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Posts Tagged ‘sergio gaspar’

ENUNCIADO

Yasmine Bleeth, Alyssa Milano & Peta Wilson'

 

No podré.
xxPronunció las palabras en baja voz, apenas en un susurro, mientras obervaba el suelo de cemento y aguardaba una respuesta, porque cualquier gesto le serviría ahora, una orden enérgica, una caricia que recorriese su espalda, un golpe de castigo en la nuca, un tirón suave o firme de la correa que reunía su cuello con la mano derecha de la mujer que permanecía a su espalda en perfecto silencio, quieta, hasta rozar la desaparición.
xxCerró con fuerza los ojos, persiguiendo recuperar la excitación perdida, salvar un resto de erección que justificase la imagen de su cuerpo a cuatro patas y desnudo, sosteniendo la larga y gruesa cola de felpa que colgaba del plug anal hundido entre sus nalgas.
xxSe vió entrando tras la mujer en el hipermercado dos horas antes. La vio vestida exactamente como él se lo había indicado, igual que la vería ahora si se atreviese a abrir los ojos, separarlos del suelo, y girar la cabeza hacia atrás, al punto del pasillo desde el que la mujer empuñaba la correa. Vio la tela llegar a sus rodillas y transformarse en dos columnas de charol brillante y blanco, terminadas en tacones de aguja. Vio a la mujer dirigirse con su traje chaqueta a la sección de alimentos para mascotas. La vio proceder exactamente como él se lo había indicado: retirar de las estanterías varios paquetes y bolsas de comida de perros, sostenerlos entre sus manos el tiempo suficiente para que él pudiera gozar con la figura de la mujer mientras leía la lista de los ingredientes, mientras estudiaba los alimentos más nutritivos y sabrosos para su mascota.
xxEl marido le había entregado el guión a su mujer cuatro días antes.
xxGuárdalo. No quiero que lo leas delante de mí. Quiero que lo hagas en el trabajo mañana. Que lo leas a solas.
xxEl hombre la penetró aquella noche con violencia. La puso de rodillas en el borde de la cama, la cabeza entre las manos, y la golpeó con el pene hasta obligarla a gritar. Antes de cada penetración la llamaba perra. La llamó sucia perra de mierda, sólo eres mi sucia perra de mierda, mientras se vaciaba en su sexo. Después, todavía con el pene en su interior, le dijo que la quería. Ella lo oyó.
xxMónica leía en el despacho con un dónut de chocolate en la mano.
xxHabía retrasado el momento de sacar las páginas impresas del bolso para prolongar la excitación que le producía aquel gesto inesperado de su marido. Hacía tiempo que Javier la había acostumbrado a representar sus fantasías, más aún, que la había forzado a descubrir y aceptar que las fantasías de su marido se habían transformado en las suyas. Javier le describía con precisión el escenario y los personajes, la ropa con la que debería vestirse. Le concedía un nombre y una edad. Se llamaría Montse, por ejemplo, y actuaría como la sumisa de un amo que iba a cederla por primera vez a un desconocido como prueba de obediencia y amor. Había sido obligada a lamer de rodillas, con los ojos vendados y las manos atadas a la espalda, los testículos del policía que la interrogaba, forzada a suplicarle a su interrogador que se corriese en su boca. Entró con quince años en el despacho del director del internado, un hombre que la doblaba en edad, un hombre vestido con un traje oscuro, que empuñaba una regla de plástico y que le ordenaba a la señorita quitarse las bragas ante él. Después la apoyaba contra su mesa, la obligaba a levantarse ella misma la falda y a mantenerla en alto el tiempo que durase el correctivo. Era virgen, y tuvo que elegir ante ese director entre perder su virginidad o que la penetrase por el culo.
xxMónica se llevó a la boca el dónut de chocolate y lo mordió por primera vez.
xxEra la primera vez que Javier usaba un guión escrito. Cuando le anunció que escribiría el guión de un ritual, sintió aquel temor violento y conocido, idéntico al que la asaltaba las últimas semanas durante la representación de las fantasías y que contribuía a excitarla y turbarla todavía más. Reconocía aquel miedo a traspasar una frontera tras la que no encontraría el dolor y la humillación sin escenificaciones, sino algo aún más aterrador: la posibilidad de dejar de amar a Javier. Llevaba semanas intuyendo que corría y buscaba un peligro oculto en aquellos juegos deseados e impuestos, percibiendo el vértigo creciente de no desear más a su marido, sino a los hombres que la estaban poseyendo.
xxA Mónica le encantaban los donuts de chocolate. Sacó el segundo de la caja y empezó a leer.
xxCuando la mujer regresó del trabajo, Javier la estaba esperando. No podía, quizá no deseaba tampoco, disimular su impaciencia. La mujer cruzó el salón y se sentó en el sofá, al lado de la butaca que ocupaba el hombre. Abrió el bolso y sacó las páginas impresas.
xxLo haremos con dos condiciones.
xxEntonces, ¿estás de acuerdo?
xxNo contestó.
xxLo haremos con dos condiciones. Una: la palabra de seguridad no será la del guión. La palabra será donuts.
xxEl hombre sonrió.
xxTe burlas de mí. Veo que te has disgustado.
xxLa mujer no contestó.
xxDos: tu perrera no la montaré en nuestro dormitorio, sino en la habitación del sótano. Mañana saldré antes del trabajo, así compraré tu uniforme y lo necesario para amueblar la perrera. El sábado por la tarde me acompañarás al híper y te mantendrás a distancia mientras me observes elegir tu comida. Cumpliré el guión y quiero que tú lo cumplas. A partir de ahora, empieza tu ayuno, sólo beberás agua. En las próximas cuarenta y ocho horas, hasta que te baje a la perrera, no te ducharás, tampoco te lavarás las manos. Si cagas, no podrás limpiarte. Recuerda que los perros no se tocan, tú tampoco te tocarás, ni siquiera para orinar. No te cruzarás conmigo en el trabajo. Desde este momento no te dirigiré la palabra ni quiero que me la dirijas.
xx¿Puedo decirte una cosa, cariño?
xxNo puedes decirme nada, sólo donuts.
xxMónica se tumbó en la cama, desnuda, dejando la luz de su mesilla de noche encendida. Su marido llevaba varios minutos en el baño del dormitorio. Mónica había escuchado con atención el ruido de la cremallera al bajarse, pero no oyó otro sonido. Supuso que la erección del hombre sería tan intensa que le impediría orinar. Seguramente su marido permanecía sentado en la taza del váter, esforzándose en vaciar su vejiga. Entonces le oyó desprenderse de su ropa, le vio salir por fin desnudo con el pene casi pegado al vientre y supo que no había conseguido orinar.
xxSe abrió de piernas en la cama, levantó con suavidad los brazos y se aferró con ambas manos al cabezal.
xxEl hombre la miraba apenas a un metro de su cuerpo, envuelto por la luz de la mesilla de noche. Mónica mantenía la vista fija en el glande brillante. La piel del prepucio se habría retirado muchos minutos antes, dejándolo sin protección, obligándolo a rozarse contra la ropa. No le interesaba el rostro de su marido, ni su pecho, ni sus piernas. Quería que viese, que sintiese, que ella sólo estaba contemplando su sexo. Por un momento deseó, o tal vez temió, que el hombre no lograría soportarlo y que la penetraría. Permanecieron congelados en una fotografía que se movía vertiginosamente sin escapar de sí misma. Al fin la mujer bajó sus brazos, juntó las piernas y se incorporó hasta sentarse en el borde de la cama. Alzó la palma de una mano hacia el pene erecto, creando unas paralelas que no deberían encontrarse. La mantuvo inmóvil un par de minutos, hasta que la mano se alejó y cayó en el interruptor de la luz.
xxCuando Javier terminó de desnudarse, tras regresar del hipermercado, frente a la mujer vestida con un traje chaqueta de tela gris y botas blancas de charol, mostraba una erección insoportable. En aquellas cuarenta y ocho horas el dolor de los testículos no había cesado de crecer, ni siquiera en los momentos en que conseguía orinar o disminuir la erección. Desde la tarde anterior había murmurado varias veces donuts a solas.
xxPermanecía de pie en el dormitorio, desnudo, mientras la mujer se enfundaba unos guantes de cuero blanco, con los que le vestiría de perro y de los que ya no debería desprenderse hasta concluir la representación. El gesto de uno de los guantes le ordenó que se arrodillara y apoyase las patas delanteras en el suelo.
xxTodo resultó rápido, lento. Le apresaron el cuello con un estrecho collar claveteado. Le ciñeron una correa de cuero de tres metros de largo a un aro de metal en la parte posterior del collar. Le separaron las piernas y le introdujeron suavemente el plug anal del que colgaba su cola, que rozaba casi el suelo. Su culo despedía un tibio olor a mierda.
xxSupo que había llegado el momento de abandonar a cuatro patas el dormitorio, meneando graciosamente la cola, delante de la mujer que mantenía con firmeza la correa con su mano derecha mientras que con la izquierda sostenía la bolsa del hipermercado.
xxCruzó el comedor y llegaron a la escalera que conducía al sótano. Mientras la bajaban, la mujer estiraba de la correa y le obligaba a echar hacia atrás la cabeza, a tantear con sus patas delanteras en un esfuerzo por no caerse. Oía el ruido áspero de los tacones de aguja y sabía que su cola rozaba los escalones.
xxQuieto ante la puerta de la perrera, pronunció en voz baja las palabras, casi las susurró, mientras miraba el suelo de cemento.
xxNo podré.
xxEl dolor de los testículos continuaba creciendo, pero la erección había desaparecido por completo mientras recorría a cuatro patas el pasillo que le conducía a la perrera.
xxEntonces llegó el gesto que necesitaba para atreverse a cruzar el umbral de la puerta. La mujer había salido de su inmovilidad y ahora le acariciaba con sus guantes los testículos. Después, al comprobar que la rigidez del pene volvía, lo apresó con suavidad por el extremo y retiró el prepucio con fuerza. Se lo agradeció como nunca le había agradecido otro gesto en sus vidas, más que permitirle sodomizarla, o marcarle las nalgas con una fusta, o renunciar a tener hijos. Comprendió que le estaba dando las gracias por primera vez.
xxPrepararás la perrera en nuestro dormitorio el sábado por la mañana. No me permitirás verla hasta que me conduzcas a ella. Salvo el plato de comida para perros, que deberá ser grande, hondo y de metal, el resto lo dejo a tu imaginación. Sé que no me defraudarás. Llenarás el plato hasta el borde con el alimento que yo te haya visto comprar en el híper, pero no me permitirás todavía comerlo. Me habrás atado por la correa en algún punto de la habitación. Entonces me hablarás por primera vez. Tienes que memorizar exactamente lo que yo oiré. No deberás leerlo. Es fundamental que no lo hagas. Dirás exactamente esto, sin improvisar, sin apartarte ni una palabra del guión. Dirás lentamente: Seguro que mi perrito tiene hambre después de tantas horas de ayuno. ¿Verdad que estás hambriento, perrito? Te he traído una cosita muy rica, alimento para perros como tú, disfrutarás tragándotela. Si te la comes toda, si dejas bien limpio el plato con tu lengua, tu amita te tocará ese pene tan tieso que tienes. Tu amita te ordeñará con sus guantes, pero tienes que comportarte como un perrito obediente.
xxEl segundo dónut permanecía sobre la mesa del despacho, abandonado. La excitación de Mónica había desaparecido, lo mismo que la mezcla de estupor y asco que la invadió desde las primeras palabras de Javier.
xxEres un verdadero hijo de perra –dijo, sentada en la silla giratoria de su despacho frente a la última de las tres cuartillas del guión.
xxSonrió, divertida por su chiste. Dejó caer el papel y comprendió que se alejaba por fin de la confusión y la angustia en las que había vivido envuelta las últimas semanas (He elegido a Alberto para que lo hagas. Te resultará fácil. Se nota que tú le gustas), desde que aceptó cumplir la inesperada fantasía de su marido (Lo haréis en los aseos que están al lado de mi despacho. Le dirás que yo te lo he pedido, que yo sé que lo estáis haciendo al otro lado de la pared), una fantasía que parecían explicar sus propios labios, porque coincidía con la escena que ella también llevaba tiempo imaginando (Le explicarás que yo quiero que se corra en tu boca. Le suplicarás que te permita hacerlo, aunque me parece que no tendrás que suplicarle demasiado) sin atreverse a pronunciarla (Se la chuparás en cuclillas, con la falda levantada hasta la cintura y los muslos abiertos), sin decidirse a explicarle a su marido lo que deseaba, lo que su marido ahora le estaba ordenando (Cuando termine, echarás atrás la cabeza para que Alberto vea bien tu cuello, para que pueda contemplar cómo te tragas su semen. Después vendrás a mi despacho y me lo explicarás con detalle), lo que hizo.
xxPensó: No lo haré. Esto se ha terminado para siempre.
xxEntonces alguien abrió la puerta del despacho sin llamar y entró Alberto.
xxEstoy trabajando –dijo la mujer.
xxEl hombre cerró despacio la puerta y cruzó la habitación. Conocía este juego de resistencia fingida, el guión de este vídeo que llevaban semanas contemplando, espectadores que actuaban.
xxHablo en serio, Alberto. Tengo trabajo.
xxLas palabras formaban parte del guión, pero su tono nadie lo había escrito.
xxDebe de ser un documento importante el que tienes sobre la mesa –dijo el hombre, señalando con la mirada los papeles–. No será la lista de los próximos despidos de tu marido…¿Me encuentro en esa lista?
xxSabes que no es eso. Quiero que te vayas. Te lo explicaré más tarde.
xxEl hombre intuyó una oportunidad de regresar al guión y decidió intentarlo. Dio la vuelta a la mesa, se situó tras la mujer y rodeó su cuello con ambas manos, como un collar, sin tocarlo todavía.
xxNo lo hagas, por favor.
xx¿Qué es lo que no debo hacer? Dímelo.
xxNo me haga usted daño, por favor.
xxLas manos rozaron el cuello de la mujer y comenzaron a apretar, como una amenaza suave.
xxPodría asfixiarte, puta ¿Lo sabes?
xxApretó un poco más, mientras lo decía.
xxTienes suerte de que no me guste follar a tías muertas. Ponte en pie.
xxElla se levantó, con las manos del hombre aún apresando su cuello. Él retiró con una pierna la silla. Entonces liberó el cuello y sus manos bajaron por los pechos de la mujer, por su vientre, levantaron por delante la falda y le separaron los muslos.
xxMe vas a suplicar que te toque.
xxTóqueme, por favor.
xxMás fuerte, puta.
xxTóqueme el sexo… Se lo suplico.
xxLe separó las bragas y le hundió tres dedos, estirando con violencia la carne del pubis hacia fuera. La mujer se inclinó, o cayó hacia delante, y apoyó las manos en la mesa, o detuvo con ellas la caída. En esta postura el hombre lograba ver a la izquierda de la mujer, junto a una caja de donuts, dos cuartillas escritas. La tercera se la tapaba aún su cuerpo.
xxElla apretó con fuerza los párpados. Quiso oírse.
xxNo me deje preñada. Se lo suplico. Fólleme por detrás, pero no me deje preñada.
xxÉl hundió aún más los tres dedos, sin interés, mecánicamente. Se había inclinado sobre la espalda de la mujer y se esforzaba por leer la cuartilla que ocultaba su cuerpo.
xxJavier entró en la perrera arrastrado por la correa que lo unía a unos guantes de cuero. Vio dos platos de comida de perros, de plástico verde. Pudo ver una garrafa de agua junto a uno de los platos y, a su lado, le pareció distinguir dos maderas negras de forma rectangular, incomprensibles de pronto. La más estrecha y corta mostraba dos agujeros circulares. En el cepo más largo y ancho, se abría un círculo grande en el centro y dos menores a los costados.
xxAunque mantenía el pene pegado al vientre, a pesar de que había regresado la excitación, empezaba a necesitar, a desear también, que todo aquello terminase cuanto antes. Por ello agradeció el gesto de su esposa de no llenar hasta el borde el plato de comida con las bolas de pienso seco que le había visto comprar. Pensó que quizás ella deseaba también acabar la representación.
xxSu esposa no lo ató para impedirle alcanzar el plato, como se había establecido en el guión, pero ahora este descuido le parecía irrelevante, la supresión de un paso innecesario, incluso torpe.
xxLa sorpresa llegaría a continuación, rápida y lenta, como una fotografía en la que las imágenes se moviesen en su interior, aunque sin conseguir pasar a la imagen siguiente, concediéndole un espacio en la realidad para oponerse a lo que estaba sucediendo, pero negándole cualquier tiempo para reaccionar.
xxSu esposa le retiró el collar y el plug anal del que pendía su cola, lo alzó de rodillas ante ella, liberándolo de su postura de perro, y le obligó a sostener ambas manos a la altura de la cabeza. Después le apresó el cuello y las muñecas con el cepo y cerró los candados de los extremos. Los tobillos del hombre quedaron inmovilizados por el segundo cepo, a una distancia de cinco centímetros el uno del otro.
xxSexo –consiguió decir por fin.
xxLa mujer le miró sin expresión.
xxTe has equivocado de palabra de seguridad.
xxPerdón. Donuts. Era donuts. Donuts. Era donuts.
xxTe has vuelto a equivocar de palabra de seguridad. No te será fácil acertar. Hay un segundo guión.
xxLa mujer había sacado una cuartilla de la bolsa del hipermercado.
xxHay un segundo guión en el que otro ha escrito esto.
xxLeyó, con un tono sin matices, horizontal como un guión.
xxMi perrito, he decidido encerrarte en esta perrera un tiempo. Tendrás que hacer aquí dentro tus necesidades. Te he puesto pocas bolas de pienso y poca agua para que cagues y mees poco. Cuando el hedor te resulte insoportable, me lo agradecerás. Naturalmente, tu amita no va a tocarte ese pene de perro tan tieso que tienes…
xxBuscó el sexo del hombre arrodillado.
xx…que tenías. No va a tocártelo nunca más. Te dejaré la luz encendida para que sepas por dónde te estás arrastrando y puedas encontrar el agua y el pienso sin tirarlos, pero ten claro esto: si ladras, apagaré la luz.
xxCerró la puerta de la perrera con llave y se alejó por el pasillo. El hombre no pudo oír las agujas negras de sus tacones porque sus sollozos primero, después el inicio de su llanto, se lo impidieron.
xxAntes de regresar a su casa la tarde del jueves, Mónica entró en su despacho por última vez para consultar el correo como tenía por costumbre. Encontró un mensaje de Alberto en la bandeja de entrada, entre varios spams. Léete el adjunto. Es mi regalo por haber sido tan buena puta.
xxAbrió el adjunto. Leyó el título: Otro guión. Siguió leyendo.

 

 

Gaspar, Sergio. Estancia. Barcelona; Ed. DVD, 2009.

 

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