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EL CUENTO DEL NIÑO MALO

 

Había una vez un niño malo cuyo nombre era Jim; aunque si se fijan, habrán observado que en los libros de la escuela dominical los niños malos casi siempre se llaman James. Era extraño, y no obstante cierto, que este se llamaba Jim.
xxxTampoco este niño tenía a la madre enferma: una madre piadosa y enferma con tisis, que con gusto yacería en su tumba y descansaría por fin, si no fuera por el mucho amor que prodigaba a su hijo y por la angustia de que el mundo fuera duro y cruel con él cuando ella faltase. La mayoría de los niños malos de los libros de las escuelas dominicales se llaman James y tienen madres enfermas que les enseñan a decir: «Ahora voy a acostarme…», etcétera, y les arrullan con voz dulce y plañidera, y les dan un beso de buenas noches, arrodilladas junto a la cama y llorando en silencio. Con este ocurría todo lo contrario. Se llamaba Jim y a su madre no le pasaba nada malo: ni tenía tisis ni nada por el estilo. Era más bien robusta, y no era piadosa; y lo que es más, no se preocupaba en absoluto por su hijo. Solía decir que si se rompía la cabeza no iba a perderse gran cosa. Le mandaba a la cama con un sopapo, y jamás le daba un beso de buenas noches; al contrario, antes de dejarlo acostado, le daba unos pescozones detrás de las orejas.
xxxEn cierta ocasión, este niño malo robó la llave de la despensa, se coló en ella y se comió un poco de mermelada, y luego rellenó el tarro con alquitrán para que su madre no notara la diferencia; pero no le asaltó de pronto un cruel remordimiento, ni tampoco escuchó ninguna voz que le susurrara: «Está bien que desobedezca así a mi madre? ¿No es pecaminoso hacer algo así? ¿Adónde van los niños malos que engullen glotonamente la mermelada de su buena madre?». Y luego no se arrodilló a solas, ni prometió nunca más volver a hacer una maldad así, ni se levantó con el corazón aliviado y feliz, ni se lo contó todo a su madre pidiéndole su perdón, ni fue bendecido por esta con lágrimas de orgullo y agradecimiento en sus ojos. No; así es como se comportan los otros niños malos de los libros; pero, por extraño que parezca, con este Jim sucedía todo lo contrario. Se comió aquella mermelada y, con su forma de hablar vulgar y pecaminosa, dijo que estaba estupenda; y luego rellenó el tarro con alquitrán, y dijo que aquello también era estupendo, y se echó a reír pensando que «cuando la vieja lo descubra va a poner el grito en el cielo»; y cuando la madre lo descubrió, él negó saber absolutamente nada del asunto, y ella le dio una fuerte paliza y él puso los lloros. Todo lo que ocurría con aquel chico era muy curioso: todo resultaba distinto a lo que les sucedía a los James malos de los libros.
xxxEn otra ocasión se subió a los manzanos del granjero Acorn para robar manzanas, y no se quebró ninguna rama, haciéndole caer y rompiéndose un brazo, ni tampoco fue atacado por el enorme perro del granjero y tuvo que permanecer en cama durante semanas, teniendo tiempo de arrepentirse y prometer enmendarse en lo sucesivo. Ah, no; robó tantas manzanas como le vino en gana y bajó de los árboles sin ningún percance; y también estuvo preparado para enfrentarse al perro, y en cuanto lo vio venir para echársele encima le arrojó un ladrillo que lo dejó malparado. Era muy extraño: jamás ocurría nada parecido en aquellos libritos de cubiertas veteadas como mármol, con dibujos de hombres con chaquetas de faldones, sombreros acampanados y pantalones hasta las rodillas, y mujeres con vestidos de talle justo por debajo de los brazos y sin miriñaques. No había nada parecido en ninguno de los libros de la escuela dominical.
xxxEn otra ocasión robó el cortaplumas del maestro, y cuando tuvo miedo de que lo descubrieran y le azotaran, lo deslizó dentro de la gorra de George Wilson: el hijo de la pobre viuda de Wilson, el chico intachable, el niño bueno del pueblo, que siempre obedecía a su madre, que nunca decía una mentira, que era muy estudioso y al que le encantaba asistir a la escuela dominical. Y cuando el cortaplumas cayó de la gorra y el pobre George agachó la cabeza y se ruborizó, como tomando conciencia de su culpa, y cuando el agraviado profesor le atribuyó el hurto y estaba a punto de dejar caer el puntero sobre sus hombros temblorosos, no apareció de repente ningún improbable juez de paz con el pelo blanco que se interpusiera y, con actitud ecuánime dijera: «No castiguéis a este noble muchacho… ¡ahí tenéis al infame culpable! Pasaba por casualidad por la puerta de la escuela y, sin ser visto, observé cómo cometía el hurto». Ni tampoco Jim fue expuesto a la vergüenza general, ni el venerable juez dirigió ningún sermón a toda la escuela bañada en lágrimas, ni tomó a George de la mano diciendo que aquel muchacho era digno de encomio, y luego le pidió que se fuera a vivir con él para barrer su despacho, encender el fuego, hacer recados, cortar leña, estudiar leyes y ayudar a su mujer en las labores domésticas, y tener todo el tiempo restante para jugar, ganando cuarenta centavos al mes y siendo feliz. No; así es como habría ocurrido en los libros, pero no pasó de ese modo con Jim. No hubo ningún juez vejete y entrometido que pasara por allí y montara ningún revuelo, y así George, el niño modélico, recibió una paliza, y Jim se alegró por ello porque, como saben, detestaba a los niños ejemplares. Jim solía decir de ellos: «¡Abajo con esas nenazas!». Tal era el lenguaje grosero de este niño malo y mal educado.
xxxPero lo más extraño que jamás le ocurrió a Jim fue aquella vez que salió en barca en domingo y no se ahogó, y aquella otra vez que se vio sorprendido por la tormenta mientras pescaba en domingo y no fue alcanzado por el rayo. Ya pueden ustedes consultar una y otra vez los libros de la escuela dominical de arriba abajo, desde este momento hasta las próximas navidades, que jamás verán en ellos una cosa parecida. Ah, no; encontrarán que todos los niños malos que salen en barca en domingo invariablemente se ahogan, y que todos los niños malos que son sorprendidos por la tormenta mientras pescan en domingo acaban infaliblemente alcanzados por un rayo. Los botes en que los niños malos salen en domingo acaban siempre naufragando, y siempre hay tormenta cuando los niños malos van a pescar ese día. Cómo logró escapar Jim a todo eso, es para mí un misterio.
xxxLa vida de Jim debía de estar protegida por algún encantamiento: esa tenía que ser la explicación. Nada podía dañarle. Incluso llegó a darle al elefante del zoológico una tableta de tabaco sin que le golpeara la cabeza con la trompa. Rebuscó en la alacena para echar un trago de peppermint, y no se equivocó y bebió aguarrás. Robó la escopeta de su padre para salir a cazar en día feriado, y no se arrancó tres o cuatro dedos de un disparo. Un día que estaba furioso golpeó a su hermanita con el puño en las sienes, y esta no pasó largos días de verano postrada en cama, sufriendo, ni murió con dulces palabras de perdón en sus labios que redoblaran la angustia del corazón destrozado de Jim. No, la niña lo soportó bien. Al final se escapó y se hizo a la mar, y al regresar no se encontró triste y solo en el mundo, con los seres queridos reposando en el silencioso cementerio y el emparrado hogar de su infancia desolado y en ruinas. Ah, no; regresó a casa borracho como una cuba, y lo primero que vio fue el puesto de policía al que lo llevaron.
xxxY creció y se casó, y fundó una familia numerosa, y una noche les partió a todos la cabeza con un hacha, y se enriqueció con toda clase de canalladas y fraudes; y ahora es el rufián más perverso y diabólico de su pueblo natal, es universalmente respetado y forma parte de la legislatura.
xxxAsí es que, como ven, nunca hubo uno de esos James malos de los libros de escuela dominical que tuviera una suerte tan prodigiosa como la de este pecador Jim con su encantadora vida.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx[1865]

 

 

 

Twain, Mark. Cuentos selectos. Barcelona; Random House Mondadori, 2010.

 

SONETOS DE AMOR DE NERUDA

Neruda 100 sonetos

 

xxxxxI

Matilde, nombre de planta o piedra o vino,
de lo que nace de la tierra y dura,
palabra en cuyo crecimiento amanece,
en cuyo estío estalla la luz de los limones.

En ese nombre corren navíos de madera
rodeados por enjambres de fuego azul marino,
y esas letras son el agua de un río
que desemboca en mi corazón calcinado.

Oh nombre descubierto bajo una enredadera
como la puerta de un túnel desconocido
que comunica con la fragancia del mundo!

Oh invádeme con tu boca abrasadora,
indágame, si quieres, con tus ojos nocturnos,
pero en tu nombre déjame navegar y dormir.

 

 

 

 

xxxxxII

Amor, cuántos caminos hasta llegar a un beso,
qué soledad errante hasta tu compañía!
Siguen los trenes solos rodando con la lluvia.
En Taltal no amanece aún la primavera.

Pero tú y yo, amor mío, estamos juntos,
juntos desde la ropa a las raíces,
juntos de otoño, de agua, de caderas,
hasta ser sólo tú, sólo yo juntos.

Pensar que costó tantas piedras que lleva el río,
las desembocadura del agua de Boroa,
pensar que separados por trenes y naciones

tú y yo teníamos que simplemente amarnos,
con todos confundidos, con hombres y mujeres,
con la tierra que implanta y educa los claveles.

 

 

 

 

xxxxxVIII

Si no fuera porque tus ojos tienen color de luna,
de día con arcilla, con trabajo, con fuego,
y aprisionada tienes la agilidad del aire,
si no fuera porque eres una semana de ámbar,

si no fuera porque eres el momento amarillo
en que el otoño sube por las enredaderas
y eres aún el pan que la luna fragante
elabora paseando su harina por el cielo,

oh, bienamada, yo no te amaría!
En tu abrazo yo abrazo lo que existe,
la arena, el tiempo, el árbol de la lluvia,

y todo vive para que yo viva:
sin ir tan lejos puedo verlo todo:
veo en tu vida todo lo viviente.

 

 

 

 

xxxxxXII

Plena mujer, manzana carnal, luna caliente,
espeso aroma de algas, lodo y luz machacados,
qué oscura claridad se abre entre tus columnas?
Qué antigua noche el hombre toca con sus sentidos?

Ay, amar es un viaje con agua y con estrellas,
con aire ahogado y bruscas tempestades de harina:
amar es un combate de relámpagos
y dos cuerpos por una sola miel derrotados.

Beso a beso recorro tu pequeño infinito,
tus imágenes, tus ríos, tus pueblos diminutos,
y el fuego genital transformado en delicia

corre por los delgados caminos de la sangre
hasta precipitarse como un clavel nocturno,
hasta ser y no ser sino un rayo en la sombra.

 

 

 

 

xxxxxXIII

La luz que de tus pies sube a tu cabellera,
la turgencia que envuelve tu forma delicada,
no es de nácar marino, nunca de plata fría:
eres de pan, de pan amado por el fuego.

La harina levantó su granero contigo
y creció incrementada por la edad venturosa,
cuando los cereales duplicaron tu pecho
mi amor era el carbón trabajando en la tierra.

Oh, pan tu frente, pan tus piernas, pan tu boca,
pan que devoro y nace con luz cada mañana,
bienamada, bandera de las panaderías,

una lección de sangre te dio el fuego,
de la harina aprendiste a ser sagrada,
y del pan el idioma y el aroma.

 

 

 

 

xxxxxXLIII

Un signo tuyo busco en todas las otras,
en el brusco, ondulante río de las mujeres,
trenzas, ojos apenas sumergidos,
pies claros que resbalan navegando en la espuma.

De pronto me parece que diviso tus uñas
oblongas, fugitivas, sobrinas de un cerezo,
y otra vez es tu pelo que pasa y me parece
ver arder en el agua tu retrato de hoguera.

Miré, pero ninguna llevaba tu latido,
tu luz, la greda oscura que trajiste del bosque,
ninguna tuvo tus diminutas orejas.

Tú eres total y breve, de todas eres una,
y así contigo voy recorriendo y amando
un ancho Mississippi de estuario femenino.

 

 

 

 

xxxxxLIV

Espléndida razón, demonio claro
del racimo absoluto, del recto mediodía,
aquí estamos al fin, sin soledad y solos,
lejos del desvarío de la ciudad salvaje.

Cuando la línea pura rodea su paloma
y el fuego condecora la paz con su alimento
tú y yo erigimos este celeste resultado.
Razón y amor desnudos viven en esta casa.

Sueños furiosos, ríos de amarga certidumbre,
decisiones más duras que el sueño de un martillo
cayeron en la doble copa de los amantes.

Hasta que en la balanza se elevaron, gemelos,
la razón y el amor como dos alas.
Así se construyó la transparencia.

 

 

 

 

xxxxxLXV

Matilde, dónde estás? Noté, hacia abajo,
entre corbata y corazón, arriba,
cierta melancolía intercostal:
era que tú de pronto eras ausente.

Me hizo falta la luz de tu energía
y miré devorando la esperanza,
miré el vacío que es sin ti una casa,
no quedan sino trágicas ventanas.

De puro taciturno el techo escucha
caer antiguas lluvias deshojadas,
plumas, lo que la noche aprisionó:

y así te espero como casa sola
y volverás a verme y habitarme.
De otro modo me duelen las ventanas.

 

 

 

 

xxxxxLXXV

Ésta es la casa, el mar y la bandera,
errábamos por otros largos muros.
No hallábamos la puerta ni el sonido
desde la ausencia, como desde muertos.

Y al fin la casa abre su silencio,
entramos a pisar el abandono,
las ratas muertas, el adiós vacío,
el agua que lloró en las cañerías.

Lloró, lloró la casa noche y día,
gimió con las arañas, entreabierta,
se desgranó desde sus ojos negros,

y ahora de pronto la volvemos viva,
la poblamos y no nos reconoce:
tiene que florecer, y no se acuerda.

 

 

 

Neruda, Pablo. Cien sonetos de amor. Barcelona; Random House Mondadori, 2003.

 

NAVEGACIONES Y REGRESOS

Navegaciones y extravíos

 

EL BARCO

Pero si ya pagamos nuestros pasajes en este mundo
por qué, por qué no nos dejan sentarnos y comer?
Queremos mirar las nubes,
queremos tomar el sol y oler la sal,
francamente no se trata de molestar a nadie,
es tan sencillo: somos pasajeros.

Todos vamos pasando y el tiempo con nosotros:
pasa el mar, se despide la rosa,
pasa la tierra por la sombra y por la luz,
y ustedes y nosotros pasamos, pasajeros.

Entonces, qué les pasa?
Por qué andan tan furiosos?
A quién andan buscando con un revólver?

Nosotros no sabíamos
que todo lo tenían ocupado,
las copas, los asientos,
las camas, los espejos,
el mar, el vino, el cielo.

Ahora resulta
que no tenemos mesa.
No puede ser, pensamos.
No pueden convencernos.
Estaba oscuro cuando llegamos al barco.

Estábamos desnudos.
Todos llegábamos del mismo sitio.
Todos veníamos de mujer y de hombre.
Todos tuvimos hambre y pronto dientes.
A todos nos crecieron las manos y los ojos
para trabajar y desear lo que existe.

Y ahora nos salen con que no podemos,
que no hay sitio en el barco,
no quieren saludarnos,
no quieren jugar con nosotros.

Por qué tantas ventajas para ustedes?
Quién les dio la cuchara cuando no habían nacido?

Aquí no están contentos,
así no andan las cosas.

No me gusta en el viaje
halar, en los rincones, la tristeza,
los ojos sin amor o la boca con hambre.

No hay ropa para este creciente otoño
y menos, menos, menos para el próximo invierno.
Y sin zapatos cómo vamos a dar la vuelta
al mundo, a tanta piedra en los caminos?
Sin mesa dónde vamos a comer,
dónde nos sentaremos si no tenemos silla?
Si es una broma triste, decídanse, señores,
a terminarla pronto,
a hablar en serio ahora.

Después el mar es duro.

Y llueve sangre.

 

 

 

 

ODA AL GATO

Los animales fueron
imperfectos,
largos de cola, tristes
de cabeza.
Poco a poco se fueron
componiendo,
haciéndose paisaje,
adquiriendo lunares, gracia, vuelo.
El gato,
sólo el gato
apareció completo
y orgulloso:
nació completamente terminado,
camina solo y sabe lo que quiere.

El hombre quiere ser pescado y pájaro,
la serpiente quisiera tener alas,
el perro es un león desorientado,
el ingeniero quiere ser poeta,
la mosca estudia para golondrina,
el poeta trata de imitar a la mosca,
pero el gato
quiere ser sólo gato
y todo gato es gato
desde bigote a cola,
desde presentimiento a rata viva,
desde la noche hasta sus ojos de oro.

No hay unidad
como él,
no tienen
la luna ni la flor
tal contextura:
es una sola cosa
como el sol o el topacio,
y la elástica línea en su contorno
firme y sutil es como
la línea de la proa de una nave.
Sus ojos amarillos
dejaron una sola
ranura
para echar las monedas de la noche.

Oh pequeño
emperador sin orbe,
conquistador sin patria,
mínimo tigre de salón, nupcial
sultán del cielo
de las tejas eróticas,
el viento del amor
en la intemperie
reclamas
cuando pasas
y posas
cuatro pies delicados
en el suelo,
oliendo,
desconfiando
de todo lo terrestre,
porque todo
es inmundo
para el inmaculado pie del gato.

Oh fiera independiente
de la casa, arrogante
vestigio de la noche,
perezoso, gimnástico
y ajeno,
profundísimo gato,
policía secreta
de las habitaciones,
insignia
de un
desaparecido terciopelo,
seguramente no hay
enigma en tu manera,
tal vez no eres misterio,
todo el mundo te sabe y perteneces
al habitante menos misterioso,
tal vez todos lo creen,
todos se creen dueños,
propietarios, tíos
de gatos, compañeros,
colegas,
discípulos o amigos
de su gato.

Yo no.
Yo no suscribo.
Yo no conozco al gato.
Todo lo sé, la vida y su archipiélago,
el mar y la ciudad incalculable,
la botánica,
el gineceo con sus extravíos,
el por y el menos de la matemática,
los embudos volcánicos del mundo,
la cáscara irreal del cocodrilo,
la bondad ignorada del bombero,
el atavismo azul del sacerdote,
pero no puedo descifrar un gato.
Mi razón resbaló en su indiferencia,
sus ojos tienen números de oro.

 

 

 

 

ODA A UNA MAÑANA DEL BRASIL

Ésta es una mañana
del Brasil. Vivo adentro
de un violento diamante,
toda la transparencia
de la tierra
se materializó
sobre
mi frente,
apenas si se mueve
la bordada verdura,
el rumoroso cinto
de la selva:
ancha es la claridad, como una nave
del cielo, victoriosa.

Todo crece,
los árboles,
el agua,
los insectos,
el día.
Todo termina en hoja.
Se unieron
todas
las cigarras
que nacieron, vivieron
y murieron
desde que existe el mundo,
y aquí cantan
en un solo congreso
con voz de miel,
de sal,
de aserradero,
de violín delirante.

Las mariposas
bailan
rápidamente
un
baile
rojo
negro
naranja
verde
azul
blanco
granate
amarillo
violeta
en el aire,
en las flores,
en la nada,
volantes,
sucesivas
y remotas.

Deshabitadas
tierras,
cristal
verde
del mundo,
en alguna
región
un ancho río
se despeña
en plena soledad,
los saurios cruzan
las aguas pestilentes,
miles de seres lentos
aplastados
por la
ciega espesura
cambian de planta, de agua,
de pantano, de cueva,
y atraviesan el aire
aves abrasadoras.

Un grito, un canto,
un vuelo,
una cascada
cruzan desde una copa
de palmera
hasta
la arboladura
del bambú innumerable.

El mediodía
llega
sosegado,
se extiende
la luz como si hubiera
nacido un nuevo río
que corriera y cantara
llenando el universo:
de pronto
todo
queda
inmóvil,
la tierra, el cielo, el agua
se hicieron transparencia,
el tiempo se detuvo
y todo entró en su caja de diamante.

 

 

 

Neruda, Pablo. Navegaciones y regresos. Barcelona; Random House Mondadori, 2003.

 

ESTRAVAGARIO

estravagario

 

YA SE FUE LA CIUDAD

Cómo marcha el reloj sin darse prisa
con tal seguridad que se come los años:
los días son pequeñas y pasajeras uvas,
los meses se destiñen descolgados del tiempo.
Se va, se va el minuto hacia atrás, disparado
por la más inmutable artillería
y de pronto nos queda sólo un año para irnos,
un mes,un día, y llega la muerte al calendario.

Nadie pudo parar el agua que huye,
no se detuvo con amor mi pensamiento,
siguió, siguió corriendo entre el sol y los seres,
y nos mató su estrofa pasajera.

Hasta que al fin caemos en el tiempo, tendidos,
y nos lleva, y ya nos fuimos, muertos,
arrastrados sin ser, hasta no ser ni sombra,
ni polvo, ni palabra, y allí se queda todo
y en la ciudad en donde no viviremos más
se quedaron vacíos los trajes y el orgullo.

 

 

 

 

A CALLARSE

Ahora contaremos doce
y nos quedamos todos quietos.

Por una vez sobre la tierra
no hablemos en ningún idioma,
por un segundo detengámonos,
no movamos tanto los brazos.

Sería un minuto fragante,
sin prisa, sin locomotoras,
todos estaríamos juntos
en una inquietud instantánea.

Los pescadores del mar frío
no harían daño a las ballenas
y el trabajador de la sal
miraría sus manos rotas.

Los que preparan guerras verdes,
guerras de gas, guerras de fuego,
victorias sin sobrevivientes,
se pondrían un traje puro
y andarían con sus hermanos
por la sombra, sin hacer nada.

No se confunda lo que quiero
con la inacción definitiva:
la vida es sólo lo que se hace,
no quiero nada con la muerte.

Si no pudimos ser unánimes
moviendo tanto nuestras vidas,
tal vez no hacer nada una vez,
tal vez un gran silencio pueda
interrumpir esta tristeza,
este no entendernos jamás
y amenazarnos con la muerte,
tal vez la tierra nos enseñe
cuando todo parece muerto
y luego todo estaba vivo.

Ahora contaré hasta doce
y tú te callas y me voy.

 

 

 

 

REGRESO A UNA CIUDAD

A qué he venido? les pregunto.

Quién soy en esta ciudad muerta?

No encuentro la calle ni el techo
de la loca que me quería.

Los cuervos, no hay duda, en las ramas,
el monzón verde y furibundo,
el escupitajo escarlata
en las calles desmoronadas,
el aire espeso, pero dónde,
pero dónde estuve, quién fui?
No entiendo sino las cenizas.

El vendedor de betel mira
sin reconocer mis zapatos,
mi rostro recién resurrecto.
Tal vez su abuelo me diría:
“Salam” pero sucede
que se cayó mientras volaba,
se cayó al pozo de la muerte.

En tal edificio dormí
catorce meses y sus años,
escribí desdichas,
mordí
la inocencia de la amargura,
y ahora paso y no está la puerta:
la lluvia ha trabajado mucho.

Ahora me doy cuenta que he sido
no sólo un hombre sino varios
y que cuantas veces he muerto,
sin saber cómo he revivido,
como si cambiara de traje
me puse a vivir otra vida
y aquí me tienen sin que sepa
por qué no reconozco a nadie,
por qué nadie me reconoce,
si todos fallecieron aquí
y yo soy entre tanto olvido
un pájaro sobreviviente
o al revés la ciudad me mira
y sabe que yo soy un muerto.

Ando por bazares de seda
y por mercados miserables,
me cuesta creer que las calles
son las mismas, los ojos negros
duros como puntos de clavo
golpean contra mis miradas,
y la pálida Pagoda de Oro
con su inmóvil idolatría
ya no tiene ojos, ya no tiene
manos, ya no tiene fuego.
Adiós, calles sucias del tiempo,
adiós, adiós, amor perdido,
regreso al vino de mi casa,
regreso al amor de mi amada,
a lo que fui y a lo que soy,
agua y sol, tierras con manzanas,
meses con labios y con nombres,
regreso para no volver,
o nunca más quiero equivocarme,
es peligroso caminar
hacia atrás porque de repente
es una cárcel el pasado.

 

 

 

 

PUNTO

No hay espacio más ancho que el dolor,
no hay universo como aquel que sangra.

 

 

 

 

NO ME PREGUNTEN

Tengo el corazón pesado
con tantas cosas que conozco,
es como si llevara piedras
desmesuradas en un saco,
o la lluvia hubiera caído,
sin descansar, en mi memoria.

No me pregunten por aquello.
No sé de lo que están hablando.
No supe yo lo que pasó.

Los otros tampoco sabían
y así anduve de niebla en niebla
pensando que nada pasaba,
buscando frutas en las calles,
pensamientos en las praderas
y el resultado es el siguiente:
que todos tenían razón
y yo dormía mientras tanto.
Por eso agreguen a mi pecho
no sólo piedras sino sombra,
no sólo sombra sino sangre.

Así son las cosas, muchacho,
y así también no son las cosas,
porque, a pesar de todo, vivo,
y mi salud es excelente,
me crecen el alma y las uñas,
ando por las peluquerías,
voy y vengo de las fronteras,
reclamo y marco posiciones,
pero si quieren saber más
se confunden mis derroteros
y si oyen ladrar la tristeza
cerca de mi casa, es mentira:
el tiempo claro es el amor,
el tiempo perdido es el llanto.

Así, pues, de lo que recuerdo
y de lo que no tengo memoria,
de lo que sé y de lo que supe,
de lo que perdí en el camino
entre tantas cosas perdidas,
de los muertos  que no me oyeron
y que tal vez quisieron verme,
mejor no me pregunten nada:
toquen aquí, sobre el chaleco,
y verán cómo me palpita
un saco de piedras oscuras.

 

 

 

 

MUCHOS SOMOS

De tantos hombres que soy, que somos,
no puedo encontrar a ninguno:
se me pierden bajo la ropa,
se fueron a otra ciudad.

Cuando todo está preparado
para mostrarme inteligente
el tonto que llevo escondido
se toma la palabra en mi boca.

Otras veces me duermo en medio
de la sociedad distinguida
y cuando busco en mí al valiente,
un cobarde que no conozco
corre a tomar con mi esqueleto
mil deliciosas precauciones.

Cuando arde una casa estimada
en vez del bombero que llamo
se precipita el incendiario
y ése soy yo. No tengo arreglo.
Qué debo hacer para escogerme?

Cómo puedo rehabilitarme?
Todos los libros que leo
celebran héroes refulgentes
siempre seguros de sí mismos:
me muero de envidia por ellos,
y en los filmes de vientos y balas
me quedo envidiando al jinete,
me quedo admirando al caballo.

Pero cuando pido al intrépido
me sale el viejo perezoso,
y así yo no sé quién soy,
no sé cuántos soy o seremos.
Me gustaría tocar un timbre
y sacar el mí verdadero
porque si yo me necesito
no debo desaparecerme.

Mientras escribo estoy ausente
y cuando vuelvo ya he partido:
voy a ver si a las otras gentes
les pasa lo que a mí me pasa,
si son tantos como soy yo,
si se parecen a sí mismos
y cuando lo haya averiguado
voy a aprender tan bien las cosas
que para explicar mis problemas
les hablaré de geografía.

 

 

 

 

SOBRE MI MALA EDUCACIÓN

Cuál es el cuál, cuál es el cómo?
Quién sabe cómo conducirse?

Qué naturales son los peces!
Nunca parecen inoportunos.
Están en el mar invitados
y se visten correctamente
sin una escama de menos,
condecorados por el agua.

Yo todos los días pongo
no sólo los pies en el plato,
sino los codos, los riñones,
la lira, el alma, la escopeta.

No sé qué hacer con las manos
y he pensado venir sin ellas,
pero dónde pongo el anillo?
Qué pavorosa incertidumbre!

Y luego no conozco a nadie.
No recuerdo sus apellidos.

-Me parece conocer a usted.
-No es usted un contrabandista?
-Y usted, señora, no es la amante
del alcohólico poeta
que se paseaba sin cesar,
sin rumbo fijo por las cornisas?
-Voló porque tenía alas.
-Y usted continúa terrestre.
-Me gustaría haberla entregado
como india viuda a un gran brasero.
No podríamos quemarla ahora?
Resultaría palpitante!

Otra vez en una Embajada
me enamoré de una morena,
no quiso desnudarse allí,
y yo se lo increpé con dureza:
estás loca, estatua silvestre,
cómo puedes andar vestida?

Me desterraron duramente
de ésa y de otras reuniones,
si por error me aproximaba
cerraban ventanas y puertas.

Anduve entonces con gitanos
y con prestidigitadores,
con marineros sin buque,
con pescadores sin pescado,
pero todos tenían reglas,
inconcebibles protocolos
y mi educación lamentable
me trajo malas consecuencias.

Por eso no voy y no vengo,
no me visto ni ando desnudo,
eché al pozo los tenedores,
las cucharas y los cuchillos.
Sólo me sonrío a mí solo,
no hago preguntas indiscretas
y cuando vienen a buscarme,
con gran honor, a los banquetes,
mando mi ropa, mis zapatos,
mi camisa con mi sombrero,
pero aún así no se contentan:
iba sin corbata mi traje.

Así, para salir de dudas
me decidí a una vida honrada
de la más activa pereza,
purifiqué mis intenciones,
salí a comer conmigo solo
y así me fui quedando mudo.
A veces me saqué a bailar,
pero sin gran entusiasmo,
y me acuesto solo, sin ganas,
por no equivocarme de cuarto.

Adiós, porque vengo llegando.

Buenos días, me voy de prisa.

Cuando quieran verme ya saben:
búsquenme donde no estoy
y si les sobra tiempo y boca
pueden hablar con mi retrato.

 

 

 

 

AY QUÉ SÁBADOS MÁS PROFUNDOS!

Ay qué sábados más profundos!
Es interesante el planeta
con tanta gente en movimiento:
olas de pies en los hoteles,
urgentes motociclistas,
ferrocarriles hacia el mar
y cuántas muchachas inmóviles
raptadas por rápidas ruedas.

Todas las semanas terminan
en hombres, mujeres y arena,
y hay que correr, no perder nada,
vencer inútiles colinas,
masticar música insoluble,
volver cansados al cemento.

Yo bebo por todos los sábados
sin olvidar al prisionero
detrás de las paredes crueles:
ya no tienen nombre sus días
y este rumor que cruza y corre
lo rodea como el océano
sin conocer cuál es la ola,
la ola del húmedo sábado.

Ay qué sábados irritantes
armados de bocas y piernas
desenfrenadas, de cerrera,
bebiendo más de lo prudente:
no protestemos del bullicio
que no quiere andar con nosotros.

 

 

 

Neruda, Pablo. Estravagario. Barcelona; Random House Mondadori, 2003.

 

TERCER LIBRO DE LAS ODAS

Pablo Neruda

 

ODA AL AROMO

Vapor o niebla o nube
me rodeaban.
Iba por San Jerónimo
hacia el puerto
casi dormido cuando
desde el invierno
una montaña
de luz amarilla,
una torre florida
salió al camino y todo
se llenó de perfume.

Era un aromo.

Su altura
de pabellón florido
se construyó
con miel y sol y aroma
y en él
yo
vi
la catedral del polen,
la profunda
ciudad
de las abejas.

Allí me quedé mudo
y eran los montes
de Chile, en el invierno,
submarinos,
remotos,
sepultados
en el agua invisible
del cielo plateado:
sólo
el árbol mimosa
daba en la sombra
gritos
amarillos
como si
de la primavera errante
se hubiera desprendido
una campana
y allí
estuviera
ardiendo
en
el
árbol sonoro,
amarillo
como ninguna cosa puede serlo,
ni el canario, ni el oro,
ni la piel del limón, ni la retama.

Aromo,
sol terrestre,
explosión
del perfume,
cascada,
catarata,
cabellera
de todo el amarillo
derramado
en una sola ola
de follaje,
aromo
adelantado
en el
austral
invierno
como
un
valiente
militar
amarillo,
antes de la batalla,
desnudo,
desarmado,
frente
a los batallones de la lluvia,
aromo,
torre
de
la
luz
fragante,
previa
fogata
de la
primavera,

salud

salud

pesado es tu trabajo
y un amarillo amor es tu espesura.

Te proclamo
panal
del mundo:
queremos
por un instante
ser
abejorros
silvestres,
elegantes, alcohólicas
avispas,
moscardones de miel
y terciopelo,
hundir
los ojos,
la camisa,
el corazón,
el pelo
en tu temblor fragante,
en tu copa
amarilla
hasta ser sólo aroma
en tu
planeta,
polen de honor, intimidad del oro,
pluma de tu fragancia.

 

 

 

 

ODA A LA MANZANA

A ti, manzana,
quiero
celebrarte
llenándome
con tu nombre
la boca,
comiéndote.

Siempre
eres nueva como nada
o nadie,
siempre
recién caída
del Paraíso:
plena
y pura
mejilla arrebolada
de la aurora!

Qué difíciles
son
comparados
contigo
los frutos de la tierra,
las celulares uvas,
los mangos
tenebrosos,
las huesudas
ciruelas, los higos
submarinos:
tú eres pomada pura,
pan fragante,
queso
de la vegetación.

Cuando mordemos
tu redonda inocencia
volvemos
por un instante
a ser
también recién creadas criaturas:
aún tenemos algo de manzana.

Yo quiero
una abundancia
total, la multiplicación
de tu familia,
quiero
una ciudad,
una república,
un río Mississipi
de manzanas,
y en sus orillas
quiero ver
a toda
la población
del mundo
unida, reunida,
en el acto más simple de la tierra:
mordiendo una manzana.

 

 

 

Neruda, Pablo. Nuevas odas elementales/Tercer libro de las odas. Barcelona; Random House Mondadori, 2003.

 

NUEVAS ODAS ELEMENTALES

Escapando

 

ODA A SU AROMA

Suave mía, a qué hueles,
a qué fruto,
a qué estrella, a qué hoja?

Cerca
de tu pequeña oreja
o en tu frente
me inclino,
clavo
la nariz entre el pelo
y la sonrisa
buscando, conociendo
la raza de tu aroma:
es suave, pero
no es flor, no es cuchillada
de clavel penetrante
o arrebatado aroma
de violentos
jazmines,
es algo, es tierra,
es
aire,
maderas o manzanas,
olor
de la luz en la piel,
aroma
de la hoja
del árbol
de la vida
con polvo
del camino
y frescura
de matutina sombra
en las raíces,
olor de piedra y río,
pero
más cerca
de un durazno,
de la tibia
palpitación secreta
de la sangre,
olor
a casa pura
y a cascada,
fragancia
de paloma
y cabellera,
aroma
de mi mano
que recorrió la luna
de tu cuerpo,
las estrellas
de tu piel estrellada,
el oro,
el trigo,
el pan de tu contacto,
y allí
en la longitud
de tu luz loca,
en tu circunferencia de vasija,
en la copa,
en los ojos de tus senos,
entre tus anchos párpados
y tu boca de espuma,
en todo
dejó,
dejó mi mano
olor de tinta y selva,
sangre y frutos perdidos,
fragancia
de olvidados planetas,
de puros
papeles vegetales,
allí
mi propio cuerpo
sumergido
en la frescura de tu amor, amada,
como en un manantial
o en el sonido
de un campanario
arriba
entre el olor del cielo
y el vuelo
de las últimas aves,
amor,
olor,
palabra
de tu piel, del idioma
de la noche en tu noche,
del día en tu mirada.

Desde tu corazón
sube
tu aroma
como desde la tierra
la luz hasta la cima del cerezo:
en tu piel
yo detengo
tu latido
y huelo
la ola de luz que sube,
la fruta sumergida
en su fragancia,
la noche que respiras,
la sangre que recorre
tu hermosura
hasta llegar al beso
que me espera
en tu boca.

 

 

 

 

ODA A LA CRUZ DEL SUR

Hoy 14 de abril,
viento
en la costa,
noche
y viento,
noche
sombría
y viento,
se conmovió la sombra,
se enarboló el ciprés
de las estrellas,
las hojas de la noche
volcaron
polvo muerto
en el espacio
y todo quedó limpio
y tembloroso.

Árbol
de espadas
frías
fue la sombra
estrellada,
copa
del
universo,
cosecha
de
platino,
todo
ardía
en las altas
soledades
marinas,
en Isla Negra
andando
del brazo
de mi amada,
y ella
entonces
levantó un brazo apenas
sumergido
en la sombra
y como un rayo de ámbar
dirigido
desde la tierra al cielo
me mostró
cuatro estrellas:
la Cruz del Sur inmóvil
sobre nuestras cabezas.

En un instante
se apagaron todos
los ojos
de la noche
y sólo vi clavadas
al cielo solitario
cuatro rosas azules,
cuatro piedras heladas,
y le dije,
tomando
mi lira
de poeta
frente al viento
oceánico, entre las dentelladas
de la ola:
Cruz
del Sur, olvidado
navío
de mi patria,
prendedor
sobre el pecho
de la noche turgente,
constelación marina,
luz
de las casas pobres,
lámpara errante, rombo
de lluvia y terciopelo,
tijera de la altura,
mariposa,
posa tus cuatro labios
en mi frente
y llévame
en tu nocturno
sueño
y travesía
a las islas del cielo,
a las vertientes
del agua de la noche,
a la roca
magnética,
madre de las estrellas,
al tumulto
del sol, al viejo carro
de la aurora
cubierto de limones.

Y no me respondió
la Cruz del Sur:
siguió, siguió viajando
barrida
por el viento.
Dejé la lira entonces
a un lado,
en el camino,
y abracé a mi amada
y al acercar mis ojos
a sus ojos,
vi en ellos,
en su cielo,
cuatro puntas
de diamante encendido.

La noche y su navío
en su amor
palpitaban
y besé una por una
sus estrellas.

 

 

 

 

ODA AL DÍA INCONSECUENTE

Plateado pez
de cola
anaranjada,
día del mar,
cambiaste
en cada hora
de vestido,
la arena
fue celeste,
azul
fue tu corbata,
en una nube
tus pies
eran espuma
y luego
total
fue el vuelo verde
de la lluvia
en los pinos:
una racha de acero
barrió
las esperanzas
del oeste,
la última o la primera
golondrina
brilló blanca y azul
como un revólver,
como un reloj nocturno
el cielo sólo
conservó un minutero
de platino,
turgente y negro el mar
cubrió su corazón
con terciopelo
mostrando de repente
la nevada sortija
o la encrespada
rosa de su radiante desvarío.

Todo esto
lo miré
inquietamente fijo
en mi ventana
cambiando de zapatos
para ir por la arena
llena de oro
o hundirme en la humedad, entre las hojas
del eucaliptus rojo,
corvas como puñales de Corinto,
y no pude
saber
si el Arco Iris,
que como una bandera mexicana
creció hacia Cartagena,
era anuncio
de dulce luz
o torre de tinieblas.
Un fragmento
de nube
como resto volante
de camisa
giraba
en el último umbral
del pánico celeste.

El día
tembló de lado a lado,
un relámpago
corrió como un lagarto
entre las vestiduras
de la selva
y de golpe cayó todo el rocío
perdiéndose en el polvo
la diadema salvaje.
Entre las nubes y la tierra
de pronto
el sol
depositó su huevo duro,
blanco, liso, obstinado,
y un gallo verde
y alto
como un pino
cantó, cantó
como si desgranara
todo el maíz del mundo:
un río,
un río rubio
entró por las ventanas
más oscuras
y no la noche, no la tempestuosa
claridad indecisa
se estableció en la tierra,
sino sencillamente
un día más,
un día.

 

 

 

 

ODA A LA GAVIOTA

A la gaviota
sobre
los pinares
de la costa,
en el viento
la sílaba
silbante de mi oda.

Navega,
barca lúcida,
bandera de dos alas,
en mi verso,
cuerpo de plata,
sube
tu insignia atravesada
en la camisa
del firmamento frío,
oh voladora,
suave
serenata del vuelo,
flecha de nieve, nave
tranquila en la tormenta transparente
elevas tu equilibrio
mientras
el ronco viento barre
las praderas del cielo.

Después del largo viaje,
tú, magnolia emplumada,
triángulo sostenido
por el aire en la altura,
con lentitud regresas
a tu forma
cerrando
tu plateada vestidura,
ovalando tu nítido tesoro,
volviendo a ser
botón blanco del vuelo,
germen
redondo,
huevo de la hermosura.

Otro poeta
aquí
terminaría
su victoriosa oda.
Yo no puedo
permitirme
sólo
el lujo blanco
de la inútil espuma.
Perdóname,
gaviota,
soy
poeta
realista,
fotógrafo del cielo.
Comes,
comes,
comes,
no hay
nada que no devores,
sobre el agua del puerto
ladras
como perro de pobre,
corres
detrás del último
pedazo de intestino
de pescado,
picoteas
a tus hermanas blancas,
robas
la despreciable presa,
el desarmado cúmulo
de basura marina,
acechas los
tomates
decaídos,
las descartadas
sobras de la caleta.
Pero
todo
lo transformas
en ala limpia,
en blanca geometría,
en la estática línea de tu vuelo.

Por eso,
ancla nevada,
voladora,
te celebro completa:
con tu voracidad abrumadora,
con tu grito en la lluvia
o tu descanso
de copo desprendido
a la tormenta,
con tu paz o tu vuelo,
gaviota,
te consagro
mi palabra terrestre,
torpe ensayo de vuelo,
a ver si tú desgranas
tu semilla de pájaro en mi oda.

 

 

 

 

ODA A JEAN ARTHUR RIMBAUD

Ahora,
en este octubre
cumplirás
cien años,
desgarrador amigo.
Me permites
hablarte?
Estoy solo,
en mi ventana
el Pacífico rompe
su eterno trueno oscuro.

Es de noche.

La leña que arde arroja
sobre el óvalo
de tu antiguo retrato
un rayo fugitivo.
Eres un niño
de mechones torcidos,
ojos semicerrados,
boca amarga.
Perdóname
que te hable
como soy, como creo
que serías ahora,
te hable de agua marina
y de leña que arde,
de simples cosas y sencillos seres.
Te torturaron
y quemaron tu alma,
te encerraron
en los muros de Europa
y golpeabas
frenético
las puertas.
Y cuando
ya pudiste
partir
ibas herido,
herido y mudo,
muerto.

Muy bien, otros poetas
dejaron
un cuervo, un cisne,
un sauce,
un pétalo en la lira,
tú dejaste un fantasma
desgarrado
que maldice
y escupe
y andas
aún
sin rumbo,
sin domicilio fijo,
sin número,
por las calles de Europa,
regresando a Marsella,
con arena africana
en los zapatos,
urgente
como un escalofrío,
sediento,
ensangrentado,
con los bolsillos rotos,
desafiante,
perdido,
desdichado.

No es verdad
que te robaste el fuego,
que corrías
con la furia celeste
y con la pedrería
ultravioleta
del infierno,
no es así,
no lo creo,
te negaban
la sencillez, la casa,
la madera,
te rechazaban,
te cerraban puertas,
y volabas entonces,
arcángel iracundo,
a las moradas
de la lejanía,
y moneda a moneda,
sudando y desangrando
tu estatura
querías
acumular el oro
necesario
para la sencillez, para la llave,
para la quieta esposa,
para el hijo,
para la silla tuya,
el pan y la cerveza.

En tu tiempo
sobre las telarañas
ancho
como un paraguas
se cerraba el crepúsculo
y el gas parpadeaba
soñoliento.
Por la Commune pasaste,
niño rojo,
y dio tu poesía
llamaradas
que aún suben castigando
las paredes
de los fusilamientos.
Con ojos
de puñal
taladraste
la sombra
carcomida,
la guerra, la errabunda
cruz de Europa.
Por eso hoy, a cien años
de distancia,
te invito
a la sencilla
verdad que no alcanzó
tu frente huracanada,
a América te invito,
a nuestros ríos,
al vapor de la luna
sobre las cordilleras,
a la emancipación
de los obreros,
a la extendida patria
de los pueblos,
al Volga
electrizado
de los racimos y de las espigas,
a cuanto el hombre
conquistó sin misterio,
con la fuerza
y la sangre,
con una mano y otra,
con millones
de manos.

A ti te enloquecieron,
Rimbaud, te condenaron
y te precipitaron
al infierno.
Desertaste la causa
del germen, sepultaste
la llama
y en la desierta soledad
cumpliste
tu condena.
Hoy es más simple, somos
países, somos
pueblos,
los que garantizamos
el crecimiento de la poesía,
el reparto del pan, el patrimonio
del olvidado. Ahora
no estarías
solitario.

 

 

 

 

Neruda, Pablo. Nuevas odas elementales/Tercer libro de las odas. Barcelona; Random House Mondadori, 2003.

 

ODAS ELEMENTALES

Cuadro

 

EL HOMBRE INVISIBLE

Yo me río,
me sonrío
de los viejos poetas,
yo adoro toda
la poesía escrita,
todo el rocío,
luna, diamante, gota
de plata sumergida
que fue mi antiguo hermano
agregando a la rosa,
pero
me sonrío,
siempre dicen “yo”,
a cada paso
les sucede algo,
es siempre “yo”,
por las calles
sólo ellos andan
o la dulce que aman,
nadie más,
no pasan pescadores,
ni libreros,
no pasan albañiles,
nadie se cae
de un andamio,
nadie sufre,
nadie ama,
sólo mi pobre hermano,
el poeta,
a él le pasan
todas las cosas
y a su dulce querida,
nadie vive
sino él solo,
nadie llora de hambre
o de ira,
nadie sufre en sus versos
porque no puede
pagar el alquiler,
a nadie en poesía
echan a la calle
con camas y con sillas
y en las fábricas
tampoco pasa nada,
no pasa nada,
se hacen paraguas, copas,
armas, locomotoras,
se extraen minerales
rascando el infierno,
hay huelga,
vienen soldados,
disparan,
disparan contra el pueblo,
es decir,
contra la poesía,
y mi hermano
el poeta
estaba enamorado,
o sufría
porque sus sentimientos
son marinos,
ama los puertos
remotos, por sus nombres,
y escribe sobre océanos
que no conoce,
junto a la vida, repleta
como el maíz de granos,
él pasa sin saber
desgranarla,
él sube y baja
sin tocar la tierra,
o a veces
se siente profundísimo
y tenebroso,
él es tan grande
que no cabe en sí mismo,
se enreda y desenreda,
se declara maldito,
lleva con gran dificultad la cruz
de las tinieblas,
piensa que es diferente
a todo el mundo,
todos los días come pan
pero no ha visto nunca
un panadero
ni ha entrado a un sindicato
de panificadores,
y así mi pobre hermano
se hace oscuro,
se tuerce y se retuerce
y se halla
interesante,
interesante,
ésta es la palabra,
yo no soy superior
a mi hermano
pero sonrío,
porque voy por las calles
y sólo yo no existo,
la vida corre
como todos los ríos,
yo soy el único
invisible,
no hay misteriosas sombras,
no hay tinieblas,
todo el mundo me habla,
me quieren contar cosas,
me hablan de sus parientes,
de sus miserias
y de sus alegrías,
todos pasan y todos
me dicen algo,
y cuántas cosas hacen!
cortan maderas,
suben hilos eléctricos,
amasan hasta tarde en la noche
el pan de cada día,
con una lanza de hierro
perforan las entrañas
de la tierra
y convierten el hierro
en cerraduras,
suben al cielo y llevan
cartas, sollozos, besos,
en cada puerta
hay alguien,
nace alguno,
o me espera la que amo,
y yo paso y las cosas
me piden que las cante,
yo no tengo tiempo,
debo pensar en todo,
debo volver a casa,
pasar al Partido,
qué puedo hacer,
todo me pide
que hable,
todo me pide
que cante y cante siempre,
todo está lleno
de sueños y sonidos,
la vida es una caja
llena de cantos, se abre
y vuela y viene
una bandada
de pájaros
que quieren contarme algo
descansando en mis hombros,
la vida es una lucha
como un río que avanza
y los hombres
quieren decirme,
decirte,
por qué luchan,
si mueren,
por qué mueren,
y yo paso y no tengo
tiempo para tantas vidas,
yo quiero
que todos vivan
en mi vida
y canten en mi canto,
yo no tengo importancia,
no tengo tiempo
para mis asuntos,
de noche y de día
debo anotar lo que pasa,
y no olvidar a nadie.
Es verdad que de pronto
me fatigo
y miro las estrellas,
me tiendo en el pasto, pasa
un insecto color de violín,
pongo el brazo
sobre un pequeño seno
o bajo la cintura
de la dulce que amo,
y miro el terciopelo
duro
de la noche que tiembla
con sus constelaciones congeladas,
entonces
siento subir a mi alma
la ola de los misterios,
la infancia,
el llanto en los rincones,
la adolescencia triste,
y me da sueño,
y duermo
como un manzano,
me quedo dormido
de inmediato
con las estrellas o sin las estrellas,
con mi amor o sin ella,
y cuando me levanto
se fue la noche,
la calle ha despertado antes que yo,
a su trabajo
van las muchachas pobres,
los pescadores vuelven
del océano,
los mineros
van con zapatos nuevos
entrando en la mina,
todo vive,
todos pasan,
andan apresurados,
y yo tengo apenas tiempo
para vestirme,
yo tengo que correr:
ninguno puede
pasar sin que yo sepa
adónde va, qué cosa
le ha sucedido.
No puedo
sin la vida vivir,
sin el hombre ser hombre
y corro y veo y oigo
y canto,
las estrellas no tienen
nada que ver conmigo,
la soledad no tiene
flor ni fruto.
Dadme para mi vida
todas las vidas,
dadme todo el dolor
de todo el mundo,
yo voy a transformarlo
en esperanza.
Dadme
todas las alegrías,
aún las más secretas,
porque si así no fuera,
cómo van a saberse?
Yo tengo que contarlas,
dadme
las luchas
de cada día
porque ellas son mi canto,
y así andaremos juntos,
codo a codo,
todos los hombres,
mi canto los reúne:
el canto del hombre invisible
que canta con todos los hombres.

 

 

 

 

ODA AL PASADO

Hoy, conversando,
se salió de madre
el pasado,
mi pasado.
Con indulgencia
las pequeñas
cosas sucias,
episodios
vacíos,
harina negra,
polvo.
Te agachas
suavemente
inclinado
en ti mismo,
sonríes,
te celebras,
pero
si se trata
de otro, de tu amigo,
de tu enemigo,
entonces
te tornas despiadado,
frunces el ceño:
Qué cosas hizo ese hombre!
Esa mujer, qué cosas
hizo!
Te tapas
la nariz,
visiblemente
te desagradan mucho
los pasados ajenos.
De lo nuestro miramos
con nostalgia
los perores días,
abrimos
con precaución el cofre
y enarbolamos,
para que nos admiren,
la proeza.
Olvidemos el resto.
Sólo es mala memoria.
Escucha, aprende:
el tiempo
se divide
en dos ríos:
uno
corre hacia atrás, devora
lo que vives,
el otro
va contigo adelante
descubriendo
tu vida.
En un solo minuto
se juntaron.
Es éste.
Ésta es la hora,
la gota de un instante
que arrastrará el pasado.
Es el presente.
Está en tus manos.
Rápido, resbalando,
cae como cascada.
Pero eres dueño de él.
Constrúyelo
con amor, con firmeza,
con piedra y ala,
con rectitud
sonora,
con cereales puros,
con el metal más claro
de tu pecho,
andando
a mediodía,
sin temer
a la verdad, al bien, a la justicia.
Compañeros de canto,
el tiempo que transcurre
tendrá forma
y sonido
de guitarra,
y cuando quieras
inclinarte al pasado,
el manantial del tiempo
transparente
revelará tu integridad cantando.
El tiempo es alegría.

 

 

 

 

ODA A LA SENCILLEZ

Sencillez, te pregunto,
me acompañaste siempre?
O te vuelvo a encontrar
en mi silla, sentada?
Ahora
no quieren aceptarme
contigo,
me miran de reojo,
se preguntan quién es
la pelirroja.
El mundo,
mientras nos encontrábamos
y nos reconocíamos,
se llenaba de tontos
tenebrosos,
de hijos de fruta tan repletos
de palabras
como los diccionarios,
tan llenos de viento
como una tripa que nos quieren hacer
una mala jugada
y ahora que llegamos
después de tantos viajes
desentonamos
en la poesía.
Sencillez, qué terrible lo que nos pasa:
no quieren recibirnos
en los salones,
los cafés están llenos
de los más exquisitos
pederastas,
y tú y yo nos miramos,
no nos quieren.
Entonces
nos vamos
a la arena,
a los bosques,
de noche
la oscuridad es nueva,
arden recién lavadas
las estrellas, el cielo
es un campo de trébol
turgente, sacudido
por su sangre
sombría.
En la mañana
vamos
a la panadería,
tibio está el pan como un seno,
huele
el mundo a esta frescura
de pan recién salido.
Romero, Ruiz, Nemesio,
Rojas, Manuel Antonio,
panaderos.
Qué parecidos son
el pan y el panadero,
qué sencilla es la tierra
en la mañana,
más tarde es más sencilla,
y en la noche
es transparente.
Por eso
busco
nombres
entre la hierba.
Cómo te lamas?
le pregunto
a una corola
que de pronto
pegada al suelo entre las piedras pobres
ardió como un relámpago.
Y así, sencillez, vamos
conociendo
los escondidos seres, el secreto
valor de otros metales,
mirando la hermosura de las hojas,
conversando con hombres y mujeres
que por sólo ser eso
son insignes,
y de todo,
de todos,
sencillez, me enamoras.
Me voy contigo,
me entrego a tu torrente
de agua clara.
Y protestan entonces:
Quién es ésa
que anda con el poeta?
Por cierto
que no queremos nada
con esa provinciana.
Pero si es aire, es ella
el cielo que respiro.
Yo no la conocía o recordaba.
Si me vieron
antes
andar con misteriosas
odaliscas,
fueron sólo deslices
tenebrosos.
Ahora,
amor mío,
agua,
ternura,
luz luminosa o sombra
transparente,
sencillez,
vas conmigo ayudándome a nacer,
enseñándome
otra vez a cantar,
verdad, virtud, vertiente,
victoria cristalina.

 

 

 

 

ODA A LA SOLEDAD

Oh soledad, hermosas
palabras, hierbas
silvestres
brotan entre tus sílabas!
Pero eres sólo pálida
palabra, oro
falso,
moneda traidora!
Yo describí la soledad con letras
de la literatura,
le puse la corbata
sacada de los libros,
la camisa
del sueño,
pero
sólo la conocí cuando fui solo.
Bestia no vi ninguna
como aquélla:
a la araña peluda
se parece
y a la mosca
de los estercoleros,
pero en sus patas de camello tiene
ventosas de serpiente submarina,
tiene una pestilencia de bodega
en donde se pudrieron por los siglos
pardos cueros de focas y ratones.
Soledad, ya no quiero
que sigas
mintiendo por la boca de los libros.
Llega el oven poeta tenebroso
y para seducir
así a la soñolienta señorita
se busca mármol negro y te levanta
una pequeña estatua
que olvidará
en la mañana de su matrimonio.
Pero
a media luz de la primera vida
de niños la encontramos
y la creemos una diosa negra
traída de las islas,
jugamos con su torso y le ofrendamos
la reverencia pura de la infancia.
No es verdad
la soledad creadora.
No está sola
la semilla en la tierra.
Multitud de gérmenes mantienen
el profundo concierto de las vidas
y el agua es sólo madre transparente
de un invisible coro sumergido.

Soledad de la tierra
es el desierto. Y estéril
es como él
la soledad
del hombre. Las mismas
horas, noches y días,
toda la tierra envuelven
con su manto
pero no dejan nada en el desierto.
La soledad no recibe semillas.

No es sólo su belleza
el barco en el océano:
su vuelo de paloma sobre el agua
es el producto
de una maravillosa compañía
de fuego y fogoneros,
de estrella y navegantes,
de brazos y banderas congregados,
de comunes amores y destinos.

La música
buscó para expresarse
la firmeza coral del oratorio
y escrita fue
no sólo por un hombre
sino por una línea
de ascendientes sonoros.

Y esta palabra
que aquí dejo en la rama suspendida,
esta canción que busca
ninguna soledad sino tu boca
para que la repitas
la escribe el aire junto a mí, las vidas
que antes que yo vivieron,
y tú que lees mi oda
contra tu soledad la has dirigido
y así tus propias manos la escribieron
sin conocerme, con las manos mías.

 

 

 

 

ODA AL VINO

Vino color de día,
vino color de noche,
vino con pies de púrpura
o sangre de topacio,
vino,
estrellado hijo
de la tierra,
vino, liso
como una espada de oro,
suave
como un desordenado terciopelo,
vino encaracolado
y suspendido,
amoroso,
marino,
nunca has cabido en una copa,
en un canto, en un hombre,
coral, gregario eres,
y cuando menos, mutuo.
A veces
te nutres de recuerdos
mortales,
en tu ola
vamos de tumba en tumba,
picapedrero de sepulcro helado,
y lloramos
lágrimas transitorias,
pero
tu hermoso
traje de primavera
es diferente,
el corazón sube a las ramas,
el viento mueve el día,
nada queda
dentro de tu alma inmóvil.
El vino
mueve la primavera,
crece como una planta la alegría,
caen muros,
peñascos,
se cierran los abismos,
nace el canto.
Oh tú, jarra de vino, en el desierto
con la sabrosa que amo,
dijo el viejo poeta.
Que el cántaro de vino
al beso del amor sume su beso.

Amor mío, de pronto
tu cadera
es la curva colmada
de la copa,
tu pecho es el racimo,
la luz del alcohol tu cabellera,
las uvas tus pezones,
tu ombligo sello puro
estampado en tu vientre de vasija,
y tu amor la cascada
de vino inextinguible,
la claridad que cae en mis sentidos,
el esplendor terrestre de la vida.

Pero no sólo amor,
beso quemante
o corazón quemado
eres, vino de vida,
sino
amistad de los seres, transparencia,
coro de disciplina,
abundancia de flores.
Amo sobre una mesa,
cuando se habla,
la luz de una botella
de inteligente vino.
Que lo beban,
que recuerden en cada
gota de oro
o copa de topacio
o cuchara de púrpura
que trabajó el otoño
hasta llenar de vino las vasijas
y aprenda el hombre oscuro,
en el ceremonial de su negocio,
a recordar la tierra y sus deberes,
a propagar el cántico del fruto.

 

 

 

Neruda, Pablo. Odas elementales. Barcelona; Random House Mondadori, 2003.

 

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