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HE HEREDADO LA NOCHE

he heredado la noche

 

IMPRUDENCIA DEL NÓMADA

Decir nosotros como decir belleza. Y, sin embargo, creo. No en el futuro, sino en la memoria de pasado mañana (y no olvido las fotografías veladas por la muerte ni la mirada procaz de la medusa que habita en los espejos). No hay tierra de llegada, tan sólo de partida, y por eso sonrío a pesar de la luz a plazo fijo. Se inventa cada día la palabra nosotros, como se inventa yo (esa palabra absurda, esa hermosa insistencia, sonido que hace el mar en la violenta sístole en que perece una gaviota suavísima de humo).

 

 

 

TESTAMENTO

Hoy he recordado todos mis oficios: profeta en Central Park, peluquero en Treblinka, obrera en una fábrica de lluvia, buhonero de verbos atroces y olvidados, campesina, senescal, prostituta, juglar de dioses y de infierno.
Hoy ciertamente he recordado todos mis oficios. El poema es una rueda de fuego, un río caudaloso donde arrojé un espejo, un espejo robado. Lo squé convertido en una rama verde. Se deshizo en mis manos. Se deshizo en ceniza que el río recibió como una ofrenda.
Quiero olvidar mi rostro mientras quiera la noche.

 

 

 

REPORTAJE TARDÍO SOBRE SARAJEVO

Arde la biblioteca en Sarajevo. No importa demasiado. Hay escombros de sueños que las llamas abrazan en la ciudad insomne. Son tal vez niños, niños dormidos, niños exiliados de la infancia sin dejar de ser niños, absurdos seres que antes de dormir ya habían aprendido que el caballero no vencerá al dragón pues son un mismo ser y una misma frontera, que la guerra no juega sino impone sus reglas tan extrañas que uno no sabe discutirlas. Me pido con los buenos, ha dicho uno demasiado tarde (niños armados de blancura cuentan vueltos de espaldas mientras ella se esconde). Si alguien supiera preguntarles, podrían explicarnos que ese caballo es un corcel salvaje que una muchacha enciende con su antorcha de hielo que no tiembla. Hay una nieve sucia desde siempre.
Arde una biblioteca. El poema y el himno, las palabras del hombre y su asesino forman una sola canción interminable. Una página vuela como un ala arrancada. Tal vez sigue diciendo estuvimos aquí y la vida fue esto perdonadnos. Su voz se borra en humo hacia nubes que pesan con color de derrota mientras escriben formas que ya nadie descifra pues el cielo es ahora únicamente un país enemigo. Dicen que un escritor tuvo valor para quemar su Shakespeare. Es muy duro el invierno y son precisos gestos para inventar la vida cuando nadie pronuncia el idioma ciego de los muñecos
(hay que contar al revés todos los cuentos. Hoy nada ha comenzado. Un niño más cruel que los héroes termina de contar hasta cien, hasta río, hasta savia, hasta barro. Abre los ojos más allá de su nombre)
Arde una biblioteca en Sarajevo. No durarán las huellas cuando la nieve funda. Es el fuego la palabra del héroe. Allí enciende su canto que no existe.

 

 

Gómez Toré, José Luis. He heredado la noche. Madrid: Ediciones Rialp, 2003.

 

EN ALMERÍA CASI NUNCA LLUEVE

febrero 15, 2013 2 comentarios

En Almería casi nunca llueve

 

TODO

Si un hombre a los cincuenta años
se enamora de una adolescente,
su pasión confirma la teoría de Einstein,
la filosofía de Kant, la angustia de Shopenhauer,
el teatro de Shakespeare, los zapatos de Chaplin,
y la inocuidad de las puestas de sol.

Si una muchacha en plena adolescencia
se enamora de un hombre de cincuenta años,
su pasión confirma la teoría de Einstein,
la filosofía de Kant, la angustia de Shopenhauer,
el teatro de Shakespeare, los zapatos de Chaplin,
y la inocuidad de los amaneceres.

Si se besan y caminan del brazo por La Habana,
ya lo habían advertido Einstein, Kant,
Shopenhauer, Shakespeare, Chaplin;
si se desnudan en un cuarto de hotel y son felices,
tenían razón los que han llorado en los crepúsculos.

Si, en fin, se aman, todas las otras parejas existentes
(matrimonios legales y metálicos, amantes hotelómanos,
novios castos o impúdicos, simples enamorados,
pretendientes de todos los tiempos y lugares)
han sido y son simple coincidencia,
literalmente, s-i-m-p-l-e c-o-i-n-c-i-d-e-n-c-i-a.

 

 

 

EL OLOR DE LOS ÁRBOLES

Los árboles tienen un olor parecido al olor de tus senos,
un olor entre azul y amarillo,
un tenue olor a sábado con lluvia,
a cine mudo con música de pájaros.

Los árboles tienen un olor parecido al olor de tus manos,
un olor entre blanco y violeta,
un tenue olor a poemas nocturnos,
a balcón hacia el mar,
a miradas de escándalo.

Los árboles tienen un olor parecido al olor de tu vientre,
un olor entre verde y saliva,
un vivo olor a sábanas y copas,
a sopas tibias y marea revuelta.

Los árboles tienen un olor parecido al olor de tus piernas,
un olor entre negro y cansancio,
un olor cursi, casi barítono,
casi palabra escatológica.

Los árboles tienen un olor parecido al olor de tus muslos,
un olor de colores imprecisos,
un olor triste y cándido.

Los árboles tienen un olor parecido al olor de tu sexo,
pero no tanto.

 

 

 

POEMA COLOQUIAL SIN MOTIVO APARENTE

Este documental de La Habana a principios de siglo,
con sus tranvías, con su gente apurada caminando hacia mí;
esas escenas en blanco y negro como la misma vida,
los anuncios lumínicos, los sombreros,
las insólitas faldas de las señoritas;
este documental donde yo no aparezco todavía
pero la lógica indica que pasaré por esa esquina exacta,
que tomaré el tranvía hacia los ojos de otra gente;
esos recodos de la ciudad donde el tendido eléctrico
está lleno de pájaros,
y las columnas cubiertas de propaganda electoral,
y los balcones de las casas con niños
que peligran en los barandales;
este documental donde un desconocido mira hacia la cámara
sin saber que seguirá mirándome tantos años después;
este documental que no ganará premios
ni resiste el más leve comentario crítico,
que nadie viene a ver a este cine olvidado
de un pueblo de campo;
que la proyeccionista accedió a proyectarlo con fastidio;
este documental triste y silente,
me ha recordado, no sé por qué, los ojos de Natalia.

 

 

Díaz-Pimienta, Alexis. En Almería casi nunca llueve. Sevilla: Qüásyeditorial, 1996.

 

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