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CAPÍTULO UNO

septiembre 29, 2020 Deja un comentario

 

3.

(una de los nuestros)

Mary Ann Webster nació a las afueras de Londres en 1874. Nunca fue una chica guapa, pero su mirada tranquilizaba a los ancianos del hospital donde trabajaba. Otras enfermeras llevaban la falda ceñida y se ruborizaban ante los guiños de los cirujanos. Pero ella no. Jamás se tuvo que preocupar de que ningún pellizco asaltara su trasero al cruzar los pasillos. Y eso no era malo del todo. Sabía mirar con afecto y era una buena mujer. Algo tendría cuando Thomas Bevan decidió casarse con ella. Un poco tarde, murmuraban las compañeras el día que se despidió. Porque hace cien años casarse con veintinueve era haber esperado demasiado. Vale. Pero Thomas decidió darle hijos y un apellido nuevo.
xxxY los pasillos de los hospitales fueron apagando las luces, lejos.
xxxAsí la vida fue dando pasos de bebé por la nueva casa y Mary Ann disfrutaba de la rutina. Eso de ser una familia normal, con su ruido de vajillas y su silencio cómplice. Todo iba bien, hasta que todo cambió para siempre. Esa mañana sintió los primeros dolores. Como si hubiera un ejército dentro de su carne intentando arrancarle la piel. Se miró desnuda al espejo y vio por última vez un cuerpo que ya nunca sería igual. Su cuerpo dolía y se transformaba. Y dolía mucho.
xxxAlgo raro ocurría con ella. Algo feo.
xxxAl principio los médicos no terminaban de explicarle qué era. No tenían ni idea, y la derivaban a uno u otro sitio. Los analgésicos calmaban los dolores, pero no impedían que su cuerpo creciera. Otro ser creciendo encima de su carne. Le pesaban los párpados y su rostro era una máscara de cera derretida, hinchada, monstruosa. Un ser que la devoraba poco a poco. Cada día. Cada noche. Thomas la cogía de la mano y le prometía que aquello se iba a solucionar. Pero mentía. No había solución. Mary Ann Bevan tenía acromegalia, y nadie había inventado un remedio para eso. Aquello era para siempre: una vida de dolor y deformación.
xxxY entonces Thomas murió.
xxxDejándola triste, pobre y fea. Y con cuatro hijos que alimentar. Piedras en las ventanas, insultos en el colegio. Eres fea, Mary Ann. Eres lo más feo que ha pisado las calles de Londres. Fea. Fea. Una aberración de Dios. Un monstruo. Sin remedio. Risas en el mercado, murmullos en la escalera.
xxxY el mundo girando.
xxxAsí. El siglo XX se quitaba el polvo de las bombas de la chaqueta. Acabada la guerra que los mataba a todos por igual, la gente sentía, otra vez, la necesidad imperiosa de recordar quién era. Poder decir: soy yo, y ser yo es también ser como los demás, parte de la confortable normalidad. La atonía del equilibrio. Esa gente necesita monstruos a los que señalar y de los que mofarse. Necesita sentir que no son ellos. Que la maldición los ha esquivado. Que lo anodino es su marca. Así de simple, siempre. Alguien entra en El Prado y sonríe ante la Magdalena Ventura de Ribera: mira, es una mujer con barba negra y cara de viejo, y le da de mamar a un niño. En ese momento se siente más seguro. Como delante de un programa de telebasura, la jaula llena de enfermedades amaestradas. Lo necesitan, y están dispuestos a pagar por ello.
xxxMary Ann Bevan apenas tiene unas monedas sobre la mesa y lee una y otra vez un recorte de periódico amarillo. Al otro lado del océano hay otra mujer gigante sosteniendo una antorcha. Alguien organiza un concurso para decidir quién es la mujer más fea del mundo, y el premio son unos cuantos dólares. Ella es viuda y pobre. Sus hijos tienen hambre. Así que traza una línea con sus dedos deformes entre su casa y los Estados Unidos, pide algunas libras para el pasaje y se va. No es una huida, es la única forma de plantar batalla. El dolor y la metamorfosis no van a cejar nunca, habrá que seguirles la corriente. Y así es. El jurado del premio jamás ha visto algo así.
xxxMary Ann Bevan, eres la mujer más fea del mundo.
xxxLa gente aplaude y una orquesta toca una marcha cómica entre confeti y petardos. Le colocan una corona brillante y un telón de carcajadas. Qué más da. Venid a verme, piensa. Venid a reíros si queréis, a decir: tú no eres yo y me alegro. Haced lo que queráis, pero dejad unas monedas a mis pies.
xxxComo una diosa antigua, en la tierra del sueño de Coney Island. En naipes y periódicos. Recorriéndose las ferias de la joven América. Junto a enanos y mujeres siamesas. Compartiendo cartel con el hombre del cuerpo tatuado con escamas y la lengua bífida, en la misma caravana que el músico sin piernas ni brazo y el tipo que gira su cuello trescientos sesenta grados. Una más. La emperatriz del espanto. Una noche proyectan Freaks de Tod Browning en una sábana del campamento y ella ríe como una niña durante la escena de la boda. Gobble, gobble. Una de los nuestros. Al día siguiente la función es real. Toda esa gente ignorante alimentándose del escarnio. Alguno recordando a los monstruos que en otros tiempos no había lugar para ellos. Unas piernas cerradas a tiempo, un niño sin ojos abandonado en el bosque. Pero ahora están las ferias de fenómenos y el reguero de monedas que dejan a su paso.
xxxY Mary Ann Bevan forma parte de eso.
xxxA veces recuerda la mano de Thomas sobre la suya.
xxxEl tiempo es un monstruo más cruel.
xxxLa mujer más fea del mundo a veces se mira desnuda al espejo y recuerda lo que fue hace años. Recibió la herencia podrida de los dioses. Y qué. El día que soportó que el reflejo le devolviera la mirada supo que no había escapatoria. La herida es un arma. Y su mirada seguía siendo la misma que calmaba a los enfermos.

 

 

 

 

4.

(un eclipse imposible)

Es el invierno de 1914, esto es un sanatorio de Berna. La nieve es una frontera blanca, una advertencia al resto del mundo: aquí hay personas que pisotean la máscara que la vida les dio, la hacen trizas y bailan sobre ella entre el dolor y la risa. Hay gritos y babas. Hay ojos en blanco perdidos dentro de una música inaudible. Otras nieves, otras fronteras, dentro de sus cabezas. Esto es el hospital de Waldau, y es el último lugar del mundo donde quisieras estar. Sí. El último lugar del mundo: aquí están sus límites de niebla y nieve derretida; más allá no hay nada. Sólo un abismo interminable.
xxxAquí hay cientos de personas, o lo que queda de ellas. Pero centrémonos en tres. Dos médicos que caminan juntos por un pasillo y el paciente al que van a visitar. Dos sombras blancas detenidas frente al brocal de un pozo.
xxxMédico número uno. Se llama Hermann Rorscharch y lleva poco tiempo en Waldau. Cuando era niño improvisaba abstracciones de tinta china sobre las cuartillas del colegio, luego las doblaba, y generaba un dibujo nuevo: la magia de una simetría secreta. Por eso los compañeros lo llamaban Mancha. Y esa iba a ser la base de su trabajo, el horizonte sobre el que desplegar su talento. Manchas simétricas para desnudar el alma. Justo en la intersección entre la palabra y el signo están las respuestas que esquivan la luz. Leer ahí los trastornos y las profundidades veladas. ¿Una forma de arte? El único posible: propongo una sombra para que tú le pongas nombre. Tu sombra, tu nombre. Así es. Las láminas del test de Rorscharch sólo son variaciones del tema de la mariposa, la crisálida es la mente del paciente. Más o menos. Publicó de mala manera su Psicodiagnóstico un año antes de que la peritonitis lo llevara a la tumba.
xxxEl hombre que tiene al lado le ayudará en la edición.
xxxMédico número dos. Se llama Walter Morgenthaler y es el jefe-médico de este hospital. Aborrece la palabra manicomio y tuerce la expresión cuando alguien le recuerda que regenta el reino de los muertos. Las cosas nunca son tan sencillas, el ser humano nunca lo es. Hay mendigos que viven dentro de casas en ruinas, y que hacen de esa precariedad las razones de un hogar. Eso es lo que quiere comprender. Las estrategias del caos para hacerse confortable. La locura. Los locos. La enfermedad mental es una excusa de Dios para ofrecer otras versiones de lo humano. Morgenthaler cree que en la locura hay formas de belleza posible. Se dedicará a buscarlas. también cree en las teorías de Rorscharch y hará todo lo posible ara que el mundo acabe conociéndolas. Ahora quiere enseñarle a su nuevo amigo cuál es la diana de su obsesión. Hermann, tú haces manchas y las usas como un oráculo del interior borroso de las personas. Ahí dentro hay un enfermo cuyo interior se derrama al mundo en forma de colores salvajes.
xxxMandalas sin centro. Biblias lisérgicas. Ascuas de un arco iris en llamas. La contraseña al otro lado de la nieve.
xxxEl paciente. Morgenthaler se lleva el índice a los labios. Rorscharch contempla a un hombre corpulento, su mirada disuelta en la nada. Sopla una especie de flauta de papel que emite un sonido turbio. La música de una flor marchitándose y el rayo de sol que la bendice. Por decir algo. Mira, esta es una de sus partituras, como la que ahora se supone que interpreta. Un papel lleno de garabatos indescifrables. Es su solfeo, notas que sólo él sabe leer, y mira, no están sobre un pentagrama sino sobre una estructura de seis líneas. Es un lenguaje inventado por él, para él. La codificación musical de su universo. Lleva diecinueve años aquí encerrado y si le miras a los ojos lo que ves no tiene nombre.
xxxAdolf Wölfli.
xxxEl menor de seis hermanos, hijo de un padre borracho que los abandona pronto, no sin antes desarrollar la pedagogía del maltrato y el abuso sexual. La madre no tarda en morir. Wölfli tiene nueve años y la vida es un cepo en sus tobillos. Orfanatos, miseria y frío. Mozo de almacén, campesino, vaquero, segador, maderero, albañil, sepulturero. La ingratitud de las monedas sucias y los platos medio vacíos. Dicen que trabajó en una granja y se enamoró de la hija equivocada. Dicen que tuvo que enrolarse en el ejército y que allí perdió la cabeza. Wölfli fue acusado de violación de una menor, pasó dos años en la cárcel, y cuando salió volvió a las andadas. Una chica de catorce, una niña de siete. Su piel blanca y frágil entre sus rudas manos. La mirada desierta, vagando en algún lugar desparecido del mundo. Y entonces lo encerraron en Waldau y allí murió más de tres décadas después.
xxxSu reino no era de este mundo.
xxxMorgenthaler recuerda los informes. Al principio era un gigante desbocado. Su evangelio era la violencia y su idioma sagrado el aullido de los lobos. No había manera de calmar su demonio. Golpeaba, se golpeaba. Arañaba los muros hasta que se le ensangrentaban las uñas. Mirar su rostro era contemplar una moneda cayendo a un pozo para siempre. Hasta que alguien le dejó unas ceras de colores y papel de estraza. Entonces la ira se cerró como una flor nocturna y fue otra cosa la que abrió sus pétalos. Esto que ves. Miles de dibujos, partituras, novelas imposibles. Hasta el último centímetro de papel lleno de símbolos, un mundo de círculos concéntricos, inabarcable, inacabable. Creo que si el arte tuviera una forma extrema de pureza debe ser esta.
xxxEn los bancos de la capital los ricos herederos guardan sus fortunas fiadas a los colores sagrados de Matisse, se extasían contemplando postales de la Mona Lisa. Recorriendo el hilo que une esas sombras con el pasado, con su dinero, con los grandes nombres y sus trampas. Pero aquí no hay estrategias. No hay escuela, no hay pasado ni puede haber futuro. Esto es creación salvaje, fuera del tiempo y fuera del arte. La forma más radical de la resistencia. Y Wölfli pinta y escribe, y vive. Y sus obras tienen para él la misma importancia que sus heces o los restos de espuma de afeitar sobre su barbilla. Él no sabe nada. Él crea. Sí. Podemos leer los mapas de su enfermedad, podemos decir: el horror vacui demuestra su trastorno maniaco obsesivo compulsivo, los personajes de sus historias demuestran su personalidad disociada, sus argumentos dan fe de la magnitud del trauma y de la profundidad del abismo que lo duerme. Pero esto es más que material para comprender la locura de un hombre.
xxxEsto es el hombre.
xxxMiles de páginas escritas con la historia del Niño Adolf y su transformación paulatina en el Santo Adolf II. Miles de dibujos. Miles de dólares en las subastas. Colas en los museos. Adolf Wölfli, santo patrón de los artistas locos. Encerrado en su celda de Waldau mientras su médico lo presentaba al mundo como la constatación de que la locura y el arte no son sino las dos caras de la luna. El eclipse imposible. Morgenthaler coge uno de los dibujos y se lo enseña a Rorscharch. Dime, ¿qué ves aquí?

 

 

 

 

5.

(las Chicas Vivian)

Otro gesto parecido. Una pequeña sala de conciertos de Nueva York, el mes pasado. Tres chicas tatuadas mezclan los setenta con los sesenta y por eso son las más modernas. Hay una rubia, una morena y una pelirroja. El lacito de niña y el peinado contrasta con la violencia con la que torturan sus instrumentos. Somos las Chicas Vivian y hemos venido a regalaros la intensidad.
xxxDulce estridencia.
xxxFuga.
xxxEs la primavera de 1973 y Picasso ha muerto. Los periódicos reproducen sus pequeños ojos negros una y otra vez. Ya. La gente muere a cada momento, en todas partes. Millones de esquelas en blanco. Aquí, sin ir más lejos, en el norte de Chicago. Hace sólo una semana que falleció el inquilino del matrimonio Lerner. Un viejo. Un raro. Abren la puerta de la habitación y sienten cómo brota un viento torcido de la basura acumulada. Toneladas de papel escrito, recortes de revistas, centenares de cuadernos. La luz pobre se filtra por la puerta y le da a aquello el aspecto de la ceniza, como el final de un incendio. En la pared hay unas pinturas que parecen estar hechas por un niño asustado y enfermo. Qué clase de hechizo es este. El templo de una religión secreta.
xxxHemos venido a regalaros la intensidad.
xxxLa morena golpea la batería como si fuera la espalda del diablo.
xxxNathan Lerner es un fotógrafo que se ha ganado cierta reputación en los ambientes artísticos con sus obras abstractas: texturas y geometrías que parecen robadas del taller de revelado de la Bauhaus. Su mayor éxito será una serie sobre ojos. La clásica ironía metalingüística. Ya sabes. El ojo nos ve y nosotros vemos al ojo, la cámara y el papel fotográfico como un interfaz obsceno. Un tanto tópico. De acuerdo. Su mejor obra está dentro de ese cuarto, y es el legado de un hombre que vivió y murió solo. Lo tuvo alquilado allí un montón de años y apenas recuerda su rostro ni su nombre. Se llamaba Henry Darger, y a partir de hoy jamás lo olvidará.
xxxMira esas ilustraciones. Mira las quince mil páginas escritas, narrando la guerra entre unas niñas y el asesino mundo de los adultos. Mira. Niñas luchando contra soldados confederados, niñas con alas que vuelan sobre el campo de batalla. Torturadas atrozmente, rezando frente a la imagen de la Virgen María. Desnudas. Hermafroditas. Niñas que juegan mientras desde el cielo las observa una mirada roja, tenebrosa, que hiela los tuétanos.
xxxSomos las Chicas Vivian, dice la rubia mientras saca la lengua.
xxxSomos las Chicas Vivian, y vengamos la muerte de todos los niños pequeños.
xxxHenry Darger tenía los ojos pequeños igual que Picasso. Pero el día después de morir sólo tuvo un funeral vacío, sin fotos ni nadie dejando flores. Y en el cuarto las segregaciones de una vida invisible, cerrada por dentro, un acertijo sin formular. Darger era Nadie. Nos cruzamos con él un millón de veces y siempre giramos la cara. Y ahora. Donde hubo escombros y polvo queremos imponer la rotundidad del mármol. Su nombre. Los Darger del mundo no caminan erguidos porque sus sueños están hundidos bajo el asfalto, y tienen el corazón de una paloma latiendo bajo la lengua. El mundo de los nombres y los hombres les da pereza o miedo. Por eso construyen el suyo donde nadie pueda verlo. Nathan Lerner abrirá la caja de los secretos. Las piezas sueltas de un rompecabezas que acabarán formando algo a lo que poder referirse. Algo lejano.
xxxLa intensidad.
xxxLa dulce estridencia.
xxxLa fuga.
xxxLos reinos de lo Irreal.
xxxHenry Darger nunca se acostó con una mujer porque tenía miedo del incesto. Su hermana pequeña había sido dada en adopción al morir su madre en el parto. Pasó algunas temporadas encerrado en sanatorios. Le diagnosticaron masturbación compulsiva, se fuga varias veces hasta que un día ya no vuelven a pillarle. Ahora lo descubrimos en 1911, es primavera, y se pasa horas llorando mientras contempla una fotografía recortada del Chicago Daily News. Es Elsie Paraubek y tenía cinco años cuando la encontraron muerta en el canal. Le duele tanto. Sus tristes huesos pequeños, su breve misterio. Entonces comienza a escribir. Más de quince mil páginas sobre la guerra entre los niños y la sombría crueldad de los adultos. Toda la vida.
xxxSomos las Chicas Vivian y vivimos en el reino cristiano de Abbennia.
xxxSomos las Chicas Vivian y luchamos contra esos malditos Glandelians.
xxxEllos mataron a la pequeña Elsie y la venganza será larga como el tiempo.
xxxHenry Darger iba cinco veces al día a misa. Creía en Dios aunque Dios no creyera en él. En 1968 quiso escribir su vida. Doscientas páginas hablando de su orfandad y sus miedos niños, seguidas de cuatro mil seiscientas con la destrucción de un pueblo por un tornado. Su vida. La infancia y la destrucción absoluta. El viento arranca los árboles y los eleva en su espiral, las raíces se enmarañan con el cielo. Se llama Henry Darger y nadie ha cruzado una palabra con él en años. Él habla en sus cuadernos con el hombre del tiempo: una década anotando los aciertos y los fallos de los partes meteorológicos. Sólo en el centro del tornado puedes estar seguro, allí no hay viento ni incertidumbre.
xxxAsí. Las Chicas Vivian tienen alas de mariposa y salen del papel y del cuarto.
xxxPicasso tiene los ojos pequeños y negros. hace tiempo que está ciego.
xxxNathan Lerner intenta recordar en vano el tono de voz del viejo.
xxxLa rubia, la morena y la pelirroja saludan con el índice y el meñique a un público borracho.
xxxHenry Darger sigue muriendo dolo el resto de la eternidad.

 

 

 

 

8.

(solipsismo)

Bienvenidos al Caribe. Bienvenidos a las aguas cristalinas y al susurro de la brisa entre las hojas de las palmeras. Podréis caminar cogidos de la mano sobre la arena blanca, los pantalones remangados, la espuma entre los dedos de los pies. El pelo recogido bajo la pamela. Bienvenidos al paraíso antes de que las agencias de viaje lo trocearan para empaquetarlo. Esto es la Martinica y es todo vuestro. Su corazón verde latiendo entre las olas. El bullicio del puerto de Saint Pierre y el sendero que sube al Mont Pelée. Desde ahí arriba se ven pequeñas las obras de los hombres, caben en la palma de una mano. Todo es hermoso aquí arriba. Cerrad los ojos y dejad que el viento desordene vuestros pensamientos. Nada malo puede ocurrir en el paraíso. Nada. Esto es 1902 y el progreso es una música que adormece el miedo.
xxxY sin embargo.
xxxLlega abril y el volcán que hiberna en Pelée comienza a desperezarse. Fumarolas y pequeñas explosiones, gente que mira haca el este y vuelve a sus quehaceres. Había un mundo, una bestia, un dios prohibido. Y volvió la vida. El 3 de mayo el periódico local Les Colonies lleva en portada: «La lluvia de cenizas no cesa».
xxxY no cesará nunca.
xxxEl 4 de mayo millones de hormigas desfilan montaña abajo como un río de sombra, la ciudad se llena de serpientes y oscuras alimañas. Un cofre antiguo se le ha caído a alguien de las manos derramando su profecía. La tierra tiembla y el mar se inquieta. El 7 de mayo un marino napolitano apura su ron de un trago en el bar del puerto y dice a quien quiera oírlo que, en su tierra, cuando el Vesubio les habla saben escucharlo. Y su barco zarpa. Todo esto ocurre. Al día siguiente Pelée habla con la voz definitiva del exterminio. Son las 7:50 de la mañana y dos minutos más tarde todo el mundo está muerto. Saint Pierre. Treinta mil ciento veintiuna personas muertas. Lluvia de ceniza y fuego que no cesa. Nunca. Bienvenidos al Apocalipsis. Bienvenidos a las aguas hirviendo y al crepitar del fuego en las copas de los árboles. A la ira y al vómito. Todo arrasado. Todos muertos.
xxxY sin embargo.
xxxHay un zapatero que acaba de ver morir a su hija de diez años. Parece que le ha caído una estrella rota desde el cielo. La niña grita y arde. Nadie puede traducir el dolor que siente. Vivirá el resto de su vida triste y discretamente, tanto que ya no volverá a asomarse a esta página. También hay una montaña de ceniza, y bajo la montaña una mazmorra de piedra blanca. Y dentro de la mazmorra un hombre. Auguste Ciparis, dicen que se llama, y es un asesino. Lleva ahí bastante tiempo, dentro de una cápsula dura, enajenado del mundo. Era un negro grande y turbio que trabajaba en el puerto descargando barcos y que le quitó la vida a otro estibador de un mal golpe. Auguste Ciparis. La peor persona de la Martinica. La basura negra enterrada bajo tierra para que no apeste las casas ni las calles de los buenos franceses. Ya. Esa mañana aguardaba el ritual triste de su desayuno y lo que hubo fue un ruido, y la mañana que se volvió noche. Y entonces el calor extremo como otra piel derritiendo su cuerpo. Oscuridad y dolor. Cuatro días debajo del mundo, agarrado al grito y a la sombra.
xxxHasta que dieron con él.
xxxEl peor hombre de la isla. Vivo. Mientras el viento espolvorea la ceniza sobre los cadáveres de miles de personas. No queda nadie ya aquí para contar sus días bajo tierra, ni nadie que recuerde cuál fue su crimen. Ciparis fue indultado, porque indultarlo a él era indultar un milagro. Porque sólo Dios o el Diablo podrían hilar tan fino. Ahí estaba: el asesino, la escoria, el superviviente. Quisieron castigarlo y su pena fue lo que le salvó. Ahora Saint Pierre es un cuerpo carbonizado que sacuden las olas. Mientras él vive.
xxxAuguste Ciparis.
xxxYa no hay nadie ni nada que hacer en la Martinica. Pero la vida se vive. Y por eso decide llamarse Ludger Sylbaris. Y ofrece las quemaduras de su espalda como el mapa de un nuevo Caribe. Las muestra lentamente sobre unas tablas mal clavadas, mientras el público susurra como el viento entre las hojas de las palmeras. Bienvenidos al circo de Barnum y Bailey. Bienvenidos a las rarezas que dios soñó al octavo día. Allá está la mujer más fea del mundo. Acá está Ludger Sylbaris, el único ser vivo que sobrevivió en la ciudad silenciosa de la muerte. El volcán mató a cuarenta mil hombres y se detuvo ante él. Miradme: los habitantes de la isla me condenaron y la isla los condenó a todos ellos. Estoy aquí. La escoria, el asesino, el milagro.
xxxNo dejéis de mirarme nunca.

 

 

 

 

10.

(el vuelo)

Son muchos los metros de aire que se adensan a sus pies, mucha gente la que espera a que dé el paso definitivo. Se ven tan pequeños. Dudas. Miedo. Un animal que le araña por dentro. Mira de reojo la cámara de cine que le apunta desde su izquierda. Hay muchos testigos, demasiada expectación. Sus ojos mecánicos e insaciables. Un pájaro desorientado aletea cerca de él, el cielo de Paría está demasiado tranquilo esta mañana. Como ausente. El pájaro también lo mira fijamente. Franz Reichelt encoje su alma dentro de una aparatoso traje que él mismo ha diseñado. No hace mucho arrojó un maniquí desde este mismo piso de la torre Eiffel, y el resultado fue un fracaso. Por qué ahora no. Es evidente: el muñeco no tiene la posibilidad de reaccionar, la inercia lo abduce y lo condena a sus leyes. Un buen diseño necesita de una inteligencia operativa que lo haga funcionar en el momento preciso. Ocurre igual con cualquier máquina. también con este traje volador. O eso le ha dicho a todo el mundo. A la prensa. A la policía. A su familia.
xxxSerá el primer hombre en volar de toda la Historia.
xxxLeonardo lo soñó, pero Franz Reichelt lo hará realidad. Un nombre para domar a la quimera. Un hombre. Este 4 de febrero de 1912 no será olvidado por la raza humana. Nunca. Reichelt suda, tiembla, casi llora, pero la respuesta es clara e inevitable: hay demasiada gente mirando para no darles lo que esperan. Salta. La tela tremola contra el aire. Vertical. Su corazón se colapsa un instante antes de transfigurar el suelo. Las cámaras. Nadie cierra los ojos. El espectáculo acaba. Y París olvida.

 

 

 

Quinto, Raúl. Yosotros. Barcelona; Ed. Caballo de Troya, 2015.

 

CUATRO SOMBRAS DE MUJER

septiembre 25, 2020 Deja un comentario

 

Hay una hoguera y cuatro mujeres bailando alrededor. Están desnudas. Deslizan sus cuerpos a través del aire rojo, con los párpados cerrados, mirándose dentro. No hay música más allá de la que tocan sus pies en la arena. Bailan. La primera mujer es hermosa y tiene la piel blanca. Sus movimientos son torpes, el fuego proyecta la sombra de un dragón sobre las rocas de la playa. La segunda mujer es enana y una cicatriz le recorre el vientre de lado a lado. Su coreografía es lenta, un temblor entre la tristeza y la insinuación sexual, de sus pies brota la sombra de un árbol mecido por el viento. La tercera mujer es delgada como un haiku y baila con la delicadeza del rocío en las cornisas rotas. Su sombra es la de un crimen y se derrama como la sangre de una herida. La cuarta mujer es una anciana con las manos tatuadas y cuando danza los dibujos se recombinan en algo parecido a un rostro. El fuego proyecta su sombra niña sobre las rocas de la playa. La luna es la marca de nacimiento que sella su frente. hay una hoguera y cuatro mujeres bailando alrededor. Estamos desnudos frente al aire rojo.

 

 

 

Quinto, Raúl. Yosotros. Barcelona; Ed. Caballo de Troya, 2015.

 

EL BAILE BIPOLAR -extracto-

septiembre 23, 2020 Deja un comentario

 

Seguramente todo esto sea redundante. Los datos, los procesos, la tediosa sucesión de conceptos. Probablemente el lector lo conozca todo ya, y puede que le sobren párrafos enteros. Hagamos entonces un ejercicio de demora. Breve. Lo justo para tomar impulso y que se quede el camino libre de broza. Caminando de puntillas, sin hacer mucho ruido, por los últimos siglos y la dualidad a la que se ha sometido el ser humano entre lo individual y lo masivo.
xxxRetomar el hilo.
xxxApuntar, por ejemplo, la incontinencia del romanticismo en su defensa del yo. La percha de la que colgará una visión económica e ideológica del mundo: capitalismo burgués en los poemas de Lord Byron, pero también la rotura irreparable de los diques del arte tradicional. La brecha abierta. Géricault pintando cabezas muertas y un par de habitaciones más al norte del futuro Marina Abramovic se golpea el pecho desnudo con una calavera. La brecha que no cesa. Estupendo. Pero paralelamente a todo esto habíamos convenido en que crecía otra marea distinta. Que mientras el yo va grabando nombres en el duro mármol de los pedestales burgueses, también se va desparramando por los barrios obreros y los campos de cultivo la informe anonimia de la masa. Desprovista de límites. Deshabitada. Vacía de todo aquello que los hombres con nombre habían conseguido para sí mismos. Vemos la diferencia entre un autorretrato de Courbet y una lavandera de Daumier. ¿No? Courbet enuncia su perfil asirio y deja constancia explícita de sus atributos, de aquello que lo define como Gustave Courbet y lo separa del resto. Daumier difumina el rostro de la lavandera en una mancha indefinida e indefinible. El ser que vive en la masa no tiene rostro, como tampoco tiene nombre, y su modo de desarrollo y acción es la inercia erradicada de voluntad, es el impulso colectivo y ciego de aquello que no tiene fin.
xxxQuien tiene rostro puede mirar al mundo y puede definir su camino.
xxxEl que carece de rostro carece de itinerarios posibles, y se desata en una deriva continua. Es el hombre despersonalizado. Eso. El hombre sin persona, sin máscara. Confundido con los demás, indistinto, plural.
xxxBien. Recordemos que cualquier tentativa de categorizar la vida es siempre una falacia y un fracaso. Recordemos que el hombre masa de las sociedades capitalistas occidentales comienza, en un momento dado, a emanciparse de su indefinición. No busca el nombre propio pero sí que balbucea uno común. Comienza a tomar conciencia de clase, como dicen los teóricos socialistas. La masa comprende que su lugar no es la exclusión y llama a la puerta de la democracia moderna. Diremos que la democracia es la toma de consideración política de la masa, y la extensión de derechos más allá del nombre y lo limitado. Y sabemos que hubo tensión entre los defensores del yo cerrado liberal y los apologistas de la inclusión de lo anónimo masivo en el reparto de responsabilidades y beneficios. Tocqueville lo llama olocracia. El gobierno de la chusma. Porque dentro de una levita negra el mundo exterior es algo frío y peligroso. La chusma no tiene centro ni tiene nombre, mientras que Tocqueville se llama Alexis Henri Charles de Clérel y además es vizconde. Y así. Tiras y aflojas, piedrecitas en la ventana del futuro.
xxxAño 1848.
xxxLas calles de París se llenan de barricadas y de gente anónima reclamando un espacio para poder decir su nombre, aunque sólo fuera uno y enorme. Marx y Engels publican el Manifiesto comunista. El nombre común frente al nombre propio. El objetivo final de una sociedad borrada, sin límites ni diferencias entre sus componentes, un mayestático nosotros final. Y ese mismo año en Alemania un puñado de burgueses resabiados funda la Logia de los Alacranes, y disfrazan sus perversiones y miedos con ciencia y rituales estúpidos, con un ojo siempre vigilante en la sombra. Pequeñas cápsulas que pretenden dominar el mundo frente al avance imparable de la masa. Contra la masa, la masonería. Alacranes contra millones de hormigas.
xxxEse es el juego.
xxxEl baile bipolar. El ellos se transforma en nosotros, y el yo se contagia, o implosiona. Pensemos en Nietzsche o en Freud. El superhombre es un individuo hiperdesarrollado en su independencia y se distingue por pura voluntad del reto de las creaciones naturales y humanas. El psicoanálisis entiende el yo como una cebolla cubierta de capas casi infinitas, el individuo es un bucle insondable. Pero el baile exige que también Jung organice coreografías mentales de masa. Y así continuamente. El inconsciente colectivo disuelve el de cada uno de sus miembros en un impulso total. Pero también ocurre que las inercias de la masa, su concepto del universo, las prioridades de sus deseos y sus odios, vayan determinados desde su exterior. Puede que los alacranes diseñen la estructura de los hormigueros. No hablo de masonería ni conspiraciones opacas. Hablo de totalitarismos. De la búsqueda total de la indistinción como modo de enfrentarse a la vida en común. Si la democracia es masa, el comunismo estalinista lo es en grado sumo. El fascismo lo es. El capitalismo consumista también.
xxxVisiones del mundo para la masa. Totales.
xxxY así. Como un péndulo. El proceso de exaltación del individuo que había culminado en el siglo XIX se transforma en un dominio de lo colectivo masivo en el XX. La poesía y la pintura dan paso al cine y a los conciertos de música pop como artes-espejo de lo que es el mundo. Evidentemente habrá resistencias, e intersecciones sobre la línea principal del argumento, algunas radicales como la de cierto tipo de arte que buscará la supervivencia precisamente en ahondar su diferencia sobre lo indiferente. Fomentando el divorcio con lo masivo. El arte degenerado del que abominaban los nazis, el mismo que desprecian los visitantes legos de los museos. Para más detalles preguntémosle a Ortega y Gasset, u organicemos un crucero por las calles de Viena en 1968. Y así. Es cierto que el dominio real será de individuos con nombre. Pero el dominio simbólico, el campo de expansión y la piel de las cosas, será ya de la masa.
xxxY así. Televisiones como templos. Espejos definitivos.
xxxMillones de aparatos que uniformizan en paralelo a sociedades enteras. Que las convierte en un solo ente. Que las totalitarizan. A pesar de las divergencias permitidas, seguramente como válvulas de escape para que la olla a presión del yo interior no acabe reventándolo todo. Resumo. Sociedades de masa, agujereada con los valores vacíos del liberalismo. Y digo vacíos, porque la mayoría somos masa, aunque nos regalen la ilusión y el deseo de querer arañar nuestros nombres propios en borrosos pedestales. Es preciso. Es extraño. (…)

 

 

 

Quinto, Raúl. Yosotros. Barcelona; Ed. Caballo de Troya, 2015.

 

LAS RENEGADAS

 

LA OTRA

Una en mí maté:
yo no la amaba.

Era la flor llameando
del cactus de montaña;
era aridez y fuego;
nunca se refrescaba.

Piedra y cielo tenía
a pies y a espaldas
y no bajaba nunca
a buscar «ojos de agua».

Donde hacía su siesta,
las hierbas se enroscaban
de aliento de su boca
y brasa de su cara.

En rápidas resinas
se endurecía su habla,
por no caer en linda
presa soltada.

Doblarse no sabía
la planta de montaña,
y al costado de ella,
yo me doblaba.

La dejé que muriese,
robándole mi entraña.
Se acabó como el águila
que no es alimentada.

Sosegó el aletazo,
se dobló, lacia,
y me cayó a la mano
su pavesa acabada.

Por ella todavía
me gimen sus hermanas,
y las gredas de fuego
al pasar me desgarran.

Cruzando yo les digo:
—Buscad por las quebradas
y haced con las arcillas
otra águila abrasada.

Si no podéis, entonces
¡ay! olvidadla.
¡Yo la maté, Vosotras
también matadla!

 

 

 

 

TODAS ÍBAMOS A SER REINAS

Todas íbamos a ser reinas,
de cuatro reinos sobre el mar:
Rosalía con Efigenia
y Lucila con Soledad.

En el Valle de Elqui, ceñido
de cien montañas o de más,
que como ofrendas o tributos
arden en rojo y azafrán.

Lo decíamos embriagadas,
y lo tuvimos por verdad,
que seríamos todas reinas
y llegaríamos al mar.

Con las trenzas de los siete años,
y batas claras de percal,
persiguiendo tordos huidos
en la sombra del higueral.

De los cuatro reinos, decíamos,
indudables como el Korán,
que por grandes y por cabales
alcanzarían hasta el mar.

Cuatro esposos desposarían,
por el tiempo de desposar,
y eran reyes y cantadores
como David, rey de Judá.

Y de ser grandes nuestros reinos,
ellos tendrían, sin faltar,
mares verdes, mares de algas,
y el ave loca del faisán.

Y de tener todos los frutos,
árbol de leche, árbol del pan,
el guacayán no cortaríamos
ni morderíamos metal.

Todas íbamos a ser reinas,
y de verídico reinar;
pero ninguna ha sido reina
ni en Arauco ni en Copán.

Rosalía besó marino
ya desposado con el mar,
y al besador, en las Guaitecas,
se lo comió la tempestad.

Soledad crió siete hermanos
y su sangre dejó en su pan,
y sus ojos quedaron negros
de no haber visto nunca el mar.

En las viñas de Montegrande,
con su puro seno candeal,
mece los hijos de otras reinas
y los suyos no mecerá.

Efigenia cruzó extranjero
en las rutas, y sin hablar,
le siguió, sin saberle nombre,
porque el hombre parece el mar.

Y Lucila, que hablaba a río,
a montaña y a cañaveral,
en las lunas de la locura
recibió reino de verdad.

En las nubes contó diez hijos
y en los salares su reinar,
en los ríos ha visto esposos
y su manto en la tempestad.

Pero en el Valle de Elqui, donde
son cien montañas o son más,
cantan las otras que vinieron
y las que vienen cantarán:

«En la tierra seremos reinas,
y de verídico reinar,
y siendo grandes nuestros reinos,
llegaremos todas al mar».

 

 

 

 

CANCIÓN DE LAS MUCHACHAS MUERTAS

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxRecuerdo de mi sobrina Graciela

¿Y las pobres muchachas muertas,
escamoteadas en abril,
las que asomáronse y hundiéronse
como en las olas el delfín?

¿Adónde fueron y se hallan,
encuclilladas por reír,
agazapadas esperando
voz de un amante que seguir?

¿Borrándose como dibujos
que Dios no quiso reteñir
o anegadas poquito a poco
como en sus fuentes un jardín?

A veces quieren en las aguas
ir componiendo su perfil,
y en las carnudas rosas-rosas
casi consiguen sonreír.

En los pastales acomodan
su talle y bulto de ceñir
y casi logran que una nube
les preste cuerpo por ardid;

Casi se juntan las deshechas;
casi llegan al sol feliz;
casi rompen la nuez del suelo
y van llegándose hasta mí;

Casi deshacen su traición
y caminan hacia el redil.
¡Y casi vemos en la tarde
el divino millón venir!

 

 

 

 

LA DICHOSA

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA Paulina Brook

Nos tenemos por la gracia
de haberlo dejado todo;
ahora vivimos libres
del tiempo de ojos celosos;
y a la luz le parecemos
algodón del mismo copo.

El Universo trocamos
por un muro y un coloquio.
País tuvimos y gentes
y unos pesados tesoros,
y todo lo dio el amor
loco y ebrio de despojo.

Quiso el amor soledades
como el lobo silencioso.
Se vino a cavar su casa
en el valle más angosto
y la huella le seguimos
sin demandarle retorno.

Para ser cabal y justa
como es en la copa el sorbo,
y no robarle el instante,
y no malgastarle el soplo,
me perdí en la casa tuya
como la espalda en el forro.

Nos sobran todas las cosas
que teníamos por gozos:
los labrantíos, las costas,
las anchas dunas de hinojos.
El asombro del amor
acabó con los asombros.

Nuestra dicha se parece
al panal que cela su oro;
pesa en el pecho la miel
de su peso capitoso,
y ligera voy,o grave,
y me sé y me desconozco.

Ya ni recuerdo cómo era
cuando viví con los otros.
Quemé toda mi memoria
como hogar menesteroso.
Los tejados de mi aldea
si vuelvo, no los conozco,
y el hermano de mis leches
no me conoce tampoco.

Y no quiero que me hallen
donde me escondí de todos;
antes hallen en el hielo
el rastro huido del oso.
El muro es negro de tiempo
el liquen del umbral, sordo,
y se cansa quien nos llame
por el nombre de nosotros.

Atravesaré de muerta
el patio de hongos morosos.
Él me cargará en sus brazos
en chopo talado y mondo.
Yo miraré todavía
el remate de sus hombros.
La aldea que no me vio
me verá cruzar sin rostro,
y sólo me tendrá el polvo
volador, que no es esposo.

 

 

 

 

LA DANZADORA

Está bailando a la orilla
del mar, doblando pastos
de praderas que no vemos.
Sin ropas baila y sin carne,
toda luz, teniendo y dando.

Está negando a la piedra,
al árbol, a las moradas,
a cuanto es duro, y sufre, y muere,
a los cuerpos de los dormidos,
a los esclavos y a los muertos.

Baila sin su nacimiento
y sin su vida y su tragedia.
Y no nos ve y no nos sabe,
liberada de la tierra
y de nosotros
por un aire que a turnos
es de albatros y gaviota.

Y ahora ya no es ni el viento
ni la pasión, que es la Tierra
volando segura y ciega,
liberada de toda cosa,
cogiendo y dejando su ruta,
y queremos que nos lleve,
que no se suelte de nosotros,
eternos como ella misma,
desatados, liberados,
idos con ella, sin regreso,
solo siguiéndola y siguiéndola.

 

 

 

 

LA PRESA

Miro su cara por los barrotes
y veo su frente rayada
y también ella me cuenta
ocho rayas en la cara.
Su mirada me da hierro
y cae hierro de su habla.

¿Cómo serás sin barrote,
cómo serás tú sentada,
tejiendo lana, comiendo uvas
o con unos niños sobre la falda?

Cuando a la luz salgas libre,
y yo mi puerta te abra,
llegarás entera, hermana,
me mirarás con tu rostro,
me bailarás con tus plantas.
Y entonces veré tu edad,
oiré tu culpa, sabré tu Patria.

 

 

 

 

LUTO

En sólo una noche brotó de mi pecho,
subió, creció el árbol de luto,
empujó los huesos, abrió las carnes,
su cogollo llegó a mi cabeza.

Sobre hombros, sobre espaldas,
echó hojazones y ramas,
y en tres días estuve cubierta,
rica de él como de mi sangre.
¿Dónde me tocan ahora?
¿Qué brazo daré que no sea luto?

Igual que las humaredas
ya no soy llama ni brasas.
Soy esta espiral y esta liana
y este ruedo de humo denso.

Todavía los que llegan
me dicen mi nombre, me ven la cara;
pero yo que me ahogo me veo
árbol devorado y humoso,
cerrazón de noche, carbón consumado,
enebro denso, ciprés engañoso,
cierto a los ojos, huido en la mano.

En una pura noche se hizo mi luto
en el dédalo de mi cuerpo
y me cubrió este resuello
noche y humo que llaman luto
que me envuelve y que me ciega.

Mi último árbol no está en la tierra
no es de semilla ni de leño,
no se plantó, no tiene riegos.
Soy yo misma mi ciprés
mi sombreadura y mi ruedo,
mi sudario sin costuras,
y mi sueño que camina
árbol de humo y con ojos abiertos.

En lo que dura una noche
cayó mi sol, se fue mi día,
y mi carne se hizo humareda
que corta un niño con la mano.

El color se escapó de mis ropas,
el blanco, el azul, se huyeron
y me encontré en la mañana
vuelta un pino de pavesas.

Ven andar un pino de humo,
me oyen hablar detrás de mi humo
y se cansarán de amarme,
de comer y de vivir,
bajo de triángulo oscuro
falaz y crucificado
que no cría más resinas
y raíces no tiene ni brotes.
Un solo color en las estaciones,
un solo costado de humo
y nunca un racimo de piñas
para hacer el fuego, la cena y la dicha.

 

 

 

 

PAISAJES DE LA PATAGONIA

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA Don Juan Contardi

I. DESOLACIÓN

La bruma espesa, eterna, para que olvide dónde
me ha arrojado la mar en su ola de salmuera.
La tierra a la que vine no tiene primavera:
tiene su noche larga que cual madre me esconde.

El viento hace a mi casa su ronda de sollozos
y de alarido, y quiebra, como un cristal, mi grito.
Y en la llanura blanca, de horizonte infinito,
miro morir inmensos ocasos dolorosos.

¿A quién podrá llamar la que hasta aquí ha venido
si más lejos que ella sólo fueron los muertos?
¡Tan sólo ellos contemplan un mar callado y yerto
crecer entre sus brazos y los brazos queridos!

Los barcos cuyas velas blanquean en el puerto
vienen de tierras donde no están los que son míos;
sus hombres de ojos claro no conocen mis ríos
y traen tufos pálidos, sin la luz de mis huertos.

Y la interrogación que sube a mi garganta
al mirarlos pasar, me desciende, vencida:
hablan extrañas lenguas y no la conmovida
lengua que en tierras de oro mi pobre madre canta.

Miro bajar la nieve como el polvo en la huesa;
miro crecer la niebla como el agonizante,
y por no enloquecer no cuento los instantes,
porque la noche larga ahora tan sólo empieza.

Miro el llano extasiado y recojo su duelo,
que vine para ver los paisajes mortales.
la nieve es el semblante que asoma a mis cristales;
¡siempre será su albura bajando de los cielos!

Siempre ella, silenciosa, como la gran mirada
de Dios sobre mí; siempre su azahar sobre mi casa;
siempre, como el destino que ni mengua ni pasa,
descenderá a cubrirme, terrible y extasiada.

 

 

 

 

EL IXTLAZIHUATL

El Ixtlazihuatl mi mañana vierte;
se alza bajo mi casa bajo su mirada,
que aquí a sus pies me reclinó la suerte
y en su luz hablo como alucinada.

Te doy mi amor, montaña mexicana;
como una virgen tú eres deleitosa;
sube de ti hecha gracia la mañana,
pétalo a pétalo abre como rosa.

El Ixtlazihuatl con su curva humana
endulza el cielo, el paisaje afina.
Toda dulzura de su dorso mana;
el valle en ella tierno se reclina.

Está tendida en la ebriedad del cielo
con laxitud de ensueño y de reposo,
tiene en un pico un ímpetu de anhelo
hacia el azul supremo que es su esposo.

Y los vapores que alza de sus lomas
tejen su sueño que es maravilloso:
cual la doncella y como la paloma
su pecho es casto pero se halla ansioso.

mas tú la andina, la de greña oscura,
mi Cordillera, la Judith tremenda,
hiciste mi alma cual la zarpa dura
y la empapaste en tu sangrienta venda.

Y yo te llevo cual tu criatura.
Te llevo aquí en mi corazón tajeado,
que me crié en tus pechos de amargura
¡y derramé mi vida en tus costados!

 

 

 

 

VOLVER, NO

No quiero volver a la tierra
donde tuve cuchilla y duelo.
Cuando en mis sueños hago camino
y allá me llevan, yo me devuelvo.
Ya viví en ella, ya la supe,
ya le quebré con la mano
la rama helada, el fruto seco.

No quiero volver a cruzarla
sola y con rostro dado e indefenso
la calma ni la borrasca,
las salinas ni espacios hueros.
Sus esponjas de mar y su niebla
para mi memoria deseo.

No me sirven para ella,
no me valen si yo vuelvo,
el cuerpo por diferente,
el amor por extranjero.
Dios da tierra, la da entera
y ancha como el estremecimiento.
No quiero ir donde dicen
en vano el Padrenuestro.

Las casas son muchas, pocas las puertas,
la troje grande, las manos angostas.
Una diviso y otra hace señas
y otra acostada va en el pecho.
No quiero ir donde me acuerde
y llore sangre mi cuerpo
y sea paja el mundo desabrido
como las motas del desierto,
y mi pobre alma solo sea
orfandad, desvalimiento.

No quiero, no, la baya huera,
el aire sin voces y el Cristo muerto.
Quede atrás; vayan los otros,
árabe, curdo, samoyedo,
y no tengan ni una noche de sed
ni jornada con hambre y desaliento
y les vele Jesús en los umbrales,
la sangre, el candil y el lecho.

 

 

 

Mistral, Gabriela. Las renegadas. Barcelona; Ed. Penguin Random House, 2019.

 

ESTO ES AGUA

David Foster Wallace

 

No es para nada una coincidencia el que los adultos que se suicidan con armas de fuego casi siempre se peguen un tiro en… la cabeza.

 

 

 

Foster Wallace, David. Esto es agua. Barcelona; Penguin Random House Grupo Editorial, 2014.

 

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