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MÚSICA PARA ASCENSORES

 

Seguimos hoy con José Daniel Espejo, con su tercer libro, el impresionante ‘Música para ascensores‘. De este libro escribió Ainhoa Sáenz de Zaitegui en marzo de 2008:

“La mañana es hermosa y en la casa en calma / suena la voz de Nina Persson”, nos informa José Daniel Espejo. Y la voz de The Cardigans suena a todos los estados emocionales humanamente posibles, aunque modula como nadie los contradictorios tonos de la melancolía agresiva. Como José Daniel Espejo, precisamente.

Todos tenemos nuestro Año Cero. El de Espejo es 1975. La suya -la nuestra- es una generación culta de nacimiento, sobrecualificada para cualquier ocupación -excepto la de vivir-, arrollada por el convoy Warhol: Beckett y Regreso al futuro, Derrida y revistas de moda, Beethoven y rock’n’roll. Plenamente conscientes de nuestras cumbres y abismos: “Por supuesto que no soy ya más sabio / ni valgo para nada. […] Escribir música. / Aunque luego esa música me trague” (“Treinta y uno”). Hipereducados, hiperestimulados, hipervacíos.

NADA. He ahí el hardware de Música para ascensores. Ella sostiene en vilo nuestra existencia, explica nuestro pánico a morir, encarna el mal en estado puro: “Yo que tanto sabía, sobre el papel, de la Nada / no sabía que la Nada consistía en despertarse / un lunes a las dos con la cama empapada / y que aquello fuera sangre, y que la sangre viniera / del útero de Charo embarazada de tres meses / de mi pequeño, mi amado, mi precioso hijo Miguel” (“Miguelito Battles the Pink Robots”). Una Nada que se disfraza de Todo como maniobra de distracción: “Y dándote / la espalda dicta leyes, propaga ideas, / enciende el pecho de los soldados, / mata continentes de hambre, y te inspira / a ti el deseo de un Audi. Rojo, / con los asientos de piel. / Y de quién / era esa piel” (7). El consumismo, ese respirador artificial que mantiene rojos nuestros números y muertos nuestros cerebros. Y la poesía, que desconecta la máquina y nos devuelve a nosotros mismos: “A la derecha, con setenta / y muchos kilos de peso, 1’86 de altura, / el Poeta Espejo, el eterno aspirante, / […]. A la izquierda / (y por encima, y por debajo, y todo alrededor), / sin peso conocido y sin altura, / el vigente campeón, […] / El Vacío” (1). Bastian Baltasar Bux reanuda su batalla contra la Nada omnívora. Por algo Ende lo tituló La historia interminable. En 1979, por cierto.

Este guerrero postmoderno es poeta, y es épico: “aunque perdí la pelea yo organicé la pelea / y cinco minutos enteros detuve el Sistema. Después / el Sistema pasó por encima de mí, pero queda / esta historia, palabras” (33). Su epopeya no canta victorias, sino mitos en proceso de descomposición. No le interesa el teórico, ni el crítico, ni siquiera el lector. Sólo el poema: el arma. El campo de batalla. La derrota necesaria: “El mundo se hunde, pero todas / las semanas le añado un poema / o dos mientras pienso en El Bosco / y en Lawrence Ferlinghetti. Y floto, / y el barco está hecho de huesos, / y las palabras pesan” (“Sixpack”).

En Música para ascensores, Espejo recurre a las palabras más sencillas, a cajas de ritmos elementales, a una máscara lírica sin egotismo ni delirios de grandeza, para pulir poemas como piedras preciosas.”

 

Y no hay nada más que añadir, excepto un par de poemas del libro (por cierto, pueden leerlo casi completo aquí):

 

7

Un enemigo tal vez y en todo caso
un enemigo de dos dimensiones,
pegado al suelo y a las paredes, o al cielo,
o a la infinita superficie del océano,
imposible de voltear. Y dándote
la espalda dicta leyes, propaga ideas,
enciende el pecho de los soldados,
mata continentes de hambre, y te inspira
a ti el deseo de un Audi. Rojo,
con los asientos de piel. y de quién
era esa piel.

 

 

 

 

LOS GRANDES TIBURONES

Nosotros que quisimos entregarnos
a la Teoría de la Literatura, recorrer
el prodigioso siglo XX en las obras tenaces
de formalistas, marxistas, o deconstructivistas,
etcétera, etcétera henos aquí
rodeados de tiburones. Mira, fíjate,
una metáfora, dice alguien. Pero qué va:
los tiburones son reales.

 

 

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