más cómodo. Y sin embargo eras tú
Hasta tal punto que los hemisferios de mi cerebro
Parecían estar fuera de su fase, un tanto separados
Para comprender que tú eras tú y a la vez percatarse de que tú
No eras tú. Para ver que tú eras tú y a la vez
Que seguías siendo descaradamente otra.
Incluso mantenías tu fecha de nacimiento — exacta
Como un dardo sobre la imposibilidad.
Y vivías a tan sólo tres kilómetros de donde habíamos vivido juntos.
Otros espíritus se confabularon formando un equipo de apoyo
Para ti, dos nuevos padres, un nuevo hermano.
Volviste a cortejarme, disimuladamente. A mi alrededor,
El aire que respiraba me aturdía — el gas
Del inframundo donde tú te movías con tanta soltura
Y existías con tu nuevo ser. Me contaste
El sueño de tu romántica vida, que se había prolongado
Durante nuestro matrimonio, allí en París — como si
Nunca hubieses regresado de allí hasta entonces.
La muerte había recobrado tu talento. O quizá
Lo había calmado un poco, transformado
En un ansia obtusamente salvaje, una ferocidad
Subrepticia de ansia en tus ojos
Tan misteriosamente inalterados. Yo luché conmigo mismo
Un tiempo en mi doble existencia de vivo y de muerto.
“Esto es pura coincidencia — me dije en silencio — la mera
Inercia de este momento de mi vida, cuando intento
Mantener las cosas tal y como eran, como si el espectáculo
Tuviese que continuar a toda costa, con las mismas máscaras, los mismos papeles,
Sean cuales sean los actores que los interpreten”. Boqueando en busca de aire,
En el fondo del Rin, apenas consciente,
Con la indolencia de alguien que ya se sabe ahogado
Protesté pidiendo que me dejaras.
Tu gentil ultimátum mitigó su presión.
Fiel a tu humor espectral, lo siguiente
Fue enviarme una preciosa postal desde Honolulu.
Después, como un recuerdo del inframundo,
Todos los años una postal desde Honolulu.
Parecías haber vuelto definitivamente a la vida gracias a alguna artimaña,
Dejándome a mí como fianza — un rehén
En la tierra de los muertos.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxYo pensaba cada vez menos
En escapar.
Incluso en mis sueños, nuestra casa estaba en ruinas.
Pero de pronto — por tercera vez — allí estabas de nuevo.
Más joven de lo que nunca te había visto. Tú
Como recién hecha, mitad una corza salvaje, mitad
Un objeto intachable,impagable, con facetas
Tipo joya de cobalto. Estabas detrás de mí
(En un momento de indefensión, mientras hundía
Un pie en el agua de la bañera para probarla)
Y me hablaste — apremiante, sobrecogedora como una voz familiar
Surgida del tumulto de un río, cercana, urgente,
Rotunda: “Ésta es la última vez. La última. Así que ahora
No me falles”.

 

 

 

Hughes, Ted. El azor en el páramo (Trad. Xoán Abeleira). Madrid; Bartleby editores, 2010.

 

FUERA

septiembre 25, 2016 Deja un comentario

ted-hughes-guerra-mundial

 

FUERA

I. La época del sueño.

Mi padre sentado en su silla recuperándose
De aquellos cuatro años en los que fue masticado, carne de cañón y de fango,
El cuerpo lacerado, silenciado, enajenado por el tiempo que pasó empapándose
De los colores de la mutilación.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxYa había curado valerosamente
Sus perforaciones externas, pero él y la lumbre del lar, su resplandor color sangre
En el cuenco de amasar galleta, en el piano, en la pata de la mesa,
Cada vez eran más y más presa del minuto a minuto
Que se adueñaba de ellos, mientras el minúsculo engranaje del reloj
Trabajaba sin descanso y, al hilo de su escucha,
Sacaba a rastras, físicamente, a mi padre de debajo
De los estratos encajados durante cuatro años de los ingleses muertos
A los que él estaba ligado. Él sentía que sus miembros se despejaban
A cada ínfimo, estimulante movimiento. Mientras yo, un niño de cuatro años,
Yacía en la alfombra como su doble infortunado,
El ancla de su memoria sepultada, inamovible,
Entre mandíbulas y botas voladas a pedazos, tocones de árboles, casquillos de obuses y cráteres,
Bajo la lluvia que aún hoy continúa golpeteando sus varas y espesando
Su reino, al que el sol ha abandonado, y donde nadie
Puede ya volver a salir del refugio.

 

II

El hombre muerto en su cueva empezando a sudar;
La visera de carne de bronce fundido
De la madre en el horno del bebé —
Nadie da crédito, aquello
Tal vez no sea nada, todos
Aguantan sonriendo al notar
Cómo la sangre deja de resonar por un instante en
Sus oídos, sus oídos, sus oídos, sus ojos
Tan sólo son gotas de agua e incluso el hombre muerto de repente
Se incorpora y estornuda — ¡Achís!
Entonces la enfermera lo arropa, sonriendo,
Y, aunque muy débilmente, aunque aquello no es más
Que otro nuevo bebé, la madre también sonríe.

Así, igual que tras haber sido volado en pedazos,
El soldado de infantería reensamblado
Sale a tientas, bamboleándose, mirando a su alrededor con los ojos
De un oficinista exhausto.

 

III. Día del Armisticio

La amapola es una herida, la amapola es la boca
De la tumba, quizá del útero buscando —

Una hermosura, una muñeca sobre un alambre,
Prostituyéndose hoy en todas partes. Hace años que luzco una.

Hace más años aún,
La metralla que hizo trizas la libreta de paga de mi padre

Me alcanzaba, y todos sus muertos lo alcanzaban a él
Devolviéndolo a una época

Que ni él ni ellos lograban superar, sino que, fundida en masa, como el acero,
Pesaba más en su ánimo que el trueque de los arados

En la pena negra que afloraba tras los ojos de mi madre —
Un ancla

Doblegando mi cuello juvenil hasta sumergirlo en aguas del Atlántico.

Así que adiós a esa flor de recuerdos sangrientos.

Y vosotros, muertos, enterrad a vuestros muertos.
Adiós a los cenotafios en los pechos de mi madre.

Adiós a todos los encantos residuales del hecho de que mi padre haya sobrevivido.

Dejemos que Inglaterra se cierre. Que se cierre la verde anémona marina.

 

 

 

 

EL GRITO

El sol en la pared — el cuadro del cuarto
De mi niñez. Y allí mi lápida
Compartía mis sueños, comía y bebía conmigo feliz.

Durante todo el día el azor perfeccionaba su arte
E incluso de noche persistía el milagro.

Las montañas holgazaneaban en su humeante campamento.
Los gusanos bajo la tierra hacían bien su trabajo.

La carne de bronce, excitada por una sed de bronce,
Como un recién nacido amamantado por un pecho,
Dormía bajo la luz de la piedad solar.

Y los inanes pesos de acero
Que, surgiendo de ninguna parte, chafan a la gente,
Tan sólo me hacían sentir tan bravo como las criaturas.

Cuando vi aquellas crías de conejo con la cabeza aplastada contra la carretera
Supe que iba montado en la rueda de la galaxia.

Las cabezas de los becerros, erizadas de rocío, sangrando en los mostradores,
Sonreían como máscaras bufas donde el sol y la luna danzaban.

Entonces mi compañero con la cara cosida
Justo allí donde se la habían abierto para extraerle algo
Alzó una mano —

Sonrió, medio en coma,
Una sonrisa de templo pétreo.

Luego, yo también abrí la boca para alabar —

Pero un silencio en forma de cuña se me atragantó.

Como un puñal de obsidiana, seco, con la punta afilada,
Un cacho callado de cristal volcánico,

El grito
Se vomitó a sí mismo.

 

 

 

 

DOS

Dos salieron, descendieron de la estrella de la mañana,
El urogallo coruscó, transformándolos en rescoldos robados.
El rocío escindió el color.
Y una mano ahuecada rebosó cantos de gallo.

Dos bajaron acompañados por inmensas sombras
Entre los dedos del alba,
Por los cuerpos cimbreantes de las liebres,
Y la agachadiza les hurtó sus joyas.

La corriente pronunció un oráculo sobre lo que no tiene fin,
El sol extendió una tierra a sus pies.

Dos cayeron de los bosques que colgaban del cielo
Trayendo los pies chamuscados de los cuervos carroñeros.

Y la guerra estalló —
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxun alarido repentino
Rebotó entre las azoteas apiñadas.

El guía alzó el vuelo desde el sendero.

El otro se tambaleó.

La pluma que lucía en la cabeza se cayó.
El tambor que llevaba en la mano se calló.
La canción que traía en la boca se murió.

 

 

 

Hughes, Ted. El azor en el páramo (Trad. Xoán Abeleira). Madrid; Bartleby editores, 2010.

 

EL AZOR EN EL PÁRAMO

septiembre 15, 2016 Deja un comentario

ted-hughes-el-azor-en-el-paramo

 

EL PENSAMIENTO-ZORRO

Imagino este momento del bosque a media noche:
Algo más está vivo
Junto a la soledad del reloj
Y esta página en blanco que recorren mis dedos.

A través de la ventana no se ve ni una estrella:
Algo más cercano
Aunque más profundo en el interior de lo oscuro
Se adentra en la soledad:

Fría y delicadamente como la nieve oscura
El hocico de un zorro roza rama, hoja;
Dos ojos propician un movimiento que ahora
Y de nuevo ahora, y ahora, y ahora

Imprime sus nítidas huellas en la nieve,
Por entre los árboles, y cautelosamente una sombra
Débil se rezaga junto a un tocón, y en la cavidad
De un cuerpo que se atreve a avanzar

Cruzando claros, una mirada,
Un profundo, dilatador verdor,
Brillante y concentradamente
Yendo a lo suyo, hasta que

Con un repentino, caliente y penetrante hedor a zorro
Se interna en el oscuro hueco de la cabeza.
Ni una sola estrella aún en la ventana; suena el reloj,
La página está impresa.

 

 

 

 

EL JAGUAR

Los monos bostezan y adoran sus pulgas bajo el sol.
Los loros chillan como si ardiesen, o se contonean
Como fulanas para que el paseante les dé una nuez.
Cansados de pura indolencia, el tigre y el león

Yacen quietos como el sol. La cola de la boa es un fósil.
Una tras otra, las jaulas parecen vacías, o bien
Cargadas del hedor que rezuma la paja de los que duermen.
Una escena ideal para decorar la pared de una guardería.

Pero, una vez pasadas éstas, quien corre como los demás llega
A otra jaula donde la multitud se detiene, observa hipnotizada,
Igual que un niño un sueño, un jaguar circulando rabioso
Por la oscuridad de su prisión, taladrándola con sus ojos

A punto de estallar. No aburrido —
La mirada satisfecha de que el ardor la ciegue,
Los oídos ensordecidos por el estruendo de la sangre en su cerebro —
Gira junto a los barrotes, aunque no hay jaula que pueda con él

Como no hay celda que aprese al visionario:
Su zancada es el páramo de la libertad:
El mundo rueda bajo el largo impulso de su talón
Que allega los horizontes al suelo de su jaula.

 

 

 

 

LOS CABALLOS

Escalé por entre los bosques, sumido en la oscuridad de la hora anterior al alba.
Un aire maligno, una quietud heladora,

Ni una sola hoja, ni un solo pájaro —
Un mundo fundido en escarcha. Salí por la corona del bosque

Donde mi aliento dejaba estatuas retorcidas en la luz de acero.
Pero los valles fueron drenando la oscuridad

Hasta que la linde del páramo —heces ennegrecidas del gris resplandeciente —
Partió en dos el cielo. Entonces vi los caballos:

Enormes en aquel gris espeso — diez megalitos juntos,
Quietos, Respiraban sin moverse un ápice,

Con las crines alisadas y las patas traseras ladeadas,
Sin emitir ningún sonido.

Pasé junto a ellos: ninguno bufó ni agitó la cabeza.
Grises fragmentos silentes

De un silente mundo gris.

En el alto del páramo me paré a escuchar el vacío.
La rabia del zarapito rajó el silencio con su filo.

Lentamente, algún que otro detalle comenzó a brotar de la oscuridad,
Justo cuando el sol anaranjado, rojo, rojo irrumpió

En silencio, y astillando hasta su cerne una nube rasgada y expelida
Con fuerza, sacudió la sima abierta, reveló el azul,

Y los grandes planetas colgantes.
Yo volví,

Tambaleándome en un sueño febril, abajo, hacia
Los bosques oscuros, desde aquellas alturas encendidas,

Y me acerqué a los caballos.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxAllí seguían aún,
Aunque ahora humeando y fulgurando bajo el flujo de la luz,

Sus alisadas crines pétreas, sus patas traseras ladeadas,
Agitándose bajo el deshielo mientras a su alrededor

La escarcha mostraba sus fuegos. Pero ellos siguieron callados.
Ninguno bufó ni piafó,

Con las cabezas colgando, pacientes como los horizontes
En lo alto, por encima de los valles, bajo los rojos rayos niveladores…

Ah, ojalá que en el estruendo de las calles abarrotadas, caminando en medio de los años, de los rostros,
Pueda recordarme tal y como fui en aquel lugar tan solitario,

Entre los arroyos y las nubes rojas, oyendo a los zarapitos,
Oyendo persistir a los horizontes.

 

 

 

 

UNA NUTRIA

I

xxxxxLos ojos subacuáticos, el cuerpo de una anguila
Toda de aceite de agua, la nutria no es ni un pez ni un bicho:
xxTiene cuatro patas, pero dotadas para nadar mucho mejor que un pez;
xxxxxLos pies palmeados, una larga cola a modo de timón
xxxxxY la cabeza redonda como un gato viejo.

xxxxxArrastra consigo su propia leyenda
Desde antes de las guerras y los entierros, a pesar de los sabuesos y las horcas;
xxNunca echa raíces como el tejón. Vaga, chilla;
xxxxxGalopa por la tierra a la que ya no pertenece
xxxxxY se re-interna en el agua fundiéndose con ella

xxxxxAunque ya no es de la una ni de la otra. Buscando un mundo
Que perdió al zambullirse por primera vez y al que desde entonces ya no logra regresar,
xxIntroduce su cuerpo modificado en los cubiles de los lagos;
xxxxxComo a ciegas,surca la contracorriente hasta lamer
xxxxxLos guijarros del manantial; cruza de un mar a otro
xxxxxEn apenas tres noches como un rey a escondidas.
Chillando a la vieja silueta de la tierra iluminada por los astros,
xxPor encima de los casales derruidos donde los murciélagos vuelan en círculo,
xxxxxSin obtener respuesta. Hasta que la luz y el canto del pájaro llegan
Matraqueando los caminos con el carro del lechero.

 

II

La jauría ha perdido su rastro. Las almohadillas en el fango,
Entre las juncias, la nariz un abalorio en la superficie,
La nutria permanece quieta durante horas. El aire,
Circulando alrededor de la esfera, contaminado pero necesario

Mezcla de humo y tabaco, sabuesos y perejil,
Llega cuidadosamente a los pulmones sumergidos.
Igual que yace bajo los ojos su yo,
Atento y retraído. La nutria es ducha

Tanto en robar como en ocultarse —
En el agua que la nutre y la cubre, y en la tierra
Que le dio su longitud y ese morro de sabueso.
Se mantiene gruesa en los reflejos del límpido

Integumento bajo el que vive. Su corazón late profuso, a toda
Máquina, enorme músculo de trucha libre del frío letal.
La sangre es el vientre de la lógica;  la nutria proseguirá
Lamiendo el hueso desnudo del pez. Puede coger y cubrir

Ardientemente a una hembra en un campo repleto
De caballos nerviosos, pero no morar ni demorar en ningún sitio.
Arrancada de los dientes de la jauría, ya no es nada de nada
Salvo este largo pellejo que cuelga del respaldo de una silla.

 

 

 

 

HELECHO

He aquí la fronda del helecho, desplegando un gesto,
Igual que un director de orquesta cuya música fuese ahora una pausa
Y la única nota de silencio
Con la que la tierra entera baila solemnemente.

La oreja del ratón despliega su confianza,
La araña recoge su legado,
Y la retina
Refrena la creación con una brida de agua.

Y, entre ellos, el helecho
Baila solemnemente, como el penacho
De un guerrero que vuelve, bajo las pequeñas colinas,

A su propio reino.

 

 

 

 

EL OSO

En el inmensamente abierto ojo durmiente de la montaña
El oso es el destello de la pupila
Pronta a despertar
Y enfocarse al instante.

El oso está pegando
El principio al fin
Con cola hecha de huesos
Humanos en su sueño.

El oso está horadando
En su sueño
El muro del Universo
Con el fémur de un hombre.

El oso es un pozo
Demasiado profundo
Como para brillar
Allí donde digiere tu grito.

El oso es un río
En el que la gente
Cuando se inclina a beber
Ve sus yos difuntos.

El oso duerme
En un reino de muros
En una red de ríos.

El oso es el barquero que nos lleva
A la tierra de los muertos,

Y el precio que exige por ello es todo.

 

 

 

 

HEPTONSTALL

Negra aldea de lápidas.
Calavera de un idiota
Cuyos sueños mueren de nuevo
Allí donde nacieron.

Calavera de una oveja
Cuya carne se funde
Bajo sus propias vigas.
Sólo las moscas la dejan.

Calavera de un pájaro,
Las vastas geografías
Desecadas hasta devenir suturas
De alféizares rajados.

La vida lo intenta.

La muerte lo intenta.

La piedra lo intenta.

Tan sólo la lluvia jamás se cansa.

 

 

 

 

MONTAÑAS

Si ésas no son piedras, entonces yo soy una mosca,
Si ésas no son piedras, entonces son un dedo —

Dedo, hombro, ojo.
El aire viene y va sobre ellas atenta, cortésmente.

Ayer ya estaban ahí, y antes del mundo de antes de ayer,
Contentas con su herencia,

Sin otra labor por realizar que la de ser dueñas de los días,
Tan sólo ser dueñas de su poder y su presencia,

Sonriendo a lo lejos, con el rostro iluminado por la paz
De la voluntad y el testamento del padre,

Luciendo flores en el pelo, adornando los ramales de su cuerpo
Con la agonía del amor y la agonía del miedo y la agonía de la muerte.

 

 

 

 

EL AULLAR DE LOS LOBOS

No tiene mundo.

¿Qué manifiestan, qué arrastran una y otra vez con esas largas traíllas de sonido
Que se disuelven en el silencio del aire?

Luego, el llanto de un niño, en este bosque de silencios famélicos,
Atrae a los lobos corriendo.
La nota de una viola, en este bosque tan fino como el oído de un búho,
Atrae a los lobos corriendo — atrae los cepos de acero batiendo y babeando,
El acero forrado de pellejo para no crujir de frío,
Los ojos que no comprenden por qué razón han llegado
A tener que vivir así,

A tener que vivir

La inocencia infiltrada sigilosamente en los minerales.

El viento barre todo y el lobo aterido tirita.
El lobo aúlla, pero quién sabe si es de agonía o de gozo.

La tierra yace bajo su lengua,
Un peso muerto de oscuridad, intentando ver algo a través de sus ojos.

El lobo vive para la tierra.
Pero el lobo es muy pequeño, y comprende muy poco.

Va de aquí para allá, arrastrando sus ancas y gimoteando horriblemente.

Tiene un pellejo que alimentar.

La noche nieva estrellas y la tierra cruje.

 

 

 

 

CUERVO MÁS NEGRO QUE NUNCA

Cuando Dios, asqueado del hombre,
Se volvió cara al cielo,
Y el hombre, asqueado de Dios,
Se volvió cara a Eva,
Todo pareció desmoronarse.

Pero Cuervo Cuervo
Cuervo los juntó clavándolos,
Juntó el cielo y la tierra clavándolos —

Y entonces el hombre gritó, pero con la voz de Dios.
Y Dios sangró, pero la sangre del hombre.

El cielo y la tierra crujieron por la juntura
Que empezó a gangrenarse y a heder —
Un horror imposibe de redimir.

La agonía no disminuyó.

El hombre no podía ser hombre, ni Dios, Dios.

La agonía

Se intensificó.

Cuervo

Sonrió burlonamente

Gritando: “Ésta es mi Creación”,

Enarbolando la bandera negra de sí mismo.

 

 

 

Hughes, Ted. El azor en el páramo (Trad. Xoán Abeleira). Madrid; Bartleby editores, 2010.

 

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