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Posts Tagged ‘ray loriga’

AHORA NO

Kaixo

 

NO ME GUSTARÍA QUE ME VIERAN AHORA. Ni mis amigos, ni mi mujer, ni por supuesto mi editor. Porque ahora sencillamente no sé qué coño hacer. No sé por dónde ir. No sé cuánto he andado y no sé lo que me queda.
xxNo sé si se puede decir algo acerca de los sitios o las personas que no sea un juego al que ya hemos jugado todos.
xxNo sé si tratar de dejar de beber sirve para algo.
xxNo sé si beber era un asunto serio o sólo una de esas cosas que hago, como vestirme de estrella del rock and roll, por ejemplo.
xxNo sé por qué hasta hace nada estaba tan seguro de acertar, ni sé por qué ahora estoy absolutamente convencido de haberme estado equivocando.
xxSólo estoy seguro de una cosa.
xxDos días distintos te convierten en una persona diferente.

 

 

 

Loriga, Ray. Días extraños. Madrid; Ediciones Detursa, 1994.

 

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ESCRITORES MENORES, PERO FELIZMENTE CASADOS

El dinero como ropa

 

NO CREO QUE TENGA NADA QUE VER con el amor cuando vienen todas esas ideas a mi cabeza acerca de mi propia mujer. Y algunas, las mejores, traen pollas que no son la mía y todo se vuelve complicado y, por qué no decirlo, un poco sucio, bastante sucio en realidad, aunque es algo de lo que no quiero hablar aún, a lo mejor porque es un tema sobre el cual no tengo control o a lo mejor es por esa vieja idea de pudor que convierte a muchos escritores en escritores menores pero felizmente casados. En discretos contadores de historias ajenas que aún reciben regalos de sus madres por Navidad y que bajan la cabeza cada vez que Celine se baja sus propios calzoncillos.

 

 

 

Loriga, Ray. Días extraños. Madrid; Ediciones Detursa, 1994.

 

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JURO QUE LO ESTOY INTENTANDO

Grace Jones

 

POR SUPUESTO QUE QUISIERA SER MEJOR ESCRITOR. Lo intento todo el tiempo. ¡No te jode! Tiene que ver con algo que me dijo una chica, una chica fea, ya lo he contado en otro sitio, pero es igual, sigue aún por aquí, dando vueltas; ella, la fea, me dijo: “¿No puede usted escribir mejor?”
xxDios, te juro que lo estoy intentando.

 

 

 

Loriga, Ray. Días extraños. Madrid; Ediciones Detursa, 1994.

 

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LA TRANQUILIDAD DEL QUE SABE QUÉ PINTA TIENE EL DÍA

Vagones pintados

 

VOY A INTENTARLO como si fuera el que ya no recuerda las veces que no ha podido. Lo que no tenía sentido puede tenerlo subido a una torre más alta, mirando desde un campanario mejor, cambiando la hora del reloj con las manos, escribiendo mi nombre en sus posos de café.
xxPor las mañanas, si no has dormido, puedes salir de casa muy temprano y dar una vuelta por la calle con la extraña sensación de tener alguna posibilidad. Cuando amanece, si no has dormido, tienes la sensación de que aún están escribiendo las reglas. Puedes tener cierta influencia en el orden de las cosas.
xxLuego vuelves a casa, duermes una hora y te levantas con la tranquilidad del que ya sabe qué pinta tiene el día.

 

 

 

Loriga, Ray. Días extraños. Madrid; Ediciones Detursa, 1994.

 

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HARTO

Amigas 17

 

ESTOY HARTO DE LOS DESAFÍOS, de los retos, de las mujeres que se mueven como ciervos delante de un fusil, harto del esfuerzo, del empeño, de los castillos, los fosos y las trampas para ratones.
xxEnséñame un camino fácil que me lleve donde he querido estar desde el principio.
xxSácame de encima todo el peso que podría hundirme en el río.

 

 

 

Loriga, Ray. Días extraños. Madrid; Ediciones Detursa, 1994.

 

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NO HAY PORQUÉ

Habitación

 

UNO NO TIENE PORQUÉ SENTIR NADA mirando las fotografías de sus viajes, las fotografías de los suyos o las fotografías de si mismo.
xxNo estás obligado a sentir nada cada vez que la memoria reconozca una imagen o un olor. No hay porqué emocionarse, no hay porqué llorar o alegrarse, no hay porqué cambiar de ánimo con las cartas guardadas ni con las comidas que se repiten, con el mismo sabor, durante años. Uno no tiene porqué acordarse de los niños al mirar a los hombres. No hay ninguna buena razón para que una playa nos recuerde a otra playa, y esto sirve igual para dos autobuses o dos trenes.
xxEs mejor aceptar que algunas cosas sencillamente se pierden.

 

 

 

Loriga, Ray. Días extraños. Madrid; Ediciones Detursa, 1994.

 

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PARA DISIMULAR

Jugando a ser Johnny Cash

 

MIENTRAS VENÍAMOS EN EL TREN, más y más hacia el sur, el calor iba aumentando, como si el verano viajase en nuestro mismo vagón.
xxBebíamos a morro de una botella de whisky para no olvidar nuestros orígenes, Born to run, la Velvet y todo lo demás y no decíamos en voz alta nada de lo que pensábamos por miedo a parecer estúpidos.
xxCada media hora pasaba un tío empujando un carro lleno de bocadillos que podían andar solos. Miraba por la ventanilla los poblados de las casas de adobe y me sentía como si estuviera andando por encima de postales. Muy a mi pesar tenía toda esa lista de pensamientos extranjeros como: dios mío qué pobre es esta gente, y hay que ver qué bonitos son los niños y también: ese hijo de puta no deja de mirarme la cartera. Para disimular nos dábamos besos y bebíamos más whisky.
xxTodos los libros de viajes deberían titularse DIARIO DE UNO QUE YA NO SABE POR DÓNDE SE ANDA.

 

 

 

Loriga, Ray. Días extraños. Madrid; Ediciones Detursa, 1994.

 

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LAS IDEAS DE “ANTES” Y LAS IDEAS DE “DESPUÉS”

Selfie

 

CUANDO ESTÁ TUMBADA de medio lado, desnuda, intento pensar en todas las cosas hermosas del amor y sobre todo intento no buscar marcas de neumáticos en sus curvas. Pero de hecho no puedo pensar en otra cosa que no sean marcas de neumáticos en sus curvas. Si esto es ser un miserable, que me den el uniforme y a la mierda con el mar y el sol aplastando nuestra terraza en Essaouira, al sur de Marruecos. Y a la mierda también con casi todos los poetas y con algo que leí sobre el santo grial antes de quedarme dormido para despertarme frente a la autopista del deseo llena de manchas de grasa. Por supuesto que cuando ella abre los ojos sólo ve al genio de la imitación con su disfraz de QUÉ FELICES SON AQUÍ LOS DÍAS, que ya ha empezado a preparar las cosas para irse a la playa o a cualquier otro sitio donde pasar la tarde con nuestros libritos de poesía.
xxNo te pierdas esto tan bonito que dice Eliot. Y así pasamos las horas, mientras el capitán miserias corre por debajo de la arena como una serpiente subterránea cantando canciones muy graciosas que se llaman todas “Piedras contra mi propio tejado”. Después de cenar nos volvemos al hotel y vamos riendo todo el camino y por un rato, con el vino y la cerveza, la miro y no me siento como si estuviese andando descalzo por encima de chinchetas. Cuando se desnuda y se mete en la cama hago como que soy otro y machaco un poco más mi propio territorio.
xxHay mañanas en las que no encuentro las nefastas ideas de “Antes” por ninguna parte y entonces paso a concentrarme en las ideas de “Después”. No sé de dónde salen ni las unas ni las otras, pero puedo jurar que antes de enamorarme era una buena persona.

 

 

 

Loriga, Ray. Días extraños. Madrid; Ediciones Detursa, 1994.

 

COMO EL QUE SACA UNA NAVAJA AUTOMÁTICA

agosto 19, 2016 2 comentarios

Jane Birkin (60s)

 

NO ODIO A MIS PADRES. La mayoría de la gente odia a sus padres pero no lo dice. La gente no puede aceptar la idea de odiar a sus padres. Son el pasado y la memoria. No tienen gran culpa de nada pero estaban allí mientras todo sucedía. Los padres generalmente hacen lo que pueden.
xxSólo son gente que lo intenta, en el mejor de los casos.
xxEsta mañana ella ha vuelto a hablar de tener hijos. Estaba tumbada encima de la cama y ha sacado el tema como el que saca una navaja automática.
xxLa idea de un hijo bebé y hasta de un hijo niño me gusta, es como tener el mejor perro posible, con todas sus gracias y esas cosas que te hacen sentirte bueno. La idea de un hijo persona ya no es tan agradable.
xxUn hijo persona terminará por odiar a sus padres o al menos terminará por esquivarlos.
xxHemos hablado un poco de eso y luego ella ha guardado la navaja.
xxCreo que estaba tan asustada como yo.

 

 

 

Loriga, Ray. Días extraños. Madrid; Ediciones Detursa, 1994.

 

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NADA DE ESTO TIENE SENTIDO

Foto del Perita

 

NADA DE ESTO TIENE SENTIDO. Los días se torcerán de mil maneras distintas. Se inclinarán a un lado y a otro. Tendrán todo tipo de formas y estarán llenos de cualquier cosa. Billetes de lotería premiados, accidentes aéreos, agujeros en el cemento de mi calle, remedios para las nuevas enfermedades, enfermedades aún más nuevas, un nuevo zoológico con animales salvajes dentro y edificios altos de cristal de espejo, de esos que sólo sirven para que los vecinos vuelvan a meterse en sus propias vidas, perros vivos, peces muertos, amor, bibliotecas, un circo, presentadores de programas de radio nocturnos asesinados, espero que haya algo de esto, billetes de lotería sin premio, venta por catálogo, neveras sin ruidos y vida informática.
xxLos días serán mil cosas y las noches seguirán siendo lo mismo.

 

 

 

Loriga, Ray. Días extraños. Madrid; Ediciones Detursa, 1994.

 

REPASANDO DÍAS EXTRAÑOS

agosto 15, 2016 2 comentarios

Pues eso, que repasando ‘Dias extraños’ hace unos días me di de bruces con este texto.

 

Mapa de carreteras

 

ME HE COMPRADO UN MAPA DE CARRETERAS. Lo he estudiado cuidadosamente, y sé que hay al menos siete caminos distintos por los que podrías volver a casa. Si me llamas, puedo decirte cuáles son los más seguros. Ya sabes que la mitad de las carreteras están en obras, así que hay que andarse con cuidado. Cuando te fuiste estabas sola, pero puedes contar conmigo para el viaje de vuelta. Ten cuidado con las ruedas, porque las llantas han perdido el dibujo y en esta época del año llueve mucho. No conduzcas de noche, porque la música de la radio puede dejarte dormida, y sobre todo vigila la temperatura del agua, porque tu coche se calienta demasiado. Ahora me arrepiento de haberte aconsejado un coche usado, pero nos iban tan mal las cosas que me parecía lo menos arriesgado. Me gustaría que tuvieras un coche nuevo y que viajases siempre por carreteras bien iluminadas y que no lloviese todos los días, porque hay al menos siete caminos distintos por los que podrías volver a casa, y me gustaría que pudieses encontrar alguno.

 

 

 

Loriga, Ray. Días extraños. Madrid; Ediciones Detursa, 1994.

 

DÍAS AÚN MÁS EXTRAÑOS

Ray Loriga 'Días aún más extraños'

 

LOS LIBROS QUEMADOS

John Cheever se levantaba todas las mañanas muy temprano, se ponía un traje de tres piezas, cogía un maletín y llevaba a sus hijos a la parada del autobús en el Upper West Side de Manhattan. Después de despedir a los críos con la mano, volvía a entrar en su edificio, pero en lugar de subir a su piso, bajaba hasta un pequeño cuarto junto a las calderas en el que había puesto una mesita y, sobre ésta, su máquina de escribir. Una vez allí, se quitaba el traje y escribía en calzoncillos, el calor de las calderas así lo exigía, hasta que los niños volvían del colegio. Entonces se vestía de nuevo, agarraba su maletín vacío e iba a la parada del autobús a recogerlos. Día tras día, Cheever fingía tener un empleo y una oficina y una posición que no tenía. Le avergonzaba confesar a sus hijos que en realidad no era más que un escritor.
xxCuenta Ricardo Piglia, el formidable escritor argentino, que el peronismo sacó a Borges de la Biblioteca Nacional para nombrarle inspector de aves, un trabajo que consistía en inspeccionar diversos mercados de pollos. Una degradación irónica, dice Piglia, consciente de que no hay peor infierno para un escritor que el mundo real. También ha escrito Piglia que la literatura es más interesante que la vida y me temo que muchos escritores estamos de acuerdo. Y sin embargo, escribir avergüenza. Supongo que también avergüenza vivir si uno se para a pensarlo.
xxLa gente escribe, cualquiera, todos, yo mismo. ¿Para qué? No está claro. Para corregir un error, para rectificar un dato, para ganar altura, dinero, prestigio, para birlarle una novia a un amante más diestro, para no pensar en la muerte o para pensar en ella con cierta distancia. O simplemente por tener algo que hacer, entre sopa y sopa, entre niño y niño, entre guerra y guerra. La gente escribe demasiado, es un hecho. Noventa y nueve de cada cien manuscritos son devueltos definitivamente a sus autores en un sinietsro viaje de ida y vuelta a ningún sitio y aun así son tantos libros. Se empujan en los mostradores, se amontonan en los grandes almacenes, desbordan las pequeñas librerías y las casetas de las ferias, viajan al Perú como limosna, e incluso se rebajan a ofrecerse de regalo en los quioscos. Los libros ya no saben dónde ir ni qué hacer para que alguien los quiera. Y cuando los ejemplares no vendidos abultan demasiado, se queman en remotos polígonos industriales. También los nazis quemaban libros, pero no por falta de espacio. Pensaban matar con el fuego todo aquello que sobrevive a la muerte del enemigo. Aquello que no puede ser fácilmente exterminado y que de una manera u otra volverá para vengarse. Creo que en el fondo a los libros les gusta ser quemados, en la plaza no, en el almacén, tal vez porque los escritores somos todos muy vanidosos y cualquier luz que ilumine nuestro nombre por un instante es bien recibida, aunque sea la luz de las llamas, o tal vez porque los libros quemados en la plaza arden convencidos como ningún otro de su efectividad y su peligro. Del alcance de su estocada y de la altura de su vuelo.
xxAfortunadamente, contra el fuego de las cosas reales está el fuego de las cosas inventadas y es ahí donde la ficción le saca un cuerpo a la vida. En la vida uno apenas puede hacer nada, en la ficción todo es propio, hasta lo robado.
xxSe escribe mucho, demasiado, tantos libros y tanta gente, y sin embargo qué pocos libros encuentran su dueño y qué pocos dueños encuentran su libro. Eso es lo más sorprendente de las grotescas listas de ventas; resulta imposible creer que tantas enfermedades distintas necesiten el mismo remedio. Se venden cien mil ejemplares de este dichoso Código da Vinci o de aquel otro, el que sea, como si tal cosa. Es extraño, pero resulta más fácil vender cien mil libros iguales que cien mil libros distintos. Eso cualquier librero lo sabe. Y sin embargo, pese a la popularidad de un antídoto, no es posible que llevemos todos dentro el mismo veneno. Debajo de esos libros, que están muy bien seguramente, hay otros libros que seguramente están mejor. Como debajo de aquellos adoquines estaba la playa. A veces uno tiene la tentación de entrar en una librería y alterar la disposición de todos los ejemplares. Colocar los de arriba, abajo, y los del escaparate en los rincones. Poner en la mesa de bestsellers una hermética antinovela de Beckett y, en el estante de literatura irlandesa, las memorias de Aznar y compañía. Empujar a Isabel Allende al destierro de las guías turísticas, a ver si se calla de una vez. Meter la mano en las estanterías y sacar algo inesperado; la literatura criminal de Rubem Fonseca, por ejemplo. Aquí como en tantas otras cosas, el pudor, esa forma humilde de decencia, me detiene. También el recuerdo de un viejo vendedor de la cuesta de Moyano, que siempre nos decía: “Me da igual que compre o no, pero no me toque los libros”.
xxLiteratura y mercado son dos cosas muy distintas condenadas a vivir juntas, en la misma caseta, como los animales del zoo están condenados a vivir entre sus propios excrementos. Lectores y escritores nos miramos con demasiada frecuencia el ombligo buscando una fecha de caducidad que se impone sin existir. Llega la feria del libro y aprieta más la marea del mercado que el rumor de la literatura. Te encuentras con un conocido y se excusa, casi avergonzado, por no haber leído aún tu último libro. Ni falta que hace. Lea Otra vuelta de tuerca que es mucho mejor. O El Gran Gatsby o Moby Dick. Lea a Conrad, a Twain, a Coetzee o a Bolaño. Lea a Grombowicz por lo que más quiera y ya que está a san Juan de la Cruz y a William Burroughs, a la vez. Lea a Benet, a De Lillo y a Bellow. A todas las hermanas Brontë y al menos a uno de los hermanos Durrell, a Gerald si es posible. Lea a esos dos locos daneses, Andersen y Kierkegard, que si uno simulaba tener corazón, el otro simulaba tener chepa. Y a Nabokov y a Joyce y a Rulfo. Lea a Thomas Hardy, que sabe lo que dejamos atrás, y a Ballard, que sabe lo que nos espera. A Bernhard y a Bukowski, que cuando uno dice sí el otro dice no, a Evelyn Waugh y a Jim Thompson, y caiga en la cuenta de que el primero es más negro que el segundo. Y vuelva la vista al hermosos monstruo de Mary Shelley y al horrible ángel de Virginia Woolf y no se fíe ni un pelo de la nariz de Nicole Kidman, que es postiza. Lea a Wittgenstein aunque sólo sea por presumir y a Cortázar y a Borges, aunque le dé un mareo, y a Simone de Beauvoir aunque le ponga muy nervioso y a Proust aunque le aburra, que aburrirse no es más que pensar muy despacio. Y lea a Tolstoy, Dostoyevski y Chejov, que son todos muy rusos pero no se parecen en nada. Y a Mishima, que es un suicida japonés deliciosamente amanerado. Y a Unamuno, que es otro coñazo estupendo. Y a Cheever, que resulta que al final era marica. Y a Céline, que no esperó a que nadie quemase sus libros y los quemó, uno a uno, él solo, mientras los escribía. En fin, no vamos a citar aquí todo el canon de Bloom, ni siquiera el mío. Baste recordar que un mono puede fácilmente cruzar la historia, desde el lugar en el que estamos hasta el lugar donde empezamos, saltando de rama en rama, de página en página, de verso en verso. Y con el mismo método se puede llegar también hasta el futuro, que a pesar de los agoreros, seguro que tenemos uno. Así que, después de todo, lea también los libros que están por llegar, los que todavía no se han escrito, léalos en cuanto pueda, antes de que estén terminados, porque las obras acabadas son más tristes. Como decía Marguerite Duras, las obras acabadas se contabilizan ya en las columnas de la muerte.
xxY después de leer el Quijote de Zapatero, no piense que lo ha leído ya todo, que el Quijote no es el final, sino el principio.
xxPero todo esto ya se sabe, y a cuento de qué, entonces, repetir lo que se ha dicho tantas veces. Aquí la Duras nos ayuda: “Hay que volver a decir”.
xxNo hay otra razón para seguir escribiendo.
xxTambién hay que volver a escuchar. No hay otra razón para seguir leyendo.
xxNo nos queda más remedio que vivir.
xxPor eso los libros prefieren ser quemados antes que ignorados. Cualquier escritor daría hasta el último céntimo de la pensión de su madre por ver, aunque sólo fuera una vez, todas sus páginas en llamas.

 

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx29 de mayo, 2004

 

 

 

Loriga, Ray. Días aún más extraños. Barcelona; El Aleph editores, 2007.

 

TRES DÍAS DESPUÉS DE LA MUERTE DE KURT COBAIN

Días extraños

 

 

Ya lo has conseguido.
No estar más en ningún sitio, ni con nadie. Mirar para siempre desde las fotografías. Aguantar sumergido hasta el final de todas las desgracias.
Adelantarte a los niños tontos.
Suspender la vigilancia.
Te encontró un electricista, ¿lo sabías? Un electricista, seguro, lo he leído. Menuda mierda.
Desconectado.
Soñaste que alguien te recogía y soñaste que alguien te lloraba.
Te equivocaste las dos veces.
Bienvenido a nada.

 

 

 

Déjame pensar que estabas limpiando la pistola.
¿Qué más da? ¿Qué sé o de ti, ni de nadie? ¿Qué sé de los hermosos agujeros que hacen las balas?
Hace frío en la calle y no debería, y sinceramente no tengo nada que decir de tu sangre en la moqueta.
Nada mío va a ayudarte y nada tuyo puede acabar conmigo.
Lo negaremos siempre, pero creo que en todas las guerras uno se laegra secretamente de la muerte del otro.

 

 

 

Una vex tuve dieciseis años y me vi enredado en esa clase de sentimiento pegajoso que te ayuda a comprender mejor este tipo de cosas.
Algo como las moscas que se pegan a las tiras de papel.
Un sentimiento adolescente que ensalza la tristeza en lugar de reírse de ella. Algo más propio de las mujeres o los animales. Algo que los hombres dejamos atrás al entrar en la selva, desnudos pero armados.
Hoy me he encontrado con ese sentimiento como el que se encuentra con su mejor amigo de la infancia y por un momento no está seguro de querer saludarle.
Ahora no sé muy bien si pegarme a la tristeza de tu muerte o dejar que pase como tantas otras cosas.

 

 

 

Suppongo que eras como esos niños que nacen muertos pero que aun respiran un par de veces antes de cerrar los ojos para siempre.
Sólo para que los suyos sientan que han perdido algo realmente.

 

 

 

He pasado la noche pensando en algo. Supongo que no hay razón para darse prisa. He estado bebiendo y pensando y al final, cuando ya amanecía me he acordado de Hank Williams. Siempre que pienso en la muerte termino dándome de narices con Hank Williams, como si él fuera el único muerto, o todos los muertos.
Me ha venido a la cabeza una canción que decía:
Estoy cansado, y no me gusta esta forma de vivir.

 

 

 

Deberías haber hecho como Carver que antes de morir se fue depositando por todas partes.

 

 

 

Todo va bien. No he notado cambios sustanciales en mi vida. Tengo dinero suficiente para pagar unas cuantas facturas y eso es mucho más de lo que tenía antes. Sigo tratando de beber moderadamente aunque no siempre lo consigo. Hace menos de una semana que volví de Nueva York y falta menos de una semana para que vuelva a marcharme.
Puede que esta vez me quede a vivir allí por un tiempo.
Mi mujer está durmiendo y verla dormir siempre me hace bien, como cuando se ve dormir a los niños. Los niños no pueden evitar que uno los quiera, me gustaría pensar que ella tampoco puede.
Me he quedado dormido viendo la televisión y me he despertado un buen rato después, asustado.
Cuando era un nió pensaba que podía encerrar todo lo que no quería ver dentro de una caja negra y lanzarla luego a mil kilómetros de distancia, a un rincón oscuro de mi mente del que no volvería jamás.
Ahora los dos sabemos que no se puede.

 

 

 

De niño aplastaba la nariz contra los cristales, como todos los niños.
Ahora mantiene cierta dignidad y una distancia.
Pero sigue deseando lo mismo.

 

 

 

Loriga, Ray. Días extraños. Madrid; Ediciones Detursa, 1994.

 

DÍAS EXTRAÑOS

Ray Loriga 'Días extraños'

 

 

CUANDO ERA PEQUEÑO PENSABA casi todo el tiempo en atizarle a una niña de mi clase que era monísima. Sabía que a ella le iba a encantar. Era una niña extraña. Nunca hablaba y no creo que nadie la considerase guapa, pero yo me moría por verla llorar. Una vez, en el parque, corrí detrás de ella con un palo, le decía: ¡Te voy a matar! Y ella ponía carita de pánico. Corrimos un buen rato, hasta que se cayó al suelo y se puso a llorar. Estaba en el suelo, con sus piernecitas saliendo de la falda y lloraba. Aquello nos encantaba a los dos. No teníamos ni doce años. Por las noches me imaginaba que la tenía encerrada en un sótano. Primero la asustaba mucho y luego cuando se ponía a llorar, bajaba y le daba besos hasta que se calmaba. Ella por supuesto me adoraba y se quedaba muy agradecida. Yo era el amo del castigo y del consuelo. Menuda niña. Todavía me acuerdo de ella algunas veces.

 

 

 

 

EN GENERAL ME GUSTA que las cosas se muevan poco. Por eso no me gusta despertarme en una noria. Me gusta estar seguro de que no va a pasarme nada mientras duermo. Una vez estábamos en un bar comiendo algo. Era un bar al que solíamos ir. Casi todos mis amigos estaban ahí y algunas de mis amigas también. Nos sentábamos a cenar algo y nos contábamos historias. Se estaba mejor dentro que fuera. No había sorpresas. Estábamos comiendo hamburguesas y bebiendo cerveza y una chica a la que no conocía propuso que cada uno pidiese un deseo. Al parecer esa era la noche de la lluvia de estrellas y todos los deseos podían cumplirse. Según nos contó, una vez cada ciento ochenta años el cielo se llena de estrellas fugaces, así que era un momento jodidamente bueno para pedir deseos. Cada uno soltó su mierda y la verdad es que los deseos de algunos eran más tristes que sus propias vidas. Otros muchos deseos eran simplemente previsibles.
Yo pensé en pedir no volver a quedarme dormido, pero preferí no volver a despertarme asustado.

 

 

 

 

VENDRÁN TIEMPOS MEJORES. Sé que ahora no parezco muy útil, sentado en casa bebiendo cerveza, sin ganar la mitad del dinero que te cuesto. Ni la mitad, ni la cuarta parte, ni nada, esperando a que vuelvas de trabajar, inmóvil. Pero estoy seguro de que las cosas se van a arreglar.
Yo tampoco me siento muy bien. Me siento mejor que si tuviera que levantarme a las siete de la mañana para ir a sonreir a un jefe no demasiado agradable, pero no me siento bien.
No sirvo para vivir a tu costa pero lo cierto es que se me da aun peor vivir a la mía, así que no sé qué demonios voy a hacer.
Por el momento voy apuntando las cervezas que te debo, meticulosamente, porque estoy casi seguro de que vendrán tiempos mejores.

 

 

 

 

LAS NAVES ESPACIALES están peinando el universo con mensajes de amistad para otros mundos y canciones de los Beatles y aquí debajo los días tienen los bordes afilados como una lata de atún y el cielo cuelga de un gancho de carnicero.
El tío que barre el bar después de que cierren, trabajó treinta y ocho años en una empresa de construcciones aeronáuticas. Cuando le jubilaron, le contaron una confusa historia sobre la pérdida de su expediente y le liquidaron ciento ochenta y tres días de pensión. Después de eso su mujer le había dejado y ahora bebía gratis toda la noche a cambio de barrer el suelo después del cierre. Al final, la vida siempre te ofrece un trato. El caso es que el tío odia las cosas que vuelan desde lo de su jubilación. Piensa que todas las naves espaciales están contruidas con su dinero. Estábamos sentados bebiendo y en la televisión había uno de esos documentales sobre el espacio. El hombre no podía soportarlo. No paraba de gritar: ¡CAMBIA EL PUTO CANAL!, ¡CAMBIA EL PUTO CANAL! Pero el camarero estaba verdaderamente interesado en los viajes interplanetarios. Así que nos quedamos allí mirando hasta que el programa se terminó. Para entonces el pobre tipo estaba ya liquidado. Miraba su vaso de cerveza y decía en voz baja: “ciento ochenta y tres días, ciento ochenta y tres días, ciento ochenta y tres días”. Hay al menos un millón de maneras distintas de derrotar a un hombre. Los cohetes seguirán peinando el universo y el día que los extraterrestres se den de narices con uno, probablemente, se comerán el disco de los Beatles.

 

 

 

TODO SE DETIENE TARDE O TEMPRANO. Sin excepción. Los trenes se detienen y los viajeros bajan. Lo he visto mil veces. Bajan y saludan a sus hijos y los hijos les cuentan sus cosas y si son demasiado pequeños, sonríen o lloran o hacen algo y las mujeres saludan a sus maridos y los maridos a sus mujeres y sea quien sea el que va en el tren llega un momento que se baja y saluda. Y todo se acaba. Como los osos polares se mueren después de haber cazado unos cuantos miles de peces a zarpazos. Y los pocos peces que se libran de los zarpazos, esos también se mueren. Y los paseos se acaban, se terminan con el cansancio. El cansancio acaba con los paseos y hay que sentarse un rato antes de seguir y hasta el amor se acaba. El amor que dura siempre también se termina, aunque nadie quiera verlo y se acaban las balas y las ganas y todos los ruidos paran y los turnos de los vigilantes nocturnos y la suerte, y se acaba el azúcar y la gasolina, incluso la cerveza se acaba. Si hay algo seguro es que todo se detiene tarde o temprano. Digan lo que digan las anfetaminas.

 

 

 

 

ÚLTIMAMENTE me siento como si estuviera tratando de encender una cerilla debajo del agua.
Antes el intento me bastaba, ahora ya no. Empiezo a necesitar algo sólido. Durante las últimas noches tuve la sensación de perder pie. A lo mejor debería tener un hijo. Algo casi mío que me mire desde fuera. Me gustaría empezar a repartir las cartas para que el juego no dependa de mí todo el tiempo.
Voy a recibir el accidente con los brazos abiertos. Ya va siendo hora de que reparta la responsabilidad de mis propias emociones. Voy a ampliar el capital, a conseguir nuevos accionistas. Hace un mes me daba miedo ser dos, ahora me gustaría ser quince.

 

 

 

 

NO CONVIENE SEGUIR CON LA MISMA LUCHA mucho después de haber logrado la victoria, hay algo enfermizo y peligroso en seguir apuñalando a un animal que ya está muerto.
Debería guardar las fuerzas para matar animales nuevos.

 

 

 

 

HE CONSEGUIDO ALGUNAS VICTORIAS SILENCIOSAS en los últimos días. Victorias sobre hombres y mujeres que creía grandes.
He de reconocer que me crezco día a día comparándome con el tamaño de mis víctimas.

 

 

 

Loriga, Ray. Días extraños. Madrid; Ediciones Detursa, 1994.

 

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HÉROES

Ray Loriga 'Héroes'

 

 

xxEstábamos todos bebiendo pero de alguna extraña manera, como casi siempre, yo había perdido el ritmo. Era ingenioso cuando los demás eran entusiastas y entusiasta cuando ya todo el mundo empezaba a ser reflexivo y reflexivo cuando todos querían divertirse y estúpidamente divertido cuando ya andaban cansados. Alguien gritaba: ¡SOMOS PRÍNCIPES!, y yo repetía: ¿PRÍNCIPES, SÍ PRÍNCIPES!, y entonces otro decía: ¡SOMOS ÁNGELES!, y yo decía: ¡ÁNGELES, SÍ ÁNGELES! y corríamos de un lado a otro a por más cerveza y alguien ponía coca en una mesa de cristal y luego uno simpático, pequeño y feo pero al mismo tiempo especial y hasta guapo a su manera, como una de esas ranas que uno sabe que acabarán convirtiéndose en príncipe, me dio medio ácido y me pasó una botella de vino. Después llegó un rato malo, sin mucha gracia, la conversación se hacía pesada, como puré de verduras o algo así, hasta que apareció una preciosa chica rubia y alguien dijo cómo se llamaba, pero no me enteré, y se sentó en el suelo y el príncipe rana le pasó una guitarra y ella se puso a cantar con una voz que parecía estara agarrada a una cornisa con una sola mano y cantó algo sobre un corazón que pasaba la noche fuera de casa y que volvía siempre por la mañana destrozado en mil pedazos. Cuando terminó su canción todo el mundo aplaudió, y la chica rubia no dijo nada.
xxTenía una sonrisa pequeña y eso fue todo lo que nos dio, aparte de la canción. Luego se metió en una de las habitaciones con uno de los tíos que había por allí. Uno de esos que definitivamente no se lo merecen.
xxCuando me empezó a subir el ácido pensé: bueno, se acabó. No puedo seguir con esto; el trabjo y la apisonadora RESPONSABILIDAD-CULPA-DIOS TE QUIERE-TU FAMILIA TE QUIERE- TÚ NO TE QUIERES PERO ESO SE PUEDE ESPERAR. Pensé simplemente: adiós, se acabó. Seguí bebiendo cerveza y vino tan deprisa como pude y luego me levanté para cantar algo pero no me acordaba de ninguna canción, así que traté de recordar la canción de la chica rubia y se me ocurrió que si la cantaba la chica saldría del cuarto y me diría algo. Algo bueno o algo malo, pero algo. El caso es que no me acordaba de la letra y terminé por cantar un trozo de una canción de legionarios. Soy un hombre a quien la muerte hirió con zarpa de acero, soy el novio de la muerte. Un niño de unos quince años que había ido allí a comprar caballo me tiró una lata de cerveza a la cabeza. Caí al suelo pero todavía estaba entero. Cogí la lata, la abrí y me senté a beber en silencio. No dije nada más en toda la noche. Antes de que todo empezara a moverse decidí que lo único que necesitaba era una habitación pequeña donde poder buscar mis propias señales. Sabía que no debería haber abandonado la primera habitación. Hacía casi diez años que lo había hecho. Vi claramente que todo funcionaba mal desde entonces. Empecé a imaginar cómo sería mi nueva habitación y decidí que no saldría de ella hasta estar verdaderamente capacitado para engrosar las filas de los ángeles.

 

 

 

 

xxAlgunas mañanas eran iguales a otras mañanas en las que yo era considerablemente más pequeño, en las que era pequeño de verdad y aunque venía rebotado de circunstancias muy distintas, la sensación era casi la misma. Como dos caídas separadas por veinte años pueden suponer el mismo daño.
xxLa sensación de niño era fundamentalmente la de estar desarmado, y en las mañanas de las que estoy hablando la sensación era la misma pero peor, como estar desarmado para siempre. En estos casos la duración de la putada es fundamental, porque no es lo mismo torcerse el tobillo que ser cojo. Un dragón al que se le ve el final de la cola no es un dragón demasiado peligroso, y un tren de diez vagones puede pasarte por encima pero no puede estar pasándote por encima toda la vida. Aunque probablemente no sea muy buena idea enfrentar la longitud de tu suerte a la longitud de un tren. El caso es que en mañanas como ésas me sentía francamente jodido, y trataba de encontrar una molestia nueva y me reventaba encontrarme con la estúpida molestia de la infancia. Y no sólo por las mañanas, también por las tardes o por las noches corres el riesgo de tropezarte con cuerdas y palos y balones y ventanas y camas y todo tipo de familiares y amigos y desconocidos y programas de televisión. Como la sensación de estar tumbado con la cara pegada a la hierba, que creías que había desaparecido para siempre. Es algo parecido a ser capitán de barco y que todos tus buques se llamen Titanic.
xxEn medio de estas mañanas iguales siempre pensaba, y lo sigo pensando ahora, que no todo lo que encuentran en tus bolsillos es tuyo.

 

 

 

 

xxQuisiera dedicar una canción a todos aquellos niños a los que alguien se comió alguna vez en algún lugar del mundo por distintas buenísimas razones, todas ellas bendecidas por expertos religiosos o expertos financieros o simplemente expertos en el difícil arte de empalar cuerpos pequeños con una lanza. Como uno acaba dudando de casi todo, especialmente del propio vuelo, o sea de la distancia real que le separa a uno del suelo o lo que es lo mismo de la distancia que le vas sacando a las cosas, conviene hacer unas cuantas declaraciones de principios antes de cualquier viaje en barca porque después vienen los rápidos y entonces ya no sirven los remos para nada y todo lo que dices no se entiende porque no hay dios que hable con agua en la boca. Antes de que lleguen las cataratas, quería decir que me gusta chapotear y si suena artificial, que te den por culo, porque hasta el más tonto sabe que no se puede chapotear en aguas profundas y si ves en eso rasgos de inmadurez que te den por culo otra vez porque hace falta mucho valor para tirarse de cabeza donde no cubre.
xxCompraba bengalas y sembraba la autopista de bombillas, por las noches no veía gran cosa pero todo lo que veía era suyo.
xxSe cortó un dedo de cada mano pero ella se quedó un par de días más a su lado. Desgracias de una línea y suerte de estribillos. Zapatillas de colores para todos los niños del mundo. De esas que tienen un colchón de aire en la suela y refuerzo de caucho en las punteras.

 

 

 

 

xx¿QUÉ ESPERAS DE TUS CANCIONES?
xxBien, estoy aquí metido, en mi cuarto, y las canciones van saliendo y yo sólo espero que no me dejen tirado, espero de las canciones todo lo que no me han dado mis padres, ellos eran muy buenos con los consejos y con las minas. Ponían millones de minas en el pasillo, decían, chico estamos a tu lado, sólo queremos ayudarte, pero cuando salía al pasillo sólo veía sus minas escondidas debajo de la moqueta. Espero poder andar por encima de mis canciones más tranquilo de lo que andaba por encima de los pasos de los demás.
xx¿VAS A ESTAR AQUÍ MUCHO TIEMPO?
xxVoy a estar aquí para siempre.

 

 

 

Loriga, Ray. Héroes. Barcelona; Ed. Plaza & Janés, 1993.

 

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