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GUIARSE POR LAS ESTRELLAS

marzo 22, 2016 1 comentario

Sin heroísmos, por favor'

 

Prólogo a Syracuse Poems and Stories, 1980, selección de Raymond Carver; Universidad de Siracusa, 1980.

 

Este cuaderno, integrado por once poemas y dos relatos cortos, es una muestra del programa desarrollado en el taller de escritura de la Universidad de Siracusa. A mí me parecen buenos textos y estoy deseando darles paso. Cualquier otro hubiera hecho una selección diferente, sin duda. Pero si el taller me ha parecido interesante es precisamente porque todos, tanto los alumnos como el profesor, escribimos de manera distinta y tenemos gustos muy diferentes, lo que no suele ser habitual en estos casos.
xxUna cosa en común sí que tenemos: el gusto por lo bien escrito y las ganas de hablar de ello, de exponer nuestras ideas sobre la escritura. Y de llevarlas a la práctica. Podemos llegar a hablar, a veces incluso con buenos argumentos, de un texto recién salido de la máquina de escribir. Podemos sentarnos alrededor de la mesa del departamento y luego continuar en la mesa de la pizzería discutiendo un poema o un cuento. Durante el curso surgen textos muy flojos, pero es no es ningún secreto. Tampoco ninguna desgracia: ocurre en cualquier parte. A veces no se hace un buen uso del lenguaje, no se presta suficiente atención a lo que se quiere decir y al modo de hacerlo. También puede ser que se utilice la escritura para divulgar opiniones apresuradas que mejor dejaríamos para los periódicos y las tertulias. Cuando ocurre esto, el resto de compañeros lo dicen. Todos están atentos a si el texto leído transmite emoción, si resulta artificial, confuso, embrollado,si el autor del texto escribe sobre algo que no le interesa demasiado o si no se le ocurre nada y quiere que lo sorprendente sea el propio texto para recibir las alabanzas del resto de compañeros y del profesor. Todos estarán atentos para que el joven escritor vaya por buen camino.
xxUn buen profesor de escritura creativa suele ser un buen escritor. Casi siempre. También puede ser un escondite para un mal escritor, pero no entremos en eso. La escritura es un oficio duro y solitario, es fácil equivocarse y desviarse del camino. Si hacemos bien nuestro trabajo, los profesores de escritura creativa desempeñaremos nuestra función en negativo: enseñarles a los jóvenes lo que no deben hacer y a guiarse por sí mismos en ese sentido. En su ABC of Reading, Ezra Pound dice que «La máxima precisión en el decir es la única moral de la escritura». Si con la palabra precisión nos referimos a la honestidad en el uso del lenguaje para expresar con exactitud lo que se quiere expresar y obtener los resultados que se pretenden obtener, entonces se puede enseñar. Y se debe estimular.
xxEscribir es duro y los escritores necesitan toda la ayuda y aliento que se les pueda ofrecer. Pound fue un maestro para Eliot, Williams, Hemingway (Hemingway también recibía consejos de Gertrude Stein), Yeats, y otros menos conocidos. Yeats, con el tiempo, le aconsejaba a Pound en sus últimos años de escritura. Qué más se puede añadir. Si son buenos, los profesores de escritura creativa siempre aprenden de sus alumnos.
xxQue no se me entienda mal. Esto no es una apología que intente justificar la existencia de este taller de escritura creativa. No creo que le haga ninguna falta. Tal como lo veo, la única diferencia entre el programa que desarrollamos en la Universidad de Siracusa y el de otros escritores en otras universidades es que nos implicamos más a la hora de formar las bases de una comunidad literaria. Eso es todo. Todos los programas de escritura creativa que se llevan a cabo por el país tienden a considerarse una comunidad literaria, pero hay muchos escritores que no encajan bien en una comunidad. Eso es así.
xxEn todo taller literario debería tenerse la sensación de formar parte de una comunidad. Un grupo unido por las mismas inquietudes y metas. Si quieres participar, aquí estamos. El hecho de que el grupo viva en la misma ciudad ayuda a paliar un poco la sensación de soledad del escritor que empieza. Soledad que a veces raya en el aislamiento. Nos da miedo sentarnos ante la página en blanco y no sirve de mucho imaginar que tus compañeros de taller están haciendo lo mismo, puede que en ese mismo momento. Pero sí que ayuda, estoy convencido, saber que siempre habrá alguien en el grupo que le quiera echar un vistazo a lo que hayas escrito. Alguien que se alegrará si suena auténtico o que se sentirá decepcionado de no ser así. En cualquier caso, si le preguntas, te dirá lo que piensa. Entretanto, irás ganando musculatura. La piel se endurecerá y brotará el pelaje que te proteja del frío en el duro camino que tienes por delante. Con suerte, aprenderás a guiarte tú solo por las estrellas.

 

 

 

Carver, Raymond. Sin heroísmos, por favor (Trad. Jaime Priede). Madrid; Bartleby editores, 2006.

 

SIN HEROÍSMOS, POR FAVOR

guayasamín

 

 

ALGO ESTÁ PASANDO

Algo me está pasando
si me fío de las
sensaciones no se trata precisamente
de otra locura querida
estoy ligado todavía
a la misma vieja piel
las ideas puras y los deseos ambiciosos
el pene limpio y saludable
a toda costa
pero mis pies comienzan
a decirme cosas sobre
sí mismos
sobre su nueva relación con
mis manos corazón pelo y ojos

Algo me está pasando
si pudiera te preguntaría
si has sentido algo parecido alguna vez
pero ya estás demasiado
lejos esta noche no creo
que pudieras escucharme además
mi voz está también afectada

Algo me está pasando
no te sorprendas si
un día te despiertas temprano bajo este radiante
sol mediterráneo me miras
de reojo y descubres
una mujer en mi lugar
o peor
un hombre encanecido y extraño
escribiendo un poema
un tipo que apenas puede poner en orden las palabras
que simplemente mueve los labios
intentando
decirte algo

 

 

 

 

SIN HEROÍSMOS, POR FAVOR

Zivago con fino bigote,
esposa e hijo. Sus ojos de poeta
presencian toda clase de sufrimiento.
Se mantienen ocupadas sus manos de médico.
«Las paredes de su corazón eran papel de fumar»,
le dice el camarada y hermanastro General Alec Guinness
a Sara, de quien Zivago se enamoró
y dejó embarazada.

Pero en ese momento,
la banda del topless
que está al lado del cine empieza a tocar.
El saxofón se eleva cada vez más,
reclama nuestra atención. La batería
y el bajo también se hacen presentes,
pero son las subidas y bajadas del saxo
las que drenan la capacidad
de resistir.

 

 

 

Carver, Raymond. Sin heroísmos, por favor (Trad. Jaime Priede). Madrid; Bartleby editores, 2006.

 

EL PELO

Sin heroísmos, por favor

 

EL PELO

Lo intenta con la lengua, luego se sienta en la cama y empieza a escarbar con los dedos. Afuera comienza un día agradable, cantan los pájaros. Coge la caja de cerillas, le arranca una esquina y hurga con ella entre los dientes. Nada. Pero puede sentirlo. Pasa la lengua por los dientes moviéndola de atrás hacia delante y se detiene al toparse con el pelo. Palpa con la lengua alrededor del pelo y luego da un suave toque entre los dientes, tanteando con la lengua la extensión del pelo y aplastándolo contra el velo del paladar. Lo toca con el dedo.
xx«¿Qué pasa? –le pregunta su mujer, sentándose en la cama– ¿Nos hemos dormido? ¿Qué hora es?»
xx«Tengo algo entre los dientes. No puedo sacarlo. No sé. Parece un pelo.»
xxVa al baño y se mira en el espejo. Luego se lava las manos y la cara con agua fría. Enciende la lamparilla del espejo.
xx«No lo puedo ver pero sé que está ahí. Si pudiera cogerlo con los dedos un momento podría sacarlo».
xxSu mujer entra en el baño, rascándose la cabeza y bostezando. «¿Lo tienes, cariño?»
xxAprieta los dientes y sujeta el labio hasta que las uñas le rasgan la piel.
xx«Espera un momento. Déjame ver», le dice ella acercándose. Está de pie bajo la luz, con la boca abierta, la cabeza torcida, limpiando con la manga del pijama el cristal cuando se empaña.
xx«No veo nada», le dice. Él apaga la luz del espejo y deja correr el agua en la ducha. «A la mierda. Tengo que prepararme para ir a trabajar».
xxNo tiene ganas de desayunar y decide ir caminando hasta el trabajo. Le sobra mucho tiempo. Nadie tiene llave excepto el jefe y si llega tan temprano tendrá que esperar. Pasa por la esquina vacía en la que suele aguardar el autobús. Un perro al que no había visto antes por el barrio levanta la pata y se pone a mear sobre la señal del autobús.
xx«¡Eh!»
xxEl perro deja de mear y se acerca corriendo. Otro perro que tampoco reconocía se acerca corriendo, husmea la señal y se pone a mear también. Una mancha dorada y ligeramente vaporosa avanza por la acera.
xx«¡Eh, fuera de aquí!» El perro suelta unas pocas gotas más y ambos cruzan la acera. Parece que le miran como si se estuvieran riendo de él. Mueve con la lengua el pelo entre los dientes.
xx«Bonito día, ¿no?», pregunta el jefe al abrir la puerta delantera y levantar la persiana.
xxMiran hacia fuera y asienten sonriendo.
xx«Sí, un día estupendo», dice uno de ellos.
xx«Demasiado para pasarlo trabajando», dice otro, riéndose con los demás.
xx«Sí, así es», dice el jefe. Sube las escaleras para abrir la sección de ropa de chicos. Silba y hace sonar las llaves.
xxMás tarde, sube del almacén en camiseta fumando un cigarrillo después de haber desayunado.
xx«Hace calor hoy».
xx«Sí, así es». Nunca se había fijado en que el jefe tenía mucho pelo en los brazos. Se sienta escarbando con la uña entre los dientes, mirando fijamente las gruesas matas de pelo negro que tiene el jefe entre los dedos.
xx«Verá, me preguntaba…si no lo considera oportuno no hay problema, naturalmente, pero si lo cree posible, y siempre que no meta a nadie en un apuro, me gustaría irme a casa. No me encuentro muy bien».
xx«Bien, podemos arreglarnos. Ése no es el problema, desde luego». Da un trago a su Coke y se queda mirándole.
xx«Vale, de acuerdo, sólo me lo preguntaba. Disculpe».
xx«No, no hay problema. Vete a casa. Llámeme esta noche para saber cómo estás». Mira el reloj y termina la Coke. «Diez y veinticinco. Digamos diez y media. Márchate ahora y apuntaremos a las diez y media».
xxEn la calle se afloja el cuello de la camisa y empieza a caminar. Se siente raro yendo por la ciudad con un pelo en la boca. Lo toca con la lengua. Camina sin mirar a la gente. Al poco rato empieza a sudar y siente la humedad de las axilas en la camiseta. A veces se detiene ante los escaparates, fija la vista en el cristal e intenta atraparlo con los dedos. Luego continúa en dirección a casa. Cruza el parque Lions Club y se queda mirando a los niños que juegan en la piscina infantil. Más tarde, paga a una anciana los cincuenta céntimos de la entrada al pequeño zoo para ver los pájaros y otros animales. Tras pasarse un buen rato mirando al monstruo de Gila, la criatura abre un ojo y lo mira. Da la vuelta, sale del parque y se dirige a casa.
xxNo tiene mucha hambre, sólo toma un poco de café para cenar. Tras unos sorbos, dobla la lengua de nuevo sobre el pelo. Se levanta de la mesa.
xxCariño, ¿qué te pasa? –le pregunta su mujer– ¿Dónde vas?»
xx«Creo que me voy a acostar. No me encuentro bien».
xxElla le sigue hasta la habitación y se queda mirándole mientras se desviste. «¿Puedo hacer algo por ti?, ¿No sería mejor que llamara al médico? Me gustaría saber qué pasa».
xx«No te preocupes, me pondré bien». Se cubre con el cobertor hasta los hombros, se da la vuelta y cierra los ojos.
xxLe baja la persiana. «Voy a ordenar un poco la cocina y vuelvo luego».
xxTumbado se siente mejor. Se toca la frente y le parece que tiene fiebre. Lamiéndose los labios palpa el final del pelo con la lengua. Le entra un escalofrío. Poco después, empieza a dormitar pero despierta de repente y se acuerda de que tiene que llamar al jefe. Sale de la cama y se acerca a la cocina.
xxSu mujer lava los platos. «Creí que estabas dormido, cariño. ¿Te sientes mejor?»
xxAsiente en silencio y descuelga el teléfono. Habla con Información. Tiene mal sabor de boca mientras marca el número que le dan.
xx«Hola. Sí, creo que estoy mejor. Mañana iré a trabajar, sí. De acuerdo. Ocho y media en punto».
xxVuelve a la cama y se pasa la lengua por los dientes otra vez. Suele hacerlo a menudo y no se había dado cuenta hasta hoy. Poco antes de quedarse dormido casi había conseguido no pensar en ello. Pensaba en el día tan estupendo que había hecho y en los niños jugando en la piscina. Los pájaros cantando temprano. Pero se despierta en mitad de la noche gritando y sudando. Siente que se ahoga, mueve la cabeza de un lado a otro pateando bajo las sábanas y asustando a su esposa, que no sabe lo que le pasa.

 

 

 

Carver, Raymond. Sin heroísmos, por favor (Trad. Jaime Priede). Madrid; Bartleby editores, 2006.

 

PROPINA

septiembre 12, 2015 Deja un comentario

Propina

 

DOS MUNDOS

En el aire denso
con olor a azafrán,

sensual olor a azafrán,
veo desaparecer un sol limón,

un mar que cambia de azul
a negro aceituna.

Miro el relámpago que brinca desde Asia como
dormido,

mi amor se vuelve y respira y
se vuelve a dormir,

parte de este mundo y, sin embargo,
parte de aquél.

 

 

 

 

UNA MUJER SE BAÑA

Río Naches. Justo debajo de las cascadas.
A veinte millas de cualquier ciudad. Un día
de densa luz solar
colmada de los olores del amor.
¿Cuánto nos queda?
Tu cuerpo, agudeza de Picasso,
ya se seca al aire de la montaña.
Te seco la espalda y las caderas
con mi camiseta.
El tiempo es un león de montaña.
Nos reímos por nada,
y cuando te toco los pechos
hasta las ardillas
quedan deslumbradas.

 

 

 

 

MI MUJER

Mi mujer ha desaparecido con toda su ropa.
Se dejó dos medias de nailon y
un cepillo del pelo que encontré detrás de la cama.
Me gustaría que te fijaras
a esas medias y a los pelos negros
entre las púas del cepillo.
Tiro las medias al cubo de la basura; el cepillo
me lo quedo para usarlo. Sólo la cama
resulta extraña, no sé qué hacer con ella.

 

 

 

 

REGRESO A CRACOVIA EN 1880

Regreso desde las grandes capitales
a esta ciudad en un angosto valle bajo la catedral de la colina
con tumbas de reyes. A una plaza bajo la torre
y a la trompeta que suena a mediodía, la nota
a medias porque la flecha de los tártaros
alcanzó una vez más al trompetista.
Y a las palomas. Y a las pañoletas chillonas de las mujeres que venden flores.
Y a los grupos de personas charlando bajo el pórtico de la iglesia.
Mi baúl de libros llegó, esta vez sin problemas.
Lo que sé de mi esforzada vida: que la he vivido.
Los rostros son más pálidos en la memoria que en los daguerrotipos.
No necesito escribir recuerdos ni cartas todas las mañanas.
Otros se ocuparán, siempre con la misma esperanza,
aun sabiendo que no tiene sentido, dedicamos a ello nuestras vidas.
Mi país seguirá siendo lo que es, el patio trasero de los imperios,
seguirá alimentando su humillación con fantasías provincianas.
Salí una mañana a dar un paseo con mi bastón:
Los puestos de los viejos ocupados ahora por nuevos viejos.
Y por donde pasaban las chicas con sus vaporosas faldas
pasean ahora otras, orgullosas de su belleza.
Y chicos haciendo rodar sus aros durante más de medio siglo.
En un sótano un zapatero alza los ojos desde su banco.
Pasa un jorobado con su lamento oculto,
luego una dama elegante, viva imagen de pecados mortales.
Así es como perdura la Tierra, en todas las pequeñas cosas
y en la vida de los hombres, irreversible.
Y eso parece un alivio. ¿Ganar? ¿Perder?
¿Para qué? si el mundo nos va a olvidar de todos modos.

Czeslaw Milosz
(traducido al inglés por Milosz y Robert Hass).

 

 

 

 

DOMINGO POR LA NOCHE

Utiliza las cosas que te rodean.
Esta ligera lluvia
Tras la ventana, por ejemplo.
Este cigarrillo entre los dedos,
Estos pies en el sofá.
El débil sonido del rock and roll,
El Ferrari rojo en el interior de la cabeza.
La mujer que anda a trompicones
Borracha por la cocina…
Coge todo eso,
Utilízalo.

 

 

 

 

UNO MÁS

Se levantó temprano, la mañana llena de expectativas,
preparado para ponerse a escribir. Tomó tostadas, huevos y
café y se fumó unos cigarrillos pensando todo el tiempo en el trabajo
que tenía por delante, el difícil sendero a través del bosque.
El viento empujaba las nubes
por el cielo, agitaba las hojas que quedaban en las ramas
al otro lado de la ventana. Unos días más y desaparecerían,
esas hojas. Ahí había un poema, pude ser;
tendría que pensar en ello. Fue
al escritorio, dudó un buen rato, y entonces tomó
la que vendría a ser la decisión más importante
del día, algo para lo que su imperfecta vida
le había estado preparando. Apartó la carpeta de los poemas ‒
uno en concreto seguía aún en su cabeza tras
el sueño agitado de la noche anterior (pero, en realidad, ¿qué importa
uno más o menos? ¿Qué más da? ¿Nada va a cambiar,
no?). Tenía el día entero por delante.
Mejor limpiar primero la mesa. Tenía que ocuparse
de unas cuantas cosas, asuntos familiares que no podía
dejar para más tarde. De modo que se puso manos a la obra.
Trabajó duro todo el día ‒ pasando del amor al odio,
a la compasión (muy poca), una sensación conocida,
también de la desesperación a la alegría.
Tuvo estallidos ocasionales de ira, luego
se calmaba, al escribir cartas, diciendo «sí» o «no» o
«depende» ‒ explicando por qué o por qué no a personas
que apenas había visto o que nunca vería.
¿Le importaban? ¿Le importaban una mierda?
Algunas sí. Atendió también unas llamadas
e hizo otras que, a su vez, provocaron
la necesidad de hacer alguna más. Siguió así
hasta que se sintió incapaz de hablar más y prometió
llamar al día siguiente.

Por la tarde, agotado y convencido (erróneamente, por supuesto)
de que había completado una honesta jornada de trabajo,
se puso a hacer inventario y tomó nota del par
de llamadas que tendría que hacer a la mañana siguiente si
quería seguir al tanto de las cosas y si no quería
escribir más cartas, que no quería. Pero ahora,
pensó, estaba harto de todos esos asuntos, aunque
seguía igual, terminando la última carta, una que debería haber
contestado hace semanas. Levantó la vista. Casi era de noche.
El viento se había calmado. Los árboles allí seguían, despojados
de casi todas sus hojas. Pero, por fin, su mesa estaba despejada,
sin contar la carpeta de los poemas que le
costaba mirar. Metió la carpeta en un cajón, apartándola de su vista.
Es un buen sitio, un sitio seguro, y sabrá dónde está cuando
necesite descansar las manos sobre ella. ¡Mañana!
Hoy hizo todo lo que podía hacer.
Aún le quedaban un par de llamadas,
se le había olvidado que tenía que llamar él y
también unas cuantas notas que debía mandar a causa de las llamadas,
pero no lo iba a hacer ahora, ¿o sí? Había dejado el bosque atrás.
Podía decirse que había cumplido. Había hecho lo que tenía que hacer.
Lo que su conciencia le había pedido que hiciera. Había cumplido
con sus obligaciones y no había molestado a nadie.

Pero en aquel momento, sentado frente a su ordenada mesa,
sintió vagos remordimientos por el poema que seguía en su cabeza
y había intentado escribir por la mañana, y aquel otro
que no conseguía recordar.

Así son las cosas. Poco más se puede decir. ¿Qué se
puede decir de un hombre que prefirió hablar por teléfono
todo el día y escribir cartas estúpidas
mientras sus poemas quedan desatendidos,
abandonados o,
peor aún, sin empezar? Ese hombre no los merece
y no deberían acudir a él de ninguna de las formas.
Sus poemas, si llega alguno más,
deberían comerlos las ratas.

 

 

 

 

LAS JOVENCITAS

Olvida toda experiencia que implique ahora una mueca de dolor.
Todo lo que tenga que ver con la música de cámara.
Los museos en las tardes lluviosas de domingo, etcétera.
Los viejos maestros, todo eso.
Olvídate de las jovencitas. Trata de olvidarlas.
Las jovencitas. Y todo eso.

 

 

 

 

ANTE UNA VIEJA FOTOGRAFÍA DE MI HIJO

Otra vez es 1974, y ha vuelto una vez más. Sonríe
afectadamente, lleva un mono sobre una camiseta blanca,
sin zapatos. El pelo, largo y rubio, le cae
sobre los hombros como el de su madre
por entonces, y como el de uno de esos héroes griegos
sobre los que yo leía. Pero
el parecido termina ahí. En su cara
esa desdeñosa expresión del sabelotodo,
del pequeño tirano. Encuentro esa expresión por todas partes.
Corroe la memoria como ácido. Es
la expresión que esperaba no volver a ver
otra vez. Quiero olvidarme de ese chico
de la foto ‒ ¡ese idiota, ese bravucón!

¿Qué hay para cenar, mamá? ¡Rápido!
Oye, vieja, levántate, ¿por qué no te levantas? Contesta
cuando te hablan. Me parece que te voy a hacer
una llave de lucha a ver qué te parece. Me apetece.
Quiero que te pongas
de puntillas. Baila para mí. Venga,
vieja, baila. Te enseñaré un par de pasos.
Déjame que te retuerza el brazo. Suplícame que te deje, suplícame
que sea bueno. ¿Quieres que te ponga morado un ojo? ¡Te lo pondré!

Ay, hijo, en aquellos días quise
cien ‒ no, mil ‒ veces que te murieras.
Pensaba en todo lo que dejamos atrás. ¿Quién diablos
sacó esta foto y
por qué aparece ahora,
justo cuando empezaba a olvidar?
Miro la foto y se me encoge el estómago.
Me veo a mí mismo apretando las mandíbulas, los dientes, y
de nuevo me puede la cólera.
Sinceramente, necesitaría una copa.
Eso es una prueba de tu fuerza y tu poder, del miedo
y la confusión que aún me inspiras. Es
la prueba de lo poderoso que fuiste. Ah, odio esta
fotografía. Odio todo en lo que nos hemos convertido.
¡No quiero este artefacto en mi casa ni un momento más!
Puede que se la envíe a tu madre, suponiendo
que todavía esté viva por algún sitio y el correo se la haga llegar
a este lado de la tumba. Si es así, reaccionará
de manera diferente ante ella, lo sé. Tu juventud y
belleza, eso será lo único que verá y celebrará.
Mi niño guapo, dirá. Mi maravilloso hijo.
Examinará la foto buscando su parecido
en los rasgos, y el mío (los encontrará, seguro).
Puede que llore un poco, si es que aún le quedan lágrimas.
Puede ‒ ¿quién sabe? ‒ que hasta eche de menos
aquellos tiempos. ¿Quién sabe nada?

Pero los deseos no se cumplen, y está bien que sea así.
Con todo, seguro que dejará la foto
sobre la mesa un tiempo y pensará en ti
alguna vez. Luego, no muy tarde, irás
a parar al gran álbum de fotos de la familia con los otros dementes ‒
ella misma, su hija y yo, su antiguo marido. Allí estarás
a salvo, mejilla a mejilla con todas tus víctimas. Pero no
te preocupes, hijo. Las páginas pasan, hijo mío. Todos
lo haremos mejor en el futuro.

 

 

 

 

COLIBRÍ

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA Tess

Vamos a suponer que digo verano,
escribo la palabra «colibrí»,
la meto en un sobre
y la llevo colina abajo
hasta el buzón. Cuando abras
la carta te acordarás
de aquellos días y lo mucho,
lo muchísimo que te quiero.

 

 

 

 

PROPINA

No hay otra palabra. Pues eso es lo que fue. Una propina.
Una propina, estos diez años.
Vivo, sobrio, trabajando, amando
y siendo amado por una buena mujer. Hace
once años le dijeron que le quedaban seis meses de vida
si seguía así. Y que por ese camino
no llegaría sino al fondo. De modo que cambió
su modo de vida. ¡Dejó de beber! ¿Y el resto?
Después de eso, todo fue una propina, cada minuto
hasta ahora, incluyendo el momento en que se lo dijeron,
bueno, aunque hubo cosas en su cabeza que se vinieron abajo
y otras que empezaron a formarse. «No lloréis por mí»,
les dijo a sus amigos. «Soy un hombre con suerte.
He vivido diez años más de lo que yo o nadie
esperaba. Pura propina. Y no lo olvido».

 

 

 

Carver, Raymond. Todos nosotros (Trad. Jaime Priede). Madrid; Ed. Bartleby, 2006.

 

DONDE EL AGUA SE UNE A OTRAS AGUAS

septiembre 7, 2015 Deja un comentario

Frances Bruno Catalano

 

WOOLWORTH’S 1954

No sé de dónde surgió
ni por qué. Pero pienso en ello
desde que me llamó Robert
y me dijo que estaría aquí en unos
minutos para ir a pescar almejas.

Se trata de mi primer empleo, trabajaba
para un hombre que se llamaba Sol.
Cincuenta y pico años, pero
chico de almacén igual que yo.
Había trabajado toda su vida
sin ascender nunca. Pero agradecía
tener trabajo, como yo.
Sabía todo lo que había
que saber sobre la mercancía
de aquel almacén y estaba deseando
enseñármelo. Yo tenía dieciséis años
y trabajaba por menos de un dólar a la hora.
Me encantaba ser lo que era. Sol me enseñó
lo que sabía. Tenía paciencia,
aunque también ayudaba que yo aprendía rápido.

El recuerdo más importante
de toda aquella época: abrir
las cajas de lencería femenina.
Bragas, cosas delicadas y suaves
de ese tipo. Las sacaba
de las cajas a puñados. Algo
dulce y misterioso en esas
cosas desde entonces. Sol las llamaba
«liencería». ¿Liencería?
Yo qué sabía. También lo dije
así durante un tiempo. Liencería.

Luego crecí. Dejé de ser
chico de almacén. Empecé a pronunciar
bien aquella palabra.
¡Sabía de qué estaba hablando!
Salía con chicas
y mantenía la esperanza de tocar aquella suavidad,
deslizar la mano bajo sus bragas.
Y a veces ocurría. Dios mío,
se dejaban. Y era
liencería, aquellas bragas.
Solían resistirse
un poco cuando se deslizaban
por el vientre, pegándose ligeramente
a la caliente piel blanca.
Pasaban luego por caderas, nalgas
y hermosos muslos, más deprisa
por las rodillas, ¡las pantorrillas!
Llegaban entonces a los tobillos,
que se juntaban para
la ocasión. Y por fin
las tiraba al suelo del coche
olvidándome de ellas. Hasta que tenías
que ponerte a buscarlas.

«Liencería».

¡Aquellas chicas tan cariñosas!
«Esperad un poco, sois tan hermosa».
Sé quién decía eso. Es bueno,
lo usaré. Robert y sus
hijos y yo en las marismas
con los cubos y las palas.
Sus hijos, que no prueban las almejas,
cortan el tiempo al decir «Eh»
o «Ay» cuando las almejas se cierran
en las palas llenas de arena
y las echamos al cubo.
Y yo pensando todo el rato
en aquellos días en Yakima.
En bragas suaves como la seda.
La lencería que usaban Jeanne,
Rita, Muriel, Sue y su hermana,
Cora Mae. Todas aquellas chicas.
Ahora han envejecido. O peor.
Lo diré: muerto.

 

 

 

 

ONDAS DE RADIO

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA Antonio Machado

Ha dejado de llover y sale la luna.
No sé nada de ondas
de radio. Pero supongo que se transmiten mejor
después de haber llovido, con el aire húmedo.
En cualquier caso, ahora puedo coger Ottawa, si quiero, o Toronto.
Últimamente, por la noche, me sorprendo a mí mismo
interesado en la política canadiense
y en sus problemas internos. Es verdad. Antes solía buscar
sus emisoras de música. Me sentaba aquí en el sillón
y escuchaba, sin hacer nada ni pensar en nada.
No tengo tele y ya no leo
los periódicos. De noche pongo la radio.

Cuando llegué a este lugar estaba intentando alejarme
de todo. Especialmente de la literatura,
de cómo te atrapa y sus consecuencias.
Un deseo en el alma de no pensar.
De quedarme quieto. Y a la vez
un deseo de ser estricto, sí, y riguroso.
Pero el alma también puede ser una afable hija de puta,
no siempre es de fiar. Y no lo tuve en cuenta.
Le hice caso cuando me dijo: Mejor cantar a lo que se ha ido
y no volverá que a lo que sigue ahí
con nosotros y seguirá ahí mañana. O no.
Y si no, da igual.
Tampoco importa mucho, dijo, si un hombre no le canta a nada.
Ésa es la voz que escuché.
¿Es posible que alguien piense así?
¿Da todo igual, realmente?
¡Qué absurdo!
Pero pensaba estas estupideces de noche
cuando me sentaba en el sillón y escuchaba la radio.

Entonces, Machado, ¡tu poesía!
Era un poco como el hombre maduro que se enamora
de nuevo. Una cosa digna de atención;
desconcertante, también.
Se me ocurren tonterías como colgar tu retrato de la pared.
Y llevarme tu libro a la cama conmigo,
dormirme con él a mano. Una noche
pasó un tren por mis sueños y me despertó.
Lo primero que pensé, con el corazón acelerado
allí en el dormitorio a oscuras, fue esto:
No pasa nada, Machado está aquí.
Y me volví a dormir.

Hoy me llevé tu libro cuando fui a dar
un paseo. «Presta atención», dijiste,
cuando alguien se preguntó qué hacer con su vida.
Así que miré alrededor y tomé nota de todo.
Luego me senté con el libro al sol, en mi sitio
junto al río, desde donde puedo ver las montañas.
Cerré los ojos y me puse a escuchar el sonido
del agua. Luego los abrí y empecé a leer
«Abel Martín».
Esta mañana pensé mucho en ti, Machado.
Espero, incluso a pesar de lo que sé de la muerte,
que hayas recibido el mensaje que te envié.
Pero da igual si no es así. Que duermas bien. Descansa.
Antes o después espero que nos encontremos.
Entonces podré decirte estas cosas personalmente.

 

 

 

 

LOS VIEJOS TIEMPOS

Dormitabas frente al televisor
pero aún no te habías acostado
cuando llamaste. Yo estaba dormido,
o casi, cuando sonó el teléfono.
Querías decirme que habías dado
una fiesta. Y que se me echó de menos.
Fue como en los viejos tiempos, dijiste,
y te reías.
La cena fue un desastre.
Todo el mundo estaba borracho perdido a la hora
en que la comida atinó con la mesa. La gente
se lo estaba pasando bien, hasta
que alguien se llevó a la novia
de alguien arriba. Entonces
alguien cogió un cuchillo.

Pero te pusiste delante del tipo
cuando iba a subir
y lograste calmarle.
Se evitó el desastre por un pelo,
dijiste, y te reíste de nuevo.
No te acordabas muy bien
de lo que había ocurrido después.
La gente se puso sus abrigos
y empezó a marcharse. Tú
debes de haberte quedado dormido
un rato frente al televisor
porque te estaba pidiendo a voces
una copa cuando despertaste.
De todos modos, tú estás en Pittsburg
y yo aquí, en este
pueblo en la otra punta
del país. Todo el mundo
se ha ido de nuestras vidas ahora.
Querías llamarme para decirme hola.
Dices que estuviste pensando
en mí, en los viejos tiempos.
Dices que me echas de menos.

Fue entonces cuando me puse a recordar
aquella época y cómo solían
saltar los teléfonos cuando sonaban.
La gente que venía
a primera hora de la mañana
a llamar asustada a la puerta.
No importaba desde dentro.
Me acordé de eso y de cenas tensas.
Los cuchillos en la mesa, a la espera
de problemas. Irme a la cama
con la esperanza de no volver a despertar.

Te quiero, hermano, dijiste.
Se cruzó un sollozo.
Me cogí al auricular
como si fuera el brazo de un colega.
Y deseé abrazarte, viejo amigo.
Yo también te quiero, hermano.
Lo dije y luego colgamos.

 

 

 

 

NUESTRA PRIMERA CASA EN SACRAMENTO

Ahora lo veo con más claridad ‒ incluso por entonces
los días tenían fecha. Tras la primera semana
en la casa que habíamos amueblado
con lo que les sobraba a otros, apareció una noche
un hombre con un bate de béisbol. Y lo alzó.
Pero yo no era el hombre que él creía.
Al final, logré convencerle.
Lloró de frustración cuando dejó
de sentir ira. Nada de aquello tenía que ver
con la beatlemanía. A la semana siguiente, los amigos
del bar en el que todos nos emborrachábamos
trajeron a casa a otros amigos suyos
y jugamos al póker. Le hice perder el dinero de la compra
a un desconocido. Se puso a discutir con su mujer. Lleno de frustración,
atravesó de un puñetazo la pared de la cocina.
Luego, también él despareció de mi vida para siempre.
Cuando dejamos aquella casa en la que nada iba bien,
nos fuimos a medianoche
con un camión de alquiler y una linterna.
Quién sabe lo que se les pasaría por la cabeza a los vecinos
al ver a una familia trasladarse
en mitad de la noche.
La linterna moviéndose tras las ventanas
sin cortinas. Sombras deslizándose de habitación en habitación,
metiendo sus cosas en cajas.
He visto de primera mano
lo que puede hacerle a un hombre la frustración.
Puede hacerle llorar, romper una pared
de un puñetazo. Puede llevarle a soñar
con una casa que sea suya
al final de una larga carretera. Una casa
llena de música, calma, generosidad.
Una casa en la que aún no vive nadie.

 

 

 

 

EL AÑO QUE VIENE

Esa primera semana en Santa Bárbara no fue lo peor.
La segunda semana se cayó de cabeza
por beber justo antes de una lectura.
En la esquina del bar, aquella misma semana, ella le quitó el micrófono
de las manos a la cantante y susurró
su propia canción de desamor. Luego bailó. Y luego se cayó redonda
sobre una mesa. Pero eso no fue lo peor, tampoco. Los metieron
en la cárcel esa misma semana. No conducía él,
así que le ficharon, le dieron un pijama
y le encerraron en Detox. Le dijeron que intentara dormir algo.
Le dijeron que podría ver a su mujer por la mañana.
Pero cómo iba a dormir si no le dejaban
cerrar la puerta de su habitación.
Entraba la luz verde del corredor
y se oía llorar a un hombre.
A su mujer le habían pedido que dijera el alfabeto
en el arcén, en mitad de la noche.
Eso ya es bastante raro. Pero los polis le pidieron también
que mantuviera el equilibrio sobre una pierna, que cerrara los ojos
e intentara tocarse la nariz con el índice.
Se negó a todo.
La encerraron por resistencia a la autoridad.
Él pagó la fianza cuando salió de Detox.
Condujeron de vuelta a casa hechos una ruina.
Pero eso no es lo peor. Su hija había elegido aquella noche
para marcharse de casa. Dejó una nota:
«Los dos estáis locos. Dadme un respiro, POR FAVOR.
No me sigáis».
Pero esto todavía no es lo peor. Seguían
creyendo que eran el tipo de gente que decían que eran.
Respondiendo a sus nombres.
Noches sin comienzo que no tenían final.
Hablando de un pasado como si realmente lo tuvieran.
Diciéndose a sí mismos que el año que viene,
el año que viene por estas fechas
las cosas iban a ser diferentes.

 

 

 

 

A MI HIJA

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxTodo lo que veo me sobrevivirá.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxAnna Ajmátova

Es demasiado tarde para maldecirte, para desearte,
digamos, la fealdad, como Yeats hizo con su hija. Cuando
la vimos en Sligo vendiendo sus cuadros, había funcionado:
era la mujer más fea y más vieja de Irlanda.
Pero estaba a salvo.
Durante mucho tiempo no entendí
sus motivos. En cualquier caso, es demasiado tarde,
como digo. Ya eres mayor, y preciosa.
Eres una borracha preciosa, hija.
Pero una borracha. No puedo decir que se me parta
el corazón. No tengo corazón cuando se trata
de la bebida. Es triste, sí. Sólo Dios lo sabe.
Tu viejo amigo, ése al que llaman Silo, ha regresado
a la ciudad, y el alcohol ha vuelto a correr de nuevo.
Llevas tres días borracha, me dices,
cuando sabes jodidamente bien que la bebida es veneno
para nuestra familia. ¿No te servimos de ejemplo
tu madre y yo? Dos personas
que se querían a golpes,
que acabaron a golpes con el amor que se tenían, vaciando vaso tras vaso,
maldiciones, desgracias, traiciones.
¡Debes de estar loca! ¿No has tenido suficiente?
¿Quieres matarte? Puede que sea eso. A lo mejor
creo que te conozco y no te conozco.
No te estoy tomando el pelo, niña. ¿Quién te toma el pelo?
Hija, no debes beber.
Las últimas veces que nos vimos lo habías dejado.
El cuello escayolado y además
un dedo entablillado, gafas oscuras para ocultar
el moratón en el ojo. Un labio
que un hombre debería besar en vez de partir.
¡Oh, Dios, Dios, Dios!
Tienes que intentarlo ya.
¿Me oyes? ¡Despierta! Tienes que  cortar con esto
y empezar de nuevo. Tienes que dejarlo por completo. Te lo estoy pidiendo.
Vale, sólo te lo digo. Mira, el destino de nuestra familia
es el despilfarro, no el ahorro. Pero puedes cambiar las cosas.
¡Debes hacerlo, no tienes más remedio!
Hija, no bebas.
Te matará. Como hizo con tu madre y conmigo.
Así.

 

 

 

 

ENERGÍA

Anoche, en su casa, cerca de Blaine,
mi hija intentó explicarme lo mejor que pudo
qué había fallado
entre su madre y yo.
«Energía. La energía de ambos estaba mal encauzada».
Se parece a su madre
cuando su madre era joven.
Se ríe como ella.
Se aparta el flequillo
de la frente con un gesto como el de su madre.
Apura el cigarrillo
hasta el filtro en tres caladas,
igual que su madre. Creía
que la visita resultaría fácil. Me equivoqué.
Esto es duro, hermano. El pasado
se desborda por mi sueño cuando intento
dormir. Me despierto y me encuentro miles
de cigarrillos en el cenicero y todas
las luces de la casa encendidas. No pretendo
entender nada: hoy seré transportado
a tres mil millas de distancia hasta
los amantes brazos de otra mujer, no
de su madre. No. Ella está atrapada
en el engranaje de un nuevo amor.
Apago la última luz
y cierro la puerta.
Cuando nos movemos hacia cualquier zona del pasado
se ponen en marcha las cadenas
y tira de nosotros, implacablemente.

 

 

 

 

CIERRAS LA PUERTA POR FUERA Y LUEGO TRATAS DE ENTRAR

Así de sencillo, sales y cierras la puerta
sin pensarlo. Y cuando te das cuenta
delo que has hecho
es demasiado tarde. Si parece
la historia de una vida, perfecto.

Estaba lloviendo. Los vecinos que tenían
una llave no estaban. Lo intenté varias veces
por las ventanas de abajo. La mirada fija
en el sofá, las plantas, la mesa,
las sillas y el equipo de música.
La taza de café y el cenicero esperándome
en la mesa de cristal, y mi corazón
que se iba hacia ellos. Les dije: hola, amigos,
o algo parecido. Después de todo,
no era tan grave.
Cosas peores habían pasado. Incluso
tenía su gracias. Encontré la escalera.
La cogí y la apoyé contra la pared.
Subí bajo la lluvia a la terraza,
pasé sobre la barandilla
y lo intenté con la puerta. Estaba cerrada,
por supuesto. Pero volví a mirar hacia dentro,
mi escritorio, los papeles y la silla.
Era la ventana por la que miraba
cuando alzaba la vista de la mesa.
Esto no es como lo de abajo, pensé.
Esto es algo más.

Había allí algo que nunca había visto
desde la terraza. Estar allí dentro y no estar.
No sé cómo explicarlo.
Pegué la cara al cristal
y me imaginé dentro,
sentado a la mesa. Alzando la vista
del papel de vez en cuando,
pensando en otro lugar
y otro tiempo.
La gente que había amado desde entonces.

Me quedé allí un rato bajo la lluvia.
Me consideraba el hombre más afortunado del mundo.
Incluso cuando me pasó por encima una ola de pena.
Incluso cuando me sentí francamente avergonzado
por el daño que había causado.
Le di un fuerte golpe a aquella hermosa ventana.
Y entré.

 

 

 

 

AL MENOS

Quiero levantarme temprano una vez más,
antes de que salga el sol. Antes que los pájaros, incluso.
Quiero echarme agua fría a la cara
y sentarme a mi mesa de trabajo
cuando el cielo empieza a iluminarse y aparece
el humo en las chimeneas
de las casas vecinas.
Quiero ver cómo rompen las olas entre las rocas, no sólo
oírlas como por la noche mientras duermo.
Quiero ver de nuevo los barcos
que llegan de cualquier parte del mundo
y cruzan el Estrecho,
los cargueros viejos y sucios que apenas se mueven,
y los nuevos buques de carga
pintados de todos los colores bajo el sol
tan rápidos que cortan el agua a su paso.
No quiero perderlos de vista,
ni tampoco la pequeña barca que avanza
entre ellos
o la estación del práctico al lado del faro.
Quiero ver cómo bajan a un hombre del barco
y suben a otro a bordo.
Quiero pasarme el día viendo estas cosas
y sacar mis propias conclusiones.
Detesto parecer egoísta ‒tengo muchos
motivos para estar agradecido‒
pero quiero levantarme temprano una vez más, al menos.
Acercarme a mi sitio con un café y esperar.
Sólo esperar a ver qué ocurre.

 

 

 

 

MI HIJA Y LA TARTA DE MANZANA

Me sirve un trozo recién
sacada del horno. Al realizar el corte
sale un ligero vapor. El azúcar y las especias ‒
canela ‒ quemados en la corteza.
Pero lleva gafas oscuras
en la cocina a las diez
de la mañana ‒todo tan sutil‒
mientras me observa tomar
un bocado, acercarlo a la boca
y soplar. La cocina de mi hija,
invierno. Pincho el trozo de tarta
y me digo a mí mismo que no debo meterme.
Ella dice que le ama. No
podía ser peor.

 

 

 

 

MI CUERVO

Un cuervo se posó en el árbol que hay frente a mi ventana.
No era el cuervo de Ted Hughes, ni el cuervo de Galway.
Ni el de Frost, ni el de Pasternak, ni el cuervo de Lorca.
Tampoco era uno de los cuervos de Homero, impregnados
de sangre coagulada tras la batalla. Era sólo un cuervo.
Que jamás encajó en parte alguna
ni hizo nada digno de mención.
Se quedó ahí en esa rama durante unos minutos.
Luego alzó el vuelo maravillosamente
y salió de mi vida.

 

 

 

 

PARA TESS

Afuera en el Estrecho el agua chapotea,
como dicen aquí. Anuncia tormenta, me alegra
no estar fuera. Contento porque estuve todo el día pescando
en Morse Crreek, probando una Daredevil roja, lanzándola
una y otra vez. No saqué nada. Ni una pieza
siquiera, nada. Pero estuvo bien. Fue divertido.
Llevé la navaja de tu padre y durante un rato
me siguió un perro que su dueño llamó Dixie.
A veces me sentía tan feliz que tenía que dejar
de pescar. Una vez me tumbé en la orilla con los ojos cerrados,
escuchando el sonido que hacía el agua
y el viento en la copa de los árboles. El mismo viento
que sopla afuera en el Estrecho pero diferente, también.
Durante un rato incluso me permití imaginar que había muerto,
y eso estuvo bien, al menos durante un par
de minutos, hasta que la realidad caló en mí: Muerte.
Mientras estaba allí tumbado con los ojos cerrados,
justo después de haber imaginado qué ocurriría
si de veras nunca me levantara otra vez, pensé en ti.
Entonces abrí los ojos, me levanté
y volví a sentirme feliz otra vez.
Te lo debo a ti, ya ves. Quería decírtelo.

 

 

 

Carver, Raymond. Todos nosotros (Trad. Jaime Priede). Madrid; Ed. Bartleby, 2006.

 

TODOS NOSOTROS

septiembre 5, 2015 Deja un comentario

Amorsilábico

 

MADERA DE BALSA

Mi padre está en el fogón delante de una sartén con sesos
y huevos. Pero ¿quién tiene ganas de comer algo
esta mañana? Me siento tan frágil
como la madera de una balsa. Alguien acaba de decir algo.
Fue mi madre. ¿Qué dijo? Apostaría
a que algo relacionado con el dinero. Contribuyo
si no como. Mi padre se vuelve desde el fogón,
«Estoy en un agujero. Imposible hundirme más».
La luz se filtra desde la ventana. Alguien llora.
Lo último que recuerdo es el olor
a quemado de los sesos y los huevos. Toda la mañana
estuvieron en el cubo de la basura mezclados
con otras cosas. Poco después
él y yo vamos en coche hasta el vertedero, a diez millas.
No hablamos. Arrojamos las bolsas y los cartones
al oscuro montón. Chillidos de ratas.
Silban cuando salen de las bolsas podridas
arrastrando la tripa. Volvemos al coche
para mirar el fuego y el humo. El motor en marcha.
Huelo en mis dedos el pegamento del avión.
Me mira cuando me llevo los dedos a la nariz.
Luego mira a lo lejos otra vez, hacia la ciudad.
Quiere decir algo pero no puede.
Está a muchas millas de distancia. Ambos estamos muy lejos
de aquí, y alguien sigue llorando. Es entonces
cuando empiezo a entender cómo es posible
estar en un sitio. Y en algún otro, a la vez.

 

 

 

 

DONDE HAYAN VIVIDO

Fuera donde fuera, aquel día andaba
por su propio pasado. Dando puntapiés a jirones
de recuerdos. Mirando las ventanas
que no hace mucho le habían pertenecido.
Trabajo, miseria y pocos cambios.
En aquella época vivían para sus deseos,
decididos a ser invencibles.
Nada les detendría. Al menos
durante muchísimo tiempo.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxEn la habitación del motel
aquella noche, de madrugada,
abrió una cortina. Vio nubes
cubriendo la luna. Se apoyó
en el cristal. Le traspasó un aire frío
que puso la mano sobre su corazón.
Te amé, pensó.
Te he amado mucho.
Hasta que se me acabó el amor.

 

 

 

 

EL TELEVISOR DE JEAN

Mi vida va sobre ruedas
en este momento. Aunque ¿quién se atreve
a decir que no volveré a flaquear?
Esta mañana me acordé
de una novia que tuve justo después
de mi ruptura matrimonial.
Una chica muy dulce llamada Jean.
Al principio, ella no tenía ni idea
de la parte mala de las cosas. Llevó
su tiempo. Pero, de todos modos,
me amaba un montón, decía.

Y sé que era cierto.
Me dejó quedarme en su casa
cuando dirigía
los mezquinos asuntos de mi vida
por su teléfono. Me compraba
bebida, me decía
que no era un borracho
como todos esos otros, decía.
Me extendía cheques
y los dejaba sobre su almohada
cuando se iba al trabajo.
Me regaló una chaqueta Pendleton
aquella Navidad, y todavía la uso.

Por mi parte, le enseñé a beber.
Y a dormir
con la ropa puesta.
Cómo despertar
llorando en mitad de la noche.
Cuando la dejé, me pagó dos meses
de alquiler. Y me dio
su televisor en blanco y negro.

Hablamos por teléfono una vez,
meses después. Estaba borracha.
Y seguro que yo también.
Lo último que me dijo fue,
¿Podría ver mi tele otra vez?
Miré alrededor
como si el televisor pudiera aparecer
de repente en su sitio otra vez,
sobre la silla de la cocina. O si no,
salir del armario de la cocina
y presentarse. Pero ese televisor
había sido arrojado calle abajo
semanas antes. El televisor que Jean me regaló.

No se lo dije.
Le mentí, claro. Pronto, le dije,
muy pronto.
Y colgué el teléfono
después, o antes, de que colgara ella.
Pero aquellas palabras oídas como en sueños
me hicieron sentir
que había llegado al final de una historia.
Y ahora, con esa última mentira
a mis espaldas,
xxxxxxxxpodía descansar.

 

 

 

 

ESPERANZA

xxxxxxxxxx«Mi mujer -dijo Pinnegar- espera verme tirado como un perro
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxcuando me deje. Es su última esperanza».
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxD. H. Lawrence,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx«Jimmy and the Desperate Woman»

Me dejó el coche y doscientos
dólares. Dijo, Hasta siempre, cariño.
Que te sea leve. Eso
tras veinte años de matrimonio.
Ella sabe, o cree que sabe,
que gastaré  la pasta
en un día o dos, y que finalmente
estrellaré el coche ‒que estaba
a mi nombre y necesitaba reparación, de todos modos.
Cuando salí de casa, ella y su novio
estaban cambiando la cerradura
de la puerta delantera. Me saludaron.
Les devolví el saludo para que se dieran cuenta
de que no le daba importancia
alguna. Luego pisé a fondo
hasta la frontera del estado. Estaba lleno de ira.
Ella tenía razón al pensarlo.

Me uní a los perros y
nos hicimos buenos amigos.
Pero salí adelante. Un largo
camino sin volver la vista.
Dejé a los perros, mis amigos, atrás.
Sin embargo, cuando asomé
la cabeza otra vez por aquella casa,
meses o años después, conduciendo
otro coche, ella se puso a llorar
cuando me vio en la puerta.
Sobrio. Vestido con una camisa limpia,
pantalones y botas. Su última esperanza
no se había cumplido.
Y no tenía ningún otro motivo
para la esperanza.

 

 

 

 

POR EL ESTE, LA LUZ

La casa agitada y llena de gritos toda la noche.
Hacia el amanecer, llegó la calma. Los niños,
buscando algo de comer, se abren
paso a través del desastre del salón
para llegar al desastre de la cocina.
Allí está el padre, dormido en el sofá.
Seguro que se paran a mirar. ¿Quién no lo haría?
Escuchan sus violentos ronquidos
y comprenden que las antiguas costumbres
han vuelto otra vez. ¿Es eso algo nuevo?
Lo que de verdad les sorprende, sin poder apartar la mirada,
es que el árbol de Navidad está en el suelo.
Yace de lado, frente a la chimenea.
El árbol que ellos ayudaron a decorar.
Ahora está roto, los carámbanos y los caramelos
ensucian la alfombra. ¿Cómo pudo ocurrir algo así?
Y ven que su padre ha abierto
su regalo, el que le hace la madre. Es un trozo de cuerda
que asoma a medias de su bonita caja.
Que se cuelguen los dos,
eso es lo que les gustaría decir.
Al diablo con todo, y
con ellos también, eso es lo que están pensando. En fin,
hay cereales en el armario, leche
en la nevera. Llevan los tazones
hasta la televisión,buscan su programa favorito,
e intentan olvidar el revoltijo que hay por todas partes.
Suben el volumen. Otra vez, y luego otra vez.
El padre se vuelve y refunfuña. Los chicos ríen.
Suben el volumen otro poco para que se dé cuenta
de que está vivo. Alza la cabeza. El día comienza.

 

 

 

 

HIJO

Me despertó esta mañana una voz de mi infancia
que decía Hora de levantarse, me levanto.
La noche entera, en sueños, tratando
de encontrar un sitio donde pueda vivir mi madre
y ser feliz. Si quieres que me vuelva loca,
dice la voz, perfecto. Pero si no,
¡sácame de aquí! Soy el único culpable
de haberla traído a este pueblo que odia. De alquilarle
una casa que odia.
De ponerle unos vecinos que tanto odia.
De comprarle unos muebles que odia.
¿Por qué no me diste el dinero y lo gasto yo?
Quiero volver a California, dice la voz.
Me moriré si sigo aquí. ¿Quieres que me muera?
No tengo respuesta para eso ni para nada
en la vida esta mañana. Suena y suena
el teléfono. No quiero acercarme a él por miedo
a oír una vez más ni nombre. El mismo nombre
al que respondió mi padre durante 53 años.
Antes de obtener su recompensa.
Murió justo después de decir: «Lleva esto
a la cocina, hijo».
La palabra hijo brotando de sus labios.
Temblando en el aire para que todos la oigan.

 

 

 

 

CADILLACS Y POESÍA

Nieve limpia sobre el hielo de esta noche. Ahora,
camino de la ciudad, distraído,
frena demasiado rápido.
Y se ve a sí mismo en un gran coche sin control,
moviéndose de un lado a otro de la carretera en la inmensa
quietud de la mañana de invierno. Enfocado
inexorablemente hacia el cruce.
¿Las cosas que le pasan por la cabeza?
El reportaje de televisión sobre tres gatos callejeros
y un mono con electrodos implantados
en sus cerebros; aquella vez que se paró para fotografiar
un búfalo cerca de donde el Little Big Horn
se une al Big Horn; su nueva caña de pescar
garantizada de por vida;
los pólipos que el médico le encontró en el intestino;
la frase de Bukowski que le viene
a la mente de vez en cuando:
A todos nos gustaría pasearnos por ahí en un Cadillac del 95.
Su mente como una colmena de secreta actividad.
Incluso mientras hace un derrape
en la autopista y se queda mirando
hacia atrás, en la dirección de la que venía.
La dirección de casa y de la relativa seguridad.
El motor se paró. Una vez más
le envolvió aquella inmensa quietud. Quitó la capota
y se secó la frente. Pero, tras considerarlo un momento,
arrancó el coche, dio la vuelta
y continuó hacia la ciudad.
Con más cuidado, sí. Pero pensando todo el rato
en las mismas cosas que antes. Hielo sucio, nieve limpia.
Gatos. Un mono. Pesca. Un búfalo salvaje.
La sutil poesía de pensar en Cadillacs
que aún no han sido fabricados. El efecto castigador
de los dedos del médico.

 

 

 

 

ASIA

Está bien vivir cerca del agua.
Pasan los barcos tan cerca de tierra
que un hombre podría alargar la mano
y arrancar una rama de uno de los sauces
que crecen aquí. Los caballos corren libres
junto al agua, por la playa.
Si los hombre de abordo quisieran, podrían
hacer un lazo con una cuerda, lanzarla y
llevarse uno de los caballos a cubierta.
Algo que les haga compañía
en su largo viaje hacia Oriente.

Desde la terraza puedo observar las caras
de estos hombres mientras se fijan en las caballos,
los árboles y las casas de dos pisos.
Sé lo que piensan
al ver a un hombre saludándoles desde una terraza,
su coche rojo a la entrada.
Le miran y se consideran
afortunados. Qué misterioso deseo
de buena suerte les llega hasta la cubierta de un barco
rumbo a Asia. Aquellos años de trabajos ocasionales
en los almacenes o en los muelles
o de vagar por el puerto sin nada que hacer,
están olvidados. Todo eso les pasó
a otros, a hombres más jóvenes,
si es que pasó.
xxxxxxxxxxxxxLos hombres de a bordo
alzan el brazo y devuelven el saludo.
Luego se quedan quietos, apoyados en la barandilla,
mientras el barco pasa lentamente. Los caballos
salen de debajo de los árboles al sol.
Se quedan quietos como estatuas de caballos.
Mirando el barco que pasa.
Las olas que rompen contra el casco.
En la playa. Y en la mente
de los caballos,donde
siempre es Asia.

 

 

 

 

EL REGALO

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA Tess

Empezó a nevar en plena noche. Húmedos copos
contra las ventanas, la nieve cubriendo
las claraboyas. Estuvimos mirando un rato, sorprendidos
y felices. Contentos de estar aquí y en ningún otro sitio.
Cargué la estufa y ajusté la temperatura.
Nos fuimos a la cama, cerré enseguida los ojos.
Pero por alguna razón, antes de dormirme,
me acordé de aquella vez en el aeropuerto
de Buenos Aires, la tarde en que nos íbamos.
¡Qué tranquilo y desierto estaba todo!
Un silencio mortal salvo el ruido de los motores de nuestro avión
cuando salimos de la terminal
y rodamos por la pista bajo una ligera nieve.
Las ventanas del edificio estaban en penumbra.
No se veía a nadie, ni siquiera al personal de tierra. «Parece
un lugar de luto», dijiste.
Abrí los ojos. Tu respiración me hizo ver
que estabas dormida profundamente. Te abracé
y salí de Argentina para recalar en el sitio
en que viví una vez en Palo Alto. No nieva en Palo Alto.
Pero tenía una habitación con dos ventanas que daban
a la autopista de Bayshore.
La nevera estaba al lado de la cama.
Cuando despertaba deshidratado en mitad dela noche
todo lo que tenía que hacer para calmar la sed era estirar la mano
y abrir la puerta. La luz interior me llevaba
hasta la botella de agua fría. Un plato caliente
en el baño, junto al lavabo.
Cuando me afeitaba, el cazo de agua borboteaba
junto al tarro de los granos de café.

Una mañana me senté en la cama, vestido, recién afeitado,
tomando café, aplazando lo que había decidido hacer. Finalmente
marqué el número de Jim Houston en Santa Cruz.
Y le pedí 75 dólares. Me dijo que no los tenía.
Su mujer se había ido una semana a Méjico.
Sencillamente no los tenía. Andaba muy justo
ese mes. «Claro», le dije, «lo entiendo».
Y lo entendía. Hablamos un poco
más y colgamos. No los tenía.
Terminé el café, más o menos a la vez que el avión
se elevaba hacia la puesta de sol.
Me volví en el asiento para echar una última ojeada
a las luces de Buenos Aires. Luego mantuve los ojos cerrados
todo el largo viaje de vuelta a casa.

Esta mañana hay nieve por todos lados. Reparamos en ello.
Me dices que no has dormido bien. Te digo
que yo tampoco. Pasaste una noche horrible. «También yo».
Somos extremadamente cuidadosos y tiernos,
como si percibiéramos el desarreglo mental del otro.
Como si supiéramos lo que está sintiendo el otro. No lo sabemos,
claro. Nunca lo sabemos. No importa.
Es esta ternura lo que me importa. Es el regalo
que me sostiene y me hace avanzar.
El mismo de cada mañana.

 

 

 

Carver, Raymond. Todos nosotros (Trad. Jaime Priede). Madrid; Ed. Bartleby, 2006.

 

DINERO [SEGÚN RAYMOND CARVER]

septiembre 3, 2015 Deja un comentario

Carrito dinero

 

DINERO

Para ser capaz de vivir
en el lado correcto de la ley.
Para usar siempre su verdadero nombre
y número de teléfono. Para prestarle algo
a una amiga y no soltar
un taco si la amiga se va de la ciudad.
Esperar, de hecho, que lo haga.
Para darle algo
a su madre. Y a sus
hijos y madres.
No ahorrar. Quiere
disfrutarlo antes de que se acabe.
Comprar ropa.
Pagar el alquiler y el servicio público.
Comprar comida y algo más.
Salir a cenar si le apetece.
¡Y estaría muy bien
pedir algo fuera del menú!
Comprar drogas cuando quiera.
Comprar un coche. Si se avería,
repararlo. O comprar
otro. ¿Ves ese
barco? Podría comprar uno
igual. Y doblar
el cabo de Hornos, buscando
compañía. Conoce a una chica
en Porto Alegre a la que le encantaría
verle a bordo
de su propio barco, a toda vela,
entrar en el puerto a buscarla.
Un amigo que pueda permitirse
venir a verla
de esa forma. Sólo porque
le gusta el sonido
de su risa
y su manera de mover el pelo.

 

 

 

Carver, Raymond. Todos nosotros (Trad. Jaime Priede). Madrid; Ed. Bartleby, 2006.

 

ÚLTIMOS POEMAS

Haro

 

EL DESVÁN

Su cerebro es un desván donde
se guardan cosas años y años.

De vez en cuando su cara aparece
en las ventanitas de junto al techo de la casa.

El rostro triste de una persona a la que encerraron
y se olvidaron de ella.

 

 

 

 

MARGO

Él se llamaba Tug, ella Margo.
Hasta que la gente, el ver lo que pasaba
empezó a llamarla Cargo.
Tug y Cargo. Él tenía que cargar con ella,
decían. Con mucho pelo en la cara
y en los brazos. Un tipo fuerte. Voz
autoritaria. Ella era más tranquila. Rubia.
Soñadora. (Dulce y soñadora). Finalmente,
se marchó. Recorrió los mares
sin detenerse. Fue a sitios
que salían en los libros, y a algunos
que no aparecían en los libros, ni tampoco en los mapas.
Sitios a los que ella, de niña, y Cargo
nunca había soñado en ir.

 

 

 

 

UNA VIEJA FOTOGRAFÍA DE MI HIJO

Nuevamente 1974, y ha vuelto una vez más. Sonríe afectadamente,
con una bata sobre una camiseta blanca,
sin zapatos. Su pelo, largo y rubio, le cae
hasta los hombros como le pasaba al de su madre
por entonces, y como el de uno de esos jóvenes héroes
griegos de los que estaba leyendo. Pero
ahí termina el parecido. En su cara
la desdeñosa expresión del sabelotodo,
el pequeño tirano. Encuentro esa expresión en todas partes.
Corroe mi memoria como ácido. Es
la expresión que esperaba que nunca volvería
a ver. Quiero olvidar aquel chico
de la foto -¡aquel idiota, aquel pendenciero!

¿Qué hay de cena, madre? ¡Enseguida!
Oye, vieja, levántate, ¿por qué no te levantas? Contesta
cuando se te habla. Me parece que te voy a hacer
una llave de lucha libre a ver si te gusta.
Quiero que te pongas de
puntillas. Baila en mi honor. Adelante,
vieja, baila. Te enseñaré un par de pasos.
Deja que te retuerza el brazo. Suplícame que te deje,
suplícame que sea amable. ¿Quieres que te ponga el ojo morado?
¡Te lo pondré!

Ay, hijo, en aquellos días quise cien -no, mil-,
veces diferentes que estuvieras muerto.
Pensaba en todo lo que dejamos atrás. ¿Quién demonios
sacó esta foto, y
por qué aparece ahora,
justo cuando empezaba a olvidar?
Miro tu foto y se me encoge el estómago.
Me encuentro apretando las mandíbulas, los dientes, y
una vez más estoy lleno de desesperación y cólera.
Sinceramente, noto como si necesitase una copa.
Eso es una prueba de tu energía y fuerza, del miedo
y la confusión que todavía me inspiras. Es
muestra de lo poderoso que fuiste. Oye, aborrezco esta
fotografía. Aborrezco en lo que nos hemos convertido todos.
¡No la quiero en mi casa ni una hora más!
Puede que se la mande a tu madre, en el supuesto
de que todavía esté viva y que el correo pueda llevársela
hasta el borde de la tumba. Si es así, tendrá
una reacción diferente ante ella, lo sé. Tu juventud
y belleza, será lo único que verá y le alegrará.
Qué hijo tan guapo -dirá-. Mi chico maravilloso.
Examinará la foto, buscando su parecido
en los rasgos, y el mío. (Lo encontrará).
Puede que llore, si es que aún puede hacerlo.
Puede -¿quién sabe?- que hasta desee que vuelvan
aquellos días. ¿Quién sabe nada ahora?

Pero los deseos no se hacen reales, y está bien que sea así.
Con todo, seguro que tendrá tu foto
encima de la mesa durante un tiempo y pensará en ti
algunas veces. Luego, poco más tarde, irás a parar
al gran álbum de fotos de la familia con los otros locos,
-ella misma, su hija, y yo, su antiguo marido-. Allí estarás
a salvo, con la misma mandíbula altiva que todas tus víctimas.
Pero no te preocupes, hijo mío -las páginas se pasan-. En el
futuro haremos las cosas mejor.

 

 

 

 

LA RED

Hacia el atardecer el viento cambia. Hay barcos
todavía en el golfo
rumbo a la orilla. Un hombre con sólo un brazo
está sentado en la quilla de un barco
carcomido, cosiendo una brillante red.
Levanta la vista. Sujeta algo
entre los dientes, y muerde con fuerza.
Paso por delante sin cruzar palabra.
Dominado por la confusión
debido a este tiempo tan variable,
por los inoportunos sentimientos de mi corazón.
Sigo andando. Cuando me vuelvo a mirar
estoy demasiado lejos
para ver a este hombre atrapado en una red.

 

 

 

 

NOCHE DE PERROS

Hay noches terribles con truenos, relámpagos, lluvia y
viento. Son las que la gente llama «noches de perros».
Ha habido una noche de esas en mi vida…

Me desperté pasada la medianoche y de repente me senté en la cama.
Me parecía que por algún motivo iba a morir
de inmediato. ¿Por qué me pareció eso? En el cuerpo
no tenía ninguna sensación que me sugiriera la muerte inmediata,
pero mi alma estaba dominada por el terror, como si de pronto
hubiera visto un incendio amenazador muy cerca.

Encendí rápidamente la luz, bebí agua directamente de
la botella, luego corrí a abrir la ventana.
Afuera el tiempo era magnífico.
Olía a heno y había otros
aromas muy dulces. Distinguía las estacas de la cerca,
los lúgubres, soñolientos árboles de junto a la ventana,
la carretera, el oscuro perfil del bosque,
había una luna serena y muy brillante en el cielo y ni una sola
nube, una perfecta quietud, ni una
hoja se movía. Noté que todo me estaba mirando y
esperando a que muriera… Sentí frío en la
columna vertebral; parecía que me tiraban de ella
hacia dentro, y noté como si la muerte
fuera a saltar furtivamente sobre mí desde atrás…

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxANTON CHÉJOV
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxUna noche de espanto

 

 

 

 

DESPERTAR

En junio, en el castillo de Kyborg, en el cantón
de Zurich, al caer la tarde, en la sala
de debajo de la capilla, en la mazmorra,
los instrumentos del verdugo están en el suelo
junto a uno de ellos que tiene forma de mujer
y cuyos rasgos serenos reflejan una sonrisa reservada.
Si te deslizas dentro de él, cerrará su interior
lleno de pinchos, como un demonio, como un poseso.
Abrazo -esa palabra junto a la inscripción:
«del que no hay escape».
En un rincón está el potro, un artefacto de pesadilla
que hizo de todo y más. Y si la víctima perdía el sentido
debido al dolor, mientras le rompía los huesos uno a uno,
los torturadores se limitaban a lanzarle un cubo de agua
para que se despertase. Volvían a despertarle
más tarde, si era necesario. Sabían lo que estaban haciendo.
El cubo ha desaparecido, pero hay un viejo crucifijo
de cerezo en la pared de una esquina de la sala:
Cristo colgando de la cruz, claro, ¿qué iba a ser?
Los torturadores eran humanos después de todo, ¿no?
¿Y quién sabe? -en el último momento la víctima podría ver
la luz, tener una chispa de comprensión, y la aceptación
de su destino podría ablandar su casi destrozado
corazón. Jesucristo, mi salvador.
Miro el tajador. ¿Por qué no? ¿Por qué no, eh?
¿Quién no ha querido alguna vez poner el cuello en él
sin temor a las consecuencias? ¿A quién no le apeteció
arriesgar a que le cortasen la cabeza y luego retirarla en el último momento?
¿Quién, secretamente, no desea tener todo tipo de experiencias?
Se hace tarde. En la mazmorra no quedamos más que nosotros,
ella y yo, el Polo Norte y el Polo Sur. Caigo de rodillas
en el suelo de piedra, pongo las manos a la espalda,
y dejo descansar la cabeza en el tajador. Cierro los ojos,
respiro a fondo. Muy a fondo. El aire parece espesarse,
como si casi lo saboreara. Durante un momento me dejo ir.
Despierta -me dice ella-. Lo hago, vuelvo la cabeza y la veo
de pie a mi lado con los brazos levantados. También veo
el hacha, que hace como que blande. Sólo es una broma
-dice-, y baja los brazos, y la idea del hacha, luego
sonríe. Todavía sigo vivo -digo-. Un minuto después, cuando
lo vuelvo a hacer, cuando pongo de nuevo la cabeza en
el tajador, cierro los ojos, el corazón se acelera un poco,
no hay tiempo para la oración que surge de mi garganta.
Sale sin terminar de mis labios cuando oigo
que se mueve rápidamente. Noto carne contra mi carne
cuando el filo de su mano baja hasta la base de mi cráneo
y no sé si sufro o tengo un rapto o adónde me dirijo.
Ya te puedes levantar -dice ella-,
y lo hago. Me levanto y la miro.
Ninguno de los dos sonreímos, sólo temblamos.
Luego sonríe y la cojo por la cintura y nos dirigimos
al siguiente pasadizo necesitados de luz.
Y afuera, en lo abierto, necesitamos más.

 

 

 

 

PROPUESTA

Yo se lo pregunto y luego ella me lo pregunta a mí.
Los dos lo aceptamos. No hay un tira y afloja al respecto.
Después de casi once años juntos, nos conocemos bien.
Y este aplazamiento es sensato. Ahora tiene sentido. Supongo
que deberíamos estar en un jardín lleno de rosas o al menos
en un hermoso acantilado que da al mar, pero estamos en
el sofá, ése donde a veces el sueño nos atrapa con nuestros
libros abiertos o delante de una vieja película de Bette Davis
en blanco y negro -las llamas de la chimenea bailan
amenazadoras al fondo mientras ella sube por la escalera
de mármol con un pequeño revólver, con intención de liquidar
a su ex amante, con un abrigo de pieles que lleva echado
por encima de los hombros. Encantadores, letales enredos.
En semejante mundo son ciertos.

Hace unos días se aclararon algunas cosas
sobre que no quedan todos esos años por delante como
suponíamos. El médico seguía hablando de «la caja» que
yo había dejado atrás, haciendo todo lo que podía para que
no cayéramos en lágrimas y lamentos. «Pero él ama la vida» -oí
que decía una voz. La de ella. Y el joven médico, escurriendo
el bulto con dificultad: «Lo sé. Supongo que tendrá usted que
pasar por esos siete estadios. Pero terminará por aceptarlo».

Después de eso fuimos a almorzar a un pequeño café donde no
habíamos estado. Ella tomó pastrami. Yo tomé sopa. Había
otras muchas personas almorzando. Por suerte
no nos conocía nadie. teníamos que hacer planes, el tiempo
apremiaba como un torno, aplastando nuestras esperanzas
para que hubiera sitio para lo eterno -esa palabra hizo que
me entraran ganas de gritar: «¿Hay un egipcio en la casa?»

De vuelta a casa nos abrazamos uno al otro y, sin la menor
reserva, hablamos del significado de todo aquello. ¿A cuántos
les pasa esto’ -pensé-. No queda tan lejos la necesidad
de una fiesta, una reunión de amigos, brindis con champán
y Perrier. «A Reno» -dije yo-. «Vamos a Reno y casémonos».
En Reno, le dije, las bodas se celebran las veinticuatro
horas del día los siete días de la semana. No hay que esperar.
Sólo hay que hacerlo. Y lo haremos. Y tú le darás diez pavos
de propina al predicador para que nos busque un testigo.
Claro está que ella conocía perfectamente todas

esas historias de divorciados que arrojaban sus anillos de boda
al río Truckee y se dirigían al altar diez minutos después
con otra persona. ¿Es que ella no había tirado su último
anillo de boda al mar de Irlanda? Estuvo de acuerdo. Reno era
el sitio adecuado. Ella tenía un vestido de algodón verde
que le compré en Bath. Lo mandó al tinte.
Estábamos preparados, como si hubiéramos encontrado
respuesta a la pregunta de lo que queda
cuando ya no hay esperanza: el apagado sonido de dedos que
procede de la mesa cubierta de fieltro, el clic de la ruleta,
las tragaperras sonando en la noche, y una oportunidad más.
Y luego a esa suite que hemos reservado.

 

 

 

 

AMAR

Desde la ventana la veo inclinada junto a las rosas
cogiéndolas los más cerca que puede de la flor para no
pincharse los dedos. Con la otra mano las arranca,
hace una pausa y arranca otra, más sola en el mundo
de lo que pudiera imaginar. Está sola
con las rosas y con otra cosa en que sólo yo puedo pensar,
pero no decir. Sé los nombres de esos rosales,

se los pusimos cuando nuestra reciente boda; Amor, Honor, Cariño-
de este último es la rosa que me tiende de repente, después
de entrar en la casa entre dos miradas. La acerco
a la nariz, aspiro el aroma, me aferro a él -olor
de promesas, de tesoros. Mi mano en su cintura para acercarla,
sus ojos verdes como el musgo del río. Y le digo entonces
enfrentándome a lo que se acerca: mi mujer. Lo diré
mientras pueda, mientras respire, con cada pétalo
de la rosa.

 

 

 

 

PROPINA

No hay otra palabra posible. Pues eso es lo que fue. Una propina.
Una propina, estos diez años pasados.
Vivo, sobrio, trabajando, amando y
siendo amado por una buena mujer. Hace once
años le dijeron que tenía seis meses de vida
si seguía como hasta entonces. Y que no iría
a parte alguna sino al fondo. De modo que cambió
su modo de vivir. ¡Dejó de beber! ¿Y lo demás?
Después de eso todo fue una propina, cada uno de los minutos,
hasta ahora, incluyendo cuando le dijeron eso;
bueno, algunas cosas se vinieron abajo y
algo creció en su cabeza: «No lloréis por mí»
-les dijo a sus amigos-. «Soy un hombre de suerte.
He vivido diez años más de los que yo o cualquiera
esperaba. Pura propina. Y no lo olvido».

 

 

 

 

NINGUNA NECESIDAD

Veo un sitio libre en la mesa.
¿Para quién? ¿Quién falta? ¿A quién le estoy tomando el pelo?
El barco espera. Ninguna necesidad de remos
o de viento. He dejado la llave
en el mismo sitio. Ya sabes donde.
Recuérdame, y todo lo que hicimos juntos.
Ahora estréchame con fuerza. Eso es. Bésame
en la boca. Ahí. Ahora
deja que me vaya, querida. Déjame ir.
Ya no nos volveremos a ver en esta vida,
así que dame un beso de despedida. Aquí. Vuélveme a besar.
Otra vez. Ahí. Ya es suficiente.
Ahora, querida, deja que me vaya.
Es hora de ponerme en camino.

 

 

 

 

ENTRE LAS RAMAS

Bajo la ventana, en el muelle, unos pájaros de aspecto
sucio se reúnen junto al comedero. Los mismos pájaros, creo,
que vienen todos los días a comer y pelearse. Ya es la hora
-gritan y se pegan unos a otros. Es casi la hora, sí.
El cielo está oscuro el día entero, el viento es del oeste y
no deja de soplar… Dame la mano un momento. Coge
la mía. Eso es, sí. Aprieta con fuerza. Hacía tiempo,
creíamos que el tiempo obraba en nuestro favor. Ya es la hora
-gritan esos pájaros sucios.

 

 

 

 

RESPLANDOR CREPUSCULAR

La oscuridad del atardecer llega. Antes ha caído
un poco de lluvia. Abres un cajón y dentro encuentras
la fotografía de un hombre que sólo tiene
dos años de vida. Él no lo sabe, claro,
por eso sonríe a la cámara de fotos.
¿Cómo iba a saber lo que se enraiza en su cabeza
en aquel momento? Si se mira a la derecha
por entre las ramas y los troncos de los árboles, se pueden ver
las manchas púrpura del crepúsculo. Ninguna sombra.
Todo está quieto y húmedo…
El hombre sigue sonriendo. Vuelvo a guardar la fotografía
junto a las otras y presto atención
al resplandor del crepúsculo de la lejana cordillera.
Una luz dorada en las rosas del jardín.
Luego, no puedo evitarlo y miro una vez más
la fotografía. El guiño, la sonrisa,
la inclinación del pitillo.

 

 

 

 

ÚLTIMO FRAGMENTO

¿Y conseguiste lo que
querías de esta vida?
Lo conseguí.
¿Y qué querías?
Considerarme amado, sentirme
amado en la tierra.

 

 

 

Carver, Raymond. Un sendero nuevo a la cascada. Últimos poemas. (Trad. Mariano Antolín Rato). Madrid; Ed. Visor, 1993.

 

PROSA SOBRE POETRY

Carver Poetry

 

xxHace años -debe de haber sido en 1956 ó 1957-, cuando yo era adolescente -estaba casado y me ganaba la vida como recadero de una farmacia de Yakima, una pequeña ciudad del este del estado de Washington-, una vez fui en coche a llevar un medicamento a una casa de la parte alta de la ciudad. Me invitó a entrar un hombre despierto pero muy viejo que llevaba puesta una chaqueta de punto. Me rogó que por favor esperara en el cuarto de estar mientras buscaba su chequera.
xxEn el cuarto de estar había muchos libros. De hecho, había libros por todas partes; encima de las mesas, en el suelo, junto al sofá -todas las superficies disponibles se habían convertido en sitios aptos para dejar libros encima-. Incluso había una pequeña biblioteca apoyada en una de las paredes de la habitación (anteriormente, yo nunca había visto una biblioteca privada; hileras e hileras de libros colocados en estantes en la residencia privada de alguien). Mientras esperaba, paseando la vista por el cuarto, me fijé que encima de una mesita había una revista con un curioso y, para mí, sorprendente nombre en la tapa: Poetry. Estaba pasmado, y la cogí. Era la primera vez que veía una «revista de poca circulación», por no decir una revista de poesía, y me había quedado mudo. Puede que sintiera envidia: también cogí un libro, uno que se titulaba The Little Review Anthology, editada al cuidado de Margaret Anderson. (Debería de añadir que para mí era un misterio lo que significaba «editada al cuidado de»). Recorrí las páginas de la revista y, tomándome todavía más libertades, empecé a hojear las páginas del libro. En el libro había muchísimos poemas, pero también fragmentos en prosa y lo que parecían observaciones o incluso páginas enteras de comentarios sobre cada poema seleccionado. ¿Qué demonios era aquello? Anteriormente yo nunca había visto un libro así -ni, claro está, una revista como Poetry-. Pasaba la vista de una a otra de aquellas dos publicaciones, y en secreto sentí la necesidad de poseerlas.
xxCuando el anciano terminó de llenar el cheque, dijo, como si me leyera la mente: «Puedes llevarte ese libro, hijo. A lo mejor encuentras algo que te guste. ¿Te interesa la poesía? ¿Por qué no te llevas también la revista? Puede que algún día llegues a escribir algo. Si lo haces, tienes que saber adónde mandarlo».
xxAdónde mandarlo. Algo -no sé exactamente qué, pero noté que había sucedido algo de gran importancia-. Yo tenía dieciocho o diecinueve años, estaba obsesionado con la necesidad de «escribir algo» y por entonces ya había hecho unos cuantos intentos fallidos con algunos poemas. Pero, la verdad, nunca se me había ocurrido que pudiera existir un sitio al que uno pudiera mandar esos esfuerzos con la esperanza de que los leyeran y hasta, algo perfectamente posible -increíblemente, o así me lo parecía-, pensaran en publicarlos. Pero allí mismo, en la mano, tenía la prueba visible de que existían personas responsables en ciertas partes del vasto mundo que editaban, Dios santo, una revista mensual de poesía. Estaba pasmado. Me sentía, como he dicho, en presencia de una revelación. Le di las gracias varias veces al viejo y salí de su casa. Le entregué el cheque a mi jefe, el farmacéutico, y me llevé a casa Poetry y el libro sobre The Little Review. Y así empezó mi formación.
xxClaro, no recuerdo el nombre de todos los que colaboraban en ese número de la revista. Lo más probable es que se tratara de unos cuantos distinguidos poetas mayores junto a unos pocos poetas «desconocidos», como sucede actualmente en la revista. Naturalmente, yo no sabía nada de ninguno de ellos por entonces -ni había leído nada, moderno, contemporáneo o lo que fuera-. Recuerdo que me fijé en que la revista la había fundado en 1912 una mujer que se llamaba Harriet Monroe. Recuerdo el dato porque era el mismo año en que había nacido mi padre. Aquella misma noche, más tarde, cansado de leer, tuve la clara sensación de que mi vida estaba a punto de verse alterada de un modo significativo y hasta, perdón, magnífico.
xxEn la antología, por lo que recuerdo, había un artículo serio sobre el «modernismo» en la literatura, y el papel que jugó en el progreso del modernismo un hombre que llevaba el extraño nombre de Ezra Pound. Algunos de sus poemas, cartas y listas de prescripciones -lo que se debe y no se debe hacer al escribir- venían incluidas en la antología. Me enteré de que, al principio de la existencia de Poetry, este Ezra Pound había sido el corresponsal en el extranjero de la revista -la misma revista que ese día me había llegado a las manos-. Más tarde, Pound había sido fundamental para el conocimiento de la obra de gran número de poetas nuevos gracias a la revista de Monroe, y a The Little Review, naturalmente; era, como todo el mundo sabe, un corrector y un promotor incansable -de poetas con nombres como H.D., T.S. Eliot, James Joyce, Richard Aldington, por citar sólo unos pocos-. Había discusiones y análisis de los movimientos poéticos; el imagismo, recuerdo, era uno de esos movimientos. Me enteré que, además de The Little Review, Poetry fue una de las revistas que acogieron los escritores imagistas. Por entonces la cabeza me daba vueltas. No sé cuánto habré dormido aquella noche.
xxEsto era allá en 1956 ó 1957, como dije. De modo que, ¿qué excusa hay para que haya tardado veintiocho años o más en enviar por fin un trabajo a Poetry? Ninguna. Lo asombroso, el factor crucial, es que cuando mandé uno, en 1984, la revista todavía seguía con vida y estaba dirigida, como siempre, por unas personas responsables cuyo objetivo era mantener esta empresa excepcional en funcionamiento y en buen estado. Y una de esas personas me escribió en calidad de director, alabando mis poemas, y diciéndome que la revista publicaría seis de ellos a su debido tiempo.
xx¿Me siento orgulloso de ello? Claro que me siento. Y creo que debo darle gracias en parte a aquel anónimo y encantador anciano que me regaló su ejemplar de la revista. ¿De quién se trataba? Podría llevar mucho tiempo muerto y el contenido de su pequeña biblioteca estar disperso en diversas librerías de segunda mano. Aquel día le dije que leería su revista y que leería el libro, y que volvería a decirle lo que me habían parecido. No lo hice, claro. Sucedieron demasiadas cosas; fue algo que prometí con facilidad y que sabía que no iba a hacer a partir del momento en que la puerta se cerró a mis espaldas. Nunca le volví a ver, y no sé cómo se llamaba. Lo único que puedo decir es que el encuentro se produjo de verdad, y de modo muy parecido a como lo he descrito. Entonces yo sólo era un mocoso, pero nada puede explicar aquel momento: el momento en que lo que más necesitaba en la vida -llámeselo estrella polar- me lo concedieron generosamente. Nada remotamente parecido a lo de aquel momento me ha vuelto a pasar.

 

 

 

Carver, Raymond. Un sendero nuevo a la cascada. Últimos poemas. (Trad. Mariano Antolín Rato). Madrid; Ed. Visor, 1993.

 

UN SENDERO NUEVO A LA CASCADA

La casa sobre la cascada

 

HUMO Y DECEPCIÓN

Cuando después de la cena Tatiana Ivanova se sentó en silencio y cogió su labor de punto, mantuvo los ojos fijos en sus dedos y charló sin cesar.
xx«Daos toda la prisa que podáis por vivir, amigos míos…» -dijo-. «¡Dios perdonará que sacrifiquéis el presente por el futuro!» Ahora hay juventud, salud, fuego; ¡el futuro es humo y decepción! En cuanto tengáis veinte años, empezad a vivir».
xxTatiana Ivanova dejó una de las agujas de hacer punto.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxANTON CHÉJOV
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxEl consejero privado

 

 

 

 

CONSPIRADORES

Sin dormir. En un punto de los bosques cercanos, el miedo
envuelve las manos del centinela.

El techo blanco de nuestro cuarto
ha bajado alarmantemente debido a la oscuridad.

Las arañas salen y se meten
en todas las tazas de café.

¿Asustado? Sé que si saco la mano
tocaré un viejo zapato de unos ocho centímetros de largo
que enseña los dientes.

Querida mía, es la hora.
Sé que estás escondida ahí, detrás
de ese inocente manojo de flores.

Sal.
No te preocupes. Te lo prometo.

Escucha…
Hay un golpe a la puerta.

Pero el hombre que iba a entregar esto
en lugar de hacerlo te apunta con un arma a la cabeza.

 

 

 

 

NO TE ALEJES

Nadia, mejillas encendidas, feliz, los ojos brillando con
lágrimas a la espera de algo extraordinario, bailaba y
daba vueltas, con su blanco vestido ondulando y dejando ver
fugazmente sus esbeltas y bonitas piernas en sus medias color
carne. Varia, extremadamente contenta, cogió a Pogdorin por el
brazo y le dijo en voz muy baja con expresión significativa:
«Misha, no te alejes de la felicidad. Acéptala
mientras se te ofrece gratuitamente, después correrás
detrás de ella, pero no la podrás alcanzar».

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxANTON CHÉJOV
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxVisita a unos amigos

 

 

 

 

VINO

Leyendo la vida de Alejandro Magno, de Alejandro
cuyo inculto padre, Filipo, contrató a Aristóteles
como tutor de su joven heredero y guerrero, para que
puliera un poco sus suaves hombros. Alejandro que, después,
en las campañas en Persia, llevaba un ejemplar de
La Iliada en una caja forrada de terciopelo, adoraba aquel
libro. También le gustaba luchar y beber.
Llego a ese momento de la vida en que Alejandro, después
de una larga noche de juerga, borracho de vino (el peor tipo
de borrachera -resacas que no se olvidan), arrojó la primera
tea para incendiar Persépolis, capital del Imperio Persa
(antiguo incluso en la época de Alejandro).
La dejó completamente arrasada. Posteriormente, claro,
a la mañana siguiente -puede que mientras todavía ardía la
ciudad- tuvo remordimientos. Pero nada parecidos a los
remordimientos que sintió la tarde siguiente cuando, durante
un altercado que se puso feo y, por parte de Alejandro, sin
afeitar, con la cara roja por tantas copas de vino, Alejandro se
puso de pie tambaleante,
agarró una espada y atravesó el pecho
de su amigo, Cleto, que le había salvado la vida en Granico.

Alejandro lamentó su muerte durante tres días. Lloró.
Se negó a comer. «Se negó a atender sus necesidades
corporales». Hasta prometió
dejar el vino para siempre.
(He oído semejantes promesas y las lamentaciones que
las acompañan.)
No es necesario decir, que en el ejército la vida se
interrumpió por completo mientras Alejandro se entregaba a
su pena. Pero al terminar esos tres días, el terrible calor
empezó a exigir su parte del cuerpo del amigo muerto,
y convencieron a Alejandro para que se pusiera en acción.
Salió de su tienda, cogió su ejemplar de Homero,
lo desató y empezó a pasar páginas. Finalmente dio órdenes
de que los ritos funerarios descritos para Patroclo debían
de seguirse al pie de la letra: quería que Cleto tuviera la mejor
despedida posible. ¿Y cuando prendieron fuego a la pira y las
copas de vino circulaban durante la ceremonia? Claro, ¿qué se
te ocurre? Alejandro bebió y perdió el sentido.
Tuvieron que llevarle a su tienda. Tuvieron que levantarle
para meterle en la cama.

 

 

 

 

CANCIONES A LO LEJOS

xxComo era fiesta, compraron un arenque en la taberna
e hicieron una sopa con la cabeza del arenque. A mediodía
se sentaron a tomar té y siguieron tomándolo hasta que
todos rompieron a sudar: se diría que el té los había hinchado;
y luego atacaron la sopa, reunidos todos en torno a una
cazuela. La abuela había escondido lo que quedaba de arenque.
Al atardecer un alfarero hacía cacharros en la ladera. Abajo,
en el prado, las niñas cantaban canciones bailando al corro…
y a los lejos las canciones sonaban dulces y melodiosas.
En la taberna y sus alrededores los campesinos armaban lío.
Cantaban con voces de borracho, desafinadas, y se insultaban
entre sí… Y las niñas y los niños oían cómo se insultaban
sin inmutarse; era evidente que se habían acostumbrado
a eso desde la cuna.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxANTON CHÉJOV
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxXxxxxxxxxxxxxxxxxxxLos campesinos.

 

 

 

 

LOS TIRANTES

Mamá dijo que no tenía ningún cinturón que me sirviera y que
iba a tener que llevar tirantes al colegio
el día siguiente. Nadie llevaba tirantes en segundo,
y lo mismo pasaba en los demás cursos. Dijo:
Los llevarás puestos o si no te pegaré con ellos. yo no
quería más problemas. Entonces mi padre dijo algo. Estaba
en la cama que ocupaba la mayor parte de la habitación
de la casita donde vivíamos. Preguntó si no podíamos estarnos
tranquilos y resolverlo por la mañana. ¿Es que por la mañana
no tenía que levantarse pronto para ir al trabajo? Me pidió
que le trajera un vaso de agua. Es por culpa de todo
ese whisky que toma -dijo Mamá-. Estaba deshidratado.

Fui al fregadero y, no sé por qué, le traje
un vaso de agua jabonosa de fregar los platos. La tomó
y dijo: Esto sabe raro, hijo. ¿De dónde sacaste este agua?
Del fregadero -dije yo.
Creía que querías a tu padre -dijo Mamá.
Y le quiero -dije yo-, y fui al fregadero y metí un vaso
en el agua jabonosa y me tomé dos vasos sólo
para que lo vieran. Quiero a Papá -dije.
Sin embargo, creía que me iba a poner malo allí mismo.
Mamá dijo: Si yo fuera tú me sentiría avergonzada. No entiendo
que puedas hacerle esas cosas a tu padre. Y bien lo sabe Dios
que mañana vas a llevar esos tirantes, pues si no,
te arrancaré el pelo a tirones. No quiero llevar
xxtirantes
-dije yo. Pues vas a llevarlos -dijo ella. Y con eso
cogió los tirantes y se puso a pegarme con ellos en
las piernas que llevaba al aire mientras yo daba saltos
por la habitación y gritaba. Mi padre
nos chilló que parásemos, que por el amor de Dios, parásemos.
Le dolía mucho la cabeza y además tenía mal el estómago
por culpa del agua de fregar los platos. Es decir, por culpa
de éste -dijo Mamá-. Fue entonces cuando empezaron
a dar golpes en la pared de la casita de al lado de
la nuestra. Al principio, sonaba como si fueran puñetazos
pom, pom, pom– y luego pareció que golpeaban con el mango de
una escoba. ¡Por el amor de Dios! ¡Váyanse a la cama!
-gritaron, volviendo a dar golpes-. Y nos acostamos. Apagamos
las luces y nos metimos en la cama y quedamos en silencio.
El silencio de una casa en la que nadie puede dormir.

 

 

 

 

DOMINGO POR LA NOCHE

Utiliza las cosas que te rodean.
Esta ligera lluvia
Del otro lado de la ventana, por ejemplo.
Este pitillo entre los dedos,
Estos pies en el sofá.
El débil sonido del rock-and-roll,
El Ferrari rojo del interior de mi cabeza.
La mujer que anda a trompicones
Borracha por la cocina…
Coge todo eso,
Utilízalo.

 

 

 

 

ADVERTENCIA

Al intentar escribir un poema mientras afuera todavía
estaba oscuro, tuvo la inconfundible sensación de que
le estaban observando. Dejó la pluma y miró a su alrededor.
Un momento después se levantó y recorrió las habitaciones de
su casa. Miró dentro de los armarios. Nada, claro.
Con todo, no quería arriesgarse.
Apagó las luces y se quedó sentado a oscuras.
Fumó su pipa hasta que pasó la sensación
y hubo luz afuera. Bajó la vista
al papel en blanco que tenía delante. Luego se levantó
y volvió a hacer la ronda de su casa.
El sonido de su respiración le acompañaba.
Sólo eso. Evidentemente.
Nada.

 

 

 

 

UNO MÁS

Se levantó temprano, la mañana teñida de emoción,
listo para ponerse a escribir. Tomó una tostada y huevos,
café, y fumó unos pitillos, mientras pensaba en el trabajo
que le esperaba, el difícil sendero a través del bosque.
El viento empujaba a las nubes en el cielo,
agitando las hojas que quedaban en las ramas,
al otro lado de la ventana. Unos pocos días más y habrían
desaparecido, esas hojas. Había un poema en eso, podría ser;
tenía que pensar en ello. Fue a su mesa,
dudó durante largo rato, y luego hizo
lo que demostró ser la decisión más importante
que tomaría en todo el día, algo para lo que toda
su imperfecta vida le había preparado. Puso a un lado
la carpeta de los poemas -un poema en concreto todavía
seguía en su mente después del inquieto sueño de la noche.
(Pero, en realidad, ¿qué es uno más o menos? ¿Qué más da?).
Contaba con todo un día abriéndose ante él.
Lo mejor será limpiar el suelo antes. Tenía que ocuparse
de unas cuantas cosas, incluso de unos asuntos familiares que
no debería dejar para mucho más tarde. De modo que no paró.
Trabajó sin parar el día entero -dominado por amor y odio,
un poco de compasión (muy poco), una sensación conocida,
incluso desesperación y alegría. Hubo ocasionales estallidos
de ira, que luego se calmaban, mientras escribía cartas
diciendo «sí» o «no» o «depende» -explicando por qué, o
por qué no a personas que nunca había visto y nunca vería.
¿Le importaban? ¿Le importaban algo? Algunas sí.
También atendió unas cuantas llamadas, e hizo algunas, que
a su vez provocaron la necesidad de hacer algunas más. Así es,
ahora se siente incapaz de hablar, prometió llamar al día siguiente.
Hacia la tarde, agotado y notando con claridad (pero
erróneamente, claro) que había pasado un día de trabajo
honrado, se detuvo a hacer inventario y tomar nota
del par de llamadas que tenía que hacer la mañana siguiente si
quería estar al tanto de las cosas, si no le apetecía
seguir escribiendo cartas, que no le apetecía. Ahora,
se le ocurrió, estaba harto de todos estos asuntos,
pero seguía igual, terminando la última carta que debería de
haber contestado semanas atrás. Luego, levantó la vista.
Afuera era casi de noche. El viento se había calmado. Y
los árboles -todavía seguían, casi despojados de todas
sus hojas. Pero, por fin, su mesa estaba despejada
si no se tuviera en cuenta esa carpeta de poemas que
le inquieta mirar. Mete la carpeta en un cajón, la
quita de su vista. Estará en buen sitio, segura y
él sabrás dónde descansar las manos cuando
sienta la necesidad de ello. ¡Mañana! Hoy ha hecho todo lo que
podía hacer. Había aún esas llamadas que tenía que hacer,
y olvidó que debía de llamar él, y había unas cuantas notas
que debía de mandar debido a algunas de las llamadas, pero
ahora no lo iba a hacer, ¿o sí? Estaba fuera del bosque.
Podía llamar día a hoy. Había hecho lo que debía hacer. Lo que
su conciencia le dijo que hiciera. Había cumplido con
sus obligaciones y no había molestado a nadie.

Pero en ese momento, sentado allí delante de su ordenada mesa,
sintió vagos remordimientos por el recuerdo del poema que
quería escribir esta mañana, y estaba ese otro poema
que tampoco conseguía recordar.
Así eran las cosas. La verdad, es que no hay mucho más que decir.
Qué se puede decir de un hombre que prefirió hablar por teléfono
el día entero, y escribir cartas estúpidas
mientras deja a sus poemas desatendidos, abandonados
-o peor aún, sin empezar-. Este hombre no merece poemas
y éstos no deberían acudir a él en ninguna forma.
xxSus poemas, si producía alguno más,
deberían de comerlo las ratas.

 

 

 

 

EL MERCADO DE PÁJAROS

No se engaña al aficionado a los pájaros. Ve y
entiende a su pájaro desde lejos -«No hay que confiar en
ese pájaro»- dirá un aficionado a los pájaros,
mirando dentro del pico de un cahamariz, y contando las plumas
de su cola. «Canta, es cierto, pero ¿qué
indica? También yo canto en compañía. No, muchacho, canta
sin ninguna compañía; canta en soledad si
es que puedes… ¡Dame
el que está callado!»

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxANTON CHÉJOV
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxEl mercado de pájaros

 

 

 

 

POEMAS

Este mes vienen todos los días.
Una vez dije que los escribía porque
no tengo tiempo para nada
más. Queriendo decir, claro, cosas
mejores -cosas distintas a meros
poemas y versos-. Ahora los estoy escribiendo
porque quiero.
Más que nada porque
es febrero
cuando normalmente no muchas más cosas
suceden. Pero este mes
han florecido los alerces,
y el sol está un poco más alto
cada día. Es cierto he tenido los pulmones
tan calientes como hornos.
Y qué, si hay alguien
esperando a que deje caer
el otro zapato en lo que a mí atañe, muy bien.
Bien, aquí está. Adelante.
Escríbelo. Espero que te entre
como un zapato.
Lo bastante ajustado, sí, pero no apretado
para que el pie pueda respirar
un poco. Levántate. Da un
paseo. ¿Lo notas? Irá
adonde vayas tú, y estará allí
contigo al final de tu viaje.
Pero por ahora sigue descalzo. Sal
un rato afuera, y juega.

 

 

 

 

CARTA

Cariño, por favor, mándame el block de notas que dejé
en la mesilla de noche. Si no está encima,
mira debajo de la mesilla. ¡O debajo de la cama! Está
en alguna parte. Si no se trata de un block de notas, serán
unas cuantas líneas garabateadas en unos trozos
de papel. Pero sé que están ahí. Tiene algo que ver
con lo que nos contó aquella vez nuestra amiga médico, Ruth,
de la vieja de ochenta y pico años
«sucia y endurecida por la porquería» -palabras de Ruth- tan
poco preocupada por sí misma que se le había pegado la ropa
al cuerpo y tuvieron que arrancársela
en la sala de urgencias. «Estoy tan
avergonzada. Lo siento» -decía sin parar-. ¡El olor
de la ropa irritó los ojos de Ruth! Las uñas de la anciana
habían crecido y empezaban a curvársele
en dirección a los dedos. Se esforzaba por respirar, los ojos
sólo expresaban miedo. Pero incluso así fue capaz de contarle
algo de su historia a Ruth. Se había presentado en sociedad
en Madison Avenue, pero su padre la repudió después
de que fuera a París a bailar en el Folies Bergère.
Ruth y otros de los que estaban de guardia en la sala de urgencias
estaban alucinados. Pero les dijo cómo se llamaba su hijo, al que no trataba, que
era gay y tenía un bar gay en la misma ciudad. Éste lo confirmó
todo. Todo lo que había dicho la anciana era verdad.
Luego, ésta sufrió un ataque al corazón y murió en los brazos de Ruth.
Pero quiero ver qué más cosas anoté de todo lo que nos contó.
Quiero ver si es posible recrear cómo era
sesenta años antes cuando esta joven desembarcó
en Le Havre, hermosa, decidida, dispuesta a triunfar
en el escenario del Folies Bergère, capaz
de echar atrás la cabeza y saltar al mismo tiempo,
de llevar plumas y medias de malla, de bailar y bailar,
con los brazos unidos a los de las otras jóvenes del Folies Bergère,
de levantar la pierna en el Folies Bergère. Puede que sea
ese block de notas con tapas de tela azul, el que
me regalaste cuando volví de Brasil. Puedo
ver mis notas junto al nombre del caballo que ganó
en el hipódromo de cerca del hotel: Lord Byron.
Pero la mujer, no la suciedad, eso no importa, ni siquiera
cuando pesaba cerca de ciento cincuenta kilos.
Al recuerdo no le importa dónde mora y se burla
del cuerpo. «Aprendí algo una vez sobre la identidad»
-dijo Ruth, recordando sus años de prácticas-, «todos nosotros,
jóvenes estudiantes de medicina, boquiabiertos ante las manos
de un cadáver. Es donde la humanidad se queda más tiempo.
En las manos». Y las manos de la mujer. Tomé una nota
entonces, como si pudiera mantenerlas pegadas
a sus esbeltas caderas, las mismas manos
a las que Ruth se refirió, y luego no pudo olvidar.

 

 

 

 

LAS JÓVENES

Olvida todas las experiencias que impliquen muecas de dolor.
Y cualquier cosa que tenga que ver con la música de cámara.
Museos en tardes lluviosas de domingo, etcétera.
Los viejos maestros. Todo eso.
Olvida a las jóvenes. Trata de olvidarlas.
A las jóvenes. Y a todo eso.

 

 

 

Carver, Raymond. Un sendero nuevo a la cascada. Últimos poemas. (Trad. Mariano Antolín Rato). Madrid; Ed. Visor, 1993.

 

BAJO UNA LUZ MARINA

diciembre 16, 2013 Deja un comentario

Bajo una luz marina

 

 

BAJO UNA LUZ MARINA CERCA DE SEQUIM, WASHINGTON

Empiezan los verdes campos. Y las altas, blancas
granjas después de los charcos de la marea,
y aquellos pequeños cangrejos
listos para echar a correr, o darse la vuelta, si
levantábamos la roca debajo de la que vivían. La languidez
de aquella tarde tranquila. La belleza de conducir
por aquella carretera del campo. Hablando de París,
nuestro París. Y luego encuentras ese sitio en el libro
y me lees la vida de Anna Akhmatova allí con Modigliani.
Sentados en un banco de los jardines de Luxemburgo
bajo su enorme sombrilla negra
recitándose a Verlaine el uno al otro. Los dos
«todavía no alcanzados por el futuro». Cuando
allá en el prado vimos
a un joven desnudo de medio cuerpo para arriba
y con los pantalones remangados,
como un antiguo remero. Nos miró sin curiosidad.
Se quedó allí observándonos indiferente.
Luego nos dio la espalda y siguió con su trabajo.
Mientras pasábamos como una hermosa guadaña negra
por aquel paisaje perfecto.

 

 

 

ONDAS DE RADIO

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxpara Antonio Machado

La lluvia ha cesado, y la luna ha salido.
No entiendo nada de las ondas de
radio. Pero creo que se transmiten mejor justo
después de llover, cuando el aire está húmedo.
En cualquier caso, ahora puedo coger Ottava, si quiero,
o Toronto. Últimamente, de noche, me sorprendo
ligeramente interesado por la política canadiense
y sus asuntos internos. Es verdad. Pero normalmente
lo que buscaba eran sus emirosras con música. Me siento
aquí en la butaca y escucho, sin tener nada que hacer,
o pensar. No tengo televisor, y dejé de leer
los periódicos. De noche pongo la radio.

Cuando escapé aquí trataba de alejarme
de todo. Especialmente de la literatura.
De lo que ella entraña, y de lo que trae a rastras.
Hay en el alma un deseo de no pensar.
De estar quieto. Emparejado con éste,
un deseo de ser estricto, sí, y riguroso.
Pero el alma también es una afable hija de puta
no siempre de fiar. Y olvidé eso.
Escuché cuando dijo: Mejor cantar a lo que se ha ido
y nunca volverá que a lo que aún sigue
con nosotros y estará con nosotros mañana. O no.
Y si no, también está bien.
Tampoco importa demasiado, dijo, si un hombre nunca canta.
Esa es la voz que escuché.
¿Puede imaginarse que alguien piense cosas así?
¡Qué absurdo!
Pero tengo estas estúpidas ideas de noche
cuando me siento en la butaca y oigo la radio.

Entonces, Machado, ¡su poesía!
Era como un hombrecillo mayor que se vuelve
a enamorar. Una cosa digna de observar,
y embarazosa, además.
Y llevo tu libro a la cama conmigo
y me duermo con él a mano. Un tren pasó
en mis sueños una noche y me despertó.
Y lo primero que pensé, el corazón acelerado
allí en el dormitorio a oscuras, fue esto:
Todo es perfecto, Machado está aquí.
Entonces me volví a dormir.

Hoy llevé tu libro conmigo cuando salí
a dar mi paseo. «¡Presta atención!» –decías,
cuando alguien me preguntó qué hacer con su vida.
Conque miré alrededor y tomé nota de todo.
Luego me senté al sol, en mi sitio
de junto al río desde donde puedo ver las montañas.
Y cerré los ojos y escuché el sonido
del agua. Luego los abrí y me puse a leer
«Abel Martín».
Esta mañana pensé mucho en ti, Machado.
Y espero, incluso cara a lo que sé de la muerte,
que recibirás el mensaje que pretendo enviarte.
Pero está bien aunque tú no lo recibas. Que duermas bien.
Descansa. Antes o después espero que nos veamos.
Y entonces yo podré decirte estas cosas directamente.

 

 

 

UN INFORME

Empezó a escribir el poema en la mesa de la cocina,
una pierna cruzada por encima de la otra.
Escribió durante un rato, como
si el resultado sólo le interesara a medias.
No era como si en el mundo no hubiera suficientes poemas.
En el mundo había poemas en abundancia. Además,
había estado meses fuera.
Ni siquera había leído un poema en meses.
¿Qué modo de vivir era este? ¿Un modo de vivir
donde un hombre está tan ocupado que ni puede leer poemas?
Esto no es vivir. Luego miró por la ventana,
hacia la casa de Frank, colina abajo.
Una casa bonita situada cerca del agua.
Recordó a Frank abriendo su puerta
todas las mañanas a las nueve en punto.
Salía a dar uno de sus paseos.
Se volvió a acercar a la mesa, y no cruzó las piernas.

La noche anterior le contó
la muerte de Frank, Ed, otro vecino.
Un hombre de la misma edad de Frank,
y buen amigo de Frank. Frank y su mujer
veían Canción triste de Hill Street,
el programa de televisión favorito de Frank.

 

 

 

Carver, Raymond. Bajo una luz marina (Trad. Mariano Antolín Rato). Madrid; Ed. Visor, 2005.

 

RAYMOND CARVER

diciembre 15, 2013 Deja un comentario

Carver

 

 

WOOLWORTH’S, 1954

De dónde emergió, o por qué,
no lo sé. Pero pienso en ello
justo desde que llamó Robert
a decirme que estaría aquí en unos minutos
para ir a coger almejas.

Cómo trabajé en mi primer empleo
con un hombre que se llamaba Sol.
Cincuenta años y pico, pero
chico de almacén igual que yo.
Había trabajado toda la vida
sin ascender nunca. Pero agradecía
tener trabajo, igual que yo.
Sabía todo lo que había
que saber sobre los productos de aquellos
grandes almacenes y estaba dispuesto
a enseñármelo. Yo tenía dieciséis años, trabajaba
por menos de un dólar a la hora. Adoraba
lo que era. Sol me enseñó
lo que sabía. Era paciente
aunque contribuyó el que yo aprendía rápido.

El recuerdo más importante
de toda aquella época: abrir
las cajas de lencería femenina.
Bragas, y cosas delicadas
de ese tipo. Las sacaba
de las cajas a puñados. Algo
suave y misterioso en esas
cosas. Sol las llamaba
«liencería». «¿Liencería?»
¿Qué sabía yo? Yo también las llamé
durante un tiempo, «liencería».

Luego me hice mayor. Dejé de ser
chico de almacén. Empecé a pronunciar
bien aquella palabra.
¡Ya sabía de lo que estaba hablando!
Salía con chicas
con ganas de tocar aquella suavidad,
deslizar la mano debajo de sus bragas.
Y a veces pasaba. ¡Dios mío,
me dejaban! Y eran
liencería, aquellas bragas.
Se resistían un poco
a veces, cuando se deslizaban
por debajo de la tripa, pegándose ligeramente
a la caliente piel blanca.
Pasaban luego por caderas y nalgas,
hermosos muslos, y caían
más deprisa pasadas las rodillas,
¡las pantorrillas! Llegaban a los tobillos
que estaban unidos para esta
ocasión. Y saltaban libres
al suelo del coche y
se olvidaban por ahí. Hasta que
las tenías que buscar.

«Liencería».
¡Aquellas chicas tan cariñosas!
«Estate quieta un poco, por favor».
Recuerdo al que decía eso. Robert y sus
chicos y yo allí,
con nuestros cubos y palas.

Sus hijos, que no prueban las almejas, dan forma
al tiempo, al decir «Ya»
o «Ay» cuando las almejas se cierran
en las palas llenas de arena
y las echamos al cubo.
Y yo pensando todo el rato
en aquellos días en Yakima.
Y en bragas suaves como la seda.
El tipo de lencería que llevaba Jeanne,
y Rita, y Muriel, y Sue, y su hermana
Cora Mae. Todas aquellas chicas.
Ahora han crecido. O peor aún.
Lo diré: muerto.

 

 

 

SANGRE

Éramos cinco a la mesa de juego
sin contar al croupier
y su ayudante. El hombre
de junto a mí tenía los dados
en la mano.
Se sopló los dedos, dijo:
¡Vamos, pequeños! Y se inclinó
sobre la mesa para tirar.
En ese momento, una sangre roja brotó
de su nariz, salpicando
el verde paño de fieltro. Soltó
los dados. Se echó hacia atrás pasmado.
Y luego aterrorizado cuando la sangre
corrió por su camisa abajo. ¡Dios mío!
¿qué me está pasando?
gritó. Se agarró a mi brazo.
Oí funcionar los motores de la Muerte.
Pero en aquella época yo era joven,
y estaba borracho, y quería jugar.
No tenía por qué escuchar.
Así que me largué. No me volví ni siquiera,
ni encontré esto dentro de mi cabeza, hasta hoy.

 

 

 

UN CHUBASCO

Hoy, poco después de las tres de la tarde, un chubasco
salpicó las tranquilas aguas del Estrecho.
Una nube muy oscura, que se desplazaba rápido,
y traía lluvia, empujada por vientos de las alturas.

El agua se agitó y se puso blanca.
Luego, a los cinco minutos, estaba como antes–
azul. Se me ocurre que era el mismo tipo de chubasco
que cayó sobre Shelley y su amigo,
Williams, en el golfo de la Spezia, un
hermoso día por otra parte. Allí estaban,
corriendo cara a la intensa brisa,
gritándose uno al otro,
quiero creer, en plena exuberancia.
En los bolsillos de la chaqueta de Shelley, poemas de Keats,
¡y un volumen de Sófocles!
Luego una nube muy oscura que se desplaza rápido,
y traía agua, empujada por vientos de las alturas.

Una nube muy oscura
que acelera el final
del primer período romántico
de la poesía inglesa.

 

 

 

Carver, Raymond. Bajo una luz marina (Trad. Mariano Antolín Rato). Madrid; Ed. Visor, 2005.

 

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