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TRIBUTO A RAFAEL BERRIO

A raíz de una llamada realizada por Tontxu a varios compañeros de oficio, se ha publicado esta versión/homenaje a Rafael Berrio.

A quienes se puede ver y escuchar en el vídeo son Joaquín Calderón, Gabi Exeni, Paco Cifuentes, Marta Plumilla, Andrés Sudón, Patricia Lázaro y el propio Tontxu.

 

 

ADIÓS A RAFAEL BERRIO

Ayer se fue, un cáncer ha impedido que Rafael Berrio siguiera regalándonos más canciones, más joyas, más diamantes en bruto.

En su momento colgué en el blog aquella obra maestra que lleva por título ‘Simulacro’, pero hoy, como despedida de un músico inclasificable, quisiera dejar aquí cinco de las canciones que pertenecen a su disco ‘Paradoja’ (y ya saben, si lo descubren ahora, no dejen de buscar su música y de alucinar con los lugares a los que llegaba musical y letrísticamente).

 

 

 

 

 

 

LA TERTULIA ERRANTE

 

En octubre de 2015, la editorial El Gallo de Oro publicaba ‘La tertulia errante’, un libro con textos, ilustraciones e imágenes de un grupo de autores pertenecientes a distintas disciplinas artísticas, que cuenta con aportaciones de Sergio Acera, Javier Aguirre, Rafael Berrio, Karmelo C. Iribarren, José Luis Cancho, Pablo Casares, Ramón Eder, Diego Matximbarrena, Jon Obeso, José Puerto, Juan Manuel Uría, Emilio Varela y Juan M. Velázquez.

En el prólogo, Juan Manuel Uría escribía: “Desde hace unos años algunos autores (no solamente literatos o poetas, también pintores, filósofos, músicos, creadores, en fin, de diferentes disciplinas artísticas), radicados en San Sebastián o alrededores (si bien Donosti actúa como punto de encuentro), nos hemos reunido, cena mediante, los miércoles de cada semana en lo que tradicionalmente se ha venido llamando, a falta de un nombre mejor, una tertulia. Tertulia básicamente literaria, pero no sólo; porque en ella, como no podía ser de otro modo, se tratan asuntos que van de la poesía al cine, pasando por la pintura, la filosofía o la música. Además, siendo que no nos guía un espíritu sistemático, ni seguimos un orden del día, sino lo que el capricho demande, podemos empezar muy bien con Josep Pla, que nos lleva, por una derivada o una tangente a Nietzsche, que nos lleva de la mano hasta Van Gogh, quien, por un atajo tortuoso, nos lleva a Gil de Biedma, y este último, por otro atajo no menos tortuoso, nos acaba dejando, por ejemplo, y sin solución de continuidad aparente, en medio del surrealismo francés. A salto de tema, en un discurso libre y liberado que conduce la reflexión y el pensamiento un poco por donde quiere, que es buena forma de pensar, creemos.
Todos los miércoles, decíamos; esto es lo que ha permanecido fijo en el tiempo, la constante. No así el lugar de encuentro, que ha ido variando, y que es lo que da su carácter errabundo a la Tertulia (…).
Fue en una de esas tertulias, en ese discurrir serpenteante y algo caótico que decíamos, donde surgió la idea de un libro como memoria material de estos encuentros. Una muestra a modo de antología y que fuera significativa (porque, como suele decirse: son todos los que están pero no todos los que son, o han sido, o serán), y con aportaciones diversas (poemas, ilustraciones, relatos, ensayo, aforismos) como corresponde al carácter heterogéneo de la Tertulia.”

 

Y aquí dejo la colaboración de dos de los autores que aparecen en el libro.

 

 

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RAFAEL BERRIO

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COLEGIO MAYOR

El presente texto es un fragmento de la plaquette inédita «Aventuras e Infortunios de un Cantautor en Gira», que consta de 26 episodios más o menos largos de otros tantos conciertos ofrecidos por el grupo Deriva en la gira española de presentación del álbum Harresilandia, allá entre los años 2005 y 2007. A modo de muestra he seleccionado entre ellos el titulado «Colegio Mayor», en parte por puro capricho y en parte por los buenos recuerdos que me trae la ciudad de Valencia.

Rafael Berrio. Septiembre de 2015.

 

19 de diciembre, 2005.

A las 10 de la mañana me entregan la furgoneta que he alquilado en la plaza de Irún. Es una Jumpy robusta y ciega, que vuela bajo el acelerador y frena con precisión obediente. Nada que ver con la antigualla de mi Express, que está pidiendo el desguace a gritos. Llego al local de ensayo de Larratxo donde ya están Igor y Antonio tinglando bultos. Tenemos sitio de sobra para la carga, pero no tanto para el pasaje: dos únicas plazas muy estrechas junto al conductor hacen que viajemos hombro con hombro, y así a lo largo de los 600 kilómetros que separan San Sebastián de Valencia. A mediodía estamos ya atravesando el periférico donostiarra. Antonio está verdaderamente aterido, pálido, dando tembladeras y excesivamente atento a la ruta. Creo que la angustia le impide el habla. Sin embargo Igor ha amanecido locuaz y jovialísimo. Vaya dos.

xxxLa costumbre familiar, en las ocasiones que visitábamos a mis tías de La Vall d’Uixó, en Castellón, me obliga a hacer un alto en Daroca (provincia de Zaragoza), abandonando la N-330 y tomando la larga calle principal del pueblo. Esta vez no será ni fonda ni mesón: la madre de Antonio, como es ya costumbre en esta gira, ha preparado para el pasaje una tortilla de patata con pimiento verde acompañada de pan blanco, y el café lo tomaremos en un bar cualquiera.

xxxElegimos una plaza amplia y soleada a la salida del pueblo y sobre un poyo de piedra mudéjar montamos nuestro picnic. Dos gatos hambrientos y malencarados nos atormentan con sus maullidos pedigüeños. Con un sentimiento de culpa vamos dando cuenta del refrigerio. Pasa un labriego con un mulo cabizbajo. Una vieja mira entre los visillos. Bonito pueblo, Daroca, y su milagro de los Santos Corporales.

xxxRetomamos el camino ya por los páramos fríos y rojos de Teruel. Pasamos Calamocha que es como Las Vegas, pero los neones aquí anuncian jamón. Recuerdo que una vez papá compró en Calamocha un mechero con la imagen de Franco y la rojigualda para dar la broma a sus amigos del bar Santana, en la calle Río Deba. Viajábamos los dos camino de San Sebastián. Fue seis meses antes de su muerte.

 

xxxCon la oscuridad del atardecer cambia el paisaje. La serranía árida de Castellón aproxima la costa. De pronto todo es mediterráneo, y todo es naranjo, pero en vano, porque ya en Segorbe cae la noche y no vamos a poder ver nada. Hacia las siete de la tarde llegamos al cinturón valenciano. Gran embotellamiento. Son casi las ocho cuando aparcamos junto al Colegio Mayor Lluís Vives, en la Avenida Blasco Ibáñez. Necesito con urgencia un trago de lo fuerte para quitar el polvo del camino y relajar las pupilas.

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xxxEntramos en el Colegio. Es un edificio de tres o cuatro plantas, rodeado de jardines donde se alzan palmeras y ficus gigantes de las Indias, y en la esquina de una avenida amplia y distinguida. Frente a la gran puerta de cristal se encuentra la conserjería. Lo primero que vemos sobre el corcho del tablón de anuncios es un cartel anunciador con una fotografía de Deriva. Buena señal. Veo con alegría que existe un café a la izquierda del hall, con muy buena pinta. Ya el camarero de pelo íntegro y blanco que lo atiende tiene un aire levantino inconfundible, pues hay una fisionomía característica para hombres y mujeres que no se me esconde, pero que tampoco sabría explicar.

xxxRecuento en el café universitario: falta Ione, que ha viajado en avión Hondarribia-Barajas-Valencia y que habrá llegado a media tarde, y falta Josetxo que habrá llegado en Bilmanbús, también hacia las cinco. Mensajes de móvil y citas a la hora de la cena. Cada uno por su lado, los dos andan vagando por la ciudad y no sabrían decir en qué barrio se encuentran. Tenemos el tiempo justo para descargar la furgoneta. Dos graves bedeles nos acompañan hasta la puerta trasera del escenario.

xxxY aquí está: el auditorio es espléndido.

xxxSe trata, al parecer, de una antigua capilla abovedada sobre la que está montado un patio de butacas de terciopelo negro y un alto coro metálico que hoy hace de sala técnica y de proyección. En el brillo del entarimado se duplica la imagen de un rutilante piano de media cola. Los terciopelos negros, la madera y los ladrillos caravista de los muros dulcifican los sonidos de nuestro trasiego de portes. Toda palabra pronunciada a la ligera, cobra en ese ámbito una nobleza y una armonía que impresiona.

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xxxSe presenta a nosotros un hombre algo grueso, de mediana edad, con aspecto de autoridad imponente pero que al punto sus profundos ojos azules desdicen. Es claro que se trata del Director del Colegio Mayor, y dice llamarse Luis Puig. Tras las formalidades, noto en su conversación esa ironía y esa inteligencia que invariablemente poseen los raros sujetos genuinos. Mas tiene prisa y está cansado. Con gusto hubiera pagado esos tragos que invitan a la confidencia.

xxxLos bedeles nos entregan unos curiosos vales para la cena de hoy y los desayunos, comidas y cenas de mañana y pasado. Ione ha llegado justo a tiempo para descubrir, ya todos en comandita, el Magno Refectorium; en vulgar, el comedor self-service del Colegio. (Veo con ansiedad que todos los comensales son jóvenes, hermosos y en su gran mayoría del sexo femenino. Nunca llegamos del todo a aprender como es debido a la renuncia). Afortunadamente veo también aparecer a Vicente Maicas, con esa figura suya algo indolente de joven lord que lo distingue, sonriendo bajo su pelo rubio de reminiscencias pelirrojas. Maicas es, digamos, nuestro valedor, nuestro factótum en Valencia. El hombre de «Alta Tensión Cultural», el que ha hecho este viaje posible. Sentados con él a la mesa nos descubre la página entera que publicó La Cartelera hace tres días, con mi foto a todo color, la entrevista que hice por mail y una separata en el tercio inferior donde se habla de la caída de Criminal Discos. Tengo tal estado de excitación por la cadena de acontecimientos que apenas pruebo bocado de la cena que hay en mi plato. Ione me reprende por ello. Me dice también que se va a la cama. Tiene razón. Debemos descansar para mañana… Les miro a los chicos… no sin antes tomar un último trago por el centro.

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xxxCuatro vascos deambulan por la plaza del Ayuntamiento, perfilada de luces navideñas. Las miradas hacia lo alto, las manos frías en el bolsillo, exhalando vaho de la boca abierta. Han encontrado una cafetería tristona pero aceptable. Bajo el estrépito de una televisión gigante, reunidos en una mesa en perfecta camaradería, se mofan en voz baja de los precios irrisorios de las cañas de Valencia.

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Martes 20 de diciembre, 2005

Hoy es la «noche del fuego» para nosotros, y me despierto ya con esa desazón desde que raya el alba. La mente anticipa con histeria los acontecimientos que aguardan previsiblemente en el tiempo, y se entrega a ello por más que uno sepa que es en vano.

xxxInspecciono mi habitación. La número 10 del Colegio Mayor. Se diría que es la habitación de un hostal de dos estrellas si no lo desmintiera el alto mueble de biblioteca y las amplias mesas con brazos de luz para el estudio. También la colcha sobre la cama tiene un algo de juvenil y femenino. El baño es sencillamente irreprochable (a excepción de lo que muestra el espejo). Por la ventana entra la luz a chorros. Qué tontería que a uno le brinden estos lujos por el simple hecho de componer canciones. Estirando un poco las sábanas a la francesa he recordado el rendez-vous que tengo con Ione a primera hora para desayunar en el refectorium y salir a visitar la Malvarrosa y el mercado de Cabanyal, tal y como nos aconsejó el director Puig.

xxxIone ya está en la mesa con su periódico y su desayuno. Esta mañana hay en su cara de niña una ternura dormilona y algo flipada y dan ganas de besarla en los párpados calientes. No sabemos nada del resto de Deriva… dormirán.

xxxTomando el café advierto en la sección local de El País una reseña sobre el concierto de esta noche. El corazón me da un vuelco.

xxxYa en la calle Ione me guía hasta un tranvía cercano que se dirige a la Malvarrosa. Es curioso que en todas las ocasiones que he venido a Valencia nunca jamás haya pisado los barrios de la marina y es que nadie diría, paseando por el centro, que aquí hay mar. Hacemos un alto en el mercado de Cabanyal y no sé qué es más interesante, si las fisonomías del pueblo o las mercaderías, tan distintas ambas al norte nuestro. Compro unos litchis para Ione. Parece una galantería, pero es que ella nunca los ha probado. Yo me almuerzo un plátano delicioso vagando despreocupadamente por los pasillos del mercado y viendo las pescaderías y los puestos de encurtido, y la mojama, y las mandarinas cortadas con su hoja esmeralda. Queremos continuar hasta la Malvarrosa pero el tiempo empeora y el viento sacude el paseo marítimo. Estamos en diciembre. Los restaurantes y chiringuitos de primera línea de playa tienen las persianas echadas. Somos dos guiris frente a un mediterráneo borrascoso.

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xxxDe regreso, un taxi nos lleva por todo lo largo de la Avenida del Puerto hasta el centro, donde tengo al punto una entrevista de promoción en la cadena SER. Haciendo tiempo hasta la una, en un snack cercano a la calle Juan de Austria, Ione me invita generosamente a un plato de sepia, otro de puntillitas y un vaso de vino blanco de la tierra. Nos despedimos. Ione no quiere saber nada de promociones. Quizá el trato con sus artistas portugueses le haya contagiado la saudade porque la encuentro lánguida. Me pregunto si no tendrá añoranza o mal de amores. Qué sé yo, esta muchacha.

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xxxSubo a la radio. En la sala de espera hay una mujer muy arregladita, sentada con un portafolio y un libro sobre la falda. Inmediatamente anticipo que la conversación será sugestiva. Es la agente de un escritor que está siendo entrevistado en un estudio próximo y se llama Teresa. Me muestra el libro de su representado. Yo le hago promoción de mi concierto para no ser menos. Tiene los ojos azules en dos intensidades distintas concéntricas y una mirada limpia y algo ingenua. A mis bromas su risa surge espontánea como un cascabel. Le regalo un ejemplar de Harresilandia por simpática. Cuando me llaman del estudio me saca un par de fotos con su móvil y promete ir esta noche al recital. No la creo.

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xxxDespués de una interviú inusualmente perspicaz por parte de la guapa locutora Ana Mansergas (entrevista en la que he confundido, tonto de mí, Sevilla por Valencia) salgo de nuevo para la residencia Lluís Vives. Son las dos y media de la tarde. Mi grupo está comiendo una fideuá en el refectorium y me cuentan llenos de euforia que han hecho turismo de lo lindo por el centro. Me siento en otra mesa con Ione, que apenas ha probado bocado y está en la gran babia del pensamiento. Tampoco puedo yo acabar la trucha que he elegido y me obligo con la ensalada. Sueño ya con la sagrada siesta.

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xxxHace ya un rato que anda la parte masculina de Deriva montando los trastos en el escenario. Son las 16,30 h. Josetxo está poseído por el piano de cola. Le prohibo tajantemente que siga tocando el «Let it be» y cosas por el estilo. Quizá para complacerme ataca los compases de «Principiantes» y luego sigue con «Ven a verme en sueños». Le amenazo con vendarle las manos con cinta americana. Igor y Antonio trabajan con su estilo modesto y discreto. Desde lo alto del coro se acerca al escenario el técnico de sonido José Luis Shipley. Nos saludamos. Tiene un pelo ensortijado y bohemio como de haber hecho muchas giras en furgonetas y un rostro noctámbulo de poeta maldito. Por la mirada atenta y comprensiva que tiene, sospecho que es un camarada muy querido de sus camaradas. Aunque no nos conocemos, él ya había sabido de mí cuando masterizó en Valencia el álbum «Planes de fuga» para Criminal Discos.

xxxY hablando de Criminal, recuerdo de pronto que tengo esperando en una butaca al periodista de Radio Klara, Javier Pérez Montes, con el que he quedado para grabar una entrevista. Nos alejamos del auditorio buscando un lugar tranquilo y silencioso. El camarero de la cafetería nos concede el salón vecino, desocupado y a oscuras a esta hora. Javier despliega sus papeles en la mesa y pone a punto la grabadora. No sé si está nervioso o son siempre así de cómicos sus actos. Me habla de la misteriosa desaparición de su amigo Álvaro, el patrón de Criminal, y de lo que él llama con mucha agudeza «presunta abducción» de su persona, y se disculpa ante mí como damnificado que soy, desvinculándose de esa actitud tan incomprensible. Le he contestado que no guardo inquina a Álvaro sino agradecimiento, y que cualquiera que rinda culto al absurdo, como yo lo hago, encontrará muy admirable ese gesto suyo tan chocante de hacerse pasar por invisible. Javier sigue con sus preguntas. Halagado, descubro que en Radio Klara, en el espacio «El club de amigos del crimen», tienen una especie de lista top 10 en la que han sonado mis canciones anteriores y en la que se encuentra ahora «La piel a tiras». Estas cosas demuestran que efectivamente hay alguien al otro lado, y que por muy arrinconada que esté tu obra, existe siempre un plus ultra.

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xxxJavier pone fin a la entrevista y nos dirigimos de nuevo al auditorio. La prueba general de sonido estará a punto de empezar. Tras el primer ensayo de canción, Ione me anuncia que su amplificador se entrecorta. Baja Shipley. Juntos hacemos un corro de las patatas observando el trasto. Proseguimos con la prueba y esta vez el ampli se desgracia del todo. Por primera vez en la gira ocurre tal cosa. Me golpea la sangre en las sienes. Baja de nuevo Shipley, el próvido Shipley, diligente y efectivo: debemos cambiar a última hora la configuración del grupo y utilizar el amplificador de Josetxo, que no protesta, hechizado como está con su piano de cola. Por lo demás todo está en marcha. He dado instrucciones a un bedel con aspecto de poste de la luz para que ponga en el proyector de cine el videoclip «Algo delicado y difícil», y durante el concierto las psicodelias que realizó Cruz Larrañeta para Harresilandia. Decido por último tocar con mi Hofner y dejar la Teisco de reserva. En el patio de butacas está Vicente Maicas y Leonor, más algunas personas de Alta Tensión Cultural, como Jorge Llabrés y otros que no distingo. Shipley sube y baja atareado la larga escalera espiral que comunica con el control y la mesa mezcladora en un sinfín de viajes. Pero tenemos que prepararnos y debo cambiar en el camerino mi recia camisa de cuadros por la seda negra de los cantantes. Debo arengar a mi banda mientras bebo maniáticamente los sorbos últimos del scotch que he pedido a Maicas. Aspirando ansiosamente el duro cigarro puro caliqueño que he comprado en un estanco de Valencia, debo ocuparme de los detalles finales del repertorio (del set list, como dicen los cursis) y no olvidarme de arropar a Ione, aunque no le hace falta porque es artista más valiente que cualquiera de nosotros.

xxxLas ocho y diez. El corazón da un violento vuelco.

xxxParece que hay poca gente. Quizá más tarde se anime la sala. Ocho y cuarto; suena el vals de Shostakovitch que preludia todos los conciertos. Me siento como una falla a punto de ser prendida.

 

 

 

 

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RAMÓN EDER

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AFORISMOS DEL KURSAAL

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Mala memoria es la que recuerda lo que habría que olvidar.

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Si nos alejamos mucho de una tentación caemos en la siguiente.

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Las amistades nocturnas parecen sólidas, pero suelen ser líquidas.

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La inteligencia, a partir de cierto grado, se vuelve inevitablemente humorística.

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Los mejores aforismos son los que empiezan cuando terminan.

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El fin justifica los miedos.

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Los gatos son tigres que han renunciado a su peligroso tamaño.

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A los tímidos no les queda más remedio que ir de audacia en audacia.

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Muchos novelistas son poetas que quieren llegar a fin de mes.

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Nadie olvida la frase con la que fue expulsado del Paraíso.

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A veces el espejo nos echa un sermón.

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Hay que ser magnánimo en la victoria, y hasta en la derrota.

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El que se duerme en los laureles se despierta en un campo de minas.

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Si no te mueres, van saliendo las cosas.

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El negro es el color de los ambiciosos.

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Algunos dan la mano como si quisieran tomarte el pulso.

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El pasado es imprevisible, cambia constantemente en nuestra memoria.

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Los cantos de victoria son siempre prematuros.

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Acariciar purifica las manos.

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Las vacas sagradas de la literatura, de vez en cuando, mugen.

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Hay gente que nunca sabe el color de los ojos de sus amigos.

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Se asomaba al abismo y tomaba notas.

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Le acusaban de que no se mojaba y estaba con el agua al cuello.

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Algunos versos son tan malos que resultan inolvidables.

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Cometemos siempre los mismos errores, lo cual nos da una especie de extraña coherencia.

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Le iba todo bien, excepto lo importante.

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Nadie es más profundo que su propio abismo.

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Abrió un paréntesis en su vida y se olvidó de cerrarlo.

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Las mujeres muy bellas crean a su alrededor un sentimiento de irrealidad.

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Cuando vamos de viaje hay que llevar por lo menos dos libros: uno muy bueno y otro por si no nos apetece leer el muy bueno.

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Algunos asuntos nos salen bien precisamente porque alguien no ha cumplido con exactitud nuestras instrucciones.

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En sueños nadie es monógamo.

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Regalando libros mejoró su biblioteca.

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Leer ciertos libros mejora nuestra biografía.

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La belleza introduce lo fantástico en la vida cotidiana.

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En las fotografías no salimos como somos, pero somos como salimos.

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Hay que tener muy buena vista para ver la botella medio llena cuando está medio vacía.

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Una de esas noches en las que nos dan ganas de irnos de casa de puntillas.

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Todos tenemos la vaga sensación de haber estado en el Titanic.

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Nuestras pasiones son grandes actrices.

 

 

 

VV. AA. La tertulia errante. Bilbao; Ediciones El Gallo de Oro, 2015.

 

SATURNO Y LAS PEQUEÑAS COSAS

Rafael Berrio

 

El domingo seguí buscando información de Rafael Berrio y descubrí su último disco, publicado el año pasado bajo el título de ‘Diarios’. Y del disco se me han clavado en la primera escucha dos temas que dejo aquí por si quisieran disfrutarlos.

 

 

SATURNO

Tristes. Estamos tristes, Saturno.
Porque en nombre de los galenos
nos has negado el vino.
El vino que acostumbramos.
La pausa en el suplicio.
El único respiro.
El vino del olvido…

El vino de los amantes que lo beben frente a frente.
El vino de los soldados que los torna valientes.
El ángelus campesino y el santo vino obrero.
El vino del pueblo austero.

El vino de los marcados por el vino de por vida.
El vino de los sin techo que los mece y los abriga.
El vino de los altares y el vino del rito profano.
El vino del buen samaritano.

El vino del infeliz que lo franquea ante su amada.
El vino del estudiante que lo vomita de madrugada.
El vino que invoca la musa y el que trae la mala idea.
El vino bronco de la pelea.

El vino del exiliado por el que cobra su terruño.
El vino del joven poeta que lo dispensa del ayuno.
El vino del palacio y el corriente de la casa.
El ansia de vino que nos abrasa.

El vino de los entierros tras el caer de la losa.
El vino amargo del duelo, de la ausencia en cada cosa.
El vino reminiscente y el vino del olvido.
El vino que nos duerme compasivo.

El vino de los amigos que lo brindan por su encuentro.
El vino del solitario que lo rumia en sus adentros.
El vino de los grandes fastos y el vinazo de la plebe.
El vino y que la tierra nos sea leve.

El vino del gran mundo y los salones exclusivos.
El vino de las meriendas campestres bajo los pinos.
El vino de las fondas del camino y las posadas…
Adiós a todo eso, camaradas.
Adiós a todo eso, camaradas.

Tristes. Estamos tristes, Saturno.
Porque en nombre de los galenos
nos has negado el vino.
El vino que acostumbramos.
La pausa en el suplicio.
El único respiro.
El vino del olvido…

 

 

 

 

LAS PEQUEÑAS COSAS

No encuentro la felicidad en las pequeñas cosas.
Las pequeñas cosas de la vida no me bastan.
No me basta con el que dicen su encanto inefable,
aquel que tanta poesía en nombre suyo causa.

Una velada amena, pongamos por ejemplo;
ese goce humilde de las pequeñas cosas;
ese goce humilde no me satisface,
ni me basta, digamos, el temblor de una rosa.

Y sé que voy a estar insatisfecho eternamente.
Sé que voy a ser infeliz toda mi vida.
Porque es verdad que el hombre sabio en ello se deleita,
y yo mismo sé que en ello reside la armonía.

Pero este corazón mío es un pozo sin fondo.
Y me digo que algo habrá más allá de estas minucias
de las que acaso solo gocen quienes, dignos del Olimpo,
se basten para sí con las mieles más insulsas.

Ah… las pequeñas cosas.
Oh… su encanto inefable.
Ese goce humilde de las pequeñas cosas,
esa dicha angélica, esas pálidas rosas:
No me satisfacen.
No me son suficientes.
De ningún modo me basta el encanto indolente
a mi modo de ver.
No encuentro la felicidad, francamente,
en las pequeñas cosas…
de la vida.

Muy al contrario a mí se me hace necesaria otra medida,
y no es posible verme sonreir por menos de ella.
Los éxtasis de la vida ―que nunca he alcanzado―,
o cuanto pueda de sublime tener la existencia.

Cómo no aspirar entonces a poseer la gracia
de arder en un altar de pasiones delirantes
cuyo bárbaro clímax no conozca decaimiento.
¿No es acaso esto lo humanamente deseable?

¿O puede acaso compararse un amor heróico
con tal vez veinte años de muermo ininterrumpido?
¿Puede acaso compararse el lustre de la gloria
con estas aguas turbias que somos del olvido?

Así pues cállense todos los poetas lelos,
y todos los panegiristas de las pequeñas cosas,
porque esta perra insatisfacción del alma no se aplaca
como ellos pretenden con cuatro bicocas.

Ah… las pequeñas cosas.
Oh… su encanto inefable.
Ese goce humilde de las pequeñas cosas,
esa dicha angélica, esas pálidas rosas:
No me satisfacen.
No me son suficientes.
De ningún modo me basta el encanto indolente
a mi modo de ver.
No encuentro la felicidad, francamente,
en las pequeñas cosas…
de la vida.

 

SIMULACRO

Rafael Berrio

 

El sábado, después del concierto de Alberto Alcalá en ‘La Azotea’, me regalaron una copia de un disco que quería escuchar tranquilo desde hace unos cuantos meses; el disco es ‘1971‘ de Rafael Berrio (un disco que salió hace ya tres años). Y en la primera escucha uno se queda enganchado con ‘Simulacro‘, la cuarta canción del disco, que suena tal que así

 

 

SIMULACRO

Temo haber vivido mi vida como si ello fuera un simulacro.
Como si yo tuviera el don de vivir por mí dos veces.
De haber dejado a un lado la que importa en prenda de una vez futura,
y haber malgastado en borradores la presente.

De no saber que la vida sucede a medida que sucede,
y que no hay una vida en serio y otra vida de licencia.
Que cada ensayo, cada error, en suma, forman
las constantes y variables del álgebra de la existencia.

Y en esa ecuación que es cosa resuelta estamos.
Esbozada débilmente en el margen de un folio en blanco.
Siento no haber sido tan audaz de un trazo algo más firme.
De haber perdido un tiempo de oro en pruebas y en ensayos.

Y ahora es tarde,
algo tarde.
Pues temo ir ya malherido.
Temo haberme consumido
como si yo
tuviera el don
de vivir dos veces.

Temo haber vivido mi vida como si ello fuera un simulacro.
Y he sido un mal actor confiando en la noche del estreno.
Pero qué vida será la que prolongue o dé segundas funciones,
si en ella todo es rol improvisado y relleno.

Temo haberme pasado la vida reuniendo el valor que me falta,
y declarando intenciones solemnes frente a un espejo.
Dejando las cosas para una mejor ocasión que no llega.
En el fondo he estado siempre en babia y con la mente muy lejos.

Temo haber vivido mi vida como si ello fuera un simulacro.
Como si yo tuviera el don de vivir por mí dos veces.
De haber dejado a un lado la que importa en prenda de una vez futura,
y haber malgastado en borradores la presente.

 

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