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CONSTANTINO MOLINA MONTEAGUDO

marzo 17, 2015 2 comentarios

Las ramas del azar

 

Al tipo del que hablo en el título del post de hoy lo conocí hace unos años, en Albacete, en la primera edición del festival ‘Fractal‘.

No hace falta que les explique porqué surgió una química maravillosa entre los dos la primera vez que nos vimos, lo único que necesitan saber es porqué lo he traído hoy al blog. Pues está aquí porque ya está en la calle el libro con el que se alzó con el premio Adonáis en su 68ª edición.

Aquí tienen unas palabras que le dirigía Andrés García Cerdán desde su blog.

Y aquí tienen algunos poemas del libro.

 

 

CANCIÓN DEL MUNDO

Si alguna vez callásemos
como callan los árboles, las nubes
y las piedras, podrían escucharse
los árboles, las nubes y las piedras.

También en estas cosas se escucha una canción.
Y desde su silencio nos invitan
a creer en la voz que sin verbo habla.

Así,
mientras alguien fabula estrategias que calmen
su incertidumbre,
un lúgano le canta a la mañana
y el cielo le regala los colores del bosque.

Mientras alguien disfraza con plegarias su miedo,
un milano dibuja su vuelo entre las nubes
y esparce libertad.

Y mientras alguien busca con palabras
la respuesta que salve su alegría,
la primavera llega, tan callada,
y expande los secretos de la dicha.
El mundo nos entona su canción.

Una canción en blanco,
sin dictado ni acorde, sin ciencia ni conciencia,
que de la nada viene y en todo se refleja.

Basta callar, dejar cantar al mundo
y oír su voz fugaz para entenderlo.

 

 

 

 

EL CORAZÓN DEL MÁRMOL

xxxxxxxxxxxxxxxxxEl rapto de Proserpina, G. Bernini

Este trozo de mármol que ahora observo
descansaba en el sueño soterrado
de unas colina próximas a Roma.

Ya entonces, muchos siglos
antes de que naciera su escultor,
en la entraña del monte,
Plutón y Proserpina se enzarzaban
en su lucha insistente.

Las manos de su autor
no eran de carne y hueso todavía,
y el corazón del mármol ya tomaba
la forma de los cuerpos.
Ya los dedos se hincaban en el muslo
y ondulaba el cabello en movimiento.

Fue al pasar cientos de años
cuando alguien acabó por escuchar
el corazón del mármol:
allí donde la piedra se hace carne
y, al contrario, la carne se hace piedra.

Y fue entonces así
que un pequeño cincel siguió el dictado
latente de la roca,
que vieron luz los miembros y los gestos
ya para siempre eternos de aquel mito
y que el pulso dinámico del tiempo,
mientras todo seguía siendo bello y cruel,
se llevaba de nuevo las manos de Bernini
hacia el polvo infinito de la nada.

 

 

 

 

ELOGIO DEL LLANO

En el mismo lugar
de asombro y luz
en el que hombre y creencia fundan mitos,
ajeno a la conquista de las formas
y al vértigo de cumbre,
va atravesando el aire
el espacio lineal de la llanura.

Un abierto vacío,
repleto de candores sin mesura,
donde el viento persigue
esquinas que lo nombren
y no encuentra ni sombras.
Donde el ave no busca su guarida
ni el árbol es capaz de ahondar raíz.

Es la tierra del vértigo lineal.

Rasura sin descanso
y ancha continuidad en extensión
que dan camino y sed al extranjero.

 

 

 

 

RESPIRACIÓN

Respirar como el ritmo
respira en un poema.

Percibiendo el compás
de los pulmones.

Ajustando latidos con oxígeno.

Tomar conciencia de ello
para dejar, después, que sea el aire
quien te marque su ritmo,
quien dibuje el poema de este día.
Dejando que la paz
descubra un verso nuevo.

 

 

 

 

LA CONDICIÓN DEL VUELO

Es a mediana altura donde el vuelo
toma su condición correspondida.

Allí donde las alas toman forma,
ejerciendo su alzado menester
y asentando su sombra sobre la tierra firme.

Jamás la brusca altura y lo extremado
fueron los territorios para el vuelo.

Allí donde las alas
dejan de proyectar
su sombra entre los montes y las aguas
comienza su extravío.

 

 

 

 

OPIO

Diluida en la sangre
navega ebria la flor de la amapola.
Esparce su simiente
y ralentiza el curso de la vida.

Cayendo a plomo
el plomo sobre el párpado.

Llevando a un ritmo lento
la danza de las horas.
Cerrando el pensamiento al torbellino
del pensar y pensar.

Diluida en la sangre,
cayendo a plomo,
navega ebria la flor de la amapola.

 

 

 

 

DE LA SERVIDUMBRE

El pájaro doméstico,
en su pequeña celda,
nunca conocerá temblor de rama
que sostenga el encanto de su trino.

Canta,
tan orgulloso como acostumbrado,
la villanía
de renombrar su servidumbre.

 

 

 

 

POSESIÓN DE LA NADA

Porque una vez pisó un hombre la luna
llegamos a pensar en el dominio
del cielo y de los astros que lo siembran.

Hoy es aquella huella el testimonio
de la única verdad que el cielo clama:

Dejad al universo formar parte
de aquél que no se adueña de las cosas
y, sin embargo, sabe hacerlas suyas.

Mirad las altas nubes pasajeras,
la llama de los astros en la noche,
la oscuridad eterna que los viste
y el relumbre incendiado que da el sol.

Observad lo que a nadie pertenece,
y que todo se ofrezca sin mesura
a los que nada pueden ya perder,
a los que alzan al cielo su mirada
y saben encontrarse con la vida.

 

 

 

 

ESTALACTITAS

Guardaba en un pequeño macetero
varias estalactitas
que hace ya mucho tiempo
alguien me regaló.

Hoy, al verlas de nuevo en su rincón,
lejanas de la gruta
en la que se formaron,
quebradas de su origen
y entre objetos banales,
las he sentido como un trasto más:
solamente unas piedras
que para nada
mantienen su belleza e interés.

Por no arrojarlas
al cubo de basura
las he enterrado
en el jardín.
Ya sabemos que lo único
que es verdadero consta de una parte.
Que cuando algo se rompe
y pierde su unidad
deja de ser aquello que antes fue.

 

 

 

 

CORRESPONDENCIAS CON UN FRAILE

xxxxxxxxxxxxxConvento de los Carmelitas Descalzos, Úbeda

xxxxxI

Mientras llueve en la calle
aquí dentro reposa, entre los muros,
una calma siniestra.
Me muevo entre pintura y oropeles,
entre cruces y tallas de madera
hasta dar con la celda de aquel fraile
patrón de los poetas de esta tierra.
Aquí murió y aquí se puede ver
la reliquia funesta de su brazo.
El brazo de aquel hombre
un tanto acomplejado en juventud.
Neurótico y distante.
Por completo entregado al intelecto
y tierno con los suyos.
Aquel que, como tantos, despreció
los placeres del cuerpo y de la carne
creyendo así encontrar
una más alta vida en su martirio.
Esperando hallar vida
donde la vida misma se nos niega.
Sin embargo, algo suena en su cantar.
Algo se oye en sus versos
con un eco de ardiente vitalismo
que me hace pronunciar, en su misterio,
la belleza indecible de su Cántico.

 

xxxxxII

Fuera ya del convento
ha cesado la lluvia.
Es marzo y me acompaña
una mujer hermosa.
Estrecho su cintura con mis brazos
y, con una sincera devoción,
le doy gracias al cielo
por no buscar amor
donde un fraile encontró
el espejismo lírico y verbal
de un pretendido encuentro
con su imposible amada.

 

 

 

Molina Monteagudo, Constantino. Las ramas del azar. Madrid; Ed. Rialp, 2015.

 

ANTONIO AGUILAR

Si siguieran mirando mi biblioteca particular, justo después de la pequeña joya de José Luis Abraham López de la que les hablaba en mi último post, encontrarían varios libros de Antonio Aguilar, el poeta y escritor murciano autor de títulos como ‘El amor y los días‘ (Accésit del Premio de Poesía García Lorca de la Universidad de Granada en 1997), ‘El otoño encarnado de Ives de la Roca‘ (ERM, Premio Antonio Oliver Belmás 1997), ‘Allí donde no estuve‘ (Accésit del Premio Adonais 2003),  ‘Pequeña caja de tormentas‘ (Plaquette publicada por Tres Fronteras ediciones en 2009) o ‘Dame tus manos‘ (libro publicado conjuntamente con César Cerón, con textos de Antonio e imágenes de César). Yo prefiero callar en este instante y que sea el propio Antonio Aguilar el que hable a través de sus poemas…

 

IN MEMORIAM

xxxxxxxxxxxxxxxA Ives de la Roca

Tú me decías que la soledad
era esto: todo el tiempo de la vida,
y nada para hacer con ella.

 

 

 

TIEMPOS MEJORES

 

Coge, niña, las rosas.

La mañana es propicia,
y pronto será tarde.

Coge esa gracias de la edad
como un regalo que tú me haces
y que yo acepto.

Coge las rosas,
y dejaré la pluma
sobre estas líneas
para tiempos peores.

 

 

 

VIAJE AL SUR

xxxxxxxxxxxxxMezcla con tu prudencia un poco de locura.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxHoracio

Mezcla con tu prudencia
un poco de locura,
coge ese coche viejo y elegíaco
y pon rumbo a otra tierra
donde la noche austral
seduzca a tu nostalgia,
y que el poema de Kavafis,
no La ciudad, sino Ítaca,
sea tu compañero.

Olvida por un tiempo
toda delectación en la derrota.
Vive el día y acepta
los dones de la noche,
sé generoso entonces
con el placer, no pongas
trabas a la emoción,
ni midas tus desmanes.

Tiempo tendrás más tarde,
cuando la vida sea
un poso de prudencia
y la locura algo imposible,
de sentarte a excribir
de cuanto día y noche te ofrecieron.

 

 

 

CANCIÓN PARA LOS DÍAS DE TORMENTA

 

Duermen los libros en la estantería.
Un silencio de vértigo apagado
los rodea, les da las letras grises
de un porvenir sin música y sin pistas
de baile, con la orquesta demudada,
como los coches que dormitan viejos
y abandonados por las calles lentas,
hexámetros de la modernidad
que lloran bajo el peso de los árboles.

Con sus alturas desiguales, bajos
unos, otros esquivos al volumen,
de un macilento extraño como el sueño
del poeta que traza unas palabras
que ahora guardan un silencio huérfano.
Son el perfil de una babel extinta,
de una fruta sabrosa que perdió
la sazón, que perdió su pulpa amarga
en un dulzón jarabe de instantáneas
que se solapan con la cara de otro
a quien nadie recuerda ya de nada.
Un skyline de polvo sin ocaso.

Ese monstruo o ese olvido. La premura
del tiempo por volver espurias cosas
que creímos eternas. El dolor,
las formas que deforma el abandono,
los nombres, las palabras, los poemas,
que de memoria has olvidado, todo
eso y nada, la voz de otra memoria,
unas ondas concéntricas sin piedra,
una piedra sin voluntad, la mano
que se escinde del cuerpo, que dormita
sobre las tapas negras de difuntos.

 

 

 

Son un telar,
y un arpa,

cada línea su música
y su tejido.

Enhebrar música,
también cantar
silencio

para que no despiertes,
para que sigas a mi lado.

 

 

 

Ahora, si les apetece, pueden pasarse por cualquiera de los dos blogs que mantiene abiertos Antonio: éste y éste.

 

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