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Posts Tagged ‘rafael pérez estrada’

POLVO SERÁN…

 

ANTONIO ABAD

FLUJO ÚLTIMO DE NIEVE

La lentitud del cuerpo sucumbió en la alcoba
mientras que el blanco paño dispuesto con cuidado
destacaba a imagen de la muchacha muerta.

Estaba la belleza inclinada en su vértigo;
la pálida mejilla huida en el vacío;
los familiares cerca —consumiendo quizá un sorbo de café
agrio bajo las sombras—, en un cuarto contiguo
donde la luz opaca del silencio fingía
callada soledad.

De repente el deseo asumió su costumbre
y en las lívidas carnes del ataúd mi cuerpo
retozaba cual brío de insensata locura.

Tendí así mi ardor penetrando en la oscura
calma del joven páramo
el júbilo creciente de todo mi delirio.

Era aquella profunda oquedad de sus piernas
un témpano de gozo
donde la sangre fría delataba en silencio
los aromas dormidos para siempre, pero que ayer mismo
entre vibrar de sábanas, lentos jadeos, besos,
caricias, derramaba su flor
en maneras que ahora el reposo del mármol
de sus manos lascivas derrumbadas
no saben.

La muerte fue también
momento de pasión.
Por sus caderas un flujo último de nieve
se fue haciendo invierno.

 

 

 

 

CARLOS ÁLVAREZ

LIEBESTRAUM

Fronda salvaje, trampa rumorosa
donde soy vencedor al ser vencido,
gruta que me adormece en el olvido
de mi roto vigor, pétalo rosa

de la rosa que hospeda mi ardorosa
presencia de varón, grato descuido
que me dejó adentrarme en ese nido
donde anuncias la vida milagrosa.

Tu cuerpo, que no yace junto al mío,
lo imagino muy lejos de la oscura
soledad de mi celda. Quiero amarte

y amarte: deshacerme de este frío
que mis nervios destroza, y la dulzura
de tu fruta bebérmela al sembrarte.

 

 

 

 

ALFONSO CANALES

xxSONETO EN EL QUE EL POETA TOMA PRESTADAS
LAS PALABRAS DE JOHN DONNE, PARA DESABRIGAR
xxxxxxxxxxxxINFUNDADOS TEMORES

¿Qué haremos en invierno, me preguntas,
sin un mal cobertor que nos defienda
del frío? ¿Qué participada prenda
abrigará las desnudeces juntas?

No te sé contestar. Y descoyuntas,
pura, abierta, entregada a la contienda
del amor, ese cuerpo, a suelta rienda.
Y se me escapa el alma por las puntas.

Aún es verano, y la calor es tanta
que no comprendo la frialdad. Y sudo
cuanta humedad rehuye la garganta.

¿Pero existe el invierno? ¿Y es tan crudo
su rigor? Si es así, ¿qué mejor manta
para tu desnudez, que yo, desnudo?

 

 

 

 

ISLA CORREYERO

LAS MEDIAS BLANCAS

xxxxxTengo unas medias blancas de encaje que me pongo
cuando me visto el traje negro de los recuerdos.
Son unas medias finas, hambrientas de fantasmas
que hacen juego con pájaros interiores, oscuros.
xxxxxLas piernas, penetradas por estas bocas blancas,
levemente se abren con signos vegetales.
xxxxxLos hilos amanecen mi piel,
brotan, perdiéndose, entre los elevados pensamientos más íntimos.
xxxxxEn derredor: imágenes de ocupación pelviana,
soberbias latitudes desde el puente atestiguan
la entraña y las enaguas levantadas al vuelo.
xxxxx¡Qué holgada está la tela de la falda de flores,
la rodilla suavísima con olor a naranjas!
xxxxxPor los muslos se agrandan los dibujos henchidos,
son copos invisibles calcinando altas cumbres.
Me infunden sobresaltos, me clavan dulces flechas,
tan finas son las mallas que saltan los engarces
y hasta el ocre desierto los poros me rezuman
feroces destinos, presagios entreabiertos.
xxxxxSiento flores y manos crecer entre las piernas
y más arriba el musgo
tapando el azulón vellón de la albufera.

xxxxxNo podría ponerme estas medias sabiendo
la gracia que se esconde, generosa en tu boca.
Espumosas persisten, sin causa me rodean,
temibles de tu roce, sin fatiga,
explorando.

 

 

 

 

ROSA DÍAZ

SO-METO DE REPENTE

Un capullo me ofreces, y al instante
lo contemplo rosado, firme y prieto,
catorce veces palpo y acometo
y él, crece en vertical insinuante.

No hay regalo mejor, para la amante
que guardosa lo toma, con objeto
de someterlo a fondo y por completo
y hacerlo deseado y deseante.

Y, so-mételo al fin con ambas manos
con mimo de que el tallo no se encoja,
y en dura danza y perseguido antojo

del vértigo mayor de sus arcanos,
el capullo más sabio se deshoja
y con gusto se queda mustio y flojo.

 

 

 

 

CONCHA GARCÍA

EXTRAÑO ÉXTASIS

Cuando tardó lo vi todo o casi, nunca
pude decir unas largas tardes y fuego
ni tampoco pormenor, ni siquiera detectar
las sombras baldadas de aquello antañoso
que me abría las piernas muy abyecta
con rabia minuciosa en la perplejidad
de mi profusa lámina de clítoris progenie.

 

xxxxxxxxxxxxx* * *

 

Dánzame: es un día de curvas que se prolongan
al fragmentarse mi beso de saliva lluviosa
el trajín más artesano de la boca.

 

xxxxxxxxxxxxx* * *

 

La de veces que le digo: ven y vete
y que mojo las pestañas en la fila
de sus escalofríos y que como una angustia
que se me cae por las rodillas voy reptando
y silbo buscando los certeros anagramas del acoso
húmedo

 

 

 

 

FÉLIX GRANDE

Milagro de los pechos prodigiosas,
alba que rasga el oscurecimiento
de esta frente de penas aterida:
mis huesos silenciosos
junto a la hoguera de tu olor caliento
y a orilla de tu carne decidida.
En el silencio en el que la techumbre
en mi alma se desploma y en mi espalda
la inusitada fuerza de tu falda
a la ruina y a la pesadumbre
las barre diligente hasta la calle.
Qué fuerza en esa escoba:
tu cuello, tus mejillas y tu talle
además de imantar con miel mis dedos
ahuyentan la tristeza de mi alcoba,
recriminan y expulsan a mis miedos.
Al desconsuelo pones
en retirada al reclinar tu pelo
y le desgarras al cansancio el yelo
con los cuchillos malvas
de tus altos pezones
donde empujan las risas y las albas.
Y entre tus risas y tus albas chupa
velocidad mi corazón que gira
resurrecto, anhelante, mientras mira
el mágico volumen de tu grupa.
Y con mi corazón crecen mis manos,
nadan los tres por el jardín de algas
de tus dos océanos,
tus opulentas y sagradas nalgas.
Vasija de piedad, cuerpo rotundo,
misericordia impar de la materia:
en tu rotundidad comienza el mundo
y sólo en tu esplendor esta miseria
de ser mortal, casual, se desvanece.
De oscuridad el Universo escuece
sin las lunas eternas
que habitan la penumbra de tus piernas.
Dentro de esa penumbra y de esa llama,
sobre tu centro en el confín secreto,
a una inocencia súbita me aprieto
y se transforma en un altar la cama.
El gozo se derrama
entre la santidad de tu vagina
y de pronto la vida, el tiempo, todo
adquiere de este modo
humedad femenina.
Y el masculino horror de la unidad
perdida, se mitiga
en el clamor feliz de esa humedad
universal que mora en tu barriga,
y todo crece hacia la santidad
de la unidad y del origen, y esa
explosión de regreso y de candor
susurra y acaricia y lame y besa
a la profunda boca del dolor,
y así la eternidad
amable y enigmática regresa
entre tu amable y misterioso olor.
A este consuelo trágico y profundo
desde hace siglos se le llama amor:
eso que agranda y que perdona al mundo.

 

 

 

 

ALMUDENA GUZMÁN

A cada contracción del espejo
se me iba poniendo la piel preciosa
mientras cumplía
—toda ojos velados—
aquella indecente promesa nuestra de las doce.

 

 

 

 

JUAN LAMILLAR

ARIADNA

Con ojos lascivísimos miraba aquella espalda
tras leves transparencias, aquellos muslos gráciles
y los ágiles músculos, su eternidad efímera,
el ajustado short pecaminoso,
la precisión graciosa de sus nalgas.
Sin rumbo iba la nave del deseo,
desnortadas las brújulas.
El pezón en esbozo tras un gesto,y la huida,
un oscuro perfume. Comprendí su victoria
e imploraba un instante de desnudez completa.
Radiante ninfa urbana, sin el menor sentido
de la misericordia ni del amor al prójimo,
su ondulación salvaje, inmarcesible,
hollaba el laberinto
—el claro laberinto de las calles—
en busca de Teseo.

 

 

Vive y jode en Venecia Marco Antonio,
el sutil Casanova de Tirana,
y entre coño y canal va, en la mañana,
prodigando al azar su patrimonio.

Primero las encama, el muy demonio.
Les enseña después la barbacana.
Siempre a la grupa de una cortesana,
su miembro de su ardor da testimonio.

Levanta encajes, sorprende nalgas prietas.
Con rigor veneciano abre canales,
triunfando con su esbelto campanile.

Ante táctica tal no hay quien vacile,
y todas dejan que entre en sus umbrales
y que las entretenga con sus tretas.

 

 

 

 

ABELARDO LINARES

BUCÓLICA

Dorada mies de un oro valiente y veronés
y un cielo con el mismo azul que el de Tiziano
sahumaban de égloga la tarde, yo  tus pies
deshojaba en caricias el lirio de tu mano.

La nuestra era una estampa de cuadro italiano
a la que alguna nube otorgara aire inglés.
El rústico silencio era igual que un hermano
y veló nuestros éxtasis unánime y cortés.

Yo soñando en vivir contigo una aventura
como aquellas que había leído en Aretino,
para mejor besarte estreché tu cintura.

Pero tú me esquivaste con además felino,
pues tus pocas lecturas no daban para cosa
que no fuera iniciar una novela rosa.

 

 

 

 

MANUEL MANTERO

SONETO

¿Quién no peca si habita un paraíso?

¿Quién, bajo el árbol inmortal, no quiso
amar a Eva, al acabar el día,
flor ansiada por polen circunciso
y más ansiada mientras más tardía?

Se acuesta Apolo, emocionado. Sabe
cuánto su luz pensada nos enciende.
Publica un triste éxtasis el ave
cuyo nido ningún verdor defiende.

Porque toda inocencia al tedio lleva
y un desnudo, si eterno, no es desnudo,
Eva y Adán pecaron. ¡Vida nueva
cuando Adán soñó el sexo, cuando pudo
desnudar por primera vez a Eva!

 

 

 

 

JOAQUÍN MÁRQUEZ

INVOCACIÓN INMORAL ANTE LAS RUINAS DE ITÁLICA

Esto Fabia, ay dolor, que ves ahora,
mustio de soledad y cabizbajo,
fuera en tiempo un pedazo de badajo
capaz de hacer sonar a una señora.

Y ahora ya ves, oh Fabia, como llora
declarado incapaz para el trabajo,
que, a penas jubilado, deja el tajo
donde otro con más ímpetu labora.

Ya ves que de milagro se sostiene,
y de amor propio, que otro ya no tiene
que remedie su eterna calentura.

Pero acércate Fabia, toca, toca.
Dile adiós con un beso de tu boca
y dale en ti romana sepultura.

 

 

LA DUCHA

Hace calor. La ducha. Y apareces
desnuda en claridad, como una espada.
Y me dejas la carne traspasada
cuando a la lluvia, cándida, te ofreces.

El agua pone el río y tú los peces.
Yo no sé qué poner. No pongo nada
más que un corvo deseo; una mirada
como un puñal que clavo muchas veces.

Y el agua cesa y se acrecienta el fuego
cuando la piel recorres con cuidado
agotando tu aseo y mi paciencia.

Y miras y te ríes, y hablas: ¿Luego?
No, luego no, mujer. Ahora el pecado,
que ha sido mucha ya la penitencia.

 

 

 

 

RAFAEL PÉREZ ESTRADA

EPIGRAMAS

No debes felar en mí
pues tu gula es voraz

 

xxxxxxxxxxxxx* * *

 

Tus labios tienen la O que mi verga desea
¡Pronuncia ya esa letra, amiga mía!

 

xxxxxxxxxxxxx* * *

 

Eh tú, muchachita, si quieres un buen cobijo
ven aquí, junto a mi méntula, que ya está calentita.

 

xxxxxxxxxxxxx* * *

 

Vanessa, ven si quieres gozar,
¡Anda, canta una cancioncilla a este ofidio
y verás cómo baila y cómo te complace!

 

xxxxxxxxxxxxx* * *

 

Lucila no te envanezcas
ni propales orgullosa la noche
que compartí contigo,
en ella supe
lo incómodo de lo holgado
y lo necesario de lo justo.

 

xxxxxxxxxxxxx* * *

 

¿No te parece razonable Davinia
que si tú me has atravesado el corazón
pretenda yo ahora traspasar tu coño?

 

 

 

 

FERNANDO QUIÑONES

LUISI DE ALICANTE

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA Rafael Alberti

Era el verano de Alicante.
Ella
sola
era todo Alicante,
era todo el verano.

Desbordaba del lecho con olas rosicleres
de carne, rollos de carne por lo visto
no imposibles y no deformes,
mareas armoniosas
de muslos, antebrazos, mejillas,
pechos universales, desfile suntuario
de carne y carne y carne, caucho tibio,
silencioso, aplicado,
multiplicadamente removiéndose
de los pies a la cabecera,
sumiéndote en un mar soberano de carne
activa, en marcha, maestra en todo,
un tren de carne que no acabara nunca de pasar,
sabiamente tenaz, indetenible
tren circular de astutos cambios, inversiones
inesperadas y eficaces
paradas y aceleraciones,
el azabache de los ojos
entrevisto y perdido al instante por esos
bultos afortunados, masas, nubes
de carne limpia y bien distribuida
cubriendo el mundo, toda
trabajadora, atenta, nata
apretada, punzantes pezones
igual que caperuzas de bolígrafo
como animales vivos, independientes,
redondas ancas ecuménicas,
espalda sin fin, súbitas,
mullidas asperezas del pubis:
carne enmudecedora y cegadora
carne ensordecedora aunque callada
como lana gomosa en que te hundieses y te hundieses
como si las Tres Gracias de Rubens
se fundieran en una y dispusieran a agotar sus eros
en ti, casi a parirte.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxO más:
como si aprovechando las fiestas y el estío
hubiera el Mare Nostrum consignado a la casa de putas aquella
el Estado Mayor de las diosas calientes
de Alicante.

 

 

 

 

ANA ROSSETTI

EMBRIÁGAME

Matarte sí, matarte:
desatar una cinta jugosa por tu pecho,
que salte fresca,
su tacto más sedoso apresurando,
que yo introduciré mis dedos desflecándola,
despeinándola, tomando su color,
guardando entre mis uñas sus húmedos ribetes,
haciéndome nacer, de repente, amapolas
o hibiscos en las manos;
embebiendo, empapando en tu herida
las ropas que me cubren, una a una.
Que a través de la alforza, del pliegue
—los bordados ahogando, inundando
la calada cenefa, hundiéndose
por las duras costuras y el tan entrecortado
diseño del encaje— llegue a mí
el don impetuoso de tu amor.
Señalado contigo mi estremecido cuerpo,
con la vida que enloquecidamente
de ti sale, y mi pelo salpica,
y corona y enreda de alhelíes…
Precipíteme yo a bebérmela ávida,
a beberte.
Embriagada de ti,
irrestañable flor, muévanse en tu costado
mis labios incesantes.

 

 

 

 

JUAN JOSÉ TÉLLEZ

PLAYA NUDISTA

Abandona el cuerpo a la pereza del Austro,
la vulva abierta al sol que cicatriza.
Hasta el crepúsculo, hundida en la tumbona,
en pies descalzos, dedos humedecidos
por el mar que ronda como aquel que acecha
en la penumbra, el miembro yerto. Acaricia
suave colina, caderas poderosas, la calle
del amor donde ha llovido. Que el Aquilón
no llegue a entorpecer el reposo de la reina
dulce que el placer gobierna, rectora
de la dicha, soberana de seno rígido, sobre trono
de arena descansa como una tabla de viento
que ha navegado, en la tarde, océanos felices
y rendido amantes, junto a su vela erecta.

 

 

CALL GIRL

A las doce en la trescientas quince.
He encargado vino de rosas.
Sobre el lecho, tal vez, concluya la velada.
Amarás ante mí al rubio ascensorista
y honraré vuestro jadeo con versos inmortales.

 

 

FETICHES

Si dejases descalzar por mano torpe
tu deleitoso pie de absoluta reina,
pasear podrías, como el fakir exótico
sobre el ascua, mi corazón rendido.

 

 

MILAGROS Y MARAVILLAS

Ni a Fátima ni a Lourdes, pesaroso viaje,
o al supuesto sepulcro del Apóstol Santiago.
Sé de un enano que crece en cuestión de segundos
cuando ella se acerca con su falda ceñida.

 

 

 

 

MANUEL URBANO

VOCABULARIO

Putas, bagasas, puchas, cantoneras,
sotas, tusonas, izas, quilloteras,
rabizas, bujarras, piculinas, leas,
picañas, coimas, daifas, rameras,
burracas, currutacas, baldomeras,
fulanas, chuchas, hetairas, cellencas,
gabasas, meretrices, manflas, pencas,
suripantas, zamarros, cotorreras,
pelagartas, lumiascas, chuchumecas,
mozcorras, prostitutas, troteras,
lúas, trongas, guarichas, pajilleras,
¡marcas hhispanas de la A a la Z,
gozo del pijo, gloria de la lengua!

 

 

EL SOLITARIO VICIO

el solitario vicio de la forma
y estas manchas que dejo en el poema
mientras otros
pudorosos de masturbarse el alma
obscenamente
también insolidarios
sin estridencias
estrictamente se suicidan.

 

 

 

de Cózar, Rafael (ant.). Polvo serán… Antología de poesía erótica actual. Ed. El carro de la nieve; Sevilla, 1988.

 

EL LADRÓN DE ATARDECERES

 

DE LAS PROVOCACIONES POÉTICAS

xxLos espejismos del reflejo.
xxLa lección nunca aprendida y siempre esperada de la lluvia.
xxEl amoroso desorden de algunas habitaciones al amanecer.
xxEl eco del silencio.
xxLa inesperada ternura del asesino.
xxLa inocencia de algunas metáforas.
xxLa fugacidad no alcanzada de una idea.
xxLa levedad de la palabra vuelo.
xxLa simplicidad de una estrella vista desde la emoción.
xxEl inalcanzable horizonte.
xxEl tigre de Rudyard Kipling.
xxEl sueño y el oro de los tigres de Borges.
xxEl viaje que busca la añoranza.
xxEl delirio de las culturas que nunca fueron realidades culturales.
xxLa avidez erudita del pececillo de plata.
xxEl triste destino del solitario.
xxEl rencor del solitario.
xxLa sensibilidad del hacedor de lágrimas.
xxEl alma de los animales, condenada para siempre al limbo por el poder de las religiones que sueñan con dioses  que conciben hombres a su propia medida y semejanza.
xxLa locura que edifica ángeles y sirenas.
xxLa envidia del ave migratoria por el pez volador.
xxEl río que asciende y vuelve a sus orígenes y se niega a ir al mar porque sabe que el mar es el morir.
xxLa fragilidad de los objetos más queridos.
xxLa pasión del botánico por la orquídea canora.
xxLa sorpresa de un arco iris en la noche.
xxLa indefensión del grito en la distancia.
xxLa torpe indiferencia de la piedra.
xxLa rebeldía ante el vuelo.
xxEl laberinto de la caracola, geografía de los mares sin nombres.
xxEl amor brutal que engendró al centauro.
xxLa transparencia de la palabra agua.
xxEl fósil de la palabra nunca dicha
xxy el desánimo de una hoja en otoño.

 

 

 

 

CREACIÓN Y MUERTE DE LA NUBE

xxDicen las escrituras Tantras: «En el principio fue la nube. De su transparencia nacieron dos elementos: el ángel y el pájaro, siendo aquél padre de las cosas espirituales y éste de las terrenales.» La leyenda tántrica establece, partiendo de esta génesis, dos sistemas evolutivos que llegan a crear no sólo especies y subespecies, sino fenómenos de difícil explicación en lo existente. Advierte esta misma leyenda que en el último día, ángeles y pájaros volverán a ser parte de la infinita humedad de la nube.

xxPara Píndaro, las nubes eran solamente alimento de los dioses, y a su piedad están confiadas.

xxEn los mandamientos vedas hay una norma que llama la atención por su rareza, que radica en la posibilidad de transgredirla: «No matarás a las nubes.» Parece que este mandamiento nace de la creencia del profeta Kervac en la evolución de las armas, y en la seguridad de que algún día una ballesta llegaría a alcanzar el cielo. Confirma esta creencia la redacción de la norma 26, que establece: «Las leyes y mandamientos se dictarán previendo el futuro posible.»

xxLos discípulos de Kervac desarrollaron toda una teoría barroca y exagerada sobre la vulnerabilidad de la nube. La comparaban con una ballena celeste hecha de algodón milagroso, en la que se esconden y refugian las aves del Paraíso. «Si una flecha la hiriese, la nube, antes de morir, lloraría sangre durante 15 días, los suficientes para teñir de rojo la ciudad sagrada de Bengala.»

xxEl cementerio de nubes en el cielo. El lugar oculto, más allá de la luz de las estrellas, donde mueren los ángeles.

xxLa tierra es enemiga de la nube y mama de ella ferozmente, y quisiera agotarla, mas, mientras el viento sea joven y poderoso, él la defenderá con todas sus fuerzas, con el poder de un celoso amante.

xxEscribe el poeta indio Shad Sayyid: «La nube no muere. Se cree única en su altura, se sueña pájaro y desdeña a las estrellas, hasta que un amanecer descubre su sombra. Entonces la nube se disuelve en la tristeza y desaparece. La nube es nube hasta el desengaño.»

 

 

 

 

En las esquinas, los amantes pobres piden besos.

 

 

 

 

El ilusionista siempre tiene un beso de más.

 

 

 

 

Lo contrario a un beso es pegar un sello.

 

 

 

 

Hay besos postales para la lejanía.

 

 

 

 

La mancha de rouge es un beso muerto.

 

 

 

 

El amante previsor guarda besos para el invierno.

 

 

 

 

El cuerpo adolescente es una cosa, el pensamiento joven un equilibrio inestable. Amar lo inmaduro, es suplicar la inmortalidad.

 

 

 

 

Con el ángel caído empieza la gravedad.

 

 

 

 

El ángel del ciego es tacto.

 

 

 

 

El ángel del suicida tiene alas de grito.

 

 

 

 

El ángel del verdugo llora sangre.

 

 

 

 

El ángel del ladrón roba sombras.

 

 

 

 

La sombra más libre es la del pájaro, que no llega a tocar el cuerpo del que es sombra.

 

 

 

 

Los amantes exactos tienen una sola sombra.

 

 

 

 

La sombra de la palabra es el eco.

 

 

 

 

Y esgrimiendo el arma me dijo: ¡La sombra o la vida! Mas yo, que generalmente presto poca atención a los protocolos y a los usos antiguos, me oí responderle: La sombra es mía, llévese la vida. Y desde entonces ando pegado a las paredes.

 

 

 

 

Uno de sus pezones era rojo, tibio, casi carnal; el otro, azul, parecía hecho para la caricia de la muerte. También recordaban la lujosa grifería de una bañera de porcelana.

 

 

 

 

La visionaria inglesa Katherine Huston, una agnóstica exaltada, capaz de aplicar a sus descreencias el aparato imaginal de los místicos españoles del Siglo de Oro, no sin cierto fervor proclama: La palabra nace para el amor, y se hace necesaria cuando el tacto es insuficiente.

 

 

 

 

La Poesía trasciende la condición del poeta.
La Poesía debe ser eléctrica e inesperada, inmediata y en vena.

 

 

 

 

Un poema sólo debe oler a poema, nunca a limón.
Ni tampoco deben oler los poemas a pan recién salido del horno.
Ni a tierra mojada por la lluvia.
Si olieran así, olerían a tópico, y el tópico es como un caracol haciendo eses con su baba de plata.

 

 

 

 

El poeta: cómplice del silencio.

 

 

 

 

Sólo sé que, si abro el poema, deberá sangrar.

 

 

 

 

A veces, la arquitectura ciega al poema.

 

 

 

 

Me hablaron de un poema milagroso que, en su soledad, llovía abundantemente.
Al final hubimos de convenir que no era un poema, sino una nube.

 

 

 

 

EL ELEGIDO

xxEs la muerte, dijeron, y acudimos todos a la playa. Sobre la arena se vio, seguro y letal, un escorpión de oro. Al principio sugería el aderezo, la joya de una mujer terrible; sin embargo, a su paso, un grito se extendía por la playa. De pronto, el mar se encrespó, las gaviotas ladraron en un cielo de grises, en tanto el arácnido seguía su camino obsesivo. Al fin llegó a la meta, la belleza tranquila de un bañista muy joven. Después, vino la noche, el silencio y las lágrimas.

 

 

 

 

EL JOVEN FILÓSOFO

xxTambién conocí al joven filósofo. Su proceder era raro, mas no falto de lógica: iba dando gritos a la vez que corría. Qué hace, le pregunté a uno que pasaba por allí, y que se ufanaba de ser amigo de su padre, de haberle prestado algunas cantidades y librado un pagaré sin fondos. Muy sencillo —me irespondió iel ihombre—, icorre iy ia ila ivez ipersigue ial igrito. iSi ilo ipiensas bien —añadió—, verás que sólo pretende recuperar lo suyo.

 

 

 

 

LA MUJER DE SANGRE

xxMe fue dado conocer un secreto histórico. En el camerino de un circo de provincias vi a una mujer. Su cuerpo era como las ruinas de una edificación perfecta, y en los labios, la crueldad parecía una pronunciación de sangre. Es Salomé —me advirtieron—, la auténtica Salomé, la inspiradora de la danza, el sueño de Wilde, la luminosidad de Gustave Moreau. Pero, vea, vea. Entonces descubrí en un rincón de aquella covacha un objeto cubierto. Notando la mujer mi presencia, dijo: Si me da una moneda, le muestro la pesadilla de los escritores, la cabeza parlante, la que insulta en hebreo, la boca atronadora de un loco encantador.

 

 

 

 

EL RESUCITADOR

xxSeñalándome a un hombre de gran dignidad, me dijeron: Ése es el resucitador; y como yo preguntara detalles, me explicaron que sólo podía resucitar a aquellos cuya muerte representara para la patria y la cosa pública una pérdida irreparable.
xxTodos confiaban en este hombre, y al punto creían en su capacidad prodigiosa para devolver a los muertos de su eterno reposo. Mas cuando inquirí sobre el número de sus milagros, ésta fue la respuesta: Nunca ha resucitado a nadie, porque nadie nos ha parecido imprescindible. Sin embargo, el hombre actuaba como si hubiera devuelto de las sombras a toda una nación.

 

 

 

 

EL INMÓVIL

xxAmó con pasión desmedida a una estatua. Fue un juego de caricias y deseos. Para hacerse igual a ella, permanecía silencioso y quieto, esperando de este modo entenderse mejor con aquella figura apasionante. Si al menos —pensaba— las palomas retuvieran el vuelo sobre mi cabeza, o la yedra se enredara a mis pies, o un loco estudiante dibujara grafitos demagógicos en mi espalda, o un niño brutal me destrozase de un pelotazo la nariz, sabría que estoy en el buen camino de ser estatua, de ser correspondido.

 

 

 

 

DE LOS MODOS COMPARATIVOS

xxComo la luz andando de puntillas sobre el prisma,
como la lluvia que busca refugiarse en lo oscuro
y elige la boca del cañón,
las chimeneas,
el negro ombligo de las fábricas.
xxComo la lágrima que no quiere ser lluvia,
sólo lágrima.
xxComo si mayo gustara en repetirse
y ser dos veces mayo.
xxComo la luna perpleja ante un espejo,
como una nube rezagada de otras nubes,
como el gesto de un sordomudo enamorado,
como un gorrión temblando en el alero,
como el frío que busca abrigarse en la lana,
como una hoja muerta de infarto en junio,
como un ciprés diagonal y rebelde,
como cuando faltan las comparaciones,
y no hay comparaciones,
y no hay comparaciones.

 

 

 

 

EL LEVITADOR

(Juan Carlos Mestre representa en este poema
xxxal Levitador, hasta confundirse con él)

xxOh, tú que has dormido frente a la luna y ilas iestre-
llas hasta palidecer tu palidez. Tú que sabes el nombre
mágico de los tigres florales que devoran el corazón de
Rousseau el Aduanero.

xxTú, cuya alegría es guardada por un arcángel de alas
de colibrí y ojos de topacio.

xxTú, ique lañaste con plata la herida parietal de Apo-
llinaire, mientras las metáforas, ríos como rabos de la-
gartijas, se hacían pavesas en el Caribe.

xxTú, ique icambiaste ilos cromos más difíciles de los
Santos Inocentes con Henri Michaux.

xxTú, que luchas contra el bostezo para rescatar el en-
canto perdido de las Once Mil Vírgenes.

xxTú, que has caminado sobre un mar de mercurio en
busca de la nidada secreta de los peces mariposa.

xxTú, que te has batido contra el narval.

xxTú, ique ieres ilevitador iy sabes cuántas bombillas
componen una estrella.

xxTú, que donaste el brillo de la mirada a un celacan-
to ciego para hacer posible el corazón del mar.

xxTú, ique conoces la salida del laberinto en el que el
arco iris esconde su poder en los días serenos.

xxTú, que intuyes que ningún meteorito es tan rápido
y urgente como la Harley Davidson conducida por un
muchacho insomne.

xxTú, que salvaste al ángel de ahogarse en el espejo.

xxTú, ique has galopado azules ien iel sueño de un ca-
ballo.

xxTú, ique iconoces iel orden en que mueren las hojas
de arce en otoño.

xxTú, icuyo icanto enloquece a las sirenas hasta hacer-
las olvidarse de Ulises.

xxDime, ilevitador ide itodas ilas imañanas, levantador
de inubes, i¿dónde iel secreto del alba y de la rosa; por
qué la geometría del vuelo, y el peso del silencio?

xxDime, i¿en iqué ilugar se esconde la fiebre en el mer-
curio?

xx¿En iqué ipunto ilos labios se desprenden del beso, y
la mano olvida la caricia?

xx¿Es esto que vivimos el día, o ha empezado la noche?

 

 

 

Pérez Estrada, Rafael. El ladrón de atardeceres. Barcelona; Ed. Plaza & Janés, 1998.

 

SOBRE LAS PALABRAS, LA LLUVIA Y LAS MAQUINACIONES

 

Frente a la Ley casposa y decadente de la Gravedad, la Ley ascendente de la Poesía.

 

 

 

 

El invento de la palabra pez supuso grandes dificultades. La palabra escama (surgió de inmediato) hizo aún más difícil la captura de aquélla. Alguien, tiempo después, dijo: Mereció la pena tanto esfuerzo. Sin embargo, una muchacha se sonrojó ante las imágenes sugeridas por aquella palabra.

 

 

 

 

Presume Giuliano Ferroni que cuando el primer hombre concibe la palabra, lo hace desde la incomunicación. Sin embargo, llega a pronunciarla, y este hombre es ahora diferente, y es apartado por diferente. Su situación es aún peor que la del sordomudo en una primitiva sociedad de palabras.

 

 

 

 

Al llegar a la casa vi un tigre caminar despacio y luminoso por el salón entre los cristales de Bohemia y las cajas de porcelana Ming: No es un tigre —se apresuró a decirme el mayordomo— ¡No lo mire, es sólo una metáfora, y los ojos de las metáforas contagian falsas emociones poéticas!

 

 

 

 

Nunca escribas estas palabras en una misma línea: tigre y paloma, pues es fácil que la primera devore a la segunda.

 

 

 

 

Él era muy guapo, y ella era muy rica. Él se comió el capital de ella; y ella, la belleza de él, y con este ejemplo, el profesor Evans dio por terminada la conferencia sobre Justicia distributiva.

 

 

 

 

Todas las mañanas le regalaba un ramo de palabras frescas.

 

 

 

 

Era de noche y me encontré al poeta: Estaba tiritando de inédito.

 

 

 

 

Justificativo, me explicaba el moralista perverso: Los terremotos aman a los pobres.

 

 

 

 

Corría un muchacho perseguido por la lluvia.

 

 

 

 

Soy un caballero porque no tengo caballo; si lo tuviera, evidentemente sería el caballo.

 

 

 

 

Comprobé, con gran sorpresa mía, cómo cada vez que pulsaba el interruptor de la luz, el cielo se encendía y apagaba a mi antojo.

 

 

 

 

No puedo ofrecerle carne más fresca que ésta, me dijo el camarero abriéndose la camisa.

 

 

 

 

Supe que era el asesino del mar, porque tenía las manos teñidas de azul.

 

 

 

 

Vivía entre espejos y se sentía acorralada por la luna.

 

 

 

 

En la gran cena sirvieron un solo plato: Chivo expiatorio.

 

 

 

 

El niño prodigio sembraba voces y recogía palabras.

 

 

 

 

Era un bosque de infinitos árboles, y cada árbol tenía un columpio, y en cada columpio un niño muerto esperaba la resurrección de la carne.

 

 

 

 

Me preguntó el muchacho con los ojos llenos de atardecer: ¿Cuando yo muera se parará el mar?

Y preferí no desilusionarlo.

 

 

 

 

Aún consciente de lo odioso de aquel suceso, reunió el hombre a sus hijos: Es necesario —les explicaba— para que todo suceda debidamente, inventar la palabra amor. Y como no le entendieran, avergonzado, Adán les indujo al incesto. De esta locura, las consecuencias fueron: las guerras fraticidas, la veleidad de las esposas, hermanas coronadas como reinas de Egipto; el aburrimiento y la señal de ellos por haber dado, celoso, muerte a su hermano y rival. En los años finales, Adán, ya moribundo, consolaba a Eva: La cosa —murmuraba— no pudo ser de otro modo. Y se estremecía recordando el cuerpo núbil de una hija muy querida.

 

 

 

 

La bella señora surgió repentina, caminando junto a mí con paso intranquilo. Había en sus ojos una mirada nerviosa y desconfiada, como si temiera el poder de una sombra maligna y asesina. Inesperadamente, abriendo su hermoso abrigo de astracán y su blusa de encajes y abalorios, me dijo: ¡Tome, tome!, y, mientras descorría una extraña cremallera de carne rosácea que en su pecho de pétalos ocultaba un corazón diminuto, sacudiéndolo, me lo entregó: Es para usted —decía—, así, si me apuñalan, no moriré del todo y de alguna manera seré suya.
Un tráfago húmedo, una masa apresurada de individuos nos separó de un golpe, y desde entonces ando con un hermoso corazón ajeno en mi bolsillo, que no sé ni cómo ni cuándo habré de devolver.

 

 

 

 

Ven, ven, oí una voz pastosa y sensual llamándome desde el cuarto de baño. Ya allí, entre la caprichosa decoración de la higiene, mirando un espejo oblicuo al inodoro, vi cómo la boca de aquel aparato innoble derramaba gran cantidad de espuma (¡la fontanería!, pensé preocupado), y al poco, ante mí, desnuda y provocadora estaba una Venus perfecta: No es obligatorio nacer de una ola, dijo como quien inicia el tiempo de las complicidades; y añadió de inmediato: Cierra la puerta, el viaje ha sido muy incómodo.

 

 

 

Pérez Estrada, Rafael. Los oficios del sueño. Madrid; Ed. Libertarias, 1992.

 

LOS OFICIOS DEL SUEÑO

Escribe Luis Antonio de Villena en el prólogo de ‘Los oficios del sueño’, libro dedicado a Juan Carlos Mestre: Rafael Pérez Estrada es un clasicista que abarroca; y un barroco que por amor a la rareza, a la magia, a la filigrana, al juego de espejos y lagrimatorios, se vuelve columna y autosemeja transparente. Los libros de Rafael (especialmente los fragmentados, los aforísticos) son cataratas de ingenio, marionetas sicilianas, cosas para el placer del extravagante Príncipe de Palagonia. ¿Cómo clasificarlo? Los expertos le deben un tratado, que sepa —como él— saltarse o amalgamar los géneros literarios.

 

 

Y aquí tienen algunos textos del libro.

 

Nunca pudo peinarse. Su cabellera, pelirroja, ardía como la ilusión recién creada de un pozo de petróleo. Su pelo era una zarza de rojísimo fuego, y ella estaba feliz porque algunos muchachos la trataban respetuosamente, tal si fuera la luz que arde a la memoria de los héroes. Sin embargo, los más osados, que eran también los más hermosos, no dudaban en encender sus rubios cigarrillos en aquella incosolable llama.

 

 

 

 

Tigre del vértigo, llama Tadeo Orsini a un felino que vive en las torres más altas, en las más arrogantes y peligrosas. Su piel transparente sólo puede compararse a la fragilidad de algunos cristales venecianos. Animal de vocación angélica, se le atribuye la facultad del vuelo, que practica tímido cuando nadie lo observa. Solitario, su sueño de compañía tan sólo al ángel le pertenece.

 

 

 

 

En el parque, frente a la despeinada cadencia de un ciprés otoñal, en el rincón donde los gatos tienen sueños de tigres, he visto al ciego mágico: Un inconformista que, con su máquina de fotos, intenta retener las imágenes que nunca conocerá. Lo observo, y lo descubro disparando incesantemente una Kodak. Dispara al norte, al sur, a la rosa de los vientos dispara. Luego, sabiéndose observado, comenta: ¡No veo, no veo, pero todo está aquí!, y al decirlo golpea la cámara con el mismo afecto con que el triunfador olímpico palmea su caballo.

 

 

 

 

Juegan el mago Bai Wangy el Emperador Niño con un espejo de extraño esplendor. Mirándose en él, el monarca descubre su pasado como un inagotable proceso de metamorfosis, como un vivo y emocionante poema. Así, con este entreteimiento, el Emperador nuevamente puede sentirse pájaro, mariposa, libélula, dragón del aire, lluvia, llama, viento, y al fin palabra inexplicable.
xxAl mago Bai Wang se le debe no sólo la deificación del poder, sino la desmemoria de los poderosos.

 

 

 

 

El físico, amante del sentido metafísico de la existencia, y además un iluminado, me explicó confidente: Hay dos clases de gravedad: Una, la de la piedra al caer víctima de su destino corpóreo; otra, la del ave, que al advertir la pesadez del cuerpo renueva el vuelo. Y concluye: Sólo muere la piedra.

 

 

 

 

Morir —me dijo el niño— es permanecer ante un mismo paisaje indiferente.
Fue entonces cuando descubrí a los ángeles ciegos, moledores de luces y brillos, amasando nostalgias y tristezas.

(Inesperado pasó un viejo tranvía. Personas que no había vuelto a ver desde mi infancia lo ocupaban).

Después entró la niña, diminuta y preciosa, con su unicornio de cartón. En la mano llevaba un cazamariposas manchado de sangre. Y lo supe: El barco iba a zarpar.

 

 

 

 

Una exquisita metáfora, cargada de advertencias, trata de explicar cómo la luz del prisma ha de resplandecer para otros y nunca descomponer su fuerza cromática en lo dentro.
El ángel es un prisma, parece decirnos con espíritu plagiario el altivo Cardenal Ernesto Manuel da Silva y Álvares Contreras. Mas en el silencio de esta casa, cuya decoración recuerda la de los abandonados palacetes de amor de Nueva Orleans, se practica la ceremonia de los abrazos prohibidos. Es el lugar de encuentro de cuantos ángeles han olvidado la guarda que tienen confiada y sienten inclinación por otro ángel.
Éstos que ahora descubro se unen en una alcoba de tibias claridades. Sus adjetivos están hechos de oro y apenas tienen dificultad en memorizar cuantas palabras la imaginación compone en infinitas lenguas para llamar las cosas. Sin embargo, nada hallan en su compañero que no estuviera ya en el prisma contenido: inexplicablemente se repiten, se cansan.
En los espejos venecianos, en sus claras orillas, las alas son nubes de incienso y algodón. Decae la tarde, lo original se agota, el desengaño inactiva lo erótico. Es la imperfección del hombre lo que realmente aman,

 

 

 

 

La mañana del 12 de noviembre de 1975 recibí un sobre con el aspecto sospechoso de contener un anónimo. Lo abrí con esa resignación que la curiosidad mezcla a lo desagradable: me había equivocado. En su interior, brillante, como una piedra tallada por el mismísimo Spinoza, una metáfora me aguardaba inocente. Tienen las metáforas la belleza —cuando son auténticas— de ciertas plantas carnívoras, y pueden, de inmediato, cautivar a quienes las reciben. Aquella era de una ley muy pura, y resplandecía como un amanecer en el Mediterráneo. Desde entonces la llevo prendida en el llavero, y la gente la confunde con un amuleto de la suerte.

 

 

 

 

Se alzó tanto el lenguaje entre nosotros que tuve que besarla.

 

 

 

 

Era el asocial, y tras grandes esfuerzos había inventado el lenguaje de la incomunicación. Y tuvo éxito.

 

 

 

 

Hizo de la poesía una mística y una pasión. Se sentía tan uno en la palabra que, como un mártir secreto de la sangre, estaba dispuesto a defender con la vida la pulcritud de sus endecasílabos. A él se debe la idea de una Cruzada Poética, una lucha santa contra la prosa. Un despropósito similar a la cruzada de los niños.

 

 

 

 

A qué escribir para la inmortalidad —me dijo el poeta contable, que era sumamente práctico— si la mortalidad está más cerca.

 

 

 

 

En una tarde socialmente intensa, entre pétalos de rouge y vahos de martinis, el poeta, que es también un prestidigitador, sorprende al auditorio sacando del sombrero de copa tres letras: A. V. E. ¡Vuela! —dice el mago—, y al instante a las letras —ya aves— les nacen alas.

 

 

 

 

Dijo el forense ante la desnudez desamparada del narrador muerto: Se asfixió con una palabra sin sentido.

 

 

 

 

Nunca verás un amanecer tan hermoso como ella.

 

 

 

 

El escritor que deja en el éter sus pensamientos, quizá cometa el pecado de Onán.

 

 

 

 

Conocí en el Círculo de Bellas Artes a una mujer: Era la mensajera del soneto, y nada más verme, como si estuviera a punto de asaltar la Bastilla, me gritó terrible: ¡Abajo la libertad poética!

 

 

 

 

Pienso, luego existo;
y me respondió el objetual:
Los objetos existen,
luego piensan.
Y para redundar en lo dicho
empujé al suelo el jarrón utilizado
de pretexto hasta entonces:
Y sufren —añadí—
en silencio.

 

 

 

 

Haiku:
Ginebra Larios
y una luna de agosto
en el martini.

 

 

 

 

Quiero una rosa ácida —me dijo—. No importa el color. Sólo necesito que sea ácida. Una rosa con sabor a pomelo y olor a ropa limpia. Entonces supe que los inviernos con ella serían interesantes, y que la vejez llegaría llena de vértigos. Y me sentí feliz.

 

 

 

 

Lo bueno, si breve, catastrófico o telegráfico.

 

 

 

 

Dice el moralista acérrimo: Pensar es vicio solitario.

 

 

 

 

Y dijo el tatuador: la letra con sangre entra.

 

 

 

Pérez Estrada, Rafael. Los oficios del sueño. Madrid; Ed. Libertarias, 1992.

 

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