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EL PAYASO

 

EL PAYASO

Miguel escribe una novela cómica en la que cree que se burla de su vida de forma despiadada y bajo máscaras diversas (todos los personajes lo representan a él, de una u otra forma). Está convencido de que ha escrito un libro divertidísimo, él mismo se ríe mucho al revisar las pruebas que le envía la editorial. En un momento de la corrección, cuando llega al capítulo dieciséis, los ojos se le llenan de lágrimas, como si el cerebro, inundado, supurase. Siente que se le cierra la garganta. Tiene ganas de gritar, de revolcarse por el suelo. Por momentos no le queda más remedio que dejar los folios a un lado y respirar, porque tiene la sensación de que podría ahogarse, o vomitar. Se mete en el cuarto de baño y se lava la cara con agua fría. Inspira profundamente y exhala el aire poco a poco, frente al espejo. Le avergüenza que le hagan gracia sus propias bromas, sus juegos de palabras, las situaciones disparatadas que ha elaborado a lo largo de casi dos años, pero no lo puede evitar, y esa vergüenza contribuye en cierto modo a intensificar la risa, que se vuelve espasmódica, culpable, cuando regresa al escritorio. Le duele la mandíbula y el pensamiento le retumba. Se dice, para consolarse, que el autor de aquellos chistes no es él, sino el que fue hace unos meses, y acusa a su mala memoria. Qué tipo más divertido he sido hasta hace bien poco, se dice también, con cierta melancolía irónica con la que disimula los nervios ante la acogida que tendrá su libro (hasta ahora no se ha dado cuenta de que su publicación es inminente, inevitable, de que unos cuantos cientos de personas van a leerlo; sospecha que la risa histérica también tiene que ver con esa inminencia, a pesar de la indudable jocosidad de lo que lee, especialmente del capítulo dieciséis). Sin embargo, parece que no todo el mundo comparte su alborozo. A lo largo de la tarde, en varios correos electrónicos (su relación es siempre virtual, jamás habla por teléfono con ninguno de ellos ni los ve en persona, a pesar de que viven en la misma ciudad), sus editores le hacen saber que consideran que ha escrito una novela «valiente», «necesaria» y, sobre todo, «desoladora». Al principio esa interpretación le intriga, pero poco a poco empieza a notar cómo crece dentro de él un sentimiento impreciso que primero identifica con una forma de fragilidad y después con indignación. Repasa los cientos de miles de palabras impresas que se amontonan frente a él y trata de distanciarse de ellas, de leerlas con ojos ajenos, como si él no fuese el que las ha organizado en esa disposición, y no en otra, y le parece imposible que nadie pueda tomarse sus ocurrencias en serio. ¿Desoladora? Desoladora y una mierda. ¿Se trata, acaso, de un doble sentido, de una crítica soterrada a su escritura? ¿Y por qué no le han transmitido sus impresiones hasta ahora, en la última etapa del proceso de edición? Los mensajes de sus editores terminan de cuajo con su risa adolescente. Son los martillazos que lo clavan al suelo, que comprimen la liviandad de la tarde y le dan otra vez peso y consistencia. Aplacado y cohibido, les sigue la corriente, responde con ambigüedad (ya de madrugada), aunque no puede dejar de preguntarse si ellos están valorando el mismo texto que él les envió hace cuatro meses, la misma historia de iniciación de un joven grotesco, egoísta, maleducado, un auténtico gilipollas inmerso en una secuencia intrascendente y voluntariamente deslavazada de situaciones absurdas en las que siempre toma decisiones erróneas. ¿Es que no han leído la escena del paraguas con el dibujo estampado de unas gambas, la escena del bar del pueblo, el diálogo entre el protagonista y su madre-palillero (él mismo, otra vez) en el aparcamiento de un cine? ¿Cómo pueden no haberse dado cuenta de que son gags humorísticos, de que su único objetivo es hacer reír? Antes de dormir, llega a dudar del criterio de esos hermanos que han publicado sus dos libros anteriores, incluso sopesa la posibilidad de buscar otra editorial que entienda mejor sus propósitos, alguien que se capaz de valorar su irreverente (y trabajado) sentido del humor. Pero es un hombre pusilánime, que disfraza sus temores de integridad, y se inhibe. Se dice que está comprometido, que no puede dar marcha atrás a estas alturas (la novela ya aparece en el boletín en el que la editorial anuncia las novedades para la rentrée). Se duerme con la sensación de que debe todo a sus editores, de que la repercusión de su obra a lo largo de los últimos años, por escasa que sea, tiene una deuda inmensa con las personas que apostaron por ella cuando él era aún más desconocido que ahora.
xxxEl proceso de publicación no se detiene, y no comunica a nadie sus dudas. Siempre se muestra muy reservado con las cosas que escribe, por una mezcla de modestia audaz y de soberbia contenida. Se recuerda, en la adolescencia, fingiendo que estudiaba en lugar de escribir para que su madre no volviera a pedirle que le enseñara «esas historias tan bonitas que te inventas». Tres días después envía las pruebas con las correcciones por medio de una empresa de mensajería. En la última revisión no ha podido evitar subrayar algunos párrafos con un rotulador naranja y colocar decenas de notas al margen que entiende como aullidos desesperados («ESTO ES LA MONDA»). Al volver a casa escribe un correo electrónico en el que confirma a sus editores el envío de las pruebas y les comunica que ha decidido cambiar el título del libro. Ya no le gusta La tierra quemada, prefiere que salga a la luz con otro título, El payaso. Cree que el cambio puede servir como declaración de intenciones.
xxxLa novela llega a las librerías a comienzos de septiembre y los comentarios no tardan en aparecer. Los primeros lectores (en general amigos y familiares del autor o de los editores, o periodistas interesados en entrevistarlo o en escribir acerca del libro en algún medio) sustituyen «valiente» por «suicida», «necesaria» por «actual» («de una actualidad rabiosa»), «desoladora» por «despiadada». Pero el tono, y las conclusiones, son los mismos. El titular de la primera reseña, publicada en una pequeña revista local vinculada con un departamento universitario, pone el dedo en la llaga y fija la tendencia: «La ficción dolorosa». La firma un antiguo compañero de carrera del autor, al que lleva años sin ver (Miguel se entera de que ahora vive en Logroño, donde da clases en un instituto). Trata de recordar si en algún momento hizo algo a aquel antiguo amigo que pueda haber motivado un intento de venganza. A veces dañamos o humillamos o menospreciamos sin darnos cuenta, se dice. No encuentra nada en su memoria. Intenta recordar también si el antiguo compañero de la facultad de Filosofía y Letras mostró alguna vez alguna señal de tener sentido del humor. La verdad es que le cuesta incluso recordar su rostro. «La ficción dolorosa» abre la puerta a un nuevo concepto: la gravedad.
xxxPasan unos días y Miguel asiste atónito al despliegue crítico, lo que la apisonadora de la teoría literaria denomina recepción, que augura, al menos según sus editores, que El payaso se va a colocar bien en las librerías, puede que incluso con unas ventas razonables (sueña con agotar la primera tirada de alguna de sus obras, algo que no ha logrado con ninguna de las anteriores). El payaso se recibe, no se puede expresar de otra manera, con entusiasmo. Un entusiasmo íntimo, endogámico, pero también innegable, al menos en términos estadísticos. La opinión es unánime: ha escrito un libro profundo, oscuro, audaz. Mucha gente (bueno, no tanta, en realidad) lo felicita en las redes sociales por su valentía, por sacar a la luz (por «mostrar sin ninguna concesión al sentimentalismo») algunos aspectos de la vida contemporánea que nadie se había atrevido a narrar. Alguien (un bloguero literario al que no conoce) afirma en Twitter que por fin ha aparecido «la novela que retrata con toda su crudeza a nuestra generación». Tras leer una de esas felicitaciones, a todas luces exagerada, recuerda un libro en el que César Aira, un autor al que admira de forma intermitente, se lamentaba de que sus lectores le comunicasen siempre lo divertidas que les parecían sus ficciones (el título del libro de Aira era elocuente: Cómo me reí). Hace años, antes de empezar a publicar sus propias obras, Miguel escribió un artículo sobre ese libro, insistiendo en la contradicción implícita de su discurso hostil, porque el lector, según él, no podía evitar reírse ante la reprimenda del narrador, como esos adolescentes que intensifican los ataques de risa cuando el profesor les riñe delante de toda la clase. Se trata de un procedimiento retórico que él no ha visto nunca en ninguna otra obra de arte, y que ni siquiera sabe si es voluntario, lo cual lo hace aún más enigmático. La bronca liberadora, la regañina hilarante. Ahora lo recuerda con una puntada de desazón. ¿Es posible que a él le suceda lo mismo que a Aira? ¿Será posible recuperarse de eso, del éxito que surge de un malentendido? Aunque Miguel se encuentra en la posición inversa: todo el mundo cree que su libro es un libro serio, una especie de confesión descarnada. Por otra parte, recuerda unas declaraciones de Aira en las que afirmaba que en España sólo se leían sus libros por pedantería. Entonces, ¿también él es un pedante, a pesar de sus intentos desesperados por huir de todo tipo de pedantería? Después de todo, él no sólo oculta lo que escribe, también ha tratado de ocultar siempre lo que lee, y siente un cierto desánimo cuando piensa que es posible que otros escritores crean que no es un buen lector por el simple motivo de que no exhibe todas sus lecturas como si fueran galones. Considera que la lectura es un asunto íntimo, casi como el sexo, que sólo debe airearse en público en situaciones desesperadas.
xxxHace unos años, cuando Miguel publicó Los gatos escaldados, su primer volumen de relatos, se produjo un equívoco similar. Varias personas del mundo literario le dijeron que uno de los cuentos plagiaba de forma descarada los procedimientos narrativos de Roberto Bolaño. No supo cómo decirles que en realidad él había querido escribir una parodia de los relatos de Roberto Bolaño, que no habían entendido nada, así que no se defendió (pensó que la única forma de defenderse exigía un ataque feroz: no sabéis leer). Al parecer nadie detectó el elemento paródico, tal vez porque él, al redactar el cuento, y de forma sistemática, trató de que fuese una parodia sutil, poco evidente, que pareciese un homenaje. De hecho, un joven escritor (aún más joven que él, entonces) publicó en el efímero diario Público una reseña que consistía, básicamente, en una enumeración exhaustiva (y no exenta de mala baba) de los recursos técnicos que su relato copiaba de Bolaño (el presente de indicativo en tercera persona, una inicial para nombrar a los personajes, las oscuras referencias históricas, políticas y esotéricas, la matización constante del discurso, una vanguardia vacía identificada con una forma de locura o de desesperación, las vacilaciones, los largos incisos). En la conclusión, el efímero reseñista afirmaba: «Dado que no se trata de una parodia, esta apropiación flagrante parece a todas luces innecesaria, casi vergonzosa». ¿Y quién eres tú para decidir que no es una parodia, piltrafilla?, pensó entonces. ¿A qué viene ese juicio de intenciones? ¿Y por qué has hablado sólo de una parte del libro, de la que a ti te ha interesado descuartizar? Pero una amiga le comentó poco después, en privado, que el parecido de su relato con los cuentos de Bolaño le había producido también a ella una enorme incomodidad, y un lector, en un acto público en la biblioteca municipal de Alcañiz, alzó la voz durante el turno de preguntas, indignado, para dejar constancia de que le parecía obsceno apropiarse así de los logros de un autor muerto «que no puede defenderse de sus plagiarios». Dos días más tarde, durante la pausa del café, Miguel trató de defenderse ante un compañero de trabajo alegando que «la línea que separa el homenaje de la parodia es muy fina». El compañero de trabajo, cuyo interés por los temas literarios era más bien nulo (precisamente por eso Miguel lo había elegido como destinatario de su frustración, para poner a prueba sus argumentos ante un adversario desprevenido, sin prejuicios) le preguntó de qué línea estaba hablando. ¿A qué línea te refieres? ¿Me estás tomando el pelo? ¿Eso tiene que ver con el libro que has publicado o lo dices en general? (al día siguiente Miguel reprodujo la conversación, tal y como él la recordaba, en su muro de Facebook: veintiséis de sus contactos le dieron al «me gusta», pero no hubo ningún comentario). Por lo demás, el resto de los relatos no provocó la indignación ni la incomodidad de nadie, algo que Miguel entendió como un fracaso. Alguno de ellos apareció, incluso, en una de esas voluminosas antologías que pasan revista de forma periódica al estado famélico y entusiasta del género breve (y que despiertan más rencores que entusiasmos). Había temido que la acusación de plagio contaminase al resto de los cuentos, que empezasen a surgir otras referencias (Bernhard, por supuesto, pero también Beckett, y Borges), pero nadie se molestó en trazar más genealogías. Sus editores lo defendieron y lo animaron a seguir con su «proyecto», aunque a él no le quedó claro entonces si los hermanos estaban del lado de la parodia, del lado del homenaje o (oh, brutal hipocresía) del lado del plagio (no llegaron a manifestar su opinión al respecto). A pesar de todo, Miguel aprendió la lección, o eso creyó, y decidió desterrar la parodia de su obra posterior. No el humor, eso le habría resultado imposible, pero sí la parodia, al menos la parodia literaria. En su siguiente libro (que fue otro volumen de relatos) trató por todos los medios de crear historias lineales, con una prosa descriptiva y aséptica que fuese invulnerable a interpretaciones maliciosas. Dicho de otro modo: esquivó como pudo cualquier tentación de estilo. Cuando creía que un personaje hacía o decía algo ingenioso, otro de los personajes reía para que el lector supiera que había llegado el momento de reír. Como en las telecomedias de su infancia. El propio tejido dialógico del texto como coro, como risa enlatada, como señal. Adoptó un nuevo lema: sé transparente en la ambigüedad. Ese segundo libro, El aplauso del regidor, apareció tres años después del primero y recibió unas pocas críticas positivas en las que se valoraba que hubiera iniciado por fin «la búsqueda de una voz propia, sin el lastre de las influencias de sus relatos anteriores». A pesar de la condescencia bienintencionada de ese puñado de reseñistas, el libro apenas tuvo éxito. De hecho, se vendió algo menos que el primero. Miguel decidió regresar al humor abierto, loco y oculto al mismo tiempo, su hábitat natural, un género en el que se sentía cómodo, aunque decidió que trataría de seguir evitando, dentro de lo posible, la subversión de modelos externos. Por eso para su tercer libro, su primera novela, se centró en él, en su experiencia, en su infancia y su juventud patéticas, para construir la sátira distorsionada e inverosímil. El paso a la novela, por otra parte, le pareció parte de una evolución natural hacia la visibilidad y la exposición. Decidió que la novela, un género más maleable, más individual, desharía los nudos de las lecturas anquilosadas de la tradición cuentística. Es posible que, en el fondo, tuviera también la esperanza de vender más de trescientos ejemplares. Hizo, o cree haber hecho, una parodia, sí, pero una parodia de su vida, plagada de momentos de comicidad que, al parecer, nadie logra percibir. Por desgracia, no le ha contado a nadie su intención, y nadie le ha ayudado a revisar los sucesivos borradores. Ahora se pregunta si la confianza en una persona que no estuviera dentro de su cabeza habría cambiado en algo todo lo que le está sucediendo.
xxxLa editorial ha planificado una breve gira de presentaciones en público, siete actos en diversas ciudades españolas que Miguel decide aprovechar para liquidar el malentendido. Propone a los editores comenzar cada presentación con la lectura de un capítulo de la novela. Está seguro de que si elige el fragmento adecuado, y si lo escenifica de forma correcta, todos  los espectadores se darán cuenta de la confusión. Reirán con él, y el tiempo se ocupará del resto. El payaso quedará como lo que es, un eslabón de la gran tradición cómica española. Tiene la sensación de que la risa de quince o veinte personas (puede que incluso de una sola) será suficiente para desactivar la interpretación de la novela como una obra seria, y la llevará de la mano hasta el otro lado, a la orilla hilarante, la orilla aireada y soleada en la que se despliega la vida.
xxxLa primera presentación va a tener lugar en Zaragoza, su ciudad, y Miguel elige el capítulo siete, el capítulo del paraguas. Cuatro folios dignos, en opinión de su autor, de uno de esos antiguos cortos de los grandes cómicos del cine mudo: Chaplin, Buster Keaton, Harold Lloyd, tod la tradición del slapstick. Golpes, personajes que entran y salen del escenario a velocidad frenética, el rostro impasible del protagonista, una cierta belleza cinética, un objeto que focaliza la acción y baila entre los personajes. Por no hablar de las gambas del estampado del paraguas. Lo lee una y otra vez frente a un espejo. Se graba leyéndolo. Cuando se escucha, se muere de risa. Le rechinan los dientes, le tiemblan las manos, parpadea de forma incontrolada. Cree que en ese capítulo la comicidad resulta lo bastante corpórea y trepidante como para desbaratar cualquier tentación metafísica.
xxxDos días antes de la primera presentación, el tres de octubre, responde por correo electrónico a una entrevista para una revista digital. Él preferiría no responder a entrevistas (como preferiría no presentar sus libros), pero sus editores insisten en que es la única forma de dar visibilidad a la oferta de las pequeñas editoriales. El resto, confiesan, resulta imprevisible y queda a merced del boca a boca y del azar. ¿Cómo crees que comenzó el fenómeno de Apenas nunca nada?, le reprocha uno de ellos, el hermano mayor, en uno de sus mensajes colectivos. Pues porque Álvaro se recorrió media España, durmiendo en hostales, y presentó su libro en librerías vacías, y fue simpático y amable con los libreros, y nunca dijo que no a una entrevista, y siempre, en cada acto, en cada charla con un periodista, dio todo lo que tenía, fue a muerte, se lo jugó todo. Ahí tienes los resultados (Apenas nunca nada, de Álvaro Sanz, es el gran éxito de la editorial, o más bien su único éxito, al menos en cuanto a las cifras de ventas). Miguel, sobra decirlo, nunca ha entendido la literatura como una carrera, ni como un proyecto, menos aún como un sacrificio o una inversión. Piensa en Álvaro Sanz viajando de capital de provincias en capital de provincias con su Seat Málaga y le entran náuseas. Donde hay que darlo todo es en el texto, piensa, con rabia, no en una librería de Lugo.
xxxCondicionado por la reprimenda velada de sus editores, responde a las preguntas de la entrevista con un discurso político para el que crea un personaje resentido, furibundo. Afirma, por ejemplo, que «uno de los objetivos del sistema es acabar con la riqueza semántica de las obras de arte y obligar al artista a que tome posición en relación con su producción». Se lamenta de que, en el caso concreto de la literatura, «lectores y escritores acaban encerrados en un mismo gueto de sentido, cuando lo sano sería que los lectores fuesen los vigilantes del campo de concentración y los escritores sus perros de presa». También asegura que le dan «asco los escritores autoritarios que ordenan al lector dónde tiene que situarse, en qué rincón tiene que posar para la fotografía». En cuanto a su novela, se limita a responder que para él «El payaso es, ante todo, un canto a la rebeldía colectiva frente a la violencia institucional». Relee la entrevista y no sabe si está satisfecho con el resultado. Mientras respondía creía que se estaba burlando de todo, y que cualquier lector inteligente se daría cuenta enseguida, pero ya no lo tiene tan claro. A pesar de todo, la envía.
xxxEl cinco de octubre llega al centro comercial una hora antes de la presentación y entra en el espacio donde tienen lugar distintos tipos de actos: ruedas de prensa, proyecciones de películas, talleres tecnológicos, actividades infantiles. A la entrada han dispuesto una mesa con varias pilas de ejemplares de su novela. Los cuenta: cuarenta y nueve. ¿Dónde está el que falta?, piensa. ¿Ya se habrá vendido uno? ¿A quién? Le cuesta creer que hayan pedido cuarenta y nueve ejemplares, tienen que haber pedido cincuenta, falta uno. La sala también acoge exposiciones temporales. Mientras espera a que llegue el encargado de comunicación de la tienda (con el que ha concertado una cita para preparar el acto), recorre las paredes y trata de descifrar la intención de las fotografías expuestas. Se tarta de imágenes colocadas de dos en dos. En la de la izquierda siempre hay una chica muy joven que sonríe a la cámara, de pie, retratada de cuerpo entero, y en la derecha primeros planos de caras de mujeres con señales visibles de violencia: ojos morados, cicatrices, frentes recién cerradas con puntos de sutura o de aproximación, incluso deformaciones provocadas, imagina, por quemaduras o por ácido. Tarda en darse cuenta de que las camisetas de todas las adolescentes de la izquierda incluyen algún tipo de mensaje en inglés: «I will only marry a bad boy», «No pants are the best pants», «Trophey», «I need a hero», «Born to wear diamonds». Las fotografías de la izquierda, luminosas y llenas de color, parecen sacadas de un catálogo de moda o del suplemento de tendencias de un periódico; las de la izquierda, en blanco y negro, con mucho grano, parecen pruebas forenses destinadas a los archivos policiales. Cuando llega el encargado de la sala, Miguel ve que lleva en la mano un ejemplar de El payaso. Otro enigma descifrado, piensa.
xxxEl encargado de la sala se llama Alberto. Es eficiente y no pierde tiempo en preliminares absurdos. Le pregunta dónde va a leer, cuántas personas se van a sentar en torno a la mesa, si los editores querrán decir unas palabras (los editores no pueden venir, los tres son funcionarios pero trabajan por las tardes). Hacen una prueba de sonido, y Alberto coloca dos botellines de agua en la mesa, junto a dos vasos boca abajo. En cinco minutos está todo preparado. ¿Salimos un rato a la calle?, propone entonces. Queda más de media hora. Miguel dice que ha quedado con la persona que va a presentar el libro, un profesor de la facultad, pero que el profesor le ha enviado un mensaje para decirle que va a llegar un poco más tarde de lo previsto. Podemos salir, sí, si llega y no nos ve ya me llamará. Mientras toman una cerveza en un bar cercano, Alberto felicita a Miguel por el libro. Miguel le dice que prefiere no hablar de eso ahora, le dice que ya está cansado de hablar de su libro. ¡Aún no he empezado y ya estoy harto! Los dos ríen, y Miguel siente un alivio enorme ante esa carcajada compartida.
xxxCuando regresan a la sala, ya hay diez o quince personas sentadas. Otras, repartidas por la sala, hojean la novela en la entrada, observan las fotografías o dudan dónde sentarse. En medio del pasillo que separa los dos grupos de sillas, una mujer mira a ambos lados desconcertada, como si buscara a alguien. Ahí está mi madre, dice Miguel. Se acerca, le pasa una mano por la espalda y le da un beso en la mejilla. Alberto ha reservado un sitio en primera fila para la madre del autor. Se lo señala y la acompaña.
xxxAparece por fin el presentador del libro, que se disculpa por la demora. tenía tutorías, dice. Pensaba que no vendría nadie, pero ha aparecido una alumna que no estaba de acuerdo con la nota de un trabajo. Ya sabéis cómo es eso, dice, a veces es difícil hacerle entender a alguien que no tiene absolutamente ningún talento.
xxxLa sala se va llenando. Miguel saluda a algunos familiares, a compañeros de trabajo. No quedan sitios libres y la gente que entra se coloca al fondo, en torno a la mesa de mezclas. Miguel ya no puede acercarse a hablar con todo el mundo, se limita a saludar con la mano a los que entran y a sonreír encogiéndose de hombros, como si tantas muestras de cariño lo abrumasen. Se da cuenta de que no detecta ninguna señal de anticipación, de expectativa. La gente conversa, ajena a él. Él mismo se siente liviano, despreocupado, tal vez por efecto de la cerveza. Vaya éxito, le dice Alberto. Esto no es nada, responde Miguel. Ya verás en Soria. Los dos vuelven a reír.
xxxA las ocho en punto sube al estrado y empieza a leer sin ningún preámbulo. El murmullo de voces se apaga poco a poco. El encargado de comunicación ha preparado un atril con una copia impresa del texto (Miguel prefiere no leer directamente del libro, para no perderse, para tener las manos libres). Trata de no pensar, se limita a encarnar el deadpan, vestido de negro, lee sin levantar la vista de los folios, el texto fluye, se reconoce, consigue no reír, a pesar de la tentación y de la angustia, a pesar de las gambas. Cuando llega al final del primer folio respira, agobiado por el silencio. Levanta la vista para mirar al público, pero los focos lo deslumbran y sólo distingue bultos inmóviles. Los únicos rostros definidos son los de la primera fila. Mira a su madre. Petrificada, un poco encogida, con las manos juntas sobre el regazo, la mujer lo mira también a él. Miguel le sonríe y se da cuenta de que está llorando.

 

 

 

Serrano Larraz, Miguel. Réplica. Barcelona; Ed. Candaya, 2017.

 

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