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EL SALTO DEL CIERVO

 

INNOMBRABLE

Ahora alcanzo a ver el amor
de un modo nuevo, ahora que sé que no
estoy bajo su luz. Quiero preguntarle a mi
apenas-ya-marido cómo es no
amar, pero él no quiere hablar de eso,
quiere un final tranquilo.
Y a veces siento como si yo ya
no estuviera aquí, sino en su perspectiva
de treinta años, y no en la perspectiva del amor.
Siento una invisibilidad
como un neutrón en una cámara de Wilson enterrada en un acelerador
de una milla de largo, donde lo que no puede
ser visto se infiere de lo que alcanza lo
visible. Después de que la alarma haya sonado,
lo acaricio, mi mano parece un cantante
que canta a lo largo de él, como si
su carne cantara en todos sus registros,
tenor en las vértebras superiores,
barítono, bajo, contrabajo.
Ahora quiero decirle: ¿qué
sentías al amarme? Cuando me mirabas,
¿qué veías? Cuando me amaba, yo miraba
hacia el mundo como desde dentro
de una profunda morada, como una madriguera o un pozo, yo miraba
a mediodía hacia lo alto y veía Orión
brillando, cuando pensaba que él me amaba, cuando pensaba
que estábamos unidos, no sólo el tiempo de un suspiro,
sino una larga continuidad,
los duros caramelos de fémur y piedra,
las fortalezas. Él no da señales de ira,
yo no doy señales de ira más que en rasgos de humor.
Todo es cortesía y horror. Y después
del primer minuto, cuando digo: «¿Se trata
de ella?», y él dice: «No, se trata
de ti», no la nombramos más.

 

 

 

 

SILENCIO, CON DOS TEXTOS

Cuando vivíamos juntos, el silencio en la casa
era más denso que el silencio
después de que se fuera. Antes, el silencio
era como un gran alboroto de laboriosidad
en la distancia, como el hondo rugido de las minas. Cuando se fue,
estudié el silencio de mi antes-marido como algo casi
sagrado, la llamada de un recién nacido
mudo. Texto: «Aunque su presencia se detecta
por la ausencia de lo que niega, el silencio
posee un poder que presagia miedo
para aquellos que se encuentran en él. No visto, nunca oído,
ininteligible, el silencio des-
concierta porque oculta.» Texto:
«Las aguas me rodeaban, incluida
el alma: la profundidad me envolvió,
las algas estaban enrolladas alrededor de
mi cabeza.» Viví al lado de él, en su quietud y
reticencia, a veces lo provocaba llamando a su
abstraída máscara su Mirada de Caimán,
buscando una forma de aceptarlo tal cual
era, bajo la ley de que él no podía
hablar, y cuando yo grité en contra de esa ley,
se limitó a su absoluto,
salió por su puerta de salida.
Y casi me parecía un héroe,
viviendo, como yo vivía, bajo la ley
que me impedía ver a quien yo había elegido
que sólo podía asociarme con él como con un ser
fijado como si fuera un elemento, casi
ideal, sin envidia o mezquindad. En las últimas
semanas, de día nos movíamos a través del despedazarse
mientras duraba, de la unión,
y en la noche el silencio yacía con la ceguera,
y cantaba, y veía.

 

 

 

 

SABERSE ABANDONADA

Si paso por delante de un espejo, me vuelvo,
no quiero verla a ella,
y ella no quiere que la vean. A veces
no veo exactamente cómo seguir con esto.
Con frecuencia, cuando me siento así,
a los pocos minutos estoy llorando, recordando
su cuerpo, o una parte de él,
a menudo la trasera, una parte suya
en la que pensar ahora mismo, atractiva, sin demasiado
detalle, y su espalda vuelta hacia mí.
Después de las lágrimas, el pecho duele menos,
como si, en nuestro interior, alguna diosa de lo humano
nos hubiese acariciado con un derrame de ternura.
Supongo que es así como la gente sigue adelante, sin
saber cómo. Estoy tan avergonzada
ante mis amigos —saberse abandonada
por quien, supuestamente, mejor me conocía,
cada hora es un lugar para la vergüenza, y yo estoy
nadando, nadando, manteniendo mi cabeza alta,
sonriendo, bromeando, avergonzada, avergonzada,
es como estar desnuda entre gente vestida, o ser
una niña y tener que comportarte
mientras odias las condiciones de tu vida. Ahora en mí
hay un ser que es puro odio, como un ángel
de odio. En la pista de bádminton, ella tuvo
su oportunidad, pura como una flecha,
mientras a través de los ojales de mi blusa los mosquitos
mordían la carne que ahora nadie parece
tener ganas de tocar. En el espejo, el torso
se ve como una mártir de póster con urticaria,
o una jarra de nata manchada con ortigas o patas de gatito,
lleno de la leche de la ternura humana
y de crueldad, y nadie hace cola para beber.
Pero ¡mirad! ¡Estoy empezando a dejarlo de lado!
Creo que no va a volver. Al creerlo,
algo ha muerto dentro de mí,
como la muerte de una vieja bruja en una de dos camas idénticas
mientras una criatura nace en la otra. Ten fe,
viejo corazón. De todos modos, qué es vivir
sino morir.

 

 

 

 

POEMA A LOS PECHOS

Como a otras gemelas idénticas, se las puede
distinguir mejor en la edad adulta.
Una de ellas enseguida frunce su ceño,
su cerebro, su rápida inteligencia. La otra
sueña dentro de una constelación,
las Pecas de Orión. Nacieron cuando yo tenía trece años,
se alzaron, la mitad fuera de mi torso,
ahora tienen cuarenta años, sabias, generosas.
Yo estoy dentro de ellas —debajo en cierto modo—
o las llevo: había vivido tantos años sin ellas.
No puedo decir que yo sea ellas, aunque sus sentimientos son casi
mis sentimientos, como sucede con alguien que una ama. Me parecen
un regalo que debo ofrecer.
Que los muchachos adoraban —casi hambrientos—
su categoría del Ser,
no se me escapaba, y algunos hombres jóvenes
las amaron del modo en que una desearía ser amada.
Todo el año han estado llamando a mi desaparecido esposo,
cantándole, como un par de empapadas
sirenas sobre una roca cubierta de escamas.
No pueden creer que él las haya dejado, este no es su
vocabulario, estando hechas
de promesas —como literalmente lo están.
Ahora a veces, las sujeto un momento,
una con cada mano, viudas gemelas,
cargadas de pena. Fueron un regalo para mí,
y entonces fueron nuestras, como niñas de pecho sedientas
de excitación y abundancia. Y ahora es la misma
estación del año otra vez, la misma semana
que él se mudó. ¿No les susurró,
Esperadme aquí un año? No.
Dijo: Dios esté con vosotras, Dios
con vosotras, A-Dios para el resto
de esta vida y para la larga nada. Y ellas, que no
conocen el lenguaje, lo están esperando,
Jesús qué tontas son, ni siquiera saben
que son mortales —es dulce, supongo,
y refrescante, vivir con ellas, seres sin
el conocimiento de la muerte, criaturas de ignorante sufrimiento.

 

 

 

 

UN DOLOR QUE YO NO

Cuando mi marido me dejó, hubo un dolor que yo no
sentí, el dolor que siente quien pierde a aquel
a quien ama. No me empujaron
contra la rejilla de una vida mortal,
sólo contra la verja, lentamente cerrada,
de la preferencia. A veces los envidiaba
—por lo que yo veía como el sufrimiento honorable
de alguien que ha sido arrojado contra la reja
de hierro. Creo que él llegó, en privado, a
sentir que estaba muriendo, conmigo, y que si
tenía lo que hacía falta para arrancarlo todo con sus
dientes y escapar, entonces podría nacer. Así que él se fue
a otro mundo —este
mundo, donde yo no lo veo ni lo oigo—
y mi tarea es comerme entero el coche
de mi ira, parte a parte, algunas partes
reducidas a polvo de acero. Lo que más me gusta
son los asientos de tela, azul-gris, el primer
coche que compramos juntos, desde hace tiempo
marcado con manchas refregadas —babas,
lágrimas, helado, ninguna herida, sólo
la mensual sangre del alivio, y el dejarse
ir cuando las aguas rompían.

 

 

 

 

LO PEOR DE TODO

A un lado de la autopista, las colinas sin agua.
Al otro, en la distancia, los desechos de la marea,
rías, bahía, garganta
del océano. Aún no había expresado
en palabras lo peor de todo,
pero pensé que podría decirlo, si lo decía
palabra por palabra. Mi amigo conducía,
al nivel del mar, colinas costeras, valles,
laderas, montañas, —la cuesta, para ambos,
de nuestros primeros años. Yo había estado diciendo
que ahora ya casi no me importaba el dolor,
lo que me preocupaba era: digamos que hay
un dios —el del amor— y que le había dado —que quise
darle— mi vida y que
había fracasado, pues, bien, podía perfectamente sufrir por eso,
pero ¿y si yo
había herido al amor? Aullé al decirlo,
y en mis gafas se acumuló el agua salada, entonces casi
dulce para mí, porque había sido nombrado,
lo peor de todo —y una vez nombrado,
supe que no había ningún dios del amor, que sólo
había personas. Y mi amigo se acercó
hacia donde mis puños se agarraban el uno al otro,
y la parte trasera de su mano los acarició, un segundo,
con torpeza, con la cortesía
que ningún eros podía tener, la amabilidad doméstica.

 

 

 

 

SOSTÉN FRANCÉS

En el aparador de una tienda de lujo, abajo, cerca de mi
tobillo, como las alas del talón de Hermes
ajustado con montantes y alerones,
frágil como un biplano de seda, el soutien-
gorge yace, flexible, sin carga,
suelto como una cáscara de piel de serpiente. Me detengo,
aúllo en el francés de séptimo curso. Las copas son
una red de lazos, compleja como cortinas en la
casa de una abeja, en la cocina donde la miel está
en el fogón, en la boca, en las bragas —y hay bragas,
con ojales de aplique, y hay dorados
piñones como pinceladas de tacto a lo largo de las cimas de la
poitrine— y es como si mi cuerpo no hubiese
escuchado, o no se hubiera creído, las noticias,
quiere ir ahí dentro y coger esas volutas,
esos cinturones de Hipólita, de su dedo meñique,
y llevarlos a casa, para mi ex y para mí,
mon ancien mari et moi. Es como si
hubiese estado en un club con él, con secretos
saludos, y miradas secretas, y roces,
y la tela satinada que estaba en el club con nosotros, y
el lazo: eran nuestros acompañantes alados
—y el satén, y el punteado suizo: eran nuestro
idioma, nuestra comida y mobiliario,
nuestro jardín y transporte y filosofía
e iglesia, estado sin estado y muerte
sin muerte, nuestras música y guerra. Todo el mundo
muere. A veces un ser amado muere,
y a veces el amor. Ocurren tantas cosas peores,
parece que esto debería ser un lamento de juguete,
la simulada canción del costurero de una muñeca,
aunque a menudo hay gente que es asesinada, para celebrar
la muerte del amor. Me detengo, por un momento,
mirando hacia abajo, a los vacíos disfraces
del lujo, los fantasmas de lencería de mi estar ahí.

 

 

 

 

POEMA DE AGRADECIMIENTO

Años más tarde, tras largo tiempo soltera,
quiero volverme hacia su ausente espalda,
y decir, ¡Qué regalos tuvo cada uno del otro!
Qué placer —confiados, los ojos abiertos,
desmayándonos con lo que nos estaba permitido hacer
hasta altas horas. Y no podías decir,
no podías, que el tacto que tenías de mí
era otro que el tacto de una
que podías amar de por vida —tanto si nos conveníamos
o no— de por vida, como una sentencia. Y ahora que lo
pienso, el tacto que yo tuve de ti
se volvió no el tacto de larga visión, sino como la
tolerante voluntad de uno
que está de paso. Compañero de arena
a la luz de la luna —y a la luz del mediodía en la playa, una vez,
y de la paja, de la paca de sal en un granero, y del abono
dentro de un jardín, entre las hileras —una vez—
compañero de pie contra la pared en aquel diminuto
cuarto de baño con la cerradura que aleteaba como una cromada
mariposa junto a nosotros, a la altura de la cadera, el espíritu
de nuestra inocencia, que era la ignorancia
de lo que se pediría, lo que se requeriría,
gracias por cada hora. Y yo
acepto tus gracias, como si darlas fuese
un regalo de los tuyos —separémonos
como iguales, como fuimos en todas las camas,puros
iguales de la tierra.

 

 

 

 

BAILE DE LA MUJER ABANDONADA

De repente, recuerdo la barra
de oro que mi joven marido compró
y enterró en algún sitio cerca de nuestra casa de campo. Durante nuestro
divorcio —tan nuestro como cualquier
cena de domingo, o lo que
la seguía, que se llamaba la siesta—
él quiso ir a la casa, una última
vez. Por favor, no con ella,
por favor, y él dijo, De acuerdo, y no sé
por qué, cuando me di cuenta, más tarde,
de que él había ido para desenterrar nuestra barra de oro,
no me importó. Creo que es por cuán
equitativo era todo, entre nosotros, cuán equitativamente
nos repartíamos las tareas, aunque
él fuese el que traía un salario, cuán equitativamente
la recompensa de placer fue distribuida entre nosotros
—espera, ¿qués es una recompensa? ¿Es como el pago de un secuestro?
Él se enamoró de ella porque yo
ya no le convenía—
ni él a mí, aunque yo no pudiese entenderlo, pero él
lo entendió por mí. Equitativo, equitativo,
nuestro campo de juego —inspiramos una generosidad
el uno en el otro. Y él no compartió
sus secretos con sus pacientes, pero yo compartí mis secretos
con vosotros, queridos extraños, y los suyos, también
—a diferencia del gorjeo del orgasmo, yo cantaba
por dos. Desigual, desigual, nuestras escalas
de alegría se fueron torciendo, y cuando él
descendió a la planta baja, y yo
navegué por el aire, se hizo
justicia poética. Así que cuando pienso en él
yendo con su pico y su pala exactamente donde él
sabía que estaba el lingote, abriéndose camino
hacia las profundidades, hasta que el aire
lo tocó y liberó su luz,
creo que estaba haciendo lo que siempre hizo, pero yo me
había adelantado un poco —y él
corregía el equilibrio, haciendo su propia vida.

 

 

 

 

AÑOS MÁS TARDE

A primera vista, ahí en el banco
donde accedió a encontrarnos, no parecía
él —pero entonces el rostro de dura
amistad fue el de mi antiguo marido,
como el rostro de una criatura mirando hacia fuera
desde dentro de su Knox. Ningún defecto, ningún golpe,
la ingeniosa tuerca del audífono
escondido en la oreja que yo siento que
ya no amo, pequeño vendaje en la mejilla
poblada con pequeños líquenes de un país que yo no
conozco. Caminamos. No recordaba
cuán profundamente se mantenía dentro
de sí mismo —mi diversión, durante treinta y dos años,
fue tentarlo para que saliera. De algún modo todavía quiero hacerlo,
como si yo lo viera a él como un ser con una zarpa de bebé
atrapada. Su voz es la misma —grave,
todavía propulsada por la burbuja del nivel
en su garganta. Hablamos de los niños, y es
como si eso no nos lo pudiese quitar nadie.
Pero parece como si él no estuviese aquí
—parece, aunque él está aquí, como si, para mí,
no hubiese nadie ahí— igual que cuando él estaba conmigo
parecía que no hubiese nadie ahí para ninguna otra
mujer. Durante los primeros treinta años. Ahora entiendo
que he estado esperando, cada vez que nos vemos, que él me alabase
por lo bien que me lo tomé, pero no va a ocurrir.
Eres lo feliz que pensabas que serías,
le pregunto. Sí. Y es conmovedora
la satisfacción de su sonrisa. Pensaba que tendrías un aspecto más feliz,
digo yo, pero después de todo, cuando yo
te miro ¡estás conmigo! Sonreímos.
Sus ojos, acogedores por un momento, con el acostumbrado
cambio, como si estuviese convirtiéndose en
la especie que fue durante esos treinta años.
Y volviendo atrás. Ojeo su torso
una vez, sus piernas —es como una figura de palos,
ahora,del mismo modo que, cuando yo estaba con él, los otros
hombres parecían muñequitos Ken, vestimenta sólo. Incluso
el resplandor de su reciente anillo de matrimonio no es
un cuchillo entre mis costillas—este es el Ken Casado. Mientras yo
lo acompaño hacia la calle bromeo, y por un momento
él vuelve vivo hacia mí, una gema marina del
estanque en su ojo. Ese retraimiento
que siempre me conmovía, como si hubiese
una gravedad lateral, en él, hacia algún
punto de fuga. Y no, él no quiere
que nos volvamos a ver, en un año —cuando nos
despedimos, es con una seca inclinación
y un Adiós. Y ahí está el parque en primavera,
húmedo como la piel recientemente perdida, dulce
invernadero, verde cementerio con ningún
muerto en él—excepto, en algún bosque
sombrío, debajo de algunos años de hojas y
piñas podridas, el cuerpo de un gorrión
como una redonda nota caída del cielo—mi viejo
amor por él, como la caja torácica de un pájaro cantor totalmente pelada.

 

 

 

Olds, Sharon. El salto del ciervo. Tarragona, Ediciones Igitur, 2018.

 

P.D. Pueden ponerse de fondo la entrevista que el poeta y periodista José Antonio Martínez Muñoz le hizo a Joan Margarit, artífice junto a Eduard Lezcano Margarit de la traducción del libro del que acabo de subir los poemas. Aquí la pueden escuchar.

 

SHARON OLDS

 

 

AL MIRAR A MI PADRE

No creo que me haya engañado,
sé lo del alcohol, sé que es un provocador,
obsesivo, rígido, egoísta, sentimental,
pero me podría pasar todo el tiempo mirando a mi padre
y quedarme con ganas de más: el brillo de la frente
grande y arrugada como una bola, como el
lustre de un guante de béisbol bien engrasado;
las cejas, el pelo de cinco centímetros de largo,
negro y canoso, alcanzando
la esperanza continua y su reducción; y sobre
todo, los ojos, que podría mirar eternamente,
la forma en que sobresalen ansiosos por ver e
incluso turbios, como si estuviera ciego, el blanco
duro y manchado como los huevos hervidos,
hervidos en agua de azufre, los iris
embarrados como la corteza de un volcán activo, las
pupilas resplandecientes de negro puro,
negro de mago. Luego está la nariz
redonda y marcada y cómoda como el bulbo
de la bocina que tocaría un payaso, y sus labios
sólidos y mullidos. Incluso me gusta
mirar en su boca, manchada del marrón de
los puros y el bourbon, los ojos que se deslizan por las
raíces ámbar a lo largo de los dientes,
justo así donde le repugnaba a mi Madre, y
hasta el satén quemado de los laterales y
la bóveda, incluso los nudos en la parte posterior de la
lengua. Sé que no es perfecto, pero mi
cuerpo piensa que su cuerpo es perfecto, la
piel fina, estirada, áspera y
rosa, su tamaño grande, la
masa de caramelo duro, la oscuridad, el pelo,
el sexo, las piernas incluso más largas que las mías,
los preciosos pies. Lo que sé, lo sé. Lo que mi
cuerpo sabe, lo sabe. Y le gusta
dejar correr la imaginación e ir en su busca
y mirarlo, como un animal
que mira el agua, se acerca y
bebe hasta saciarse para
tumbarse y dormir.

 

 

 

 

POR QUÉ ME HIZO MI MADRE

Puede que sea lo que ella siempre quiso,
mi padre en mujer,
tal vez soy lo que ella deseaba
cuando lo vio por primera vez, alto e inteligente,
en pie, en el patio de la universidad con la
dura luz de macho de 1937
que refulge en el pelo negro. Ella quería ese
poder. Quería ese tamaño. Tiró y
tiró de él como si fuera un caramelo
blando y oscuro de bourbon, tiró y tiró, y
tiró de su cuerpo hasta que me sacó,
correosa y deslumbrante, su vida tras su vida.
Quizá soy como soy
porque ella deseaba exactamente eso,
deseaba que existiera una mujer
semejante a ella, pero que no se reprimiese, por eso
se apretaba con fuerza contra él,
se apretaba y apretaba la bolita limpia
y suave, de sí misma, como una barrita de mantequilla
ante el rallador de acero manchado y agrio de él
hasta que yo salí por el otro lado de su cuerpo,
una mujer alta, manchada, agria, aguda,
pero con esa leche en el centro de mi naturaleza.
Me acuesto aquí y ahora, como una vez me tendí
en el hueco de su brazo, su criatura,
y siento que me mira del mismo modo
en que el hacedor de espadas contempla su cara
en el acero de la hoja.

 

 

 

 

EL VESTIDO AZUL

El primer noviembre después del divorcio
recibí un paquete de mi padre por mi cumpleaños; ninguna tarjeta, solo
una caja grande de Hink’s, la oscura
tienda almacén con un balcón y
una barandilla de caoba alrededor del balcón, podías
permanecer en pie y apretarte la frente contra ella
hasta casi sentir la densa veta
de madera, y observar hacia abajo
las filas y filas de camisolas,
enaguas, sujetadores, como si mirases
la vida interior de las mujeres. El paquete
procedía de allí, él se había aventurado en aquel lugar por mí
al igual que había entrado una vez en mi madre
para extraerme. Abrí el paquete; nunca
me regaló nada hasta ese día,
y allí me encontré un vestido azul con botones
azules como el pelaje de un pato azul pequeñito
disfrazado para adentrarse en el grisáceo azul del agua.
Me lo puse, un ajuste perfecto,
me gustó porque no resultaba provocativo, era solo un
vestido azul para una hija de 14 años, al igual
que el traje de Clark Kent era solo un sencillo traje de reportero,
sentí el tejido de algodón mercerizado Indian Head
contra la piel de la parte superior de mis brazos y en mi
espalda ancha y delgada, especialmente en la piel de mis
costillas bajo esos nuevos pechos que había
criado durante la noche como seísmos en conmemoración de su nombre.
Un año más tarde, durante una pelea sobre
lo horrible que había sido mi padre,
mi madre me dio que él no había elegido el vestido,
que simplemente dijo que no comprase algo demasiado caro y luego
ni siquiera le envió el cheque para pagarlo,
esa clase de hombre era. Así que
nunca lo vestí delante de ella
pero cuando me marché al internado
allí lo vestía todo el tiempo,
gozaba de su tacto, solo
a veces dejaba caer que era un regalo de mi padre,
queriendo mostrar en aquellos días que tenía algo
fuera verdad o no, sin importarme demasiado, solo para
tener algo.

 

 

 

 

PISCINA EN CALIFORNIA

Sobre la mugre, las hojas muertas del roble vivo
yacían como caparazones secos de tortuga
quemados y crujientes, las puntas afiladas como
aguijones de avispa. Mosquitos saciados
colgaban del aire como tiburones en el agua,
y cuando sostenías el sándwich de atún
una esfera dorada de avispas
se reunía junto a tu mano en el aire
y se movían cuando tú te movías. Todo giraba
alrededor de la gran piscina, azul y
resplandeciente como las aguas sagradas en
Cocodrilópolis, y los chicos
salían de debajo del agua por sorpresa
para tirarte. Pero el verdadero centro eran los
vestuarios: los bañadores húmedos
el olor a cloro, el hormigón frío,
la pared de pino astillada, el otro lado
donde estaban los chicos, de hecho
desnudos, en la nebulosa como
sombras en el fondo de la piscina, donde los cocodrilos
relucían en sus pieles escurridizas. Todo el verano
el agujero de la pared de madera me susurraba
ven a ver, ven a ver, ven a comer y a ser comida.

 

 

 

 

PRIMERA RELACIÓN SEXUAL

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx(para J.)

Sabía poco, y lo que sabía
no lo creía, me habían mentido
tantas veces, así que lo tomé tal como
vino, su cuerpo desnudo sobre la sábana,
los pelos pequeñitos y rizados de sus piernas como
carcasas doradas y finas, su sexo
cada vez más duro bajo mi palma
y sin embargo, no tan duro como una roca, el rostro empinado
hacia atrás, como aterrorizado, el sudor
que salía de los poros como senderos
rápidos de caracoles diminutos cuando las rodillas
se cerraban con pequeños golpecitos y bajo mi
mano él reunía y sacudía una verdadera
riada como leche de su cuerpo, lo
veo brillar en su tripa, todo lo
que me habían dicho y más, y me lo froté
en las manos como loción corporal, y firmé para siempre.

 

 

 

 

PRIMER AMOR

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx(para Averell)

Era domingo por la mañana, tenía el New York
Times desplegado en el suelo del dormitorio, la
tinta negra permanecía como plata oscura en el
reverso de mis manos, era primavera y tenía
el tragaluz de la ventana del cuarto abierto para
que entrase, incluso tenía la radio
encendida, estaba dejando que entrase del todo, las
vocecillas plateadas de la radio; incluso
me permití sentir que era Pascua, la
flor oscura de la vida abriéndose
de nuevo, su vida le había sido
devuelta otra vez, estaba enamorada y podía soportarlo, con las manos
manchadas de tinta, las noticias de la radio
llegaban a mis oídos, se había producido un accidente
y dijeron tu nombre, eras hijo del famoso y
dijeron tu nombre. Luego dijeron donde habían
llevado a los heridos y a los muertos, y llamé al
hospital, recuerdo que me arrodillé junto
al teléfono de la entrada de la tercera planta de la residencia, las
escaleras escarpadas en descenso
junto a mí, hablé con un hombre
joven, un joven médico en la
sala de urgencias, mi oído abierto
presionaba el oscuro auricular, mi vida abierta
presionaba el universo, dije
¿Cuál de ellos ha muerto? Y dijo tu nombre,
él estaba allí en pie en la habitación contigo
y decía tu nombre. Recuerdo que apoyé
la frente contra los barrotes barnizados
del carril de la balaustrada y me sujeté
apretándolos como si quisiera
arrancarlos todos a la vez, cerrarlos como una puerta
oscura, cerrarme yo misma como una puerta
igual que habías sido tú encerrado, cerrado del todo, pero no pude
hacerlo, el dolor seguía avanzando a través de mí como
la vida, como el regalo de la vida.

 

 

 

 

ESTO

Quizá si no tuviera esto
yo misma me llamaría la hija de mi madre
o identificaría mi alma con el cuenco azul
colocado sobre la mesa, o con el muro de oro, o el campo.
Me llamaría a mí misma Cobb, Stuart, Torrance,
McLean, vestiría con tela escocesa todo el tiempo,
verde clan, rojo sangre,
línea fina de vena púrpura,
si no tuviera esto. O quizá me gustaría envolver mi vida
en la bandera, en las amplias franjas de sangre, en sus
estrellas como cuencos rotos sobre esa mesa,
o en la frente curva de mi padre como el cuenco de cereales
aquí sobre mis cejas, o en la vena mala de mi madre
que corre por el interior de la pierna
como un río subterráneo.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxPero tengo esto,
así que esto es lo que soy, este cuerpo
blanco como masa amarillenta barrida con harina seca
presionada contra su cuerpo. Soy estos pechos que se
aplastan junto a él como abatibles tazas
de viaje plateadas, comprimidas unas junto a otras,
y los pezones que flotan en el centro como frambuesas
duras a la luz del sol, ambos son
mi vida, el sexo oscuro que
lo acoge a él como cualquiera que en verano
abra su garganta a la manguera sujeta
en el borde caliente de un solar. No
me preguntes por mi país o quién era mi
padre o incluso a qué me dedico, si
quieres saber quién soy, soy esto, esto.

 

 

 

 

COSAS PEQUEÑAS

Después de que se haya ido al campamento, a primera hora
de la tarde, retiro los platos del desayuno de Liddy
de la mesa de palo de rosa, y encuentro una pequeña
piscina cristalizada de almíbar de arce, los
granos permanecen allí, redondos, en la noche, la
froto con la punta del dedo
como si pudiera leerla, este signo elevado de
azúcar ámbar, y esta vez
cuando pienso en mi padre, me pregunto por qué
pienso en mi padre, en la bella copa color rojo-sangre
en su mano, o el negro pelo reluciente como un
trozo de carbón abierto en dos. Creo que he aprendido a
amar las cosas pequeñas relacionadas con él
por todas aquellas cosas grandes
que no he podido amar de él, que nadie podría, porque sería erróneo.
Así que cuando veo esta pequeña imagen de la resina
o la junto, como barriéndola, con la parte inferior de la mano, una
pila de pellejos de las quemaduras de mi hijo como
alas de insectos, allí donde pelé su espalda la noche antes del campamento,
estoy haciendo algo que aprendí muy pronto a hacer; estoy
prestando atención a la belleza pequeña,
la que sea, como si fuera nuestra obligación encontrar
cosas para amarlas y así atarnos a este mundo.

 

 

 

Olds, Sharon. La célula de oro (Trad. Óscar Curieses). Madrid; Bartleby editores, 2017.

 

LA CÉLULA DE ORO

 

SOLSTICIO DE VERANO, CIUDAD DE NUEVA YORK

Casi al final del día más largo del año no pudo soportarlo,
subió las escaleras de hierro a través de la azotea del edificio
y sobre la mullida superficie alquitranada
del borde colocó una pierna en la cornisa de estaño verde
y dijo que un paso más y se habría acabado.
Luego la gran maquinaria terrestre se encendió para salvarle la vida,
los policías llegaron con trajes azul grisáceo como el cielo de una tarde nublada,
y uno se puso un chaleco antibalas, un
caparazón negro alrededor de su propia vida,
vida del padre de sus hijos, por
si el hombre estuviera armado, y uno, colgado
de una cuerda como signo de obligación necesaria,
surgió de un agujero en la parte superior del edificio de enfrente,
como el agujero dorado que, según dicen, se encuentra en la parte superior de la cabeza,
y comenzó a espiar al hombre que deseaba morir.
El policía más alto se acercó hasta él directamente,
con suavidad, muy poco a poco, hablándole, hablándole, hablándole…
mientras la pierna del hombre colgaba sobre el borde del otro mundo
y la multitud se reunía en la calle, silenciosa, y la
red peluda con su implacable cuadrícula se
desplegaba junto a la acera y se estiraba
y extendía como sábanas preparadas para un parto.
Entonces todos ellos se acercaron un poco más
hacia donde él permanecía en cuclillas junto a la muerte, su camisa
refulgía un fulgor lechoso como algo
que ha crecido en un plato por la noche en la oscuridad de un laboratorio y después
todo se detuvo
mientras su cuerpo se sacudió
y descendió del parapeto y se dirigió hacia ellos
y lo rodearon. Pensé que iban a
golpearlo como la madre al hijo
perdido, la que grita al hijo cuando lo encuentran, lo
tomaron de los brazos y lo levantaron y
lo apoyaron en el muro de la chimenea y el
policía alto se encendió
un cigarrillo, y le ofreció, y
luego todos encendieron cigarrillos, y el
rojo refulgente de los extremos ardía como las
hogueras pequeñas que encendimos en la noche,
al principio, en el origen del mundo.

 

 

 

 

LA NIÑA

La persiguieron a ella y a su amiga por el bosque
y las atraparon en un pequeño claro, helechos
rotos al azar, un par de viejos colchones,
el ocre seco de la goma espuma,
como si el lugar hubiera estado preparado.
El flaco de pelo negro
comenzó a violar a su mejor amiga,
y el rubio se puso encima de ella,
le metió los pulgares hasta el fondo de las mandíbulas, ella tenía 12 años,
le clavó el pene en la boca y en la garganta
más rápido y más rápido y más rápido.
Después el de pelo negro se levantó;
yacían por el suelo como raíces arrancadas,
dos niñas de 12 años desnudas, él dijo
Ahora te vas a enterar de lo que significa
que te disparen 5 veces y te maten como a un cerdo,
y cambiaron los colchones,
el rubio estaba violando y apuñalando a su mejor amiga,
y el del pelo negro se la metía dentro
en un sitio y luego en otro,
la punta de la pistola presionaba en profundidad su cintura,
ella sintió un pequeño clic en la columna y una
punzada como de 7-Up en la cabeza y entonces él
arrastró la rama del árbol cubriendo su garganta
y todo se volvió oscuro,
el gimnasio se oscureció, y la cocina de su madre,
incluso los globos de luz en los redondeados
pliegues de los cuencos de anidación de su madre se apagaron.

Cuando se despertó estaba tumbada sobre el frío
de la tierra con olor a hierro, estaba bajo el colchón,
arrastrado sobre ella como una
manta en la noche,
vio el cuerpo de su mejor amiga
y empezó a correr,
llegó al límite del bosque y salió
de la arboleda, como el desbridamiento de una herida,
atravesó el campo hasta las vías
y dijo al guardafrenos del tren Por favor, señor. Por favor, señor.

En el juicio tuvo que contarlo todo;
su hermana mayor le enseñó las palabras;
se tuvo que sentar en la sala con ellos y
señalarlos. Ahora va a fiestas
pero no fuma, es animadora,
lanza su cuerpo al aire
y da patadas y al volver a casa limpia los platos
y hace los deberes, se tiene que esforzar mucho en mates,
la noche sobre el techo de su habitación
está repleta de planetas blancos. Todas las noches
reza por el alma de su mejor amiga y
a continuación, da gracias a Dios por su vida. Sabe
lo que todos nosotros no queremos saber
y hace la voltereta, la apertura de piernas, agita
los pompones trizados en los puños.

 

 

 

 

VUELVO A MAYO DE 1937

Los veo en pie, en la puerta principal de sus universidades,
veo a mi padre saliendo
bajo el arco de arenisca ocre, los
baldosines rojos brillando como
placas de sangre dobladas detrás de su cabeza, veo
a mi madre con unos cuantos libros ligeros junto a la cadera
en pie ante una columna hecha de ladrillos diminutos,
la puerta de hierro forjado está todavía abierta detrás de ella, las
puntas de flecha brillan en el aire de mayo,
están a punto de graduarse, están a punto de casarse,
son unos críos, son tontos, todo lo que saben es que son
inocentes, jamás harían daño a nadie.
Quiero alcanzarlos y decirles Parad,
no lo hagáis; ella no es la mujer adecuada,
él no es el hombre adecuado, vais a hacer cosas
que no podéis imaginar que haríais,
vais a hacer cosas terribles a los niños,
vais a sufrir de maneras completamente desconocidas,
vais a querer morir. Quiero llegar
hasta allí con esta luz de finales de mayo y decírselo,
la cara bonita y hambrienta de mi madre volviéndose hacia mí,
su lastimoso cuerpo precioso y puro,
la cara arrogante y bella de mi padre volviéndose hacia mí,
su lastimosos cuerpo precioso y puro,
pero no lo hago. Quiero vivir. Los
alzo como muñecos de papel
macho y hembra y los junto
por las caderas, como pedacitos de sílex, como si
fueran a salir chispas de ellos, y digo
Adelante, hacedlo, que yo lo contaré.

 

 

 

 

SATURNO

Se tumbaba en el sofá por las noches,
con la boca abierta, la oscuridad de la habitación
llenando su boca, y nadie advertía
que mi padre se estaba comiendo a sus hijos. Parecía
descansar tan tranquilo, cuerpo enorme
inerte en el sofá, mano grande
caída lejos de la copa.
Qué puede resultar más pasivo que un hombre
inconsciente todas las noches. Y sin embargo, mientras yacía
sobre su espalda, roncando, nuestras vidas
se perdían por el agujero de su vida.
El brazo de mi hermano entró hasta el hombro
y él se lo arrancó de cuajo, mordió y chupó en la herida
igual que se chupan las articulaciones de una langosta. Tomó
la cabeza de mi hermano en los labios
y la arrancó como una cereza de su tallo. Tú solo hubieras visto
un hombre alto, guapo
profundamente dormido, inconsciente. Y todavía
en algún lugar de su cabeza sus ojos color barro
estaban abiertos, los círculos en blanco resplandeciendo
mientras masticaba el torso de su hijo con las mandíbulas,
trituraba los huesos como blandos caparazones de cangrejo
y las exquisiteces de los genitales
enrollados a lo largo de la lengua. En los nervios de las encías e
intestinos sabía lo que estaba pasando y no fue
capaz de detenerse, como en el orgasmo, los
pies del hijo crepitando como dos pescados crudos
entre sus dientes. Eso era lo que quería,
llevarse esa vida a la boca
y mostrar lo que un hombre es capaz de hacer: enseñarle a su hijo
lo que era la vida de un hombre.

 

 

 

 

¿Y SI DIOS?

¿Y si Dios se dedicaba a mirar cuando mi madre
entraba en mi cuarto por la noche, para tumbarse junto a mí
y rezar y llorar? ¿Qué hacía Él cuando su
largo cuerpo de adulta caía sobre mí
como lava desde la cima de la montaña
y el magma surgía de sus conductos, y mi cama
se sacudía con temblores agrietando
mi naturaleza?
¿Qué era Él? ¿Era Él un bisonte que agachaba
la poca cabeza que le quedaba
y se chupaba Su puritano falo mientras llorábamos
y le rezábamos a Él, o era Él una ardilla
que se colaba a través de su agujero en mi caparazón, Su brazo
hasta el codo en la yema de mi alma
removiendo, removiendo el oro? ¿O era Él
un chaval en clase de biología, que me diseccionaba
mientras ella me sujetaba con el caparazón
para que Él me robara los huevos, o era Él un hombre
que entraba en mí mientras ella fisgaba en mi espíritu
abierto a una noche llena de estrellas;
ella dijo que todo lo que hacíamos lo hacíamos bajo Su mirada
así que Él probablemente la vería llorar, en mi
pelo, y dejaba que mi alma se resbalara por las
costillas como un diminuto jabón de hotel, Él
se lavó las manos conmigo como yo
hice con él. ¿Anda Dios por la casa?
¿Anda Dios por la casa? Entonces que baje
y separe el cuerpo de esa niña de la madre,
que la tome por el cuello como a un gatito,
que la levante, y me la entregue a mí.

 

 

 

Olds, Sharon. La célula de oro (Trad. Óscar Curieses). Madrid; Bartleby editores, 2017.

 

EL PADRE

septiembre 15, 2017 Deja un comentario

 

LA FOTOGRAFÍA QUE QUIERO

En blanco y negro, cuadrada, barnizada
como la instantánea de una cámara antigua.
Él: sentado, sobre el gran sofá,
un hombre fuerte reducido por el cáncer.
En el cuello abierto de la camisa,
los nódulos más grandes
presionan hacia fuera
como un calcetín relleno de cosas.
Su cabeza inclinada
descansa en la mía que descansa en su hombro,
mi rostro tan cerca del primer tumor
como los labios de un bebé dormido
del pecho materno.
La luz es fuerte, las sombras marcadas,
la edad ha dejado huellas en nuestros rostros.
Descansamos con los ojos cerrados,
casi dormidos, uno en el otro.

 

 

 

 

QUERER

Esperé en el pasillo mientras su mujer
preparaba todo para la noche,
ajustaba el goteo, limpiaba la saliva
seca de las comisuras de sus labios,
comprobaba que la escupidera estuviera cerca,
el timbre prendido a la sábana,
como una chupador a la cuna.
Mientras, yo pensaba en el goteo,
en la manivela de acero de la cama,
en el timbre, la taza, la luz. Siempre lo supe
un objeto en un mundo de objetos.
Y es que no hablaba, a veces, por una semana,
se limitaba a hacer esas señas suyas:
si abría y cerraba los dedos como un pico,
mujeres parloteando; si se golpeaba la frente,
la estupidez de las mujeres te destruye.
Yo había dejado de esperar que me hablara
con sinceridad antes de morir. Aguardé
junto a la enfermería, donde las madres dejan
las flores cuando se llevan sus bebés a casa.

Cuando ella salió de su habitación estaba radiante:
él le había tomado las manos, le había agradecido
cuanto había hecho por él durante veinte años,
y después le había dicho, Quiero dedicarte
el resto de mi vida.

 

 

 

 

ASOMBRO

Cuando llama para decir que mi padre morirá hoy
o mañana, recorro el pasillo, la boca abierta,
los ojos fijos. Su cabeza era un planeta navegando
sobre mi cuna y yo no lo podía entender.
En el lago, se acercaba caminando sobre las ágatas,
el pelo de su pecho ascendía como raíces.
Yo lo veía y no entendía.
Yacía tras la puerta de vidrio biselado,
junto a la garrafa de cristal,
aún intactos esos haces verticales
que después él haría añicos.
Y cuando se sentaba junto a la piscina
evitaba nuestra mirada,
sus iris, una sustancia lustrosa,
volátil, desconocida.
Sólo empezó a buscarnos cuando enfermó,
brillaba al hundirse.
Acerqué mis labios a su rostro resplandeciente
y él se inclinó hacia mí, como un meteoro
de luz hundiéndose en la cuna.

Y ahora va a morir. Recorro el pasillo
cara a cara con esa verdad
como si fuera un gran calor.
Me siento como uno de los niños pastores
cuando la estrella se posó sobre el tejado.
Pero estoy acostumbrada, conozco este asombro.
Si me hubiera atrevido a imaginar un cambio
quizá hubiera deseado cambiar mi vida
por la de alguien criado con amor,
pero ¿cómo podría alguien criado con amor
soportar esta muerte?

 

 

 

 

CARRERA

Llego al aeropuerto, corro al mostrador,
compro un pasaje y diez minutos después
cancelan el vuelo: los médicos dicen
que mi padre no pasa de esta noche
y cancelan el vuelo. Un hombre
de bigote me habla de un vuelo sin escala:
sale en siete minutos. ¿Ve ese ascensor?
Baje un piso, doble a la derecha,
coja el autobús amarillo, baje en el segundo terminal,
dice. Y yo, que carezco de toda orinteación,
corro exactamente hacia donde debo, un pez
deslizándose contra la corriente del río,
hábilmente, como si supiera. Salto del autobús,
las maletas llenas de cualquier cosa
me sacuden de lado a lado
como si quisieran demostrar
que también yo sucumbo a las leyes de lo físico.
Y yo, que siempre voy al final de la fila,
corro hacia un hombre de flor blanca en el pecho,
y le digo, Ayúdeme. Mira mi pasaje, me mira a mí,
y dice: Doble a la izquierda, después a la derecha,
suba las escaleras mecánicas y, después,
corra. Vuelo escalera arriba y ahí, al final, veo el pasillo,
respiro profundo, le digo Adiós a mi cuerpo,
adiós a la comodidad y corro, corro
como si pudiera apostarlo todo,
gastar para siempre las piernas y el corazón que él me dio,
todo para tocarlo una vez más en esta vida.
He visto fotos de mujeres corriendo,
sus pertenencias atadas con bufandas
asidas a los puños. Bendigo
las piernas largas que él me dio y abandono mi corazón
a su único propósito: llegar a la Puerta 17.
Cerraban la del avión cuando llegué.
Entonces, como quien no es demasiado rico,
me deslicé a través del ojo de la aguja
y recorrí el pasillo que me llevaba hacia mi padre. El avión
iba repleto, el cabello de los pasajeros brillaba,
una bruma de endorfinas doradas llenaba la cabina.
Lloré como lloran quienes entran al cielo,
con un alivio colosal. Despegamos
de un lado del continente
y no paramos hasta posarnos
sobre la otra orilla. Entré a su habitación
y vi su pecho ascender despacio
y bajar de nuevo. Toda la noche
estuve mirándolo respirar.

 

 

 

 

LOS OJOS DE MI PADRE

El día antes de morir, permaneció echado
hora tras hora con los ojos abiertos
y la mirada terca, cansada.
En sus iris nacieron manchas doradas
como si hubiera cambiado su esencia,
trozos de agua o de cielo injertados
en su cuerpo mineral.
Cada vez que pestañeaba, la poderosa
onda de sus pestañas atravesaba mi cuerpo
como si fuera Dios quien pestañeaba,
todo un mundo deshecho en el salto de un párpado.
Dijeron que quizá no veía nada,
que la esfera material de su ojo
estaba simplemente abierta a las cosas del mundo.
Pero a medida que avanzaba la tarde
sus ojos parecían buscar mi voz o la de su mujer.
Y una vez, cuando se movió intentando
estirar el brazo, me agaché
y volvió su iris borroso hacia mí,
su pupila se contrajo por un instante
y me recibió: era mi padre mirándome.

Fue apenas un segundo, como la repentina chispa
del deseo que brilla de pronto entre dos personas.
Después, su vista se hundió de nuevo
y sólo dejó un globo ocular,
y al día siguiente el alma huyó
y ahí ya sólo dejó a mi padre.
Pensé en esa última mirada,
una mirada sin amor ni esperanza,
su mirada de reconocimiento.

 

 

 

 

EL CUERPO MUERTO

No soportaba dejarlo solo en la habitación
después de que murió. Durante meses
siempre hubo alguien con él, estuviera dormido,
despierto, en coma, siempre alguien, pero después
nos quedábamos fuera y él dentro,
solo: como si lo único importante fuera su conciencia,
ese hombre que tuvo tan poca conciencia, que fue
90% cuerpo. Yo no soportaba
esa forma de tratarlo como basura, íbamos a quemarlo,
como si sólo importara el alma. Quién era ése
si no él, tirado ahí, seco y abandonado.
Me enfrentaría a quienquiera
que no respetara ese cuerpo: que viniera
un estudiante de medicina y se atreviera a hacer un chiste sobre su hígado
y lo derribaría. Hubiera sido tan bueno tener a quien derribar.
Y si lo íbamos a quemar,
quería quemarlo entero, no ver
su brazo mañana en el cuerpo de alguien
en Redwood City, o que le arrancaran
la lengua para transplantarla, o ese ojo renuente.
Y qué si su alma ya no estaba,
yo lo conocí desalmado toda mi infancia, lo veía
acostado en el rincón más oscuro de la sala
con la boca abierta en el sofá
y ahí no había nada más que su cuerpo.
Así que en el hospital, me quedé a su lado,
acaricié sus brazos, su cabello,
no pensaba que estuviera ahí
pero igual ése era el hombre que yo había conocido,
un hombre hecho de sustancia espesa,
un hombre crudo, como esos seres primitivos
que poblaban el mundo antes de que Dios tomara
su peculiar arcilla y creara
a su propia gente.

 

 

 

 

DESPUÉS DE LA MUERTE

Lo último, en el hospital,
fue dejar en la habitación a su mujer sola
con él. La muerte había ocurrido,
pequeño, frágil, el último suspiro
había escapado de su boca,
y ella había hablado, oradora ardiente,
desde los pies de la cama. Yo los había dejado un momento
y me quedé en un rincón, presionando mi frente
en el ángulo correcto, el pastor había llegado
con su estola fúnebre, el estetoscopio había sido
guardado en el bolsillo del médico,
las mujeres se habían sentado una a cada lado y
acariciaban sus brazos, había uno para cada una.
Y el que estaba en la cama yacía, demacrado,
deseado como siempre,
pero no temido ya. Después salimos todos,
pastor, médico, enfermera, hija,
sólo quedó su mujer, y la puerta se cerró.
Era el centro del final. Nos quedamos
en el pasillo, protegiendo la entrada,
callados, como si Dios estuviera
deshaciendo un mundo ahí dentro. Mi mente estaba vacía.
Sólo semanas después me pregunté
si se habría acostado sobre él, quizá no,
tan frágil. ¿Se habrá arrodillado junto a la cama,
habrá sostenido su mano, abierto la sábana
para mirarlo una última vez,
habrá besado sus pezones, el ombligo, su pene
muerto y tibio? El hombre en sí estaba a salvo,
esto era lo que él había descartado.
Yacía entre ellos como fruto de su amor.
¿Volvería a cubrirlo con la sábana
como a un recién nacido
una noche de verano?
Abrió la puerta y salió, su rostro húmedo
resplandecía, nunca la había visto tan en paz.

 

 

 

Olds, Sharon. El padre (Trad. Mori Ponsowy). Madrid; Bartleby editores, 2004.

 

POEMA PARA MI PRIMER AMANTE

septiembre 14, 2017 Deja un comentario

 

POEMA PARA MI PRIMER AMANTE

Ahora que comprendo, me gusta
pensar en tu horror: te habían dado una joven
loca de amor, largo cuerpo
lozano y crudo, delgado como un jabón
gastado, pechos redondos y turgentes y
opalinos como pompas de jabón,
colocada entre tus piernas, dieciocho años,
intacta. Me gusta entender tu
horror, ahora, la forma en la que la tomaste,
desvirgándola como si destripases un pescado,
marchándote en la mañana hablando de una esposa.
Ahora que sé
algo del miedo al amor
me gusta pensar en su cuerpo incandescente
verduzco como un pez sacado a tierra, retorciéndose
a palmetazos contra una roca —caída en tu
regazo, hombre, estremeciéndose como tu polla,
una mujer enajenada de amor, recién
salidita, punzante como una herramienta a estrenar,
centelleante sobre tus muslos y todo lo que
podías hacer con tanto horror era arrancar su fruto como a un
caracol para sacarlo de su negra concha y después
deshacerte de ella. Me intimida que el horror
se cobre tanto, estoy enamorada de la chica que fue
a ofrecerse, vino a ti y
lo dispuso todo como un manjar en una bandeja, la
dulce carne —sí, sí,
acepto el regalo.

 

 

 

Olds, Sharon. Los muertos y los vivos (Trad. J. J. Almagro Iglesias y Carlos Jiménez Arribas). Madrid; Bartleby editores, 2006.

 

LOS MUERTOS Y LOS VIVOS

septiembre 13, 2017 Deja un comentario

 

FOTOGRAFÍA DE LA NIÑA

La niña está sentada en la tierra dura,
áspero molde de Rusia, en la sequía
de 1921, aturdida,
los ojos cerrados, la boca abierta,
un crudo viento abrasador le sopla
arena en la cara. Hambruna y pubertad
se apoderan de ella. Echada sobre un saco,
el calor descoloca todo lo que lleva puesto,
curvando el tierno radio de su brazo.
No puede no ser bella, pero
se muere de hambre. Adelgaza cada día, y sus huesos
se hacen largos, porosos. El pie de foto dice
que va a morir de hambre ese invierno
con miles de otros seres. En la sima de su cuerpo
los ovarios liberan sus primeros óvulos,
dorados como el grano.

 

 

 

 

NEVSKY PROSPEKT

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx(Julio 1917)

Es una foto antigua, muy negra y
muy blanca. Una mujer
se levanta la pesada falda mientras corre.
Un hombre con chaqueta blanca y manos
atadas a la espalda corre,
la barbilla prominente. Una mujer mayor
de luto riguroso se vuelve y mira atrás.
Un hombre se tira en el asfalto.
Un niño con botas pesadas va corriendo
pero mira hacia atrás por encima del hombro
a los cuerpos amontonados, negros y blancos.
La gran plaza de adoquín
queda salpicada de manchas de tinta por el suelo
y sombreros blancos olvidados. Todo lo demás
se aleja como un mar del ruido que escuchamos
en el silencio de la fotografía
igual que ven los sordos el sonido: la terrible
voz de los subfusiles cuando dicen
Esto es más importante que tu vida.

 

 

 

 

LA MUERTE DE MARILYN MONROE

Palparon los de la ambulancia el cuerpo,
frío, lo subieron, pesado como el hierro,
a la camilla, le intentaron cerrar
la boca, le cerraron los ojos, ataron
los brazos a los lados, apartaron un mechón
de pelo enredado, como si importara,
vieron la forma de sus pechos, aplastados por
la gravedad, bajo la sábana,
se la llevaron, como si se tratara de ella,
escaleras abajo.

Esos hombres nunca fueron los mismos. Salieron
después, igual que hacían siempre,
a tomar una copa o dos, pero no podían
mirarse a los ojos.
xxxxxxxxxixxxxxxxDieron sus vidas
un vuelco — uno sufría pesadillas, dolores
extraños, impotencia, depresión. A otro
no le gustaba su trabajo, su mujer le parecía
diferente, sus hijos. Incluso la muerte
se le antojaba distinta —un lugar donde ella
le estaría esperando,

y el otro se encontró a sí mismo por la noche
en el umbral de la habitación del sueño, escuchando
a una mujer respirar, tan sólo una mujer
normal
respirando.

 

 

 

 

CONFLICTOS

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx(Rodesia, 1978)

Deja ya de hablar de conflictos.
Veo la cabeza pálida como el vientre de una araña de la
recién nacida encima de la hierba, con la tela de araña de
venas visibles en su cráneo, la piel
gris y fulgente, el limpio corte de
la bayoneta en mitad del pecho.
Veo la cara de su madre, a golpes,
ha tomado la forma de una planta,
un cactus con espinas grises y carnosos
brotes de color granate oscuro.
Veo el largo de su brazo sobre la pequeña;
su muñeca descansa inmóvil con todo su peso, sobre las
diminutas costillas.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxNo me hables de
política, tío. Que tengo ojos.

 

 

 

 

EL GREMIO

Todas las noches, cuando mi abuelo se sentaba
frente al fuego en la penumbra,
flameante la copa en la mano, su ojo
brillando en la vana aureola
de la llama, el ojo de cristal siniestro y pétreo,
un joven se sentaba junto a él
en silencio y oscuridad, un universitario de
piel blanca, sin arrugas, una bella
cara enjuta, una frente
muy pronunciada y ojos de ámbar como la resina de
los árboles aún jóvenes para ser cortados.
Era su hijo, allí sentado, un aprendiz,
noche tras noche, su vaso de carbón
junto al vaso de carbón del anciano,
y bebía cuando él bebía, y aprendió
el arte del olvido —ese joven
todavía sin crueldad, el pelo oscuro como
la tierra que alimenta la raíz del árbol,
ese hijo que superaría
con creces al maestro, el aprendiz
que dejaría atrás a su patrón en crueldad y olvido,
bebiendo sin pausa junto a las llamas entre las tinieblas,
ese joven, mi padre.

 

 

 

 

LAS FORMAS

Siempre tuve la sensación de que mi madre
moriría por nosotros, se lanzaría a un fuego
para sacarnos, el pelo incandescente como
un halo, se zambulliría en el agua, su cuerpo
blanco sucumbiendo y girando lentamente,
ese astronauta cuyo cable se corta
para
xxxxxperderse
xxxxxxxxxixxxxen la nada. Nos habría
protegido con su cuerpo, habría interpuesto
sus senos entre nuestro pecho y el cuchillo,
nos habría metido en el bolsillo del abrigo
lejos de las tormentas. En la tragedia, el animal
hembra habría muerto por nosotros,

pero en la vida tal y como era
tuvo que mirar
por ella.
Tuvo que hacer a los niños
lo que él dijera, tenía que
protegerse. En la guerra, habría
dado la vida por nosotros, te aseguro que sí,
y lo sé: soy una estudiosa de la guerra,
de hornos de gas, de asfixia, de cuchillos,
de ahogamientos, quemaduras, de todas las formas
en las que sufrí su amor.

 

 

 

 

UNIDAD DE QUEMADOS

Cuando mi madre habla de la Unidad de Quemados
que ha donado al hospital de su ciudad,
mi pelo asciende y flamea como humo
en el aire que rodea mi cabeza. Menciona las
camas en su nombre, los baños en suspensión y
kilómetros cuadrados de venda, y pienso en los
años con ella, yo su hija, como
sin piel, dando vueltas en carne
viva, con quemaduras de primer grado en el noventa
por ciento del cuerpo. Solía quedarme pegada a las puertas
que intentaba cruzar, a las sillas de las que
intentaba levantarme, jirones
que se desprendían fácilmente como
carne de cerdo muy hecha, y nadie me daba
una gasa, o un corte de mantequilla para que
se fundiese en mi costado crujiente, pero cuando
gritaba, ella me arrimaba a su
plancha ardiendo, cuando la cabeza calcinada apestaba ella
me arrastraba más y más a la habitación
en llamas de su vida. Así que cuando habla de su
Unidad de Quemados imagino a una niña
que llegará allí, flotará en un agua
turbia como lágrimas, un colgajo suspendido en una
bañera de ungüento, chupando hielo mientras
apagan las diminutas llamas que quedan
en el pelo cercano al cerebro, y digo
Déjale dormir cuanto quiera, permítele salir
indemne, sin ninguna marca que
honre el poder del fuego.

 

 

 

 

LOS INVASORES

Hitler entró en París como mi
hermana entraba en mi habitación por la noche,
se sentaba a horcajadas sobre mí, me estrujaba con las rodillas,
clavaba las uñas de los pulgares en mis muñecas y
meaba encima de mí, sabiendo que nuestra madre nunca
creería mi versión. Todo muy
cauto, la cara borrosa sobre mí
refulgiendo en la sombra, el olor ocre
de su orina propagándose por el cuarto, el
calor hirviendo en mis piernas, mojada
mi estrecha pelvis. Cuando cesó el silbido, cuando un
agujero había sido marcado a fuego en mi cuerpo, tumbada
y calcinada de vergüenza, percibí el
relumbrar de su piel en el aire, el placer
acre que crecía cuando Hitler se asomaba a
la tumba de Napoleón y murmuraba Éste es el
mejor momento de mi vida.

 

 

 

 

EL SIGNO DE SATURNO

Algunas veces mi hija me mira con un
oscuro gesto de ámbar, como mi padre
a punto de desmayarse de indignación, y recuerdo
que ella nació bajo el signo de Saturno,
el padre que devoró a sus hijos. A veces
su oscura y muda nuca
me recuerda a él inconsciente en el sofá
cada noche, con la cara vuelta.
Algunas veces le oigo hablar con su hermano
con esa frialdad que en él pasaba por madurez,
esa rabia endurecida por la voluntad, y cuando ella se enfurece
en su habitación, y da un portazo,
puedo ver su espalda, vacía y vasta,
cuando él se desvanecía para escapar de nosotros,
y se tumbaba mientras el bourbon convertía su cerebro
en carbón. A veces veo ese carbón
ígneo en los ojos de mi hija. Al hablar con ella,
intentando persuadirla hacia lo humano, su carita
limpia se ladea como si no pudiera
oírme, como si estuviera atenta
a la sangre de su propio oído, en vez de a mí,
a la voz de su abuelo.

 

 

 

 

35 / 10

Mientras cepillo el pelo oscuro y
sedoso de mi hija ante el espejo
veo el canoso resplandor de mi cabeza,
la sirvienta llena de canas que está detrás. ¿Por qué será
que justo cuando comenzamos a marcharnos
ellos llegan, las dobleces del cuello
haciéndose evidentes mientras que los delicados huesos de sus
caderas se afilan? Mientras mi piel muestra
sus marcas resecas, ella se abre como una flor
pequeña y pálida en la punta de un cactus;
cuando mis últimas oportunidades de concebir un hijo
se me escapan por el cuerpo, restos inútiles,
su bolas llena de óvulos, redondos y
compactos como yemas de huevo duro, está a punto de
hacer saltar su broche. Le cepillo el pelo enredado
y fragante a la hora de acostarse. Es una vieja
historia —la más antigua que existe en la tierra—
la historia del testigo.

 

 

 

Olds, Sharon. Los muertos y los vivos (Trad. J. J. Almagro Iglesias y Carlos Jiménez Arribas). Madrid; Bartleby editores, 2006.

 

LOS REGALOS DE LOS AMIGOS (VI)

abril 26, 2013 1 comentario

Ayer llegó Pepo a Murcia, donde tenía que hacer un reportaje, y como las cosas están como están le sugerimos que se podía quedar en casa y así se ahorraba el hotel. Lo hizo. Y a mí me regaló los libros que pueden ver en la imagen (algunos de ellos son auténticas joyas de coleccionista, como el libro de Richard Aldington).

Y creo que mi biblioteca personal ha aumentado varios enteros (hablo de calidad, por supuesto).

Comentaré algo sobre ellos próximamente, en cuanto los lea y los digiera mínimamente.

 

Bartleby

 

Pepo: gracias.

 

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Literatura, música y algún vicio más

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