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CON LA CAL EN LOS DEDOS. ANTOLOGÍA (1982-2010)

noviembre 16, 2020 Deja un comentario

 

Y es verdad que el vacío
pesa en el alma como el ruido incesante de los escarabajos;
es verdad que no creo
en la promesa inútil de infinito
que mi sangre proyecta
lejos del accidente de mi cuerpo vencido.
Es verdad que los años tienen garras y aristas
que socavan mi piel, estrella para nunca.
Y no hay un despertar de los sentidos,
ni un amor embustero,
ni el olor recobrado de jardines sin mármol
que me salve del roce
cruel de aquella edad insobornable.

 

 

 

 

Sé que no debo
esperar la sonrisa de la vida encerrada
entre cuatro paredes de sucios sinsabores.
Que el camino se talla en la distancia
de un fracaso a un fracaso,
en la entrega insensata, en cada vencimiento.
Sé que cuando anochece
la luz de las estrellas multiplica el instante
y los ojos reflejan
derrotas de metal, túneles de caricias,
y no hay música gris poniendo un fondo intenso
que llene las muñecas del pulso de la sangre.
Saber no es suficiente,
hace falta la savia,
la voz del corazón descubriendo certezas,
arrancándole al trote persistente del tiempo
el beso resignado, la palabra admitida,
el nuevo resplandor del amor convocado.

 

 

 

 

Probablemente
no me muero por ti (ya sé que es una hipérbole),
pero no hay duda
de que el día se ofrece con un gesto distinto
cuando tú pasas cerca.

 

 

 

 

Sentada en la oscuridad con los ojos abiertos,
los ojos desnudos muy abiertos. Viendo sin ver,
viendo pasar el tiempo que no cesa.
Oscura la mirada. Oscuro el sentimiento
de los ojos absurdos, dilatados,
viendo sin ver las horas por mi cuerpo
lo irreal
lo distinto.

 

 

 

 

MUNDOS DISUELTOS

xxxxxI

Si me creí elegida por alguien
—no sé quién—.
Si me creí distinta
a la que cada día empuñaba la vida y la vivía a sorbos
o a bocanadas grandes de ansiedad;
si una vez fui otra cosa
que esta sonrisa esquiva que aguza la intención
y emplea las palabras como flechas,
y padece la herida sin alterar el gesto.
Si acaso he sido joven, tuve fe, sentí miedo
de luchar y luché con todas mis preguntas,
es tarde para todo. Lo que pasó —cenizas
de un futuro irreal que nadie ha conocido—
no volverá a pasar: siempre es agua distinta
la que renueva el mar y da forma a las nubes.
Lo que no sucedió se ha quedado en el limbo
donde se pudren las oportunidades
que el azar descuidó.
Y a esto llamamos vida
y este afán nos extingue.

 

 

xxxxxII

Ahora que aquí, varada
en un atardecer que apaga los racimos
del día y sus promesas muertas,
presiento que la vida no guarda para mí
aquellos fugitivos destellos de pasión.
Ahora que
desnuda,
con los ojos desnudos también y el pensamiento,
me adelanto a mirar lo que el mañana esconde
detrás de su disfraz.
Ahora, sí,
cuando ya boca arriba
se han mostrado las cartas, las marcadas
etapas por jugar que me entregó el destino,
mis pies no me responden
—torpes radiografías de voluntad—,
no hay paso hacia adelante que pueda consumar, no hay retroceso limpio,
todo comprometido,
toda vida vivida, agotada,
sorbido el dulce zumo que en la copa
de renuncia y olvidos
manó del interior de dos mundos disueltos.

 

 

 

 

Si supieras que a veces
me cuesta respirar, garganta a la deriva
remontando el abismo líquido de las aguas.
Si supieras
del ansia de no hundirse,
la lucha permanente del cuerpo braceando
por mantener el ritmo de la respiración,
por desoír la dulce llamada de lo oscuro
—sirenas escondidas acechando mi sangre,
conduciendo hasta el fondo la lava de mis venas,
afilando en mis ojos su maraña
de líquenes y erizos—,
si supieras…
El peso del cuerpo oprime los pulmones,
el roce de la vida araña hasta la encía,
el goteo del alma desangra todo empuje,
todo sueño gastado,
toda alba de futuro presentida.
Ay, si supieras
que vivo a flor de agua y no sé cómo,
y ya no sé nadar
ni mantenerme.

 

 

 

 

CUALQUIERA TIEMPO PASADO

Hay momentos —la vida es un mosaico
de días y momentos—
en que no hay marcha atrás:
posar el pie supone adelantar el gesto,
seguir trazando senda, saltar en equilibrio
de una tesela a otra, cumplir años, ser tiempo
que se escapa en arena de los dedos cerrados.
Hay momentos en que todo es fluir
sin conciencia
y otros en que el sol pesa sobre la frente, abruma
con su vejez ardiente de planeta.
Abajo
donde nos agitamos, bullimos, somos vida
de criaturas atroces («¡creced, multiplicaos!»),
sufre nuestra estatura forzada al ras, al suelo,
porque alguien, niño o dios, nos arrancó las alas
jugando en una tarde de verano infinita.

 

 

 

 

DA DOLOR

Quisiera no creer que todo pasa
y todo deja herida.
Quisiera que mis ojos conservaran la lumbre
azul de la quimera, la sed de su esperanza inagotable.
Que mis brazos no crucen el gesto de defensa,
tan solo el del abrazo descuidado.
Y quisiera que nunca
el mar creciera hasta anegar el campo,
que el campo nunca fuera nuestra ilusión mermada.
Pero ¿quién ha elegido por mí la vida mía?
¿Quién decide en su fábrica lo que el cuerpo responde?
Huida, siempre huida, atrás o hacia adelante,
buscar eternamente el movimiento,
el que impide que eche el árbol raíces
y un hombre hable de tierra
donde se afianza el pie y se concibe el hijo.
Siempre de paso y lejos. Sin elección. Destino.
Siempre solo y de otros. Sin arraigo. Destino.

 

 

 

 

LA CENIZA

Del alma devastada
no surge ya la llama. Es la ceniza.

 

 

 

 

SOPLO DE EDAD

Es tan tenue la vida,
tan torpe el argumento con que atrapar deseamos
sin cesar su naufragio,
tan inútil la búsqueda de un grial prodigioso,
de un sueño construido con hilachas de viento,
que arden incombustibles nuestros días,
creemos
que lo fugaz es siempre y el presente contraste,
y caen hojas-gacela y arden bosques,
se eclipsan los paisajes que crearon
nuestros sueños de infancia,
los astros envejecen
a su pesar.

 

 

 

 

LA NADA AUSENTE

Si me arrancas los ojos
vivir bajo el volcán será condena
que tendré que cumplir.
Buscar del laberinto la salida,
saberme sed de todos mis naufragios,
hablar desde la herida
luminosa, desde la nada ausente,
desde el beso cortado.
Recobrar la palabra.

 

 

 

 

LA FIEBRE

La mujer que se esconde
detrás de estas palabras como el fruto
del almendro o la promesa tierna que eriza los castaños
no tiene ya otra voz
que este oficio insensato de decirse.
La mujer que guardaba
tras velo y celosía
todo el sol del verano
y granaba las mieses de su jardín secreto
sin ofrecer el pan, sin calmar los afanes
de los que peregrinan en busca de otra sed
y agua para abrevarla y palabras de arena.
Esa vibra e irrumpe
sin más garganta y aire que este oficio
que bautiza la niebla y le da forma
y nombra lo que es.

 

 

 

 

TRABAJOS FORZADOS

Y cada amanecer
alguien que no soy yo se incorpora en la cama
y sujeta la cuerda con la que arrastra el día
su torpe circular de azar y horas.
Cansinamente, obligatoriamente,
tirando con las manos desolladas del día.

 

 

 

 

AFASIA

Cuando ya no hay palabras en el taller del verbo
para denominar, para escupir al vértigo difuso,
brutal de la creación, siempre falsa y cambiante,
no basta moldear las letras alfareras,
la lengua se sumerge
en una soledad que arrastra en su oleaje
el silencio y su antídoto,
la espina que atraviesa la carne y es pincel.
Sentiremos, entonces, a ciegas, sin oído,
con los labios resecos por el fuego y la nada
que en el hueco que deja la voz en la memoria
vive la eternidad en su mudez de orilla.

 

 

 

 

EL MIEDO

Vivimos un ensueño de seres derrotados, de fantasmas fugaces
que buscan un aliento, un alma que no habita
sus cuerpos aturdidos.
Como niños que escapan un día del colegio
y acaba la aventura
y están solos y la noche los cerca.

 

 

 

 

EL VIAJERO

No alterar la hermosura,
vivirla.
Pasar luego de largo y que allí quede.

 

 

 

 

EL HACEDOR DE PALABRAS

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxTejí la oscura guirnalda de las letras: hice una puerta para
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxpoder cerrar y abrir, como pupila o párpado, los mundos.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxJosé Ángel Valente

Tú me dirías
que las palabras cruzan el desierto y lo engloban,
que el infinito mar
cabe en una palabra
(sal, aroma,
oleaje
y espesor líquido, el verde equivocado
y el magnético azul
y todas las sirenas con su arrullo).
Dirás que el universo se pliega ante el hechizo
que lo describe y nombra y crea al mismo tiempo.
Miro a mi alrededor y en la mañana espesa
que moja los almendros y hace llover su albura
solo
veo
palabras.

 

 

 

 

EL MANANTIAL

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxEntregado a la nieve que es silencio
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxJosé Luis Puerto

Cuando la vida amaine
y queden solo su eco o su espejismo,
la sal cristalizada de la lluvia,
el ascua de la estrella.
Cuando los años lleven a tierra sus pedazos
y toda conjetura sea ceniza,
los restos del milagro evaporándose.
Cuando no esperes más y esperes lo infinito,
recupera la nieve.
Su silencio.

 

 

 

Blanco, Pilar. Con la cal en los dedos. Antología (1982-2010). León; Diputación de León, 2012.

 

NUNCA

noviembre 12, 2020 Deja un comentario

 

Nunca la voz hallé, al cabo de los años,
de quienes susurraron a mi oído palabras
y el alivio instantáneo de una piel que se ofrece,
que mezcla con la mía el zumo de sus poros.
Nunca reconocí, tras la distancia rota,
los ecos del ayer, la mirada que un día
puso fuego en mis dedos; y ardiendo toda entera
cumplí años y olvidé que el tiempo es asesino.
Hoy me miras disuelto —viejas fotografías
con sed de atardecer, melancolía y lluvia—
y ya no sé tu nombre, ni tu rastro me altera
ni tu llama me incendia ni tu silencio mata.

 

 

 

Blanco, Pilar. Con la cal en los dedos. Antología (1982-2010). León; Diputación de León, 2012.

 

AGUA QUE FLUYE Y SUEÑA

 

DERECHOS A SE ACABAR

Como el río que a un tiempo fluye y sueña
en su azar sin minutos, mi destino
avanza a tragos largos, serenísimo
entre la sinrazón de su existencia.
Los légamos, los topes que el camino
halla en su devenir, la brusca peña
o el hondo precipicio, la evidencia
son de que es el vivir empeño altísimo.
Y luchar, desatino,
inútil resistencia.

 

 

 

 

CARA AL MAR

Se me desploma el mar en la mirada,
no abarca la pupila tanta lumbre
de azul, tanta belleza henchida.
Todo duele en la carne, hasta mirar aturde.
Y no puedo
prescindir de mirar, bebiéndome a ojos llenos,
embebida en el llanto.

 

 

 

 

DESDE EL PROMONTORIO

Veo
la infinitud del mar, la toco con las manos,
me atraviesa los ojos
hasta donde resiste la mirada.
Se pierde el horizonte, se confunde en el mar,
ya es todo mar sin lucha, sin estela,
en su imposible mar embebecido.

 

 

 

 

RESPIRAR SAL

Ya no me reconozco en los límites de un mar
que nunca ha sido mío.
Su respiración no es mi respiración, su escama no es mi escama.
La mirada se centra en su tersura,
la boca en el lenguaje de los siglos
que aprendo a comprender sin desvelar del todo.
Para que mi piel vibre,
mi piel lo absorba como si fuera el aire que no llega,
estrellas de salitre para azuzar los labios hasta lamer dolor.

¿A qué reconocerse, bucearse
cuando basta con ser?

 

 

 

 

LA LLUVIA DE LAS COSAS

Ven a mi mano a ver
—travesía de helechos y de juncos—
cómo cae la lluvia sobre el pasado,
así,
tan levemente hermosa,
con tanta suavidad como sólo el recuerdo
es capaz de imprimir en sus labios de niebla.

 

 

 

 

LA MALA HORA

No sé ir desnudamente
del todo a la partícula mínima e infinita.
En su acre trayecto pierdo luz
—fracasa el navegante
que no lee en el viento,
que no lame la sal en sus orígenes,
que en círculo extravía su destino—.

 

 

 

 

NEVERMORE

Después de la amargura, en la noria sin tiempo,
fuiste nómada de horizontes anchos,
de camino sin surco. No cruzabas
los valles, los consumías todos
en una sinrazón de extenuados árboles
y rumbo a la deriva.
Largas como la huella del paso eran las horas
tiznadas del destino.
En sus cartas marcadas aparecía solo tu nombre.
Se diría
que nunca llegarías al final.
No hay final,
solo un hueco sombrío que se traga
la corriente invisible de la vida,
que absorbe el manantial en nacimiento inverso.
Y eso era todo. Respirar el pantano.
¡Tú que pensaste disolverte en la luz!

 

 

 

 

CAMINOS DE AGUA

No esperes más camino que el de la mente,
la finitud escrita desde el origen
—línea de horas y agua—.
Y con ella, el silencio
y la culminación.

 

 

 

 

DENTRO DE GILGAMESH

Aquel que vio el abismo, que llegó a lo más hondo con sus ojos
y proyectó a la luz su aliento consumido
—¿quién sobreviviría a un viaje interior
perdido de esperanzas y de brújula?—.
Aquel que sabe todo y el destino maneja
con látigo implacable, con decisión de fuego.
Aquel que sobre ti determina tus pasos,
inclina tu vejez y los ramos marchita.
Aquel que sin edad lleva el tiempo en su alforja
te indica que el camino,
ese que ve por ti llorar sus manantiales,
no conduce a ningún
lugar.
Todo está inmóvil
y está en ti. Míralo. Ya el navío es distancia
y la niebla del sueño es dogal de la muerte.

 

 

 

Blanco, Pilar. Agua que fluye y sueña. Valencia; Institució Alfons el Magnànim, 2013.

 

LA SOLEDAD ME SALVA DE ESTAR SOLO

 

LOS PULMONES se ensanchan,
la vida nace abierta —nunca más vida a trompicones,
a arañazos—,
emana de las piedras,
sonríe en la palpitación
vegetal del instante.
Es hora de dejarse
fluir,
de volverle la espalda al desvarío,
de aventar la tristeza.

 

 

 

 

ES ÉSTE EL FIN de todos los principios:
no hay mañana
que llevarse a la boca invocando palabras
grandiosas de mentira.
La épica huyó, huyeron los clamores
y sólo queda el miedo proclamando su aroma,
su congoja animal, su afán acorralado.
Y un hombre, un hombre solo
vertido en su pregunta
frente a la incuestionable soledad de sus células
se dirá —nos dirá—:
¿A quién hemos vendido la inocencia?
La inocencia no existe. No hay dilema,
sólo pozos de olvido donde hundir lo que amamos
y aun así comprendemos que es extraño, que nunca
dejará de ofrecernos la ajena voz del otro.
La inocencia es un truco de actor,
no hay compromiso,
sólo altares de fango donde sacrificar
nuestra fe de individuos,
nuestro orgullo insensato
de almas irrepetibles, insolidarias, solas.

 

 

 

 

TAMPOCO ES MI CIUDAD esta que abarcan
los pies. Abajo, arriba,
la hostil arquitectura de lo que no pasó,
de lo que dejó nada
(años húmedos, lejos).
Tampoco ésta mi gente ni sus ojos los ojos
que guardan mis paisajes en su secreto a voces.
(Mi gente, al interior,
pájaros muertos.)

 

 

 

 

HACE TIEMPO
de todo ya. Huyó el fulgor de los astros
que un día
poblaron nuestros mitos y tiñeron de plata
el agua del estanque, la pulpa de los dedos que acarician,
la saliva del amante olvidado
que me enseñó a besar.
Ya pasó. Su rescoldo
entibia ahora mis sábanas, la piel de mi memoria,
la espuma que en mi casa
enlució las paredes y detuvo la prisa.
Y si el tiempo pasó, su huella detenida
permanece inmutable, cimiento de mis sueños,
sombra recuperada cuando el cuerpo ha caído
y nada reconforta ni colma su oquedad.
Hace tiempo
de todo ya. El zumo de las horas
deja un regusto amargo en la garganta. Vamos
camino del olvido, de la extinción, del fuese.
Y nunca más amar
y nunca más dormir para olvidar zozobras.

 

 

 

 

COLMILLOS de ancha duda me socavan,
inciden en mi piel sus inquietudes,
su rastro es arañazo de preguntas,
el futuro, su aliento adelantado.
—La nuca se estremece, apura el golpe,
los poros se contraen, la sien cesa
ya de pensar—. Llega la noche; abraza
con sábanas de olvido.

 

 

 

 

YA NO LO VEO CLARO, la claridad
se espesó, se hizo sima, honda implosión del alma,
quebró la voluntad y nació otro principio
—un mundo en cada duda, distinta creación
cada vez que nos fallan el soporte o la máscara,
cada vez que sentimos que no hay nada que hacer,
que hemos perdido el paso y la intuición o el mito—.
Y al volver nuestros ojos a la mañana nueva
que resplandece allá, en su altar de montañas,
al respirar los poros el aroma surgido
de la unión milagrosa del rocío y la hierba,
creemos sumergirnos otra vez en la calma,
bañar en nitidez nuestros músculos yertos,
haber vencido al vértigo, al grito del abismo,
creemos, insensatos, que el renacer existe.
Ciegos por mirar luz, por buscarla allá arriba
donde no admite el sol intrusos ni rivales,
mutilado el impulso, sólo queda ser cripta.

 

 

 

 

NUNCA LA VOZ hallé, al cabo de los años,
de quienes susurraron a mi oído palabras
y el alivio instantáneo de una piel que se ofrece,
que mezcla con la mía el zumo de sus poros.
Nunca reconocí, tras la distancia rota,
los ecos del ayer, la mirada que un día
puso fuego en mis dedos y, ardiendo toda entera,
cumplí años y olvidé. El tiempo es asesino.
Hoy me miras disuelto —viejas fotografías
con sed de atardecer, melancolía y lluvia—
y ya no sé tu nombre, ni tu rastro me altera
ni tu llama me incendia ni tu silencio mata.

 

 

 

Blanco, Pilar. A flor de agua. Madrid; Ed. Visor, 2000.

 

LEJOS DE EDÉN

 

LEJOS DE EDÉN

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA Felipe Benítez Reyes

Desde el principio —base, origen del estímulo primero—
habéis estado ahí, alimentando
la llama, la inquietud salobre, el tibio
palpitar de la piel. A vuestro paso abierto
hemos unido el nuestro en la senda de siglos,
de tropiezos conjuntos, de desencuentros broncos,
desde el principio, ojos en nuestros ojos, jadeo acompasado,
instintos sometidos y dispares.
Desde el principio, en la rueda del tiempo,
sombra de cueva, olor a piel curtida
de tendones nómadas, almizcle bajo el velo,
aroma apresurado de fogatas, cantos entrecortados,
contrapuestos
la tiniebla del rapto y las orillas
sinuosas del verso
premeditado de los amadores, del dulce estilo nuevo
que todo lo devasta y sustituye:
nosotras el señor, vosotros el vasallo
humillado y ficticio. (Sedas sobre la piel y el alma a oscuras.)
Desde siempre, la mirada sumisa o retadora
ha captado los ojos huidizos,
los labios seductores y más húmedos,
el cuerpo más volcán, con sed de lava
ardorosa y efímera.
Y, también desde siempre, el desafío
de ser y de no ser extremos invertidos
de un mismo respirar. Los frutos demediados
en pos de algún afán de redondez madura
y emociones uncidas. Espejismo.
Los miembros que se juntan se rechazan,
los sueños superpuestos se rechazan,
las salivas que fluyen mezcladas se rechazan
al fin, siendo dos y siendo siempre
dos proyectos contrarios, dos ansias contrapuestas
que se tocan —pináculo— y estallan
en polvo de cometa fugitiva.
Y es lástima ver que, desde el principio,
no nos gustáis del todo, hombres,
antagonistas,
tal vez deslumbramiento, erupción, arrebato,
tal vez rescoldo, brevedad del instante,
chistera maga que finge (amor) el artificio.

 

 

 

Blanco, Pilar. A flor de agua. Madrid; Ed. Visor, 2000.

 

A FLOR DE AGUA

 

SU ÚNICO DISCURSO era el silencio,
supresión
de lo que de superfluo esconde la palabra.
Su única mentira era escapar
de sí mismo,
su excusa más baldía fingir normalidad,
levantar cada día
su cuerpo de la cama,
sus dudas de la almohada confidente,
maquillar su desgana,
ser, un momento más,
mirada transeúnte en la existencia.

 

 

 

 

POR VELOZ que pase el tiempo, que los hilos del aire nos empujen
hacia ninguna parte —inquieto vendaval a la deriva—,
no existe certidumbre,
no hay trazado un sendero perceptible
ni la sonrisa de las personas muertas, su huella congelada
en grumos de papel
conseguirá ayudarnos. Cada error es primero,
cada existencia única,
cada amor, pasajero,
cada miedo real, irrepetible, nuestro.

 

 

 

 

¡CÓMO PASAN los días!
Con qué celeridad
estallan sus enigmas —besos huecos,
sorpresas sin mensaje,
prometidos excesos imposibles—.
A lo largo del verso
un creciente rumor, un clamor de alfileres
—que es la sombra—
descuelga sus orígenes de hierro.

 

 

 

 

HOY, por primera vez, he respirado nieve
y el agua de las cumbres ha limpiado mis sueños
como la mano fresca de una madre lejana
que posara en mi frente su sosiego, su mimo.
Hoy, por primera vez, la cara contra el cielo,
con la paz del espíritu cayendo blandamente
en mis ojos cerrados,
con los brazos abiertos también —oración muda—
en pacto con el frío, he pensado en ayer,
en lo oscuro, en lo líquido,
en tanta eternidad que el invierno convoca,
en los ojos sumisos, en la velocidad,
en lo que es irreal, en lo que será siempre.
Gotas de lluvia tecleando nerviosas
mensajes imposibles.

 

 

 

 

EL FILO DE LA ESPADA de la melancolía
ha templado los días que he vivido
y el tiempo
que queda por vivir.
(Estertores de un alma
que sabe su condena y que se empapa
en la inmortalidad. En viejos blues de niebla.)

 

 

 

 

ACASO sea el alma —sólo el alma,
no piel— la que envejece,
y los cuerpos conserven indefinidamente
la sed ultraterrena de su siempre,
de extenderse perpetuos, inalterables,
limpios.
El alma se desprende, mientras tanto,
de fulgor y barruntos,
crece en su soledad de hábito manso,
el dolor la calcina.

 

 

 

 

LA ESCARCHA de los días va dejando
un grumo más de miedo que apelmaza la piel,
una derrota menos que prever, que espera a que surja y nos vulnere,
una esperanza más que hundir bajo su losa.
Cada día el rocío tiene menos fulgor,
son menos dulces su agua y sus enigmas.

 

 

 

 

MIENTRAS haya preguntas
tendré contradicción con que nutrir mis venas,
tendré ese dolor áspero que brota de la esencia,
que provoca el fulgor con que lo cotidiano
se transfigura a veces en eterno.
Del vigor de la duda
dependemos. En ello arraiga el alma su firmeza.

 

 

 

 

POESÍA del témpano,
urdida a la intemperie de las almas,
palabra ensimismada en su propio fulgor,
absorta en su misterio enmudecido.
Poesía de lumbre
ardida contra el cuerpo, poro a poro,
impregnada en sudor,
en temblores lascivos y calientes.
Poesía de áridos
sequedales,
plasmación pedregosa de la idea
en tenaz nomadeo, sed intacta
de eternos manantiales de belleza.
Poesía, en resumen, completa, repetida,
tal vez abrumadora
en su temperatura única o previsible
para quien sólo escucha las voces que lo empujan
desde adentro, del fondo,
hacia el gesto trivial que traza la sonrisa.

 

 

 

 

LOS SALONES sombríos,
las bóvedas ajadas,
lágrimas de humedad enlutando rincones,
desluciendo deseos decadentes, lejanos.
Nada te espera ya. Tu recuerdo está muerto.
Si es la patria la infancia, a la que regresamos
tras tanto andar errante, peregrinos del tiempo.
Si guardamos intactos su sabor y sus pétalos
entre hojas de ese libro que, a ciegas, escribimos,
¿por qué la vida entera es un fluir?
¿Hacia dónde nos llevan nuestros pies
presos de involuntad? ¿Qué fuerza nos arrastra?
¿Qué sangre nos agita? ¿De qué muerte
morimos
sin volver hacia atrás nuestros ojos exhaustos?
¿Qué cantar de sirena nos embauca en su círculo?
No, no hay patria posible
ni lo que quedó atrás existe realmente
más que en la obstinación,
ni las sombras consiguen tener más densidad
que su propia materia
de espíritu sin cuerpo, de anhelo sin raigambre.

 

 

 

 

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA Nicolás Pardo

SÉ QUE EL CIELO no existe
y que la luz dorada que las tardes regalan
no es más que una ilusión que los sentidos crean.
Ya sé que el corazón es una triste víscera
en la que no arde amor ni caben sentimientos
(sólo bombear de sangre).
Todo lo sé. Y sé que todo es máscara,
poco más que antifaz del héroe que no somos
y que quisimos ser: achaques de una infancia no del todo vencida.
Pero creer y saber no suelen conjugarse
con igual densidad. Son conceptos distintos,
y no vale engañarse
y no vale mentirse
y no vale escribirlo. Ser poeta es mentira.

 

 

 

 

BUSQUÉ EN EL UNIVERSO respuesta a los enigmas
que no tienen respuesta ni confín.
Busqué fuentes, rasgué con insistencia tanta pregunta,
tanta,
que no olvidé averiguar con los ojos, con el latir del día.
Olvidé que el más allá, sin duda,
se llama más acá y nos roza la frente,
que somos los muñecos que el viento de la historia zarandea o agrupa.
¡Quise mirar tan poco
en la amarga comedia del amor y sus ritos!
Actuamos
como los arlequines ocupan con melindres su rincón de la escena,
fingimos la sonrisa,
recitamos papel, sufrimos y lloramos, nos sentimos felices
como indica el guión.
Nada necesitamos. Nadie es imprescindible.
Nuestro cuerpo desnudo no requiere más piel
que la que el sol acuna y la brisa moldea,
la nuestra, la de dentro que ser exterior finge.
Y ese disfraz con el que nos conocen
los demás, es mentira, superfluo en su vejez usada
y no nos pertenece. (Son poco más que trapos que ondean a la espalda
dictándonos un paso que nuestros pies no siguen.)
He tardado cien años en descubrir que hablaba
la lengua de los otros, una que no era mía.
He tardado cien años y he comprendido al fin:
No sé vivir sin mí. No más. Eso era todo.

 

 

 

Blanco, Pilar. A flor de agua. Madrid; Ed. Visor, 2000.

 

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